A Natalia Sanmartín Polo, una niña de la guerra, en sus ochenta y seis años

Dentro de un mes va a ser el cumpleaños de Natalia Sanmartín Polo y me gustaría hacerle un regalo, pero lo tengo difícil. Pronto vais a descubrir por qué.

–¿Conocéis a Natalia?

Pero, ¡qué cosas digo! Si Natalia es mi amiga, y los amigos de una no tienen por qué ser famosos. ¡Bueno! Pero ella sí que lo es. Y, si no, debería serlo.

Comenzó siendo una de mis alumnas y, con el tiempo, se ha convertido en la gran maestra de mi vida. Cuando cumpla sus años, yo querré ser como ella. Aunque, pensándolo bien, no sé si podré, porque a su sabiduría solo se llega con una vida como la suya.

Conocí a Natalia en 1972, cuando se matriculó como alumna del Colegio Universitario de Teruel, y nunca olvidaré sus primeras palabras: “Soy maestra y quiero cursar una Licenciatura en Historia para poder recuperar, con rigor, las figuras de mis padres: Arturo Sanmartín y Sofía Polo, dos maestros asesinados en los comienzos de la Guerra Civil”. Hoy puedo decir que con el tesón que la caracteriza lo ha conseguido.

Cuarenta y cuatro años después, le quiero confesar que ese día yo me propuse recuperarla a ella, a aquella niña que se quedó huérfana a los cinco años, en julio de 1936, cuando mataron a sus padres por maestros y por rojos. A aquella adolescente que llevó el sambenito de ser hija de rojos, como me contaba tantas veces y como volvió a repetir en una entrevista que el diario.es publicó el día veinte de noviembre pasado. Y, siempre que la oigo decir eso, al acabar, se queda pensativa y apostilla: “Mis padres solo fueron unos grandes maestros afiliados al PSOE”.

¿Cómo ha reconstruido sus memorias de niña?

Desde nuestro primer encuentro he mantenido una relación constante con Natalia. Al principio, como alumna mía. Después, a medida que me contaba los pormenores de su vida, pasamos a la amistad, y las charlas de mi despacho se trasladaron a la mesa camilla de su casa. Y allí, a lo largo de muchas tardes, recordó conmigo los atropellos que se cometieron con sus padres y las consecuencias que aquellas atrocidades tuvieron para ella, para sus hermanos, Arturo y Adolfo, y para su tía Consuelo, que se hizo cargo de ellos.

A la hija de Natalia, Consuelo Peláez, que, durante muchos años, había oído los hechos de labios de la tía Consuelo, a quien llamaba yaya y le debía el nombre, no se le escapa el importante papel que jugó esta hermana de su abuelo. Y así lo expresa:

“Mi madre tenía en aquel verano cinco años y sus recuerdos están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años de obligado silencio y represión, y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, hermana pequeña de su padre, puso para que algunos episodios de su vida permanecieran vivos en su memoria”.

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Portada de las memorias de Natalia.

Todo aquello de lo que tanto habíamos hablado, y mucho más, lo reflejó Natalia en unas memorias que escribió a los setenta y siete años. Eran las memorias de una niña de la guerra, con un punto de vista muy entrañable. Afortunadamente, podemos leerlas completas en la red: La enseñanza, una pasión compartida, Sofía Polo y Arturo Sanmartín.

“Muy allá, en el cuarto de atrás de la memoria tengo una época y unos días muy felices. En los carnavales de 1936 yo iba toda orgullosa disfrazada de gitanilla, reproduciendo en los volantes de la falda los colores de la bandera republicana: encarnado, amarillo y morado”.

Un poco más adelante insistía: “Dado lo pequeña que era cuando ocurrieron los sucesos que cuento, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo: mi tía Consuelo, mis hermanos, Arturo y Adolfo, mi prima Pili, y Antonia”-

A mí me pasa un poco como a ella. Le he escuchado y he leído tantas veces la historia de su vida, que ya no distingo si mis citas provienen de sus escritos o de esas voces tan familiares que llevo dentro. En cualquier caso, solo pretendo dar testimonio de una vida, la de Natalia, siempre fiel a su verdad

A sus ochenta y cinco años, ha conseguido ampliar y modificar el primer relato con nuevos datos que ha ido recopilando en una tenaz tarea de investigación. Su mente de historiadora le ha ayudado a ordenar los acontecimientos y las razones que los provocaron. Y su memoria prodigiosa le permite citar de carrerilla, y sin pestañear, las fechas, los lugares, los nombres, los apellidos y los cargos de las personas que determinaron su infancia y su adolescencia. Para que os hagáis una idea, sintetizaré algunos hechos por orden cronológico.

