¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary

La vida en tres dimensiones

Hace unas semanas la vida, los lectores, y este blog, me hicieron un regalo sorpresa: mi artículo, “Pablo Ráez. Gracias a la vida”, arrasó. Eso hizo que me planteara un par de preguntas. Y la respuesta a una de ellas es el contenido de este artículo.

Lo primero que me cuestioné fue cuál era el motivo por el que algo, un artículo, un video, una imagen, se vuelve viral. Empecé a buscar información para documentarme, pero no me encontraba a gusto manejando datos ni con el texto del artículo que me iba saliendo, y tuve la sensación de estar bloqueada en un punto muerto. Y eso me llevó a la segunda cuestión: ¿Qué ha ocurrido en mi vida para que términos como “fenómeno viral”, “bloqueo del escritor” y otros similares hayan entrado en ella? La respuesta a esta pregunta me pareció mucho más interesante que entrar en la metafísica del fenómeno viral, y es sobre lo que quiero escribir hoy.

La vida puede tener tres dimensiones

Hay personas cuya vida es plana. O momentos en la vida de las personas que son planos. La historia de cada uno no es una foto fija, sino una película donde las escenas pueden, y deben, diría yo, ir cambiando. ¿Quién no ha pasado por una época en la que el trabajo le asfixia y la rutina es un agujero negro cada vez más grande? ¿Quién no ha sentido alguna vez que la palabra “ilusión” había escapado de su diccionario privado para huir a otro universo? ¿Quién no conoce a alguna persona de la que casi todo el mundo dice, con escasa o nula compasión y demasiada ligereza, aquello de “¿Fulanito? ¡Uf! ¡Menudo plasta!”?

Tomar conciencia de eso es dar el primer paso para avanzar hacia una segunda dimensión. Porque si ya es triste tener una vida plana, más triste es estar inmerso en ella y no notarlo. El inmovilismo puede ser más agresivo que la peor de las batallas. Y habrá personas que quieran quedarse en su caparazón porque es más seguro estar dentro, a oscuras, que sacar la cabeza para enfrentarse al mundo. Respeto la libertad de elección de cada cuál, pero, en lo que a mí respecta, no me gustaría quedarme ahí.

La vida también puede ser redonda. ¡Ah, vale! La cosa cambia, me diréis. Pues sí, claro que cambia. Posiblemente para mejor. Pero no nos engañemos. Que, lo mismo que la Tierra gira una y otra vez sobre su eje, podemos estar dando vueltas en círculos y tener una falsa sensación de avance. Empezamos algún proyecto, arrancamos con algo, y cuando nos venimos a dar cuenta, estamos otra vez en el punto de partida. Algo así como dejar de fumar durante un tiempo para recaer luego una y otra vez. Y vuelta a empezar.

Un buen ejemplo para ilustrar la tercera dimensión es el famoso cubo de Rubik. Porque llegar hasta aquí es ir más allá para descubrir una especie de “comodín” de las dimensiones. Si nos paramos a pensarlo, la vida se nos ofrece en trozos, se nos presenta en pequeños cubos que nosotros podemos armar según sepamos, queramos o podamos. Y no es lo mismo hacerlo con uno u otro de los tres verbos.

Cuando nos regalan un puzzle, puede venir en la caja montado o desmontado, pero lo cierto es que, para jugar con él, partimos siempre de las piezas sueltas. A nadie le gustaría encontrarlo hecho para limitarse a contemplarlo ¿verdad? La diversión está en armarlo, en investigar, en pasar el rato tratando de reconstruirlo para lograr una imagen final que nos guste y a la que encontremos sentido. Recuerdo uno de los primeros archivos adjuntos que recibí cuando empecé a hacer mis pinitos con los ordenadores. Creo que era una presentación de power point, de esas que algunos igual miran por encima del hombro por blanditas, pero a mí me gustó. Mostraba a un padre que necesitaba terminar un documento, y para que su hijo no lo distrajera tanto cogió una foto de un anuncio que mostraba un mapamundi, lo recortó, y se lo dio al pequeño para que se entretuviera en rehacerlo. Su sorpresa fue que el niño vino a llamarlo al poco rato, y le mostró la imagen sin un solo error. El padre, sorprendido, le preguntó cómo había podido hacerlo, y el niño le respondió: “muy sencillo, papá. Le di la vuelta a los papeles, y cuando arreglé al hombre, se arregló el mundo”. El padre dio la vuelta a la hoja, que su hijo había pegado con fixo, y comprobó que, por detrás, había una foto de un hombre, que era la que su hijo había usado para hacer la reconstrucción.

Hay ocasiones en nuestra vida en las que no tenemos claro el modelo de nuestros propios rompecabezas. El resultado es que muchas veces no nos gusta lo que vemos, y perdemos más tiempo en lamentarlo que en intentar arreglarlo. O tenemos huecos que nos gustaría llenar, pero no salimos al mundo en busca de las piezas que encajarían allí. Si no nos gusta la imagen que tenemos de nuestro propio puzzle, si hay algo que distorsiona el resultado final, deberíamos ordenar las piezas con la esperanza y el convencimiento de que, si las buscamos, daremos con las herramientas necesarias para lograr al final la más bella imagen. Solo tenemos que pararnos a observar, y pensar qué sería lo que tendríamos que cambiar. Eso le da mucho más aliciente al juego. Y para eso tenemos que saber, querer y poder. Y no siempre será fácil, pero seguro que sí que será emocionante.

He hablado de las dimensiones de la vida haciendo referencia a personas y a momentos, porque no es lo mismo en cada caso. He tenido experiencias en las tres dimensiones, y la tercera es la responsable de que esté escribiendo estas palabras. Mi vida es ahora un precioso cubo, y lo es porque son mis manos las que mueven sus piezas. Y es precioso descubrir que, al moverlas, puedo construir montones de imágenes distintas. Supongo que es lo que se llama autodeterminación, y me gusta. La escritura me ha ayudado a que los engranajes sean fáciles de mover, me ha dado soltura, y me ha hecho ponerme unas gafas especiales con las que miro en mi interior, en lugar de mirar hacia fuera, y descubro cosas que estaban ahí, pero de las que no era, tal vez, demasiado consciente.

Vivamos, si podemos, en relieve, en color, en movimiento. Porque quedarnos con un mundo plano, inmóvil, y dibujado en blanco y negro, creo que sabría a poco.

En mi caso, desde luego, escribir me ha dado alas. Y volando alto, no cabe duda, se ven las cosas con mucha más perspectiva. El paisaje es más extenso. Llego más lejos. Y esta reflexión usando como ejemplo la escritura, podría generalizarse a cualquier otro aspecto de la vida. Eso depende ya de las esperanzas y expectativas de cada persona. Yo me limito a dejar caer la idea, pero el modelo a seguir es ya una decisión personal de cada uno.

¿Quién se apunta?

Adela Castañón

Imágenes: UnsplashWordPress

A JAVIER PLAZA POR SU URRACA EN LA NIEVE

De mi baúl de lecturas

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí? —me preguntaba Javier Plaza en Messenger.

—Pues, ¡claro! Estuviste muchos años en el Instituto Goya. Conservo tu imagen de adolescente entre el tumulto de aquel pasillo de la planta baja. ¿Cuánto hace de eso?

—¡Muchos años! Estuve desde 1988 hasta 1993.

—Y, por lo que veo, guardas buenos recuerdos, ¿no?

—Sí, sobre todo de mis profesores de Lengua y literatura. Allí nació mi pasión por la escritura.

—Esto sí que es un regalo para una profesora de literatura, Javier.

—Pues ahora te traigo otro. Te voy a enviar por email La urraca en la nieve, mi primera novela. Va por la cuarta edición en Ediciones Hades: noviembre de 2014, febrero de 2015, mayo de 2015 y noviembre de 2016. En marzo de 2017, ha salido una nueva en Fomento, la editorial de la Universidad de la Puebla de Zaragoza, México.

—Esta noche sin falta empiezo a leerla.

En menos de una semana me la había terminado. El resultado de esa apasionada lectura, acompañada por abundantes libros de arte sobre el Impresionismo, son las notas que os traigo.

La urraca en Fomento

La edición de Editorial Fomento

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Camille, el narrador protagonista, como esa urraca del cuadro de Monet que ilustra la portada, es un imán que nos atrapa y, a través de las historias y escenas que va contando, nos deja ver los ambientes parisinos de forma fragmentada.

