Saber no basta

Hace pocos días disfruté con un sabio consejo que Mónica Solano nos dejaba en este blog: cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia. Su artículo terminaba con una frase sobre la que merece la pena profundizar: “la actitud es la clave”. Y de eso quiero hablar hoy.

Información y motivación

El mundo se mueve y avanza porque somos las personas quienes nos movemos y avanzamos. O, al menos, la mayoría. Nuestra época está repleta de oportunidades. La información ha pasado de ser un privilegio a convertirse en algo al alcance de casi todos. La tecnología abre puertas que hasta hace algunos años no podíamos ni soñar que existieran. Si es cierta la frase tópica de que la información es poder, hoy el mundo estaría, o podría estar, lleno de personas poderosas. Entonces, si eso fuera así, ¿por qué la vida no se mueve a mayor velocidad? ¿Qué mantiene a tanta gente anclada a tantos inmovilismos? ¿Qué está fallando?

En mi opinión, uno de los motivos es que no basta con el saber. Sin una buena motivación, la información no sirve para nada o para casi nada. El mensaje que Mónica nos deja es abrumador dentro de su sencillez: la actitud es decisiva en el cambio personal. De nuestra actitud dependerán cosas como que nos toque triunfar, o bailar con la más fea. Y voy a contároslo con una de esas metáforas que tanto me gustan.

El cha cha cha de la vida

A pesar de que he escrito algunas veces sobre la invisibilidad de las personas, creo que todos transmitimos algo. Otra cosa es que los demás lo noten o no, pero todos interactuamos con los demás en mayor o menor grado. Cuando conocemos a alguien, tendemos a formarnos una opinión sobre él o ella. A bote pronto, o a medio o largo plazo, podemos pensar que esa persona desprende más luz que todo el sistema solar o, por el contrario, que brilla menos que una bombilla de cuarenta vatios. ¿Y a qué se debe eso? ¿Qué hace a una persona ser la estrella de la reunión, mientras que a otra la convierte en parte del mobiliario? Pues yo diría que el truco está en el baile de letras de ese cha cha cha. Me refiero con eso a tres conceptos: Conocimientos, Habilidades y Actitud. Que, por si alguien lo duda, no son en absoluto conceptos similares.

Todos conocemos a personas importantes: grandes hombres de negocios, profesores insignes, deportistas excepcionales, pero no todos pondríamos una biografía de esos personajes en nuestra mesilla de noche para estudiarla y aprender a ser como ellos. Y, sin embargo, quizá atesoramos un retrato de grupo donde sale alguien más anónimo, que ni siquiera es famoso, como si fuera una de nuestras posesiones más valiosas. ¿Por qué, repito, por qué ese desconocido del montón está por encima de los demás en nuestra escala de valores? Posiblemente por muchas razones. Dejando al margen a quienes llevamos en el corazón, casi todos hemos admirado en algún momento a una persona que en principio no reuniría los “méritos” tradicionales para ello. Os pondré un ejemplo: me encantan muchas novelas de Pérez Reverte, pero a la hora de seguir un blog de escritura, me engancho a los de Ana González Duque, o Ana Bolox, o Gabriella Campbell, que, seguro, son menos conocidas que don Arturo. Y es que, cuando se trata de aprender, me encanta y me atrapa la actitud de estas chicas a la hora de vivir la escritura como pasión compartida con gente a la que no conocen de nada, como yo misma.

No cabe duda de que los conocimientos son necesarios. Para cualquier cosa se necesita un mínimo de formación: para diseñar un cohete espacial, para saber que es mejor abrir el abdomen por la derecha en lugar de por la izquierda si vas a operar una apendicitis, para trabajar como intérprete o guía turístico… Y, por supuesto, también hace falta un mínimo de habilidad para todo: para servir una cervecita con el punto justo de espuma, para calmar el llanto de un niño, o para ganarse la vida como trapecista o, si se quiere, incluso como escritor. Todos necesitamos dominar o trabajar con más o menos profundidad nuestros conocimientos y habilidades. Pero no vale quedarnos ahí. Porque esos dos pilares son solo una foto fija que puede representar la inmovilidad. Y para que esa foto se convierta en un fotograma animado, en una película viva y dinámica, hace falta una buena actitud. Si le preguntamos a cualquiera que por qué quiere a su madre, seguro que no nos dice que porque es una experta en física cuántica (que alguna habrá con hijos, digo yo), sino por otros motivos que hacen que sea como es por la actitud que la define. No nos hace grandes nuestro conocimiento ni nuestra habilidad, sino nuestra actitud. Los demás nos valoran, en última instancia, por nuestra manera de ser. Mucho más que por lo que sabemos hacer o por nuestro currículum académico.

¿Y qué pasa cuando nos desanimamos? ¿Qué ocurre cuando abrimos un periódico, o escuchamos la radio, y solo encontramos noticias negativas? Pues pasa que nos venimos abajo. Que nos desanimamos y se nos olvida lo más bonito: ser como somos. Incorporamos a nuestro diccionario muletillas como “Uff”: “mami, juega un ratito conmigo” “uff, hija, díselo a papá, que estoy haciendo la cena”. Y llenamos nuestros días de frases y cosas de ese estilo. A veces no tenemos ni tiempo de parar, como si por detenernos un momento el mundo no fuera a seguir girando sin nosotros. Olvidamos o ignoramos que a veces hace falta parar para reparar. Hacer una pausa para tomar aliento, para preguntarnos si de verdad estamos haciendo lo que queremos hacer, o si en algún momento nos hemos despistado y hemos tomado un camino equivocado que no lleva a ninguna parte, o al menos no a lo que era nuestra meta.

Nuestra actitud, en último extremo, dependerá mucho de nuestra motivación. Y para encontrar nuestra motivación necesitamos a veces esa pausa, ese sentarnos a solas o en compañía delante de un café, y empezar a buscar por el sitio correcto. No siempre es sabio empezar persiguiendo las respuestas, porque puede ser mejor retroceder un paso y reflexionar sobre si nos hemos hecho las preguntas correctas. Si no encontramos una solución, puede que no sea porque no existe, sino porque hemos planteado mal el problema. Deberíamos mirar en nuestro interior para encontrar ese hilo que consiga hacer de nuestra actitud un ovillo maravilloso con el que tejer nuestra felicidad a pequeños pasos.

Un ejemplo final

No puedo hablar por otras personas, de modo que acabaré compartiendo mi propia experiencia acerca de mi actitud en un aspecto de mi vida como es este blog. En Letras desde Mocade he encontrado tres amigas maravillosas y un campo de entrenamiento igualmente maravilloso para algo que me hace feliz: escribir. Porque Mocade es algo más que la suma de nuestras iniciales. Es más que Mónica, Carla, Carmen y Adela. Es un equipo que tiene tres ingredientes que lo convierten, para mí, en uno de mis productos estrella:

MO-tivación

CA-riño

DE-dicación.

También esas iniciales describen a este blog y a sus autoras. Y si has leído hasta aquí y estás sonriendo, me sentiré feliz, porque te puedes incluir en esa descripción.

Adela Castañón

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El circo espacial

El 25 de julio, a las trece horas de la Tierra, el ingeniero biomédico Toulouse arribó a la estación espacial Ícaro. Después de veinte años de trabajo en el laboratorio de genética de la NASA le habían asignado su primera misión. Una de las que se clasificaban en el rango más alto de confidencialidad. En plena euforia, decidió embriagarse con su esposa y no leyó el Manual de Contacto Kyvos que le había entregado la teniente Smith. “Ya tendré tiempo para leerlo cuando esté en la estación”, pensó.

El estómago se le retorcía en una ruidosa sinfonía. El dolor era tan intenso que el sudor se le escurría por la frente. Cuando la cápsula espacial tocó la superficie del planeta se tomó unos minutos. Respiró hondo, se ajustó el traje y armado de valor descendió por las escaleras. Cuando pisó el terreno arenoso con sus botas espaciales sintió que la bilis le destrozaba la garganta.

