El sabor del vuelo

Amelia soñaba con volar. Era su deseo más profundo, escondido en sus entrañas, junto a sus más grandes temores. Adoraba observar el vuelo de las aves, tan llenas de gracia, libres. El cielo la apasionaba, se imaginaba sumergida en ese azul vibrante, admirando su majestuosidad durante horas y horas. Llevaba años atesorando ese deseo, pero hasta ahora no había tenido la suficiente valentía para hacerlo realidad. Estaba escondido entre mil justificaciones sin sentido que le impedían alcanzarlo.

Un día, al despertar de un espléndido sueño, de esos que al abrir los ojos sientes el alma volver al cuerpo, tan real como un vago recuerdo, Amelia experimentó una sensación desconocida. Su corazón latía con fuerza, el aire le faltaba y respiraba con dificultad, sus manos temblaban y un escalofrío recorría su cuerpo. Esa reacción nerviosa la animaba a cumplir con su deseo, ese era el día y sabía que no habría otro igual. Se levantó de la cama, dejó que el agua de la ducha aclarara sus ideas, escogió ropa cómoda, agarró las llaves de su auto y salió de casa. En el camino llamó a su hermano para pedirle la dirección exacta del sitio donde hacía unos meses que había practicado parapente. Ese día Amelia iba a volar.

Fueron varios kilómetros rumbo a “Parapente Paraíso”. La ansiedad no logró ahuyentar el deseo, la expectativa superaba cualquier sentimiento de acrofobia. Mientras el auto se acercaba al lugar, su corazón se agitaba con más fuerza y las náuseas consumían su interior, desde el esófago hasta la boca. Se sentía un poco mareada pero nada la detendría en el cumplimiento de su misión. Bajó del auto y se acercó a la recepción donde una joven de cabello color morado la esperaba sonriente.

–Quiero volar –dijo Amelia con la voz entrecortada.

La recepcionista escribió los datos personales de Amelia en un papel y le indicó que esperase su turno en alguna de las mesas del hall o cerca de la zona de vuelo. Amelia respiró profundamente y salió de la cabaña. Al pisar el césped, sus ojos apreciaron un increíble paisaje verde y frondoso que le quitó el aliento. Pasó las manos por su cabello para apaciguar el asombro que sentía ante tal espectáculo. Había pocas personas en aquel lugar. Dedujo por el aspecto que solo unos cuantos eran aficionados como ella. Rodeada de profesionales del parapentismo sintió un poco de tranquilidad y la certeza de estar en el lugar adecuado. Estática, de pie, expectante, observaba ensimismada a las personas que sobrevolaban el lugar, sabía que solo debía esperar que la llamaran por su nombre y llegaría el anhelado momento. Un mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, pero, sin dudarlo, rechazó el amable ofrecimiento. Estaba segura de las consecuencias, cualquier tipo de comida en su estómago sería un detonante para convertir sus náuseas en un desastre ecológico de seguridad nacional.

Miraba su reloj con impaciencia, temía retractarse y, mientras disipaba su ansiedad en las manecillas, escuchó un eco que pronunciaba su nombre. Todo su cuerpo se sobresaltó al oír: “¡Amelia!”. Era el momento. Con timidez se acercó al instructor que la esperaba con un casco en la mano y una abultada maleta. Le hizo muchas preguntas. Amelia solo miraba con detenimiento el movimiento de sus labios y contestaba sí o no. El grado de estupefacción la tenía aletargada. Sin darse cuenta, en un instante ya tenía puesto el arnés y la mochila gigante, un casco color azul y sus lentes de sol. No faltaba nada en su indumentaria.

Al filo del abismo esperaron el viento propicio para emprender el vuelo. El paracaídas que colgaba de sus mochilas se alzaba lentamente con la fuerza del viento y tiraba sus cuerpos en sentido contrario; la respiración se hacía más difícil con cada tirón. Se movían de un lado a otro, danzando con el viento. En el momento perfecto, el paracaídas se alzó imponente en el cielo y a pasos agigantados se lanzaron al abismo. El vacío se apoderó del estómago de Amelia y las lágrimas inundaron sus ojos, estaba volando, suspendida como las aves, no era un sueño, era su cuerpo disfrutando del viento, del azul del cielo y del verde terreno bajo sus pies. Se perdió entre las nubes, en el eco de la brisa, en el aroma de la libertad. Fueron quince minutos mágicos, únicos, que perdurarían por siempre en su memoria.

