Pequeñas acciones = Grandes cambios

Hace unos días recibí un hermoso comentario de una de nuestras lectoras, que revolucionó todo a mi alrededor. Me sentí muy complacida al saber que lo que escribo mueve a otras personas, y así se lo manifesté. Gracias a sus palabras, experimenté una satisfacción única. Luego mi amiga Adela me sorprendió con una publicación en Mocade, inspirada en ese mismo artículo. No podía estar más feliz. Fue mágico, me sentía espléndida. En ese momento pensé en lo increíble que resulta el impacto que logran las pequeñas cosas.

Hay momentos en los que me pongo a reflexionar sobre cómo lograr un impacto positivo en el mundo. Pienso que me gustaría dejar huella y formar parte de las acciones que revolucionan y transforman. Pero la mayor parte del tiempo creo que tienen que ser cosas inmensas, cosas que estén fuera de mi alcance porque soy una simple mortal. Siempre tiendo a magnificarlo todo y a pensar que, si no es lo suficientemente grande, no funcionará. Desde hace unos meses estoy convencida de que estaba equivocada.

 

El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.

 

La teoría del efecto mariposa nos enseña que un pequeño cambio en cada una de las variables que afectan el comportamiento de un sistema puede producir grandes cambios en el mismo. Le debemos el término al meteorólogo estadounidense Edward Norton Lorenz, un pionero en el desarrollo de la teoría del caos. Y nos plantea que, según las condiciones iniciales de un determinado sistema, el más mínimo cambio puede provocar que progrese. De esa forma, el simple e imperceptible aleteo de una mariposa introduce una variable que condicionará cómo se desencadenarán los acontecimientos en el resto del mundo. Si, por ejemplo, aplicamos esta teoría al cambio de hábitos, conseguiremos ver que las cosas no son tan difíciles como suponíamos, porque pequeñas acciones podrán dar lugar a grandes cambios.

 

Hace algunas semanas, en el blog de Mujer Holística observé que María José Flaqué cerraba sus artículos con lo siguiente:

P.S. Esta es mi entrada No. 92 del Proyecto de 100 Días

Fui hacia atrás en sus publicaciones y encontré que hacía unos meses había publicado el artículo “El proyecto de 100 días y mi compromiso”. En ese momento se había comprometido a escribir un artículo diario para el blog de Mujer Holística durante cien días y documentarlo en su cuenta de Instagram. Ese era el primero del proyecto. Hace unos días escribió el número cien:

La razón por la cual me comprometí a hacer un artículo por día fue porque me costaba mucho sentarme a escribir y además analizaba todo lo que plasmaba en palabras escritas, mil veces antes de publicarlo. Apretar el botón de publicar era todo un tema, tenía que estar todo perfecto y tardaba días en decidir si me gustaba lo que había creado. Ahora no.

Me pareció fantástico y me identifiqué con sus palabras. Investigué un poco más sobre esta iniciativa y esto fue lo que encontré:

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#The100DayProject es un proyecto artístico de un profesor de la Universidad de Princeton, que animó a sus alumnos para que, durante cien días, escogieran un tema, realizaran algo artístico y lo documentaran en un diario o en algo similar. A raíz de esto, Elle Luna (artista y autora del libro The Crossroads of Should and Must: Find and Follow Your Passion) y Lindsay Jean Thomson, creadora de la plataforma de empoderamiento de la mujer Women Catalysts, le dieron continuidad al reto en https://the100dayproject.org. La edición de este año se realizó el 4 de abril.

La dinámica es muy sencilla: primero escoges una acción que quieras realizar durante cien días, luego te comprometes públicamente a realizarla y ¡ya está!, solo resta ponerte a trabajar.

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Navegando por la Web, he visto que muchas personas se han adherido a este proyecto, y ¿cómo no formar parte de algo tan inspirador? Porque esta iniciativa pretende despertar la creatividad y mantenerla viva a través de pequeños actos diarios. Cualquier persona puede participar. El objetivo es emprender una acción que impulse un cambio en nuestros hábitos, en nuestro estilo de vida o que nos permita sacar adelante aquello que tenemos entre manos y no hemos podido llevar a cabo, por las razones que sean. Lo importante es comprometernos y trabajar todos los días, a pesar de las dificultades que se nos presenten en el camino.

La semana pasada empecé la última etapa de mi proyecto de novela, pero ha sido un suplicio sacar el tiempo necesario para sentarme a escribir. Siempre tengo una excusa, un contratiempo, un “pero” y, al igual que le pasaba a María José, me cuesta un montón dejar de darle vueltas y vueltas a todo, lo que hace más difícil avanzar. Escribir forma parte de mi propósito de vida. Compartir mi imaginario y poner a volar la imaginación es mi meta. Por lo tanto, hoy me uno al proyecto de los cien días y, como sé que soy bastante complicada, elegí algunas reglas y me marqué unos objetivos concretos y alcanzables para facilitarme el proceso:

 

  1. Mi proyecto consistirá en escribir 10 páginas diarias de mi novela (mínimo 1.600 palabras al día).
  2. Sin correcciones. Solo escribir y escribir.
  3. Lo haré todos los días en la noche. A la misma hora.
  4. No soy mucho de publicar cosas personales en redes sociales, pero creo que este motivo se merece el esfuerzo, así que todos los días publicaré en mi Facebook cuando cumpla con el reto: #hoyescribí10páginasdemiproyectode100días
  5. Mi regla principal será disfrutar y deleitarme con cada minuto de escritura.
  6. ¡Las reglas son para romperlas! Si un día no puedo escribir a la misma hora, pues lo haré más tarde o más temprano, o si me toma más tiempo del planeado, escribiré más. ¡Esto no es una camisa de fuerza!
  7. Tener a la vista la regla número cinco: Lo más importante es ¡disfrutar!

 

Al principio de este artículo les decía que las pequeñas cosas también marcan la diferencia, como por ejemplo escribir algo que inspire y que logre robarle una sonrisa a una persona que la necesita o recibir una buena crítica que nos alimente y nos ponga en movimiento. La mayor parte del tiempo no somos conscientes de que tenemos la suerte de despertar otro día y de que, una vez más, podemos agradecer que en el mundo todavía hay cosas buenas y que las estamos recibiendo. No necesitamos grandes acciones para lograr un impacto en lo que nos rodea. Solo tenemos que estar dispuestos a hacer pequeños cambios en nuestros hábitos que nos conviertan en entes transformadores, que roben algunas sonrisas y que sean fuente de inspiración.

Hoy será mi primer día del proyecto. En mis próximas publicaciones les contaré cómo voy y, cuando finalice, les compartiré el resultado.