Al principio no estaba seguro de si lo que veía era una alucinación por el alcohol, de la noche anterior, o si de verdad estaba enfrente de una comunidad circense, a miles de millones de kilómetros de la Tierra. En ese momento se arrepintió de haber aceptado la misión sin conocer más detalles.

Movió la cabeza de un lado a otro, pero la imagen no se desvaneció. Fijó la mirada y vio con claridad las carpas puntiagudas, con rayas rojas y blancas, que se alzaban en el horizonte. Banderines de colores rojo y azul se agitaban en lo alto de los toldos. Estaba en un planeta habitado por un circo espacial. “De tantas especies que hay en el universo, por qué tengo que recolectar muestras de un maldito circo”, pensó. Y renegó una vez más por su mala suerte. Regresó a la cápsula, organizó el maletín con el equipo de recolección y se acomodó el traje. Con la mirada fija en el tablero de la manga derecha revisó la provisión de oxígeno. En el panel titilaba una cifra: siete horas.

—Tiempo suficiente para recoger las muestras y abandonar el planeta —dijo mientras cerraba el casco y oprimía el botón para liberar el oxígeno. Activó la grabadora en su cuello y emprendió la caminata.

—Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos arribé al planeta Kyvos. Lo primero que vi fue una estación espacial con la forma de un espectáculo de circo. Espero no encontrarme con un maldito payaso. ¡Juro que no volveré a beber! ¡Maldición! Borrar. Borrar. Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos que arribé a la estación espacial Ícaro. Estoy listo para recolectar las muestras de tejidos. Según la teniente Smith, los kyvosi tienen propiedades que facilitarán el desarrollo de órganos artificiales para preservar la raza humana. A las trece horas con cincuenta y cinco minutos de la Tierra no he visto ningún habitante. Caminaré hasta la carpa principal del circo. Nuevo reporte a las catorce horas con treinta minutos. Grabar.

De repente, mientras desactivaba la grabadora, Toulouse vio una figura mediana que se aproximaba hacía él. Una vez más sintió que la bilis se le atoraba en la garganta. Con una respiración controlada reprimió las náuseas, no quería vomitar en el traje. Contó de diez hasta uno y juró, por milésima vez, no volver a beber.

El pequeño ser se detuvo frente a él. Toulouse parpadeó un par de veces para observarlo mejor. Un tejido metálico lo cubría. Aunque estaba desnudo, a simple vista, parecía un ser asexuado. Dos cuernos que formaban un sombrero de arlequín le salían de la cabeza. Hacían juego con las marcas que le adornaban el rostro por debajo y por encima de las cuencas vacías. Alrededor de la boca unas líneas negras dibujaban una sonrisa perpetua. Aunque no tenía ojos, Toulouse podía sentir que el kyvosi lo miraba fijamente. ¿Cómo podrá verme?, pensó.

El pequeño arlequín extendió el brazo derecho y uno de los dedos de metal dibujó símbolos en el aire. Una luz roja formó la frase “Bienvenido al planeta Kyvos, terrícola”. Toulouse comprendió que el kyvosi conocía el lenguaje de la Tierra y podía comunicarse con él. Sacó el láser del maletín y escribió en el aire “Gracias. Soy el ingeniero biomédico Toulouse, encargado de recoger las muestras”. El kyvosi le indicó que lo siguiera. Mientras caminaban, mantuvieron una corta charla técnica, en la que le indicó la zona de trabajo, horarios y todo lo referente a la expedición. Al final del recorrido le invitó a una cena especial de bienvenida.

Toulouse, complacido por la invitación, hizo una reverencia como una muestra de gratitud. Cuando se incorporó, una tropa de soldados con lanzas de fuego lo tenían rodeado. En ese momento sintió que todo se movía a su alrededor y que el aire le faltaba. Maldijo entre dientes y recordó la advertencia de la doctora Smith “no entres a la cápsula sin leer el manual”.

“Manual de contacto Kyvos. Doctora Alied Smith. Inciso uno. Las reverencias son consideradas una falta grave en la comunidad kyvosi. Absténganse de realizarlas si no quiere morir desintegrado”.

 

Mónica Solano

Imagen de Rheo

LA VOZ POÉTICA DE LAURA LAHOZ RUESGA

NUESTROS RECUERDOS

Hoy quiero recuperar el recuerdo y la voz poética de Laura Lahoz, una de mis queridas alumnas escritoras del Instituto Goya de Zaragoza.

Laura y el Goya

El sábado 12 de agosto de 2017, en El Frago, Laura Lahoz Ruesga, escritora-profesora, y María José Moreno Soriano, actriz, nos deleitaron con una velada poético musical de una exquisita selección de poemas. Estuvieron acompañadas por los músicos Joaquín González y Jaime Lapeña. Ese mismo día, por la mañana, habían ofrecido una selección diferente en un vermut poético-musical en el castillo de Biel.

Laura, en el recital de Biel, me dedicó unas emotivas palabras y este escrito:

Querida Carmen: Cuando subo las escaleras camino del aula, con la cartera en una mano, recuerdo la emoción que sentía en el I.E.S Goya. Durante dos cursos asistí a tus clases de Lengua Española con una mezcla de ilusión y curiosidad. Tu entrega, tu rigor y tu pasión hacia la gramática y hacia el cuidado del idioma permanecen en mi memoria. Todo lo que aprendí en tus clases lo enseño a mis alumnos. Ahora compartimos una gran amistad, lecturas y publicaciones de otras compañeras del Instituto, como Irene Vallejo. Siempre te has mostrado entusiasta, activa. Me emociona leer tus artículos y observar atónita como mantienes la energía y sigues escribiendo.

Con este artículo aspiro a responderle a lo que ese día no hice, porque no me pareció el momento oportuno.

El primer día de clase, allá por el curso 1993-1994, vi dos apellidos muy conocidos en la lista de mi grupo de Literatura de Tercero de BUP. Recuerdo que me acerqué y le pregunté: “¿No serás la hija de Ángel Lahoz y Concha Ruesga, mis compañeros de curso?”. No me contestó, abrió sus ojazos azules y me miró con cara de susto. No insistí más. Daba igual. Laura estaba allí para que yo le enseñara lengua y despertara su pasión por la literatura. Intentaría hacerlo lo mejor que supiera. Volví a tenerla como alumna de Lengua en COU. Y después nos hemos hecho amigas.

Por la tarde, al acabar el recital poético de El Frago, nos juntamos a charlar y a rememorar los años del Goya. Entre otras cosas me dijo:

Mi clase estaba en el segundo piso, al fondo del pasillo, a la izquierda.  Durante cuatro años el instituto Goya fue mi casa. Después de veinte años paso por la puerta y esbozo una sonrisa; supongo que no será lo mismo, pero para mí permanece esa esencia, la marca Goya, como decíamos entonces, cuando creíamos que el mundo era nuestro. Y, en verdad, o era porque en el instituto pasaba lo más importante: los amigos, los viajes, las alegrías, los nervios, las decisiones, todo sucedía entre sus cuatro paredes, en las aulas y en los pasillos.

Los comienzos no fueron fáciles. El Centro me parecía enorme y me sentía perdida. Las matemáticas y la física me resultaban imposibles. En tercero de BUP decidí cursar el Bachillerato de letras puras; entonces mi vida académica me resultó apasionante. Los profesores que me dieron clase permanecen en mi memoria con un gran cariño. Recuerdo el rigor, la pasión de las explicaciones.

Decidí estudiar Filología Clásica por los profesores que tuve de Latín y Griego. Escribo y adoro leer gracias a los profesores de Lengua y Literatura de entonces.

El Goya me ofreció subir a escena con el grupo de Teatro TEGO; la clase de teatro de los viernes era el mejor modo de comenzar el fin de semana. Los primeros pinitos literarios comenzaron con el Premio de Poesía Goya.

Compañeros de entonces siguen a mi lado. Con los años, lo realmente importante es la gente. Nos hemos hecho mayores, pero la impronta del Goya nos marcó entonces y ahora.

Carmen, tú me enseñaste todo lo que sé sobre gramática, me acompañaste al viaje de estudios a Italia y después hemos trabajado juntas en otros proyectos literarios.

