Ser diferente. ¿Barrera o puente?

 

                 “Cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres”  Charles Evans Hughes (1862-1948)

Un invitado inesperado

Es un dicho popular que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Pero, ¿qué ocurre si la harina de ese pan no es la de siempre?, ¿si la levadura es distinta, y lo que sale del horno parece cualquier cosa menos pan?, ¿o si por el sabor, la textura, la consistencia, nos encontramos con algo que parece imposible digerir?

Estas preguntas tan abstractas se convierten en el punto de inflexión de la vida de muchas familias cuando llega, más o menos por sorpresa, un bebé que no es “normal”. Los estudios prenatales permiten anticipar patologías como el síndrome de Down. Otras, como el autismo, carecen de marcadores específicos y solo dan la cara cuando el niño alcanza una edad crítica, entre los 18 y los 36 meses.

En el primer caso, la familia sabe de antemano con lo que se va a enfrentar. En el segundo, la naturaleza toma el pelo a los padres que, durante los primeros meses, se dedican a hacer planes de futuro para ese bebé que nace con una engañosa normalidad. El diagnóstico, cuando llega, arrasa con todos esos proyectos y convierte una hoja de ruta bien diseñada en una cinta rodante en la que, por muchos pasos que se den, parece que siempre se encuentra uno en el mismo sitio. Ese desbarajuste emocional lo recoge y lo expresa de maravilla la madre de un niño con síndrome de Down, Emily Pearl Kinsgley, en La belleza de Holanda. Y, si damos un paso más, en el caso del autismo vemos que el cataclismo que se produce después del primer o segundo año de vida, lejos de disminuir, va haciendo más profundo el abismo que separa al niño y a la familia del resto de los mortales. Podemos ver unas pinceladas de cómo es la vida de estas personas en el video Mi hermanito de la luna.

Llamemos a las cosas por su nombre

El autismo afecta a algo tan humano como es la capacidad de relación con los iguales, a la comunicación y al área de las relaciones humanas. Ángel Rivière, psicólogo fallecido en el año 2000, y una de las personas que más hizo por el mundo del autismo, hablaba en uno de sus trabajos sobre lo que él llamaba la “ceguera mental” de los autistas, para explicar que son incapaces de entender que los demás somos “objetos con mente”. Una persona con autismo carece de la capacidad de atribuir a otras personas emociones, sentimientos y estados mentales distintos al suyo. Un bebé de corta edad hará pucheros y se pondrá triste si su madre se acerca a él con el ceño fruncido, porque sabe instintivamente que mamá está enfadada. Un niño con autismo puede sonreír y expresar alegría en un funeral con toda normalidad, porque, para él, supone la posibilidad de un encuentro inesperado con su abuela, aunque el fallecido sea su abuelo. Y, si alguien le ha dicho que el abuelo está feliz en el cielo, el niño con autismo solo verá en ese hecho un motivo de alegría, y será incapaz de manifestar o fingir la tristeza que sería esperable. El autista no sabe mentir. No comprende los juegos de palabras. No tiene doblez.

A pesar de la labor de profesionales como Ángel Rivière, que dedicó su vida a mejorar la de las personas con autismo, siguen existiendo reputados escritores que tratan el tema con una ligereza y un desconocimiento que solo merecerían indiferencia, si no fuera porque llegan a un público numeroso. Y lo triste es que a ese público se le ofrece una imagen distorsionada, peyorativa y despectiva de todo lo que el término autista implica. Quienes leen a esos escritores no solo se quedan sin conocer los valores humanos de las personas con autismo, sino que vuelven a levantar unos muros que había costado muchos años derribar. Me estoy refiriendo, en concreto, a un artículo aparecido hace poco en El País. Afortunadamente, unos días después este periódico publicó una réplica, que Autismo España se apresuró a enviar. Esta réplica y otras respuestas devuelven la dignidad y la esperanza a las personas con autismo y a sus familias.

Como madre de un joven con autismo, mi primera reacción ante el artículo de El País fue de ira y de desprecio. Pero después de varias lecturas he llegado a la conclusión de que, en realidad, esa definición deformada del término “autista” no es más que una muestra de la supuesta sabiduría del autor del escrito, cuyo único acierto es el título del mismo, “Narcisismo hasta la enfermedad”, pero aplicable exclusivamente a quien lo firma. Por los términos que emplea, deduzco que el autor, persona supuestamente “sana”, habla de oídas sobre algo que no conoce en absoluto. Es más, demuestra que no es capaz de intentar ver el mundo a través de los ojos de los que tienen autismo. Así que, si creemos en lo que argumenta en su texto, ¿quién sería en este caso el “autista”?

Pero yo quiero centrarme en la importancia de la diferencia. Me gustaría hacer un llamamiento a los que me lean: que intenten ponerse, por un instante, dentro de la piel de alguien que no es como los demás. Solo eso. Y después de hacerlo, que piensen si esas diferencias suponen una barrera o un puente. Y, para facilitar esta especie de desdoblamiento, empezaré por aportar mi propia visión desde dentro y desde fuera.

El autismo afecta a todo el grupo familiar, y no solo a la persona que lo tiene (y digo “tiene” y no “padece” con toda intención). Como afectada, por tanto, llegué a ese punto de inflexión del que hablaba al principio. Me encontré, como otros muchos padres, con una bifurcación en la que solo podía optar por ser parte del problema o parte de la solución. Podía pensar la carga que para mi familia sería un niño así o pensar en la carga que mi hijo llevaba a cuestas. Compadecerme porque me había tocado una criatura diferente o ponerme en la piel de mi hijo, al que su diferencia le acarrearía sufrimientos porque la vida le había negado la potestad de poder elegir o rechazar su autismo. Y lo tuve muy claro. Desde el primer momento quise a mi hijo porque era así, y el autismo era parte de él. Nunca sentí que lo quisiera a pesar de su autismo.

Y, visto desde fuera, tampoco es extraño que los demás nos vean como familias a las que, por decirlo en términos simplistas, el Autismo nos ha caído del cielo como un castigo divino. Quien no conozca el tema, o se deje orientar por escritos distorsionados como el que publicaba El País, puede pensar que somos unos “pobres” padres y madres que nos pasamos la vida mirando hacia abajo, a unos hijos que se encuentran en situación de inferioridad, y hacia arriba, a la espera de profesionales que saquen de la manga una varita mágica que haga que nuestra pesadilla termine.

Pero este camino tiene muchos cruces, y en este punto podemos elegir también el dibujo horizontal. Darle al tema un enfoque diferente, que no pone a nadie por encima de nadie. Podemos pedir ayuda a otras personas (profesionales, educadores, otros padres) para que nos enseñen a ser nosotros mismos los que aprendamos a convivir con el autismo, y a manejar esa realidad diferente. No queremos peces. Queremos que nos enseñen a pescar. Y en esa relación de igualdad construimos un triángulo equilátero donde la persona con autismo será un pilar más junto a la familia y el resto del mundo. Dejará de ser un simple receptor o demandante de recursos, para convertirse en alguien con sus propios criterios, con sus propios valores y con su propia riqueza personal que también podrá aportar mucho a quienes lo rodean, y ocupar el lugar que, por derecho, no por compasión, merece entre la sociedad.

Una persona con autismo será muy buena en aquello que despierte su interés. Por ejemplo, ningún partido en la final del mundial de futbol –salvo que el futbol sea su pasión– lo distraerá nunca de sus ocupaciones, aunque el resto del país esté paralizado frente al televisor. Los intereses de las personas con autismo son restringidos y limitados; son personas ordenadas, necesitan un entorno predecible, claves que les ayuden a anticipar qué es lo que va a pasar al día siguiente, en la hora siguiente, en el minuto siguiente. Lo que los niños normales aprenden sin darse cuenta, a los niños con autismo les cuesta aprenderlo, y nunca lo harán si no los dotamos de las herramientas necesarias. Para ellos las relaciones humanas, con toda su complejidad, siempre serán tan difíciles como nos sucede al expresarnos en un segundo idioma del que desconocemos los giros y complejidades. Pero cuando se trabajan programas y sistemas que facilitan la comunicación, el cambio es radical. El niño comienza a manejar agendas, fotos o dibujos que le permiten controlar su entorno e interactuar con los demás. Empieza a darse cuenta de que puede expresar sus ideas y entiende las peticiones que le hacemos. Y, entonces, las personas que estamos a su lado entendemos el significado de la expresión “alcanzar el cielo con las manos”.

A veces habría que preguntarse quién es el autista: ¿la persona afectada o los que son incapaces de verlo con los ojos del amor, y ver el mundo a través de su mirada?

¿Y ahora, qué?

Pues, llegados a este punto, quienes vivimos con alguien con autismo podemos elegir. Quedarnos para siempre en la celda de autocompasión en la que nuestro tren, a veces, hace una parada al principio de la historia, o continuar avanzando a través del paisaje de las fortalezas de nuestros hijos, apoyándonos en ellas más que en sus debilidades, para construir juntos el futuro.

Siempre he pensado que es mejor dejarse llevar e ir a favor de la corriente, que empeñarse en navegar luchando a brazo partido con el oleaje. Por supuesto, habrá ocasiones en que las familias quisiéramos atravesar una pared, pero siempre será mejor dar un rodeo en busca de una puerta. Tenemos que bajarnos del carro del orgullo y de la superioridad, para empezar a dar voz y voto a los afectados, respetando así su diversidad y teniendo en cuenta sus preferencias a la hora de planificar su futuro. Porque a lo largo de la vida nos enfrentaremos a tomas de decisiones que repercutirán en ellos y en su felicidad.

Y a quienes no tienen en su vida a una persona con necesidades diferentes, les haría una reflexión más. Conozco a muchas personas con autismo, y solo puedo decir que siento que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Hay testimonios estremecedores de autistas de alto nivel que reclaman y reivindican su derecho a ser como son. Y creo que les asiste toda la razón del mundo. Si respetamos otras culturas con hábitos que a nosotros nos resultan chocantes, ¿con qué derecho nos arrogamos la potestad de decidir que una persona con autismo debería aprender a “pensar y sentir” igual que los demás?, ¿y con qué autoridad retuercen y desvirtúan algunos el término “autismo” para convertirlo en una definición que para nada se corresponde con la realidad? Tal vez quien escribe así quiera mostrar al mundo su dominio del lenguaje y la riqueza de su prosa, pero solo logra poner en evidencia la mezquindad y la pobreza de su espíritu.

Si alguien quiere ampliar información, le recomiendo que eche un vistazo al legado de Ángel Rivière tanto en imágenes como en palabras. Y nada mejor que una cita suya para cerrar este artículo:

Ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal. No sólo soy autista. También soy un niño, un adolescente, o un adulto. Es más lo que compartimos que lo que nos separa.

Adela Castañón

Imagen de Jay Mantri

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Pequeñas ideas

–Mamá, mamá, ¡MAMÁ! –Nico deja escapar un alarido y Leticia suelta el tazón con la harina, que queda derramada sobre el piso.

