La mirada equivocada

Ezequiel entró por tercer año consecutivo en el gran salón donde se iban a fallar los premios del concurso literario. Pensó que, con un poco de suerte, en la siguiente convocatoria podría encontrarse entre los finalistas si conseguía terminar de escribir su libro.

El acto comenzó como en las ediciones anteriores. El portavoz del jurado pronunció el nombre de la ganadora, y una mujer joven se levantó de un asiento de la fila posterior a la suya. Al pasar junto a él, que ocupaba una de las sillas que daban al pasillo, dejó un aroma a jazmín que parecía formar parte de aquel cuerpo encaramado sobre unos tacones de vértigo. Subió al estrado, y los focos se centraron en ella.

Ezequiel pensó que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. Algo en el rostro de la triunfadora le resultó familiar. Se puso las gafas y frunció las cejas inclinándose hacia delante en su asiento. No conseguía ubicarla. Apoyó el codo derecho sobre su pierna cruzada y se pasó los dedos por el mentón. La mujer empezó a hablar y, aunque la voz le temblaba, la sensación de déjà vu de Ezequiel se intensificó. ¿Dónde había oído antes ese timbre? Maldijo su supersticiosa costumbre de no leer nada sobre los libros ni sobre los autores que concursaban hasta el día después de la final. Se consoló pensando que a la salida compraría el libro. Esperaba que en la contraportada apareciera la consabida foto de la autora con algún dato biográfico. La mujer se había puesto unas gafas y hablaba mirando al público a pesar de que sostenía un papel entre los dedos.

–Me preguntan a veces por el título de mi libro –Se mojó los labios–. “La mirada equivocada” es la historia de una persona que, día tras día, se empeña en mirar al horizonte sin pensar que puede encontrar mucho más cerca lo que tanto anda buscando. La inspiración me vino justamente de ahí, de observar a la gente y darme cuenta de que muchos de nosotros equivocamos la dirección de nuestra mirada. A menudo no somos capaces de ver más allá de lo que tenemos delante. Desechamos muchas cosas y dejamos pasar oportunidades a las que no damos importancia, pero que otros, a veces, aprovechan y valoran. Por eso tuve claro que mi libro se llamaría así.

Ezequiel atendía a medias. Cuando terminó el evento, tenía las cejas fruncidas. ¡Vaya tarde desperdiciada! Al final no había logrado averiguar a quién le recordaba la ganadora. Y, al estar distraído pensando en eso, no había prestado atención a las palabras de la autora y se había perdido esa primera presentación en directo de los detalles de la obra. Decidió que, en cuanto saliera, iría al bar de siempre, se sentaría en su mesa del rincón y allí daría una primera ojeada al libro ganador. A ver si, de una vez por todas, las musas se decidían a hacerle una visita.

Compró un ejemplar antes de marcharse y ni siquiera esperó a que la autora se lo firmara. Al salir a la calle, una suave llovizna le hizo sonreír. Al menos el tiempo tenía el detalle de estar a tono con su estado de ánimo. Se subió el cuello del abrigo mientras la sonrisa se hacía más amplia y dejaba ver su dentadura. Hasta ahora, lo único que le gustaba de su futura novela era precisamente esa frase inicial: “Al salir a la calle una suave llovizna le hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Había perdido la cuenta de la cantidad de folios que acababan arrugados y llenos de tachones en la papelera que había junto a la mesa del bar. Todos comenzaban igual, pero las frases siguientes se le resistían. Ezequiel acudía allí convencido de que entre sus paredes se escondía su historia soñada. Al entrar en el local solía esperar la llegada de una desconocida rubia que entraba quitándose un sombrero pequeño y pasado de moda mientras sacudía su media melena. La observaba con disimulo y se inventaba historias sobre ella que luego intentaba trasladar al papel. Pero un día apareció acompañada de un mastodonte cubierto de tatuajes y, cuando la oyó hablar por primera vez, todo se fue al garete. Ezequiel tuvo que sujetarse las manos para no taparse los oídos ante esa voz chillona y desagradable que asesinaba sin piedad la gramática más elemental. Descartada la rubia como fuente de inspiración, tomó como segunda opción a otra de las habituales del local, pero las musas huyeron el día en que su nueva heroína se sentó en el suelo cuando iba camino al servicio después del cuarto o quinto whisky. El escritor insistía en buscar a esa desconocida que haría surgir su talento de escritor como un volcán en erupción, pero la suerte no dejaba de volverle la espalda y seguía sin encontrar su historia.

Perdido en sus meditaciones, Ezequiel llegó al bar. Ocupó su mesa habitual y sacó el libro de la bolsa para empezar a leerlo. La contraportada, en efecto, tenía una foto de la autora. Volvió a pasarse los dedos por el mentón, como siempre que algún recuerdo se le escapaba. Ahora estaba mucho más seguro de que conocía a esa mujer. Una sombra se interpuso entre él y la poca luz que entraba por la ventana. De reojo vio el delantal blanco de la camarera. Dejó de rascarse la barbilla para levantar la mano:

–Lo de siempre, por favor.

–¿Y qué es lo de siempre, oiga?

Ezequiel levantó los ojos. Una camarera a la que no recordaba haber visto antes, con un uniforme dos tallas más pequeñas que la que debería usar, mordía la punta del lápiz. Estaba tan acostumbrado a que le llevaran su cerveza que, por un momento, se quedó sin saber qué contestar. La chica llevaba un perfume tan intenso que le hizo estornudar y sacar un kleenex del bolsillo. Se sonó y miró alrededor buscando la papelera que solía dejar llena de hojas emborronadas cuando se iba. Al no encontrarla, se quedó con el pañuelo en la mano sin saber qué hacer con él.