Mónica Solano

Imágenes de #The100DayProject y Anja

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El espejo

Lo primero que le dio problemas fue la barba. Los cortes de la cuchilla y la cara de espanto de sus compañeros al verlo aparecer en la oficina con aquellas heridas le habían convencido para que se dejara crecer el vello de la cara. Más adelante tuvo un encontronazo con su jefe, que lo convocó en su despacho y le dijo que parecía un animal sucio y piojoso. Decidió ir a un barbero dos veces al mes para que se la arreglara. Escogió uno que había visto centenares de ocasiones de camino a casa de Victoria. Apenas tenía espejos. El peluquero, además, parecía tener la mente abierta para aceptar, sin hacer muchas preguntas, que Marcos no quería verse. Y es que las superficies de vidrio transparente no eran problemáticas, no. Lo peor eran los reflejos traicioneros que acechaban en cualquier lugar. Una cuchara, un escaparate… Incluso la pantalla del ordenador cuando se ennegrecía de improvisto y, pensaba él, con alevosía, devolviéndole una mirada acusadora que se columpiaba entre el asco y la decepción.

Convencer a Lola, su esposa, había sido sencillo. Ella no solía oponerse a sus ocurrencias. Marcos cogía una idea, le tomaba las medidas y la vestía con las mejores sedas para ofrecerla como buena. Además, era capaz de hacer creer a la otra persona que la idea había sido suya, algo que había querido toda la vida. Por eso, cuando él habló a Lola de la dictadura de la imagen en la sociedad moderna y lo beneficioso que sería para su estado de ánimo y para su relación hacer el experimento de verse únicamente reflejados en los ojos de sus seres queridos, Lola, la niña de pueblo que nunca había crecido del todo, se tiró a sus brazos y le prometió que esa misma tarde descolgarían todos los espejos de la casa, incluido el del baño.

Por las noches, cuando la vejiga le apretaba o un movimiento de Lola lo despertaba, le asaltaba la imagen que el espejo del ascensor de Victoria le había devuelto después de acostarse con ella por primera vez. En aquel momento, fue tal la impresión que le dio la espalda. Después atribuyó aquella visión al cansancio de una tarde llena de sexo y se enfrentó de nuevo a sí mismo con su ensayada mueca de soberbia. De nuevo se encontró con una mirada de odio tan violenta que casi podía esperar que su doble saliera de su prisión de cristal y se abalanzara sobre él.

En algún momento durante todo aquel tiempo pensó en dejar a su amante y contarle toda la verdad a Lola. Quería volver a ser él mismo, ver cómo le quedaba el traje o mirarse a los ojos que, antes, sonreían orgullosos. Pero la cama de Victoria era demasiado caliente y acogedora. Y a ella no le picaba su barba.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Erik Eastman

 

Saber no basta

Hace pocos días disfruté con un sabio consejo que Mónica Solano nos dejaba en este blog: cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia. Su artículo terminaba con una frase sobre la que merece la pena profundizar: “la actitud es la clave”. Y de eso quiero hablar hoy.

Información y motivación

El mundo se mueve y avanza porque somos las personas quienes nos movemos y avanzamos. O, al menos, la mayoría. Nuestra época está repleta de oportunidades. La información ha pasado de ser un privilegio a convertirse en algo al alcance de casi todos. La tecnología abre puertas que hasta hace algunos años no podíamos ni soñar que existieran. Si es cierta la frase tópica de que la información es poder, hoy el mundo estaría, o podría estar, lleno de personas poderosas. Entonces, si eso fuera así, ¿por qué la vida no se mueve a mayor velocidad? ¿Qué mantiene a tanta gente anclada a tantos inmovilismos? ¿Qué está fallando?

En mi opinión, uno de los motivos es que no basta con el saber. Sin una buena motivación, la información no sirve para nada o para casi nada. El mensaje que Mónica nos deja es abrumador dentro de su sencillez: la actitud es decisiva en el cambio personal. De nuestra actitud dependerán cosas como que nos toque triunfar, o bailar con la más fea. Y voy a contároslo con una de esas metáforas que tanto me gustan.

El cha cha cha de la vida

A pesar de que he escrito algunas veces sobre la invisibilidad de las personas, creo que todos transmitimos algo. Otra cosa es que los demás lo noten o no, pero todos interactuamos con los demás en mayor o menor grado. Cuando conocemos a alguien, tendemos a formarnos una opinión sobre él o ella. A bote pronto, o a medio o largo plazo, podemos pensar que esa persona desprende más luz que todo el sistema solar o, por el contrario, que brilla menos que una bombilla de cuarenta vatios. ¿Y a qué se debe eso? ¿Qué hace a una persona ser la estrella de la reunión, mientras que a otra la convierte en parte del mobiliario? Pues yo diría que el truco está en el baile de letras de ese cha cha cha. Me refiero con eso a tres conceptos: Conocimientos, Habilidades y Actitud. Que, por si alguien lo duda, no son en absoluto conceptos similares.

Todos conocemos a personas importantes: grandes hombres de negocios, profesores insignes, deportistas excepcionales, pero no todos pondríamos una biografía de esos personajes en nuestra mesilla de noche para estudiarla y aprender a ser como ellos. Y, sin embargo, quizá atesoramos un retrato de grupo donde sale alguien más anónimo, que ni siquiera es famoso, como si fuera una de nuestras posesiones más valiosas. ¿Por qué, repito, por qué ese desconocido del montón está por encima de los demás en nuestra escala de valores? Posiblemente por muchas razones. Dejando al margen a quienes llevamos en el corazón, casi todos hemos admirado en algún momento a una persona que en principio no reuniría los “méritos” tradicionales para ello. Os pondré un ejemplo: me encantan muchas novelas de Pérez Reverte, pero a la hora de seguir un blog de escritura, me engancho a los de Ana González Duque, o Ana Bolox, o Gabriella Campbell, que, seguro, son menos conocidas que don Arturo. Y es que, cuando se trata de aprender, me encanta y me atrapa la actitud de estas chicas a la hora de vivir la escritura como pasión compartida con gente a la que no conocen de nada, como yo misma.

No cabe duda de que los conocimientos son necesarios. Para cualquier cosa se necesita un mínimo de formación: para diseñar un cohete espacial, para saber que es mejor abrir el abdomen por la derecha en lugar de por la izquierda si vas a operar una apendicitis, para trabajar como intérprete o guía turístico… Y, por supuesto, también hace falta un mínimo de habilidad para todo: para servir una cervecita con el punto justo de espuma, para calmar el llanto de un niño, o para ganarse la vida como trapecista o, si se quiere, incluso como escritor. Todos necesitamos dominar o trabajar con más o menos profundidad nuestros conocimientos y habilidades. Pero no vale quedarnos ahí. Porque esos dos pilares son solo una foto fija que puede representar la inmovilidad. Y para que esa foto se convierta en un fotograma animado, en una película viva y dinámica, hace falta una buena actitud. Si le preguntamos a cualquiera que por qué quiere a su madre, seguro que no nos dice que porque es una experta en física cuántica (que alguna habrá con hijos, digo yo), sino por otros motivos que hacen que sea como es por la actitud que la define. No nos hace grandes nuestro conocimiento ni nuestra habilidad, sino nuestra actitud. Los demás nos valoran, en última instancia, por nuestra manera de ser. Mucho más que por lo que sabemos hacer o por nuestro currículum académico.