–¡Dios!, ¿qué es tan importante que no puedes esperar?

–Mamá, ¿por qué nos tenemos que morir?

Leticia mira a su hijo con el ceño fruncido y se agacha para recoger la harina.

–Qué sé yo, hijo, ¿por qué me preguntas esas cosas?

–Contéstame, mamá –exige Nico.

–Bueno, creo que porque es la ley de la vida.

–No, mamá, nos morimos porque nadie ha inventado algo para vivir eternamente.

–No lo sé, hijo. –Leticia sonríe–. Podría ser.

–Mira, mamá, he tomado una decisión. –Nico se arrodilla junto a su madre–. Quiero ser un inventor.

–¿Un inventor?

–Sí, mamá, quiero construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre. Claro, primero tendré que conseguir el elixir de la eterna juventud, pero eso no será un problema. Podré ir con papá en una expedición, como esas de la tele.

Leticia interrumpe a su hijo.

–Espera un segundo, explícame bien, por favor, ¿qué es lo que quieres hacer?­

Nico ha acaparado toda la atención de su madre. Los pequeños ojos verdes le brillan y una sonrisa, que muestra sus dientes torcidos, le ocupa toda la cara.

–Lo he pensado mucho, y con cuidado, ¡eh!, no creas que no he investigado.­

Leticia no puede reprimir la risa que le producen las palabras de su hijo. Esta historia le está haciendo olvidar su mal día.

–También he decidido no volver a la escuela. Desde mañana quiero empezar a construir mi invento. Como tú dices, debemos dedicarnos a las cosas que nos gustan. Además, no puedo dejar pasar un año más, en un año los adultos se hacen más viejos y los niños como yo nos volvemos adolescentes. No puedo perder tiempo. Y está la abuela, que ya tiene como mil años, y no quiero que se muera. Y tú, mami, que cada día estás más viejita, y no quiero que me dejes nunca.

Leticia deja de recoger la harina para escuchar con mayor atención a su hijo.

–Es muy fácil, mamá, cuando tenga el elixir solo necesitaré un reloj de arena, como el del juego de Cranium, podremos usar ese, porque hace tiempo no sirve para nada. También necesitaremos una cajita musical que dé vueltas. ¡Y ya!, con eso quedará listo y el tiempo se detendrá. ¿Qué piensas mamá?, ¿te gusta mi plan?

En ese momento se oye el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Es el padre de Nico que llega del trabajo.

–¡Papi! –Nico salta sobre él y lo envuelve con un abrazo.

–¡Hola, Nico!

–Amor, ¿qué haces sentada en el suelo? –Javier se agacha un poco para darle un beso en la frente a su esposa.

–Aquí, escuchando las historias de tu hijo y recogiendo la harina. –Leticia tuerce los ojos.

Javier sonríe y se sienta al lado de Leticia para ayudarla. Nico se deja caer sobre las piernas de su padre y juntos amontonan la harina con las manos.

–Cuéntame, Nico. Yo también quiero escuchar esas historias de las que habla tu mamá.

–Mira, papá, ya está decidido, no voy a volver a la escuela porque tengo un trabajo importante que hacer: voy a construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre, pero antes necesito que me ayudes.

Javier escucha a su hijo con atención, mientras observa de reojo a su mujer.

–¡Vaya, Nico!, tienes todo un plan montado. Pero quiero saber algo más, ¿cómo vas a construir tu máquina si todavía no has terminado la primaria? Para ser inventor tienes que estudiar.

–Pero, papá, la escuela es muy aburrida. Todo el tiempo te están poniendo tareas tontas y la profe Amalia ni siquiera me deja respirar. La escuela es para niños bobos.

–Eso no es verdad, Nico –interviene Leticia–. Mira a tu padre, él construye puentes, edificios, casas y, para eso, tuvo que ir primero al colegio y luego a la universidad.

–Mamá, eso no es verdad, ¿cierto, papi?

–Lo siento, Nico, pero es verdad lo que dice tu madre. Todos debemos ir al colegio para aprender. Puede que algunas cosas no nos gusten y otras nos gusten mucho, pero todas son importantes, si queremos cumplir algún día nuestros sueños, como este que me estás contando.

La boca de Nico se curva en una mueca y se queda pensando unos segundos. Javier cruza una mirada con su esposa.

–¡Ya tengo una idea mejor, papá! Antes construiré una máquina para que no tengamos que estudiar, y así podremos hacer realidad nuestros sueños sin tener que ir a la escuela.

Mónica Solano

Imagen de Geralt Altmann

Sakkara de Teresa Garbi. Un viaje hacia el conocimiento y la trascendencia

Teresa Garbi es una de esas personas que tienen gran capacidad para sorprendernos. A pesar de que hace muchos años que la conozco, cada uno de sus libros es una grata sorpresa. ¡Y ya llevo leídos quince títulos suyos!

Teresa empezó a escribir pronto, pero no publicó hasta 1981. Como muchas escritoras, no quiso dar a conocer sus escritos hasta que no estuvo segura de ofrecer frutos maduros.

Hoy voy a hablar de Sakkara, su último libro, en el que reúne diecisiete relatos. Cada uno tiene su brillo propio, como las facetas de un diamante. Y entre todos contribuyen al esplendor del conjunto. Sakkara no es un libro fácil de leer por dos razones fundamentales. Una, por su gran complejidad narrativa. Y otra, por la gran profundidad filosófica.

En cada relato, Teresa ensaya una forma de contar. Precisamente, por esa riqueza narrativa, podemos perder el hilo que engarza los diecisiete relatos. Pero, si leemos con atención, apreciamos cómo la autora va diseminando los indicios que nos permiten ver la totalidad.

Los más importantes son los símbolos que se repiten. Desde el principio hasta el final nos encontramos con la sombra, la arena y la rutina, que todo lo igualan. Y estos tres símbolos básicos vienen acompañados por unos temas recurrentes, como por ejemplo: el frustrado deseo de eternidad o el destructivo paso del tiempo.

A mí la luz me vino leyendo el relato La vía. La narradora ve a un hombre atropellado  en un trozo de una vía antigua por la que ya no pasa ninguno. Al principio el suceso me pareció absurdo, incluso pensé en el realismo mágico. Pero ¡no! Con este relato, es decir, con la palabra escrita, intenta recuperar una escena que fue cotidiana en el pasado y que ya ha dejado de suceder. Es una escena que solo pueden conocerla bien los que han vivido junto a una vía de tren. En La vía, se sirve de un recuerdo para reconstruir lo que era habitual en el pasado. La literatura nos devuelve lo que habíamos olvidado por el efecto demoledor de la rutina. En la página 127 leemos: Siempre deberían dejar un recuerdo de lo que hemos sido de niños. Y yo he nacido oyendo el ruido del tren. He visto muchos accidentes como este. Son todos iguales. Tal vez nos hayamos encontrado allí, en uno de ellos. Y en la 128: ¿Qué más da que nos haya ocurrido si mañana lo habremos olvidado?

Líneas en la puerta es otro relato que nos ayuda a entender el resto del libro. Las líneas de la puerta se convierten en una nueva metáfora del pasado que queremos recuperar. Esas líneas son las marcas que hizo una madre para comprobar cómo crecía su hijo. En realidad, son las huellas que quedan en el alma de la madre. Funcionan como el clavo de Rosalía de Castro o la espina de Antonio Machado, como metáforas del dolor de la ausencia que da sentido a la vida posterior.

En Sakkara encontramos un conjunto de relatos con mucha anécdota. Son historias muy bien contadas, en espacios reconocibles para el lector. Por ejemplo: el primer relato, el que da nombre al libro, transcurre en Egipto,  Pobreza sucede en Colombia y Acoso en el Pirineo. Otros reescriben la historia: Caín y Abel está ambientado en la Guerra Civil, con un punto de vista muy original. Estos relatos con anécdota tienen las tramas muy elaboradas, como sucede en: Tortura, Villamediana y El color de las grosellas. Son un puñado de historias de denuncia y de protesta que podrían ser el anticipo de futuras novelas. Algunos parecen el resultado de viajes de la autora, en los que lo exótico nos lleva a temas transcendentes. Estos viajes funcionan como metáforas del gran viaje que es el libro y del viaje de la vida.

Los relatos de mucha trama van alternando con otros sin anécdota. Son verdaderos momentos poéticos, cuyas claves están en los relatos con anécdota. Parada en blanco es una reflexión sobre el tiempo detenido. En La masa gris, acompañamos a la narradora, una especie de muerta viva, como las voces de los mejores poemas de Juan Ramón. Palabras para una piedra, Sombras y Al otro lado más que relatos son poemas en prosa que sintetizan la esencia del libro.

Este breve recorrido por el mundo de Teresa Garbi nos lleva a una reflexión sobre la sombra. En el primer relato, Alí, el niño protagonista, dice que la pirámide Sakkara se está cayendo, cuando ve que los escalones se borran, derrumbados unos sobre otros. Entonces el amo le señala un montículo de arena, sombra de lo que pudo ser otra pirámide. El penúltimo se llama Sombras y carece de anécdota narrativa. Pero nos aclara el símbolo que nos ha venido persiguiendo en las 142 páginas anteriores. Estas sombras de Teresa me han asombrado como la negra sombra que asombraba a Rosalía de Castro. Hasta aquí el libro es un anhelo de eternidad que ve frustrado con las sombras y con el dolor de este lado de la vida.

Pero el libro se cierra con Al otro lado, un relato de luz y color. Al acabar su lectura, nos damos cuenta de que, como en San Juan, las sombras se han quedado en esta ladera, en el trajinar de la vida cotidiana. Y en la otra ladera, al otro lado, nos espera la luz.

Cuando llegamos al final, intuimos que los relatos han sido diecisiete escalones en un viaje hacia el conocimiento del ser humano y de su trascendencia.

Sakkara me ha llevado a releer Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, otro viaje hacia el conocimiento y la trascendencia. Y al juntar estas voces, con otras que vienen de la tradición literaria, todo cobra un nuevo significado.

Carmen Romeo Pemán

Presentación de Sakkara en el Paraninfo. 2 de junio de 2016

Teresa Garbí y Carmen Romeo. Presentación de Sakkara en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, dentro de los actos de la Feria del Libro. Zaragoza, 2/06/2016.

EL FONENDO

Lucas  Sotomayor encendió el ordenador de la consulta. Le dio a la opción de “Imprimir listado”, sin mirar siquiera la pantalla, y empezó a sacar objetos de su maletín: el sello con su nombre y número de colegiado, el bolígrafo, el otoscopio, el aparato de la tensión, la botella de agua que paseaba por insistencia de su mujer y que nunca se bebía. Revolvió entre los papeles de la cartera en busca de su fonendo, sin encontrarlo. Frunció el ceño. Abrió los cajones de la mesa con la esperanza de haberlo dejado olvidado allí. Se rascó la coronilla. No tenía ni idea de dónde podría estar el dichoso fonendo. “¡Mal empezamos!”, pensó.

