Clases en el carasol de Vicenta

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A doña Simona Paúles, maestra de nuestras abuelas

Simona aprovechó que era un jueves muy soleado para pasar la tarde con sus alumnas en el carasol del Huerto de Vicenta. Sabía que, a esa hora, estarían allí las mujeres, unas hilando y otras remendando los pantalones de pana de los hombres. Con la luz del sol les salían mejor los zurcidos que por la noche a la luz de la vela.

Creyó que se le había ocurrido una buena idea. Así las madres verían cómo les enseñaba a sus hijas a coserse la ropa interior, mientras les leía unos cuentos que ella misma había escrito. Y, como en las casas se comentaban los pormenores del carasol, pronto se correría por el pueblo con qué maña manejaban los bolillos y bordaban sus iniciales, como habían hecho sus madres y sus abuelas en las sábanas de sus ajuares.

Los jueves por la tarde no había clase y el maestro echaba una larga partida de “subastao” con el cura y el secretario. Mientras jugaban, les decía que tenía pruebas de que la nueva maestra era una hereje.

Les relató, con pelos y señales, que el día que le llevó el Año Cristiano y la Flos sanctorum, los libros que las maestras anteriores leían en la escuela, se los había tirado a la cara. Y que, como pensó que era un arrebato por tener que dar las clases en la herrería, volvió otro día con La perfecta casada de Fray Luis de León. Y lo mismo.

Encima, desde que había llegado esta maestra, los chicos no querían rezar por las mañanas. Es más, le venían a él con que doña Simona no obligaba a las chicas, que las que no querían podían salir a la calle mientras ella rezaba. Y no era un embuste de zagales, que las había visto desde la ventana de su escuela  en corro delante de la puerta de la herrería. Cualquiera que pasara por allí, a la hora de entrar, podría oír cómo se desgañitaba la maestra con los padrenuestros y las avemarías, haciéndose la buena. Pero que a él no se la pegaba. Que, cuando le preguntó por el crucifijo, le dijo que lo no colgaba para que no se manchara con el hollín de las paredes. Y él sabía que eso era lo que hacían los masones, que arramblaban con las vírgenes y santos. Y vaya usted a saber si no habrá estado implicada en el robo del Niño Jesús de Praga que desapareció la de la iglesia la semana pasada.

Siempre que se caldeaba el ambiente, Rosendo salía del mostrador limpiándose las manos en el guardapolvo gris y se acercaba a ver cómo iba la partida. Después de indicarle al cura que echara el as de bastos se sentó en una esquina de la mesa y comenzó con sus habituales retahílas:

—¡Dónde se ha visto que unas alumnas manden más que la maestra! —Miró de frente al cura y al maestro, y continúo con su perorata— Si no tercian en el asunto, pronto se nos habrán subido a las barbas las crías, la maestra y las mujeres. Después de comer las he visto bajar a todas al carasol. Aún no han vuelto y ya se está haciendo de noche. Estoy seguro de que les va a sorber los sesos, mientras ustedes se encenegan con las cartas. A mí me va bien que sigan bebiendo coñac. Pero, si algún día me las tengo que ver con mi mujer y con mis  hijas y ustedes no han hecho nada, me cagaré en sus muertos.

Rosendo se calló cuando vio entrar al médico. Se levantó, volvió al mostrador para servirle un carajillo bien cargado de ron y, entre tanto, pensaba: “Con este no sé a qué carta quedarme. Unas veces critica a doña Simona y otras dice que con ella ha llegado un aire fresco a este pueblo. No sé, no sé. Este don Valero me tiene un poco mosca”.

Aún no se lo había servido, cuando oyó una algarabía que llegaba desde la calle. Asomó la cabeza por el ventanuco que había detrás del mostrador y pudo ver las caras de las chicas y las mujeres que se quitaban la palabra. La maestra las seguía en silencio, muy sonriente. Y a Rosendo aquello no le gustó.

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Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843 – ¿?) fue maestra de El Frago desde 1884 hasta que se jubiló en 1913. Esta hija de Romualdo y Jacinta, naturales y vecinos de Aísa, obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca en 1870. Se casó con Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1854 – El Frago, 1910), que también fue maestro de El Frago, y se instalaron en la Escuela de Niños. Tuvieron tres hijos, María Teresa,  Pedro y Esperanza, que se cambiaron el apellido por Hualte. María Teresa estudio Magisterio, se casó con Bonifacio Guillén de El Frago y se instalaron en Sádaba. Pedro fue practicante de Petilla de Aragón y Esperanza murió a la edad de seis meses.

Como en esa época no había un local para dar clase a las niñas, doña Simona ocupo cocinas, desvanes y hasta una herrería vieja. Les enseñó primorosas labores y se las arregló para que casi todas sus alumnas asistieran a clase y aprendieran a leer, a escribir y a hacer cuentas. Mi abuela, Antonia Berges (1885-1950), solo recibía clases en su casa algún atardecer. Pero, aun así, tenía una letra primorosa y llevaba las cuentas de su casa. En el monte, cuidando cabras, se bordó un ajuar como pocas novias de El Frago. Doña Simona consiguió que su hija María Teresa, y las hijas del médico, Fermina y Cipriana Llanas, estudiaran Magisterio. Así me lo contaba Presentación Guillén, una de sus discípulas, que se había pasado la vida por los montes con mi abuela y guardaba honda memoria de su maestra.

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Pabla Presentación Guillén Guillén (El Frago, 1902-1989)

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Imagen destacada. Ricardo Compairé Escartín, Un carasol a comienzos del siglo XX. Publicada en “Fotos antiguas de Aragón” por Javier Redrado Marín.