Después de calmar el sonrojo que siento en mis mejillas al volver a leer sus palabras, las apostillaré con mucho gusto.

La prudencia y sentido estético de Laura la llevan a no entrar en detalles. Sus profesores de clásicas, Pilar Iranzo, Pilar Idoipe y Jesús Oliver, determinaron su vocación. Y Emilio Gutiérrez Lizarraga, creador y director del TEGO, le enseñó a desenvolverse con soltura en las tablas de un escenario. Nos dejaron maravillados con la puesta en escena de “Martes de Carnaval” y con la del “Romance de Gerineldo”. Esta última la representaron en Lincoln (Inglaterra) los alumnos del proyecto europeo ROTA.

No me puedo olvidar del brillante grupo de amigas que siempre iban con ella: Berta Amella, Sandra Relaño, Raquel Allué y Paloma Laporta, entre otras. ¿Me equivoco, Laura? ¿Y qué dirías del susto que me diste cuando te perdiste en Siena en el viaje de estudios a Italia? ¿Y de que no te dejaban entrar en el Vaticano porque llevabas pantalones cortos?

Bueno, pues aquella Laurita se nos ha convertido en una de las mejores poetas de su generación. Y lo vais a entender cuando leáis sus declaraciones y sus poemas. ¡No podría haber sido de otra forma!

Los libros forman parte de mi vida. No entiendo la vida sin ellos. La lectura me ha salvado siempre. Y no quiero desprenderme del decorado de mis paredes, todas recubiertas de libros. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

La voz poética

La voz de Laura, siguiendo las tendencias de la poesía moderna, es el trasunto de su personalidad y de su forma de percibir y de estar en el mundo.

Laura. Escribiendo

Laura Lahoz en un pupitre

Escribo para encontrarme, para situarme en las vidas de otros. Cuando un verso me conmueve o un relato me emociona, me siento plena. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Laura ve el mundo a través de la escritura y de las imágenes que le sugieren las palabras. En su nuevo poemario, El silencio dice, en la tercera parte, La voz ausente, recrea el mundo a través de la mirada de sus poetas preferidos.

¿Qué sería mi vida sin Manuel Vázquez Montalbán, Leopoldo María Panero, Milan Kundera, Alejandra Pizarnik, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Wislawa Szymborska? No sería. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Y, por encima de todo su universo literario, planea el Mundo Clásico, con sus formas, sus ideas, sus paisajes y sus héroes. La Grecia Clásica y sus mitos son el trasunto del libro Constantes vitales. Esas constantes del ser humano que cobraron vida en las páginas del mundo antiguo.

¿Qué sentido tendría el día a día sin el Mundo Clásico, los diccionarios, los juegos de palabras? No tendría ninguno. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Constantes vitales (2014)

Constantes Vitales. Portada

Estos treinta y ocho poemas son el reflejo del gran amor de Laura por la cultura clásica y el catalizador de sus muchos viajes a las tierras que pisó Homero.

  • Tu mirada me
  • fascina
  • tus ojos
  • me embelesan
  • le decía Safo
  • a su enamorada
  • presa. (Lenguas clásicas)

De su mano recuperamos los nombres, el aroma y los colores del tiempo, detenido en estos versos.

  • Cuaderno
  • de a bordo,
  • anotar
  • cada secuencia
  • de esta existencia. (Bitácora)

Los héroes griegos nos acompañan en esta odisea por distintos países y ciudades, buscando la esencia del ser humano.

  • Mi cabeza es un barco varado en Creta (Ventus Cretae)

Y nos llevan del pasado al presente y nos proyectamos al futuro.

  • El poema es la presencia misma
  • de lo que está por venir. (La noción pura)

Con la ausencia de anécdotas, la presencia de figuras retóricas muy logradas, el calculado ritmo de todos los versos, y la concisión consigue una poesía pura de altos vuelos.

En Blancas impar y negro, cifra el ritmo alternante que apreciamos en todos los poemas, ese ritmo binario que a su vez es la búsqueda del yo y del tú amorosos.

  • Un yo y un tú
  • avanzan en ele
  • por las teclas
  • de un piano
  • negro. (Blancas impar y negro)

En el poema Cuba está su concepción de la poesía como un juego creativo con los distintos niveles de la lengua.

  • Pasen y vean:
  • trapecistas
  • de letras,
  • leones
  • de palabras,
  • domadores
  • de sintagmas,
  • poliedros
  • de sílabas,
  • aristas
  • de versos,
  • pasos
  • de morfemas,
  • notas
  • al pie,
  • plumas
  • de sombreros,
  • membretes
  • de signos. (Cuba)

En este primer poemario ya apuntan los temas que va a desarrollará en los posteriores, junto a una permanente reflexión sobre el lenguaje y sobre la poesía.

Teoría del color. Cyan, Magenta, Yellow, Black. (2015)

Teoría del color

 

Con el intenso colorido del poemario anterior, ya habíamos adivinado la paleta cromática de Laura. Pero ahora lo nuevo es que el propio color se disuelve en los versos. Estos poemas podrían ser un buen complemento para las exposiciones de su madre, Concha Ruesga, que le contagió su pasión por la pintura.

La emoción estética la resuelve con la aposición de imágenes, en un perfecto collage.

  • Amarillo.
  • Teatral rechazo
  • hoja que pasa
  • fruta con ritmo
  • disco solar.

O con imágenes llamativas

  • Cian
  • Cristal opaco
  • el mundo perfora
  • el fondo del vaso.

Y no se nos escapa esa referencia estética al fondo del vaso de Luces de bohemia

de Valle Inclán.

Teoria color. Reverso.jpg

El silencio dice (2016)

  • El silencio dice
  • lo que la escritura
  • esconde. (El silencio dice)

Como las obras clásicas, está organizado en tres partes, Perfil de nadie, La voz ausente y Rumbo interior, precedidas por un preámbulo sin título. Desde el primer poema percibimos un revisionismo y una evolución de la voz poética.

Hoy es la palabra del momento.

  • La esencia, el aliento.
  • Recuerdo cuando
  • las letras cifraban intentos. (¿Comunica?)

En esta nueva mirada sigue la pasión por la cultura clásica, pero deja aflorar el mundo de los sentimientos con gran fuerza.

  • No tengo batería,
  • estoy sin cobertura
  • de pensamiento. (¿Comunica?)
  • Al lado del corazón
  • están la vida y los versos. (Principio de incertidumbre)
  • Lo que deseas
  • no es siempre lo que necesitas. (Caligrafía)

El silencio dice es una poesía madura y reflexiva, con gran dosis de ironía. Como en los poemarios anteriores, es una poesía pura, con ausencia de anécdota, que se resuelve en poemas muy breves, con una gran concentración de las ideas y las sensaciones.

Para terminar

Querida Laura: tú, y alumnos como tú, me dais la energía y el entusiasmo para seguir escribiendo. En estos escritos intento recoger lo que aprendí de vosotros. Intento hacer confluir los senderos por los que transitáis mis alumnos para que nuestra experiencia colectiva no muera del todo y para satisfacer el orgullo que me produce haber tenido alumnas como tú.

Carmen Romeo Pemán

20170812. Biel. Laura y Carmen

Laura Lahoz con Carmen Romeo a la salida del recital poético. Biel, 12 de agosto de 2017.

Imagen destacada: Laura Lahoz y María José Moreno. El Frago, 12 de agosto de 2017. Foto de Carmen Romeo Pemán.

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Addenda

Curriculum y publicaciones

Laura Lahoz Ruesga (Zaragoza, 1977), profesora de Lenguas Clásicas, es Licenciada en Filología Clásica (Universidad de Zaragoza), Máster en Edición (Universidad de Salamanca) y en Fomento de la Lectura (Universidad de Alcalá de Henares). Es miembro de letr@demoldeeditorial. Y ya tiene en su haber una buena cartera de publicaciones.

El silencio dice, en prensa, 2016.

Teoría del color, letr@demoldeditorial, colección Asuntos internos.nº.1, Zaragoza, Agosto, 2015.

Constantes vitales, Olifante, Ediciones de poesía, colección Papeles de Trasmoz, Zaragoza, 2014.