Cogió el papel de la impresora y echó un vistazo a los nombres de los pacientes. “¡No me lo puedo creer! ¡María Antonia otra vez! ¿Pero, qué querrá esta mujer? ¡A ver cómo me la quito hoy de en medio!” Dejó el listado sobre la mesa y se agachó por si el fonendo se le hubiera caído al suelo el día anterior. En esa postura estaba, cuando se abrió la puerta de la consulta. Quiso incorporarse deprisa y se dio un coscorrón con el cajón que había dejado abierto. “No, si cuando un día viene torcido…”

—¿Se encuentra bien?

El que preguntaba, un desconocido con bata blanca y sin nada llamativo en su aspecto, dudaba entre quedarse en la puerta o entrar a la consulta. Lucas terminó de levantarse. “Se ha lucido éste con la preguntita. Me encuentro fantásticamente. No hay nada mejor que un porrazo en la crisma para sentirse genial. ¡No te jode!” Sin responder, se pasó la mano por la dolorida nuca. El otro volvió a hablar.

—Vaya, perdone. Le he hecho una pregunta tonta —A Lucas le sorprendió que el recién llegado pareciera haberle leído el pensamiento—. Vengo a hacer una sustitución de un día y estoy un poco nervioso. No sé a cuál consulta tengo que ir —Miró el cajón abierto—. ¿Ha perdido algo?

—Pues la verdad es que sí —“Éste va para adivino”, pensó Lucas con ironía—. Aunque no sé cómo. Siempre guardo el fonendo con el resto de mis cosas, pero ha desaparecido.

—Espere —El colega abrió el maletín que llevaba en la otra mano y sacó un fonendo para dejarlo en la mesa de Lucas—. Yo siempre llevo uno de más. Soy bastante despistado, y a veces se me queda olvidado en los avisos a domicilio.

Lucas miró el reloj de pared. Ya iba a empezar con retraso. El nuevo se dio cuenta y se despidió con un “hasta luego”. Salió y cerró la puerta. Lucas pensó que debería haberse ofrecido a acompañarlo, pero le pudo la prisa. Suspiró y cogió el listado para llamar al primer paciente. Menos mal que María Antonia era la cuarta y la podría despachar pronto. Si la hubiera tenido que ver al final de la mañana, seguro que habría necesitado un par de cápsulas de Nolotil, para sobrevivir. Miró el primer nombre.

—Adelante, Manuel. —Un hombre de campo entró quitándose el sombrero. Empezó a darle vueltas entre los dedos y esperó a que el médico se sentara, para hacerlo él también.

—Buenas, doctor.

—Usted dirá. ¿Qué le ocurre?

—Pues, verá, que me dice mi mujer que sigo tosiendo por la noche y no la dejo dormir. Yo no hubiera venido a molestar por eso. Le dije a Eloísa que le pidiera ella algún jarabe cuando viniera a por sus recetas, pero me dijo que no, que esa tos sonaba muy cogida al pecho. Que viniera yo, por si a usted le parecía bien echarme las gomas.

“Menos mal que el nuevo me ha dejado el fonendo. Que si no…”. Lucas se levantó y le indicó a Manuel con un gesto que se sentara en la camilla. Si no lo auscultaba, al día siguiente tendría a Eloísa en la consulta, posiblemente con Manuel a remolque, y al final sería peor.

—A ver, Manuel, respire por la boca, hondo y despacio —Manuel obedeció. Lucas se fijó en una cajetilla de tabaco que asomaba por el borde del bolsillo de la camisa. Le había dicho montones de veces que no debería fumar. Empezó a auscultarlo. Se quitó el fonendo y, antes de pensar en lo que hacía, le puso la mano en el hombro—. Manuel, ¿a ti te gustaría dejar de fumar, o no estás por la labor?

Manuel, que acababa de cerrar la boca, volvió a abrirla. Se quedó mirando al médico con ojos de búho. Que él recordara, era la primera vez que el médico lo tocaba de modo no profesional, y que se dirigía a él tuteándolo. Tragó saliva sin saber cómo responder.

—Los pulmones están bien, Manuel. ¿Toses también de día?

—No. Sí. No.

Lucas, en lugar de volver a su sillón, se sentó en la camilla junto a un Manuel cada vez más asombrado.

—¿Sí y no, a qué? ¿Te gustaría o no dejar de fumar? ¿Y toses tanto como dice Eloísa?

Lucas jugueteó un poco con el fonendo. Le sorprendió el tacto de la goma, más cálido de lo que esperaba. Un cosquilleo extraño y leve, muy leve, como el roce de una mariposa, empezó a subirle por los dedos. Manuel le estaba hablando, pero lo que oía no se correspondía con el movimiento de sus labios. En la cabeza del médico, la voz de su paciente entonaba una cantinela extraña. “A mí, la verdad, lo de fumar me da igual. Pero, desde que murió nuestro hijo, el bendito tabaco ha sido lo único que ha conseguido que Eloísa vuelva a preocuparse por mí. Y tampoco es que yo haya vuelto a fumar por eso. No debí pedirle aquel cigarro a mi compadre el día del entierro, pero no es de hombres llorar, y lo único que se me ocurrió fue aguantarme las lágrimas a fuerza de caladas. ¡Y mira que comprar un paquete al día siguiente, con lo que me costó dejar de fumar! Y andarme escondiendo de Eloísa, después de tantos años… ¡Dos semanas tardó en darse cuenta de que me había vuelto a enganchar! Pero el caso es que ha vuelto a hablarme, aunque solo sea para regañarme y para echarme la bronca”.

La voz de Manuel pareció desdoblarse. El cerebro de Lucas dejó de percibirla, pero sus oídos, por el contrario, detectaron un súbito aumento de volumen que hizo que el médico parpadeara al escuchar su nombre.

—¡Don Lucas! ¡Doctor! ¡Doctor! —Manuel lo miraba con la cara desencajada— ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a otro doctor?

Lucas parpadeó. “Me he debido distraer por llevar sueño atrasado. O eso, o me estoy haciendo viejo. Lo que me falta para tener un día perfecto, es empezar con alucinaciones”, pensó. “¡Vaya mañanita!” Restó importancia al episodio. Sin quitar la mano del hombro de Manuel lo acompañó a la silla. En lugar de rodear la mesa, se apoyó en ella. Tuvo la impresión de que el verdadero Lucas estaba en otra parte, como espectador de la escena donde un doble suyo representaba su papel. Se vio a sí mismo en esa postura desenfadada, nada acorde con su seriedad habitual. Y ese doble seguía hablando, como si no haberse enterado de lo que Manuel le había estado contando, no le importara nada.

—Manuel, yo estoy bien, y creo que usted… que tú también lo estás. Dile a Eloísa que se pase mañana por aquí. Si no hay cita, que venga sin número al final de la consulta. Tu mujer está muy asustada después de lo de vuestro hijo, pero tenemos que ayudarla a entender que la vida sigue. Y dile de mi parte que no se preocupe por tu tos.

Manuel se levantó y se rascó los ojos como si le picaran. Volvió a darle vueltas al sombrero, que no había soltado en ningún momento, y salió con una carraspera mucho más real que la supuesta tos que había sido el motivo de consulta.

El siguiente paciente era una adolescente muy delgada, de tez pálida y ojos de color desconocido porque nunca levantaba la mirada del suelo. La acompañaba su madre, como siempre, que era la que llevaba la voz cantante.

—Buenas, doctor. Otra vez le traigo a la niña. Que no come nada, y eso que le he dado ya dos botes de un jarabe para las ganas de comer. Ella dice que está bien, pero algo tendrá. Porque se deja más de la mitad de la comida en el plato, aunque le ponga por delante lo que más le gusta. Pero ni por esas. Y nunca ha sido delicada para comer.

—A ver… —Lucas miró la lista. No se acordaba del nombre de la niña— Lucía. Pasa ahí, detrás del biombo, y túmbate en la camilla.

La chiquilla obedeció sin levantar la mirada. Lucas se acercó, con el aliento de la madre a pocos centímetros de su cuello. “¡Qué desconfiada!”, pensó. Con la mujer al lado, empezó a palpar el vientre por encima del vestido. Al inclinarse, el fonendo rozó la ropa de Lucía, y Lucas volvió a notar una extraña sensación de déjà vu cuando los dedos empezaron a cosquillearle. De nuevo escuchó su voz como si no fuera él quien hablaba.

—¿Te duele aquí? —la niña, con los párpados tan bajos que parecía que tuviera los ojos cerrados, negó con la cabeza sin despegar los labios. Lucas siguió palpando el abdomen— ¿Y aquí? —nueva negación—. ¿Te duele en algún sitio? —otra vez el mismo gesto mudo. Lucas dejó de explorar—. Lucía, ¿cómo llevas la regla?

Lucas se dio cuenta de dos cosas a la vez. La primera, que Lucía había apretado los puños, y la segunda, que tenía los ojos como la morena piconera. Dos pozos demasiado profundos para tan pocos años. Porque Lucía, al escuchar la pregunta, había clavado la mirada en la de su madre como pidiendo instrucciones.

—¡Doctor! La niña lleva la regla estupendamente —la madre hablaba sin mirar a Lucas. Solo tenía ojos para Lucía—. ¿Verdad, hija? Venga, díselo al doctor —Se volvió hacia el médico—. La ha tenido hace unos días.

Los párpados volvieron a bajar como el telón de un escenario. Y Lucas, aunque no había oído hablar nunca a Lucía, reconoció al instante su tono de voz en su cerebro. “Me va a pegar en cuanto que entremos en casa. Estoy segura. Tenía que haber dicho en seguida que no. Y ojalá se quede tranquila con eso y no se lo cuente a papá. Igual puedo llamar a María para que me invite a dormir esta noche en su casa, y quitarme de en medio por si acaso. No quiero ni pensar en tener que aguantarlo otra noche más en mi cama, y menos si está enfadado. Ojalá mamá se calle la boca, o al menos le deje claro que yo no he soltado prenda. Con suerte la creerá y sabrá que mantengo su secreto a salvo”.

Lucas sintió como un bloque de hielo se instalaba en su estómago. Se volvió hacia la madre con la primera excusa que se le ocurrió.

—Ana, puede que lo de Lucía sea una infección de orina. Si no le importa, acérquese al mostrador de recepción y pida un bote de orina de mi parte.

La madre titubeó. Y su respuesta no sorprendió al médico.