La fotografía de Presentación Guillén me la ha cedido su nieto Chesus Asín. Es propiedad de la familia.

Carmen Romeo Pemán

¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano

Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

En los sueños de un hombre solitario

Alfie vislumbró un rayo de luz entre las cortinas. Había amanecido. Se pasó las manos por el rostro, se frotó los ojos para despejarse y se limpió el sudor de su frente. Respiró hondo y dejó escapar un bostezo. Había soñado que se reunía con las personas a quienes, de una u otra manera, les había hecho daño. Estaban todos congregados en la sala de su casa. La música del tocadiscos animaba el lugar. Las copas, rebosantes de vino tinto, chocaban unas contra otras y las risas se oían como un eco por toda la habitación. Durante el sueño, había tenido la oportunidad de expresarles sus sentimientos a todos ellos, de abrirles su corazón y de explicarles lo infeliz que se sentía por haberlos lastimado. Los besos y los abrazos iban y venían y Alfie sintió que eran símbolo del perdón que le brindaban. No había hecho cosas terribles en su vida, pero sí algunas que quisiera olvidar.

La ilusión de poder cambiar su pasado y de tomar otras decisiones rondaba por su cabeza cómo una idea obsesiva. “Si todo fuera como escribir alguna errata y luego darle delete en el ordenador”, se decía. Pero sabía que las acciones permanecen y que no podía cambiarlas, que debía vivir con las consecuencias de sus actos.

Había sido un sueño increíble. Cada abrazo lo había sentido tan real y tan humano, que albergó la idea de haber navegado en un recuerdo y no en un producto de su imaginación. El regocijo de su corazón era tan grande que pensó que se le iba a salir del pecho con el ímpetu de cada latido.

Alfie se llevó la mano al cuello para apaciguar la sensación de ahogo y cerró los ojos para controlar la respiración. Revivir el sueño lo ponía ansioso. Poder disculparse y expresar su sincero arrepentimiento había sido muy liberador y placentero.

Ahora que estaba despierto se sentía triste. La alegría del momento había desaparecido. Se había desvanecido como todas aquellas personas que había alejado de su vida. Deseaba volver a estar dormido, regresar a ese lugar en el que podía arreglar las cosas sin prejuicios y permanecer allí para siempre.

Estar despierto le recordaba la cobardía que le impedía encarar a sus fantasmas. Sabía que no tenía la fortaleza suficiente para lidiar con el rechazo de sus buenas intenciones, que la culpa lo consumiría hasta los huesos y que el miedo no lo dejaría avanzar.

Sacudió las frazadas, se levantó de la cama, se acercó a la ventana y cerró la cortina para que la estela de luz se apagara. Debía mantener firme el propósito de mejorar sus pasos, y parte de la solución era cerrar un poco la boca para que las palabras equivocadas no salieran con tanta facilidad. Pero sabía que no sería una tarea sencilla dominar la verborrea que le salía sin control, cada vez que la ira se apoderaba de sus emociones. Estaba seguro de que, una vez más, sus palabras lo traicionarían y volvería a desear haberse quedado callado. Pero en ese momento, en el que las recriminaciones le llegaban como una avalancha, y a pocos minutos de iniciar su rutina, lo que más deseaba era volver a soñar, viajar a ese instante en el que las malas decisiones se podían cambiar.

Alfie se recostó de nuevo en la cama, se puso en posición fetal, se aferró a las frazadas y cerró los ojos con la esperanza de recuperar el curso de aquel sueño. Quería ver una vez más la sonrisa de Lucía mientras le tomaba la mano, sentir la calidez de su abrazo y sus labios rozando sus mejillas. Dejar atrás la soledad que lo embargaba desde aquella noche en que, la única mujer que le había dado sentido a su vida, desesperada de lidiar con sus demonios, lo había abandonado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

La voz de las mujeres en la lírica tradicional

A Gloria Álvarez, Ana de Echave, Concha Gaudó, Pilar Laura Mateo e Inocencia Torres, mis amigas y compañeras de CD-ROM.

A medida que me iba acercando por el pasillo de la Escuela de Ingenieros al despacho de Ana de Echave, oía la voz de María Luisa Villarroya cantando a capela esta jarcha:

  • Moriré de amores
  • moriré
  • D’este mal moriré, madre,
  • d’este mal moriré yo.

No lo pude evitar. Llamé a la puerta de donde venía el sonido. Me abrió un joven del equipo que estaba montando nuestro CD-ROM: Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres. Al verme dijo:

–Perdona, pero es que estas canciones son muy pegadizas. Desde que hemos comenzado con este trabajo no podemos dejar de cantar.

–¡La voz de nuestras mujeres en labios de unos estudiantes de Ingenieros! ¡Esto es un milagro! –contesté.

–¡Pues no sé por qué! ¡Qué más da quién las cante! A mí me gustan mucho.

En aquel lejano 1998 pensé que nuestro CD había rescatado una parte importante de la literatura escrita por mujeres, de los momentos importantes de la historia de las mujeres y de su participación en la política. Es decir, creí que ya había cumplido un objetivo importante.

El CD-ROM lo hicimos posible un grupo de amigas profesoras que creíamos en el valor educativo de las nuevas tecnologías y que queríamos visibilizar a las mujeres, completamente veladas en los manuales escolares. Una visión de conjunto de nuestro trabajo está recogida en un folleto orientativo que publicamos en 2001, con motivo de la segunda edición. Todavía puede consultarse en la web.

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Ahora que ha caído en el olvido, me he propuesto darle una nueva oportunidad.

