Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

Por vosotros. Por nosotras.

Al empezar la aventura de Mocade, me propuse que mis artículos fueran sobre libros, escritura o literatura. Sin embargo, cuando leí un artículo publicado en Xataca hace un par de semanas, Cuando volver a casa da miedo: 38 historias de acoso nocturno contadas por sus protagonistas, y vi las reacciones en redes sociales y Menéame, me decidí a escribir sobre ello.

 El tema no me resultaba ajeno. También a mí me han perseguido por la calle, me han susurrado y gritado groserías. Y me han tocado genitales, pechos y otras partes del cuerpo sin mi consentimiento. Lo normal.

Lo peor no son los malos tragos que pasé, paso o pasaré con cada una de estas agresiones. Lo peor es que, después de escribir “sin mi consentimiento”, he escrito “lo normal”. Porque eso es lo que me parece. Normal.

Creo que esa normalidad es la que genera, en algunos, la falta de empatía que me he encontrado en algunas personas. Por eso, hoy quiero explicaros qué es lo que se siente en algunas situaciones siendo mujer y por qué actuamos como lo hacemos.

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Diez horas caminando por NYC. Podéis ver el vídeo entero aquí.

 Cuando la sociedad histérica hace mujeres histéricas

No es ningún secreto que no nos sentimos seguras. Solo hace falta observar a una mujer caminando sola por la noche: su paso rápido, la búsqueda de movimientos por el rabillo del ojo y la mano crispada cogiendo las llaves. Si aparece un hombre por la calle nos asustamos, sí. Porque vamos con miedo. Y cuando intentamos explicarlo, hay quienes nos llaman histéricas.

¡Qué adjetivo!, el de histérica. Según la RAE, histérica es quien sufre de histeria. Y, además de una enfermedad, es “un estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”. ¡Ay, amigos! ¡Ojalá, ojalá fuera una situación anómala!

 Las mujeres sabemos que debemos ir con cuidado, ya sea porque nos lo han enseñado o porque lo hemos aprendido. ¿Desde cuándo?

Desde antes de nacer

Cuando me quedé embarazada, en 2015, me daba completamente igual el sexo de nuestra criatura. Mi pareja, en cambio, quería una niña. Él se llevaba mejor con las mujeres, o eso decía, así que se autoconvenció y convenció a los demás de que sería una niña. Curiosamente, tenía razón.

Recuerdo cuando lo comenté en mi círculo de amigas y conocidas. Todas encantadas. Mis amigos y conocidos, en cambio, no tanto. “Ostras, es que con una niña se sufre más”. “Si tengo una hija, no va a salir de fiesta hasta los treinta y cinco”. “Con lo golfo que yo he sido, el día que mi pareja se quede embarazada prefiero que sea un niño”.

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Pues eso

Casi todos los hombres con los que hablaba me decían que inevitablemente sufrirían más con una niña que con un niño, que las acompañarían siempre por la noche “por si acaso” y que “todo el mundo sabe” que una niña corre más peligros que un niño solo por serlo.

Supongo que estos hombres también eran unos histéricos.

Desde pequeñas

El temor de los padres y las madres sobre la seguridad de sus hijos los acompaña siempre. Tanto a los niños como a las niñas se les enseña desde pequeños a cruzar el semáforo en verde, a no correr detrás de un balón y a no confiar en extraños. Y cuando las niñas tienen edad de salir con los amigos, también se les dice que no vuelvan a casa solas o que vigilen cómo visten.

En el colegio había que tener cuidado. Estoy hablando de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando las madres aún decidían qué se ponían sus hijos. Cuando veía sobre la cama, bien planchada y doblada, una de mis faldas, se me hacía un nudo en el estómago. Sabía que me pasaría la hora del patio intentando jugar mientras me la levantaban y me tocaban el culo.

En segundo de E.G.B, es decir, con siete u ocho años, ninguna niña quería llevar falda. Supongo que algún padre se quejó porque el profesor nos dio una charla sobre el respeto. Nos explicó que los niños y las niñas decidían sobre su cuerpo, y que eso de ir levantando faldas para ver bragas era una falta de respeto. Que no se podía consentir que los chicos acosaran a las chicas y que no tenían ningún derecho a hacerlo.

Para nosotras, aquello fue liberador. Sabíamos que podíamos jugar al fútbol, a las cuerdas o a los cromos sin miedo a que nos molestaran. Podíamos vestir como quisiéramos. O eso pensábamos.

Supongo que aquellos padres y mi profesor también eran unos histéricos.

 Desde la pre-adolescencia y adolescencia

Cuando tenía que coger el cercanías para ir a Barcelona, mi madre me miraba de arriba abajo y me preguntaba si no podía ponerme algo con menos escote. Harto difícil, porque siempre he tenido mucho pecho y cualquier camiseta lo hacía patente. Pero a ella le preocupaba que alguien pudiera decirme o hacerme algo, sobre todo porque ella sabía que en algunas zonas había hombres haciéndose pajas entre coches y que nos llamaban para que nos acercáramos.

Supongo que mi madre también era una histérica.

Cuando las curvas empiezan a intuirse bajo la ropa, y a veces antes, empiezan los gritos. Ya sabéis, cuando vas caminando por la calle y un hombre, da igual la edad, grita a una mujer lo buena que está o que le comería el coño, y no voy a buscar eufemismos para lo que nos dicen, si le diera la oportunidad.

Me gustaría que, quien no ha vivido algo así se pusiera, en nuestra piel. Imaginaos en el papel de una adolescente a la que, de repente, un viejo -cualquier persona mayor de veinte lo es- le grita una burrada por la calle. Lo primero que piensa es algo como “¿es a mí?”, así que lo mira con el ceño fruncido y busca a su alrededor para ver a quién le dicen eso. Pero el tío la mira, quizá hablando todavía, y se sorprende de que sea a ella, porque es algo que solo espera que se lo diga alguien que la conoce, y en broma, o en otro contexto más adecuado. Pero no. Se lo grita un desconocido, en medio de la calle, así que se muere de vergüenza. Ella. Que no ha hecho absolutamente nada, solo andar por la calle. Existir. Y la que tiene vergüenza es ella.

Imaginaos, además, que eso pasa de noche. sus padres, en quienes más confía, y otros adultos, llevan diciéndole que vaya con cuidado desde que era pequeña. Que hay hombres que no entienden que su cuerpo es suyo, y le pueden hacer algo. Desde tocarla hasta violarla. Y, de repente, un hombre -más grande que ella, mayor que ella, más fuerte que ella- suelta una burrada. Y no hay nadie más, así que es a ella.

Ya no es que se muera de vergüenza. Es que se muere de miedo.

¿Os lo imagináis? Pues podemos suponer que sois unos histéricos.

Desde la primera etapa adulta

Aún recuerdo aquella época. Era cuando mis padres empezaron a decirme que si creía que vivía en un hotel y que a ver si entraba más en casa. Empezó la universidad y me eché mi primer novio serio, todo casi a la vez.

También recuerdo a mis padres torciendo un poco el morro si salía con escote o minifalda. Aquellos días me recordaban con más ahínco que me acompañaran al coche o, si dormía en casa de una amiga, que nada de irse cada una por su lado.

Durante el día los viejos, y no tan viejos, seguían diciéndonos cosas, a mis amigas y a mí, pero lo malo venía por la noche. En la discoteca sabíamos que había que evitar pasar por medio de los grupos de tíos para que no nos metieran mano. A los baños, por si acaso, era mejor ir acompañadas. Y cuidado con despistarte de las amigas, porque igual te rodeaban y empezaban a magrearte.

 Supongo que todas éramos unas histéricas

 Recuerdo una noche que salí con mi novio y su grupo de amigos. Estábamos en una discoteca de moda de Barcelona, y de repente noté que alguien me estrujaba una teta. Miré, deseando que fuera alguna de mis mejores amigas, aunque me sorprendía que me saludaran así. No lo era. Había sido un completo desconocido que, después de su hazaña, me sonreía con cara de imbécil.