—Bueno… doctor… —Sonrió con los labios apretados y parpadeó varias veces—. Si no le importa… suele haber cola. Y si me cuelo me van a llamar la atención. Si quiere me da el volante y mañana traigo yo la muestra a primera hora…

Lucas rellenó de forma mecánica una petición de analítica y se la entregó a Ana. No le extrañó comprobar que la madre no quería dejarlo a solas con su hija. Fuera cual fuera el resultado del análisis, iba a tener que tomar medidas. En cuanto acabara la consulta, tramitaría un parte judicial por sospecha de violencia de género por más que eso le trajera complicaciones a más de uno, empezando por él mismo. Pero no podía mirar hacia otro lado. Cualquier cosa sería mejor que cargar con ese bloque de hielo. Y esa carga no debía de ser nada en comparación con la piedra que, casi con seguridad, llevaba a cuestas Lucía.

El tercer nombre de la lista hizo que Lucas soltara un bufido. Engracia era casi tan pesada como María Antonia.

—Buenos días, Engracia.

—Pues no sé si pensará igual cuando le diga lo que tengo que decirle, doctor —Engracia, acostumbrada a que el médico no la dejase apenas hablar, se sorprendió ante el atento silencio del galeno. Dudó un momento antes de continuar—. Le voy a poner una reclamación —Lucas jugueteó con el fonendo y mantuvo la misma expresión neutra en su semblante. Engracia se encontraba cada vez más descolocada—. ¿Qué? ¿No va a preguntarme el motivo?

—Imagino que ha pedido cita hoy porque me lo quiere contar en persona. Si no, habría bastado una reclamación por escrito a la dirección. Pero ya que está aquí, ¡adelante!  Lo que me diga puede servirme para intentar no cometer el mismo error con otros pacientes. La escucho.

—Pues como no ha querido mandar al urólogo a mi marido, lo he llevado a uno de pago. Y le ha encontrado algo malo en la próstata, para que lo sepa.

—¿El adenoma? —Engracia abrió mucho los ojos. Lucas tecleó algo y giró el monitor para que la mujer pudiera verlo—. Su marido tiene esa cita pedida. Preferente. Y está pendiente de resultados de analítica y de ecografía que se han hecho ya.

El color de Engracia iba y venía del rojo al blanco.

—¿Y por qué no me dijo usted eso cuando se lo pregunté la semana pasada?

—Porque mi paciente es su marido, Engracia. Y, como médico, no puedo dar información a otras personas, ni siquiera a usted, aunque sea su mujer. Imagino que él no le habrá dicho nada por no preocuparla, pero eso es cosa de ustedes. ¿No le comentó él nada cuando fueron al urólogo privado?

—Pues… —Engracia levantó el mentón— pues no me dijo nada, porque la cita se la saqué yo por mi cuenta. Porque cuando le pregunté a él si le había contado a usted que de noche orina mucho, me dijo que lo dejara tranquilo. Que él ya es mayorcito para cuidarse. Así que pensé que no le habría dicho nada. Y como luego usted tampoco soltó prenda, me figuré que… yo que sé lo que me figuré. El caso es que pedí la cita y simplemente le dije que tenía que acompañarme a un sitio. Y como el médico nos recibió en seguida, ni tiempo tuvo de decir “esta boca es mía”.

Lucas sintió que el rostro le ardía. “Debería cantarle las cuarenta a esta sabihonda”. Nada más pensar eso, notó que el fonendo le pesaba en el cuello como si fuera de plomo y se tragó sus reproches.

—Bueno, Engracia…

—Don Lucas… Yo… Yo solo estaba preocupada por Andrés. Es que usted y él son tan reservados que me sacan de mis casillas —Engracia se tapó la boca con la mano. El médico sonrió, levantó las cejas e hizo un gesto, a medio camino entre la comprensión y la resignación, que hizo disminuir la tensión entre ambos. Engracia bajó los ojos—. Imagino que preferirá que yo me cambie de médico. A mi marido no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere del motivo. Y yo sé que Andrés va a querer seguir con usted, pero, claro, yo… —bajó los ojos.

—Engracia, puede usted cambiarse a otro cupo, o seguir en el mío. Decida con toda libertad. Para mí no es ningún problema lo que ha pasado. Es más, me gusta la gente que va de frente por la vida y dice las cosas a la cara.

La conversación se prolongó unos minutos, y cuando Engracia salió de la consulta, Lucas se frotó los ojos. “Debo estar incubando un resfriado. Parece que hoy no estoy del todo en mis cabales”. Nombró a la siguiente paciente, y entró María Antonia que notó que algo raro pasaba. Encogió los ojos y, en seguida, los abrió de par en par. ¡Don Lucas la estaba recibiendo con una sonrisa! Y la miraba de frente, en vez de estar con cara de prisa pendiente del ordenador. Al poco rato, por primera vez en su vida, al terminar la consulta, María Antonia salió sin un montón de recetas en la mano, pero sintiéndose mejor que nunca. El que la había atendido parecía, por el físico, don Lucas. Pero, por lo demás… ¡bien podría ser el gemelo bueno! A ella se le había ido el tiempo de su cita hablando de sus nietos, de sus hijos en paro, de cómo con su pensión comían seis personas, de que, con ese plan, no podía llevar del todo bien la dieta del azúcar, y por eso los análisis salían siempre como salían… ¡Señor, Señor! Y el mismo médico, desde la consulta, le había sacado cita con la trabajadora social y, además, le había hecho un informe que pensaba fotocopiar antes de entregarlo en el mostrador, para enseñárselo a sus vecinas.

Al final de la mañana, Lucas dejó las cosas sobre la mesa de la consulta. Cogió el fonendo, lo miró como si no supiera para lo que servía, y salió en busca del médico nuevo para devolvérselo. Pero, cuando le preguntó al celador que en qué consulta había pasado, el hombre puso cara de extrañado.

—¿Un médico nuevo, dice usted? Pero si hoy no ha faltado nadie, don Lucas—. Miró a los dos administrativos del mostrador de citas, que asintieron para darle la razón.

Lucas se dio media vuelta. Dejó el fonendo sobre la mesa y miró en el ordenador los listados de sus compañeros. Todas las consultas las habían pasado los habituales. Lucas empezó a guardarlo todo, y, cuando quiso coger el fonendo prestado, no logró encontrarlo. Como en un sueño, abrió el cajón. Allí estaba su fonendo, el de siempre, con su nombre en la etiqueta identificativa. Pero el fonendo nuevo, igual que su propietario, se había desvanecido.

Lucas recogió todo de forma mecánica. Tramitó el parte de Lucía. Fue a tirar el agua de la botella por el lavabo, pero lo pensó mejor y salió cinco minutos más tarde después de haberse bebido todo su contenido. Esa noche invitaría a cenar a su mujer. Hacía mucho tiempo que solo le contestaba con monosílabos cuando le preguntaba por su trabajo. Y tenía mucho que contarle.

Adela Castañón

Imagen de Parentingupstream

Los libros son para el verano

El verano es para leer. Y para ir a la playa, o a la montaña. Visitar ciudades o quedarse en casa. Incluso jugar a Pokemon Go. Sin embargo, con eso de que tenemos vacaciones, nos convencemos a nosotros mismos de que, con más tiempo, también tendremos más ganas de hundir la cabeza en alguno de nuestros libros.

 Os confieso que tengo ganas de leer todo el año. Pero no dispongo del tiempo libre que me gustaría, así que el verano es mi pequeño oasis de felicidad entre el sol, el agua, los mojitos de melón y los libros. Por lo general, leo todo aquello que no me ha dado tiempo durante el resto del curso. Y así, pensando en que el verano me sirve para ponerme al día, me pregunté si a todo el mundo le pasaba como a mi. Y, ¿por qué no preguntarlo? ¿cómo?, pensaréis. Pues a través de mi cuenta de Twitter.

Encuesta

Cincuenta y una personas respondieron. ¡Cincuenta y una! Algunos creerán que es poco, pero pensad en todas esas empresas de cosmética que lanzan productos, con los que ganan millones de euros, que están testados por unas veinte personas como mucho. Así pues, creedme, la mía es una buena muestra.

 Como veis, Twitter solo me dejaba poner cuatro opciones. Mi intención es aconsejaros algunos libros de cada categoría para lo que queda de agosto. Y que os guardéis el resto para las próximas vacaciones. O para el resto del año. No penséis que voy a sacar el látigo si decidís leéroslos en otoño.

Además, mi gente maja de Twitter me ha hecho recomendaciones, así que las he añadido en el apartado ídem.

Este es un post largo. Os doy permiso para que leáis solo lo que corresponde a vuestra categoría. Así de magnánima soy.

Leer en verano lo mismo de siempre

Hay quien, durante todo el año, mantiene el ritmo sin despeinarse. No en vano, Leydhen me preguntó qué diferenciaba una lectura de junio de una de otra época. Y supongo que la clave está en el lector, no en la lectura: las necesidades no tienen por qué cambiar en verano. Eso sí, quienes han escogido esta opción son pocos: únicamente el 10% de los encuestados mantienen el ritmo.

Así pues, ¿qué le puedo aconsejar a quienes leen lo mismo todas las épocas del año?

 Recomendación

No necesitáis ninguna. Es más, quien necesita vuestro consejo soy yo, que no sé cómo lo hacéis. Solo os puedo decir que leáis lo que os salga de las narices, pero que si buscáis salir fuera de vuestra zona de confort, aquí tenéis tres títulos que igual os pueden llamar la atención.

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Dioses menores – Terry Pratchett

Quienes conocen mis gustos saben que no podría haber empezado por ningún otro autor. Mi querido y adorado Terry, que el año pasado decidió ir al paraíso de los orangutanes y dejarnos huérfanos, era un autor inglés de fantasía con un cerebro increíblemente dotado que alguna fuerza miserable decidió robárselo con un Alzheimer muy jodido y peleón.

Es uno de mis libros favoritos y trata sobre Om, un dios que descubre que, aún existiendo toda una estructura eclesiástica encargada de velar por su fe, solo le queda un único creyente. El dios sabe que, cuando ese monje torpe y bonachón muera, su fe y, por tanto, él, morirán. Así, le ayuda a sobrevivir en un escenario peligroso a la vez que intenta recuperar la fe de sus creyentes y el poder que algún día tuvo.

Encontraréis un ensayo sobre religión camuflado entre carcajadas, personajes adorables y una crítica feroz a la jerarquía eclesiástica, entre otras cosas. En mi escala personal tiene un 5 sobre 5, y porque no puede ser un 6 sobre 5. ¡Ah, no!, esperad. Que esta escala es mía. Pues tiene un 6 sobre 5 en mi escala personal. Porque yo lo valgo, pero Terry más.

 Guía del autoestopista galáctico – Douglas Adams

Recuerdo que leí esta serie de libros en el 2001, en la Semana Santa del primer año de facultad. Días después, Adams murió y me sentí miserable por no haberlo conocido antes. Bueno, es evidente que no puedo presentároslo antes de su muerte, pero al menos perpetuaremos su nombre para que nunca muera de verdad.