El aterrizaje fue forzoso, sus manos perdieron la movilidad y su cuerpo estaba insensible al tacto. Cayó desplomada en el césped, casi sin aliento. Tumbada sobre la hierba admiró fascinada el cielo que había surcado como un ave rapaz. El éxtasis le duró hasta que recuperó la sensibilidad en sus extremidades. El hormigueo en la planta de los pies la trajo de vuelta a la realidad.

Con una enorme sonrisa que le atravesaba todo el rostro, entró de nuevo a la cabaña donde estaban el restaurante y la recepción. Pidió chocolate caliente con tostadas y, mientras disfrutaba del calor de la taza, ojeaba por la ventana cómo otros amantes del cielo se deleitaban. Allí sentada descubrió una frase escrita en un pedazo de tela, exhibido en una urna de cristal: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás sobre la tierra con la mirada levantada hacia el cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver. Da Vinci”. Era la descripción perfecta para un sentimiento inexplicable, para el momento que cambió su vida. Sus brazos se habían convertido en magnificas alas, había saboreado el cielo, era imposible no querer regresar.

Mónica Solano

Imagen. Municipio de Sopó, Colombia. Foto de Mónica Solano.

Voces dormidas

Donde se impuso el silencio, que la memoria florezca

Colectivo Arias Montano

 Me subían las pulsaciones a medida que iba desempolvando los papeles del archivo del ayuntamiento fragolino. Cuando abrí la carpeta de los expedientes se me escapó un grito: “¡Serán cabrones!”. A este secretario, solo por haber cumplido escrupulosamente sus tareas de funcionario con el alcalde del Frente Popular. A esta maestra, por no anunciar, el día uno de abril de 1939, el final del Glorioso Alzamiento Nacional desde la ventana de su escuela que daba a la plaza del pueblo. A un hombre, que un domingo había llevado sus mulas a abrevar al río, lo multaron por no santificar las fiestas. A la mujer del médico le cortaron el pelo y la hicieron dar vueltas al pueblo gritando “Viva España”, porque había desaparecido su marido. Y, por si volvía, lo expedientaron. Y todo era obra de aquellos que cada día acababan el noticiario hablado gritando: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! “Cabrones” –repetí con la voz quebrada–. Sobre los documentos había caído una espesa capa de polvo que los condenaba al olvido.

Aquella noche no pude dormir. Tenía que volver al archivo. Las voces de mis antepasados me pedían que siguiera buscando hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, porque los crímenes de la Guerra Civil habían enterrado a los anteriores. Hacia adelante, porque en la posguerra se libraron batallas más importantes que las de las trincheras. Y así, unos les quitaban la palabra a los otros y montaban tal algarabía que todo me llegaba confundido y mezclado. Tan confundido y mezclado como en las historias que contaban las viejas en los carasoles.

En la duermevela me preguntaba: “¿Y para qué? ¿Qué puedo hacer con sus testimonios? ¿A quién le interesan esas voces dormidas?” Si ya lo dice el refrán: “El agua pasada no mueve molino”. Además, para darles vida tendría que saber escribir. Si me limitara a transcribir los documentos con el desorden de aquel archivo, mi voz se perdería entre tanto barullo. De repente, de la caja de las actas, salió la voz del viejo secretario. “Ya lo tengo. Don Benjamín acaba de darme la pista. Le daré la voz a él y que siga poniendo orden en los papeles como lo hacía en los plenos del ayuntamiento”. Pero él rezongaba. Nunca le habían gustado los protagonismos. Y eso de hacerse importante como hombre de papel no le hacía ninguna gracia.

Al día siguiente, con las ideas más claras, volví al archivo. Más sorpresas. Más emociones. Y así me pasé todo el verano.