Le dije que de qué coño iba, y que me dejara en paz, y le pedí a mi grupo de amigos que nos moviéramos del sitio. Al cabo de un rato, volví a sentir lo mismo. El tío me había seguido por la discoteca para tocarme otra vez. Volví a movilizar a todo el mundo, pero me encontró y volvió a hacerme una pinza en el pecho porque, según él, le gustaba tanto que no podía evitar mantener sus manos alejadas de mis tetas. Fui a pedir ayuda a los seguratas, y dijeron que ellos no podían hacer nada. Así que me fui a mi casa.

 Supongo que era una histérica.

 Ahora, de adulta

Tengo treinta y cuatro años y estoy hasta los ovarios de que me griten burradas, me toquen sin mi permiso o me inviten a comer pollas desde coches que me siguen mientras camino. Y ¡ojo!, que no soy la flor más bonita del rosal, ni mucho menos. No hace falta ser guapa o estar buena para que te acosen. No lo hacen por alabar lo bello: muchos ni siquiera esperan una respuesta cuando te llaman tía buena, solo quieren ver… ¿el qué? No lo sé.

 Hace un tiempo, una compañera de trabajo tuvo una reunión con unos clientes. Era en una de esas empresas modernas cuyas reuniones se hacen en sofás, alrededor de mesas de café. Le indicaron que se sentara y, cuando lo hizo, uno de los dos hombres con los que se reunía dijo algo así como “me voy a sentar aquí -delante de ella-, porque así tengo mejores vistas”. Se refería a su pecho, por supuesto.

¿Os imagináis qué es estar trabajando y que un cliente te haga un comentario con connotaciones sexuales? Es más, ¿por qué tiene que hacerlo? Mi compañera se pasó toda la entrevista incómoda, y fue lo primero que me explicó al llegar a la oficina.

 Supongo que ella también era una histérica.

Sabemos que no todos los hombres sois así. Solo queremos que nos entendáis. Y que nos ayudéis, porque es problema de todos.

Ahora, una legión de hombres ofendidos podría acusarme de decir que todos ellos son unos machistas y acosadores. No, por supuesto que no lo creo. Pero sí hay aún muchos tíos que no son conscientes del daño que hacen cuando le gritan a una mujer, o los hay que piensan que no pasa nada si nos tocan un poco la entrepierna, o si en una reunión familiar le dicen a una sobrina que se quite la chaqueta para que se le vean mejor las tetas.

No, no es lógico que paguen justos por pecadores y que, al caminar por la calle en la que va sola una chica, os sintáis como delincuentes. Y lo entiendo. Para nosotras no es agradable pasar miedo, y para vosotros, tampoco.

No quiero que os sintáis así, pero está en vuestra mano cambiarlo. ¿Cómo?

Comprensión

Solo queremos que nos comprendáis. De pequeñas nos explican que debemos tener cuidado, y de jovencitas vemos que tenían razón cuando completos desconocidos nos “ladran”, nos siguen o nos tocan. Nos han dicho que un comentario sexual puede convertirse en un tirón para meternos en un portal, y que extrememos las precauciones. Claro que nos gustaría ir tranquilas por la calle, pero no podemos.

Además, si no hemos tomado precauciones y alguien nos ataca, la culpa es nuestra. En realidad, para algunos, lo es siempre. He llegado a leer que la “solución obvia (es) que las mujeres no vayan solas por la calle de madrugada”.

Y estoy hablando de la sociedad española, donde la criminalidad es bajísima. Tanto, que de 163 países estudiados, es el 25 más pacífico según un estudio de agosto de 2016. Si aquí no podemos salir de noche solas, aunque sea para ir a trabajar, ¿dónde podemos hacerlo?

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Tasa de homicidio intencional. Wikipedia

No queremos asustarnos de vosotros, pero es que no podemos evitarlo. Y solo queremos que lo comprendáis. Perdonadnos por huir de vosotros, que solo estáis caminando. Pero podríamos encontrarnos con otros que no seáis vosotros. ¿Y, entonces?

 Freno

De nada sirve que corran ríos de tinta electrónica por Internet si después se jalean bromas sobre violación, burundanga y demás en grupos de WhatsApp. No creo que quien llegue a este post sea capaz de aplaudir a un depredador sexual, pero es un buen ejemplo de cómo, a veces, las bromas y la cosificación de la mujer se nos van de las manos.

Como dice Palet en el artículo que os acabo de enlazar, la omisión también nos hace daño a todos. Por eso, si veis que un amiguete en la discoteca le toca el culo a una tía solo porque pasaba por ahí, pegadle bronca. Si no lo hacéis, le demostraréis que os la trae floja que le hayan metido mano a una mujer sin su consentimiento y que os parece bien que lo haga. Así, ese comportamiento se perpetúa en vuestro colega y en quien lo vea, pensando que no pasa absolutamente nada por tocar a una chica aunque ella no quiera.

Y vosotros, que tenéis oportunidad, preguntadle a ese amigo que siempre gruñe, silba o grita algo a una mujer, por qué lo hace. Y me lo venís a contar. Igual, así entiendo yo el motivo y él se da cuenta de que es denigrante para nosotras, incómodo y vergonzante.

 No somos histéricas. Tenemos motivos para preocuparnos

Espero haber sabido explicar por qué vamos con miedo y que tenemos motivos para asustarnos o preocuparnos si caminamos solas de noche.

Las mujeres nos comprendemos, pero me gustaría que también nos comprendierais vosotros, los hombres. Para nosotras, ir solas por la noche es como si siempre camináramos por el peor barrio de la ciudad, ese en el que hay yonkis y ladrones en cada portal, a las cuatro de la mañana.

Y, ojo, no evito la otra realidad, y es que a los hombres también os pueden robar o pegar si vais solos de noche. Pero son dos guerras distintas, y espero que me permitáis luchar por la mía y estar a vuestro lado cuando vosotros luchéis por la vuestra. Quiero daros mi apoyo igual que yo os pido el vuestro. Por nosotras. Por vosotros.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de cabecera de The Odessey Online

Con letra de médico

                                                                                             “La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas”                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas

Worldbuiling, sociedad y estereotipos: vida y literatura

Analizar la sociedad y el comportamiento de las personas que la forman es uno de mis entretenimientos favoritos. Además de intentar entender mejor al ser humano, cosa que me fascina, me sirve para mi día a día y, también, para reflejarlo en mis relatos.

Hay muchas maneras de enfrentarse a este estudio, como por ejemplo de forma individual, entendiendo al sujeto como un producto de la sociedad y de su mundo, o bien examinando un subgrupo de personas con las mismas características.

Si hacemos el análisis individuo a individuo hemos de tener en cuenta que cada uno de nosotros somos producto de nuestra experiencia personal y de los inputs que recibimos. Por un lado, nuestra forma de ser se ve influenciada de manera local por la familia y los círculos cercanos o, incluso, por el barrio en el que vivimos. No es lo mismo nacer en una barriada obrera de Madrid que en el barrio de Salamanca. Por otro lado, la cultura y la sociedad también nos influyen. Además, la televisión y el cine ha hecho que la cultura anglosajona se imponga sobre otras locales. Como ejemplo, tenemos el desplazamiento de la festividad de Todos los Santos por Halloween, celebración que nos ha llegado gracias a películas y series norteamericanas.

Si estudiamos subgrupos de personas, hacemos de la estadística una norma. Me refiero a que la estadística nos da una serie de reglas que pueden aplicarse a todo un conjunto de personas como, por ejemplo, que quienes viven en el barrio más caro de la capital tienen buenos sueldos. De ese modo, proyectamos sobre todo el colectivo criterios e incluso vivencias que suponemos que las hacen ser como son. Así, podemos creer que quienes tienen un nivel de estudios bajos suelen ser los que, también, tienen salarios inferiores. O que los escolares cuyos padres tienen estudios universitarios también los tendrán en el futuro.

