¿Qué comen los trolls? Guía básica para la creación de razas en la literatura fantástica

De las cuatro mocadianas que escribimos este blog, a Mónica y a mi nos encanta la ciencia ficción y la fantasía en todos sus formatos. Quizá por eso las dos estamos trabajando en sendas novelas fantásticas. La mía está ambientada en una sociedad muy similar a la de las culturas clásicas mediterráneas, y aunque tiene algo de magia, es muy fácil coger un libro de historia para inspirarse en la realidad cuando la imaginación no da para más. La novela de Mónica, en cambio, es mucho más compleja. Es del género de lo maravilloso, donde el mundo y sus habitantes no tienen nada que ver con el nuestro. Los personajes no son humanos; la vida en el planeta donde transcurre su historia ni siquiera está basada en el carbono. Por tanto, debe usar la imaginación y la lógica para no patinar en la trama y, con más motivo, en los detalles que le dan consistencia al mundo como, por ejemplo, qué comen, de qué viven e, incluso, si tienen algún tipo de atributo que les dé pudor enseñar.

¿Qué comen los trolls? Un ejemplo del Mundodisco.

Lord Vetinari, el Patricio de Ankh Morpork, decide que la Guardia de la noche debe tener representantes de minorías étnicas de la ciudad. Así es como, para desgracia del Capitán Vimes, un troll, un enano y una mujer se presentan como reclutas. Troll y enano, razas en histórico conflicto, forman equipo y el día a día les fuerza a conocerse un poco más y desechar creencias establecidas que tenían poco de verdad.

Como, por ejemplo, cuando un enano descubre que los trolls no comen humanos. “¿Cómo?”, os preguntaréis. “Si todo el mundo sabe que los trolls se ponen debajo de los puentes y se comen a los viajeros que no responden correctamente a sus tres preguntas”. Sí, ya. Pero Pratchett lo explica de una manera soberbia: ¿Verdad que los humanos son de carne -y grasa y agua-, y comen eso para sobrevivir? Entonces, ¿de qué le sirve una pierna humana a un ser hecho de silicio y otros materiales rocosos?

Monstruo de las galletas GIF

¿Hay peor monstruosidad que destruir galletas en vez de comérselas?

Usando la lógica, tiene sentido que un troll hecho de piedra coma piedras.

Esta historia se cuenta en Hombres de armas.

La jerarquía de necesidades

Qué come un troll es uno de los detalles nimios que no tienen por qué aparecer en una novela pero que, según cómo hayamos diseñado esos pormenores, hará que la estructura familiar y social tenga una forma u otra. Para eso, a mí me gusta jugar con la pirámide de Maslow.

Abraham Maslow fue un psicólogo estadounidense de corriente humanista que estudió el camino hacia la autorrealización de las personas. Creó una jerarquía de necesidades que trasladó a una pirámide para hacer su teoría más visual.

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Así, según Maslow, a medida que vas cubriendo las necesidades de abajo, vas teniendo las de arriba. Me explico: si no tienes qué comer, difícilmente te va a importar autorrealizarte en la vida. Esto también tiene sentido, ¿verdad?

Y ahora os preguntaréis: ¿podemos aplicar la psicología humana a cualquier raza de nuestro mundo? Quizá no. Pero, como para escribir e imaginar nos basamos en lo que conocemos, y lo que conocemos son los humanos, no veo nada mejor que inspirarnos en ellos para tener unas pautas que nos ayuden a crear nuestras razas.

La pirámide de Maslow y las cocinas de los trolls

Vamos a ver, punto por punto, en qué nos ayuda la Pirámide de Maslow para definir nuestras razas y, por ende, las sociedades  en las que viven. Según sea esa sociedad, nuestra trama encajará más o menos así que no es un trabajo menor.

Necesidades fisiológicas. Esta es la categoría más sencilla: lo que necesita nuestra raza para sobrevivir. ¿Nuestra raza respira? ¿Se reproduce y tiene sexo? ¿Necesita comer? ¿Duerme? Si se reproduce ¿todos sus miembros pueden hacerlo? ¿Son embarazos dentro de cuerpos o se crían en, no sé, ¿huevos? Según qué decidáis, la estructura familiar será de una forma u otra. Si los neonatos no necesitan progenitores, quizá las crías viven juntas bajo el cuidado de profesionales. Igual son seres con branquias que pueden vivir en tierra pero necesitan sumergirse cada cierto tiempo en agua dulce. O necesitan dormir pero mueren si se quedan quietos demasiado tiempo.

Si aceptamos la hipótesis de Pratchett hemos quedado en que los trolls comen piedra. Así pues, de nada sirve que haya batidas de caza, al menos para comer. En todo caso, quienes se encarguen de conseguir recursos alimenticios serán mineros, ¿no? Por otro lado, ¿necesitan una cocina? Está claro que un fogón normal no les serviría de mucho, no creo que se pueda calentar un trozo de roca. Igual un horno de herrero les haría más servicio, y un yunque.

Ya veis, son muchas decisiones, y las más básicas.

Necesidades de seguridad. Una vez se han satisfecho las necesidades primarias, aparecen estas: son aquellas que aseguran que nuestra raza va a estar bien. Por ejemplo: ¿Pasa frío o calor? ¿Tiene efectos adversos para su salud? Según Pratchett, los cerebros de silicio de los trolls funcionan mejor con una baja temperatura. Es decir: si hace calor se vuelven tontos, por lo que es lógico que, si quieren pensar bien, buscarán lugares fríos en los que trabajar.

Por otro lado, los trolls de ciudad que no tengan una mina cerca posiblemente necesitan trabajo para comprar piedras. ¿De qué puede trabajar un troll? ¿Quién va a contratarlo?

Estas dos partes de la pirámide, además, nos ayudarán a definir el conjunto de sociedad. Saber qué necesitan para vivir es imprescindible para conocer la demanda de la población e, incluso, dónde está el capital y en manos de quién están los recursos. Si recordáis la última peli de Mad Max: Fury Road, el recurso más buscado era el agua, y esta estaba en manos de Immortan Joe.

Immortan Joe controlando el agua

Sabed, también, que quien controla los recursos necesarios para la vida controla la sociedad en sí. No lo olvidéis nunca.

Necesidades sociales. Ya sabemos qué necesita nuestra raza para sobrevivir. El siguiente paso es saber si es una raza social o no y, según eso, definir qué entra dentro de la normalidad. El ser humano es un animal social por naturaleza y así solemos crear nuestras razas. Si nuestro protagonista es individualista o solitario lo hacemos para conferirle un rasgo especial, para marcar la diferencia con el resto.

De ser así, entonces debemos crear unas normas sociales a las que los personajes puedan o no acogerse y, sobre todo, tener en cuenta que nuestra trama tenga sentido en ese tipo de sociedad. Si la vida ha surgido del mundo vegetal y los niños salen de pequeños capullos que brotan de la tierra, es fácil que las familias tal y como las conocemos no tengan sentido. Si es una raza cuyo sistema reproductivo está en el interior del cuerpo y no tienen necesidades de frío ni de calor, quizá es más lógico que vayan desnudos que vestidos. Y quien se ponga una falda, por ejemplo, llamará la atención.