En un principio había pensado recuperar el proceso de creación de un material educativo e interactivo, hablar de su contenido global y del mensaje esencial. Sin olvidar a las autoras. Pero, como no puedo abarcarlo todo en un artículo, me limitaré a algunas cancioncillas de la poesía tradicional. He seleccionado unos cuantos poemillas de letras elocuentes para compensar la falta de la música y las animaciones del trabajo original.

La literatura española nació en los labios de una muchacha enamorada

  • De los sos ojos tan fuertemientre llorando,
  • tornava la cabeça y estávalos catando

¡Cuántas generaciones de lectores se han emocionado con estos versos, que marcaban el nacimiento de la literatura en España! El admirable Poema del Cid estaba ahí, imponente, en el principio de todo. Imposible parecía que algo pudiera llegar a arrebatarle esa gloria.

Y, sin embargo, la literatura española comenzaba un siglo antes y de qué distinta manera: no con el grandioso poema épico, sino con un pequeño corpus de minúsculas estrofas líricas; no con el solemne paso de las huestes del Cid, sino con la queja de una muchacha enamorada; no en Castilla, sino en tierra de moros. (Margit Frenk Alatorre, Estudios sobre lírica antigua, Castalia, 1978)

El amor en las jarchas mozárabes

Hoy, en nuestras voces y en nuestros escritos, siguen resonando los suspiros de aquellas muchachas andaluzas enamoradas de las que hablaba la profesora Frenk Alatorre.

  • ¡Oh madre, mi amigo
  • se va y no vuelve!
  • Dime qué haré, madre,
  • si mi pena no afloja.

El amor en la poesía trovadoresca

Y nos seguimos lamentando como aquellas mujeres medievales encerradas en sus castillos. El amor cortés no les permitía dirigirse a su madre o a un amigo como habían hecho las andaluzas, pero estas damas necesitaban contar sus penas a alguien que les guardara el secreto y que no las traicionara. Y ¿a quién mejor que al mar y a los elementos cósmicos?

  • Alcé los ojos,
  • miré a la mar,
  • vi a mis amores
  • a la vela andar.
  • Irme quiero, madre,
  • a la galera nueva,
  • con el marinero a ser marinera.
  • Dejadme llorar
  • orillas del mar.

El amor en el Renacimiento: rebeldía, alegría, picardía, y disimulo

Los aires renacentistas nos trajeron nuevos temas y nuevos tonos. Nos permitieron cantar la picardía, la travesura y la alegría, en un tono festivo.

  • ¡Ay que no puedo
  • deciros lo que quiero!

Hasta el siglo XVI, hubieran sido impensables estos versos:

  • Dejad que me alegre, madre,
  • antes de que me case.

La voz de estas rebeldes antepasadas ya no prometía la fidelidad al marido ni al amante.

  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los almendros
  • y los amores con ellos, Juan;
  • mala seré de guardar.
  • Ya florecen los árboles, Juan,
  • mala seré de guardar.

O el siguiente zéjel, más propio de una tradición goliardesca que de un canto de damas, en el que la voz femenina se recrea de forma pícara en el beso prohibido del amante.

  • ¿Por qué me besó Perico
  • por qué me besó el traidor?
  • Dijo que en Francia se usaba
  • y por eso me besaba;
  • y también porque sanaba
  • con el beso su dolor.
  • ¿Por qué me besó Perico,
  • por qué me besó el traidor?

Las mujeres se divertían invirtiendo los recursos de la lírica culta. Las damas ponían en sus labios temas y situaciones que hasta entonces solo habían cantado los caballeros, pero lo hacían con nuevos recursos y agudizando el ingenio. Y así lo podemos ver en los ejemplos siguientes.

Unas veces, rechazando la cortesía.

  • No paséis, el caballero,
  • tantas veces por aquí;
  • si no, bajaré mis ojos,
  • juraré que nunca os vi.
  • No me sirváis, caballero,
  • íos con Dios,
  • que no me parió mi madre
  • para vos.

Otras veces, invitando al amante, con un descaro sin precedentes.

  • De tu cama a la mía
  • pasa un barquillo;
  • aventúrate y pasa
  • moreno mío.

Y otras, burlándose de los propios amores cortesanos. Estas burlas son frecuentes en las seguidillas con eco, como la que recojo a continuación. En esta, unas jóvenes ridiculizan los amores ardorosos de sus damas.

  • Como somos niñas,
  • somos traviesas,
  • y por eso nos guardan, ardan,
  • todas las dueñas.

Era un atrevimiento elegir amante sin permiso de los padres. Precisamente por eso, el siguiente romancillo era una verdadera provocación. Y, como los romancillos se adaptan bien a las canciones de corro, este ha sobrevivido gracias a los juegos de las niñas.

  • Madre, un caballero
  • de casa del rey,
  • siendo yo muy niña
  • pidióme la fe;
  • dísela yo, madre,
  • no lo negaré.

Con los nuevos tiempos, las mujeres aprendieron a protestar y a expresar su descontento.

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  • Dicen que me case yo;
  • no quiero marido, no.

A las que elegían amante por su cuenta, los padres las castigaban con el convento. Otras lo elegían para rebelarse contra los matrimonios que les habían concertado sus padres. Así nacieron los tópicos de la malmonjada, malmaridada y malcasada, que poblaron gran parte de los cancioneros renacentistas y que han perdurado en la tradición popular hasta nuestros días.

  • No quiero ser monja, no,
  • que niña namoradica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.
  • Dejadme con mi placer,
  • con mi placer y alegría;
  • dejadme con mi porfía,
  • que niña malpenadica so.

Como la rebeldía solía traer malas consecuencias, las mujeres aprendieron a ser discretas. Y fueron muy populares las albadas en las que la dama despachaba al amante de su cama, para no tener consecuencias fatales, como sucedía en el romance de Gerineldo.