Análisis de la sociedad y worldbuilding

Si queremos escribir desde una corriente literaria como el realismo mágico, thriller o romántica, solo hay que pensar en lugar y una época del mundo para ubicar tu historia.

En cambio, cuando escribimos fantasía, una vez que tenemos el tema sobre el que queremos escribir y los personajes con los que llevaremos la trama, llega el momento del worldbuilding. Este palabro anglosajón, unión entre world, mundo, y building, construcción, recoge un proyecto muy interesante: crear un mundo con una cultura, economía, religión y geografía en el que se desarrolla la historia. Es importante porque este mundo, como decíamos antes, creará la sociedad que dará forma a las maneras de pensar y actuar de los personajes. Esta configuración del mundo, sumada a los arquetipos que nos explicaba Mónica en un excelente artículo, hará creíbles las metas, las ideologías, las manías y los problemas de nuestros seres de ficción.

El mundo como inspiración para el worldbuilding

Creo que no hay ningún escritor de género fantástico que no se haya inspirado en la historia de la Tierra para crear sus relatos. Si pensamos en R. R. Martin y su conocido Juego de tronos, cuyo muro es la versión helada y gigante del Muro de Adriano, o en las culturas celtas y nórdicas en las que se basó Tolkien para hablar de los elfos o la Tierra Media.

En realidad, no hace falta irse a los libros de fantasía. Rebelión en la Granja, un libro donde los protagonistas son animales, fue la respuesta de George Orwell al comunismo. En Un mundo feliz, Aldus Huxley exageró los rasgos de la sociedad de los años 30 para crear una novela distópica que pone los pelos de punta.

El peligro de caer en el estereotipo lógico

Como decíamos, nos podemos inspirar en la Tierra para ambientar nuestras novelas. Por ejemplo, supongamos que queremos escribir sobre una sociedad cuyos sueños se han roto, y encuentran en un nuevo líder la oportunidad de recuperar las ilusiones que sus padres o abuelos tenían y cumplían. Podríamos coger el libro de historia y buscar situaciones similares, o podríamos leer un diario y analizar lo que está pasando en Estados Unidos. Personas descontentas, que creían que con Obama iba a cambiar su situación, echan la culpa de su estado al poder establecido y creen que elegir a una mandatario con un discurso rupturista con el establishment, aunque forme parte de él, mejorará las cosas.

Muchos europeos y americanos nos preguntamos cómo un hombre multimillonario, abiertamente xenófobo, racista y misógino ha llegado a la Casa Blanca. Y está claro: ha conectado con las clases medias y bajas de uno de los países más ricos del mundo. Lo fácil es pensar que sus votantes cumplen con un estereotipo: hombres blancos, de clase media-alta y con ocho apellidos americanos. Es fácil porque es lo que nos dice la lógica.

¿Qué haríamos en nuestra novela? Al gobernador machista y racista lo apoyarían todos los hombres de sus misma raza. Y el resto, se opondría. ¿Es lógico? Sí. ¿Nos equivocamos? Muchísimo.

El error viene cuando no incorporamos ningún matiz a esos datos. Si dirigimos la mirada a lo que ha pasado en Estados Unidos, nos enteramos de que más del 50% de las mujeres blancas votaron por Trump, o que el co-fundador de Latinos for Trump, Marco Guitiérrez, es latino y opina que <<los hispanos son una cultura “primitiva y subdesarrollada” y que los estadounidenses deben tener miedo a los mexicanos>>.

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La lógica llorando porque ha fallado el estereotipo

Huir del worldbuilding plano

Hay que nadar entre matices para crear una sociedad con unos personajes verosímiles y con vida. Para ello, hay que pensar en qué es lo que hace fallar al tópico.

Mi hipótesis es que el estereotipo queda invalidado por el sistema de valores de cada individuo, que determina la forma de ser y la ideología. Y que esta última puede estar enfrentada al cliché que se le presupone según sus características sociodemográficas.

Analicemos el ejemplo anterior, el de Marco Gutiérrez. Es un hombre latino, por lo tanto, no es blanco ni norteamericano de nacimiento. Es un mexicano que consiguió la nacionalidad de Estados Unidos en 2003. Desde entonces, según sus palabras, ha sido Republicano.

Por sus rasgos sociodemográficos, podríamos pensar que al último que votaría en la carrera presidencial sería a Trump. Sin embargo, hay un detalle revelador en su biografía: consiguió la nacionalidad hace poco, de adulto. ¿Qué ha podido pasar? No lo sé, así que solo queda tirar de imaginación. Podemos pensar, por ejemplo, que hasta conseguir el pasaporte norteamericano se sentía inseguro, incluso apátrida. Que cuando un papel le dijo que era estadounidense, su sentimiento de pertenencia al país le hizo relegar, e incluso denostar, su origen, y que pasó a la última posición en su escala de valores.

Al escribir, debemos pensar qué cosas son las que pueden hacer que una persona vaya contracorriente, que no actúe según se espera por su origen o situación. Cada persona es un cúmulo de eventos que lo hacen único, como a Marco Gutiérrez, y eso es lo que el escritor debe plasmar en sus novelas.

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El mundo no es plano. Hagamos que se note en nuestras novelas. Imagen de Steven Díaz (créditos al final del artículo).

El estereotipo simplifica la vida en todos los aspectos pero no es veraz

El estereotipo nos ayuda a tomar decisiones si no tenemos tiempo para conocer a la otra persona en profundidad. Es el que nos hace agarrar el bolso cuando aparece alguien con ropa desgastada y la cara medio tapada, o lo que nos indica que debemos fiarnos de esa persona aseada y pulida que no deja de sonreír y que se muestra humilde pero segura.

Como decía Mónica, el uso del estereotipo puede ser malo si nos sirve para denigrar a todo un colectivo. En el ámbito de la literatura, puede hacer que simplifiquemos hasta lo absurdo a un personaje.

Por eso, es peligroso que el estereotipo haga un uso lógico de la experiencia, ya que nos puede hacer pensar que es totalmente fiable y que no tiene ninguna brecha.

Dibujar al colectivo para hacer destacar al individuo

Sin embargo, pensar en aquello que comparte una sociedad o un grupo de personas nos sirve, en la creación de mundos, para hacer único a cada individuo que la integra. Una vez tenemos los rasgos generales de una sociedad, debemos pensar qué experiencias distancian al personaje de la norma.

Esas vivencias deben ser lógicas. Volvamos al ejemplo de Juego de Tronos. Arya Stark tiene todos los números de ser como su hermana Sansa y que solo le interesen los vestidos y los príncipes. En cambio, le interesa más lo que hacen sus hermanos: luchas para convertirse en caballeros. Arya juega con ellos y, su padre, por hacerla feliz, le pone un profesor de lucha. ¿Cumple con la norma? No. ¿Es lógico que no la cumpla? Sí.

R. R. Martin transgrede la norma común, crea experiencias únicas para Arya y construye un personaje veraz.

Hay que analizar al individuo, aunque suponga más trabajo

Como comentaba antes, los prototipos nos facilitan la vida. Conocer a alguien y poder encasillarlo nos ayuda a saber cómo tratarlo. Pero clasificar a las personas por rasgos generales, estadísticos, genera prejuicios en el día a día y empobrece nuestros textos literarios. Entonces, preguntémonos qué cosas fuera de la norma pueden hacer menos estadísticos a nuestros personajes. Tengamos paciencia para descubrir qué hace especiales a las personas que nos rodean.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Foto de Steven Díaz

El autismo cabalga de nuevo

Queridos lectores de Mocade:

En mi deambular por Internet, donde aún me pierdo por enlaces secundarios, di con una noticia que ha inspirado mi artículo de esta semana. Me llamó la atención una palabra en el titular: “autista”. Y sobre autismo puedo hablar, porque es una parte de mi vida.

El reportaje no me parece nada extraordinario, ni en forma ni en contenido. Personalmente opino que la frase del titular ni siquiera entra en la categoría de noticiable. Pero las reflexiones que me ha inspirado la lectura de esos pocos párrafos sí que merecen que les dedique estas letras.

Pasaré de puntillas sobre el hecho de que la foto de portada más parece sacada de un carnaval veneciano que de una tradicional cabalgata de Reyes en la capital de España. Me abstendré de opinar sobre la terrorífica impresión que algunas escenas produjeron en los niños asistentes, según recoge el autor. Tampoco voy a pronunciarme sobre la iniciativa del Ayuntamiento de invitar a niños con diversidad funcional, aunque algo diré más adelante sobre esto.

¿Cuál es entonces, os preguntaréis, la idea que quiero transmitir? Os lo explicaré con un sencillo ejemplo: todos conocéis el pasatiempo de dos viñetas muy parecidas en las que hay que encontrar las cinco, siete o doce diferencias ¿verdad que sí? Pues a ver si me señaláis alguna diferencia que valga la pena entre estos dos titulares:

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo autista tendrá pesadillas”

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo tendrá pesadillas”

¿Qué os lo he puesto muy fácil? Pues sí, y no. Porque esa diferencia en una sola palabra es todo un mundo de diferencia. Tengo mis motivos para defender esta idea. ¿Es procedente emplear el adjetivo “autista” en este caso? ¿El horror es más horroroso porque lo sufra un niño con autismo? ¿Acaso es justo decir que su miedo va a ser diferente al del resto de los niños? Si a eso vamos, también podría haber dicho cualquier otra madre “Mi hijo rubio / obeso / vergonzoso / … –póngase cualquier adjetivo aquí– tendrá pesadillas”. Pero seguro que, ni lo hubieran dicho, ni, en caso de hacerlo, habría sido una frase para el titular.

Entonces, ¿por qué se emplean a veces algunas palabras fuera de contexto? ¿Qué aporta el adjetivo “autista” al contenido del artículo? La noticia comienza dando el dato de que el Ayuntamiento “se ganó a la opinión pública invitando a niños con diversidad funcional –es decir, con discapacidades físicas o mentales–”. Y lo cito textualmente porque, de entrada, me parece redundante. El lector medio comprende el término “diversidad funcional” pero el periodista cree necesario explicar que alude a discapacidades físicas o mentales. Y aún hay más. Si alguien quisiera leer entre líneas, esa frase aparentemente halagüeña puede encerrar bastante mala leche, si me permitís la expresión. ¿Quiere decirnos el autor que la alcaldesa está haciendo una manipulación electoralista al favorecer a ese colectivo de niños con la invitación? ¿Lo insinúa de modo tan solapado porque no sería políticamente correcto decirlo de otra manera?

Soy madre de un joven con autismo que ya tiene veinticinco años. Eso me ha permitido acumular una considerable experiencia sobre el tema. También tengo una hija maravillosa. Y, para los dos, deseo exactamente lo mismo, es decir, que sean felices y que vivan y disfruten por igual de la vida que les toca vivir. No quiero que mi hijo sea más que su hermana. Ni lo contrario. Pero si me dedicara a enarbolar el autismo como bandera contra la igualdad, si me callara ante artículos como el que hoy comento, estaría socavando mis propios cimientos. La verdadera inclusión no consiste en aislar un pez dentro de una burbuja para soltarlo en el mar, sino en romper la burbuja. Lo otro sería discriminación y aislamiento disfrazados de falsa integración.

Quiero terminar dejando una pregunta en el aire. ¿Por qué todavía, en pleno siglo XXI, se habla de “niños autistas”? ¿No es mucho más acertado emplear el término de “niños o personas con autismo”? Hay cosas que antes me hacían daño, y ahora, dicho con respeto y sin que me malinterpretéis, me provocan risa. Lo de “mi hijo autista” me suena parecido a “mi hijo marciano”. El autismo no hace que quien lo tenga sea una especie de extraterrestre. En palabras de Ángel Rivière, psicólogo que tanto hizo por el mundo del autismo: “ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal”.

Entonces, amigos mocadianos, os voy a pedir un favor: cuando leáis noticias de ese tipo, y redactadas de esa forma, cambiad el formato del texto. Usad el tamaño de letra más pequeño que se os ocurra para “autista”, y centrad vuestra atención en todo aquello que los niños con autismo y los que no lo tienen poseen en común. Solo así podrá entenderse que es mucho más lo que nos une a ellos, que lo que nos separa o nos pueda separar.

Adela Castañón

Imagen: PhotoPin

Escritor se escribe con E

Bloqueada. Así estaba yo cuando pensaba en que se acercaba mi día de publicar en Letras desde Mocade. Miré al techo buscando inspiración, igual que Serrat en la canción “No hago otra cosa que pensar en ti”, pero, aparte de comprobar que no necesitaba una mano de pintura, no se me ocurría nada. Cerré los ojos para convocar a las Ideas. Todo inútil. Recorté mis aspiraciones y me concentré en alumbrar alguna Frase Ingeniosa como punto de partida. Cero patatero. Hice un esfuerzo más: me conformaría con una simple Palabra. En vano. Mi mente era un lienzo más blanco que Siberia en enero. De pronto, casi con el rabillo del ojo, la vi: ¡era Ella, la E! Me llamaba dando saltitos mientras intentaba hacerse oír: “¡Eh! ¡Estoy En Este Escenario!”. Era la primera vez que veía una letra viva. Comprendí que, en la escritura, la humildad es la base. Las obras maestras pueden nacer de ideas grandiosas, frases lapidarias o palabras clave. Pero no llegarían a ver la luz sin esos pequeños céntimos casi invisibles que son las pobres e ignoradas letras. Y, como la E había sido la más Espabilada, decidí rendirle un merecido homenaje en el que reconocería su aportación al arte de Escribir. Y a eso voy.

En la literatura, como en casi todo, hay Extremos. ¡Qué duda cabe! Y Enfrentar Esos Extremos Es Entretenido.

Expectativas y Esperanzas: no es que sean en sentido estricto términos opuestos, pero vale la pena una pequeña reflexión sobre estas dos facetas. Las Expectativas me llevan al lado de la razón, a planificar, a organizar, a diseñar Estrategias para alcanzar algo. Y ese algo que está al otro lado del Espejo son mis Esperanzas, las que habitan en la otra cara oculta, la del país del corazón, de los sueños. Y, si consigo ensamblar esas dos caras para que se alternen con la misma regularidad con la que sale y se pone el sol, estaré bien Encaminada. O, al menos, eso quiero pensar.

Estancada y Elevada: pues eso. A ver a quién no le ha ocurrido lo mismo que a mí. Hoy, sin ir más lejos, me encontraba Estancada en ese pantano del bloqueo que he mencionado al principio de este divertimento. De pronto, cuando parecía que nada podía salvarme, ha llegado la musa. Y ha debido compadecerse de esta aspirante a autora, porque me ha susurrado algo al oído. A lo mejor era toda una idea que empezaba por E, y solo llegué a escuchar el principio. Creo que llegué a oír algo así como “Escucha…” pero los saltitos de la E me distrajeron, y no me enteré de lo demás.

Emprendedora y Escondida: son dos calificativos que cualquiera que escriba se puede atribuir sin miedo a equivocarse. La timidez del principiante hace que muchas personas con auténtico talento se resistan a salir del escondite, a exponerse a la crítica del público. Pero, por suerte para todos, hay muchos, ¡y ojalá sean cada día más!, que deciden emprender el camino de la visibilidad y no temen exponer sus relatos, sus artículos, e incluso sus patochadas, al análisis de los demás mortales. No quiero señalar, pero mi índice, como la cabeza de la niña de El Exorcista, se ha girado y me apunta al centro de la nariz. Vale, me he puesto como un Ejemplo Esperpéntico, pero Ejemplo al fin y al cabo.

Explorar o Estabilidad: la literatura, la novela, los relatos, el teatro, casi todo tiene sus normas establecidas. Y está bien. Es bueno contar con un andamiaje básico. Hay maestros de la literatura cuyas obras son verdaderos paradigmas y objeto de libros de texto para aprendices a escritores. Pero es aún mejor que surjan de vez en cuando verdaderos genios que no se conforman con lo establecido y se dedican al maravilloso arte de Explorar. Surge, por ejemplo, un Julio Cortázar, con esa Rayuela que habla por sí sola. Y la posibilidad de que aparezca de vez en cuando uno de esos genios aumenta cuando crece el enjambre de los principiantes, de los aspirantes, a los que se nos ocurren cosas tan absurdas como esta de rendir homenaje con un artículo a la simple y elemental letra E. Sería más solemne disertar sobre una idea grandiosa, una causa noble o un personaje excepcional. Pero en el bloqueo, como en la guerra, vale todo.

La Escritura es todo eso: Es Estancarse, Entretenerse, Embarrullarse Entre Esperanzas, Explorar, Elegir, Elucubrar, Emocionarse, Encontrar En El Espacio Ejemplos Emocionantes, Enojarse, Enaltecerse…

La Escritura, repito, es todo eso y mucho más. Es el lazo, el Eslabón, que puede unir a personas que tienen en común el amor por escribir. Y cuando el azar hace que personas así se conozcan, como es el caso de mis compañeras de Letras desde Mocade y el mío, el resultado no puede ser más Espléndido para mí: Encontrar el valor y la decisión de hacer de mi escritura una realidad. Aunque sea con un artículo humorístico, que Espero Encuentren Entretenido, sobre la letra E. Cosas como esta sencilla reflexión sin aspiraciones son las que, al final, se convierten en un ladrillo más que va asfaltando y haciendo más transitable nuestra ruta literaria.

Vaya, por tanto, mi rendido homenaje a esa letra, como muestra del respeto que merece cada una de las que forman el abecedario. Solo espero que sus compañeras no imiten el ejemplo de esta Espabilada, porque, lo confieso, mi neurona no da para más. ¡Estoy Exhausta!

Adela Castañón

Foto:Copyright : aleksan

Mis protagonistas y Terry Pratchett

Cuando era pequeña, solía asaltar la biblioteca de mi hermano mayor. Él tiene trece años más que yo pero, de los cuatro vástagos Campos, era al único al que le gustaba leer tanto o más que a mí. Por eso, cuando se acababan mis libros, iba a su cuarto y le preguntaba cuál me podía dejar. Imagino que no le debió resultar fácil encontrar lecturas adecuadas para una cría. Aún así, siempre lo conseguía.

Un día, me dio un libro que se llama Ritos Iguales. Y ahí empezó todo.

Álex, creo que no eres consciente de lo que hiciste por mí ese día, así que aprovecho para agradecértelo y explicártelo con este post. Y, a todos los demás, también.

El libro que lo empezó todo

Ritos iguales es la tercera novela de la Saga Mundodisco de Terry Pratchett. El título original, Equal Rites, suena como “Equal Rights”, es decir, igualdad de derechos.

Creo que, con esto, ya se ve por dónde por dónde va la cosa. Pero os voy a hacer una pequeña sinopsis del libro para entendáis la intencionalidad del título.

Imaginaos a un mago que se está muriendo. Su instinto le dice que, no muy lejos, ha nacido un octavo hijo de un octavo hijo. Un posible sucesor. Camina por el bosque hasta que da con él y le da su cayado segundos antes de morir. No se da cuenta de que el bebé es una niña hasta que es un espíritu. Y, ups, existen magos, pero no magas.

Afortunadamente, esa criatura tiene a su lado a Yaya Ceravieja, una bruja que la instruye como tal. Sin embargo, la vieja pronto es consciente de que la magia de la niña es diferente a la suya, por lo que decide llevarla a la Universidad Invisible, donde estudian los hombres para ser magos.

Soy consciente de que muchos piensan que una historia de brujos y magos es infantil. Y sí, puede serlo. Pero si dejamos a un lado el esnobismo típico de la crítica literaria y nos enfrentamos al libro, nos encontramos con una novela satírica y profunda que utiliza elementos fantásticos para explicar el mundo.

Al acabar esta historia, decidí que Terry Pratchett sería mi autor favorito. Hoy sigue siéndolo, y lo será hasta que me muera. Pronto sabréis por qué.

Las historias de mi infancia

Dejemos en el arcón de nuestra memoria a esa Carla preadolescente con Ritos iguales en las manos y demos un salto al pasado. Vamos a buscar a la Carla de cinco, seis, siete años.

A mini Carla le gustaba ver en bucle películas de Disney, como Merlín o Robin Hood. Para quien no las haya visto, son dos clásicos de dibujos animados. En la primera, un jovencísimo Arturo arranca la espada de la roca y Merlín le ayuda a convertirse en Rey. En la segunda, un zorro, Robin Hood, roba el oro del Rey para dárselo a sus amigos, los pobres.

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Eran las películas favoritas de mini Carla. Quería ser como ellos eran: valientes, luchadores, ¡magos! Y, a veces, se preguntaba por qué no había niñas que pudieran sacar espadas de piedras y robar a reyes. Así que se desquitaba jugando a Pressing Catch con otro de sus hermanos, pero ese es otro tema.

Y ahora, volvamos a mis doce años

Hasta ese momento, las mujeres activas eran la excepción en mi pequeño y limitado mundo. Puedo recordar a Pipi Langstrum, La Bruja novata y Mery Poppins. Nada más. Aún así, no sé por qué, eran figuras que no me dejaron una huella tan profunda para querer ser como ellas. A mí me gustaban Goku, un niño extraterrestre, con cola de mono, que tenía muchísima fuerza y podía ganar cualquier pelea, y el Príncipe Ali, de Aladdin. Eran personajes divertidos, con una personalidad arrolladora y que salvaban a todo el mundo. ¿Por qué iba a fijarme en niñas que cantaban a los pajaritos cuando podía ser como ellos?

Y de repente, ¡boom! En mis manos tenía la historia de una niña de mi edad, que hasta se parecía a mí en lo físico. Y que hacía magia. Y era tan poderosa y lista que el destino de su mundo dependía de ella. Y que tenía a otra mujer, también muy inteligente y fuerte, como guía.

Mi sueño hecho realidad, joder.

Merece la pena leer a Terry Pratchett desde muy jóvenes

Con esa primera lectura, me interesé en el señor que era capaz de crear una historia tan profunda alrededor de una niña como yo. Por eso, cada vez que Plaza y Janés publicaba un libro de la Saga del Mundodisco, corría a la librería con mi semanada para comprarlo. Después, con mi sueldo. Y ahora tengo la colección entera en papel y en ebook para releerla cada vez que me apetece, que es siempre.

Porque Pratchett es un escritor con la capacidad de hacerte pensar y reír a la vez.

Con sus páginas, he meditado sobre la muerte, la guerra, la democracia, la igualdad entre hombres y mujeres, el racismo, y un sinfín de temas más. Y todo, gracias a una prosa ágil y única, que me encantó con doce años pero que entendí siendo ya adulta.

La representación importa

Es muy triste pensar que, a mis doce años, era la primera vez que me sentía identificada con un personaje de una historia. ¡Y qué historia! Mi hermano, seguramente sin quererlo, me había dado a conocer un mundo nuevo: un mundo en el que las niñas podían decidir qué querían ser, tenían el derecho de luchar por hacerse un hueco en un mundo que no las quería y demostrar lo importante que era, para todos, que estuvieran ahí. Imagino que él pensaría que ese libro me gustaría porque estaba protagonizado por una cría. Y es cierto. Pero fue mucho más que eso. Fue el primer contacto que tuve con el feminismo, aunque yo no lo supiera. Con doce años, lo único que sabía era que yo podría llegar a ser como Eskarina. Si ella había luchado por ser maga y salvar el mundo, ¿qué cosas maravillosas podría hacer yo?

No me podéis decir que no es un ejemplo molón.

