Del suelo al cielo

Era la primera vez que entraba en aquel edificio. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba su muda melodía de números descendentes: 10, 9, 8, 7… Una mujer esperaba marcando el ritmo con el taconeo de su zapato derecho, justo delante de él, y el movimiento hacía oscilar el abrigo que cubría su espalda. Las puertas del ascensor se abrieron igual que una enorme boca forrada de madera con espejos, mostrando un suelo enmoquetado en color vino como si fuera una lengua. El hombre y la mujer entraron sin mirarse, y el ascensor cerró sus puertas.

–¿A qué piso…? –el hombre no tuvo tiempo de terminar su pregunta. La mujer lo ignoró y, sin mirarlo, estiró el brazo hacia el panel de los números. Al moverse, su chaqueta se abrió y dejó entrever un abultamiento de luna en cuarto creciente que tensaba el vestido a la altura de su abdomen. Ella aprovechó el gesto para mirar su reloj, y al inclinar el cuello quedó expuesto un pequeño tatuaje: un círculo formado por dos figuras en forma de coma, como un yin y yang, con un punto blanco dentro de la mitad negra, y un punto negro en el centro de la parte blanca.

Si el hombre no hubiera estado apoyado contra la pared, se habría caído de espaldas. Había visto ese mismo dibujo ocho meses antes, la noche en que, ciego de coca, siguió a una chica con un tatuaje igual por Central Park. El ataque no había durado más de quince o veinte minutos: el tiempo que tardó en sorprenderla y arrastrarla hasta detrás de unos matorrales, dejarla tirada, desarticulada y rota, y huir a toda carrera por una de las salidas del parque. Desde aquel día no había vuelto a probar ni una sola raya.

El espejo de la pared le devolvió la imagen de sí mismo: un espectro pálido, cuya cara se empezaba a poblar de perlas de sudor. Sin saber qué hacer, elevó los ojos al panel de los números y rezó para que se produjese pronto una parada. Cualquier cosa, con tal de escapar de esa jaula metálica. “Tierra, trágame”, pensó.

El embarazo había agudizado el olfato de la mujer. Sin poderlo evitar miró el espejo y vio reflejado al otro pasajero cuyo sudor, acre y fuerte, le estaba empezando a provocar unas nauseas cada vez más intensas. Se dio cuenta de que el tipo la estaba observando, y de que, al verse descubierto, levantaba la mano para aflojarse la corbata. El puño de la camisa se le subió un poco y algo llamó la atención de la mujer. Sus ojos se clavaron en la muñeca del hombre y descubrió allí un tatuaje gemelo al de su cuello. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la imagen y apretó los labios para contener una arcada. Era la misma muñeca que la amordazaba sin piedad, noche tras noche, en sus pesadillas, desde hacía ocho largos meses.

Como un boxeador al escuchar la campana, ella se refugió en la esquina opuesta del cubículo claustrofóbico y las miradas se cruzaron en un mudo reconocimiento. Un letrero de la pared indicaba que la capacidad era para veinte personas, pero de pronto el aire del interior les resultaba insuficiente. La mujer sintió un cuchillo que partía sus entrañas en dos. Un líquido caliente comenzó a chorrear entre sus piernas y oscureció la moqueta. Quiso gritar, pero su garganta había olvidado cómo hacerlo. El hombre la vio abrir la boca y apartó la mirada invadido por el miedo y la vergüenza. La mujer se volvió para aporrear las puertas, cuando un estruendo procedente del exterior acalló cualquier otro sonido.

El ascensor se tambaleó y el azar hizo que los dos mirasen en la misma dirección. El indicador de los pisos marcaba el número 87. Debajo del logo de “World Trade Center”, la fecha y la hora empezaron a parpadear en el panel: eran las 8:45 del 11 de septiembre de 2001.

El mundo entero se hundió bajo sus pies y lo último que el hombre pensó, mientras se desplomaban en el vacío, fue que la Tierra había escuchado su súplica.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

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5 comentarios en “Del suelo al cielo

  1. Carmen Romeo Pemán dijo:

    Uno de esos relatos cuyo final sorprendente te hace volver a empezar por si te habías dejado algún detalle. En la segunda lectura resulta más sorprendente. Todo estaba calculado y sugerido desde la primera linea. Y es que Adela es una maestra en el arte de la intriga y de los finales sorprendentes. Sus relatos son memorables y nunca nos dejan indiferentes. Esa es la esencia de la buena literatura.

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  2. Curro Jimenez dijo:

    No puedo estar mas de acuerdo, Carmen. La conocemos bien y nos sigue sorprendiendo relato a relato. Pero hemos de decir también que su calidad literaria y su calidad como narradoras han mejorado tanto que ya parece una autora consagrada. Es la primera vez que me he montado en el ascensor del world trade center y me he quedado en estado de shock: aún estoy saliendo de los escombros. Magnifico, querida Adela. Orgulloso de contarme entre tus lectores. Y feliz de ser tu amigo. Enhorabuena una vez más.

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  3. Adela Castañón dijo:

    Mis queridos Carmen y Curro: lo que escribo no sería como es, de no haberos conocido. Gracias a los dos por vuestra generosidad y apoyo. Entre mis letras siempre hay algo vuestro, porque los dos sois mis ángeles de la guarda. ¡Os quiero!

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  4. Mónica Solano dijo:

    Ay amiga, ¡qué relato! Se me erizó la piel cuando llegué al final y apenas pude parpadear. ¡Fantástico! Me encanta tu capacidad de hacernos vivir la historia en cada palabra. Besos.

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  5. Adela Castañón dijo:

    Querida Mónica: gracias como siempre por tus palabras y por caminar a mi lado y al de nuestras amigas por esta ruta de la literatura que, por suerte, nos lleva por caminos más pacíficos y agradables que el trágico ascensor de mi relato. ¡Muchos besos!

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