La niña de plata y el niño de oro

–Abuela, no quiero acostarme –El pequeño se removía en la silla de la cocina mientras la anciana terminaba de recoger los platos de la cena.

–Pues hay que dormir, Pedrito.

–¡Pero es que por la noche tengo pesadillas! ¡La noche es mala!

–Y el día también, hijo. ¿O qué te crees? –La abuela colocó un plato y se acercó para darle un beso en la frente–. De noche y de día ocurren cosas malas y buenas, aunque no siempre ha sido así.

–¿Ah, no? ¿Y cómo era antes, abuela?

–Verás, la historia que voy a contarte pasó hace tanto, tantísimo tiempo, que la Tierra era solo una enorme bola marrón hecha de piedras y rocas donde no había ninguna clase de vida. No hacía ni calor, ni frío. No tenía luz ni color. Ni siquiera existían las estaciones. Pero había un planeta donde las cosas eran muy distintas. Estaba gobernado por un rey que se elegía cada doscientos años entre los pocos niños nacidos en ese tiempo.

–¿Doscientos años, abuela? ¡Eso es muchísimo! ¿Y por qué nacían pocos niños?

–Verás, tesoro, en Argengold, que así se llamaba el planeta, ese tiempo era casi como un suspiro. En realidad, nacían muchos niños, pero el rey se elegía solo entre los que eran de raza homain. Y esos eran los menos numerosos del planeta. Los homain eran muy sabios, pero no tenían poderes mágicos como el resto de los habitantes. Porque en Argengold había magos, druidas, dragones, y muchas, muchísimas más criaturas.

–¡Pero, abuela, eso no mola nada! ¿Un rey sin poderes? ¿En medio de tantos súper héroes? –Pedrito pensó que su abuela había olvidado parte del cuento. “¡Menudo rollo!”, pensó, aunque no lo dijo para no herirla.

–Pues sí, mira, y todos tenían sus motivos para querer que el rey fuera un homain. Porque cada vez que alguno de otra raza se había alzado con la corona, el reino había terminado envuelto en mil batallas. Solo los homain lograban mantener la paz entre tantas criaturas diferentes. Pero, en la época en la que transcurre mi historia, el rey enfermó sin que nadie supiera el motivo, y eso que solo llevaba cien años de reinado. Y todos los súbditos estaban muy preocupados.

–¿Y qué tenía?

–Estaba enfermo de melancolía, porque la ley obligaba al rey a dejar de relacionarse con los suyos. Podía contraer matrimonio con cualquier mujer, con tal que no fuera una homain.

–¡Vaya tontería! ¿Por qué tenían esa ley? ¡Sería más fácil que se casaran entre ellos y que sus hijos fueran luego los reyes! –Pedrito achicó tanto los ojos, que parecía un chino. Decididamente la abuela se estaba despistando un poco–. ¿Estás segura, abuela? Mira que en los demás cuentos siempre ocurre así.

–Y así había sido en Argengold al principio de los tiempos. Pero no todos los príncipes homain fueron buenos en el pasado, y por eso el consejo decidió que los lazos de sangre no debían influir en la elección de los reyes. Y si la reina también hubiera sido homain, siempre existiría el peligro de que quisieran pasar el trono a sus hijos, aunque hubiera otro mejor para sucederlos.

–¿Y por eso estaba triste el rey?

–Sí. Porque el rey de mi cuento amaba a una homain y cuando lo eligieron tuvo que renunciar a ella. La víspera de su coronación, se reunieron por la noche para despedirse, y ella le regaló un huevo de mil colores como prueba de su amor.

–¡Seguro que era mágico, abuela! –La cosa empezaba a ponerse interesante para Pedrito–. ¿El huevo tenía poderes?

–Sí y no. La muchacha le contó que de ese huevo nacería un dragón azul. Si ella alguna vez dejaba de amarlo, el color cambiaría a amarillo. Pero si ella moría antes que el rey y lo seguía amando, el dragón se volvería rojo porque su pasión perduraría hasta en el más allá. Cuando terminó la ceremonia de la coronación, el rey descubrió que a los pies de su cama lo estaba esperando un pequeño dragón del color del cielo. Eso mantuvo su corazón latiendo los primeros cien años, pero un día el dragón se volvió rojo y el monarca empezó a languidecer porque el rostro de su amada se iba borrando de su memoria.

–¡Qué pena! –Pedrito suspiró–. ¿Y qué pasó entonces?

–El consejo decidió que había llegado el momento de que el rey tomara esposa. Se enviaron heraldos a todos los rincones del reino y en la fecha señalada se presentaron muchas mujeres para probar suerte. Entre ellas había una maga que deseaba ser reina sobre todas las cosas. Tenía el poder de leer los corazones, pero ese poder desaparecería el día en que naciera su primer hijo. La maga aprovechó su don para leer en el corazón del príncipe y adivinó su secreto. Al amparo de la noche se acercó a la cueva de uno de los druidas del reino y robó una poción mágica. Quien la tomara, vería el rostro de su amada en la persona que se la diera a beber.