Aprovechaba las tardes para darme un chapuzón en el río. Hablaba con los hombres que volvían del campo y con las mujeres que iban a buscar agua a la fuente. Tiraba un poco del hilo. Cuando se daban cuenta de que estaba al corriente de algunos casos, se les desataba la lengua y daban vida a las historias de los papeles polvorientos. Una tarde de final de verano, una mujer, que volvía de lavar del río, me dijo: “Aún no te has dado cuenta de que tú eres la verdadera memoria del pueblo. Ahora ya no puedes dejar que se pierda de nuevo”.

Han pasado los años y todas esas historias siguen dando vueltas en mi cabeza. No sé muy bien qué hacer con ellas. ¿Un conjunto de relatos? ¿Una novela? Sí, quizá con una novela podría rescatar mejor el contexto que los llevó a ser doblemente olvidados.

Pero, ¿a quién le doy la voz? Es que todos quieren hablar y no se dan cuenta de que no caben juntos en las páginas de una novela. Tendrían que ponerse de acuerdo para elegir quién sale. ¡Bueno! Ya iremos viendo. Alguno de ellos podría ser el protagonista y los demás una especie de coro que completara los acontecimientos.

Cada vez que pienso en reescribir esas vidas, me vuelven a subir las pulsaciones. Me vienen a la memoria las injusticias y los atropellos que sufrieron las gentes de la España rural, esa España que hoy está vacía y que un día no muy lejano estuvo llena de vida.

Esas gentes, cuyos anhelos se vieron frustrados por los prejuicios sociales, por las dificultades económicas y por los conflictos políticos, se merecen un homenaje. Esas gentes son mis ancestros y mis raíces. A ellos les debo la savia que llevo dentro.

 Carmen Romeo Pemán

Imagen. Monte de San Jorge, enfrente de El Frago (Zaragoza). El paisaje duerme entre la niebla y las voces entre los papeles del archivo. (Foto de Carmen Romeo Pemán)

 

 

Tiempos y maneras

LOS TIEMPOS

Mi infancia transcurrió en los tiempos remotos en los que la comunicación con otros dependía de la potencia de voz del emisor. No había móviles, ni Whatsapp, ni, por supuesto, más redes que las de pesca. Al menos con nombre propio. Porque sí que existían redes sociales, aunque no sabían aún que en el futuro se llamarían así. En aquellos tiempos nuestras madres nos localizaban por el método primitivo y universal de salir a la puerta de la casa y dar una voz para llamarnos por nuestro nombre. No había que consultar ninguna pantalla para saber qué eventos había en marcha, ni dónde tendrían lugar (básicamente en la plaza del pueblo).

En unos pocos años se ha producido un cambio cualitativo y cuantitativo en el ámbito de la comunicación. Tal vez, al estar inmersos en ello, no somos muy conscientes de su magnitud, pero ahí está. La Historia ha pasado de escribirse de modo artesanal, con plumilla de ganso y papiro, a quedar inmortalizada en dedos que teclean a la increíble velocidad de quinientas pulsaciones por minuto. Y eso afecta a todos los matices de esa hermosa palabra: “Historia”. Si pensamos en las edades de la historia, creo que va siendo hora de que alguien con más credibilidad que yo invente una nueva edad. Ya tenemos noticias de la Prehistoria y de las Edades Sucesivas (Antigua, Media, Moderna y Contemporánea), pero habría que inventar una nueva Edad para los tiempos actuales. Aunque recurra al tópico en este punto de mi artículo, si nuestros abuelos levantaran la cabeza la volverían a bajar de puro susto al no poder reconocer el mundo en el que vivieron. “Historia” es también el periodo que transcurre desde la aparición de la escritura (allá por el año 3.500 a. de C. -gracias a los sumerios-) hasta la actualidad. Es, en otra acepción, la narración de sucesos reales o imaginarios, el registro de datos en una historia clínica, y muchas cosas más. Y la “Historia”, con mayúscula, es el marco donde se escriben nuestras “historias” cotidianas.

Y la de este blog, comienza en este tiempo. Esta criatura con cuatro madres, o más bien, con dos madres y dos abuelas (si nos atenemos a las edades de las amigas que lo hemos creado con mucho amor), nace con una carga genética muy especial: el deseo de hacer realidad nuestras ilusiones. De cambiar la conjugación del tiempo del verbo “Escribir” y dejar de hacerlo en futuro para pasar al presente. Y, si vuelvo la vista atrás, hace unos años publicar esto hubiera sido como ir escribiendo por entregas una novela de corte futurista, en el más puro estilo de la ciencia ficción.

