PICARUELA Y PICARIZA

Nombres y costumbres de las Altas Cinco Villas

Escenarios de mis relatos

Hoy vengo a hablaros de los nombres, usos y costumbres que tuvieron su origen en la pez, un mejunje pringoso de color negruzco. Fue un producto imprescindible en toda España, desde la época ibero romana, que dejó abundantes huellas en la lengua y los nombres de lugar. En este artículo me centraré en la Comarca de las Altas Cinco Villas, al norte de Aragón. Y en particular en El Frago y Biel, dos pueblos de la provincia de Zaragoza en los que viví mi infancia y adolescencia.

De niña sentía gran curiosidad por la pez con la que marcaban a las ovejas después de esquilarlas. En mi casa, casa Melchor, se utilizaba un hierro en forma de M, untado en pez. Y otro con una M más pequeña para las talegas y los sacos del trigo. Me pasaba muchas horas pensando cómo los botos de cuero, que también llevaban pez, ardían tan bien en las hogueras. Y me costó entender por qué no servía una bota de vino cuando “se le había bajado la pez al culo” y qué querían decir los abundantes refranes en los que se mencionaba la pez.

Viviendo en El Frago, conocí a Lorenzo, un viejo carbonero que había sido un antiguo pezero en los hornos de pez en el monte de Picaruela. Me contaba que en Biel tenían el horno de pez en la Picariza, un barranco justo a la salida del pueblo. Pero, eso tenía sus inconvenientes. Que no tenían a mano los trozos de madera y necesitaban un carro con caballerías.

Nombres de los escenarios de mis relatos

Casi nunca se bautizan al azar los lugares ni las personas. Siempre hay una razón que justifica sus nombres, aunque no resulte evidente. Y de eso voy a hablaros. De los nombres de los escenarios de mis relatos de las Altas Cinco Villas, de lo que los profesores y los lingüistas llamamos toponimia.

Hoy solo os traigo uno, PICA o PEZ. Si os gusta, en el futuro habrá más.

PICARUELA y PICARIZA son dos variantes de la misma palabra. Se refieren a una zona de monte en la que había un pozo para hacer pez con madera de pino resinoso, especialmente con raíces y tocones. A nosotros, estos términos ya no nos dicen nada, es decir, se han vuelto topónimos ciegos. El significado origina se perdió, a principios el siglo XX, con la artesanía de la pez. Esta industria, indispensable en las zonas rurales, desapareció con el desarrollo de las sustancias petroquímicas.

CARRETERA DE SADABA. LLANO. REGUELTICA A PICARIZA.

Llano que lleva a la Picariza. Foto de Julio Pablos, con el propio Julio Pablos.

¿Qué era la PEZ, PEGA o PICA?

Una sustancia negra, viscosa y olorosa, sobre todo cuando se reblandecía por el calor. La materia prima era el alquitrán vegetal, procedente de pinos resinosos. Según con qué sustancias se mezclara o en qué oficios se utilizara, había varios tipos de pez

¿Cómo se obtenía la pez?

Había dos tipos básicos: la PIX ALBA, o pez blanca, y la PIX NIGRA, o pez negra, con sus múltiples variantes, procedente del pino. Y, del enebro, juniperus, se extraía el aceite de enebro, un producto diferente, con el que a veces se confunde. Tenemos noticias de un horno de aceite de enebro en el término de Valzargas y otro en el Estanco, los dos en El Frago. Por la abundancia de enebro en la zona, podemos suponer que habría más.

La pez blanca, la más pura y fácil de manipular, resultaba del sangrando los pinos desde marzo hasta noviembre. La pez negra, la más abundante y más utilizada, se conseguía por destilación de maderas resinosas en unos hornos, o pegueras. Era la llamada brea vegetal que se obtenía calentando los tocones o las raíces de los pinos que quedaban después de cortarlos.

El Picaruela de El Frago y el Picariza de Bielacen referencia a los pozos en los que se fabricaba la pez negra. Estos pozos, pezeras, en castellano se llamaban pegueras o empecinados. Eran unas construcciones de adobe reforzadas con piedras en las laderas de los montes o en las afueras de los pueblos. Siempre estaban en tierras arcillosas y junto a los barrancos, porque se necesitaba mucha agua para embarrarlos. En el suelo interior había una pequeña inclinación con un agujero que se comunicaba con una olla o caldera exterior en la que se recogía la pez.

Los trozos de pino se metían en un hoyo de estructura cilíndrica, sin salida inferior, y abierto por arriba. Se prendían con una estopa encendida y se dejaban arder tres o cuatro días para que se desprendiera la resina, sin que se quemara la madera. Para saber si la brea, o alquitrán, había pasado al estado de pez, se introducía un palo y se echaban unas gotas en un recipiente con agua fría.

Después, se apagaba el fuego y se ponía una tapadera en el pozo. Cuando se había enfriado, se separaba la materia semisólida, que una vez desecada era la pez negra. En otra sobrenadaba el llamado aceite de pez. Era un trabajo de invierno, después de haber sangrado a los pinos.

Un horno de Brea en Gran Canaria.

Horno de pez. Gran Canaria

¿Para qué se usaba?

Como era un material líquido y viscoso cuando estaba caliente, pero sólido cuando se enfriaba, se pudo usar con facilidad en diferentes oficios. Por sus excelentes cualidades se convirtió en un producto básico insustituible.

Los pastores usaban la pega negra para marcar el ganado antes y después de esquilarlo, sin hacerle daño. Con esta pez hacían emplastos para curar las llagas y las heridas de las reses. Y la utilizaron, a modo de yeso, para inmovilizarles los miembros rotos. En el siglo XIII, nos habla Alfonso X el Sabio en su libro El Lapidario de esta resina: “facen end emplastro es muy  bona pora  madurar las llagas.

Los boteros usaban la pez seca, tal y como salía de la destilación, para embetunar y tapar cortes. Los botos de grandes pellejos de machos cabríos, impermeabilizados con pez, se utilizaban para trasportar vinos y aceites. Su popularidad se debió a que se adaptaban bien a los lomos de las caballerías y no se rompían con los golpes. Si se añadía aceite, se obtenía la pez grasa, con la que se pintaban los botos de cuero por dentro.

Los zapateros hacían el cerote mezclando la pega negra con grasa. Los guarnicioneros untaban la hebra con la que cosían sus piezas de cuero para darles más consistencia.

Desde la época ibérica y romana, se impermeabilizaban los utensilios de cerámica y las embarcaciones con pez.

Las costumbres antiguas en la lengua

Estas costumbres ancestrales dejaron huellas en los nombres de lugar, en el habla coloquial y en la literatura popular. Decimos que algo es “negro como la pez”, cuando queremos resaltar que es de color negro intenso. “Pez con pez”, totalmente desocupado, vacío, por alusión a los odres de cuero cuando no tienen nada dentro.

El propio verbo pegar está relacionado con las características y tratamiento de la pez. Como también los adjetivos pecinero, que significa reñidor, y pezolaga o niño muy travieso. Y en castellano el verbo brear, de brea o pez, con el significado de maltratar, tenía mucho que ver con la antigua pena de embadurnar a los delincuentes con esta sustancia para avergonzarlos.

Abundan los refranes acerca de la pez: “Cuando el arriero da la bota, o tiene pez o está rota”, “Cuando el tabernero vende la bota, o sabe a pez o está rota”, “Quien a la pez se llega, algo se le pega”, “Quien toca la pez, tiznado sale”, “Achaques al odre que sabe a la pez”, “El sol la sal atiesta la pez reblandece”, “El dinero fácil es como la pez, si lo tocas te pringa”.

De pequeña oí muchas veces un cuento de nunca acabar: “Había un rey, que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?”.

Del nombre latino al nombre de lugar. PICARUELA y PICARIZA

Del nombre culto latino, PIX-PICIS, derivó un hipotético *PICA, pez, como alteración de PICE, que en latín vulgar se convirtió en PECA>PEGA.

A su vez, PICARUELA Y PICARIZA proceden de PICA. Estos nombres hacen referencia a dos parcelas de monte en las que se había construido un pozo para hacer pez.

PICARUELA. También deriva de *PICA>PICARIA> PICARIOLA. En este caso con diminutivo afectivo. En El Frago, hace referencia a dos extensiones de monte de pino en los que se habían construido pozos para hacer pez. Picaruela Mayor y Picaruela Chica. Por la forma de nombrar, suponemos que originariamente pertenecían al mismo propietario.

El primer dueño de un “fundus”, base económica romana, le daba un nombre que posteriormente era inalterable, aunque cambiara de amo. Si fundaba dos propiedades juntas, las dos recibían el mismo nombre, con un adjetivo que las diferenciara. En El Frago también encontramos los Urietes Grandes y los Urietes Chicos.

PICARIZA. Está en Biel (Zaragoza) y hace referencia a un término cerca del pueblo en el que estaba el hoyo de fabricar la pez. Deriva del hipotético *PICARICEA, procedente también de PICARIA. Y debían ocuparse de la pez los de “casa Pecero”.

Para terminar

La obtención y el uso de la pez ha llamado la atención a los estudiosos de la cultura popular. A los habitantes de Longás, un municipio de la comarca de las Altas Cinco Villas, al otro lado de la Sierra de Santo Domingo, se les conoce con el mote de pezeros y en el pueblo está la calle Pezuelo. Se cree que había unos cincuenta hornos alrededor del pueblo, que vendían pez en todo el Pirineo. La Asociación Cultural la Chinela y Eugenio Monesma con “Los pegueros de Longás”, se han preocupado de mantener viva esta tradición. También han recuperado el arte de este oficio en Yésero (Huesca) y en Covaleda (Soria).

La del aceite de enebro fue una industria tan importante como la de la pez, con la que a veces se confunde. El Juniper, o aceite de enebro, se utilizaba en medicina tradicional para el tratamiento de enfermedades de hombres y animales. Se obtenía en unos pequeños hornos secos, sin necesidad de agua, que se colocaban sobre rocas. Estos hornos artesanales dejaron unas huellas muy características, que algunos historiadores interpretaron como petroglifos prehistóricos de carácter mágico o ritual.

Acabaré con la cita de un documento muy interesante sobre estas costumbres, recogidas en uno de los pleitos entre Biel y El Frago.

“Está tratado y capitulado que ni los de Biel ni los de El Frago, concejil ni particularmente, dentro de la partida del Estanco no puedan hacer de hoy adelante aceite de enebro, ni hornos, ni carbón, ni leña ni madera para vender fuera de dichos pueblos, ni en ellos ni en sus términos para llevarlos fuera, sino tan solo para sus propios usos y de sus casas y labores. Y para sus herrerías y para los vecinos y habitadores de dichos pueblos, exceptuado que Joan y Pedro Miana de Orés, o sus herederos, que tienen hecho su horno en Balsargas, y han gastado en el que puedan hacer tan solamente dos hornadas en dicho horno”. Capitulación hecha, en 1610, por los justicia y jurados concejos de Biel y El Frago. Testificada por F. Paian y Miguel Sánchez de Lizarazo. Fol 46v. El texto está modernizado.

Horno de aceite de enegro en Ujué, Navarra

Horno de aceite de enebro. Ujué (Navarra)

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Actual pista forestal que recorre el monte de El Frago llamado Picaruela.