La urraca, Monet

La urraca, Claude Monet

Al final, cuando hemos dado la vuelta a la última página y nos alejamos, como sucede con los cuadros impresionistas, podemos ver la totalidad y el significado general de la obra. Si hacemos una segunda lectura con más calma, desde el principio sabremos que vamos a acompañar a Camille durante una semana por el París impresionista. Y, con él, a Yves y a Víctor, sus dos amigos. En ese paseo sabremos que ha vivido allí ocho meses y que es un señorito de alta cuna, procedente del sur de Francia.

Todo esto, y mucho más, lo va contando con pinceladas sueltas, como los Impresionistas, que debían su nombre a otro cuadro de Monet: Impression, soleil levant.

Monet, Soleil levant

Impression, soleil levant, Claude Monet

Detrás de un mundo lleno de cuadros, bailarinas de cabarets y alcohol, se esconde una búsqueda incansable por la fama: “El cuerpo pasa y la gloria queda” (p. 193). Esa búsqueda nos ha provocado, a él y a nosotros, una cierta desazón y una gran nostalgia.

La mente frágil de Camille lo lleva a frecuentes ausencias. En varias ocasiones le oímos frases como esta: “Había extraviado, una vez más, el hilo de la conversación” (p. 82).

Este narrador, un poco deficiente, introduce continuos flashbacks de forma natural y salta de un tema a otro con gran agilidad. “Puse que tardó diecisiete años en regresar a París para dejar claro que allí terminó su sueño de pintor impresionista, que no regresó a París en marzo, como había prometido a sus amigos. Que allí se terminó la vida bohemia. Porque Camille es débil y la aventura termina cuando regresa a la influencia familiar”. (Conversación con Javier Plaza)

Camille no está inspirado en un personaje concreto, pero su nombre es un guiño a Camille Pisarro, a Camille Corot y a Camille, la mujer de Monet.

Cuando comencé la lectura pensé que se trataba de una biografía novelada de Camille Pisarro. Y no salí de mis dudas hasta que leí una frase de Yves ante un lienzo de Pisarro: “Este hombre es tonto perdido, mira que cambiarme esta joya por una de mis basuras” (p. 128)

Una novela de ambiente

“Trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por el París impresionista, con una trama mínima. En la novela apenas pasa nada. Las pequeñas inquietudes de Camille sirven de unión a la historia”. (Conversación con Javier Plaza)

El autor consigue reconstruir el contexto de forma verosímil gracias a las visuales descripciones y a las escenas que las llenan de vida.

De forma constante, las escenas pasan a ser cuadros y los cuadros, escenas. Se mezclan los cuadros reales, como La urraca de Monet, con los inventados. Los reales no son muchos, pero sí suficientes para crear un contexto verosímil y que el lector crea que todos lo son.

Tiegre en la jungla

¡Sorprendido!, Henri Rousseau

Como muestra, he elegido la descripción del cuadro de Henri Rousseau, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical): “Un tigre huye con gesto despavorido, casi humano, mientras en la selva ha estallado la violenta tempestad; la fuerza de los elementos, el viento y la lluvia se reflejan en cada uno de los detalles del lienzo. El cielo gris oscuro con tres ramificaciones de un rayo y líneas de lluvia que inundan toda la superficie, las hojas y arbustos curvados hacia la derecha, impulsados por el viento hacia el lado donde huye el animal, los árboles, oscuros, también se doblan en esa misma dirección, la irascible tormenta lo envuelve todo” (p. 209).

Camille pierde el hilo de la conversación porque está poco atento a lo que sucede a su alrededor. Entonces o está recordando hechos de su vida pasada o está convirtiendo las escenas presentes en posibles lienzos. Cuando Camille está pensando en el lienzo que va a pintar para una exposición no sabe si decidirse por Guibert en su tejado, por ´El combate de los hermanos Lafaille´, por el cochero que reparaba la rueda en Capucines o por la camarera del Moulin. Y el lector duda con él, porque son escenas que ya han aparecido antes en la novela.

Elementos de composición

La trama, las subtramas y la estructura novelesca

Si partimos de la concepción clásica de introducción, nudo y desenlace, nos encontramos con una trama invertida de las del tipo: desenlace, planteamiento, nudo, desenlace ampliado y cierre. Una estructura que me ha recordado a la de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

Comienza por el desenlace. Camille recibe una carta de su padre que lo reclama para que atienda unos asuntos familiares en Pau, en el sur de Francia. El planteamiento y el nudo abarcan los seis días que se pasea por París despidiéndose de sus amigos y de su familia. El desenlace ampliado ocupa el último capítulo, mientras espera el tren de Pau, en la estación de Austerlitz. En el cierre cuenta que tarda diecisiete años en volver a París y que, por lo tanto, no cumple la promesa hecha en el nudo y en el desenlace inicial.

El adelgazamiento de la trama

Parece una novela de personaje, pero en realidad, como ya he señalado, es una novela de ambiente. El protagonista, Camille, señor de Jurançon, y los personajes secundarios, Yves Grenier, Víctor Pelletier, su tío Henry y la ausente Thérèse, están al servicio de unos acontecimientos externos que hacen avanzar la narración a través del delgado hilo que los une.

Una novela con poca trama siempre es un gran reto, porque tiene que despertar el interés con las anécdotas y con la riqueza de la prosa. Y, si las historias y las escenas no están bien elegidas y dosificadas, pueden saturar al lector.

En este caso, los episodios narrativos y las descripciones sueltas sirven para profundizar en el tema. “Me esfuerzo mucho en que los personajes sean congruentes. Pero son un instrumento para mostrar diferentes aspectos del París impresionista. En realidad, trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por ese París impresionista, y por eso reduje la trama al mínimo”. (Conversación con Javier Plaza)

Las tramas secundarias

La materia narrativa se expande con abundantes subtramas que nos introducen en los entresijos de la sociedad de la época.

La expectativa amorosa de Thérèse se complica con el amor pasional por Eloise y con el romántico de Berthe: “Haciendo memoria creo que Eloise fue mi primer amor real, al menos el primero que superó la etapa platónica, a diferencia del que sentí por Berthe o el que sentía por Thérèse” (p. 351).

Otras tramas amorosas son las relaciones de Yves con Eleonore, la de Victor con Kheira, la de Clotilde y Luca. También son tramas bien tejidas las vidas de otros pintores, las de los galeristas y las de las bailarinas de El Dorado, el Folies Bergère y el Moulin Rouge.

Yvette por Toulouse Lautrec

Yvette Guilbert, cantante, por Toulouse-Lautrec

El estraperlo, los negocios sucios en las colonias, la corrupción política y la compra de votos son subtramas sólidas que nos atrapan con tanta fuerza como la principal.

Una novela difícil de encasillar en un género

La novela está ordenada en siete capítulos, uno por cada día de la semana. “Lo establecí así porque quería que durara un ciclo y escogí una semana. El orden me vino determinado por los días en los que había tren de París a Pau”. (Conversación con Javier Plaza).

En efecto, la primera estructura que se nos impone es la de un diario, muy apropiado para contar hechos cotidianos. Pero, a medida que vamos leyendo, percibimos que los capítulos tienen demasiadas páginas para estar escritos en un día. Y que los datos son excesivos y demasiado lejanos como para que el narrador los recuerde de modo tan preciso.

El diario funciona como una forma de organizar el discurso. Pero, detrás de esa apariencia, hay otras estructuras y géneros que enriquecen la obra.

En el momento en que el lector se da cuenta de que Camille está recordando, de que no está escribiendo desde París, el susodicho diario se convierte en un libro de memorias.

La urraca en la nieve es, además, un drama romántico, una novela costumbrista, una crónica periodística y una novela histórica, géneros que reclaman una amplia y profunda documentación. En una entrevista en el Diario de Córdoba, en marzo de 2015, Javier Plaza confesaba que había investigado mucho sobre el Impresionismo.

La ambientación histórica cobra vida con los personajes que cuentan sus inquietudes cotidianas. Por estas páginas se pasean pintores, políticos, escritores, artistas y fotógrafos. Y algunos como Zola, Sadi Carnot, Rubén Darío, o Pablo Sarasate, que ya eran muy famosos en su época.

