‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Katie Montgomery

La riqueza de los libros

A mi padre. Y a mi hija. 

¿Te has preguntado alguna vez por qué leíste tu primer libro? ¿Cuál fue la razón que te impulsó a leerlo? ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿Te impactó, te animó o, por el contrario, te desilusionó?

Me gustaría empezar este artículo diciéndoos, como otras veces, que lo que me ha movido a escribirlo es ofreceros respuestas a esas preguntas. Pero mentiría. En esta ocasión, lo que quiero compartir con vosotros son esos interrogantes que me vinieron a la mente desde que descubrí, sorprendida, que había personas a las que no les gustaba leer. Y es que, a veces, las preguntas son más importantes que las respuestas y todas esas cuestiones menores conducen a algo que va mucho más lejos: ¿cómo nace el gusto por la lectura?, ¿cuál es la magia que hace que una persona descubra el placer de leer?

No sabría deciros qué me llevó a leer mi primer cuento o mi primera novela, porque no lo recuerdo. Desde que tengo uso de razón, siempre he andado con alguna lectura entre manos. Los libros me siguen resultando apetecibles y necesarios. Tan necesarios que, a fuerza de leer, he acabado por escribir. Y por eso me estáis leyendo ahora mismo.

Solo puedo mostraros aquí la punta del iceberg. Porque creo que lo que subyace bajo el placer de leer es mucho más de lo que aparece a simple vista. Trataré de daros mi opinión a través de unas vivencias personales: mi experiencia con el universo de la lectura, en un recorrido por el tiempo.

Ivanhoe, o la madurez, llama a la puerta

Si el amor por la lectura se hereda, yo lo heredé de mi padre. En eso éramos como dos gotas de agua. Pero nada es perfecto y tropecé con un escollo: antes de poder leerme un libro, él tenía que darle el visto bueno. Al principio no era problema, pero llegó un día en que mi progenitor no había tenido tiempo de leer mi próximo candidato. Me consumía la impaciencia y le pregunté si, mientras tanto, podía coger uno de la colección de las tapas verdes. Era una colección de libros, todos forrados con un papel verde manzana, que recuerdo con claridad. Por aquel entonces había leído algunos de los títulos. Con el tiempo los leí todos, y aún recreo en mi imaginación el dibujo de la portada de muchos de ellos: El prisionero de Zenda, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick, Quo Vadis, Ivanhoe, y Los tres mosqueteros, entre otros. Este último me llamó la atención por el título, y le pedí permiso a mi padre para leerlo. Pareció que le proponía asaltar un banco, porque su respuesta fue una negativa rotunda e inesperada que me sorprendió. Hasta entonces nunca me había censurado las lecturas, y su argumento fue que ese libro no era “ni ejemplar ni educativo” para mi edad. Me resigné, y empecé a leer Ivanhoe, que fue la alternativa que mi padre me ofreció, diciendo que también era de aventuras, de caballería y no sé qué más. Pero nada hay más provocativo que la curiosidad y, aunque no recuerdo la primera lectura de mi vida, sí que estoy casi segura de que en aquella época cometí, a sabiendas, mi primera desobediencia. Y es que tenía tantas ganas de leer las aventuras de los mosqueteros que cambié el forro de Ivanhoe por el del otro libro, y así me tragué de cabo a rabo las aventuras de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, delante de las narices de todo el mundo. Capítulo tras capítulo intenté encontrar entre líneas algo malvado, dañino o perverso, pero no lo conseguí. Hoy comprendo que mi padre no quería que me enfrentara a actitudes y maquinaciones tan poco ejemplares como las de Milady, pero el resultado fue que empecé a darme cuenta de que los libros eran algo más que un pasatiempo y podían convertirse en herramientas para muchos fines. Intuí, por ejemplo, que leer podía conseguir que alguien cambiara de modo de pensar, que actuara de una u otra forma, y, aunque no me enterase muy bien de la milésima parte del asunto, lo cierto es que aquella aventura privada me hizo madurar bastante.

Crepúsculo y cía, o la historia de un objetivo cumplido

Como lectora furibunda y enganchada, siempre he querido que mi hija heredase esta costumbre, pero no había manera de conseguirlo. Era una batalla perdida, y me entristecía pensar en lo que se estaba perdiendo. Soy “Socia Oro” del “Círculo de Lectores” desde hace años. En los comienzos de ese club, una de las condiciones era hacer al menos un pedido bimestral. Pues bien: en una ocasión en la que no sabía qué pedir, vi el primer libro de la saga Crepúsculo antes de que el cine le diera fama. Lo compré por curiosidad, porque me chiflan las historias de vampiros y no había otros libros que me llamaran la atención. Y, como soy incapaz de dejar una saga a medias, en la siguiente entrega pedí los otros dos títulos (aún no se había publicado el cuarto, Amanecer). Los leí, y la cosa quedó ahí. Mucho tiempo después, mi niña me preguntó un día si le compraría un libro para el instituto. Le dije que por supuesto, pensando en algún libro de texto, pero pronto me sacó de mi error. “Mami”, me dijo, “no es un libro para estudiar. Es una novela chulísima que se están leyendo todos los de la clase, y siempre que digo que me la pasen, ya se la han prestado a otro”. Le pregunté por el título o el autor, pero no recordaba ni lo uno ni lo otro. Le dije que con esos datos me lo estaba poniendo difícil y, por pura curiosidad, le pregunté sobre el argumento. Me respondió que era sobre una chica que se enamora de un chico que resulta ser un vampiro, pero no uno de los de colmillos y capa negra, sino que es un compañero de clase, miembro de una familia de vampiros muy “guays”… ¿Os suena? A mí se me encendió una bombillita interior, y la interrumpí. “¿Por casualidad el libro no se llamará Crepúsculo?”, le pregunté. La cara se le iluminó: “¡Ese, mami, ese es! ¿Me lo vas a comprar?” La dejé con la palabra en la boca, salí de la habitación, y regresé con las manos a la espalda. No os imagináis la cara que puso cuando vio que tenía el libro en una de las manos. Y si os cuento ya su expresión al ver que en la otra mano tenía los dos libros restantes de la serie, os podréis hacer una idea de cómo me sentí. Ni ella ni los de su clase sabían que había dos títulos más. Total: que mi amor por la lectura hizo que aquel día, en el ranking materno filial de “los 40 principales”, yo subiera de forma meteórica desde el puesto nosesabequenúmero hasta la primera y destacada posición, donde me mantuve triunfante una larga, larguísima temporada. Crepúsculo fue la llave que le abrió a mi hija el mundo de la lectura, y sólo por eso tengo que romper una lanza en su favor, aunque mi amiga Carla sienta deseos de matarme. Ya sé que no puede resultar más tópico ni más típico, que Bella es la clásica chica femenina, débil y tierna a la que el masculino, protector y perfecto Edward siempre salva. Pero mi hija empezó a leer gracias a eso.