Guía del escritor para enfrentarse a una reseña (buena o mala)

Cuando empecé a escribir, hace ya unos cuantos años, decidí que, para aprender, lo mejor era poner mis textos bajo la lupa de otras personas. Al principio, sobre todo, escogía a gente de mi círculo, ninguno de ellos profesional. Algunos me decían en qué cosas creían que fallaba. Otros, en cambio, declaraban que todo lo hacía perfecto. Pronto me convencí de que eran críticos excelentes y me olvidé de ver el amor que empañaban sus ojos: me crecí con esos pequeñísimos tirones de orejas y tantas palmadas en la espalda.

Por fin, sintiéndome empoderada, llegó el día en el que quise salir de mi zona de confort y enviar uno de mis cuentos a un desconocido. He de decir que era un relato extremadamente intenso del que ahora me avergonzaría si pudiera recuperarlo y leerlo de nuevo pero, en ese momento, estaba bastante orgullosa de él. Imaginaos mi cara cuando, poco después, me llegó la crítica de una persona que entendía del tema. No recuerdo exactamente qué palabras usó  pero, en resumen, dijo que mi relato era plano, infantil, bastante irrelevante.

El corazón roto del escritor cuando recibe una mala crítica

Así estaba yo cuando leí aquella crítica. ¿Podéis oír cómo se rompió mi corazón?

Una vez pasada la pesadumbre inicial, me enfadé. Muchísimo. Fue como pasar un duelo y no salir de la fase de la ira. Pensé que quién se creía esa persona para decirme todo eso y que no tenía ni idea así que decidí obviarlo. Me dejé reconfortar por los comentarios positivos y menos críticos de mis amistades y seres queridos.

En aquel tiempo acababa de cumplir 23 años y, como todos los jóvenes descerebrados, estaba segura de que no me quedaba mucho más por aprender. ¡Ah, qué tiempos! Cuando te crees invencible e inmortal y mucho más listo que el mundo que te rodea.

Poco después, sin embargo, me di cuenta de que mi sabiduría no era tal. No pasó nada en particular para que esto sucediera, en realidad. Creo que, simplemente, maduré. Abrí los ojos de verdad, miré a mi alrededor y descubrí que no había leído lo suficiente, que no había escrito lo suficiente y que, aquella persona que criticó mi escrito sin piedad, pero con educación, sabía perfectamente lo que decía.

Escuchar las críticas

Desde entonces, y han llovido más de los que me gustaría, no he dejado de poner mi prosa bajo los ojos de todo el que quiera echarme una mano. He pedido opinión a escritores consagrados, catedráticos de literatura y lengua castellana, periodistas, escritores independientes y lectores. He aceptado cada crítica y he profundizado en aquellas que no entendía o con las que no estaba de acuerdo. Pero siempre desde la modestia porque, seamos sinceros, aún estoy lejos de mi mejor yo. Y aunque tuviera un Nobel de literatura, seguiría mostrándome humilde porque con la soberbia por bandera es imposible aprender de los demás.

Por eso hablo de escuchar las críticas. Como todo lo que hace el ser humano, una valoración de un texto es subjetiva y, por tanto, está abierta a interpretaciones. Eso significa que no tenemos por qué aceptar el cien por cien de las críticas que se nos hagan porque pueden estar equivocadas, ya sean buenas o malas. Sin embargo, debemos escucharlas.

¿Por qué digo esto? Llevo un tiempo, más del que me gustaría, encontrándome con otros escritores mentando hasta a la tatarabuela de un lector, únicamente porque no le ha gustado el libro. También, hinchando el pecho ante reseñas positivas escritas con faltas ortográficas básicas.

Y ya está bien. Es muy difícil, sobre todo si el escritor está empezando, hacer una obra maestra que guste a todo el mundo y que no tenga ni un solo fallo, menos aún si la ponemos bajo la atenta mirada de un lector avezado o un profesional literario (uno que no sea él mismo o su mejor amigo). Pero vayamos por partes.

No todas las críticas son valiosas

No todas las personas están capacitadas para analizar una obra de la misma manera, ya sea por su formación, por su profesión o por su capacidad de lectura crítica. Tal como nos cuentan desde Sinjania en “El peligro del entusiasmo en la crítica literaria”, quien critica una obra o hace una reseña puede caer en dos vicios: el entusiasmo ciego y la crueldad.

Desde mi punto de vista, el entusiasmo ciego suele obedecer a dos motivos:

Porque le caigamos bien al lector

Hoy en día somos tantos los que nos dedicamos a las letras que no es difícil contar con un puñado de escritores entre nuestros amigos y conocidos. El cariño puede nublar el sentido crítico del lector y, por eso, es tan importante que el autor sea consciente de ello y matice las apreciaciones que aparecen en la reseña. Además, si conocemos al lector mínimamente, sabremos cuáles son sus gustos, sus lecturas y su aptitud para analizar la obra que lee. Y aquí viene el segundo punto.

Porque no sea capaz de hacer una lectura crítica

Un lector al que le gusta todo lo que lee, o sabe elegir muy bien los libros para que no le defrauden o no se fija mucho en lo que está leyendo. Lo más probable es que sea lo segundo porque acertar siempre con nuestras lecturas es muy difícil. Así pues, para tomarnos en serio una crítica muy positiva debemos conocer al lector a través del resto de reseñas para saber qué credibilidad tiene. Si no es capaz de sacarle ningún pero a obras como, qué sé yo, Cincuenta sombras de Grey, igual no es buena idea que nos emocionemos porque le guste la nuestra. ¿Acaso hay algo que le desagrade?

En cuanto a la crueldad en las críticas, veo dos posibles motivos:

Que piense que así es más profesional

Muchas personas relacionan la severidad con la profesionalidad. Hasta cierto punto está bien, pero criticar con ferocidad un texto no es ser riguroso, es ir a hacer sangre. La persona que hace una reseña debe ser ecuánime y valorarlo por partes y en su conjunto, señalando cosas buenas o malas. Es como el Homer (sí, el de Los Simpsons) crítico de cocina que, por presiones del resto de críticos del diario, empieza a poner a caldo a todos los restaurantes en los que antes disfrutaba. Ridículo, ¿no? Pues eso.

Que se crea mejor que el autor

No sé dónde leí que detrás de un crítico literario hay un autor frustrado, pero parece que es algo que se ha comentado desde hace tiempo ya que he encontrado referencias en “Criticar al crítico”, un artículo de El País escrito en 1989. No creo que la frustración y la envidia tengan que ver, pero no me sorprendería que muchos de los que hagan este tipo de reseñas mordaces se imaginen a sí mismos divagando desde una cátedra, con una copa de coñac y un monóculo. En estos casos, se suele notar la chulería y el desprecio y ese tufillo a “yo lo haría mejor” que desprende cada una de las líneas de la reseña.

Cuándo aceptar una reseña positiva o negativa

Igual que toda crítica es subjetiva, la aceptación de la reseña también lo es. Por eso, me he atrevido a crear un par de guías para saber si aceptar o no una crítica, ya sea buena o mala.

Diagrama para saber si aceptar una reseña positiva

Cuándo aceptar una reseña positiva

Diagrama para saber si aceptar una reseña negativa

Cuándo aceptar una reseña negativa

La mejor reseña: el término medio

En las imágenes anteriores hablo de reseñas positivas o negativas en su totalidad pero, después de muchos años leyendo y reseñando así como consultando las críticas de los demás, me doy cuenta de que las mejores son aquellas que dan una de cal y otra de arena al lector. Por ejemplo: una joven lectora se enfrenta por primera vez a El señor de los anillos. Pronto es consciente, y así lo hace saber en su reseña, de que es una obra muy bien escrita, con una prosa magnífica, unos personajes interesantes y un trasfondo, o Worldbuiling, único, precursor de todo un género. Pero también comenta que las descripciones se hacen pesadas porque no son dinámicas sino un compendio de datos como en una enciclopedia.

Una crítica así es fantástica. Es consciente de los puntos fuertes y débiles del libro y, como tal, lo indica. Por supuesto, las descripciones detalladas y profundas eran necesarias en aquella época porque, por aquel entonces, no había lugares comunes en la literatura fantástica sobre los cuales trabajar. Si Tolkien hubiera puesto, simplemente, que unos elfos altos y morenos recibieron a la Compañía del anillo, sus contemporáneos no hubieran visto en sus cabezas a esos hombres y mujeres espigados, de pelo lacio y largo, con orejas puntiagudas y piel tersa y sin imperfecciones, casi como la de una estatua de Rodin o Miguel Ángel.

Pero volvamos a la reseña. Si Tolkien la hubiera leído y no se hubiera puesto como un escritor de ego henchido, quizá habría excluido las descripciones estáticas y habría hecho su obra más ligera y dinámica. Sin embargo, él no tuvo la suerte que tenemos nosotros, el poder hablar con nuestros lectores y que nos expliquen cuáles han sido los puntos fuertes y débiles de nuestra novela. ¿Lo vamos a desaprovechar?

Controlar el ego, lo más importante al enfrentarse a una reseña

Como os podéis imaginar, los dos cuadros de arriba son guías planteadas desde el humor. Pero hay algo importante que me gustaría destacar, y que tiene que ver con el ego del escritor y con el aprecio o desprecio que profese a la persona que hace la reseña.

El ego del escritor debe estar equilibrado entre la confianza absoluta y la inseguridad. Un ego demasiado inflado hará que no prestemos atención a nuestros fallos ni a los consejos bienintencionados de quien puede ayudarnos. Por el contrario, uno demasiado débil puede paralizarnos y empujarnos a abandonar la escritura.

Por otro lado, es importante que valoremos al crítico en su justa medida y que no nos dejemos llevar por falacias. Me refiero, por ejemplo, a la falacia de autoridad, que da por hecho que todo aquel que tiene una formación reglada en literatura será mejor escritor o crítico que quien no la tenga. En ocasiones, hay personas con un instinto o sensibilidad especial para juzgar una obra, bien porque haya leído mucho, bien porque haya aprendido de otras fuentes. Si nos rigiéramos por la titulitis o un ego mal dimensionado, podríamos desaprovechar la oportunidad de aprender que nos ofrecen.

Así pues, lo que necesitamos como escritores es tener la mente abierta, analizar de dónde viene la crítica y aceptarla sin que nada nos afecte en exceso, ni para bien ni para mal. Y, sobre todo, tener en cuenta que una obra no puede gustarle a todo el mundo así que, en algún momento, nos tocará lidar con cosas que nos duelan. Que también somos humanos.

Tampoco es normal que una obra le guste a todo el mundo. Si es así, algo raro está pasando y, probablemente, la razón sea el autor.

Qué hacer cuando recibimos una crítica, sea como sea

Aquí aparece mi lado de relaciones públicas. Si tenemos costumbre de responder a las reseñas positivas que nos hacen, debemos hacerlo también con las negativas. No es necesario dejar claro que nuestra opinión es diferente a la del crítico porque es evidente. Si no, no habríamos escrito la novela tal como lo hemos hecho. Solo daremos las gracias por su tiempo y, si ha hecho una crítica educada, podemos desear sorprenderle con nuestra próxima obra.

Ante las críticas, además, tenemos la oportunidad de comprobar si se repite la misma queja o elogio. ¿Dicen que la prosa es simple? ¿Que los personajes son planos? Sea lo que sea, si más de una persona lo ha detectado, igual tienen razón. Por otro lado, si la gran mayoría de reseñas alaban la trama o el desenlace, nos lo apuntaremos como uno de nuestros fuertes y nos preguntaremos si destaca porque es muy bueno o si sobresale porque el resto de elementos de la novela son anodinos.

