A PABLO GÓMEZ SORIA POR SU “NAVÍO EN AGUAS TURBIAS”

Hoy os traigo un nuevo poemario de Pablo Gómez Soria. Pero, antes de comenzar a hablar del libro, quiero confesaros que me embarga una gran emoción, la misma que sentiría si estuviera hablando del libro de uno de mis hijos. Fui compañera de estudios de Luis Gómez Egido y he trabajado treinta años con él y con su mujer, Francisca Soria Andreu, los padres de Pablo, en el Departamento de Lengua del Instituto Goya de Zaragoza. Así que de Pablo lo sabía todo, menos que escribía poemas.

Si su primer libro, Antiguo sol naciente, presentado en mayo de 2010, fue una revelación, Navío en aguas turbias consolida aquella voz en una nueva dirección. Se trata de un libro muy bien escrito y de altos vuelos literarios.

Cuando acabé la primera lectura, me quedé buscando una frase que reflejara el sentido de estos poemas. Como un fogonazo me vino esta: “Pablo escribe una poesía reflexiva sobre el sentido trascendente de la vida. Y se pasea por el camino de la trascendencia mirando a las orillas”.

En unos poemas veo un yo poético objetivado y, en otros, el trasunto de la personalidad de Pablo. Por eso mi discurso es oscilante. Unas veces hablo del yo poético y otras de Pablo. En esencia es uno y lo mismo, pero él los ha querido distanciar y separar. El yo objetivado es el portavoz de las verdades eternas y el de Pablo nos acerca a sus vivencias íntimas.

Navío en aguas turbias

  •  Lo que yo porto dentro de mí…
  • Es un navío en aguas negras.

Desde el título mismo, y desde los primeros versos, me vi asaltada por los ritmos de los antiguos griegos. Entonces pensé que Constantino Kavafis, uno de los mayores poetas de la poesía griega moderna, no podía andar muy lejos. Y a ninguno se nos escapa la imagen de Ulises volviendo a Ítaca.

En este título significativo, que brota del corazón mismo del libro, ya apreciamos una falta de artículos que apunta hacia la esencia misma de las cosas. Estas cosas que tienen alma y que son el reflejo de la conciencia del yo poético

  • Allí donde fui…
  • no encontré alma en las cosas.

En un libro, que yo calificaría de intimista, sorprende que las reflexiones más profundas estén objetivadas, es decir, contadas con la tercera persona verbal. Este es un signo evidente de la modernidad de esta poesía

La vida bajo el escudo

Después de recorrer los diecisiete poemas del libro, se cierra el círculo con el poema de la contraportada. El navío, al abrigo, espera la eternidad en el más puro sentido juanramoniano:

  • Bajen sin tardar los soles rojos
  • un tiempo parado regrese.

El lector se siente reconfortado cuando todo el pesimismo del vivir se resuelve en esperanza. Pablo se siente alejado de la tempestad y arrullado por ese escudo que es protección y abrigo, como cuando Fray Luis de León se aleja del mundanal ruido.

Estructura general del libro

Este libro, como los de los clásicos, está dividido en tres partes. Y la armonía de las tres se refleja en el número de poemas que las integran: siete, cinco y cinco. Un estructura metafórica y rítmica que luego se expande en los ritmos de los versos. Sigue el patrón del teclado de un piano: siete teclas blancas entre las que se intercalan las cinco negras. Y los ritmos poéticos están afinados por quintas, como concibió Pitágoras su sistema musical.

Las tres partes van incorporando los grandes temas, a la vez que integran los poemas en un todo armónico. Todo está pensado y medido, como lo estaba la prosa de Fray Luis de León. Ni una palabra, ni un hipérbaton, ni la longitud de los poemas están puestos al azar.

  1. Pérdida de la juventud

  • Llegó sin esperarlo que un día,
  • esto si lo pude ver,
  • me fallaron los miembros del cuerpo
  • y la alegría que se fue.

En la primera parte reescribe el tópico que había cantado Rubén Darío en Prosas profanas:

  • Juventud divino tesoro
  • que te vas para no volver.

Pero si la de Rubén fue una juventud no vivida, la de Pablo se vivió con plenitud, de forma intensa y reflexiva. Y el poema, que da el título a esta parte, se resuelve como una vivencia en la que se compaginan el vitalismo de la juventud con la reflexión íntima.

  • Nos imponíamos metas
  • cuanto más difíciles más hermosas.
  • Colectar pasiones
  • conquistar nuevos campos.
  • Y por encima de todas las cosas.
  • Las chicas que yo vi
  • las chicas que yo besé.
  1. Muerte de la poesía

  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

A esta segunda parte, yo la llamaría una defensa de la razón poética.

  • Romanticismo (que se nos va, que se nos ha ido…)
  • Clasicismo (del cual evoluciona el Romanticismo…)

Es bastante corriente oír en muchos foros que el nuevo utilitarismo no nos deja tiempo para la lectura de la lírica y que está cerca la muerte de la poesía. Pero Pablo desmonta el tópico y le da un nuevo sentido.

Como Luis García Montero, otros poetas jóvenes nos plantea que, si muere la poesía, con ella desaparecerá algo más que un género literario. Se perderá la expresión de los valores esenciales de la condición humana.

  1. El club

  • Cada noche recordarás la casa de paneles de madera
  • en la que, en nuestras veladas, solíamos
  • escuchar las palabras de los autores muertos.

El título de esta parte nos trae a la memoria la película El club de los poetas muertos. ¡Pero, no! Estos poemas van más allá. En estas poesías descubrimos que Pablo siempre estuvo alerta y dispuesto a aprender de todo. Especialmente de las lecturas y de los poetas del pasado. Aprendió a hablar con ellos en la biblioteca familiar. Y así lo confiesa en uno de los poemas más bellos del libro.

  • Sobre el solar de la estirpe familiar.
  • en la casa donde no faltó el afecto,
  • huérfano de allí a poco,
  • ejercieron mi tutela los libros.

Relacionado con la muerte de la poesía, está el empobrecimiento del lenguaje, que nos llega de la mano de la pérdida de las ilusiones colectivas. Si sabemos leer entre líneas, veremos que hay constantes guiños escondidos entre la oralidad.

Precisamente, de esa necesidad de entendimiento nace el espacio de la poesía. Y con él el enriquecimiento del lenguaje. Y las palabras cultas, cultísimas, que asoman entre la cotidianidad, que nos remiten a la profundidad del poema. Así, Parvos, con el significado de pequeños, escasos. Esculcar, examinar con detenimiento el interior de alguna cosa para descubrir lo que hay. O lidohelada, un neologismo descriptivo.

Debajo de la reivindicación ecologista del poema dedicado al avetoro, nuestra garza más esquiva y discreta, late aquella otra garza de amor, hoy también extinta, que tantos poemas inspiró a los poetas lásicos, especialmente a San Juan de la Cruz.

Con esta renovación del lenguaje y con la reescritura de los mitos clásicos, nos lleva a un nuevo entendimiento entre los hombres y nos ayuda a descubrir que somos dueños de nuestro mundo interior.

  • El río de la muerte,
  • cuyas aguas verde oscuro,
  • trasparentes, estremecen (…)
  • Bebí en él,
  • no me mató,
  • por ser el flujo de la vida.

Renovación de los metros y del lenguaje poético

A su deseo de renovación del lenguaje poético contribuye una métrica nueva. Los versos blancos amparan su ritmo en las estructuras sintácticas y en los elementos léxicos. Y amparan también a la estructura misma de muchos poemas que, siguiendo los patrones de la retórica clásica, están concebidos en partes binarias o ternarias.