Al corte de drama romántico responden las relaciones de Camille con Thérèse, marcadas por la diferente clase social de las familias. Utiliza rasgos y técnicas costumbristas para pintar el mundo rural de los Pirineos.

Para terminar

La novela se limita a contar algunos episodios de la última semana de Camille en París. Solo un ojo entrenado en el puntillismo verá las anécdotas, las digresiones, las descripciones y las escenas, aparentemente inconexas, como elementos necesarios para comprender la totalidad. Una totalidad en la que todo está unido, y progresa, por oposición.

El presente narrativo se ve asaltado por continuos flashbacks al pasado inmediato y al pasado lejano; el mundo impresionista y la bohemia contrastan con la exquisita familia de Camille; la vida urbana de París con la provinciana de los Pirineos; el amor de Eloise con el de Thérèse.  Todo se desdobla y se descompone en mil matices.El lector obtiene la versión global cuando termina la suma de todos los contrastes

La urraca en la nieve es una novela de respiración pausada, que exige una lectura lenta. Sus páginas nos invitan a disfrutar del Arte, con mayúsculas, porque en ella, como en el Arte poética de Horacio, se aúnan la pasión por la literatura y por la pintura: Como la pintura así es la poesía.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza.

Este apasionado de la literatura, que creció leyendo a los clásicos, es un devorador de novela histórica y autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

El año 2014 publicó La urraca en la nieve, su primera novela. Y creo que ya está cercana la publicación de su segunda novela, Canción de otoño.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

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Imagen principal: del Facebook de Javier Plaza

Las citas de la novela son de la tercera edición de Ediciones Hades.

Carmen Romeo Pemán

Montmartre al atarceder

Boulevard de Montmartre al atardecer, Camille Pisarro

Yo escribo, tú pirateas

Que levante la mano quien nunca haya descargado de forma ilícita un libro. ¿Nadie? ¿No? Bueno, no voy a decir que me sorprenda. Descargarse un libro de forma ilícita de un repositorio de enlaces es como ir con hambre por el campo y saber que ahí, detrás de esa colina, hay un manzano lleno de frutos. Quizá esa parcela sea de alguien, y es posible que, para que ese árbol rebose vida y comida, una señora haya estado días, meses o años regándolo, abonándolo y protegiéndolo de cabras y cabrones que querían llevárselo por delante.

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Pero, cuando estemos mirando el árbol y escogiendo la manzana más tersa y jugosa, no vamos a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás de esa fruta. Como mucho nos preguntaremos, retóricamente, si alguien va a notar que falta una. Porque solo es eso: una manzana. No es como si fuera, no sé, algo importante. Así que nos acercamos al árbol y lo cogemos. Y, cuando queremos leer algo, vamos al repositorio de libros y cogemos ese que tiene tan buena pinta. Porque, ¿quién va a saber que nos hemos descargado un libro? Además, solo es un libro. No es como si fuera, no sé, algo importante.

Hábitos de lectura

En Enero de 2017, la Federación Española de Gremio de Editores de España (FGEE) publicó el último (y un poco descorazonador, añado yo) Informe de la Lectura en España. Según este, más del 90% de la población se considera lectora porque consume periódicos, comics o webs, pero casi el 40% no ha leído un solo libro durante el último año.

 Exactamente 37,8%. Tres, casi cuatro de cada diez españoles, no tocaron un libro en doce meses. Como escritora vocacional me asusta. Pero como lectora apasionada me pone la piel de gallina. Soy consciente de que la lectura supone un esfuerzo mayor que ver una serie o jugar al Candy Crush, y ya puse en este artículo mi granito de arena para animar a leer a quienes se le encogen las tripas de solo pensarlo, así que no voy a ahondar más en este aspecto aunque me preocupe. Lo que voy a hacer es centrarme en los que leen y hablar del origen de aquello que leen.

Consumo de literatura

Hace ya algún tiempo hice una encuesta en Twitter (con un “por fi” repetido, pero es que soy muy educada y un poco pava) para saber cuál es el origen de la última lectura de mis seguidores. Al hacerla a través de un medio digital, os prometo que pensaba que la última opción, “descargado sin pagar nada”, iba a ser la más votada.

Encuesta hábitos de lectura

Carla, guapa, en toda la boca

De las mil personas que respondieron a la pregunta, el 58%, es decir, 580 tuiteros, habían comprado su última lectura. Sin embargo, aunque el número de respuestas fue elevado, hay que contextualizar esta encuesta.

Debemos pensar en quién es el usuario medio de Twitter. Según este artículo de CrhistianDvE de octubre de 2016, el 60% de los usuarios son hombres y el 40%, mujeres y, del total, más del 50% tienen edades comprendidas entre los 25 y los 54 años. Además, más del 50% tienen estudios superiores.

Si analizamos cuál es el perfil medio del lector en España, vemos que lo único que no coincide con el usuario medio de Twitter es el sexo: mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.

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¿Qué conclusiones podemos extraer? Que, de las 11.520 personas que vieron este Tuit, solo votaron 1.000 (975 según el botón de estadísticas del tuit), un 8,7%. ¿Qué pasa con ese 91% restante? Además de aquellos cuyo corazón muerto no se emocionó con mis reiterados “por fi”, imagino que muchos otros no contestaron porque no recuerdan de dónde sacaron su última lectura.

Este último número sería aún peor que el que ofrece en su estudio el FGEE. Pero los vamos a dejar de lado, porque ya he dicho antes que hoy me iba a centrar en los que leéis.

¿Sabíais que, para cienes y cienes de escritores que pululamos por Internet, cada uno de vosotros, lectores, sois como un oasis en medio del desierto? Lo único que queremos es llegar a vosotros, convenceros de que sabemos escribir y que nuestras historias os emocionarán y, así, que acabéis comprando nuestro libro.

Pues bien, en mi encuesta, muchos de los lectores compran, y eso es algo que tengo que agradecer por muchos motivos que veremos más abajo. Sin embargo, hay otros que no pagan por sus lecturas. Y lo voy a analizar.

Toda descarga gratuita no es ilícita per se

Veréis que, en la encuesta, pregunto el origen del último libro leído. Al final, apunto a un “descargado sin pagar nada”. Fue gracioso que algunos sintieran la necesidad de recordarme que no toda la descarga es ilegal, cuando no pongo en ninguna parte que lo sea.

Y no lo puse porque era consciente de que se puede leer gratis y descargado de Internet sin que sea ilícito. Además de autores que ponen a la disposición del lector libros gratis en formato digital, hay otras plataformas en las que puedes descargarte capítulos o libros enteros sin pagar un euro.

Yo lo tenía en cuenta, pero sé que se suele considerar toda descarga por internet como piratería, y de ahí los números que salen. Por ejemplo, que en 2015 la piratería causó pérdidas de más de 3.000 millones de euros en España.

Una descarga ilícita no es una no-venta

Vuelvo al ejemplo del árbol. Cuando tenemos hambre, igual nos apetece un pollo con patatas fritas pero si lo que tenemos a mano es un manzano, acabaremos cenando manzanas. Con los libros gratis, igual que con las series y las películas, pasa algo similar. Si está ahí, disponible, lo cogemos y lo leemos. Que no quiere decir que si fuéramos a la librería y nos pusiéramos a elegir cogeríamos ese. Simplemente que, cuando está ahí y no cuesta nada, nuestro criterio de elección es muchísimo más laxo y tragamos con cosas que, si tuviéramos que pagar, no aceptaríamos.

Entiendo que es difícil poner una cifra si no podemos preguntarle a cada piratilla si hubiera comprado ese libro que ha descargado. Pero llama la atención una cifra tan alta, teniendo en cuenta que según lo que dice la GFEE, algo menos del 50% de la población es lector frecuente. Y, con estas cifras, podríamos pensar que antes de Internet había un montón de autores que vivían únicamente de lo que escribían, sin contar con charlas o conferencias. Y eso tampoco ha sido así. Recordemos que los royalties que cobra un escritor, habitualmente una vez al año, pueden suponer solo el 12% del pvp de un libro. Eso se traduce en unos dos euros por tomo. He tomado estas cifras de los números que nos ofrece Guillermo Schavelzon en su blog. Él nos dice:

Para ganar 43.000 euros, a 2,40 por libro, tendrá que vender 17.916 ejemplares. ¿Cuántos escritores venden 17.000 ejemplares cada año? Pocos, mucho menos de lo que el imaginario popular difunde.