LAS MANERAS

Dentro del marco teórico que he intentado dibujar jugando con el tiempo, el aterrizaje práctico plantea una cuestión elemental: ¿cómo podemos alcanzar esa universalidad de la comunicación? ¿Qué recursos tenemos para compartir proyectos, información, relatos, noticias, con el resto de la raza humana? Porque, al fin y al cabo, se trata de eso.

Pues yo misma soy un buen ejemplo. Pero empezaré por uno más entrañable, exponiendo el caso de mi tía, una señora de ochenta y cinco años, que hace cinco compró (instigada por su sobrina) su primer ordenador, y que hace un año superó la fase de novicia, aquella en que me llamaba por teléfono pidiendo ayuda con peticiones de auxilio que parecen sacadas de un libro de chistes. Recuerdo un problema con el Router, en el que le pregunté que qué luces tenía encendidas y me dijo que la del salón, o cuando le dije que buscara un documento perdido en la papelera, y me respondió que todavía no había llegado a imprimirlo porque se le había escapado de su carpeta. O cuando, no sé ni cómo, perdió todos los iconos de su escritorio y yo, a sesenta kilómetros y por teléfono, delante de mi pantalla, con san Google como ángel de la guarda, la pude ayudar a recuperar tanto sus iconos como su autoestima.

El ejemplo de mi tía solo demuestra que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Porque si hubiera caído en la tentación de reírme de ella (que no lo hago, puesto que nos reímos juntas), ahora tendría que soportar que el mundo se carcajeara de mí. Cuando me preguntan si navego por Internet, suelo responder con toda sinceridad que, no sólo no navego, sino que apenas me mojo los pies, y aun así estoy a punto de ahogarme un día sí y otro también. Las redes sociales siguen siendo para mí algo similar a un libro escrito en esperanto, pero eso no me frena a la hora de intentar su lectura. ¿De qué manera lo hago? Pues igual que cuando aprendí a montar en bicicleta: pedaleando, cayendo, y volviendo a levantarme para pedalear. Y mi bicicleta tiene tres ruedas auxiliares que son mis tres amigas.  Gracias a ellas he dejado atrás el lastre de mi vergüenza y me he lanzado a escribir.

Ésta será mi primera publicación en el blog. Me daba pudor y pensé echar mano de uno de los relatos que, como en un embarazo múltiple, tengo escritos a la espera del momento de darlos a luz, pero para ser mi primera contribución he preferido arriesgar un poco. Tiempo habrá de todo. Que el artículo de Mary Sue / Gary Stu de mi amiga Carla, me ha espoleado y ha despertado mis ganas de ser también un poco creativa.

Eso es lo que quería compartir en cuanto a tiempos y maneras por las que he llegado aquí. Ojalá Mocade os resulte, como me está resultando a mí, un mundo comparable al paraíso donde todos soñamos pasar nuestras vacaciones, un País de Nunca Jamás donde podamos seguir siendo niños, una Tierra Media donde todo es posible. Os puedo decir algo: sea como sea, es un país que no tiene fronteras. Estáis invitados a visitarlo cuando os plazca.

Adela Castañón

Imagen: OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Construcción del personaje – La Mary Sue y el Gary Stu

A través del Facebook de Gabriella literaria, llegué al artículo de Víctor Selles que habla de cinco errores rarísimos que un escritor jamás debe cometer. En el punto número uno trata de los personajes Mary Sue o Gary Stu.

Sí, sí, yo también puse esa cara.

Y eso que a mi el nombre de Mary Sue me suena de un blog sobre ciencia ficción y fantasía en inglés que sigo desde hace tiempo cuya visita os recomiendo.Pero más allá de eso, fue leer la descripción de una Mary Sue y darme cuenta de que la protagonista de una de mis incipientes novelas tenía un potencial Mary-Suístico que daba miedo. Y vergüenza. Mucha. Como para meterme en un sitio húmedo y oscuro y no salir nunca.

