Sublime absurdo

Mario estaba emocionado. ¡Su primer trabajo! Distaba mucho de parecerse a los sueños de futuro que había ido forjando a lo largo de su carrera; “pero menos da una piedra” –solía decirse cuando el pesimismo amenazaba con invadirlo– “al fin y al cabo, estrenarme en un medio rural tiene sus ventajas”. La carrera de Medicina se le había hecho eterna. Pensaba que en los últimos años lo único que le había librado de tirar la toalla había sido la pereza de tener que empezar otra licenciatura. Total, la duración iba a ser la misma. Y no debía confundir el hastío y el cansancio de tantos años de facultad, con la pérdida de su vocación.

Por increíble que pareciera, llegó el día en que se licenció. Y le ocurrió como en los cuentos de hadas: lo que parecía ser la meta, en el fondo, solo era el principio de un nuevo peregrinar. El final de las historias, con la boda del príncipe y la princesa y el consabido: “y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, en realidad no era un fin, sino un comienzo. El aterrizaje en la vida real se lo procuraron algunas indirectas paternas cuando insinuó algo sobre una especialidad: “hijo, estamos orgullosos de ti y encantados de los sacrificios que hemos hecho para que estudiaras, pero ¿no deberías empezar a buscar un trabajillo? No es que tu madre y yo no queramos que sigas aprendiendo. Lo que pasa es que tienes más hermanos estudiando, y mi sueldo no da para tanto”.

Las reflexiones de sus progenitores y la paciencia de su eterna novia le ayudaron a decidirse. En vez de preparar una especialidad, como hubiera sido su sueño, se quedó en médico de cabecera y aceptó la oportunidad de estrenarse en el medio rural. Inició la convivencia en pareja con su novia –ahora flamante esposa–, con cuestiones tan prosaicas como “¿qué te parece, Chelo? ¿alquilamos de momento algo, o nos metemos en una pensión? ¿seguro que no te importará vivir tan lejos de tus padres?”

Y Chelo, primero novia fiel desde que tenían doce años, y luego esposa ejemplar y paciente como la que más, estaba dispuesta a seguir a su Mario al fin del mundo. Y casi, casi fueron literales sus palabras, porque aquel pueblecito ni siquiera aparecía en muchos mapas. Escondido en mitad de una sierra, solo se podía llegar por una carretera de acceso compuesta de curvas encadenadas que terminaba en la plaza principal. Bueno, principal y secundaria, porque era la única plaza del lugar. El pueblo no era ruta de paso a ninguna parte, y Mario incluso creyó ver algunas briznas de hierba asomar por el centro del asfalto conforme se iban acercando a su destino. La flamante pareja, sin hablar entre ellos, rezaba para que su coche de segunda mano sobreviviera a la ascensión. Ninguno quería poner voz a sus miedos, aunque compartían pensamientos parecidos. Tal vez habrían debido pensarlo mejor, antes de aceptar ese destino sin siquiera visitarlo previamente. ¡Si por allí debía pasar una media de tres vehículos al año!

Pero si algo llevaban en su equipaje era optimismo. Y la llegada supuso un alivio, cuando vieron en la plaza un comité de recepción que, dedujo Mario, debía estar allí esperándolos a ellos, a juzgar por la escasez de tráfico local. La bienvenida fue efusiva: el cura, el boticario, el maestro, y el alcalde los acompañaron a la casa del médico, donde los dejaron instalados.

Al día siguiente Mario debutó solemnemente en la consulta. Su primer paciente fue, nada más y nada menos, que el señor alcalde. Tenía unas anginas de caballo, de esas que hacían que tragar fuera poco más o menos que una misión imposible, y así se lo hizo saber su Excelencia al Señor Doctor. Mario se vio invadido por el pánico cuando, tras manifestar el alcalde que la vía oral quedaba descartada por el intenso dolor, aclaró que, por principio, las agujas e inyecciones le daban alergia. “¡A ver qué hago ahora, pensó Mario!”. Pero su ángel de la guarda vino en su ayuda. Llevaba en su maletín unos supositorios de sulfamidas, novedad en aquellos años cincuenta, y ni corto ni perezoso entregó el medicamento al regidor, explicando con delicadeza y todo lujo de detalles la forma y manera de administración.

Al cabo de pocos meses, Mario había adquirido una seguridad en sí mismo que superaba sus mejores sueños. El pueblo lo adoraba, y rápidamente se convirtió en el quinto personaje de las celebridades locales. Le gustaba decirle a su Chelo, en un tono doctoral impropio de sus pocos años, lo orgulloso que estaba de que todos los convecinos se hubieran dado cuenta de su excelente preparación profesional.

Y su Chelo asentía y callaba, dándole la razón en todo y agradeciendo al cielo el modo como se habían desarrollado los hechos. Porque Chelo tuvo el buen tino de no confesarle jamás el sublime absurdo sobre el que se había basado su impoluta reputación. Y el hecho, celosamente guardado en secreto, no fue otro que una confidencia de la señora alcaldesa. En una visita de cortesía a la esposa del doctor, y tras unas copitas de vino dulce, que todo hay que decirlo, la primera dama del pueblo le contó a Chelo que, a los dos días de ponerse los supositorios, la garganta de su esposo empezó a mejorar. Y el alcalde hizo a su alcaldesa un comentario, que luego recorrió el pueblo elevando hasta cotas insospechadas la admiración de los vecinos ante la sapiencia del nuevo galeno local:

–Micaela, ¡lo que hemos ganado con el médico nuevo! ¡Hay que joderse! El otro doctor no consiguió arreglarme nunca la garganta a base de “pildoricas”. ¡Y éste hay que ver la ciencia que tiene! ¡Qué de libros habrá tenido que estudiar! ¡Porque quién iba a pensar que la raíz de mi mal –y aquí señalaba primero a su garganta, y luego a sus posaderas– estaba tan lejos y tan honda!