Los versos blancos y la ausencia de rima se ven compensados por procedimientos rítmicos, más potentes y más modernos.

  • Dichosos sean los tiempos
  • en los que buscamos tiempos felices,

En esa misma línea utiliza abundantes encabalgamientos al servicio del significado y del ritmo. Y la sintaxis se rompe para conformar nuevas líneas poéticas. Como en el siguiente ejemplo, donde el encabalgamiento viene reforzado por una enumeración ternaria.

  • Tal vez el vino,
  • el pan y la carne

Todo esto viene acompañado con una acertada selección del vocabulario. En medio de un decir casi cotidiano, porque Pablo valora la belleza de las cosas simples, saltan los neologismos y las palabras cultas que dan sentido a todo el poema. Esas palabras repartidas como al azar por las distintas páginas del libro se quedan como pegadas en la mente del lector. Entre todas forman un coro que es la seña de identidad de la poesía de Pablo Gómez.

Y llega a una comunicación profunda con una poesía dialógica, en el más puro sentido bajtiniano. En sus versos oímos los ecos de los griegos, los clásicos y los modernos. Catulo dialoga con Kafafis, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Cernuda, Gil de Biedma. Y no sigo porque su cultura es tan amplia que nos haría la lista interminable.

Para terminar

Haciendo míos los consejos de Walt Whitman, Pablo, te digo que no te detengas. ¡Sigue! Aprende de los poetas que nos precedieron, pero no olvides que la sociedad de hoy la formáis los poetas actuales. Aunque el viento sople en contra, tu poderoso navío tiene que continuar. No dejes nunca de soñar y de compartir tus sueños con nosotros. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí que pueden cambiar el mundo.

Fin del texto de Carmen Romeo Pemán

En la presentación me acompañó mi amiga Gloria Cartagena Sánchez, cuyas palabras os dejo a continuación.

2, Gloria hablando

Nos reunimos aquí con motivo de la publicación del segundo poemario  de Pablo Gómez Soria.

Pablo nació el 14 de noviembre de 1974 en Zaragoza. En esta Universidad cursó la carrera de Derecho y la completó en la Universidad de Saarbrücken (Alemania). En el año 2000 terminó el Master de Derecho de Comercio Internacional en la Universidad de Essex (Reino Unido). Desempeñó durante seis años en Inglaterra su labor profesional. En 2006 regresó a España, donde ha seguido desarrollando tareas ejecutivas en el mundo del comercio internacional. Pablo es un hombre muy culto, políglota, gran lector y  poeta. Publicó sus primeros poemas en la revista Eclipse de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el año 2010 tuve la satisfacción de presentar su primer libro Antiguo sol naciente, un conjunto de dieciséis poemas de diferente extensión, con un tono hondamente lírico. De ritmo cadencioso y solemne, con un léxico elaborado y culto, con ecos del español clásico. Los aspectos temáticos eran el tiempo, el sentimiento amoroso y, como fondo, la Naturaleza, gozosamente vivida y percibida con la nota dominante de la belleza y la luz del sol en la línea del mejor Juan Ramón Jiménez.

Hoy traemos aquí Navío en aguas turbias, segundo libro de poemas de Pablo. Ha sido editado por la editorial Dauro que apuesta por escritores noveles, en una edición muy cuidada, con ilustración de Manuel Francisco Sánchez, pintor granadino que ha sabido llevar a la imagen de la cubierta el título del poemario.

La cubierta ilustra el título formando un todo muy inquietante. Las aguas son más que turbias, siniestras. Y el navío es un barco insólito y funerario, negro con toques sanguinolentos. El extraño velamen verde con tonos rojos no se explica por el cielo que es casi tan gris y cerrado como el agua. Solo asoma un atisbo de luz, blanco y frio de macabro tono óseo. Recuerda el lúgubre verde del  estribillo del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas, autor granadino como la editorial y el ilustrador. En este poema, como en otros de García Lorca,  el verde deja de estar asociado con la esperanza para ofrecer sugerencias dramáticas.

Va a presentar el poemario mi buena amiga Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura y escritora, que ha vivido con pasión la literatura y el deseo de enseñarla. Carmen, hija de maestros, es autora del libro De las escuelas de El Frago, publicado en 2014. Es una gran defensora de los derechos de las mujeres y pertenece a la Liga Internacional de Mujeres  por la Paz y la Libertad. Como estudiosa, ha analizado la obra de Ángeles de Irisarri, la de Sor Juana Inés de la Cruz y la de María Zambrano. Es autora de La Zaragoza de las mujeres (2010), libro sobre las ausencias y las presencias de las mujeres en el callejero de esta ciudad. Como se puede apreciar el libro de Pablo no puede tener mejor madrina.

Gloria Cartagena Sánchez

3. Pablo hablando. 1

Pablo Gómez cerró el acto leyendo el poema MUERTE DE LA POESÍA.

  • Zarpé, como cada año
  • por el mar fui,
  • a la tierra donde tenía lugar
  • mi anual homenaje.
  • No hallé restos del altar producido por mis manos,
  • pareciera
  • que alguien había destruido mi construcción,
  • continuación de fructuosos legados.
  • Deberé escuchar
  • ver qué ha ocurrido,
  • no acierto a entender…
  • Siendo yo muchacho,
  • inocente e inquieto,
  • me guiaba el corazón.
  • Ella me sopló en los oídos,
  • la Poesía me tocó.
  • De repente múdase el aire
  • algo rompe el día
  • las aves escapan
  • los animales huyen.
  • Aparece corriente
  • la Poesía,
  • sus cabellos adquieren la tonalidad de la estación,
  • los ojos siguen el mismo curso,
  • en su túnica liviana
  • van embrocadas las flores,
  • saliente corro a su encuentro.
  • Falla,
  • la sustento, advierto
  • la sangre del costado fluir,
  • daga o puñal clavados.
  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

4. Entrando al acto. 1

A continuación, os dejo unas fotografías de los numerosos amigos que acudieron a la presentación. Entre ellos reconoceréis caras de profesores y alumnos del Instituto Goya de Zaragoza.

5. Público. 16. Público. 2

7. Publico3

Pablo Gómez Soria, Navío en aguas turbias. Editorial Dauro, Granada, 2017.

Invitación a la presentación

Carmen Romeo Pemán

Del suelo al cielo

Era la primera vez que entraba en aquel edificio. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba su muda melodía de números descendentes: 10, 9, 8, 7… Una mujer esperaba marcando el ritmo con el taconeo de su zapato derecho, justo delante de él, y el movimiento hacía oscilar el abrigo que cubría su espalda. Las puertas del ascensor se abrieron igual que una enorme boca forrada de madera con espejos, mostrando un suelo enmoquetado en color vino como si fuera una lengua. El hombre y la mujer entraron sin mirarse, y el ascensor cerró sus puertas.

–¿A qué piso…? –el hombre no tuvo tiempo de terminar su pregunta. La mujer lo ignoró y, sin mirarlo, estiró el brazo hacia el panel de los números. Al moverse, su chaqueta se abrió y dejó entrever un abultamiento de luna en cuarto creciente que tensaba el vestido a la altura de su abdomen. Ella aprovechó el gesto para mirar su reloj, y al inclinar el cuello quedó expuesto un pequeño tatuaje: un círculo formado por dos figuras en forma de coma, como un yin y yang, con un punto blanco dentro de la mitad negra, y un punto negro en el centro de la parte blanca.

Si el hombre no hubiera estado apoyado contra la pared, se habría caído de espaldas. Había visto ese mismo dibujo ocho meses antes, la noche en que, ciego de coca, siguió a una chica con un tatuaje igual por Central Park. El ataque no había durado más de quince o veinte minutos: el tiempo que tardó en sorprenderla y arrastrarla hasta detrás de unos matorrales, dejarla tirada, desarticulada y rota, y huir a toda carrera por una de las salidas del parque. Desde aquel día no había vuelto a probar ni una sola raya.

El espejo de la pared le devolvió la imagen de sí mismo: un espectro pálido, cuya cara se empezaba a poblar de perlas de sudor. Sin saber qué hacer, elevó los ojos al panel de los números y rezó para que se produjese pronto una parada. Cualquier cosa, con tal de escapar de esa jaula metálica. “Tierra, trágame”, pensó.

El embarazo había agudizado el olfato de la mujer. Sin poderlo evitar miró el espejo y vio reflejado al otro pasajero cuyo sudor, acre y fuerte, le estaba empezando a provocar unas nauseas cada vez más intensas. Se dio cuenta de que el tipo la estaba observando, y de que, al verse descubierto, levantaba la mano para aflojarse la corbata. El puño de la camisa se le subió un poco y algo llamó la atención de la mujer. Sus ojos se clavaron en la muñeca del hombre y descubrió allí un tatuaje gemelo al de su cuello. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la imagen y apretó los labios para contener una arcada. Era la misma muñeca que la amordazaba sin piedad, noche tras noche, en sus pesadillas, desde hacía ocho largos meses.

Como un boxeador al escuchar la campana, ella se refugió en la esquina opuesta del cubículo claustrofóbico y las miradas se cruzaron en un mudo reconocimiento. Un letrero de la pared indicaba que la capacidad era para veinte personas, pero de pronto el aire del interior les resultaba insuficiente. La mujer sintió un cuchillo que partía sus entrañas en dos. Un líquido caliente comenzó a chorrear entre sus piernas y oscureció la moqueta. Quiso gritar, pero su garganta había olvidado cómo hacerlo. El hombre la vio abrir la boca y apartó la mirada invadido por el miedo y la vergüenza. La mujer se volvió para aporrear las puertas, cuando un estruendo procedente del exterior acalló cualquier otro sonido.

El ascensor se tambaleó y el azar hizo que los dos mirasen en la misma dirección. El indicador de los pisos marcaba el número 87. Debajo del logo de “World Trade Center”, la fecha y la hora empezaron a parpadear en el panel: eran las 8:45 del 11 de septiembre de 2001.

El mundo entero se hundió bajo sus pies y lo último que el hombre pensó, mientras se desplomaban en el vacío, fue que la Tierra había escuchado su súplica.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Katie Montgomery

Aquel día parecía una novia

De la serie, las fragolinas de mis ayeres.

Antonia y yo pasamos juntas nuestra juventud, de pastoras en las Guarnabas de Monte Agüero. Una tarde, mientras estábamos sentadas en una peña haciendo peduque, le dije que había oído que sus padres la pensaban prometer al viudo de casa Fontabanas.

A partir de entonces, nos afanamos en coser un ajuar que yo le guardaba escondido en un arca de mi casa. Y todo porque eran muchas hermanas y su padre no pensaba mermar la hacienda con eso de las dotes. Que eso era sabido en todo el lugar.

—A las hembras ya les basta con la honra de un apellido hidalgo —gritaba el padre de Antonia por las noches en la cantina.

Ella se las apañaba para que yo le comprara las agujas, las telas y los hilos en los vendedores ambulantes que llegaban, de vez en cuando, con grandes carromatos llenos de ultramarinos. Después me las pagaba con algún cordero que vendía a los pastores de Agüero o de San Felices. Y es que, a Antonia le resultaba más fácil decir que había malparido una oveja que comprar telas en la plaza.

El día que supo que se tenía que casar con el viudo de Fontabanas, me confesó que no quería que le vieran el ajuar las dos hijas casaderas que vivían con él.

—Nicolasa, sigue guardándome el ajuar. Si algún día lo necesito, te lo pediré —me dijo. Pero nunca más me lo volvió a nombrar.

En el pueblo se corrió que, desde que la casaron, todos los santos días iba a casa de su madre a echarle en cara que la había hecho una desgraciada con ese matrimonio.

—Es un verdadero jabalí. Sus gruñidos no me dejan pegar ojo en toda la noche. En los carasoles saben que no necesita navaja para ir al monte y que con su único colmillo sangra hasta las talegas de trigo —gritaba delante de la ventana para que la oyeran los que pasaban por la calle.

Antonia se murió de un mal aire a los sesenta años, cuando llevaba casi treinta de viuda, que esa cuenta siempre la llevó bien. Que su marido falleció el día que le dijo que estaba preñada.

Cuando se murió le puse la camisa que habíamos bordado para su noche de bodas y la envolví en una de sus mejores sábanas de lino. Después la miré varias veces y la encontré muy guapa. No tenía canas ni arrugas. Parecía una novia.

La plaza desde casa Sorolla

Plaza de El Frago

Con este nuevo relato de las fragolinas de mis ayeres, quiero dar voz a todas nuestras abuelas, Antonias, Valeras, Petras,  Dominicas, Nicolasas…, que sufrieron en silencio unos matrimonios impuestos. Nosotros no lo entendemos, pero fue la historia de muchas de nuestras familias hasta hace menos de un siglo.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

¿Es la ciencia culpable de la desaparición de la ficción?

“La fantasía es lo imposible hecho probable. La ciencia ficción es lo improbable hecho posible”. Rod Serling

 

Estoy escribiendo una novela que es un mix de fantasía y ciencia ficción y, hace unos días, mientras navegaba por la red, en busca de información, encontré un artículo que me cuestionó algunas cosas sobre el género: “¿Por qué la ciencia está matando la ficción?”. El título me hizo recordar que, cuando elegí el tema de mi proyecto y me decanté por ese género literario, mis mayores temores consistían en caer en una idea demasiado trillada y carecer del conocimiento suficiente para encontrar un punto de vista novedoso. A estas alturas, los avances tecnológicos le han dado vida a casi todo lo que el hombre se imaginó como probable alguna vez. Es muy difícil dejar volar la imaginación sin caer en algún tópico.

“La ficción está desapareciendo porque ya no sabe viajar más rápido que la ciencia. Y también porque esa misma ciencia, tan poderosa hoy en día, siente hacia ella un profundo desprecio. El desprecio hacia una actividad que se dedica a ver sin resolver. A mirar sin dominar”.

Este fragmento del artículo hizo que me cuestionara aún más cosas, y recordé que, cuando me enfrenté a la planificación de mi novela, tuve un momento de crisis en el que me sentí muy agobiada. Y no era para menos. Había escogido un mundo que no existía en nuestra realidad y tenía que dar vida a una civilización completa. Estaba tan histérica que hasta pensé en desechar la idea y escoger un tema diferente, en el que pudiera aprovechar lo que sabía de mi entorno. Pero no. Como soy bastante terca, decidí jugármelo todo, aunque esto significara ganar unas ojeras más pronunciadas.

Antes pensaba que la ventaja de la ciencia ficción era que podía escribir sobre cualquier cosa y que no tenía que ceñirme a ninguna regla. Estaba muy equivocada. Porque, aunque este género me permite desafiar algunas leyes, no puedo dejar de lado la verosimilitud y la lógica. El escritor Robert A. Heinlein lo explica de maravilla al afirmar que la ciencia ficción es una especulación realista en torno a unos posibles acontecimientos futuros, basada en un adecuado conocimiento del mundo real, pasado y presente, y en un conocimiento de la naturaleza y el significado del método científico.