Así pues, me pregunto si la erradicación de la piratería sacaría de pobres a los escritores y, sinceramente, creo que no. Eso no significa que defienda la piratería, ojo. Solo que, al eliminarla, no vamos a solucionar todo el problema de la industria.

No podemos dejar de leer

El gran mal de este mundo es la injusticia provocada por la falta de empatía y, solo si nos ponemos en la piel de los demás seremos capaces de erradicarlo. Pero no es tan fácil. Siempre he pensado que el ser humano es egoísta por naturaleza y que los libros son la mejor herramienta para empatizar con el resto de seres humanos.

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“¡Con más de mil elefantes!”

… y como se llame eso, ¡de Ardor Primario en un Continente Atormentado! ¡Romanticismo! ¡Glamour! ¡En tres emocionantes rollos! Emocionaos con la Lucha a Muerte contra Terribles Monstruos! ¡Apasionaos cuando más de Mil Elefantes…!

Por eso creo que no debemos dejar de leer. Y, si no podemos permitirnos un libro, entiendo que recurramos a otras fuentes. Estas pueden ser bibliotecas, plataformas y blogs de autor, Amazon y sus libros gratis, amigos e incluso el Kindle de otro con el libro que queráis leer. Por último, sí, podéis recurrir a un repositorio de enlaces ilícito. Pero quiero que sepáis lo que eso significa.

¿Vais a piratear? Vale, pero sed conscientes de lo que hacéis

Como os digo, yo he pirateado así que no puedo sentar cátedra diciendo lo malos que somos por hacerlo. Lo que sí quiero es que quien piratee entienda lo que supone eso para el autor.

Escribir un libro no es fácil, ni barato. Primero porque, aunque el autor no contrate ningún servicio, en el mejor de los casos está quitando tiempo de su trabajo remunerado para poder escribir la novela que disfrutaréis. En el peor, el autor, después de escribir, reescribir, corregir y volver a reescribir, contratará a correctores, diseñadores y maquetadores para tener una obra que dé gusto leer, sobre todo si autoedita.

¿Cómo se lo podéis agradecer? Primero, pagando por su libro. ¿Que lo habéis leído y, aún así, no queréis gastaros un duro en él, ni ahora ni nunca? Entonces no os merecéis haberlo disfrutado, ni ahora ni nunca. Pensad que el escritor también tiene la manía de querer comer y llevar ropa sin agujeros así que, si disfrutáis de su trabajo, deberíais pagárselo con placer.

¿Que queréis pagarles pero sois vosotros los que tenéis la manía de comer, y comprar libros y comida es incompatible? Bien. Os diría que descarguéis obras que las propias plataformas de pago os ofrecen gratis, por ejemplo.

Si, por el contrario, os morís de ganas de descargar contenido de un autor que está vivo y que pretende vivir de lo que escribe, y no encontráis sus libros en una biblioteca, buscad alguna manera de recompensar su tiempo. Por ejemplo, dejando reseñas: para los autores, especialmente los noveles, las reseñas son la mejor manera de dar a conocer sus obras. No os cuesta nada escribir algo, aunque no sea positivo, para que el autor tenga feedback y que, como mínimo, le ayude a mejorar.

Más adelante, cuando vuestra situación mejore, sería un detalle que comprarais ese libro que os habéis leído cuando no podíais pagarlo.

Nos gusta escribir pero también ganarnos el pan con nuestro trabajo

Un autor que no recibe nada por lo que publica dejará de hacerlo. Estoy segura de que, cuando descargáis un libro no pensáis en eso. Y lo sé porque he estado ahí, en la misma situación. Al darle al botoncito de “download” ni se os pasa por la cabeza que detrás del libro que te estás bajando ilícitamente de Internet está la frustración de un escritor que ve sus ventas estancadas. Que, para escribir, araña al trabajo, la familia y al ocio minutos de tiempo que nunca más va a volver.

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Yo escribiendo esta entrada

Alguna vez me han llegado a decir cosas como que los escritores solo escribimos porque queremos vender y hacernos ricos, y que sólo vemos nuestro arte como puro mercantilismo. No. No os equivoquéis. Lo que pasa es que queremos dedicarnos a escribir en vez de hacerlo con nocturnidad y alevosía, y si no rentabilizamos nuestro trabajo siempre vamos a tener que relegarlo a ese tiempo libre que nadie tiene. Menos aún en España, que ya conocemos cómo funcionan aquí las jornadas maratonianas y la nula conciliación familiar.

Mi código ético del pirateo

Siempre he creído que la cultura debe ser libre. También defiendo que los autores deben poder cobrar por un trabajo que ha desgastado su recurso más valioso: el tiempo. Menuda contradicción. ¿Cómo se come eso?

Se considera piratear todo lo que se descargue de Internet y cuyos autores o dueños de los derechos de distribución no reciben retribución por ello (y que no lo den gratis, claro). Sin embargo, no entiendo por qué, una vez que el autor ha muerto, otros cobren por su trabajo. Me parece injusto, especialmente porque el autor seguramente fue el que, en vida, cobró menos de toda la cadena de distribución de su libro en papel y en digital.

Así pues, si algún día me encuentro en una situación tan jodida que no pueda ni pagar 3€ por un libro en Amazon, aplicaré mi propio código ético del pirateo. Es el que dice que, si me descargoalgo de forma ilícita, que sea de algo cuyos derechos hayan expirado o cuyo autor está muerto.

Sí, no es perfecto. Sí, mi intención es seguir pagando por todo lo que leo pero, si no puedo y no tengo cerca una fuente gratuita de libros, sé que no voy a dejar de leer. Y sí, también tengo algunas dudas sobre cuál es el papel de los hijos que tienen los derechos de las obras de sus padres. Sin embargo, en esto último aplico aplicaré la misma filosofía que con mi hija: le voy a dar herramientas para que se busque la vida para que no tenga necesidad de vivir de mis rentas. Ni ella ni nadie. Y entiendo que todo padre debe hacer algo así por sus hijos.

Al loro, que no estamos tan mal

Si analizamos el sector del libro, vemos que nunca fue lo que era. Pocos escritores han vivido o viven de lo que han escrito, así que, o viene HBO a comprar los derechos de nuestras novelas y nos marcamos un R. R. Martin, o tendremos que trabajar de algo más y dedicar el tiempo libre a la escritura.

Pero, como diría el ex presidente del Barça, Joan Laporta, “Al loro, que no estamos tan mal”. Y me remito a mi encuesta. Más de la mitad de los que respondieron pagaron por su libro. Algunos, en papel. Otros, en digital. Es decir, aún hay mucha gente que valora el trabajo que hacen los escritores y quieren y pueden pagar por ello. Tenemos un motivo para alegrarnos, como autores, porque eso significa que aún tenemos la oportunidad de ganar dinero por nuestro tiempo invertido. Y, como lectores, porque cada vez que alguien compra a un autor lo está avalando para que siga escribiendo.

Y eso es lo que queremos. Seguir escribiendo.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Markus Spike

¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano

El plano de las almas

El “Plano de las almas” es un fragmento  descriptivo de la novela de fantasía en la que estoy trabajando. Espero que os guste.

Adriana parpadeó un par de veces para ver si se podía deshacer de esa oscuridad que le nublaba la mente. Junto a ella, de pie, se encontraba Virginia. Adriana la abrazó y hundió la cara entre el cuello y el hombro para oler su piel, limpia y empolvada. Aquel aroma la hacía sentirse como en casa, incluso en aquel lugar.

Se separó un poco de su hija y le pasó un brazo por su cintura, en actitud protectora. Virginia, con su don, la había salvado de una muerte segura y la había transportado al plano de las almas.

Caminaron juntas por un pasillo fantasmal hasta los jardines de la casa, donde las esperaban los familiares y sus criados. Cuando los matones irrumpieron en su hogar, a Virginia se le ocurrió transportarlos a un lugar al que solo ella podía llegar.

Casi todos estaban de pie, echando el peso del cuerpo en una pierna y luego en otra, tocando a los de al lado o abrazándose a sí mismos, sin comprender bien dónde estaban. Porque lo más desconcertante del plano de las almas era su semejanza con el plano humano, y solo algunos detalles desmontaban la ilusión de realidad. Algunos de estos, más que percibirse, se sentían.