Los días que siguieron a los asesinatos

La muerte de sus padres cogió a los tres hermanos de vacaciones en San Sebastián. Así lo contaba Natalia en una conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza:

“Precisamente, en el verano de 1936, cuando fusilaron a mis padres, sus tres niños estábamos con mi tía Consuelo en San Sebastián. Mi padre se quedó en Palencia porque presidía el tribunal de oposiciones de los Cursillos del 36. Y mi madre no se quedó para acompañar a mi padre, sino para dirigir las Colonias Pedagógicas de El Monte Viejo, de la Institución Libre de Enseñanza”..

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Arturo, Adolfo y Natalia Sanmartín, antes de la Guerra Civil

Y un poco más adelante continuaba: “El 13 de julio de 1936 salíamos de la estación del ferrocarril de Palencia en dirección a San Sebastián y ya nunca volvería a ver a mis padres. Con la rebelión de los militares mi vida cambió por completo. Julio de 1936 fue un vendaval que se llevó por delante toda nuestra vida, fue un vendaval que cambió y destrozó nuestras vidas por completo”

 

Primera salida a Francia y regreso a Calaceite

Los acontecimientos se precipitaron. Gracias a que su tía Consuelo reaccionó con rapidez, se salvaron y comenzaron un periplo que iba a durar muchos años.

“Con un pasaporte de Cruz Roja, que había gestionado tía Consuelo, pasamos a Francia. Después de hacer un viaje por el Sur de Francia, entramos otra vez a España por Port-Bou y llegamos a Calaceite (Teruel)”.

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Natalia en su casa de Calaceite, verano de 2016.

Allí, rodeados por los familiares y amigos, sus tías creían que los niños no se enteraban de la tragedia. Pero esta niña perspicaz, que ya se sabía muchas canciones que le había cantado su madre, tenía recuerdos imperecederos.

“En ese ambiente yo sentía que a nuestro alrededor hablaban de mamá y papá en voz baja, como si no quisieran que nos enterásemos. Y toda la familia empezó a venir a visitar a mis tías por algo que les había sucedido a mis padres”.

Antonia, la niñera de Calaceite, se había quedado en Palencia con sus padres y volvió al pueblo a principios de 1937. Ese reencuentro es uno de los momentos que Natalia revive con mayor emoción y siempre con las mismas palabras: “Debió traer malas noticias porque lloró mucho la primera vez que nos vio, y nos abrazó muy fuerte. A partir de la llegada de Antonia, fui dejando, poco a poco, de preguntar por mi madre”.

De Calaceite a las colonias

¡Cuántas veces hemos recorrido juntas el camino que ella siguió en 1938 en la evacuación que la llevó de Calaceite a Tortosa! En cada recodo de la carretera quedó sepultada una parte de la historia de una niña de siete años, y nacieron otros recuerdos que cada vez iban cobrando más cuerpo. En los veranos solemos frecuentar juntas esos parajes, siguiendo el camino de Miravet, y se le escapan las palabras, como si fueran las de un sonsonete que no puede evitar: “El frente seguía empujándonos, las bombas seguían cayendo a nuestro alrededor y nosotros seguíamos huyendo”.

Los recuerdos de los bombardeos, el constante miedo a ser aniquilada por las pavas de los sublevados y la llegada a las colonias catalanas son unas de las páginas más estremecedoras de sus memorias. Cuando las leáis os sorprenderéis. Están contadas sin acritud, con el punto de vista de una niña que no acababa de comprender lo que estaba viviendo.