¿Y qué pasa cuando nos desanimamos? ¿Qué ocurre cuando abrimos un periódico, o escuchamos la radio, y solo encontramos noticias negativas? Pues pasa que nos venimos abajo. Que nos desanimamos y se nos olvida lo más bonito: ser como somos. Incorporamos a nuestro diccionario muletillas como “Uff”: “mami, juega un ratito conmigo” “uff, hija, díselo a papá, que estoy haciendo la cena”. Y llenamos nuestros días de frases y cosas de ese estilo. A veces no tenemos ni tiempo de parar, como si por detenernos un momento el mundo no fuera a seguir girando sin nosotros. Olvidamos o ignoramos que a veces hace falta parar para reparar. Hacer una pausa para tomar aliento, para preguntarnos si de verdad estamos haciendo lo que queremos hacer, o si en algún momento nos hemos despistado y hemos tomado un camino equivocado que no lleva a ninguna parte, o al menos no a lo que era nuestra meta.

Nuestra actitud, en último extremo, dependerá mucho de nuestra motivación. Y para encontrar nuestra motivación necesitamos a veces esa pausa, ese sentarnos a solas o en compañía delante de un café, y empezar a buscar por el sitio correcto. No siempre es sabio empezar persiguiendo las respuestas, porque puede ser mejor retroceder un paso y reflexionar sobre si nos hemos hecho las preguntas correctas. Si no encontramos una solución, puede que no sea porque no existe, sino porque hemos planteado mal el problema. Deberíamos mirar en nuestro interior para encontrar ese hilo que consiga hacer de nuestra actitud un ovillo maravilloso con el que tejer nuestra felicidad a pequeños pasos.

Un ejemplo final

No puedo hablar por otras personas, de modo que acabaré compartiendo mi propia experiencia acerca de mi actitud en un aspecto de mi vida como es este blog. En Letras desde Mocade he encontrado tres amigas maravillosas y un campo de entrenamiento igualmente maravilloso para algo que me hace feliz: escribir. Porque Mocade es algo más que la suma de nuestras iniciales. Es más que Mónica, Carla, Carmen y Adela. Es un equipo que tiene tres ingredientes que lo convierten, para mí, en uno de mis productos estrella:

MO-tivación

CA-riño

DE-dicación.

También esas iniciales describen a este blog y a sus autoras. Y si has leído hasta aquí y estás sonriendo, me sentiré feliz, porque te puedes incluir en esa descripción.

Adela Castañón

El circo espacial

El 25 de julio, a las trece horas de la Tierra, el ingeniero biomédico Toulouse arribó a la estación espacial Ícaro. Después de veinte años de trabajo en el laboratorio de genética de la NASA le habían asignado su primera misión. Una de las que se clasificaban en el rango más alto de confidencialidad. En plena euforia, decidió embriagarse con su esposa y no leyó el Manual de Contacto Kyvos que le había entregado la teniente Smith. “Ya tendré tiempo para leerlo cuando esté en la estación”, pensó.

El estómago se le retorcía en una ruidosa sinfonía. El dolor era tan intenso que el sudor se le escurría por la frente. Cuando la cápsula espacial tocó la superficie del planeta se tomó unos minutos. Respiró hondo, se ajustó el traje y armado de valor descendió por las escaleras. Cuando pisó el terreno arenoso con sus botas espaciales sintió que la bilis le destrozaba la garganta.

Al principio no estaba seguro de si lo que veía era una alucinación por el alcohol, de la noche anterior, o si de verdad estaba enfrente de una comunidad circense, a miles de millones de kilómetros de la Tierra. En ese momento se arrepintió de haber aceptado la misión sin conocer más detalles.

Movió la cabeza de un lado a otro, pero la imagen no se desvaneció. Fijó la mirada y vio con claridad las carpas puntiagudas, con rayas rojas y blancas, que se alzaban en el horizonte. Banderines de colores rojo y azul se agitaban en lo alto de los toldos. Estaba en un planeta habitado por un circo espacial. “De tantas especies que hay en el universo, por qué tengo que recolectar muestras de un maldito circo”, pensó. Y renegó una vez más por su mala suerte. Regresó a la cápsula, organizó el maletín con el equipo de recolección y se acomodó el traje. Con la mirada fija en el tablero de la manga derecha revisó la provisión de oxígeno. En el panel titilaba una cifra: siete horas.

—Tiempo suficiente para recoger las muestras y abandonar el planeta —dijo mientras cerraba el casco y oprimía el botón para liberar el oxígeno. Activó la grabadora en su cuello y emprendió la caminata.

—Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos arribé al planeta Kyvos. Lo primero que vi fue una estación espacial con la forma de un espectáculo de circo. Espero no encontrarme con un maldito payaso. ¡Juro que no volveré a beber! ¡Maldición! Borrar. Borrar. Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos que arribé a la estación espacial Ícaro. Estoy listo para recolectar las muestras de tejidos. Según la teniente Smith, los kyvosi tienen propiedades que facilitarán el desarrollo de órganos artificiales para preservar la raza humana. A las trece horas con cincuenta y cinco minutos de la Tierra no he visto ningún habitante. Caminaré hasta la carpa principal del circo. Nuevo reporte a las catorce horas con treinta minutos. Grabar.

De repente, mientras desactivaba la grabadora, Toulouse vio una figura mediana que se aproximaba hacía él. Una vez más sintió que la bilis se le atoraba en la garganta. Con una respiración controlada reprimió las náuseas, no quería vomitar en el traje. Contó de diez hasta uno y juró, por milésima vez, no volver a beber.

El pequeño ser se detuvo frente a él. Toulouse parpadeó un par de veces para observarlo mejor. Un tejido metálico lo cubría. Aunque estaba desnudo, a simple vista, parecía un ser asexuado. Dos cuernos que formaban un sombrero de arlequín le salían de la cabeza. Hacían juego con las marcas que le adornaban el rostro por debajo y por encima de las cuencas vacías. Alrededor de la boca unas líneas negras dibujaban una sonrisa perpetua. Aunque no tenía ojos, Toulouse podía sentir que el kyvosi lo miraba fijamente. ¿Cómo podrá verme?, pensó.

El pequeño arlequín extendió el brazo derecho y uno de los dedos de metal dibujó símbolos en el aire. Una luz roja formó la frase “Bienvenido al planeta Kyvos, terrícola”. Toulouse comprendió que el kyvosi conocía el lenguaje de la Tierra y podía comunicarse con él. Sacó el láser del maletín y escribió en el aire “Gracias. Soy el ingeniero biomédico Toulouse, encargado de recoger las muestras”. El kyvosi le indicó que lo siguiera. Mientras caminaban, mantuvieron una corta charla técnica, en la que le indicó la zona de trabajo, horarios y todo lo referente a la expedición. Al final del recorrido le invitó a una cena especial de bienvenida.

Toulouse, complacido por la invitación, hizo una reverencia como una muestra de gratitud. Cuando se incorporó, una tropa de soldados con lanzas de fuego lo tenían rodeado. En ese momento sintió que todo se movía a su alrededor y que el aire le faltaba. Maldijo entre dientes y recordó la advertencia de la doctora Smith “no entres a la cápsula sin leer el manual”.

“Manual de contacto Kyvos. Doctora Alied Smith. Inciso uno. Las reverencias son consideradas una falta grave en la comunidad kyvosi. Absténganse de realizarlas si no quiere morir desintegrado”.