La Mary Sue

Primero, adentrémonos un poco en la historia. En los años 70, Paula Smith publicó en un fanzine una historia en la que la protagonista era Mary Sue, un personaje que parodia los fanfictions de Star Trek, hechos por adolescentes, y que rezumaba irrealidad y perfección hasta por la Enterprise. Y es que todo el mundo sabe que gran parte de los adolescentes, cuando se ponen a escribir, crean un personaje exactamente igual que ellos pero mejor. Ojo, mejor según su punto de vista: sin granos, sin vello, posiblemente sin gallos en la voz.

De ahí, cada vez que una historia tiene un personaje que se nota, hasta para despistados como yo, que es un alter ego chachi guay del escritor, se le llama Gary Stu o Mary Sue, dependiendo de si es hombre o mujer. Molón, ¿eh?

¿Cómo puedo saber que mi personaje es una Mary Sue o un Gary Stu?

Pues mira, si intentas imaginarte tomando algo con tu personaje y resulta que los dos estáis callados, tú mirando apasionadamente cómo se arremolina el café alrededor de tu cucharilla y tu personaje mirándote todo expectación con una sonrisa de animalito de Disney, es un Mary Sue. Pero no solo eso. Según los links que he leído (gracias, Wikipedia), si tu personaje es plano, sin ningún defecto, jovencísimo y tiene un rasgo distintivo (una lengua de gato o la apetencia por la pizza con piña, además de superpoderes que lo hacen admirado por todo el mundo), ahí lo tienes. Un/a Gary Stu/Mary Sue de manual.

Pero, además, puedes pasarle un test en este link para saber cuán pluscuamperfecto (y aburrido y poco creíble) es. Eso sí, está en inglés. Y es largo como una procesión de hormigas. Pero ahora veréis por qué este link es tan interesante.

Mary Sue o Gary Stu en la Ciencia ficción y/o la fantasía

Alguien me dirá: a ver, en un mundo donde hay dragones que escupen cieno ardiente y llueven diamantes, no es tan extraño que mi protagonista tenga un ojo color musgo y otro que parezca un ascua bien aireada (hola, Atenea*). No, no es extraño, y no tiene por qué ser execrable siempre y cuando tenga una razón de ser. Algo más allá del antojo del autor en hacer especial al personaje y que se vea a simple vista.

El problema es que en un mundo donde las leyes de la termodinámica son meros consejos, podemos caer en la tentación de crear ESE personaje. El elegido. The Chosen One. La hostia en patinete, y que se tira pedos que no huelen a coliflor. Algo que no es realista. Y sí, no estaremos escribiendo un texto ambientado en el Madrid de principios de siglo, pero no por eso nuestros personajes deben de ser tan fantasiosos que no tengan ni un ápice de humanidad.

Por eso es tan importante este test. Para descubrir qué elementos fantásticos son oportunos en la historia y cuáles no. Incluso, qué comportamientos son inconcebibles, pero llevados por la magia o el espíritu de la historia, no somos conscientes. Por ejemplo (pregunta 63 del test):

  • Si tu personaje comete un error grave, ¿es rápida y fácilmente perdonado sin tener mayores consecuencias? Si es que sí, súmate un punto y contesta:
    • ¿Esa equivocación ha resultado en la destrucción de un elemento u objeto importante?
    • ¿Esa equivocación ha resultado en el daño o puesta en peligro de personas?
    • ¿Esa equivocación ha resultado en la muerte de personas?

Si tu respuesta es que sí a todas, súmate cuatro puntos. Es probable que tengas una Mary Sue entre manos. Y si me contestas que eso no pasa, porque tu personaje no se equivoca nunca, súmate 5 puntos y contéstame a esto:

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  • ¿Tu personaje ha sido capaz de salvar el día sin ayuda y más a menudo que el resto de personajes? Si es que sí, súmate un punto y contesta:
    • ¿Más que todas las veces que lo han hecho el resto de personajes?
    • ¿Incluso cuando no hay ninguna razón para que otro personaje no lo consiguiera?
    • ¿Con un poder o habilidad desconocida?
    • ¿Ha estado a punto de morir en el proceso?
    • ¿HA MUERTO durante el proceso? (nada desagradable ni irreversible como acabar hecho pedacitos a nivel subatómico –y si es que sí, yo sumaría tres puntos-: ser enviado a una dimensión de la que es imposible –je- escapar también cuenta)
    • ¿Todo el mundo lamenta la muerte de tu personaje?
    • ¿Es revivido o ha sido traído de vuelta?