Terry Pratchett o la prueba de que la lectura siempre será sorprendente, y Seda o la lectura como escuela

Cuando yo creía estar de vuelta de todo en este mundo de la lectura y los lectores, llegó mi actual etapa de escritora y, con ella, mis amigas mocadianas. Y Carla, ¿cómo no?, nos presentó a Sir Terry Pratchett. No hace falta que os diga que lo adora, porque ya lo cuenta ella en una de sus entradas. Y su amor por este autor es contagioso. De modo que aquí me tenéis, a mis años, diseccionando y disfrutando de artículos como el de Carla, y analizando la obra de un señor que ha tenido la osadía de dejarme con la boca abierta y sin mover un dedo. Porque para alguien como yo, que presumía de haber leído libros de “casi todo”, ha sido un descubrimiento y una espléndida sorpresa encontrarme con algo nuevo, diferente y original. No puedo decir gran cosa de este autor que no haya dicho Carla más alto y mejor. Pero quería mencionarlo en mi artículo de hoy porque lo merece. Y, a mi modo, también quiero rendirle mi particular homenaje.

Y vamos llegando al final. El otro día, en un curso de novela que estoy haciendo, nos tocó analizar un fragmento de Seda; la lectura de dicho fragmento me inspiró tanta curiosidad que en dos días me he leído la novela. Y me ha vuelto a pasar como con Sir Terry: me he quedado con boca de pez, medio babeando, al descubrir una literatura que está a años luz de la de mis comienzos, cuando todo eran aventuras de caballería, o novelitas rosas de Rafael Pérez y Pérez que devoraba en las vacaciones de verano, sin descanso, una tras otra. Aquellas novelitas, tan distintas de esa Seda de Baricco, fueron para mí un poco como Crepúsculo para mi hija: no puedo afirmar que fueran mis primeras lecturas, pero sí que recuerdo que con ellas tomé conciencia de que leer era para mí una necesidad ineludible.

¿Y ahora qué?

Nunca he tenido miedo a quedarme sin nada que leer, o a que nada de lo que pueda leer deje de sorprenderme. Creo que lo que la lectura nos regala tiene tanto que ver con el contenido de los libros como con los ojos del lector. Por eso las películas nunca suelen parecernos tan buenas como la obra en papel, salvo raras excepciones. Porque los libros, aunque sean comprados, llevan también algo nuestro desde el momento en que ponemos los ojos en la primera página. El autor lo gesta, lo cuida, lo mima, le ayuda a crecer, y lo lleva de la mano hasta el momento del parto literario. Pero luego es el lector el que lo viste de gala o lo condena al ostracismo; y, sea cuál sea su decisión, al tomar postura se convierte, aunque sea en una mínima parte, en “coautor”.

Y eso, saberme autora y coautora, es lo que me puso a pensar y a escribir todo lo que os he contado. Porque este artículo solo pretendía hablar del nacimiento del placer de la lectura. La experiencia es diferente para cada persona, y también varía a lo largo de la vida. En mi caso he querido hacer el recorrido de cómo me enamoré de los libros en mi infancia, cómo ayudé a que naciera en mi hija ese mismo amor y cómo, en esta tercera etapa, descubro en la lectura un placer mucho más maduro, conclusión de las etapas anteriores. Porque si no hubiera sido lectora e inductora de lectora, no habría podido renovarme.

Y, cuando ya parecía que leer no podría aportarme nada nuevo, resulta que ha sido la llave del portal a otro mundo fascinante: el de la escritura. Y, si habéis leído hasta aquí, no necesitáis que os cuente más. El resto del artículo lo podéis escribir a vuestro gusto.

Adela Castañón

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Fotos cabecera y final: Pixabay

¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, “el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino”, y, sobre todo, “instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual”. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la “bilis negra” los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: “Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”. El escritor José María Guelbenzu afirmó: “No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Con esto nos explicó que “instalarse en la infelicidad es imposible”, que conviene disfrutar de los momentos felices y también “abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad”.

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

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No quiero acostumbrarme

Esta Semana Santa, como siempre, se leyó la Pasión en la misa del Domingo de Ramos en mi parroquia.  No recuerdo las homilías de otros años, no sé si por mala memoria o porque antes me perdía a veces en mis pensamientos y no seguía el hilo de las palabras del sacerdote. Pero este año dijo algo que me mantuvo atenta todo el tiempo, algo que me ha hecho pensar bastante. Y de eso quiero hablaros hoy.

Comenzó diciendo que no quería acostumbrarse a que la narración de la Pasión de Jesús, tal y como la hacen los evangelistas, se convirtiera en una rutina repetida año tras año. No sé si fue el tono, o las palabras, o la manera de pronunciar algunas frases, pero de pronto sentí que ese relato de la Pasión era estremecedor. Si sacamos los hechos del contexto temporal y religioso, la historia de un hombre condenado por exponer sus ideas, ajusticiado y crucificado tras una parodia de juicio, sería noticia de cualquier telediario. No quise ver la película de Mel Gibson porque pensé que, para sufrir, ya se ocupa la vida de darme materia. Cuando se estrenó, se comentó bastante la crudeza de muchas de las escenas. Y este año, escuchando a mi párroco, me di cuenta de que yo tampoco quiero acostumbrarme a muchas cosas. Porque la costumbre puede inmunizar tanto como la mejor vacuna. Y hay cosas ante las que no quiero permanecer impasible.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento que unos hombres causan a otros hombres. No hay que remontarse a los albores de la Iglesia ni a esa Pasión de la Semana Santa. Recuerdo cuando empezaron los atentados terroristas en España. Yo era aún muy niña, pero no tanto como para no darme cuenta de que el horror se había colado en el salón de mi casa, que se sentaba a la mesa con nosotros, y que había personas de carne y hueso, como mi madre, mi padre, o algunos vecinos, que también, en otra zona de la geografía española, eran el padre, o la madre, o el vecino de alguna niña como yo, y que habían muerto de modo absurdo, por nada, en nombre de nada. Y eso nos hacía estremecer a todos. Con el tiempo la violencia se fue normalizando hasta el punto de que ahora, en pleno siglo XXI, tiene que llegar un 11 de septiembre o un 11 de marzo para que, una vez más, nos llevemos las manos a la cabeza. Y yo me pregunto: ¿dónde hemos puesto el límite? ¿En qué momento? ¿En el número de víctimas? ¿En la repercusión mediática? Porque tengo la impresión de que, poco a poco, nos hemos ido inmunizando contra la violencia, a fuerza de asumirla como algo cotidiano. Y no, no quiero acostumbrarme a eso.

No quiero acostumbrarme al sufrimiento. Soy médico y convivo a diario con él, pero no quisiera que esa convivencia, que me viene dada por mi profesión, haga que me acostumbre a ver sufrir a los demás. Necesito, por supuesto, aprender a poner distancias, barreras, si no quiero morir en el intento. Pero ese saber gestionar el dolor no debería, o eso espero, vestirme de una coraza de insensibilidad. Quiero seguir recordando que el dolor de cada persona es único, que no por abundar se hace menos doloroso para quien lo padece. No, no quiero acostumbrarme a eso tampoco.

No quiero acostumbrarme a la felicidad. No me gustaría instalarme en la rutina de una vida cómoda, sí, porque, aunque tengo que trabajar para vivir, debo ser objetiva y admitir que, en términos generales, mi vida es afortunada. Tengo salud, trabajo y familia. Que no es poco, si se piensa bien. Y, si no ando lista, ese instalarme cómodamente poniéndome la felicidad como unas zapatillas de casa puede convertirse en costumbre. Y esa costumbre me privaría de disfrutar de esos pequeños detalles que son, en esencia, lo que da como resultado ese ramillete de sentimientos que se ha dado en llamar felicidad. No quiero acostumbrarme tampoco a eso, porque si lo hiciera me perdería buena parte de muchas emociones que deseo disfrutar con plena conciencia.