Por eso, prácticamente todos mis personajes protagonistas son femeninos. Para que las niñas vean que las mujeres también podemos salvar el mundo, y que, igual que los hombres, lo hacemos cada día. Como Eskarina.

Solo me queda dar las gracias a mi hermano, y decirle al Maestro que espero poder hacer por alguna niña lo mismo que él hizo por mí.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Josh Kirby en Wikipedia

Escribir no tiene edad

       

                                                                                       Para ser escritor solamente hacen falta dos cosas,  tener algo que decir, y decirlo (Oscar Wilde)

He empezado a escribir más en serio cuando he rebasado la frontera del medio siglo. Pero llegar tarde a la escritura no es peyorativo. Al menos eso pensaba hasta que leí un artículo, cuyo enlace prefiero no recordar, que ensalzaba a los jóvenes talentos y castigaba a “yayas” escritoras, como yo, con el cruel látigo de la indiferencia.

Hacía una clasificación, y buena, de los pros y los contras de las edades de inicio en el arte de las letras, pero se detenía al llegar a los cuarenta. No me sentó nada bien, ¡de verdad!, y me limité a ignorar lo que decía, o, mejor dicho, lo que no decía. Sin embargo, la espinita me quedó clavada y, pensando en mi artículo para Mocade, me pregunté: ¿por qué no decir aquello que eché en falta?

Y dicho y hecho. Me he querido plantear algunas preguntas y compartir en este espacio mis propias respuestas.

¿Es acertado creer que a partir de cierta edad ya es tarde para empezar a escribir? ¿Hay una edad idónea de comienzo? ¿De qué modo influye la edad de inicio en un escritor? ¿Empezar joven tiene el peligro de quedarse en un mero aficionado? ¿Es más difícil adquirir solidez como autor si se llega a la escritura a edades más avanzadas?

La edad puede ser determinante para algunas cosas. Por mucha ilusión que tenga un hombre de llegar a ser estrella mundial del futbol, si empieza a entrenar y a prepararse a los cuarenta años, y con una barriga cervecera, tiene escasas probabilidades de que su sueño se haga realidad. Y digo “escasas” porque la palabra “nulas” tiene unas connotaciones de negatividad absoluta que no deben presuponerse. La vida nos demuestra que casi todo es posible si uno lo desea y se esfuerza en conseguirlo.

¿Cuál es la mejor edad para empezar a escribir?

De forma simplista, respondería con una sola palabra: cualquiera. Pero, si lo dejo ahí, me quedo sin artículo, de modo que voy a mojarme un poco más. La mejor edad es aquella en la que a uno le apetezca. O, como dice Oscar Wilde en la cita que encabeza mi artículo, cuando uno tenga algo que decir y quiera hacerlo.

La edad no debería ser nunca ni una excusa ni una justificación para iniciarse en la escritura. Por ejemplo, si uno empieza a escribir en la juventud, puede adolecer de un vocabulario más pobre, o una mayor presencia de tópicos y frases hechas, aunque no tenga por qué ser así en todos los casos. Y posponer la decisión, pensando que el simple paso del tiempo corregirá esos aspectos, es una equivocación. Esos primeros escritos habrán servido de entrenamiento, de campo de pruebas. Podría ocurrir que, al cabo de los años, el autor los rescatara y se reencontrara con ideas olvidadas que en un imaginario infantil son naturales y surgen de manera espontánea. Ideas que con el tiempo se vuelven más esquivas porque la razón y la madurez las van arrinconando en el baúl de la sensatez. Entonces, si un buen día, haciendo limpieza, descubrimos algunos folios manuscritos, podremos reescribir historias olvidadas que se enriquecerán con la experiencia acumulada con el paso de los años.

¿Y qué pasa si vamos aplazando aquello de “tengo que escribir algún día” y, cuando llega ese día, resulta que ya peinamos canas? ¿Por qué se ignora tantas veces a estos escritores debutantes en la tercera edad? Quizás porque el tema me toca de cerca, quiero resaltar la parte positiva. Cuando se llega a la línea de salida, a la edad en la que otros ya están casi rozando la de meta, hay que poner en la mochila un ingrediente fundamental: el optimismo. No importa salir tarde, ni el tiempo que nos cueste llegar. Tampoco importa tanto alcanzar o no la meta. Lo que importa es disfrutar de la ruta, del camino. Es probable que vayamos más despacio, pero si nos frena el peso de la experiencia, habrá que usarla como combustible. Y, si damos bien los pasos, nunca será demasiado tarde.

He intentado enfrentar los dos extremos en la horquilla de la edad y dejar caer un argumento bastante elemental en cada caso. Si decidimos tomarnos en serio eso de convertirnos en escritores, debemos tener clara una premisa: creérnoslo. Porque, independientemente de la edad, si tenemos el gusto por la escritura pero pensamos que no estamos preparados estaremos destinados al fracaso.

Un buen ejemplo de que la escritura no tiene edad lo tenemos aquí, en Mocade. Porque las cuatro amigas que vamos levantando nuestro rinconcito piedra a piedra, relato a relato, artículo a artículo, somos de edades muy dispares. Sin embargo Mocade es lo que es porque nosotras somos las que somos, aunque haya dos “mocadianas” en la treintena, y otras dos que casi les doblemos la edad. Nuestros escritos se enriquecen con las aportaciones que nos hacemos las unas a las otras. La novedad de la juventud y la experiencia de los años se nutren entre sí, y dan como resultado este Letras desde Mocade donde, cada día, las cuatro nos encontramos mejor en nuestra casa literaria.

Visto así, la edad no es un elemento coyuntural. Pero sí que hay algunos matices importantes que se consiguen con el tiempo. Y el tiempo es edad. Así que el problema, en el fondo, podría ser otro: ¿la edad o la experiencia? Puede que a los veinticinco años una persona no sepa mucho de la vida, pero si se graduó a los dieciséis y se matriculó pronto en la Universidad, podría ser Licenciado en Lengua y Literatura con un cuarto de siglo. Y su prosa sería muy distinta a la de una persona con diez años más, que hubiera estudiado Económicas y que tuviera un hijo adolescente. Quizá esa persona sabría un poco más de la vida o tendría más experiencias en su imaginario. Pero, pese a eso, la técnica, la sintaxis o la gramática podrían dejar mucho que desear. En esta vida, todo es cuestión de perspectiva.

Si alguien piensa que no soy objetiva al poner a nuestro Letras desde Mocade como ejemplo (y haría bien en pensarlo, porque es cierto), os dejo aquí unos datos interesantes sobre la edad de comienzo de escritores famosos. Como podéis comprobar tengo razón cuando defiendo que, para escribir, no importa la edad.

Adela Castañón

Imagen: Johanna Kosinska

Las comparaciones son odiosas

Tengo días tontitos en los que no me entiendo ni yo misma. Y otros días inspirados, en los que todo me sale genial. Y, de vez en cuando, dificultades para saber en cuál de esos días me encuentro, como me ocurre hoy. Todo porque mi cerebro se ha puesto a echar humo y me ha dado por pensar en los tipos de relación que pueden darse entre un autor y su obra.

¿Qué es en realidad un libro, un artículo, un relato, un poema, o cualquier obra para su autor? ¿Cómo vivimos cada paso desde que se nos ocurre hasta que la escribimos y, con suerte, otros la leen? Y, lo que no es menos importante, ¿en qué medida depende la obra del autor?, ¿qué tipo de relación, sentimental o no, se establece entre ellos? A ver, es evidente que, sin autor, no hay obra. Hasta ahí, llego. Es algo parecido a lo de tener hijos. A veces sales del paritorio y cuando cumplen cuarenta años siguen pegados a tus faldas. Y otras veces a los quince ya están locos por alcanzar la mayoría de edad para volar fuera del nido. Y puede que tengas un hijo de cada clase, y te plantees cómo es posible que sean tan distintos si a los dos los has educado igual. Pero, si invierto la situación y la aplico a la escritura, me pregunto si el futuro de una novela podría haber sido otro en caso de haber tenido un autor diferente. Y mi cerebro, olvidando que las comparaciones son odiosas, se ha entretenido en establecer ciertas semejanzas con personajes de película y en poner apodos a algunos tipos de escritor.