Además, hay que sumarle otras muestras de afiliación como son la amistad, el amor fraternal o familiar y las relaciones románticas.

Necesidades de autoestima. en este caso, nos referimos a la necesidad de respeto y de autoconfianza en uno mismo. Según Maslow, la necesidad de autoestima y de reconocimiento son las más sofisticadas, aquellas que solo aparecen si las tres anteriores están cubiertas.

Bien, ¿qué necesita nuestra sociedad para que una persona se sienta reconocida? En una aldea de Trolls, es posible que se valore especialmente al espécimen que sea capaz de romper la roca de un solo puñetazo. En una sociedad de plantas humanoides que haya llegado a la era espacial, es posible que un ser respetado sea el que pilote naves como quien lleva un triciclo. En nuestra sociedad siempre se ha considerado exitoso a aquel que, con treinta años, tenga una pareja preciosa, coche, casa, hijos, perro y un trabajo que le ingrese varios ceros en el banco.

Como veis, en la época de mis padres, la persona más exitosa era aquella que había cumplido con las tres primeras necesidades de la pirámide de manera excelsa y holgada.

Claro que este éxito debe servir para el propio reconocimiento del personaje. Son valores o creencias comunes que hacen que uno mismo se quiera y que los demás también lo hagan.

Necesidades de autorrealización. Como decía antes, en los 90, el exitoso era el que había conseguido la casa, el niño rubio de ojos azules y el coche deportivo. Ahora, bien superados los 2000, hay otra cosa que se nos ha puesto por delante, quizá porque sabemos que las nuevas generaciones lo tenemos más difícil que nuestros padres a la hora de cobrar. Ahora, lo que importa, es la autorrealización.

¿Qué quiere decir eso? Cada uno tenemos objetivos vitales que hace que nos sintamos orgullosos de nosotros mismos. La realización personal depende de cada ser y de sus gustos y voluntades. Sin embargo, estos gustos están influenciados por la sociedad, y la sociedad depende de nuestra naturaleza y nuestras necesidades.

¿Cómo se autorrealizará un troll? Consiguiendo ser tan listo en un clima cálido como en uno frío, por ejemplo. Preparando las rocas más deliciosas del mundo. Cincelando su cuerpo (badumtsss) para presentarse a Mister Troll 2097. ¿Quién sabe? Lo importante es que la autorrealización pasa por conseguir logros que vienen definidos por nuestra naturaleza y nuestra sociedad.

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Si fuera junto a David Bowie yo también querría ser la reina troll

 ¿Lo veis? Está todo ligado. Si no fuera tan lógico os diría que es magia, y por eso me gusta tanto.

 La pirámide de Maslow, que se utiliza en psicología, en Marketing o en Comunicación, también puede aplicarse a la literatura. No deja de ser una guía, una plantilla que nos dice si vamos bien encaminados si queremos crear una raza o una sociedad distinta de la nuestra y que siga teniendo sentido.

En el caso de que la raza sea la humana pero la sociedad sea inventada, solo tenemos que saltarnos las dos primeras necesidades porque ya nos son conocidas. Una vez empezamos a trabajar en cómo es la sociedad, podemos seguir con el resto de necesidades para crear nuestros personajes, ya sean protagonistas, antagonistas, acompañantes o lámparas sexys (esto último mejor no, por favor), y que aporten valor a la idea que queremos transmitir con nuestras historias.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Efraimstotcher

 

 

Un breve relato de terror: el corrector

Juan miró el pasillo. El olor pestilende del orín se mezclaba con el de la humedad de las paredes y con el de la comida descompuesta. El techo, que casi se podía tocar con los dedos si se levantaba la mano, tenía desconchones y bolsas de agua, además de diez ojos de buey. Algunos estaban rotos, otros fundidos y, el único que funcionaba, titilaba.

Miró a su criatura, a la que sujetaba con fuerza con la mano. Intentaba engañarse y creer que la estaba tranquilizando, pero él era quien necesitaba valor y consuelo. Su niña bonita había sido el fruto de su amor y, aunque sabía que lo que iba a hacer era lo mejor para ella, se estremecía al pensar en dejarla a solas con un desconocido. ¿Cómo la trataría? ¿Tendría con ella la consideración que se merecía? ¿Sobrevivirían a esta intervención?

Se concentró en la meta que apenas entreveía al final del pasillo. Dio un paso, luego otro. A medida que se acercaba, se hacía más claro el lugar en el que todo cambiaría. Era una puerta de madera con un gran sobre de cristal opaco que empezaba a media altura y ocupaba toda la parte superior. Detrás, una luz moribunda resaltaba unas letras desgastadas que apenas se leían. El mensaje sobresalía por entre las salpicaduras de sangre de sus clientes anteriores:

“Hacemos correcciones de textos literarios”

Os estaréis preguntando qué hace Carla publicando un relato un lunes, si los lunes, en Mocade, son días de artículo. Y tenéis razón.

Quizá, cuando leáis mi relato , pensáis que exagero. Que el autor no ve a los correctores como terribles mutiladores de su obra y, por tanto, de su ingenio. Quizá. Pero, cada vez que me pongo a bucear entre los ebooks publicados en Amazon por escritores indies, me acaban sangrando los ojos con sinopsis plagadas de faltas y de puntuación creativa.

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Un ejemplo de puntuación creativa. Amazon.

Llamadme quisquillosa pero, como lectora, solo pido un mínimo de respeto por la lengua en la que intentamos comunicarnos. Y por mis ojos, que sufren mucho.

Uno de esos días en los que lloraba sangre con profusión después de una búsqueda de lectura nueva, y teniendo en mente la preparación de este post, se me ocurrió examinar qué era lo que los escritores noveles hacían antes de (auto)publicar un libro. Si lo corregían o qué. Como formo parte del grupo de Facebook “Libros, lectores, escritores y una taza de café”, aproveché para preguntarlo:

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Las respuestas cubren todas las opciones que tiene un escritor:

“¿Corrección? ¿Qué corrección?”. Escribí esta opción con los dedos cruzados, incluso los de los pies, temiendo que alguien la eligiera. No fue así, por suerte.

“Solo lo he corregido yo”. Pienso que esta opción es casi lo mismo que no corregirlo. Porque es muy difícil ver los errores propios (si lo escribiste mal, ¿seguro que vas a verlo? ¿No lo habrías escrito bien a la primera?) y posiblemente el texto cojee más que Claudio.

“He pasado mi libro a otros escritores para que corrigieran”. Pensaba, de verdad, que esta opción tendría más acogida. Porque es de suponer que un escritor conoce los trucos del oficio y te puede decir qué cosas son las que fallan: si las tramas cuajan o aburren, si los personajes son más planos que un folio o si tienen más curvas que la Pedrera. Dejar tu novela a un escritor es una buena idea, pero no es imprescindible que tenga la misma formación específica que un corrector, por lo que pueden obviar muchas cuestiones de estilo y ortográficas.

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La Pedrera. Porque Gaudí odiaba las líneas rectas. Wikipedia.