No quiero acostumbrarme a muchas cosas. Si acaso, quisiera, simplemente, acostumbrarme a no acostumbrarme a nada. Solo eso. Porque la rutina puede ser un asesino silencioso, un agujero negro, que nos engulle sin que nos demos cuenta. Y hay cosas en la vida, tanto malas como buenas, a las que nadie, creo yo, debería acostumbrarse.

Adela Castañón

Foto: Unsplash

La vida en tres dimensiones

Hace unas semanas la vida, los lectores, y este blog, me hicieron un regalo sorpresa: mi artículo, “Pablo Ráez. Gracias a la vida”, arrasó. Eso hizo que me planteara un par de preguntas. Y la respuesta a una de ellas es el contenido de este artículo.

Lo primero que me cuestioné fue cuál era el motivo por el que algo, un artículo, un video, una imagen, se vuelve viral. Empecé a buscar información para documentarme, pero no me encontraba a gusto manejando datos ni con el texto del artículo que me iba saliendo, y tuve la sensación de estar bloqueada en un punto muerto. Y eso me llevó a la segunda cuestión: ¿Qué ha ocurrido en mi vida para que términos como “fenómeno viral”, “bloqueo del escritor” y otros similares hayan entrado en ella? La respuesta a esta pregunta me pareció mucho más interesante que entrar en la metafísica del fenómeno viral, y es sobre lo que quiero escribir hoy.

La vida puede tener tres dimensiones

Hay personas cuya vida es plana. O momentos en la vida de las personas que son planos. La historia de cada uno no es una foto fija, sino una película donde las escenas pueden, y deben, diría yo, ir cambiando. ¿Quién no ha pasado por una época en la que el trabajo le asfixia y la rutina es un agujero negro cada vez más grande? ¿Quién no ha sentido alguna vez que la palabra “ilusión” había escapado de su diccionario privado para huir a otro universo? ¿Quién no conoce a alguna persona de la que casi todo el mundo dice, con escasa o nula compasión y demasiada ligereza, aquello de “¿Fulanito? ¡Uf! ¡Menudo plasta!”?

Tomar conciencia de eso es dar el primer paso para avanzar hacia una segunda dimensión. Porque si ya es triste tener una vida plana, más triste es estar inmerso en ella y no notarlo. El inmovilismo puede ser más agresivo que la peor de las batallas. Y habrá personas que quieran quedarse en su caparazón porque es más seguro estar dentro, a oscuras, que sacar la cabeza para enfrentarse al mundo. Respeto la libertad de elección de cada cuál, pero, en lo que a mí respecta, no me gustaría quedarme ahí.

La vida también puede ser redonda. ¡Ah, vale! La cosa cambia, me diréis. Pues sí, claro que cambia. Posiblemente para mejor. Pero no nos engañemos. Que, lo mismo que la Tierra gira una y otra vez sobre su eje, podemos estar dando vueltas en círculos y tener una falsa sensación de avance. Empezamos algún proyecto, arrancamos con algo, y cuando nos venimos a dar cuenta, estamos otra vez en el punto de partida. Algo así como dejar de fumar durante un tiempo para recaer luego una y otra vez. Y vuelta a empezar.

Un buen ejemplo para ilustrar la tercera dimensión es el famoso cubo de Rubik. Porque llegar hasta aquí es ir más allá para descubrir una especie de “comodín” de las dimensiones. Si nos paramos a pensarlo, la vida se nos ofrece en trozos, se nos presenta en pequeños cubos que nosotros podemos armar según sepamos, queramos o podamos. Y no es lo mismo hacerlo con uno u otro de los tres verbos.

Cuando nos regalan un puzzle, puede venir en la caja montado o desmontado, pero lo cierto es que, para jugar con él, partimos siempre de las piezas sueltas. A nadie le gustaría encontrarlo hecho para limitarse a contemplarlo ¿verdad? La diversión está en armarlo, en investigar, en pasar el rato tratando de reconstruirlo para lograr una imagen final que nos guste y a la que encontremos sentido. Recuerdo uno de los primeros archivos adjuntos que recibí cuando empecé a hacer mis pinitos con los ordenadores. Creo que era una presentación de power point, de esas que algunos igual miran por encima del hombro por blanditas, pero a mí me gustó. Mostraba a un padre que necesitaba terminar un documento, y para que su hijo no lo distrajera tanto cogió una foto de un anuncio que mostraba un mapamundi, lo recortó, y se lo dio al pequeño para que se entretuviera en rehacerlo. Su sorpresa fue que el niño vino a llamarlo al poco rato, y le mostró la imagen sin un solo error. El padre, sorprendido, le preguntó cómo había podido hacerlo, y el niño le respondió: “muy sencillo, papá. Le di la vuelta a los papeles, y cuando arreglé al hombre, se arregló el mundo”. El padre dio la vuelta a la hoja, que su hijo había pegado con fixo, y comprobó que, por detrás, había una foto de un hombre, que era la que su hijo había usado para hacer la reconstrucción.

Hay ocasiones en nuestra vida en las que no tenemos claro el modelo de nuestros propios rompecabezas. El resultado es que muchas veces no nos gusta lo que vemos, y perdemos más tiempo en lamentarlo que en intentar arreglarlo. O tenemos huecos que nos gustaría llenar, pero no salimos al mundo en busca de las piezas que encajarían allí. Si no nos gusta la imagen que tenemos de nuestro propio puzzle, si hay algo que distorsiona el resultado final, deberíamos ordenar las piezas con la esperanza y el convencimiento de que, si las buscamos, daremos con las herramientas necesarias para lograr al final la más bella imagen. Solo tenemos que pararnos a observar, y pensar qué sería lo que tendríamos que cambiar. Eso le da mucho más aliciente al juego. Y para eso tenemos que saber, querer y poder. Y no siempre será fácil, pero seguro que sí que será emocionante.

He hablado de las dimensiones de la vida haciendo referencia a personas y a momentos, porque no es lo mismo en cada caso. He tenido experiencias en las tres dimensiones, y la tercera es la responsable de que esté escribiendo estas palabras. Mi vida es ahora un precioso cubo, y lo es porque son mis manos las que mueven sus piezas. Y es precioso descubrir que, al moverlas, puedo construir montones de imágenes distintas. Supongo que es lo que se llama autodeterminación, y me gusta. La escritura me ha ayudado a que los engranajes sean fáciles de mover, me ha dado soltura, y me ha hecho ponerme unas gafas especiales con las que miro en mi interior, en lugar de mirar hacia fuera, y descubro cosas que estaban ahí, pero de las que no era, tal vez, demasiado consciente.

Vivamos, si podemos, en relieve, en color, en movimiento. Porque quedarnos con un mundo plano, inmóvil, y dibujado en blanco y negro, creo que sabría a poco.

En mi caso, desde luego, escribir me ha dado alas. Y volando alto, no cabe duda, se ven las cosas con mucha más perspectiva. El paisaje es más extenso. Llego más lejos. Y esta reflexión usando como ejemplo la escritura, podría generalizarse a cualquier otro aspecto de la vida. Eso depende ya de las esperanzas y expectativas de cada persona. Yo me limito a dejar caer la idea, pero el modelo a seguir es ya una decisión personal de cada uno.

¿Quién se apunta?