En las colonias de Cataluña

El verano del 38, con el constante cambio de una colonia a otra, le resultó muy agitado. En la colonia de Teya, conoció a la Pasionaria: “Era alta, recia, con el pelo recogido en un moño y vestida completamente de negro. Una figura que nos impresionó mucho a los niños”. Después estuvo en La Garriga y Vilatorta. Y finalmente les esperaba el camino a la frontera: “Formábamos parte de esas largas hileras que, en pleno invierno, emprendieron el camino del exilio. Una hilera en la que íbamos mezclados con soldados derrotados y destrozados”.

En su libro sigue contando los episodios del camino con un tono ingenuo y con una gran paz, como si las palabras la fueran liberando. Pero, a pesar de que ella quiere quitar hierro, a nosotros nos sigue sobrecogiendo el gesto heroico de su tía Pilar, una de las hermanas de su padre. Cuando vio que se llevaban a los niños Sanmartín Polo, sin pensárselo dos veces, echó al camión a su hija Pili, que ya era adolescente, y le dijo: “No les quites la vista de encima y no te separes nunca de ellos, que no queremos perderlos”.

La experiencia francesa

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En Saint-Étienne, Sur de Francia. Curso 1939-1940

“Desolación, tristeza y desorden en los primeros meses en Francia”, así comienza esta parte de sus memorias. El agotamiento de la niña y la falta de referencias, lo reduce todo a unos vagos recuerdos en un tren que los llevaba hacia el Norte y a la experiencia en un campo de refugiados, cerca de París. En cambio, recrea con muchos detalles de su liberación, gracias a las listas cruzadas de la Cruz Roja. Esta primera etapa acabó con un final feliz en el Sur de Francia. Pero, cuando entraron los alemanes, volvió el conocido rostro de la guerra y regresaron a España a finales de 1941. Se acababa una pesadilla y comenzaba otra.

Vuelta a España. La represión, el miedo, el silencio y el olvido

En esta parte, ya van apareciendo detalles y reflexiones de una niña de diez años, muy madura para su edad. Con el miedo en el cuerpo y con un temperamento bondadoso, se esfuerza por encontrar su lugar sin llamar la atención. Nos impresiona cómo, después de tantas ofensas, es capaz de valorar cualquier mano tendida:

“No todo fueron rechazos, porque en el año 1942, a la vuelta de Francia, el consejo de don Pedro Arnal Cavero, amigo de mi padre, cambió el rumbo de mi vida”.

Una maestra ejemplar

Esta hija y nieta de maestros nacionales, también estudió Magisterio, y dedicó su vida a la enseñanza hasta su jubilación. Fue una maestra vocacional y cumplió exquisitamente con todos los deberes que le exigió el nuevo régimen. En el fondo, sabía que siempre iba a estar estrechamente vigilada por ser hija de quien era.

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Natalial en el salón de actos de la Facultad de Educación de Zaragoza. Mesa redonda del día 8 de marzo de 2011

Todavía conservo una libreta con las notas manuscritas de la conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza.  Y tengo subrayada esta frase: “Como os podréis imaginar, la vida y el testimonio de mis padres, además de en lo personal y emotivo, han condicionado mi vida profesional. Yo ya no podía ser otra cosa más que maestra. Y maestra nacional para mantener viva la memoria y el testimonio ideológico y pedagógico de mis padres”.

Su mejor lección: una vida de trabajo, en silencio y sin alharacas

Como os he dicho al principio, tenía difícil hablar de Natalia, porque ella misma ha contado su vida mejor de lo que pueda hacerlo yo. Y porque es imposible llegar hasta la profundidad de unos sentimientos en los que se adivinan un gran dolor, una generosidad sin límites y un tremendo afán por recordar. Su frase preferida sigue siendo: “Perdonar sí, pero olvidar, jamás”.

Yo tampoco podría olvidar si mi padre se hubiera tenido que esconder en las carboneras de la escuela y se hubiera desplomado al oír que habían engañado a mi madre y que la habían sacado de su casa para matarla en una cuneta. Es muy duro enterarte de los verdaderos acontecimientos muchos años después. Natalia, a raíz de escribir su libro, descubrió los detalles de los últimos días de sus padres. Que lo protegía doña Ubaldina, la directora de un grupo escolar, que no tenía nada que ver con su ideología. Que protegió a Arturo porque era un hombre bueno. Y que también la fusilaron a ella por eso. Que su padre se entregó cuando supo cómo habían matado a su madre, que lo pasearon como un eccehomo por las calles de la ciudad y que lo hicieron desaparecer.

