Cuando el mundo pierde el Norte

Estoy en el Cabo Norte, en pleno crucero. En la puerta de los camarotes han dejado una hoja con la noticia del atentado terrorista de Barcelona y la leo mientras voy con mi familia camino de la cubierta de desembarco.

Al desembarcar, contra todo pronóstico, luce un sol espléndido y la temperatura es de 18ºC. La guía local nos espera en el muelle y comenta que tenemos mucha suerte porque las condiciones meteorológicas son excepcionales. Pero un frío polar se ha instalado en mi interior y me impide disfrutar de esa bonanza del clima.

No tengo wifi. Llego a tierra, y allí los datos móviles me permiten saber que mi amiga Carla y los suyos están bien. Suspiro aliviada.

Cuando embarqué, pensé que a lo largo del crucero se me ocurriría algo para mi próximo artículo, pero lo cierto es que han sido tantos paisajes, tantas explicaciones, y tanto disfrute que olvidé meter en la maleta la inspiración cuando hice el equipaje. Ahora, por desgracia, la inspiración viene sola. Porque ni el sol que brilla hoy, ni la calefacción del barco, me hacen entrar en calor. Y, nada más regresar a bordo, me pongo a escribir. Lo hago un poco como terapia, esperando que eso me ayude a expulsar de mi interior parte de esos cristales helados.

Este artículo se publicará dentro de varios días. Para entonces, otras noticias habrán empezado a sobresalir, a vestir de olvido este atentado que ahora es primera plana. Este ataque injustificado, irracional, salvaje, que hoy es portada y hace que el capitán se dirija a todo el pasaje en inglés y en español para expresar sus condolencias y para rogar un minuto de silencio en el que todos compartimos la misma emoción. Eso me duele. Porque pienso que este mundo se hace cada vez más pequeño, y la accesibilidad que existe a cualquier información hace que estemos, por decirlo de algún modo, tan sobresaturados que acabamos por insensibilizarnos.

No tiene sentido decir aquí que la pregunta del millón sería “¿Por qué?” porque es una pregunta sin respuesta. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia, ni el fanatismo. De modo que poco más puedo decir sobre eso.

Lo que me apena y me asusta es otra pregunta para la que tampoco tengo respuesta: “¿Y ahora, qué?” Porque ahí las posibilidades son casi infinitas. Y las hay de todas clases y colores. Desde la respuesta solidaria de muchos ciudadanos barceloneses, que han abierto sus puertas a quienes no podían acceder a sus casas o a sus hoteles, hasta la actuación de las fuerzas de seguridad, que casi siempre quedan en la sombra, o a las voces de miles de personas que se alzan para gritar “No tengo miedo”, aunque recen en silencio por ese familiar que trabaja día a día en la zona de peligro.

Y, del otro lado, me duele pensar que se cumpla una vez más eso de que la violencia engendra violencia. Veo en internet peticiones de firmas para enviar a Ada Colau mensajes como el que le reprocha que se gaste 100.000 euros de dinero público en un “observatorio contra la islamofobia” con el fin de prevenir insultos, agresiones y ataques a los musulmanes. Y no he seguido mirando, porque seguro que hay artículos mucho más radicales, que dejan en mantillas al ejemplo que he puesto. Tengo pacientes musulmanes que son personas normales y corrientes, como yo. No me los imagino poniendo bombas o atropellando a granel a multitudes. Y tampoco me gustaría que cualquier pasajero del crucero, al saber que yo soy española, me identificara, por ejemplo, con cualquier terrorista de la antigua ETA y pensara que yo podría hacer explotar un coche junto a un hospital sin que se me moviera un pelo de su sitio.

Pero entonces, ¿a qué carta me quedo? Porque si intento ponerme en la piel de los familiares de cualquiera de los fallecidos… Aquí tengo que dejar los puntos suspensivos. No tengo derecho a escribir nada, porque no es una experiencia sobre la que se pueda escribir, salvo que sea en primera persona. No basta toda la empatía del mundo para poder pronunciarse sobre algo tan trágico, tan triste, tan terrible.

El mundo es grande, y todos deberíamos tener cabida en él. Pero cada golpe de violencia lo vuelve más pequeño, más ruin, menos “de todos”.

Y lo único que se me ocurre aquí y ahora, casi en el Polo, es pensar que el mundo ha perdido el norte. No me siento en condiciones de juzgar, ni de escribir grandes cosas. Solo puedo terminar expresando a los familiares de las víctimas mi más sincero apoyo en su dolor. A miles de kilómetros, nunca he sentido tan cerca a los barceloneses, aunque solo conozca a unos pocos.

Quiero que sepan que personas de muy distinta nacionalidad y condición han compartido hoy con ellos y por ellos un sincero y sentido minuto de silencio.

Descansen en paz, y ojalá llegue la paz al mundo.

Adela Castañón

Imagen: Google

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6 comentarios en “Cuando el mundo pierde el Norte

  1. Carla dijo:

    Gracias por este artículo, Adela. Como catalana y barcelonesa, el atentado del otro día me removió entera aunque, reconozco, no fue algo inesperado. Estaba claro que en algún momento, aquellos que pretenden sembrar odio entre oriente y occidente, entre españoles y árabes, entre católicos y musulmanes, iban a atentar en mi ciudad.
    Sin embargo, una vez más estoy orgullosa de la respuesta de mis conciudadanos que, además de gritar que “no tenim por”, saben que la religión o el origen no son la causa del terrorismo, sino la locura y maldad de unos pocos que se aprovechan del miedo y las fobias para reventar el mundo en su propio beneficio.
    Pero aquí estamos y estaremos, para dejar claro que no pueden con nosotros.
    De nuevo, gracias :*

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  2. Mónica Solano dijo:

    Amiga, me encanta el tono y el cariño con el que has escrito este artículo. Estoy completamente de acuerdo contigo, es una pena que tengamos que escribir de estos temas, pero es un honor contar con tu sensibilidad para tratarlos con tanta objetividad; no dejan de ser escalofriantes, pero los haces más fáciles de digerir. Besos.

    Le gusta a 1 persona

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