Imagínate

Imagínate que entras por la mañana en tu oficina arrastrando los pies por la moqueta, sin levantar la cabeza para no sentirte obligado a dar esos buenos días que te queman en la garganta y que sabes que nadie te devolverá. Llegas a tu cubil, acompañado por un silencio artificial, solo roto por el clac-clac de los teclados y el sonido del teléfono, y te dejas caer sobre la silla de ruedines que ya no giran. La puerta del baño de hombres, otro espacio ridículamente pequeño con un solo retrete para treinta personas, está pegada a tu mesa de trabajo, y cuando se abre te llega el olor de estómagos vaciados, enmascarado por un ambientador barato que impregna tu garganta y te quita el apetito.
Imagínate que solo te ha dado tiempo a encender el ordenador cuando el director de la empresa baja a tu planta. Busca a los compañeros con los que llevaste el caso Smith, los que pusieron sus vidas privadas como excusa y te recordaron con delicadeza que tu falta de familia te permitía hacer tu trabajo, y también el suyo, si eras tan amable. Los que te agradecieron tu labor con una fugaz palmada en el hombro y te prometieron que la próxima vez te llevarían con ellos a tomar una cerveza, pero que ese día no podías ir porque no cabías en el coche. Son aquellos a los que el jefe está felicitando y tú solo miras, dolido porque
nadie reconoce tu labor. Aunque no quieras pensarlo con detenimiento, sospechas que quizá no deban hacerlo.
Imagínate que oyes otra vez a tu jefe llamarte desde su despacho. Hundes la cabeza en tus manos sabiendo que ni quedándote a dormir vas a poder cumplir con sus expectativas porque no deja de mandarte todos los casos problemáticos que nadie más quiere atender. Tampoco
tienes valor de negarte porque tu madre y tú dependéis del raquítico sueldo que apenas llega para pagar el alquiler y llenar la nevera. Cuando te levantas, las piernas te tiemblan y no dejan de hacerlo cuando cierras la puerta de cristal detrás de ti. Eres consciente de que tus compañeros miran sin disimulo hacia el despacho, donde ven a vuestro jefe poniéndose en pie y aprovechando su altura para intimidarte. Te mira con desprecio y, con cada palabra, una lluvia de saliva cae sobre tu cara que está a pocos centímetros de su barbilla. Sales del despacho y te enderezas la corbata, sin dejar de prestar atención a tus pies. Casi nadie te mira ahora. Los que sí, sonríen. Son los que saben que es tu último día.
Imagínate que abres los cajones para recoger tus objetos personales. Tus vecinos tienen decenas de fotos cubriendo el gris de los cubículos, pero tú solo tienes una postal, el último contacto que tuviste con tu padre. Sobre tu cabeza, uno de los fluorescentes de luz aséptica empieza a titilar antes de fundirse. Colocas todos los objetos sobre la mesa y los coronas con la imagen del puente de Brooklyn que has
estado mirando los últimos quince años decenas de veces al día.
Imagínate que Carolina asoma la cabeza y te ofrece una bolsa de plástico del supermercado para transportar tus cosas. Te quedas mudo mientras te preguntas de dónde ha salido tanta perfección, si es posible que tenga ombligo o sea una obra de Dios. Cuando te mira a través de esas frondosas pestañas te sientes como un niño que aun moja los pantalones. Reparas por primera vez en la pequeña muesca de su pala superior derecha, y te das cuenta de que, aunque única, es tan humana como tú.
Imagínate que piensas que es ahora o nunca, y la invitas a cenar.
Imagínate que una mueca de asco, demasiado rápida para verla a menos que la estés esperando, pasa por su cara antes de ponerte una excusa.
Imagínate que tu mano empuña un abrecartas.

Carla Campos

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