  • El alba nos mira
  • y el día amanece:
  • antes que te sientan
  • levántate y vete.

Y cuando se dieron cuenta de que no bastaba la discreción, dieron paso al disimulo.

  • Caballero, andad con Dios,
  • que como vean que os miro,
  • no me sientan dar suspiro
  • que no piensen que es por vos.

Y para terminar

Esas voces de la lírica antigua lograron sobrevivir buscando nuevos cauces y contextos. Unas, aunque un poco cambiadas, las recogieron los cancioneros. Otras, las reescribieron los poetas cultos. Como hizo Góngora con abundantes cancioncillas populares en sus Letrillas. En el siglo XX, los poetas de la Generación del 27, grandes admiradores de Góngora, volvieron a inspirarse en estos poemillas anónimos.

Se trasmitieron de forma natural y espontánea en los juegos infantiles. Cuando yo era niña, solíamos comenzar las sesiones de corro con esta inversión de un piropo.

  • ¿Qué haces ahí, mozo viejo,
  • que no te casas
  • que te estas arrugando
  • como las pasas?

Las mujeres, desde el nacimiento de nuestras letras, hemos estado presentes en la literatura a través de las canciones, porque la lírica es un excelente vehículo para la expresión de sentimientos profundos.

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Veinticuatro horas de guardia

Empiezo el día mosqueado. Sé que María se ha despertado con la alarma del reloj y se hace la dormida. Salgo de la ducha y meto las cosas de la guardia en la mochila haciendo ruido a ver si abre los ojos. Es inútil, sigue inmóvil.

Suelo dejar todo preparado la víspera, pero anoche, cuando subí al dormitorio, ella ya dormía o fingía dormir. Hasta ayer no me acordé de decirle que me habían pedido el cambio de guardia. ¡Y tampoco hay que ponerse así, joder! Que también se le olvidó a ella comentarme que hoy íbamos a comer con sus padres. Intenté explicarle que el cambio me convenía, pero estaba tan furiosa que no me dejó hablar.

No sé si estoy más triste que enfadado, o al revés. Anoche se acostó dándome la espalda, pero no creí que hoy me dejaría marchar así. Aunque no le apeteciera desayunar conmigo, es la primera vez que no me ha dado un beso de despedida.

Cojo el coche y me consuelo pensando que la guardia en Istán es mucho más tranquila que en la puerta del hospital, y que en el pueblo podré seguir trabajando en mi tesis. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado el portátil. Miro el reloj. No me da tiempo de volver a buscarlo, ni creo que sea buena idea asomar la nariz por mi casa antes de veinticuatro horas. Y sudo al imaginar qué me encontraré mañana cuando regrese.

Llego al hospital y firmo la entrada. Le pido al celador la llave del consultorio de Istán, y me mira de forma extraña. Pone cara de póker, levanta las cejas de forma exagerada, y me dice que llame al jefe. Saco el móvil. ¡Lo que faltaba! Se me olvidó cargarlo y está sin batería. Utilizo el teléfono de admisión, y el adjunto lo coge enseguida. Creo que es lo primero que me sale bien esta mañana. Escucho su voz y esa tosecilla tonta que le entra cuando va a darnos una mala noticia. Ya no estoy tan seguro de que todo vaya bien y, como no podía ser de otro modo, se cumple el refrán: “piensa mal y acertarás”. Mi compañero, con el que hice el cambio, se acaba de dar de baja. Y el sustituto está muy verde para chuparse una guardia de puerta hospitalaria, así que a él lo mandan al pueblo, y a mí me toca quedarme aquí. Las cejas del celador se mueven y me hablan; esa muda compasión me provoca unas inmensas ganas de llorar. Trago saliva e intento ahogar esa pena que se empeña en subirme desde el vientre hasta los ojos.

Voy a mi taquilla. ¡Mierda! Me he dejado las llaves en casa, en el maletín. Lógico. ¡Si yo pensaba irme al pueblo! Vuelvo al mostrador. El celador me dice que no puede ayudarme, que aquello está petado de gente, y que además está solo hasta que entre el refuerzo de las diez de la mañana. Margarita, la limpiadora más veterana del hospital, anda cerca y me oye hablar. Me agencia un pijama dos tallas más grandes que la mía, pero al menos es un uniforme. Me presta su taquilla y guardo allí mis bártulos. Menos mal que está en el cuarto de la lavandería. ¡Hoy solo me faltaba que me pillaran en un vestuario femenino! Ella comparte la taquilla con otra limpiadora y se verán en el cambio de turno, así que me deja su llave hasta entonces. Le digo a Margarita que es un sol con un corazón de oro. Se ruboriza, a pesar de sus años. “¡Ay, doctor! ¡Qué cosas dice! Si tiene la misma vena curando que echando piropos, ya sé a quién voy a consultar cuando me ponga mala”. Me visto de verde y voy a la sala de reuniones. Por el pasillo me doy cuenta de que voy sonriendo por primera vez desde que me levanté de la cama. Necesito un café. El primero del día.

Empieza el chorreo de pacientes. Otra vez traen a Asdrúbal. Supongo que hoy se ha vuelto a emborrachar a propósito, porque llueve muchísimo. Sabe que en la observación de urgencias estará más seco y calentito que en su banco del parque. Y, cuando se le pase la mona, se camelará a la enfermera de turno para que lo deje estar unas horas más. Lo único que tiene en común con el general cartaginés, cuyo nombre comparte, es su habilidad estratégica. Si mi adjunto tuviera la mitad de labia que él, no habría tantas protestas por su modo de organizar los turnos.