“He pasado mi libro a lectores de confianza para que corrigieran”. Como veis, esta es la opción preferida, de lejos. Y yo soy partidaria de dar a leer el texto antes de publicarlo, pero para ver si funciona, no para corregirlo Porque, ¿qué formación tienen esos lectores? ¿La que se imparte en primaria y secundaria? No olvidemos que conocer la lengua no es garantía de hacer un buen trabajo de corrección, hace falta algo más. Y recordemos que hay lectores que devoran libros y que, misteriosamente, son impermeables al conocimiento de la ortografía básica como saber que “a ver” y “haber” no se usan indistintamente, aunque suenen igual. Y que “aver” no existe.

“He pasado mi libro a un corrector”. La verdad, me esperanzó que fuera la segunda opción más votada, aunque rivalice por el puesto con los que se autocorrigen.

Las respuestas a la encuesta me acabaron de convencer para escribir este post. Me gustaría desmitificar el papel de los correctores y traductores. Siempre han sido necesarios pero, hoy, que cualquiera puede escribir un texto de menor o mayor calidad y ponerlo a disposición de quien lo quiera leer, más aún.

El punto de vista del corrector

Creo que una buena manera de desmitificar el trabajo del corrector es hablando con uno de ellos. Por eso me puse en contacto con Mariola Díaz-Cano, filóloga inglesa, traductora y correctora ortotipográfica y de estilo.

Carla – Muchos escritores nóveles aún no conocen el trabajo de los correctores. ¿Podrías explicarnos brevemente cuál es vuestra labor?

Mariola – Nuestra labor consiste en revisar que la forma de un texto sea correcta, independientemente de su contenido. Es decir, que ese texto cumpla las normas básicas ortográficas, gramaticales, sintácticas y de léxico que permitan su claridad y comprensión. En definitiva, “limpiarlo” de errores o erratas que puedan tener. Por ejemplo, ese “nóveles”, que es incorrecto. El adjetivo es novel y el plural es noveles, sin tilde. Para ello, contamos con varias herramientas lingüísticas como la norma académica que dicta la RAE y otras muchas (diccionarios, manuales, etc.). Más simple: hacemos que un texto esté correcto, pero puede que ese texto no sea bueno. La calidad la juzgan los lectores.

C – Aunque el trabajo de corrección es imprescindible aún hay muchos autores, especialmente los noveles, que son reacios a contratar vuestros servicios. ¿Cuáles crees que son los motivos?

M – Posiblemente por el precio, pero hay que tener en cuenta que a veces no están seguros o desconocen qué tipo de correcciones hay o necesitan. No es lo mismo una corrección ortotipográfica superficial que una corrección profunda de estilo, mucho más especializada, o una corrección profesional que incluye ambos servicios. Pero lo fundamental es el tiempo que puede llevar ese trabajo. De nuevo, no es lo mismo la corrección ortotipográfica de un folleto, la revisión de una bibliografía, o la de estilo de una novela de 300 páginas. Y todos sabemos que el tiempo tiene un valor importante.

C – ¿Qué es lo más difícil de vuestra labor?

M – Tal vez darte cuenta de que puedes dudar de lo más mínimo o que, en varias ocasiones, la lengua puede ser tan flexible que todo está permitido. Pero sobre todo, en particular en la corrección de estilo, hay que intentar por todos los medios no perderle el respeto al texto. Eso, a veces, es un verdadero esfuerzo, pero ayuda ser capaz de ponerse en el otro lado. Y dado que en mi caso también soy escritora trato de mantener ese equilibrio.

C – Como ya sabemos, un autor debe construir una voz que hable al lector. Aunque, en un mundo ideal, el narrador debería de ser diferente al autor, está claro que es complicado librarse de ciertos modismos o formas del habla. ¿De qué forma interviene aquí el corrector de estilo? ¿Se deben cambiar los modismos o formas de hablar del narrador en pos de un lenguaje más normativo? 

M – El corrector de estilo (y el tipográfico menos) no tiene nada que ver con la voz que decida utilizar el autor. Que este quiera escribir en primera o tercera persona no influye a la hora de usar recursos o figuras según su conveniencia o para construir personajes. O sea, un personaje tendrá la forma de hablar que quiera el autor, independientemente a su voz. El corrector de estilo puede hacer sugerencias o comentarios para mejorar la construcción o comprensión de determinadas expresiones (concordancias, coherencias, pleonasmos, barbarismos, etc.), pero no debe alterarlas más que en el grado que afecte a la norma más básica y fundamental. Siempre será el autor el que tenga la última palabra, él es quien acepta o no los cambios o sugerencias propuestos. Y aquí vuelvo a hablar desde los dos lados. Además, el autor también puede pedir que se mantengan esas características especiales. Donde actúa el corrector de estilo es por ejemplo en mantener la coherencia con el contexto. Si el autor crea un personaje del hampa criminal en una novela negra ambientada en los Estados Unidos de los años 50, en teoría, debe saber hacerlo hablar como tal. Si el corrector de estilo observa que ese personaje habla con giros lingüísticos del siglo XXI, es cuando le llama la atención al autor sobre ello. Eso sí, le corregiría sin dudarlo un “pegale un tiro” o “me ha robado doscientos pabos”, porque eso forma parte tanto de la corrección ortotipográfica como de la estilística.

El punto de vista del corrector que también es escritor

Para esta parte de la entrevista he escogido a Gabriella Campbell, a la que muchos conoceréis por ser una de las blogueras literarias más importantes en lengua hispana.

Carla – Como escritora y correctora, ¿qué significó para ti que otra persona tocara tu trabajo la primera vez? ¿Fue traumático? (doy por hecho que tus libros pasan por otra correctora por aquello de que cuatro ojos ven más que dos).

Gabriella – Pues es un problema, si te soy sincera. Cuando otros correctores han revisado mis textos ha sido un poco desastre, por la sencilla razón de que si dos correctores no están de acuerdo en algo, se inicia un largo proceso de consultas a Fundeu, citas de la RAE y debates sobre el manual de estilo que use la editorial. Así, una corrección sencilla se alarga mucho más de lo necesario.

Debido a esto, para obras autopublicadas prefiero tirar de buenos lectores de confianza que no son correctores profesionales, pero que saben cómo trabajo y dónde suelo meter la pata. Cuando publico con editoriales, intento no intervenir demasiado en la corrección, pero confieso que me cuesta mucho (y he sido editora y maquetadora también, así que te puedes imaginar lo pesada que puedo llegar a ser).

Insisto siempre en la necesidad de otro par de ojos (¡o más!): ya sea un corrector si eres escritor a secas o un lector excelente si ya tienes experiencia como corrector profesional y no te apetece entrar en el bucle que ya he descrito.

C – ¿Qué pasa si tienes un punto de vista diferente ante una corrección? ¿Qué criterio consideras que vale más, el tuyo como autora o el suyo como corrector?

G – Creo que cualquier corrector te dirá que el criterio del cliente acaba pesando más, por la sencilla razón de que es quien paga. Siempre he dicho que, con la excepción de fallos garrafales de ortografía, todas las modificaciones de estilo son sugerencias que el cliente puede aceptar o no. Y en alguna ocasión he tenido que dejar pasar, también, algún fallo garrafal, porque el cliente se empecinaba y no había manera de hacer que cambiara de opinión.

