Internet y el movimiento pendular

A Guadalupe López Melguizo, por inspirarme este artículo

Hoy es un sábado como cualquier otro. Ni siquiera he pensado qué voy a escribir para Mocade, pero tengo tiempo hasta que me toque el turno. Abro el ordenador para ver los comentarios recientes. Hay dos personas que han dejado su opinión sobre mi último relato. Una, Carmen, mi Carmen Romeo, cariñosa como siempre, con esa fuerza que me da cada una de sus palabras. Y la otra es alguien a quien ni siquiera conozco físicamente y que me dice que le he recordado nada más y nada menos que a Truman Capote. Se me ponen los vellos de punta al leer lo que me dicen las dos. Y eso que en Marbella la temperatura es todavía perfecta, aunque estemos en septiembre. Lleno a fondo mis pulmones y suelto un híbrido entre suspiro y bufido para dar salida a la emoción. Y al empezar a contestarle a Guadalupe, me doy cuenta de que mi respuesta iba a sobrepasar, con mucho, los límites de una respuesta normal. Pienso que da para un artículo, y así se lo hago saber. Y, para no faltar a mi palabra, minimizo todo y abro una hoja en blanco.

Está claro que cambié de idea sobre el contenido de mi artículo, porque estoy escribiendo esto. Sigue siendo, y no sigue siendo, un sábado como cualquier otro. Algo ha cambiado en mi día de hoy, y tiene relación con eso de Internet y con el movimiento pendular sobre el que voy a escribir.

Cuando era niña no existían las modernas redes sociales. Mejor dicho, existían, pero eran de otra clase y no se llamaban así. Eran redes integradas por los niños de mi calle, en la casa del pueblo; por las cartas a mis amigas, cuando me fui a vivir a otra ciudad; por la Coral Universitaria, que me hizo conocer a personas por toda la geografía española cuando íbamos a dar conciertos. Esas eran las redes de entonces. Hoy, muchas de ellas están llenas de agujeros porque los pececillos que pululábamos en esas aguas nos hemos convertido en peces voladores y, en la actualidad, navegamos por espacios virtuales.

Tardé en subirme a este moderno carro de Ícaro, aunque sinceramente no sabría explicar los motivos. Tal vez una especie de pereza disfrazada de desdén por unas herramientas facilonas. ¡Cómo comparar la rapidez de una conversación de whatsapp con la redacción de una carta cuya respuesta se demoraba varios días! O, quizá, tenga un poco de miedo escénico a hacer el ridículo en medio de una generación que llega ya con el pulgar adaptado a velocidades de escritura en el móvil que mis ojos son incapaces de seguir. Pero al final acabe subiendo.

El movimiento pendular

Hasta hoy no se me había ocurrido reflexionar sobre eso. Y, al dedicarle unos minutos al comentario de una lectora de nuestro blog, he formulado una teoría personal sobre Internet y el movimiento pendular. En este momento estoy sonriendo. Es la primera vez que el título me viene a la mente del tirón, y creo que he dado en el clavo.

Los avances tecnológicos han cambiado la comunicación y las relaciones en muy poco tiempo. Y cada uno de nosotros debería plantearse en qué punto de la trayectoria del péndulo está o quiere estar. Para explicarlo, mencionaré los puntos extremos y opuestos recurriendo a unos clichés tópicos.

Un extremo: el hacker/experto

En una punta tendríamos a uno de los personajes que describe Stieg Larsson en los libros de la serie Millennium, y no me refiero a Lisbeth Salander, sino a su amigo hacker, Plague, que vive enclaustrado en su casa siendo a la vez amo y esclavo del mundo virtual por sus habilidades informáticas. Y no es que haya que ser un genio para encajar en ese perfil. Cualquiera puede empezar a husmear por Facebook, por blogs, o por Internet, y un enlace lo lleva a otro, y este a otro más interesante que a su vez abre varias puertas más. Y cuando se mira el reloj resulta que se ha pasado horas en un moderno tablero de juego de la oca, saltando de casilla en casilla, y con la meta cada vez más lejos. Todo ello con la sensación de que tenerlo todo controlado o engañándose al pensar que está haciendo autoformación gratis, on-line, y sin moverse de casa.

Sé que es un ejemplo extremo. ¿Seguro? A lo mejor a alguien ni siquiera se lo parece. Si es así, le aconsejaría con todo mi cariño que hiciera una pequeña pausa para reflexionar sobre si realmente está donde quiere estar. Porque el problema de algunas personas enganchadas a Internet no es tanto su capacidad para que esa navegación sea un trabajo fructífero, como el peligro de estar yendo de un lado a otro sin conseguir rentabilizar el tiempo, que pasa a ser entonces algo muerto y perdido.

El otro extremo: el neófito/perdido/nuevo

El otro extremo es aquel al que cada vez se aferran menos personas. Allí están los que forman parte de una especie en peligro de extinción: los que no quieren o no pueden seguir el paso de carrera olímpica que marcan los tiempos en que vivimos. Los que cierran los ojos a las maravillas y/o a los peligros de estas herramientas de reciente aparición, llámese Facebook, Twitter, o como se quiera. Cada vez, como digo, son menos. Personas que, por lo que sea, por vivir en lo más hondo de África donde ni llega la cobertura, o porque no tuvieron ni siquiera la oportunidad de aprender a leer, no han podido elegir entre tener o no tener internet. O, tal vez, algunos abuelitos a los que les viene grande, y digo “algunos” porque mi madre, a punto de cumplir 90 años, se maneja con el whatsapp y es capaz de ver fotos en su Tablet.

El punto intermedio

Quiero terminar hablando del punto medio donde creo que me encuentro hoy. Al principio, como en todo descubrimiento de algo novedoso, me dejé llevar por el subidón y me faltaban horas para visitar los miles de blogs de escritura que me llamaban con sus cantos de sirena. Y tampoco me arrepiento mucho, que es mejor eso que soñar con los caramelos del Candy Crush, por ejemplo. Lo bueno es que me di cuenta, y conseguí aprender a gestionar mi tiempo.

Hasta hoy, la mejor experiencia con Internet la tuve en Letras desde Mocade, cuando me encontré en carne y hueso con Carmen, Carla y Mónica hace algo más de un año. Nos vimos, nos tocamos, nos abrazamos, hablamos en persona, y empezamos a gestar este blog. En ese encuentro arraigó una amistad mucho más sólida que si nuestro conocimiento hubiera seguido siendo solo virtual. Y hoy he tenido una sensación parecida al leer el comentario de Guadalupe. Porque no nos conocemos en persona, pero sus palabras me han tocado la misma fibra que las de Carmen.