 

Mónica Solano

Imagen de Rheo

LA VOZ POÉTICA DE LAURA LAHOZ RUESGA

NUESTROS RECUERDOS

Hoy quiero recuperar el recuerdo y la voz poética de Laura Lahoz, una de mis queridas alumnas escritoras del Instituto Goya de Zaragoza.

Laura y el Goya

El sábado 12 de agosto de 2017, en El Frago, Laura Lahoz Ruesga, escritora-profesora, y María José Moreno Soriano, actriz, nos deleitaron con una velada poético musical de una exquisita selección de poemas. Estuvieron acompañadas por los músicos Joaquín González y Jaime Lapeña. Ese mismo día, por la mañana, habían ofrecido una selección diferente en un vermut poético-musical en el castillo de Biel.

Laura, en el recital de Biel, me dedicó unas emotivas palabras y este escrito:

Querida Carmen: Cuando subo las escaleras camino del aula, con la cartera en una mano, recuerdo la emoción que sentía en el I.E.S Goya. Durante dos cursos asistí a tus clases de Lengua Española con una mezcla de ilusión y curiosidad. Tu entrega, tu rigor y tu pasión hacia la gramática y hacia el cuidado del idioma permanecen en mi memoria. Todo lo que aprendí en tus clases lo enseño a mis alumnos. Ahora compartimos una gran amistad, lecturas y publicaciones de otras compañeras del Instituto, como Irene Vallejo. Siempre te has mostrado entusiasta, activa. Me emociona leer tus artículos y observar atónita como mantienes la energía y sigues escribiendo.

Con este artículo aspiro a responderle a lo que ese día no hice, porque no me pareció el momento oportuno.

El primer día de clase, allá por el curso 1993-1994, vi dos apellidos muy conocidos en la lista de mi grupo de Literatura de Tercero de BUP. Recuerdo que me acerqué y le pregunté: “¿No serás la hija de Ángel Lahoz y Concha Ruesga, mis compañeros de curso?”. No me contestó, abrió sus ojazos azules y me miró con cara de susto. No insistí más. Daba igual. Laura estaba allí para que yo le enseñara lengua y despertara su pasión por la literatura. Intentaría hacerlo lo mejor que supiera. Volví a tenerla como alumna de Lengua en COU. Y después nos hemos hecho amigas.

Por la tarde, al acabar el recital poético de El Frago, nos juntamos a charlar y a rememorar los años del Goya. Entre otras cosas me dijo:

Mi clase estaba en el segundo piso, al fondo del pasillo, a la izquierda.  Durante cuatro años el instituto Goya fue mi casa. Después de veinte años paso por la puerta y esbozo una sonrisa; supongo que no será lo mismo, pero para mí permanece esa esencia, la marca Goya, como decíamos entonces, cuando creíamos que el mundo era nuestro. Y, en verdad, o era porque en el instituto pasaba lo más importante: los amigos, los viajes, las alegrías, los nervios, las decisiones, todo sucedía entre sus cuatro paredes, en las aulas y en los pasillos.

Los comienzos no fueron fáciles. El Centro me parecía enorme y me sentía perdida. Las matemáticas y la física me resultaban imposibles. En tercero de BUP decidí cursar el Bachillerato de letras puras; entonces mi vida académica me resultó apasionante. Los profesores que me dieron clase permanecen en mi memoria con un gran cariño. Recuerdo el rigor, la pasión de las explicaciones.

Decidí estudiar Filología Clásica por los profesores que tuve de Latín y Griego. Escribo y adoro leer gracias a los profesores de Lengua y Literatura de entonces.

El Goya me ofreció subir a escena con el grupo de Teatro TEGO; la clase de teatro de los viernes era el mejor modo de comenzar el fin de semana. Los primeros pinitos literarios comenzaron con el Premio de Poesía Goya.

Compañeros de entonces siguen a mi lado. Con los años, lo realmente importante es la gente. Nos hemos hecho mayores, pero la impronta del Goya nos marcó entonces y ahora.

Carmen, tú me enseñaste todo lo que sé sobre gramática, me acompañaste al viaje de estudios a Italia y después hemos trabajado juntas en otros proyectos literarios.

Después de calmar el sonrojo que siento en mis mejillas al volver a leer sus palabras, las apostillaré con mucho gusto.

La prudencia y sentido estético de Laura la llevan a no entrar en detalles. Sus profesores de clásicas, Pilar Iranzo, Pilar Idoipe y Jesús Oliver, determinaron su vocación. Y Emilio Gutiérrez Lizarraga, creador y director del TEGO, le enseñó a desenvolverse con soltura en las tablas de un escenario. Nos dejaron maravillados con la puesta en escena de “Martes de Carnaval” y con la del “Romance de Gerineldo”. Esta última la representaron en Lincoln (Inglaterra) los alumnos del proyecto europeo ROTA.

No me puedo olvidar del brillante grupo de amigas que siempre iban con ella: Berta Amella, Sandra Relaño, Raquel Allué y Paloma Laporta, entre otras. ¿Me equivoco, Laura? ¿Y qué dirías del susto que me diste cuando te perdiste en Siena en el viaje de estudios a Italia? ¿Y de que no te dejaban entrar en el Vaticano porque llevabas pantalones cortos?

Bueno, pues aquella Laurita se nos ha convertido en una de las mejores poetas de su generación. Y lo vais a entender cuando leáis sus declaraciones y sus poemas. ¡No podría haber sido de otra forma!

Los libros forman parte de mi vida. No entiendo la vida sin ellos. La lectura me ha salvado siempre. Y no quiero desprenderme del decorado de mis paredes, todas recubiertas de libros. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

La voz poética

La voz de Laura, siguiendo las tendencias de la poesía moderna, es el trasunto de su personalidad y de su forma de percibir y de estar en el mundo.

Laura. Escribiendo

Laura Lahoz en un pupitre

Escribo para encontrarme, para situarme en las vidas de otros. Cuando un verso me conmueve o un relato me emociona, me siento plena. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Laura ve el mundo a través de la escritura y de las imágenes que le sugieren las palabras. En su nuevo poemario, El silencio dice, en la tercera parte, La voz ausente, recrea el mundo a través de la mirada de sus poetas preferidos.

¿Qué sería mi vida sin Manuel Vázquez Montalbán, Leopoldo María Panero, Milan Kundera, Alejandra Pizarnik, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Wislawa Szymborska? No sería. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Y, por encima de todo su universo literario, planea el Mundo Clásico, con sus formas, sus ideas, sus paisajes y sus héroes. La Grecia Clásica y sus mitos son el trasunto del libro Constantes vitales. Esas constantes del ser humano que cobraron vida en las páginas del mundo antiguo.

¿Qué sentido tendría el día a día sin el Mundo Clásico, los diccionarios, los juegos de palabras? No tendría ninguno. (De mis conversaciones con Laura Lahoz)

Constantes vitales (2014)

Constantes Vitales. Portada

Estos treinta y ocho poemas son el reflejo del gran amor de Laura por la cultura clásica y el catalizador de sus muchos viajes a las tierras que pisó Homero.