La historia empieza cuando Arthur Dent descubre que van a demoler su casa para construir una autopista. Al enfrentarse a los constructores, que le dicen que el aviso estaba en un sótano del ayuntamiento y que era culpa suya no haberlo visto, aparece su amigo Ford Perfect que lo arrastra lejos de su casa y de su destrucción. Porque Ford es un extraterrestre que recorre mundos para la empresa “Guía del autoestopista galáctico” y que se dedica a escribir reseñas sobre los planetas que visita. Ford sabe que la Tierra también va a ser demolida para construir una autopista galáctica, y en el último minuto consigue ponerlos a salvo a los dos.

Encontraréis humor, toallas, pensamientos profundos y unos personajes que se anclan en el corazón. Y cuatro libros más, que esto es una pentalogía. En mi escala personal tiene un 5 sobre 5. Ya estáis tardando.

Hatshepsut, la Reina misteriosa – Christiane Desroches Noblecourt

Tengo un problema, y es que la Historia me encanta. Especialmente las sociedades clásicas, empezando por el Antiguo Egipto. Y, sin duda, Hatshepsut, como mujer faraón, es un personaje que siempre me ha llamado la atención.

Desroches Noblecourt es una historiadora que, con su libro, hace honor a esta reina-faraón novelando su vida, desde que es una niña hasta que muere, pasando por el momento en el que se inventa que su padre es el propio Dios Amón y, por tanto, merece ser reina por encima de todas las cosas.

Encontraréis historia, pasiones desatadas y ambición. En mi escala personal tiene un 4 sobre 5.

Leer en verano algo ligero

Ay, amigos. Cómo os entiendo a los que habéis escogido esta opción. Hay junios en los que tengo el cerebro tan frito que lo único que puedo hacer es leer algo que no me haga pensar. Una lectura rápida, amena, ágil. Que bastante sufrimos durante el año como para tener, encima, que hacerlo en verano.

 Recomendación

Os traigo tres libros ligeros, fáciles de leer, de diferentes temáticas y géneros.

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La Reina Roja – Victoria Aveyard

Una opción socorrida es tirar de YA, es decir, el género Young Adult o Adulto joven, que suele ser lo suficiente fácil de leer como para dejar el cerebro en stand by y seguir la historia sin problemas. Pero no siempre es sencillo, sobre todo si se ha dejado la adolescencia lejos, encontrar un libro que no haga que queramos abofetear al protagonista.

En este caso, La Reina Roja es una novela escrita en primera persona que mezcla distopía, ciencia ficción y fantasía en una misma novela. En un futuro que no sabemos cómo de lejano es, la sociedad se divide en rojos y plateados, estos últimos dotados por una magia que viene dada por el color plata de su sangre. Así, los pobres rojos que son normales y corrientes, viven en semi esclavitud por la élite plateada.

Encontraréis magia, amor y conspiraciones políticas, y en mi escala personal le he puesto un 3 sobre 5.

Contrato con Dios – Juan Gómez-Jurado

Juan Gómez-Jurado me cae bien. No es que me vaya a tomar cafés con él asiduamente, ojalá, pero me gusta lo que leo de él en su Twitter. Por eso me lancé con Contrato con Dios, una novela de 2010, a cuyo protagonista, Anthony Fowler, ya conocen los fans del autor porque es el cura-espía que protagonizó Espía de Dios. Y yo, como soy así, me leí el segundo antes de leerme el primero, pero es que no hace falta leerlos en orden que son autoconclusivos.

Así pues, en Contrato con Dios, este agente doble de la CIA y la Santa Alianza busca una pieza de un mapa que le puede llevar a conseguir el Arca de la Alianza. En el tesoro no solo está interesada la CIA, sino también un millonario estadounidense que crea una expedición en la que se cuelan agentes de la Mosad, terroristas islámicos e, incluso, una periodista española.

Encontraréis tiros, acción, un poco de roce entre sábanas y muchas conspiraciones. En mi escala personal le he puesto un 4 sobre 5, que me entretuvo mucho.

 Yo antes de ti – Jojo Moyes

Bueno, a ver. Podéis perseguirme con una campana y decirme con voz firme y calmada “¡vergüenza!” entre tañido y tañido porque, no, no me he leído este libro. Pero se ha hecho la película este año con la guapísima Emilia Clarke (Daenerys de la Tormenta, La que no arde, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones), que también me cae fantásticamente bien porque nadie que mueva las cejas como lo hace ella puede ser mala persona, así que, ¿por qué no?

El libro va sobre una muchacha que entra al cuidado de un chaval rico y guapo y, también, un poco malandrín, que en un accidente se queda en una silla de ruedas. Tenéis la película en el cine, o la habéis tenido, no lo sé. Desgraciadamente, desde que tengo un bebé en casa, el cine ya no es una opción así que estoy desconectada. Pero ya me entendéis.

Encontraréis amor y muchas lágrimas, y no os puedo decir nada sobre mi escala personal porque no lo he leído. Así que si os lo leéis o alguien ya lo ha hecho, por favor, ponedle una nota por mí y decídmela.

Leer en verano lo que tengo pendiente

Esta es la opción ganadora y, además, la mía. Un 65% de los encuestados intenta ponerse al día en verano. Qué queréis que os diga, me hace sentir un poco mejor ver que no soy la única que es un poco desastre durante el año. No, no os estoy llamando desastres. Bueno, un poco sí, pero es que aceptarlo es el primer paso para cambiarlo, ¿no?

Recomendación

En este caso, os voy a poner mis pendientes de años anteriores, a ver si os descubro algo nuevo. Aunque de nuevos, sinceramente, tienen poco.

Pendiente

Cuentos de Chéjov – Anton Chekhov

Chekhov (o Chéjov) tiene una cita sobre narrativa que repite todo el mundo, la entiendan o no, y viene a decir que, cuando escribes, lo importante no es contar sino mostrar. Es decir: mejor que un narrador cuente que el protagonista tiene los dientes carcomidos y la ropa hecha jirones a que ponga, literalmente, que es pobre. Y en el arte de mostrar, no hay mejor ejecutor que Chéjov. Por eso disfruté tanto sus cuentos, y creo que aprendí bastante de él.

Es difícil definir la temática porque, al ser cuentos, cada uno son de su padre y de su madre, pero básicamente nos muestra la cotidianidad de la Rusia del XIX de ricos, pobres, habitantes rurales y de ciudades. Lo único que es permanente, lo único que aparece en todos sus relatos, es el samovar (para que no os pase como a mi y no lo tengáis que buscar: una tetera rusa) y su capacidad de describir el carácter complejo de un personaje con una sola frase.

Encontraréis tristeza, pasiones, vodka, maravillas y decadencia, y en mi escala personal le he puesto un 5 sobre 5.

 El último deseo – Andrzej Sapkowski

Si hay aquí algún friki de Juego de tronos, que sepáis que nuestro querido Andrzej lleva tantos años escribiendo como R. R. Martin y que, además, tiene a sus espaldas una legión de fans capaz de despellejar a cualquiera que critique a su famosísimo Geralt de Rivia.

En este libro, el primero de siete, el autor recoge una serie de cuentos cortos de las aventuras de Geralt, un brujo que se gana la vida combatiendo monstruos que podrían poblar las pesadillas de Stephen King. La dinámica del libro es amena, y la narración rápida y llena de detalles que te llevan al mundo fantástico de Sapkowski en un abrir y cerrar de ojos. Las batallas son una delicia y los personajes no están idealizados, algo bastante común en el género.

Encontraréis monstruos, prostitutas, magia y batallas, pero también humor y personajes muy redondos, muchos de ellos mujeres, cosa que personalmente agradezco. En mi escala personal tiene un 4 sobre 5.

Ubik – Philip K. Dick

Por supuesto, no podía faltar la ciencia ficción en este post. Ya sabéis que es uno de los géneros que más me gustan y con el que tonteo de vez en cuando, y qué mejor lectura que Philip K. Dick.

La única que me quedaba por leer del autor, y que también cayó el verano pasado, es Ubik, una novela escrita en 1969 y ambientada en 1992, cuando el viaje a la luna es algo común, hay telépatas hasta debajo de las piedras y se mantiene a los muertos en estado de semivida para poder contactar con sus conciencias. Joe, el protagonista, viaja a la Luna con su jefe porque tienen un problema de espías telepáticos infiltrados en la empresa. Ahí, ocurre un accidente del que sobrevive junto con el resto de la expedición pero su jefe desaparece. Una vez en la tierra, recibe mensajes en lugares extraños de su jefe y la realidad empieza a tambalearse. Lo único seguro, aquello que es estable, es un producto llamado Ubik y que da una pista a Joe de qué se puede encontrar.

Este libro tiene unas cuentas interpretaciones, pero no voy a ser yo quien os las explique porque creo que es indispensable que os lo leáis. Solo os digo que es una distopía en la que se habla, sobre todo, de la vida después de la muerte.

Encontraréis multiversos, muertos que se comunican y Ubik, mucho Ubik. En mi escala personal le he puesto un 5 sobre 5.

Leer en verano recomendaciones

Curiosamente, este es el apartado menos votado. Me sorprendió porque yo me dejo aconsejar bastante. Es que, si me dejas suelta en una librería, empiezo a ver tomos y tomos y, si no tengo una guía, me empiezo agobiar porque no sé cuál escoger. Así, o salgo habiéndome gastado medio sueldo o sin un solo libro y llorando de pena.

 Como ya os he hecho muchas recomendaciones, aproveché que la gente en Twitter es super maja y pregunté qué me recomendaban. Aquí tenéis unos cuantos.

 Paula Jarrin nos recomienda Dos amigas, la tetralogía de la Elena Ferrante. Trata la historia de dos mujeres, una contrapuesta a la otra, que empieza en los años 50 del siglo pasado hasta la actualidad. Tiene un marcado aire feminista* y, por las críticas que he leído en Internet, no se corta en detalles bellos y brutales que impactan a sus lectores.

Samarkanda nos recomienda Cosecha Roja de Dashiell Hammet, o cualquiera de este autor. En el caso de Cosecha Roja, encontramos a un detective sin ningún tipo de atractivo físico pero con gran audacia para resolver crímenes. Eso sí, tiene que currárselo pateándose las calles y manchándose las manos. Desde luego, una buena recomendación.

[a] [low@hell #] nos recomienda La isla, de Aldous Huxley. Si sois como yo, os habréis leído su imprescindible Un Mundo feliz, ¿verdad? Pues, según Wikipedia, La isla es su contrapunto. Trata de un periodista que llega a una isla donde el amor por la vida está por encima de todo lo demás. Qué, llama la atención, ¿eh? También nos recomienda cualquier libro de Preston & Child que tenga a Pendergast como protagonista.

Malapata nos recomienda dos libros: Desgracia, de J. M. Coetzee que, según él es deprimente pero es un favorito así que seguro que vale la pena. El protagonista, después de enamorarse y perder de vista a una prostituta al que era asiduo, se lía con una alumna de la universidad en la que da clase. Cuando se destapa el affaire, antes de pedir perdón decide abandonar su puesto e irse a casa de su hija, donde se destruirán todas sus creencias.