Está incluida en las siguientes antologías:

Parnaso 2.0: Un mar de labrantíos. Antología de poesía aragonesa del siglo XXI, VV.A.A., Gobierno de Aragón, 2016. http://parnaso2punto0.aragon.es/?p=616

La Mística, edición y coordinación de Manuel Martínez Forega, Editorial Olifante, 2016.

Con Clave de Fa aún mayor, de Ricardo Comín Anadón y José Ramón Mañeru, Zaragoza, 2015.

Los Borbones en Pelota, Edición coral SEM y VVAA, coordinada por Manuel Martínez Forega, Editorial Olifante, 2015.

Yin. Poetas Aragonesas: 1966-2010, Zaragoza, Olifante, 2010.

Y ha participado en numerosos recitales poéticos, con María José Moreno.

Velada poético musical. Biel y El Frago. Músicos: Joaquín González (guitarra), Jaime Lapeña (violín). Castillo de Biel,  12 de agosto, 2017. El Fosal, El Frago, 12 de agosto, 2017.

Vermú poético musical. Casa del traductor. Músicos: Juan Millán (percusión), Jaime Lapeña (violín), Leslie Dowdall (voz y guitarra), Tarazona, Zaragoza, 1 de julio, 2017.

Palabra de mujer. Los mundos de su voz. Poetas españolas, iberoamericanas, y nórdicas: Asociación de mujeres Lacarra, Daroca, 14 de noviembre, 2015. Y en la  Biblioteca pública de Costean, Huesca, 21 de noviembre, 2015. http://bibliotecacostean.blogspot.com.es/

La noche oscura. Homenaje al Greco, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León. Música del laúd de Manu Sesé.  Biblioteca de Costean, 28 de marzo, 2015. http://bibliotecacostean.blogspot.com.es/

El fuego de la libertad. Homenaje a Julio Cortázar y Octavio Paz. Músicos: Daniel Zapico (Tiorba) y Joan Miró (Flauta).La Campana de los perdidos, Zaragoza, 21 de septiembre, 2014.

Sublime absurdo

Mario estaba emocionado. ¡Su primer trabajo! Distaba mucho de parecerse a los sueños de futuro que había ido forjando a lo largo de su carrera; “pero menos da una piedra” –solía decirse cuando el pesimismo amenazaba con invadirlo– “al fin y al cabo, estrenarme en un medio rural tiene sus ventajas”. La carrera de Medicina se le había hecho eterna. Pensaba que en los últimos años lo único que le había librado de tirar la toalla había sido la pereza de tener que empezar otra licenciatura. Total, la duración iba a ser la misma. Y no debía confundir el hastío y el cansancio de tantos años de facultad, con la pérdida de su vocación.

Por increíble que pareciera, llegó el día en que se licenció. Y le ocurrió como en los cuentos de hadas: lo que parecía ser la meta, en el fondo, solo era el principio de un nuevo peregrinar. El final de las historias, con la boda del príncipe y la princesa y el consabido: “y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, en realidad no era un fin, sino un comienzo. El aterrizaje en la vida real se lo procuraron algunas indirectas paternas cuando insinuó algo sobre una especialidad: “hijo, estamos orgullosos de ti y encantados de los sacrificios que hemos hecho para que estudiaras, pero ¿no deberías empezar a buscar un trabajillo? No es que tu madre y yo no queramos que sigas aprendiendo. Lo que pasa es que tienes más hermanos estudiando, y mi sueldo no da para tanto”.

Las reflexiones de sus progenitores y la paciencia de su eterna novia le ayudaron a decidirse. En vez de preparar una especialidad, como hubiera sido su sueño, se quedó en médico de cabecera y aceptó la oportunidad de estrenarse en el medio rural. Inició la convivencia en pareja con su novia –ahora flamante esposa–, con cuestiones tan prosaicas como “¿qué te parece, Chelo? ¿alquilamos de momento algo, o nos metemos en una pensión? ¿seguro que no te importará vivir tan lejos de tus padres?”

Y Chelo, primero novia fiel desde que tenían doce años, y luego esposa ejemplar y paciente como la que más, estaba dispuesta a seguir a su Mario al fin del mundo. Y casi, casi fueron literales sus palabras, porque aquel pueblecito ni siquiera aparecía en muchos mapas. Escondido en mitad de una sierra, solo se podía llegar por una carretera de acceso compuesta de curvas encadenadas que terminaba en la plaza principal. Bueno, principal y secundaria, porque era la única plaza del lugar. El pueblo no era ruta de paso a ninguna parte, y Mario incluso creyó ver algunas briznas de hierba asomar por el centro del asfalto conforme se iban acercando a su destino. La flamante pareja, sin hablar entre ellos, rezaba para que su coche de segunda mano sobreviviera a la ascensión. Ninguno quería poner voz a sus miedos, aunque compartían pensamientos parecidos. Tal vez habrían debido pensarlo mejor, antes de aceptar ese destino sin siquiera visitarlo previamente. ¡Si por allí debía pasar una media de tres vehículos al año!

Pero si algo llevaban en su equipaje era optimismo. Y la llegada supuso un alivio, cuando vieron en la plaza un comité de recepción que, dedujo Mario, debía estar allí esperándolos a ellos, a juzgar por la escasez de tráfico local. La bienvenida fue efusiva: el cura, el boticario, el maestro, y el alcalde los acompañaron a la casa del médico, donde los dejaron instalados.

Al día siguiente Mario debutó solemnemente en la consulta. Su primer paciente fue, nada más y nada menos, que el señor alcalde. Tenía unas anginas de caballo, de esas que hacían que tragar fuera poco más o menos que una misión imposible, y así se lo hizo saber su Excelencia al Señor Doctor. Mario se vio invadido por el pánico cuando, tras manifestar el alcalde que la vía oral quedaba descartada por el intenso dolor, aclaró que, por principio, las agujas e inyecciones le daban alergia. “¡A ver qué hago ahora, pensó Mario!”. Pero su ángel de la guarda vino en su ayuda. Llevaba en su maletín unos supositorios de sulfamidas, novedad en aquellos años cincuenta, y ni corto ni perezoso entregó el medicamento al regidor, explicando con delicadeza y todo lujo de detalles la forma y manera de administración.

Al cabo de pocos meses, Mario había adquirido una seguridad en sí mismo que superaba sus mejores sueños. El pueblo lo adoraba, y rápidamente se convirtió en el quinto personaje de las celebridades locales. Le gustaba decirle a su Chelo, en un tono doctoral impropio de sus pocos años, lo orgulloso que estaba de que todos los convecinos se hubieran dado cuenta de su excelente preparación profesional.

Y su Chelo asentía y callaba, dándole la razón en todo y agradeciendo al cielo el modo como se habían desarrollado los hechos. Porque Chelo tuvo el buen tino de no confesarle jamás el sublime absurdo sobre el que se había basado su impoluta reputación. Y el hecho, celosamente guardado en secreto, no fue otro que una confidencia de la señora alcaldesa. En una visita de cortesía a la esposa del doctor, y tras unas copitas de vino dulce, que todo hay que decirlo, la primera dama del pueblo le contó a Chelo que, a los dos días de ponerse los supositorios, la garganta de su esposo empezó a mejorar. Y el alcalde hizo a su alcaldesa un comentario, que luego recorrió el pueblo elevando hasta cotas insospechadas la admiración de los vecinos ante la sapiencia del nuevo galeno local:

–Micaela, ¡lo que hemos ganado con el médico nuevo! ¡Hay que joderse! El otro doctor no consiguió arreglarme nunca la garganta a base de “pildoricas”. ¡Y éste hay que ver la ciencia que tiene! ¡Qué de libros habrá tenido que estudiar! ¡Porque quién iba a pensar que la raíz de mi mal –y aquí señalaba primero a su garganta, y luego a sus posaderas– estaba tan lejos y tan honda!