Adela Castañón

Foto: Pixabay

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Internet y el movimiento pendular

A Guadalupe López Melguizo, por inspirarme este artículo

Hoy es un sábado como cualquier otro. Ni siquiera he pensado qué voy a escribir para Mocade, pero tengo tiempo hasta que me toque el turno. Abro el ordenador para ver los comentarios recientes. Hay dos personas que han dejado su opinión sobre mi último relato. Una, Carmen, mi Carmen Romeo, cariñosa como siempre, con esa fuerza que me da cada una de sus palabras. Y la otra es alguien a quien ni siquiera conozco físicamente y que me dice que le he recordado nada más y nada menos que a Truman Capote. Se me ponen los vellos de punta al leer lo que me dicen las dos. Y eso que en Marbella la temperatura es todavía perfecta, aunque estemos en septiembre. Lleno a fondo mis pulmones y suelto un híbrido entre suspiro y bufido para dar salida a la emoción. Y al empezar a contestarle a Guadalupe, me doy cuenta de que mi respuesta iba a sobrepasar, con mucho, los límites de una respuesta normal. Pienso que da para un artículo, y así se lo hago saber. Y, para no faltar a mi palabra, minimizo todo y abro una hoja en blanco.

Está claro que cambié de idea sobre el contenido de mi artículo, porque estoy escribiendo esto. Sigue siendo, y no sigue siendo, un sábado como cualquier otro. Algo ha cambiado en mi día de hoy, y tiene relación con eso de Internet y con el movimiento pendular sobre el que voy a escribir.

Cuando era niña no existían las modernas redes sociales. Mejor dicho, existían, pero eran de otra clase y no se llamaban así. Eran redes integradas por los niños de mi calle, en la casa del pueblo; por las cartas a mis amigas, cuando me fui a vivir a otra ciudad; por la Coral Universitaria, que me hizo conocer a personas por toda la geografía española cuando íbamos a dar conciertos. Esas eran las redes de entonces. Hoy, muchas de ellas están llenas de agujeros porque los pececillos que pululábamos en esas aguas nos hemos convertido en peces voladores y, en la actualidad, navegamos por espacios virtuales.

Tardé en subirme a este moderno carro de Ícaro, aunque sinceramente no sabría explicar los motivos. Tal vez una especie de pereza disfrazada de desdén por unas herramientas facilonas. ¡Cómo comparar la rapidez de una conversación de whatsapp con la redacción de una carta cuya respuesta se demoraba varios días! O, quizá, tenga un poco de miedo escénico a hacer el ridículo en medio de una generación que llega ya con el pulgar adaptado a velocidades de escritura en el móvil que mis ojos son incapaces de seguir. Pero al final acabe subiendo.

El movimiento pendular

Hasta hoy no se me había ocurrido reflexionar sobre eso. Y, al dedicarle unos minutos al comentario de una lectora de nuestro blog, he formulado una teoría personal sobre Internet y el movimiento pendular. En este momento estoy sonriendo. Es la primera vez que el título me viene a la mente del tirón, y creo que he dado en el clavo.

Los avances tecnológicos han cambiado la comunicación y las relaciones en muy poco tiempo. Y cada uno de nosotros debería plantearse en qué punto de la trayectoria del péndulo está o quiere estar. Para explicarlo, mencionaré los puntos extremos y opuestos recurriendo a unos clichés tópicos.

Un extremo: el hacker/experto

En una punta tendríamos a uno de los personajes que describe Stieg Larsson en los libros de la serie Millennium, y no me refiero a Lisbeth Salander, sino a su amigo hacker, Plague, que vive enclaustrado en su casa siendo a la vez amo y esclavo del mundo virtual por sus habilidades informáticas. Y no es que haya que ser un genio para encajar en ese perfil. Cualquiera puede empezar a husmear por Facebook, por blogs, o por Internet, y un enlace lo lleva a otro, y este a otro más interesante que a su vez abre varias puertas más. Y cuando se mira el reloj resulta que se ha pasado horas en un moderno tablero de juego de la oca, saltando de casilla en casilla, y con la meta cada vez más lejos. Todo ello con la sensación de que tenerlo todo controlado o engañándose al pensar que está haciendo autoformación gratis, on-line, y sin moverse de casa.

Sé que es un ejemplo extremo. ¿Seguro? A lo mejor a alguien ni siquiera se lo parece. Si es así, le aconsejaría con todo mi cariño que hiciera una pequeña pausa para reflexionar sobre si realmente está donde quiere estar. Porque el problema de algunas personas enganchadas a Internet no es tanto su capacidad para que esa navegación sea un trabajo fructífero, como el peligro de estar yendo de un lado a otro sin conseguir rentabilizar el tiempo, que pasa a ser entonces algo muerto y perdido.

El otro extremo: el neófito/perdido/nuevo

El otro extremo es aquel al que cada vez se aferran menos personas. Allí están los que forman parte de una especie en peligro de extinción: los que no quieren o no pueden seguir el paso de carrera olímpica que marcan los tiempos en que vivimos. Los que cierran los ojos a las maravillas y/o a los peligros de estas herramientas de reciente aparición, llámese Facebook, Twitter, o como se quiera. Cada vez, como digo, son menos. Personas que, por lo que sea, por vivir en lo más hondo de África donde ni llega la cobertura, o porque no tuvieron ni siquiera la oportunidad de aprender a leer, no han podido elegir entre tener o no tener internet. O, tal vez, algunos abuelitos a los que les viene grande, y digo “algunos” porque mi madre, a punto de cumplir 90 años, se maneja con el whatsapp y es capaz de ver fotos en su Tablet.

El punto intermedio

Quiero terminar hablando del punto medio donde creo que me encuentro hoy. Al principio, como en todo descubrimiento de algo novedoso, me dejé llevar por el subidón y me faltaban horas para visitar los miles de blogs de escritura que me llamaban con sus cantos de sirena. Y tampoco me arrepiento mucho, que es mejor eso que soñar con los caramelos del Candy Crush, por ejemplo. Lo bueno es que me di cuenta, y conseguí aprender a gestionar mi tiempo.