No paran de llegar las banalidades de todos los días. Después de atender a Asdrúbal, me subo a la noria cotidiana de los lumbagos, lobanillos, rozaduras de zapatos o picaduras de mosquito. Me muerdo la boca para no decir a más de uno aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Suspiro y continúo luchando para mantener mi vocación a flote.

La mañana sigue con la misma tónica. A última hora, ¡cómo no!, llega una mamá que trae a “su nene” porque tiene una fiebre de 37’9. El “nene” mide cerca de un metro noventa y debe rondar los ochenta kilos. Bosteza sin disimulo y sin que se le ocurra taparse la boca.

–¿Desde cuándo estás con fiebre? –le pregunto al supuesto enfermo que, como es de esperar, me ignora.

La madre me mira y se inclina un poco hacia adelante para contestarme.

–Desde hace una hora.

–¿Le ha dado algo para que se le baje? ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno?

La señora levanta la cabeza, echa los hombros hacia atrás y arruga la nariz.

–Pues claro que no. He pensado que era mejor traerlo, a ver por qué está así.

Intento hacer educación sanitaria y le explico que esa temperatura ni siquiera se puede llamar fiebre. Pienso que el paciente es un cacho de carne con ojos, y me recrimino por pensarlo. Para redimirme le hago una exploración a fondo. Todo normal. Le pongo el termómetro: 36’8 ºC. Sin hablar, que ya me cansa malgastar palabras, se lo enseño a la madre. En lugar de alegrarse, parece que le molesta que su “nene” no tenga nada. Protesta con descaro.

–Pues estará su termómetro malamente. Que el de mi casa daba casi casi los 38.

La remito a su médico de familia y se marcha renegando. Alcanzo a escuchar que va a llevar a su hijo al privado, porque seguro que le hace falta un antibiótico y, con tanto recorte, el médico, que en este caso soy yo, no se lo ha querido recetar.

Tengo ganas de morder, y me rugen las tripas. Me escapo quince minutos a la cafetería del personal, a ver si puedo comer algo. Echo mano al bolsillo de modo mecánico. ¡Ostras! ¡No está mi móvil!

Paso de la comida y corro a la recepción. El celador de refuerzo ya ha llegado, y el de antes ha salido a desayunar. Suspiro envidioso. Por lo menos verá la luz del sol, y no como yo, aquí encerrado hasta mañana por la mañana. Le pregunto si su compañero le ha dejado un móvil, pero no hay suerte.

Llamo a casa desde el teléfono del mostrador. María no contesta. ¡Claro! Estará comiendo con sus padres. Es lo que me faltaba para terminar de congraciarme con mis suegros. Maldigo a la tecnología moderna y a la agenda de contactos. Tendría que haberme aprendido su número de móvil de memoria. Y encima, si se le ocurre llamarme, le va a saltar el contestador. ¡Uf! Días como el de hoy deberían estar prohibidos. Pero cualquiera se queda en la cama. A ver quién se lo explica a final de mes al de la hipoteca, o a la comunidad, o a ENDESA. Que hay que ganarse el pan, ¡caray!, aunque a veces se nos atragante.

La guardia se me hace eterna. Y eso que no paro. Por la noche no podemos descansar ni siquiera media horita. Siguen llegando, uno tras otro, cuadros que no son urgentes. Cuando me faltan veinte minutos para terminar el turno, entra un paciente crítico. El sonido del timbre de aviso nos sobresalta. Los que estamos atendiendo patologías banales lo dejamos todo y acudimos al box. Es un niño. Lo traían a la urgencia del hospital porque había convulsionado, y han tenido un accidente por el camino. Pregunto si hay más heridos y me dicen que no. Estamos con él pequeño más de una hora, y lo sacamos adelante. Es casi seguro que no le quedarán secuelas.

Al salir del box de críticos, voy directo a la taquilla de Margarita y recojo mis cosas. En la mochila encuentro pegada una nota que dice que pregunte por Mercedes, la otra limpiadora. No sé quién es y me entran tentaciones de dejarlo, pero pienso que quizá necesite la llave y decido buscarla. Total, voy a llegar a casa con casi dos horas de retraso y no creo que unos minutos más empeoren la bronca que me espera. Doy media vuelta y casi tropiezo con otra limpiadora. Me busca con la mirada dentro de mi uniforme talla XXL y demuestra su buena capacidad deductiva al decirme “Usted debe ser el doctor Gavira. Un momentito”. Saca su llave y abre la taquilla. Creo que es la tal Mercedes. Mete la mano en una caja donde hay un paquete de café, una caja de galletas y un cartón de leche, ¡y me da mi móvil! Me entran ganas de besarla. Le devuelvo la llave de Margarita, le doy las gracias, y me marcho a casa sin hablar con nadie más.

Al llegar abro la puerta despacio, como si fuera un ladrón, y cierro procurando no hacer ruido por si María duerme aún. Veo luz en la cocina y mi mujer asoma la cabeza. Abro la boca, pero no me da tiempo a decir nada. María corre hacia mí, me echa los brazos al cuello y me llena los labios de besos salados. Se separa unos milímetros, me mira a los ojos, y me vuelve a besar. No entiendo nada. Repite una y otra vez dos palabras: “¡Estás bien! ¡Estás bien!” Parpadeo por si me he quedado dormido y estoy soñando, pero el calor del cuerpo de María, apretado contra el mío, es muy real. Sonrío.

–Bueno, he estado mejor otras veces. Pero no me quejo, mujer. –Me sorprende este recibimiento después de lo de ayer y de mi retraso de hoy. Aunque no entiendo el motivo, me encanta–. ¿Qué te pasa?