  • Tu mirada me
  • fascina
  • tus ojos
  • me embelesan
  • le decía Safo
  • a su enamorada
  • presa. (Lenguas clásicas)

De su mano recuperamos los nombres, el aroma y los colores del tiempo, detenido en estos versos.

  • Cuaderno
  • de a bordo,
  • anotar
  • cada secuencia
  • de esta existencia. (Bitácora)

Los héroes griegos nos acompañan en esta odisea por distintos países y ciudades, buscando la esencia del ser humano.

  • Mi cabeza es un barco varado en Creta (Ventus Cretae)

Y nos llevan del pasado al presente y nos proyectamos al futuro.

  • El poema es la presencia misma
  • de lo que está por venir. (La noción pura)

Con la ausencia de anécdotas, la presencia de figuras retóricas muy logradas, el calculado ritmo de todos los versos, y la concisión consigue una poesía pura de altos vuelos.

En Blancas impar y negro, cifra el ritmo alternante que apreciamos en todos los poemas, ese ritmo binario que a su vez es la búsqueda del yo y del tú amorosos.

  • Un yo y un tú
  • avanzan en ele
  • por las teclas
  • de un piano
  • negro. (Blancas impar y negro)

En el poema Cuba está su concepción de la poesía como un juego creativo con los distintos niveles de la lengua.

  • Pasen y vean:
  • trapecistas
  • de letras,
  • leones
  • de palabras,
  • domadores
  • de sintagmas,
  • poliedros
  • de sílabas,
  • aristas
  • de versos,
  • pasos
  • de morfemas,
  • notas
  • al pie,
  • plumas
  • de sombreros,
  • membretes
  • de signos. (Cuba)

En este primer poemario ya apuntan los temas que va a desarrollará en los posteriores, junto a una permanente reflexión sobre el lenguaje y sobre la poesía.

Teoría del color. Cyan, Magenta, Yellow, Black. (2015)

Teoría del color

 

Con el intenso colorido del poemario anterior, ya habíamos adivinado la paleta cromática de Laura. Pero ahora lo nuevo es que el propio color se disuelve en los versos. Estos poemas podrían ser un buen complemento para las exposiciones de su madre, Concha Ruesga, que le contagió su pasión por la pintura.

La emoción estética la resuelve con la aposición de imágenes, en un perfecto collage.

  • Amarillo.
  • Teatral rechazo
  • hoja que pasa
  • fruta con ritmo
  • disco solar.

O con imágenes llamativas

  • Cian
  • Cristal opaco
  • el mundo perfora
  • el fondo del vaso.

Y no se nos escapa esa referencia estética al fondo del vaso de Luces de bohemia

de Valle Inclán.

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El silencio dice (2016)

  • El silencio dice
  • lo que la escritura
  • esconde. (El silencio dice)

Como las obras clásicas, está organizado en tres partes, Perfil de nadie, La voz ausente y Rumbo interior, precedidas por un preámbulo sin título. Desde el primer poema percibimos un revisionismo y una evolución de la voz poética.

Hoy es la palabra del momento.

  • La esencia, el aliento.
  • Recuerdo cuando
  • las letras cifraban intentos. (¿Comunica?)

En esta nueva mirada sigue la pasión por la cultura clásica, pero deja aflorar el mundo de los sentimientos con gran fuerza.

  • No tengo batería,
  • estoy sin cobertura
  • de pensamiento. (¿Comunica?)
  • Al lado del corazón
  • están la vida y los versos. (Principio de incertidumbre)
  • Lo que deseas
  • no es siempre lo que necesitas. (Caligrafía)

El silencio dice es una poesía madura y reflexiva, con gran dosis de ironía. Como en los poemarios anteriores, es una poesía pura, con ausencia de anécdota, que se resuelve en poemas muy breves, con una gran concentración de las ideas y las sensaciones.

Para terminar

Querida Laura: tú, y alumnos como tú, me dais la energía y el entusiasmo para seguir escribiendo. En estos escritos intento recoger lo que aprendí de vosotros. Intento hacer confluir los senderos por los que transitáis mis alumnos para que nuestra experiencia colectiva no muera del todo y para satisfacer el orgullo que me produce haber tenido alumnas como tú.

Carmen Romeo Pemán

20170812. Biel. Laura y Carmen

Laura Lahoz con Carmen Romeo a la salida del recital poético. Biel, 12 de agosto de 2017.

Imagen destacada: Laura Lahoz y María José Moreno. El Frago, 12 de agosto de 2017. Foto de Carmen Romeo Pemán.

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Addenda

Curriculum y publicaciones

Laura Lahoz Ruesga (Zaragoza, 1977), profesora de Lenguas Clásicas, es Licenciada en Filología Clásica (Universidad de Zaragoza), Máster en Edición (Universidad de Salamanca) y en Fomento de la Lectura (Universidad de Alcalá de Henares). Es miembro de letr@demoldeeditorial. Y ya tiene en su haber una buena cartera de publicaciones.

El silencio dice, en prensa, 2016.

Teoría del color, letr@demoldeditorial, colección Asuntos internos.nº.1, Zaragoza, Agosto, 2015.

Constantes vitales, Olifante, Ediciones de poesía, colección Papeles de Trasmoz, Zaragoza, 2014.

Está incluida en las siguientes antologías:

Parnaso 2.0: Un mar de labrantíos. Antología de poesía aragonesa del siglo XXI, VV.A.A., Gobierno de Aragón, 2016. http://parnaso2punto0.aragon.es/?p=616

La Mística, edición y coordinación de Manuel Martínez Forega, Editorial Olifante, 2016.

Con Clave de Fa aún mayor, de Ricardo Comín Anadón y José Ramón Mañeru, Zaragoza, 2015.

Los Borbones en Pelota, Edición coral SEM y VVAA, coordinada por Manuel Martínez Forega, Editorial Olifante, 2015.

Yin. Poetas Aragonesas: 1966-2010, Zaragoza, Olifante, 2010.

Y ha participado en numerosos recitales poéticos, con María José Moreno.

Velada poético musical. Biel y El Frago. Músicos: Joaquín González (guitarra), Jaime Lapeña (violín). Castillo de Biel,  12 de agosto, 2017. El Fosal, El Frago, 12 de agosto, 2017.

Vermú poético musical. Casa del traductor. Músicos: Juan Millán (percusión), Jaime Lapeña (violín), Leslie Dowdall (voz y guitarra), Tarazona, Zaragoza, 1 de julio, 2017.

Palabra de mujer. Los mundos de su voz. Poetas españolas, iberoamericanas, y nórdicas: Asociación de mujeres Lacarra, Daroca, 14 de noviembre, 2015. Y en la  Biblioteca pública de Costean, Huesca, 21 de noviembre, 2015. http://bibliotecacostean.blogspot.com.es/

La noche oscura. Homenaje al Greco, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León. Música del laúd de Manu Sesé.  Biblioteca de Costean, 28 de marzo, 2015. http://bibliotecacostean.blogspot.com.es/

El fuego de la libertad. Homenaje a Julio Cortázar y Octavio Paz. Músicos: Daniel Zapico (Tiorba) y Joan Miró (Flauta).La Campana de los perdidos, Zaragoza, 21 de septiembre, 2014.