Y no olvidare el mareo que sufrió Natalia el día que, en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, encontramos la noticia del fallecimiento de sus padres en La Vanguardia del 5 de marzo de 1937. Hasta entonces, las únicas noticias ciertas que tenía eran los recortes de unos periódicos, sin fecha ni nombre, que su tía le había cosido dentro del dobladillo del abrigo que llevó en las colonias y en Francia. En uno de ellos, en el artículo “El martirio de nuestros compañeros”, podemos leer: “Sanmartín befado y paseándolo arrastrado por una camioneta por las calles de Palencia. Sofía Polo, su mujer, madre de tres pequeñuelos, abandonado su cuerpo en la vía pública para pasto de los perros”. En otro se describe de forma espeluznante cómo vieron a unos perros que se comían los pechos de Sofía Polo. Nunca encontraron sus cuerpos y en los documentos oficiales consta que desaparecieron “a causa de los acontecimientos de la Guerra Civil”.

Natalia quiere hacer justicia a con la memoria de sus padres, y contar los abusos que sufrieron ellos y sus hijos, para que nunca se repitan. “El ensañamiento que siempre he percibido en la desaparición de mis padres, me ha dejado en muchas ocasiones con el corazón y con el ánimo estremecidos. Sobre todo me ha sobrecogido el odio tan tremendo que les tuvieron por ser personas libres, amantes de la justicia, de la igualdad y de la democracia”.

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Natalia en Miami Playa (Tarragona), verano de 2016.

Es muy fácil querer esta mujer coherente, íntegra y cariñosa, con deseos de justicia, pero no de venganza. A los ochenta y cinco años todavía mantiene la coquetería de la juventud, rezuma alegría y contagia las ganas de vivir.

Por eso hoy quiero hacerle este regalo y decirle: “¡Natalia, eres muy grande! Con tu ejemplo nos has hecho un poco mejores a los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de ti.

¡Felices fiestas! ¡Feliz cumpleaños!

Carmen Romeo Pemán

Fotografías. Cedidas por Natalia Sanmartín.

Un breve relato de terror: el corrector

Juan miró el pasillo. El olor pestilende del orín se mezclaba con el de la humedad de las paredes y con el de la comida descompuesta. El techo, que casi se podía tocar con los dedos si se levantaba la mano, tenía desconchones y bolsas de agua, además de diez ojos de buey. Algunos estaban rotos, otros fundidos y, el único que funcionaba, titilaba.

Miró a su criatura, a la que sujetaba con fuerza con la mano. Intentaba engañarse y creer que la estaba tranquilizando, pero él era quien necesitaba valor y consuelo. Su niña bonita había sido el fruto de su amor y, aunque sabía que lo que iba a hacer era lo mejor para ella, se estremecía al pensar en dejarla a solas con un desconocido. ¿Cómo la trataría? ¿Tendría con ella la consideración que se merecía? ¿Sobrevivirían a esta intervención?

Se concentró en la meta que apenas entreveía al final del pasillo. Dio un paso, luego otro. A medida que se acercaba, se hacía más claro el lugar en el que todo cambiaría. Era una puerta de madera con un gran sobre de cristal opaco que empezaba a media altura y ocupaba toda la parte superior. Detrás, una luz moribunda resaltaba unas letras desgastadas que apenas se leían. El mensaje sobresalía por entre las salpicaduras de sangre de sus clientes anteriores:

“Hacemos correcciones de textos literarios”

Os estaréis preguntando qué hace Carla publicando un relato un lunes, si los lunes, en Mocade, son días de artículo. Y tenéis razón.

Quizá, cuando leáis mi relato , pensáis que exagero. Que el autor no ve a los correctores como terribles mutiladores de su obra y, por tanto, de su ingenio. Quizá. Pero, cada vez que me pongo a bucear entre los ebooks publicados en Amazon por escritores indies, me acaban sangrando los ojos con sinopsis plagadas de faltas y de puntuación creativa.