Cuando empecé a recrear los diferentes escenarios y a entretejer el medio ambiente con la trama, fue un completo suplicio. Tuve que hacer una pausa para buscar información sobre volcanes, cuásares, galaxias, sumerios y robótica, entre otras cosas. No se me podía escapar nada que hiciera más rico mi imaginario. Mientras leía y veía algunos documentales, pensaba en todos los genios de la literatura que no tuvieron Google ni NatGeo para alimentar su ingenio. Y me pregunté cómo harían para dar vida a sus historias sin tener los referentes que tenemos hoy. ¿Sería más fácil escribir ciencia ficción en esa época? O, por el contrario, ¿era más difícil? Al final, llegué a la conclusión de que eso no importa, porque la ciencia ficción también es el género de la anticipación. Basta con ver la serie de Netflix “Black Mirror” para que los posibles escenarios que nos depara el futuro nos lleven a un estado de shock. Entonces no se trata de que antes fuera más fácil o más difícil, sino de que son momentos distintos y el truco está en aprovechar lo que nos ofrece cada época.

Si queremos contar una historia, tenemos que prepararnos sin importar el género que vayamos a utilizar. Algunos autores de ciencia ficción poseen una preparación científica y un conocimiento de los temas planteados por la ciencia y la tecnología. Sin duda, esto les ayuda a desarrollar mejor sus ideas o escenarios. Aunque no pretendo ser una astrofísica, debo preocuparme por conocer al detalle todo lo que pueda afectar a mi historia. Y lo necesito para darle un contexto lógico al mundo que estoy creando.

“Ahora estamos en la revolución industrial 4.0, la de la conectividad. Y en este escenario da la sensación de que es la ciencia la que crea la ficción y no al revés. Ya no es Julio Verne quien describe un submarino que Isaac Peral construirá años más tarde, sino que son las novedades de Apple, Facebook o Microsoft las que sueñan con el futuro. Solo que cuando nos lo muestran a nosotros es porque ese futuro ya existe”.

Retomando el artículo “¿Por qué la ciencia está matando la ficción?” hice una nueva pausa. Y me volví a replantear la historia. Pensé en todo lo que había estudiado para poder escribirla. Sentí cómo se me revolcaban las neuronas y llegué a una conclusión: el problema no está en la velocidad de la ciencia, sino en lo aletargados que nos vuelven los avances. Hace unos días debatía con una amiga la frase “todo tiempo pasado fue mejor”. Es posible que no sea verdad, pero el punto clave es el siguiente: aunque los avances tecnológicos nos han facilitado la vida, también nos han puesto en una especie de estado vegetativo en el que dependemos de las cuatro pantallas para vivir. Le hemos dado el poder a la ciencia y relegamos la creatividad al plano del mínimo esfuerzo. Yo también he pertenecido a ese cúmulo de personas que afirma que “ya no hay nada que inventar porque todo está inventado” o que se preguntan “qué nuevas historias se van a contar si ya todos los temas están contemplados”. Por fortuna, cuando pierdo la fe en la humanidad, salta a la escena un nuevo genio que me recuerda que todavía queda mucho por hacer y que el éxito no consiste en sorprender con algo nuevo, sino en sorprender con una visión diferente.

El artículo de Hipertextual “¿Por qué es importante la ciencia ficción?” me hizo darme cuenta de que la ciencia ficción ha cumplido un papel importante y necesario en el devenir científico de la humanidad. Isaac Asimov, bioquímico y escritor de ciencia ficción, y uno de mis escritores favoritos del género, fue el primero en acuñar el termino robótica en la investigación y el desarrollo de los autómatas. Creó las tres leyes de la robótica, un código ético diseñado para prevenir los actos de los robots contra la humanidad. Abordó otros campos como la historia, la psicología, las matemáticas y la sociología. Mantuvo siempre una actitud positiva ante el futuro de la humanidad y recalcó la importancia del uso racional de la tecnología. En su ensayo Los viajes extraordinarios, declaraba que las novelas y los relatos de ciencia ficción son “cuentos de viajes fantásticos. Viajes extraordinarios a uno de los infinitos futuros concebibles”. Algo así me encantaría que fuera mi novela: un viaje extraordinario. Porque quiero creer que la ciencia ficción todavía puede promover el aprendizaje, despertar la imaginación y desafiar a la ciencia.

No podemos permitir que la ciencia supere a la ficción, si tenemos en cuenta lo que dice Ame Rodríguez en su artículo:

“El papel de este género es enseñar a la humanidad que no hay límites que deban dejarse intactos, que es posible seguir evolucionando. Por eso necesitamos más personas que crean que es posible conquistar las estrellas, construir carros voladores, y pensar en qué somos como sociedad y lo que podemos hacer para cambiarla. Plantearnos soluciones a problemas futuros, relacionados con el creciente y constante cambio tecnológico. Porque la ciencia ficción nos enseña a convivir con nosotros mismos en un futuro ya no tan distante”.

Quiero quedarme con este último párrafo, porque puede que nunca veamos una máquina del tiempo o que pasen los años y sigamos sin cruzarnos con un alienígena en el supermercado. Pero no podemos olvidar que, hace un tiempo, jóvenes lectores de ciencia ficción, como el ingeniero Pedro Paulet, se inspiraron en Julio Verne y H.G. Wells y construyeron cohetes para viajar a otros planetas. Ahora conocemos más de nuestro sistema solar y estamos más cerca de la luna. Dejar volar la imaginación, sin preocuparnos demasiado por parecer dementes, nos ha llevado muy lejos.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Stefan Keller

Vale la pena

Alexandra se echó hacia atrás en la silla y enlazó las manos tras la nuca. En la pantalla de su portátil, un tic verde al lado del icono de un carrito de la compra le indicó que el pago se había hecho con éxito. En diez segundos, le llegó un mail que le informaba de que la falda y el jersey a juego le llegarían dentro de un mes.

Inmediatamente entró en la página del banco. Había pagado con la tarjeta Visa, una que se había hecho poco antes de que Javi, su pareja durante casi quince años, la dejara. Su gestor le había dicho que con ella podría llegar a comprar hasta tres mil euros al mes y, además, fraccionar el pago. En aquel momento, Alexandra se había reído y le había dicho que no lo necesitaría.

Llevaba medio año comprando por internet, a raíz de que una amiga sin tarjeta de crédito le pidiera que le comprara algo en una web de gangas. Ella aceptó, por supuesto, y de paso miró qué más ofrecían. Dos horas después, hubo un cargo en su tarjeta de crédito de casi ochocientos euros. Lo de su amiga costaba ciento veinte.

Alexandra decía a quien la quisiera escuchar que era el hobby más caro que había tenido nunca pero que valía la pena. Cuando se sentaba delante de la pantalla rastreaba, una y otra vez, páginas que cada día presentaban algo nuevo y emocionante, cosas que a menudo ni siquiera sabía que necesitaba hasta que las veía. Se sentía como cuando, en la infancia, salía con su padre por setas. Era un trabajo minucioso de búsqueda, comparación y recolección, y el premio llegaba horas después, cuando volvían a casa y su madre la besaba con ternura, hundiendo mucho los labios en su mejilla, en agradecimiento por su gran labor.