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Pequeña y grande: biografías ilustradas de mujeres para niños

Una artículo enmarcado en el #LeoAutorasOct

El pasado mes de enero, mi hija cumplió un año. En este mundo tan loco, en el que las fiestas de cumpleaños son como bodas y las bodas como enlaces de la realeza, nosotros celebramos el cumpleaños de Valeria en el parking, con bocatas de jamón y de chocolate, pasteles y tortillas. Todo muy noventero porque, total, ella no se iba a enterar de nada.

Excepto de los regalos. Toda la familia escogió agasajar a Valeria (y a los bolsillos de sus padres) llenándole el armario con todo lo que podría necesitar en el próximo año. Unos amigos, en cambio, le regalaron lo más bonito y maravilloso del mundo: libros.

Pero no unos libros cualquiera, no. Era una colección de biografías en forma de cuentos ilustrados sobre grandes mujeres de nuestra historia: Marie Curie, Agatha Christie o Coco Chanel, entre otras.

 El #LeoAutorasOct

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Dejadme hacer un inciso. En agosto de 2016, un grupo de tuiteras decidieron leer únicamente a escritoras durante el mes de octubre. Esta iniciativa busca dar visibilidad a las autoras en el mundo editorial a través de la lectura, compra y recomendación de su obra. Es el #LeoAutorasOct (leo autoras en octubre). Este año se repite este movimiento, que tiene vocación anual.

El año pasado llegué tarde, pero este me he propuesto traer la iniciativa a mi casa. Porque, aunque leo autoras durante todo el año, si miro mi biblioteca, más del ochenta por ciento de los libros están escritos por hombres. Posiblemente es porque hay menos libros publicados por mujeres pero, ¿es que ellas escriben menos? ¿O es que, como en otras profesiones, hay un techo de cristal?

Tiendo a pensar esto último. Los editores de Joanne Rowling temieron que los niños no acogieran bien sus libros si veían que estaban escritos por una mujer. Desde entonces, sus iniciales disfrazan su sexo en la portada de Harry Potter. ¿Existen esos prejuicios en los niños? ¿Los imponen los editores? Y, si ellos creen que los críos leerían menos a una mujer que a un hombre, ¿no será porque se dejan llevar por ese desprecio inconsciente cuando tienen delante la obra de una mujer?

El #LeoAutorasOct debe ser un golpe en la mesa para demostrar que las mujeres sí interesan. Que sí venden. Y, aunque durante el año también sería bueno tenerlas en cuenta, es necesario realizar llamadas de atención para luchar por algo justo: que todos los libros buenos merecen ser leídos, independientemente de los genitales de quienes los escriban.

Otras iniciativas que colaboran con la visibilización de la mujer

Las chicas de #LeoAutorasOct, que recogen su iniciativa en su blog, no son las únicas abanderadas de esta lucha por el reconocimiento de la mujer en la literatura. La Editorial Cerbero ha creado un pack que contiene todos los tomos publicados por autoras en su editorial. Adopta a un autora pretende animar a los lectores a conocer a fondo y difundir la obra de una autora. La nave invisible da a conocer en su blog a mujeres que escriben Ciencia ficción, fantasía y terror, y además de crear fichas sobre ellas hacen reseñas de sus libros.

Pequeña y grande: poesía, ilustración y mujeres

Dicho esto, y porque he visto muchas recomendaciones para adultos pero ninguna para niños, vuelvo a la colección que nuestros amigos le regalaron a Valeria. Pequeña y grande, de Alba Editorial (Barcelona), tiene seis volúmenes publicados Se editan en castellano y en catalán, y la autora es Mª Isabel Sánchez Vergara.

A través de unas rimas poéticas sencillas, los pequeños se acercan a la vida de poetisas, escritoras, diseñadoras y científicas. Mujeres que han dejado su huella en el mundo y que sirven de inspiración a, y nunca mejor dicho, grandes y pequeñas.

Cada tomo está ilustrado por un profesional diferente y eso se refleja en el estilo de los dibujos, que parecen responder al carácter de cada protagonista.

Recomiendo esta colección por dos razones. La primera, porque se nota que cada tomo ha sido cuidado con mimo y muestra la calidad que hay detrás de los textos, las ilustraciones y la edición. La segunda, por lo que significa que exista una colección de biografías de mujeres para criaturas, y no solo para niñas. Es cierto que ellas deben descubrir que hay mujeres a las que pueden imitar, pero ellos también necesitan aprender que alcanzar metas altísimas no es solo cosa de hombres.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de las portadas en Alba Editorial

Imagen del día de la escritora del blog de #LeoAutorasOct

Mosen Matías

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas Aragonesas

Como todas las tardes, me senté debajo del emparrado que había a la entrada del pueblo. El ruido de un coche rojo me sacó del sopor de la siesta. Subía renqueante por la cuesta, el tufo de la gasolina inundó el ambiente y pensé: “¡Se acabó la tranquilidad! Estos veraneantes son una plaga. Llegan como si fueran los dueños del pueblo”.

Como de natural soy un poco curioso, me levanté del poyo con ayuda del bastón. En ese momento, el coche paró delante de mí y se abrió la puerta del conductor. Con el sol de cara no podía ver bien. Me puse las manos en forma de visera y distinguí la silueta de una mujer de unos cuarenta y pocos años.

–¡Buenas tardes, mosén! –me dijo mientras se quitaba las gafas de sol, se ajustaba la bandolera al hombro y se echaba la melena rubia hacia atrás.

De repente me quedé parado. Entonces ella cerró la puerta y desapareció por la calle que llevaba a la plaza.

Esa voz me decía algo. Se parecía a la de María, la hija de la Bernarda, que ya descansaba en paz. Pero habían pasado tanto tiempo después de todo aquello que ya no estaba seguro de nada. Si no hubiera sido por el lumbago, me habría acercado para asegurarme.

Hacía muchos años que María se había marchado del pueblo. Me acuerdo muy bien. Se fue llorando por camino del puente y ya no volvimos a verla. Fue el día que se enteró de mis relaciones con su madre.

Como era una joven impulsiva y rebelde no quiso atender a razones. ¡Y mira que intenté explicárselo! Pero ella que no, que yo había querido engañar a la Bernarda y que se avergonzaba de su madre. Era demasiado joven para entender lo difícil que le resultaba a su madre vivir con un borracho que le pegaba. Por eso se vino a confesar. Quería decirme que iba a abandonar a su marido. Y yo que no, que la obligación de la esposa era estar sujeta al marido. Pero la vi tan empecinada que comencé a darle vueltas y a pensar cómo podría ayudarla. Porque la Bernarda era una de esas mujeres bondadosas, incapaces de levantar la voz a nadie.

Después de mucho cavilar, un día le propuse que viniera a hacerme las faenas de casa. Que le pagaría bien y ella podría llevarle dinero a su marido. Que así la dejaría tranquila si tenía asegurados los cuartos del vino y del juego. En esa conversación me enteré de que la Bernarda, y todo el pueblo, estaban al corriente de que yo aliviaba mis necesidades de hombre con algunas mujeres que no llevaban buena fama. Porque, de repente, me espetó:

–Mosén, si me paga bien, no tendrá que comprar favores a nadie. Usted me arregla la vida a mí y yo se la arreglaré a usted.

Así fue como entró en mi casa. Después, poco a poco, nos fuimos encariñando, que los dos andábamos faltos de afecto. Al cabo de un tiempo, estábamos enamorados como dos tórtolos. Y ya no nos importaba nada ni nadie. Pero el día que me dijo que estaba preñada sentí una punzada en la boca del estómago.

Al principio fue fácil ocultarlo y hacerle creer al marido que era el padre de la criatura. Con el tiempo, se desataron las lenguas. Se empezó a correr que la niña se me parecía, y que hasta tenía un gran lunar en la mejilla izquierda, como el mío. Pero todo se desbarató cuando uno de los pretendientes de la muchacha le dijo que era hija del cura y que su madre era una barragana.

Vino hecha un basilisco y se descaró conmigo.

–¡Usted mismo me enseñó los Mandamientos de la ley de Dios. Creo que el octavo era No dirás falso testimonio ni mentirás. El noveno, No consentirás pensamientos ni deseos impuros. Y el décimo, No desearás a la mujer de tu prójimo. Pues usted ha cometido tres pecados mortales. Ha pecado contra el octavo, el noveno y el décimo. Y, como no se puede confesar, que en el pueblo no hay otro cura, se va a quemar en el fuego eterno”.

Yo intenté explicarle la verdad. Decirle que no era hija del pecado. Pero no me escuchó. Me escupió a la cara y empezó a correr por el camino que llevaba al pueblo más cercano. Desde ese día la estoy esperando para contarle la verdad.

Aquella tarde, la mujer del coche rojo me revolvió las entrañas. Cuando la vi alejarse del pueblo, me senté de nuevo en el poyo, justo en el otro lado del emparrado, desde donde podía divisar el almendro del cementerio. Y, como todos los días, le conté a la Bernarda que desde que ella se murió la vida había dejado de tener sentido.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Fotograma de la película Journal d’un curé de campagne (1951)

 

Cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia

En esta semana, con las tareas hasta el cuello, me resultaba muy difícil escribir y, de repente, me vino la pregunta: ¿Cómo mantener intacta la motivación? Y, mientras intentaba responderla, me di cuenta de que no se trataba solo de la motivación de unos minutos para escribir, sino de cómo mantenerme motivada para todas las cosas que tengo que hacer en un día y las que me gustaría hacer.

Reflexioné unos minutos y descubrí que, con el paso del tiempo, nos sentimos obligados a formar parte de un sistema, en el que las cosas solo pueden ser de una manera. Y en nuestro afán por encajar en él, el miedo se apodera de nuestras acciones y terminamos comportándonos de forma automática, lo que nos lleva a vivir en un estado constante de estrés y ansiedad. La motivación nos decae cuando queremos cumplir con nuestras metas, porque parece que el mundo está en nuestra contra todo el tiempo.

Hoy voy a reflexionar sobre un concepto que me ha ayudado en estos últimos días a mantenerme motivada: la metacognición (Meta=más allá. Cognición=del latín congnitio, acción y efecto de conocer). Según el psicólogo y pionero del concepto, John Hurley Flavell, la metacognición se refiere a la capacidad que tenemos las personas para reflexionar sobre nuestros procesos de pensamiento y la forma de aprender. Gracias a ella podemos conocer y regular nuestros procesos mentales básicos, los que intervienen en la cognición.

Una estrategia para mantener la motivación intacta consiste en conectarnos con nuestra verdadera esencia, con lo que nos define, nos apasiona y nos quita el sueño.

Y esto me lleva a hablar de la metacognición como una alternativa para potenciar la conciencia sobre nuestros procesos cognitivos y su autorregulación, de tal manera que nos conduzcan a transferir el aprendizaje a todos los ámbitos de nuestra vida.

Con la metacognición podemos analizar nuestro pensamiento y, además,  nos permite conocer el nivel de conciencia y conocimiento que tenemos sobre una tarea y su monitorización. Este análisis es importante porque nuestros pensamientos, sentimientos y acciones crean nuestra realidad, determinan cómo nos sentimos y cómo nos comportamos.

“Quiero escribir, pero no tengo tiempo y tampoco soy lo suficientemente buena. Quizás no tengo el talento. Todavía no tengo las competencias. Es imposible sacar el tiempo cuando se tienen tantas obligaciones”. Estos, y otros pensamientos parecidos, me acuden cuando no puedo sacar esos minutos para escribir. Y si todo el tiempo estoy enviando a mi mente mensajes negativos que van en contra de mis metas, lo más seguro es que termine perdiendo la motivación y desista de seguir adelante.

 

“El aprendizaje más importante es aprender a aprender. El conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo. Nisbet y Schuksmith, 1986.

 

El origen de nuestra interpretación mental está en nuestro sistema de creencias, en los programas que tenemos alojados en el inconsciente. Si nuestros pensamientos están dominados por todo aquello que nos atormenta, estamos entregando información negativa a nuestro cerebro y esto frena la motivación, porque ubica a nuestro sistema nervioso en un estado de protección que nos impide crecer y ver las circunstancias desde la apertura y la oportunidad.

La metacognición nos permite ir más allá del pensamiento habitual, controlar los procesos cognitivos y tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos. A medida que la desarrollamos, nos emerge una nueva mentalidad, que nos conduce a nuevas acciones. Adquirimos una nueva visión interior, autorregulamos nuestros estados mentales y descubrimos nuestro propósito vital.

La clave está en mantenernos conscientes, atentos a quiénes somos, qué percibimos y qué experimentamos. Debemos preguntarnos: ¿este es el tipo de vida que quiero llevar? ¿Es así como quiero vivir? En definitiva, tenemos que volvernos conscientes de cómo pensamos, cómo nos sentimos y qué hacemos, para crear una realidad más ajustada con nuestros valores y nuestro propósito. Adquirir una actitud interior correcta nos permitirá mantener intacta la motivación.

Para conservar nuestra mente sana existen varias técnicas. Una de las que más me gusta es activar la relajación a través de la respiración consciente. Esto permite desarrollar nuestra metacognición y, además, aprendemos a observar nuestra experiencia presente en total aceptación, confianza y seguridad. Entrenamos nuestra atención para desarrollar una conciencia que no envía señales de amenaza a nuestro sistema nervioso, y este equilibrio cuerpo-mente nos ayudará a relacionarnos de manera diferente con lo que sucede y lo que pensamos que nos sucede. Y nos permitirá situar nuestras experiencias de vida en un nuevo contexto. Cuando no nos sentimos amenazados le permitimos a nuestro cuerpo activar una respuesta de relajación que restablece las funciones cognitivas y orgánicas, aprendemos a reunir recursos internos y a desarrollar nuestra resiliencia, que es la capacidad que todos tenemos de sobreponernos a la adversidad.

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Cuando tenemos plena conciencia de los mensajes que enviamos a nuestra mente, y que definen nuestra forma de actuar, podemos hacer frente a todo lo que frena nuestra motivación. Dejamos de lado los miedos y nos lanzamos hacía el cumplimiento de nuestros sueños. Recuerda: “Nuestros miedos no definen quiénes somos”. Desarrollar confianza en nuestra capacidad para resolver problemas y confiar en nuestros instintos nos ayudará a construir la resiliencia. Cuando nos enfrentamos a tareas o situaciones que nos producen malestar emocional, influye más nuestra percepción de la situación que la carga real de trabajo o la verdadera magnitud de nuestro problema.

Por esta razón es conveniente tener presente cuál es nuestro objetivo, qué buscamos conseguir con lo que estamos haciendo y cómo nos beneficiará. No enfoquemos las situaciones y acontecimientos de nuestra vida en términos de bien o mal, ganar o perder. Es mejor considerar todas nuestras experiencias como parte de un proceso vital de aprendizaje. Cuando decaiga tu motivación trabaja en tus puntos débiles, en tus carencias y rentabiliza tu experiencia. Y, sobre todo, potencia tus fortalezas. La actitud es la clave.

Mónica Solano

 

Imagen de Karen Arnold

Siempre saludaba

Empiezo este reportaje hablando con Oliver en su pequeño estudio del barrio barcelonés de Gracia. El piso que compartía la pareja está lleno de fotos. En el lienzo de la pared en la que se apoya el sofá, nos recibe una Claudia a tamaño real. Los hombros sin cubrir y la cama deshecha insinúan su completa desnudez. Mira sonriente a la cámara mientras sujeta una rosa.

—Es de nuestro último aniversario —dice Oliver. Calla emocionado.

Claudia M. S. fue hallada sin vida el pasado diez de junio en este mismo apartamento. Apenas hacía una semana que había perdido a su madre por una larga enfermedad. Las primeras investigaciones apuntaron a un suicidio.

—Desde el primer momento le dije a la policía que se equivocaba —recuerda—. Por supuesto que estaba triste por la muerte de Georgina. ¡Era su madre! Pero lo teníamos asumido. Llevaba tanto tiempo luchando que casi fue un alivio que dejara de sufrir. Además, teníamos planes. Habíamos encontrado trabajo en Londres y nos íbamos en septiembre. A Claudia le ilusionaba dejar atrás Barcelona y empezar una nueva vida. No tenía sentido que se suicidara, y así se lo dije a los Mossos.