Sea como sea, no dejemos que las reseñas únicamente alimenten o dañen nuestro ego. Son muy valiosas para conocer cómo encandilar a nuestro público objetivo y cómo conseguirlo. No las desperdiciemos.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Tim Bogdanov on Unsplash

 

El encanto de las bibliotecas públicas

Cuando estaba en el colegio me encantaba visitar la biblioteca. Era mi lugar favorito. Adoraba el olor de los libros, podía pasarme horas leyendo. Hasta llegué a ser asistente de la bibliotecaria. En esa época no teníamos la suerte de contar con el auge digital que existe hoy día y todas las consultas, para cumplir con las tareas escolares, se debían realizar en ese espacio sagrado. Allí, una señorita con el cabello canoso y anteojos, te informaba de todos los volúmenes que se almacenaban en el recinto y, también, te gruñía cuando el tono de voz superaba lo permitido. En la universidad, las bibliotecas siguieron siendo mi lugar predilecto para realizar trabajos y consultas. A las grandes estanterías cargadas de libros se sumaron centros de cómputo para navegar en Internet y los pequeños cajones, llenos de fichas bibliográficas, fueron reemplazados por pantallas digitales.

Las bibliotecas son escenarios de gran importancia para la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de una sociedad. Nos proporcionan herramientas que nos ayudan a conocer e interpretar mejor y de manera autónoma nuestro entorno social. En Bogotá contamos con una amplia red de centros culturales que ofrecen, además de libros, muchas actividades atractivas para niños y adultos. Un plan perfecto para cultivar el conocimiento y, de paso, divertirse. Las entidades privadas, como las Cajas de Compensación Familiar, contribuyen y mantienen a nivel nacional esta red de bibliotecas que mensualmente tienen una programación de actividades gratuitas.

Hace poco, mientras leía un artículo del periódico El Espectador, “El fin de las bibliotecas”, me cuestioné el futuro de estos espacios y recordé que no he visitado ninguna desde hace algunos años. En Bogotá hay bibliotecas maravillosas, cargadas de historia. Algunas son, incluso, patrimonio de la ciudad. Pero como el trajín del día a día me mantiene corta de tiempo, siempre está la excusa: “para qué desplazarme de la comodidad de mi casa si tengo todo a un clic”.

Las bibliotecas han sido responsables de garantizar el acceso a la información y al conocimiento, de promover la lectura, la cultura y de facilitar la formación a lo largo de la vida. Desde mediados de la década de los noventa están reorientando su actividad, en parte, por el fácil acceso a contenidos digitales, pero también por los cambios de la propia sociedad: ciudadanos cada vez más participativos que han dejado de ser consumidores de información para ser generadores de contenidos. Por lo tanto, las bibliotecas están dejando de ser lugares de almacenamiento y préstamo de materiales para convertirse en puntos de participación, de interacción con los usuarios, convirtiéndose en espacios flexibles con una oferta creciente de actividades creativas.

“En burro, bus, carreta, bicicleta… Cualquier medio es adecuado para que viajen los libros. Son estrategias a las que recurren las bibliotecas y los líderes sociales para fomentar la lectura”.

El periodista colombiano John Saldarriaga escribió un artículo para el periódico El Colombiano, en el que reunía divertidas estrategias de las bibliotecas municipales en Colombia para fomentar la lectura y mantener latente la importancia de estos espacios de conocimiento. A continuación, les relaciono algunas:

Al son del pedaleo. En la Biblioteca Jorge Alberto Restrepo Trillo, de Guatapé, tienen una bicicleta para llevar libros a los comerciantes. A los quince días vuelven para renovarlos y aprovechan para mostrarles novedades recién adquiridas.

Bibliocarreta. En Sabaneta tienen la Bibliocarreta. Oswaldo Gutiérrez, el bibliotecario, la ideó en 2002 como una forma de llevarles libros a los habitantes de las veredas. Con el tiempo se convirtió en un mecanismo de promoción de lectura de la biblioteca central.

Biblioburro. En el Magdalena, cuentan con los burros del Biblioburro. Ideado por el profesor Luis Humberto Soriano Bohórquez en el corregimiento La Gloria, municipio de Nueva Granada, es un sistema efectivo para llevar conocimiento a las veredas apartadas de las carreteras.

Pocos países en América Latina tienen una red tan activa de bibliotecas públicas como Colombia. El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha sido promovido de manera sostenida, desde el 2001, con la puesta en marcha de la campaña Colombia Crece Leyendo. Se han invertido millones de pesos para dotar y construir nuevas bibliotecas en al menos 300 municipios que carecían de ellas. Ya son aproximadamente 1.424 bibliotecas públicas las que integran en la actualidad la red nacional. Algunas disponen de estándares de tecnología, conectividad y dotaciones bibliográficas que buscan garantizar el acceso a contenidos universales, pero también particulares a los intereses de cada región o grupo social. Sin embargo, con el auge de los medios modernos de comunicación y el ritmo de vida acelerado al que nos hemos acostumbrado, son cada vez más las que caen en el olvido. Se les resta importancia y, en algunos casos, mueren. Muchas pierden el subsidio con el que contaban por falta de público que aliente su existencia y terminan cerradas. Así mismo, el equilibrio y bienestar de estos centros, donde la cultura intenta mantenerse viva, suelen sufrir los estragos del tiempo, sin que a nadie le preocupe demasiado. Y, además, por los limitados recursos con los que cuentan para mantenerse, pierden el esplendor.

 

Sentada en la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, en la ciudad de Bogotá, pienso en lo refrescante que es el aire que se respira en estos recintos. Parece diferente, como cargado por una onda mística y ancestral. Y aunque estoy concentrada en mis pensamientos de una manera especial, al mismo tiempo puedo conectarme con todo lo que me rodea. Con personas de otras disciplinas, amantes de la lectura, estudiantes, jubilados y hasta empleados freelance que encuentran en las bibliotecas un espacio ideal para desempeñar su trabajo, porque las bibliotecas también son espacios de socialización.

Mónica Solano

 

 

Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Imagen de Mónica Solano.

Personas invisibles

A los amantes de la ciencia ficción o del cine les resultará familiar el personaje del hombre invisible, creado en su origen por H.G. Wells, uno de los precursores del género, junto con Julio Verne. Se da la paradoja de que, al escribir sobre él, se convierte para todos nosotros en un personaje visible y real.

He comenzado hablando de ese cliché, arquetipo, estereotipo, o como lo queramos llamar porque hace unos días me asaltó una idea bastante contraria: al margen de la invisibilidad que nos regalan los libros o la gran pantalla, nos cruzamos todos los días con un montón de personas reales, a las que no vemos porque pasamos por su lado sin darnos cuenta de que existen. A ellas les quiero dedicar este artículo.

Mi reflexión nació al abrir un video de YouTube. Era un reportaje breve sobre una especie de experimento social: una persona iba ofreciendo a varios “sin techo” la posibilidad de elegir entre alcohol, comida o dinero. Solo podían quedarse con una de las tres opciones. Las respuestas y las reacciones eran muy variadas, pero me llamó la atención la de uno de los entrevistados: solo quería a alguien con quien hablar. No presté más atención al video, aunque algo debió removerse en mi interior.

Hace un par de días salí de una tienda y acorté camino hasta mi coche por unas escaleras que llevan a la calle principal de mi ciudad. Cuando me acercaba a la acera, vi sentado en uno de los bancos que hay en la avenida a un vagabundo que estaba comiendo un bocadillo. Su mirada se cruzó con la mía durante un instante, pero bajó la vista enseguida; supongo que le sorprendió que yo me diera cuenta de que me había mirado. Terminé de subir los dos o tres escalones que me quedaban sin dejar de observarlo con disimulo. Pasé delante de él y, sin pensarlo, me salieron una sonrisa y cuatro palabras: “Buenas tardes. Que aproveche”. Paró de masticar y me correspondió con otra sonrisa. No dijo nada. Imagino que, de niño, su madre le diría eso de que no se habla con la boca llena. Soltó una de sus manos del bocadillo para devolverme un gesto elocuente: el puño cerrado y el pulgar levantado, como cuando el pueblo pedía gracia al César en el circo de Roma para algún gladiador.

Crucé la calle, sin volver la vista atrás, y pensé que debería haberle dado un poco de dinero. Durante una fracción de segundo estuve tentada de dar la vuelta, pero no lo hice. Ni siquiera sé para qué hubiera retrocedido. ¿Para hablar con él? No creo. No por nada, sino porque, posiblemente, las convenciones sociales me hubieran frenado. ¡Qué papelón habría jugado si me hubiera puesto a darle conversación y me hubiera malinterpretado soltándome una fresca! O, tal vez, hubiera vuelto sobre mis pasos para dejar algo de dinero en la gorra cochambrosa que había a sus pies. Pero eso habría estropeado el gesto amable que me salió de forma espontánea, o eso quiero pensar. El caso es que me vino a la mente la idea sobre esa clase de invisibilidad.

Este fin de semana me ocurrió algo que volvió a recordarme ese tema. Me refiero a esa ceguera selectiva que afecta a una parte del mundo cuando se trata de ver cosas que es más cómodo ignorar. Tengo un hijo con autismo. Está rodeado de gente que lo adora y eso hace que no sea una de esas personas invisibles como el mendigo del banco. Pero el mundo del autismo ha sido durante mucho tiempo un gran desconocido.

Vivimos en Marbella, y en verano se hacen bastantes galas solidarias en beneficio de muchas asociaciones y organizaciones. Pues bien, recibí una llamada de teléfono de una persona de la Global Gift Foundation, que organizaba su gala anual en nuestra ciudad. Uno de los premios era para la organización “Aprendices visuales”, como reconocimiento a su labor en beneficio de los niños con autismo mediante el desarrollo de cuentos y pictogramas que les sirven de herramientas para adquirir habilidades y potenciar su avance. María Bravo, una de las almas fundadoras de Global Gift, creyó que sería bonito que mi Javi presentara con ella la entrega de ese premio. Era una manera hermosa de dar visibilidad a las personas con autismo, y de mostrar a todos los asistentes cómo se puede mejorar la calidad de vida de esos niños y adultos, y a qué nivel de integración se puede llegar si se trabaja con los medios y con el amor necesarios. Cuando recibí la llamada y la invitación le pregunté a mi hijo (porque por supuesto también tiene muy bien trabajada la autodeterminación, y la libertad de tomar sus decisiones) y aceptó encantado. La presentación fue maravillosa, y salió perfecta. Mi Javi leyó su parte del guión junto a María y, por supuesto, disfrutó como el que más de la cena y del bailoteo posterior. A las pruebas me remito:

Gala Global Gift Foundation. Julio 2017 (22)

Esos ejemplos tan dispares me inspiraron este artículo. A veces no tenemos que pensar en desconocidos o en colectivos para plantearnos el tema de la visibilidad de las personas. ¿Cuántos de nosotros no recordamos (me incluyo a propósito) a algún vecino, compañero de trabajo, etc. que es el típico “plasta” al que todos dejamos de lado? Y no es que lo hagamos con mala intención, pero el caso es que lo hacemos en ocasiones.

Si me paro a profundizar más en el tema, el mundo se me queda pequeño cuando empiezo a dar visibilidad a tanta gente. Los niños que mueren de hambre, las mujeres maltratadas, las víctimas del terrorismo… sé que todo eso suena a tópico, pero es que detrás de los tópicos hay personas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se diluyen dentro de un conjunto que nos resulta más cómodo cuando es impersonal.