Hasta hoy, la mejor experiencia con Internet la tuve en Letras desde Mocade, cuando me encontré en carne y hueso con Carmen, Carla y Mónica hace algo más de un año. Nos vimos, nos tocamos, nos abrazamos, hablamos en persona, y empezamos a gestar este blog. En ese encuentro arraigó una amistad mucho más sólida que si nuestro conocimiento hubiera seguido siendo solo virtual. Y hoy he tenido una sensación parecida al leer el comentario de Guadalupe. Porque no nos conocemos en persona, pero sus palabras me han tocado la misma fibra que las de Carmen.

Por eso relacioné en este artículo a Internet con un péndulo. Porque, según se utilice, Internet puede ser una herramienta que facilite la comunicación o el aislamiento. Sigo navegando con bastante prevención por sus aguas. En algunos escritos suelo decir medio en serio medio en broma que yo, más que navegar, lo que hago es mojar los pies en la orilla y, aun así, a veces acabo atragantándome con buches de agua salada. Soy muy prudente a la hora de aceptar peticiones de amistad en Facebook, y aprovecho aquí para pedir disculpas. Pero a pesar de lo mucho que me gusta hablar y escribir, fijo mis propias normas y acepto las peticiones de quienes conozco personalmente, o las que me llegan, digámoslo así, “recomendadas”, como en el caso de Guadalupe, a la que conocí porque un amigo común me dijo que me iba a pedir amistad una chica muy maja, con la que tengo algo en común, etc. etc. Seguro que Guadalupe ahora se va a partir de la risa. Y no digamos nuestro común amigo, Hugo, autor de nuestro conocimiento virtual.

Ojalá siempre la persona esté por encima de la tecnología. Que Internet esté a nuestro servicio, y no al revés. Que tengamos el valor de cerrar la puerta a sus aspectos negativos, la determinación de aprovechar lo positivo, y la sabiduría para discernir la diferencia.

Y, como decían en los dibujitos animados de una serie de cuando yo era pequeña…

¡Eso es todo, amigos!

Adela Castañón

Imágenes: Unsplash, Giphy

¿Y si la historia hubiera sido otra?

La cara del conductor me resultaba familiar. Todavía no sé muy bien por qué detuvo su coche. Quizá me vio como un autoestopista necesitado e inofensivo. Viajaba solo, sin rumbo definido, con un macuto que se caía de viejo y una pequeña mochila de mano. Cuando algún vehículo se detenía para preguntarme adónde iba, respondía siempre lo mismo: “voy hacia delante”. Y allí estaba yo: casi en mitad de la nada. Subí al asiento del copiloto, y el conductor arrancó. De todos los que me habían cogido fue el único que no me preguntó por mi rumbo.

–Se avecina una tormenta –me dijo.

–Ajá –no supe que otra cosa contestarle.

–No podré llevarlo muy lejos, aunque en cualquier sitio estará mejor que en medio de esta carretera desierta cuando empiece a diluviar. Sé lo que me digo. Llevo viviendo aquí toda la vida.

Guardé silencio y giré el cuerpo para echar mi macuto a la trasera del coche. Sobre el plástico barato del asiento, reposaba la chaqueta de un uniforme indefinido. En el bolsillo derecho, una chapa cogida con un imperdible tenía grabado el nombre de Norman. Dejé la mochila pequeña entre mis piernas y continué sobre ruedas con mi huida hacia delante. Desde el principio de mi viaje, los kilómetros, lejos de alejarme de mis demonios internos, parecían querer acercarme a ellos. Recosté la cabeza en el asiento y tuve la sensación de que mi destino había cambiado de rumbo. Norman volvió a hablarme.

–Mi madre me espera. No le gusta quedarse sola de noche en nuestro motel cuando hay tormenta, pero no nos quedaba casi comida. No he tenido más remedio que salir a comprar –suspiró–. Cuando hace bueno, alguna vez me ha dejado quedarme a pasar la noche en el pueblo, ¿sabe? Aunque no sé bien por qué –suspiró de nuevo–. Luego está dos o tres días con la cara larga. Yo le digo siempre que no hago nada malo, y que de vez en cuando un hombre necesita un poco de espacio, ¿no cree?

Norman hablaba como si me conociera. O tal vez hablaba para sí mismo. A pesar de llevar toda su vida viviendo en esa zona desértica de Arizona, donde la media de curvas de la carretera era de una cada cien millas, o aún menos, conducía mirando al frente. Tuve la impresión de que, aunque cerrara los ojos, el coche llegaría solo hasta su motel. Pensé en su madre. Pensé en la mía. Me restregué los párpados con fuerza para dejar de pensar, pero la veía con la misma claridad que si la tuviera delante. A mi madre le habría gustado Norman. El único problema es que ninguno de los dos dejaría hablar al otro durante demasiado tiempo. Añoré el silencio, una vez más.

–El otro día recogí a otro autoestopista. A mi madre no le gusta que suba en mi coche a extraños. ¡Me mataría si se enterara de que a veces llevo a gente! Pero no tengo muchas ocasiones de hablar con alguien que no sea ella. Por eso le dije al hombre que no podía llevarlo conmigo hasta el motel, y que tendría que bajarse un poco antes de llegar. Era un tipo bajito, regordete y calvo, que estaba buscando exteriores para rodar una película, ¿sabe? Resulta que había pasado por esa carretera hacía un tiempo, y había visto nuestro motel. ¡Y había un asesinato en la película! Debía estar un poco loco, y por un momento casi pensé que mi madre tiene razón al decirme que el mundo está lleno de gente mala. ¡Imagínese! El tipo incluso me preguntó si no me importaría alquilarle nuestra casa y el motel para el rodaje. Hablaba por los codos.

–Ya.

Solté lo primero que me vino a la cabeza, que empezaba a dolerme. “No creo que hablara más que tú”, pensé. Me pregunté cómo habría logrado contar su historia ese tipo, con Norman encadenando frases a toda velocidad.