Además nos recomienda una colección de relatos fantásticos de Tim Pratt, Hic Sunt dracones (“Aquí hay dragones”, en latín), un título que referencia a los mapas antiguos pero, también, al increíble imaginario de Pratt.

Joan melenchón nos recomienda El bosque de los zorros, de Arto Paasilinna. Me cuesta situar esta novela en algún género, así que os dejo su sinopsis: un gánster debe esconderse en la tundra noruega para protegerse de unos esbirros que van en busca de un botín por el que fueron encarcelados. Ahí se encuentra con un comandante alcoholizado y una nonagenaria que se ha escapado de un asilo. Es una historia de huida e, imagino, también de encuentro.

Y, por último pero no por eso menos importante, CartDestr nos recomienda Teo va de vacaciones. Si es que no me digáis que no es amor. Sin embargo, además de ser un amor  es un chico con muy buen gusto, y nos cuenta que le encantó El curioso incidente del perro a medianoche. Esta novela nos presenta a Christopher, un adolescente con Asperger que decide investigar la muerte del perro de su vecina. Este hecho hace que se enfrente a situaciones impensables para él y, así, demostrarse que es capaz de cualquier cosa.

 Espero que os acordéis de este post cuando estéis decidiendo qué libro os va a acompañar en vuestras vacaciones. Eso sí, no olvidéis dejar vuestras propias recomendaciones en los comentarios o en nuestro Facebook, que así me ayudáis a hacer el post del verano que viene.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Davide Ragusa

*Aprovecho para recordar, que el otro día vi que se suele confundir el término, que el feminismo busca la equiparación en derechos y obligaciones de hombres y mujeres, no la supremacía de la mujer sobre el hombre.

La Pata de Orés

De la tradición oral fragolina

–¡A la buena gente! ¡Una limosna para la Pata! –En lugar de tocar la aldaba, hacía sonar una tableta que llevaba en su faltriquera, como esas que decían que llevaban en los lazaretos. Al oírla todas las niñas echábamos a correr. Las mayores nos decían que era como el sacamantecas, que, aunque parecía una mendiga, venía a chuparnos la sangre. Que si nos cogía no volveríamos más a nuestras casas.

Si teníamos suerte y la veíamos subir por el camino del Corronchal, cuando ella llegaba al pueblo, nosotras ya estábamos buscando refugio en los regazos de nuestras madres. Nos daban miedo las pústulas que asomaban entre sus harapos. Un grupo de chicas la seguía desde lejos gritando: “¡Pedigüeña, pedigüeña!” y ella se defendía tirándoles piedras que llevaba escondidas debajo del delantal.

Un día bajaba las escaleras de mi casa y me la encontré en el patio llamando a mi abuela. No me pude contener y chillé como si me estuvieran matando. Me di la vuelta, subí las escaleras a gatas y me cobijé entre las sayas de mi abuela, que estaba cerrando la puerta del balcón para bajar a recibirla.

La abuela me cogió en sus brazos, me apretaba fuerte contra su pecho y me decía: “Nicolasa, no tengas miedo. La Pata es mi amiga y no es mala. Está muy enferma y solo viene a que le cure las heridas. Ahora no lo entiendes. Cuando seas mayor sabrás por qué no la quieren curar ni el médico ni el practicante. Pero no tengas miedo, que no nos va a pasar nada ni a ti ni a mí”. Yo quería creer a mi abuela, pero temblaba y me agarraba a su cuello. Y así estuvimos un rato, ella me acariciaba y yo la abrazaba cada vez con más fuerza. Fue un momento mágico, perpetuado en mi memoria como esas fotografías en blanco y negro que tantas veces miramos buscando un significado transcendente.

Con los años supe que la llamaban la Pata de Orés, porque vivía en un chamizo en los Urietes, cerca de Orés. Que nadie conocía ni su nombre ni su edad. Que era amiga de mi abuela desde que eran niñas. Que mi abuela se había pasado sus años mozos cuidando ovejas por los montes. Y debió ser entonces cuando la Pata se había ido a la paridera, aunque nadie estaba seguro de nada. Unos decían que era una bruja, que algunas noches la habían visto cómo se disputaba el aceite de las lamparillas de la ermita de Santa Ana con las lechuzas. Otros decían que, las noches de tormenta, se escondía en los nichos vacíos del cementerio, que allí estaba protegida y caliente.

El día que se murió nadie quiso enterrarla. Todos tenían miedo de que les contagiara la lepra. Mi abuela la envolvió en una sábana, cavó una fosa delante de la choza y encima colocó unos palos en forma de cruz. Y durante muchos años me contó historias de la Pata de Orés.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: José Ferraz de Almedia,  “A mendiga”, 1889.

Cruz de palo. httpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.html.jpghttpgauchoguacho.blogspot.com.es201101cruz-de-palo.htm

Orés

Orés (Zaragoza)

La magia del lápiz y el papel

Hace poco me lancé a la aventura y emprendí un viaje en busca de inspiración. Tengo la loca idea de escribir una novela, pero cuando tenía los dedos sobre las teclas, listos para empezar a darle forma, me di cuenta de que me hacía falta material. Necesitaba empaparme de otras formas, olores, colores y sabores. En resumen, vivir nuevas experiencias en lugares desconocidos. Un viaje, sin duda, me ayudaría. Así que busqué en Internet y compré los tiquetes. Con el itinerario en la mano, mi travesía era una realidad. Estaba muy emocionada. Viajar es una de las cosas que más me gustan, pero nunca lo había hecho con el único objetivo de obtener inspiración.

Con la maleta a medio hacer, me enfrenté a un dilema: llevar o no llevar el portátil. Es mi amigo inseparable desde que escribo, pero, si pensamos en el equipaje de un viaje estilo mochilero, el portátil es bastante pesado y tendría que cargarlo todo el tiempo. El dolor de espalda sería insufrible o, peor aún, mi amigo fiel se quedaría encerrado en alguna habitación de hotel y no podría tomar nota ni de los lugares ni de las personas, ni de todo lo que experimentas en un viaje que puede ayudarte a alimentar tu imaginario. ¿Qué hacer? Lo necesitaba, pero si era sincera, no iba a escribir todo el tiempo. No conocía ninguno de los destinos elegidos, así que en mi bitácora figurarían largas caminatas y algún plan turístico.

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Pronto encontré la solución. La tenía justo al lado del portátil: ¡mi libreta! La pequeña libreta café que me acompaña desde hace unos meses y que siempre está a mi lado, lista para apuntar alguna idea que me llega de repente, palabra desconocida o frase icónica que no quiero olvidar. Me sentí como una tonta por el lío de dimensiones astronómicas que había creado en mi cabeza al empeñarme en llevar el portátil a mi viaje.

Sé que estarán pensando: “¿pero acaso no tienes un iPad o una tableta?”. Y sí que lo tengo, pero no es lo mismo. Aunque me considero una friki de la tecnología y me encanta tener todos los cacharros nuevos que salen al mercado, cuando se trata de escribir, mis ideas no nacen en ningún dispositivo electrónico. Nacen del papel porque tiene una magia especial. Su olor, su textura, la variedad de formas, los colores y, sobre todo, el sonido del lápiz deslizándose por la hoja ¡son sublimes!. Crean un momento perfecto para que las ideas fluyan sin restricción. Para mí no hay mejor manera de empezar a escribir una historia. Y doy gracias a quien se le ocurrió la gran idea de reciclar el papel porque, si no fuera así, me sentiría fatal pensando en todos los árboles talados para dar vida a las hojas que he usado desde que tengo memoria. Escribir algunas líneas a la vieja usanza y después releer, tachar o adicionar, y luego pasarme horas y horas acariciando el callo del dedo índice, con su uña torcida, es todo un ritual para dar forma a mis ideas.

Dejando de lado por un momento mi experiencia, está comprobado que escribir a mano tiene muchos beneficios para el cerebro. Pone a trabajar las neuronas y aumenta las capacidades visuales, motoras y cognitivas. También mejora el aprendizaje, porque estimula una parte del cerebro, que actúa como filtro, dando prioridad a las cosas en las que estamos concentrados. Pero lo que más me gusta es que potencia la imaginación y permite que los pensamientos sean más claros. Algunos escritores, antes de dar vida a sus novelas, escriben notas a mano para poder tachar, reflexionar y volver una y otra vez sobre ellas. Hace poco leí un artículo de El Cultural, en el que se relatan las costumbres de algunos escritores famosos:

A mano, y casi siempre en bibliotecas, escribe Mario Vargas Llosa: “Me gusta el papel, la tinta -declaró en una entrevista-. Así comencé, y todavía hoy creo que el ritmo de mi mano es el ritmo de mi pensamiento”. Pere Gimferrer, que escribe su poesía a mano, en rojo y en una letra que, como Goytisolo, solo él entiende, dice que todo empieza en su cabeza: “Cuando me dispongo a escribir es porque tengo tanto escrito en la mente que es ya imposible retenerlo. Luego, al coger papel y lápiz y empezar a transcribir te van viniendo los siguientes versos, porque el pensamiento es mucho más rápido que la mano y ésta más veloz que el ordenador”.

Con mi obsesión desmedida y todas las ventajas de escribir a mano, no es de extrañar que en mi estudio tenga un estante en el que almaceno una amplia colección de agendas, cuadernos y libretas. Unas cuantas han logrado pasar al lugar de honor y guardar en sus hojas secretos, ideas y material de alto valor para mis historias. Las demás, siguen aguardando pacientes ese momento.

Y bien, llegó el día del viaje. El equipaje estaba listo. En el bolso de mano, junto al pasaporte, la billetera, el libro que estaba en mi mesita de noche y unas mentas, coloqué la libreta, iluminada como el tesoro de un pirata. Fue el elemento más útil en mi viaje, puedo afirmar que todo un artículo de primera necesidad. Con un vuelo de nueve horas y casi dos más en la sala de espera, las ideas llegaron en avalancha; saqué del bolso a mi compañera de viaje y me dejé llevar.

Cada lugar que visité quedó plasmado en sus hojas. Logré mi objetivo, conseguí un material invaluable para mi novela. La libreta fue la mejor opción. El dolor en la espalda y las ampollas en los pies no dejaban lugar a dudas; el portátil habría sido todo un lastre. Pasados unos días de mi regreso a la realidad, como suelo decir después de un viaje, estaba lista para una nueva aventura, organizar el material y disponerme a escribir las primeras líneas de la novela.

Mónica Solano

Imagen. Formentera, Islas Baleares. Foto de Mónica Solano.