Adela Castañón

Imágenes: UnsplashWordPress

Yo escribo, tú pirateas

Que levante la mano quien nunca haya descargado de forma ilícita un libro. ¿Nadie? ¿No? Bueno, no voy a decir que me sorprenda. Descargarse un libro de forma ilícita de un repositorio de enlaces es como ir con hambre por el campo y saber que ahí, detrás de esa colina, hay un manzano lleno de frutos. Quizá esa parcela sea de alguien, y es posible que, para que ese árbol rebose vida y comida, una señora haya estado días, meses o años regándolo, abonándolo y protegiéndolo de cabras y cabrones que querían llevárselo por delante.

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Pero, cuando estemos mirando el árbol y escogiendo la manzana más tersa y jugosa, no vamos a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás de esa fruta. Como mucho nos preguntaremos, retóricamente, si alguien va a notar que falta una. Porque solo es eso: una manzana. No es como si fuera, no sé, algo importante. Así que nos acercamos al árbol y lo cogemos. Y, cuando queremos leer algo, vamos al repositorio de libros y cogemos ese que tiene tan buena pinta. Porque, ¿quién va a saber que nos hemos descargado un libro? Además, solo es un libro. No es como si fuera, no sé, algo importante.

Hábitos de lectura

En Enero de 2017, la Federación Española de Gremio de Editores de España (FGEE) publicó el último (y un poco descorazonador, añado yo) Informe de la Lectura en España. Según este, más del 90% de la población se considera lectora porque consume periódicos, comics o webs, pero casi el 40% no ha leído un solo libro durante el último año.

 Exactamente 37,8%. Tres, casi cuatro de cada diez españoles, no tocaron un libro en doce meses. Como escritora vocacional me asusta. Pero como lectora apasionada me pone la piel de gallina. Soy consciente de que la lectura supone un esfuerzo mayor que ver una serie o jugar al Candy Crush, y ya puse en este artículo mi granito de arena para animar a leer a quienes se le encogen las tripas de solo pensarlo, así que no voy a ahondar más en este aspecto aunque me preocupe. Lo que voy a hacer es centrarme en los que leen y hablar del origen de aquello que leen.

Consumo de literatura

Hace ya algún tiempo hice una encuesta en Twitter (con un “por fi” repetido, pero es que soy muy educada y un poco pava) para saber cuál es el origen de la última lectura de mis seguidores. Al hacerla a través de un medio digital, os prometo que pensaba que la última opción, “descargado sin pagar nada”, iba a ser la más votada.

Encuesta hábitos de lectura

Carla, guapa, en toda la boca

De las mil personas que respondieron a la pregunta, el 58%, es decir, 580 tuiteros, habían comprado su última lectura. Sin embargo, aunque el número de respuestas fue elevado, hay que contextualizar esta encuesta.

Debemos pensar en quién es el usuario medio de Twitter. Según este artículo de CrhistianDvE de octubre de 2016, el 60% de los usuarios son hombres y el 40%, mujeres y, del total, más del 50% tienen edades comprendidas entre los 25 y los 54 años. Además, más del 50% tienen estudios superiores.

Si analizamos cuál es el perfil medio del lector en España, vemos que lo único que no coincide con el usuario medio de Twitter es el sexo: mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.

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¿Qué conclusiones podemos extraer? Que, de las 11.520 personas que vieron este Tuit, solo votaron 1.000 (975 según el botón de estadísticas del tuit), un 8,7%. ¿Qué pasa con ese 91% restante? Además de aquellos cuyo corazón muerto no se emocionó con mis reiterados “por fi”, imagino que muchos otros no contestaron porque no recuerdan de dónde sacaron su última lectura.

Este último número sería aún peor que el que ofrece en su estudio el FGEE. Pero los vamos a dejar de lado, porque ya he dicho antes que hoy me iba a centrar en los que leéis.

¿Sabíais que, para cienes y cienes de escritores que pululamos por Internet, cada uno de vosotros, lectores, sois como un oasis en medio del desierto? Lo único que queremos es llegar a vosotros, convenceros de que sabemos escribir y que nuestras historias os emocionarán y, así, que acabéis comprando nuestro libro.

Pues bien, en mi encuesta, muchos de los lectores compran, y eso es algo que tengo que agradecer por muchos motivos que veremos más abajo. Sin embargo, hay otros que no pagan por sus lecturas. Y lo voy a analizar.

Toda descarga gratuita no es ilícita per se

Veréis que, en la encuesta, pregunto el origen del último libro leído. Al final, apunto a un “descargado sin pagar nada”. Fue gracioso que algunos sintieran la necesidad de recordarme que no toda la descarga es ilegal, cuando no pongo en ninguna parte que lo sea.

Y no lo puse porque era consciente de que se puede leer gratis y descargado de Internet sin que sea ilícito. Además de autores que ponen a la disposición del lector libros gratis en formato digital, hay otras plataformas en las que puedes descargarte capítulos o libros enteros sin pagar un euro.

Yo lo tenía en cuenta, pero sé que se suele considerar toda descarga por internet como piratería, y de ahí los números que salen. Por ejemplo, que en 2015 la piratería causó pérdidas de más de 3.000 millones de euros en España.

Una descarga ilícita no es una no-venta

Vuelvo al ejemplo del árbol. Cuando tenemos hambre, igual nos apetece un pollo con patatas fritas pero si lo que tenemos a mano es un manzano, acabaremos cenando manzanas. Con los libros gratis, igual que con las series y las películas, pasa algo similar. Si está ahí, disponible, lo cogemos y lo leemos. Que no quiere decir que si fuéramos a la librería y nos pusiéramos a elegir cogeríamos ese. Simplemente que, cuando está ahí y no cuesta nada, nuestro criterio de elección es muchísimo más laxo y tragamos con cosas que, si tuviéramos que pagar, no aceptaríamos.

Entiendo que es difícil poner una cifra si no podemos preguntarle a cada piratilla si hubiera comprado ese libro que ha descargado. Pero llama la atención una cifra tan alta, teniendo en cuenta que según lo que dice la GFEE, algo menos del 50% de la población es lector frecuente. Y, con estas cifras, podríamos pensar que antes de Internet había un montón de autores que vivían únicamente de lo que escribían, sin contar con charlas o conferencias. Y eso tampoco ha sido así. Recordemos que los royalties que cobra un escritor, habitualmente una vez al año, pueden suponer solo el 12% del pvp de un libro. Eso se traduce en unos dos euros por tomo. He tomado estas cifras de los números que nos ofrece Guillermo Schavelzon en su blog. Él nos dice:

Para ganar 43.000 euros, a 2,40 por libro, tendrá que vender 17.916 ejemplares. ¿Cuántos escritores venden 17.000 ejemplares cada año? Pocos, mucho menos de lo que el imaginario popular difunde.

Así pues, me pregunto si la erradicación de la piratería sacaría de pobres a los escritores y, sinceramente, creo que no. Eso no significa que defienda la piratería, ojo. Solo que, al eliminarla, no vamos a solucionar todo el problema de la industria.

No podemos dejar de leer

El gran mal de este mundo es la injusticia provocada por la falta de empatía y, solo si nos ponemos en la piel de los demás seremos capaces de erradicarlo. Pero no es tan fácil. Siempre he pensado que el ser humano es egoísta por naturaleza y que los libros son la mejor herramienta para empatizar con el resto de seres humanos.

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“¡Con más de mil elefantes!”