–¡Pero eso es un engaño, abuela!

–Yo también lo creo, Pedrito. Pero la maga ofreció al rey una copa cuando le tocó presentarle sus respetos, y el hechizo funcionó. El monarca creyó que su amada había encontrado el modo de regresar a él, y eligió a la maga como esposa. La boda se celebró por todo lo alto y, al cabo de un año, la reina se quedó embarazada. No le importó perder su don, porque ya había hecho realidad su deseo de reinar. El pueblo recibió la noticia con mucha alegría, y la felicidad fue aún mayor cuando dio a luz dos criaturas maravillosas: una niña de plata y un niño de oro.

Pedrito esta vez ni siquiera se acordó de interrumpir. ¡Una niña de plata y un niño de oro! Eso sí que no lo había leído antes en ningún cuento. La abuela terminó de guardar los cacharros, y se llevó las manos a los riñones.

–Estoy cansada de estar de pie tanto rato, hijo. Si quieres oír el final te lo contaré en tu cuarto. Pero solo si te metes en la cama y dejas que yo me siente en la mecedora.

El niño se levantó de la silla con un salto, y cuando la abuela entró en el dormitorio solo vio la cabeza entre el embozo y la almohada. Arrimó la mecedora a la cama, se sentó y siguió hablando.

–En todo el planeta solo hubo una persona que no se alegró por el nacimiento de los niños: el druida al que la maga le había robado la poción. Porque lo que ella no sabía era que el druida preparaba también encantamientos para descubrir a los ladrones.

–¡Qué listo!

–¡Claro que era listo! ¡No era fácil llegar a ser druida en Argengold! La poción que la reina había robado también tenía la virtud de hacer que quien la bebiera tuviera dos hijos: uno de oro y otro de plata. Y, desde que descubrió el robo, el druida había estado atento a cualquier noticia sobre un nacimiento así. Imagínate cómo se quedó al descubrir que la ladrona había sido la reina.

–¿Y qué hizo entonces, abuela?

–Empezó a preparar su venganza con mucho tiempo. Los niños siempre estaban juntos, y crecieron bastante consentidos porque todo el mundo los adoraba. Nadie les negaba nada, y podían quitar cualquier juguete a cualquier niño sin ser castigados, o tirarle de las barbas a sus tutores sin que sus padres les riñeran por ello. Por fin, el día del décimo cumpleaños de los niños, el druida encontró la ocasión que tanto había esperado. Al llegar a esa edad era tradición hacer una celebración especial, así que el rey y la reina invitaron a todo el pueblo a un gran festejo. El druida, con ayuda de uno de sus bebedizos, adoptó el aspecto de una amable viejecita y acudió a la fiesta. Ofreció un libro lleno de hermosas historias como regalo para los niños, y esperó. Vio cómo acercaban sus caritas a las imágenes y cómo se les abrían los ojos cuando empezaron a leer y descubrieron que los relatos no tenían escrito el final. Entonces fueron corriendo a decírselo a su padre, que hizo llamar a la viejecita. Y cuando la tuvo ante él, le pidió que se quedara a vivir en palacio para ayudar a cuidar a sus hijos y para que les fuera contando el final de todas las historias.

–¡Ay, abuela! ¡Esto se pone interesante!

–Y que lo digas, Pedrito. Y aún se va a complicar más. El druida se comportaba siempre como una viejecita inofensiva y cariñosa, y no le costó trabajo ganarse la confianza de los niños con las historias que les contaba. Mira, el cuento preferido de los niños, el que más les repetía la falsa ancianita, era uno que decía que podrían tener todo lo que quisieran si se bañaban en sangre de dragón. Y el único dragón que los niños conocían era el de su padre.

–¡Abuela! Pero los niños no se creerían eso de que bañarse en sangre de dragón… –la abuela levantó las cejas y apretó los labios por toda respuesta, y Pedrito se llevó las manos a la cara–. ¡No vayas a decirme que…!

La abuela suspiró, y ladeó la cabeza.

–Eres muy listo, Pedrito. La vieja convenció a los niños de que todos los dragones tenían sangre de sobra, y no pasaba nada por quitarles un poquito. Ellos lo creyeron y entonces les dio otra de sus pociones para hacer dormir al dragón.

–¡Pobrecito dragón! ¿No sospechó nada?

–No, porque era bueno y no desconfiaba de los hijos de su amo. Después de desayunar, cuando el dragón se quedó dormido, le hicieron dos grandes cortes en sus alas y empezaron a recoger la sangre.

–¡No, abuela! ¡No quiero que al dragón le pase nada! ¿Es que los niños no lo querían? ¡Yo nunca le hubiera hecho algo así!

–No sabría decirte. Supongo que lo querrían, pero recuerda que eran muy caprichosos y mimados. Se entretuvieron llenando las botellas y no se dieron cuenta de que el dragón se iba quedando completamente blanco.

–¡Abuela!

–¿Ves? Era de día, y ocurrió algo malo.

