Los referentes en la obra de Terry Pratchett

El próximo viernes 28 de abril hará 69 años que Sir Terry Pratchett nació. Sí, no es una fecha redonda, pero como aún no he sido capaz de superar que mi autor favorito muriera en 2015, cualquier momento es bueno para hacerle un homenaje muy sentido.

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En esta entrada ya os expliqué por qué para mí fue tan importante este autor. Gracias a él descubrí que las mujeres somos algo más que damiselas y, también, me inculcó el deseo de escribir. De no ser por él, este blog no existiría ni tampoco mis muchos proyectos de escritura.

Pratchett, que se hizo una espada de acero de meteorito hecha para cuando lo nombraron sir, es uno de mis referentes. Creó el Mundodisco, un reflejo lleno de magia de nuestro mundo. Dividió sus historias en más de cuarenta libros, de los cuales, treinta y mucho pertenecen a diferentes sagas (la de la muerte, la de Rincewind, la de la Guardia…). En ellos hay brujas, una universidad de magos y un bibliotecario que además es un orangután. También hay arengas pacifistas, reivindicación obrera y lucha por la igualdad. Y, en algún que otro libro, mil elefantes.

“¿Qué referentes tuvo alguien que escribió sobre dragones y enanos de metro ochenta?”, os estaréis preguntando. Muchos, os contesto. Pratchett demostró, libro tras libro, que la cultura clásica y la literaria no le era ajena. Y eso es lo que os traigo en esta ocasión: su referentes.

Coged un tentempié o algo, que esto va para largo.

 El color de la magia (1983) y La luz fantástica (1986)

¿De qué van? Un misterioso hombrecillo llega a Ankh Morpok, una ciudad sucia pero muy ordenada, para conocerla. Es el primer turista del Mundodisco, y encomiendan su protección a Rincewind, un proyecto de hechicero. ¿Qué puede ir mal si un pseudomago intenta proteger a un hombre cándido e inocente de la ciudad más peligrosa del Disco?

¿A qué hace referencia? Hay quien dice que el libro, el primero de la saga de Rincewind, comenzó como una sátira de un cúmulo de elementos fantásticos y frikis. Sin embargo, hay tanto cariño en las alusiones que hace que no lo veo tan claro. De lo que no tengo duda es de las referencias a El señor de los Anillos, a Conan el Bárbaro o a Los Jinetes de Dragones de Pern. Además, como en todas sus obras, está presente la mitología. Sin ir más lejos, para crear y definir el Mundodisco se basa en un mito apócrifo hindú según el el mundo es una tortuga que nada con cuatro elefantes sobre su concha y que, a su vez, aguantan un disco.

Pero como la mitología suele quedarse corta, también recurre a los horrores de uno de los escritores con la mente más enferma (y magistral) que ha habido nunca. Me refiero a Lovecraft, por supuesto. La magia de la que se habla en los primeros libros del Mundodisco suele venir aparejada con unos entes que habitan las Dimensiones Mazmorra. Son bichos amorfos, espantosos, y primos hermanos de los seres primigenios de los Mitos de Cthulhu.

Brujerías (1988)

9788497593182¿De qué va? La paz del pequeño pueblo de Lancre se ve turbada por la muerte de su rey. Unos años más tarde, las tres brujas de la zona –Magrat Ajostiernos, Tata Ogg y Yaya Ceravieja– sienten que algo va realmente mal. El país no se siente querido. ¿Los ciudadanos? No, algo más profundo.

Es el segundo libro de la saga de las brujas, que empezó con Ritos Iguales.

¿A qué hace referencia? Leer Brujerías es leer Macbeth, de William Shakespeare, a través de la pluma de Terry Pratchett. Sin dejar de lado el humor, vemos duques asesinos, fantasmas vengativos e hijos perdidos. Sinceramente, disfruté más esta versión que la de Shakespeare. Pero esto último no creo que sorprenda a nadie que me conozca.

 Eric (1990)

9788483460085¿De qué va? Eric es un muchacho recién entrado en la adolescencia que coge un libro de demonología con la intención de invocar a un demonio que le lleve, entre otras cosas, a conocer a la mujer más hermosa que jamás haya existido. Desgraciadamente, en vez de aparecer un ser infernal súper poderoso, del pentagrama surge Rincewind. ¿Os acordáis de él? El hechicero nefasto/niñero del primer turista del Mundodisco que aparece en el primer libro.

¿A qué hace referencia? Bueno, este es fácil. En sus primeras ediciones, el libro se llamaba Fausto Eric. Con este libro, además de decidir que, si tenía un hijo, se llamaría así (Eric, y no Fausto), me entraron ganas de leerme el Fausto de Goethe.

Nos volvemos a topar, de nuevo, con la mitología de Troya y su hermosa historia de amor entre Paris y Helena de una manera un poquito más realista que la escrita por Homero.

 Imágenes en acción (1990)

images-4¿De qué va? En una playa fea y solitaria muere un hombre sin descendencia. Sin saberlo, era el último sacerdote de una orden y era el encargado de hacer un ritual que mantendría a salvo al mundo. Mientras, en Ankh-Morpork, los alquimistas descubren un papel sobre el que se pueden imprimir imágenes y darles movimiento. Cuando Víctor, estudiante de hechicería en la Universidad Invisible, descubre las películas, siente una necesidad acuciante de dedicarse a ello. ¡Con mil elefantes!

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Al cine, por supuesto. Al de Hollywood. Habla de las películas en blanco y negro, el color y lo rico que se hará el primer estudio que logre poner sonido en las cintas. Además, los personajes principales son homenajes a actores mundialmente conocidos: Víctor es una mezcla entre Rodolfo Valentino y Fred Astaire y Ginger, la chica, de Paulette Goddard y Ginger Rogers.

Aquí, además, vuelven a aparecer las Dimensiones Mazmorra, que nos recuerdan a los Mitos de Cthulhu.

 Brujas de viaje (1991)

9788497932134¿De qué va? Magrat Ajostiernos, una de las brujas que hemos visto en Brujerías, recibe una varita y el encargo de ayudar a una chica de un país lejano. El objeto mágico era de un Hada Madrina que, cuando supo que estaba a punto de parir, dejó la varita junto con una nota para Magrat en la que pide que Yaya y Tata la acompañen. Psicología inversa, le llaman.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Brujas de viaje es un libro sobre deseos, los que se necesitan y los que se piden, y también sobre los cuentos de hadas que todos hemos leído de pequeños. Vemos alusiones a Caperucita Roja, La bella durmiente, Cenicienta, El gato con botas y el cuento de la rana a la que besas y se convierte en príncipe. Ah, y a El Mago de Oz.

Además, en ese viaje pasa por zonas que nos resultarían familiares. Por ejemplo: en una de ellas, un grupo de hombres se pone a correr con toros. Y el lugar en el que vive la chica necesitada es un calco mágico de Nueva Orleans, con sus guisos, sus caimanes y sus brujas vudú.

 Dioses menores (1992)

9788497592246¿De qué va? Brutha, un chico duro de mollera pero con memoria eidética, descubre a una tortuga que habla. Esta le cuenta que es un dios, su dios, que ha tenido un pequeño problema en su última reencarnación. Om, pues así se llama esta tortuga tuerta, le pide que lo lleve ante la máxima autoridad de su iglesia porque, sin duda, debe ser su profeta.

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Este es mi libro favorito de todos los tiempos. Si no lo habéis leído ya estáis tardando. Como todo lo de Pratchett, tiene dos lecturas: la superficial, es decir, las aventuras que viven Brutha y Om, y la profunda, o cómo la estructura y los hombres de iglesia ciegan y raptan la verdadera fe.

Hay referencias a la Inquisición Española en la ciudad de Omnia, donde Brutha se encuentra con su tortuga-dios. Y a la Grecia Clásica, su religión y su filosofía en Efebia.

Es imprescindible. No puedo deciros más.

 Tiempos Interesantes (1994)

9788483460832¿De qué va? ¿Os acordáis del primer turista del Mundodisco, ese que sale en el primer libro? Quince libros después vuelve a aparecer. Ha sido encarcelado por haber escrito un libro en el que contaba sus viajes turísticos, y en su país ha habido todo un movimiento revolucionario y extremadamente educado alrededor de él. Y, ¿sabéis quién se mete en todo el fregado? Rincewind, el hechicero.

Otro de la saga de Rincewind.

¿A qué hace referencia? Tiempos interesantes empieza con una maldición oriental: ojalá vivas en tiempos interesantes. Porque, los calmados, son mucho más tranquilos para cualquiera. Vamos a ver alusiones a la cultura taoísta, a la forma de ser oriental y, sobre todo, a los guerreros de terracota. Para mí es, sin duda, el mejor libro de la saga de Rincewind.

 Mascarada (1995)

mascarada¿De qué va? Magrat, la bruja más joven de las tres, se casa con el Rey de Lancre. Yaya y Tata saben que Magrat debe dedicarse a reinar así que, para que el trío de brujas siga siéndolo, deben ir en busca de una jovencita con dotes mágicas. Pero la chica, Agnes, se ha ido a cantar ópera a la gran Ankh-Morphok.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Al fantasma de la ópera, y a Andrew Lloyd Webber. La casa de la ópera en la que trabaja Agnes está embrujada, y Tata y Yaya estarán ahí para ver cómo el libreto del fantasma de la ópera se desarrolla ante sus ojos y con su ayuda.

La verdad (2000)

MundodiscoVerdad¿De qué va? William de Worde, un chaval aristocrático al que le gusta mucho escribir, reparte algunas cartas manuscritas entre sus allegados a cambio de un puñado de monedas. Cuando Buenamontaña, un enano de la gran ciudad, inventa la imprenta, se crea el primer periódico.

Es un libro independiente, aunque vemos a personajes que conocemos de otras sagas.

¿A qué hace referencia? Bueno, aquí tenemos un montón de cosas que vale la pena reseñar. La primera, que el diario recuerda mucho a The New York Times. La segunda y, para mí, la más grande, la presencia del Sr. Alfiler y el Sr. Tulipán. Este dúo es una referencia clarísima a Vincent y Jules, es decir, a los personajes de John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. Son lo mejor de la novela junto al vampiro fotógrafo.

 Ladrón del tiempo (2001)

ladron¿De qué va? La Muerte explica a Susan, su nieta, que debe impedir que un relojero de Ankh-Morphok construya un reloj que atrapará el tiempo. Por otra parte, Lonsang, aprendiz de Lu-Tze, acaba relacionado con ese reloj.

Es un libro de la saga de la muerte.

¿A qué hace hace referencia? Bien. Esta referencia me la saco un poco de la manga, pero solo porque lo vi en un Tuit y me encantó. En este libro, igual que en su primera aparición en Dioses Menores, se ve cómo Lu-Tze lo puede todo. Como ponía el tuit, este personaje carismático e inteligente es el Deux ex Machina hecho persona.

Por otro lado, en este libro existen referencias a los cuatro jinetes del apocalipsis que, personalmente, me recuerdan muchísimo a Buenos presagios.

 Ronda de Noche (2002)

9788499089027¿De qué va? Samuel Vimes, comandante de la guardia, viaja al pasado con la ayuda de una tormenta mágica mientras persigue a Carcer, un sádico criminal. En el pasado toma el papel de John Keel, su mentor cuando era joven. El Sam viejo sigue los pasos que había visto recorrer a Keel de joven, aunque Carcer modifica ligeramente sus planes.

Es (el mejor) libro de la saga de la Guardia.

¿A qué hace referencia? Primero, la portada es una parodia de la pintura de Rembrandt y solo por ella vale la pena tener el libro en las estanterías. Pero en este libro se habla de revoluciones, de política, de proletariado, y todo ello recuerda mucho a la revolución francesa.

Como escritura, pienso que es un libro perfecto para entender cómo debe evolucionar un personaje. Y, como lectora, pienso que es un libro perfecto para disfrutarse. Debéis leerlo, sin duda.

En todos los libros hay muchas alusiones y, si las nombro todas, no acabaría nunca. Podemos decir que Pies de barro está basado en el mito judío del Golem de Praga, Carpe Jugulum vuelve del revés las reglas que rigen la tradición vampírica y Lores y Damas tiene decenas de referencias filosóficas que darían para una tesis.

Desde que empecé a escribir, lo primero que me dijeron es que ninguna historia es original y que todo está escrito. Que lo original es hacerlo con mi estilo. Pues bien. Lo que está claro es que Pratchett lleva esa máxima al infinito al imprimirle su voz, envolverlo para regalo, ponerle un lazo y servírnoslo con su prosa. Y si no me creéis, solo tenéis que leerlo. Me juego un dineral a que os sacará más de una sonrisa y, os aseguro, no iré a la ruina.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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La imagen de cabecera es la tarta de mi treinta cumpleaños.

Todas las imágenes de los libros son de la editorial DeBolsillo.

La imagen del autor es de Terry Pratchett.

A JAVIER PLAZA POR SU URRACA EN LA NIEVE

De mi baúl de lecturas

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí? —me preguntaba Javier Plaza en Messenger.

—Pues, ¡claro! Estuviste muchos años en el Instituto Goya. Conservo tu imagen de adolescente entre el tumulto de aquel pasillo de la planta baja. ¿Cuánto hace de eso?

—¡Muchos años! Estuve desde 1988 hasta 1993.

—Y, por lo que veo, guardas buenos recuerdos, ¿no?

—Sí, sobre todo de mis profesores de Lengua y literatura. Allí nació mi pasión por la escritura.

—Esto sí que es un regalo para una profesora de literatura, Javier.

—Pues ahora te traigo otro. Te voy a enviar por email La urraca en la nieve, mi primera novela. Va por la cuarta edición en Ediciones Hades: noviembre de 2014, febrero de 2015, mayo de 2015 y noviembre de 2016. En marzo de 2017, ha salido una nueva en Fomento, la editorial de la Universidad de la Puebla de Zaragoza, México.

—Esta noche sin falta empiezo a leerla.

En menos de una semana me la había terminado. El resultado de esa apasionada lectura, acompañada por abundantes libros de arte sobre el Impresionismo, son las notas que os traigo.

La urraca en Fomento

La edición de Editorial Fomento

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Camille, el narrador protagonista, como esa urraca del cuadro de Monet que ilustra la portada, es un imán que nos atrapa y, a través de las historias y escenas que va contando, nos deja ver los ambientes parisinos de forma fragmentada.

La urraca, Monet

La urraca, Claude Monet

Al final, cuando hemos dado la vuelta a la última página y nos alejamos, como sucede con los cuadros impresionistas, podemos ver la totalidad y el significado general de la obra. Si hacemos una segunda lectura con más calma, desde el principio sabremos que vamos a acompañar a Camille durante una semana por el París impresionista. Y, con él, a Yves y a Víctor, sus dos amigos. En ese paseo sabremos que ha vivido allí ocho meses y que es un señorito de alta cuna, procedente del sur de Francia.

Todo esto, y mucho más, lo va contando con pinceladas sueltas, como los Impresionistas, que debían su nombre a otro cuadro de Monet: Impression, soleil levant.

Monet, Soleil levant

Impression, soleil levant, Claude Monet

Detrás de un mundo lleno de cuadros, bailarinas de cabarets y alcohol, se esconde una búsqueda incansable por la fama: “El cuerpo pasa y la gloria queda” (p. 193). Esa búsqueda nos ha provocado, a él y a nosotros, una cierta desazón y una gran nostalgia.

La mente frágil de Camille lo lleva a frecuentes ausencias. En varias ocasiones le oímos frases como esta: “Había extraviado, una vez más, el hilo de la conversación” (p. 82).

Este narrador, un poco deficiente, introduce continuos flashbacks de forma natural y salta de un tema a otro con gran agilidad. “Puse que tardó diecisiete años en regresar a París para dejar claro que allí terminó su sueño de pintor impresionista, que no regresó a París en marzo, como había prometido a sus amigos. Que allí se terminó la vida bohemia. Porque Camille es débil y la aventura termina cuando regresa a la influencia familiar”. (Conversación con Javier Plaza)

Camille no está inspirado en un personaje concreto, pero su nombre es un guiño a Camille Pisarro, a Camille Corot y a Camille, la mujer de Monet.

Cuando comencé la lectura pensé que se trataba de una biografía novelada de Camille Pisarro. Y no salí de mis dudas hasta que leí una frase de Yves ante un lienzo de Pisarro: “Este hombre es tonto perdido, mira que cambiarme esta joya por una de mis basuras” (p. 128)

Una novela de ambiente

“Trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por el París impresionista, con una trama mínima. En la novela apenas pasa nada. Las pequeñas inquietudes de Camille sirven de unión a la historia”. (Conversación con Javier Plaza)

El autor consigue reconstruir el contexto de forma verosímil gracias a las visuales descripciones y a las escenas que las llenan de vida.

De forma constante, las escenas pasan a ser cuadros y los cuadros, escenas. Se mezclan los cuadros reales, como La urraca de Monet, con los inventados. Los reales no son muchos, pero sí suficientes para crear un contexto verosímil y que el lector crea que todos lo son.

Tiegre en la jungla

¡Sorprendido!, Henri Rousseau

Como muestra, he elegido la descripción del cuadro de Henri Rousseau, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical): “Un tigre huye con gesto despavorido, casi humano, mientras en la selva ha estallado la violenta tempestad; la fuerza de los elementos, el viento y la lluvia se reflejan en cada uno de los detalles del lienzo. El cielo gris oscuro con tres ramificaciones de un rayo y líneas de lluvia que inundan toda la superficie, las hojas y arbustos curvados hacia la derecha, impulsados por el viento hacia el lado donde huye el animal, los árboles, oscuros, también se doblan en esa misma dirección, la irascible tormenta lo envuelve todo” (p. 209).

Camille pierde el hilo de la conversación porque está poco atento a lo que sucede a su alrededor. Entonces o está recordando hechos de su vida pasada o está convirtiendo las escenas presentes en posibles lienzos. Cuando Camille está pensando en el lienzo que va a pintar para una exposición no sabe si decidirse por Guibert en su tejado, por ´El combate de los hermanos Lafaille´, por el cochero que reparaba la rueda en Capucines o por la camarera del Moulin. Y el lector duda con él, porque son escenas que ya han aparecido antes en la novela.

Elementos de composición

La trama, las subtramas y la estructura novelesca

Si partimos de la concepción clásica de introducción, nudo y desenlace, nos encontramos con una trama invertida de las del tipo: desenlace, planteamiento, nudo, desenlace ampliado y cierre. Una estructura que me ha recordado a la de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

Comienza por el desenlace. Camille recibe una carta de su padre que lo reclama para que atienda unos asuntos familiares en Pau, en el sur de Francia. El planteamiento y el nudo abarcan los seis días que se pasea por París despidiéndose de sus amigos y de su familia. El desenlace ampliado ocupa el último capítulo, mientras espera el tren de Pau, en la estación de Austerlitz. En el cierre cuenta que tarda diecisiete años en volver a París y que, por lo tanto, no cumple la promesa hecha en el nudo y en el desenlace inicial.

El adelgazamiento de la trama

Parece una novela de personaje, pero en realidad, como ya he señalado, es una novela de ambiente. El protagonista, Camille, señor de Jurançon, y los personajes secundarios, Yves Grenier, Víctor Pelletier, su tío Henry y la ausente Thérèse, están al servicio de unos acontecimientos externos que hacen avanzar la narración a través del delgado hilo que los une.

Una novela con poca trama siempre es un gran reto, porque tiene que despertar el interés con las anécdotas y con la riqueza de la prosa. Y, si las historias y las escenas no están bien elegidas y dosificadas, pueden saturar al lector.

En este caso, los episodios narrativos y las descripciones sueltas sirven para profundizar en el tema. “Me esfuerzo mucho en que los personajes sean congruentes. Pero son un instrumento para mostrar diferentes aspectos del París impresionista. En realidad, trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por ese París impresionista, y por eso reduje la trama al mínimo”. (Conversación con Javier Plaza)

Las tramas secundarias

La materia narrativa se expande con abundantes subtramas que nos introducen en los entresijos de la sociedad de la época.

La expectativa amorosa de Thérèse se complica con el amor pasional por Eloise y con el romántico de Berthe: “Haciendo memoria creo que Eloise fue mi primer amor real, al menos el primero que superó la etapa platónica, a diferencia del que sentí por Berthe o el que sentía por Thérèse” (p. 351).

Otras tramas amorosas son las relaciones de Yves con Eleonore, la de Victor con Kheira, la de Clotilde y Luca. También son tramas bien tejidas las vidas de otros pintores, las de los galeristas y las de las bailarinas de El Dorado, el Folies Bergère y el Moulin Rouge.

Yvette por Toulouse Lautrec

Yvette Guilbert, cantante, por Toulouse-Lautrec

El estraperlo, los negocios sucios en las colonias, la corrupción política y la compra de votos son subtramas sólidas que nos atrapan con tanta fuerza como la principal.

Una novela difícil de encasillar en un género

La novela está ordenada en siete capítulos, uno por cada día de la semana. “Lo establecí así porque quería que durara un ciclo y escogí una semana. El orden me vino determinado por los días en los que había tren de París a Pau”. (Conversación con Javier Plaza).

En efecto, la primera estructura que se nos impone es la de un diario, muy apropiado para contar hechos cotidianos. Pero, a medida que vamos leyendo, percibimos que los capítulos tienen demasiadas páginas para estar escritos en un día. Y que los datos son excesivos y demasiado lejanos como para que el narrador los recuerde de modo tan preciso.

El diario funciona como una forma de organizar el discurso. Pero, detrás de esa apariencia, hay otras estructuras y géneros que enriquecen la obra.

En el momento en que el lector se da cuenta de que Camille está recordando, de que no está escribiendo desde París, el susodicho diario se convierte en un libro de memorias.

La urraca en la nieve es, además, un drama romántico, una novela costumbrista, una crónica periodística y una novela histórica, géneros que reclaman una amplia y profunda documentación. En una entrevista en el Diario de Córdoba, en marzo de 2015, Javier Plaza confesaba que había investigado mucho sobre el Impresionismo.

La ambientación histórica cobra vida con los personajes que cuentan sus inquietudes cotidianas. Por estas páginas se pasean pintores, políticos, escritores, artistas y fotógrafos. Y algunos como Zola, Sadi Carnot, Rubén Darío, o Pablo Sarasate, que ya eran muy famosos en su época.

Al corte de drama romántico responden las relaciones de Camille con Thérèse, marcadas por la diferente clase social de las familias. Utiliza rasgos y técnicas costumbristas para pintar el mundo rural de los Pirineos.

Para terminar

La novela se limita a contar algunos episodios de la última semana de Camille en París. Solo un ojo entrenado en el puntillismo verá las anécdotas, las digresiones, las descripciones y las escenas, aparentemente inconexas, como elementos necesarios para comprender la totalidad. Una totalidad en la que todo está unido, y progresa, por oposición.

El presente narrativo se ve asaltado por continuos flashbacks al pasado inmediato y al pasado lejano; el mundo impresionista y la bohemia contrastan con la exquisita familia de Camille; la vida urbana de París con la provinciana de los Pirineos; el amor de Eloise con el de Thérèse.  Todo se desdobla y se descompone en mil matices.El lector obtiene la versión global cuando termina la suma de todos los contrastes

La urraca en la nieve es una novela de respiración pausada, que exige una lectura lenta. Sus páginas nos invitan a disfrutar del Arte, con mayúsculas, porque en ella, como en el Arte poética de Horacio, se aúnan la pasión por la literatura y por la pintura: Como la pintura así es la poesía.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza.

Este apasionado de la literatura, que creció leyendo a los clásicos, es un devorador de novela histórica y autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

El año 2014 publicó La urraca en la nieve, su primera novela. Y creo que ya está cercana la publicación de su segunda novela, Canción de otoño.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

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Imagen principal: del Facebook de Javier Plaza

Las citas de la novela son de la tercera edición de Ediciones Hades.

Carmen Romeo Pemán

Montmartre al atarceder

Boulevard de Montmartre al atardecer, Camille Pisarro

A Clara Fuertes por su Agua de limón

–¡Camarero, por favor, otro vaso de agua de limón, cuando pueda!

–Querrá decir otra Fanta, ¿no? –me contestó mientras limpiaba la mesa con un paño y echaba una ojeada al libro que tenía allí, junto a mi café–. Perdone que me meta donde no me llaman, pero ha debido de confundirse con el título de ese libro.

Su repuesta me devolvió a la realidad. Acababa de leer Agua de limón, una novela de Clara Fuertes, que me había dejado un regustillo ácido y la cabeza un poco revuelta.

–Quería decir un botellín de agua del tiempo –le respondí.

Vi cómo se alejaba, pero dejé de prestarle atención porque seguía con mi pensamiento en la novela. Al cabo de un rato anoté en mi cuaderno:

“En Agua de limón, Clara, el alter ego de su autora, de adulta escribe las memorias que le contó su abuela Magui cuando ella tenía once años. Y las completa con lo que investigó por su cuenta y con lo que les oyó a su otra abuela y a su madre. Este libro, además de unas memorias, es la saga de una familia y la historia de un gran amor. Los amores de Magui y Agustín, en una Zaragoza sacudida por la Guerra Civil, nos recuerdan a los de Agustín y María en la Zaragoza de Galdós”.

Las memorias de una niña

Mientras me disponía a escribir este artículo y elucubraba sobre cómo puede reconstruir sus memorias una niña pequeña, me vinieron a la mente los casos de tres de mis alumnas.  Natalia Sanmartín, una niña de la guerra, que a los setenta y siete años escribió sobre su infancia. Su hija, Consuelo Peláez, que matizaba las palabras de su madre. Y Clara Fuertes, que en una novela suya evoca unas conversaciones con su abuela a los once años.

La clave me la dio Natalia: “Dado lo pequeña que yo era cuando ocurrieron los sucesos, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo”. A lo que Consuelo apostillaba: “Los recuerdos de mi madre están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años. Y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, puso para que algunos episodios permanecieran vivos en su memoria”.

He traído a colación a Natalia y a Consuelo porque comparten vivencias y puntos de vista con Clara. En las primeras páginas de Agua de limón leemos: “Con la madurez intenté poner sobre el papel su memoria y unirla a otros retazos que había escuchado a Francis, mi otra abuela, que fue de gran longevidad. Y, con todo ello, recuerdos, preguntas, la ayuda de mi madre y una gran dosis de imaginación pude, por fin, entender sus susurradas palabras” (p. 21). Y en una entrevista decía: “Cuento las vivencias de mis abuelas maternas, a través de su memoria personal y de la memoria histórica colectiva. El pasado volvió y se hizo presente”.

Agua de limón, como las memorias de Natalia, también podríamos inscribirla en el programa de amarga memoria,  por la recuperación de la memoria histórica. Y en el de maternidades robadas, por esas mujeres solteras, tías-madres, tías-abuelas, que Unamuno inmortalizó en La tía Tula. “Tu madre nunca me llamó mamá. Para ella fui siempre Magui, como lo soy para ti y para todos tus hermanos. Un apéndice, siempre a la sombra en la vida de tu abuela Francis, alguien con quien ha tenido que compartir el amor de los suyos. No tuve el título oficial de madre, ni lo tengo ahora de abuela” (p. 270).

Desde el punto de vista de las criadas

A partir de unas conversaciones entre una abuela y su nieta, se va desentrañando una tormentosa historia, familiar y personal, desde los comienzos del siglo XX hasta la posguerra. “El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva. (p. 95). Clara Fuertes, con gran habilidad narrativa, va tejiendo un complejo tapiz en el que las historias de los personajes se mezclan con la de Sabinas de Ebro, un pueblo ficticio en la ribera baja del Ebro, Zaragoza, Aragón, España y Europa. “Sabinas era un lugar irreal, como el viento que pasa silbando entre las ramas, me evoca un desgarro silencioso, la felicidad de un instante que todavía sueña con palabras eternas… no me hagas mucho caso, cariño, son desvaríos del corazón, encendidos por la nostalgia” (p. 37). Es una búsqueda de la verdad colectiva y de la verdad personal. Y se sirve de los recursos y géneros que le permiten alcanzar su objetivo con mayor acierto.

Todo está expresado desde el punto de vista de unas mujeres que estaban condenadas a salir de los pueblos para trabajar como criadas en las casas de los ricos que vivían en las ciudades. “Madre, recomendadas por el cura del pueblo, don Emilio, tuvo que colocar a mis dos hermanas mayores en el servicio, en la capital: Zaragoza. Tuvieron mucha suerte: bonitas, trabajadoras, no tardaron en encontrar familias acomodadas que las acogieran. Fátima se convirtió en la cocinera de una familia que vivía en el paseo de la Independencia, un matrimonio sin hijos, dueños de una empresa floreciente de corsés en Zaragoza, y Francis pasó a ser la sirvienta de una familia con varios hijos” (p. 43). Y, más adelante, declara con amargura: “Madre decidió que yo debía ocupar su lugar de sirvienta en la ciudad. Su determinación me dejó sin palabras; fue tajante. No tuve argumentos para rebatir” (p. 82).

El discurso de una mujer rota

La novela está planteada como un diálogo entre Magui y Clara. Pero pronto percibimos que la presencia de la niña es una excusa para llegar a una confesión liberadora. “Solo son memorias de una anciana que ha olvidado por un momento que eres una niña” (p. 147). Magui necesita contar su verdad para poder morir en paz. “Vine solo porque necesitaba saber que lo nuestro había sido de verdad… ¡Ahora puedo partir tranquila!” (p. 295). Necesita reconstruir y dignificar su pasado, que se ha convertido en una pesadilla: “Mi familia se estaba deshaciendo como el incienso recién encendido, lentamente, dejando a su paso solo cenizas” (p. 133).

Sabe que su discurso está roto: “De nada sirve revolver el pasado… Nunca termina de irse el ayer, y la reconstrucción de los pasajes de tu vida es un reflejo imperfecto de ella, una sensación incómoda de entender lo incomprensible, sobre todo cuando la travesía ha sido al revés. ¡Pero nada! El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva (…) Un recuerdo se manifiesta de forma diferente cada vez que lo evocas. Entonces, si ya ocurrió, ¿por qué continúa poniéndolo todo patas arriba?, ¿por qué te atraviesa de arriba abajo el revoltijo de tu vida” (p. 95). Pero insiste: “Mi puzzle hacía tiempo que no encajaba, las piezas se estaban perdiendo por el camino y no conseguía reunir fuerzas para recomponerlo” (p. 139)

Toda la novela es un diálogo que brota desde las entrañas. “Comencé a escribir un diario. En él hablaba de mi infancia, de la huella fantasiosa que se forma en los primeros años de tu vida, de cómo marca el territorio en el que te ha tocado vivir, los juegos que han alimentado tus tardes; recuerdo que para padre yo era la niña de sus ojos… Escribí también sobre Sabinas, mi río y mis olvidadas amigas, ¿acaso habían existido alguna vez? Escribía porque no quería olvidar nada, porque la nada me acompañaba demasiado pegada al cuerpo y solo anhelaba ahuyentarla, vivir, sentir” (p. 145).

La confesión, como en las tragedias, solo llega al final: “Hasta este verano no creí que sería capaz de contarle a nadie mi historia como lo estoy haciendo contigo. Es mejor que escribir un diario, Clara, mucho más liberador. Sé que no entiendes ahora mismo muchas de las cosas que te cuento, pero todas ellas se quedarán grabadas en tu mente, y cuando menos te lo esperes, algún día, saldrán a la luz”. (p. 223).

Con una trama trepidante

Clara Fuertes se revela como una gran prestidigitadora en el arte de la composición narrativa. Responde a los patrones de las novelas clásicas en los que un personaje testigo recupera los acontecimientos. Clara, un heterónimo de Clara autora, reconstruye los acontecimientos después de la muerte de su abuela. Recuerda las conversaciones que mantuvieron durante las siestas de un verano, en las que la abuela se esforzó en organizar los hechos de forma cronológica. Pero la escritora se encarga de introducir los puntos de giro y las tramas secundarias que atraen la atención y el interés del lector.

Desde el principio hasta el final, mantiene la intriga, que no decae en ningún momento. Y ahí radica su gran habilidad, en saber mantener atrapado al lector hasta el último párrafo.

Cuando acabamos la lectura, el ritmo vertiginoso nos ha dejado exhaustos y con la garganta seca. Es el momento de recobrar el ánimo con un vaso de agua de limón bien azucarada.

Clara Fuertes (2014): Agua de limón (Basada en una historia real), primera edición, Éride ediciones. Desde la segunda edición de 2015, está disponible solo en Amazon.

Imágenes de la autora.

Carmen Romeo Pemán

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Mi propósito de Año nuevo: que todos leáis más en 2017

Este post es para todos los que habéis encontrado un libro debajo del árbol de Navidad y habéis pensado que era lo que necesitabais para calzar la mesa del comedor. Para los que el último recuerdo que tenéis de la lectura es de hace más de quince años, cuando el profesor de turno os obligaba a leer uno de los tochos de la biblioteca a la hora del recreo cuando os portabais mal. Para los que veis un libro y pensáis que donde esté el Candy Crush que se quite todo lo demás.

Mi único y valioso propósito de Año Nuevo es conseguir que todos leáis un poco más en 2017. Y no, no vais a encontrar un recopilatorio de frases de Paulo Coelho y compañía hablando de cómo se alimenta el alma con la lectura. Para eso ya está Facebook. Yo os voy a convencer de que vuestras excusas son eso, excusas.

Este post es también para vosotros, para los que habéis obsequiado con un libro y habéis visto que el regalado pone la misma cara de incomprensión que si le hubierais pedido que arreglara una central nuclear. Por un lado, porque os daré respuesta a los pretextos típicos de por qué la gente no lee. Por otro, si queréis regalar un libro para Reyes a alguien que no suele leer, quizá os sirva alguna de mis ideas. Y, por último, siempre podéis acompañar vuestro regalo con un link a este post.

Empecemos.

A mí es que leer me aburre

 

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Seguro que a Brad le aburren muchas cosas, pero los libros no son una de ellas

Lo entiendo, colega. En serio. Si yo solo hubiera visto películas de la Guerra Civil española protagonizadas por personajes más envarados que una bandera, también diría que qué coñazo es el cine. Sin embargo, es muy difícil darle una segunda oportunidad a la lectura. Puedes ponerte una película de fondo y acabar descubriendo que te gusta, mientras que con el libro hay que concentrarse y dedicarle tiempo.

De todas formas, los libros son como las pelis. Hay de todo, y para todos los gustos. Por ejemplo, si te gusta el fútbol, puedes leer La jugada de mi vida, las memorias de Andrés Iniesta, o Creer, de Diego Simeone. Después puedes seguir por Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza, historia sobre la que Informe Robinson de Canal+ hizo un reportaje.

Si, en cambio, lo gozaste todo con el Señor de los Anillos, tienes desde Falcó de Pérez-Reverte, que siempre queda muy bien decir que lo estás leyendo, hasta El nombre del viento de Patrick Rothfuss, pasando por un montón de libros de acción y aventuras que es un género que funciona igual de bien que el de los superhéroes en el cine. A todo esto, debo decir que El nombre del Viento es un libro entretenido, pero algo sobrevalorado.

¿Te gustan los videojuegos? Pues léete El diario perdido de Barbanegra, que te sonará si has jugado a Assassin’s Creed Black Flag. Y, por los Dioses de Kobol, tienes todos los libros de Andrzej Sapkowski en los que se han basado los videjouegos de The Witcher. Las aventuras de Geralt de Rivia son imprescindibles en cualquiera de sus formatos.

 Yo no tengo tiempo para leer

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Calma, calma, que no obligo a nadie a leer… Todavía.

Ya. ¿Y quién lo tiene? No hay tiempo para leer, ni para ir al gimnasio ni para aprender inglés. Pero, al final, lo encontramos para engancharnos a la peli de sobremesa de turno, muchas de ellas alemanas, por cierto.

Cuando pensamos en leer nos viene a la mente aquella novela de seiscientas páginas que cría polvo en una esquina, pero no todas las lecturas son así. Podemos escoger libros cortos, como La balada del café triste de Carson McCullers, que te lo lees en un par de horas y te deja el cuerpo extraño, aunque algo más sabio. También tenemos obras como El juego de Ender, de Orson Scott Card, o Momo, de Michael Ende. Los dos tomos, además, pueden leerlos los adolescentes entre botellón y botellón. Éxito garantizado, creo yo.

Pero pienso que hay vida más allá de las novelas: las novelas gráficas. Sí, sabemos que están denostadas por los repipis de la literatura, esos que consideran géneros menores a todo lo que no sea realismo mágico. Sin embargo, en las novelas gráficas se conjugan dos artes que, juntas, dan calidez al alma: el dibujo y la escritura. Tenemos, por ejemplo, la única novela gráfica ganadora del Pulitzer, Maus. Es de Art Spiegelmann y va sobre el holocausto. Si no te pone la piel de gallina es porque estás muerto.

También tenéis mangas. No todos van sobre monstruos con tentáculos, algunos son tan intensos como Death Note, de Tsugumi Obha, en la que un chaval se hace justiciero cuando encuentra una libreta con la que puede matar a maleantes con solo apuntar su nombre. O Attack on Titan, de Hajime Isayama, donde unos gigantes se dedican a aterrorizar a los humanos, que lo único que pueden hacer es intentar que no se los coman. En los dos muere tanta gente que, en comparación, Juego de tronos o The Walking Dead son un juego de niños.

Meh, con lo caros que son los libros

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No nos engañemos, a veces somos pobres solo para lo que queremos

Esta afirmación me gusta mucho. Primero, porque es cierto que hay libros que cuestan una pasta. Suelen ser ediciones de tapa dura con páginas en color y un nombre conocido en la portada. Pero no es necesario gastarse un dineral ni descargar libros gratis para poder leer.

Vivimos en un momento muy, muy dulce para el lector. Tenemos bibliotecas, ebooks y librerías con un catálogo de fondo de armario barato y bueno. Además, Amazon tiene cientos de obras de autores indie a menos de un euro, y no todas son tan malas como creéis.

Por otro lado, está el valor que le queramos dar a una obra escrita. Un libro de, no sé, ocho euros, cuesta menos que un Gin-Tonic en cualquier local de Barcelona. Y yo bebo y leo rápido, pero un libro me dura mucho más que el alcohol, la borrachera y la resaca.

Soy un alma triste y ningún libro puede calentar mi frío y muerto corazón

A vosotros, a los que pensáis en leer un libro y notáis que la idea os expulsa igual que un exorcista echa al demonio del cuerpo de un poseído, no puedo deciros nada. Un libro se lee, se siente. Y, para ello, hay que tener una predisposición especial, un acuerdo tácito entre escritor y lector en el que todo desaparece y lo único real e importante es lo que hay en las páginas del libro. Si el lector no pone de su parte, difícilmente se impresionará, aunque el autor haga piruetas y consiga que una foca cante el Aleluya de Haendel.

Pero aún hay un poco de fe para vosotros. Vamos a hacer un pacto. Algo relacionado con mi propósito secreto para 2017. Si antes he dicho que solo tenía un propósito es porque un escritor miente de una forma muy creíble cuando escribe. Y, además, es un propósito que solo nosotros sabremos.

Este año seguiré escribiendo mi novela de fantasía, y acabaré la de ciencia ficción. Un tomo corto, interesante, intrépido. Cuando lo publique os pediré que lo leáis, ¿de acuerdo?

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Mi novela derretirá vuestro corazón, oh yeah.

En eso de aprender inglés e ir al gimnasio ya he tirado la toalla, así que en 2017 me toca ser realista: voy a conseguir que todos leáis un poco más, y publicar mi primer libro. ¿Me acompañáis?

Carla

@Bronte__

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Imagen de Lazie Slezak

Mis protagonistas y Terry Pratchett

Cuando era pequeña, solía asaltar la biblioteca de mi hermano mayor. Él tiene trece años más que yo pero, de los cuatro vástagos Campos, era al único al que le gustaba leer tanto o más que a mí. Por eso, cuando se acababan mis libros, iba a su cuarto y le preguntaba cuál me podía dejar. Imagino que no le debió resultar fácil encontrar lecturas adecuadas para una cría. Aún así, siempre lo conseguía.

Un día, me dio un libro que se llama Ritos Iguales. Y ahí empezó todo.

Álex, creo que no eres consciente de lo que hiciste por mí ese día, así que aprovecho para agradecértelo y explicártelo con este post. Y, a todos los demás, también.

El libro que lo empezó todo

Ritos iguales es la tercera novela de la Saga Mundodisco de Terry Pratchett. El título original, Equal Rites, suena como “Equal Rights”, es decir, igualdad de derechos.

Creo que, con esto, ya se ve por dónde por dónde va la cosa. Pero os voy a hacer una pequeña sinopsis del libro para entendáis la intencionalidad del título.

Imaginaos a un mago que se está muriendo. Su instinto le dice que, no muy lejos, ha nacido un octavo hijo de un octavo hijo. Un posible sucesor. Camina por el bosque hasta que da con él y le da su cayado segundos antes de morir. No se da cuenta de que el bebé es una niña hasta que es un espíritu. Y, ups, existen magos, pero no magas.

Afortunadamente, esa criatura tiene a su lado a Yaya Ceravieja, una bruja que la instruye como tal. Sin embargo, la vieja pronto es consciente de que la magia de la niña es diferente a la suya, por lo que decide llevarla a la Universidad Invisible, donde estudian los hombres para ser magos.

Soy consciente de que muchos piensan que una historia de brujos y magos es infantil. Y sí, puede serlo. Pero si dejamos a un lado el esnobismo típico de la crítica literaria y nos enfrentamos al libro, nos encontramos con una novela satírica y profunda que utiliza elementos fantásticos para explicar el mundo.

Al acabar esta historia, decidí que Terry Pratchett sería mi autor favorito. Hoy sigue siéndolo, y lo será hasta que me muera. Pronto sabréis por qué.

Las historias de mi infancia

Dejemos en el arcón de nuestra memoria a esa Carla preadolescente con Ritos iguales en las manos y demos un salto al pasado. Vamos a buscar a la Carla de cinco, seis, siete años.

A mini Carla le gustaba ver en bucle películas de Disney, como Merlín o Robin Hood. Para quien no las haya visto, son dos clásicos de dibujos animados. En la primera, un jovencísimo Arturo arranca la espada de la roca y Merlín le ayuda a convertirse en Rey. En la segunda, un zorro, Robin Hood, roba el oro del Rey para dárselo a sus amigos, los pobres.

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Eran las películas favoritas de mini Carla. Quería ser como ellos eran: valientes, luchadores, ¡magos! Y, a veces, se preguntaba por qué no había niñas que pudieran sacar espadas de piedras y robar a reyes. Así que se desquitaba jugando a Pressing Catch con otro de sus hermanos, pero ese es otro tema.

Y ahora, volvamos a mis doce años

Hasta ese momento, las mujeres activas eran la excepción en mi pequeño y limitado mundo. Puedo recordar a Pipi Langstrum, La Bruja novata y Mery Poppins. Nada más. Aún así, no sé por qué, eran figuras que no me dejaron una huella tan profunda para querer ser como ellas. A mí me gustaban Goku, un niño extraterrestre, con cola de mono, que tenía muchísima fuerza y podía ganar cualquier pelea, y el Príncipe Ali, de Aladdin. Eran personajes divertidos, con una personalidad arrolladora y que salvaban a todo el mundo. ¿Por qué iba a fijarme en niñas que cantaban a los pajaritos cuando podía ser como ellos?

Y de repente, ¡boom! En mis manos tenía la historia de una niña de mi edad, que hasta se parecía a mí en lo físico. Y que hacía magia. Y era tan poderosa y lista que el destino de su mundo dependía de ella. Y que tenía a otra mujer, también muy inteligente y fuerte, como guía.

Mi sueño hecho realidad, joder.

Merece la pena leer a Terry Pratchett desde muy jóvenes

Con esa primera lectura, me interesé en el señor que era capaz de crear una historia tan profunda alrededor de una niña como yo. Por eso, cada vez que Plaza y Janés publicaba un libro de la Saga del Mundodisco, corría a la librería con mi semanada para comprarlo. Después, con mi sueldo. Y ahora tengo la colección entera en papel y en ebook para releerla cada vez que me apetece, que es siempre.

Porque Pratchett es un escritor con la capacidad de hacerte pensar y reír a la vez.

Con sus páginas, he meditado sobre la muerte, la guerra, la democracia, la igualdad entre hombres y mujeres, el racismo, y un sinfín de temas más. Y todo, gracias a una prosa ágil y única, que me encantó con doce años pero que entendí siendo ya adulta.

La representación importa

Es muy triste pensar que, a mis doce años, era la primera vez que me sentía identificada con un personaje de una historia. ¡Y qué historia! Mi hermano, seguramente sin quererlo, me había dado a conocer un mundo nuevo: un mundo en el que las niñas podían decidir qué querían ser, tenían el derecho de luchar por hacerse un hueco en un mundo que no las quería y demostrar lo importante que era, para todos, que estuvieran ahí. Imagino que él pensaría que ese libro me gustaría porque estaba protagonizado por una cría. Y es cierto. Pero fue mucho más que eso. Fue el primer contacto que tuve con el feminismo, aunque yo no lo supiera. Con doce años, lo único que sabía era que yo podría llegar a ser como Eskarina. Si ella había luchado por ser maga y salvar el mundo, ¿qué cosas maravillosas podría hacer yo?

No me podéis decir que no es un ejemplo molón.

Por eso, prácticamente todos mis personajes protagonistas son femeninos. Para que las niñas vean que las mujeres también podemos salvar el mundo, y que, igual que los hombres, lo hacemos cada día. Como Eskarina.

Solo me queda dar las gracias a mi hermano, y decirle al Maestro que espero poder hacer por alguna niña lo mismo que él hizo por mí.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Josh Kirby en Wikipedia

El mundo, Andrés y Cris

Hace un mes, una amiga me invitó a la presentación del libro de Andrés Aberasturi, “Cómo explicarte el mundo, Cris”. Admito que acudí un poco a la ligera, pero me apeteció porque recordé, sin estar segura del todo, que el autor tenía un hijo con necesidades especiales, aunque ni siquiera sabía cuál era su patología. Ahora sé que Cris tiene parálisis cerebral, no habla, no se comunica, tiene una gran dependencia para las actividades básicas de la vida diaria y solo puede moverse en su silla de ruedas. Pero no fue el morbo lo que me llevó a esa cita de “Encuentros con la cultura”, que organiza Amparo de la Gama. Acudí por simple y sana curiosidad. Porque, como madre de un joven con autismo, me intrigaba escuchar cómo narraba una experiencia así alguien con probadas habilidades comunicativas.

Esa tarde me di de bruces con algo maravilloso, se llame como se llame, que quiero compartir con vosotros.

Los presentes

Me sorprendió la entrada del protagonista. Llegó caminando relajado, al lado de Amparo, la anfitriona. No sé cómo habrá presentado ella a otros invitados, pues era la primera vez que yo asistía, pero conquistó a la audiencia desde que comenzó a hablar sobre el libro de Andrés. Confesó que había tenido que leerlo en tres veces, porque necesitó parar para coger fuerzas, para reponerse del dolor (de la impresión, más bien, no sé cómo describirlo) que le producía la lectura de muchos fragmentos. No supe qué pensar de esas palabras, pues yo todavía no había leído el libro. Pero ahora que lo he hecho, la comprendo mejor.

Andrés (me permito el tuteo, porque mantuvo una actitud de cercana sencillez), empezó diciendo que no era un libro de autoayuda. Y en el texto lo vuelve a manifestar. Es más, incluso puso en duda que fuese un “libro” en sentido estricto, ya que lo escribió a lo largo de tres años, a ratos, y más como un diálogo con su hijo que como un proyecto de trabajo. De ahí que la estructura no tenga un orden encorsetado, ni una línea argumental concreta al modo clásico.

Con la charla de Andrés aún fresca en la memoria, y con los comentarios de Amparo presentes, me enfrenté a la lectura del libro. Hice pausas también, como las hizo Amparo, pero en mi caso solo para dejar reposar lo que acababa de leer. Soy una lectora compulsiva, muchas veces apresurada, pero leí el libro de Andrés a pequeñas dosis, poquito a poco, porque ninguna palabra me sobraba. Mis pausas no se debían al mismo motivo que las de Amparo. Me emocionaba la lectura, por supuesto, pero he peleado en muchas guerras por y para el autismo, y confieso que veía la película de Andrés desde la barrera. Hasta que, inesperadamente, llegué a un punto donde, nunca mejor dicho, me desbordé y me encontré en el ruedo, frente al toro. Hablo del capítulo 38. “Lágrimas”. Dos páginas. Para mí, un mundo. Porque mi hijo, igual que Cris, tampoco llora. Hace años gritaba, berreaba, pataleaba, pero no recuerdo haberlo oído llorar como al resto de los niños. Y, en el pasado, esa carencia de lágrimas en mi hijo me parecía como un agujero negro que menoscababa su habilidad comunicativa, una barrera infranqueable que retenía el sufrimiento dentro de él, manteniendo el dolor como un pantano, condenado a que no se levantaran nunca las esclusas que le permitieran derramarse y hacerle la vida más llevadera. Tal vez es porque yo soy de lágrima fácil y sé lo que alivia una buena llorera, de las de mocos y Kleenex al por mayor, aunque el precio sea luego una migraña. Y saber que mi hijo se estaba perdiendo eso, siempre me produjo, cuando menos, inquietud.

Andrés y Cris se me presentan como un todo. Igual que Cris y su silla. Todo el texto me transmite entre líneas ese grito de protesta de Andrés ante la imposibilidad de elección de Cris que, desde su nacimiento, vive cada momento de su vida sin tener alternativa ni posibilidad de decidir sobre nada. Me he dejado envolver por las páginas del libro, y allí me encuentro a padre e hijo como el café con leche, tan unidos, pero a la vez tan lejos y tan cerca uno del otro, que hacen que me plantee muchas preguntas que no tienen respuesta.

Y esta presencia no viene a través de la descripción directa de episodios concretos. Se hace sentir, se encuentra, se descubre y se vive en las reflexiones que ese padre va dejando caer como las hojas que en otoño vuelan por su jardín, a las que el viento lleva y trae. “Como a nosotros, Cris, como a nosotros”, termina diciendo Andrés en el capítulo 20, “Otoño”.

Andrés consigue que los capítulos, los párrafos, las palabras, escapen de la hoja de papel y se escriban en nuestras entrañas. Es algo tan simple como grandioso. Habla sosegadamente de su desasosiego. Escribe como si hablara muy bajito, casi en susurros. Dan ganas de leer el libro acercándonos al papel, como si solo así pudiéramos escuchar todo lo que nos cuenta. Y esa narración callada, humilde, sin aspiraciones, cuando llega hasta el lector se transforma en un grito cargado de fuerza, tanto más potente cuanto más silencioso resulta. Esos pensamientos encuentran por el camino decibelios de razón o sinrazón que alborotan la sangre cuando se adueñan de quien los lee. O, al menos, así lo he sentido yo. ¡Ahora sí te entiendo, Amparo!

Cuando me aproximaba al final de mi lectura, cuando conseguí respirar hondo antes de volver a abrir el libro, empecé a pensar que algo faltaba. Pero me di cuenta de que no.  Y ahora lo cuento.

Los (no) ausentes

Solo de refilón, se asomaban de vez en cuando a las páginas dos figuras: la madre y el hermano de Cris. Y yo los empezaba a echar de menos. Aunque estaba justificada su ausencia porque en la portada del libro leemos: “Testimonio de la vida con mi hijo”. Pero, aun así, a mí me faltaba algo. Y lo encontré al final. En los capítulos 49 y 50. El primero, “Tu hermano”, de pronto nos presenta a ese Andrés hijo, orgulloso de Cris, de su hermano menor, cuyos amigos tenían que “pasar el examen” de verlo con naturalidad, de aceptarlo. Eso me trajo a la memoria un episodio similar que ocurrió cuando mi hijo era pequeño. En el patio del colegio, dos niños mayores jugaban al balón. Uno chutó mal, y la pelota cayó a los pies de mi hijo y de su compañero del aula de autismo. El que había chutado les gritó desde lejos que le tirasen el balón, pero el otro le dijo “No grites, que no sirve de nada. Ve a buscar la pelota, que esos dos ni te van a hablar. Son tontos”. Mi hija, que es dos años menor que su hermano, lo escuchó desde el otro extremo del patio de recreo. Se acercó corriendo adonde estaban los dos mayores, cogió por el cuello de la camiseta al que había hablado, aunque apenas le llegaba al pecho, y le soltó: “Mi hermano y su amigo no son tontos. Están malitos. Y aquí el único tonto eres tú, que no eres capaz ni de darte cuenta”. Me lo relató la jefe de estudios, y la creí. Por eso, ahora, yo necesitaba ese capítulo en este libro para que estuviera completo, aunque sea un libro sin final.

La otra presencia toma cuerpo en ese cuadernito escrito por Lupe, la madre, que Andrés encontró por alguna parte y que reproduce al final de su libro. Esa Lupe a la que siento como el fiel que equilibra la balanza. Una roca, la roca que mantiene el ancla de Cris y que añora “no haber podido llevarte de la mano”. Un gesto tan simple y, a la vez, tan metafórico. Me hubiera gustado haber leído el libro antes de asistir a la presentación. Porque creo que me hubiera atrevido a acercarme a Lupe a rogarle, porque no creo que nadie tenga derecho a pedirle, que me contara algo, cualquier cosa. De madre a madre. Su marido también le rinde un homenaje en este libro, sin tener que nombrarla de modo explícito. Es estremecedor el relato de uno de los ingresos de Cris, en el capítulo 40, cuando el médico le plantea a Andrés esa pregunta: “¿Qué hacemos? ¿Le dejamos tranquilo o seguimos hasta donde se pueda?” La madre y el hermano apuestan, desde el primer segundo, por la vida de Cris. Y cuando llega el capítulo 50, con la transcripción de ese cuadernito, no hace falta saber más.

Los demás

En realidad, no puedo hablar por los demás. Los demás serán los que sientan deseos de encontrarse cara a cara con la verdad desnuda de un hombre que considera que ha llegado el momento de dejar testimonio de una realidad que es la que es. Y nos la cuenta como la siente. Andrés Aberasturi coge todas sus sombras y las vuelca en el papel para exponerlas al foco de su sinceridad y mostrarlas así con toda crudeza, sin paliativos, pero también sin aspavientos.

Esta es la primera vez que hago una crítica literaria conscientemente. No he buscado en Internet guías que me orienten, pero tampoco he elegido para mi estreno un libro tradicional. Así que, con permiso del autor, me he limitado a imitarlo y a volcar en el ordenador lo que me ha ido saliendo del alma. Porque esa explicación del mundo de Andrés no solo vale para Cris. Cualquiera que lo lea, pienso yo, entenderá el mundo, si no mejor, sí de otra manera.

Quiero terminar recordando unas palabras que Andrés pronunció durante su exposición: “la vida no es hermosa, pero se puede vivir hermosamente”. Me quedo con el mensaje de que, de un modo u otro, la hermosura tendrá cabida en nuestras vidas.

Gracias, Andrés. Gracias, Cris.

Adela Castañón

Foto: Adela Castañón. Del libro de Andrés Aberasturi, “Cómo explicarte el mundo, Cris”

La Zaragoza de las mujeres

La Zaragoza de las mujeres es un recorrido en clave femenina por las calles y la historia de nuestra ciudad. Es un estudio de cómo las mujeres hemos ido entrando en el callejero, es decir, del lento camino que hemos tenido que recorrer para conquistar pequeñas parcelas del espacio público.

¿Cuántas calles tenemos dedicadas a mujeres?

Cuando viajo por otras ciudades, siento la curiosidad de mirar y reflexionar sobre los nombres de las calles por las que voy pasando. Os puedo asegurar que Zaragoza es una ciudad muy moderna en eso de elegir nombres. A los zaragozanos nos enorgullece que uno de nuestros barrios, Valdespartera, tenga calles de películas; que otro, Arcosur, las tenga de videojuegos; y que las del Parque de Goya se refieran a cuadros de Goya. También os puedo asegurar que las aragonesas hemos sido pioneras en ocupar nuestras plazas y calles.

No obstante, lo de los topónimos urbanos dedicados a mujeres es una asignatura pendiente en todas las ciudades españolas y europeas. Por ejemplo, en Madrid, de sus 7.000 calles, no llegan a 1.000 las que tienen rótulos femeninos. En Zaragoza, de sus 3.200, 1.300 llevan nombre de personas. Y de esas, solo 170 están dedicadas a mujeres.

Con esta simple observación podríamos llegar a pensar que las mujeres hemos sido poco originales, poco creativas y poco trabajadoras. ¡Pero no, no ha sido así!

Estos datos me permiten afirmar que no se está haciendo justicia con nuestra presencia  en la realidad social.

Un callejero hecho por mujeres

Las autoras de La Zaragoza de las mujeres queríamos incluir la historia de las calles y dar nuevos puntos de vista a las biografías. Considerábamos importante estudiar el desarrollo urbano para conocer en qué momentos habían ido apareciendo los nombres femeninos.

Al comienzo, nos pareció un trabajo sencillo, pero pronto nos encontramos con obstáculos inesperados. El primero tuvo que ver con las grandes lagunas de la documentación.

Mujeres sepultadas en las iniciales de sus nombres

Al comenzar el nomenclátor, o lista de las calles, nos encontramos con el primer reto: descubrir a las mujeres que estaban ocultas en las iniciales de los nombres propios. En los callejeros tradicionales, sin perspectiva de género, había calles dedicadas a personas, en las que el nombre propio aparecía, y aparece, sólo con la inicial. La tendencia general era atribuir esas iniciales a varones, pero a nosotras esa interpretación nos resultaba sospechosa, sobre todo, desde que descubrimos que la calle de Pilar Lapuente en algunos callejeros aparecía como P. Lapuente y en otros como Pedro Lapuente.

Si a esto sumamos que algunas calles estaban rotuladas sólo con un apellido, rescatar los nombres se volvía cada vez más complicado. Nos costó llegar a saber que La Bozada era el segundo apellido de la señora Gutiérrez de La Bozada: una propietaria cuyo nombre ignoramos todavía. Y lo mismo con la desaparecida calle de Margarita Peco, conservada en algunos documentos como “calle del Peco”.

Reescribiendo biografías

A las mujeres muy biografiadas, reinas, santas y mujeres famosas, llegamos con facilidad, pero el punto de vista no hacía justicia a sus vivencias como mujeres. Así que decidimos reescribir sus vidas desde una perspectiva no androcéntrica.

Sumando dificultades

De otras mujeres no había rastro. Para reconstruir sus vidas entrevistamos a juntas de vecinos, a familiares y amigos. Algunas se nos resistían; otras se nos han resistido del todo.

Nuestros problemas fueron en aumento cuando llegamos a las calles desaparecidas. En muchos casos no pudimos biografiar a unas mujeres, cuya memoria se perdió cuando quitaron sus nombres de las calles que tenían dedicadas.

¿Por qué La Zaragoza de las mujeres?

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Porque aspira a parecerse a La ciudad de las damas de Cristina de Pizan, que concibió una ciudad con lo que hoy llamaríamos “perspectiva de género”. Nosotras, como había hecho ella en el París de 1405, soñamos con espacios urbanos para mujeres, reclamamos nuestro peso simbólico en la ciudad, aspiramos a tener nombres en las placas y luchamos por conquistar el espacio público.

Las calles son de las personas que las habitamos y las recorremos cada día. Son como nuestra segunda casa, o mejor, como una parte de ella. Por eso las cuidamos y les ponemos nombres de personas a las que admiramos y queremos honrar.

Una ciudadela de mujeres en El Actur

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La ciudadela de La ciudad de las damas

En los años ochenta, cuando se construyó El Actur, se reservó un sector para mujeres escritoras y feministas. Este barrio poblado por mujeres nos recuerda a la ciudadela de La ciudad de las damas, donde las mujeres intervenían por derecho propio y eran consideradas ciudadanas.

Cristina de Pizan se adelantó a los enfoques de urbanismo que se promueven cuando las mujeres arquitectas y urbanistas acceden a los centros de poder ciudadano. Y sus ideas se hacen realidad cuando las mujeres participamos de forma activa en las políticas de los ayuntamientos. O cuando escribimos y hablamos sobre esa participación.

En La ciudad de las damas, desaparecía la cronología de la narración y todas las mujeres, las del pasado y las del presente, las ficticias y las reales, convivían en un mismo plano espacial. En Zaragoza convive la Reina Ester, una mujer de las Sagradas Escrituras, con Pilar Lapuente, una joven profesora de la Universidad. Y son vecinas de barrio, Cleopatra, el título de una película, y Pilar Miró, una directora de cine de carne y hueso.

Costumbre de dar nombres de personas a las calles

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Publicado por el IES Goya de Zaragoza

La costumbre de bautizar a las calles con nombres de personas comenzó en el siglo XV. Hasta entonces, todos los topónimos eran descriptivos o funcionales. Teresa Gil, el primer nombre propio de una calle zaragozana, sustituyó a Castellana, de la que partía el camino que llevaba a Castilla: un nombre descriptivo muy útil para los ganaderos de la Mesta.

La rotulación se normalizó entre 1846 y 1861, con la publicación de cinco Reales Órdenes. Con ellas, las calles se convirtieron en un lugar privilegiado para contar la historia y conservar la memoria de sus protagonistas.

En esas Reales Órdenes, se decidió que en las placas de las calles se honraría a los mártires del cristianismo, a los héroes de la historia y a los personajes célebres fallecidos, como se relejaba en el callejero zaragozano de 1871.

Una Real Orden de 1989, modificada en los años 1993 y 2000, daba entrada a personas vivas célebres.

Mirando a las mujeres en el espejo de los callejeros

Si nos asomamos a los callejeros, podemos comprender cómo se ha considerado a la mujer a lo largo de la historia. En el callejero de Zaragoza se exaltan los orígenes del reino de Aragón y su expansión. Ligadas a esos momentos están las calles de la Reina Petronila, reina por derecho propio, y de las reinas consortes: Ermesinda de Aragón, Felicia, Inés de Poitiers, Constanza de Sicilia y Violante de Hungría. Unas reinas importantes en la política de alianzas matrimoniales de Aragón.

Las heroínas de Los Sitios

Los Sitios de Zaragoza están recogidos con tal profusión que podríamos hablar de un Callejero de los Sitios.

La heroica ciudad de Zaragoza quiso mantener vivas estas gestas y se apresuró a rotular calles con nombres de sus héroes. Nuestras heroínas fueron las primeras mujeres del callejero con nombres y apellidos: Agustina de Aragón, Casta Álvarez, la Condesa de Bureta y Manuela Sancho.

No hace falta ser de Zaragoza para suponer que en alguna parte tiene que haber una placa y una escultura que recuerden a Agustina de Aragón apuntando un cañón contra la tropa francesa. O a Manuela Sancho empuñando un fusil desde lo alto de las murallas.

El callejero inmortaliza oficios de mujeres que se han perdido

Era muy frecuente que una calle cambiara de nombre cuando desaparecía el oficio al que hacía referencia. En la calle de la Galera estaba “La galera”, que así se llamaban las cárceles de mujeres. Y conocemos algunos oficios porque milagrosamente perviven en algunas calle: La Mosquetera o La Camisera.

Las mujeres, como los hombres, fueron propietarias de corrales, hornos y mesones. En la calle Marigaita estaba el Corral de la Marigaita, donde se fundió la campana de la Torrenueva. Y, en su época, fueron muy famosas la calle del Forno de Margarita Peco y la calle del Mesón de la Dama.

Los listados y apéndices

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Los listados reflejan de forma meridiana las ausencias. Bien se hubieran merecido una calle Aurora Miret o María Liria, las primeras concejalas del Ayuntamiento de Zaragoza, allá por el año 1927.

Los apéndices finales sugieren cómo se ha ido creando el tejido social urbano. Pretenden ser una radiografía, clara y sencilla, de nuestra conquista del espacio.

Gracias a estos apéndices, sabemos que hay más nombres femeninos en los barrios que en el centro. Y que las mujeres del centro son casi todas santas y  heroínas. No convenía que los grandes burgueses vivieran en una calle con nombre de jota. Así que todas las joteras fueron desterradas al Arrabal, donde se creó el Barrio de la Jota. Que eso de cantar la jota está bien para las Fiestas del Pilar y para que nos conozcan los turistas. Pero de ahí a recibir una carta en la calle de Pascuala Perié hay un abismo.

Con una simple ojeada, podemos comprobar que en los barrios, sobre todo en los rurales, hay muchas calles dedicadas a maestras, reivindicadas por sus alumnos y por las juntas de vecinos sensibilizadas con la recuperación de la memoria de las mujeres.

En los apéndices por fechas, podemos ver en qué momentos políticos se nombró a más mujeres. Durante el franquismo le dedicaron una avenida a Isabel la Católica y otra a Germana de Foix, la segunda mujer de Fernando el Católico. Con ellas también llegaron un gran número de abadesas y santas.

En los años ochenta, con los primeros ayuntamientos democráticos, un grupo de escritoras y feministas poblaron El Actur. Rosalía de Castro, Gertrudis Gómez de Avellaneda, María Zambrano, Clara Campoamor, Victoria Kent, Flora Tristán, Rigoberta Menchú, Pilar Miró o Virginia Woolf, entre otras.

En el año 2007  volvieron a entrar muchas mujeres: Amparo Poch, Ana María Navales, Juana Francés, Pilar Sinués, Marie Curie, Penélope Cruz, Pilar Aranda, Andrea de Casamayor y María Domínguez. En el año 2009, más de cuarenta mujeres, procedentes de un amplio espectro social, ocuparon nuevas calles o sustituyeron a viejos nombres del callejero franquista.

Nuestro callejero

Quiere ser una objetivación de la memoria y del olvido de las mujeres. Memoria para las que están, cuyas figuras hemos podido recuperar. Olvido para las que tuvieron dedicada una calle, pero se la quitaron, como le sucedió a la Baronesa de Purroy. Y olvido, también, para las que nunca la tuvieron.

La Zaragoza de las mujeres es un peldaño más en la larga lucha por el espacio público que comenzó hace varios siglos y que todavía no ha terminado.

Pretendemos que, además de ser una herramienta útil para conocer nuestra ciudad, nos ayude a entender que el pensamiento del ser humano corre parejo a las condiciones y estilos de vida de cada época. Y que la igualdad de las mujeres se logrará cuando esas condiciones y estilos de vida sean para ellas más igualitarios.

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Ficha técnica: Carmen Romeo Pemán (dirige), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó (2011): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Editorial: Ayuntamiento de Zaragoza.

Fotos y maquetación: Aurora Verón.

Carmen Romeo Pemán

Sakkara de Teresa Garbi. Un viaje hacia el conocimiento y la trascendencia

Teresa Garbi es una de esas personas que tienen gran capacidad para sorprendernos. A pesar de que hace muchos años que la conozco, cada uno de sus libros es una grata sorpresa. ¡Y ya llevo leídos quince títulos suyos!

Teresa empezó a escribir pronto, pero no publicó hasta 1981. Como muchas escritoras, no quiso dar a conocer sus escritos hasta que no estuvo segura de ofrecer frutos maduros.

Hoy voy a hablar de Sakkara, su último libro, en el que reúne diecisiete relatos. Cada uno tiene su brillo propio, como las facetas de un diamante. Y entre todos contribuyen al esplendor del conjunto. Sakkara no es un libro fácil de leer por dos razones fundamentales. Una, por su gran complejidad narrativa. Y otra, por la gran profundidad filosófica.

En cada relato, Teresa ensaya una forma de contar. Precisamente, por esa riqueza narrativa, podemos perder el hilo que engarza los diecisiete relatos. Pero, si leemos con atención, apreciamos cómo la autora va diseminando los indicios que nos permiten ver la totalidad.

Los más importantes son los símbolos que se repiten. Desde el principio hasta el final nos encontramos con la sombra, la arena y la rutina, que todo lo igualan. Y estos tres símbolos básicos vienen acompañados por unos temas recurrentes, como por ejemplo: el frustrado deseo de eternidad o el destructivo paso del tiempo.

A mí la luz me vino leyendo el relato La vía. La narradora ve a un hombre atropellado  en un trozo de una vía antigua por la que ya no pasa ninguno. Al principio el suceso me pareció absurdo, incluso pensé en el realismo mágico. Pero ¡no! Con este relato, es decir, con la palabra escrita, intenta recuperar una escena que fue cotidiana en el pasado y que ya ha dejado de suceder. Es una escena que solo pueden conocerla bien los que han vivido junto a una vía de tren. En La vía, se sirve de un recuerdo para reconstruir lo que era habitual en el pasado. La literatura nos devuelve lo que habíamos olvidado por el efecto demoledor de la rutina. En la página 127 leemos: Siempre deberían dejar un recuerdo de lo que hemos sido de niños. Y yo he nacido oyendo el ruido del tren. He visto muchos accidentes como este. Son todos iguales. Tal vez nos hayamos encontrado allí, en uno de ellos. Y en la 128: ¿Qué más da que nos haya ocurrido si mañana lo habremos olvidado?

Líneas en la puerta es otro relato que nos ayuda a entender el resto del libro. Las líneas de la puerta se convierten en una nueva metáfora del pasado que queremos recuperar. Esas líneas son las marcas que hizo una madre para comprobar cómo crecía su hijo. En realidad, son las huellas que quedan en el alma de la madre. Funcionan como el clavo de Rosalía de Castro o la espina de Antonio Machado, como metáforas del dolor de la ausencia que da sentido a la vida posterior.

En Sakkara encontramos un conjunto de relatos con mucha anécdota. Son historias muy bien contadas, en espacios reconocibles para el lector. Por ejemplo: el primer relato, el que da nombre al libro, transcurre en Egipto,  Pobreza sucede en Colombia y Acoso en el Pirineo. Otros reescriben la historia: Caín y Abel está ambientado en la Guerra Civil, con un punto de vista muy original. Estos relatos con anécdota tienen las tramas muy elaboradas, como sucede en: Tortura, Villamediana y El color de las grosellas. Son un puñado de historias de denuncia y de protesta que podrían ser el anticipo de futuras novelas. Algunos parecen el resultado de viajes de la autora, en los que lo exótico nos lleva a temas transcendentes. Estos viajes funcionan como metáforas del gran viaje que es el libro y del viaje de la vida.

Los relatos de mucha trama van alternando con otros sin anécdota. Son verdaderos momentos poéticos, cuyas claves están en los relatos con anécdota. Parada en blanco es una reflexión sobre el tiempo detenido. En La masa gris, acompañamos a la narradora, una especie de muerta viva, como las voces de los mejores poemas de Juan Ramón. Palabras para una piedra, Sombras y Al otro lado más que relatos son poemas en prosa que sintetizan la esencia del libro.

Este breve recorrido por el mundo de Teresa Garbi nos lleva a una reflexión sobre la sombra. En el primer relato, Alí, el niño protagonista, dice que la pirámide Sakkara se está cayendo, cuando ve que los escalones se borran, derrumbados unos sobre otros. Entonces el amo le señala un montículo de arena, sombra de lo que pudo ser otra pirámide. El penúltimo se llama Sombras y carece de anécdota narrativa. Pero nos aclara el símbolo que nos ha venido persiguiendo en las 142 páginas anteriores. Estas sombras de Teresa me han asombrado como la negra sombra que asombraba a Rosalía de Castro. Hasta aquí el libro es un anhelo de eternidad que ve frustrado con las sombras y con el dolor de este lado de la vida.

Pero el libro se cierra con Al otro lado, un relato de luz y color. Al acabar su lectura, nos damos cuenta de que, como en San Juan, las sombras se han quedado en esta ladera, en el trajinar de la vida cotidiana. Y en la otra ladera, al otro lado, nos espera la luz.

Cuando llegamos al final, intuimos que los relatos han sido diecisiete escalones en un viaje hacia el conocimiento del ser humano y de su trascendencia.

Sakkara me ha llevado a releer Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, otro viaje hacia el conocimiento y la trascendencia. Y al juntar estas voces, con otras que vienen de la tradición literaria, todo cobra un nuevo significado.

Carmen Romeo Pemán

Presentación de Sakkara en el Paraninfo. 2 de junio de 2016

Teresa Garbí y Carmen Romeo. Presentación de Sakkara en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, dentro de los actos de la Feria del Libro. Zaragoza, 2/06/2016.

Los libros son para el verano

El verano es para leer. Y para ir a la playa, o a la montaña. Visitar ciudades o quedarse en casa. Incluso jugar a Pokemon Go. Sin embargo, con eso de que tenemos vacaciones, nos convencemos a nosotros mismos de que, con más tiempo, también tendremos más ganas de hundir la cabeza en alguno de nuestros libros.

 Os confieso que tengo ganas de leer todo el año. Pero no dispongo del tiempo libre que me gustaría, así que el verano es mi pequeño oasis de felicidad entre el sol, el agua, los mojitos de melón y los libros. Por lo general, leo todo aquello que no me ha dado tiempo durante el resto del curso. Y así, pensando en que el verano me sirve para ponerme al día, me pregunté si a todo el mundo le pasaba como a mi. Y, ¿por qué no preguntarlo? ¿cómo?, pensaréis. Pues a través de mi cuenta de Twitter.

Encuesta

Cincuenta y una personas respondieron. ¡Cincuenta y una! Algunos creerán que es poco, pero pensad en todas esas empresas de cosmética que lanzan productos, con los que ganan millones de euros, que están testados por unas veinte personas como mucho. Así pues, creedme, la mía es una buena muestra.

 Como veis, Twitter solo me dejaba poner cuatro opciones. Mi intención es aconsejaros algunos libros de cada categoría para lo que queda de agosto. Y que os guardéis el resto para las próximas vacaciones. O para el resto del año. No penséis que voy a sacar el látigo si decidís leéroslos en otoño.

Además, mi gente maja de Twitter me ha hecho recomendaciones, así que las he añadido en el apartado ídem.

Este es un post largo. Os doy permiso para que leáis solo lo que corresponde a vuestra categoría. Así de magnánima soy.

Leer en verano lo mismo de siempre

Hay quien, durante todo el año, mantiene el ritmo sin despeinarse. No en vano, Leydhen me preguntó qué diferenciaba una lectura de junio de una de otra época. Y supongo que la clave está en el lector, no en la lectura: las necesidades no tienen por qué cambiar en verano. Eso sí, quienes han escogido esta opción son pocos: únicamente el 10% de los encuestados mantienen el ritmo.

Así pues, ¿qué le puedo aconsejar a quienes leen lo mismo todas las épocas del año?

 Recomendación

No necesitáis ninguna. Es más, quien necesita vuestro consejo soy yo, que no sé cómo lo hacéis. Solo os puedo decir que leáis lo que os salga de las narices, pero que si buscáis salir fuera de vuestra zona de confort, aquí tenéis tres títulos que igual os pueden llamar la atención.

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Dioses menores – Terry Pratchett

Quienes conocen mis gustos saben que no podría haber empezado por ningún otro autor. Mi querido y adorado Terry, que el año pasado decidió ir al paraíso de los orangutanes y dejarnos huérfanos, era un autor inglés de fantasía con un cerebro increíblemente dotado que alguna fuerza miserable decidió robárselo con un Alzheimer muy jodido y peleón.

Es uno de mis libros favoritos y trata sobre Om, un dios que descubre que, aún existiendo toda una estructura eclesiástica encargada de velar por su fe, solo le queda un único creyente. El dios sabe que, cuando ese monje torpe y bonachón muera, su fe y, por tanto, él, morirán. Así, le ayuda a sobrevivir en un escenario peligroso a la vez que intenta recuperar la fe de sus creyentes y el poder que algún día tuvo.

Encontraréis un ensayo sobre religión camuflado entre carcajadas, personajes adorables y una crítica feroz a la jerarquía eclesiástica, entre otras cosas. En mi escala personal tiene un 5 sobre 5, y porque no puede ser un 6 sobre 5. ¡Ah, no!, esperad. Que esta escala es mía. Pues tiene un 6 sobre 5 en mi escala personal. Porque yo lo valgo, pero Terry más.

 Guía del autoestopista galáctico – Douglas Adams

Recuerdo que leí esta serie de libros en el 2001, en la Semana Santa del primer año de facultad. Días después, Adams murió y me sentí miserable por no haberlo conocido antes. Bueno, es evidente que no puedo presentároslo antes de su muerte, pero al menos perpetuaremos su nombre para que nunca muera de verdad.

La historia empieza cuando Arthur Dent descubre que van a demoler su casa para construir una autopista. Al enfrentarse a los constructores, que le dicen que el aviso estaba en un sótano del ayuntamiento y que era culpa suya no haberlo visto, aparece su amigo Ford Perfect que lo arrastra lejos de su casa y de su destrucción. Porque Ford es un extraterrestre que recorre mundos para la empresa “Guía del autoestopista galáctico” y que se dedica a escribir reseñas sobre los planetas que visita. Ford sabe que la Tierra también va a ser demolida para construir una autopista galáctica, y en el último minuto consigue ponerlos a salvo a los dos.

Encontraréis humor, toallas, pensamientos profundos y unos personajes que se anclan en el corazón. Y cuatro libros más, que esto es una pentalogía. En mi escala personal tiene un 5 sobre 5. Ya estáis tardando.

Hatshepsut, la Reina misteriosa – Christiane Desroches Noblecourt

Tengo un problema, y es que la Historia me encanta. Especialmente las sociedades clásicas, empezando por el Antiguo Egipto. Y, sin duda, Hatshepsut, como mujer faraón, es un personaje que siempre me ha llamado la atención.

Desroches Noblecourt es una historiadora que, con su libro, hace honor a esta reina-faraón novelando su vida, desde que es una niña hasta que muere, pasando por el momento en el que se inventa que su padre es el propio Dios Amón y, por tanto, merece ser reina por encima de todas las cosas.

Encontraréis historia, pasiones desatadas y ambición. En mi escala personal tiene un 4 sobre 5.

Leer en verano algo ligero

Ay, amigos. Cómo os entiendo a los que habéis escogido esta opción. Hay junios en los que tengo el cerebro tan frito que lo único que puedo hacer es leer algo que no me haga pensar. Una lectura rápida, amena, ágil. Que bastante sufrimos durante el año como para tener, encima, que hacerlo en verano.

 Recomendación

Os traigo tres libros ligeros, fáciles de leer, de diferentes temáticas y géneros.

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La Reina Roja – Victoria Aveyard

Una opción socorrida es tirar de YA, es decir, el género Young Adult o Adulto joven, que suele ser lo suficiente fácil de leer como para dejar el cerebro en stand by y seguir la historia sin problemas. Pero no siempre es sencillo, sobre todo si se ha dejado la adolescencia lejos, encontrar un libro que no haga que queramos abofetear al protagonista.

En este caso, La Reina Roja es una novela escrita en primera persona que mezcla distopía, ciencia ficción y fantasía en una misma novela. En un futuro que no sabemos cómo de lejano es, la sociedad se divide en rojos y plateados, estos últimos dotados por una magia que viene dada por el color plata de su sangre. Así, los pobres rojos que son normales y corrientes, viven en semi esclavitud por la élite plateada.

Encontraréis magia, amor y conspiraciones políticas, y en mi escala personal le he puesto un 3 sobre 5.

Contrato con Dios – Juan Gómez-Jurado

Juan Gómez-Jurado me cae bien. No es que me vaya a tomar cafés con él asiduamente, ojalá, pero me gusta lo que leo de él en su Twitter. Por eso me lancé con Contrato con Dios, una novela de 2010, a cuyo protagonista, Anthony Fowler, ya conocen los fans del autor porque es el cura-espía que protagonizó Espía de Dios. Y yo, como soy así, me leí el segundo antes de leerme el primero, pero es que no hace falta leerlos en orden que son autoconclusivos.

Así pues, en Contrato con Dios, este agente doble de la CIA y la Santa Alianza busca una pieza de un mapa que le puede llevar a conseguir el Arca de la Alianza. En el tesoro no solo está interesada la CIA, sino también un millonario estadounidense que crea una expedición en la que se cuelan agentes de la Mosad, terroristas islámicos e, incluso, una periodista española.

Encontraréis tiros, acción, un poco de roce entre sábanas y muchas conspiraciones. En mi escala personal le he puesto un 4 sobre 5, que me entretuvo mucho.

 Yo antes de ti – Jojo Moyes

Bueno, a ver. Podéis perseguirme con una campana y decirme con voz firme y calmada “¡vergüenza!” entre tañido y tañido porque, no, no me he leído este libro. Pero se ha hecho la película este año con la guapísima Emilia Clarke (Daenerys de la Tormenta, La que no arde, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones), que también me cae fantásticamente bien porque nadie que mueva las cejas como lo hace ella puede ser mala persona, así que, ¿por qué no?

El libro va sobre una muchacha que entra al cuidado de un chaval rico y guapo y, también, un poco malandrín, que en un accidente se queda en una silla de ruedas. Tenéis la película en el cine, o la habéis tenido, no lo sé. Desgraciadamente, desde que tengo un bebé en casa, el cine ya no es una opción así que estoy desconectada. Pero ya me entendéis.

Encontraréis amor y muchas lágrimas, y no os puedo decir nada sobre mi escala personal porque no lo he leído. Así que si os lo leéis o alguien ya lo ha hecho, por favor, ponedle una nota por mí y decídmela.

Leer en verano lo que tengo pendiente

Esta es la opción ganadora y, además, la mía. Un 65% de los encuestados intenta ponerse al día en verano. Qué queréis que os diga, me hace sentir un poco mejor ver que no soy la única que es un poco desastre durante el año. No, no os estoy llamando desastres. Bueno, un poco sí, pero es que aceptarlo es el primer paso para cambiarlo, ¿no?

Recomendación

En este caso, os voy a poner mis pendientes de años anteriores, a ver si os descubro algo nuevo. Aunque de nuevos, sinceramente, tienen poco.

Pendiente

Cuentos de Chéjov – Anton Chekhov

Chekhov (o Chéjov) tiene una cita sobre narrativa que repite todo el mundo, la entiendan o no, y viene a decir que, cuando escribes, lo importante no es contar sino mostrar. Es decir: mejor que un narrador cuente que el protagonista tiene los dientes carcomidos y la ropa hecha jirones a que ponga, literalmente, que es pobre. Y en el arte de mostrar, no hay mejor ejecutor que Chéjov. Por eso disfruté tanto sus cuentos, y creo que aprendí bastante de él.

Es difícil definir la temática porque, al ser cuentos, cada uno son de su padre y de su madre, pero básicamente nos muestra la cotidianidad de la Rusia del XIX de ricos, pobres, habitantes rurales y de ciudades. Lo único que es permanente, lo único que aparece en todos sus relatos, es el samovar (para que no os pase como a mi y no lo tengáis que buscar: una tetera rusa) y su capacidad de describir el carácter complejo de un personaje con una sola frase.

Encontraréis tristeza, pasiones, vodka, maravillas y decadencia, y en mi escala personal le he puesto un 5 sobre 5.

 El último deseo – Andrzej Sapkowski

Si hay aquí algún friki de Juego de tronos, que sepáis que nuestro querido Andrzej lleva tantos años escribiendo como R. R. Martin y que, además, tiene a sus espaldas una legión de fans capaz de despellejar a cualquiera que critique a su famosísimo Geralt de Rivia.

En este libro, el primero de siete, el autor recoge una serie de cuentos cortos de las aventuras de Geralt, un brujo que se gana la vida combatiendo monstruos que podrían poblar las pesadillas de Stephen King. La dinámica del libro es amena, y la narración rápida y llena de detalles que te llevan al mundo fantástico de Sapkowski en un abrir y cerrar de ojos. Las batallas son una delicia y los personajes no están idealizados, algo bastante común en el género.

Encontraréis monstruos, prostitutas, magia y batallas, pero también humor y personajes muy redondos, muchos de ellos mujeres, cosa que personalmente agradezco. En mi escala personal tiene un 4 sobre 5.

Ubik – Philip K. Dick

Por supuesto, no podía faltar la ciencia ficción en este post. Ya sabéis que es uno de los géneros que más me gustan y con el que tonteo de vez en cuando, y qué mejor lectura que Philip K. Dick.

La única que me quedaba por leer del autor, y que también cayó el verano pasado, es Ubik, una novela escrita en 1969 y ambientada en 1992, cuando el viaje a la luna es algo común, hay telépatas hasta debajo de las piedras y se mantiene a los muertos en estado de semivida para poder contactar con sus conciencias. Joe, el protagonista, viaja a la Luna con su jefe porque tienen un problema de espías telepáticos infiltrados en la empresa. Ahí, ocurre un accidente del que sobrevive junto con el resto de la expedición pero su jefe desaparece. Una vez en la tierra, recibe mensajes en lugares extraños de su jefe y la realidad empieza a tambalearse. Lo único seguro, aquello que es estable, es un producto llamado Ubik y que da una pista a Joe de qué se puede encontrar.

Este libro tiene unas cuentas interpretaciones, pero no voy a ser yo quien os las explique porque creo que es indispensable que os lo leáis. Solo os digo que es una distopía en la que se habla, sobre todo, de la vida después de la muerte.

Encontraréis multiversos, muertos que se comunican y Ubik, mucho Ubik. En mi escala personal le he puesto un 5 sobre 5.

Leer en verano recomendaciones

Curiosamente, este es el apartado menos votado. Me sorprendió porque yo me dejo aconsejar bastante. Es que, si me dejas suelta en una librería, empiezo a ver tomos y tomos y, si no tengo una guía, me empiezo agobiar porque no sé cuál escoger. Así, o salgo habiéndome gastado medio sueldo o sin un solo libro y llorando de pena.

 Como ya os he hecho muchas recomendaciones, aproveché que la gente en Twitter es super maja y pregunté qué me recomendaban. Aquí tenéis unos cuantos.

 Paula Jarrin nos recomienda Dos amigas, la tetralogía de la Elena Ferrante. Trata la historia de dos mujeres, una contrapuesta a la otra, que empieza en los años 50 del siglo pasado hasta la actualidad. Tiene un marcado aire feminista* y, por las críticas que he leído en Internet, no se corta en detalles bellos y brutales que impactan a sus lectores.

Samarkanda nos recomienda Cosecha Roja de Dashiell Hammet, o cualquiera de este autor. En el caso de Cosecha Roja, encontramos a un detective sin ningún tipo de atractivo físico pero con gran audacia para resolver crímenes. Eso sí, tiene que currárselo pateándose las calles y manchándose las manos. Desde luego, una buena recomendación.

[a] [low@hell #] nos recomienda La isla, de Aldous Huxley. Si sois como yo, os habréis leído su imprescindible Un Mundo feliz, ¿verdad? Pues, según Wikipedia, La isla es su contrapunto. Trata de un periodista que llega a una isla donde el amor por la vida está por encima de todo lo demás. Qué, llama la atención, ¿eh? También nos recomienda cualquier libro de Preston & Child que tenga a Pendergast como protagonista.

Malapata nos recomienda dos libros: Desgracia, de J. M. Coetzee que, según él es deprimente pero es un favorito así que seguro que vale la pena. El protagonista, después de enamorarse y perder de vista a una prostituta al que era asiduo, se lía con una alumna de la universidad en la que da clase. Cuando se destapa el affaire, antes de pedir perdón decide abandonar su puesto e irse a casa de su hija, donde se destruirán todas sus creencias.

Además nos recomienda una colección de relatos fantásticos de Tim Pratt, Hic Sunt dracones (“Aquí hay dragones”, en latín), un título que referencia a los mapas antiguos pero, también, al increíble imaginario de Pratt.

Joan melenchón nos recomienda El bosque de los zorros, de Arto Paasilinna. Me cuesta situar esta novela en algún género, así que os dejo su sinopsis: un gánster debe esconderse en la tundra noruega para protegerse de unos esbirros que van en busca de un botín por el que fueron encarcelados. Ahí se encuentra con un comandante alcoholizado y una nonagenaria que se ha escapado de un asilo. Es una historia de huida e, imagino, también de encuentro.

Y, por último pero no por eso menos importante, CartDestr nos recomienda Teo va de vacaciones. Si es que no me digáis que no es amor. Sin embargo, además de ser un amor  es un chico con muy buen gusto, y nos cuenta que le encantó El curioso incidente del perro a medianoche. Esta novela nos presenta a Christopher, un adolescente con Asperger que decide investigar la muerte del perro de su vecina. Este hecho hace que se enfrente a situaciones impensables para él y, así, demostrarse que es capaz de cualquier cosa.

 Espero que os acordéis de este post cuando estéis decidiendo qué libro os va a acompañar en vuestras vacaciones. Eso sí, no olvidéis dejar vuestras propias recomendaciones en los comentarios o en nuestro Facebook, que así me ayudáis a hacer el post del verano que viene.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Davide Ragusa

*Aprovecho para recordar, que el otro día vi que se suele confundir el término, que el feminismo busca la equiparación en derechos y obligaciones de hombres y mujeres, no la supremacía de la mujer sobre el hombre.