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Un ejemplo de puntuación creativa. Amazon.

Llamadme quisquillosa pero, como lectora, solo pido un mínimo de respeto por la lengua en la que intentamos comunicarnos. Y por mis ojos, que sufren mucho.

Uno de esos días en los que lloraba sangre con profusión después de una búsqueda de lectura nueva, y teniendo en mente la preparación de este post, se me ocurrió examinar qué era lo que los escritores noveles hacían antes de (auto)publicar un libro. Si lo corregían o qué. Como formo parte del grupo de Facebook “Libros, lectores, escritores y una taza de café”, aproveché para preguntarlo:

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Las respuestas cubren todas las opciones que tiene un escritor:

“¿Corrección? ¿Qué corrección?”. Escribí esta opción con los dedos cruzados, incluso los de los pies, temiendo que alguien la eligiera. No fue así, por suerte.

“Solo lo he corregido yo”. Pienso que esta opción es casi lo mismo que no corregirlo. Porque es muy difícil ver los errores propios (si lo escribiste mal, ¿seguro que vas a verlo? ¿No lo habrías escrito bien a la primera?) y posiblemente el texto cojee más que Claudio.

“He pasado mi libro a otros escritores para que corrigieran”. Pensaba, de verdad, que esta opción tendría más acogida. Porque es de suponer que un escritor conoce los trucos del oficio y te puede decir qué cosas son las que fallan: si las tramas cuajan o aburren, si los personajes son más planos que un folio o si tienen más curvas que la Pedrera. Dejar tu novela a un escritor es una buena idea, pero no es imprescindible que tenga la misma formación específica que un corrector, por lo que pueden obviar muchas cuestiones de estilo y ortográficas.

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La Pedrera. Porque Gaudí odiaba las líneas rectas. Wikipedia.

“He pasado mi libro a lectores de confianza para que corrigieran”. Como veis, esta es la opción preferida, de lejos. Y yo soy partidaria de dar a leer el texto antes de publicarlo, pero para ver si funciona, no para corregirlo Porque, ¿qué formación tienen esos lectores? ¿La que se imparte en primaria y secundaria? No olvidemos que conocer la lengua no es garantía de hacer un buen trabajo de corrección, hace falta algo más. Y recordemos que hay lectores que devoran libros y que, misteriosamente, son impermeables al conocimiento de la ortografía básica como saber que “a ver” y “haber” no se usan indistintamente, aunque suenen igual. Y que “aver” no existe.

“He pasado mi libro a un corrector”. La verdad, me esperanzó que fuera la segunda opción más votada, aunque rivalice por el puesto con los que se autocorrigen.

Las respuestas a la encuesta me acabaron de convencer para escribir este post. Me gustaría desmitificar el papel de los correctores y traductores. Siempre han sido necesarios pero, hoy, que cualquiera puede escribir un texto de menor o mayor calidad y ponerlo a disposición de quien lo quiera leer, más aún.

El punto de vista del corrector

Creo que una buena manera de desmitificar el trabajo del corrector es hablando con uno de ellos. Por eso me puse en contacto con Mariola Díaz-Cano, filóloga inglesa, traductora y correctora ortotipográfica y de estilo.

Carla – Muchos escritores nóveles aún no conocen el trabajo de los correctores. ¿Podrías explicarnos brevemente cuál es vuestra labor?

Mariola – Nuestra labor consiste en revisar que la forma de un texto sea correcta, independientemente de su contenido. Es decir, que ese texto cumpla las normas básicas ortográficas, gramaticales, sintácticas y de léxico que permitan su claridad y comprensión. En definitiva, “limpiarlo” de errores o erratas que puedan tener. Por ejemplo, ese “nóveles”, que es incorrecto. El adjetivo es novel y el plural es noveles, sin tilde. Para ello, contamos con varias herramientas lingüísticas como la norma académica que dicta la RAE y otras muchas (diccionarios, manuales, etc.). Más simple: hacemos que un texto esté correcto, pero puede que ese texto no sea bueno. La calidad la juzgan los lectores.