Ahora su madre no estaba, ni su padre. Javi, tampoco. No había besos después de la recolección. Pero, al cabo de unos días, un mensajero llamaba a su puerta y la inundaba la misma felicidad que cuando su madre le cogía el canasto al llegar a casa y la estrechaba entre sus brazos.

Recreándose en esa felicidad futura, rebuscó en la web de su banco igual que había hecho el mes pasado, y el otro. En la pantalla, una ventana emergente le preguntó: “¿Quiere fraccionar el cargo de 2.879€ en tres cómodos plazos?”

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Michal Jarmoluk

La riqueza de los libros

A mi padre. Y a mi hija. 

¿Te has preguntado alguna vez por qué leíste tu primer libro? ¿Cuál fue la razón que te impulsó a leerlo? ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿Te impactó, te animó o, por el contrario, te desilusionó?

Me gustaría empezar este artículo diciéndoos, como otras veces, que lo que me ha movido a escribirlo es ofreceros respuestas a esas preguntas. Pero mentiría. En esta ocasión, lo que quiero compartir con vosotros son esos interrogantes que me vinieron a la mente desde que descubrí, sorprendida, que había personas a las que no les gustaba leer. Y es que, a veces, las preguntas son más importantes que las respuestas y todas esas cuestiones menores conducen a algo que va mucho más lejos: ¿cómo nace el gusto por la lectura?, ¿cuál es la magia que hace que una persona descubra el placer de leer?

No sabría deciros qué me llevó a leer mi primer cuento o mi primera novela, porque no lo recuerdo. Desde que tengo uso de razón, siempre he andado con alguna lectura entre manos. Los libros me siguen resultando apetecibles y necesarios. Tan necesarios que, a fuerza de leer, he acabado por escribir. Y por eso me estáis leyendo ahora mismo.

Solo puedo mostraros aquí la punta del iceberg. Porque creo que lo que subyace bajo el placer de leer es mucho más de lo que aparece a simple vista. Trataré de daros mi opinión a través de unas vivencias personales: mi experiencia con el universo de la lectura, en un recorrido por el tiempo.

Ivanhoe, o la madurez, llama a la puerta

Si el amor por la lectura se hereda, yo lo heredé de mi padre. En eso éramos como dos gotas de agua. Pero nada es perfecto y tropecé con un escollo: antes de poder leerme un libro, él tenía que darle el visto bueno. Al principio no era problema, pero llegó un día en que mi progenitor no había tenido tiempo de leer mi próximo candidato. Me consumía la impaciencia y le pregunté si, mientras tanto, podía coger uno de la colección de las tapas verdes. Era una colección de libros, todos forrados con un papel verde manzana, que recuerdo con claridad. Por aquel entonces había leído algunos de los títulos. Con el tiempo los leí todos, y aún recreo en mi imaginación el dibujo de la portada de muchos de ellos: El prisionero de Zenda, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick, Quo Vadis, Ivanhoe, y Los tres mosqueteros, entre otros. Este último me llamó la atención por el título, y le pedí permiso a mi padre para leerlo. Pareció que le proponía asaltar un banco, porque su respuesta fue una negativa rotunda e inesperada que me sorprendió. Hasta entonces nunca me había censurado las lecturas, y su argumento fue que ese libro no era “ni ejemplar ni educativo” para mi edad. Me resigné, y empecé a leer Ivanhoe, que fue la alternativa que mi padre me ofreció, diciendo que también era de aventuras, de caballería y no sé qué más. Pero nada hay más provocativo que la curiosidad y, aunque no recuerdo la primera lectura de mi vida, sí que estoy casi segura de que en aquella época cometí, a sabiendas, mi primera desobediencia. Y es que tenía tantas ganas de leer las aventuras de los mosqueteros que cambié el forro de Ivanhoe por el del otro libro, y así me tragué de cabo a rabo las aventuras de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, delante de las narices de todo el mundo. Capítulo tras capítulo intenté encontrar entre líneas algo malvado, dañino o perverso, pero no lo conseguí. Hoy comprendo que mi padre no quería que me enfrentara a actitudes y maquinaciones tan poco ejemplares como las de Milady, pero el resultado fue que empecé a darme cuenta de que los libros eran algo más que un pasatiempo y podían convertirse en herramientas para muchos fines. Intuí, por ejemplo, que leer podía conseguir que alguien cambiara de modo de pensar, que actuara de una u otra forma, y, aunque no me enterase muy bien de la milésima parte del asunto, lo cierto es que aquella aventura privada me hizo madurar bastante.

Crepúsculo y cía, o la historia de un objetivo cumplido

Como lectora furibunda y enganchada, siempre he querido que mi hija heredase esta costumbre, pero no había manera de conseguirlo. Era una batalla perdida, y me entristecía pensar en lo que se estaba perdiendo. Soy “Socia Oro” del “Círculo de Lectores” desde hace años. En los comienzos de ese club, una de las condiciones era hacer al menos un pedido bimestral. Pues bien: en una ocasión en la que no sabía qué pedir, vi el primer libro de la saga Crepúsculo antes de que el cine le diera fama. Lo compré por curiosidad, porque me chiflan las historias de vampiros y no había otros libros que me llamaran la atención. Y, como soy incapaz de dejar una saga a medias, en la siguiente entrega pedí los otros dos títulos (aún no se había publicado el cuarto, Amanecer). Los leí, y la cosa quedó ahí. Mucho tiempo después, mi niña me preguntó un día si le compraría un libro para el instituto. Le dije que por supuesto, pensando en algún libro de texto, pero pronto me sacó de mi error. “Mami”, me dijo, “no es un libro para estudiar. Es una novela chulísima que se están leyendo todos los de la clase, y siempre que digo que me la pasen, ya se la han prestado a otro”. Le pregunté por el título o el autor, pero no recordaba ni lo uno ni lo otro. Le dije que con esos datos me lo estaba poniendo difícil y, por pura curiosidad, le pregunté sobre el argumento. Me respondió que era sobre una chica que se enamora de un chico que resulta ser un vampiro, pero no uno de los de colmillos y capa negra, sino que es un compañero de clase, miembro de una familia de vampiros muy “guays”… ¿Os suena? A mí se me encendió una bombillita interior, y la interrumpí. “¿Por casualidad el libro no se llamará Crepúsculo?”, le pregunté. La cara se le iluminó: “¡Ese, mami, ese es! ¿Me lo vas a comprar?” La dejé con la palabra en la boca, salí de la habitación, y regresé con las manos a la espalda. No os imagináis la cara que puso cuando vio que tenía el libro en una de las manos. Y si os cuento ya su expresión al ver que en la otra mano tenía los dos libros restantes de la serie, os podréis hacer una idea de cómo me sentí. Ni ella ni los de su clase sabían que había dos títulos más. Total: que mi amor por la lectura hizo que aquel día, en el ranking materno filial de “los 40 principales”, yo subiera de forma meteórica desde el puesto nosesabequenúmero hasta la primera y destacada posición, donde me mantuve triunfante una larga, larguísima temporada. Crepúsculo fue la llave que le abrió a mi hija el mundo de la lectura, y sólo por eso tengo que romper una lanza en su favor, aunque mi amiga Carla sienta deseos de matarme. Ya sé que no puede resultar más tópico ni más típico, que Bella es la clásica chica femenina, débil y tierna a la que el masculino, protector y perfecto Edward siempre salva. Pero mi hija empezó a leer gracias a eso.