¿Y qué podemos decir si alguno de nosotros ha visto esta película desde el otro lado de la cámara? ¿Qué digo yo ahora si, por casualidad, me está leyendo alguien que se siente o se ha sentido invisible alguna vez? ¿Qué puedo ofrecerle? O, mejor dicho, mi pregunta debería ser: ¿qué puedo ofrecerte?

Porque si alguien lee esto y se da por aludido, me gustaría regalarle, aunque fuera durante el breve tiempo que emplee en leer este artículo, ese don de la visibilidad. Ojalá que ahora y en el futuro yo sea capaz de ver con algo más que con mis globos oculares. Ojalá sepa, y sepamos todos, descubrir a aquellos que necesitan saberse descubiertos. A los que anhelan saber que son importantes para alguien, que significan algo, aunque solo sea para el camarero que les pone un café, o para el que les vende el periódico a diario.

Porque no hay que ir al cine o a los libros para encontrar al hombre invisible. Lo tenemos a nuestro lado muchas veces. Y no es ficción.

Adela Castañón

Imágenes: WordPress, Gala Global Gift Foundation.

La primera gran empresaria aragonesa

La fábrica de corsés de Pilar Lana

En 1875, Pilar Lana (¿?-Zaragoza, 1912) fundó la “Fábrica de corsés Pilar Lana”. Fue la primera empresaria aragonesa que introdujo máquinas de vapor en sus dos fábricas: la de corsés y la de hielo y chocolates. Esta mujer emprendedora supo abrirse camino en un mundo empresarial dominado por los hombres. Además, colaboró activamente con el Hospital de Soldados Transeúntes que tenía la Cruz Roja en el Arrabal, junto a la Estación del Norte, para atender a los soldados de Cuba y Filipinas.

1. Mujer cosiendo

En 1868, cuando se quedó viuda, empezó con los corsés en su casa. A los pocos años estableció un negocio con máquinas de vapor y dio trabajo a numerosas obreras. Llegó a ser famosa en vida, y así lo expresaba Francisco de Asís Pastor, el corresponsal de El Liberal de Madrid, a los dos años de su muerte.

No es posible pasar en silencio el nombre de Pilar Lana, respetabilísima heroína, que, gracias a su clara inteligencia y a su resignación ante la irreparable pérdida de su esposo, consagró todos sus desvelos y excepcional talento a demostrar de modo elocuente cómo la mujer tiene capacidad intelectual suficiente para acometer magnas empresas. (06/10/1914).

Los añorados corsés

A finales de la Edad Media y en el Renacimiento, los utilizaban los hombres y las mujeres adinerados para modelar sus figuras, pero con el tiempo pasaron a ser prendas exclusivamente femeninas. En el siglo XVII solo podían permitírselos las mujeres aristocráticas, que deseaban una cintura reducida, símbolo de juventud y belleza. En el siglo XVIII, después de la Revolución Francesa, se asociaron a una aristocracia en decadencia. Pero, en la Revolución Industrial, el cuerpo con cintura de avispa que lucían algunas aristócratas se convirtió de nuevo en un ideal femenino y con él volvieron los antiguos corsés rígidos, armados con varillas de hierro o de madera, o con huesos de ballena. Con la moda victoriana se buscaba moldear la cadera, la cintura y el trasero. Los nuevos métodos industriales permitieron la producción en serie, bajaron los precios y muchas mujeres de la clase media pudieron comprarse el corsé de sus sueños.

El corsé ha sido objeto de polémicas a lo largo de toda su historia. ¿Fascinación o convención social? Sus defensores lo exaltaban como el icono de la sexualidad femenina y del glamour. Pero sus detractores lo catalogaban como un instrumento de represión.

2. Corseé talla de avispa

Al margen de estas disquisiciones, fue un arma importante para cautivar y se convirtió en una prenda imprescindible en el guardarropa de las mujeres. Sólo sería sustituido, al final de la Primera Guerra Mundial, por el sujetador, una prenda más cómoda y relajada.

3. 1899. Anuncio Casi tengo miedo

“Casi tengo miedo” era el eslogan con el que habían reaccionado las mujeres al razonamiento de sus detractores: que el corsé era perjudicial para la salud, porque oprimía su cuerpo en exceso. Y que tenía un matiz pecaminoso, sobre todo aquellos de los que habían hecho gala las mujeres libertinas, los que dejaban los hombros y el escote abiertos. De eso se trataba, de vencer el miedo y aceptarlo como símbolo de feminidad y de belleza.

El “boom” de los corsés finalizó entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres que salían a trabajar buscaban unas prendas más cómodas. En esos años surgió la leyenda urbana de que los Estados Unidos habían iniciado una campaña contra los corsés para ahorrarse las 20.000 toneladas de metal que se usaban en su confección, es decir, el metal necesario para dos buques de guerra.

Las primeras fábricas de corsés en España

Al principio la corsetería se consideró un trabajo de mujeres. Unas cosían en sus propias casas y vendían sus corsés en los comercios de la ciudad, y otras los vendían directamente a sus clientas. Estas mujeres, cuando les iba bien el negocio, abrían talleres en los bajos de las viviendas, unas veces a su nombre y otras al de sus maridos. Si se habían quedado viudas figuraban como “viuda de”.

A medida que el corsé se fue poniendo de moda, empezaron a llevarlo hasta las mujeres de la Casa Real, ¡y hacían gala de ello! Eso hizo aumentar la demanda y las fábricas extranjeras comenzaron a establecerse en España. En la segunda mitad del siglo XIX, estas fábricas se habían convertido en una industria floreciente.

4. 1874. Anuncio de corsés -FOTO

En 1899, en este anuncio del Eco de Navarra, podemos apreciar cómo había arraigado una prenda que se había vuelto accesible, cotidiana y recatada.

Dónde estuvo la fábrica en Zaragoza

En 1875, Pilar Lana estableció en Zaragoza una fábrica que estaba llamada a tener gran éxito. Comenzó cosiendo en su propio domicilio, pero pronto estableció su primera fábrica en los bajos de una casa de viviendas, en la calle de San Voto, 8.

En 1899 se trasladó al Camino de las Torres 191, donde construyó una amplia fábrica de cuatro naves dispuestas en cuadrado en torno a un patio central. En esas naves instaló la fábrica de corsés y la de chocolates. La nueva fábrica se montó con una maquinaria más moderna.

5. Máquina de vapor horizontal

Máquina de vapor horizontal de Philip Taylor (1828(

En 1901, cuando se trasladó a la calle Cinco de Marzo, ya había en Zaragoza siete corseterías, tres regentadas por mujeres.

En 1902, el periódico El Liberal de Madrid, con motivo de las Fiestas del Pilar, realizó un reportaje sobre la Zaragoza industrial en el que elogiaba la fábrica de Pilar Lana en estos términos:

Bien puede calificarse de notabilidad en su género la fábrica de corsés que, en la calle Cinco de Marzo, 2, triplicado, tiene establecida doña Pilar Lana. Fundado este establecimiento por su actual propietaria, doña Pilar Lana, y, siendo el más antiguo de España, bien puede deducirse que con las ventajas y conocimientos que ofrece una práctica en cualquier industria, unidas a la inteligencia y laboriosidad desplegadas por aquella señora y la constante aplicación de nuevos elementos del progreso, la fábrica de la señora Lana es hoy, indiscutiblemente, la primera de su clase.

La fábrica, además del personal administrativo, de almacenes y dependencias, da ocupación constante a 125 operarias, que en la actualidad confeccionan la enorme cantidad y casi increíble de 1.000 corsés diarios. Cinco viajantes de esta casa recorren continuamente la Península, teniendo además representantes directos en Madrid, Valladolid, Murcia, Bilbao, Sevilla y otros puntos importantes. El establecimiento confecciona toda clase de trabajos de su artículo, esto es, desde el simple corsé de primera postura para niño al de construcción superior, más lujosa y complicada. Sus especiales talleres, funcionando con motores eléctricos, constituyen una sorprendente instalación, en la que pueden verse y admirarse, distribuidos separadamente, los de cortado, cosido, apresto, planchado y de adornos. La fábrica se construye para sí misma las cajas de cartón para sus embalajes, dato que por sí solo daría idea de su importancia, y que, no obstante, la enorme cifra de fabricación actual que constantemente va en progresión, se halla en condiciones y es susceptible de seguir produciendo mucho más, esto es, de servir cuantos pedidos se hagan, sea cual fuere la magnitud de estos. (23/11/1902).

En 1911 decidió construir una fábrica de corsés y su vivienda en la primera planta, encima de los locales, en la calle Costa, 8.

7. Casa de Pilar Lana-FOTO

A su muerte, en abril de 1912, la heredó su hijo Daniel Mendiri Lana, que la mantuvo hasta 1928. Ese año, en el solar que ocupaba se construyó la sede del diario La Voz de Aragón.

Fama de los corsés de doña Pilar

A los pocos años de su fundación, el proyecto de Pilar Lana había ido alcanzando gran fama y se había convertido en una de las más importantes de España. En 1888, los corsés de Pilar Lana estuvieron en la “Exposición Flotante Española”. En 1897, “El Gran Baratillo Catalán” de Pamplona, entre sus productos, anunciaba un gran surtido de corsés de Pilar Lana, de Zaragoza. Para esta fecha Pilar Lana ya estaba considerada como la primera de las grandes empresarias aragonesas. Y de su fábrica se ocuparon los principales periódicos nacionales.

8. Tarjeta postal

1906. Postal de Pilar Lana con fines comerciales.

En 1908 registró un nuevo tipo de corsé. “Patente 43.333. Pilar Lana. Invención. Un producto industrial consistente en corsés juntados a mano. 27 de mayo de 1908″. En 1909 registró su nombre para una empresa que ya era muy floreciente: “Registro de modelos y dibujos. 1.660. Pilar Lana”.

En 1913, al año siguiente de su muerte, el Heraldo de Madrid le dedicó un largo artículo.

Esta aragonesa de muy privilegiado talento supo demostrar la capacidad intelectual de la mujer para magnas empresas encumbradoras del buen nombre y progreso de su ciudad natal. Es la fábrica más antigua y de mayor producción de corsés en España. Trabajan las obreras y operarios en inmejorables condiciones, en pabellones amplios, con luz espléndida y disponiendo de la más perfecta y moderna maquinaria. Casa es la de Pilar Lana que hubiera ganado seguramente todos los certámenes de las más altas recompensas, pero enemiga de triunfos oficiales, prescinde siempre de presentarse a esas Exposiciones y sólo figuró en la Hispano Francesa de 1908. (12/10/1913).

Ese mismo año, con motivo de las fiestas de El Pilar, el ABC (14/12/1913) sacó un artículo en el que no escatimaba adjetivos para elogiar a Pilar Lana, a la que llegaba a calificar de “heroína”. Y, en 1914, El Liberal de Madrid, (06/10/1914), volvía a ocuparse de unos corsés a los que había dado fama internacional Pilar Lana.

Fábrica de chocolates y de hielo

Al poco tiempo de haber establecido su fábrica de corsés en la calle de San Voto, aumentó su negocio con una fábrica de chocolates, que en 1895 ya era famosa en toda España.

9. Fábrica de chocolates

En 1899, cuando se trasladó al Camino de las Torres, también fabricaba hielo y lo facilitaba a los hospitales, a las casas de socorro y a la beneficencia domiciliaria.

En 1900, según se desprende de los anuncios de El Imparcial, puso a la venta la maquinaria de hacer chocolate y hielo y se dedicó solo a los corsés. En 1924, su fábrica de hielo se había convertido en S.A. Damm, una empresa de cervezas

Maquinaria para chocolates. Está en venta toda la procedente de una gran fábrica, moderna y en inmejorables condiciones de conservación. Se venderá barata. Dirigirse a Pilar Lana, Camino de las Torres, 191, Zaragoza.

Para terminar

Los corsés, gracias al trabajo empresarial de Pilar Lana, se convirtieron en una prenda femenina por excelencia y comenzaron a usarlos las mujeres burguesas y las de la clase media. Pilar Lana, sagaz empresaria, captó bien estos gustos burgueses emergentes y aprovechó el momento en que el negocio de los corsés estaba en expansión para montar un gran emporio de corsetería en Zaragoza.

Además de dar trabajo a un buen número de mujeres, colaboró con sus corsés en una gran tómbola que la Cruz Roja organizó en Zaragoza para ayudar al Sanatorio de Transeúntes. Así, además de encauzar sus sentimientos solidarios, dio a conocer sus productos entre las mujeres burguesas que participaban en la organización de la tómbola. A esa tómbola acudieron sus propias obreras, con la ilusión de conseguir un corsé por el precio de un solo boleto. El corsé, la nueva prenda de moda, sólo estaba al alcance de unos bolsillos acomodados.

10. La Caridad-Zaragoza-Cabecera

Cabecera de la revista de Cruz Roja de Zaragoza.

Pilar Lana fue una mujer moderna e independiente. Puso la fábrica a su nombre y nunca figuró como “viuda de”, como era habitual en su época, porque quiso darse a conocer a través de su propia obra y ocupar un espacio propio como empresaria.

Carmen Romeo Pemán

Juego de tronos, El cuento de la criada, American Gods: cuando la novela salta a la televisión

Cuando me enteré de que Juego de tronos iba a tener una serie de televisión, un escalofrío recorrió mi espalda. En aquel momento, me había leído los cuatro libros que R. R. Martin había escrito y publicado y estaba esperando el quinto con ansia. Una serie, con el nivel de fanatismo que tenía, era una buena noticia siempre y cuando se respetaran las tramas y el estilo del autor. Pero tenía miedo, aunque fuera HBO (Los Soprano, The Wire, A dos metros bajo tierra, Sexo en Nueva York…) quien llevara el proyecto. ¿Y si era un tostón infumable? ¿Y si los personajes eran descafeinados y pusilánimes? ¿Y si cambiaban a mi adorada Arya y a la genial Cersei?

Me equivoqué, afortunadamente, y estoy deseando que llegue esta noche para ver el inicio de la séptima temporada, que se ha estrenado de madrugada en Estados Unidos.

American Gods: de la novela a la televisión

Juego de tronos no es la única novela que se ha llevado a televisión. American Gods de Neil Gaiman o el Cuento de la Criada de Margaret Atwood, por citar dos ejemplos recientes,  también han sido trasladadas a la pequeña pantalla. Sin embargo, no todas las adaptaciones son iguales ni tienen el mismo éxito. Como consumidora de los dos formatos, siempre me ha gustado comparar (y quejarme) de las diferencias entre el libro y la serie. Pero sin mucho conocimiento, lo reconozco. Por eso, he decidido contar con Maritxu Olazabal, ávida lectora y consumidora de series de televisión, colaboradora en el medio Fuera de series y gran amiga. Hemos hablado de libros que han encontrado su adaptación y han funcionado en la gran pantalla. Espero que os guste.

Hemos decidido encontrarmos por Skype, así que nos vemos las caras a través de una pantalla, igual que los libros de los que vamos a hablar. La confianza y el bochorno barcelonés hacen que nos saludemos con cariño y sin formalidades.

Carla. Maritxu, muchas gracias por dedicarme este ratito. Como ya hemos hablado en otra ocasión, de un tiempo a esta parte me da la sensación de que cada vez se adaptan más novelas a la televisión. ¿Crees que es una tendencia al alza o soy yo, que me fijo más?

Maritxu. La respuesta está en el volumen de series que se están haciendo: siempre ha habido temas inspirados en otras obras, pero en un momento en el que el número de series que se emite es enorme, es lógico que algunas de las ideas partan de novelas.

Antes, además, con los libros de éxito se hacían películas de éxito. En el momento en el que las series ganan en prestigio, el autor, las agencias y los productores saben que una novela es carne de libro y de serie.

C. ¿Y qué me dices del público de la novela y el de la novela? Somos muchos los que, después de leer un libro, vemos la serie con morbosa fascinación. Aún así, ¿el público es el mismo en los dos formatos?

M. No tiene por qué ser el mismo. Por ejemplo, si hablamos de Young Adult (literatura juvenil), nos encontramos con la serie Riverdale, cuya premisa es la muerte de una persona al inicio del curso escolar y que está inspirada en el comic de Archie. Tanto el cómic como la serie están dirigidas al público adolescente, pero son muchos los adultos que ven la serie como un gran placer culpable.

Westworld: cuando la novela da el salto a la televisión

Póster promocional de Westworld

Es más: también encontramos diferencias de público entre series y películas. La serie Westworld nace de la película homónima, traducida en España como Almas de metal (1973). La película, y la obra de Michael Chrichton en general, tienen un público muy abierto. La serie, sin embargo, ha apostado por un público algo más específico.

Pero, siguiendo con las series, el ejemplo más claro es Por trece razones, lanzada por Netflix. Esta plataforma y productora tiene una estrategia de marketing en la que no anuncia el público al que va sino que deja que sus series se encuentren con todos los usuarios de la plataforma. Así es como vemos que esta serie ha roto las barreras de la edad, impactando en un público más generalista y partiendo de un producto escrito para adolescentes.

C. Nos estás hablando de series muy distintas y que han tomado, a su vez, caminos diferentes a la hora de acomodar sus tramas a la televisión. ¿Has detectado diferentes tipos de adaptaciones de novelas a series?

M. Así a bote pronto diría que hay tres tipos de adaptaciones, y cada una tiene ejemplos de productos que han funcionado bien.

Para empezar, hablaríamos de las meramente inspiradas en una idea. Un ejemplo sería Hannibal. Poco tiene que ver con las novelas de Tom Harrys, ni siquiera con el protagonista. Tampoco con las películas, ya que Hopkins se trabajó el personaje a través de los libros. En cambio, la serie funciona aunque solo se haya tomado la novela como inspiración para crear otras tramas.

La segunda sería la que parte de un argumento literal y se acaba separando. El ejemplo más conocido es el de Juego de Tronos en las últimas temporadas. Al principio, GOT escogía el orden de cómo explicarnos las cosas que habíamos visto en los libros hasta que llega el momento en el que la serie va en paralelo con las novelas. Por último, la ficción televisiva deja la literaria atrás, y todo lo que vimos en la sexta temporada y lo que veremos en la séptima, es nuevo para todos. Pasa algo parecido con Pequeñas Mentirosas o incluso con American Gods. En este último caso, serie que Gaiman ha acompañado, ha decidido seguir el libro en los primeros capítulos y luego hay un momento en el que lo que vemos es una propuesta distinta..

Por último, hay otras series que, aunque sigan el libro, aprovechan el canal para completar a la obra original. En televisión te puedes permitir desarrollar más arcos secundarios, una serie de detalles o sensibilidades que en el libro implicaría explicar y mostrar demasiadas cosas, ocupando líneas y líneas de tinta. Tenemos multitud de ejemplos: El cuento de la criada, Por trece razones o Big Little Lies. En algunos casos diría que hasta mejora el libro. En otros, simplemente aporta más detalles que la obra escrita conllevaría otro planteamiento.

El cuento de la criada: cuando la novela da el salto a la televisión

Uno de los fotogramas de El juego de la criada

Sin embargo, son adaptaciones fieles a la obra original. Poniendo de ejemplo El cuento de la criada, vemos que es un único volumen, no muy extenso. Y, sin embargo, la serie estrenada actualmente son diez capítulos con un buen presupuesto, y se habla de una segunda temporada. Sin embargo lo que hemos visto es en gran medida una adaptación fiel, que ha aprovechado el medio para sumar pinceladas que antes solo intuíamos o hasta desconocíamos.

C. Entonces, ¿crees que una serie tiene recursos que puede mejorar el libro en el que se basan?

M. Más que mejoras, las series pueden hacer más complejo el proyecto a través de guiños momentáneos. Por ejemplo: si quieres mostrar a un secundario como un tío con una buena vis cómica, en un libro seguramente se necesitará un desarrollo de personaje extenso y bien trabajado. En la serie, en cambio, con un par de chascarrillos en algunos puntos clave puede ser suficiente.

Además, no debemos olvidar el papel de los actores, la interpretación de los personajes. El caso de Nicole Kidman en Big Little Lies es un gran ejemplo. Ella es capaz de redibujar un personaje con su interpretación. Celeste Wright es quien es porque tras ella está quien está.

C. Ya te entiendo. Entonces, vamos a hablar de la narrativa. ¿Qué diferencia hay entre serie y novela?

M. Yo creo que depende de la intencionalidad. En American Gods se nota que Gaiman ha estado implicado en el proyecto y que el pulso de la serie es muy suyo. Sin caer en spoilers, cuando tú lees una obra de Gaiman hay cosas reconocibles, y se las han ingeniado para meter esas cosas en la serie así que no es muy diferente a lo que yo me imaginaba.

Lo que quiero decir es que los recursos narrativos de la novela se pueden aplicar al cine o a la televisión por lo que, al final, la diferencia dependerá de dos cosas: primero, en si el autor está vinculado en la creación y dirección de la serie y, por otro, en la intencionalidad.

C. Intencionalidad. ¿ A qué te refieres?

M. Quiero decir que hay showrunners que conscientemente versionan lo que están haciendo. Un caso es la triada Sherlock Holmes novela, Elementary y Sherlock. Las tres tienen voluntades distintas. Las tres dibujan personajes que reconoces pero, tanto en los libros como la serie procedimental o la de la BBC, te das cuenta que muestran un mismo caso de maneras muy distintas y, por tanto, narrativamente son muy diferentes aunque reconozcas en todas la figura de Sherlock Holmes.  Las dos series han escogido tonos y formalismos distintos.

C. Háblanos del formalismo.

M. Los dos Sherlocks son intencionadamente modernos. El Sherlock de la BBC es más intenso y más de fuegos artificiales, más espectacular. El producto se asemeja al formato de películas pequeñas: muy cuidadas, con un tono muy personal y un sentido esencialmente individual y diferenciado. Sin embargo, el Sherlock estadounidense es una serie procedimental, corta y de gran consumo, con unas aspiraciones artísticas muy distintas en la que se usan estructuras semejantes de forma repetida. Como serie procedimental es muy buena, y su audiencia durante los últimos cinco temporadas la mantiene viva.

Elementary: cuando la novela salta a la televisión

Sherlock y Watson sentados en Elementary

La mayor virtud que tienen las dos es que ambas son una copia coherente del libro pero no se parecen en nada. Es un buen ejemplo de que los productos artísticos se pueden reinventar tantas veces como quiera quien reinventa. No hay una sola forma de hacer una adaptación.

Sherlock: cuando la novela salta a la televisión

Sherlock y Watson sentados en Sherlock

C. Estamos acostumbrados a la adaptación de novelas al cine. ¿Qué diferencias hay en esa adaptación del cine a la televisión?

M. Yo creo que la diferencia básica es que en el cine las reglas de juego en cuanto a tiempo están muy pausadas. No puedes hacer una peli de 40 minutos ni de 10 horas así como así. La serie te permite emitirla en el tiempo que tú quieras, ya sea un capítulo por semana como toda de golpe. En el momento en que la plataforma deja de ser forzosamente la televisión también puede tener la duración que tú quieras: ni siquiera todos los episodios tienen que durar lo mismo. Actualmente nos estamos moviendo en una horquilla de entre  veinte minutos a, como en España, de ochenta.

Esto quiere decir que el ritmo y el tempo de la serie es totalmente distinto según el tipo de producto. Además, y como decíamos antes, tenemos ejemplos de series que alargan el contenido más allá de los libros, o en paralelo. Por ejemplo: Pequeñas mentirosas, que acaba en España la semana que viene, tiene 7 temporadas con unos 20 capítulos cada una. Y manteniendo la audiencia. Esta serie es uno de esos ejemplos claros de producto que ha levantado un fandom enorme hasta el último segundo, con la gente volviéndose loca a cada final de temporada, cada capítulo especial de Halloween, etc. Durante siete años. Son casi 100 horas de metraje las que han conseguido mantener al público pegado a la pantalla.

Si, en vez de una serie, fueran películas de duración media que se estrenaran cada septiembre durante siete años, serían unas 14 horas de metraje. Frente a 100. Esa diferencia se traduce en más o menos tramas con más o menos desarrollo, más o menos personajes…

C. Siempre se ha dicho que la televisión matará a la radio. Así pues, yo te pregunto: ¿matará la televisión a los libros?

M. Al contrario. Es una relación que se retroalimenta y, de la misma forma que no creo que las nuevas plataformas del consumo de series vayan a matar nada, creo que, el que las series sean muy vistas y que se consuma un gran volumen de títulos, es una forma de ocio más que no tiene por qué desplazar nada. De hecho, creo que es una buena oportunidad para que gente que no lee se entusiasme por una novela y vaya a por ella. El cuento de la criada es una de esas series que te hacen tener ganas de leer el libro.

C. En otoño se espera una nueva hornada de series basadas en libros. ¿cuáles te parecen más relevantes?

M. Una de las más mediáticas, porque su autora es quien es, es El canto del cuco, la novela de J.K. Rowling bajo psuedónimo. Una novela negra a la que tengo bastante curiosidad.

Por otro lado, hay un thriller psicológico de Gilliant Flint, Heridas abiertas, que trata de cómo alguien recluido en una hospital psiquátrico se vuelve a adaptar al mundo.

Otra policíaca que tengo ganas de ver por dónde va es El alienista. Es una novela ambientada a finales del XIX y principios del XX, en NYC. El momento en el que transcurre puede dar mucho juego a TNT para la creación de esta serie.

Este mismo verano se ha estrenado The Mist, historia de Stephen King a la que aun no le he echado el guante, pero que me despierta ganas.

C. Bueno, creo que esta pregunta es obligada. Qué futuro le ves, por un lado, a las series de televisión y, por otro, a las adaptaciones de novelas para televisión.

M. Estoy segura de que las adaptaciones van a ir a más. Al fin y al cabo, las productoras y plataformas de televisión se encuentran con que hay un agente extraño que ya les ha hecho la construcción principal de mundo y de personajes, así como las tramas. Y eso es muy tentador.

C. Además, suelen escoger éxitos de audiencia.

M. Claro. Y, por otro lado, sin coger éxitos de audiencia, las cadenas y productoras están suficiente maduras como para arriesgarse con títulos que aparentemente no son Cazadores de sombras pero que, sin embargo, apuestan por ellas fuertemente. El cuento de la criada es una novela distópica no tan conocida como 1984 pero la apuesta de HBO por ella ha sido muy potente.

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Cartel publicitario de Shadowhunters

Por otro lado, el futuro de las series es el que queramos. En una masterclass del pasado Serielizados mostraron el tipo de adaptaciones en cuatro países distintos. La forma de hacer y emitir televisión sigue siendo distinta según el lugar, incluso consumiendo títulos comunes en muchos casos. Seguimos relegando a un mínimo, ya no títulos, sino incluso formas de hacer ficción. A este respecto, parece que Movistar+ está apostando por el nicho de series europeas, que  son casi desconocidas aquí. También pienso que las grandes cadenas de suscripción mensual (HBO, Hulu, Netflix, etc.) buscan tener un sello propio, de ahí que Amazon hiciera American Gods o una serie con Woody Allen.

C. Parecen series de autor

M. Sí. Amazon está apostando por tener en su haber el trabajo de ciertas personas de renombre. Y nos están permitiendo que, igual que las editoriales tenemos claro que hay un libro de estilo en cada una de ellas (hay novelas que sabes que saldrán con ciertas editoriales porque es coherente con lo que han publicado), con las series pasará lo mismo porque tienen cierta intencionalidad editorial.

Por eso, cuando se habla de la burbuja de las series me parece que es una premisa falsa: las series están madurando y seguirán haciéndolo hacia distintos caminos, igual que el cine en los años 60. Y eso es lo bueno. El término burbuja implica algo pasajero o que se verá hundido. Las series vienen para quedarse con independencia de que el número de títulos varíe con el tiempo..

C. Por último: ¿qué serie tienes unas ganas locas de ver?

M. Además de Juego de tronos, que ya está aquí y no nos vamos a poder resistir a ella aunque queramos, le tengo muchas ganas a dos productos de Amazon: una de ellas es llevada por Guillermo del Toro y, la otra, The Marvelous Mrs. Maise’, firmada por Sherman-Palladino. El piloto es muy bueno y Amazon le ha encargado dos temporadas. Para haberse visto solo el piloto es mucho, así que le tengo mucha curiosidad.

La otra es una serie ya iniciada, basada en una película que parte del libreto de un escritor, y es la segunda temporada de Westworld. Me parece que, además de ser una serie de Ciencia ficción, plantea una discusión sobre el papel de la mujer y tiene un discurso feminista que me resulta muy interesante ver cómo va a salir. No es un mensaje que se esperara en un principio por lo que plantea una discusión muchísimo más interesante que la premisa inicial.

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No se puede negar que Maritxu y yo hablamos mucho, sobre todo cuando se trata de temas que nos apasionan. Mi profesora de comunicación política está ahora revolviéndose en su silla por ver que casi no he editado nada pero, ¿cómo hacerlo? Todo lo que nos cuenta Maritxu es imprescindible para conocer cómo funcionan las series y, especialmente, aquellas que han basado sus libretos en una novela.

Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo, y aprovecho para dar las gracias a Maritxu otra vez desde aquí. Además, os animo a seguirla en  su Twitter y en Fuera de series, donde publica novedades y análisis de series nacionales e internacionales. No os cortéis, que estoy segura de que os descubrirá un mundo nuevo.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de cabecera de HBO

Los rituales. Recetas mágicas para crear hábitos

En todas las culturas, religiones, incluso en nuestra experiencia cotidiana tenemos la oportunidad de encontrarnos con rituales. Cada vez que me dispongo a escribir me aseguro de que todas las cosas estén en su lugar. Es mi ritual personal. Si no tengo abierta la libreta al lado derecho del portátil, una taza de café caliente al lado izquierdo y una buena playlist sonando, no me fluyen las palabras. No es de extrañar que me haga un lío cuando no se cumplen estas condiciones, porque los rituales son vitales para los seres humanos y han marcado los momentos más importantes de nuestra historia.

Durante siglos, la coexistencia de diferentes tradiciones ha conformado varios tipos de mestizaje cultural. Esto ha generado una gran riqueza, complejidad y diversidad de costumbres expresadas a través de rituales. En lo referente al agro, hay culturas que emplean un calendario para pedir que los cultivos crezcan, que haya buenas cosechas y que el ganado se críe sano y fértil. Existen diversas celebraciones de culto. Algunas como la Pachamama, uno de los rituales más antiguos y de mayor importancia en la región Andina, cuya finalidad primordial es el restablecimiento de la reciprocidad entre el ser humano y la naturaleza. Con la ofrenda o pago, el campesino pide permiso a la Pachamama para poder abrirla y devuelve de manera simbólica algo de sus frutos.

La época colonial se caracterizó por la superposición de divinidades, cultos y centros ceremoniales. Todo este sincretismo se expresa en las fiestas patronales que se celebran en la comunidad Andina. En ellas se reafirma la identidad cultural mediante rituales: procesiones, desfiles con danzas y música, ferias agropecuarias y artesanales, comidas típicas y actividades culturales, cuya base o principio es ancestral y permanente, de respeto a la tierra y a sus diferentes manifestaciones.

En Colombia, nuestros indígenas nos legaron piezas de oro y barro, mitos, leyendas y costumbres que han perdurado gracias a la tradición oral. Hace unos años visité la Laguna del Cacique Guatavita y me sorprendí con la riqueza cultural. En la reserva forestal hay un equipo de aproximadamente veinte guías, todos de ascendencia muisca, y a cinco minutos del parque del municipio hay un resguardo indígena, en el que se trabaja por conservar sus tradiciones. La Laguna de Guatavita es la más célebre de las lagunas sagradas de la cultura precolombina de los Muiscas. En ella se escenificaba el legendario rito de El Dorado, que tenía lugar cada vez que se entronizaba un nuevo cacique. El nuevo jefe entraba desnudo a la laguna, montado sobre una balsa, y se sumergía en las aguas. Al mismo tiempo los súbditos lanzaban a la laguna pequeñas estatuillas de oro.

Los rituales han acompañado al hombre desde tiempos inmemoriales. No hay religión que no los utilice como parte importante de sí misma ni persona que no tenga el suyo propio. Existen los rituales asociados al ciclo vital de una persona: los que se realizan antes del nacimiento, el del bautizo, la ceremonia del matrimonio, la construcción de la casa y el relacionado con la muerte, el último momento importante del ciclo.

Por razones místicas o cotidianas, los rituales responden a una necesidad del ser humano. Los religiosos se hacen para pedirle salud o prosperidad a un dios y los cotidianos expresan una costumbre que hacemos todos los días de forma indefectible.

Esto me lleva a considerar los rituales que tenían muchos escritores, porque tener uno formaba parte de esos buenos hábitos de escritura que los ayudaban a escribir más y a ser más productivos. The Guardian publicó un artículo en julio de 2015, en el que recopilaban los rituales de escritores famosos, que consideraban más peculiares. Les comporto los que más me llamaron la atención:

T. S. Eliot

El gran poeta de The Waste Land se pintaba la cara de verde para escribir, en lo que parece ser el gesto más sorprendente, una especie de drag poético. Al parecer Eliot hacía esto para “no parecer un empleado de banco” y tomar el aire distinguido y extravagante de un poeta, siguiendo tal vez la imagen del dandi de Baudelaire. Pintar su cara de verde con un polvo también podría ser una forma de tomar una personalidad dramática.

F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald vivió como nadie el sueño de bonanza de la era del jazz y los “roaring 20”, el exceso y el glamour. Muchos escritores escribían borrachos, pero Fitzgerald elegía en concreto el champagne cuando iba a escribir. La frase: “Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiado champagne es justamente bueno”, se atribuye a Fitzgerald.

