Sin leña para la escuela

De las fragolinas de mis ayeres

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana. Angelita estaba atizando el fuego de la cocina, que se había apagado mientras había bajado al corral a limpiar el orinal y la jofaina en la que se había lavado un poco la cara.

¡Qué diferencia con su casa de Zaragoza! Allí corría el agua por los grifos y no tenía que soportar ese tufo de los animales que le llegaba hasta las entrañas. ¿Quién le mandaría meterse en ese berenjenal de enseñar a las niñas? Si hubiera seguido con su trabajo de dependienta, seguro que ya se habría casado y llevaría una vida tranquila, como sus amigas. Ellas no tenían un sueldo, pero total, para lo que le servía en ese pueblo, igual le daba.

La señora María del Socarrao, su patrona, había madrugado para ir a soltar el rebaño y ella se había quedado sola. En ese momento acababa de desayunar y estaba alisando las pieles de cabra que cubrían las dos cadieras del hogar, antes de que llegaran las niñas. Bien pensado, no estaba mal dar las clases allí. Los días que habían estado en la herrería o en los patios de las casas se habían quedado heladas. Aquí lo malo era la señora María. Se había empeñado en que cada niña trajera un tizón. Decía que ya era muy vieja para traer la leña del monte encima de la cabeza.

En esas estaba cuando la sobresaltaron unos golpes en la puerta. Sin darle tiempo a responder, el padre de Nicolasa se presentó en medio de la cocina. Llevaba las botas de sacar fiemo y una horca oxidada en la mano.

—¡Buenos días, señora maestra! Ya era hora de que diera señales de vida. Llevaba un rato plantado en medio de la calle esperando a que abriera la ventana. No he querido llamar antes porque he visto salir a la señora María y no era caso de pillarla en la cama —A Angelita le pareció un saludo picarón. Intentó tomárselo a broma.

—Y, ¿qué se le ha perdido tan temprano por esta casa? —le respondió en el mismo tono.

—No se haga la tonta ni la melindrosa, que no tengo tiempo que perder. ¡Y menos con usted! —le contestó, a la vez que golpeaba el suelo con la horca.

—¡Bueno, pues usted me dirá a qué ha venido! —le replicó. Y cruzó los brazos, como si le doliera el estómago.

—Pues, verá. Nicolasa me ha dicho que tiene que traer un tronco para avivar este fuego tan mortecino —mientras hablaba revolvía las brasas del hogar con la punta de la horca.

—¡Nicolasa y todas las niñas! Yo no tengo leña y no le podemos hacer tanto gasto a la señora María. Como usted ya sabe, es viuda y no tiene ningún hombre que gane un jornal.

—¡Escuche bien! Vengo a decirle que Nicolasa se ha quedado llorando en casa, porque le he dicho que no traerá ningún tizón para que se caliente la maestra.

—Pues, con este frío, no podremos dar clase sin fuego.

—¿Qué se ha creído usted? ¡Postinera! Mire, si hoy no da clase con buen fuego, mañana vendré con esta horca y la ensartaré por los riñones.

El padre de Nicolasa hizo ademán de marcharse, pero se paró en la puerta juntando el entrecejo y mirando a la maestra. Ente tanto pensaba para sus adentros que Angelita era la culpable de todo el mal que había llegado al pueblo. Que las mujeres modernas que querían poner todo patas arriba eran peor que la peste. Que con eso de enseñar a las niñas no iban a ganar nada, sino al revés. Que hasta esa mañana nunca le habían levantado la voz las mujeres. Que él no lo permitiría y que estaba dispuesto a cualquier cosa.

Angelita le dio la espalda y se asomó a la ventana a ver si llegaban sus alumnas. No sabía cómo iba a arreglar el problema de la leña, pero ya se le ocurría algo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada: Cocina antigua. Foto colgada por Miguel Manuel Bravo Mata en el grupo de Facebook, “Fotos antiguas de Aragón”.

¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary

Anguruk

Hace unos meses, el blog Relatos en Isla Tintero celebró un concurso en el que, para participar, había que enviar un relato de cualquier temática con uno o más dibujos que lo acompañaran. Como hacía tiempo que seguía este blog y nunca me había presentado a un concurso, pensé: “¿por qué no?”. 

El arte de la palabra no se me da mal, pero dibujar no es lo mío. Empecé a angustiarme al darme cuenta de que no conocía a ningún ilustrador, así que pedí ayuda por Twitter y Facebook. En esta red social me escribió Isarn, escritor, ilustrador y fisioterapeuta, diciéndome que contara con él para darle magia a mi relato con sus acuarelas. Por desgracia, Isarn estaba demasiado liado, y un par de días antes de la fecha límite del concurso me confesó que no podría ayudarme. 

Ya podéis imaginar mi pesar, pues me hacía muchísima ilusión intentarlo. Y aquí es donde Eva, una de mis hadas madrinas, me dijo: “oye, ¿y si escribes a Sandra?”. Sandra es una amiga de Eva, y ahora mía, que dibuja y pinta como los ángeles. Además, tiene un estilo único y, lo que más me gusta, se deja llevar por lo que ve y oye para crear su arte. Así que pensé que el no ya lo tenía y que, por preguntar, no perdía nada.

¿Y sabéis qué? Que me dijo que sí. ¿Y sabéis qué más? Que no solo quedamos finalistas en el concurso, sino que lo ganamos. Porque Sandra, con sus pinceles, le dio la magia que le faltaba a Anguruk. Y como la magia hay que compartirla, aquí os dejo el relato y sus dibujos para que lo disfrutéis tanto como lo disfrutamos nosotras.

Anguruk

Después de una noche de borrachera, lo último que esperaba Alex era acabar andando con una desconocida por el manglar más grande de Luisiana. Ojalá pudiera volver atrás. Le advertiría a su ingenuo yo que aquella chica de labios gruesos no quería una noche de sexo desenfrenado. Y que los últimos cuatro whiskies sobraban.

Sabía que a partir de la quinta copa tomaba las peores decisiones de su vida. Como la noche anterior, cuyo resultado se traducía en unos zapatos llenos de barro y su libreta, con bordes sucios y frases inconexas, sobresaliendo del bolsillo derecho del pantalón. Aquella chica no conocía la lengua de señas así que tenía que comunicarse con la chica a través del papel.

—¿Cómo va la resaca? —preguntó ella, y apagó la linterna. Alex bizqueaba con la luz del amanecer que se colaba por alguno de los escasos huecos de los árboles del manglar.

Mal —escribió. Lo subrayó un par de veces con tanta fuerza que quedó marcado en las dos hojas posteriores. Pasó de una animada borrachera a tener la boca seca, como si hubiera masticado toallas, y un latido doloroso en la sien derecha.

—Pero sabes el camino, ¿verdad?

Alex se tomó su tiempo para escribir.

Me lo inventé. Para llevarte a la cama. Estás loca si crees que vamos a encontrar algo.

Fueron sus ojos verdes. Eran su debilidad. Le recordaban al agua del pantano en primavera, cuando está cubierto de ese espeso musgo reluciente. Y en el momento en el que ella le acercó su nariz, lo suficiente como para oler su aliento afrutado, y le pidió que la llevara al pantano a ver a Anguruk, él no solo no se negó, sino que lo consideró una idea magnífica. Irían y le pedirían un deseo, como en la leyenda.

—Lo que me parece increíble —dijo ella— es que Anguruk te dejara vivo. Es vengativo y traicionero, igual que el pantano, ¿sabes? Sí, claro que lo sabes.

Y tú sabes que es un mito. — “No entiendo cómo no me he ido ya”, pensó. Pero aún tenía la esperanza de que ella cambiara de opinión y acabaran en la casa de alguno de los dos.

—Venga, Alex. No hace falta que sigas con esta pantomima. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? —Carraspeó y pareció transformarse en una presentadora de televisión—. Hoy, en el plató de Johny Carson, recibiremos al chico que sobrevivió cinco días en el pantano—.Volvió a carraspear y volvió a su tono normal—. Un milagro, dijeron, pero ambos sabemos quién te ayudó. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Qué le pediste?

No le pedí nada —El “nada” estaba escrito con saña, como si hubiera querido atravesar el papel. Pero era una confirmación. Cuando vio la sonrisa de triunfo de la chica, arrancó la hoja.

Fue hace 12 años.