Sublime absurdo

Mario estaba emocionado. ¡Su primer trabajo! Distaba mucho de parecerse a los sueños de futuro que había ido forjando a lo largo de su carrera; “pero menos da una piedra” –solía decirse cuando el pesimismo amenazaba con invadirlo– “al fin y al cabo, estrenarme en un medio rural tiene sus ventajas”. La carrera de Medicina se le había hecho eterna. Pensaba que en los últimos años lo único que le había librado de tirar la toalla había sido la pereza de tener que empezar otra licenciatura. Total, la duración iba a ser la misma. Y no debía confundir el hastío y el cansancio de tantos años de facultad, con la pérdida de su vocación.

Por increíble que pareciera, llegó el día en que se licenció. Y le ocurrió como en los cuentos de hadas: lo que parecía ser la meta, en el fondo, solo era el principio de un nuevo peregrinar. El final de las historias, con la boda del príncipe y la princesa y el consabido: “y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, en realidad no era un fin, sino un comienzo. El aterrizaje en la vida real se lo procuraron algunas indirectas paternas cuando insinuó algo sobre una especialidad: “hijo, estamos orgullosos de ti y encantados de los sacrificios que hemos hecho para que estudiaras, pero ¿no deberías empezar a buscar un trabajillo? No es que tu madre y yo no queramos que sigas aprendiendo. Lo que pasa es que tienes más hermanos estudiando, y mi sueldo no da para tanto”.

Las reflexiones de sus progenitores y la paciencia de su eterna novia le ayudaron a decidirse. En vez de preparar una especialidad, como hubiera sido su sueño, se quedó en médico de cabecera y aceptó la oportunidad de estrenarse en el medio rural. Inició la convivencia en pareja con su novia –ahora flamante esposa–, con cuestiones tan prosaicas como “¿qué te parece, Chelo? ¿alquilamos de momento algo, o nos metemos en una pensión? ¿seguro que no te importará vivir tan lejos de tus padres?”

Y Chelo, primero novia fiel desde que tenían doce años, y luego esposa ejemplar y paciente como la que más, estaba dispuesta a seguir a su Mario al fin del mundo. Y casi, casi fueron literales sus palabras, porque aquel pueblecito ni siquiera aparecía en muchos mapas. Escondido en mitad de una sierra, solo se podía llegar por una carretera de acceso compuesta de curvas encadenadas que terminaba en la plaza principal. Bueno, principal y secundaria, porque era la única plaza del lugar. El pueblo no era ruta de paso a ninguna parte, y Mario incluso creyó ver algunas briznas de hierba asomar por el centro del asfalto conforme se iban acercando a su destino. La flamante pareja, sin hablar entre ellos, rezaba para que su coche de segunda mano sobreviviera a la ascensión. Ninguno quería poner voz a sus miedos, aunque compartían pensamientos parecidos. Tal vez habrían debido pensarlo mejor, antes de aceptar ese destino sin siquiera visitarlo previamente. ¡Si por allí debía pasar una media de tres vehículos al año!

Pero si algo llevaban en su equipaje era optimismo. Y la llegada supuso un alivio, cuando vieron en la plaza un comité de recepción que, dedujo Mario, debía estar allí esperándolos a ellos, a juzgar por la escasez de tráfico local. La bienvenida fue efusiva: el cura, el boticario, el maestro, y el alcalde los acompañaron a la casa del médico, donde los dejaron instalados.

Al día siguiente Mario debutó solemnemente en la consulta. Su primer paciente fue, nada más y nada menos, que el señor alcalde. Tenía unas anginas de caballo, de esas que hacían que tragar fuera poco más o menos que una misión imposible, y así se lo hizo saber su Excelencia al Señor Doctor. Mario se vio invadido por el pánico cuando, tras manifestar el alcalde que la vía oral quedaba descartada por el intenso dolor, aclaró que, por principio, las agujas e inyecciones le daban alergia. “¡A ver qué hago ahora, pensó Mario!”. Pero su ángel de la guarda vino en su ayuda. Llevaba en su maletín unos supositorios de sulfamidas, novedad en aquellos años cincuenta, y ni corto ni perezoso entregó el medicamento al regidor, explicando con delicadeza y todo lujo de detalles la forma y manera de administración.

Al cabo de pocos meses, Mario había adquirido una seguridad en sí mismo que superaba sus mejores sueños. El pueblo lo adoraba, y rápidamente se convirtió en el quinto personaje de las celebridades locales. Le gustaba decirle a su Chelo, en un tono doctoral impropio de sus pocos años, lo orgulloso que estaba de que todos los convecinos se hubieran dado cuenta de su excelente preparación profesional.

Y su Chelo asentía y callaba, dándole la razón en todo y agradeciendo al cielo el modo como se habían desarrollado los hechos. Porque Chelo tuvo el buen tino de no confesarle jamás el sublime absurdo sobre el que se había basado su impoluta reputación. Y el hecho, celosamente guardado en secreto, no fue otro que una confidencia de la señora alcaldesa. En una visita de cortesía a la esposa del doctor, y tras unas copitas de vino dulce, que todo hay que decirlo, la primera dama del pueblo le contó a Chelo que, a los dos días de ponerse los supositorios, la garganta de su esposo empezó a mejorar. Y el alcalde hizo a su alcaldesa un comentario, que luego recorrió el pueblo elevando hasta cotas insospechadas la admiración de los vecinos ante la sapiencia del nuevo galeno local:

–Micaela, ¡lo que hemos ganado con el médico nuevo! ¡Hay que joderse! El otro doctor no consiguió arreglarme nunca la garganta a base de “pildoricas”. ¡Y éste hay que ver la ciencia que tiene! ¡Qué de libros habrá tenido que estudiar! ¡Porque quién iba a pensar que la raíz de mi mal –y aquí señalaba primero a su garganta, y luego a sus posaderas– estaba tan lejos y tan honda!

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Pequeña y grande: biografías ilustradas de mujeres para niños

Una artículo enmarcado en el #LeoAutorasOct

El pasado mes de enero, mi hija cumplió un año. En este mundo tan loco, en el que las fiestas de cumpleaños son como bodas y las bodas como enlaces de la realeza, nosotros celebramos el cumpleaños de Valeria en el parking, con bocatas de jamón y de chocolate, pasteles y tortillas. Todo muy noventero porque, total, ella no se iba a enterar de nada.

Excepto de los regalos. Toda la familia escogió agasajar a Valeria (y a los bolsillos de sus padres) llenándole el armario con todo lo que podría necesitar en el próximo año. Unos amigos, en cambio, le regalaron lo más bonito y maravilloso del mundo: libros.

Pero no unos libros cualquiera, no. Era una colección de biografías en forma de cuentos ilustrados sobre grandes mujeres de nuestra historia: Marie Curie, Agatha Christie o Coco Chanel, entre otras.