–Era bastante curioso, oiga. No paraba de soltar indirectas sobre su proyecto. Quiso saber si el motel Bates era rentable, y cuánto tiempo llevaba viviendo con mi madre. ¡Se notaba que no la conocía! ¡Ja! ¡Dejar su casa para rodar una película! ¡Ni en sueños! Y menos una como esa, con un crimen horrible por medio.

Miré por el retrovisor. Una tormenta de arena se acercaba a nuestro coche por detrás. Me pareció ver mis miedos acercándose a toda velocidad, a lomos de bolas de espino que rodaban casi sin tocar el suelo en brazos de la ventisca. Tragué saliva y me supo a tierra. Y Norman seguía hablando. Creo que le incomodaba el silencio.

–¿Sabe una cosa? El tipo ese, no me acuerdo de su nombre, quería rodar una historia en la que un hijo mata a su madre, pero luego no puede hacerse a la idea de su crimen y se vuelve majareta. Tiene su cadáver en el desván durante un montón de años… ¡Uf!… Una verdadera asquerosidad, ¿no le parece?

Observé a Norman con el rabillo del ojo. Era imposible que supiera nada. Me tranquilicé al ver que ni siquiera me miraba, pero me sentí obligado a decir algo.

–Suena horrible, sí.

La arena se nos acercaba por detrás, mientras que delante del coche se acumulaban nubarrones negros que oscurecieron el cielo en pocos minutos. Tuve la sensación de que me faltaba el aire. Me vino a la cabeza un pensamiento disparatado que aumentó mi dolor de cabeza: “mi vieja se reiría de mí si me viera ahora mismo muerto de miedo. Pero no creo que pueda ya reírse mucho con la boca llena de tierra. Y todo por tan poca cosa. Solo tendría que haberse ido a la residencia…”

–Convencí al tipo para que buscara otro sitio donde dormir. Incluso pasé de largo por el motel para llevarlo al pueblo que hay varias millas más lejos, aunque me supuso perder casi una hora entre la ida y la vuelta. Pero no quería bajo mi techo a alguien con la cabeza tan ida. ¡Hacer una película donde un hijo es capaz de matar a su madre!

Me devané los sesos buscando una respuesta, sin encontrarla. Pero Norman pareció hallarla dentro de su mente y siguió hablando.

–¿Sabe una cosa? No he tenido nunca novia. Y creo que me hubiera gustado casarme, pero no puedo hacerle eso a mamá. Al fin y al cabo, ella lo dio todo por mí. No. Ninguna madre se merece recibir de sus hijos nada más que amor –Norman empezó a frenar y detuvo el vehículo en el arcén. Tosió un poco–. Detrás de un par de curvas hay una gasolinera y tienen algunas habitaciones para alquilar. No puedo llevarlo más lejos. El motel queda a cinco minutos de aquí. Espere, le daré su macuto

Norman paró el motor y se giró hacia la izquierda para colgar bien el cinturón de seguridad antes de bajar del coche.

La mochila pequeña estaba a mis pies. Tenía abierta la cremallera. Me agaché, saqué el cuchillo de monte de su funda, y giré mi cuerpo hacia la izquierda para clavárselo en el costado.

En ese momento la arena nos alcanzó, las nubes estallaron y el cristal del coche comenzó a llenarse de goterones de barro. Empecé a verlo todo borroso. Miré la sangre que salía de la herida de Norman. En la oscuridad, tenía el color de la noche.

Adela Castañón

Imagen: Photopin

Cuando el mundo pierde el Norte

Estoy en el Cabo Norte, en pleno crucero. En la puerta de los camarotes han dejado una hoja con la noticia del atentado terrorista de Barcelona y la leo mientras voy con mi familia camino de la cubierta de desembarco.

Al desembarcar, contra todo pronóstico, luce un sol espléndido y la temperatura es de 18ºC. La guía local nos espera en el muelle y comenta que tenemos mucha suerte porque las condiciones meteorológicas son excepcionales. Pero un frío polar se ha instalado en mi interior y me impide disfrutar de esa bonanza del clima.

No tengo wifi. Llego a tierra, y allí los datos móviles me permiten saber que mi amiga Carla y los suyos están bien. Suspiro aliviada.

Cuando embarqué, pensé que a lo largo del crucero se me ocurriría algo para mi próximo artículo, pero lo cierto es que han sido tantos paisajes, tantas explicaciones, y tanto disfrute que olvidé meter en la maleta la inspiración cuando hice el equipaje. Ahora, por desgracia, la inspiración viene sola. Porque ni el sol que brilla hoy, ni la calefacción del barco, me hacen entrar en calor. Y, nada más regresar a bordo, me pongo a escribir. Lo hago un poco como terapia, esperando que eso me ayude a expulsar de mi interior parte de esos cristales helados.

Este artículo se publicará dentro de varios días. Para entonces, otras noticias habrán empezado a sobresalir, a vestir de olvido este atentado que ahora es primera plana. Este ataque injustificado, irracional, salvaje, que hoy es portada y hace que el capitán se dirija a todo el pasaje en inglés y en español para expresar sus condolencias y para rogar un minuto de silencio en el que todos compartimos la misma emoción. Eso me duele. Porque pienso que este mundo se hace cada vez más pequeño, y la accesibilidad que existe a cualquier información hace que estemos, por decirlo de algún modo, tan sobresaturados que acabamos por insensibilizarnos.

No tiene sentido decir aquí que la pregunta del millón sería “¿Por qué?” porque es una pregunta sin respuesta. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia, ni el fanatismo. De modo que poco más puedo decir sobre eso.

Lo que me apena y me asusta es otra pregunta para la que tampoco tengo respuesta: “¿Y ahora, qué?” Porque ahí las posibilidades son casi infinitas. Y las hay de todas clases y colores. Desde la respuesta solidaria de muchos ciudadanos barceloneses, que han abierto sus puertas a quienes no podían acceder a sus casas o a sus hoteles, hasta la actuación de las fuerzas de seguridad, que casi siempre quedan en la sombra, o a las voces de miles de personas que se alzan para gritar “No tengo miedo”, aunque recen en silencio por ese familiar que trabaja día a día en la zona de peligro.