La primera autopsia reveló que Claudia había sufrido una sobredosis de amitriptilina, el componente de un antidepresivo con abundantes efectos secundarios que solo se dan en casos puntuales. La primera labor de los Mossos d’Esquadra fue averiguar de dónde lo había sacado. El Institut Català de Salut, que registra las recetas de este tipo de fármacos, confirmó que Blanca, la hermana de Claudia, tenía acceso a ellos. Nos reunimos con ella en los días posteriores a la muerte de su hermana.

—Me dijo que no podía dormir, que lo de mamá la estaba torturando —confesó Blanca sin parar de retorcerse las manos—. Ya le advertí que eran muy fuertes, que no debía pasarse con la dosis. Pero no me escuchó. Nunca lo hizo. Ella siempre llevó su vida como quiso, ¿sabe?

A la pregunta de por qué creía que Claudia no le había contado nada sobre su depresión a Oliver, su pareja, Blanca me contestó:

—Mi hermana siempre fue así —meneó la mano para acompañar sus palabras, como si con eso solo ya dejara claro a lo que se refería. Ante mi cara de estupefacción, continuó—. Siempre se había hecho la fuerte y le costaba mucho abrirse a los demás, incluso a él. Me lo contó a mí porque sabía que yo llevaba tiempo en tratamiento por depresión y la podía ayudar.

La policía tenía ya las pruebas necesarias para cerrar el caso pero la obstinación de Oliver no lo permitió. Él mismo encargó y pagó por una segunda opinión. Así fue como Ángela Martín, la jefa forense del Hospital Vall d’Ebron, puso en duda la primera autopsia: algunas de las nuevas pruebas podrían contradecir el suicidio.

—En el primer examen forense se hizo un análisis de sangre que confirmó la sobredosis. En ningún momento se revisó el contenido del estómago —nos cuenta la doctora Martín por teléfono—. Si lo hubieran hecho, habrían descubierto trazas de comida y medicamento, demostrando que la víctima los había consumido juntos. Por el estado de la digestión parece que la ingesta había sido a la hora de la comida, horas antes del fallecimiento.

La doctora Martín envió sin demora su informe al juzgado y a la comisaría encargada del caso. La policía sabía por la agenda de Claudia que aquel día había comido en casa de su hermana. ¿Había, pues, tomado el medicamento en casa de Blanca o había sido su hermana quien se lo había suministrado? Era imposible saberlo, así que solo les quedaba ponerla bajo vigilancia. Pero casi no hizo falta: empezó a mostrarse ansiosa por enterrar a su hermana y, según fuentes policiales, ella misma acudía cada mañana a la comisaría de Vallcarca para averiguar cuándo podría hacerlo. Llegó incluso a amenazar a un secretario que no quiso dejarla pasar al despacho del comisario Antúnez.

—Algo no iba bien —nos contó el Comisario—. Sabíamos que la mujer estaba supuestamente desequilibrada pero esa angustia por enterrar a su hermana no era normal. Le pedimos permiso a Oliver para hacer un paripé. Necesitábamos saber si el entierro tenía algo que ver con la muerte de Claudia.

Oliver accedió a un plan propio de película de Hollywood.  Lo planearon todo para enterrar una caja vacía bajo la atenta mirada del comisario y hombres y mujeres infiltrados como supuestos amigos de la pareja.

—Nunca en mis treinta años de profesión me había encontrado con algo así —nos relata el Comisario Antúnez—. Blanca apareció en el entierro como una viuda negra. Llevaba un vestido negro escotadísimo, tacones de aguja, los labios pintados de rojo. Parecía que fuera a una cita en vez de a un sepelio. Por si eso fuera poco, su actitud nos impactó. Despachaba con una palabra, si no con un gesto desdeñoso, a las personas que se le acercaban a darle el pésame y se movía de un lado a otro sin parar de mirar aquí y allá. Como si estuviera buscando o esperando a alguien.

»No se inmutó cuando los operarios introdujeron el ataúd en el nicho, aunque este estaba junto al que contenía los restos mortales de su madre desde hacía unas semanas—continuó Antúnez—. Ni siquiera miraba: ella seguía buscando por entre las hileras de tumbas del cementerio y siguió haciéndolo hasta que solo quedamos ella, Oliver y yo. Y se derrumbó. Acabó tirada en el suelo, llorando desconsolada. Cuando nos la llevamos a comisaría solo tuvimos que presionarla un poco para que nos lo confesara todo.

Blanca ya está en Wad-ras, el penal de mujeres, a la espera de juicio. Mientras tanto, Oliver me muestra fotografías de Claudia con su hermana. No quiere volver a ver la cara de su cuñada pero le duele perder las imágenes de su pareja.

—Blanca le explicó a la policía que en el entierro de su madre conoció a un hombre —me dice cabizbajo—. Intentó dar con él de nuevo pero solo sabía su nombre y no lo consiguió. Se obsesionó. Quería, necesitaba estar con él. Llegó a la conclusión de que, si había ido al entierro de su madre, iría también al de otro miembro de la familia.

—Y la única familia que le quedaba era Claudia.

—Sí. No podía esperar a que su hermana muriera de forma natural así que decidió acelerar las cosas. La invitó a comer, mezcló sus antidepresivos con la comida que le sirvió, y la mató.

Oigo salir el aire lentamente por la nariz de Oliver. Parece que esté contando hasta diez antes de continuar.

—Mató a su hermana para volver a ver a aquel desconocido.

Dejo a Oliver mirando las fotografías de Claudia. Antes de despedirnos, me confiesa que no cree que pueda recuperarse de un golpe como este. Yo tampoco creo que Barcelona olvide fácilmente este asesinato. Y, mientras tanto, en el barrio de Blanca siguen sin podérselo creer. Sus vecinos mantienen que era una chica cariñosa, educada. Normal. Y que siempre saludaba.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Roman Kraft en Unsplash

Internet y el movimiento pendular

A Guadalupe López Melguizo, por inspirarme este artículo

Hoy es un sábado como cualquier otro. Ni siquiera he pensado qué voy a escribir para Mocade, pero tengo tiempo hasta que me toque el turno. Abro el ordenador para ver los comentarios recientes. Hay dos personas que han dejado su opinión sobre mi último relato. Una, Carmen, mi Carmen Romeo, cariñosa como siempre, con esa fuerza que me da cada una de sus palabras. Y la otra es alguien a quien ni siquiera conozco físicamente y que me dice que le he recordado nada más y nada menos que a Truman Capote. Se me ponen los vellos de punta al leer lo que me dicen las dos. Y eso que en Marbella la temperatura es todavía perfecta, aunque estemos en septiembre. Lleno a fondo mis pulmones y suelto un híbrido entre suspiro y bufido para dar salida a la emoción. Y al empezar a contestarle a Guadalupe, me doy cuenta de que mi respuesta iba a sobrepasar, con mucho, los límites de una respuesta normal. Pienso que da para un artículo, y así se lo hago saber. Y, para no faltar a mi palabra, minimizo todo y abro una hoja en blanco.

Está claro que cambié de idea sobre el contenido de mi artículo, porque estoy escribiendo esto. Sigue siendo, y no sigue siendo, un sábado como cualquier otro. Algo ha cambiado en mi día de hoy, y tiene relación con eso de Internet y con el movimiento pendular sobre el que voy a escribir.

Cuando era niña no existían las modernas redes sociales. Mejor dicho, existían, pero eran de otra clase y no se llamaban así. Eran redes integradas por los niños de mi calle, en la casa del pueblo; por las cartas a mis amigas, cuando me fui a vivir a otra ciudad; por la Coral Universitaria, que me hizo conocer a personas por toda la geografía española cuando íbamos a dar conciertos. Esas eran las redes de entonces. Hoy, muchas de ellas están llenas de agujeros porque los pececillos que pululábamos en esas aguas nos hemos convertido en peces voladores y, en la actualidad, navegamos por espacios virtuales.

