El chocolate de la abuela

Mi abuela nunca quiso hacerme daño. Cuando viene a visitarme al hospital, y se queda a solas conmigo, me lo dice una y otra vez, con una voz muy bajita. Cree que no puedo escucharla, pero se equivoca. Los adultos llaman a lo que me pasa “estar en coma”, pero no sé muy bien lo que significa. Yo lo llamo flojera total. Cuando quiero abrir los ojos, no puedo porque me pesan. Y si pienso en hablar, me siento más cansado que después de jugar un partido de futbol.

Mejor empiezo por el principio.

La abuela y yo tenemos un secreto: nos encanta el chocolate. Pero mamá y papá no nos dejan comerlo. Se pasan el día diciéndole “abuela, no coma esto, ni lo otro, que le va a subir el azúcar”. Mamá me ha explicado que la abu tiene una cosa que se llama “diabetes”, y que por eso no le deja comer cosas dulces. Y a mí me dicen que no coma chocolate porque se me van a picar los dientes y cosas así, aunque creo que en realidad es porque mi pediatra dice que estoy gordo.

Uno de los días que la abuela vino a visitarme, me dijo que había descubierto una manera de que pudiésemos saborearlo de vez en cuando. Me contó que conocía a un duende al que le encantaba hacer travesuras y burlar a los adultos. La abu parece una niña de diez años, que son los que tengo yo, aunque sea vieja. Por eso Primmie y ella son amigos. Leí en un cuento que los duendes y los adultos no siempre se llevan bien, pero con los niños es muy distinto. La abuela le habló de mí y Primmie le prometió que nos iba a ayudar.

La siguiente vez, la abuela vino a casa para que papá y mamá fueran al cine. Esperó a que se marcharan, y me dijo que me quedara en mi cuarto hasta que me avisara. Después de un rato, cuando empezaba a aburrirme, abrió la puerta de mi habitación y me hizo señas con el dedo para que la siguiera.

Mi casa es muy antigua. Tiene varios pasillos muy largos, con unos ladrillos por la parte de abajo que me ha dicho papá que se llaman “rodapiés”. La abuela me llevó hasta el pasillo que baja al sótano y quitó uno de los ladrillos. ¡Debajo había un hueco y, en el hueco, un paquete envuelto! Lo cogió y me lo dio: “Toma, Óscar, me ha dicho Primmie que eso es para ti”. Lo abrí, ¡y era una teja de chocolate! Me la comí casi entera. Cuando me quedaba un trocito, me di cuenta de que la abuela no lo había probado y le di la mitad. Se puso muy contenta al ver lo bueno que soy, porque siempre dice que hay que compartir las cosas.

Desde ese día, cuando la abuela venía a casa, Primmie nos dejaba tejas de chocolate escondidas por los pasillos. Y la abuela y yo convertimos eso en nuestro secreto.

Un día le pregunté a la abu de dónde sacaba Primmie el chocolate. Me contestó que su amigo sabía un poco de magia, y había lanzado un hechizo a nuestro tejado. Desde entonces, los días que llovía, algunas de las tejas se volvían de chocolate. Y Primmie esperaba las visitas de la abuela para dejarnos su regalo en los escondites.

A papá le gustaba escuchar las noticias mientras comíamos. Uno de los días, dijeron en la tele que estábamos pasando un periodo de sequía muy prolongado. Le pregunté que qué era eso y me explicó que se hablaba de sequía cuando pasaba bastante tiempo sin que lloviera. Me quedé muy preocupado. Pronto vendría la abuela a visitarnos, y llevaba muchos días sin llover.

Pasó mucho tiempo. Por lo menos, tres o cuatro días. O a lo mejor, hasta una semana. Lo primero que hacía cuando me levantaba era asomarme a la ventana a ver si estaba nublado, pero todos, todos, todos los días, el sol se reía de mí.

Comprendí que Primmie se iba a ver en un apuro cuando la abuela volviera a visitarnos. Si no llovía, no podría dejarnos ninguna teja. Desde entonces, yo también atendía a las noticias, y lo de la sequía parecía que iba para largo.

Supe que tenía que hacer algo y, de pronto, se me ocurrió la solución. ¡Era muy fácil! Aquella noche, cuando todos dormían, bajé al trastero, cogí la regadera que mamá utiliza para sus rosales y la llené de agua. Subí al desván. Había visto una vez cómo se puede llegar hasta el techo tirando de un cordón que hace bajar una escalera de cuerda, como la de los barcos, por las que suben los piratas cuando van al abordaje. Hizo un poco de ruido pero, por suerte, no me oyó nadie. Subí con mucho cuidado, y conseguí que casi no se me derramara el agua de la regadera. Cuando llegué arriba, salí por una ventana que daba al tejado. Desde allí, nuestro jardín se veía distinto. Con la luz de la luna, parecía de plata. A lo mejor Primmie vive ahí. Hacía bastante viento, pero creo que no me di cuenta. Me distraje pensando en lo listo que había sido al tener la idea de subir a regar las tejas para ayudar a Primmie.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó después.

Ahora, además de escuchar a la abuela, oigo a papá y a mamá hablar con alguien a quien llaman doctor, pero no es la voz de mi pediatra. Alguien les pregunta de vez en cuando si saben qué hacía yo a esas horas de la noche subido al tejado con una regadera. No me entero mucho de lo que contestan. Tengo mucho sueño, me parece que duermo demasiado y, cuando me despierto, sigo cansado y un poco despistado. Tengo muchas ganas de volver a comer chocolate. A lo mejor si a la abuela se le ocurre traerme un poquito, se me pasa el despiste y puedo decirle que sé que me quiere y que ella nunca haría nada que me pudiera hacer daño. No sé por qué repite esa tontería que la hace llorar tanto. Quiero a mi abuela más que al chocolate.

Adela Castañón

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Imágenes: jEsTJosé Hernández.

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11 comentarios en “El chocolate de la abuela

    • Adela dijo:

      Muchas gracias, Ana. En Mocade siempre procuraremos que personas como tú, que nos alegran al leernos y comentarnos, nunca pasen hambre… ¡Seguiremos ampliando el menú! Un abrazo 🙂

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  1. Mª Yolanda Gracia López dijo:

    El nudo en la garganta, desde luego, pero es conmovedor y está muy bien construido. Creo que a más de uno nos ha “movido” por dentro los recuerdos. Enhorabuena, delicioso … como el chocolate

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  2. Mónica Solano dijo:

    Me emocioné mucho con esta historia, es muy hermosa. Me encanta el tono que has utilizado. La inocencia del pequeño se siente en cada palabra. En este relato nos muestras la relación entre un nieto y su abuela en su expresión más pura. Me hiciste recordar el año pasado que mi hijo llegó a la casa con una bolsa llena de arena amarilla, porque su abuelo le dijo que era oro y que tenían que hacer juntos todo el proceso para extraerlo. Fue muy divertido verlos todas las tardes en esos menesteres. Esas historias solo son posibles gracias a los abuelos. Como siempre, todo un placer leerte. Besos :*

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