PIDO LA PALABRA: LOS PARTICULARES HÉROES DE EMMA

Inauguramos hoy nuestra sección “Pido la palabra” con el relato de un amigo, que ha querido compartirlo con nosotras: Ernesto Francisco Valga Amado (Lima, Perú, 1982). Es médico  y, desde niño, escribe en su tiempo libre. Ha sido finalista en el “II Concurso del Migrante Peruano en España”, organizado por el Consulado General del Perú en Madrid-España (2010) y en el “I Concurso de Relato Corto: Superhéroes” organizado por Ámbito Cultural de El Corte Inglés (2015) con los cuentos “Dialogo en la Barceloneta” y “Los particulares héroes de Emma”, respectivamente. Ha participado en varios talleres de escritura creativa. 

LOS PARTICULARES HÉROES DE EMMA

Owlman, el hombre búho, puede volar y ver en la oscuridad. Por lo que dicen no es muy alto y suele trabajar de noche. A diferencia de otros héroes no lucha contra los malos. Pero tiene un poder increíble: su vista le permite descubrir a las personas enfermas y las cura. No tengo muy claro cómo lo hace. Los niños del cole, acostumbrados a las peleas, dicen que Owlman es aburrido: «Emma y sus gustos raros», dicen. Pero yo lo encuentro especial. Los héroes de los niños son importantes cuando hay malos, sin embargo, Owlman podría seguir siendo útil en tiempos de paz.

Dovewoman, la mujer paloma, es mi heroína favorita. A diferencia de Owlman construye y decora casas de madera. A Carla, mi mejor amiga, también le gusta. Los niños, sin embargo, la odian: ellos solo quieren espadas y rayos láser. No saben que construir hogares es divertido. No soy tonta: sé que Dovewoman no duraría cinco segundos contra Batman y sus amigos pero podría hacer de la Batcueva un lugar hermoso para vivir.

*

El número siete de “Las aventuras de Dovewoman” es el que más me gusta. Mi madre me lo regaló por mi cumpleaños. En él se cuenta cómo Dovewoman descubre que una de sus casas ha sido ocupada por un extraño. Decide sorprenderlo. Espera pacientemente detrás de un árbol. Siente algo moviéndose deprisa por su costado, ¿será el viento? Finalmente decide entrar, lo hace con miedo pero, sobre todo, con muchísima curiosidad. Sabe que es vulnerable. Así que observa la escena en silencio: hay un hombre cansado y sudoroso, sentado en un sofá. Ella se acerca lentamente y siente cómo su corazón empieza a latir más rápido. El hombre abre y cierra los ojos: parece estar luchando contra sueños terribles. Dovewoman le limpia el rostro y lo recuesta en el sofá, parece enfermo. Piensa que se quedaría con él por siempre, aunque no lo conoce. Desde donde se encuentra puede ver un antifaz sobre la mesa. Decide irse y se dirige hacia la puerta que parece lejana. Se detiene ante ella y la observa. Cuando por fin la abre, una lluvia torrencial la empuja de nuevo hacia el interior. Al volver la vista hacia atrás se da cuenta de que el hombre ha abierto los ojos, la está mirando y le sonríe. Dovewoman no sabe si lo que le impide salir de esa casa es la lluvia o el hombre desconocido. No le importa. Decide quedarse y arriesgarse.

Carla dice que el número ocho de “Las aventuras de Dovewoman” es el que más le gusta: la heroína descubre que el hombre desconocido se llama Owlman y que puede curar a las personas de enfermedades pero no a sí mismo. Como cabría esperar, ambos se enamoran y empiezan a vivir juntos, sin más preámbulos ni dudas. Creo que Carla, al igual que Dovewoman, es la clásica romántica. Tal vez debería ser como Carla y mis amigas, tener diez años y la cabeza llena de historias de amor. Pero a mí me gusta más el número siete porque es cuando se conocen y se abre un mundo de posibilidades. Por ejemplo, me imagino a Dovewoman marchándose de la casa, volando bajo la lluvia, o que Owlman sigue durmiendo y no logra hablar con ella. O quizás Owlman sí que se despierta pero, en vez de quedarse con ella, se coloca su antifaz y se marcha por la ventana. Carla siempre escucha mis historias y se ríe. «Estás loca», me dice con una sonrisa cómplice.

Sin embargo, el número quince también me gusta. Porque después de unas cuantas aventuras juntos, Owlman y Dovewoman tienen una bebé. Es gracioso, Owlman, acostumbrado a lidiar con las peores enfermedades, tiene miedo de cualquier estornudo de su niña y Dovewoman, tan segura en sus decisiones artísticas, no sabe qué carrito de bebé escoger.

Esa niña, mitad búho y mitad paloma, lo ha cambiado todo en la vida de esos superhéroes peculiares. Representa el capítulo final de una decisión que tomó Dovewoman en un día lluvioso. Y aunque a mí me apetezca leer otras aventuras, la sonrisa de la niña en la viñeta final me hace pensar que la historia no pudo ser diferente.

Ernesto Francisco Valga Amado

Foto: Francisco Valga Amado

Gracias, Francisco, por enriquecer con esos superhéroes tan llenos de magia nuestro rincón de Mocade. Esperamos volver a verte por aquí. Un abrazo.

Mónica, Carla, Carmen y Adela

 

Alimañas

-Han encontrado otra alimaña —dijo Jude mientras removía con brío su café. El sol le daba en la cara y no se había quitado las gafas de lentes redondas que la hacían parecer un insecto—. En tu edificio.

—¿En serio? —Ares puso los ojos en blanco. Llamaban alimañas a los niños nacidos fuera del Programa de Crecimiento Sostenible de la Población—. Me parece increíble que aún haya quien se arriesgue sabiendo lo que pasará si los pillan. Que siempre lo hacen, por cierto. Con el ruido que hace un crío… Y en este edificio, que solo te digo que me entero cada vez que mi vecino va el baño.

—Pues alucina, que no ha sido por eso. Ha sido por la comida. Parece que había pedido un aumento de las raciones, se lo concedieron y aun así, la mujer no paraba de adelgazar —se tomó su bebida de un trago y señaló la taza vacía de Ares—. ¿Quieres otro?

-Un chocolate, por favor. Con nata.

La cabeza de Jude cayó hacia un lado con tanta violencia que, en cualquier otro tiempo y lugar, habría significado un cuello roto. Luego volvió en sí.

—Ahora lo cargan —contestó, como si nada.

—Oye, se te ha vuelto a romper el SRV. Se ha desconectado durante un segundo.

—Ya, ya. Me lo dijo mi prima ayer. ¿Te puedes creer que es la segunda vez este mes? —Jude se llevó la mano a la sien donde, en el mundo real, tenía enchufado el conector del Sistema de Realidad Virtual—. Quizá sean paranoias mías pero antes, al enchufármelo, me ha parecido que chisporroteaba.

—Son paranoias tuyas —contestó Ares con sorna—. Venga, acaba de contarme eso.

Aparecieron dos tazas sobre la mesa redonda. Habían elegido para su encuentro la terraza de un café parisino de principios del siglo veinte y estaban rodeadas de parejas de todas las edades que hacían manitas a la vista de todo el mundo.

-Pues nada, que al ver que no había ningún motivo aparente para que perdiera peso, sospecharon que la comida no era solo para ella. Así que hicieron una redada sorpresa. Seis años tenía la niña.

—¡Qué barbaridad! —El avatar de Ares se estiró las comisuras de los ojos con el índice y el pulgar-. ¿Y el padre?

—Solo tienen sospechas de quién es. Parece ser que hace siete años tu vecina recibió el permiso para que la visitara un primo que… —calló repentinamente y se le torció la cabeza a un lado para volver a erguirse enseguida—. Guapa, tengo que cerrar aquí. Hablamos luego.

Jude desapareció. Dejó una silla vacía y un café a medio beber. Ares supuso que acabaría de conocer la historia cuando su compañera tuviera tiempo de publicarla. Su avatar suspiró, sorbió un poco de chocolate y se desvaneció.

Su madre siempre decía que la realidad virtual no había conseguido simular del todo el sabor del cacao, y que sospechaba que, por mucho que intentaran recuperar plantas y animales extintos, ni siquiera su hija podría probarlo algún día. Aun así, cuando Ares entraba en esa otra realidad donde todo era posible, seguía pidiendo una taza de chocolate caliente. Tenía la esperanza de que algún día conocería el sabor que su madre había adorado de niña, cuando la abuela lo conseguía pagando un sueldo entero.

Se colocó ante la ventana, que en ese momento mostraba el paisaje de una desaparecida isla tailandesa, de playas blancas y mar transparente, y con un gesto de la mano cambió ese fondo de pantalla por la interfaz del teléfono. Después de diez tonos dio por hecho que Max no lo cogería y colgó, dejando que apareciera de nuevo en la ventana la ciudad de Singapur. Los edificios eran tan altos y el espacio entre ellos tan estrecho que desde el piso 87 no se veía el cielo. Ares se preguntaba si los habitantes del ático veían algo, pero de su última incursión a la superficie sospechaba que, para lo que había que ver, era preferible tener la pantalla 24 horas conectada.

Otra de las cosas que su madre siempre decía era que el Gobierno invertía en lo que no debía. Que estaba muy bien que intentaran mejorar la realidad virtual, pero eso debía ser un parche para el problema, no la solución. Que la gente necesitaba poder salir de sus casas, respirar aire limpio y dejar de estar encerrada. Cuando empezaba con aquella perorata, Ares se encogía de hombros y le daba la razón, porque no hacerlo era peor. Y es que le daba igual. Ella no había conocido otra cosa. Solo había salido una vez de su casa, cuando le tocó pasar por el Programa de Análisis Reproductivo. Y no le había gustado.

Diez días después de que le viniera la regla, una luz roja inundó toda la casa. De los altavoces de la casa salió una voz demasiado aguda como para ser de hombre y demasiado grave como para ser de mujer, que advirtió que se abriría el compartimento de mascarillas y que la familia debía ponérselas de inmediato porque la puerta de entrada iba a abrirse en cinco minutos. Hacía años que el servicio auxiliar de climatización no funcionaba en los pasillos de los edificios: era un gasto en dinero y recursos que el gobierno no se podía permitir. Cuando las cuatro figuras entraron en casa tuvieron que esperar unos minutos para que el sistema de filtrado limpiara el aire contaminado que se había colado al abrirse la puerta y así poder prescindir de las mascarillas. Los visitantes, que resultaron ser tres mujeres y un hombre, se quitaron las escafandras y una de ellas dejó un paquete en el suelo. Después de las presentaciones, una mujer pelirroja con nariz aguileña y ojos vidriosos, que decía llamarse Margoux, se dirigió a su madre.

—Paola, agradecemos su comprensión. Sabemos que ustedes –hizo un gesto para señalar a los dos— no tuvieron que someterse al Programa y eso puede causarles algún temor, pero puedo prometerles que Ares no va a sufrir daño alguno. La llevaremos al hospital para realizar un análisis genético y otro ginecológico, y la traeremos de vuelta.

