Tiempos y maneras

LOS TIEMPOS

Mi infancia transcurrió en los tiempos remotos en los que la comunicación con otros dependía de la potencia de voz del emisor. No había móviles, ni Whatsapp, ni, por supuesto, más redes que las de pesca. Al menos con nombre propio. Porque sí que existían redes sociales, aunque no sabían aún que en el futuro se llamarían así. En aquellos tiempos nuestras madres nos localizaban por el método primitivo y universal de salir a la puerta de la casa y dar una voz para llamarnos por nuestro nombre. No había que consultar ninguna pantalla para saber qué eventos había en marcha, ni dónde tendrían lugar (básicamente en la plaza del pueblo).

En unos pocos años se ha producido un cambio cualitativo y cuantitativo en el ámbito de la comunicación. Tal vez, al estar inmersos en ello, no somos muy conscientes de su magnitud, pero ahí está. La Historia ha pasado de escribirse de modo artesanal, con plumilla de ganso y papiro, a quedar inmortalizada en dedos que teclean a la increíble velocidad de quinientas pulsaciones por minuto. Y eso afecta a todos los matices de esa hermosa palabra: “Historia”. Si pensamos en las edades de la historia, creo que va siendo hora de que alguien con más credibilidad que yo invente una nueva edad. Ya tenemos noticias de la Prehistoria y de las Edades Sucesivas (Antigua, Media, Moderna y Contemporánea), pero habría que inventar una nueva Edad para los tiempos actuales. Aunque recurra al tópico en este punto de mi artículo, si nuestros abuelos levantaran la cabeza la volverían a bajar de puro susto al no poder reconocer el mundo en el que vivieron. “Historia” es también el periodo que transcurre desde la aparición de la escritura (allá por el año 3.500 a. de C. -gracias a los sumerios-) hasta la actualidad. Es, en otra acepción, la narración de sucesos reales o imaginarios, el registro de datos en una historia clínica, y muchas cosas más. Y la “Historia”, con mayúscula, es el marco donde se escriben nuestras “historias” cotidianas.

Y la de este blog, comienza en este tiempo. Esta criatura con cuatro madres, o más bien, con dos madres y dos abuelas (si nos atenemos a las edades de las amigas que lo hemos creado con mucho amor), nace con una carga genética muy especial: el deseo de hacer realidad nuestras ilusiones. De cambiar la conjugación del tiempo del verbo “Escribir” y dejar de hacerlo en futuro para pasar al presente. Y, si vuelvo la vista atrás, hace unos años publicar esto hubiera sido como ir escribiendo por entregas una novela de corte futurista, en el más puro estilo de la ciencia ficción.

LAS MANERAS

Dentro del marco teórico que he intentado dibujar jugando con el tiempo, el aterrizaje práctico plantea una cuestión elemental: ¿cómo podemos alcanzar esa universalidad de la comunicación? ¿Qué recursos tenemos para compartir proyectos, información, relatos, noticias, con el resto de la raza humana? Porque, al fin y al cabo, se trata de eso.

Pues yo misma soy un buen ejemplo. Pero empezaré por uno más entrañable, exponiendo el caso de mi tía, una señora de ochenta y cinco años, que hace cinco compró (instigada por su sobrina) su primer ordenador, y que hace un año superó la fase de novicia, aquella en que me llamaba por teléfono pidiendo ayuda con peticiones de auxilio que parecen sacadas de un libro de chistes. Recuerdo un problema con el Router, en el que le pregunté que qué luces tenía encendidas y me dijo que la del salón, o cuando le dije que buscara un documento perdido en la papelera, y me respondió que todavía no había llegado a imprimirlo porque se le había escapado de su carpeta. O cuando, no sé ni cómo, perdió todos los iconos de su escritorio y yo, a sesenta kilómetros y por teléfono, delante de mi pantalla, con san Google como ángel de la guarda, la pude ayudar a recuperar tanto sus iconos como su autoestima.

El ejemplo de mi tía solo demuestra que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Porque si hubiera caído en la tentación de reírme de ella (que no lo hago, puesto que nos reímos juntas), ahora tendría que soportar que el mundo se carcajeara de mí. Cuando me preguntan si navego por Internet, suelo responder con toda sinceridad que, no sólo no navego, sino que apenas me mojo los pies, y aun así estoy a punto de ahogarme un día sí y otro también. Las redes sociales siguen siendo para mí algo similar a un libro escrito en esperanto, pero eso no me frena a la hora de intentar su lectura. ¿De qué manera lo hago? Pues igual que cuando aprendí a montar en bicicleta: pedaleando, cayendo, y volviendo a levantarme para pedalear. Y mi bicicleta tiene tres ruedas auxiliares que son mis tres amigas.  Gracias a ellas he dejado atrás el lastre de mi vergüenza y me he lanzado a escribir.

Ésta será mi primera publicación en el blog. Me daba pudor y pensé echar mano de uno de los relatos que, como en un embarazo múltiple, tengo escritos a la espera del momento de darlos a luz, pero para ser mi primera contribución he preferido arriesgar un poco. Tiempo habrá de todo. Que el artículo de Mary Sue / Gary Stu de mi amiga Carla, me ha espoleado y ha despertado mis ganas de ser también un poco creativa.

Eso es lo que quería compartir en cuanto a tiempos y maneras por las que he llegado aquí. Ojalá Mocade os resulte, como me está resultando a mí, un mundo comparable al paraíso donde todos soñamos pasar nuestras vacaciones, un País de Nunca Jamás donde podamos seguir siendo niños, una Tierra Media donde todo es posible. Os puedo decir algo: sea como sea, es un país que no tiene fronteras. Estáis invitados a visitarlo cuando os plazca.

Adela Castañón

Imagen: OLYMPUS DIGITAL CAMERA
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6 comentarios en “Tiempos y maneras

  1. Amparo dijo:

    Siempre resulta placentero leer algo escrito de manera sincera, elegante y con lo que te identificas. Este es el caso. Una iniciativa bonita e interesante la vuestra. Gracias por compartirlo. Me encanta 🙂

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