… y como se llame eso, ¡de Ardor Primario en un Continente Atormentado! ¡Romanticismo! ¡Glamour! ¡En tres emocionantes rollos! Emocionaos con la Lucha a Muerte contra Terribles Monstruos! ¡Apasionaos cuando más de Mil Elefantes…!

Por eso creo que no debemos dejar de leer. Y, si no podemos permitirnos un libro, entiendo que recurramos a otras fuentes. Estas pueden ser bibliotecas, plataformas y blogs de autor, Amazon y sus libros gratis, amigos e incluso el Kindle de otro con el libro que queráis leer. Por último, sí, podéis recurrir a un repositorio de enlaces ilícito. Pero quiero que sepáis lo que eso significa.

¿Vais a piratear? Vale, pero sed conscientes de lo que hacéis

Como os digo, yo he pirateado así que no puedo sentar cátedra diciendo lo malos que somos por hacerlo. Lo que sí quiero es que quien piratee entienda lo que supone eso para el autor.

Escribir un libro no es fácil, ni barato. Primero porque, aunque el autor no contrate ningún servicio, en el mejor de los casos está quitando tiempo de su trabajo remunerado para poder escribir la novela que disfrutaréis. En el peor, el autor, después de escribir, reescribir, corregir y volver a reescribir, contratará a correctores, diseñadores y maquetadores para tener una obra que dé gusto leer, sobre todo si autoedita.

¿Cómo se lo podéis agradecer? Primero, pagando por su libro. ¿Que lo habéis leído y, aún así, no queréis gastaros un duro en él, ni ahora ni nunca? Entonces no os merecéis haberlo disfrutado, ni ahora ni nunca. Pensad que el escritor también tiene la manía de querer comer y llevar ropa sin agujeros así que, si disfrutáis de su trabajo, deberíais pagárselo con placer.

¿Que queréis pagarles pero sois vosotros los que tenéis la manía de comer, y comprar libros y comida es incompatible? Bien. Os diría que descarguéis obras que las propias plataformas de pago os ofrecen gratis, por ejemplo.

Si, por el contrario, os morís de ganas de descargar contenido de un autor que está vivo y que pretende vivir de lo que escribe, y no encontráis sus libros en una biblioteca, buscad alguna manera de recompensar su tiempo. Por ejemplo, dejando reseñas: para los autores, especialmente los noveles, las reseñas son la mejor manera de dar a conocer sus obras. No os cuesta nada escribir algo, aunque no sea positivo, para que el autor tenga feedback y que, como mínimo, le ayude a mejorar.

Más adelante, cuando vuestra situación mejore, sería un detalle que comprarais ese libro que os habéis leído cuando no podíais pagarlo.

Nos gusta escribir pero también ganarnos el pan con nuestro trabajo

Un autor que no recibe nada por lo que publica dejará de hacerlo. Estoy segura de que, cuando descargáis un libro no pensáis en eso. Y lo sé porque he estado ahí, en la misma situación. Al darle al botoncito de “download” ni se os pasa por la cabeza que detrás del libro que te estás bajando ilícitamente de Internet está la frustración de un escritor que ve sus ventas estancadas. Que, para escribir, araña al trabajo, la familia y al ocio minutos de tiempo que nunca más va a volver.

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Yo escribiendo esta entrada

Alguna vez me han llegado a decir cosas como que los escritores solo escribimos porque queremos vender y hacernos ricos, y que sólo vemos nuestro arte como puro mercantilismo. No. No os equivoquéis. Lo que pasa es que queremos dedicarnos a escribir en vez de hacerlo con nocturnidad y alevosía, y si no rentabilizamos nuestro trabajo siempre vamos a tener que relegarlo a ese tiempo libre que nadie tiene. Menos aún en España, que ya conocemos cómo funcionan aquí las jornadas maratonianas y la nula conciliación familiar.

Mi código ético del pirateo

Siempre he creído que la cultura debe ser libre. También defiendo que los autores deben poder cobrar por un trabajo que ha desgastado su recurso más valioso: el tiempo. Menuda contradicción. ¿Cómo se come eso?

Se considera piratear todo lo que se descargue de Internet y cuyos autores o dueños de los derechos de distribución no reciben retribución por ello (y que no lo den gratis, claro). Sin embargo, no entiendo por qué, una vez que el autor ha muerto, otros cobren por su trabajo. Me parece injusto, especialmente porque el autor seguramente fue el que, en vida, cobró menos de toda la cadena de distribución de su libro en papel y en digital.

Así pues, si algún día me encuentro en una situación tan jodida que no pueda ni pagar 3€ por un libro en Amazon, aplicaré mi propio código ético del pirateo. Es el que dice que, si me descargoalgo de forma ilícita, que sea de algo cuyos derechos hayan expirado o cuyo autor está muerto.

Sí, no es perfecto. Sí, mi intención es seguir pagando por todo lo que leo pero, si no puedo y no tengo cerca una fuente gratuita de libros, sé que no voy a dejar de leer. Y sí, también tengo algunas dudas sobre cuál es el papel de los hijos que tienen los derechos de las obras de sus padres. Sin embargo, en esto último aplico aplicaré la misma filosofía que con mi hija: le voy a dar herramientas para que se busque la vida para que no tenga necesidad de vivir de mis rentas. Ni ella ni nadie. Y entiendo que todo padre debe hacer algo así por sus hijos.

Al loro, que no estamos tan mal

Si analizamos el sector del libro, vemos que nunca fue lo que era. Pocos escritores han vivido o viven de lo que han escrito, así que, o viene HBO a comprar los derechos de nuestras novelas y nos marcamos un R. R. Martin, o tendremos que trabajar de algo más y dedicar el tiempo libre a la escritura.

Pero, como diría el ex presidente del Barça, Joan Laporta, “Al loro, que no estamos tan mal”. Y me remito a mi encuesta. Más de la mitad de los que respondieron pagaron por su libro. Algunos, en papel. Otros, en digital. Es decir, aún hay mucha gente que valora el trabajo que hacen los escritores y quieren y pueden pagar por ello. Tenemos un motivo para alegrarnos, como autores, porque eso significa que aún tenemos la oportunidad de ganar dinero por nuestro tiempo invertido. Y, como lectores, porque cada vez que alguien compra a un autor lo está avalando para que siga escribiendo.

Y eso es lo que queremos. Seguir escribiendo.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Markus Spike

Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

Por vosotros. Por nosotras.

Al empezar la aventura de Mocade, me propuse que mis artículos fueran sobre libros, escritura o literatura. Sin embargo, cuando leí un artículo publicado en Xataca hace un par de semanas, Cuando volver a casa da miedo: 38 historias de acoso nocturno contadas por sus protagonistas, y vi las reacciones en redes sociales y Menéame, me decidí a escribir sobre ello.

 El tema no me resultaba ajeno. También a mí me han perseguido por la calle, me han susurrado y gritado groserías. Y me han tocado genitales, pechos y otras partes del cuerpo sin mi consentimiento. Lo normal.

Lo peor no son los malos tragos que pasé, paso o pasaré con cada una de estas agresiones. Lo peor es que, después de escribir “sin mi consentimiento”, he escrito “lo normal”. Porque eso es lo que me parece. Normal.

Creo que esa normalidad es la que genera, en algunos, la falta de empatía que me he encontrado en algunas personas. Por eso, hoy quiero explicaros qué es lo que se siente en algunas situaciones siendo mujer y por qué actuamos como lo hacemos.

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Diez horas caminando por NYC. Podéis ver el vídeo entero aquí.