–Una cerveza, por favor –Antes de que la chica se fuera, preguntó–. ¿Y la papelera?

–¿Papelera? ¿Qué papelera?

–La que suele estar aquí todos los días –Vio que ella ponía cara de extrañeza e insistió–. En este rincón.

–Ni idea. Que yo sepa, en este bar no hay papeleras junto a las mesas. Ya ni siquiera ceniceros, desde que no se puede fumar dentro. ¿Quiere caña o botellín?

–Un botellín.

–Enseguida se lo traigo. ¿Algo de comer?

–No. Bueno, sí. Unas aceitunas para picar, ya sabe.

La camarera se fue encogiendo los hombros y Ezequiel se maldijo por su estupidez. Estaba claro que la mujer no tenía por qué saber que siempre tomaba lo mismo: un tercio de cerveza y aceitunas que hacía durar toda la tarde, hasta dejar los huesos tan pulidos que parecían canicas. Volvió a mirar la contraportada del libro y leyó la sinopsis muy por encima. La autora explicaba que la historia se le había ocurrido observando a un cliente que acudía a diario al sitio donde ella trabajaba. Día a día había empezado a imaginar peculiaridades, características y sentimientos, y les había ido dando vida sobre el papel. Ezequiel sonrió. Dicho así, parecía muy fácil. Seguro que el germen de la historia había nacido de otro modo, pero no querría confesar la receta. Abrió el libro, y la sonrisa se le quedó congelada con la primera frase: “Al salir a la calle una suave llovizna lo hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Le dio la vuelta al libro, y prestó más atención al resumen de la historia. No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Empezó a ojear los capítulos y a leer fragmentos al azar. El contenido era totalmente inédito para él, pero la primera frase lo había descolocado. Ni se dio cuenta de que el dueño del bar se acercaba a su mesa.

–Buenas tardes, señor. ¿Qué va a ser?

–¿Perdón? –Estaba tan concentrado que creyó que había oído mal. Dejó el libro boca abajo sobre la mesa–. Ya le he pedido una cerveza a su compañera.

El dueño miró a la camarera, que levantó las cejas con cara de circunstancias. Estaba claro que se había olvidado del pedido. El hombre se disculpó por el despiste de su trabajadora.

–Vaya, lo siento. Ahora mismo se la sirvo. Esa chica es nueva, y me parece que tiene menos experiencia de la que me dijo cuando se presentó para cubrir el puesto. –La mirada del hombre se posó en la contraportada del libro, y le guiñó un ojo–. ¡Vaya! Seguro que me comprende, ¿verdad?

–¿Comprenderlo? –Ezequiel no sabía de lo que hablaba el otro–. Pues, francamente, no sé a qué se refiere.

–¡Pero hombre! –Señaló la fotografía–. María se nos ha ido de la noche a la mañana. ¿No se ha fijado?

–¿María?

El mesero golpeó la foto de la contraportada del libro con el índice.

–María. Ninguno nos tomamos en serio esa manía que tenía de escribir a todas horas.

Ezequiel abrió la boca sin pronunciar palabra. ¡Claro que le sonaba la cara! Las gafas eran lo que lo habían despistado. Y los tacones. Y la falta del delantal. Y el peinado, tan distinto del moño que tenía siempre cuando lo servía. Sus fosas nasales se dilataron buscando ese perfume a jazmín que había echado en falta cuando se acercó la camarera nueva.

–A veces nos decía que quería ser como usted. ¡Si siempre era ella la que lo atendía, aunque no le tocara ese día esta zona del bar! ¡Anda que no le han gastado bromas los compañeros a costa suya, hombre! Que si hay que ver la prisa que se daba en traerle la cervecita, que si le ponía doble ración de aceitunas, que vaya trapicheo que se traía con los viajes que daba con la papelera arriba y abajo cuando llegaba la hora de verlo entrar por la puerta… –El hombre cabeceó–. Me parece que este es el único bar de la ciudad donde un cliente ha tenido una papelera de uso exclusivo.

Ezequiel había dejado de prestar atención. No podía dejar de leer la dedicatoria:

“Al escritor que me inspiró esta historia imaginaria, aunque sus ojos siempre buscaran otras historias mirando en la dirección equivocada”

Adela Castañón

Foto:   Jeff Sheldon.

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4 comentarios en “La mirada equivocada

  1. Carmen Romeo Pemán dijo:

    ¡Vaya relatazo, Adela! Es muy original que la camarera escriba su novela con los papeles arrugados que el tira a la papelera. Encierra una gran filosofía sobre la inspiración, el éxito y la autoestima en la escritura.

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  2. Mónica Solano dijo:

    Qué buen relato amiga. Es de esas historias que hace que me lleve las manos a la cabeza y piense ¡no puede ser! Me despertaste muchas emociones con este relato, a veces me he sentido como Ezequiel y lo más simpático es que el narrador tiene razón en que siempre hay alguien que, de una u otra forma, nos hace recordar que las cosas no son tan horribles como pensamos y nos muestra que subestimamos nuestro potencial. Muy bueno, te confieso que lo he leído varias veces y no me cansaría de leerlo porque es un trabajo hermoso. Gracias por compartirlo. Besos.

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  3. Adela dijo:

    Creo que en todos mis relatos hay un trocito de vuestro corazón, Mónica. Del tuyo y del de Carmen y Carla. Que este proyecto de Mocade nos hace crecer a las cuatro como escritoras, y, además, disfrutando en el camino. ¡Muchos besos!

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