Tardé en subirme a este moderno carro de Ícaro, aunque sinceramente no sabría explicar los motivos. Tal vez una especie de pereza disfrazada de desdén por unas herramientas facilonas. ¡Cómo comparar la rapidez de una conversación de whatsapp con la redacción de una carta cuya respuesta se demoraba varios días! O, quizá, tenga un poco de miedo escénico a hacer el ridículo en medio de una generación que llega ya con el pulgar adaptado a velocidades de escritura en el móvil que mis ojos son incapaces de seguir. Pero al final acabe subiendo.

El movimiento pendular

Hasta hoy no se me había ocurrido reflexionar sobre eso. Y, al dedicarle unos minutos al comentario de una lectora de nuestro blog, he formulado una teoría personal sobre Internet y el movimiento pendular. En este momento estoy sonriendo. Es la primera vez que el título me viene a la mente del tirón, y creo que he dado en el clavo.

Los avances tecnológicos han cambiado la comunicación y las relaciones en muy poco tiempo. Y cada uno de nosotros debería plantearse en qué punto de la trayectoria del péndulo está o quiere estar. Para explicarlo, mencionaré los puntos extremos y opuestos recurriendo a unos clichés tópicos.

Un extremo: el hacker/experto

En una punta tendríamos a uno de los personajes que describe Stieg Larsson en los libros de la serie Millennium, y no me refiero a Lisbeth Salander, sino a su amigo hacker, Plague, que vive enclaustrado en su casa siendo a la vez amo y esclavo del mundo virtual por sus habilidades informáticas. Y no es que haya que ser un genio para encajar en ese perfil. Cualquiera puede empezar a husmear por Facebook, por blogs, o por Internet, y un enlace lo lleva a otro, y este a otro más interesante que a su vez abre varias puertas más. Y cuando se mira el reloj resulta que se ha pasado horas en un moderno tablero de juego de la oca, saltando de casilla en casilla, y con la meta cada vez más lejos. Todo ello con la sensación de que tenerlo todo controlado o engañándose al pensar que está haciendo autoformación gratis, on-line, y sin moverse de casa.

Sé que es un ejemplo extremo. ¿Seguro? A lo mejor a alguien ni siquiera se lo parece. Si es así, le aconsejaría con todo mi cariño que hiciera una pequeña pausa para reflexionar sobre si realmente está donde quiere estar. Porque el problema de algunas personas enganchadas a Internet no es tanto su capacidad para que esa navegación sea un trabajo fructífero, como el peligro de estar yendo de un lado a otro sin conseguir rentabilizar el tiempo, que pasa a ser entonces algo muerto y perdido.

El otro extremo: el neófito/perdido/nuevo

El otro extremo es aquel al que cada vez se aferran menos personas. Allí están los que forman parte de una especie en peligro de extinción: los que no quieren o no pueden seguir el paso de carrera olímpica que marcan los tiempos en que vivimos. Los que cierran los ojos a las maravillas y/o a los peligros de estas herramientas de reciente aparición, llámese Facebook, Twitter, o como se quiera. Cada vez, como digo, son menos. Personas que, por lo que sea, por vivir en lo más hondo de África donde ni llega la cobertura, o porque no tuvieron ni siquiera la oportunidad de aprender a leer, no han podido elegir entre tener o no tener internet. O, tal vez, algunos abuelitos a los que les viene grande, y digo “algunos” porque mi madre, a punto de cumplir 90 años, se maneja con el whatsapp y es capaz de ver fotos en su Tablet.

El punto intermedio

Quiero terminar hablando del punto medio donde creo que me encuentro hoy. Al principio, como en todo descubrimiento de algo novedoso, me dejé llevar por el subidón y me faltaban horas para visitar los miles de blogs de escritura que me llamaban con sus cantos de sirena. Y tampoco me arrepiento mucho, que es mejor eso que soñar con los caramelos del Candy Crush, por ejemplo. Lo bueno es que me di cuenta, y conseguí aprender a gestionar mi tiempo.

Hasta hoy, la mejor experiencia con Internet la tuve en Letras desde Mocade, cuando me encontré en carne y hueso con Carmen, Carla y Mónica hace algo más de un año. Nos vimos, nos tocamos, nos abrazamos, hablamos en persona, y empezamos a gestar este blog. En ese encuentro arraigó una amistad mucho más sólida que si nuestro conocimiento hubiera seguido siendo solo virtual. Y hoy he tenido una sensación parecida al leer el comentario de Guadalupe. Porque no nos conocemos en persona, pero sus palabras me han tocado la misma fibra que las de Carmen.

Por eso relacioné en este artículo a Internet con un péndulo. Porque, según se utilice, Internet puede ser una herramienta que facilite la comunicación o el aislamiento. Sigo navegando con bastante prevención por sus aguas. En algunos escritos suelo decir medio en serio medio en broma que yo, más que navegar, lo que hago es mojar los pies en la orilla y, aun así, a veces acabo atragantándome con buches de agua salada. Soy muy prudente a la hora de aceptar peticiones de amistad en Facebook, y aprovecho aquí para pedir disculpas. Pero a pesar de lo mucho que me gusta hablar y escribir, fijo mis propias normas y acepto las peticiones de quienes conozco personalmente, o las que me llegan, digámoslo así, “recomendadas”, como en el caso de Guadalupe, a la que conocí porque un amigo común me dijo que me iba a pedir amistad una chica muy maja, con la que tengo algo en común, etc. etc. Seguro que Guadalupe ahora se va a partir de la risa. Y no digamos nuestro común amigo, Hugo, autor de nuestro conocimiento virtual.

Ojalá siempre la persona esté por encima de la tecnología. Que Internet esté a nuestro servicio, y no al revés. Que tengamos el valor de cerrar la puerta a sus aspectos negativos, la determinación de aprovechar lo positivo, y la sabiduría para discernir la diferencia.

Y, como decían en los dibujitos animados de una serie de cuando yo era pequeña…

¡Eso es todo, amigos!

Adela Castañón

Imágenes: Unsplash, Giphy

Cuando los recuerdos te desgarran por dentro

A los músicos que guardan en sus notas los momentos más memorables de mi vida.

 

Los recuerdos navegan por mis venas. Como exploradores perdidos se deslizan por mi cuerpo y recorren cada parte del sistema circulatorio. Se me acelera el corazón. Cada latido es un rugido que me desgarra por dentro. Estoy rodeada de personas que cantan efusivas y se deshacen en ovaciones. El eco de las voces de miles de fanáticos me envuelve. Cierro los ojos y puedo verme ahí, de rodillas en el viejo rincón, donde el tiempo no tiene principio ni fin. Pensé que jamás volvería a ese lugar donde las emociones te atacan y te dejan indefenso.

Inhalo una bocanada de humo y me dejo llevar por el sonido agudo de las guitarras. La música de mi juventud me golpea en lo más profundo de mi ser. Los recuerdos siguen viajando por mi piel, danzan inquietos y se arremolinan en mi oído. Me susurran desdichas. Quieren que los deje ir, pero no tengo el valor para ver cómo se alejan de mi vida.

El sudor se me escurre por las manos mientras se forma un nudo alrededor de la garganta y las lágrimas que se amontonan en mis ojos me nublan la visión. Estoy al borde de un colapso, de caer desmayada encima de las personas que gritan y aplauden con frenesí.

Unos brazos me sujetan con fuerza. En ese instante perfecto me siento protegida. Seco mis lágrimas mientras sumerjo el rostro en una chaqueta de jean desgastada. El estallido de emociones contrariadas ha cesado en mi interior. Los latidos han disminuido su ímpetu.

Aún abrazada a mi novio, miro al escenario por encima de su hombro y ahí está él, de pie, imponente, comiéndose el mundo. Luce fantástico con sus pantalones de cuero, la camisa de jean ajustada al cuerpo y la guitarra que reposa sobre su cintura.

Con una reverencia agita su cabello ensortijado ante el público que sigue gritando enloquecido. En ese instante, nuestras miradas se encuentran y con una sonrisa sincera me devuelve a la Tierra.

 Mónica Solano

Imagen de Matteo Zambrano