Escritor Norman

Por Norman Bates, el de Psicosis, ya sabéis. Vive al servicio de su obra, que es como su madre y lo tiene dominado por completo. Está tan dedicado a obedecerla y a servirla que no se entera de que la pobre se pone añeja y se muere. Y se pasa la vida haciendo viajes al desván y manteniendo la ficción de que su obra sigue viva, porque, sin ella, él no es nadie. Si sois de éstos, mejor buscar un hogar de acogida ¿ok? Esas obras/madres devoradoras nunca os dejarán llegar a ser adultos.

Escritor Mesala

Por el Némesis de Ben-Hur. Sí, elijo al malo de la película porque me resulta más interesante que el protagonista, que es un estereotipo clásico del bueno. Mesala cabalga sobre su obra con el mismo arte que sobre la cuadriga. Se cree el amo del Imperio. Pero, con tanto querer llevar las riendas, no se aparta ni un milímetro de su camino y se olvida de que hay otros carros en el circo. Por no dar su brazo a torcer, se da el piñazo padre y a la hora de saltar a la arena tropieza con otros libros que resultan ser mejores. Y ahí se queda él, con los dedos en plena parálisis productiva y lamiéndose las heridas.

Escritora Cleopatra

Casi no necesita presentación. Guapa, lista, inteligente, manipuladora. Podría confundirse con Mesala, pero tiene otro matiz. Quiere que su obra sea perfecta, pero para dar fe de que ella, la autora y creadora, es igualmente perfecta. Y cuando tropieza con escritores como Octavio, más viejos, más feos, pero que asoman por el horizonte con todas las de ganar, prefiere que la muerda un áspid y abandonar el escenario por la puerta grande. Vamos, como la Martirio, “antes muerta que sencilla”. Claro, esas novelas aspirantes a ser La novela perfecta, acaban como George Clooney en La tormenta perfecta: ahogadas en el fondo del mar. Y es que no se puede o no se debe pretender ser la reina del mambo, que en el mundo de la escritura todo el mundo tiene derecho a ocupar su rinconcito y no es bueno querer sobresalir a toda costa.

Escritora Abeja Maya

Vuela de flor en flor. Crea blogs, hace talleres, comparte todo lo que sabe, pero no despega nunca porque se queda a vivir en la etapa escolar, de aprendizaje, sin dar el paso definitivo. Sin embargo, las que conozco dentro de este grupo, las conozco, precisamente, porque terminaron de avanzar y han publicado. Vamos, que han pasado de ser Abeja Maya a Abeja Reina. Me viene a la mente Ana González Duque. Tal vez porque estoy terminando el segundo libro de Leyendas de la Tierra Límite, y me está demostrando que hay que decidirse a dar el paso y empezar a crear aprovechando todo lo que hemos aprendido y seguimos aprendiendo en ese picoteo por blogs y páginas de consejos y formación. Es un tipo de escritora moderna, y me llama la atención porque dentro de mi campo visual adquiere una dimensión tan grande o más que aquello que escribe.

Mis pinitos con estas publicaciones son ensayos para dar ese salto, así que este último tipo de escritora me crea una dualidad que resulta amargamente dulce, o dulcemente amarga. Vamos, aquello tan tópico de una envidia sana. Pero me quedo con la faceta positiva, y me quito el sombrero ante esas reinas de las sopas de letras con sentido.

Y para ir practicando, a ver si logro llegar a su altura, he querido poneros hoy estos ejemplos en clave de humor. Medio en serio y medio en broma he intentado haceros reflexionar sobre cómo nos sentimos o cómo nos comportamos a la hora de escribir. ¿Cómo enfocamos nuestra escritura? ¿Qué vida queremos darle a nuestros textos después de terminarlos? ¿Hasta qué punto nos comprometemos con ellos? Hay artículos excelentes, como el publicado por Gabriella Literaria sobre los tipos de escritores, que profundizan muy bien en el tema. Pero mi idea ha sido dar una visión más íntima, más de andar por casa, donde todavía el público no tiene el peso que tendrá después.

Se me ocurre ahora un quinto ejemplo, el de los escritores de artículos parecidos a este, sin grandes aspiraciones a transmitir verdades universales. Pero tampoco está mal arriesgarse a la hora de escribir lo que se nos ocurra, si se intenta hacer de modo correcto y digno. Lo bueno de exponerte a las críticas es que, cuando las lees con la sonrisa en la boca, acabas aprendiendo un montón. Así que os animo a que me arranquéis la piel a tiras y, ¿por qué no?, a que os divirtáis ampliando esta especie de retratos robots de los escritores, en función de sus relaciones de amor/odio con su escritura.  Lo mismo nos acaba saliendo un artículo a varias voces que valga la pena.

Y si no es así, si habéis llegado hasta aquí, espero que por lo menos estéis sonriendo igual que hago yo.

Adela Castañón

Foto: Pixabay. Agnali

 

 

Ser diferente. ¿Barrera o puente?

 

                 “Cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres”  Charles Evans Hughes (1862-1948)

Un invitado inesperado

Es un dicho popular que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Pero, ¿qué ocurre si la harina de ese pan no es la de siempre?, ¿si la levadura es distinta, y lo que sale del horno parece cualquier cosa menos pan?, ¿o si por el sabor, la textura, la consistencia, nos encontramos con algo que parece imposible digerir?

Estas preguntas tan abstractas se convierten en el punto de inflexión de la vida de muchas familias cuando llega, más o menos por sorpresa, un bebé que no es “normal”. Los estudios prenatales permiten anticipar patologías como el síndrome de Down. Otras, como el autismo, carecen de marcadores específicos y solo dan la cara cuando el niño alcanza una edad crítica, entre los 18 y los 36 meses.

En el primer caso, la familia sabe de antemano con lo que se va a enfrentar. En el segundo, la naturaleza toma el pelo a los padres que, durante los primeros meses, se dedican a hacer planes de futuro para ese bebé que nace con una engañosa normalidad. El diagnóstico, cuando llega, arrasa con todos esos proyectos y convierte una hoja de ruta bien diseñada en una cinta rodante en la que, por muchos pasos que se den, parece que siempre se encuentra uno en el mismo sitio. Ese desbarajuste emocional lo recoge y lo expresa de maravilla la madre de un niño con síndrome de Down, Emily Pearl Kinsgley, en La belleza de Holanda. Y, si damos un paso más, en el caso del autismo vemos que el cataclismo que se produce después del primer o segundo año de vida, lejos de disminuir, va haciendo más profundo el abismo que separa al niño y a la familia del resto de los mortales. Podemos ver unas pinceladas de cómo es la vida de estas personas en el video Mi hermanito de la luna.

Llamemos a las cosas por su nombre

El autismo afecta a algo tan humano como es la capacidad de relación con los iguales, a la comunicación y al área de las relaciones humanas. Ángel Rivière, psicólogo fallecido en el año 2000, y una de las personas que más hizo por el mundo del autismo, hablaba en uno de sus trabajos sobre lo que él llamaba la “ceguera mental” de los autistas, para explicar que son incapaces de entender que los demás somos “objetos con mente”. Una persona con autismo carece de la capacidad de atribuir a otras personas emociones, sentimientos y estados mentales distintos al suyo. Un bebé de corta edad hará pucheros y se pondrá triste si su madre se acerca a él con el ceño fruncido, porque sabe instintivamente que mamá está enfadada. Un niño con autismo puede sonreír y expresar alegría en un funeral con toda normalidad, porque, para él, supone la posibilidad de un encuentro inesperado con su abuela, aunque el fallecido sea su abuelo. Y, si alguien le ha dicho que el abuelo está feliz en el cielo, el niño con autismo solo verá en ese hecho un motivo de alegría, y será incapaz de manifestar o fingir la tristeza que sería esperable. El autista no sabe mentir. No comprende los juegos de palabras. No tiene doblez.

A pesar de la labor de profesionales como Ángel Rivière, que dedicó su vida a mejorar la de las personas con autismo, siguen existiendo reputados escritores que tratan el tema con una ligereza y un desconocimiento que solo merecerían indiferencia, si no fuera porque llegan a un público numeroso. Y lo triste es que a ese público se le ofrece una imagen distorsionada, peyorativa y despectiva de todo lo que el término autista implica. Quienes leen a esos escritores no solo se quedan sin conocer los valores humanos de las personas con autismo, sino que vuelven a levantar unos muros que había costado muchos años derribar. Me estoy refiriendo, en concreto, a un artículo aparecido hace poco en El País. Afortunadamente, unos días después este periódico publicó una réplica, que Autismo España se apresuró a enviar. Esta réplica y otras respuestas devuelven la dignidad y la esperanza a las personas con autismo y a sus familias.

Como madre de un joven con autismo, mi primera reacción ante el artículo de El País fue de ira y de desprecio. Pero después de varias lecturas he llegado a la conclusión de que, en realidad, esa definición deformada del término “autista” no es más que una muestra de la supuesta sabiduría del autor del escrito, cuyo único acierto es el título del mismo, “Narcisismo hasta la enfermedad”, pero aplicable exclusivamente a quien lo firma. Por los términos que emplea, deduzco que el autor, persona supuestamente “sana”, habla de oídas sobre algo que no conoce en absoluto. Es más, demuestra que no es capaz de intentar ver el mundo a través de los ojos de los que tienen autismo. Así que, si creemos en lo que argumenta en su texto, ¿quién sería en éste caso el “autista”?

Pero yo quiero centrarme en la importancia de la diferencia. Me gustaría hacer un llamamiento a los que me lean: que intenten ponerse, por un instante, dentro de la piel de alguien que no es como los demás. Solo eso. Y después de hacerlo, que piensen si esas diferencias suponen una barrera o un puente. Y, para facilitar esta especie de desdoblamiento, empezaré por aportar mi propia visión desde dentro y desde fuera.

El autismo afecta a todo el grupo familiar, y no solo a la persona que lo tiene (y digo “tiene” y no “padece” con toda intención). Como afectada, por tanto, llegué a ese punto de inflexión del que hablaba al principio. Me encontré, como otros muchos padres, con una bifurcación en la que solo podía optar por ser parte del problema o parte de la solución. Podía pensar la carga que para mi familia sería un niño así o pensar en la carga que mi hijo llevaba a cuestas. Compadecerme porque me había tocado una criatura diferente o ponerme en la piel de mi hijo, al que su diferencia le acarrearía sufrimientos porque la vida le había negado la potestad de poder elegir o rechazar su autismo. Y lo tuve muy claro. Desde el primer momento quise a mi hijo porque era así, y el autismo era parte de él. Nunca sentí que lo quisiera a pesar de su autismo.

Y, visto desde fuera, tampoco es extraño que los demás nos vean como familias a las que, por decirlo en términos simplistas, el Autismo nos ha caído del cielo como un castigo divino. Quien no conozca el tema, o se deje orientar por escritos distorsionados como el que publicaba El País, puede pensar que somos unos “pobres” padres y madres que nos pasamos la vida mirando hacia abajo, a unos hijos que se encuentran en situación de inferioridad, y hacia arriba, a la espera de profesionales que saquen de la manga una varita mágica que haga que nuestra pesadilla termine.

Pero este camino tiene muchos cruces, y en éste punto podemos elegir también el dibujo horizontal. Darle al tema un enfoque diferente, que no pone a nadie por encima de nadie. Podemos pedir ayuda a otras personas (profesionales, educadores, otros padres) para que nos enseñen a ser nosotros mismos los que aprendamos a convivir con el autismo, y a manejar esa realidad diferente. No queremos peces. Queremos que nos enseñen a pescar. Y en esa relación de igualdad construimos un triángulo equilátero donde la persona con autismo será un pilar más junto a la familia y el resto del mundo. Dejará de ser un simple receptor o demandante de recursos, para convertirse en alguien con sus propios criterios, con sus propios valores y con su propia riqueza personal que también podrá aportar mucho a quienes lo rodean, y ocupar el lugar que, por derecho, no por compasión, merece entre la sociedad.

Una persona con autismo será muy buena en aquello que despierte su interés. Por ejemplo, ningún partido en la final del mundial de futbol –salvo que el futbol sea su pasión– lo distraerá nunca de sus ocupaciones, aunque el resto del país esté paralizado frente al televisor. Los intereses de las personas con autismo son restringidos y limitados; son personas ordenadas, necesitan un entorno predecible, claves que les ayuden a anticipar qué es lo que va a pasar al día siguiente, en la hora siguiente, en el minuto siguiente. Lo que los niños normales aprenden sin darse cuenta, a los niños con autismo les cuesta aprenderlo, y nunca lo harán si no los dotamos de las herramientas necesarias. Para ellos las relaciones humanas, con toda su complejidad, siempre serán tan difíciles como nos sucede al expresarnos en un segundo idioma del que desconocemos los giros y complejidades. Pero cuando se trabajan programas y sistemas que facilitan la comunicación, el cambio es radical. El niño comienza a manejar agendas, fotos o dibujos que le permiten controlar su entorno e interactuar con los demás. Empieza a darse cuenta de que puede expresar sus ideas y entiende las peticiones que le hacemos. Y, entonces, las personas que estamos a su lado entendemos el significado de la expresión “alcanzar el cielo con las manos”.

A veces habría que preguntarse quién es el autista: ¿la persona afectada o los que son incapaces de verlo con los ojos del amor, y ver el mundo a través de su mirada?

¿Y ahora, qué?

Pues, llegados a este punto, quienes vivimos con alguien con autismo podemos elegir. Quedarnos para siempre en la celda de autocompasión en la que nuestro tren, a veces, hace una parada al principio de la historia, o continuar avanzando a través del paisaje de las fortalezas de nuestros hijos, apoyándonos en ellas más que en sus debilidades, para construir juntos el futuro.

Siempre he pensado que es mejor dejarse llevar e ir a favor de la corriente, que empeñarse en navegar luchando a brazo partido con el oleaje. Por supuesto, habrá ocasiones en que las familias quisiéramos atravesar una pared, pero siempre será mejor dar un rodeo en busca de una puerta. Tenemos que bajarnos del carro del orgullo y de la superioridad, para empezar a dar voz y voto a los afectados, respetando así su diversidad y teniendo en cuenta sus preferencias a la hora de planificar su futuro. Porque a lo largo de la vida nos enfrentaremos a tomas de decisiones que repercutirán en ellos y en su felicidad.

Y a quienes no tienen en su vida a una persona con necesidades diferentes, les haría una reflexión más. Conozco a muchas personas con autismo, y solo puedo decir que siento que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Hay testimonios estremecedores de autistas de alto nivel que reclaman y reivindican su derecho a ser como son. Y creo que les asiste toda la razón del mundo. Si respetamos otras culturas con hábitos que a nosotros nos resultan chocantes, ¿con qué derecho nos arrogamos la potestad de decidir que una persona con autismo debería aprender a “pensar y sentir” igual que los demás?, ¿y con qué autoridad retuercen y desvirtúan algunos el término “autismo” para convertirlo en una definición que para nada se corresponde con la realidad? Tal vez quien escribe así quiera mostrar al mundo su dominio del lenguaje y la riqueza de su prosa, pero solo logra poner en evidencia la mezquindad y la pobreza de su espíritu.

Si alguien quiere ampliar información, le recomiendo que eche un vistazo al legado de Ángel Rivière tanto en imágenes como en palabras. Y nada mejor que una cita suya para cerrar este artículo:

Ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal. No sólo soy autista. También soy un niño, un adolescente, o un adulto. Es más lo que compartimos que lo que nos separa.

Adela Castañón

Imagen de Jay Mantri