Y, del otro lado, me duele pensar que se cumpla una vez más eso de que la violencia engendra violencia. Veo en internet peticiones de firmas para enviar a Ada Colau mensajes como el que le reprocha que se gaste 100.000 euros de dinero público en un “observatorio contra la islamofobia” con el fin de prevenir insultos, agresiones y ataques a los musulmanes. Y no he seguido mirando, porque seguro que hay artículos mucho más radicales, que dejan en mantillas al ejemplo que he puesto. Tengo pacientes musulmanes que son personas normales y corrientes, como yo. No me los imagino poniendo bombas o atropellando a granel a multitudes. Y tampoco me gustaría que cualquier pasajero del crucero, al saber que yo soy española, me identificara, por ejemplo, con cualquier terrorista de la antigua ETA y pensara que yo podría hacer explotar un coche junto a un hospital sin que se me moviera un pelo de su sitio.

Pero entonces, ¿a qué carta me quedo? Porque si intento ponerme en la piel de los familiares de cualquiera de los fallecidos… Aquí tengo que dejar los puntos suspensivos. No tengo derecho a escribir nada, porque no es una experiencia sobre la que se pueda escribir, salvo que sea en primera persona. No basta toda la empatía del mundo para poder pronunciarse sobre algo tan trágico, tan triste, tan terrible.

El mundo es grande, y todos deberíamos tener cabida en él. Pero cada golpe de violencia lo vuelve más pequeño, más ruin, menos “de todos”.

Y lo único que se me ocurre aquí y ahora, casi en el Polo, es pensar que el mundo ha perdido el norte. No me siento en condiciones de juzgar, ni de escribir grandes cosas. Solo puedo terminar expresando a los familiares de las víctimas mi más sincero apoyo en su dolor. A miles de kilómetros, nunca he sentido tan cerca a los barceloneses, aunque solo conozca a unos pocos.

Quiero que sepan que personas de muy distinta nacionalidad y condición han compartido hoy con ellos y por ellos un sincero y sentido minuto de silencio.

Descansen en paz, y ojalá llegue la paz al mundo.

Adela Castañón

Imagen: Google

Una historia vital y azul

Hoy os voy a contar un relato verídico, basado en hechos reales. Y no vulnera ninguna ley de protección de datos porque la protagonista soy yo misma.

Estoy matriculada en uno de los muchos cursos de escritura a los que suelo engancharme. El curso, “A la manera de”, consiste en escribir cada semana imitando el estilo de algún autor famoso. Hace poco le llegó el turno a Francisco Umbral (escritor español, 1932-2007), y en el material teórico correspondiente descubrí su libro “Mortal y Rosa”. Es el dolor hecho poesía. Es un llanto derramado en cada renglón por la muerte de su hijo, “Pincho”, que falleció de leucemia con solo seis años. Un libro único.

Soy madre de una persona especial. Aunque supongo que, para todos, nuestros hijos son personas especiales. Pero sentir tan dentro ese dolor del escritor por la pérdida del suyo me provocó las reflexiones que os quiero compartir. Aquí os las dejo.

Me despierto un buen día dentro de un curso. Me toca ser el mimo de un escritor famoso. El material incluye algún fragmento de su obra, y su lectura me atrapa sin remedio. La música del texto es tal que incluso compro el libro. Un libro que, tan solo por el título, “Mortal y Rosa”, ya quiero conocer. Me enredo entre sus líneas porque me hace pensar en cosas importantes. Y pienso mucho. Escamoteo minutos de mi tiempo porque la prosa de Francisco Umbral me atrapa, me enreda entre sus líneas. Y, cuando me doy cuenta, descubro muchas cosas.

Ese darme de bruces con un Mortal y Rosa me estremece. Me hace entender, de un golpe, que mi vida, que ahora siento tan plena, tampoco en el pasado fue el vacío absoluto donde yo creí estar. Y me arrepiento. Porque hace mucho tiempo, al principio de todo, me sentí estafada por la vida. Mi niño era mi niño, y no lo era. Y nadie lo entendía. ¡Tan solos, él y yo! ¡Qué triste soledad, vivida en compañía! Es duro comparar lo que ahora tengo con lo que se me muestra en ese libro. Pero no puedo evitarlo, y lo comparo.

Y ese Mortal y Rosa baja por mi garganta y me hace daño. Escuece, como debió escocer la hiel en la boca de Cristo al ser crucificado. Porque eso sí es vacío. Ese mortal, que me roba hasta el aire. Ese rosa, con aroma a corona, pero a corona fúnebre.

Lo mío no era eso. Mi vida, incluso entonces, tenía mucho sentido. Aunque no lo supiera. Porque esa vida, lo mismo que un buen maître, me dejaba elegir el plato que quisiera. Yo, todavía, sentada en esa mesa, tenía la potestad de decidir. De escoger entre miles de platos: dulces los unos, otros bien amargos. Ligeros o pesados. Pero en todo momento yo tuve libertad. Y todavía la tengo, y continúo eligiendo. No como Umbral. Su pena irreversible, la ausencia de ese hijo…

Vuelvo la vista atrás. Y me doy cuenta. Hubo un momento, cuando dejé de manotear en el mar de las lágrimas y comencé a remar. Y el barco se movió, aunque más que un navío era una humilde barca. Y solo con un par de tripulantes. Mi pequeño. Yo misma. Timonel y grumete, sin saber quién era quién en ese dúo. Empecé a creer que el mundo se movía, pero me equivocaba. Éramos nosotros dos los que avanzábamos.

Le doy gracias a Dios porque mi pluma escribe todavía con la sangre que corre por mis venas y por las de mi hijo. Mi escritura se nutre de la vida. Y la del pobre Umbral, porque nadie es más pobre que aquel que pierde un hijo, va escrita en color negro, igual que la ceniza, y vestida de un luto irrevocable.