Terry Pratchett o la prueba de que la lectura siempre será sorprendente, y Seda o la lectura como escuela

Cuando yo creía estar de vuelta de todo en este mundo de la lectura y los lectores, llegó mi actual etapa de escritora y, con ella, mis amigas mocadianas. Y Carla, ¿cómo no?, nos presentó a Sir Terry Pratchett. No hace falta que os diga que lo adora, porque ya lo cuenta ella en una de sus entradas. Y su amor por este autor es contagioso. De modo que aquí me tenéis, a mis años, diseccionando y disfrutando de artículos como el de Carla, y analizando la obra de un señor que ha tenido la osadía de dejarme con la boca abierta y sin mover un dedo. Porque para alguien como yo, que presumía de haber leído libros de “casi todo”, ha sido un descubrimiento y una espléndida sorpresa encontrarme con algo nuevo, diferente y original. No puedo decir gran cosa de este autor que no haya dicho Carla más alto y mejor. Pero quería mencionarlo en mi artículo de hoy porque lo merece. Y, a mi modo, también quiero rendirle mi particular homenaje.

Y vamos llegando al final. El otro día, en un curso de novela que estoy haciendo, nos tocó analizar un fragmento de Seda; la lectura de dicho fragmento me inspiró tanta curiosidad que en dos días me he leído la novela. Y me ha vuelto a pasar como con Sir Terry: me he quedado con boca de pez, medio babeando, al descubrir una literatura que está a años luz de la de mis comienzos, cuando todo eran aventuras de caballería, o novelitas rosas de Rafael Pérez y Pérez que devoraba en las vacaciones de verano, sin descanso, una tras otra. Aquellas novelitas, tan distintas de esa Seda de Baricco, fueron para mí un poco como Crepúsculo para mi hija: no puedo afirmar que fueran mis primeras lecturas, pero sí que recuerdo que con ellas tomé conciencia de que leer era para mí una necesidad ineludible.

¿Y ahora qué?

Nunca he tenido miedo a quedarme sin nada que leer, o a que nada de lo que pueda leer deje de sorprenderme. Creo que lo que la lectura nos regala tiene tanto que ver con el contenido de los libros como con los ojos del lector. Por eso las películas nunca suelen parecernos tan buenas como la obra en papel, salvo raras excepciones. Porque los libros, aunque sean comprados, llevan también algo nuestro desde el momento en que ponemos los ojos en la primera página. El autor lo gesta, lo cuida, lo mima, le ayuda a crecer, y lo lleva de la mano hasta el momento del parto literario. Pero luego es el lector el que lo viste de gala o lo condena al ostracismo; y, sea cuál sea su decisión, al tomar postura se convierte, aunque sea en una mínima parte, en “coautor”.

Y eso, saberme autora y coautora, es lo que me puso a pensar y a escribir todo lo que os he contado. Porque este artículo solo pretendía hablar del nacimiento del placer de la lectura. La experiencia es diferente para cada persona, y también varía a lo largo de la vida. En mi caso he querido hacer el recorrido de cómo me enamoré de los libros en mi infancia, cómo ayudé a que naciera en mi hija ese mismo amor y cómo, en esta tercera etapa, descubro en la lectura un placer mucho más maduro, conclusión de las etapas anteriores. Porque si no hubiera sido lectora e inductora de lectora, no habría podido renovarme.

Y, cuando ya parecía que leer no podría aportarme nada nuevo, resulta que ha sido la llave del portal a otro mundo fascinante: el de la escritura. Y, si habéis leído hasta aquí, no necesitáis que os cuente más. El resto del artículo lo podéis escribir a vuestro gusto.

Adela Castañón

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Fotos cabecera y final: Pixabay

Otra noche que debo ser alguien más

Miras por encima del hombro y ves a una mujer de pie, con un traje colmado de colores. Hecho de retazos que se yuxtaponen formando una recopilación de tonos lúgubres, perfectos para la ocasión. El atuendo lo complementan unos zapatos anchos con borlas rojas en la punta y una peluca de color azul con cabellos ensortijados que le caen sobre los hombros.

–¿Qué haces aquí?

Giras por completo y lanzas una mirada desafiante al espejo. Ahora la mujer tiene un vestido blanco. Te sonríe mientras danza en medio de la lluvia. En ese momento sientes cómo las gotas te humedecen el rostro. La brisa te despeina y te arrebata el escozor que caminaba a grandes pasos por tu cuerpo. Llena el agujero que tenías en el pecho y calma los retorcijones que sentías en el estómago.

De repente quieres escapar. Salir corriendo y tomar el primer vuelo a cualquier parte. Cambiar de posición. Tener un nuevo destino y conocer un lugar inesperado. Aunque también podrías quedarte y girar hasta el cansancio. Pero sabes que no estás danzando con la lluvia. Te revuelcas en lágrimas y dejas salir los demonios en pequeñas gotas cargadas de agonía. De nuevo te falta el aire. La opresión en el pecho hace que pierdas la noción del tiempo. Has reparado en cada parte de ese rostro muchas veces y siempre ves la imagen de una desconocida. De una mujer que no sonríe así tenga una desproporcionada peluca azul sobre su cabeza y la cara pintarrajeada. Te detienes en sus ojos inertes, descoloridos, y tratas de entender cómo cada lágrima fluye, aunque su rostro sea inexpresivo. No hay dolor, ni alegría.

–¿Quién eres?

La vida no es lo que deseabas y en definitiva no es lo que planeaste con detalle cuando tenías veinte años. No sabes qué quieres, no sabes hacia dónde ir, ni cómo detener los pensamientos que te incitan a dejar de ser lo que eres. No hay futuro más allá de las tablas. Estás anclada a la silla del camerino porque no has dejado de ser una niña ingenua cargada de temores, que no se arriesgará a cambiar su realidad. Muchos colores te adornan el rostro y tu traje de tintes discordantes te convierte en otra persona. Una que tiene por oficio hacer reír a carcajadas.

La luz roja del camerino se enciende. No queda más tiempo para divagar entre pensamientos inútiles. Es momento de reconstruir el maquillaje estropeado. Te pones la nariz roja y sonríes a medias a la extraña del espejo. Estás lista de nuevo para ser alguien más. Escuchas en un eco los aplausos provenientes del auditorio, el público está impaciente. La ovación te sacude hasta los huesos y sabes que es hora de salir a escena.

A unos pasos del telón un estallido de luces te seca la garganta y se te hace un nudo en el vientre. Una vez más debes ser la heroína de la falsa comedia. Todos los asistentes han pagado por el gran evento y esperan que tu representación valga cada peso. Das un paso hacia adelante y te preguntas si esta noche cumplirás con sus expectativas: “¿Los aplausos trascenderán las paredes del teatro? ¿Los gritos descontrolados y las risas curarán algunas almas?”. Tomas una bocanada de aire, relajas los hombros, mueves el cuello de un lado a otro antes de poner la cabeza en alto. Te abres paso entre el telón y empieza la función.

Mónica Solano

Imagen de Giorgos Daskalakis

La artillera. La lucha de España por la libertad

Homenaje a las heroínas de los Sitios de Zaragoza

De mi baúl de lecturas

Hoy os traigo mi primera entrega sobre una novela de Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947), mi amiga y compañera de pupitre. En un futuro vendrán más.

Sus novelas históricas cuentan los orígenes de varios reinos: del de Aragón, en El estrellero de San Juan de la Peña, del de Navarra en Toda reina de Navarra, y del Condado de Cataluña en Ermessenda condesa de Barcelona. Su gusto por el arte de contar y el rigor de su documentación, muy propio de una buena medievalista, son la clave de sus éxitos. Y los lectores nos regocijamos con su mirada irónica, que nos ayuda  a reinterpretar la historia en clave de humor. Nunca olvidaremos la huelga de hambre de la Condesa de Barcelona metida en un baúl ni a la reina Toda viajando hasta Andalucía con su nieto Sancho el Gordo para que los médicos árabes lo sometieran a una purga de adelgazamiento.

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La primera vez que leí La artillera lo hice de un tirón. No podía dejarla. Y cuando la acabé dije: “¡Impresionante!”

¿De qué trata la novela?

De los días previos al Primer Asedio de Zaragoza, del Primer Sitio, de los meses siguientes y del Segundo Sitio. De la vida zaragozana bajo el mando francés, de la salida de los franceses y de la visita del rey. Y, para terminar, de las últimas noticias de la vida de Agustina de Aragón, hasta su muerte en Ceuta a los 71 años. Trata, pues, de unos hechos históricos muy conocidos. Así que, desde el punto de vista del contenido, el lector espera pocas sorpresas. Por ese motivo, me acerqué a esta novela con cierto recelo. Pero, al comenzar a leer, al romper el silencio narrativo, me di cuenta de que estaba equivocada. Que el asunto es conocido, pero el enfoque resulta muy novedoso.

Los sucesos históricos se cuentan a través de las vidas cotidianas y de las vivencias de diez mujeres, las diez protagonistas: siete históricas y tres inventadas.

Las históricas son cinco mujeres del pueblo: Agustina Zaragoza, conocida como Agustina de Aragón y como la Artillera, María Agustín, María Lostal, Casta Álvarez y Manuela Sancho. Una dama, la condesa de Bureta y una monja, la madre Rafols.

Las inventadas son Matilda López y Marica, dos prostitutas del Rabal, y Quimeta, una hermana que la autora le ha regalado Agustina. Quimeta y Agustina viven juntas, porque sus maridos están luchando en Cataluña. Y así, a través de su estrecha convivencia y de sus permanentes diálogos, llegamos a conocer mejor la vida cotidiana, las estrecheces y los pensamientos de Agustina de Aragón.

En el primer capítulo se juntan estas diez mujeres en la plaza del Mercado. Agustina, Quimeta, las dos Marías, Casta, Manuela y las dos prostitutas están tomando un refresco en el puesto de la tía Paca, justo debajo del balcón de la condesa de Bureta. Y arriba, en el balcón, están la condesa de Bureta y la madre Rafols. Y las diez oyen el bando de declaración de guerra contra los franceses.

Desde las primeras líneas el lector se queda sorprendido cuando ve que Agustina se dirige con prisa al mercado a comprar una mata de borraja para añadirla a la olla que había dejado hirviendo. O cuando Casta Álvarez recorre los tenderetes en busca del mejor precio para el tocino y dos morcillas de arroz con piñones.

La sorpresa procede del enfoque, del nuevo punto de vista y de los detalles cotidianos, que disuelven el sentimiento heroico. En los momentos previos a un gran bombardeo, Casta Álvarez, que cunde por todos los lados, se sube a las murallas y a continuación se va a poner el puchero para la cena y a dar un limpión a la casa.

Y todo sucede así porque no es un libro de historia, porque es una novela en la que se crea, y se recrea, un mundo de ficción a partir de datos de la realidad.

Una novela realista de corte decimonónico

El género histórico se mezcla con las características de las novelas realistas del siglo XIX. Y la clave para esta interpretación la tenemos al final. Porque la novela de Ángeles de Irisarri es una continuación de la que ha escrito Carlota Cobo, la hija de Agustina de Aragón.

La autora, para recrearse y para recrear el siglo XIX, elige un género de la época. Y sigue el modelo de Cecilia Böhl de Faber, conocida como “Fernán Caballero”, una escritora que escribe sobre mujeres.

De la novela del XIX hereda el método de observación, la rigurosa documentación, la tesis, la estructura general, el cierre de los capítulos, los elementos de suspense y una narradora omnisciente que conoce y opina sobre la historia que está escribiendo. Antes de comenzar la novela, cuando leemos el título completo, “La artillera. La lucha de España por la libertad”, ya adivinamos que la segunda parte del título es la tesis.

Al final, el coro de mujeres de la fuente del Portillo va recapitulando y atando todos los cabos que han ido quedando sueltos. Y todo se cierra, menos la vida de Agustina, porque ha sido la heroína por antonomasia y ella, la Artillera, la primera mujer que entró en el ejército, va a ser el símbolo de la lucha de los aragoneses por la libertad.

El mensaje central de la novela está en el último capítulo, en un vivo y entrecortado diálogo entre Agustina y su hija. Así, al poner el mensaje central, la tesis, en boca de una Agustina cansada y enferma, de una Agustina a la que le falla la memoria, pierde el tono asertivo de las tesis de las novelas del siglo XIX.  “La palabra rendición no entraba en nuestro vocabulario. Allí fue vencer o morir…Para no ser esclavos, para ser libres”.

Una novela moderna de protagonista colectivo

Poco a poco se van incorporando grupos de mujeres que funcionan como los coros de las tragedias griegas. Las costureras de la fuente del Portillo se enteran de todo, porque se pasan el día parloteando y escuchando a las mujeres que se acercan al corro a decirles tal o a contarles cual.

Las comadres lenguaraces del ropero de San Miguel salen a coser a la puerta Quemada para enterarse de los sucesos y comentarios que circulan por la ciudad. Y hacen lo mismo las del lavadero de la acequia del Portillo, las del salón de la condesa de Bureta y las de la tertulia de Josefa Amar y Borbón.

Así, la verdad colectiva se va formando con la suma de las verdades individuales. Por eso son tan importantes los personajes secundarios que pueblan la novela.

Un discurso testimonial

En sus páginas oímos hablar a las protagonistas, y así tiene que ser, porque eran analfabetas. A Agustina de Aragón le enseña a leer doña Josefa Amar, y cuando la viuda María Lostal quiere volver a abrir la tienda de vinos tiene que ir a que la condesa de Bureta le lea las facturas, porque no sabe quiénes eran los suministradores de su marido.

El humor y la comicidad

En esta obra, como en todas las de la autora, se hace  una afirmación del valor y del sentido práctico de las mujeres. Una afirmación que brota de una pluma que es capaz de ironizar y de reírse hasta de su sombra. El lector, entre las pilas de muertos y el olor a cadaverina, se ríe cuando Casta Álvarez, cocinera del Hospital, descubre que las lentejas están agusanadas. “Que no se trataba de un gusano ni de dos, que había más gusanos que lentejas, que los bichos no flotaban en el guiso y que las cocineras no podían quitarlos con la rasera. Entonces, la madre Rafols decide hervirlas hasta convertirlas en una pasta.

Sonreímos complacidos cuando la condesa de Bureta saca los tomos de la Enciclopedia Francesa para construir barricadas. O cuando María Agustín no puede hacer los encargos de costurera ni salir a recibir a Palafox porque le ha venido la regla y se tiene que quedar siete días en casa.

Y cuando Casta Álvarez le dice a María Lostal que su hijo se llama Pablos, y no Pablo, porque cunde por tres, nos damos cuenta de que ese Pablos es un personaje con resonancias del Buscón de Quevedo.

Otras veces, el efecto cómico brota de las exageraciones que disuelven la tragedia. En medio de una ciudad destruida y llena de cadáveres, un grupo de mujeres se lía a navajazos por beberse las lágrimas que la Virgen derramaba. Y el día que se firmó la capitulación de Zaragoza, hubo colas de soldados en el burdel del Rabal porque se temían lo peor.