El problema del plano de las almas, algo que Adriana y el resto de humanos notaban en lo más hondo de sus huesos, no era lo que tenía sino lo que faltaba.

Más allá de la mesa de madera y de los bancos de piedra, que estaban desgastados, a punto de derrumbarse, solo se veía una tierra renegrida. El césped había desaparecido, y con él las pequeñas mosquitas y abejas que se pasaban el día revoloteando. Tampoco bebían los pájaros de la fuente central, que en el plano de las almas estaba seca. Ni siquiera quedaban telarañas que limpiar. Si un humano intentaba escuchar algo más allá de sus propios pasos descubría que no existía el murmullo de la vida, esa mezcla de voces lejanas, de personas y animales en movimiento. Tampoco podía oler las bostas de caballo en las calles, ni los alimentos que se cocinaban durante horas para el almuerzo, ni el dulzor de las flores a punto de convertirse en fruto. En el plano de las almas no se olía a nada. El visitante, cuando se percataba de que lo único con vida era él, se sentía como si estuviera fuera de lugar .

Adriana, que ya había estado antes allí, sabía que había que abandonar el lugar con las primeras sombras. Según el libro de Ot, algo se revolvía dentro del cuerpo cuando un alma presa notaba que, a su alrededor, había almas libres vagando solas, sin un cuerpo caduco. Sin lastre. Después de unos minutos en ese plano, el humano sentía un hormigueo en la parte baja de la espalda, una sensación de angustia, como si tuviera que hacer algo pero sin saber qué. Algo importante, de lo que dependía su vida. A medida que iba pasando el tiempo, el cerebro también detectaba a las almas libres que deambulaban a su alrededor. Adriana aún era incapaz de verlas porque Virginia, su hija, la había transportado la última. Observó, en cambio, que los demás se agitaban con brusquedad y que intentaban cazar movimientos que solo distinguían en el límite de su visión. Y, si las miraban fijamente, desaparecían. Adriana sabía que a sus compañeros les faltaba poco para que esas ondulaciones y esos desplazamientos se convirtieran en esas negruras que, poco a poco, iban tomando forma.

Las almas que se encallaban allí, con el tiempo, se olvidaban de su apariencia. Según Ot, el primer caminante entre planos, la forma humana se iba perdiendo a medida que la vida se alejaba, y la añoranza, los recuerdos y los traumas corrompían las almas. Ot llamaba a esos seres satqin, o almas descompuestas. Algunas extraviaban los ojos y sus caras se habían reducido a frentes enormes con narices deformadas. Otras abrían unas bocas muy grandes, con hileras llenas de dientes que se perdían por la garganta, y que nunca se cerraban, como si les doliera hacerlo. Las almas libres solían ser masas con apéndices informes que se arrastraban o flotaban con rapidez de un lado a otro.

Pero lo peor, sin duda, era el mutismo. Aquellas criaturas apenas hacían ruido. Acechaban y se movían en silencio, sin que su roce con el suelo o el aire creara sonido, y lo único que oía el humano perdido en el plano era su propia respiración entrecortada y la sangre que le bombeada en las sienes. Hasta que el satqin atacaba.

Entonces, el alma corrupta gritaba con un sonido tan agudo que reverberaba en los oídos y producía un agudo dolor de tímpanos. Era un bramido de emoción por haber encontrado algo que le recordaba qué significaba estar vivo y tener esperanza.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Laura Aziz

Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

La voz de las mujeres en la lírica tradicional

A Gloria Álvarez, Ana de Echave, Concha Gaudó, Pilar Laura Mateo e Inocencia Torres, mis amigas y compañeras de CD-ROM.

A medida que me iba acercando por el pasillo de la Escuela de Ingenieros al despacho de Ana de Echave, oía la voz de María Luisa Villarroya cantando a capela esta jarcha:

  • Moriré de amores
  • moriré
  • D’este mal moriré, madre,
  • d’este mal moriré yo.

No lo pude evitar. Llamé a la puerta de donde venía el sonido. Me abrió un joven del equipo que estaba montando nuestro CD-ROM: Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres. Al verme dijo:

–Perdona, pero es que estas canciones son muy pegadizas. Desde que hemos comenzado con este trabajo no podemos dejar de cantar.

–¡La voz de nuestras mujeres en labios de unos estudiantes de Ingenieros! ¡Esto es un milagro! –contesté.

–¡Pues no sé por qué! ¡Qué más da quién las cante! A mí me gustan mucho.

En aquel lejano 1998 pensé que nuestro CD había rescatado una parte importante de la literatura escrita por mujeres, de los momentos importantes de la historia de las mujeres y de su participación en la política. Es decir, creí que ya había cumplido un objetivo importante.

El CD-ROM lo hicimos posible un grupo de amigas profesoras que creíamos en el valor educativo de las nuevas tecnologías y que queríamos visibilizar a las mujeres, completamente veladas en los manuales escolares. Una visión de conjunto de nuestro trabajo está recogida en un folleto orientativo que publicamos en 2001, con motivo de la segunda edición. Todavía puede consultarse en la web.

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Ahora que ha caído en el olvido, me he propuesto darle una nueva oportunidad.

En un principio había pensado recuperar el proceso de creación de un material educativo e interactivo, hablar de su contenido global y del mensaje esencial. Sin olvidar a las autoras. Pero, como no puedo abarcarlo todo en un artículo, me limitaré a algunas cancioncillas de la poesía tradicional. He seleccionado unos cuantos poemillas de letras elocuentes para compensar la falta de la música y las animaciones del trabajo original.

La literatura española nació en los labios de una muchacha enamorada

  • De los sos ojos tan fuertemientre llorando,
  • tornava la cabeça y estávalos catando

¡Cuántas generaciones de lectores se han emocionado con estos versos, que marcaban el nacimiento de la literatura en España! El admirable Poema del Cid estaba ahí, imponente, en el principio de todo. Imposible parecía que algo pudiera llegar a arrebatarle esa gloria.

Y, sin embargo, la literatura española comenzaba un siglo antes y de qué distinta manera: no con el grandioso poema épico, sino con un pequeño corpus de minúsculas estrofas líricas; no con el solemne paso de las huestes del Cid, sino con la queja de una muchacha enamorada; no en Castilla, sino en tierra de moros. (Margit Frenk Alatorre, Estudios sobre lírica antigua, Castalia, 1978)

El amor en las jarchas mozárabes

Hoy, en nuestras voces y en nuestros escritos, siguen resonando los suspiros de aquellas muchachas andaluzas enamoradas de las que hablaba la profesora Frenk Alatorre.

  • ¡Oh madre, mi amigo
  • se va y no vuelve!
  • Dime qué haré, madre,
  • si mi pena no afloja.

El amor en la poesía trovadoresca

Y nos seguimos lamentando como aquellas mujeres medievales encerradas en sus castillos. El amor cortés no les permitía dirigirse a su madre o a un amigo como habían hecho las andaluzas, pero estas damas necesitaban contar sus penas a alguien que les guardara el secreto y que no las traicionara. Y ¿a quién mejor que al mar y a los elementos cósmicos?

  • Alcé los ojos,
  • miré a la mar,
  • vi a mis amores
  • a la vela andar.
  • Irme quiero, madre,
  • a la galera nueva,
  • con el marinero a ser marinera.
  • Dejadme llorar
  • orillas del mar.

El amor en el Renacimiento: rebeldía, alegría, picardía, y disimulo

Los aires renacentistas nos trajeron nuevos temas y nuevos tonos. Nos permitieron cantar la picardía, la travesura y la alegría, en un tono festivo.

  • ¡Ay que no puedo
  • deciros lo que quiero!

Hasta el siglo XVI, hubieran sido impensables estos versos:

  • Dejad que me alegre, madre,
  • antes de que me case.

La voz de estas rebeldes antepasadas ya no prometía la fidelidad al marido ni al amante.

  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los almendros
  • y los amores con ellos, Juan;
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.

O el siguiente zéjel, más propio de una tradición goliardesca que de un canto de damas, en el que la voz femenina se recrea de forma pícara en el beso prohibido del amante.