Os he puesto dos ejemplos de distintas temáticas que pueden ser válidos en cualquier novela (excepto lo de la dimensión), para que veáis el nivel de profundidad que tiene este test. Y me estoy pensando pedirle a la página si se lo puedo traducir al español y que lo cuelgue, para que sea de más fácil acceso para todos. Mientras tanto, os recomiendo que lo paséis. Con cada pregunta contestada tendréis una puntuación, y con esta sabréis si vuestro personaje cae en este error. No me digáis que no es interesante. Porque nadie quiere tener un Mary Sue/Gary Stu en su vida. ¿Os imagináis? Posiblemente, una vez te acabaras tu café, tanta perfección insulsa haría que quisieras hacer guacamole con su cabeza.

Si finalmente os animáis a hacer el test, por favor, compartid conmigo los resultados. No me dejéis llorar sola.

Carla

@Bronte__

* Sep, Atenea es mi personaje bochornoso.

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Imagen de Neill Kumar

Las feriaban en Ayerbe

A las fragolinas de mis ayeres

Águeda estaba ensimismada mirando el camino que llevaba a Ayerbe y cayó en la cuenta de que la habían feriado por moza vieja y porque no tenía dote. Pero eso al bullanguero Nicolás, que también se estaba haciendo mozo viejo, no le importó, que a sus años se le estaba poniendo difícil conseguir una hembra paridora en El Frago.

Nicolás de Guillén, amigo de lifaras, había llegado a ser famoso en la feria de Ayerbe y en los pueblos de la redolada. Según contaban, este mozo jaranero, antes de comprar los botos de vino, pedía que le llenaran la bota para probar la nueva cosecha. Y la tabernera, que no, que echara un trago todo lo grande que quisiera, pero que llenar la bota no. Entonces él cogía un cántaro de cinco litros y se lo bebía de trago. La tabernera se quedaba boquiabierta y le decía: “al año que viene le dejaré llenar la bota”. Pero al año siguiente Nicolás cambiaba de vinatera.

En esos ambientes, oyó discutir a un grupo de hombres de Losanglis, un pueblo cercano. Hablaban de Águeda Oberé, una moza que pasaba la treintena, la hija de la casa más pobre de las veintiuna que en esos momentos tenía Losanglis. Otros decían que era hija de una madre soltera, porque no se sabía gran cosa de la familia y, además, que Oberé no era un apellido de la zona. A la mañana siguiente, una vecina le dijo que unos hombres del pueblo la habían prometido a un mozo viejo de El Frago. También le dijo que debían haber hecho un buen trato, porque lo celebraron tanto que volvieron todos borrachos a altas horas de la madrugada. Águeda no contestó y se encerró en su casa.

A Águeda se le secaron las entrañas el día que iba montada en una yegua, camino de El Frago, un pueblo del que nunca había oído hablar. Sólo sabía que estaba más allá de la muga de Huesca, pasada la Carbonera, a unas nueve leguas de Ayerbe. Cuando llegó, acompañada por uno de los criados de Nicolás, en el paso de Cervera, la estaban esperando las mujeres del pueblo. Al verla tan asustada, una de las más viejas le dio ánimos: “No tengas miedo que pronto serás una más. Aquí a todas nos espera lo mismo: parir, sufrir y sobrevivir en silencio”.

Por las noches, cuando Nicolás se quedaba dormido, se levantaba sin hacer ruido y se ponía emplastos de cebolla, que decían que se llevaban las pesadillas. “Nunca se lo perdonaré a mi madre. No los tenía que haber dejado que se me llevaran de casa. Ya no la nombraré más”. Poco a poco se fue metiendo en los afanes de la vida fragolina y se le fue desdibujando su pasado en Losanglis. Pero nunca pudo mirar de frente a los hombres bullangueros que cada año feriaban a las mujeres en Ayerbe.

Imagen. 1920. Plaza de la feria de Ayerbe. Foto de Ricardo Compairé.

Carmen Romeo

Los habitantes de Mocade

Mocade es un lugar en el que la inspiración vuela. Extiende sus alas buscando mentes abiertas y choca contra ellas, para acabar convirtiéndose en puentes, sonetos o pinturas.

