Otra noche que debo ser alguien más

Miras por encima del hombro y ves a una mujer de pie, con un traje colmado de colores. Hecho de retazos que se yuxtaponen formando una recopilación de tonos lúgubres, perfectos para la ocasión. El atuendo lo complementan unos zapatos anchos con borlas rojas en la punta y una peluca de color azul con cabellos ensortijados que le caen sobre los hombros.

–¿Qué haces aquí?

Giras por completo y lanzas una mirada desafiante al espejo. Ahora la mujer tiene un vestido blanco. Te sonríe mientras danza en medio de la lluvia. En ese momento sientes cómo las gotas te humedecen el rostro. La brisa te despeina y te arrebata el escozor que caminaba a grandes pasos por tu cuerpo. Llena el agujero que tenías en el pecho y calma los retorcijones que sentías en el estómago.

De repente quieres escapar. Salir corriendo y tomar el primer vuelo a cualquier parte. Cambiar de posición. Tener un nuevo destino y conocer un lugar inesperado. Aunque también podrías quedarte y girar hasta el cansancio. Pero sabes que no estás danzando con la lluvia. Te revuelcas en lágrimas y dejas salir los demonios en pequeñas gotas cargadas de agonía. De nuevo te falta el aire. La opresión en el pecho hace que pierdas la noción del tiempo. Has reparado en cada parte de ese rostro muchas veces y siempre ves la imagen de una desconocida. De una mujer que no sonríe así tenga una desproporcionada peluca azul sobre su cabeza y la cara pintarrajeada. Te detienes en sus ojos inertes, descoloridos, y tratas de entender cómo cada lágrima fluye, aunque su rostro sea inexpresivo. No hay dolor, ni alegría.

–¿Quién eres?

La vida no es lo que deseabas y en definitiva no es lo que planeaste con detalle cuando tenías veinte años. No sabes qué quieres, no sabes hacia dónde ir, ni cómo detener los pensamientos que te incitan a dejar de ser lo que eres. No hay futuro más allá de las tablas. Estás anclada a la silla del camerino porque no has dejado de ser una niña ingenua cargada de temores, que no se arriesgará a cambiar su realidad. Muchos colores te adornan el rostro y tu traje de tintes discordantes te convierte en otra persona. Una que tiene por oficio hacer reír a carcajadas.

La luz roja del camerino se enciende. No queda más tiempo para divagar entre pensamientos inútiles. Es momento de reconstruir el maquillaje estropeado. Te pones la nariz roja y sonríes a medias a la extraña del espejo. Estás lista de nuevo para ser alguien más. Escuchas en un eco los aplausos provenientes del auditorio, el público está impaciente. La ovación te sacude hasta los huesos y sabes que es hora de salir a escena.

A unos pasos del telón un estallido de luces te seca la garganta y se te hace un nudo en el vientre. Una vez más debes ser la heroína de la falsa comedia. Todos los asistentes han pagado por el gran evento y esperan que tu representación valga cada peso. Das un paso hacia adelante y te preguntas si esta noche cumplirás con sus expectativas: “¿Los aplausos trascenderán las paredes del teatro? ¿Los gritos descontrolados y las risas curarán algunas almas?”. Tomas una bocanada de aire, relajas los hombros, mueves el cuello de un lado a otro antes de poner la cabeza en alto. Te abres paso entre el telón y empieza la función.

Mónica Solano

Imagen de Giorgos Daskalakis

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