  • ¿Por qué me besó Perico
  • por qué me besó el traidor?
  • Dijo que en Francia se usaba
  • y por eso me besaba;
  • y también porque sanaba
  • con el beso su dolor.
  • ¿Por qué me besó Perico,
  • por qué me besó el traidor?

Las mujeres se divertían invirtiendo los recursos de la lírica culta. Las damas ponían en sus labios temas y situaciones que hasta entonces solo habían cantado los caballeros, pero lo hacían con nuevos recursos y agudizando el ingenio. Y así lo podemos ver en los ejemplos siguientes.

Unas veces, rechazando la cortesía.

  • No paséis, el caballero,
  • tantas veces por aquí;
  • si no, bajaré mis ojos,
  • juraré que nunca os vi.
  • No me sirváis, caballero,
  • íos con Dios,
  • que no me parió mi madre
  • para vos.

Otras veces, invitando al amante, con un descaro sin precedentes.

  • De tu cama a la mía
  • pasa un barquillo;
  • aventúrate y pasa
  • moreno mío.

Y otras, burlándose de los propios amores cortesanos. Estas burlas son frecuentes en las seguidillas con eco, como la que recojo a continuación. En esta, unas jóvenes ridiculizan los amores ardorosos de sus damas.

  • Como somos niñas,
  • somos traviesas,
  • y por eso nos guardan, ardan,
  • todas las dueñas.

Era un atrevimiento elegir amante sin permiso de los padres. Precisamente por eso, el siguiente romancillo era una verdadera provocación. Y, como los romancillos se adaptan bien a las canciones de corro, este ha sobrevivido gracias a los juegos de las niñas.

  • Madre, un caballero
  • de casa del rey,
  • siendo yo muy niña
  • pidióme la fe;
  • dísela yo, madre,
  • no lo negaré.

Con los nuevos tiempos, las mujeres aprendieron a protestar y a expresar su descontento.

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  • Dicen que me case yo;
  • no quiero marido, no.

A las que elegían amante por su cuenta, los padres las castigaban con el convento. Otras lo elegían para rebelarse contra los matrimonios que les habían concertado sus padres. Así nacieron los tópicos de la malmonjada, malmaridada y malcasada, que poblaron gran parte de los cancioneros renacentistas y que han perdurado en la tradición popular hasta nuestros días.

  • No quiero ser monja, no,
  • que niña namoradica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.

Como la rebeldía solía traer malas consecuencias, las mujeres aprendieron a ser discretas. Y fueron muy populares las albadas en las que la dama despachaba al amante de su cama, para no tener consecuencias fatales, como sucedía en el romance de Gerineldo.

  • El alba nos mira
  • y el día amanece:
  • antes que te sientan
  • levántate y vete.

Y cuando se dieron cuenta de que no bastaba la discreción, dieron paso al disimulo.

  • Caballero, andad con Dios,
  • que como vean que os miro,
  • no me sientan dar suspiro
  • que no piensen que es por vos.

Y para terminar

Esas voces de la lírica antigua lograron sobrevivir buscando nuevos cauces y contextos. Unas, aunque un poco cambiadas, las recogieron los cancioneros. Otras, las reescribieron los poetas cultos. Como hizo Góngora con abundantes cancioncillas populares en sus Letrillas. En el siglo XX, los poetas de la Generación del 27, grandes admiradores de Góngora, volvieron a inspirarse en estos poemillas anónimos.

Se trasmitieron de forma natural y espontánea en los juegos infantiles. Cuando yo era niña, solíamos comenzar las sesiones de corro con esta inversión de un piropo.

  • ¿Qué haces ahí, mozo viejo,
  • que no te casas
  • que te estas arrugando
  • como las pasas?

Las mujeres, desde el nacimiento de nuestras letras, hemos estado presentes en la literatura a través de las canciones, porque la lírica es un excelente vehículo para la expresión de sentimientos profundos.

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Por vosotros. Por nosotras.

Al empezar la aventura de Mocade, me propuse que mis artículos fueran sobre libros, escritura o literatura. Sin embargo, cuando leí un artículo publicado en Xataca hace un par de semanas, Cuando volver a casa da miedo: 38 historias de acoso nocturno contadas por sus protagonistas, y vi las reacciones en redes sociales y Menéame, me decidí a escribir sobre ello.

 El tema no me resultaba ajeno. También a mí me han perseguido por la calle, me han susurrado y gritado groserías. Y me han tocado genitales, pechos y otras partes del cuerpo sin mi consentimiento. Lo normal.

Lo peor no son los malos tragos que pasé, paso o pasaré con cada una de estas agresiones. Lo peor es que, después de escribir “sin mi consentimiento”, he escrito “lo normal”. Porque eso es lo que me parece. Normal.

Creo que esa normalidad es la que genera, en algunos, la falta de empatía que me he encontrado en algunas personas. Por eso, hoy quiero explicaros qué es lo que se siente en algunas situaciones siendo mujer y por qué actuamos como lo hacemos.

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Diez horas caminando por NYC. Podéis ver el vídeo entero aquí.

 Cuando la sociedad histérica hace mujeres histéricas

No es ningún secreto que no nos sentimos seguras. Solo hace falta observar a una mujer caminando sola por la noche: su paso rápido, la búsqueda de movimientos por el rabillo del ojo y la mano crispada cogiendo las llaves. Si aparece un hombre por la calle nos asustamos, sí. Porque vamos con miedo. Y cuando intentamos explicarlo, hay quienes nos llaman histéricas.

¡Qué adjetivo!, el de histérica. Según la RAE, histérica es quien sufre de histeria. Y, además de una enfermedad, es “un estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”. ¡Ay, amigos! ¡Ojalá, ojalá fuera una situación anómala!

 Las mujeres sabemos que debemos ir con cuidado, ya sea porque nos lo han enseñado o porque lo hemos aprendido. ¿Desde cuándo?

Desde antes de nacer

Cuando me quedé embarazada, en 2015, me daba completamente igual el sexo de nuestra criatura. Mi pareja, en cambio, quería una niña. Él se llevaba mejor con las mujeres, o eso decía, así que se autoconvenció y convenció a los demás de que sería una niña. Curiosamente, tenía razón.

Recuerdo cuando lo comenté en mi círculo de amigas y conocidas. Todas encantadas. Mis amigos y conocidos, en cambio, no tanto. “Ostras, es que con una niña se sufre más”. “Si tengo una hija, no va a salir de fiesta hasta los treinta y cinco”. “Con lo golfo que yo he sido, el día que mi pareja se quede embarazada prefiero que sea un niño”.

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Pues eso

Casi todos los hombres con los que hablaba me decían que inevitablemente sufrirían más con una niña que con un niño, que las acompañarían siempre por la noche “por si acaso” y que “todo el mundo sabe” que una niña corre más peligros que un niño solo por serlo.

Supongo que estos hombres también eran unos histéricos.

Desde pequeñas

El temor de los padres y las madres sobre la seguridad de sus hijos los acompaña siempre. Tanto a los niños como a las niñas se les enseña desde pequeños a cruzar el semáforo en verde, a no correr detrás de un balón y a no confiar en extraños. Y cuando las niñas tienen edad de salir con los amigos, también se les dice que no vuelvan a casa solas o que vigilen cómo visten.

En el colegio había que tener cuidado. Estoy hablando de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando las madres aún decidían qué se ponían sus hijos. Cuando veía sobre la cama, bien planchada y doblada, una de mis faldas, se me hacía un nudo en el estómago. Sabía que me pasaría la hora del patio intentando jugar mientras me la levantaban y me tocaban el culo.

En segundo de E.G.B, es decir, con siete u ocho años, ninguna niña quería llevar falda. Supongo que algún padre se quejó porque el profesor nos dio una charla sobre el respeto. Nos explicó que los niños y las niñas decidían sobre su cuerpo, y que eso de ir levantando faldas para ver bragas era una falta de respeto. Que no se podía consentir que los chicos acosaran a las chicas y que no tenían ningún derecho a hacerlo.

Para nosotras, aquello fue liberador. Sabíamos que podíamos jugar al fútbol, a las cuerdas o a los cromos sin miedo a que nos molestaran. Podíamos vestir como quisiéramos. O eso pensábamos.

Supongo que aquellos padres y mi profesor también eran unos histéricos.