–¿No te has enterado? –Mi cara de pasmo le da la respuesta y empieza a hablar con frases rápidas y entrecortadas–. ¡El accidente! Cuando han dado la noticia me quería morir. Solo pensaba en que no me había despedido de ti, y eso me estaba matando.

Cada vez lo entiendo menos. ¿De qué habla? Sigo escuchando. María está tan agitada que es inútil tratar de preguntarle algo.

–Me he despertado hace horas. No podía dormir ¿sabes? Ayer me pasé toda la mañana cabreada. Y luego, cuando mi padre empezó a despotricar por el plantón, me encontré de pronto defendiéndote. En realidad, me sentía mal por haber sido injusta contigo. ¡Ay, David! No tenía derecho a ponerme así, cariño. Perdóname. ¡Pero es que, anoche, me vino la regla justo antes de que llegaras!

María se echa a llorar. Le acaricio el pelo. Llevamos un año buscando un bebé, y este mes se había retrasado unos días. ¡Mi pobre María! Ahora comprendo por qué se puso así. El enfado era más con la vida que conmigo, pero yo estaba más a mano y pagué el pato. El cambio de guardia fue el motivo perfecto.

María se seca las lágrimas y me da otro beso. Nunca ha estado tan guapa como hoy, con los pelos revueltos, el rímel corrido, y esa sonrisa entre dos hilos brillantes y negros que le bajan por las mejillas. Se limpia los mocos con el dorso de la mano y me mira como si yo tuviera monos en la cara.

–No lo sabes, ¿verdad? –Se muerde el labio y vacila, como si no encontrara las palabras–. Ayer pasé la tarde fatal. No hacía más que llamarte al móvil, y pensé que lo tenías apagado porque estabas enfadado. Me he despertado temprano y bajé para esperarte y desayunar contigo. He puesto la radio para hacer tiempo, y he escu…cuchado la no.. la noticia.

–¿Qué noticia? –María me acaricia la cara.

–Cariño, la ambulancia de Istán ha tenido un accidente cuando llevaba a un niño al hospital –solloza y se tapa la boca con las manos–. Han dicho que solo ha sobrevivido el chiquillo. El técnico, el ATS y el médico han muerto en el acto. ¡Ay, David! Me dijiste que habías cambiado la guardia y creí que estabas allí. ¡Dios mío! ¡Pensé que te habías matado!

Siento frío, y trago saliva. “Veinticuatro horas”, pienso. ¡Cómo puede cambiar la vida de la gente en veinticuatro horas! Abrazo a María con más fuerza, y rompo a llorar con ella.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

De reinas y princesas

A mis compañeros de la escuela de El Frago

Acabábamos de salir de la escuela, cuando nos llamó el alguacil para que fuéramos al Ayuntamiento. Allí nos esperaban nuestros padres y todas las autoridades. Al verlos reunidos nos asustamos. No sabíamos qué nos iba a pasar y no entendíamos cómo había llegado tan lejos el susto de Lucía. En esa aventura nos habíamos juntado todos: los mayores y los pequeños, los chicos y las chicas.

–¿De quién fue la idea? –preguntó uno de los dos guardias civiles, a la vez que recorría nuestros rostros con su mirada.

Ninguno de nosotros contestó. Cuando el otro guardia civil repitió la pregunta, se le mojaron los pantalones a Nicolás, el más pequeño de todos. El maestro, que presidía el interrogatorio, se levantó, le hizo una caricia en el hombro y le dijo: “Vete a orinar la calle, pero luego vuelve”. Tuvo que salir a empellones porque la puerta estaba abarrotada. La gente del pueblo se había apiñado intentando escuchar lo que pasaba dentro. También estaban fuera los mayores y todas las madres. No los habían dejado entrar por miedo a que se montara demasiado guirigay. Al ver a Nicolás, todos se le echaron encima. Él rompió a llorar, orinó y, sin decir nada, volvió al salón de plenos como le había ordenado el maestro.

–Bueno, pues si no nos vais a contar a quién se le ocurrió, por lo menos decidnos cómo pasó –intervino el secretario.

Formábamos un semicírculo alrededor de una mesa en la que estaban sentados el maestro, la maestra, el cura, el secretario, el alcalde y la pareja de la guardia civil. Detrás de nosotros, de pie y apoyados contra la pared, los concejales con algunos de nuestros padres, porque los que trabajaban no habían podido venir.

En ese momento la maestra se levantó, se acercó hasta mí y me dijo al oído:

–Estoy segura que tú has estado en el ajo. Va a ser mejor que nos lo contéis todo. Si no habláis, este lío tan gordo se os va a complicar más

Antes de contestar vi cómo mis amigas bajaban la cabeza y se miraban las zapatillas. No sé de dónde me salió aquel hilillo de voz: “Hemos sido todos. No queremos que castiguen al que lo cuente”. Y de pronto, se me desató la lengua.

–Es que Lucía siempre quería ser la reina, y si no la dejábamos se iba llorando a su casa y decía que le pegábamos. Y, como no queríamos que su madre os persiguiera otra vez con la escoba por toda la calle, pensamos que si la coronábamos reina ya no volvería con más cuentos a su casa. Y, como no podíamos hacerlo solas, pedimos ayuda a los chicos. Pero los mayores no nos escucharon y pasaron de nosotras.

–¿Y vosotros cómo os dejasteis convencer? –preguntó el maestro a los chicos.

De nuevo un silencio absoluto. Nosotras sabíamos que no los habíamos convencido. Que los habíamos forzado, porque les dijimos que, si no nos ayudaban en lo del castillo, le íbamos a contar a la maestra que ellos habían volcado por un terraplén el isocarro del hombre que venía a vender sardinas. Sabíamos eso porque aquel día los habíamos espiado desde el mirador del Terrao.