Cuando trabajo como escritora con otro corrector, mi perspectiva ya no es de autora, sino también de correctora. Así que se trata, como ya he mencionado antes, de un debate entre colegas.

 C – ¿Crees que el trato que dispensas a obras y autores como correctora ha cambiado desde que te pusiste al otro lado?

G – Creo que me he vuelto más diplomática, desde luego. Entiendo ahora mucho mejor lo duro que es recibir una corrección (sobre todo de estilo); para muchos autores es una crítica, una manera de decir que no hacen bien su trabajo (cuando no es así, para nada). Así que he cambiado mi forma de comunicarme con autores: presento las correcciones como sugerencias y el lenguaje que empleo con ellos es muy distinto. Está enfocado a que entiendan mis correcciones como maneras de sacarle el máximo potencial a su texto, no como correcciones de algo que ellos han hecho mal. Corregir es, como tantos otros oficios, un aprendizaje constante de trato con el cliente.

El punto de vista del traductor

Si ya es difícil mandar un libro a corregir, imaginaos lo que tiene que ser dejarlo en manos de alguien que habla otra lengua que no sea la tuya. ¡Cuántos miedos! ¿Lo corregirá bien? ¿Sabrá transmitir en inglés, sueco o suajili cómo se siente mi protagonista amado? ¿Por qué no podrán todos hablar la misma lengua que yo, eh? ¿EEEEHHHH?

Por eso he contado con Roberto Correcher. Roberto es muchas cosas: traductor de holandés, danés, alemán e inglés (¡ahí es nada!), pero es que además es guionista y actor. Seguro que muchos lo conocéis por sus papeles en teatro y televisión. Ya, yo también me pregunto cómo tiene tiempo para todo. ¡Hasta para contestar a mi entrevista!

Carla – Una de las cosas más importantes para el autor es encontrar una voz única. ¿Es fácil mantener esa voz en el proceso de traducción?

Roberto – Lamento ser taxativo, pero la respuesta es no. Al leer tu pregunta se me agolpan varias ideas en la cabeza a las que me gustaría dar salida. El mero hecho de hablar un idioma no lo convierte a uno en traductor. La traducción es un «arte de interior» que rara vez se aplaude, es un trabajo solitario y desmedido que no se reconoce. Los traductores literarios preparan su labor mucho antes de ponerse a traducir un libro o una novela, como poco leen obras anteriores de ese autor para familiarizarse con el estilo, el tono —no solo las obras originales, sino también las traducidas—, el contexto social en el que se ha escrito la obra, el contexto social del momento en el que el autor escribió la obra y un sinfín de cosas más que prepararán al traductor para la tarea. Los autores pueden tardar días en dar por buena una frase, el traductor no puede pasar por alto ese trabajo. Es su obligación ser fiel al autor y empaparse hasta la médula, lo cual puede resultar agotador; sin mencionar los plazos de las editoriales, pero ese es otro cantar.

C – ¿Cuál es la relación del autor con el traductor? ¿Le da algún tipo de directriz de cómo quiere la traducción, etc.?

R – Pues varía todo lo que puede variar una relación. Hay traductores que son los «titulares» de ciertos autores. Con el tiempo y el trabajo han ido fomentando una relación, han canalizado empatías y la tarea es mucho más fácil. El autor siempre puede clarificar matices, imágenes, etcétera. Por supuesto, esto no siempre se da, de hecho, no es lo habitual. Lo normal es que se reciba un encargo de un autor que no conoces ni conocerás y al que empezarás a vislumbrar a través de su escritura, algo que también es muy enriquecedor, sin duda. Una buena relación con la editorial basada en la profesionalidad también es indispensable. Habrá correcciones, notas, cambios que uno mismo debe defender y argumentar para honrar el trabajo del autor.

C – ¿Qué recomiendas a un autor independiente que quiera traducir su obra sin el apoyo de una editorial?

R – Hay algunas plataformas (http://www.babelcube.com) en las que los autores tienen sus libros para que traductores que quieran empezar a desenvolverse en el campo hagan sus primeros pinitos y cuyo destino suelen ser plataformas como Amazon, donde la calidad de los libros a la venta no siempre es satisfactoria. Naturalmente, estas traducciones son gratuitas y la recompensa se «traduce» en potenciales y precarios derechos de autor que se compensan con la satisfacción de haber traducido el primer libro.

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Creo que la conclusión que podemos sacar de estos grandes profesionales es que la corrección es necesaria y que no supone ningún trauma acudir a un corrector para que deje nuestro texto tan limpio como se merece.

Desde aquí, quiero dar las gracias a Mariola, Gabriella y a Roberto, y desearles muchísimos éxitos (que ya tienen) a los tres. Dejadme un huequito en vuestra agenda para cuando tenga lista mi novela, que os voy a necesitar.

Para los más curiosos, os dejo las biografías de los tres entrevistados. Seguro que os gustará saber un poco más de ellos.

Mariola Díaz-Cano Arévalo es filóloga inglesa, correctora ortotipográfica y de estilo y traductora, además de escritora desde la infancia. Con casi innato interés por el mundo de las letras y el lenguaje en general, empezó más oficialmente en el mundo de la corrección al participar en un blog literario donde escribía y corregía textos de otros colegas escritores, que empezaron a hacerle encargos. Así que, como correctora ortotipográfica y de estilo, ya son diez libros publicados.

Como escritora tiene varias influencias literarias, con preferencia por el género negro y el más clásico de aventuras, sobre todo las que transcurren en el mar, quizás por contraste con sus orígenes de tierra adentro. Tiene pendientes de publicación un par de novelas y también escribe relatos de varios géneros (RINCÓN LITERARIO – IATA – MDCA CORRECCIONES).

Entre sus escritores favoritos destacan Robert Louis Stevenson, Jane Austen, Walter Scott, Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, Julio Verne o Patrick O’Brian, y más contemporáneos, Arturo Pérez-Reverte, James Ellroy y Jo Nesbø, entre otros muchos.

Gabriella Campbell es licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y tiene un experto en Comunicación. Fue cofundadora y dirigió durante siete años la editorial Parnaso, ha sido correctora y lectora profesional, y en la actualidad se dedica a escribir y a ayudar a otros escritores.

Tiene dos poemarios publicados (El árbol del dolor, Happy Pills) y un libro de relatos de fantasía oscura: Lectores aéreos. Ha colaborado como redactora en diversas revistas y páginas web, entre las que destaca la red literaria Lecturalia.com y su propia web para escritores: www.gabriellaliteraria.com.

También publica libros para autores (70 trucos para sacarle brillo a tu novela), y ha escrito El fin de los sueños y El día del dragón con José Antonio Cotrina.

Roberto Correcher  es graduado en Comunicación y Criminología. Compagina el trabajo de traductor con su gran pasión, la actuación. Además de participar en Yo soy Bea o Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí, podemos verle a menudo por los teatros de Madrid.

Su gran pasión por las artes no se quedan ahí. Además de su formación como guionista y escritor, es un entusiasta de la novela negra y policíaca, especialmente la novela escandinava. Disfruta leyendo a Caleb Carr, Dean Koontz o Edgar Allan Poe.

Cuando se jubile lo encontraréis haciendo yoga junto al mar.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Sandid

El punto de vista del personaje Vs. el punto de vista del autor

Hace unos días, recibí un whatsapp de mi amigo David (¡Hola, David!). Me preguntaba si el personaje de uno de los relatos que tengo colgados en este blog, Muralla de piel, era gay. Su duda me causó bastante impresión. Al escribir la historia no me había planteado cuál era la sexualidad de Yago. Sí que había pensado en él como un chico moderno, sensible, algo crédulo y, seguramente, desesperado —¿quién, si no, consultaría a una médium?—, pero no se me había ocurrido nada sobre con quién preferiría compartir su cama. No lo consideraba importante para la trama de una historia tan corta. Así pues, ¿qué había hecho yo, sin enterarme, para que David llegara a esa conclusión?

La novia llegando al altar

Cuando leí la respuesta me dio por reír. ¡Cómo no me había dado cuenta de algo tan evidente! Me había pasado igual que cuando te enseñan una foto trampa en la que se ve a una pareja acurrucándose ante una puesta de sol y la belleza del ocaso me impide ver que uno de ellos tiene tres brazos. Al centrarme tanto en recrear la atmósfera, había dejado de lado algo tan básico como la experiencia vital del personaje, y había puesto en el texto un símil que correspondía a mi manera de ver la vida, no a la de él.

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¡Anda! ¡Ese chico tiene un pegote entre los dientes! Y así es como no ves que a esa foto le sobra un brazo. Fuente: Colgate

Fallé (sí, los escritores también fallamos. ¡Larga vida a los correctores!) cuando hice que Yago describiera, a través de sensaciones, el espacio. Escribí que, si subía por las escaleras hasta el piso donde se encontraba la bruja, “se sentiría como una novia llegando al altar”. Mi amigo me dijo que no se creía que un tío se imaginara como una novia, un icono tan femenino, sino como Rocky entrenándose o un semidiós subiendo al Olimpo, y que pensó que igual era una manera sutil de explicar que era homosexual.

Un inciso: El lector activo

Durante algúniempo se ha creído que la audiencia era pasiva. El emisor, ya sea en televisión, en un periódico o en un libro, enviaba un mensaje y el receptor lo asimilaba tal cual, igual que un pavo degluta su comida, sin ningún tipo de pensamiento crítico. Con el tiempo, esa teoría ha ido cambiando hasta darle un papel decisivo a la audiencia, a la que trata de activa y supone que, cuando recibe un mensaje, utiliza todos los recursos que tiene a su disposición para descifrarlo.

Si aplicamos esta teoría del acto de comunicación a la lectura, esto quiere decir dos cosas. Primero, que la cultura y las experiencias del lector serán las encargadas de poner el aliño que necesita para descifrar un relato o una novela. Segundo, que el mensaje que llegue al lector no tiene por qué ser igual a lo que el autor pretende transmitir.

Qué jodido, ¿eh?

El ejemplo de David es fantástico para visualizar la importancia del contexto en el descifrado de un texto. Cuando escribí esa frase, quería transmitir la sensación de un paseo majestuoso por las escaleras. En mi imaginario, influenciado por la cultura en la que me ha tocado vivir, uno de los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza es el de una reina recién coronada subiendo a un trono, o una novia, tal como puse en mi relato. Pero mi amigo, y posiblemente cualquier hombre, tiene decenas de ejemplos majestuosos subiendo escaleras, muchos de ellos dados por la cultura popular, como la imagen de Rocky que apuntaba mi amigo. Porque la experiencia, tanto propia como prestada a través de la historia, libros o películas, nos muestra a muchos hombres haciendo cosas majestuosas con las que identificarse. ¿Por qué, entonces, iba un hombre a hacerlo con una novia subiendo al altar?

No solo eso, sino que una mujer a punto de casarse es una estampa extremadamente femenina, y en una cultura donde se han polarizado los iconos de género durante años, un hombre heterosexual difícilmente se identificará con una novia.

No quiero entrar en lo importante que es que existan personajes femeninos molones en la cultura popular, porque creo que Gothic Paranoid ya lo explica en su blog estupendamente. Sin embargo, es necesario apuntar que, su falta, hace que las mujeres nos hayamos acostumbrado a identificarnos con personajes del otro sexo mientras que los hombres no. Por tanto, cuando eso pasa, es lógico que les resulte extraño.

Por supuesto, David ha llegado a esta justificación porque, al no haber dado más datos, se llega a la conclusión de que mi personaje vive en la Barcelona actual. No habría sido así si, por ejemplo, el relato estuviera situado en una sociedad matriarcal o le hubiera dado un trasfondo al personaje que explicara por qué se imagina a una novia subiendo por las escaleras.

¿Y eso, en qué nos afecta como escritores?

Ponemos mucho esfuerzo en la verosimilitud y definición de nuestros personajes como para que llegue un pensamiento desubicado que lo tire todo por la borda. Si olvidamos del punto de vista que estamos tratando, puede que el lector saque conclusiones que no esperamos o, incluso, que se haga una idea de los actores de nuestra historia que haga la trama poco veraz. Imaginaos que nuestro personaje es Clint Eastwood y, al ver a un gatito, le entran ganas de restregar la cara por su pelaje y lanzarle besitos en la barriga. Igual ese pensamiento lo tenemos las locas de los gatos, pero no me imagino a este señor, cigarro en boca, achuchando a un minino. Más bien lo visualizo disparándole entre los ojos si al dulce animalito le da por acercarse a su güisqui on the rocks. Pero, en medio del fragor descriptivo y metafórico en el que entramos a veces, podemos perder la brújula. Y así, amigos, es como extraviamos la esencia de nuestro protagonista.

Creo que ha quedado claro que hay que fijarse mucho en los detalles cuando se ponen imágenes y metáforas en boca y mente de nuestros personajes. En ese sentido, es posible que nos cueste menos definir protagonistas de nuestro mismo sexo, pero no por eso debemos tenerle miedo al ejercicio de ponerse en la piel de otros. Claro que, para hacerlo, necesitamos entender la cultura en la que han nacido los actores de nuestras historias y la de nuestros lectores, y así buscar que sus pensamientos e imágenes mentales concuerden.

¿Difícil? Claro. ¿Divertido? Muchísimo.

Carla

@Bronte__

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Imágenes de cabecera de Jill111

DE ESCRITORES, BRÚJULAS, MAPAS Y BLOGS

No hace falta ser muy imaginativa para distinguir a los escritores de brújula de los de mapa. Los de brújula empiezan a escribir partiendo de alguna idea, de algún personaje concreto, o de alguna situación que han vivido, pero sin saber muy bien adónde los llevará el desarrollo de su proyecto. Van, por decirlo así, improvisando sobre la marcha. Los de mapa, por el contrario, hacen un trabajo previo que implica una planificación cuidadosa. Elaboran una serie de indicaciones o pasos a modo de hoja de ruta. Y con esa guía avanzan en la escritura hasta llegar al final que tienen planeado desde que inician su historia.