Un día, hará unos dos años, uno de esos númenes miró a izquierda y derecha desde una nube, pegó un salto como el de un concurso de trampolín y planeó hasta una cabeza que estaba especialmente receptiva. Su ilusión se transformó en sorpresa al encontrarse con un cerebro falto de experiencia y de conocimiento, así que se sentó en el suelo con las piernas cruzadas a lo indio y gritó: A ver, ¡tú! O te pones las pilas y aprendes a escribir o me voy al cerebro de una hormiga, que me aprovechará mejor.

Cuando oí esas palabras -imposible no hacerlo, retumbaron en todos mis huesos-, decidí que tenía razón y que debía apuntarme a esta aventura. Y lo hice sola, sin saber con qué me iba a encontrar. Y no sé si aquí tiene algo que ver la suerte u otras musas que se pusieron de acuerdo con la mía, pero di con mis tres amigas y compañeras, que me ayudaron -y siguen haciéndolo- a mejorar cada día.

Creo que con la primera que hablé fue con Carmen, la profesional. Una mujer experimentada en las lides de la literatura. De esas personas que lee un texto y, por muy mal escrito que esté, encuentra puntos que vale la pena destacar y, de paso, te nombra una obra de la literatura en lengua hispana (o en arameo, que no tiene manías) y te busca las similitudes. Y sin despeinarse. Ni consultar Wikipedia.

Su estilo es clásico, de ese que, al leerlo, piensas: no solo estoy disfrutando sino que también estoy aprendiendo. Vocabulario, historia, maneras. Leerla te da la misma sensación que después de acabar El Quijote: el orgullo de poder decir que te has leído un clásico y que lo has entendido. Y sin postureos porque lo has disfrutado.

Luego está Adela, Corazón de León. Corazón, porque cuando escribe desde las profundidades de su alma hace unos textos que emocionarían hasta a Atila; de León, porque cuando se le mete algo en la cabeza lo consigue. Siempre tiene una palabra amable para todo el mundo. Bueno, sobre todo tiene palabras. Muchas. Porque no calla ni aunque le hagan un zurcido de espiga los labios, y es fenomenal porque todo lo intercala con risas contagiosas.

Sus letras son frescas, vivarachas. Por alguna razón que aún no he logrado entender, tiene una prosa que rebosa vida. Lo veréis vosotros mismos: cuando leáis sus escritos, se os quedará la misma satisfacción que después de haber comido vuestro plato favorito. La impresión de que todo está bien. Aunque escriba sobre asesinatos. Al final, todo está bien.

Mónica, la perspicaz, es la tercera integrante del grupo. Sí, ese es el adjetivo que me viene a la cabeza cuando pienso en ella. La tía ve cosas que otros pasamos por alto: pequeños detalles de una profundidad que intuyo que no todos podemos percibir, ni aún entrenándonos.

Por esos sus textos son así: intensos. No hay emoción que no toque ni temas lo suficientemente peliagudos como para que le den miedo. Se enfrenta a todo: el amor, la muerte, la locura. Y con sobresaliente. Porque deja al lector tocado, dándole vueltas a lo que acaba de leer y también a su vida entera.

Y, por último, estoy yo. Si me tengo que poner un sobrenombre, diría que soy Carla, la aprendiz de todo. No hace falta que ponga lo de experta en nada que ya se da por supuesto y no hace falta hacer sangre, gracias. Y estoy aquí, junto a mis compañeras, para aprender a escribir y liberar a mis musas, pobres, que ellas no tienen la culpa de haberse estrellado contra mí.

Mocade es ese lugar en el que nos reunimos las cuatro para dar rienda suelta a nuestras necesidades. Por un lado, dejar que la inspiración fluya. Por otro, afianzar los conocimientos que vamos ganando y compartirlos, porque creemos que hay mucha gente ahí fuera que está en la misma situación que nosotras. Y por último, conocer a todas aquellas personas que quieren leer cosas nuevas, compartir sus historias y aprender juntos.

Personas que aún no lo saben pero que son habitantes de Mocade.

¡Bienvenidos!

Carla

@Bronte__

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Imagen de Eliot Peper