La segunda oportunidad

Celia, llevo toda la vida contigo. Desde que te conozco, desde siempre, mi mantra es el mismo: “Te. Quiero. Te. Quiero. Te. Quiero”. Y así un día tras otro. Todos iguales y todos diferentes.

No recuerdo muy bien cuándo me di cuenta de que no éramos una pareja, sino un trío. Pero yo te quería tanto que no me importó. Al principio hasta me caía bien aquel intruso. Al fin y al cabo, me pareció que te amaba igual que yo. Tal vez por eso no me sentí capaz de odiarlo y mantuve los celos a raya.

Tampoco me acuerdo de cuándo empezaste a cambiar. Pero su voz empezó a sobresalir por encima de la mía. Cada vez lo escuchabas más a él, mientras a mí me ibas ignorando haciendo oídos sordos a mis eternos “Te. Quiero. Te. Quiero”. Sin embargo, yo no concebía la vida sin ti a pesar de que cada vez me dolía más vivir contigo. Te ibas transformando en una extraña. Te dejaste llevar por el canto de sirenas de ese falso amigo. El alcohol y los porros paseaban con frecuencia por tus venas, y eso me dolía. ¡No sabes cuánto me dolía! Él tenía argumentos. Muchos argumentos. Yo solo contaba con mi amor por ti. Y cuidarme dejó de ser importante para ti a medida que aumentaba su poder y sus cantos de sirena.

Podría seguir hablando contigo, contándote la historia de nuestro pasado que para ti ya ni siquiera existe, pero no serviría de nada. Y pese a todo, si pudiera, daría marcha atrás al tiempo para que el día de nuestra separación no hubiera llegado como llegó. No sé si te acuerdas. No tengo modo de saberlo desde que la vida nos separó. Yo, desde luego, lo recuerdo a la perfección. Aquel día habías bebido más de la cuenta. Y ese “más de la cuenta” siempre era un poco más que el día anterior. Yo estaba mal. Te lo iba diciendo. Te lo gritaba. Había puesto tanto empeño en intentar acallar la voz del otro, de mi enemigo, que no te dejé ver el autobús que se nos vino encima. Cuando levantaste la mirada del suelo fue demasiado tarde. Una fracción de segundo, el llanto de metales retorcidos, y de pronto estabas ahí, tirada en el mismo suelo que mirabas un momento antes, con los ojos ahora abiertos y fijos en el cielo, pero sin verlo.

Y yo…

¡Yo creí morir contigo!

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Cuando recobré la conciencia me invadió el desconcierto. Sentí que yo estaba allí, como siempre, pero a la vez no estaba. Nunca antes había escuchado el sonido del silencio, y su melodía era helada, como la de las gotas de lluvia sobre las lápidas de un cementerio. El vacío retumbaba en mis oídos mientras me sentía flotar en medio de la nada. Me resistía a creer que tú ya no estabas aquí, conmigo.

No sé cuánto duró aquello. Tampoco quiero saberlo. Al fin y al cabo, no tiene importancia. Solo recuerdo, al despertar, el mazazo de la soledad cuando descubrí que me faltabas. Mi mantra cambió para convertirse en otro: “Te. Añoro. Te. Añoro. Te. Añoro”.

Yo era poca cosa en manos ajenas. Me llevaron no sé a dónde. Me dejé llevar. Me obligaron a vivir. Dejé que me obligaran. Nada me importaba.

Entonces llegó ella, y me recibió. Entró en mi vida, y yo en la suya, sin que me pidieran opinión. Oí decir a alguien que ella me estaba esperando, aunque puede que fueran alucinaciones mías por culpa de la medicación.  Mi añoranza por ti, entretanto, seguía y seguía…

Fue duro verme obligado a comenzar de nuevo con una extraña, pero no me dieron alternativa. Al principio ni siquiera parecía que ella estuviera allí, y mucho menos que me prestara atención. Pero de pronto algo empezó a cambiar. La primera vez que escuché su voz, me dolió su sonido. ¡Su risa era tan distinta de la tuya! Y su sangre no era alcohol, era una nube de bruma que me envolvía en una nana hipnótica. Desde muy lejos escuchaba sus palabras que me hablaban de esperas y de esperanzas, de cariño, de cuidados. De un futuro junto a ella.

¡No sabes cómo lloré por ti esos primeros días de separación! Lloré por ese futuro que nos robó el autobús, lloré por no haber luchado más contra esa voz que te tentaba en el pasado, contra esas razones que tiraron de ti con más fuerza que la de mis sentimientos. Pero la voz de mi desconocida se abrió paso entre mis lágrimas. Perseveró sin descanso hasta que un buen día presté atención a lo que me decía, y escuché en sus labios las palabras que yo siempre había reservado para ti: “Te quiero”.

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¿Sabes una cosa? Lo imposible fue posible. Ella me dio mi segunda oportunidad. No creí que eso pudiera ocurrir, pero ocurrió. Aquí también está “el otro”, pero este “otro” sí la quiere de verdad, y no como el tuyo. Este le da consejos sabios, la guía, la orienta, le dice que me escuche, que me cuide, ¡sí! ¡que me cuide! ¿Te extraña oír eso? ¿Tan poco valor me dabas cuando yo era todo tuyo? Me hace feliz que haya alguien ahora que se preocupe por mí tanto como por ella.

¿Y sabes otra cosa? Empecé a quererla cuando me dijo que te estaba agradecida. Que, de no ser por ti, ella y yo no nos habríamos conocido. Me juró que me querría, que compartiría conmigo toda su vida, que haría que me sintiera orgulloso de pertenecerle.

Así ha sido durante un montón de años, y así sigue siendo. El milagro continúa día tras día. No sé si podrás oírme allá donde estés, pero mereces saberlo. No nací con ella. No tuvimos eso. Pero tengo la certeza y la felicidad de saber que vivimos y moriremos juntos.

Quiero que sepas esto, que no lo olvides. Por eso te lo repito. Ella ha sido mi segunda oportunidad. Porque me estaba esperando. Y cuando llegué a su vida, empezó a vivir de veras. Su amor por mí la llevó a estudiar medicina. A especializarse en cirugía cardíaca para hacer hoy con otros el mismo milagro que el doctor Christian Barnard hizo con ella.

Y sabes que todo lo que digo, lo digo de corazón. Porque no soy más que eso.

Adela Castañón

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2 comentarios en “La segunda oportunidad

  1. Adela Castañón dijo:

    Querida Carmen: creo que todos nuestros relatos salen de un corazón especial, que es el que hemos puesto las cuatro en nuestro Mocade. Me encanta compartir con vosotras ese latido global que cada día adquiere más fuerza. Un abrazo grande.

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