Brújulas, mapas y bloggeros

Se me ocurre que algo así podría decirse de algunos blogs. He visto artículos sobre tipos de blogs que los clasifican en función de diferentes variables, por ejemplo, según el público al que se dirigen, según el contenido, según la finalidad. Nos podemos encontrar, por tanto, con blogs personales, profesionales, de marca, de negocios, y un montón de etiquetas más sobre las que no creo necesario extenderme. Pero si tuviera que atenerme a una clasificación para nuestro Letras desde Mocade, diría que es un blog de escritoras noveles para escritores noveles o, ¿por qué no?, consagrados; nos encantaría que nos visitaran para dejarnos consejos y opiniones. Y esa clasificación la he tomado de un artículo de Gabriella Literaria  que descubrí en su blog, y que define muy bien este universo. Cuando lo leí, me identifiqué en seguida con el primero que describe.

Letras desde Mocade es, o queremos que sea, ese café donde podemos refugiarnos en una tarde de lluvia, o en un día soleado, para encontrarnos con amigos y pasar un rato agradable haciendo lo que nos gusta: escribir para aprender, aprender para escribir y compartir conocimientos, relatos, artículos, y todo aquello que nos pueda enriquecer.

Detrás de cada blog están las personas que lo escriben. Y si quisiera trasladar ese concepto de escritores de brújula o mapa a nuestro blog, no sabría bien cómo incluirlo. Porque Mocade somos cuatro amigas. Unas más de brújula y otras más de mapa. Y es importante para todas nosotras asegurarnos de que se nos conozca bien, de que quienes nos sigan tengan claro lo que ofrecemos y cómo lo hacemos. Así que, puestos a describir, diría que nuestro blog nació un poco con brújula, pero en el mes y algo que llevamos con él, hemos empezado a dibujar un mapa. Y queremos que sea un mapa interactivo. Por eso nuestro Letras desde Mocade ha añadido una habitación de invitados a su casa. Hemos ideado el apartado de “Pido la palabra” para que quienes nos lean y sientan el deseo de algo más, de escribir también en nuestra página, puedan hacerlo. Y, por el mismo motivo, nos hemos puesto un calendario serio y nos hemos comprometido a publicar relatos y artículos, porque queremos intercambiar textos y aprendizajes.

El plano de Mocade

Cuando una persona empieza a construir su casa, es frecuente que, antes o después, aparezcan los famosos “ya que…” Y eso, en una obra, puede suponer cuando menos un engorro, por no hablar de un presupuesto inflado hasta límites espeluznantes: “ya que” ponemos la cocina se puede aprovechar y ampliar el lavadero, “ya que” el baño hay que echarlo abajo podríamos comprar ese Jacuzzi que vimos en las rebajas, “ya que”… póngase lo que se quiera.

En el caso de Mocade, nuestros “ya que” viene sin esas cargas a cuestas. Porque “ya que” hemos visto que hay personas que nos siguen, queremos darles la oportunidad para que compartan sus escritos con nosotras. “Ya que” hemos empezado a asomarnos a las redes, estamos aprendiendo y disfrutando cuando descubrimos enlaces de utilidad que podemos compartir con nuestros seguidores. “Ya que” las cuatro hicimos realidad nuestro proyecto de escribir, queremos darle continuidad.

Hemos empezado con una brújula, a golpe de timón, pero nos gustaría que nuestra navegación fuera creando mapas que ayudaran e hicieran disfrutar a otros. No es que seamos Cristóbal Colón, pero tampoco él sabía, cuando zarpó, que América lo estaba esperando.

Ojalá vosotros y nosotras lleguemos a ser como esa tripulación de las tres carabelas. Nosotras, al Nuevo Mundo que esperamos descubrir y que nos está aguardando para que lo exploremos, ya le pusimos nombre: Mocade. Su worldbuilding, su moneda, sus leyes, sus nativos… todo está por disfrutar y por crear. Y en ello estamos.

Adela Castañón

Imagen: Colourbox. Derecho de autor: f9photos

Enciende el hábito de la escritura

Adoramos escribir. Cuando nos sentamos frente a la hoja en blanco, algunos con más sufrimiento que otros, y vemos emerger las palabras que hasta entonces solo estaban en nuestra cabeza, nos recorre un cosquilleo que da tanto gustito como el primer baño del verano.

Sin embargo, ponerse a escribir no es fácil. Igual piensas, tú que me lees, que solo a ti te cuesta ponerte a escribir. Pues no. A todos nos pasa, especialmente si no es nuestro medio de sustento. El día a día con el trabajo, los niños y la cervecita en la terraza nos absorbe, y no encontramos el momento para dedicarnos a este bello oficio que quizá en un futuro podría pagarnos el yate de tres pisos y piscina.

Entonces, ¿cómo lo hacemos para escribir? Pues aquí quiero explicaros algunas cosas que pueden empujarnos a dejar de jugar al Candy Crush y coger el boli, metafórico o no.

Compromiso y falta de tiempo

No nos engañemos. La escritura es un compromiso, un compromiso contigo mismo. Igual que hay que tener una enorme fuerza de voluntad para no picar patatas fritas del plato del vecino cuando estás a dieta, hay que tenerla para enfrentarnos a la hoja en blanco. Escribir es satisfactorio pero requiere un esfuerzo que, después de un día lleno de jefes y/o clientes molestos, atascos y demás molestias de la vida moderna, no nos apetece hacer.

Yo he sido un buen ejemplo de falta de compromiso con la escritura, y tengo matrícula de honor en buscar y encontrar excusas. Durante mucho tiempo, mi charla interna para disculparme el no escribir ha sido la siguiente:

“Debería coger el portátil. Pero qué pereza, ¿no? Si es que lo acabo de cerrar, que me han dado las mil haciendo esa práctica tan chunga. Uy, y Valeria se está moviendo en la cuna, seguro que va a echarse a llorar de un momento a otro. Y aún tengo que cenar, y  después planear las llamadas de mañana.

Anda, alguien me está hablando por WhatsApp. Bueno, pues lo miro un segundito y me pongo a escribir, que así voy descansada mentalmente.”

Error.

Oblígate, o búscate algo que te obligue

Está claro que no puedo dejar de trabajar, porque tengo que comer. Tampoco puedo dejar de estar con mi hija, porque es ella la que tiene que comer. Ni parar de estudiar, porque quiero que comamos mejor el día de mañana. Y por eso, durante mucho tiempo, he dejado de lado lo único que, en mi cabeza, no suponía una obligación: la escritura. Hasta que he buscado algo que me ayude a abrir el Word o, si no tengo el ordenador a mano, la libreta que siempre llevo en el bolso. ¿Queréis saber qué es?

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Mi libreta y los bolis del Muji van conmigo a todas partes. Y por eso llevo bolsos tan grandes.

Obligación interna: Créate un hábito con seis pasos

Ahora parece que vengo a hacer un Cristóbal Colón y decir que he descubierto algo que ya conocen montones de personas, pero no. Es decir, esto no es nada nuevo pero no está de más recordarlo.