Porque un hijo nos duele en los hijos de otros que aún alientan. En risas infantiles que se siguen oyendo. En unos gritos. En saltos, chapoteos en la piscina que alteran esas siestas de verano. En una bicicleta con la rueda pinchada, cuyo dueño no puede ni podrá reclamarnos su arreglo.

¡En qué cosas tan nimias puede doler esa ausencia del hijo!

Me pierdo nuevamente en mis recuerdos. Vuelvo a ver a ese niño, mi niño, oculto tras sus ojos de pequeño. Cautivo de sus brazos que ni abrazar sabían. Prisionero de una boca hecha de dientes mudos, obligada a un silencio impuesto y obligado. Me recuerdo muriendo de deseo, doliendo en mis entrañas esa necesidad de encontrar un camino, de buscar una puerta, o algún modo, para poder cruzar esa muralla. Para encontrarlo a él al otro lado.

Pero mi niño vive. Mi niño vivía entonces. Y, otra vez, se me clava en la carne ese Mortal y Rosa.

El nuestro es un camino que ha llegado a buen puerto. A través de baldosas amarillas, nos condujo a la tierra de Oz. Porque la magia existe. La magia es una hermana, es un amigo. Es una profesora experta en esa asignatura del amor, que imparte a manos llenas. Es mucha gente buena que, en todo ese trayecto, nos va ofreciendo asilo.

Mi niño se hace un hombre. Encuentra las palabras. Ahora sus brazos saben estrecharme. Los dos, en algún punto, ganamos la partida. La soledad ya solo es un recuerdo que no tiene cabida en nuestra vida.

Y tiene que llegar este momento. Un curso de escritura. Un minuto distinto, para una reflexión en un instante eterno.

¡Qué lleno de poesía ese mortal y rosa! ¡Y qué vacío tan grande sentimos derramarse en cada línea!

¡Qué equivocada estuve! Que nunca fue el vacío lo que yo tuve. Que mi niño, que lo era y no lo era, estuvo siempre allí. Y yo encontré el camino que me llevó hasta él. Y ahora es mi niño.

Y me duele pensar que cometí un error. Doy gracias a la vida, porque lo único que he llegado a saber sobre Mortal y Rosa se limita a las páginas leídas. Lo que yo tuve y tengo es otra cosa.

Porque es vital y de color azul. Como el autismo.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Frank Mckenna

Personas invisibles

A los amantes de la ciencia ficción o del cine les resultará familiar el personaje del hombre invisible, creado en su origen por H.G. Wells, uno de los precursores del género, junto con Julio Verne. Se da la paradoja de que, al escribir sobre él, se convierte para todos nosotros en un personaje visible y real.

He comenzado hablando de ese cliché, arquetipo, estereotipo, o como lo queramos llamar porque hace unos días me asaltó una idea bastante contraria: al margen de la invisibilidad que nos regalan los libros o la gran pantalla, nos cruzamos todos los días con un montón de personas reales, a las que no vemos porque pasamos por su lado sin darnos cuenta de que existen. A ellas les quiero dedicar este artículo.

Mi reflexión nació al abrir un video de YouTube. Era un reportaje breve sobre una especie de experimento social: una persona iba ofreciendo a varios “sin techo” la posibilidad de elegir entre alcohol, comida o dinero. Solo podían quedarse con una de las tres opciones. Las respuestas y las reacciones eran muy variadas, pero me llamó la atención la de uno de los entrevistados: solo quería a alguien con quien hablar. No presté más atención al video, aunque algo debió removerse en mi interior.

Hace un par de días salí de una tienda y acorté camino hasta mi coche por unas escaleras que llevan a la calle principal de mi ciudad. Cuando me acercaba a la acera, vi sentado en uno de los bancos que hay en la avenida a un vagabundo que estaba comiendo un bocadillo. Su mirada se cruzó con la mía durante un instante, pero bajó la vista enseguida; supongo que le sorprendió que yo me diera cuenta de que me había mirado. Terminé de subir los dos o tres escalones que me quedaban sin dejar de observarlo con disimulo. Pasé delante de él y, sin pensarlo, me salieron una sonrisa y cuatro palabras: “Buenas tardes. Que aproveche”. Paró de masticar y me correspondió con otra sonrisa. No dijo nada. Imagino que, de niño, su madre le diría eso de que no se habla con la boca llena. Soltó una de sus manos del bocadillo para devolverme un gesto elocuente: el puño cerrado y el pulgar levantado, como cuando el pueblo pedía gracia al César en el circo de Roma para algún gladiador.

Crucé la calle, sin volver la vista atrás, y pensé que debería haberle dado un poco de dinero. Durante una fracción de segundo estuve tentada de dar la vuelta, pero no lo hice. Ni siquiera sé para qué hubiera retrocedido. ¿Para hablar con él? No creo. No por nada, sino porque, posiblemente, las convenciones sociales me hubieran frenado. ¡Qué papelón habría jugado si me hubiera puesto a darle conversación y me hubiera malinterpretado soltándome una fresca! O, tal vez, hubiera vuelto sobre mis pasos para dejar algo de dinero en la gorra cochambrosa que había a sus pies. Pero eso habría estropeado el gesto amable que me salió de forma espontánea, o eso quiero pensar. El caso es que me vino a la mente la idea sobre esa clase de invisibilidad.

Este fin de semana me ocurrió algo que volvió a recordarme ese tema. Me refiero a esa ceguera selectiva que afecta a una parte del mundo cuando se trata de ver cosas que es más cómodo ignorar. Tengo un hijo con autismo. Está rodeado de gente que lo adora y eso hace que no sea una de esas personas invisibles como el mendigo del banco. Pero el mundo del autismo ha sido durante mucho tiempo un gran desconocido.

Vivimos en Marbella, y en verano se hacen bastantes galas solidarias en beneficio de muchas asociaciones y organizaciones. Pues bien, recibí una llamada de teléfono de una persona de la Global Gift Foundation, que organizaba su gala anual en nuestra ciudad. Uno de los premios era para la organización “Aprendices visuales”, como reconocimiento a su labor en beneficio de los niños con autismo mediante el desarrollo de cuentos y pictogramas que les sirven de herramientas para adquirir habilidades y potenciar su avance. María Bravo, una de las almas fundadoras de Global Gift, creyó que sería bonito que mi Javi presentara con ella la entrega de ese premio. Era una manera hermosa de dar visibilidad a las personas con autismo, y de mostrar a todos los asistentes cómo se puede mejorar la calidad de vida de esos niños y adultos, y a qué nivel de integración se puede llegar si se trabaja con los medios y con el amor necesarios. Cuando recibí la llamada y la invitación le pregunté a mi hijo (porque por supuesto también tiene muy bien trabajada la autodeterminación, y la libertad de tomar sus decisiones) y aceptó encantado. La presentación fue maravillosa, y salió perfecta. Mi Javi leyó su parte del guión junto a María y, por supuesto, disfrutó como el que más de la cena y del bailoteo posterior. A las pruebas me remito:

Gala Global Gift Foundation. Julio 2017 (22)

Esos ejemplos tan dispares me inspiraron este artículo. A veces no tenemos que pensar en desconocidos o en colectivos para plantearnos el tema de la visibilidad de las personas. ¿Cuántos de nosotros no recordamos (me incluyo a propósito) a algún vecino, compañero de trabajo, etc. que es el típico “plasta” al que todos dejamos de lado? Y no es que lo hagamos con mala intención, pero el caso es que lo hacemos en ocasiones.

Si me paro a profundizar más en el tema, el mundo se me queda pequeño cuando empiezo a dar visibilidad a tanta gente. Los niños que mueren de hambre, las mujeres maltratadas, las víctimas del terrorismo… sé que todo eso suena a tópico, pero es que detrás de los tópicos hay personas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se diluyen dentro de un conjunto que nos resulta más cómodo cuando es impersonal.

¿Y qué podemos decir si alguno de nosotros ha visto esta película desde el otro lado de la cámara? ¿Qué digo yo ahora si, por casualidad, me está leyendo alguien que se siente o se ha sentido invisible alguna vez? ¿Qué puedo ofrecerle? O, mejor dicho, mi pregunta debería ser: ¿qué puedo ofrecerte?

Porque si alguien lee esto y se da por aludido, me gustaría regalarle, aunque fuera durante el breve tiempo que emplee en leer este artículo, ese don de la visibilidad. Ojalá que ahora y en el futuro yo sea capaz de ver con algo más que con mis globos oculares. Ojalá sepa, y sepamos todos, descubrir a aquellos que necesitan saberse descubiertos. A los que anhelan saber que son importantes para alguien, que significan algo, aunque solo sea para el camarero que les pone un café, o para el que les vende el periódico a diario.

Porque no hay que ir al cine o a los libros para encontrar al hombre invisible. Lo tenemos a nuestro lado muchas veces. Y no es ficción.

Adela Castañón

Imágenes: WordPress, Gala Global Gift Foundation.

Amar de reojo

“Quiero mirarte mucho, y te miro solo un poco.
Y es que solo me atrevo a mirarte de reojo”

De una canción de Sito Morales

Lo primero que el escritor vio fue la rasta. De lejos, mientras descendía a la playa por un sendero, confundió la silueta con una roca de la orilla, y no le prestó atención. Pero una ráfaga de aire hizo ondear la rasta durante unos segundos. El escritor entrecerró los ojos e hizo visera con la mano sobre la frente para ver mejor. Comprobó que la supuesta roca era una mujer encogida sobre sí misma, con los brazos abrazando las espinillas y el mentón apoyado sobre las rodillas dobladas. Tenía la inmovilidad de un peñasco solitario. La capucha, echada hacia delante, no dejaba verle la cara ni el resto del pelo. El movimiento de la rasta solo había durado unos instantes; enseguida volvió a reposar sobre su espalda, como una tira de algas del color del fuego que destacaba sobre el negro del chándal que llevaba puesto.

El escritor se detuvo, a pesar de la distancia. Se sorprendió pensando que dar un paso más sería como invadir un terreno sagrado, y no quiso hacer nada que rompiera esa calma perfecta. El sendero se bifurcaba, y tomó el ramal que lo alejaba de la figura. Llegó abajo del todo, se sentó sobre una roca, manteniendo las distancias, y abrió su cuaderno de notas. De vez en cuando fingía escribir, pero cuando se levantó para marcharse no había ni una línea en su cuaderno. La hora se le había ido en lanzar furtivas miradas a la única habitante de esa playa.

El resto del otoño trajo consigo tardes similares. La mujer ya solía estar en la playa cuando el escritor llegaba, pero nunca dio señales de notar su presencia. A él se le ocurrió un día bajar más temprano. Su corazón latió un poco más despacio al ver que ella aún no estaba. Temió que la desconocida no acudiera ese día o, aún peor, que al acercarse diera media vuelta al ver allí a otra persona. Se puso en pie para abandonar la playa, pero se detuvo cuando, a lo lejos, detectó un movimiento con el rabillo del ojo. A cámara lenta, como el que se acerca a un gorrión herido para no espantarlo, volvió a sentarse en su roca de siempre teniendo cuidado de no mirar directamente a la mujer que se acercaba a su sitio sobre la arena. Ese día solo garabateó en su libreta una especie de mantra repetido: “Gracias, Dios. Gracias, Dios”. Amparado en la distancia, no le había importado que la sal de sus mejillas no se debiera solo a la brisa de mar, y respiró aliviado al ver que no había espantado a su musa.

En diciembre tuvo que volver a la ciudad. Su editor se impacientaba. Los plazos para entregar su nueva novela se habían convertido en un trote de caballos al galope. Y, si algo le faltaba, fue enterarse de que su corrector habitual se había jubilado. El editor le pasó el email del nuevo corrector, pero al escritor se le daba mal la correspondencia con personas a quienes no lograba poner cara. De todos modos, le envió el borrador por correo electrónico y le sorprendió recibir en menos de dos semanas una revisión más exhaustiva y acertada que nunca. No le costó trabajo continuar el intercambio epistolar y la versión definitiva de su novela prometía ser espectacular.