Por eso relacioné en este artículo a Internet con un péndulo. Porque, según se utilice, Internet puede ser una herramienta que facilite la comunicación o el aislamiento. Sigo navegando con bastante prevención por sus aguas. En algunos escritos suelo decir medio en serio medio en broma que yo, más que navegar, lo que hago es mojar los pies en la orilla y, aun así, a veces acabo atragantándome con buches de agua salada. Soy muy prudente a la hora de aceptar peticiones de amistad en Facebook, y aprovecho aquí para pedir disculpas. Pero a pesar de lo mucho que me gusta hablar y escribir, fijo mis propias normas y acepto las peticiones de quienes conozco personalmente, o las que me llegan, digámoslo así, “recomendadas”, como en el caso de Guadalupe, a la que conocí porque un amigo común me dijo que me iba a pedir amistad una chica muy maja, con la que tengo algo en común, etc. etc. Seguro que Guadalupe ahora se va a partir de la risa. Y no digamos nuestro común amigo, Hugo, autor de nuestro conocimiento virtual.

Ojalá siempre la persona esté por encima de la tecnología. Que Internet esté a nuestro servicio, y no al revés. Que tengamos el valor de cerrar la puerta a sus aspectos negativos, la determinación de aprovechar lo positivo, y la sabiduría para discernir la diferencia.

Y, como decían en los dibujitos animados de una serie de cuando yo era pequeña…

¡Eso es todo, amigos!

Adela Castañón

Imágenes: Unsplash, Giphy

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¿Qué decimos cuando hablamos de la banalidad del mal?

En abril de 2015, Oskar Gröning se enfrentó a su pasado como contable de Auschwitz, el campo de concentración donde fueron asesinadas más de un millón de personas. Setenta años después del final de la guerra mundial, la justicia alemana no ha olvidado ni perdonado a los monstruos que hicieron posible aquellos crímenes. En julio de 2015, Gröning fue sentenciado a cuatro años de prisión por complicidad en el asesinato de 300.000 judíos.

Tal como él admitió, especialmente cuando se topó con los negacionistas del Holoausto nazi durante su estancia en Inglaterra, había sido testigo de todos aquellos crímenes. Sin embargo, siempre pensó que era inocente. Otras personas, al conocer su historia, podrían decir lo mismo. Al fin y al cabo, sus labores consistían en contabilizar el dinero y custodiar las pertenencias de los ajusticiados, ver cuántos prisioneros entraban en el campo y cuánto costaba mantenerlos.

Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí.

Estuvo allí. Lo vio todo. No hizo nada por impedirlo.

Los actos malvados

Cuando leí Dioses menores, uno de mis libros favoritos de Terry Pratchett, me encontré con un pasaje que me dejó pensativa. Un dios encerrado en el cuerpo de una tortuga pulula por un edificio gubernamental y religioso donde se practican torturas, como en la infame Inquisición española. Al describir las catacumbas, habla de tazas con dedicatorias al mejor padre del mundo o postales de imágenes exóticas enganchadas en las paredes:

Y todo aquello significaba esto: que no hay prácticamente ningún exceso de la mente psicopática más enloquecida que no pueda ser reproducido, sin necesidad de esforzarse demasiado, por un cabeza de familia normal y decente que va a trabajar cada día y tiene un trabajo que hacer.

Puede parecer una exageración. Lo admito. Sin embargo, lo podemos comprobar si pensamos en todas aquellas personas que, sin ningún problema psicológico, son capaces de hacer el mal porque tienen la oportunidad (como podéis ver en el célebre y triste experimento de la cárcel de Stanford). La mente humana y, en especial, el sistema de valores que tomamos como referencia para realizar nuestros actos no son fáciles de analizar.

La banalidad del mal

Tengo la sensación de que Hannah Arendt y su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal inspiraron a Pratchett cuando escribió esa cita. Esta filósofa y política alemana, de origen judío, acudió, como representante del The New Yorker, al juicio en el que se acusaba a Adolf Eichmann de genocidio contra el pueblo judío. Eichmann, igual que Gröning, nunca cogió una pistola ni accionó una cámara de gas. Él era el responsable de que los números que le imponían salieran adelante en la gestión logística de la Solución final.

Tal como recogió Arendt, Eichmann ni siquiera era un ferviente antisemita. La autora sugiere que este hombre era un trabajador alemán que acataba órdenes sin cuestionarse si eran moralmente correctas. Siguiendo esta idea, Arendt habló de la banalidad del mal para explicar cómo personas normales, sin ningún trauma ni problema psicológico, podían sumergirse en un sistema corrupto sin reflexionar sobre sus actos. Funcionarios que cumplían con su obligación, aunque esta los convirtiera en una pieza del engranaje de una compleja máquina creada para exterminar a millones de judíos, gays o gitanos.

Otros funcionarios del mal

Supongo que la Solución final es el primer ejemplo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en gobiernos que han utilizado su poder para hacer el mal. Por supuesto, no es exclusivo del nazismo. Y ni Eichmann ni Gröning fueron los únicos en caer en las garras de la banalidad del mal.

Si repasamos la historia podemos encontrar a miles de personas que, por el simple hecho de vivir en un sistema que no respetaba los derechos humanos, obedecieron órdenes a ciegas sin preguntarse por su moralidad.

Incluso ahora, algunas personas siguen sin cuestionársela. Pienso, por ejemplo, en aquellos científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan e investigaron para conseguir la primera bomba nuclear antes de que lo hiciera el gobierno nazi. Es posible que creyeran que era un buen fin detener la barbarie de Hitler y adelantarse a sus científicos. Sin embargo, ¿eran conscientes de lo que estaban creando? ¿Se preguntaron en alguna ocasión si era correcto crear un arma de destrucción masiva que mataría a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki? Robert Oppenheimer se redimió al oponerse a su uso una vez terminada la Segunda Guerra Mundial pero, ¿por qué durante la guerra sí y después no? ¿Las vidas valen menos durante la guerra? ¿O es que hay unos a los que sí se les puede matar y a otros no?

Otro de los científicos del Proyecto Manhattan, Richard Freynmann, habla en su biografía sobre el sentimiento de culpa que le asaltó cuando estalló la primera bomba. Eso me hace pensar que, hasta ese momento, no meditó en absoluto sobre lo que estaba ayudando a construir.

Podemos buscar casos recientes o, mejor aún, en nuestro país. En los años 80, durante los primeros años de Felipe González al mando del Gobierno, grupos parapoliciales practicaron el terrorismo de estado bajo las siglas del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación). Su finalidad era acabar con el terrorismo etarra y su entorno, una meta que, a priori, parecía loable. Sin embargo, sus métodos no solo eran infames sino, también, punibles. Pero ellos trabajaban dentro de un sistema que los amparaba, aunque fuera en secreto, ya que durante el juicio que encausó a sus integrantes se demostró que el GAL estaba financiado por funcionarios del Ministerio del Interior. Posiblemente, aquellas personas creyeron que estaban haciendo el bien.

Mi obsesión por las personas normales que hacen cosas malas

Gracias a la literatura he conocido muchas figuras que disfrutaban de hacer el mal por el mal.

Quizá es una visión muy inocente de la vida pero me cuesta creer que ese tipo de perfiles exista en gran cantidad. Sé que los hay, por supuesto, pero no pienso que, quien hace el mal, en cualquiera de sus formas, sea una mala persona al 100%. Tiendo a creer que el mal, sobre todo a pequeña escala, se hace porque se permite y porque el esfuerzo que requerido para evitarlo es excesivo o puede acarrear consecuencias negativas al individuo que se oponga. Como ese funcionario al que su jefe le pide que firme un documento que otorgará ventajas a un tercero, aunque no le correspondan. O cuando a una cuadrilla de una obra pública la mandan a la casa de un amiguete para arreglarle el baño. O ese momento en el que vemos a alguien cuyo perro caga en la calle y no le decimos nada cuando no recoge los excrementos.

El sistema moral que asimilamos cuando crecemos en sociedad es lo que hace que consideremos determinadas acciones o situaciones como buenas o malas. Por eso no es extraño que lo que para una mujer de Barcelona es una aberración, para otra de Zimbaue no lo sea. Y al revés. Lo que deberíamos respetar todos, vengamos de donde vengamos, es la carta de Derechos Humanos que nos dicta las premisas básicas como la libertad y la igualdad en dignidad y derechos.

Hay gente, sin embargo, que es incapaz de ver al resto de personas como sujetos a los que tener en cuenta. Algunas personas tienen un verdadero problema de psicopatía que les impide empatizar con el resto. Otras, en cambio, son esos funcionarios del mal de los que hablaba antes. Los últimos, y son los que más me duelen, tienen una escala de valores en la que los seres humanos están al final. El dinero, el poder y la ambición personal pasan por encima de los derechos de los demás.

Un solo individuo puede hacer el mal. Un solo individuo puede hacer el bien

Sí, comprender lo que hace que una persona sea malvada es uno de mis estímulos. Forma parte de una motivación mayor: la de entender qué nos hace humanos y ver de qué manera podemos cambiar el mundo como individuos, tanto en grupo como siendo solo un pequeño engranaje de un sistema mundial.

Quizá por eso escribo. Para entenderme, para entendernos, para demostrar a los demás que la vida puede ser mejor y que está en nuestras manos conseguir ese cambio. Gröning y Eichmann nunca mataron a nadie directamente pero su labor facilitó una de las mayores tragedias de la humanidad. Eran seres diminutos y, aún así, su trabajo fue capital durante el holocausto.

¿Cuál es la excusa que nos ponemos para mantenernos en la inactividad? Que por uno no pasa nada, que un voto más o un voto menos no importa, que qué más da si ese está defraudando si no es nuestra tarea denunciarlo. Y así, ante la inactividad, otros, los malos, se crecen.

No permitamos que nuestro silencio dé alas a los malvados.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de LoboStudio Hamburg en Unsplash

Cuando el mundo pierde el Norte

Estoy en el Cabo Norte, en pleno crucero. En la puerta de los camarotes han dejado una hoja con la noticia del atentado terrorista de Barcelona y la leo mientras voy con mi familia camino de la cubierta de desembarco.

Al desembarcar, contra todo pronóstico, luce un sol espléndido y la temperatura es de 18ºC. La guía local nos espera en el muelle y comenta que tenemos mucha suerte porque las condiciones meteorológicas son excepcionales. Pero un frío polar se ha instalado en mi interior y me impide disfrutar de esa bonanza del clima.

No tengo wifi. Llego a tierra, y allí los datos móviles me permiten saber que mi amiga Carla y los suyos están bien. Suspiro aliviada.

Cuando embarqué, pensé que a lo largo del crucero se me ocurriría algo para mi próximo artículo, pero lo cierto es que han sido tantos paisajes, tantas explicaciones, y tanto disfrute que olvidé meter en la maleta la inspiración cuando hice el equipaje. Ahora, por desgracia, la inspiración viene sola. Porque ni el sol que brilla hoy, ni la calefacción del barco, me hacen entrar en calor. Y, nada más regresar a bordo, me pongo a escribir. Lo hago un poco como terapia, esperando que eso me ayude a expulsar de mi interior parte de esos cristales helados.

Este artículo se publicará dentro de varios días. Para entonces, otras noticias habrán empezado a sobresalir, a vestir de olvido este atentado que ahora es primera plana. Este ataque injustificado, irracional, salvaje, que hoy es portada y hace que el capitán se dirija a todo el pasaje en inglés y en español para expresar sus condolencias y para rogar un minuto de silencio en el que todos compartimos la misma emoción. Eso me duele. Porque pienso que este mundo se hace cada vez más pequeño, y la accesibilidad que existe a cualquier información hace que estemos, por decirlo de algún modo, tan sobresaturados que acabamos por insensibilizarnos.

No tiene sentido decir aquí que la pregunta del millón sería “¿Por qué?” porque es una pregunta sin respuesta. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia, ni el fanatismo. De modo que poco más puedo decir sobre eso.

Lo que me apena y me asusta es otra pregunta para la que tampoco tengo respuesta: “¿Y ahora, qué?” Porque ahí las posibilidades son casi infinitas. Y las hay de todas clases y colores. Desde la respuesta solidaria de muchos ciudadanos barceloneses, que han abierto sus puertas a quienes no podían acceder a sus casas o a sus hoteles, hasta la actuación de las fuerzas de seguridad, que casi siempre quedan en la sombra, o a las voces de miles de personas que se alzan para gritar “No tengo miedo”, aunque recen en silencio por ese familiar que trabaja día a día en la zona de peligro.

Y, del otro lado, me duele pensar que se cumpla una vez más eso de que la violencia engendra violencia. Veo en internet peticiones de firmas para enviar a Ada Colau mensajes como el que le reprocha que se gaste 100.000 euros de dinero público en un “observatorio contra la islamofobia” con el fin de prevenir insultos, agresiones y ataques a los musulmanes. Y no he seguido mirando, porque seguro que hay artículos mucho más radicales, que dejan en mantillas al ejemplo que he puesto. Tengo pacientes musulmanes que son personas normales y corrientes, como yo. No me los imagino poniendo bombas o atropellando a granel a multitudes. Y tampoco me gustaría que cualquier pasajero del crucero, al saber que yo soy española, me identificara, por ejemplo, con cualquier terrorista de la antigua ETA y pensara que yo podría hacer explotar un coche junto a un hospital sin que se me moviera un pelo de su sitio.

Pero entonces, ¿a qué carta me quedo? Porque si intento ponerme en la piel de los familiares de cualquiera de los fallecidos… Aquí tengo que dejar los puntos suspensivos. No tengo derecho a escribir nada, porque no es una experiencia sobre la que se pueda escribir, salvo que sea en primera persona. No basta toda la empatía del mundo para poder pronunciarse sobre algo tan trágico, tan triste, tan terrible.

El mundo es grande, y todos deberíamos tener cabida en él. Pero cada golpe de violencia lo vuelve más pequeño, más ruin, menos “de todos”.

Y lo único que se me ocurre aquí y ahora, casi en el Polo, es pensar que el mundo ha perdido el norte. No me siento en condiciones de juzgar, ni de escribir grandes cosas. Solo puedo terminar expresando a los familiares de las víctimas mi más sincero apoyo en su dolor. A miles de kilómetros, nunca he sentido tan cerca a los barceloneses, aunque solo conozca a unos pocos.

Quiero que sepan que personas de muy distinta nacionalidad y condición han compartido hoy con ellos y por ellos un sincero y sentido minuto de silencio.

Descansen en paz, y ojalá llegue la paz al mundo.

Adela Castañón

Imagen: Google

El encanto de las bibliotecas públicas

Cuando estaba en el colegio me encantaba visitar la biblioteca. Era mi lugar favorito. Adoraba el olor de los libros, podía pasarme horas leyendo. Hasta llegué a ser asistente de la bibliotecaria. En esa época no teníamos la suerte de contar con el auge digital que existe hoy día y todas las consultas, para cumplir con las tareas escolares, se debían realizar en ese espacio sagrado. Allí, una señorita con el cabello canoso y anteojos, te informaba de todos los volúmenes que se almacenaban en el recinto y, también, te gruñía cuando el tono de voz superaba lo permitido. En la universidad, las bibliotecas siguieron siendo mi lugar predilecto para realizar trabajos y consultas. A las grandes estanterías cargadas de libros se sumaron centros de cómputo para navegar en Internet y los pequeños cajones, llenos de fichas bibliográficas, fueron reemplazados por pantallas digitales.

Las bibliotecas son escenarios de gran importancia para la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de una sociedad. Nos proporcionan herramientas que nos ayudan a conocer e interpretar mejor y de manera autónoma nuestro entorno social. En Bogotá contamos con una amplia red de centros culturales que ofrecen, además de libros, muchas actividades atractivas para niños y adultos. Un plan perfecto para cultivar el conocimiento y, de paso, divertirse. Las entidades privadas, como las Cajas de Compensación Familiar, contribuyen y mantienen a nivel nacional esta red de bibliotecas que mensualmente tienen una programación de actividades gratuitas.

Hace poco, mientras leía un artículo del periódico El Espectador, “El fin de las bibliotecas”, me cuestioné el futuro de estos espacios y recordé que no he visitado ninguna desde hace algunos años. En Bogotá hay bibliotecas maravillosas, cargadas de historia. Algunas son, incluso, patrimonio de la ciudad. Pero como el trajín del día a día me mantiene corta de tiempo, siempre está la excusa: “para qué desplazarme de la comodidad de mi casa si tengo todo a un clic”.

Las bibliotecas han sido responsables de garantizar el acceso a la información y al conocimiento, de promover la lectura, la cultura y de facilitar la formación a lo largo de la vida. Desde mediados de la década de los noventa están reorientando su actividad, en parte, por el fácil acceso a contenidos digitales, pero también por los cambios de la propia sociedad: ciudadanos cada vez más participativos que han dejado de ser consumidores de información para ser generadores de contenidos. Por lo tanto, las bibliotecas están dejando de ser lugares de almacenamiento y préstamo de materiales para convertirse en puntos de participación, de interacción con los usuarios, convirtiéndose en espacios flexibles con una oferta creciente de actividades creativas.

“En burro, bus, carreta, bicicleta… Cualquier medio es adecuado para que viajen los libros. Son estrategias a las que recurren las bibliotecas y los líderes sociales para fomentar la lectura”.

El periodista colombiano John Saldarriaga escribió un artículo para el periódico El Colombiano, en el que reunía divertidas estrategias de las bibliotecas municipales en Colombia para fomentar la lectura y mantener latente la importancia de estos espacios de conocimiento. A continuación, les relaciono algunas:

Al son del pedaleo. En la Biblioteca Jorge Alberto Restrepo Trillo, de Guatapé, tienen una bicicleta para llevar libros a los comerciantes. A los quince días vuelven para renovarlos y aprovechan para mostrarles novedades recién adquiridas.

Bibliocarreta. En Sabaneta tienen la Bibliocarreta. Oswaldo Gutiérrez, el bibliotecario, la ideó en 2002 como una forma de llevarles libros a los habitantes de las veredas. Con el tiempo se convirtió en un mecanismo de promoción de lectura de la biblioteca central.

Biblioburro. En el Magdalena, cuentan con los burros del Biblioburro. Ideado por el profesor Luis Humberto Soriano Bohórquez en el corregimiento La Gloria, municipio de Nueva Granada, es un sistema efectivo para llevar conocimiento a las veredas apartadas de las carreteras.

Pocos países en América Latina tienen una red tan activa de bibliotecas públicas como Colombia. El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha sido promovido de manera sostenida, desde el 2001, con la puesta en marcha de la campaña Colombia Crece Leyendo. Se han invertido millones de pesos para dotar y construir nuevas bibliotecas en al menos 300 municipios que carecían de ellas. Ya son aproximadamente 1.424 bibliotecas públicas las que integran en la actualidad la red nacional. Algunas disponen de estándares de tecnología, conectividad y dotaciones bibliográficas que buscan garantizar el acceso a contenidos universales, pero también particulares a los intereses de cada región o grupo social. Sin embargo, con el auge de los medios modernos de comunicación y el ritmo de vida acelerado al que nos hemos acostumbrado, son cada vez más las que caen en el olvido. Se les resta importancia y, en algunos casos, mueren. Muchas pierden el subsidio con el que contaban por falta de público que aliente su existencia y terminan cerradas. Así mismo, el equilibrio y bienestar de estos centros, donde la cultura intenta mantenerse viva, suelen sufrir los estragos del tiempo, sin que a nadie le preocupe demasiado. Y, además, por los limitados recursos con los que cuentan para mantenerse, pierden el esplendor.

 

Sentada en la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, en la ciudad de Bogotá, pienso en lo refrescante que es el aire que se respira en estos recintos. Parece diferente, como cargado por una onda mística y ancestral. Y aunque estoy concentrada en mis pensamientos de una manera especial, al mismo tiempo puedo conectarme con todo lo que me rodea. Con personas de otras disciplinas, amantes de la lectura, estudiantes, jubilados y hasta empleados freelance que encuentran en las bibliotecas un espacio ideal para desempeñar su trabajo, porque las bibliotecas también son espacios de socialización.

Mónica Solano

 

 

Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Imagen de Mónica Solano.

Personas invisibles

A los amantes de la ciencia ficción o del cine les resultará familiar el personaje del hombre invisible, creado en su origen por H.G. Wells, uno de los precursores del género, junto con Julio Verne. Se da la paradoja de que, al escribir sobre él, se convierte para todos nosotros en un personaje visible y real.

He comenzado hablando de ese cliché, arquetipo, estereotipo, o como lo queramos llamar porque hace unos días me asaltó una idea bastante contraria: al margen de la invisibilidad que nos regalan los libros o la gran pantalla, nos cruzamos todos los días con un montón de personas reales, a las que no vemos porque pasamos por su lado sin darnos cuenta de que existen. A ellas les quiero dedicar este artículo.

Mi reflexión nació al abrir un video de YouTube. Era un reportaje breve sobre una especie de experimento social: una persona iba ofreciendo a varios “sin techo” la posibilidad de elegir entre alcohol, comida o dinero. Solo podían quedarse con una de las tres opciones. Las respuestas y las reacciones eran muy variadas, pero me llamó la atención la de uno de los entrevistados: solo quería a alguien con quien hablar. No presté más atención al video, aunque algo debió removerse en mi interior.

Hace un par de días salí de una tienda y acorté camino hasta mi coche por unas escaleras que llevan a la calle principal de mi ciudad. Cuando me acercaba a la acera, vi sentado en uno de los bancos que hay en la avenida a un vagabundo que estaba comiendo un bocadillo. Su mirada se cruzó con la mía durante un instante, pero bajó la vista enseguida; supongo que le sorprendió que yo me diera cuenta de que me había mirado. Terminé de subir los dos o tres escalones que me quedaban sin dejar de observarlo con disimulo. Pasé delante de él y, sin pensarlo, me salieron una sonrisa y cuatro palabras: “Buenas tardes. Que aproveche”. Paró de masticar y me correspondió con otra sonrisa. No dijo nada. Imagino que, de niño, su madre le diría eso de que no se habla con la boca llena. Soltó una de sus manos del bocadillo para devolverme un gesto elocuente: el puño cerrado y el pulgar levantado, como cuando el pueblo pedía gracia al César en el circo de Roma para algún gladiador.

Crucé la calle, sin volver la vista atrás, y pensé que debería haberle dado un poco de dinero. Durante una fracción de segundo estuve tentada de dar la vuelta, pero no lo hice. Ni siquiera sé para qué hubiera retrocedido. ¿Para hablar con él? No creo. No por nada, sino porque, posiblemente, las convenciones sociales me hubieran frenado. ¡Qué papelón habría jugado si me hubiera puesto a darle conversación y me hubiera malinterpretado soltándome una fresca! O, tal vez, hubiera vuelto sobre mis pasos para dejar algo de dinero en la gorra cochambrosa que había a sus pies. Pero eso habría estropeado el gesto amable que me salió de forma espontánea, o eso quiero pensar. El caso es que me vino a la mente la idea sobre esa clase de invisibilidad.

Este fin de semana me ocurrió algo que volvió a recordarme ese tema. Me refiero a esa ceguera selectiva que afecta a una parte del mundo cuando se trata de ver cosas que es más cómodo ignorar. Tengo un hijo con autismo. Está rodeado de gente que lo adora y eso hace que no sea una de esas personas invisibles como el mendigo del banco. Pero el mundo del autismo ha sido durante mucho tiempo un gran desconocido.

Vivimos en Marbella, y en verano se hacen bastantes galas solidarias en beneficio de muchas asociaciones y organizaciones. Pues bien, recibí una llamada de teléfono de una persona de la Global Gift Foundation, que organizaba su gala anual en nuestra ciudad. Uno de los premios era para la organización “Aprendices visuales”, como reconocimiento a su labor en beneficio de los niños con autismo mediante el desarrollo de cuentos y pictogramas que les sirven de herramientas para adquirir habilidades y potenciar su avance. María Bravo, una de las almas fundadoras de Global Gift, creyó que sería bonito que mi Javi presentara con ella la entrega de ese premio. Era una manera hermosa de dar visibilidad a las personas con autismo, y de mostrar a todos los asistentes cómo se puede mejorar la calidad de vida de esos niños y adultos, y a qué nivel de integración se puede llegar si se trabaja con los medios y con el amor necesarios. Cuando recibí la llamada y la invitación le pregunté a mi hijo (porque por supuesto también tiene muy bien trabajada la autodeterminación, y la libertad de tomar sus decisiones) y aceptó encantado. La presentación fue maravillosa, y salió perfecta. Mi Javi leyó su parte del guión junto a María y, por supuesto, disfrutó como el que más de la cena y del bailoteo posterior. A las pruebas me remito:

Gala Global Gift Foundation. Julio 2017 (22)

Esos ejemplos tan dispares me inspiraron este artículo. A veces no tenemos que pensar en desconocidos o en colectivos para plantearnos el tema de la visibilidad de las personas. ¿Cuántos de nosotros no recordamos (me incluyo a propósito) a algún vecino, compañero de trabajo, etc. que es el típico “plasta” al que todos dejamos de lado? Y no es que lo hagamos con mala intención, pero el caso es que lo hacemos en ocasiones.

Si me paro a profundizar más en el tema, el mundo se me queda pequeño cuando empiezo a dar visibilidad a tanta gente. Los niños que mueren de hambre, las mujeres maltratadas, las víctimas del terrorismo… sé que todo eso suena a tópico, pero es que detrás de los tópicos hay personas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se diluyen dentro de un conjunto que nos resulta más cómodo cuando es impersonal.

¿Y qué podemos decir si alguno de nosotros ha visto esta película desde el otro lado de la cámara? ¿Qué digo yo ahora si, por casualidad, me está leyendo alguien que se siente o se ha sentido invisible alguna vez? ¿Qué puedo ofrecerle? O, mejor dicho, mi pregunta debería ser: ¿qué puedo ofrecerte?

Porque si alguien lee esto y se da por aludido, me gustaría regalarle, aunque fuera durante el breve tiempo que emplee en leer este artículo, ese don de la visibilidad. Ojalá que ahora y en el futuro yo sea capaz de ver con algo más que con mis globos oculares. Ojalá sepa, y sepamos todos, descubrir a aquellos que necesitan saberse descubiertos. A los que anhelan saber que son importantes para alguien, que significan algo, aunque solo sea para el camarero que les pone un café, o para el que les vende el periódico a diario.

Porque no hay que ir al cine o a los libros para encontrar al hombre invisible. Lo tenemos a nuestro lado muchas veces. Y no es ficción.

Adela Castañón

Imágenes: WordPress, Gala Global Gift Foundation.

Sopa de letras con el estrés

¿Quién no ha usado la palabra estrés para referirse a alguna situación que lo supera? Si alguien levanta la mano, le doy la enhorabuena y de paso, si no le importa, le pido que me pase la fórmula mágica. Pero si sois de los que lo habéis sufrido, os invito a probar una receta que ayude un poco a digerirlo letra a letra.Frase

toa-heftiba-95457Bueno, igual no tanto. Aunque si no lo intentas, nunca lo sabrás.

La RAE define el estrés como la “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Etimológicamente, la palabra estrés viene del inglés stress (énfasis, presión) y este del latín strictus (estricto). Y strictus es el participio del verbo stringere (ceñir, atar fuertemente), de donde proceden también términos tan apetecibles como astringir, constreñir, restringir, o estreñir. Con esos datos surge la tentación de parar de leer.  Pero si, en vez de dar la espalda al problema, preferís echarle valor y plantarle cara, ahí van algunas sugerencias.

Empieza por el principio.

Aprende a escuchar. A los demás y a ti mismo. No necesariamente por ese orden. Pero escucha siempre. La época actual haría que nuestros abuelos volvieran a sus tumbas a toda pastilla si, por casualidad, se les ocurriera levantar la cabeza. La vida moderna está llena de velocidad, de ruidos, de prisas, y a veces nos olvidamos de la importancia de las pausas. Hay que recuperar los silencios y aprender a detenernos un minuto para filtrar lo importante y separarlo de lo banal en esa cacofonía de ruidos que, pomposamente, llamamos riqueza o diversidad informativa. Lo primero para solucionar un problema es ponerle nombre. Y, como médico, pienso que un diagnóstico acertado debe empezar por una buena anamnesis que siempre se podrá llevar a cabo si se sabe desarrollar esa pequeña capacidad de escucha. Guardemos un minuto de silencio para escuchar a nuestro interior, o a nuestro amigo, o al vecino que a veces hemos querido asesinar solo porque, cuando nos mira, sus dos cejas se convierten en una.

Sigue sus señales.

Todos sabemos lo que son las señales. ¿Todos? ¿Seguro? Ya, ya lo sé. Estoy diciendo casi lo mismo que antes, me diréis. Pues sí, ¿y qué pasa? Como no tenemos el hábito de escuchar, prefiero insistir un poco, aunque me repita. Y, al escuchar, no es mala idea prestar atención a las señales. Nadie, salvo raras y tristes excepciones puntuales, está un día pletórico de salud, y al día siguiente criando malvas. El cuerpo, igual que los chivatos del salpicadero del coche cuando algo va mal, nos envía a veces destellos rojos de aviso. Y, si eso ocurre, tenemos tres opciones: no ver la luz; verla y pensar que todavía no es una amenaza real y que podemos avanzar un poco más; o parar el motor, levantar el capó, y arreglar la avería si podemos y sabemos. Y si no, pedir ayuda. En mi trabajo he tenido pacientes que han entrado por la puerta con motivos de consulta de lo más variado. Detrás de un dolor de estómago, de un cansancio inexplicable, de miles de síntomas, se esconde a veces un hecho que no tiene nada que ver con esas señales de que algo no va bien. Y ni siquiera hace falta ir al médico para darse cuenta de eso. Hay miles de indicios más: que te encante el cine y no tengas ni idea de lo que hay en cartelera, o que se te acumulen dos temporadas de tus series favoritas, o que pasen las semanas sin que logres sacar un rato para llamar a tu madre por teléfono, o que no te des cuenta del ruido de la lluvia, simplemente…

Tómate tu tiempo.

Aprender a organizar nuestro horario es una herramienta muy eficaz para combatir el estrés. Y para ser más felices. Separemos nuestro tiempo profesional del personal, y procuremos gestionar ambos espacios del modo más productivo. Si hemos seguido los pasos previos y hemos escuchado las señales de alerta, este es el paso siguiente, y no creo que haga falta que me extienda más ¿verdad? Lo cierto es que al llegar a este punto de mi artículo me puse a buscar en Google y encontré un montón de aplicaciones para gestionar el tiempo. Pero no he querido poner el enlace a ninguna de ellas porque creo que, en esta época tan instrumentalizada, nuestra mejor app deberíamos ser nosotros mismos. Por eso prefiero dejar aquí la idea, y que cada uno piense cómo llevarla a la práctica de la mejor manera para él.

Relájate, por favor.

No confundas lo de organizar tu tiempo con la necesidad de multiplicar horas. Todavía, que yo sepa, no se ha inventado un reloj que haga que un día tenga más de veinticuatro horas. Si lo de gestionar el tiempo te resulta estresante, es momento de robar unos minutos para regalarte un masaje. O una clase de yoga. O unas cañas con los amigos. O… Inciso: este apartado es autorellenable por cada uno que lo lea, y sugiero que la respuesta sea hacer lo que se nos ocurrió al leer los puntos suspensivos finales del segundo apartado; sí, sí, ese de “Sigue sus señales”. Haz lo que quieras. Pero relájate. Eso no es perder el tiempo, sino todo lo contrario. Aprende a respirar. Dedica unos minutos a pensar qué cosas al alcance de tu mano te pueden ayudar a sentirte mejor, y da el primer paso para acercarte a ellas, aunque creas que no tienes tiempo para perderlo en “bobadas”. Luego te cundirá el doble cuando te enfrentes a tu lista de tareas. Y esos quince minutos de lectura de evasión, o ese paseo alrededor de tu edificio, o ese café con los pies en alto, habrán sido una buena inversión.

Ejercita mente y cuerpo.

Por si alguno se toma al pie de la letra lo de la relajación del punto anterior, haré aquí una pequeña llamada a la sensatez. Que en ninguno de los extremos está la virtud. De modo que procuremos ejercitar todo aquello que nos ayude a mejorar. Si quieres ser escritor, escribe mucho y lee mucho. Si quieres adelgazar, apúntate a un gimnasio, o sal a caminar. No vayas a comprar al super cuando estás muerto de hambre. Ponte pequeñas metas, que sean alcanzables. El ejercicio es un concepto muy amplio, pero en ninguna de sus facetas encuentro nada negativo, sino más bien al contrario. Así que, ya sabéis: ejercicio, disciplina, constancia. Que el resultado valdrá la pena.

Sueña. Sigue. Supérate.

Busca cualquier sistema de soporte a tu alcance. Cualquier cosa que te ayude a seguir en los momentos malos, a superar los baches, será siempre bienvenida. Y, cuando no encuentres al momento lo que necesitas, siempre te quedarán tus sueños. La diferencia entre sueño y realidad es a veces tan simple como cambiar la conjugación de un verbo. Echa el resto para transformar ese “algún día haré…” en un “hoy voy a hacerlo”. En eso tengo experiencia; he pasado muchos años con fantásticos “proyectos” de escritura. Pero hasta que no me apunté a mi primer taller, hasta que mis amigas y yo no nos metimos en este jardín de letras que es Mocade, no podía ni imaginar lo que me estaba perdiendo. Así que, si admitís un consejo, no hagáis como yo. Debéis saber que nunca, nunca, nunca es tarde. Palabra de honor.

Esta receta no es una panacea. Pero la he seguido paso a paso para escribir este artículo porque el estrés empezó a amenazarme con la temida falta de inspiración. Entonces, quizá por asociación de ideas con el título del artículo, me vino a la mente una frase que decía mi padre cuando alguno de mis hermanos no quería comer: “En la vida hay mucha gente con hambre, así que es un lujo tener la oportunidad de aprender a comer de todo, y un pecado imperdonable tirar cualquier clase de comida”. Y decidí aplicar esa frase a mi escritura y autorrecetarme lo que os he contado en esas pequeñas píldoras. Y al final, pude traer este plato a la mesa. A veces saborearemos exquisiteces de chefs, y otras veces habrá que calmar el hambre con una sopa de letras. Pero todo es alimento, de modo que…

¡Buen provecho!

Fotos: Pixabay, Unsplash

‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Katie Montgomery

La riqueza de los libros

A mi padre. Y a mi hija. 

¿Te has preguntado alguna vez por qué leíste tu primer libro? ¿Cuál fue la razón que te impulsó a leerlo? ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿Te impactó, te animó o, por el contrario, te desilusionó?

Me gustaría empezar este artículo diciéndoos, como otras veces, que lo que me ha movido a escribirlo es ofreceros respuestas a esas preguntas. Pero mentiría. En esta ocasión, lo que quiero compartir con vosotros son esos interrogantes que me vinieron a la mente desde que descubrí, sorprendida, que había personas a las que no les gustaba leer. Y es que, a veces, las preguntas son más importantes que las respuestas y todas esas cuestiones menores conducen a algo que va mucho más lejos: ¿cómo nace el gusto por la lectura?, ¿cuál es la magia que hace que una persona descubra el placer de leer?

No sabría deciros qué me llevó a leer mi primer cuento o mi primera novela, porque no lo recuerdo. Desde que tengo uso de razón, siempre he andado con alguna lectura entre manos. Los libros me siguen resultando apetecibles y necesarios. Tan necesarios que, a fuerza de leer, he acabado por escribir. Y por eso me estáis leyendo ahora mismo.

Solo puedo mostraros aquí la punta del iceberg. Porque creo que lo que subyace bajo el placer de leer es mucho más de lo que aparece a simple vista. Trataré de daros mi opinión a través de unas vivencias personales: mi experiencia con el universo de la lectura, en un recorrido por el tiempo.

Ivanhoe, o la madurez, llama a la puerta

Si el amor por la lectura se hereda, yo lo heredé de mi padre. En eso éramos como dos gotas de agua. Pero nada es perfecto y tropecé con un escollo: antes de poder leerme un libro, él tenía que darle el visto bueno. Al principio no era problema, pero llegó un día en que mi progenitor no había tenido tiempo de leer mi próximo candidato. Me consumía la impaciencia y le pregunté si, mientras tanto, podía coger uno de la colección de las tapas verdes. Era una colección de libros, todos forrados con un papel verde manzana, que recuerdo con claridad. Por aquel entonces había leído algunos de los títulos. Con el tiempo los leí todos, y aún recreo en mi imaginación el dibujo de la portada de muchos de ellos: El prisionero de Zenda, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick, Quo Vadis, Ivanhoe, y Los tres mosqueteros, entre otros. Este último me llamó la atención por el título, y le pedí permiso a mi padre para leerlo. Pareció que le proponía asaltar un banco, porque su respuesta fue una negativa rotunda e inesperada que me sorprendió. Hasta entonces nunca me había censurado las lecturas, y su argumento fue que ese libro no era “ni ejemplar ni educativo” para mi edad. Me resigné, y empecé a leer Ivanhoe, que fue la alternativa que mi padre me ofreció, diciendo que también era de aventuras, de caballería y no sé qué más. Pero nada hay más provocativo que la curiosidad y, aunque no recuerdo la primera lectura de mi vida, sí que estoy casi segura de que en aquella época cometí, a sabiendas, mi primera desobediencia. Y es que tenía tantas ganas de leer las aventuras de los mosqueteros que cambié el forro de Ivanhoe por el del otro libro, y así me tragué de cabo a rabo las aventuras de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, delante de las narices de todo el mundo. Capítulo tras capítulo intenté encontrar entre líneas algo malvado, dañino o perverso, pero no lo conseguí. Hoy comprendo que mi padre no quería que me enfrentara a actitudes y maquinaciones tan poco ejemplares como las de Milady, pero el resultado fue que empecé a darme cuenta de que los libros eran algo más que un pasatiempo y podían convertirse en herramientas para muchos fines. Intuí, por ejemplo, que leer podía conseguir que alguien cambiara de modo de pensar, que actuara de una u otra forma, y, aunque no me enterase muy bien de la milésima parte del asunto, lo cierto es que aquella aventura privada me hizo madurar bastante.

Crepúsculo y cía, o la historia de un objetivo cumplido

Como lectora furibunda y enganchada, siempre he querido que mi hija heredase esta costumbre, pero no había manera de conseguirlo. Era una batalla perdida, y me entristecía pensar en lo que se estaba perdiendo. Soy “Socia Oro” del “Círculo de Lectores” desde hace años. En los comienzos de ese club, una de las condiciones era hacer al menos un pedido bimestral. Pues bien: en una ocasión en la que no sabía qué pedir, vi el primer libro de la saga Crepúsculo antes de que el cine le diera fama. Lo compré por curiosidad, porque me chiflan las historias de vampiros y no había otros libros que me llamaran la atención. Y, como soy incapaz de dejar una saga a medias, en la siguiente entrega pedí los otros dos títulos (aún no se había publicado el cuarto, Amanecer). Los leí, y la cosa quedó ahí. Mucho tiempo después, mi niña me preguntó un día si le compraría un libro para el instituto. Le dije que por supuesto, pensando en algún libro de texto, pero pronto me sacó de mi error. “Mami”, me dijo, “no es un libro para estudiar. Es una novela chulísima que se están leyendo todos los de la clase, y siempre que digo que me la pasen, ya se la han prestado a otro”. Le pregunté por el título o el autor, pero no recordaba ni lo uno ni lo otro. Le dije que con esos datos me lo estaba poniendo difícil y, por pura curiosidad, le pregunté sobre el argumento. Me respondió que era sobre una chica que se enamora de un chico que resulta ser un vampiro, pero no uno de los de colmillos y capa negra, sino que es un compañero de clase, miembro de una familia de vampiros muy “guays”… ¿Os suena? A mí se me encendió una bombillita interior, y la interrumpí. “¿Por casualidad el libro no se llamará Crepúsculo?”, le pregunté. La cara se le iluminó: “¡Ese, mami, ese es! ¿Me lo vas a comprar?” La dejé con la palabra en la boca, salí de la habitación, y regresé con las manos a la espalda. No os imagináis la cara que puso cuando vio que tenía el libro en una de las manos. Y si os cuento ya su expresión al ver que en la otra mano tenía los dos libros restantes de la serie, os podréis hacer una idea de cómo me sentí. Ni ella ni los de su clase sabían que había dos títulos más. Total: que mi amor por la lectura hizo que aquel día, en el ranking materno filial de “los 40 principales”, yo subiera de forma meteórica desde el puesto nosesabequenúmero hasta la primera y destacada posición, donde me mantuve triunfante una larga, larguísima temporada. Crepúsculo fue la llave que le abrió a mi hija el mundo de la lectura, y sólo por eso tengo que romper una lanza en su favor, aunque mi amiga Carla sienta deseos de matarme. Ya sé que no puede resultar más tópico ni más típico, que Bella es la clásica chica femenina, débil y tierna a la que el masculino, protector y perfecto Edward siempre salva. Pero mi hija empezó a leer gracias a eso.

Terry Pratchett o la prueba de que la lectura siempre será sorprendente, y Seda o la lectura como escuela

Cuando yo creía estar de vuelta de todo en este mundo de la lectura y los lectores, llegó mi actual etapa de escritora y, con ella, mis amigas mocadianas. Y Carla, ¿cómo no?, nos presentó a Sir Terry Pratchett. No hace falta que os diga que lo adora, porque ya lo cuenta ella en una de sus entradas. Y su amor por este autor es contagioso. De modo que aquí me tenéis, a mis años, diseccionando y disfrutando de artículos como el de Carla, y analizando la obra de un señor que ha tenido la osadía de dejarme con la boca abierta y sin mover un dedo. Porque para alguien como yo, que presumía de haber leído libros de “casi todo”, ha sido un descubrimiento y una espléndida sorpresa encontrarme con algo nuevo, diferente y original. No puedo decir gran cosa de este autor que no haya dicho Carla más alto y mejor. Pero quería mencionarlo en mi artículo de hoy porque lo merece. Y, a mi modo, también quiero rendirle mi particular homenaje.

Y vamos llegando al final. El otro día, en un curso de novela que estoy haciendo, nos tocó analizar un fragmento de Seda; la lectura de dicho fragmento me inspiró tanta curiosidad que en dos días me he leído la novela. Y me ha vuelto a pasar como con Sir Terry: me he quedado con boca de pez, medio babeando, al descubrir una literatura que está a años luz de la de mis comienzos, cuando todo eran aventuras de caballería, o novelitas rosas de Rafael Pérez y Pérez que devoraba en las vacaciones de verano, sin descanso, una tras otra. Aquellas novelitas, tan distintas de esa Seda de Baricco, fueron para mí un poco como Crepúsculo para mi hija: no puedo afirmar que fueran mis primeras lecturas, pero sí que recuerdo que con ellas tomé conciencia de que leer era para mí una necesidad ineludible.

¿Y ahora qué?

Nunca he tenido miedo a quedarme sin nada que leer, o a que nada de lo que pueda leer deje de sorprenderme. Creo que lo que la lectura nos regala tiene tanto que ver con el contenido de los libros como con los ojos del lector. Por eso las películas nunca suelen parecernos tan buenas como la obra en papel, salvo raras excepciones. Porque los libros, aunque sean comprados, llevan también algo nuestro desde el momento en que ponemos los ojos en la primera página. El autor lo gesta, lo cuida, lo mima, le ayuda a crecer, y lo lleva de la mano hasta el momento del parto literario. Pero luego es el lector el que lo viste de gala o lo condena al ostracismo; y, sea cuál sea su decisión, al tomar postura se convierte, aunque sea en una mínima parte, en “coautor”.

Y eso, saberme autora y coautora, es lo que me puso a pensar y a escribir todo lo que os he contado. Porque este artículo solo pretendía hablar del nacimiento del placer de la lectura. La experiencia es diferente para cada persona, y también varía a lo largo de la vida. En mi caso he querido hacer el recorrido de cómo me enamoré de los libros en mi infancia, cómo ayudé a que naciera en mi hija ese mismo amor y cómo, en esta tercera etapa, descubro en la lectura un placer mucho más maduro, conclusión de las etapas anteriores. Porque si no hubiera sido lectora e inductora de lectora, no habría podido renovarme.

Y, cuando ya parecía que leer no podría aportarme nada nuevo, resulta que ha sido la llave del portal a otro mundo fascinante: el de la escritura. Y, si habéis leído hasta aquí, no necesitáis que os cuente más. El resto del artículo lo podéis escribir a vuestro gusto.

Adela Castañón

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Fotos cabecera y final: Pixabay

¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, “el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino”, y, sobre todo, “instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual”. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la “bilis negra” los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: “Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”. El escritor José María Guelbenzu afirmó: “No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Con esto nos explicó que “instalarse en la infelicidad es imposible”, que conviene disfrutar de los momentos felices y también “abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad”.

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

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No quiero acostumbrarme

Esta Semana Santa, como siempre, se leyó la Pasión en la misa del Domingo de Ramos en mi parroquia.  No recuerdo las homilías de otros años, no sé si por mala memoria o porque antes me perdía a veces en mis pensamientos y no seguía el hilo de las palabras del sacerdote. Pero este año dijo algo que me mantuvo atenta todo el tiempo, algo que me ha hecho pensar bastante. Y de eso quiero hablaros hoy.

Comenzó diciendo que no quería acostumbrarse a que la narración de la Pasión de Jesús, tal y como la hacen los evangelistas, se convirtiera en una rutina repetida año tras año. No sé si fue el tono, o las palabras, o la manera de pronunciar algunas frases, pero de pronto sentí que ese relato de la Pasión era estremecedor. Si sacamos los hechos del contexto temporal y religioso, la historia de un hombre condenado por exponer sus ideas, ajusticiado y crucificado tras una parodia de juicio, sería noticia de cualquier telediario. No quise ver la película de Mel Gibson porque pensé que, para sufrir, ya se ocupa la vida de darme materia. Cuando se estrenó, se comentó bastante la crudeza de muchas de las escenas. Y este año, escuchando a mi párroco, me di cuenta de que yo tampoco quiero acostumbrarme a muchas cosas. Porque la costumbre puede inmunizar tanto como la mejor vacuna. Y hay cosas ante las que no quiero permanecer impasible.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento que unos hombres causan a otros hombres. No hay que remontarse a los albores de la Iglesia ni a esa Pasión de la Semana Santa. Recuerdo cuando empezaron los atentados terroristas en España. Yo era aún muy niña, pero no tanto como para no darme cuenta de que el horror se había colado en el salón de mi casa, que se sentaba a la mesa con nosotros, y que había personas de carne y hueso, como mi madre, mi padre, o algunos vecinos, que también, en otra zona de la geografía española, eran el padre, o la madre, o el vecino de alguna niña como yo, y que habían muerto de modo absurdo, por nada, en nombre de nada. Y eso nos hacía estremecer a todos. Con el tiempo la violencia se fue normalizando hasta el punto de que ahora, en pleno siglo XXI, tiene que llegar un 11 de septiembre o un 11 de marzo para que, una vez más, nos llevemos las manos a la cabeza. Y yo me pregunto: ¿dónde hemos puesto el límite? ¿En qué momento? ¿En el número de víctimas? ¿En la repercusión mediática? Porque tengo la impresión de que, poco a poco, nos hemos ido inmunizando contra la violencia, a fuerza de asumirla como algo cotidiano. Y no, no quiero acostumbrarme a eso.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento. Soy médico y convivo a diario con él, pero no quisiera que esa convivencia, que me viene dada por mi profesión, haga que me acostumbre a ver sufrir a los demás. Necesito, por supuesto, aprender a poner distancias, barreras, si no quiero morir en el intento. Pero ese saber gestionar el dolor no debería, o eso espero, vestirme de una coraza de insensibilidad. Quiero seguir recordando que el dolor de cada persona es único, que no por abundar se hace menos doloroso para quien lo padece. No, no quiero acostumbrarme a eso tampoco.

No quiero acostumbrarme a la felicidad. No me gustaría instalarme en la rutina de una vida cómoda, sí, porque, aunque tengo que trabajar para vivir, debo ser objetiva y admitir que, en términos generales, mi vida es afortunada. Tengo salud, trabajo y familia. Que no es poco, si se piensa bien. Y, si no ando lista, ese instalarme cómodamente poniéndome la felicidad como unas zapatillas de casa puede convertirse en costumbre. Y esa costumbre me privaría de disfrutar de esos pequeños detalles que son, en esencia, lo que da como resultado ese ramillete de sentimientos que se ha dado en llamar felicidad. No quiero acostumbrarme tampoco a eso, porque si lo hiciera me perdería buena parte de muchas emociones que deseo disfrutar con plena conciencia.

No quiero acostumbrarme a muchas cosas. Si acaso, quisiera, simplemente, acostumbrarme a no acostumbrarme a nada. Solo eso. Porque la rutina puede ser un asesino silencioso, un agujero negro, que nos engulle sin que nos demos cuenta. Y hay cosas en la vida, tanto malas como buenas, a las que nadie, creo yo, debería acostumbrarse.

Adela Castañón

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