C – Aunque el trabajo de corrección es imprescindible aún hay muchos autores, especialmente los noveles, que son reacios a contratar vuestros servicios. ¿Cuáles crees que son los motivos?

M – Posiblemente por el precio, pero hay que tener en cuenta que a veces no están seguros o desconocen qué tipo de correcciones hay o necesitan. No es lo mismo una corrección ortotipográfica superficial que una corrección profunda de estilo, mucho más especializada, o una corrección profesional que incluye ambos servicios. Pero lo fundamental es el tiempo que puede llevar ese trabajo. De nuevo, no es lo mismo la corrección ortotipográfica de un folleto, la revisión de una bibliografía, o la de estilo de una novela de 300 páginas. Y todos sabemos que el tiempo tiene un valor importante.

C – ¿Qué es lo más difícil de vuestra labor?

M – Tal vez darte cuenta de que puedes dudar de lo más mínimo o que, en varias ocasiones, la lengua puede ser tan flexible que todo está permitido. Pero sobre todo, en particular en la corrección de estilo, hay que intentar por todos los medios no perderle el respeto al texto. Eso, a veces, es un verdadero esfuerzo, pero ayuda ser capaz de ponerse en el otro lado. Y dado que en mi caso también soy escritora trato de mantener ese equilibrio.

C – Como ya sabemos, un autor debe construir una voz que hable al lector. Aunque, en un mundo ideal, el narrador debería de ser diferente al autor, está claro que es complicado librarse de ciertos modismos o formas del habla. ¿De qué forma interviene aquí el corrector de estilo? ¿Se deben cambiar los modismos o formas de hablar del narrador en pos de un lenguaje más normativo? 

M – El corrector de estilo (y el tipográfico menos) no tiene nada que ver con la voz que decida utilizar el autor. Que este quiera escribir en primera o tercera persona no influye a la hora de usar recursos o figuras según su conveniencia o para construir personajes. O sea, un personaje tendrá la forma de hablar que quiera el autor, independientemente a su voz. El corrector de estilo puede hacer sugerencias o comentarios para mejorar la construcción o comprensión de determinadas expresiones (concordancias, coherencias, pleonasmos, barbarismos, etc.), pero no debe alterarlas más que en el grado que afecte a la norma más básica y fundamental. Siempre será el autor el que tenga la última palabra, él es quien acepta o no los cambios o sugerencias propuestos. Y aquí vuelvo a hablar desde los dos lados. Además, el autor también puede pedir que se mantengan esas características especiales. Donde actúa el corrector de estilo es por ejemplo en mantener la coherencia con el contexto. Si el autor crea un personaje del hampa criminal en una novela negra ambientada en los Estados Unidos de los años 50, en teoría, debe saber hacerlo hablar como tal. Si el corrector de estilo observa que ese personaje habla con giros lingüísticos del siglo XXI, es cuando le llama la atención al autor sobre ello. Eso sí, le corregiría sin dudarlo un “pegale un tiro” o “me ha robado doscientos pabos”, porque eso forma parte tanto de la corrección ortotipográfica como de la estilística.

El punto de vista del corrector que también es escritor

Para esta parte de la entrevista he escogido a Gabriella Campbell, a la que muchos conoceréis por ser una de las blogueras literarias más importantes en lengua hispana.

Carla – Como escritora y correctora, ¿qué significó para ti que otra persona tocara tu trabajo la primera vez? ¿Fue traumático? (doy por hecho que tus libros pasan por otra correctora por aquello de que cuatro ojos ven más que dos).

Gabriella – Pues es un problema, si te soy sincera. Cuando otros correctores han revisado mis textos ha sido un poco desastre, por la sencilla razón de que si dos correctores no están de acuerdo en algo, se inicia un largo proceso de consultas a Fundeu, citas de la RAE y debates sobre el manual de estilo que use la editorial. Así, una corrección sencilla se alarga mucho más de lo necesario.

Debido a esto, para obras autopublicadas prefiero tirar de buenos lectores de confianza que no son correctores profesionales, pero que saben cómo trabajo y dónde suelo meter la pata. Cuando publico con editoriales, intento no intervenir demasiado en la corrección, pero confieso que me cuesta mucho (y he sido editora y maquetadora también, así que te puedes imaginar lo pesada que puedo llegar a ser).