 Cuando la sociedad histérica hace mujeres histéricas

No es ningún secreto que no nos sentimos seguras. Solo hace falta observar a una mujer caminando sola por la noche: su paso rápido, la búsqueda de movimientos por el rabillo del ojo y la mano crispada cogiendo las llaves. Si aparece un hombre por la calle nos asustamos, sí. Porque vamos con miedo. Y cuando intentamos explicarlo, hay quienes nos llaman histéricas.

¡Qué adjetivo!, el de histérica. Según la RAE, histérica es quien sufre de histeria. Y, además de una enfermedad, es “un estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”. ¡Ay, amigos! ¡Ojalá, ojalá fuera una situación anómala!

 Las mujeres sabemos que debemos ir con cuidado, ya sea porque nos lo han enseñado o porque lo hemos aprendido. ¿Desde cuándo?

Desde antes de nacer

Cuando me quedé embarazada, en 2015, me daba completamente igual el sexo de nuestra criatura. Mi pareja, en cambio, quería una niña. Él se llevaba mejor con las mujeres, o eso decía, así que se autoconvenció y convenció a los demás de que sería una niña. Curiosamente, tenía razón.

Recuerdo cuando lo comenté en mi círculo de amigas y conocidas. Todas encantadas. Mis amigos y conocidos, en cambio, no tanto. “Ostras, es que con una niña se sufre más”. “Si tengo una hija, no va a salir de fiesta hasta los treinta y cinco”. “Con lo golfo que yo he sido, el día que mi pareja se quede embarazada prefiero que sea un niño”.

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Pues eso

Casi todos los hombres con los que hablaba me decían que inevitablemente sufrirían más con una niña que con un niño, que las acompañarían siempre por la noche “por si acaso” y que “todo el mundo sabe” que una niña corre más peligros que un niño solo por serlo.

Supongo que estos hombres también eran unos histéricos.

Desde pequeñas

El temor de los padres y las madres sobre la seguridad de sus hijos los acompaña siempre. Tanto a los niños como a las niñas se les enseña desde pequeños a cruzar el semáforo en verde, a no correr detrás de un balón y a no confiar en extraños. Y cuando las niñas tienen edad de salir con los amigos, también se les dice que no vuelvan a casa solas o que vigilen cómo visten.

En el colegio había que tener cuidado. Estoy hablando de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando las madres aún decidían qué se ponían sus hijos. Cuando veía sobre la cama, bien planchada y doblada, una de mis faldas, se me hacía un nudo en el estómago. Sabía que me pasaría la hora del patio intentando jugar mientras me la levantaban y me tocaban el culo.

En segundo de E.G.B, es decir, con siete u ocho años, ninguna niña quería llevar falda. Supongo que algún padre se quejó porque el profesor nos dio una charla sobre el respeto. Nos explicó que los niños y las niñas decidían sobre su cuerpo, y que eso de ir levantando faldas para ver bragas era una falta de respeto. Que no se podía consentir que los chicos acosaran a las chicas y que no tenían ningún derecho a hacerlo.

Para nosotras, aquello fue liberador. Sabíamos que podíamos jugar al fútbol, a las cuerdas o a los cromos sin miedo a que nos molestaran. Podíamos vestir como quisiéramos. O eso pensábamos.

Supongo que aquellos padres y mi profesor también eran unos histéricos.

 Desde la pre-adolescencia y adolescencia

Cuando tenía que coger el cercanías para ir a Barcelona, mi madre me miraba de arriba abajo y me preguntaba si no podía ponerme algo con menos escote. Harto difícil, porque siempre he tenido mucho pecho y cualquier camiseta lo hacía patente. Pero a ella le preocupaba que alguien pudiera decirme o hacerme algo, sobre todo porque ella sabía que en algunas zonas había hombres haciéndose pajas entre coches y que nos llamaban para que nos acercáramos.

Supongo que mi madre también era una histérica.

Cuando las curvas empiezan a intuirse bajo la ropa, y a veces antes, empiezan los gritos. Ya sabéis, cuando vas caminando por la calle y un hombre, da igual la edad, grita a una mujer lo buena que está o que le comería el coño, y no voy a buscar eufemismos para lo que nos dicen, si le diera la oportunidad.

Me gustaría que, quien no ha vivido algo así se pusiera, en nuestra piel. Imaginaos en el papel de una adolescente a la que, de repente, un viejo -cualquier persona mayor de veinte lo es- le grita una burrada por la calle. Lo primero que piensa es algo como “¿es a mí?”, así que lo mira con el ceño fruncido y busca a su alrededor para ver a quién le dicen eso. Pero el tío la mira, quizá hablando todavía, y se sorprende de que sea a ella, porque es algo que solo espera que se lo diga alguien que la conoce, y en broma, o en otro contexto más adecuado. Pero no. Se lo grita un desconocido, en medio de la calle, así que se muere de vergüenza. Ella. Que no ha hecho absolutamente nada, solo andar por la calle. Existir. Y la que tiene vergüenza es ella.

Imaginaos, además, que eso pasa de noche. sus padres, en quienes más confía, y otros adultos, llevan diciéndole que vaya con cuidado desde que era pequeña. Que hay hombres que no entienden que su cuerpo es suyo, y le pueden hacer algo. Desde tocarla hasta violarla. Y, de repente, un hombre -más grande que ella, mayor que ella, más fuerte que ella- suelta una burrada. Y no hay nadie más, así que es a ella.

Ya no es que se muera de vergüenza. Es que se muere de miedo.

¿Os lo imagináis? Pues podemos suponer que sois unos histéricos.

Desde la primera etapa adulta

Aún recuerdo aquella época. Era cuando mis padres empezaron a decirme que si creía que vivía en un hotel y que a ver si entraba más en casa. Empezó la universidad y me eché mi primer novio serio, todo casi a la vez.

También recuerdo a mis padres torciendo un poco el morro si salía con escote o minifalda. Aquellos días me recordaban con más ahínco que me acompañaran al coche o, si dormía en casa de una amiga, que nada de irse cada una por su lado.

Durante el día los viejos, y no tan viejos, seguían diciéndonos cosas, a mis amigas y a mí, pero lo malo venía por la noche. En la discoteca sabíamos que había que evitar pasar por medio de los grupos de tíos para que no nos metieran mano. A los baños, por si acaso, era mejor ir acompañadas. Y cuidado con despistarte de las amigas, porque igual te rodeaban y empezaban a magrearte.

 Supongo que todas éramos unas histéricas

 Recuerdo una noche que salí con mi novio y su grupo de amigos. Estábamos en una discoteca de moda de Barcelona, y de repente noté que alguien me estrujaba una teta. Miré, deseando que fuera alguna de mis mejores amigas, aunque me sorprendía que me saludaran así. No lo era. Había sido un completo desconocido que, después de su hazaña, me sonreía con cara de imbécil.

Le dije que de qué coño iba, y que me dejara en paz, y le pedí a mi grupo de amigos que nos moviéramos del sitio. Al cabo de un rato, volví a sentir lo mismo. El tío me había seguido por la discoteca para tocarme otra vez. Volví a movilizar a todo el mundo, pero me encontró y volvió a hacerme una pinza en el pecho porque, según él, le gustaba tanto que no podía evitar mantener sus manos alejadas de mis tetas. Fui a pedir ayuda a los seguratas, y dijeron que ellos no podían hacer nada. Así que me fui a mi casa.

 Supongo que era una histérica.

 Ahora, de adulta

Tengo treinta y cuatro años y estoy hasta los ovarios de que me griten burradas, me toquen sin mi permiso o me inviten a comer pollas desde coches que me siguen mientras camino. Y ¡ojo!, que no soy la flor más bonita del rosal, ni mucho menos. No hace falta ser guapa o estar buena para que te acosen. No lo hacen por alabar lo bello: muchos ni siquiera esperan una respuesta cuando te llaman tía buena, solo quieren ver… ¿el qué? No lo sé.

 Hace un tiempo, una compañera de trabajo tuvo una reunión con unos clientes. Era en una de esas empresas modernas cuyas reuniones se hacen en sofás, alrededor de mesas de café. Le indicaron que se sentara y, cuando lo hizo, uno de los dos hombres con los que se reunía dijo algo así como “me voy a sentar aquí -delante de ella-, porque así tengo mejores vistas”. Se refería a su pecho, por supuesto.

¿Os imagináis qué es estar trabajando y que un cliente te haga un comentario con connotaciones sexuales? Es más, ¿por qué tiene que hacerlo? Mi compañera se pasó toda la entrevista incómoda, y fue lo primero que me explicó al llegar a la oficina.

 Supongo que ella también era una histérica.

Sabemos que no todos los hombres sois así. Solo queremos que nos entendáis. Y que nos ayudéis, porque es problema de todos.

Ahora, una legión de hombres ofendidos podría acusarme de decir que todos ellos son unos machistas y acosadores. No, por supuesto que no lo creo. Pero sí hay aún muchos tíos que no son conscientes del daño que hacen cuando le gritan a una mujer, o los hay que piensan que no pasa nada si nos tocan un poco la entrepierna, o si en una reunión familiar le dicen a una sobrina que se quite la chaqueta para que se le vean mejor las tetas.

No, no es lógico que paguen justos por pecadores y que, al caminar por la calle en la que va sola una chica, os sintáis como delincuentes. Y lo entiendo. Para nosotras no es agradable pasar miedo, y para vosotros, tampoco.

No quiero que os sintáis así, pero está en vuestra mano cambiarlo. ¿Cómo?

Comprensión

Solo queremos que nos comprendáis. De pequeñas nos explican que debemos tener cuidado, y de jovencitas vemos que tenían razón cuando completos desconocidos nos “ladran”, nos siguen o nos tocan. Nos han dicho que un comentario sexual puede convertirse en un tirón para meternos en un portal, y que extrememos las precauciones. Claro que nos gustaría ir tranquilas por la calle, pero no podemos.

Además, si no hemos tomado precauciones y alguien nos ataca, la culpa es nuestra. En realidad, para algunos, lo es siempre. He llegado a leer que la “solución obvia (es) que las mujeres no vayan solas por la calle de madrugada”.

Y estoy hablando de la sociedad española, donde la criminalidad es bajísima. Tanto, que de 163 países estudiados, es el 25 más pacífico según un estudio de agosto de 2016. Si aquí no podemos salir de noche solas, aunque sea para ir a trabajar, ¿dónde podemos hacerlo?

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Tasa de homicidio intencional. Wikipedia

No queremos asustarnos de vosotros, pero es que no podemos evitarlo. Y solo queremos que lo comprendáis. Perdonadnos por huir de vosotros, que solo estáis caminando. Pero podríamos encontrarnos con otros que no seáis vosotros. ¿Y, entonces?

 Freno

De nada sirve que corran ríos de tinta electrónica por Internet si después se jalean bromas sobre violación, burundanga y demás en grupos de WhatsApp. No creo que quien llegue a este post sea capaz de aplaudir a un depredador sexual, pero es un buen ejemplo de cómo, a veces, las bromas y la cosificación de la mujer se nos van de las manos.

Como dice Palet en el artículo que os acabo de enlazar, la omisión también nos hace daño a todos. Por eso, si veis que un amiguete en la discoteca le toca el culo a una tía solo porque pasaba por ahí, pegadle bronca. Si no lo hacéis, le demostraréis que os la trae floja que le hayan metido mano a una mujer sin su consentimiento y que os parece bien que lo haga. Así, ese comportamiento se perpetúa en vuestro colega y en quien lo vea, pensando que no pasa absolutamente nada por tocar a una chica aunque ella no quiera.

Y vosotros, que tenéis oportunidad, preguntadle a ese amigo que siempre gruñe, silba o grita algo a una mujer, por qué lo hace. Y me lo venís a contar. Igual, así entiendo yo el motivo y él se da cuenta de que es denigrante para nosotras, incómodo y vergonzante.

 No somos histéricas. Tenemos motivos para preocuparnos

Espero haber sabido explicar por qué vamos con miedo y que tenemos motivos para asustarnos o preocuparnos si caminamos solas de noche.

Las mujeres nos comprendemos, pero me gustaría que también nos comprendierais vosotros, los hombres. Para nosotras, ir solas por la noche es como si siempre camináramos por el peor barrio de la ciudad, ese en el que hay yonkis y ladrones en cada portal, a las cuatro de la mañana.

Y, ojo, no evito la otra realidad, y es que a los hombres también os pueden robar o pegar si vais solos de noche. Pero son dos guerras distintas, y espero que me permitáis luchar por la mía y estar a vuestro lado cuando vosotros luchéis por la vuestra. Quiero daros mi apoyo igual que yo os pido el vuestro. Por nosotras. Por vosotros.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de cabecera de The Odessey Online

Con letra de médico

                                                                                             “La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas”                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas

Worldbuiling, sociedad y estereotipos: vida y literatura

Analizar la sociedad y el comportamiento de las personas que la forman es uno de mis entretenimientos favoritos. Además de intentar entender mejor al ser humano, cosa que me fascina, me sirve para mi día a día y, también, para reflejarlo en mis relatos.

Hay muchas maneras de enfrentarse a este estudio, como por ejemplo de forma individual, entendiendo al sujeto como un producto de la sociedad y de su mundo, o bien examinando un subgrupo de personas con las mismas características.

Si hacemos el análisis individuo a individuo hemos de tener en cuenta que cada uno de nosotros somos producto de nuestra experiencia personal y de los inputs que recibimos. Por un lado, nuestra forma de ser se ve influenciada de manera local por la familia y los círculos cercanos o, incluso, por el barrio en el que vivimos. No es lo mismo nacer en una barriada obrera de Madrid que en el barrio de Salamanca. Por otro lado, la cultura y la sociedad también nos influyen. Además, la televisión y el cine ha hecho que la cultura anglosajona se imponga sobre otras locales. Como ejemplo, tenemos el desplazamiento de la festividad de Todos los Santos por Halloween, celebración que nos ha llegado gracias a películas y series norteamericanas.

Si estudiamos subgrupos de personas, hacemos de la estadística una norma. Me refiero a que la estadística nos da una serie de reglas que pueden aplicarse a todo un conjunto de personas como, por ejemplo, que quienes viven en el barrio más caro de la capital tienen buenos sueldos. De ese modo, proyectamos sobre todo el colectivo criterios e incluso vivencias que suponemos que las hacen ser como son. Así, podemos creer que quienes tienen un nivel de estudios bajos suelen ser los que, también, tienen salarios inferiores. O que los escolares cuyos padres tienen estudios universitarios también los tendrán en el futuro.

Análisis de la sociedad y worldbuilding

Si queremos escribir desde una corriente literaria como el realismo mágico, thriller o romántica, solo hay que pensar en lugar y una época del mundo para ubicar tu historia.

En cambio, cuando escribimos fantasía, una vez que tenemos el tema sobre el que queremos escribir y los personajes con los que llevaremos la trama, llega el momento del worldbuilding. Este palabro anglosajón, unión entre world, mundo, y building, construcción, recoge un proyecto muy interesante: crear un mundo con una cultura, economía, religión y geografía en el que se desarrolla la historia. Es importante porque este mundo, como decíamos antes, creará la sociedad que dará forma a las maneras de pensar y actuar de los personajes. Esta configuración del mundo, sumada a los arquetipos que nos explicaba Mónica en un excelente artículo, hará creíbles las metas, las ideologías, las manías y los problemas de nuestros seres de ficción.

El mundo como inspiración para el worldbuilding

Creo que no hay ningún escritor de género fantástico que no se haya inspirado en la historia de la Tierra para crear sus relatos. Si pensamos en R. R. Martin y su conocido Juego de tronos, cuyo muro es la versión helada y gigante del Muro de Adriano, o en las culturas celtas y nórdicas en las que se basó Tolkien para hablar de los elfos o la Tierra Media.

En realidad, no hace falta irse a los libros de fantasía. Rebelión en la Granja, un libro donde los protagonistas son animales, fue la respuesta de George Orwell al comunismo. En Un mundo feliz, Aldus Huxley exageró los rasgos de la sociedad de los años 30 para crear una novela distópica que pone los pelos de punta.

El peligro de caer en el estereotipo lógico

Como decíamos, nos podemos inspirar en la Tierra para ambientar nuestras novelas. Por ejemplo, supongamos que queremos escribir sobre una sociedad cuyos sueños se han roto, y encuentran en un nuevo líder la oportunidad de recuperar las ilusiones que sus padres o abuelos tenían y cumplían. Podríamos coger el libro de historia y buscar situaciones similares, o podríamos leer un diario y analizar lo que está pasando en Estados Unidos. Personas descontentas, que creían que con Obama iba a cambiar su situación, echan la culpa de su estado al poder establecido y creen que elegir a una mandatario con un discurso rupturista con el establishment, aunque forme parte de él, mejorará las cosas.

Muchos europeos y americanos nos preguntamos cómo un hombre multimillonario, abiertamente xenófobo, racista y misógino ha llegado a la Casa Blanca. Y está claro: ha conectado con las clases medias y bajas de uno de los países más ricos del mundo. Lo fácil es pensar que sus votantes cumplen con un estereotipo: hombres blancos, de clase media-alta y con ocho apellidos americanos. Es fácil porque es lo que nos dice la lógica.

¿Qué haríamos en nuestra novela? Al gobernador machista y racista lo apoyarían todos los hombres de sus misma raza. Y el resto, se opondría. ¿Es lógico? Sí. ¿Nos equivocamos? Muchísimo.

El error viene cuando no incorporamos ningún matiz a esos datos. Si dirigimos la mirada a lo que ha pasado en Estados Unidos, nos enteramos de que más del 50% de las mujeres blancas votaron por Trump, o que el co-fundador de Latinos for Trump, Marco Guitiérrez, es latino y opina que <<los hispanos son una cultura “primitiva y subdesarrollada” y que los estadounidenses deben tener miedo a los mexicanos>>.

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La lógica llorando porque ha fallado el estereotipo

Huir del worldbuilding plano

Hay que nadar entre matices para crear una sociedad con unos personajes verosímiles y con vida. Para ello, hay que pensar en qué es lo que hace fallar al tópico.

Mi hipótesis es que el estereotipo queda invalidado por el sistema de valores de cada individuo, que determina la forma de ser y la ideología. Y que esta última puede estar enfrentada al cliché que se le presupone según sus características sociodemográficas.

Analicemos el ejemplo anterior, el de Marco Gutiérrez. Es un hombre latino, por lo tanto, no es blanco ni norteamericano de nacimiento. Es un mexicano que consiguió la nacionalidad de Estados Unidos en 2003. Desde entonces, según sus palabras, ha sido Republicano.

Por sus rasgos sociodemográficos, podríamos pensar que al último que votaría en la carrera presidencial sería a Trump. Sin embargo, hay un detalle revelador en su biografía: consiguió la nacionalidad hace poco, de adulto. ¿Qué ha podido pasar? No lo sé, así que solo queda tirar de imaginación. Podemos pensar, por ejemplo, que hasta conseguir el pasaporte norteamericano se sentía inseguro, incluso apátrida. Que cuando un papel le dijo que era estadounidense, su sentimiento de pertenencia al país le hizo relegar, e incluso denostar, su origen, y que pasó a la última posición en su escala de valores.

Al escribir, debemos pensar qué cosas son las que pueden hacer que una persona vaya contracorriente, que no actúe según se espera por su origen o situación. Cada persona es un cúmulo de eventos que lo hacen único, como a Marco Gutiérrez, y eso es lo que el escritor debe plasmar en sus novelas.

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El mundo no es plano. Hagamos que se note en nuestras novelas. Imagen de Steven Díaz (créditos al final del artículo).

El estereotipo simplifica la vida en todos los aspectos pero no es veraz

El estereotipo nos ayuda a tomar decisiones si no tenemos tiempo para conocer a la otra persona en profundidad. Es el que nos hace agarrar el bolso cuando aparece alguien con ropa desgastada y la cara medio tapada, o lo que nos indica que debemos fiarnos de esa persona aseada y pulida que no deja de sonreír y que se muestra humilde pero segura.

Como decía Mónica, el uso del estereotipo puede ser malo si nos sirve para denigrar a todo un colectivo. En el ámbito de la literatura, puede hacer que simplifiquemos hasta lo absurdo a un personaje.

Por eso, es peligroso que el estereotipo haga un uso lógico de la experiencia, ya que nos puede hacer pensar que es totalmente fiable y que no tiene ninguna brecha.

Dibujar al colectivo para hacer destacar al individuo

Sin embargo, pensar en aquello que comparte una sociedad o un grupo de personas nos sirve, en la creación de mundos, para hacer único a cada individuo que la integra. Una vez tenemos los rasgos generales de una sociedad, debemos pensar qué experiencias distancian al personaje de la norma.

Esas vivencias deben ser lógicas. Volvamos al ejemplo de Juego de Tronos. Arya Stark tiene todos los números de ser como su hermana Sansa y que solo le interesen los vestidos y los príncipes. En cambio, le interesa más lo que hacen sus hermanos: luchas para convertirse en caballeros. Arya juega con ellos y, su padre, por hacerla feliz, le pone un profesor de lucha. ¿Cumple con la norma? No. ¿Es lógico que no la cumpla? Sí.

R. R. Martin transgrede la norma común, crea experiencias únicas para Arya y construye un personaje veraz.

Hay que analizar al individuo, aunque suponga más trabajo

Como comentaba antes, los prototipos nos facilitan la vida. Conocer a alguien y poder encasillarlo nos ayuda a saber cómo tratarlo. Pero clasificar a las personas por rasgos generales, estadísticos, genera prejuicios en el día a día y empobrece nuestros textos literarios. Entonces, preguntémonos qué cosas fuera de la norma pueden hacer menos estadísticos a nuestros personajes. Tengamos paciencia para descubrir qué hace especiales a las personas que nos rodean.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Foto de Steven Díaz