– Eso, doce años. Solo espero que en todo este tiempo no te hayas olvidado de…

Alex nunca supo qué era lo que no debía haber olvidado. La chica se quedó quieta, boquiabierta. Con la mirada perdida en algún punto más allá de un pequeño humedal. Alex se acercó a ella y le golpeó el hombro con el índice. No pasó nada. Le colocó una mano delante de los ojos y la movió de arriba abajo. No reaccionó. Él se puso delante y ella, dio un paso a un lado con movimientos forzados, como de títere, y echo a correr sin previo aviso.

“Oh, mierda. Ya ha empezado”, pensó. Y la siguió.

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No la alcanzó hasta que el agua les llegaba por la cintura. La zarandeó, la sujetó y le pegó una bofetada, pero ella seguía caminando. Tuvo que usar toda su fuerza para echársela encima, como hacía desde niño con los sacos de pienso de la granja de su padre. Pero el pienso no pataleaba. Ni utilizaba los puños como si fueran martillos. Alex sintió el deseo de tirarla al agua y dejar que se ahogara. Anguruk se pondría contento.

La chica no volvió en sí hasta que Alex había salido del agua. Aún con ella encima, siguió caminando por un sendero que solo se veía si no lo mirabas directamente. Le dolían los riñones y la cabeza le latía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Alex la colocó en el suelo y sacó su libreta.

Estamos a tiempo de volver.

—No. No, no, ni hablar —le temblaba la voz —. Solo quiero saber qué me ha pasado.

Álex sintió pena por ella. Sabía lo impotente que debía haberse sentido.

Anguruk. Lo que querías. Jugará con tu mente hasta que te mates tú sola.

—Pero tú estás aquí. Quiero decir, viniste solo al pantano y no moriste.

No estoy seguro de eso.

Ella cruzó los brazos y lo miró de arriba abajo sin disimular su desdén.

—Para ser mudo eres muy teatral.

Alex se encogió de hombros y puso los ojos en blanco. Ya había aceptado que ella no pararía hasta dar con Anguruk, así que la llevaría hasta donde lo encontró la última vez. Iba a darse la vuelta para seguir caminando cuando ella lo agarró del brazo.

—¿Te has dado cuenta? No estamos solos.

Tenía razón. El sonido de su alrededor, una letanía de graznidos, zumbidos y silbidos, calló. Las criaturas del pantano se hicieron visibles. Cucarachas, ranas, aves, caimanes; presas y cazadores juntos, sin prestarse atención los unos a los otros, solo a los dos humanos que se habían adentrado en el manglar.

El calor empezó a aumentar y a cada respiración se les llenaba la nariz de agua. El aire sabía a metal, algo parecido a la sangre y a la vez diferente, más terroso. Alex pensó que se estaba volviendo loco cuando los animales se fusionaron hasta crear una silueta oscura.

—No esperaba volver a verte, Alex.

Anguruk no había cambiado en doce años. Tampoco podía hacerlo. Ya entonces era poco más que una calavera cubierta por una capa de piel verdosa y escamada. Sus ojos eran casi blancos, o más bien ocres, rotos solop por dos puntos negros. Vestía hojarasca, musgo y lianas, que en algunos puntos empezaban a pudrirse y, en otros, florecían. El druida llevaba el pantano encima.

—¿No vas a decirme nada? —Anguruk frunció el ceño, algo bastante meritorio teniendo en cuenta que no tenía cejas, ni siquiera carne bajo la piel—. Ah, que no puedes. ¿Y la chica? ¿Cómo se llama?

—Rachel —dijo ella, y Alex se dio una palmada mental en la frente. Se lo dijo la noche anterior, pero fue sepultado bajo litros de alcohol—. Vengo a conseguir mi deseo.

—Claro, claro. Dinero, amor, ¿qué quieres? —Alargó una mano hecha de hueso y tendió la palma hacia arriba— ¿Qué estás dispuesta a darme a cambio?

—Quiero tu nombre.

El druida se quedó inmóvil. Si pudiera respirar, se habría quedado sin aliento. Dio un manotazo al aire, y el cuerpo de Alex se estrelló contra un árbol. Rachel, en cambio, siguió con los pies bien clavados en la tierra y con la cabeza alta, desafiante.

—Anguruk es mi nombre —rugió.

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Alex se encogió, dolorido y asustado. Era la segunda vez que veía a Anguruk enfadado. La primera fue doce años atrás, cuando le negó su deseo. Alex había pasado tres días vagando por el pantano, luchando contra el impulso de echarse a dormir bajo el agua del manglar, buscando la manera de pedirlo.

Y entonces lo encontró. Y algo o alguien dentro de su cabeza le dijo que, aunque su madre también quería volver a abrazarlo, no debía hacerlo. Que el precio que Anguruk pondría sería demasiado alto.

El druida estaba obligado a conceder lo que quisiera a quien sobreviviera en el pantano. A cambio podía pedirle cualquier cosa. ¡Y era un niño! una fuente inagotable de sueños e ilusiones, alimento para un par de eones. Sin embargo, el crío no quiso pedirle nada y él no pudo aceptarlo. Lo condenó a vivir sin voz para que no pudiera contarle sus deseos a nadie nunca más.

Y, si aquella vez estaba molesto, esta vez era peor. Pero Rachel no pareció reparar en ello. Se plantó ante él y se irguió como si un titiritero estuviera tirando de su coronilla con una cuerda.

—Anguruk es el nombre que te dieron los humanos. Quiero tu nombre verdadero.

—Bruja, ¿quién eres? —siseó él.

Rachel contestó, y su voz sonaba a pérdida, a una vida en la que había habido demasiado sacrificio:

—Tú lo has dicho. Una bruja. Y te conozco, Anguruk. Dame tu nombre.

—Pero no sabes cuál es el precio.

—¿Mi voz? —dijo Rachel, y lanzó una mirada que hizo sentir a Alex como el ser más repulsivo y prescindible del mundo— ¿Mi vista? Cuando tenga tu nombre tendré tu poder. ¿Qué más dará el precio que pague?

Anguruk la observó, de repente calmado. Miró al pantano. A Alex le pareció que era una despedida.

—Está bien —contestó—. Si ese es tu deseo te diré mi nombre. Pero antes…

Anguruk se movió en un suspiro. De pronto estuvo frente a Alex. En lugar de guiñar un ojo, cerró los dos porque el druida no estaba acostumbrado a ese tipo de camaradería, y sopló con fuerza contra la nuez de Alex. Después, se plantó junto a ella y le susurró algo al oído.

El cambio empezó con un aullido. Las extremidades de Rachel empezaron a estirarse, los huesos se marcaron. Su piel se escamó, el pelo empezó a caer. Hojas y musgo subieron por sus pies hasta cubrir sus pantorrillas, siguieron por el vientre y los pechos, ahora desaparecidos. Sus gruesos labios dejaron de serlo y ahora apenas cubrían unos dientes del color de la madera podrida. Rachel, ya Anguruk, se retorcía en el suelo.

Junto a lo que había sido su ligue, Alex vio a un hombre desnudo e inconsciente. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, la cara bastante redonda y pelo escaso hasta la nuca. Parecía bastante afable, pero no era más que un pobre desgraciado que, como Rachel, debía de haber sido condenado por su ambición a reinar en el pantano.

Alex pensó que era el momento de huir. Al fin y al cabo, ya no tenía sentido esperar a que Rachel quisiera volver a casa con él. Aunque no podía verlo, estaba seguro de que sus ojos verdes habían desaparecido. Se encogió de hombros, se echó al señor desnudo sobre el hombro y se puso a cantar. Sin mirar atrás, volvió a su vida y se acordó de que no debía fiarse de las mujeres guapas que se sentaran con él a beber en el bar.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imágenes: Sandra Garcia-Moya

La vida en tres dimensiones

Hace unas semanas la vida, los lectores, y este blog, me hicieron un regalo sorpresa: mi artículo, “Pablo Ráez. Gracias a la vida”, arrasó. Eso hizo que me planteara un par de preguntas. Y la respuesta a una de ellas es el contenido de este artículo.

Lo primero que me cuestioné fue cuál era el motivo por el que algo, un artículo, un video, una imagen, se vuelve viral. Empecé a buscar información para documentarme, pero no me encontraba a gusto manejando datos ni con el texto del artículo que me iba saliendo, y tuve la sensación de estar bloqueada en un punto muerto. Y eso me llevó a la segunda cuestión: ¿Qué ha ocurrido en mi vida para que términos como “fenómeno viral”, “bloqueo del escritor” y otros similares hayan entrado en ella? La respuesta a esta pregunta me pareció mucho más interesante que entrar en la metafísica del fenómeno viral, y es sobre lo que quiero escribir hoy.