Insisto siempre en la necesidad de otro par de ojos (¡o más!): ya sea un corrector si eres escritor a secas o un lector excelente si ya tienes experiencia como corrector profesional y no te apetece entrar en el bucle que ya he descrito.

C – ¿Qué pasa si tienes un punto de vista diferente ante una corrección? ¿Qué criterio consideras que vale más, el tuyo como autora o el suyo como corrector?

G – Creo que cualquier corrector te dirá que el criterio del cliente acaba pesando más, por la sencilla razón de que es quien paga. Siempre he dicho que, con la excepción de fallos garrafales de ortografía, todas las modificaciones de estilo son sugerencias que el cliente puede aceptar o no. Y en alguna ocasión he tenido que dejar pasar, también, algún fallo garrafal, porque el cliente se empecinaba y no había manera de hacer que cambiara de opinión.

Cuando trabajo como escritora con otro corrector, mi perspectiva ya no es de autora, sino también de correctora. Así que se trata, como ya he mencionado antes, de un debate entre colegas.

 C – ¿Crees que el trato que dispensas a obras y autores como correctora ha cambiado desde que te pusiste al otro lado?

G – Creo que me he vuelto más diplomática, desde luego. Entiendo ahora mucho mejor lo duro que es recibir una corrección (sobre todo de estilo); para muchos autores es una crítica, una manera de decir que no hacen bien su trabajo (cuando no es así, para nada). Así que he cambiado mi forma de comunicarme con autores: presento las correcciones como sugerencias y el lenguaje que empleo con ellos es muy distinto. Está enfocado a que entiendan mis correcciones como maneras de sacarle el máximo potencial a su texto, no como correcciones de algo que ellos han hecho mal. Corregir es, como tantos otros oficios, un aprendizaje constante de trato con el cliente.

El punto de vista del traductor

Si ya es difícil mandar un libro a corregir, imaginaos lo que tiene que ser dejarlo en manos de alguien que habla otra lengua que no sea la tuya. ¡Cuántos miedos! ¿Lo corregirá bien? ¿Sabrá transmitir en inglés, sueco o suajili cómo se siente mi protagonista amado? ¿Por qué no podrán todos hablar la misma lengua que yo, eh? ¿EEEEHHHH?

Por eso he contado con Roberto Correcher. Roberto es muchas cosas: traductor de holandés, danés, alemán e inglés (¡ahí es nada!), pero es que además es guionista y actor. Seguro que muchos lo conocéis por sus papeles en teatro y televisión. Ya, yo también me pregunto cómo tiene tiempo para todo. ¡Hasta para contestar a mi entrevista!

Carla – Una de las cosas más importantes para el autor es encontrar una voz única. ¿Es fácil mantener esa voz en el proceso de traducción?

Roberto – Lamento ser taxativo, pero la respuesta es no. Al leer tu pregunta se me agolpan varias ideas en la cabeza a las que me gustaría dar salida. El mero hecho de hablar un idioma no lo convierte a uno en traductor. La traducción es un «arte de interior» que rara vez se aplaude, es un trabajo solitario y desmedido que no se reconoce. Los traductores literarios preparan su labor mucho antes de ponerse a traducir un libro o una novela, como poco leen obras anteriores de ese autor para familiarizarse con el estilo, el tono —no solo las obras originales, sino también las traducidas—, el contexto social en el que se ha escrito la obra, el contexto social del momento en el que el autor escribió la obra y un sinfín de cosas más que prepararán al traductor para la tarea. Los autores pueden tardar días en dar por buena una frase, el traductor no puede pasar por alto ese trabajo. Es su obligación ser fiel al autor y empaparse hasta la médula, lo cual puede resultar agotador; sin mencionar los plazos de las editoriales, pero ese es otro cantar.

C – ¿Cuál es la relación del autor con el traductor? ¿Le da algún tipo de directriz de cómo quiere la traducción, etc.?