 Desde la pre-adolescencia y adolescencia

Cuando tenía que coger el cercanías para ir a Barcelona, mi madre me miraba de arriba abajo y me preguntaba si no podía ponerme algo con menos escote. Harto difícil, porque siempre he tenido mucho pecho y cualquier camiseta lo hacía patente. Pero a ella le preocupaba que alguien pudiera decirme o hacerme algo, sobre todo porque ella sabía que en algunas zonas había hombres haciéndose pajas entre coches y que nos llamaban para que nos acercáramos.

Supongo que mi madre también era una histérica.

Cuando las curvas empiezan a intuirse bajo la ropa, y a veces antes, empiezan los gritos. Ya sabéis, cuando vas caminando por la calle y un hombre, da igual la edad, grita a una mujer lo buena que está o que le comería el coño, y no voy a buscar eufemismos para lo que nos dicen, si le diera la oportunidad.

Me gustaría que, quien no ha vivido algo así se pusiera, en nuestra piel. Imaginaos en el papel de una adolescente a la que, de repente, un viejo -cualquier persona mayor de veinte lo es- le grita una burrada por la calle. Lo primero que piensa es algo como “¿es a mí?”, así que lo mira con el ceño fruncido y busca a su alrededor para ver a quién le dicen eso. Pero el tío la mira, quizá hablando todavía, y se sorprende de que sea a ella, porque es algo que solo espera que se lo diga alguien que la conoce, y en broma, o en otro contexto más adecuado. Pero no. Se lo grita un desconocido, en medio de la calle, así que se muere de vergüenza. Ella. Que no ha hecho absolutamente nada, solo andar por la calle. Existir. Y la que tiene vergüenza es ella.

Imaginaos, además, que eso pasa de noche. sus padres, en quienes más confía, y otros adultos, llevan diciéndole que vaya con cuidado desde que era pequeña. Que hay hombres que no entienden que su cuerpo es suyo, y le pueden hacer algo. Desde tocarla hasta violarla. Y, de repente, un hombre -más grande que ella, mayor que ella, más fuerte que ella- suelta una burrada. Y no hay nadie más, así que es a ella.

Ya no es que se muera de vergüenza. Es que se muere de miedo.

¿Os lo imagináis? Pues podemos suponer que sois unos histéricos.

Desde la primera etapa adulta

Aún recuerdo aquella época. Era cuando mis padres empezaron a decirme que si creía que vivía en un hotel y que a ver si entraba más en casa. Empezó la universidad y me eché mi primer novio serio, todo casi a la vez.

También recuerdo a mis padres torciendo un poco el morro si salía con escote o minifalda. Aquellos días me recordaban con más ahínco que me acompañaran al coche o, si dormía en casa de una amiga, que nada de irse cada una por su lado.

Durante el día los viejos, y no tan viejos, seguían diciéndonos cosas, a mis amigas y a mí, pero lo malo venía por la noche. En la discoteca sabíamos que había que evitar pasar por medio de los grupos de tíos para que no nos metieran mano. A los baños, por si acaso, era mejor ir acompañadas. Y cuidado con despistarte de las amigas, porque igual te rodeaban y empezaban a magrearte.

 Supongo que todas éramos unas histéricas

 Recuerdo una noche que salí con mi novio y su grupo de amigos. Estábamos en una discoteca de moda de Barcelona, y de repente noté que alguien me estrujaba una teta. Miré, deseando que fuera alguna de mis mejores amigas, aunque me sorprendía que me saludaran así. No lo era. Había sido un completo desconocido que, después de su hazaña, me sonreía con cara de imbécil.

Le dije que de qué coño iba, y que me dejara en paz, y le pedí a mi grupo de amigos que nos moviéramos del sitio. Al cabo de un rato, volví a sentir lo mismo. El tío me había seguido por la discoteca para tocarme otra vez. Volví a movilizar a todo el mundo, pero me encontró y volvió a hacerme una pinza en el pecho porque, según él, le gustaba tanto que no podía evitar mantener sus manos alejadas de mis tetas. Fui a pedir ayuda a los seguratas, y dijeron que ellos no podían hacer nada. Así que me fui a mi casa.

 Supongo que era una histérica.

 Ahora, de adulta

Tengo treinta y cuatro años y estoy hasta los ovarios de que me griten burradas, me toquen sin mi permiso o me inviten a comer pollas desde coches que me siguen mientras camino. Y ¡ojo!, que no soy la flor más bonita del rosal, ni mucho menos. No hace falta ser guapa o estar buena para que te acosen. No lo hacen por alabar lo bello: muchos ni siquiera esperan una respuesta cuando te llaman tía buena, solo quieren ver… ¿el qué? No lo sé.

 Hace un tiempo, una compañera de trabajo tuvo una reunión con unos clientes. Era en una de esas empresas modernas cuyas reuniones se hacen en sofás, alrededor de mesas de café. Le indicaron que se sentara y, cuando lo hizo, uno de los dos hombres con los que se reunía dijo algo así como “me voy a sentar aquí -delante de ella-, porque así tengo mejores vistas”. Se refería a su pecho, por supuesto.

¿Os imagináis qué es estar trabajando y que un cliente te haga un comentario con connotaciones sexuales? Es más, ¿por qué tiene que hacerlo? Mi compañera se pasó toda la entrevista incómoda, y fue lo primero que me explicó al llegar a la oficina.

 Supongo que ella también era una histérica.

Sabemos que no todos los hombres sois así. Solo queremos que nos entendáis. Y que nos ayudéis, porque es problema de todos.

Ahora, una legión de hombres ofendidos podría acusarme de decir que todos ellos son unos machistas y acosadores. No, por supuesto que no lo creo. Pero sí hay aún muchos tíos que no son conscientes del daño que hacen cuando le gritan a una mujer, o los hay que piensan que no pasa nada si nos tocan un poco la entrepierna, o si en una reunión familiar le dicen a una sobrina que se quite la chaqueta para que se le vean mejor las tetas.

No, no es lógico que paguen justos por pecadores y que, al caminar por la calle en la que va sola una chica, os sintáis como delincuentes. Y lo entiendo. Para nosotras no es agradable pasar miedo, y para vosotros, tampoco.

No quiero que os sintáis así, pero está en vuestra mano cambiarlo. ¿Cómo?

Comprensión

Solo queremos que nos comprendáis. De pequeñas nos explican que debemos tener cuidado, y de jovencitas vemos que tenían razón cuando completos desconocidos nos “ladran”, nos siguen o nos tocan. Nos han dicho que un comentario sexual puede convertirse en un tirón para meternos en un portal, y que extrememos las precauciones. Claro que nos gustaría ir tranquilas por la calle, pero no podemos.

Además, si no hemos tomado precauciones y alguien nos ataca, la culpa es nuestra. En realidad, para algunos, lo es siempre. He llegado a leer que la “solución obvia (es) que las mujeres no vayan solas por la calle de madrugada”.

Y estoy hablando de la sociedad española, donde la criminalidad es bajísima. Tanto, que de 163 países estudiados, es el 25 más pacífico según un estudio de agosto de 2016. Si aquí no podemos salir de noche solas, aunque sea para ir a trabajar, ¿dónde podemos hacerlo?

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Tasa de homicidio intencional. Wikipedia

No queremos asustarnos de vosotros, pero es que no podemos evitarlo. Y solo queremos que lo comprendáis. Perdonadnos por huir de vosotros, que solo estáis caminando. Pero podríamos encontrarnos con otros que no seáis vosotros. ¿Y, entonces?

 Freno

De nada sirve que corran ríos de tinta electrónica por Internet si después se jalean bromas sobre violación, burundanga y demás en grupos de WhatsApp. No creo que quien llegue a este post sea capaz de aplaudir a un depredador sexual, pero es un buen ejemplo de cómo, a veces, las bromas y la cosificación de la mujer se nos van de las manos.

Como dice Palet en el artículo que os acabo de enlazar, la omisión también nos hace daño a todos. Por eso, si veis que un amiguete en la discoteca le toca el culo a una tía solo porque pasaba por ahí, pegadle bronca. Si no lo hacéis, le demostraréis que os la trae floja que le hayan metido mano a una mujer sin su consentimiento y que os parece bien que lo haga. Así, ese comportamiento se perpetúa en vuestro colega y en quien lo vea, pensando que no pasa absolutamente nada por tocar a una chica aunque ella no quiera.