Y es que dicen que solo necesitas seis pasos para crear un hábito. Así que, tengas o no algo que te mueva a escribir (luego veremos eso), solo tienes que seguir estos seis pasos para tatuarlo en tu rutina:

  1. Busca el momento

¿Cuándo tendrás calma suficiente para coger el boli? ¿Después de cenar, al ir y volver al trabajo en transporte público? Igual llegas antes que el resto a la oficina y ese momento de calma es idóneo para escribir. O en la cama, media hora antes de dormir. Tú conoces mejor tus horarios. Revísalos, y cuando encuentres ese momento en el que te echas en el sofá a jugar con el móvil, igual es el momento de ponerse a escribir.

  1. Empieza con calma

Esto es básico. No pretendas escribir mil palabras por sesión o acabarás harto a los dos días y decidiendo que mirar cómo crecen las pelusas del sofá es más divertido. En Internet hablan de escribir 500 palabras: si te va bien, adelante. Si no, escribe menos. Lo importante es crear el hábito, no la cantidad.

  1. Ritualízalo

Es que el ser humano es místico y hay que ver lo que nos gusta ponerle florituras a las cosas. Pero igual te va bien un pequeño ritual que te haga sentir que es un momento de calma y bienestar que te anime a repetirlo cada día: sírvete un buen café, ponte música relajante… Lo que te haga sentir en tu oasis personal.

  1. Apúntatelo o ponte alarmas

No sirve de nada que tu cita con la escritura esté en tu cabeza, porque te puedes despistar. Apúntatelo y, si puede ser, en el móvil, con un pitido bien fuerte y un aviso que diga: “¡A escribir! ¡No te escaquees!”.

  1. Enséñalo

No lo guardes en un cajón, que es una pena, hombre. Además, como verás más adelante, seguro que encuentras a alguien que, a) disfrute y te anime a continuar, cosa que te dará un subidón y, b) que te aporte correcciones o ideas que a ti no se te han ocurrido.

No temas por enseñarlo y pensar que alguien te va a robar la idea. Se ha publicado sobre cualquier idea que se te ocurra, y lo importante no es el tema, sino cómo está escrito. Y la forma de escribir es propia de cada cual, así que nada puede igualarlo. Como las huellas dactilares, oye.

  1. Ponte metas y prémiate

Solo o con gente, brinda cada vez que llegues a donde quieres. No se trata de convertirlo en un juego de beber (¡chupito de Tequila por cada cien palabras!) que quiero que tus neuronas sigan funcionando después del primer capítulo de tu novela. También puedes dejar de lado el alcohol, pero lo importante es que lo celebres, que te premies, porque has hecho algo importante y lo mereces..

Yo me voy de tiendas. Pero shhh.

Obligación externa: búscate una comunidad que te exija

No sé qué dice exactamente la RAE sobre la palabra Comunidad (aunque yo soy más de María Moliner), pero cuando hablo de ello, me refiero a dos o más personas que quieran leer lo que tú escribes. Puede ser tu madre, tu mejor amigo y la loca de los gatos del quinto: da igual. Lo importante es que alguien espere y te dé feedback de tus textos. ¿Por qué? Porque, que alguien te lea, anima. Si encima te dedica un puñado de palabras amables, te dará cosquillitas en el estómago y te entrarán ganas de escribir otra vez para volver a sentirlo. Si tienes suerte, te querrá tanto o le gustará tanto lo que escribes, que se convertirá en una fan y estará deseando leer todo lo que sale de tu pluma.

Si sospechas que la opinión de tu madre no es muy objetiva y ya no te sirve, tienes herramientas a tu alcance para ampliar esa comunidad. Internet es la clave. Puedes crearte un blog con tres amigas (ejem, ejem), publicar tus textos en Facebook (pero ten en cuenta que, lo que dejes en tu muro, deja de ser tuyo aunque pongas un aviso diciendo que lo que tú publicas es tuyo) o apuntarte a plataformas de escritores. Ahora vamos a ello.

Cursos de escritura

No solo de amigos y familiares vive el escritor vago, también puede encontrar su comunidad en la infinidad de cursos de escritura que hay en Internet. Entérate bien, y escoge uno en cuya dinámica esté la de comentar a los compañeros. De esa manera, encontrarás a personas que se interesan por lo mismo que tú y que no solo te leerán sino que te ayudarán a crecer con sus aportaciones.

Redes sociales para escritores

No hablo de Facebook o Twitter que, aunque se utilizan (y bastante, por cierto) para promocionar libros, su finalidad no es esa. Me refiero a webs como Megustaescribir, de la editorial Penguin Random House, o Falsaria. Pero, sin duda, una de las más grandes es Wattpad. Que merecería un capítulo a parte.

Ya sabéis que Internet es como ese mercado sucio y desordenado donde puedes encontrar un puesto de grillos fritos junto a otro que expone las joyas del último Zar. Con Wattpad pasa lo mismo: para encontrar algo que esté fuera de las categorías fanfiction y literatura juvenil hay que rebuscar con tesón. Pero también hay adolescentes con ganas de gritarte a la cara lo mucho que te quieren por haber escrito esa historia de amor con la que tienen sueños húmedos y gente que disfruta de la literatura y te comenta y anima a escribir porque quiere que sigas haciéndolo.

Y si la petición de un fan no hace que escribas cuando tengas un rato es que, en vez de corazón, tienes un gran y arisco trozo de hielo. O que eres aún más vago que yo.

Además, en este link tenéis un listado de 47 redes sociales, por si con 3 no tienes suficientes.

Bonus: Nanowrimo

Ahora me diréis que sí, que todo eso está muy bien, pero que si no dejas de dormir no hay tiempo para nada. Y lo entiendo, no en vano se me conoce como la mujer con las ojeras más oscuras del mundo. Por eso os traigo este reto: escribir un proyecto literario en un mes. Gana quien lo acaba, y se considera que debería de tener unas 50.000 palabras.

Suele celebrarse en Noviembre, y este año voy a intentarlo. Si te apuntas conmigo dímelo que lloraremos juntos de desesperación y falta de descanso.

Mi obligación: E. Y. P. Daruma

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Cuando mi amiga Anna (¡hola!) fue a Japón me trajo un souvenir precioso: mi pequeño Daruma, esa bola blanca tuerta que veis en la cabecera de este post. Es el símbolo de un monje budista al que, de tanto meditar sentado, se le cayeron las piernas y los brazos. Era tan perseverante este buen señor que hicieron, a su imagen y semejanza, este amuleto representa los propósitos: cuando decides tomar uno, le pintas un ojo y no rellenas el otro hasta que lo cumples. Así, su mirada desigual es un recordatorio eterno de que no estás cumpliendo con tu propósito. Y de que eres una persona malísima si pierdes el tiempo en vez de devolverle la vista.

Cuando me lo regaló, le pinté un ojo con el propósito de acabar una de mis novelas y le puse nombre: E. Y. P. Daruma, que significa “Escribre Ya, Perra” Daruma. Como veis, tenemos una bonita relación pasivo agresiva. Pero a mi me funciona.

Dicen que después de 21 días haciendo una cosa, se vuelve un hábito y ya no se deja. Mis incontables matrículas del gimnasio son la prueba de que esto no es siempre cierto. Así que igual hay que echarle un poco más de ganas a esa práctica, y si la vida abruma y nos cuesta encontrar motivos internos que nos empujen a escribir, quizá hay que buscarse alguna que otra excusa que lo haga.

Y si lo hacéis me lo contáis, no vaya a ser que E. Y. P. Daruma pierda su autoridad moral sobre mi y deje de darme pena que me mire con un solo ojito.

Carla

@Bronte__

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Imágenes propias de cabecera e imagen de la libreta.

Imagen del Daruma rojo, de aquí.

De la receta a la mesa

Si te estás planteando escribir, estás en el lugar adecuado. Llevo un par de años tomándome en serio esto de la escritura. Mi interés y mi dedicación han ido aumentando de modo exponencial. Hasta ahora iba paseando cuesta arriba, disfrutando del paisaje, pero de pronto he llegado a una pared y me he puesto a hacer escalada libre hacia la cumbre.  Y es que me he dado cuenta de que, si quiero dejar de leer sobre aprender a escribir, lo que tengo que hacer es pasar a la acción, arremangarme, y coger la pluma (o el ordenador).

En mi afán de aprender me he convertido en “blog-adicta”, “Facebook-adicta”, o algo similar. No sé si los términos están inventados, o existen otros que no conozco para llamar a lo que me ocurre. Pero, para calmar el hambre de aprender que hace rugir a mis neuronas, no hago más que pasearme y saltar, como en el juego de la oca de mi infancia, de blog a blog, de página a página, buscando consejos, orientaciones, recetas mágicas que me ayuden a cocinar esa gran NOVELA que todos estamos convencidos de que vamos a escribir algún día.

He encontrado muchas entradas sobre diversos aspectos de este tema, pero aquí os dejo el enlace a uno que me ha parecido práctico e interesante: http://ateneoliterario.es/dudas-de-escritor/ . Porque está muy bien que, antes de invitar a comer a nuestros mejores amigos, demos un vistazo al libro de recetas de Arguiñano. Pero una cosa está clara: si en algún momento no cerramos el libro y nos metemos en la cocina con el delantal y los ingredientes, al final nos quedaremos todos con hambre.

Por eso, he dejado el libro y he venido aquí, a mi cocina particular. ¿Qué os estoy ofreciendo un bocadillo de mortadela? Vale. Lo admito. Pero por algún sitio tenía que empezar. Y como lo mejor es predicar con el ejemplo, y ya os he dejado una receta magistral con ese enlace, espero que, al menos, la degustéis si mi modesto aperitivo os ha abierto el apetito.

¿A qué esperáis? Venga, dejad de leer un ratito, y haced vuestra aportación a la merienda. ¡Escribid, aunque solo sean veinte líneas diarias! ¡Buen provecho!

Adela Castañón

Voces dormidas

Donde se impuso el silencio, que la memoria florezca

Colectivo Arias Montano

 Me subían las pulsaciones a medida que iba desempolvando los papeles del archivo del ayuntamiento fragolino. Cuando abrí la carpeta de los expedientes se me escapó un grito: “¡Serán cabrones!”. A este secretario, solo por haber cumplido escrupulosamente sus tareas de funcionario con el alcalde del Frente Popular. A esta maestra, por no anunciar, el día uno de abril de 1939, el final del Glorioso Alzamiento Nacional desde la ventana de su escuela que daba a la plaza del pueblo. A un hombre, que un domingo había llevado sus mulas a abrevar al río, lo multaron por no santificar las fiestas. A la mujer del médico le cortaron el pelo y la hicieron dar vueltas al pueblo gritando “Viva España”, porque había desaparecido su marido. Y, por si volvía, lo expedientaron. Y todo era obra de aquellos que cada día acababan el noticiario hablado gritando: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes! “Cabrones” –repetí con la voz quebrada–. Sobre los documentos había caído una espesa capa de polvo que los condenaba al olvido.

Aquella noche no pude dormir. Tenía que volver al archivo. Las voces de mis antepasados me pedían que siguiera buscando hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, porque los crímenes de la Guerra Civil habían enterrado a los anteriores. Hacia adelante, porque en la posguerra se libraron batallas más importantes que las de las trincheras. Y así, unos les quitaban la palabra a los otros y montaban tal algarabía que todo me llegaba confundido y mezclado. Tan confundido y mezclado como en las historias que contaban las viejas en los carasoles.

En la duermevela me preguntaba: “¿Y para qué? ¿Qué puedo hacer con sus testimonios? ¿A quién le interesan esas voces dormidas?” Si ya lo dice el refrán: “El agua pasada no mueve molino”. Además, para darles vida tendría que saber escribir. Si me limitara a transcribir los documentos con el desorden de aquel archivo, mi voz se perdería entre tanto barullo. De repente, de la caja de las actas, salió la voz del viejo secretario. “Ya lo tengo. Don Benjamín acaba de darme la pista. Le daré la voz a él y que siga poniendo orden en los papeles como lo hacía en los plenos del ayuntamiento”. Pero él rezongaba. Nunca le habían gustado los protagonismos. Y eso de hacerse importante como hombre de papel no le hacía ninguna gracia.

Al día siguiente, con las ideas más claras, volví al archivo. Más sorpresas. Más emociones. Y así me pasé todo el verano.

Aprovechaba las tardes para darme un chapuzón en el río. Hablaba con los hombres que volvían del campo y con las mujeres que iban a buscar agua a la fuente. Tiraba un poco del hilo. Cuando se daban cuenta de que estaba al corriente de algunos casos, se les desataba la lengua y daban vida a las historias de los papeles polvorientos. Una tarde de final de verano, una mujer, que volvía de lavar del río, me dijo: “Aún no te has dado cuenta de que tú eres la verdadera memoria del pueblo. Ahora ya no puedes dejar que se pierda de nuevo”.

Han pasado los años y todas esas historias siguen dando vueltas en mi cabeza. No sé muy bien qué hacer con ellas. ¿Un conjunto de relatos? ¿Una novela? Sí, quizá con una novela podría rescatar mejor el contexto que los llevó a ser doblemente olvidados.

Pero, ¿a quién le doy la voz? Es que todos quieren hablar y no se dan cuenta de que no caben juntos en las páginas de una novela. Tendrían que ponerse de acuerdo para elegir quién sale. ¡Bueno! Ya iremos viendo. Alguno de ellos podría ser el protagonista y los demás una especie de coro que completara los acontecimientos.

Cada vez que pienso en reescribir esas vidas, me vuelven a subir las pulsaciones. Me vienen a la memoria las injusticias y los atropellos que sufrieron las gentes de la España rural, esa España que hoy está vacía y que un día no muy lejano estuvo llena de vida.

Esas gentes, cuyos anhelos se vieron frustrados por los prejuicios sociales, por las dificultades económicas y por los conflictos políticos, se merecen un homenaje. Esas gentes son mis ancestros y mis raíces. A ellos les debo la savia que llevo dentro.

 Carmen Romeo Pemán

Imagen. Monte de San Jorge, enfrente de El Frago (Zaragoza). El paisaje duerme entre la niebla y las voces entre los papeles del archivo. (Foto de Carmen Romeo Pemán)