R – Pues varía todo lo que puede variar una relación. Hay traductores que son los «titulares» de ciertos autores. Con el tiempo y el trabajo han ido fomentando una relación, han canalizado empatías y la tarea es mucho más fácil. El autor siempre puede clarificar matices, imágenes, etcétera. Por supuesto, esto no siempre se da, de hecho, no es lo habitual. Lo normal es que se reciba un encargo de un autor que no conoces ni conocerás y al que empezarás a vislumbrar a través de su escritura, algo que también es muy enriquecedor, sin duda. Una buena relación con la editorial basada en la profesionalidad también es indispensable. Habrá correcciones, notas, cambios que uno mismo debe defender y argumentar para honrar el trabajo del autor.

C – ¿Qué recomiendas a un autor independiente que quiera traducir su obra sin el apoyo de una editorial?

R – Hay algunas plataformas (http://www.babelcube.com) en las que los autores tienen sus libros para que traductores que quieran empezar a desenvolverse en el campo hagan sus primeros pinitos y cuyo destino suelen ser plataformas como Amazon, donde la calidad de los libros a la venta no siempre es satisfactoria. Naturalmente, estas traducciones son gratuitas y la recompensa se «traduce» en potenciales y precarios derechos de autor que se compensan con la satisfacción de haber traducido el primer libro.

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Creo que la conclusión que podemos sacar de estos grandes profesionales es que la corrección es necesaria y que no supone ningún trauma acudir a un corrector para que deje nuestro texto tan limpio como se merece.

Desde aquí, quiero dar las gracias a Mariola, Gabriella y a Roberto, y desearles muchísimos éxitos (que ya tienen) a los tres. Dejadme un huequito en vuestra agenda para cuando tenga lista mi novela, que os voy a necesitar.

Para los más curiosos, os dejo las biografías de los tres entrevistados. Seguro que os gustará saber un poco más de ellos.

Mariola Díaz-Cano Arévalo es filóloga inglesa, correctora ortotipográfica y de estilo y traductora, además de escritora desde la infancia. Con casi innato interés por el mundo de las letras y el lenguaje en general, empezó más oficialmente en el mundo de la corrección al participar en un blog literario donde escribía y corregía textos de otros colegas escritores, que empezaron a hacerle encargos. Así que, como correctora ortotipográfica y de estilo, ya son diez libros publicados.

Como escritora tiene varias influencias literarias, con preferencia por el género negro y el más clásico de aventuras, sobre todo las que transcurren en el mar, quizás por contraste con sus orígenes de tierra adentro. Tiene pendientes de publicación un par de novelas y también escribe relatos de varios géneros (RINCÓN LITERARIO – IATA – MDCA CORRECCIONES).

Entre sus escritores favoritos destacan Robert Louis Stevenson, Jane Austen, Walter Scott, Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, Julio Verne o Patrick O’Brian, y más contemporáneos, Arturo Pérez-Reverte, James Ellroy y Jo Nesbø, entre otros muchos.

Gabriella Campbell es licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y tiene un experto en Comunicación. Fue cofundadora y dirigió durante siete años la editorial Parnaso, ha sido correctora y lectora profesional, y en la actualidad se dedica a escribir y a ayudar a otros escritores.

Tiene dos poemarios publicados (El árbol del dolor, Happy Pills) y un libro de relatos de fantasía oscura: Lectores aéreos. Ha colaborado como redactora en diversas revistas y páginas web, entre las que destaca la red literaria Lecturalia.com y su propia web para escritores: www.gabriellaliteraria.com.

También publica libros para autores (70 trucos para sacarle brillo a tu novela), y ha escrito El fin de los sueños y El día del dragón con José Antonio Cotrina.

Roberto Correcher  es graduado en Comunicación y Criminología. Compagina el trabajo de traductor con su gran pasión, la actuación. Además de participar en Yo soy Bea o Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí, podemos verle a menudo por los teatros de Madrid.

Su gran pasión por las artes no se quedan ahí. Además de su formación como guionista y escritor, es un entusiasta de la novela negra y policíaca, especialmente la novela escandinava. Disfruta leyendo a Caleb Carr, Dean Koontz o Edgar Allan Poe.

Cuando se jubile lo encontraréis haciendo yoga junto al mar.

Carla

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Imagen de Sandid