–Pero yo no quiero que muera el dragón. ¿No había una magia para hacerlo resucitar?

–Sí y no. Si dejas que termine el cuento, lo sabrás –Pedrito apretó los labios y abrió los ojos, y la abuela siguió con el relato–. El druida consiguió así llevar a cabo su venganza por el robo de la poción. Porque para romper el hechizo del filtro de amor que la reina había robado, hacía falta que dos inocentes mataran a alguien a quien el enamorado quisiera con toda su alma.

–¡Pobre rey! Perdió lo único que le quedaba de su amiga.

–Así fue. Imagínate cómo se puso al darse cuenta de lo que habían hecho sus hijos. No daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Su amigo, su dragón, se había vuelto blanco del todo y yacía en un suelo lleno de sangre! “¡Qué habéis hecho!”, gritó. Los niños, asustados por las voces de su padre, empezaron a llorar y a chillar. La reina, al oír la algarabía, entró corriendo en el salón. Cuando el rey miró a su esposa, se encontró con el rostro de una desconocida. ¡El encantamiento se había roto! Entonces comprendió que la reina lo había engañado, y montó en cólera.

–¡Sigue hablando, abuela! Este cuento se complica cada vez más. ¡Quiero saber cómo acaba!

–En Argengold, el crimen estaba castigado con la muerte. Pero el rey no tenía corazón para ordenar ejecutarlos, así que cambió el castigo por el destierro. Pero a su pueblo, el castigo le pareció suave. Con el tiempo los caprichos de los niños se habían ido volviendo peores. Mandaban quemar cosechas solo para ver danzar las llamas, o desviar el curso de un río para llenar un estanque donde bañarse solo una o dos veces. Todos protestaron porque sabían que los niños serían felices si estaban juntos. Entonces el rey demostró una vez más que era sabio. Llamó a un mago y le ordenó que hiciera un hechizo con sus hijos.

–¿Qué clase de hechizo, abuela?

–Le pidió que enviara a los niños a una enorme roca que flotaba en los límites de su universo. Y que los transformara en una bola de oro y otra de plata. Y que los condenara a moverse en círculos, sin llegar a encontrarse jamás. El mago cumplió la orden, y los envió a este mundo, y aquí les pusimos nombre. Los llamamos sol y luna, y por eso cuando uno sale, el otro se oculta sin que lleguen a coincidir. La reina, al ver lo que había conseguido con sus malas artes, lloró arrepentida y el llanto llegó hasta donde estaban los niños, y mojó la roca, y empezaron a crecer plantas y flores, y el planeta cobró vida. El rey hizo construir en la torre más alta de su castillo un nido de mármol, y allí depositó a su dragón para que nadie olvidara lo que había sucedido. Y cuando los vientos soplan fuerte en Argengold, algunas escamas del dragón llegan hasta aquí convertidas en nieve.

La abuela se levantó, arropó a Pedrito y puso junto a él en la almohada un dragón de peluche de color blanco. El niño se abrazó a su muñeco y bostezó.

–Abuela. Te quiero mucho. Buenas noches.

La anciana besó al niño en la frente, y salió apagando la luz.

Adela Castañón

1453080224cdba63

Imagen: Whatpadd

Anuncios

19 comentarios en “La niña de plata y el niño de oro

    • Adela dijo:

      ¡Muchas gracias! Si “La princesa prometida” es un libro, no lo he leído. Pero si es una película, la vi hace muchísimo tiempo. Y me gustó tanto que aún recuerdo una frase emblemática “Me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir”. ¡Gracias por el comentario!

      Le gusta a 1 persona

  1. CADIZ MOLINA dijo:

    Hola, amiga, me gustó mucho tu cuento. Hace falta volver a la literatura para niños, como las que nos contaron a nosotros. Me recordó a una tía que nos contaba fabulas. Me hacía, soñar, imaginar, volar. Hacía mucho que leía un texto fantástico.

    El diseño de tu página precioso.

    Gracias por compartirlo.

    Le gusta a 1 persona

  2. Adela dijo:

    ¡Muchas gracias! Si “La princesa prometida” es un libro, no lo he leído. Pero si es una película, la vi hace muchísimo tiempo. Y me gustó tanto que aún recuerdo una frase emblemática “Me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir”. ¡Gracias por el comentario!

    Me gusta

  3. jemceleste dijo:

    Adela me ha parecido un cuento precioso ❤ Muy bien contado, estructurado y sobre todo con un trasfondo educativo. Que gran imaginación la tuya 🙂 Enhorabuena de verdad por este cuento, algún día se lo contaré al alma que baje de mi estrellita 🙂

    Me gusta

  4. Mónica Solano dijo:

    Amiga, no había tenido la oportunidad de dejarte mis comentarios a tu relato, y no puedo quedarme sin decirte que estoy enamorada de esta historia 🙂 Es hermosa, te pone a pensar, está llena de amor y hace que se te paren todos los pelitos por la emoción. Adoro tu imaginación, siempre nos llevas a lugares en los que da gusto estar y que no queremos dejar. Besos :*

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s