George Bernard Shaw

El escritor George Bernard Shaw construyó un cobertizo montado sobre un mecanismo giratorio que le permitía escribir siguiendo el curso del Sol todo el día, en una estupenda práctica heliográfica. Su cabaña también tenía el propósito de aislarse de la civilización, algo que compartía con muchos escritores. “La gente me molesta”, escribió Shaw, “vengo aquí a esconderme de ellos”. En este cobertizo, Shaw escribió algunas de sus obras maestras, como Pigmalión.

Durante mucho tiempo se ha mitificado el proceso de escritura de los grandes autores, como una especie de lucha con su propia mente. Algunas de sus técnicas obedecen a una lógica de estímulos comunes que propician la creatividad, como el café, el alcohol y la música. Otras son más extrañas y parecen entrar dentro de una región cabalística, como es el caso de Isabel Allende, que antes de empezar a escribir encendía una vela y cuando ésta se apagaba, interrumpía su proceso. Alejandro Dumas que vestía una sotana roja y unas sandalias para conseguir una prosa excelente, mientras que Víctor Hugo prefería estar desnudo para obligarse a escribir.

Para cerrar, les dejo este artículo de Sinjania “9 consejos para crear tu ritual de escritura”, por si se animan a crear uno.

Mónica Solano

 

Imagen de English

Sopa de letras con el estrés

¿Quién no ha usado la palabra estrés para referirse a alguna situación que lo supera? Si alguien levanta la mano, le doy la enhorabuena y de paso, si no le importa, le pido que me pase la fórmula mágica. Pero si sois de los que lo habéis sufrido, os invito a probar una receta que ayude un poco a digerirlo letra a letra.Frase

toa-heftiba-95457Bueno, igual no tanto. Aunque si no lo intentas, nunca lo sabrás.

La RAE define el estrés como la “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Etimológicamente, la palabra estrés viene del inglés stress (énfasis, presión) y este del latín strictus (estricto). Y strictus es el participio del verbo stringere (ceñir, atar fuertemente), de donde proceden también términos tan apetecibles como astringir, constreñir, restringir, o estreñir. Con esos datos surge la tentación de parar de leer.  Pero si, en vez de dar la espalda al problema, preferís echarle valor y plantarle cara, ahí van algunas sugerencias.

Empieza por el principio.

Aprende a escuchar. A los demás y a ti mismo. No necesariamente por ese orden. Pero escucha siempre. La época actual haría que nuestros abuelos volvieran a sus tumbas a toda pastilla si, por casualidad, se les ocurriera levantar la cabeza. La vida moderna está llena de velocidad, de ruidos, de prisas, y a veces nos olvidamos de la importancia de las pausas. Hay que recuperar los silencios y aprender a detenernos un minuto para filtrar lo importante y separarlo de lo banal en esa cacofonía de ruidos que, pomposamente, llamamos riqueza o diversidad informativa. Lo primero para solucionar un problema es ponerle nombre. Y, como médico, pienso que un diagnóstico acertado debe empezar por una buena anamnesis que siempre se podrá llevar a cabo si se sabe desarrollar esa pequeña capacidad de escucha. Guardemos un minuto de silencio para escuchar a nuestro interior, o a nuestro amigo, o al vecino que a veces hemos querido asesinar solo porque, cuando nos mira, sus dos cejas se convierten en una.

Sigue sus señales.

Todos sabemos lo que son las señales. ¿Todos? ¿Seguro? Ya, ya lo sé. Estoy diciendo casi lo mismo que antes, me diréis. Pues sí, ¿y qué pasa? Como no tenemos el hábito de escuchar, prefiero insistir un poco, aunque me repita. Y, al escuchar, no es mala idea prestar atención a las señales. Nadie, salvo raras y tristes excepciones puntuales, está un día pletórico de salud, y al día siguiente criando malvas. El cuerpo, igual que los chivatos del salpicadero del coche cuando algo va mal, nos envía a veces destellos rojos de aviso. Y, si eso ocurre, tenemos tres opciones: no ver la luz; verla y pensar que todavía no es una amenaza real y que podemos avanzar un poco más; o parar el motor, levantar el capó, y arreglar la avería si podemos y sabemos. Y si no, pedir ayuda. En mi trabajo he tenido pacientes que han entrado por la puerta con motivos de consulta de lo más variado. Detrás de un dolor de estómago, de un cansancio inexplicable, de miles de síntomas, se esconde a veces un hecho que no tiene nada que ver con esas señales de que algo no va bien. Y ni siquiera hace falta ir al médico para darse cuenta de eso. Hay miles de indicios más: que te encante el cine y no tengas ni idea de lo que hay en cartelera, o que se te acumulen dos temporadas de tus series favoritas, o que pasen las semanas sin que logres sacar un rato para llamar a tu madre por teléfono, o que no te des cuenta del ruido de la lluvia, simplemente…

Tómate tu tiempo.

Aprender a organizar nuestro horario es una herramienta muy eficaz para combatir el estrés. Y para ser más felices. Separemos nuestro tiempo profesional del personal, y procuremos gestionar ambos espacios del modo más productivo. Si hemos seguido los pasos previos y hemos escuchado las señales de alerta, este es el paso siguiente, y no creo que haga falta que me extienda más ¿verdad? Lo cierto es que al llegar a este punto de mi artículo me puse a buscar en Google y encontré un montón de aplicaciones para gestionar el tiempo. Pero no he querido poner el enlace a ninguna de ellas porque creo que, en esta época tan instrumentalizada, nuestra mejor app deberíamos ser nosotros mismos. Por eso prefiero dejar aquí la idea, y que cada uno piense cómo llevarla a la práctica de la mejor manera para él.

Relájate, por favor.

No confundas lo de organizar tu tiempo con la necesidad de multiplicar horas. Todavía, que yo sepa, no se ha inventado un reloj que haga que un día tenga más de veinticuatro horas. Si lo de gestionar el tiempo te resulta estresante, es momento de robar unos minutos para regalarte un masaje. O una clase de yoga. O unas cañas con los amigos. O… Inciso: este apartado es autorellenable por cada uno que lo lea, y sugiero que la respuesta sea hacer lo que se nos ocurrió al leer los puntos suspensivos finales del segundo apartado; sí, sí, ese de “Sigue sus señales”. Haz lo que quieras. Pero relájate. Eso no es perder el tiempo, sino todo lo contrario. Aprende a respirar. Dedica unos minutos a pensar qué cosas al alcance de tu mano te pueden ayudar a sentirte mejor, y da el primer paso para acercarte a ellas, aunque creas que no tienes tiempo para perderlo en “bobadas”. Luego te cundirá el doble cuando te enfrentes a tu lista de tareas. Y esos quince minutos de lectura de evasión, o ese paseo alrededor de tu edificio, o ese café con los pies en alto, habrán sido una buena inversión.

Ejercita mente y cuerpo.

Por si alguno se toma al pie de la letra lo de la relajación del punto anterior, haré aquí una pequeña llamada a la sensatez. Que en ninguno de los extremos está la virtud. De modo que procuremos ejercitar todo aquello que nos ayude a mejorar. Si quieres ser escritor, escribe mucho y lee mucho. Si quieres adelgazar, apúntate a un gimnasio, o sal a caminar. No vayas a comprar al super cuando estás muerto de hambre. Ponte pequeñas metas, que sean alcanzables. El ejercicio es un concepto muy amplio, pero en ninguna de sus facetas encuentro nada negativo, sino más bien al contrario. Así que, ya sabéis: ejercicio, disciplina, constancia. Que el resultado valdrá la pena.

Sueña. Sigue. Supérate.

Busca cualquier sistema de soporte a tu alcance. Cualquier cosa que te ayude a seguir en los momentos malos, a superar los baches, será siempre bienvenida. Y, cuando no encuentres al momento lo que necesitas, siempre te quedarán tus sueños. La diferencia entre sueño y realidad es a veces tan simple como cambiar la conjugación de un verbo. Echa el resto para transformar ese “algún día haré…” en un “hoy voy a hacerlo”. En eso tengo experiencia; he pasado muchos años con fantásticos “proyectos” de escritura. Pero hasta que no me apunté a mi primer taller, hasta que mis amigas y yo no nos metimos en este jardín de letras que es Mocade, no podía ni imaginar lo que me estaba perdiendo. Así que, si admitís un consejo, no hagáis como yo. Debéis saber que nunca, nunca, nunca es tarde. Palabra de honor.

Esta receta no es una panacea. Pero la he seguido paso a paso para escribir este artículo porque el estrés empezó a amenazarme con la temida falta de inspiración. Entonces, quizá por asociación de ideas con el título del artículo, me vino a la mente una frase que decía mi padre cuando alguno de mis hermanos no quería comer: “En la vida hay mucha gente con hambre, así que es un lujo tener la oportunidad de aprender a comer de todo, y un pecado imperdonable tirar cualquier clase de comida”. Y decidí aplicar esa frase a mi escritura y autorrecetarme lo que os he contado en esas pequeñas píldoras. Y al final, pude traer este plato a la mesa. A veces saborearemos exquisiteces de chefs, y otras veces habrá que calmar el hambre con una sopa de letras. Pero todo es alimento, de modo que…

¡Buen provecho!

Fotos: Pixabay, Unsplash

A PABLO GÓMEZ SORIA POR SU “NAVÍO EN AGUAS TURBIAS”

Hoy os traigo un nuevo poemario de Pablo Gómez Soria. Pero, antes de comenzar a hablar del libro, quiero confesaros que me embarga una gran emoción, la misma que sentiría si estuviera hablando del libro de uno de mis hijos. Fui compañera de estudios de Luis Gómez Egido y he trabajado treinta años con él y con su mujer, Francisca Soria Andreu, los padres de Pablo, en el Departamento de Lengua del Instituto Goya de Zaragoza. Así que de Pablo lo sabía todo, menos que escribía poemas.

Si su primer libro, Antiguo sol naciente, presentado en mayo de 2010, fue una revelación, Navío en aguas turbias consolida aquella voz en una nueva dirección. Se trata de un libro muy bien escrito y de altos vuelos literarios.

Cuando acabé la primera lectura, me quedé buscando una frase que reflejara el sentido de estos poemas. Como un fogonazo me vino esta: “Pablo escribe una poesía reflexiva sobre el sentido trascendente de la vida. Y se pasea por el camino de la trascendencia mirando a las orillas”.

En unos poemas veo un yo poético objetivado y, en otros, el trasunto de la personalidad de Pablo. Por eso mi discurso es oscilante. Unas veces hablo del yo poético y otras de Pablo. En esencia es uno y lo mismo, pero él los ha querido distanciar y separar. El yo objetivado es el portavoz de las verdades eternas y el de Pablo nos acerca a sus vivencias íntimas.

Navío en aguas turbias

  •  Lo que yo porto dentro de mí…
  • Es un navío en aguas negras.

Desde el título mismo, y desde los primeros versos, me vi asaltada por los ritmos de los antiguos griegos. Entonces pensé que Constantino Kavafis, uno de los mayores poetas de la poesía griega moderna, no podía andar muy lejos. Y a ninguno se nos escapa la imagen de Ulises volviendo a Ítaca.

En este título significativo, que brota del corazón mismo del libro, ya apreciamos una falta de artículos que apunta hacia la esencia misma de las cosas. Estas cosas que tienen alma y que son el reflejo de la conciencia del yo poético

  • Allí donde fui…
  • no encontré alma en las cosas.

En un libro, que yo calificaría de intimista, sorprende que las reflexiones más profundas estén objetivadas, es decir, contadas con la tercera persona verbal. Este es un signo evidente de la modernidad de esta poesía

La vida bajo el escudo

Después de recorrer los diecisiete poemas del libro, se cierra el círculo con el poema de la contraportada. El navío, al abrigo, espera la eternidad en el más puro sentido juanramoniano:

  • Bajen sin tardar los soles rojos
  • un tiempo parado regrese.

El lector se siente reconfortado cuando todo el pesimismo del vivir se resuelve en esperanza. Pablo se siente alejado de la tempestad y arrullado por ese escudo que es protección y abrigo, como cuando Fray Luis de León se aleja del mundanal ruido.

Estructura general del libro

Este libro, como los de los clásicos, está dividido en tres partes. Y la armonía de las tres se refleja en el número de poemas que las integran: siete, cinco y cinco. Un estructura metafórica y rítmica que luego se expande en los ritmos de los versos. Sigue el patrón del teclado de un piano: siete teclas blancas entre las que se intercalan las cinco negras. Y los ritmos poéticos están afinados por quintas, como concibió Pitágoras su sistema musical.

Las tres partes van incorporando los grandes temas, a la vez que integran los poemas en un todo armónico. Todo está pensado y medido, como lo estaba la prosa de Fray Luis de León. Ni una palabra, ni un hipérbaton, ni la longitud de los poemas están puestos al azar.

  1. Pérdida de la juventud

  • Llegó sin esperarlo que un día,
  • esto si lo pude ver,
  • me fallaron los miembros del cuerpo
  • y la alegría que se fue.

En la primera parte reescribe el tópico que había cantado Rubén Darío en Prosas profanas:

  • Juventud divino tesoro
  • que te vas para no volver.

Pero si la de Rubén fue una juventud no vivida, la de Pablo se vivió con plenitud, de forma intensa y reflexiva. Y el poema, que da el título a esta parte, se resuelve como una vivencia en la que se compaginan el vitalismo de la juventud con la reflexión íntima.

  • Nos imponíamos metas
  • cuanto más difíciles más hermosas.
  • Colectar pasiones
  • conquistar nuevos campos.
  • Y por encima de todas las cosas.
  • Las chicas que yo vi
  • las chicas que yo besé.
  1. Muerte de la poesía

  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

A esta segunda parte, yo la llamaría una defensa de la razón poética.

  • Romanticismo (que se nos va, que se nos ha ido…)
  • Clasicismo (del cual evoluciona el Romanticismo…)

Es bastante corriente oír en muchos foros que el nuevo utilitarismo no nos deja tiempo para la lectura de la lírica y que está cerca la muerte de la poesía. Pero Pablo desmonta el tópico y le da un nuevo sentido.

Como Luis García Montero, otros poetas jóvenes nos plantea que, si muere la poesía, con ella desaparecerá algo más que un género literario. Se perderá la expresión de los valores esenciales de la condición humana.

  1. El club

  • Cada noche recordarás la casa de paneles de madera
  • en la que, en nuestras veladas, solíamos
  • escuchar las palabras de los autores muertos.

El título de esta parte nos trae a la memoria la película El club de los poetas muertos. ¡Pero, no! Estos poemas van más allá. En estas poesías descubrimos que Pablo siempre estuvo alerta y dispuesto a aprender de todo. Especialmente de las lecturas y de los poetas del pasado. Aprendió a hablar con ellos en la biblioteca familiar. Y así lo confiesa en uno de los poemas más bellos del libro.

  • Sobre el solar de la estirpe familiar.
  • en la casa donde no faltó el afecto,
  • huérfano de allí a poco,
  • ejercieron mi tutela los libros.

Relacionado con la muerte de la poesía, está el empobrecimiento del lenguaje, que nos llega de la mano de la pérdida de las ilusiones colectivas. Si sabemos leer entre líneas, veremos que hay constantes guiños escondidos entre la oralidad.

Precisamente, de esa necesidad de entendimiento nace el espacio de la poesía. Y con él el enriquecimiento del lenguaje. Y las palabras cultas, cultísimas, que asoman entre la cotidianidad, que nos remiten a la profundidad del poema. Así, Parvos, con el significado de pequeños, escasos. Esculcar, examinar con detenimiento el interior de alguna cosa para descubrir lo que hay. O lidohelada, un neologismo descriptivo.

Debajo de la reivindicación ecologista del poema dedicado al avetoro, nuestra garza más esquiva y discreta, late aquella otra garza de amor, hoy también extinta, que tantos poemas inspiró a los poetas lásicos, especialmente a San Juan de la Cruz.

Con esta renovación del lenguaje y con la reescritura de los mitos clásicos, nos lleva a un nuevo entendimiento entre los hombres y nos ayuda a descubrir que somos dueños de nuestro mundo interior.

  • El río de la muerte,
  • cuyas aguas verde oscuro,
  • trasparentes, estremecen (…)
  • Bebí en él,
  • no me mató,
  • por ser el flujo de la vida.

Renovación de los metros y del lenguaje poético

A su deseo de renovación del lenguaje poético contribuye una métrica nueva. Los versos blancos amparan su ritmo en las estructuras sintácticas y en los elementos léxicos. Y amparan también a la estructura misma de muchos poemas que, siguiendo los patrones de la retórica clásica, están concebidos en partes binarias o ternarias.

Los versos blancos y la ausencia de rima se ven compensados por procedimientos rítmicos, más potentes y más modernos.

  • Dichosos sean los tiempos
  • en los que buscamos tiempos felices,

En esa misma línea utiliza abundantes encabalgamientos al servicio del significado y del ritmo. Y la sintaxis se rompe para conformar nuevas líneas poéticas. Como en el siguiente ejemplo, donde el encabalgamiento viene reforzado por una enumeración ternaria.

  • Tal vez el vino,
  • el pan y la carne

Todo esto viene acompañado con una acertada selección del vocabulario. En medio de un decir casi cotidiano, porque Pablo valora la belleza de las cosas simples, saltan los neologismos y las palabras cultas que dan sentido a todo el poema. Esas palabras repartidas como al azar por las distintas páginas del libro se quedan como pegadas en la mente del lector. Entre todas forman un coro que es la seña de identidad de la poesía de Pablo Gómez.

Y llega a una comunicación profunda con una poesía dialógica, en el más puro sentido bajtiniano. En sus versos oímos los ecos de los griegos, los clásicos y los modernos. Catulo dialoga con Kafafis, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Cernuda, Gil de Biedma. Y no sigo porque su cultura es tan amplia que nos haría la lista interminable.

Para terminar

Haciendo míos los consejos de Walt Whitman, Pablo, te digo que no te detengas. ¡Sigue! Aprende de los poetas que nos precedieron, pero no olvides que la sociedad de hoy la formáis los poetas actuales. Aunque el viento sople en contra, tu poderoso navío tiene que continuar. No dejes nunca de soñar y de compartir tus sueños con nosotros. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí que pueden cambiar el mundo.

Fin del texto de Carmen Romeo Pemán

En la presentación me acompañó mi amiga Gloria Cartagena Sánchez, cuyas palabras os dejo a continuación.

2, Gloria hablando

Nos reunimos aquí con motivo de la publicación del segundo poemario  de Pablo Gómez Soria.

Pablo nació el 14 de noviembre de 1974 en Zaragoza. En esta Universidad cursó la carrera de Derecho y la completó en la Universidad de Saarbrücken (Alemania). En el año 2000 terminó el Master de Derecho de Comercio Internacional en la Universidad de Essex (Reino Unido). Desempeñó durante seis años en Inglaterra su labor profesional. En 2006 regresó a España, donde ha seguido desarrollando tareas ejecutivas en el mundo del comercio internacional. Pablo es un hombre muy culto, políglota, gran lector y  poeta. Publicó sus primeros poemas en la revista Eclipse de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el año 2010 tuve la satisfacción de presentar su primer libro Antiguo sol naciente, un conjunto de dieciséis poemas de diferente extensión, con un tono hondamente lírico. De ritmo cadencioso y solemne, con un léxico elaborado y culto, con ecos del español clásico. Los aspectos temáticos eran el tiempo, el sentimiento amoroso y, como fondo, la Naturaleza, gozosamente vivida y percibida con la nota dominante de la belleza y la luz del sol en la línea del mejor Juan Ramón Jiménez.

Hoy traemos aquí Navío en aguas turbias, segundo libro de poemas de Pablo. Ha sido editado por la editorial Dauro que apuesta por escritores noveles, en una edición muy cuidada, con ilustración de Manuel Francisco Sánchez, pintor granadino que ha sabido llevar a la imagen de la cubierta el título del poemario.

La cubierta ilustra el título formando un todo muy inquietante. Las aguas son más que turbias, siniestras. Y el navío es un barco insólito y funerario, negro con toques sanguinolentos. El extraño velamen verde con tonos rojos no se explica por el cielo que es casi tan gris y cerrado como el agua. Solo asoma un atisbo de luz, blanco y frio de macabro tono óseo. Recuerda el lúgubre verde del  estribillo del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas, autor granadino como la editorial y el ilustrador. En este poema, como en otros de García Lorca,  el verde deja de estar asociado con la esperanza para ofrecer sugerencias dramáticas.

Va a presentar el poemario mi buena amiga Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura y escritora, que ha vivido con pasión la literatura y el deseo de enseñarla. Carmen, hija de maestros, es autora del libro De las escuelas de El Frago, publicado en 2014. Es una gran defensora de los derechos de las mujeres y pertenece a la Liga Internacional de Mujeres  por la Paz y la Libertad. Como estudiosa, ha analizado la obra de Ángeles de Irisarri, la de Sor Juana Inés de la Cruz y la de María Zambrano. Es autora de La Zaragoza de las mujeres (2010), libro sobre las ausencias y las presencias de las mujeres en el callejero de esta ciudad. Como se puede apreciar el libro de Pablo no puede tener mejor madrina.

Gloria Cartagena Sánchez

3. Pablo hablando. 1

Pablo Gómez cerró el acto leyendo el poema MUERTE DE LA POESÍA.

  • Zarpé, como cada año
  • por el mar fui,
  • a la tierra donde tenía lugar
  • mi anual homenaje.
  • No hallé restos del altar producido por mis manos,
  • pareciera
  • que alguien había destruido mi construcción,
  • continuación de fructuosos legados.
  • Deberé escuchar
  • ver qué ha ocurrido,
  • no acierto a entender…
  • Siendo yo muchacho,
  • inocente e inquieto,
  • me guiaba el corazón.
  • Ella me sopló en los oídos,
  • la Poesía me tocó.
  • De repente múdase el aire
  • algo rompe el día
  • las aves escapan
  • los animales huyen.
  • Aparece corriente
  • la Poesía,
  • sus cabellos adquieren la tonalidad de la estación,
  • los ojos siguen el mismo curso,
  • en su túnica liviana
  • van embrocadas las flores,
  • saliente corro a su encuentro.
  • Falla,
  • la sustento, advierto
  • la sangre del costado fluir,
  • daga o puñal clavados.
  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

4. Entrando al acto. 1

A continuación, os dejo unas fotografías de los numerosos amigos que acudieron a la presentación. Entre ellos reconoceréis caras de profesores y alumnos del Instituto Goya de Zaragoza.

5. Público. 16. Público. 2

7. Publico3

Pablo Gómez Soria, Navío en aguas turbias. Editorial Dauro, Granada, 2017.

Invitación a la presentación

Carmen Romeo Pemán

‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Katie Montgomery