 El #LeoAutorasOct

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Dejadme hacer un inciso. En agosto de 2016, un grupo de tuiteras decidieron leer únicamente a escritoras durante el mes de octubre. Esta iniciativa busca dar visibilidad a las autoras en el mundo editorial a través de la lectura, compra y recomendación de su obra. Es el #LeoAutorasOct (leo autoras en octubre). Este año se repite este movimiento, que tiene vocación anual.

El año pasado llegué tarde, pero este me he propuesto traer la iniciativa a mi casa. Porque, aunque leo autoras durante todo el año, si miro mi biblioteca, más del ochenta por ciento de los libros están escritos por hombres. Posiblemente es porque hay menos libros publicados por mujeres pero, ¿es que ellas escriben menos? ¿O es que, como en otras profesiones, hay un techo de cristal?

Tiendo a pensar esto último. Los editores de Joanne Rowling temieron que los niños no acogieran bien sus libros si veían que estaban escritos por una mujer. Desde entonces, sus iniciales disfrazan su sexo en la portada de Harry Potter. ¿Existen esos prejuicios en los niños? ¿Los imponen los editores? Y, si ellos creen que los críos leerían menos a una mujer que a un hombre, ¿no será porque se dejan llevar por ese desprecio inconsciente cuando tienen delante la obra de una mujer?

El #LeoAutorasOct debe ser un golpe en la mesa para demostrar que las mujeres sí interesan. Que sí venden. Y, aunque durante el año también sería bueno tenerlas en cuenta, es necesario realizar llamadas de atención para luchar por algo justo: que todos los libros buenos merecen ser leídos, independientemente de los genitales de quienes los escriban.

Otras iniciativas que colaboran con la visibilización de la mujer

Las chicas de #LeoAutorasOct, que recogen su iniciativa en su blog, no son las únicas abanderadas de esta lucha por el reconocimiento de la mujer en la literatura. La Editorial Cerbero ha creado un pack que contiene todos los tomos publicados por autoras en su editorial. Adopta a un autora pretende animar a los lectores a conocer a fondo y difundir la obra de una autora. La nave invisible da a conocer en su blog a mujeres que escriben Ciencia ficción, fantasía y terror, y además de crear fichas sobre ellas hacen reseñas de sus libros.

Pequeña y grande: poesía, ilustración y mujeres

Dicho esto, y porque he visto muchas recomendaciones para adultos pero ninguna para niños, vuelvo a la colección que nuestros amigos le regalaron a Valeria. Pequeña y grande, de Alba Editorial (Barcelona), tiene seis volúmenes publicados Se editan en castellano y en catalán, y la autora es Mª Isabel Sánchez Vergara.

A través de unas rimas poéticas sencillas, los pequeños se acercan a la vida de poetisas, escritoras, diseñadoras y científicas. Mujeres que han dejado su huella en el mundo y que sirven de inspiración a, y nunca mejor dicho, grandes y pequeñas.

Cada tomo está ilustrado por un profesional diferente y eso se refleja en el estilo de los dibujos, que parecen responder al carácter de cada protagonista.

Recomiendo esta colección por dos razones. La primera, porque se nota que cada tomo ha sido cuidado con mimo y muestra la calidad que hay detrás de los textos, las ilustraciones y la edición. La segunda, por lo que significa que exista una colección de biografías de mujeres para criaturas, y no solo para niñas. Es cierto que ellas deben descubrir que hay mujeres a las que pueden imitar, pero ellos también necesitan aprender que alcanzar metas altísimas no es solo cosa de hombres.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de las portadas en Alba Editorial

Imagen del día de la escritora del blog de #LeoAutorasOct

Mosen Matías

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas Aragonesas

Como todas las tardes, me senté debajo del emparrado que había a la entrada del pueblo. El ruido de un coche rojo me sacó del sopor de la siesta. Subía renqueante por la cuesta, el tufo de la gasolina inundó el ambiente y pensé: “¡Se acabó la tranquilidad! Estos veraneantes son una plaga. Llegan como si fueran los dueños del pueblo”.

Como de natural soy un poco curioso, me levanté del poyo con ayuda del bastón. En ese momento, el coche paró delante de mí y se abrió la puerta del conductor. Con el sol de cara no podía ver bien. Me puse las manos en forma de visera y distinguí la silueta de una mujer de unos cuarenta y pocos años.

–¡Buenas tardes, mosén! –me dijo mientras se quitaba las gafas de sol, se ajustaba la bandolera al hombro y se echaba la melena rubia hacia atrás.

De repente me quedé parado. Entonces ella cerró la puerta y desapareció por la calle que llevaba a la plaza.

Esa voz me decía algo. Se parecía a la de María, la hija de la Bernarda, que ya descansaba en paz. Pero habían pasado tanto tiempo después de todo aquello que ya no estaba seguro de nada. Si no hubiera sido por el lumbago, me habría acercado para asegurarme.

Hacía muchos años que María se había marchado del pueblo. Me acuerdo muy bien. Se fue llorando por camino del puente y ya no volvimos a verla. Fue el día que se enteró de mis relaciones con su madre.

Como era una joven impulsiva y rebelde no quiso atender a razones. ¡Y mira que intenté explicárselo! Pero ella que no, que yo había querido engañar a la Bernarda y que se avergonzaba de su madre. Era demasiado joven para entender lo difícil que le resultaba a su madre vivir con un borracho que le pegaba. Por eso se vino a confesar. Quería decirme que iba a abandonar a su marido. Y yo que no, que la obligación de la esposa era estar sujeta al marido. Pero la vi tan empecinada que comencé a darle vueltas y a pensar cómo podría ayudarla. Porque la Bernarda era una de esas mujeres bondadosas, incapaces de levantar la voz a nadie.

Después de mucho cavilar, un día le propuse que viniera a hacerme las faenas de casa. Que le pagaría bien y ella podría llevarle dinero a su marido. Que así la dejaría tranquila si tenía asegurados los cuartos del vino y del juego. En esa conversación me enteré de que la Bernarda, y todo el pueblo, estaban al corriente de que yo aliviaba mis necesidades de hombre con algunas mujeres que no llevaban buena fama. Porque, de repente, me espetó:

–Mosén, si me paga bien, no tendrá que comprar favores a nadie. Usted me arregla la vida a mí y yo se la arreglaré a usted.

Así fue como entró en mi casa. Después, poco a poco, nos fuimos encariñando, que los dos andábamos faltos de afecto. Al cabo de un tiempo, estábamos enamorados como dos tórtolos. Y ya no nos importaba nada ni nadie. Pero el día que me dijo que estaba preñada sentí una punzada en la boca del estómago.

Al principio fue fácil ocultarlo y hacerle creer al marido que era el padre de la criatura. Con el tiempo, se desataron las lenguas. Se empezó a correr que la niña se me parecía, y que hasta tenía un gran lunar en la mejilla izquierda, como el mío. Pero todo se desbarató cuando uno de los pretendientes de la muchacha le dijo que era hija del cura y que su madre era una barragana.

Vino hecha un basilisco y se descaró conmigo.

–¡Usted mismo me enseñó los Mandamientos de la ley de Dios. Creo que el octavo era No dirás falso testimonio ni mentirás. El noveno, No consentirás pensamientos ni deseos impuros. Y el décimo, No desearás a la mujer de tu prójimo. Pues usted ha cometido tres pecados mortales. Ha pecado contra el octavo, el noveno y el décimo. Y, como no se puede confesar, que en el pueblo no hay otro cura, se va a quemar en el fuego eterno”.

Yo intenté explicarle la verdad. Decirle que no era hija del pecado. Pero no me escuchó. Me escupió a la cara y empezó a correr por el camino que llevaba al pueblo más cercano. Desde ese día la estoy esperando para contarle la verdad.

Aquella tarde, la mujer del coche rojo me revolvió las entrañas. Cuando la vi alejarse del pueblo, me senté de nuevo en el poyo, justo en el otro lado del emparrado, desde donde podía divisar el almendro del cementerio. Y, como todos los días, le conté a la Bernarda que desde que ella se murió la vida había dejado de tener sentido.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Fotograma de la película Journal d’un curé de campagne (1951)

 

Cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia

En esta semana, con las tareas hasta el cuello, me resultaba muy difícil escribir y, de repente, me vino la pregunta: ¿Cómo mantener intacta la motivación? Y, mientras intentaba responderla, me di cuenta de que no se trataba solo de la motivación de unos minutos para escribir, sino de cómo mantenerme motivada para todas las cosas que tengo que hacer en un día y las que me gustaría hacer.

Reflexioné unos minutos y descubrí que, con el paso del tiempo, nos sentimos obligados a formar parte de un sistema, en el que las cosas solo pueden ser de una manera. Y en nuestro afán por encajar en él, el miedo se apodera de nuestras acciones y terminamos comportándonos de forma automática, lo que nos lleva a vivir en un estado constante de estrés y ansiedad. La motivación nos decae cuando queremos cumplir con nuestras metas, porque parece que el mundo está en nuestra contra todo el tiempo.

Hoy voy a reflexionar sobre un concepto que me ha ayudado en estos últimos días a mantenerme motivada: la metacognición (Meta=más allá. Cognición=del latín congnitio, acción y efecto de conocer). Según el psicólogo y pionero del concepto, John Hurley Flavell, la metacognición se refiere a la capacidad que tenemos las personas para reflexionar sobre nuestros procesos de pensamiento y la forma de aprender. Gracias a ella podemos conocer y regular nuestros procesos mentales básicos, los que intervienen en la cognición.

Una estrategia para mantener la motivación intacta consiste en conectarnos con nuestra verdadera esencia, con lo que nos define, nos apasiona y nos quita el sueño.

Y esto me lleva a hablar de la metacognición como una alternativa para potenciar la conciencia sobre nuestros procesos cognitivos y su autorregulación, de tal manera que nos conduzcan a transferir el aprendizaje a todos los ámbitos de nuestra vida.

Con la metacognición podemos analizar nuestro pensamiento y, además,  nos permite conocer el nivel de conciencia y conocimiento que tenemos sobre una tarea y su monitorización. Este análisis es importante porque nuestros pensamientos, sentimientos y acciones crean nuestra realidad, determinan cómo nos sentimos y cómo nos comportamos.

“Quiero escribir, pero no tengo tiempo y tampoco soy lo suficientemente buena. Quizás no tengo el talento. Todavía no tengo las competencias. Es imposible sacar el tiempo cuando se tienen tantas obligaciones”. Estos, y otros pensamientos parecidos, me acuden cuando no puedo sacar esos minutos para escribir. Y si todo el tiempo estoy enviando a mi mente mensajes negativos que van en contra de mis metas, lo más seguro es que termine perdiendo la motivación y desista de seguir adelante.

 

“El aprendizaje más importante es aprender a aprender. El conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo. Nisbet y Schuksmith, 1986.

 

El origen de nuestra interpretación mental está en nuestro sistema de creencias, en los programas que tenemos alojados en el inconsciente. Si nuestros pensamientos están dominados por todo aquello que nos atormenta, estamos entregando información negativa a nuestro cerebro y esto frena la motivación, porque ubica a nuestro sistema nervioso en un estado de protección que nos impide crecer y ver las circunstancias desde la apertura y la oportunidad.

La metacognición nos permite ir más allá del pensamiento habitual, controlar los procesos cognitivos y tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos. A medida que la desarrollamos, nos emerge una nueva mentalidad, que nos conduce a nuevas acciones. Adquirimos una nueva visión interior, autorregulamos nuestros estados mentales y descubrimos nuestro propósito vital.

La clave está en mantenernos conscientes, atentos a quiénes somos, qué percibimos y qué experimentamos. Debemos preguntarnos: ¿este es el tipo de vida que quiero llevar? ¿Es así como quiero vivir? En definitiva, tenemos que volvernos conscientes de cómo pensamos, cómo nos sentimos y qué hacemos, para crear una realidad más ajustada con nuestros valores y nuestro propósito. Adquirir una actitud interior correcta nos permitirá mantener intacta la motivación.

Para conservar nuestra mente sana existen varias técnicas. Una de las que más me gusta es activar la relajación a través de la respiración consciente. Esto permite desarrollar nuestra metacognición y, además, aprendemos a observar nuestra experiencia presente en total aceptación, confianza y seguridad. Entrenamos nuestra atención para desarrollar una conciencia que no envía señales de amenaza a nuestro sistema nervioso, y este equilibrio cuerpo-mente nos ayudará a relacionarnos de manera diferente con lo que sucede y lo que pensamos que nos sucede. Y nos permitirá situar nuestras experiencias de vida en un nuevo contexto. Cuando no nos sentimos amenazados le permitimos a nuestro cuerpo activar una respuesta de relajación que restablece las funciones cognitivas y orgánicas, aprendemos a reunir recursos internos y a desarrollar nuestra resiliencia, que es la capacidad que todos tenemos de sobreponernos a la adversidad.

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Cuando tenemos plena conciencia de los mensajes que enviamos a nuestra mente, y que definen nuestra forma de actuar, podemos hacer frente a todo lo que frena nuestra motivación. Dejamos de lado los miedos y nos lanzamos hacía el cumplimiento de nuestros sueños. Recuerda: “Nuestros miedos no definen quiénes somos”. Desarrollar confianza en nuestra capacidad para resolver problemas y confiar en nuestros instintos nos ayudará a construir la resiliencia. Cuando nos enfrentamos a tareas o situaciones que nos producen malestar emocional, influye más nuestra percepción de la situación que la carga real de trabajo o la verdadera magnitud de nuestro problema.

Por esta razón es conveniente tener presente cuál es nuestro objetivo, qué buscamos conseguir con lo que estamos haciendo y cómo nos beneficiará. No enfoquemos las situaciones y acontecimientos de nuestra vida en términos de bien o mal, ganar o perder. Es mejor considerar todas nuestras experiencias como parte de un proceso vital de aprendizaje. Cuando decaiga tu motivación trabaja en tus puntos débiles, en tus carencias y rentabiliza tu experiencia. Y, sobre todo, potencia tus fortalezas. La actitud es la clave.

Mónica Solano

 

Imagen de Karen Arnold