Su madre permaneció en silencio, mirándola como si fuera su némesis. La mujer ni se inmutó y volvió la atención a Ares.

—Mañana estarás en casa. Lauren, ayúdale a ponerse el traje.

Ares se dejó hacer. Era la primera vez que estaba en la misma sala con unas personas que no eran sus padres y se sentía demasiado aturdida como para responder.

Cuando volvió a su casa fue directa al baño y se encerró durante horas. Sus padres no la instigaron a hablar, y ella no lo hizo. En aquel momento esperaba no ser apta para concebir y no tener ningún contacto físico con nadie más. Pensar en eso le alegraba. Hasta que conoció a Max.

Volvió a llamarlo.

-Hola cariño, soy yo –dijo Ares cuando, al tercer tono, saltó el contestador-. Perdón por ser tan pesada, pero es que no puedo más. Por favor, no me tengas en ascuas. Llámame.

Se echó en el sofá cama y cambió con la mano la interfaz de la ventana para que le mostrara el diario. Primero fue a local, por si Jude había llegado a escribir la noticia que le había contado. Hablaban de otros niños, pero no de la de su edificio, y siempre con titulares jugosos: “La ciudad se llena de alimañas” o “Padre y abuelo de la misma alimaña. El gobierno recrudece las penas para quien se reproduzca sin permiso”.

Siempre conseguían encontrarlos: el ruido, el gasto de agua, la luz, deslices en la realidad virtual… Comida. Sin embargo, la gente seguía intentándolo. Y, aunque le sorprendía que hubiera gente que se atreviera a arriesgarse, podía entenderlo. Como decía su madre, por mucho que intentaran mejorarlo, nada se asemejaba al contacto real de otro ser humano, y, menos aún, al placer de tener entre tus brazos a un hijo. Podía hacer tanta falta como el aire limpio.

Siguió buceando por el periódico. Frunció el ceño. Hasta ese momento no había sido consciente de que nunca decían el nombre de la criatura, ni mostraban fotos, ni los trataban como niños. Eran alimañas. Animales. Como si no tuvieran manos regordetas y caras con chorretones de leche, igual que los avatares que veía en la realidad virtual. A veces se preguntaba qué se sentiría al cogerlos, apretarlos contra el pecho y olerles la cabeza. Su madre decía que no había perfume más delicioso que la piel de un bebé, y la curiosidad de Ares por saber cómo olía se había convertido en una necesidad.

El sonido de unas campanas la sacó de su ensimismamiento y vio cómo la pantalla se dividía en dos: a la izquierda el periódico y a la derecha la cara de Max, esperando a que su novia le cogiera la llamada.

—Ay, Dios, mi amor, ¡por fin! ¿Cómo ha ido?

—No muy bien.

Un calambrazo la asaeteó entre los ojos. Lo tendría que haber supuesto por la mueca de Max.

—¿Quieres contármelo ahora o prefieres que te deje tranquilo?

—No, no. Mejor ahora.

Max, al otro lado del teléfono, se sentó sobre la cama y se masajeó levemente la sien derecha antes de continuar.

—¿Te acuerdas de lo que nos contó Ciri del Tribunal? Se quedó muy corta. No puedo evitar pensar que tendrías que haber ido tú.

Ares miró aquella cara redonda, los ojos grises y su naricita pequeña como la de un niño, y no dudó en darle la razón mentalmente. Pero mintió.

—A mí no me habría ido mejor.

—No lo sé, la verdad. Ahora creo que no iba tan preparado como creía. Pero al menos escucharon todo mi alegato.

—Claro, mi amor -Ares colocó la palma de la mano en la pantalla, como si quisiera transmitirle ánimos cuando en realidad era ella la que necesitaba el contacto. Sonrió de medio lado, un gesto que a él le encantaba, y habló en tono bajo y suave-. ¿Han dicho que no?

—No exactamente. Sí que podemos vivir juntos.

La boca de Ares se abrió sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Toda la tensión que había ido creciendo desde que decidieron, meses atrás, pedir permiso para unirse desapareció de golpe. Se levantó, se volvió a sentar y se levantó de nuevo, sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Quería gritar, reír, llorar, abrazarle y darle un bofetón por hacérselo pasar tan mal.

-Pero Max, ¡me lo había creído! Con esto no se bromea…

-No, Ares, espera. Podemos vivir juntos, pero no nos dan permiso para tener un hijo.

-¿Cómo? ¿Por qué? –masculló. Sentía la misma confusión y dolor que si le hubiera dado un bofetón – ¿No somos fértiles?

-Sí que lo somos. No lo he entendido muy bien, pero tiene algo que ver con enfermedades de nuestro árbol genealógico. Me han dado muchos datos, han usado un montón de nombres técnicos que ni su puta madre sabe qué son. –Se tapó la cara con una mano temblorosa-. Me han abrumado con información. No he sabido qué decir. Lo siento.

Ares se masajeó la frente con las yemas de los dedos. Mientras tanto, la cámara del teléfono captaba a Max paseando de un lado a otro en su diminuta sala de estar, intentando tranquilizarse. Ella sintió el deseo de colgar y encerrarse en el baño, pero sabía que él la necesitaba. Los dos se necesitaban. ¿Qué iban a hacer? Ares quería a Max, quería vivir con él hasta que el cuerpo se lo permitiera, pero también quería tener hijos. Se preguntaba si habría podría tenerlos en el caso de haberse enamorado de otra persona.

“El problema no es que no pueda”, pensó. “Es que no me dejan”.

—Entonces, ¿seguro que somos fértiles? —preguntó. Max, que se había movido hasta el fondo de la habitación, caminó de nuevo hacia la cámara, al lado de la pantalla.

—Sí. El problema es que no somos compatibles.

—Eso lo dirán ellos. Te llamo en un rato, ¿vale? Te quiero.

—Y yo a ti.

Al colgar, la interfaz del teléfono desapareció para dejar en la pantalla la última hoja del periódico que estaba leyendo. Mientras hablaba con Max habían publicado la noticia de Jude. El titular rezaba: “Proliferación de alimañas en el distrito 7” En el subtítulo se recogía la declaración de la policía, que amenazaba con encontrar a todo aquel que intentara esconder a una alimaña.

Ares entrelazó los dedos de las manos y los hizo crujir.

—Ya veremos.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen del Jardín junto a la Bahía, en Singapur.

DE ESCRITORES, BRÚJULAS, MAPAS Y BLOGS

No hace falta ser muy imaginativa para distinguir a los escritores de brújula de los de mapa. Los de brújula empiezan a escribir partiendo de alguna idea, de algún personaje concreto, o de alguna situación que han vivido, pero sin saber muy bien adónde los llevará el desarrollo de su proyecto. Van, por decirlo así, improvisando sobre la marcha. Los de mapa, por el contrario, hacen un trabajo previo que implica una planificación cuidadosa. Elaboran una serie de indicaciones o pasos a modo de hoja de ruta. Y con esa guía avanzan en la escritura hasta llegar al final que tienen planeado desde que inician su historia.

Brújulas, mapas y bloggeros

Se me ocurre que algo así podría decirse de algunos blogs. He visto artículos sobre tipos de blogs que los clasifican en función de diferentes variables, por ejemplo, según el público al que se dirigen, según el contenido, según la finalidad. Nos podemos encontrar, por tanto, con blogs personales, profesionales, de marca, de negocios, y un montón de etiquetas más sobre las que no creo necesario extenderme. Pero si tuviera que atenerme a una clasificación para nuestro Letras desde Mocade, diría que es un blog de escritoras noveles para escritores noveles o, ¿por qué no?, consagrados; nos encantaría que nos visitaran para dejarnos consejos y opiniones. Y esa clasificación la he tomado de un artículo de Gabriella Literaria  que descubrí en su blog, y que define muy bien este universo. Cuando lo leí, me identifiqué en seguida con el primero que describe.

Letras desde Mocade es, o queremos que sea, ese café donde podemos refugiarnos en una tarde de lluvia, o en un día soleado, para encontrarnos con amigos y pasar un rato agradable haciendo lo que nos gusta: escribir para aprender, aprender para escribir y compartir conocimientos, relatos, artículos, y todo aquello que nos pueda enriquecer.

Detrás de cada blog están las personas que lo escriben. Y si quisiera trasladar ese concepto de escritores de brújula o mapa a nuestro blog, no sabría bien cómo incluirlo. Porque Mocade somos cuatro amigas. Unas más de brújula y otras más de mapa. Y es importante para todas nosotras asegurarnos de que se nos conozca bien, de que quienes nos sigan tengan claro lo que ofrecemos y cómo lo hacemos. Así que, puestos a describir, diría que nuestro blog nació un poco con brújula, pero en el mes y algo que llevamos con él, hemos empezado a dibujar un mapa. Y queremos que sea un mapa interactivo. Por eso nuestro Letras desde Mocade ha añadido una habitación de invitados a su casa. Hemos ideado el apartado de “Pido la palabra” para que quienes nos lean y sientan el deseo de algo más, de escribir también en nuestra página, puedan hacerlo. Y, por el mismo motivo, nos hemos puesto un calendario serio y nos hemos comprometido a publicar relatos y artículos, porque queremos intercambiar textos y aprendizajes.

El plano de Mocade

Cuando una persona empieza a construir su casa, es frecuente que, antes o después, aparezcan los famosos “ya que…” Y eso, en una obra, puede suponer cuando menos un engorro, por no hablar de un presupuesto inflado hasta límites espeluznantes: “ya que” ponemos la cocina se puede aprovechar y ampliar el lavadero, “ya que” el baño hay que echarlo abajo podríamos comprar ese Jacuzzi que vimos en las rebajas, “ya que”… póngase lo que se quiera.

En el caso de Mocade, nuestros “ya que” viene sin esas cargas a cuestas. Porque “ya que” hemos visto que hay personas que nos siguen, queremos darles la oportunidad para que compartan sus escritos con nosotras. “Ya que” hemos empezado a asomarnos a las redes, estamos aprendiendo y disfrutando cuando descubrimos enlaces de utilidad que podemos compartir con nuestros seguidores. “Ya que” las cuatro hicimos realidad nuestro proyecto de escribir, queremos darle continuidad.

Hemos empezado con una brújula, a golpe de timón, pero nos gustaría que nuestra navegación fuera creando mapas que ayudaran e hicieran disfrutar a otros. No es que seamos Cristóbal Colón, pero tampoco él sabía, cuando zarpó, que América lo estaba esperando.

Ojalá vosotros y nosotras lleguemos a ser como esa tripulación de las tres carabelas. Nosotras, al Nuevo Mundo que esperamos descubrir y que nos está aguardando para que lo exploremos, ya le pusimos nombre: Mocade. Su worldbuilding, su moneda, sus leyes, sus nativos… todo está por disfrutar y por crear. Y en ello estamos.

Adela Castañón

Imagen: Colourbox. Derecho de autor: f9photos