Para terminar

Está muy bien conseguida la personalidad de las diez protagonistas. Cuando cerramos el libro, sigue resonando en nuestros oídos el susurro de la condesa de Bureta, porque la habían educado para que nunca hablara alto. La voz de mando de la madre Rafols. Las risas y los jolgorios de las dos prostitutas del Rabal. Las alucinaciones de Manuela Sancho, que escucha las voces de los muertos en su interior. Los gritos de Casta Álvarez, cuando distribuye la comida a los soldados y cuando llama a una nueva insurrección porque no acepta la capitulación de la ciudad. La voz lastimera de María Lostal, siempre rodeada de sus tres hijos. Y el tono bondadoso y tierno de María Agustín.

En el fondo, estas heroínas tan bien caracterizadas son el trasunto de la importancia que tuvieron las mujeres zaragozanas en la defensa de la ciudad cuando la sitiaron las tropas francesas.

Carmen Romeo Pemán

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María Ángeles de Irisarre, La artillera. La lucha de España por la libertad. Editorial Suma de Letras, Madrid.

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La segunda oportunidad

Celia, llevo toda la vida contigo. Desde que te conozco, desde siempre, mi mantra es el mismo: “Te. Quiero. Te. Quiero. Te. Quiero”. Y así un día tras otro. Todos iguales y todos diferentes.

No recuerdo muy bien cuándo me di cuenta de que no éramos una pareja, sino un trío. Pero yo te quería tanto que no me importó. Al principio hasta me caía bien aquel intruso. Al fin y al cabo, me pareció que te amaba igual que yo. Tal vez por eso no me sentí capaz de odiarlo y mantuve los celos a raya.

Tampoco me acuerdo de cuándo empezaste a cambiar. Pero su voz empezó a sobresalir por encima de la mía. Cada vez lo escuchabas más a él, mientras a mí me ibas ignorando haciendo oídos sordos a mis eternos “Te. Quiero. Te. Quiero”. Sin embargo, yo no concebía la vida sin ti a pesar de que cada vez me dolía más vivir contigo. Te ibas transformando en una extraña. Te dejaste llevar por el canto de sirenas de ese falso amigo. El alcohol y los porros paseaban con frecuencia por tus venas, y eso me dolía. ¡No sabes cuánto me dolía! Él tenía argumentos. Muchos argumentos. Yo solo contaba con mi amor por ti. Y cuidarme dejó de ser importante para ti a medida que aumentaba su poder y sus cantos de sirena.

Podría seguir hablando contigo, contándote la historia de nuestro pasado que para ti ya ni siquiera existe, pero no serviría de nada. Y pese a todo, si pudiera, daría marcha atrás al tiempo para que el día de nuestra separación no hubiera llegado como llegó. No sé si te acuerdas. No tengo modo de saberlo desde que la vida nos separó. Yo, desde luego, lo recuerdo a la perfección. Aquel día habías bebido más de la cuenta. Y ese “más de la cuenta” siempre era un poco más que el día anterior. Yo estaba mal. Te lo iba diciendo. Te lo gritaba. Había puesto tanto empeño en intentar acallar la voz del otro, de mi enemigo, que no te dejé ver el autobús que se nos vino encima. Cuando levantaste la mirada del suelo fue demasiado tarde. Una fracción de segundo, el llanto de metales retorcidos, y de pronto estabas ahí, tirada en el mismo suelo que mirabas un momento antes, con los ojos ahora abiertos y fijos en el cielo, pero sin verlo.

Y yo…

¡Yo creí morir contigo!

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Cuando recobré la conciencia me invadió el desconcierto. Sentí que yo estaba allí, como siempre, pero a la vez no estaba. Nunca antes había escuchado el sonido del silencio, y su melodía era helada, como la de las gotas de lluvia sobre las lápidas de un cementerio. El vacío retumbaba en mis oídos mientras me sentía flotar en medio de la nada. Me resistía a creer que tú ya no estabas aquí, conmigo.

No sé cuánto duró aquello. Tampoco quiero saberlo. Al fin y al cabo, no tiene importancia. Solo recuerdo, al despertar, el mazazo de la soledad cuando descubrí que me faltabas. Mi mantra cambió para convertirse en otro: “Te. Añoro. Te. Añoro. Te. Añoro”.

Yo era poca cosa en manos ajenas. Me llevaron no sé a dónde. Me dejé llevar. Me obligaron a vivir. Dejé que me obligaran. Nada me importaba.

Entonces llegó ella, y me recibió. Entró en mi vida, y yo en la suya, sin que me pidieran opinión. Oí decir a alguien que ella me estaba esperando, aunque puede que fueran alucinaciones mías por culpa de la medicación.  Mi añoranza por ti, entretanto, seguía y seguía…

Fue duro verme obligado a comenzar de nuevo con una extraña, pero no me dieron alternativa. Al principio ni siquiera parecía que ella estuviera allí, y mucho menos que me prestara atención. Pero de pronto algo empezó a cambiar. La primera vez que escuché su voz, me dolió su sonido. ¡Su risa era tan distinta de la tuya! Y su sangre no era alcohol, era una nube de bruma que me envolvía en una nana hipnótica. Desde muy lejos escuchaba sus palabras que me hablaban de esperas y de esperanzas, de cariño, de cuidados. De un futuro junto a ella.

¡No sabes cómo lloré por ti esos primeros días de separación! Lloré por ese futuro que nos robó el autobús, lloré por no haber luchado más contra esa voz que te tentaba en el pasado, contra esas razones que tiraron de ti con más fuerza que la de mis sentimientos. Pero la voz de mi desconocida se abrió paso entre mis lágrimas. Perseveró sin descanso hasta que un buen día presté atención a lo que me decía, y escuché en sus labios las palabras que yo siempre había reservado para ti: “Te quiero”.

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¿Sabes una cosa? Lo imposible fue posible. Ella me dio mi segunda oportunidad. No creí que eso pudiera ocurrir, pero ocurrió. Aquí también está “el otro”, pero este “otro” sí la quiere de verdad, y no como el tuyo. Este le da consejos sabios, la guía, la orienta, le dice que me escuche, que me cuide, ¡sí! ¡que me cuide! ¿Te extraña oír eso? ¿Tan poco valor me dabas cuando yo era todo tuyo? Me hace feliz que haya alguien ahora que se preocupe por mí tanto como por ella.

¿Y sabes otra cosa? Empecé a quererla cuando me dijo que te estaba agradecida. Que, de no ser por ti, ella y yo no nos habríamos conocido. Me juró que me querría, que compartiría conmigo toda su vida, que haría que me sintiera orgulloso de pertenecerle.

Así ha sido durante un montón de años, y así sigue siendo. El milagro continúa día tras día. No sé si podrás oírme allá donde estés, pero mereces saberlo. No nací con ella. No tuvimos eso. Pero tengo la certeza y la felicidad de saber que vivimos y moriremos juntos.

Quiero que sepas esto, que no lo olvides. Por eso te lo repito. Ella ha sido mi segunda oportunidad. Porque me estaba esperando. Y cuando llegué a su vida, empezó a vivir de veras. Su amor por mí la llevó a estudiar medicina. A especializarse en cirugía cardíaca para hacer hoy con otros el mismo milagro que el doctor Christian Barnard hizo con ella.

Y sabes que todo lo que digo, lo digo de corazón. Porque no soy más que eso.

Adela Castañón

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