Los chicos decidieron ayudarnos y lo planearon todo. Ellos se encargaron de hacer un castillo con la paja que recogieron en las eras. Nosotras buscamos un vestido de princesa, largo, bien largo, hasta los pies, para que no se notara que la reina no llevaba chapines. También recogimos espigas de centeno y trenzamos una corona. Lo de la corona nos resultó fácil porque estábamos aprendiendo a hacer trenzas y cestas de paja de centeno en la escuela.

–Pues yo sé que algunas le pedisteis el vestido de novia a Jacinta -terció el cura-. Hace unos días, cuando pasé por la puerta de su casa, estaba barriendo la calle y me dijo que erais unos demonios. Que estabais erre que erre, con que os dejara el vestido de novia para hacer comedias. Y le contesté que no fuera tan mal pensada. Que os lo dejara, que hacer comedias no era malo y que se lo cuidaríais bien porque sabíais que lo tenía en mucho aprecio.

Pero no había sido tan fácil como lo contaba el cura. Tuvimos que darle mucha lata para que nos lo dejara. Queríamos el vestido de Jacinta porque era la primera novia que se había casado de blanco y con un velo de tul que acababa en una cola muy larga. Ese sí que era el vestido de una princesa de verdad, y no los de los cuentos de hadas. Hasta entonces todas las novias del pueblo se habían casado de negro.

En menos de una semana lo tuvimos todo dispuesto: la paja para el castillo, el vestido para la novia y las espigas para la corona. Pero nos faltaba lo más difícil: un lugar un poco alejado para que nadie nos viera ni sospechara nada.

–¿Quién os dio permiso para ir a la era del Cura? –dijo un abuelo que tenía muy malas pulgas y era el mandamás del pueblo.

–No necesitábamos permiso porque esa era está abandonada –contestó una voz que salía del grupo de los chicos.

Como nos estábamos poniendo cada vez más nerviosos y los chicos no hacían más que pedir permiso para salir a mear, me armé de valor, me puse enfrente de la mesa y de un tirón lo conté todo de pe a pa.

–¡Pero si la culpa ha sido de Lucía! Ya les he dicho que estábamos hartas de que siempre se empeñara en ser la reina. Sólo queríamos que nos dejara en paz. Y les pedimos ayuda a los chicos porque nosotras no sabíamos hacer un castillo tan grande.

Me paré un momento para coger aire y sentí las miradas de los chicos clavadas en mi nuca. Pero ya no podía dar marcha atrás.

–Le pusimos el vestido blanco con la corona y gritamos: “¡Viva nuestra reina!” Y, de pronto, se nos ocurrió lo de prenderle fuego al castillo. De verdad que no lo habíamos pensado antes. Además creíamos que no iba a arder porque había llovido y la paja estaba mojada. Sólo queríamos hacer mucho humo para que Lucía tuviera que salir tosiendo en medio de una nube negra. Cuando estábamos encendiendo las cerillas volvimos a gritar: “¡A ver si escarmientas de una vez!”

En ese momento, un frío de metal en la garganta me cortó la respiración. Pero enseguida continué entre hipidos.

–Esperamos un poco y en lugar de humo comenzaron a salir llamas por la puerta. Tuvimos suerte porque los chicos cogieron unas palas y las apagaron en seguida. Pero, como no salía, entraron corriendo y la encontraron en el fondo, acurrucada y tosiendo. Tenía el pelo y el vestido chamuscados.

Cuando acabé de hablar se armó tanto jaleo que no pude oír lo que dijeron. Sólo sé que después estuvimos castigados muchos días sin recreo.

Unos años más tarde, oí a Jacinta que, mientras barría la calle, le decía a una vecina:

–Yo fui la primera novia que se casó de blanco en este pueblo pero ninguno me cree, porque entonces no había máquinas de fotos y las chicas de la escuela me quemaron el vestido jugando a reinas y princesas.

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Este relato está basado en uno episodios que sucedieron en la Escuela de El Frago en los años 60. Los personajes son inventadosseparador2

Los dibujos son inéditos de Inmaculada Martín.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Carmen Romeo Pemán

 

¿Loba solitaria o loba de manada?

Cuando decidí tomarme en serio la escritura, todos los temores me cayeron en avalancha. ¿Y si descubro que es una locura? ¿Y si piensan que tengo instintos asesinos porque mi personaje es un psicópata? ¿Y si no tengo talento? La lista era aún más larga y las excusas se ponían unas detrás de otras, haciendo que todos esos temores me paralizaran los dedos. Cuando publiqué mi primer texto fue como pararme desnuda sobre un escenario, frente a un montón de personas que no me conocía y esperar a que cada una emitiera un juicio sobre mí, sin la posibilidad de defenderme. Estuve varios días mordiéndome las uñas para calmar mi ansiedad. Todavía me sudan las manos cuando recuerdo lo aterrada que me sentí hasta que recibí las primeras críticas. Por suerte, fue menos catastrófico de lo que esperaba. Y pensé: “Es increíble cómo nos empeñamos en ver las cosas más nefastas de lo que son, en ver que nada es suficientemente bueno”. Ese día descubrí que mi temor más grande no era al fracaso o a no tener madera de escritora, ¡no! Era a sentirme expuesta y vulnerable. Tuve una ardua batalla con mi ego. Pero me fui despojando de todos los prejuicios y complejos, y aprendí a recibir las críticas con humildad. ¡Hasta me he vuelto adicta! Ahora me encanta que me señalen las erratas y que me hagan sugerencias. Si no, ¿de qué otra manera podría avanzar en este camino?