La vida puede tener tres dimensiones

Hay personas cuya vida es plana. O momentos en la vida de las personas que son planos. La historia de cada uno no es una foto fija, sino una película donde las escenas pueden, y deben, diría yo, ir cambiando. ¿Quién no ha pasado por una época en la que el trabajo le asfixia y la rutina es un agujero negro cada vez más grande? ¿Quién no ha sentido alguna vez que la palabra “ilusión” había escapado de su diccionario privado para huir a otro universo? ¿Quién no conoce a alguna persona de la que casi todo el mundo dice, con escasa o nula compasión y demasiada ligereza, aquello de “¿Fulanito? ¡Uf! ¡Menudo plasta!”?

Tomar conciencia de eso es dar el primer paso para avanzar hacia una segunda dimensión. Porque si ya es triste tener una vida plana, más triste es estar inmerso en ella y no notarlo. El inmovilismo puede ser más agresivo que la peor de las batallas. Y habrá personas que quieran quedarse en su caparazón porque es más seguro estar dentro, a oscuras, que sacar la cabeza para enfrentarse al mundo. Respeto la libertad de elección de cada cuál, pero, en lo que a mí respecta, no me gustaría quedarme ahí.

La vida también puede ser redonda. ¡Ah, vale! La cosa cambia, me diréis. Pues sí, claro que cambia. Posiblemente para mejor. Pero no nos engañemos. Que, lo mismo que la Tierra gira una y otra vez sobre su eje, podemos estar dando vueltas en círculos y tener una falsa sensación de avance. Empezamos algún proyecto, arrancamos con algo, y cuando nos venimos a dar cuenta, estamos otra vez en el punto de partida. Algo así como dejar de fumar durante un tiempo para recaer luego una y otra vez. Y vuelta a empezar.

Un buen ejemplo para ilustrar la tercera dimensión es el famoso cubo de Rubik. Porque llegar hasta aquí es ir más allá para descubrir una especie de “comodín” de las dimensiones. Si nos paramos a pensarlo, la vida se nos ofrece en trozos, se nos presenta en pequeños cubos que nosotros podemos armar según sepamos, queramos o podamos. Y no es lo mismo hacerlo con uno u otro de los tres verbos.

Cuando nos regalan un puzzle, puede venir en la caja montado o desmontado, pero lo cierto es que, para jugar con él, partimos siempre de las piezas sueltas. A nadie le gustaría encontrarlo hecho para limitarse a contemplarlo ¿verdad? La diversión está en armarlo, en investigar, en pasar el rato tratando de reconstruirlo para lograr una imagen final que nos guste y a la que encontremos sentido. Recuerdo uno de los primeros archivos adjuntos que recibí cuando empecé a hacer mis pinitos con los ordenadores. Creo que era una presentación de power point, de esas que algunos igual miran por encima del hombro por blanditas, pero a mí me gustó. Mostraba a un padre que necesitaba terminar un documento, y para que su hijo no lo distrajera tanto cogió una foto de un anuncio que mostraba un mapamundi, lo recortó, y se lo dio al pequeño para que se entretuviera en rehacerlo. Su sorpresa fue que el niño vino a llamarlo al poco rato, y le mostró la imagen sin un solo error. El padre, sorprendido, le preguntó cómo había podido hacerlo, y el niño le respondió: “muy sencillo, papá. Le di la vuelta a los papeles, y cuando arreglé al hombre, se arregló el mundo”. El padre dio la vuelta a la hoja, que su hijo había pegado con fixo, y comprobó que, por detrás, había una foto de un hombre, que era la que su hijo había usado para hacer la reconstrucción.

Hay ocasiones en nuestra vida en las que no tenemos claro el modelo de nuestros propios rompecabezas. El resultado es que muchas veces no nos gusta lo que vemos, y perdemos más tiempo en lamentarlo que en intentar arreglarlo. O tenemos huecos que nos gustaría llenar, pero no salimos al mundo en busca de las piezas que encajarían allí. Si no nos gusta la imagen que tenemos de nuestro propio puzzle, si hay algo que distorsiona el resultado final, deberíamos ordenar las piezas con la esperanza y el convencimiento de que, si las buscamos, daremos con las herramientas necesarias para lograr al final la más bella imagen. Solo tenemos que pararnos a observar, y pensar qué sería lo que tendríamos que cambiar. Eso le da mucho más aliciente al juego. Y para eso tenemos que saber, querer y poder. Y no siempre será fácil, pero seguro que sí que será emocionante.

He hablado de las dimensiones de la vida haciendo referencia a personas y a momentos, porque no es lo mismo en cada caso. He tenido experiencias en las tres dimensiones, y la tercera es la responsable de que esté escribiendo estas palabras. Mi vida es ahora un precioso cubo, y lo es porque son mis manos las que mueven sus piezas. Y es precioso descubrir que, al moverlas, puedo construir montones de imágenes distintas. Supongo que es lo que se llama autodeterminación, y me gusta. La escritura me ha ayudado a que los engranajes sean fáciles de mover, me ha dado soltura, y me ha hecho ponerme unas gafas especiales con las que miro en mi interior, en lugar de mirar hacia fuera, y descubro cosas que estaban ahí, pero de las que no era, tal vez, demasiado consciente.

Vivamos, si podemos, en relieve, en color, en movimiento. Porque quedarnos con un mundo plano, inmóvil, y dibujado en blanco y negro, creo que sabría a poco.

En mi caso, desde luego, escribir me ha dado alas. Y volando alto, no cabe duda, se ven las cosas con mucha más perspectiva. El paisaje es más extenso. Llego más lejos. Y esta reflexión usando como ejemplo la escritura, podría generalizarse a cualquier otro aspecto de la vida. Eso depende ya de las esperanzas y expectativas de cada persona. Yo me limito a dejar caer la idea, pero el modelo a seguir es ya una decisión personal de cada uno.

¿Quién se apunta?

Adela Castañón

Imágenes: UnsplashWordPress

El beso de un extraño

Alicia se paró en las escaleras del ferry y aspiró el olor de la brisa. Descendió hasta el primer escalón para volver a tierra firme. Fijó la mirada en el horizonte y recordó que hacía varios años que no estaba tan cerca del mar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas que golpeaban la bahía y agitaban los veleros. Una ráfaga de viento le erizó los vellos de la piel.

Después de tres horas de vuelo y cuarenta y cinco minutos en barco, había llegado al lugar que tanto anhelaba. A unos cuantos pasos, cerca de los botes viejos de la guardia costera, se encontraba la estación de ferries. Suspiró y se aseguró la mochila en la espalda. En cuanto se armó de valor, caminó hacia la estación y buscó el centro de información.

En la sala de espera, junto a las cajas de pago, un viajero discutía con la supervisora porque había perdido su equipaje. Y unas cuantas personas estaban esperando al siguiente ferry. “Al parecer no es temporada alta”, pensó mientras se acercó al estante en el que atendían a los visitantes. Sobre él había bonos de descuento, publicidad de hoteles y folletos con planos de la isla. Tomó un mapa y lo apretó en su mano. Echó una mirada a su alrededor y vio una cafetería cerca de la entrada principal. Se aclaró un poco la garganta y le pareció que sería un buen lugar para refrescarse. Jugando con el mapa se acercó a la caja de pago y pidió un café granizado. Junto a ella, una pareja compartía un batido y discutían sobre el clima. Buscó un sitio libre, dejó la mochila en la silla y extendió el mapa en la mesa. Estudió las posibilidades que le ofrecía y marcó con un bolígrafo los lugares que le gustaría visitar. El museo de arte moderno, la casa de la cultura, la catedral. Todas eran buenas opciones para iniciar su travesía por la isla. Sin embargo, antes de comenzar las visitas turísticas, haría una corta caminata por la playa. Tenía hasta las nueve de la noche. Era un tiempo más que suficiente para recorrer el lugar. Después de tomar el último sorbo de café, agarró la mochila, caminó hasta el paradero de autobuses y buscó el transporte con dirección a la playa más cercana.

Por la ventana se veían las diferentes tonalidades de azul que tenía el mar y cómo las hojas de las palmeras se agitaban con el viento. Cuando se bajó del bus, muy cerca de las escaleras de acceso a la playa, divisó a dos mujeres desnudas tumbadas sobre hamacas y, a lo lejos, a un surfista que cabalgaba las olas. Se quitó los zapatos y dejó que la arena se le escurriera entre los dedos. Metió los pies en el agua y caminó hasta el extremo de la playa. A poca distancia había un bar y se le antojó tomar un cóctel. Esa mañana conoció a Luciano.

Cuando se dirigía a la cabaña vio detrás de la barra a un chico de su misma edad, con la piel bronceada y una camiseta blanca que le marcaba la figura. Lo que más le llamó la atención de aquel extraño fue el intenso azul de sus ojos que contrastaba con el negro de sus cabellos. Cuando llegó frente a él, un hormigueo le recorrió el cuerpo desde los pies hasta los muslos. Empezó a respirar deprisa y el calor le subió al rostro.

Se sentó en una de las sillas de la barra y pidió una Martini. El chico la miró y se mordió el labio inferior. En ese momento se sintió como si estuviera desnuda. Trató de ocultar su incomodidad desviando la mirada y sonrió.

–Hola, soy Luciano. Mejor te voy a preparar mi especialidad –dijo el extraño mientras agitaba la copa que llevaba en la mano.

–Soy Alicia. Gracias.

Cuando Luciano terminó con la bebida le preguntó qué estaba haciendo en la isla. Alicia le contó que había ido a pasar unos días, porque hacía poco se había graduado en la Escuela de Artes y en unas semanas iniciaría una maestría en artes plásticas en París. Desde que empezó sus estudios, había soñado con conocer el lugar que llamaban la fuente de las ideas. Luciano le dijo que era un escritor nativo de la isla, y el mejor de la región preparando cocteles.

A medida que iba charlando con el extraño, se detenía en algunas partes de su cuerpo y pensaba que podía ser su alma gemela, la que estaba segura que había muerto. Nunca había sentido una conexión semejante con otras personas. A sus veinticuatro años solo había tenido un novio; todo un desastre. Pero ahora, el tono de voz de Luciano la hipnotizaba y con sus palabras aumentaba el calor de su rostro. Era como si se conocieran de toda la vida. Detuvo sus pensamientos y, antes de llegar a hablar, Luciano le dijo que tenía la tarde libre y que podría servirle de guía. Alicia apretó las manos para ocultar las ganas de gritarle que estaba encantada, y solo le dijo que sí.

Cuando se vieron a la salida, Alicia le entregó el mapa en el que había marcado los sitios que le gustaría conocer. Pero él ni lo miró y le dijo que la acompañaría a los mejores lugares, a los que no estaban señalados en los mapas. Alicia accedió y dejó que Luciano tomara las riendas del itinerario.

La llevó hasta el parqueadero de autos, y cuando le acercó un casco de motocicleta, se le cortó la respiración. Las motos le provocaban mucho miedo, pero no quería retractarse. Luciano le ayudó a ponérselo. Alicia se tomó unos segundos, respiró de forma pausada y se subió. Sintió un resquicio de tranquilidad cuando presionó las manos contra su cintura.

–¿Estás lista? –preguntó y encendió la moto.

–Sí –respondió Alicia mientras cerraba los ojos y lo abrazaba con fuerza.

Iniciaron el recorrido por la isla. A medida que avanzaban sentía cómo el viento le golpeaba la piel. Se bajó la visera del casco y abrió los ojos para admirar el paisaje. En la isla había muchas construcciones que conservaban la estructura de antiguas colonias de indígenas, que las habitaron hacía cientos de años. Se sentía extasiada viendo el paisaje y, aunque no quería que terminara el recorrido, deseaba ilustrarlo todo cuanto antes.

Pararon en varios lugares que pensó que sólo existían en las revistas de viajes. Las imágenes de castillos junto a corales y enredaderas con flores blancas le parecían una patraña publicitaria. En cada estación, Luciano hacía una breve reseña. Contaba historias de piratas, de tesoros perdidos, de viudas que se murieron en la orilla del mar esperando a sus amantes. Caminaron por cavernas, se mojaron los pies en piscinas naturales y compartieron el vacío que se siente cuando se está parado sobre un risco. Hablaron de la vida, de sus sueños y dijeron algunas verdades a medias.

La última estación era el molino de sal. Dejaron la motocicleta en la calle y caminaron hasta el mercadito de artesanías locales. Luciano le obsequió una manilla con la piedra característica de la región y ella atesoró el regalo entre sus manos.

Sentados en lo alto del molino, le pidió que se quedara esa noche en la isla. Podía tomar el ferry de la mañana y así tendrían unas horas más. Alicia buscó entre su lista de excusas la más adecuada para negarse a la invitación, pero no tenía ninguna; y quería quedarse. Sabía que podía retrasar su viaje unos cuantos días y conocer un poco más de la isla y a Luciano. Pero, después de meditarlo bien, la verdad la tomó por sorpresa. En algún momento tendría que partir y volver a la realidad. Para qué alargar lo inevitable. “Dejar que pasen más cosas, con la certeza de que no podremos estar juntos, sería una tontería”, pensó. Se lamentó por su mala suerte y rechazó la invitación. Debía ir cuanto antes a la estación de ferries.

Cuando llegaron al puerto, le devolvió el casco y le agradeció el recorrido. En un descuido, Luciano la sujetó, le acarició el rostro y la besó. El tiempo se detuvo mientras saboreaba la humedad de sus labios. Y, suspendida entre sus brazos, hizo a un lado los temores y dejó que sus manos le recorrieran el cuerpo. Se miraron durante unos segundos, quería grabar en su memoria cada parte de su rostro. Dio unos pasos hacia atrás, se apartó de sus brazos y subió al ferry. Sentada en una de las bancas de la parte superior se despidió de la posibilidad de tener una aventura con un extraño. Parado en el puerto, Luciano no dejó de mirarla.

El cabello se le revolvía con la brisa y Alicia solo podía concentrar su atención en el chico del bar que había agitado su mundo. Se pasó los dedos por los labios y saboreó el mejor beso que le habían dado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

A JAVIER PLAZA POR SU URRACA EN LA NIEVE

De mi baúl de lecturas

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí? —me preguntaba Javier Plaza en Messenger.

—Pues, ¡claro! Estuviste muchos años en el Instituto Goya. Conservo tu imagen de adolescente entre el tumulto de aquel pasillo de la planta baja. ¿Cuánto hace de eso?

—¡Muchos años! Estuve desde 1988 hasta 1993.

—Y, por lo que veo, guardas buenos recuerdos, ¿no?

—Sí, sobre todo de mis profesores de Lengua y literatura. Allí nació mi pasión por la escritura.

—Esto sí que es un regalo para una profesora de literatura, Javier.

—Pues ahora te traigo otro. Te voy a enviar por email La urraca en la nieve, mi primera novela. Va por la cuarta edición en Ediciones Hades: noviembre de 2014, febrero de 2015, mayo de 2015 y noviembre de 2016. En marzo de 2017, ha salido una nueva en Fomento, la editorial de la Universidad de la Puebla de Zaragoza, México.

—Esta noche sin falta empiezo a leerla.

En menos de una semana me la había terminado. El resultado de esa apasionada lectura, acompañada por abundantes libros de arte sobre el Impresionismo, son las notas que os traigo.

La urraca en Fomento

La edición de Editorial Fomento

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Camille, el narrador protagonista, como esa urraca del cuadro de Monet que ilustra la portada, es un imán que nos atrapa y, a través de las historias y escenas que va contando, nos deja ver los ambientes parisinos de forma fragmentada.

La urraca, Monet

La urraca, Claude Monet

Al final, cuando hemos dado la vuelta a la última página y nos alejamos, como sucede con los cuadros impresionistas, podemos ver la totalidad y el significado general de la obra. Si hacemos una segunda lectura con más calma, desde el principio sabremos que vamos a acompañar a Camille durante una semana por el París impresionista. Y, con él, a Yves y a Víctor, sus dos amigos. En ese paseo sabremos que ha vivido allí ocho meses y que es un señorito de alta cuna, procedente del sur de Francia.

Todo esto, y mucho más, lo va contando con pinceladas sueltas, como los Impresionistas, que debían su nombre a otro cuadro de Monet: Impression, soleil levant.

Monet, Soleil levant

Impression, soleil levant, Claude Monet

Detrás de un mundo lleno de cuadros, bailarinas de cabarets y alcohol, se esconde una búsqueda incansable por la fama: “El cuerpo pasa y la gloria queda” (p. 193). Esa búsqueda nos ha provocado, a él y a nosotros, una cierta desazón y una gran nostalgia.

La mente frágil de Camille lo lleva a frecuentes ausencias. En varias ocasiones le oímos frases como esta: “Había extraviado, una vez más, el hilo de la conversación” (p. 82).

Este narrador, un poco deficiente, introduce continuos flashbacks de forma natural y salta de un tema a otro con gran agilidad. “Puse que tardó diecisiete años en regresar a París para dejar claro que allí terminó su sueño de pintor impresionista, que no regresó a París en marzo, como había prometido a sus amigos. Que allí se terminó la vida bohemia. Porque Camille es débil y la aventura termina cuando regresa a la influencia familiar”. (Conversación con Javier Plaza)

Camille no está inspirado en un personaje concreto, pero su nombre es un guiño a Camille Pisarro, a Camille Corot y a Camille, la mujer de Monet.

Cuando comencé la lectura pensé que se trataba de una biografía novelada de Camille Pisarro. Y no salí de mis dudas hasta que leí una frase de Yves ante un lienzo de Pisarro: “Este hombre es tonto perdido, mira que cambiarme esta joya por una de mis basuras” (p. 128)

Una novela de ambiente

“Trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por el París impresionista, con una trama mínima. En la novela apenas pasa nada. Las pequeñas inquietudes de Camille sirven de unión a la historia”. (Conversación con Javier Plaza)

El autor consigue reconstruir el contexto de forma verosímil gracias a las visuales descripciones y a las escenas que las llenan de vida.

De forma constante, las escenas pasan a ser cuadros y los cuadros, escenas. Se mezclan los cuadros reales, como La urraca de Monet, con los inventados. Los reales no son muchos, pero sí suficientes para crear un contexto verosímil y que el lector crea que todos lo son.

Tiegre en la jungla

¡Sorprendido!, Henri Rousseau

Como muestra, he elegido la descripción del cuadro de Henri Rousseau, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical): “Un tigre huye con gesto despavorido, casi humano, mientras en la selva ha estallado la violenta tempestad; la fuerza de los elementos, el viento y la lluvia se reflejan en cada uno de los detalles del lienzo. El cielo gris oscuro con tres ramificaciones de un rayo y líneas de lluvia que inundan toda la superficie, las hojas y arbustos curvados hacia la derecha, impulsados por el viento hacia el lado donde huye el animal, los árboles, oscuros, también se doblan en esa misma dirección, la irascible tormenta lo envuelve todo” (p. 209).

Camille pierde el hilo de la conversación porque está poco atento a lo que sucede a su alrededor. Entonces o está recordando hechos de su vida pasada o está convirtiendo las escenas presentes en posibles lienzos. Cuando Camille está pensando en el lienzo que va a pintar para una exposición no sabe si decidirse por Guibert en su tejado, por ´El combate de los hermanos Lafaille´, por el cochero que reparaba la rueda en Capucines o por la camarera del Moulin. Y el lector duda con él, porque son escenas que ya han aparecido antes en la novela.

Elementos de composición

La trama, las subtramas y la estructura novelesca

Si partimos de la concepción clásica de introducción, nudo y desenlace, nos encontramos con una trama invertida de las del tipo: desenlace, planteamiento, nudo, desenlace ampliado y cierre. Una estructura que me ha recordado a la de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

Comienza por el desenlace. Camille recibe una carta de su padre que lo reclama para que atienda unos asuntos familiares en Pau, en el sur de Francia. El planteamiento y el nudo abarcan los seis días que se pasea por París despidiéndose de sus amigos y de su familia. El desenlace ampliado ocupa el último capítulo, mientras espera el tren de Pau, en la estación de Austerlitz. En el cierre cuenta que tarda diecisiete años en volver a París y que, por lo tanto, no cumple la promesa hecha en el nudo y en el desenlace inicial.

El adelgazamiento de la trama

Parece una novela de personaje, pero en realidad, como ya he señalado, es una novela de ambiente. El protagonista, Camille, señor de Jurançon, y los personajes secundarios, Yves Grenier, Víctor Pelletier, su tío Henry y la ausente Thérèse, están al servicio de unos acontecimientos externos que hacen avanzar la narración a través del delgado hilo que los une.

Una novela con poca trama siempre es un gran reto, porque tiene que despertar el interés con las anécdotas y con la riqueza de la prosa. Y, si las historias y las escenas no están bien elegidas y dosificadas, pueden saturar al lector.

En este caso, los episodios narrativos y las descripciones sueltas sirven para profundizar en el tema. “Me esfuerzo mucho en que los personajes sean congruentes. Pero son un instrumento para mostrar diferentes aspectos del París impresionista. En realidad, trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por ese París impresionista, y por eso reduje la trama al mínimo”. (Conversación con Javier Plaza)

Las tramas secundarias

La materia narrativa se expande con abundantes subtramas que nos introducen en los entresijos de la sociedad de la época.

La expectativa amorosa de Thérèse se complica con el amor pasional por Eloise y con el romántico de Berthe: “Haciendo memoria creo que Eloise fue mi primer amor real, al menos el primero que superó la etapa platónica, a diferencia del que sentí por Berthe o el que sentía por Thérèse” (p. 351).

Otras tramas amorosas son las relaciones de Yves con Eleonore, la de Victor con Kheira, la de Clotilde y Luca. También son tramas bien tejidas las vidas de otros pintores, las de los galeristas y las de las bailarinas de El Dorado, el Folies Bergère y el Moulin Rouge.

Yvette por Toulouse Lautrec

Yvette Guilbert, cantante, por Toulouse-Lautrec

El estraperlo, los negocios sucios en las colonias, la corrupción política y la compra de votos son subtramas sólidas que nos atrapan con tanta fuerza como la principal.

Una novela difícil de encasillar en un género

La novela está ordenada en siete capítulos, uno por cada día de la semana. “Lo establecí así porque quería que durara un ciclo y escogí una semana. El orden me vino determinado por los días en los que había tren de París a Pau”. (Conversación con Javier Plaza).

En efecto, la primera estructura que se nos impone es la de un diario, muy apropiado para contar hechos cotidianos. Pero, a medida que vamos leyendo, percibimos que los capítulos tienen demasiadas páginas para estar escritos en un día. Y que los datos son excesivos y demasiado lejanos como para que el narrador los recuerde de modo tan preciso.

El diario funciona como una forma de organizar el discurso. Pero, detrás de esa apariencia, hay otras estructuras y géneros que enriquecen la obra.

En el momento en que el lector se da cuenta de que Camille está recordando, de que no está escribiendo desde París, el susodicho diario se convierte en un libro de memorias.

La urraca en la nieve es, además, un drama romántico, una novela costumbrista, una crónica periodística y una novela histórica, géneros que reclaman una amplia y profunda documentación. En una entrevista en el Diario de Córdoba, en marzo de 2015, Javier Plaza confesaba que había investigado mucho sobre el Impresionismo.

La ambientación histórica cobra vida con los personajes que cuentan sus inquietudes cotidianas. Por estas páginas se pasean pintores, políticos, escritores, artistas y fotógrafos. Y algunos como Zola, Sadi Carnot, Rubén Darío, o Pablo Sarasate, que ya eran muy famosos en su época.

Al corte de drama romántico responden las relaciones de Camille con Thérèse, marcadas por la diferente clase social de las familias. Utiliza rasgos y técnicas costumbristas para pintar el mundo rural de los Pirineos.

Para terminar

La novela se limita a contar algunos episodios de la última semana de Camille en París. Solo un ojo entrenado en el puntillismo verá las anécdotas, las digresiones, las descripciones y las escenas, aparentemente inconexas, como elementos necesarios para comprender la totalidad. Una totalidad en la que todo está unido, y progresa, por oposición.

El presente narrativo se ve asaltado por continuos flashbacks al pasado inmediato y al pasado lejano; el mundo impresionista y la bohemia contrastan con la exquisita familia de Camille; la vida urbana de París con la provinciana de los Pirineos; el amor de Eloise con el de Thérèse.  Todo se desdobla y se descompone en mil matices.El lector obtiene la versión global cuando termina la suma de todos los contrastes

La urraca en la nieve es una novela de respiración pausada, que exige una lectura lenta. Sus páginas nos invitan a disfrutar del Arte, con mayúsculas, porque en ella, como en el Arte poética de Horacio, se aúnan la pasión por la literatura y por la pintura: Como la pintura así es la poesía.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza.

Este apasionado de la literatura, que creció leyendo a los clásicos, es un devorador de novela histórica y autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

El año 2014 publicó La urraca en la nieve, su primera novela. Y creo que ya está cercana la publicación de su segunda novela, Canción de otoño.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

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Imagen principal: del Facebook de Javier Plaza

Las citas de la novela son de la tercera edición de Ediciones Hades.

Carmen Romeo Pemán

Montmartre al atarceder

Boulevard de Montmartre al atardecer, Camille Pisarro

El mentiroso

Arturo soñó que era niño de nuevo. Se tocó los brazos, las piernas y el cuerpo, y los sintió duros como la madera. Corrió en busca de un espejo sin darse cuenta de que estaba en plena calle y de que sus pies volaban sobre un sendero de baldosas amarillas. Pero, como en los sueños todo es posible, a medio camino se encontró un espejo ovalado, más alto que un hombre, con un marco lleno de arabescos que brillaban como el sol. Se paró de golpe y se enfrentó a la imagen de un niño de madera. En lugar de tener piernas y brazos, sus extremidades eran palitos que se movían con un engranaje. Movió el cuello de un lado a otro negando la evidencia.

–¡Soy un hombre adulto!

La nariz le creció de pronto unos centímetros.

–¡Esto no está pasando!

La nariz le creció un poco más.

–¡Quiero despertarme! ¡Voy a despertarme! ¡Voy a abrir los ojos!

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Con cada una de las tres frases, la nariz se fue haciendo tan larga que ya no podía tocarse la punta con los dedos. Sobre su hombro derecho, con un sombrero de copa y una levita negra, había un pequeño grillo que meneaba la cabeza con aire reprobatorio mientras agitaba un paraguas rojo y hacía un ruidito con la lengua que sonaba como “tse, tse”.

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Arturo cerró fuerte los ojos. Se inclinó hacia el espejo, esperando a que la nariz de madera chocara contra el vidrio en cualquier momento, pero no percibió ningún contacto. Al no notar nada, entreabrió los ojos muy despacio y apoyó las manos sobre el cristal. La rendija entre sus pestañas le dejó ver que las manos apoyadas eran reales, de carne y hueso. Cerró los ojos con un suspiro de alivio, y los volvió a abrir del todo.

–¡No!

El grito se le escapó sin querer. Ya no era un muñeco, y la nariz de madera había desaparecido. Pero la de ahora era casi igual de larga, muy carnosa, como un montículo que surgía del centro de su cara y se prolongaba en un equilibrio que parecía imposible de mantener. En su base destacaban dos orificios paralelos, alargados y oscuros, por donde asomaban algunos pelos.

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En el espejo, sobre su hombro seguía el grillo de antes. En el reflejo lo vio acercarse a su oído para susurrarle unas palabras asombrosas:

–Cyrano, deberías haber seguido siendo como antes. Así Gepetto hubiera podido ayudarte, pero ahora… –volvió a hacer ese ruidito con la lengua– tse, tse… ahora no sé si vamos a poder resolver esta historia. Va a ser complicado, porque ni siquiera me has dejado volver a mi cuento…tse, tse…

Arturo separó los ojos del reflejo del espejo y los giró muy despacio hacia el hombro. ¡El grillo estaba allí! De pie, muy tieso, con las manos cruzadas sobre el mango del paraguas rojo, que usaba como si fuera un bastón con la punta clavada en la hombrera de la chaqueta de Arturo. Y seguía con ese “tse, tse” que lo estaba sacando de sus casillas.

–¡Esto es una pesadilla! –Arturo tuvo ganas de llorar– No puede estar sucediendo.

Dijo esto último medio en susurros. Se tapó los ojos con las manos para no dar el espectáculo bochornoso de un adulto llorando delante de un grillo, mientras en el espejo el reflejo de ellos dos seguía destacando en el camino de baldosas amarillas. Pero las lágrimas no entendían de manos ni de vergüenzas y se le escurrieron entre los dedos.

Arturo no supo cuánto tiempo estuvo así. Notó algo suave en la mejilla derecha. Abrió los ojos. Era la funda de su almohada, húmeda por el llanto. Se puso boca arriba y miró al techo. La lámpara que había en el centro, una araña llena de cristales heredada de su abuela, tintineaba y se movía. Encima de ella, con el tamaño de dos miniaturas, identificó a dos personajes de su sueño. Pinocho y Cyrano de Bergerac le gritaban a dúo la misma palabra una y otra vez:

–¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

Arturo se levantó de la cama. Se acercó a la mesa donde estaba la carta que le había escrito a su mujer la noche anterior. La carta en la que le decía que se iba a suicidar en alta mar para que ella no sospechara que se fugaba con su amante. Iba a irse esa misma mañana, antes de que Mercedes y los niños regresaran de pasar el fin de semana en casa de su suegra. Miró a la lámpara. Los fantasmas no estaban. Ahora solo había allí una foto familiar de las últimas vacaciones en la playa.

Recordó aquel día, con Mercedes y con los niños. Los juegos en el agua. La espalda por la noche, quemada por el sol. Se llevó las manos a la cabeza. Había estado loco, pero el sueño le devolvió la cordura. Casi había tirado por la borda lo mejor que tenía. Rompió la carta. Hablaría con Mercedes y le pediría perdón. No más mentiras.

Adela Castañón

Fotos: Pixabay, Photobucket

Yo escribo, tú pirateas

Que levante la mano quien nunca haya descargado de forma ilícita un libro. ¿Nadie? ¿No? Bueno, no voy a decir que me sorprenda. Descargarse un libro de forma ilícita de un repositorio de enlaces es como ir con hambre por el campo y saber que ahí, detrás de esa colina, hay un manzano lleno de frutos. Quizá esa parcela sea de alguien, y es posible que, para que ese árbol rebose vida y comida, una señora haya estado días, meses o años regándolo, abonándolo y protegiéndolo de cabras y cabrones que querían llevárselo por delante.

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Pero, cuando estemos mirando el árbol y escogiendo la manzana más tersa y jugosa, no vamos a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás de esa fruta. Como mucho nos preguntaremos, retóricamente, si alguien va a notar que falta una. Porque solo es eso: una manzana. No es como si fuera, no sé, algo importante. Así que nos acercamos al árbol y lo cogemos. Y, cuando queremos leer algo, vamos al repositorio de libros y cogemos ese que tiene tan buena pinta. Porque, ¿quién va a saber que nos hemos descargado un libro? Además, solo es un libro. No es como si fuera, no sé, algo importante.

Hábitos de lectura

En Enero de 2017, la Federación Española de Gremio de Editores de España (FGEE) publicó el último (y un poco descorazonador, añado yo) Informe de la Lectura en España. Según este, más del 90% de la población se considera lectora porque consume periódicos, comics o webs, pero casi el 40% no ha leído un solo libro durante el último año.

 Exactamente 37,8%. Tres, casi cuatro de cada diez españoles, no tocaron un libro en doce meses. Como escritora vocacional me asusta. Pero como lectora apasionada me pone la piel de gallina. Soy consciente de que la lectura supone un esfuerzo mayor que ver una serie o jugar al Candy Crush, y ya puse en este artículo mi granito de arena para animar a leer a quienes se le encogen las tripas de solo pensarlo, así que no voy a ahondar más en este aspecto aunque me preocupe. Lo que voy a hacer es centrarme en los que leen y hablar del origen de aquello que leen.

Consumo de literatura

Hace ya algún tiempo hice una encuesta en Twitter (con un “por fi” repetido, pero es que soy muy educada y un poco pava) para saber cuál es el origen de la última lectura de mis seguidores. Al hacerla a través de un medio digital, os prometo que pensaba que la última opción, “descargado sin pagar nada”, iba a ser la más votada.

Encuesta hábitos de lectura

Carla, guapa, en toda la boca

De las mil personas que respondieron a la pregunta, el 58%, es decir, 580 tuiteros, habían comprado su última lectura. Sin embargo, aunque el número de respuestas fue elevado, hay que contextualizar esta encuesta.

Debemos pensar en quién es el usuario medio de Twitter. Según este artículo de CrhistianDvE de octubre de 2016, el 60% de los usuarios son hombres y el 40%, mujeres y, del total, más del 50% tienen edades comprendidas entre los 25 y los 54 años. Además, más del 50% tienen estudios superiores.

Si analizamos cuál es el perfil medio del lector en España, vemos que lo único que no coincide con el usuario medio de Twitter es el sexo: mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.

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¿Qué conclusiones podemos extraer? Que, de las 11.520 personas que vieron este Tuit, solo votaron 1.000 (975 según el botón de estadísticas del tuit), un 8,7%. ¿Qué pasa con ese 91% restante? Además de aquellos cuyo corazón muerto no se emocionó con mis reiterados “por fi”, imagino que muchos otros no contestaron porque no recuerdan de dónde sacaron su última lectura.

Este último número sería aún peor que el que ofrece en su estudio el FGEE. Pero los vamos a dejar de lado, porque ya he dicho antes que hoy me iba a centrar en los que leéis.

¿Sabíais que, para cienes y cienes de escritores que pululamos por Internet, cada uno de vosotros, lectores, sois como un oasis en medio del desierto? Lo único que queremos es llegar a vosotros, convenceros de que sabemos escribir y que nuestras historias os emocionarán y, así, que acabéis comprando nuestro libro.

Pues bien, en mi encuesta, muchos de los lectores compran, y eso es algo que tengo que agradecer por muchos motivos que veremos más abajo. Sin embargo, hay otros que no pagan por sus lecturas. Y lo voy a analizar.

Toda descarga gratuita no es ilícita per se

Veréis que, en la encuesta, pregunto el origen del último libro leído. Al final, apunto a un “descargado sin pagar nada”. Fue gracioso que algunos sintieran la necesidad de recordarme que no toda la descarga es ilegal, cuando no pongo en ninguna parte que lo sea.

Y no lo puse porque era consciente de que se puede leer gratis y descargado de Internet sin que sea ilícito. Además de autores que ponen a la disposición del lector libros gratis en formato digital, hay otras plataformas en las que puedes descargarte capítulos o libros enteros sin pagar un euro.

Yo lo tenía en cuenta, pero sé que se suele considerar toda descarga por internet como piratería, y de ahí los números que salen. Por ejemplo, que en 2015 la piratería causó pérdidas de más de 3.000 millones de euros en España.

Una descarga ilícita no es una no-venta

Vuelvo al ejemplo del árbol. Cuando tenemos hambre, igual nos apetece un pollo con patatas fritas pero si lo que tenemos a mano es un manzano, acabaremos cenando manzanas. Con los libros gratis, igual que con las series y las películas, pasa algo similar. Si está ahí, disponible, lo cogemos y lo leemos. Que no quiere decir que si fuéramos a la librería y nos pusiéramos a elegir cogeríamos ese. Simplemente que, cuando está ahí y no cuesta nada, nuestro criterio de elección es muchísimo más laxo y tragamos con cosas que, si tuviéramos que pagar, no aceptaríamos.

Entiendo que es difícil poner una cifra si no podemos preguntarle a cada piratilla si hubiera comprado ese libro que ha descargado. Pero llama la atención una cifra tan alta, teniendo en cuenta que según lo que dice la GFEE, algo menos del 50% de la población es lector frecuente. Y, con estas cifras, podríamos pensar que antes de Internet había un montón de autores que vivían únicamente de lo que escribían, sin contar con charlas o conferencias. Y eso tampoco ha sido así. Recordemos que los royalties que cobra un escritor, habitualmente una vez al año, pueden suponer solo el 12% del pvp de un libro. Eso se traduce en unos dos euros por tomo. He tomado estas cifras de los números que nos ofrece Guillermo Schavelzon en su blog. Él nos dice:

Para ganar 43.000 euros, a 2,40 por libro, tendrá que vender 17.916 ejemplares. ¿Cuántos escritores venden 17.000 ejemplares cada año? Pocos, mucho menos de lo que el imaginario popular difunde.

Así pues, me pregunto si la erradicación de la piratería sacaría de pobres a los escritores y, sinceramente, creo que no. Eso no significa que defienda la piratería, ojo. Solo que, al eliminarla, no vamos a solucionar todo el problema de la industria.

No podemos dejar de leer

El gran mal de este mundo es la injusticia provocada por la falta de empatía y, solo si nos ponemos en la piel de los demás seremos capaces de erradicarlo. Pero no es tan fácil. Siempre he pensado que el ser humano es egoísta por naturaleza y que los libros son la mejor herramienta para empatizar con el resto de seres humanos.

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“¡Con más de mil elefantes!”

… y como se llame eso, ¡de Ardor Primario en un Continente Atormentado! ¡Romanticismo! ¡Glamour! ¡En tres emocionantes rollos! Emocionaos con la Lucha a Muerte contra Terribles Monstruos! ¡Apasionaos cuando más de Mil Elefantes…!

Por eso creo que no debemos dejar de leer. Y, si no podemos permitirnos un libro, entiendo que recurramos a otras fuentes. Estas pueden ser bibliotecas, plataformas y blogs de autor, Amazon y sus libros gratis, amigos e incluso el Kindle de otro con el libro que queráis leer. Por último, sí, podéis recurrir a un repositorio de enlaces ilícito. Pero quiero que sepáis lo que eso significa.

¿Vais a piratear? Vale, pero sed conscientes de lo que hacéis

Como os digo, yo he pirateado así que no puedo sentar cátedra diciendo lo malos que somos por hacerlo. Lo que sí quiero es que quien piratee entienda lo que supone eso para el autor.

Escribir un libro no es fácil, ni barato. Primero porque, aunque el autor no contrate ningún servicio, en el mejor de los casos está quitando tiempo de su trabajo remunerado para poder escribir la novela que disfrutaréis. En el peor, el autor, después de escribir, reescribir, corregir y volver a reescribir, contratará a correctores, diseñadores y maquetadores para tener una obra que dé gusto leer, sobre todo si autoedita.

¿Cómo se lo podéis agradecer? Primero, pagando por su libro. ¿Que lo habéis leído y, aún así, no queréis gastaros un duro en él, ni ahora ni nunca? Entonces no os merecéis haberlo disfrutado, ni ahora ni nunca. Pensad que el escritor también tiene la manía de querer comer y llevar ropa sin agujeros así que, si disfrutáis de su trabajo, deberíais pagárselo con placer.

¿Que queréis pagarles pero sois vosotros los que tenéis la manía de comer, y comprar libros y comida es incompatible? Bien. Os diría que descarguéis obras que las propias plataformas de pago os ofrecen gratis, por ejemplo.

Si, por el contrario, os morís de ganas de descargar contenido de un autor que está vivo y que pretende vivir de lo que escribe, y no encontráis sus libros en una biblioteca, buscad alguna manera de recompensar su tiempo. Por ejemplo, dejando reseñas: para los autores, especialmente los noveles, las reseñas son la mejor manera de dar a conocer sus obras. No os cuesta nada escribir algo, aunque no sea positivo, para que el autor tenga feedback y que, como mínimo, le ayude a mejorar.

Más adelante, cuando vuestra situación mejore, sería un detalle que comprarais ese libro que os habéis leído cuando no podíais pagarlo.

Nos gusta escribir pero también ganarnos el pan con nuestro trabajo

Un autor que no recibe nada por lo que publica dejará de hacerlo. Estoy segura de que, cuando descargáis un libro no pensáis en eso. Y lo sé porque he estado ahí, en la misma situación. Al darle al botoncito de “download” ni se os pasa por la cabeza que detrás del libro que te estás bajando ilícitamente de Internet está la frustración de un escritor que ve sus ventas estancadas. Que, para escribir, araña al trabajo, la familia y al ocio minutos de tiempo que nunca más va a volver.

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Yo escribiendo esta entrada

Alguna vez me han llegado a decir cosas como que los escritores solo escribimos porque queremos vender y hacernos ricos, y que sólo vemos nuestro arte como puro mercantilismo. No. No os equivoquéis. Lo que pasa es que queremos dedicarnos a escribir en vez de hacerlo con nocturnidad y alevosía, y si no rentabilizamos nuestro trabajo siempre vamos a tener que relegarlo a ese tiempo libre que nadie tiene. Menos aún en España, que ya conocemos cómo funcionan aquí las jornadas maratonianas y la nula conciliación familiar.

Mi código ético del pirateo

Siempre he creído que la cultura debe ser libre. También defiendo que los autores deben poder cobrar por un trabajo que ha desgastado su recurso más valioso: el tiempo. Menuda contradicción. ¿Cómo se come eso?

Se considera piratear todo lo que se descargue de Internet y cuyos autores o dueños de los derechos de distribución no reciben retribución por ello (y que no lo den gratis, claro). Sin embargo, no entiendo por qué, una vez que el autor ha muerto, otros cobren por su trabajo. Me parece injusto, especialmente porque el autor seguramente fue el que, en vida, cobró menos de toda la cadena de distribución de su libro en papel y en digital.

Así pues, si algún día me encuentro en una situación tan jodida que no pueda ni pagar 3€ por un libro en Amazon, aplicaré mi propio código ético del pirateo. Es el que dice que, si me descargoalgo de forma ilícita, que sea de algo cuyos derechos hayan expirado o cuyo autor está muerto.

Sí, no es perfecto. Sí, mi intención es seguir pagando por todo lo que leo pero, si no puedo y no tengo cerca una fuente gratuita de libros, sé que no voy a dejar de leer. Y sí, también tengo algunas dudas sobre cuál es el papel de los hijos que tienen los derechos de las obras de sus padres. Sin embargo, en esto último aplico aplicaré la misma filosofía que con mi hija: le voy a dar herramientas para que se busque la vida para que no tenga necesidad de vivir de mis rentas. Ni ella ni nadie. Y entiendo que todo padre debe hacer algo así por sus hijos.

Al loro, que no estamos tan mal

Si analizamos el sector del libro, vemos que nunca fue lo que era. Pocos escritores han vivido o viven de lo que han escrito, así que, o viene HBO a comprar los derechos de nuestras novelas y nos marcamos un R. R. Martin, o tendremos que trabajar de algo más y dedicar el tiempo libre a la escritura.

Pero, como diría el ex presidente del Barça, Joan Laporta, “Al loro, que no estamos tan mal”. Y me remito a mi encuesta. Más de la mitad de los que respondieron pagaron por su libro. Algunos, en papel. Otros, en digital. Es decir, aún hay mucha gente que valora el trabajo que hacen los escritores y quieren y pueden pagar por ello. Tenemos un motivo para alegrarnos, como autores, porque eso significa que aún tenemos la oportunidad de ganar dinero por nuestro tiempo invertido. Y, como lectores, porque cada vez que alguien compra a un autor lo está avalando para que siga escribiendo.

Y eso es lo que queremos. Seguir escribiendo.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Markus Spike

Clases en el carasol de Vicenta

A doña Simona Paúles, maestra de nuestras abuelas

Simona aprovechó que era un jueves muy soleado para pasar la tarde con sus alumnas en el carasol del Huerto de Vicenta. Sabía que, a esa hora, estarían allí las mujeres, unas hilando y otras remendando los pantalones de pana de los hombres. Con la luz del sol les salían mejor los zurcidos que por la noche a la luz de la vela.

Creyó que se le había ocurrido una buena idea. Así las madres verían cómo les enseñaba a sus hijas a coserse la ropa interior, mientras les leía unos cuentos que ella misma había escrito. Y, como en las casas se comentaban los pormenores del carasol, pronto se correría por el pueblo con qué maña manejaban los bolillos y bordaban sus iniciales, como habían hecho sus madres y sus abuelas en las sábanas de sus ajuares.

Los jueves por la tarde no había clase y el maestro echaba una larga partida de “subastao” con el cura y el secretario. Mientras jugaban, les decía que tenía pruebas de que la nueva maestra era una hereje.

Les relató, con pelos y señales, que el día que le llevó el Año Cristiano y la Flos sanctorum, los libros que las maestras anteriores leían en la escuela, se los había tirado a la cara. Y que, como pensó que era un arrebato por tener que dar las clases en la herrería, volvió otro día con La perfecta casada de Fray Luis de León. Y lo mismo.

Encima, desde que había llegado esta maestra, los chicos no querían rezar por las mañanas. Es más, le venían a él con que doña Simona no obligaba a las chicas, que las que no querían podían salir a la calle mientras ella rezaba. Y no era un embuste de zagales, que las había visto desde la ventana de su escuela  en corro delante de la puerta de la herrería. Cualquiera que pasara por allí, a la hora de entrar, podría oír cómo se desgañitaba la maestra con los padrenuestros y las avemarías, haciéndose la buena. Pero que a él no se la pegaba. Que, cuando le preguntó por el crucifijo, le dijo que lo no colgaba para que no se manchara con el hollín de las paredes. Y él sabía que eso era lo que hacían los masones, que arramblaban con las vírgenes y santos. Y vaya usted a saber si no habrá estado implicada en el robo del Niño Jesús de Praga que desapareció la de la iglesia la semana pasada.

Siempre que se caldeaba el ambiente, Rosendo salía del mostrador limpiándose las manos en el guardapolvo gris y se acercaba a ver cómo iba la partida. Después de indicarle al cura que echara el as de bastos se sentó en una esquina de la mesa y comenzó con sus habituales retahílas:

—¡Dónde se ha visto que unas alumnas manden más que la maestra! —Miró de frente al cura y al maestro, y continúo con su perorata— Si no tercian en el asunto, pronto se nos habrán subido a las barbas las crías, la maestra y las mujeres. Después de comer las he visto bajar a todas al carasol. Aún no han vuelto y ya se está haciendo de noche. Estoy seguro de que les va a sorber los sesos, mientras ustedes se encenegan con las cartas. A mí me va bien que sigan bebiendo coñac. Pero, si algún día me las tengo que ver con mi mujer y con mis  hijas y ustedes no han hecho nada, me cagaré en sus muertos.

Rosendo se calló cuando vio entrar al médico. Se levantó, volvió al mostrador para servirle un carajillo bien cargado de ron y, entre tanto, pensaba: “Con este no sé a qué carta quedarme. Unas veces critica a doña Simona y otras dice que con ella ha llegado un aire fresco a este pueblo. No sé, no sé. Este don Valero me tiene un poco mosca”.

Aún no se lo había servido, cuando oyó una algarabía que llegaba desde la calle. Asomó la cabeza por el ventanuco que había detrás del mostrador y pudo ver las caras de las chicas y las mujeres que se quitaban la palabra. La maestra las seguía en silencio, muy sonriente. Y a Rosendo aquello no le gustó.

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Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843 – ¿?) fue maestra de El Frago desde 1884 hasta que se jubiló en 1913. Esta hija de Romualdo y Jacinta, naturales y vecinos de Aísa, obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca en 1870. Se casó con Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1854 – El Frago, 1910), que también fue maestro de El Frago, y se instalaron en la Escuela de Niños. Tuvieron tres hijos, María Teresa,  Pedro y Esperanza, que se cambiaron el apellido por Hualte. María Teresa estudio Magisterio, se casó con Bonifacio Guillén de El Frago y se instalaron en Sádaba. Pedro fue practicante de Petilla de Aragón y Esperanza murió a la edad de seis meses.

Como en esa época no había un local para dar clase a las niñas, doña Simona ocupo cocinas, desvanes y hasta una herrería vieja. Les enseñó primorosas labores y se las arregló para que casi todas sus alumnas asistieran a clase y aprendieran a leer, a escribir y a hacer cuentas. Mi abuela, Antonia Berges (1885-1950), solo recibía clases en su casa algún atardecer. Pero, aun así, tenía una letra primorosa y llevaba las cuentas de su casa. En el monte, cuidando cabras, se bordó un ajuar como pocas novias de El Frago. Doña Simona consiguió que su hija María Teresa, y las hijas del médico, Fermina y Cipriana Llanas, estudiaran Magisterio. Así me lo contaba Presentación Guillén, una de sus discípulas, que se había pasado la vida por los montes con mi abuela y guardaba honda memoria de su maestra.

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Pabla Presentación Guillén Guillén (El Frago, 1902-1989)

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Imagen destacada. Ricardo Compairé Escartín, Un carasol a comienzos del siglo XX. Publicada en “Fotos antiguas de Aragón” por Javier Redrado Marín.

La fotografía de Presentación Guillén me la ha cedido su nieto Chesus Asín. Es propiedad de la familia.

Carmen Romeo Pemán

¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano