Nuestra imagen en las redes

Hace un par de meses leí un artículo de Cris Mandarica: Por qué no quiero ser como Ana González Duque. Es una reflexión sobre esa especie de envidia, no sé si sana o patológica, que hace que muchas personas quieran ser como otras a las que admiran. La autora derrocha sentido común e incluye una cita textual de Jaume Vicent: “Deja de intentar hacer lo que hacen ellas. No quieras copiar a nadie. Si no tienes el mismo talento, no te saldrá bien y, si lo tienes, no lo desperdicies copiando a nadie”. La idea me gustó y empecé a escribir un comentario. Pero era tan largo que al final acabé redactando este artículo. Y es que eso tan traído y llevado de la “imagen” siempre ha dado de qué hablar.

Hace pocos años, la opinión que teníamos de los demás o, incluso, la cara que decidíamos mostrar al mundo podía apoyarse en unos pocos pilares: intercambio de cartas con amigos, cotilleos con el compañero de pupitre del cole, o del compañero de trabajo y alguna que otra cosilla. Recuerdo la increíble emoción que me producía tener que esperar unos días o unas horas el revelado de un carrete de treinta y seis fotos en la tienda para saber si en alguna salíamos tan favorecidos como los actores de la cartelera de cine local.

Peeeeroooo, hoy las cosas han cambiado. Y mucho.

Han cambiado tanto que casi podemos elegir a la carta la imagen que queremos que el mundo tenga de nosotros. Como médico os diría que pensarais en los avances de la cirugía estética, pero este artículo me ha venido inspirado por mi pasión, la escritura, y no por mi profesión, así que prefiero tocar otros aspectos más generales que el simple cambio físico.

Ya no dependemos de esas fotos planas de dos dimensiones. Hoy contamos con herramientas para crear un perfil tridimensional y con múltiples facetas. De hecho, esas facetas son tantas que me limitaré a dos de ellas: cómo vendemos nuestra imagen y cómo consiguen los demás que compremos la suya.

La imagen propia

Para los valientes, están los quirófanos. Para los cobardes, la resignación o el Photoshop. Total, hay amigos virtuales a los que nunca veremos cara a cara, así que siempre está la posibilidad de hacerse miles de selfies sabiendo que, igual que cuando escribes mil artículos te saldrá uno genial, en una de las fotos aparecerá tu imagen ideal. Y ya solo nos quedará usar esa foto en nuestro perfil. Listo. Ojo, y si nuestra autoestima estuviera bajo mínimos, siempre podríamos usar un maravilloso paisaje o una frase zen escrita sobre un fondo de mariposas de colores.

Y ya con la foto fija, pasemos a la película. Si tenemos un blog, hay que currarse muy bien el apartado “Sobre mí”, o “Acerca de mí”, o como queramos llamarlo. En Google he encontrado un artículo de Javi Pastor que hablaba sobre esto y que me ha hecho sonreír porque empieza directamente con un enlace a la primera versión de su “Sobre mí”. Me ha picado la curiosidad y me ha sorprendido la gran diferencia entre las dos versiones, antigua y nueva, de ese apartado. A continuación, he pensado que soy una persona afortunada, porque cuando me embarqué con tanta alegría en nuestro proyecto de Letras desde Mocade no tenía ni pajolera idea de dónde me estaba metiendo. Menos mal que el apartado sobre nosotras lo escribió Carla, con tanto cariño como arte, y me libró así de un marrón que ni siquiera sabía que existía. Porque no es fácil escribir sobre una misma, la verdad.

Lo de tener un blog, por supuesto, no es imprescindible. Cualquiera, aunque no lo tenga, puede venderse como guste escribiendo sobre lo humano y lo divino en las redes sociales y desnudar su alma ante el mundo. Que ese desnudo sea sincero o real es otra historia. Y no es fácil descubrir a un mentiroso, salvo que nuestro vecino publique en su Facebook que canta como un ángel, y estemos hartos de oírlo desafinar en la ducha a través del tabique.

Y eso nos lleva a profundizar más en el tema: ¿qué cuento, de qué hablo?, ¿de mis gustos?, ¿de mis méritos?, ¿de mis ideas? Pueeessss… a ver, eso depende. ¿A quién quiero llegar?, ¿a muchos?, ¿conocidos?, ¿desconocidos?, ¿estoy aquí por hobby, o quiero que esto sea para mí un trabajo lucrativo? Yo, por ejemplo, iba a escribir la pregunta anterior terminando con “¿quiero que sea para mí un trabajo serio?” Y he cambiado lo de serio por lo de lucrativo porque pretendo seguir ganándome el pan como médico, pero me tomo la escritura cada vez más en serio, aunque tengo clarísimo que se trata de una afición.

Es decir que, a pesar de que mi artículo va de la imagen en plan teórico, no quiero dar la impresión de que escribo a la ligera. Mientras estoy dándole a las teclas sé que cada palabra es una pincelada que hará que quien me lea se forme de mí una imagen concreta. Y con eso me convierto en un ejemplo práctico de lo que intento transmitir aquí.

La imagen ajena

Cualquier persona que decida convertirse en personaje, más o menos público, cuando se integre en las redes sociales se encontrará con un montón de congéneres que andan en lo mismo que él, es decir, en busca de relaciones. Y esas relaciones, ya sean amorosas, laborales o de amistad, se basarán en la imagen que nos formemos de la otra persona. Fácil, diréis. Pues no. Y voy a usar como ejemplo las relaciones de pareja, aunque la idea se puede generalizar a las demás.

Hace años conocías a alguien, te enamorabas, y cuando llegabas a los dos o tres años de noviazgo y tu chico dejaba de comprarte flores, o te invitaba a ver una peli del Oeste en lugar de la de Brad Pitt, simplemente te mosqueabas con él, o le ponías morros, hasta que al final aclarabais las cosas. O, si el amor no era muy sólido, cortabas la relación y punto.

Hoy, si se presenta un problema con tu costilla, basta con sumergirte en las redes en busca de un sustituto. En el mundo virtual hay tantos príncipes y princesas azules, rosas, y de color indefinido, que estamos convencidos de que podemos dar con nuestro ideal. Y tarde o temprano esa nueva pareja también mostrará alguna grieta que hará que perdamos de nuevo la ilusión. Y vuelta a empezar. Que el amor al principio siempre es algo romántico, pero luego entra en juego la versión 2.0 y ya no es tan fácil amar también los defectos del amado. Quiero aclarar que echo mano de este ejemplo parcial y extremo para poner el dedo en la llaga. Porque, por supuesto, las redes sociales son mucho más que ese lugar virtual de encuentros sentimentales. Yo las defiendo, las uso y las disfruto. Y la prueba evidente es que estáis leyendo mi artículo.

Por otra parte, me parece un poco irónico que esas redes que, en principio, fueron una manera de acortar distancias entre seres queridos, se hayan convertido a veces en pequeños, o no tan pequeños, enfants terribles. Os pondré algunas pinceladas:

Whatsapp. ¿Por qué sentimos como un agravio personal que no nos respondan cuando vemos las dos líneas azules y sabemos que nos han leído? ¿Por qué usamos a veces nuestro estado para lastimar a alguien con indirectas o alusiones que cualquiera puede interpretar a voluntad? ¿Y qué diríais de los bloqueos y desbloqueos pasionales? Si no aplicamos un poco de sentido común a las conversaciones de Whatsapp, posiblemente nuestro mundo se asemeje al caos de una clase de párvulos con la profesora ausente. Y lo malo es cuando se trata de adultos y no de niños. Mirad si no esta parodia sobre la conversación de Whatsapp en un grupo de padres de un colegio.

Twitter. De este, ni hablo. Que es mi asignatura pendiente y el pajarito me tiene loca. Y conste que me encantaría dominarlo, porque lo de los 280 caracteres sería un extraordinario campo de entrenamiento para conseguir dominar mi tendencia a extenderme cuando escribo sobre lo que sea.

Instagram. Quien sepa sacarle partido tiene ahí una espléndida herramienta de marketing. Puede vendernos cualquier historia, y da igual que sea verdadera o falsa. Y podemos enamorarnos de alguien que se pasa la vida colgando fotos de museos y luego a lo mejor resulta que en su vida ha puesto el pie en ninguno.

Facebook. Quizá es la estrella de la película. Es algo así como la Wikipedia de lo personal. ¿Queremos saber por dónde anda nuestro ex? Pues a cotillear se ha dicho. ¿Nos vamos de viaje? Pues a colgar cuantas más fotos mejor, que la envidia ajena hace que algunos sientan que ascienden en el escalafón del valor personal. ¿Vemos una foto del novio de nuestra mejor amiga sonriendo, y sabemos que acaban de terminar? En seguida llegamos a la conclusión de que seguro que hay “otra” que le hace sonreír así después de haberle partido el corazón a nuestra compañera del alma. Porque no se nos puede ocurrir que, a lo mejor, también está tan triste que su madre le ha comprado un perro, o un mono, y por eso sonríe… ¿Verdad? Todos somos expertos en interpretar señales sin pensar que podemos equivocarnos al hacerlo.

Dejar de vivir de cara a la galería

Los avances tecnológicos han hecho que las relaciones entre las personas hayan evolucionado mucho en muy poco tiempo. Pero yo sigo defendiendo la idea de que vale la pena tener una buena imagen de nosotros mismos y de los demás. Sigue vigente eso de que “la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo”. Y una buena imagen solo se consigue si nos cuidamos para obtenerla. Ojalá tengamos todos sentido común para el manejo emocional de todas esas herramientas que hacen de la imagen propia y ajena una plastilina que cada vez podemos moldear más y mejor… o más y peor. De nosotros dependerá.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

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La vocación de Ricardo

Tictac, tictac, tictac…

Un sonido se extiende por toda la casa. Se abre paso entre las paredes, se arrastra por debajo de la puerta. Llega hasta los oídos de Lía y se acompasa con los latidos de su corazón, como si los segundos se le metieran entre las venas y marcaran el inicio de otra noche de insomnio.

Se frota los ojos con las manos y busca el interruptor a tientas. Le toma unos segundos acostumbrarse al resplandor de la bombilla. Se pasa dos dedos por la boca y aprieta el labio inferior entre los dientes. Mira de reojo el sobre que está en la mesita de noche. “¿A quién se le ocurre mandar una carta cuando se puede mandar un mail?”, piensa.

Se sacude las manos. Se rasca un poco la cabeza y finalmente se levanta. Camina en círculos y hace estaciones en la ventana, en el armario y en la puerta. Sale de la habitación hacia la cocina. Prepara un poco de té negro y regresa a la cama. Se queda unos minutos sentada en silencio. Mira la carta y repara en la caligrafía con la que está escrito su nombre. Señorita Lía Consuegra. “Debió hacer un curso de caligrafía si iba a mandar cartas” piensa mientras se calienta las manos con la taza.

Los pensamientos de Lía vienen y van. No se atreve a abrir la carta que Ricardo le dejó por la mañana. “Cinco años de noviazgo y ayer me decís que esto no sigue adelante porque te vas al seminario. Con lo mujeriego que sos, ya quisiera verte con sotana. A menos que ahora resulte que te afloró la vocación por mi culpa. ¡A la mierda!”. Lía aprieta la taza con las manos temblorosas. El té le salpica los dedos. La deja sobre la mesita y coge la carta. La arruga con fuerza y rompe parte del sobre. Se pasa la mano por la frente, suspira y la abre.

“Amor. Sé que no quieres verme y no te culpo. Si yo estuviera en tu lugar también estaría muy disgustado. Hemos vivido momentos maravillosos. Eres, sin temor a equivocarme, la mejor mujer que he conocido en mi vida”.

La carta tiembla entre las manos de Lía. “Después de todo resultó poeta este malnacido, ni sé para qué leo esta farsa”. A pesar del malhumor que tiene, Lía sigue leyendo, incapaz de detenerse. Se propone llegar hasta la última línea o la curiosidad terminará por devorarla.

“Sé que te estarás preguntando: ¿Por qué me escribe una carta y no me manda un mail? Pero tengo una buena explicación. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Esa noche que tenías puesto el vestidito azul que tanto me gusta, con el que se te ven las nalgas todas paraditas? De solo imaginarte. ¡Ay, Lía, qué ganas me dan de tenerte entre mis brazos! ¿Te acuerdas de aquel diciembre? Cuando nos hicimos novios hacía poco que había estado de cumpleaños y me regalaste un cuaderno con hojas blancas para que escribiera nuestra historia. Te quedó sonando que te dije que quería ser escritor algún día, pero cuando me viste la letra soltaste una carcajada que casi no pudiste decirme que tenía la letra más fea que habías visto, que habría sido mejor si me hubieras regalado un computador. Te puedo imaginar en este momento maldiciendo mi mala letra con esta carta en tus manos. ¡Cómo te quiero! Ayer no quería despedirme así, ni siquiera me dejaste terminar. Quizá debería haberlo hecho de otra manera, pero es que apenas te dije que me iba al seminario y que necesitaba tiempo, empezaste a gritar como una loca y a pegarme. Se me retorcieron las tripas cuando la señora Flora intervino al oírte, que hasta marica me llamaste. Cuando se puso en medio de los dos, me gritó con los ojos encendidos: “No se deje mijo. Muy bueno que se va a separar de esta loca”, pero tú sabes que te quiero. Te amo. Anoche no te pude contar mis planes. No me dejaste. Y la mejor parte era que no solo eran míos, mi amor. Eran, y son, de los dos. Espero que todavía estés leyendo, porque te iba a contar que me voy a un seminario para escritores. Mi tío Arnulfo me consiguió una beca, los estudios son en Italia y se demoran tres años. Mi vida, voy a empezar a trabajar en mi sueño, a ver si dejo de escribir como la mierda. ¿No te sientes muy feliz por mí? Por fin voy a dar un paso verdadero para hacer lo que me gusta. Te quiero proponer que nos vayamos juntos. Yo arranco primero y me instalo y después tú llegas y nos casamos allá. ¿Te imaginas? Asómate a la ventana que voy a estar esperándote hasta la madrugada del viernes, para que me digas que sí. Vive este sueño conmigo, mi amor. Te amo. Siempre tuyo. Richi”.

Lía suelta un grito que retumba por toda la casa. Se levanta de la cama abrazando la carta y dando saltos. La señora Flora sale de su dormitorio con los rulos en la cabeza y una levantadora que deja ver sus brotadas pantorrillas. Se ajusta el cinturón y mira la puerta de la habitación de Lía.

—¡Deja de gritar maldita loca! ¡Eh! ¿Cuándo me libraré de esta desquiciada? ¡Señor, dale oficio a ver si me deja de joder!

Lía abre la puerta y le responde con los brazos levantados.

—¡Tía Flora! ¡Me voy pa’ Italia! ¡Bien lejos pa’ que vos dejes de joderme la vida! ¡Te imaginas la dicha!

—¡Siempre es que hay mucho entelerido en este mundo, mija, y mucha boba con suerte! ¡Que Dios la bendiga pues y que desocupe rapidito la casa!

Lía se apresura a asomarse a la ventana y saca la cabeza. Ve sentado a Ricardo en el suelo, recostado sobre la pared, frotándose los hombros con las manos para ahuyentar el frío. Ricardo voltea la cabeza y se levanta al oír a su enamorada. Lía hace señas para que la espere y baja las escaleras deprisa.

—Cómo pude ser tan idiota, mi amor. Perdóname. Yo pensé que te ibas de cura y tenía tanta rabia contigo que, cuando llegó la carta, quería romperla y matarte con ella.

Ricardo sonríe ante las explicaciones de Lía. Se pierde en el abrir y cerrar de sus labios, en el brillo de sus ojos y en el incansable movimiento de sus manos que acompaña cada palabra. Su amada vuelve a ser suya. Es en lo único que puede pensar.

—Entonces, amor, ¿te vienes conmigo?

Lía se lanza a los brazos de Ricardo y entre besos y caricias le dice que sí. Jacinto, el mejor amigo de Ricardo, pasa por la acera de enfrente y participa de la escena. Entre risas le grita a su amigo:

—¡Llévatela para un motel!

Se escuchan las carcajadas de lado a lado. Ricardo sujeta el cuerpo de Lía contra el suyo y mira a Jacinto.

—¡Dijo que sí!

Mónica Solano

 

 

Imagen de Mikali

 

Profesoras aragonesas en un callejero paritario

En el año 1948 Agustina Rodríguez obtuvo el traslado al barrio zaragozano de Santa Isabel. Cuando llegó no tenía local para dar clases ni tampoco vivienda. Construyó, con su marido, una casa escuela y la alquiló al Ayuntamiento. Dedicaron la planta baja a vivienda y usaron la primera como aula. Agustina es un ejemplo más de los muchos maestros que dejaron lo mejor de sus vidas enseñando a los niños, aunque para ello tuvieran que realizar actos heroicos que, en principio, nada tenían que ver con su profesión.

Agustina Rodríguez, diez maestras más, dos profesoras de instituto y tres de universidad, se han ganado a pulso estar en el callejero de Zaragoza. Las dieciséis han sido unas campeonas. O mejor dicho, unas heroínas, por aquello de que en el Callejero de 1863 se honraba, con nombres y apellidos, a las primeras “Heroínas de los Sitios”: mujeres que defendieron la ciudad de los ataques de los franceses en los dos sitios que sufrió Zaragoza durante la Guerra de la Independencia.

Estas dieciséis profesoras han entrado tarde, muy tarde, más de cien años después que las heroínas. Casi todas están en los barrios rurales, donde más se reconoció la labor de alfabetización.

En 1983: Manolita Marco y Pilar Figueras, dos maestras carismáticas del barrio de Juslibol, fueron las primeras.

En 1997: Matilde Sangüesa, la maestra del Arrabal. Y dos del barrio de Santa Isabel: Agustina Rodríguez, maestra, y Pilar Lapuente, profesora universitaria.

En 1999: Águeda Centenera, maestra de Garrapinillos.

En 2006: Pilar Cuartero, maestra, y Joaquina Zamora, profesora de instituto, en el Actur. Avelina Tovar, maestra, en Santa Isabel.

En 2007: Angela López, profesora universitaria, en el distrito de su Universidad.

En 2009: María Teresa Giral, maestra de Montañana, y María Sánchez Arbós, maestra, en un camino que lleva a Juslibol. Ese mismo año se cambió el nombre de una calle del Picarral por el de Sara Maynar, profesora de instituto.

En 2010: María Pilar Almenar, María Pilar Gea, maestras, en Movera.

En 2011: María Jesús Ibáñez, profesora universitaria, en unos jardines de la zona de la Expo.

ONCE MAESTRAS

Marco Monje, Doña Manolita. (Morata de Jiloca, 1913-Zaragoza, 1994). Era la mayor de los cuatro hijos de Florencio Marco y Petra Monje. Estudió Magisterio en el Colegio de Santa Ana de Zaragoza y comenzó su carrera profesional en Caspe. Desde los veintiún años hasta casi su jubilación estuvo de maestra en Juslibol, en la escuela “Juan Enrique Iranzo”. Alfabetizó a tres generaciones, realizó una gran labor social y dejó una profunda huella entre sus alumnas y en el barrio. Tres años antes de jubilarse se trasladó al grupo escolar “Santo Domingo”, en la calle Predicadores. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una de las calles más céntricas del barrio de Juslibol, que había sido solicitada por los vecinos para conservar su memoria.

Figueras Talamas, Pilar. (Zaragoza, 1908-1997). Era la segunda de los cuatro hijos de Domingo Figueras y de Lorenza Talamas. En 1930 acabó Magisterio en Zaragoza. Ejerció en Villanueva de Gállego, Lobera de Onsella, Letux y Alagón. En 1975 se jubiló en el grupo “Juan Enrique Iranzo” de Juslibol, donde había sido maestra y directora. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una calle que había sido solicitada por los vecinos para mantener vivo su recuerdo.

Centenera Gómez, Águeda. (Alovera, Guadalajara, 1902-Zaragoza, 1992). Estudió en Zaragoza, donde vivía con sus tíos: el canónigo Rafael Centenera y su hermana Isabel. Se casó con un empleado de la Confederación Hidrográfica del Ebro. En 1999, los vecinos de Garrapinillos le concedieron una calle para recordar su dedicación a las gentes del barrio.

Rodríguez Rodríguez, Agustina. (Quintana de Sanabria, Zamora, 1915-Barcelona, 2008). Hija Francisco y Encarnación, labradores, estudió magisterio en Zamora. Comenzó haciendo una sustitución en San Román de Sanabria, pero su vida profesional estuvo ligada a Aragón. Sus destinos fueron: Espés Alto, entonces conoció a su futuro marido, Alfredo Ruiz, también maestro, Riglos, Cerveruela, Peraltilla y el barrio de Santa Isabel de Zaragoza, donde estuvo en una escuela mixta con más de sesenta y tres alumnos desde 1948 hasta su jubilación en 1980. Daba repasos y clases de adultos. También preparaba a los alumnos que querían estudiar bachillerato y realizó muchas actividades culturales. A sus ochenta años escribió en ordenador unas memorias en las que da una visión del importante papel de la mujer y de las duras condiciones de vida en el primer cuarto del siglo XX. Pasó de ser una niña que estudiaba con candil a usar tecnologías modernas. Unos días antes de su muerte  se comunicaba por e-mail con sus antiguas alumnas. En 1997 la Comisión de Cultura del barrio de Santa Isabel propuso su nombre para una calle, por su gran labor pedagógica y social.

Sangüesa Castañosa, Matilde. (Zaragoza, 1910-1996). Conocida como la maestra del Arrabal. Pasó su infancia en Jaca y estudió Magisterio en Huesca. Fundó y dirigió su propia escuela privada, “Santa Teresita”, en la plaza de san Gregorio. Según uno de sus antiguos alumnos: “La escuela particular de doña Matilde fue muy popular en el barrio y, además, contó con muchos alumnos que venían desde otras partes de la ciudad. Comenzó a dar clases en su propia casa en tiempos de la guerra. Según la edad, cobraba 3 ó 5 pesetas mensuales. Cada alumno se llevaba su silla. Daban clase con ella dos maestras, también muy populares, Presentación Lanaspa y Pilarín Tovar”. En 1997, a título póstumo y gracias a las gestiones de sus ex-alumnos, se le concedió la medalla de Santa Isabel de Portugal y se puso su nombre a una calle del barrio, justo al lado de la Estación del Norte donde había trabajado su padre como ferroviario.

Cuartero Molinero, Pilar. (Tarazona, 1906-Zaragoza, 1995). Estudió Bachillerato y Magisterio en Zaragoza. En 1929 comenzó a dar clases en su domicilio y, dada la afluencia de alumnos, abrió un colegio privado. En el curso 1932-33 fundó el Colegio Femenino de la Sagrada Familia. Ese mismo año su tío, el sacerdote Salvador Labastida Povar, fundó el Colegio Central-Masculino. El colegio de la Sagrada Familia nació como un centro de preparación para la Escuela de Comercio, Bachillerato, Magisterio y la Academia General Militar. Estuvo ubicado, sucesivamente, en la calle Cuatro de Agosto, Casa Jiménez, Independencia, Sagasta y Bruno Solano. Después tuvo otros emplazamientos y actualmente está en la orilla del Canal Imperial. Pilar Cuartero recibió la Cruz de Alfonso X el Sabio. El año 2006, el Ayuntamiento le dedicó un andador en el barrio del Actur.

Tovar y Andrade, Avelina. (Pontevedra, 1878-Huesca, 1973). Maestra, catedrática y directora de la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Miguel Sánchez de Castro, periodista, maestro y profesor de la Normal. Los dos estuvieron ligados a la Institución Libre de Enseñanza. Acabó los estudios de Magisterio en 1901, y opositó a párvulos. Hasta 1906 ejerció de maestra en Galicia. En 1909, ingresó en el cuerpo de Profesoras Numerarias de Escuelas Normales en Castellón. En 1912 obtuvo una comisión de servicios, cuando la Escuela Normal Femenina de Huesca se trasladó de edificio. En 1915 estuvo en Segovia, de 1916 a 1929 de nuevo en Huesca, de 1929 a 1936 en Zaragoza y, finalmente, otra vez en Huesca hasta 1949, cuando se jubiló como catedrática de Geografía e Historia. Además, como diplomada en sordomudos y ciegos, trabajó con el Colegio de Madrid. Por su labor y por su dedicación al magisterio aragonés fue condecorada con el Lazo de la Cruz Roja y con la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el barrio de Santa Isabel

Giral Pérez, María Teresa. (Burgasé: Huesca, 1907-Barrio de Montañana, Zaragoza, 2003). El curso 1933-1934 estuvo en Ansó (Huesca). En 1934 fue destinada a Montañana donde ejerció hasta 1968. Ese año se trasladó Colegio Público “María Díaz” donde permaneció hasta su jubilación en 1973. Se casó con Lorenzo Oro, maestro del grupo “Venta del Olivar”. Tuvieron dos hijos: Luis Antonio, destacado científico aragonés a quien el Ayuntamiento le concedió la Medalla de Oro (2007) y le dedicó una calle (2009); y Luis Lorenzo, director de colegio “Tío Jorge”. El año 2009 los vecinos del barrio de Montañana quisieron honrar su memoria con el nombre de una de sus calles.

Sánchez Arbós, María. (Huesca, 1889-Madrid, 1976). Estudió Magisterio y Filosofía y Letras. Estuvo muy ligada a la Institución Libre de Enseñanza, colaboró con Menéndez Pidal y asistió a las clases que impartía María Goyri. En 1926 tomó posesión como profesora de la Escuela Normal de Huesca, puesto que abandonó en 1928 para volver a Madrid, donde aprobó unas oposiciones a la dirección de Grupos Escolares. Al final de la guerra fue encarcelada en Ventas, cárcel que dirigía con mano de hierro Carmen Castro, que había sido su alumna en la Escuela Normal de Huesca. Allí coincidió con el fusilamiento de “las trece rosas”, un grupo de trece jóvenes, entre los 18 y 29 años, la mayoría de ellas afiliadas a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). El 5 de agosto de 1939, las jóvenes fueron fusiladas en Madrid por el régimen franquista, acusadas de adhesión a la rebelión. Hoy su nombre preside una glorieta de un parque de Zaragoza. María fue excarcelada en diciembre de 1939. Dos años después fue absuelta por un tribunal militar, pero expulsada del Magisterio, aunque fue rehabilitada en 1952. El año 2009, su nombre sustituyó al del General Varela en una calle que comienza en el camino de Juslibol.

Almenar Bases, María Pilar. (Barrio de Santa Isabel, Zaragoza, 1953). Esta hija de Alejandro y Rosario, conocidos agricultores del barrio, fue alumna de Agustina Rodríguez, que desde 1997 también tiene dedicada una calle en el barrio. Después de los primeros destinos, desde 1982 hasta su jubilación, estuvo en Movera. Veinticinco años en el grupo “Pedro Orós”, cuyo huerto lleva su nombre, y después en “El Espartidero”, donde se jubiló el año 2013. Se especializó en Preescolar y realizó abundantes trabajos de Educación Infantil con María Pilar Gea García. El año 2010, a propuesta de los vecinos, la Alcaldía de Movera solicitó al Ayuntamiento de Zaragoza que dedicara sendas calles a dos de sus maestras: a María Pilar Almenar Bases y a María Pilar Gea García.

Gea García, María Pilar. (Zaragoza, 1953). Pasó su infancia en Ariño (Teruel) donde su madre, Isabel, era maestra y su padre, Aurelio, trabajaba de carpintero en SAMCA. Ejerció en varios pueblos de Teruel y obtuvo destino definitivo en la Escuela Mixta de Ariño. Desde 1978 hasta 2011, estuvo en Movera, en la escuela “Pedro Orós” de la que su marido, José Manuel Ontoria fue director veinticinco años. Una de sus hijas, María Pilar, estuvo de maestra de Ariño, como su madre y su abuela. La otra, Ana Isabel, es veterinaria. La ilusión por la enseñanza que María Pilar recibió de su madre la llevó a una entrega completa a sus alumnos. Se especializó en Preescolar y trabajó principalmente en Primer Ciclo de Primaria. Realizó actividades conjuntas con María Pilar Almenar Bases de Educación Infantil. El año 2010 se dio su nombre a una calle del barrio de Movera.

DOS PROFESORAS DE INSTITUTO

Zamora Sarrate, Joaquina. (Zaragoza, 1898-1999). Fue profesora de dibujo en el Instituto de Enseñanza Media de Zaragoza (1930), en la Escuela Superior de San Fernando (1931), en el colegio “Jesús y María” (1934-36), en Calatayud (1938) y en Tarazona (1950). En 1960 aprobó las oposiciones a cátedras de institutos técnicos. Estudió dibujo y pintura con Enrique Gregorio Rocasolano y se especializó en paisajes, bodegones y retratos. En 1924 obtuvo una beca de pintura de la Diputación Provincial de Zaragoza para estudiar en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando en Madrid. En 1919 participó en una exposición colectiva y en 1933 realizó su primera individual. En 1943 recibió el Primer Premio del Ayuntamiento de Zaragoza en la exposición-concurso “Rincones y jardines” y en 1944 el Primer Premio de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. En 1963 fue nombrada consejera del Centro de Estudios Turiasonenses. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el Actur.

Sara Maynar

Sara Maynar, profesora del Instituto de Alcañiz

Maynar Escanilla, Sara. (Zaragoza, 1906-Burbáguena, Teruel, 1986). Fue la primera abogada de Zaragoza, una de las primeras de España y del mundo. Sara, una chica muy brillante, era la mayor de los cinco hijos de Manuel, un famoso abogado, y de Pilar. Estudió bachillerato en el Instituto Goya, se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras en Zaragoza. En 1930 comenzó a trabajar de abogada civilista en Zaragoza. Al acabar la Guerra Civil ejerció como profesora de Griego y de Lengua en los Institutos de Calatayud, Teruel y Alcañiz. Fue la primera directora del Instituto de Alcañiz y sirvió de modelo a las profesoras posteriores: después de ella hubo cuatro directoras en ese instituto. Cuando se jubiló, acabó su etapa de concejala del Ayuntamiento de Alcañiz y pasó unos años en Zaragoza. Al final de su vida vivió en Burbáguena con su hermana Raquel en el convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. El año 2009 la calle del Picarral que se llamaba Crucero de Baleares pasó a denominarse Sara Maynar.

TRES PROFESORAS DE UNIVERSIDAD

María Jesús IbáñezIbáñez Marcellán, María Jesús (Ateca, 1941-Zaragoza, 1985) Catedrática de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza. Su temprana muerte truncó una brillante carrera docente e investigadora. En 1960 estudio el bachillerato en el Colegio de Santa Ana y Filosofía y Letras en la facultad de Zaragoza. Completó su formación en varias universidades europeas. En 1984 obtuvo la cátedra de Geografía General Física de Zaragoza, donde desarrolló toda su labor docente. Sus trabajos de investigación son un referente en el campo de la Geomorfología y la época Cuaternaria. En 1991 la Asociación Española para Estudios del Cuaternario y la Asociación Española de Geomorfología crearon el premio M. ª Jesús Ibáñez para tesis doctorales sobre dichos temas. Desde el año 2011 lleva su nombre un jardín acuático entre el puente del Tercer Milenio y el Pabellón Puente.

Pilar Lapuente

Pilar Lapuente, profesora de Geológicas

Lapuente Mercadal, Pilar. (Zaragoza, 1959). Desde 1999 es Profesora Titular de Petrología y Geoquímica- Ha publicado numerosas obras y artículos científicos y tiene un reconocido prestigio nacional e internacional. Su infancia y juventud transcurrieron en el seno de una familia (“la de los esquiladores”) asentada en el entonces barrio rural de Santa Isabel. Estudió Geología en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza y se doctoró en 1991. Disfrutó de una Beca Posdoctoral en diversas universidades de Inglaterra donde tuvo la oportunidad de especializarse en el campo de la Mineralogía y Geoquímica aplicadas al estudio del Patrimonio Histórico y Arqueológico. En Junio de 1994, presentó, en la XIV Sesión Científica de la Sociedad Española de Mineralogía, el trabajo “Estudio mineralógico y textural de ladrillos de tres monumentos mudéjares de Calatayud (Zaragoza)”, financiado por la Institución Fernando El Católico de la Diputación de Zaragoza. Por este estudio, desarrollado en la Universidad de Oxford con técnicas de datación por termoluminiscencia, le fue concedido el premio “Medalla Jóvenes investigadores” de la Sociedad Española de Mineralogía, como reconocimiento y estímulo por su aportación en el campo de la Mineralogía Aplicada. La divulgación del premio por los medios de comunicación locales motivó que en 1997 la Comisión de Cultura de Santa Isabel propusiera que le fuese concedido su nombre a una calle.

López Jiménez, Ángela. (Pamplona, 1945-Zaragoza, 2007). Profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Zaragoza, socióloga y feminista, Presidenta del Consejo Económico y Social de Aragón, miembro del Comité Internacional de Expertos para asesorar al Ayuntamiento en materia de innovación urbana y desarrollo de la sociedad de la información. Era licenciada en Sociología Urbana y del Desarrollo por la Universidad Católica de Lovaina y doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó numerosas publicaciones, entre otras: Zaragoza ciudad hablada, Memoria colectiva de las mujeres y los hombres, Arte y parte: jóvenes, cultura y compromiso. Presidió el club de opinión de mujeres La Sabina, perteneció al SIEM (Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer de la Universidad de Zaragoza). Desde el año 2007 tiene dedicada una calle en el distrito de la Universidad.

Para terminar

En realidad, lo de un callejero paritario es un poco irónico. Más que una consecución es una aspiración. En la preparación de la segunda edición de La Zaragoza de las mujeres. Callejero, las autoras hemos constatado que los datos no son alentadores.

De las 3.230 calles de nuestra ciudad, 1.234 llevan nombres propios de varón y sólo 189 están dedicadas a mujeres de carne y hueso. Además, hay 40 dedicadas a santas y 142 a otro tipo de mujeres: reinas, princesas, nombres de películas, cuadros de Goya… Si este es el resultado de una ciudad que ha apostado por la presencia de las mujeres, ¿qué pasará en otras ciudades?

La presencia de estas profesoras nos suscita los nombres de otras muchas que también tuvieron, y tienen, méritos para dar nombre a una calle. Me gustaría que este artículo os sirviera de acicate. Que os animarais a buscar nombres de mujeres con méritos suficientes para denominar las calles de vuestras ciudades y que los propusierais a los ayuntamientos. La conquista de las placas de los espacios públicos es todavía una de nuestras asignaturas pendientes.

Carmen Romeo Pemán

Fuente documental. Romeo Pemán, Carmen (dir), Álvarez Roche, Gloria, Baselga Mantecón, Cristina, Gaudó Gaudó, Concha (2011): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Ayuntamiento de Zaragoza.

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Imagen principal. Agustina Rodríguez, del archivo de la familia Ruiz-Rodríguez.

Los cuentos de la luna

Ríete, niño, que te traigo la luna cuando es preciso.
Miguel Hernández

Desde su cama del hospital el pequeño se conforma con el brillo que queda atrapado en la pared de su habitación. Sabe que, por la noche, la luna le envía un manto de plata, tan tenue que el ojo humano no puede apreciarlo. Pero los ojos del niño son diferentes. Ojos sabios, con mirada de eternidad. Ojos que saben que van a vivir toda una vida en cinco años, seis a lo sumo, si la quimio funciona en esta última intentona. Y ese vivir acelerado dota a sus pupilas de una percepción que va más allá de los sentidos.

Por eso el niño, desde su cama, ve todas las noches un trocito de la luna en la pared de su habitación. Y se enamora de ella. Aunque no sepa que lo que siente se llama amor, porque sus cinco años no manejan todavía esos términos del diccionario. Si pudiera llegar a adulto, lo sabría. Pero el amor y la muerte tampoco entienden de calendarios.

La madre, día tras día y noche tras noche, le da medicinas que ningún médico ha prescrito. Enjuga con sus besos el sudor frío que las drogas hacen nacer en la frente de su pequeño. Deja un reguero de mariposas en forma de caricias que se van posando en esas venas castigadas, venas de soldado veterano que sabe que está perdiendo su última batalla. Rastrilla con sus dedos el cráneo de su ángel, que antes era un mar de trigo rubio con tacto de seda y ahora es un erial reseco. Arropa una piel, frágil como un papel de fumar, que deja adivinar bajo ella ríos azules por los que viajan veloces microscópicas partículas, mensajeras de la muerte.

Y la mejor medicina de su madre, la que él prefiere, es la anestesia. La que noche tras noche pone en fuga al dolor. Llega como la lluvia, en forma de una voz que va desgranando en sus oídos historias dulces como la miel, cálidas como el sol en una mañana de verano, perfumadas como el algodón que le compraron en la última feria. La música de los cuentos le recuerda el eco de su risa y la de su madre cada vez que jugaban en el campo a tirarse en la hierba para hacerse cosquillas. La madre habla y habla, noche tras noche. Entra en la habitación, cuelga la rebeca en la percha que hay detrás de la puerta, y recoge las historias que teje hora a hora durante su espera. De día, la madre permanece muda. Pero por la noche las palabras escapan desde su alma hasta su boca, para llevarle a su pequeño los cuentos de la luna.

Y así miden el tiempo. En hojas de los árboles que cambian de color. En hojas de almanaque que van cayendo al suelo.

Una tarde el enfermo recibe una visita. Dos o tres compañeros de su clase llegan con la maestra. Es una chica joven. Lleva un ramo de flores y la madre, confusa, se queda con él entre las manos, sin saber qué hacer. El pequeño la observa y le sonríe. Se miran y se hablan sin hablar. Los dos piensan lo mismo: esas flores, mensajeras de un futuro de luto, llegan antes de tiempo. Son una avanzadilla del ejército que, meses o semanas después, acudirá con retraso a la batalla final. A esa última batalla, perdida de antemano. La que se librará, cuando sea tarde, sobre la tierra gris de un camposanto sembrado de lápidas torcidas en memoria de los que ya lucharon y perdieron.

Cuando por fin se marchan, la madre se levanta de la silla. Coge el ramo de flores, que le quema en los dedos, y se lo lleva fuera. Cuando regresa, trae las manos vacías y la boca rebosante de historias. Se sienta en el sillón y lo acerca a la cama para hablarle a su hijo.

–¿Qué te apetece, vida mía? ¿Qué quieres que te traiga?

El niño le sonríe y la sonrisa hace brotar una minúscula gota de sangre de sus labios resecos.

–Ahora no quiero nada, mamá. –Mirando a la pared, suspira. Y el suspiro suena a felicidad–. Ya tengo lo que quiero. Mira. –Los dos comparten el secreto de la luz de la luna en la pared–. Nuestro trozo de luna, el de todas las noches. Ese es nuestro regalo, tuyo y mío.

Rayos de plata entran por la ventana. El niño hace una pausa, y luego sigue hablando.

–Ahora no quiero nada. Pero cuando me muera…

La madre abre la boca, pero no puede hablar. Su voz, horrorizada, ha huido por la ventana a lomos de los rayos.

–Mamá, cuando me muera, conseguiré la luna. Quiero tenerla entera, y no solo un trocito.

***

No ha pasado ni un mes desde esa charla cuando se cierra el libro de una vida. La vida de su niño. Por fin se han ido todos. “Por fin”, piensa la madre, “podré cerrar los ojos”. Es la primera noche de una serie de noches en las que ya no harán más falta sus historias. Sale del cuarto de su hijo, ese cuarto que lleva tanto tiempo con eco, a falta de la risa del diablillo travieso que dormía entre sus cuatro paredes tiempo atrás. Cierra la puerta con cuidado, como hacía noche a noche para no despertarlo cada vez que el sueño lo rendía. Antes de aquel vacío. Antes de que sus sueños se cobijaran en las sábanas sin dibujos infantiles de una cama de hospital.

Se quita los zapatos. Sube muy despacito hasta el último piso. Abre la puerta y sale a la azotea. Allí, en el tendedero, unas sábanas blancas se agitan suavemente. Cierra los ojos para no ver esos sudarios, pero sigue oyendo sus susurros. Abre la puerta de un pequeño trastero y saca una escalera. La apoya en el pretil de la terraza y, lentamente, empieza a ascender peldaño tras peldaño. Sus rodillas llegan a la altura del muro. Levanta la mirada. Hay luna llena. Alza los brazos, las manos y los dedos extendidos, pero aún le faltan unos pocos centímetros para alcanzar la luna. Sube un peldaño más. Otra vez intenta elevarse, y casi lo consigue. Se pone de puntillas, ¡está llegando a esa bola brillante!

Inclina su cuerpo hacia delante. Por fin puede rodear la luna con sus manos. Cuando la tiene atrapada sonríe. Y justo antes de inclinarse oye una voz a su espalda:

–Mami, yo también quiero poder coger la luna.

La madre siente que la luna se derrite entre sus dedos. Se convierte en helados ríos de plata que bajan por sus brazos.

–Ayúdame, mamá.

La voz de su pequeña convierte en fuego el hielo que la invade. La madre siente que la sangre, esa sangre que ha quedado empapando la tumba de su hijo, vuelve a correr por sus venas, y al llegar a los ojos se desborda. Su amor se le derrama en lágrimas de culpa, de una culpa caliente que le escuece y le duele. Baja de la escalera, la pliega, la deja sobre el suelo y se aleja de ella igual que debió hacerlo Eva con la serpiente. Se acerca a su pequeña y se agacha a su lado. Con sus manos abraza las de ella para formar un círculo, y en su interior encierran a la luna.

La chiquilla se vuelve y le da un beso.

–Mamá, ¿no tienes frío? –Le rodea el cuello con los brazos–. Anda, vamos abajo. Me dijo el hermanito que cuidara de ti. Y me dijo también que te pidiera los cuentos de la luna. ¿Me acuestas y me arropas, y me cuentas un cuento?

La madre respira hondo. El pelo de su niña huele a hierba. En el cielo, donde antes estaba la luna, la cara de su hijo le manda una sonrisa.

–Claro, princesa.

Y con su niña en brazos, vuelve a entrar en su casa. De su boca se va el sabor a tierra y el aliento infantil le devuelve la vida. Y el alma de su niño las abraza y regresa con ellas.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

En la sala de los tapices de la Seo de Zaragoza

Una noticia que revolucionó las Altas Cinco Villas.

Don José Iriarte, canónigo penitenciario de Zaragoza, era natural de Biel (Zaragoza) y don Felipe Sánchez estaba de maestro de El Frago, un pueblo vecino.

Salvadora, menos mal que nos tenemos para poder hablar entre nosotras, que, si no, sería muy dura esta vida de sirvientas diciendo amén, amén a nuestros amos. ¿Qué haría sin ti y con don José recién enterrado?

Ya te decía que aquel asunto nos seguiría trayendo desgracias. La culpa la tuvieron aquellas habladurías de que don José protegía a un sobrino que no llevaba buenos pasos. Y claro, esos chismes tenían que llegar hasta el obispo, que encima se los creyó. ¡Mira que quitarle al pobre la canonjía y mandarlo al destierro! Y eso de que llevara una vida discreta y se dejara ver poco se lo tendría que haber dicho al sobrino, digo yo. En fin, que fue un mazazo para un hombre de su talla.

Y créete lo que te diga yo. Antes de que se desataran la lenguas, buena culpa tuvo don Felipe, que sin ningún miramiento se plantó en la puerta de la casa y le pidió que le ayudara a meter a su hijo en el Seminario. ¡Claro, como era el maestro de El Frago estaba seguro que don José le atendería su ruego! Y yo que no lo había visto nunca ni sabía cómo era no lo dejaba entrar. Pero me insistió mucho. Me dijo que era un pariente cercano y que sus familias vivían en pueblos vecinos. Al final lo pasé al cuarto de estar, los dejé hablando y me quedé escuchando detrás de la puerta.

—Échale una mano, José, que no te arrepentirás —le decía con voz lastimera—. Ya verás cómo mi Mariano será un buen cura y presumirá de ser tu sobrino. —Se acercó un poco y subió el tono—. Eres el orgullo de toda la familia. Muy pocos tienen el honor de tener un tío que sea canónigo penitenciario.

A mí no me gustaron aquellas zalamerías de don Felipe. Si no, mira con qué nos ha salido su hijo.

El tiempo me ha dado la razón. Don José estuvo muy alterado los últimos meses, sobre todo, cada vez que recibía visitas de su sobrino, Algunas veces hasta los oía pelearse. Después don José andaba con un humor de perros y no quería probar bocado. Hasta el punto de que la semana pasada, de un manotazo, me tiró una bandeja de plata con una jícara de chocolate humeante y unos churros recién hechos.

Que tuviste que oír el ruido, Salvadora, que vuestro comedor está pared con pared con el nuestro. Y no me digas que no oíste mis gritos. Es que me pudieron los nervios y no tuve más remedio que contestarle.

—Pero bueno, don José, ¿a qué vienen estos modales? ¡Si usted nunca me había perdido el respeto!

Salvadora, tú y yo sabemos que estaba fuera de sus casillas desde que se había hecho público el caso del Mariano. Era normal que le afectara. A fin y al cabo era su sobrino protegido. Pero no me pude contener. Y él, sorprendido de que le levantara la voz, me contestó como un niño al que coges con las manos en la masa.

—Perdona, pero es que he visto esta bola de papel amarillento y he curioseado.

—Don José, usted nunca se había atrevido a revolver mi cestillo de costura.

Es que sabes, sin que él se enterara, había hecho un rebujo con la página de El Imparcial y lo había escondido entre los ovillos. Yo sabía que a él no le gustaba ese periódico de tufillo liberal, que se regodeaba en los asuntos anticlericales. Y, mira, ¡qué casualidad!, en un descuido me dejé el costurero abierto.

Bueno, el caso es que, cuando lo vi con la bola de papel en las manos, me puse tan nerviosa que le solté una parrafada sin respirar.

—Mire, don José, que yo entiendo tenga miedo a lo que diga la prensa, pero tiene motivos para estar tranquilo. Si alguien creyera que usted tiene algo que ver con el asesinato, con esta noticia lo desmentiríamos. Si habla de usted como una persona de gran cultura y solo dice que don Mariano Sánchez era sobrino del canónigo penitenciario de la Seo de Zaragoza.

Don José se me quedó mirando sin decir nada. Y yo, aprovechando que tenía la palabra, continué.

—A mí me parece que, cuando usted vio los titulares, le entró tal soponcio que ya no leyó más. —Entonces cogí más aliento—. Así que ahora, quiera o no quiera, se la voy a leer entera, aunque sea a trompicones, porque a mí eso de la lectura no se me da bien.

El Imparcial. Madrid, 3 de agosto de 1900. Doble asesinato en la Sala de los Tapices de la Catedral de la Seo de Zaragoza. La prensa de Zaragoza trae los detalles de uno de los crímenes más espeluznantes que se recuerdan.

El criminal. Don Mariano Sánchez, sacerdote, natural de El Frago, había cursado Magisterio. Más tarde estudió en el Seminario de Zaragoza, donde llegó a secretario del Cabildo. Es hijo de don Felipe Sánchez, maestro de El Frago, y sobrino de don José Iriarte, natural de Biel y canónigo penitenciario de Zaragoza, persona de gran virtud y mucha ilustración.

Las víctimas. Josefa Salas, de veintisiete años, natural de El Frago, y su hija de tres meses, sin registrar ni bautizar. Mariano Sánchez les pasaba una pensión mensual de treinta pesetas. Josefa la completaba confeccionando blondas. El juzgado encontró un marco de plata con un retrato del sacerdote en la mesilla de Josefa.

La autopsia. El médico forense tuvo que trasladar los cadáveres al aire libre, por el insoportable hedor que exhalaban, dada su avanzada descomposición. Tenían las piernas cruzadas y los tobillos atados. La muerte se produjo por estrangulación. Cada uno llevaba alrededor del cuello siete vueltas de un cordel de seda dorado, procedente del tapiz de la “Degollación de los Inocentes”. El criminal metió los dos cuerpos en un saco y lo escondió en la sala de los tapices de la Catedral, detrás del tapiz de la “Decapitación de Holofernes”.

Salvadora, no quieras saber la cara que ponía y cómo se sujetaba la oreja con la mano para que no se le perdiera ni una palabra. Así que, ya puesta, y como lo vi más tranquilo, me atreví a acabar de decirle todo lo que pensaba.

—Lo que yo digo, don José, este crimen me produce náuseas. ¡Mire que descubrir los cadáveres por la pestilencia! Al principio pensaron que el tufo venía de las cloacas que bajan al Ebro. ¡Qué zopencos! No se puede llegar a más, confundir el olor de cloaca con el de cadaverina.

Mientras le echaba esta perorata, no le quitaba ojo de encima. De repente vi cómo empezaba a farfullar y a temblar. Por la boca echaba unos borbotones de espuma, como los de los endemoniados de Santa Orosia cuando él los rociaba con agua bendita. Entre sus balbuceos oí algo como cobarde. Y no me extrañó porque siempre pensé que don José se sentía avergonzado de haber metido a Mariano en el Seminario.

Cuando lo vi caer al suelo, me entraron escalofríos y me quedé como alelada, pensando en aquellas gentes de El Frago y en el pobre don José.

Masacre inocentes. 2

León Cogniet, Masacre de los Inocentes, (1824). Museo de Bellas Artes, Rennes (Francia)

Este es un relato ficticio, inspirado en personas reales y en los hechos que se publicaron en El Imparcial de Madrid, el día tres de agosto de 1900.

Todos los personajes, nombres, biografías, hechos, documentos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Catedral de San Salvador de Zaragoza, conocida popularmente como La Seo.

 

Mi primer diario de gratitud

En esta época es costumbre tomarnos unos minutos para reflexionar. Evaluamos los objetivos que nos propusimos cuando comenzó el año, hacemos un balance de lo bueno y de lo malo, y nos planteamos nuevas metas. Para mí es, además, una excelente oportunidad para agradecer. Y para contarles que este año he descubierto una herramienta maravillosa que se puede emplear todos los días.

El diario de gratitud

Esta herramienta nos permite centrarnos en esos pequeños detalles que nos traen alegría y satisfacción, en esos detalles que ocurren a lo largo del día y que a menudo pasamos por alto. Con el diario de gratitud podemos reencontrar el equilibrio, abandonar el papel de víctimas y aprender a quejarnos menos. Y de este modo asumimos una actitud más proactiva.

La gratitud es un sentimiento muy beneficioso. Cuando la cultivamos, cambiamos nuestra forma de pensar, dejamos de centrarnos solo en lo negativo y aprendemos a valorar las cosas positivas. De esta manera desarrollamos una perspectiva global.

Un diario es una bitácora, un registro donde anotamos las cosas que nos suceden día tras día. También sirve para anotar nuestros deseos y secretos, o para, de alguna forma, crear un relato de vida. La psicología positiva utiliza el diario de gratitud para ayudarnos a conocernos mejor y para que reconozcamos las cosas maravillosas de la vida. Con un buen uso del diario podemos alcanzar el bienestar, la salud mental y emocional, y así podremos enfrentarnos de una mejor manera a los problemas cotidianos.

“Plasmar pensamientos y sentimientos en un papel es una de las mejores formas de apaciguar nuestros estados mentales y emocionales. Nos proporciona claridad, equilibrio y serenidad”. Mindful Science

Desde hace unos meses sigo en Facebook a Mindful Science, un grupo que se dedica a ofrecer programas online para fomentar la practicas de atención plena (mindfulness), y en su blog descubrí el diario de gratitud. Le dedicaban un artículo y planteaban un reto. Se trataba de escribir las cosas por las que nos sentimos agradecidos. Al menos durante 21 días. Y, como adoro los retos, sin pensarlo mucho me sumé a la idea. Compré una libreta, escogí un horario y empecé. A medida que iba escribiendo comenzaron a pasarme cosas interesantes.

Primero me di cuenta de que tengo mucho de que sentirme agradecida y comencé a ver la vida desde otra perspectiva. Me hice más consciente de todo lo bueno que me rodea y de lo que realmente me hace feliz. También me di cuenta de que hay cosas que no necesito para estar bien, como un auto de lujo o una casa más grande. Muchas veces nos pasamos el tiempo deseando lo que ya tenemos. Bueno, no tengo un auto de lujo, pero sí tengo uno en el que puedo viajar a todas partes.

Durante estas semanas he podido comprobar que, como dicen los psicólogos Robert Emmons y Michael McCullough, el diario de gratitud nos sitúa en las circunstancias reales, nos reorganiza el pensamiento y nos hace conscientes de todas aquellas cosas positivas y deseables que tenemos en nuestra vida. Estos estudios han identificado una amplia gama de beneficios derivados del simple acto de escribir todo aquello por lo que estamos agradecidos como, por ejemplo, una mejor calidad de sueño, menos enfermedades, un sentido positivo de bienestar, empatía con otras personas y un mejor desarrollo de habilidades cognitivas, entre otros.

La gratitud es una actitud con la que reconocemos un beneficio y lo damos por hecho. Tenemos muchas razones para agradecer. Debemos mirar todo lo bueno que tenemos como un regalo. Cuando somos agradecidos nuestra mente se centra en lo que tenemos y no en lo que nos falta. Ese simple hecho nos hace mucho más felices.

“La gratitud puede transformar lo que tenemos en suficiente, una comida en un banquete, una casa en un hogar, y un extraño en un amigo. Por muy difíciles que sean tus circunstancias, estoy seguro que siempre existe algo por lo cual puedes estar agradecido.” El buscador

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Diario de la gratitud – Palabras Aladas

¿Cómo hacer un diario de gratitud?

A continuación, expongo doce sencillos pasos para crear y mantener un diario de gratitud, que me han funcionado de maravilla para no desfallecer en el intento:

  1. Lo primero, tu actitud: decide conscientemente que quieres ser más agradecido, y establece el firme propósito de rellenar tu diario cada día.
  2. Crea una meta: establecer metas nos ayuda a motivarnos e inspirarnos. Puedes plantearte un objetivo inicial de varios días, varias semanas, varios meses, lo que resta de año.
  3. Elimina toda excusa que te impida escribir: cuando las excusas aparezcan, recuérdate interiormente lo importante que es para ti esta prioridad que has establecido en tu vida. Son solo unos minutos y los beneficios personales y sociales son innumerables.
  4. Dedica un cuaderno o libreta exclusivamente a tus notas de gratitud: esto le confiere a tu diario su propia entidad, de modo que se convertirá en un símbolo de gratitud.
  5. Escoge un momento del día para escribir: escribir en tu diario de gratitud cada noche, antes de acostarte, puede ayudarte a ver con mayor claridad lo que ha sucedido en una secuencia temporal completa. Escribir al despertarte puede ayudarte a enfocar tu día con una actitud más amable. Tú decides cuándo hacerlo. Sé consciente de lo que mejor funciona para ti.
  6. Crea recordatorios: alarmas en tu teléfono, marcas en tu calendario, una nota en la cabecera de tu cama o tu mesita de noche.
  7. Agradece libremente y sin restricciones: dicen los expertos que 5 o 10 cosas por las que sientes gratitud son un buen número. Sin embargo, esto es solo una orientación. Puedes escribir tanto como quieras en tu diario de gratitud. 
  8. La belleza de las pequeñas cosas: aunque puedes agradecer por tu familia, tu trabajo o tu salud, a veces pequeños detalles son suficientes para marcar la diferencia (te encontraste con ese amigo, viste aquella película, te gustó tu almuerzo, aquel suceso te hizo reír…).
  9. Entra en detalle: elabora en detalle cada cosa en particular por la que estás agradecido. Esto te puede reportar mayores beneficios que crear grandes listas superficiales con muchos elementos. Mejor tómate tu tiempo para profundizar y dedícale unas cuantas líneas a cada parte.
  10. Personaliza: centrarse en las personas por las que nos sentimos agradecidos tiene más impacto que enfocarse solo en cosas materiales.
  11. Sorpresa, sorpresa: al parecer, los eventos inesperados o sorprendentes tienden a suscitar mayores niveles de gratitud.
  12. Sé constante, escribe a diario: este estudio de Sonja Lyubomirsky y sus colegas encontró que las personas que escribieron en sus diarios de gratitud una vez al día durante ocho semanas reportaron aumentos de felicidad y bienestar; la gente que escribió tres veces por semana no lo hizo.

Como les contaba al principio, cuando comencé a escribir mi diario de gratitud el reto consistía en escribir 21 días seguidos, ya llevo más de 60 y se ha convertido en una práctica innegociable. Todas las mañanas, antes de iniciar mi rutina, escribo cinco cosas por las cuales me siento agradecida (un nuevo día, escribir, mi familia, una buena peli, Mocade …). Lo más interesante del ejercicio es que todos los días encuentro algo diferente por lo que estar agradecida. Para cerrar este artículo, quiero compartir con ustedes este poema del libro En todo, dar las gracias, que nos permite identificar momentos de gratitud.

Ser Agradecido

Agradece el no tener hoy todo lo que deseas. Si lo tuvieras, ¿qué ilusión quedaría para mañana?

Se agradecido cuando no sepas algo. Pues ello te da la oportunidad de aprender.

Se agradecido en los momentos difíciles. Son una enorme oportunidad para crecer.

Se agradecido en tus limitaciones. Porque te dan la oportunidad de mejorar.

Se agradecido en cada nuevo reto. Porque van a construir tu fuerza y tu carácter.

Se agradecido con tus errores. Ellos te enseñarán lecciones valiosas.

Se agradecido cuando estés cansado y fatigado. Eso significará que ese día has marcado una diferencia.

Es fácil ser agradecido por las cosas buenas. Una vida verdaderamente plena viene para aquellos que también agradecen los contratiempos.

La GRATITUD puede convertir lo negativo en positivo.

Encuentra una manera de estar agradecido por tus problemas, pues pueden llegar a convertirse en tus bendiciones.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

 

Pies de barro

—Bueno —empecé ante el micrófono, mientras colocaba sobre el atril el diario del abuelo.

De entre sus hojas extraje un papel manoseado y lo alisé todo lo que el temblor de mis manos me permitió. Respiré hondo y me enfrenté a la audiencia.

—Quiero daros las gracias, de mi parte y de parte de toda la familia, por haber venido a despedir a mi abuelo. Él me pidió que hablara ante todos vosotros. Estaría agradecido de veros hoy aquí.

En la primera fila, mi madre se sonó la nariz y mi padre la estrechó con un abrazo. Me concentré en el papel.

—Abuelo, te echamos de menos.

Hice una pausa y expulsé aire por la boca, intentando contener la emoción que amenazaba con paralizarme.

—Esta familia no hubiera podido salir adelante sin ti y, la verdad, no me imagino qué va a ser de nosotros a partir de ahora. Supongo que seguiremos tu ejemplo, y nos preguntaremos qué harías cuando tengamos algún problema. Siempre encontrabas una solución, aunque no solía ser la más elegante. Recuerdo aquella vez en la que te olvidaste de comprar un árbol de Navidad y acabamos decorando una palmera, o cuando usaste mantequilla para desatascar la cabeza de Mateo, que se había quedado enganchado en los barrotes de la escalera.

Con esos recuerdos provoqué un cambio en el ambiente de la sala. Seguía siendo un mar de caras enrojecidas pero habían dejado de oírse los hipidos y el resonar de narices.

—La abuela decía que eras muy cabezón y que, cuando querías algo, no parabas hasta conseguirlo. También decía que esa fue la razón por la que pudiste empezar una nueva vida aquí, en Argentina, cuando dejaste atrás tu país natal, asolado por la guerra. No hablabas mucho de aquella época y, cuando te preguntábamos, solías responder con evasivas. Cambiabas hábilmente de tema y nos explicabas cómo te habías plantado ante la puerta del bisabuelo al enterarte de que era médico. No te moviste hasta que accedió a aceptarte como su pupilo.

Aclaré mi garganta con un carraspeo.

—¿Sabéis? —dije, y volví a levantar la cabeza para dirigirme al público.

Busqué a mis compañeros de trabajo, médicos y enfermeras que se habían colocado respetuosamente en la parte de atrás.

—En el hospital, cuando los más mayores se enteran de que soy su nieto, me cuentan anécdotas de aquella época. Parece ser que era corriente ver a mi bisabuelo intentando enseñarle cosas que mi abuelo ya sabía. Y más habitual aún ver al pupilo dando lecciones a los maestros. En fin— Suspiré y volví a mi hoja, pero antes lancé una mirada al ataúd negro que estaba cerrado y cubierto de flores rojas y blancas—. También te aceptó, el bisabuelo se entiende, como su yerno cuando le pediste la mano de la abuela. Os regalasteis once hijos a los que amasteis con locura, y ellos os dieron veintiséis nietos, a quienes cuidasteis mejor incluso que a vuestros propios niños.

Me volví hacia mis hermanos, mis tíos y mis primos.

—Todos, hijos y nietos, esperamos que os hayáis vuelto a encontrar allá donde estéis, para que no os tengáis que separar nunca más.

Tragué saliva e hice una pequeña pausa. Llevaba un rato balanceándome de un pie a otro y no había sido consciente hasta ese momento.

—Abuelo, me había sentido muy orgulloso por haber seguido tus pasos. Tuve la suerte de conocer las que creía que eran todas tus facetas: la de esposo, padre, abuelo y médico. Yo, y tantos otros, te hemos admirado toda la vida, aunque nunca te gustó que te lo hiciéramos saber. Fruncías el ceño y hacías gestos con la mano, como si no te lo merecieras. Te ofendías si alguien insistía, incluso, hasta llegar a enfadarte. Siempre hemos pensado que no había nadie más modesto que tú.

De pronto, lo que llevaba escrito en la hoja me parecía absurdo, así que la arrugué e hice una bola. Cuando abrí los ojos, decidí que fueran los demás los que sentenciaran a mi abuelo por sus actos de juventud. Sin llegar a dar la espalda al público, giré sobre mí mismo para hablar directamente a los restos mortales de mi abuelo.

—Dicen que los actos hacen a los hombres y tus actos, desde que llegaste al Mar del Plata, te hicieron el mejor hombre del mundo. —Cerré los ojos y respiré hondo. —Ojalá pudiera decir lo mismo de tu vida anterior, aquella que llevaste en Alemania. Tenías un potencial enorme como médico y, cuando  te dieron a elegir entre la investigación médica y el ejército, apostaste por la primera. Pones en tu diario que pensabas que así podrías ayudar a los demás, aunque sabías que ibas a hacer daño a algunas personas. Pero eras joven, y cumplías órdenes. O eso quiero creer.

Mi madre y mis tíos me miraban extrañados, sin saber qué era lo que estaba haciendo. La verdad es que yo tampoco estaba seguro. Solo sabía que debía continuar.

—Abuelo, no sé si lo entiendo. Tampoco quiero juzgarte, aunque tú me lo pediste. Me diste tu diario y me rogaste que lo hiciera público, porque era la única manera que tenías de irte en paz. Te lo juré antes de leer tus memorias escritas de tu puño y letra, y no sabes cuántas veces me he arrepentido desde entonces.

Abrí su diario por la página que él había marcado y que exponía, demasiado bien, todo lo que le atormentaba de su pasado en la Alemania nazi.

—Abuelo… Ojalá no me hubieras pedido que hiciera esto.

Y, con voz temblorosa, empecé a leer.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Mark Duffel en Unsplash.

Mi escaleta de escritura

Nos acercamos al final del año y a sus tradiciones. Comer turrón, por ejemplo. Pero como no me hace ilusión empezar a ganar kilos, prefiero acogerme a otra costumbre clásica y hacer balance de mis buenos propósitos y de mi escritura.

Estoy cursando el tercer año de un itinerario de novela. Y la palabra escaleta, que hace veinticuatro meses me sonaba a “escalera” escrita con una errata, ha pasado de ser desconocida a convertirse en aliada. Eso es lo bueno de los cursos de escritura. Que nos ayudan a pensar, estimulan nuestra creatividad, y nos dan ideas para muchas cosas, así que se me ha ocurrido que sería interesante aplicar eso de la escaleta a cualquier tipo de escritura, y no solo a las novelas. De modo que os contaré como intento estructurarme a la hora de escribir.

Hablemos de terminología

En mis incursiones por distintos blogs y páginas literarias he tropezado más de una vez con vocablos engañosos o, si no engañosos, que pueden llevarnos a confusión. Pero es cierto que también hay artículos geniales que aclaran muy bien el significado de dichos términos. Me refiero a palabras como objetivos, metas y hábitos. Y no añado una cuarta, sueños, porque ya entraría en camisa de once varas. Para meter los tres conceptos en el mismo saco os diría que mi meta es ser escritora, y que para llegar a esa meta necesito ir fijándome objetivos que, como en el clásico juego infantil, me lleven de oca a oca para ir acercándome a ella. Y que los dados que hacen progresar el juego son, ni más ni menos, que los hábitos. No sé cuánto hay de cierto en lo de que el hábito no hace al monje… pero si cambiamos monje por escritor la cosa cambia. Eso, explicado así, sería como la sinopsis de mi propia novela sobre la escritura. Y, para desarrollar esa explicación telegráfica, nada mejor que recordar lo que nos contaba Carla sobre sobre encender el hábito de la escritura. Para mí fue un artículo genial que sigue siendo de rabiosa actualidad. Y mientras buscaba esa entrada di con otra que escribí yo cuando nuestro blog estaba dando sus primeros pasos y que me ha puesto en la cara una sonrisita nostálgica y satisfecha al ver que sigo manteniendo los mismos principios.

Dije que no iba a hablar de sueños, pero tengo que hacer una pequeña excepción, aunque os parezca que tiene poca cabida en un artículo que pretende ser mucho más práctico que teórico. Porque desde que empecé a escribir me ronda una frase que me gusta mucho: haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad. Y como esa es la filosofía que va entre las líneas de este artículo, dejaré que esa idea tenga su pequeño momento de gloria.

Volvamos pues a lo práctico. Tengo una meta clara: escribir, ser escritora, que la escritura forme parte de mi vida cotidiana. Para eso me voy marcando objetivos concretos y específicos: publicar en Mocade dos veces al mes, sacar adelante mi curso de escritura y mi novela, apuntarme el año que viene al NaNoWriMo (¡Gracias, Carla!).

Y como lo de los objetivos a veces se me va por las ramas, mi último reto consistirá en crearme hábitos que me ayuden a cumplir los objetivos que me lleven a la meta. Me acabo de comprar un programa de Ana Bolox, El escritor organizado, que creo que me va a dar un buen empujón en esa tarea de afianzar unas rutinas que hagan que me ocurra lo que dijo Picasso: Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando. Y en eso estoy. Intentando hacerle caso a mi paisano para llevar a la práctica consejos de blogs como este de Sinjania que nos explica más y mejor esto que os he contado.

Obstáculos y apoyos

Ya tenemos claro de qué estamos hablando ¿ok? El paso siguiente es pararnos a pensar qué nos ayuda a llevar a buen puerto nuestros proyectos, y cuáles son las piedras que pueden hacernos tropezar. Empecemos por lo malo.

Ya lo dijo Carla: excusas no nos van a faltar. Que para eso los escritores somos creativos y nos inventamos las mejores. La falta de tiempo. Los niños. El trabajo. Las guardias. El cansancio. El bloqueo. Candy Crush. Juego de Tronos… ¿queréis más? Pues a ver si nos hacemos listas y empezamos a establecer prioridades. Yo, por ejemplo, decidí dejar de hacer guardias hace unos meses. Y no me ha tocado la lotería ni nada de eso, ¡ojo! Pero mi madre me dijo que iba a guardar todos los meses cincuenta o cien eurillos en una hucha para darme el dinero cuando juntara el precio de una guardia. Y así, de vez en cuando, yo podría dejar de hacer alguna. Ufff… Eso me emocionó y me dolió a partes iguales. Y me hizo pensar. Comprender que mi madre quería regalarme tiempo para estar con mis hijos y para mí me hizo darme cuenta de lo que me estaba perdiendo. Así que el mejor regalo que le he hecho en su noventa cumpleaños ha sido decir NO a las guardias. Y hoy día disfruto de un montón de tiempo que no se paga ni con una Visa Platino. Si de algo me arrepiento es de no haber tomado antes esa decisión.

Y ahora viene lo bonito. Aquí podría escribir también una lista interminable, así que me quedaré con lo mejor. O, al menos, con lo que para mí ha sido lo mejor. El trabajo en equipo. Hace un rato chateaba con mi amiga Carmen, en plena tarea de revisión y corrección de uno de sus borradores, y le decía que trabajar con ella, con Carla y con Mónica me ha proporcionado una seguridad y unas tablas que, en solitario, no habría llegado a conseguir de ninguna de las maneras. De eso también hablé a principios de este año, cuando se me ocurrió una historia que escribí en forma de Carta a los Reyes Magos. Mis amigas son el mejor apoyo externo que se pueda soñar. Y desde aquí, les doy las gracias. Pero hay otro aspecto interior que defiendo siempre porque ponerlo en práctica me ha dado y me sigue dando muchas alegrías y satisfacciones, y es tomar conciencia de que saber no es suficiente si no tenemos en cuenta otras cosas. Y lo dejo ahí.

Conclusión

Cada uno de nosotros tendrá que encontrar y diseñar su propia escaleta, que será la que le ayude a avanzar en su crecimiento como escritor. Eso es algo bastante personal, pero se me ocurre que podríamos continuar con un ejercicio de creatividad, y aplicar a la escritura esa famosa regla del periodismo de las cinco “W”.

Esas “5W” hacen referencia a What, Who, Where, When, Why y How: qué, quién, dónde, cuándo, por qué y cómo. Que cada cual piense qué quiere escribir, quién quiere ser como escritor, dónde va a poder trabajar mejor, en qué momento, por qué vale la pena hacerlo, y cómo puede organizarse para conseguirlo. Si tenemos respuesta a esas cuestiones, creo que vamos por buen camino.

Para terminar, os diría que escribáis para vosotros mismos. Es un error intentar escribir para gustar a todo el mundo, porque, aunque hagamos la mejor paella del universo, siempre habrá alguien a quien no le guste su sabor. Cuando empecé a publicar, me daba pánico pensar que podría encontrarme con comentarios ofensivos, o dolorosos, o injustificados desde mi punto de vista. Y eso hizo que algunos artículos no llegaran a ver la luz. Así que, como despedida, os dejo otra de mis frases preferidas: Tened cuidado con los miedos, porque les encanta robar sueños.

Adela Castañón

Foto: Pinterest

Y, ¿si es una niña?

—Mami, ¿mi hermanito cuándo va a salir de ahí? —preguntó Mariano y acarició la barriga de Alicia.

—¿Hermanito? ¿Por qué crees que será un niño?

—No va a ser una niña mamá. ¡A ver! —el tono de voz de Mariano aumentó ligeramente.

—Pero, ¿y si es una niña?

—Mira mamá, no va a ser una niña, porque yo le pedí al Niño Dios que, para navidad, me trajera un hermanito. Un hermanito con el que voy a jugar fútbol y nos va a gustar lo mismo. Por eso no va a ser una niña.

—Bueno, pero, ¿y si es una niña?

—Una niña no, mamá. ¡Qué asco! Las niñas son aburridas, lloronas y fastidiosas. No, no, no. ¡Es un niño!

—Muy bien, pero deberías pensar qué pasaría si fuera una hermosa niñita.

—¡Sería horrible!

Mariano dio media vuelta y caminó hasta su habitación. Alicia se quedó pensativa en medio del corredor. Su hijo estaba empecinado en que tendría un hermanito, pero la última ecografía había confirmado que sería una niña. ¿Y ahora? ¿Cómo se lo iba a decir? Y, sobre todo, se preguntó cómo le haría entender que, hiciera lo que hiciera, no dejaría de ser una niña.

Pasaron los días y Mariano seguía con los planes para la llegada de su hermanito. Tenía preparada una bolsa de juguetes con carros, balones, figuras de acción y juegos de hombres, como solía llamar a todo lo que, según él, solo les gusta jugar a los niños. Detrás de la puerta tenía pegado un calendario, que le había regalado su padre, en el que marcaba los días que iban pasando. Una tarde se paró enfrente de él y se dio cuenta de que había muchos días marcados.

—¿Cuántos días faltan, mami? He marcado muchos, muchos días y mi hermanito nada que sale de ahí —afirmó Mariano señalando la prominente barriga de Alicia.

—Falta poco. No te preocupes —respondió Alicia y le sacudió los cabellos dorados.

El veintitrés de diciembre, por la mañana, Alicia sintió una fuerte punzada en el vientre bajo. Caminó hasta la cocina, donde había dejado su celular y le marcó a Julián.

—Ya es hora. Corre que me duele mucho.

Julián salió del trabajo sin fijarse en todos los pendientes que tenía que resolver, se subió al auto y transitó por la avenida a más de cien kilómetros por hora. Recogió a Alicia en la casa y la llevo a la clínica. Antes de entrar al quirófano, llamó a su madre para que recogiera a Mariano en el jardín de niños.

Cuando Mariano llegó a la clínica, Alicia ya había dado a luz y estaba en una habitación, llena de flores, globos y osos de felpa. Mariano se acercó a su madre y vio que entre sus brazos había un pequeño bebé que tenía en la cabeza un gorro rosado.

—Mamá, ¿por qué mi hermanito tiene un gorro rosado?

—Porque no es un niño, es una niña. Acércate para que conozcas a tu hermanita.

Mariano retrocedió unos pasos.

—No mamá, ese no es mi hermanito. Recuerda que te dije que el Niño Dios me iba a traer un hermanito.

Julián miró a Alicia, antes de que ella pronunciara alguna palabra y con la mirada le dejó claro que él se haría cargo de la situación.

—Mariano, tener una hermanita también es genial, también podrán hacer muchas cosas juntos. Yo tengo una hermana y es la mejor del mundo. O ¿no te parece genial tu tía Aida?

—No papá, es que… —Mariano se detuvo y empezó a llorar— es que las niñas son horribles. Lloran por todo, ponen quejas… En el jardín… tú no sabes cómo son de fastidiosas.

—Pero esta niña es tu hermana, eso la hace la niña más especial de todas las niñas del mundo. También podrán jugar las cosas que te gustan, compartir secretos y hacer pijamadas. Y cuando seas más grande descubrirás que las mujeres son maravillosas.

Mariano se limpió la nariz con la manga de la camisa, hizo un esfuerzo por contener los sollozos y miró de reojo a la bebé. Julián lo tomó de la mano y se acercaron a la cama donde estaba Alicia. Julian cargó a su hija y se sentó en el sofá que estaba a un lado de la cama. Mariano se acercó con cautela y miró a su hermanita. Cuando sus miradas se encontraron una sonrisa se dibujó en el rostro de la bebé. En ese momento Mariano pensó que no estaba tan mal tener una hermanita.

—Papi, ¿puedo escoger el nombre?

 

Mónica Solano 

 

Imagen de Virvoreanu Laurentiu