Y vosotros, que tenéis oportunidad, preguntadle a ese amigo que siempre gruñe, silba o grita algo a una mujer, por qué lo hace. Y me lo venís a contar. Igual, así entiendo yo el motivo y él se da cuenta de que es denigrante para nosotras, incómodo y vergonzante.

 No somos histéricas. Tenemos motivos para preocuparnos

Espero haber sabido explicar por qué vamos con miedo y que tenemos motivos para asustarnos o preocuparnos si caminamos solas de noche.

Las mujeres nos comprendemos, pero me gustaría que también nos comprendierais vosotros, los hombres. Para nosotras, ir solas por la noche es como si siempre camináramos por el peor barrio de la ciudad, ese en el que hay yonkis y ladrones en cada portal, a las cuatro de la mañana.

Y, ojo, no evito la otra realidad, y es que a los hombres también os pueden robar o pegar si vais solos de noche. Pero son dos guerras distintas, y espero que me permitáis luchar por la mía y estar a vuestro lado cuando vosotros luchéis por la vuestra. Quiero daros mi apoyo igual que yo os pido el vuestro. Por nosotras. Por vosotros.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de cabecera de The Odessey Online

¿Loba solitaria o loba de manada?

Cuando decidí tomarme en serio la escritura, todos los temores me cayeron en avalancha. ¿Y si descubro que es una locura? ¿Y si piensan que tengo instintos asesinos porque mi personaje es un psicópata? ¿Y si no tengo talento? La lista era aún más larga y las excusas se ponían unas detrás de otras, haciendo que todos esos temores me paralizaran los dedos. Cuando publiqué mi primer texto fue como pararme desnuda sobre un escenario, frente a un montón de personas que no me conocía y esperar a que cada una emitiera un juicio sobre mí, sin la posibilidad de defenderme. Estuve varios días mordiéndome las uñas para calmar mi ansiedad. Todavía me sudan las manos cuando recuerdo lo aterrada que me sentí hasta que recibí las primeras críticas. Por suerte, fue menos catastrófico de lo que esperaba. Y pensé: “Es increíble cómo nos empeñamos en ver las cosas más nefastas de lo que son, en ver que nada es suficientemente bueno”. Ese día descubrí que mi temor más grande no era al fracaso o a no tener madera de escritora, ¡no! Era a sentirme expuesta y vulnerable. Tuve una ardua batalla con mi ego. Pero me fui despojando de todos los prejuicios y complejos, y aprendí a recibir las críticas con humildad. ¡Hasta me he vuelto adicta! Ahora me encanta que me señalen las erratas y que me hagan sugerencias. Si no, ¿de qué otra manera podría avanzar en este camino?

He tenido la oportunidad de encontrarme con varias personas con las que he compartido mi pasión por las letras. Unas han pasado de largo y otras me han dejado grandes enseñanzas. Pero solo algunas, como mis amigas mocadianas, han permanecido a mi lado para acompañarme. Me siento muy afortunada de poder contar con ellas en esta aventura, porque siempre están alertas para que no decaiga cuando las cosas no me salen como yo espero.

Otra de mis grandes pasiones es el cine. Hace poco vi Genius, la película que me inspiró este artículo. Es un bosquejo de la relación entre el novelista Thomas Wolfe y Maxwel Perkins, el editor que se hizo famoso con las publicaciones de Fitzegarld y Hemingway. Perkins y Wolfe, trabajaban en la edición de la primera novela de Wolfe y el editor le señalaba al novelista algunas líneas que se podrían mejorar o párrafos de los que debería prescindir. Y, gracias a sus acertados comentarios, Wolfe logró sacar a la luz su primera obra maestra, El ángel que nos mira, con la que se hizo muy famoso. Perkins fue un importante aliado para el novelista. Cuando terminé de ver la película, pensé que yo tenía la suerte de contar no solo con un aliado, sino con tres. Antes de publicar mis relatos, les pido a mis amigas que les echen una mirada, y ellas con mucho cariño, me señalan alguna coma mal puesta y me dan ideas para mejorarlos. Aunque no siempre coincidimos, sus críticas dotan a mis escritos de un sabor muy especial. Contribuyen a que sean algo más que ideas sueltas en una hoja. Muchos llegan a tener un gran número de versiones y, cuando leo la última, me siento muy a gusto con el resultado. Si comparo la primera con la definitiva, y dejo de lado el ego que envolvía a la primera versión, descubro que esas pinceladas eran necesarias y que mis relatos han ganado en concreción y verosimilitud.

La relación de Maxwell Perkins y Thomas Wolfe no era solo de editor y autor, también eran amigos. Y fue la amistad la que logró sacar lo mejor del escritor. En una escena de la película, Thomas defiende a capa y espada su prosa, llena de florituras y de adjetivos. Entonces Max le insiste en que ha convertido en tedioso, un capitulo que era muy atractivo, al recargarlo con descripciones y adornos literarios. Al final, Perkins le demuestra que puede conseguir que sea más fluido e impactante si elimina todo lo innecesario. En ese punto solté unas cuantas carcajadas, porque recordé todos esos momentos en los que he mirado con desdén alguna crítica de esas que, al final, terminan ganándome la batalla.

Otra de las ventajas de no lanzarse a esta aventura en solitario está relacionada con el uso mismo de la lengua. Cuando leo un libro y me encuentro con nuevas palabras, o con algunas que tenía por ahí guardadas en el subconsciente, me pregunto si el autor tendría a mano un diccionario mientras escribía.

Quiero afirmar que estoy convencida de que, en la literatura, es de suma importancia contar con un vocabulario bien nutrido. Cuantas más palabras conozcamos, más sencillo nos resultará darle una voz original a nuestras historias. Pero no debemos abusar de palabras demasiado artificiosas. Eso solo dificultaría al lector la tarea de interpretar nuestras intenciones comunicativas.

En las charlas con mis amigas, cuando comentamos los relatos, afloran palabras que para mí, y para ellas, son nuevas, porque pertenecemos a culturas diferentes. En esa comunicación enriquecemos nuestras formas de expresión y aprendemos algunos modismos que son característicos de nuestras regiones. Por ejemplo, adoro leer los relatos de Carmen Romeo porque siempre aprendo vocablos que desconocía y descubro más cosas de su cultura, que es fascinante.

La lectura nos ayuda a enriquecer el vocabulario. Y las palabras son signos dinámicos que, como la cultura, se van transformando a través del tiempo, en respuesta a las necesidades humanas. El lenguaje evoluciona con los años debido a las modas, las tendencias, la geografía o al cambio de visión del mundo y de la realidad. En muchos casos la lengua se ha llegado a deformar. Aunque los usos y las costumbres siempre estarán por encima de las reglas, porque la lengua es de todos, no debemos olvidar que, en literatura, una idea se convierte en una gran idea si cuenta con una buena estructura narrativa.

Estas reflexiones me han llevado a recordar un artículo del blog de Diana P. Morales “Por qué los escritores necesitamos pertenecer a una tribu”, donde plantea la importancia de formar parte de un grupo en el que podamos compartir nuestros escritos e intercambiar nuestros puntos de vista. Diana afirma que emprender este camino con un grupo de amigos, con pasiones afines, nos permite ganar confianza, impulsar nuestra escritura y contar con el apoyo mutuo. Para mí, esta última ganancia es lo más importante. En mi grupo, Mocade, cuando los días están un poco grises y las ideas son esquivas, resuenan las palabras de aliento, porque dejar de escribir nunca es una opción.

Existe la creencia de que los escritores somos lobos solitarios, que pasamos los días encerrados en compañía de nuestros pensamientos. Y, en parte, es verdad, porque cuando estoy dando vida a alguna de mis creaciones, no quiero que nadie pase por la puerta de mi estudio. Sin embargo, cuando la musa me abandona, porque ha cumplido con su misión, me gusta abrir la puerta para dejar entrar a la crítica. Así que si me preguntan si me inclino por ser una loba solitaria o por ser una loba de manada, les diría que estoy de acuerdo con Diana P. Morales. Me gusta pertenecer a una tribu de escritores, y, por eso, elegí ser una loba de manada, porque hace el proceso más divertido, porque es enriquecedor y porque ayuda a exorcizar los demonios del ego.

Mónica Solano

 

Imagen de Anthony