He tenido la oportunidad de encontrarme con varias personas con las que he compartido mi pasión por las letras. Unas han pasado de largo y otras me han dejado grandes enseñanzas. Pero solo algunas, como mis amigas mocadianas, han permanecido a mi lado para acompañarme. Me siento muy afortunada de poder contar con ellas en esta aventura, porque siempre están alertas para que no decaiga cuando las cosas no me salen como yo espero.

Otra de mis grandes pasiones es el cine. Hace poco vi Genius, la película que me inspiró este artículo. Es un bosquejo de la relación entre el novelista Thomas Wolfe y Maxwel Perkins, el editor que se hizo famoso con las publicaciones de Fitzegarld y Hemingway. Perkins y Wolfe, trabajaban en la edición de la primera novela de Wolfe y el editor le señalaba al novelista algunas líneas que se podrían mejorar o párrafos de los que debería prescindir. Y, gracias a sus acertados comentarios, Wolfe logró sacar a la luz su primera obra maestra, El ángel que nos mira, con la que se hizo muy famoso. Perkins fue un importante aliado para el novelista. Cuando terminé de ver la película, pensé que yo tenía la suerte de contar no solo con un aliado, sino con tres. Antes de publicar mis relatos, les pido a mis amigas que les echen una mirada, y ellas con mucho cariño, me señalan alguna coma mal puesta y me dan ideas para mejorarlos. Aunque no siempre coincidimos, sus críticas dotan a mis escritos de un sabor muy especial. Contribuyen a que sean algo más que ideas sueltas en una hoja. Muchos llegan a tener un gran número de versiones y, cuando leo la última, me siento muy a gusto con el resultado. Si comparo la primera con la definitiva, y dejo de lado el ego que envolvía a la primera versión, descubro que esas pinceladas eran necesarias y que mis relatos han ganado en concreción y verosimilitud.

La relación de Maxwell Perkins y Thomas Wolfe no era solo de editor y autor, también eran amigos. Y fue la amistad la que logró sacar lo mejor del escritor. En una escena de la película, Thomas defiende a capa y espada su prosa, llena de florituras y de adjetivos. Entonces Max le insiste en que ha convertido en tedioso, un capitulo que era muy atractivo, al recargarlo con descripciones y adornos literarios. Al final, Perkins le demuestra que puede conseguir que sea más fluido e impactante si elimina todo lo innecesario. En ese punto solté unas cuantas carcajadas, porque recordé todos esos momentos en los que he mirado con desdén alguna crítica de esas que, al final, terminan ganándome la batalla.

Otra de las ventajas de no lanzarse a esta aventura en solitario está relacionada con el uso mismo de la lengua. Cuando leo un libro y me encuentro con nuevas palabras, o con algunas que tenía por ahí guardadas en el subconsciente, me pregunto si el autor tendría a mano un diccionario mientras escribía.

Quiero afirmar que estoy convencida de que, en la literatura, es de suma importancia contar con un vocabulario bien nutrido. Cuantas más palabras conozcamos, más sencillo nos resultará darle una voz original a nuestras historias. Pero no debemos abusar de palabras demasiado artificiosas. Eso solo dificultaría al lector la tarea de interpretar nuestras intenciones comunicativas.

En las charlas con mis amigas, cuando comentamos los relatos, afloran palabras que para mí, y para ellas, son nuevas, porque pertenecemos a culturas diferentes. En esa comunicación enriquecemos nuestras formas de expresión y aprendemos algunos modismos que son característicos de nuestras regiones. Por ejemplo, adoro leer los relatos de Carmen Romeo porque siempre aprendo vocablos que desconocía y descubro más cosas de su cultura, que es fascinante.

La lectura nos ayuda a enriquecer el vocabulario. Y las palabras son signos dinámicos que, como la cultura, se van transformando a través del tiempo, en respuesta a las necesidades humanas. El lenguaje evoluciona con los años debido a las modas, las tendencias, la geografía o al cambio de visión del mundo y de la realidad. En muchos casos la lengua se ha llegado a deformar. Aunque los usos y las costumbres siempre estarán por encima de las reglas, porque la lengua es de todos, no debemos olvidar que, en literatura, una idea se convierte en una gran idea si cuenta con una buena estructura narrativa.

Estas reflexiones me han llevado a recordar un artículo del blog de Diana P. Morales “Por qué los escritores necesitamos pertenecer a una tribu”, donde plantea la importancia de formar parte de un grupo en el que podamos compartir nuestros escritos e intercambiar nuestros puntos de vista. Diana afirma que emprender este camino con un grupo de amigos, con pasiones afines, nos permite ganar confianza, impulsar nuestra escritura y contar con el apoyo mutuo. Para mí, esta última ganancia es lo más importante. En mi grupo, Mocade, cuando los días están un poco grises y las ideas son esquivas, resuenan las palabras de aliento, porque dejar de escribir nunca es una opción.

Existe la creencia de que los escritores somos lobos solitarios, que pasamos los días encerrados en compañía de nuestros pensamientos. Y, en parte, es verdad, porque cuando estoy dando vida a alguna de mis creaciones, no quiero que nadie pase por la puerta de mi estudio. Sin embargo, cuando la musa me abandona, porque ha cumplido con su misión, me gusta abrir la puerta para dejar entrar a la crítica. Así que si me preguntan si me inclino por ser una loba solitaria o por ser una loba de manada, les diría que estoy de acuerdo con Diana P. Morales. Me gusta pertenecer a una tribu de escritores, y, por eso, elegí ser una loba de manada, porque hace el proceso más divertido, porque es enriquecedor y porque ayuda a exorcizar los demonios del ego.

Mónica Solano

 

Imagen de Anthony

De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland

Con letra de médico

                                                                                             “La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas”                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas