Voces dormidas

Donde se impuso el silencio, que la memoria florezca

Colectivo Arias Montano

 Me subían las pulsaciones a medida que iba desempolvando los papeles del archivo del ayuntamiento fragolino. Cuando abrí la carpeta de los expedientes se me escapó un grito: “¡Serán cabrones!”. A este secretario, solo por haber cumplido escrupulosamente sus tareas de funcionario con el alcalde del Frente Popular. A esta maestra, por no anunciar, el día uno de abril de 1939, el final del Glorioso Alzamiento Nacional desde la ventana de su escuela que daba a la plaza del pueblo. A un hombre, que un domingo había llevado sus mulas a abrevar al río, lo multaron por no santificar las fiestas. A la mujer del médico le cortaron el pelo y la hicieron dar vueltas al pueblo gritando “Viva España”, porque había desaparecido su marido. Y, por si volvía, lo expedientaron. Y todo era obra de aquellos que cada día acababan el noticiario hablado gritando: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! “Cabrones” –repetí con la voz quebrada–. Sobre los documentos había caído una espesa capa de polvo que los condenaba al olvido.

Aquella noche no pude dormir. Tenía que volver al archivo. Las voces de mis antepasados me pedían que siguiera buscando hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, porque los crímenes de la Guerra Civil habían enterrado a los anteriores. Hacia adelante, porque en la posguerra se libraron batallas más importantes que las de las trincheras. Y así, unos les quitaban la palabra a los otros y montaban tal algarabía que todo me llegaba confundido y mezclado. Tan confundido y mezclado como en las historias que contaban las viejas en los carasoles.

En la duermevela me preguntaba: “¿Y para qué? ¿Qué puedo hacer con sus testimonios? ¿A quién le interesan esas voces dormidas?” Si ya lo dice el refrán: “El agua pasada no mueve molino”. Además, para darles vida tendría que saber escribir. Si me limitara a transcribir los documentos con el desorden de aquel archivo, mi voz se perdería entre tanto barullo. De repente, de la caja de las actas, salió la voz del viejo secretario. “Ya lo tengo. Don Benjamín acaba de darme la pista. Le daré la voz a él y que siga poniendo orden en los papeles como lo hacía en los plenos del ayuntamiento”. Pero él rezongaba. Nunca le habían gustado los protagonismos. Y eso de hacerse importante como hombre de papel no le hacía ninguna gracia.

Al día siguiente, con las ideas más claras, volví al archivo. Más sorpresas. Más emociones. Y así me pasé todo el verano.

Aprovechaba las tardes para darme un chapuzón en el río. Hablaba con los hombres que volvían del campo y con las mujeres que iban a buscar agua a la fuente. Tiraba un poco del hilo. Cuando se daban cuenta de que estaba al corriente de algunos casos, se les desataba la lengua y daban vida a las historias de los papeles polvorientos. Una tarde de final de verano, una mujer, que volvía de lavar del río, me dijo: “Aún no te has dado cuenta de que tú eres la verdadera memoria del pueblo. Ahora ya no puedes dejar que se pierda de nuevo”.

Han pasado los años y todas esas historias siguen dando vueltas en mi cabeza. No sé muy bien qué hacer con ellas. ¿Un conjunto de relatos? ¿Una novela? Sí, quizá con una novela podría rescatar mejor el contexto que los llevó a ser doblemente olvidados.

Pero, ¿a quién le doy la voz? Es que todos quieren hablar y no se dan cuenta de que no caben juntos en las páginas de una novela. Tendrían que ponerse de acuerdo para elegir quién sale. ¡Bueno! Ya iremos viendo. Alguno de ellos podría ser el protagonista y los demás una especie de coro que completara los acontecimientos.

Cada vez que pienso en reescribir esas vidas, me vuelven a subir las pulsaciones. Me vienen a la memoria las injusticias y los atropellos que sufrieron las gentes de la España rural, esa España que hoy está vacía y que un día no muy lejano estuvo llena de vida.

Esas gentes, cuyos anhelos se vieron frustrados por los prejuicios sociales, por las dificultades económicas y por los conflictos políticos, se merecen un homenaje. Esas gentes son mis ancestros y mis raíces. A ellos les debo la savia que llevo dentro.

 Carmen Romeo Pemán

Imagen. Monte de San Jorge, enfrente de El Frago (Zaragoza). El paisaje duerme entre la niebla y las voces entre los papeles del archivo. (Foto de Carmen Romeo Pemán)

 

 

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