Solo tenía un inconveniente, y era que no se le ocurría ningún título. Buscaba algo sencillo, como el argumento del libro: una simple historia de amor entre dos desconocidos en una playa solitaria. Era una historia única, en la que sus protagonistas no cruzaban ni una sola palabra. Ni siquiera una mirada. El libro tenía dos finales alternativos, y muy diferentes, entre los que tendría que elegir en breve. Como no daba con un título apropiado, escribió al corrector para concertar una cita. Pensó que alguien que había hecho una revisión tan buena, podría echarle una mano en lo del título y, de paso, le daría las gracias en persona por su estupendo trabajo.

Llegó a la editorial el día de la cita con un poco de retraso. Llovía sin pausa desde la madrugada, y le había resultado una odisea encontrar un taxi cuando salió a la calle nada más terminar de almorzar. Sacudió las gotas de su vieja gabardina mientras maldecía al tiempo. El editor lo estaba esperando para presentarle al nuevo corrector, un hombre de mediana edad al que apenas se le veían los ojos, perdidos entre las arrugas de un rostro que desentonaba con el resto de su cuerpo. Ancho de hombros, con la espalda bastante recta, tenía más aspecto de descargador de muelles que de corrector de textos literarios. Los dos hombres simpatizaron en seguida. No tardaron en sumergirse en comentarios sobre la novela y sus posibles mejoras y, a media tarde, el corrector llamó por teléfono a alguien para que les trajese un café de un bar cercano. Cuando llegó la persona con sus bebidas, estaban tan enfrascados que ni levantaron la vista de sus apuntes.

Habían dejado lo del título para el final. El corrector se levantó de su silla para estirar un poco la musculatura de la espalda, y el escritor lo imitó.

–¡Bien, amigo mío! –dijo el corrector–. Le tengo que confesar un secreto, y es que he tenido ayuda extra con su novela. Cuando llegó usted no sabía si llegaría a decírselo o no, pero su visita me ha alegrado esta tarde tan gris, y ahora que lo conozco en persona creo que se lo debo.

–¿Me está diciendo que ha contratado a un “negro” para hacer su trabajo?

El escritor hizo la pregunta con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentía más curioso que molesto. El corrector se llevó las manos a la cabeza y la movió de lado a lado con energía.

–¡No, por Dios! Soy un trabajador responsable y jamás se me hubiera ocurrido tal cosa. La persona que me ha sugerido muchas de las correcciones es de mi total confianza –el hombre sonrió–. Se trata de mi hija, que se alimenta de libros, y ha sido la autora de los comentarios sobre su protagonista, ya sabe, esos que tanto le han gustado. Por cierto, le comenté que nos veríamos esta tarde y le hablé de sus problemas con el título. Me dijo que me mandaría por email algo que se le había ocurrido –el corrector volvió a la mesa de su despacho y encendió el ordenador–. Espere un segundo. Le podía haber preguntado cuando nos ha traído el café, pero no me he acordado en ese momento. Y es tan tímida que no me extraña que no haya dicho nada.

El hombre tecleó una contraseña y se abrió la bandeja de entrada. Buscó entre los correos, y abrió uno con un archivo adjunto. Pulsó la opción de descargar, y no pudo evitar una carcajada al ver la imagen que aparecía en pantalla.

–¡Vaya! ¡Esto sí que no me lo esperaba de mi hija!

–¿El qué? –el escritor sentía aumentar su curiosidad.

–Pues que, con lo reservada que es Lucía, no sé cómo se le ha ocurrido utilizar una foto suya como sugerencia para la portada.

El escritor hizo un esfuerzo para no fruncir el ceño. Le caía bien el corrector, pero de ahí a permitir que una muchachita que se había paseado impunemente por las páginas de su novela se tomara también la libertad de intervenir en la imagen de portada… bueno… No estaba dispuesto a pasar por eso. Y encima la chica ni siquiera había saludado cuando dejó los cafés sobre la mesa, limitándose a dejar la bandeja y a desaparecer como un fantasma. Pensó en un modo delicado de tratar esta cuestión.

–En fin, por sugerir, tampoco se pierde nada. Pero déjeme decirle que, en el título y en la portada, tengo por norma reservarme la última palabra –el corrector juntó las palmas de las manos, como pidiendo perdón, y el escritor temió haber rozado la descortesía, así que intentó suavizar la situación–. A ver, ¿qué título ha sugerido su hija?

Rodeó la mesa para ver la pantalla del ordenador, y estuvo a punto de caerse de espaldas.

La imagen de la portada mostraba la foto de una playa desierta, con dos siluetas. Una, en primer plano, la de una mujer de espaldas, con un chandall negro y la capucha subida, que solo dejaba ver una rasta pelirroja ondeando al viento. La otra, a lo lejos, una figura masculina, más insinuada que dibujada, de un hombre con un libro sobre las rodillas.

Lucía proponía que la novela se llamase “Amor de reojo”.

El escritor parpadeó.

–¿Su hija ha sido la persona que nos ha traído el café?

–La misma.

–¿Podría presentármela?

–Claro que sí. Será un placer. Espere un momento.

El corrector abrió una puerta que comunicaba con el despacho contiguo. Se oyó el ruido de un ascensor en marcha. El escritor se asomó por encima del hombro, y vio que la habitación estaba vacía.

–¡Vaya! –dijo el corrector. Él también había oído el ascensor–. Debe haberse marchado hace un momento. Aquí solo quedábamos ya nosotros tres.

El escritor cruzó la habitación en dos zancadas y se asomó a la ventana. Vio salir una figura con un chándal negro que se alejaba corriendo bajo la lluvia mientras una rasta roja le golpeaba la espalda con cada paso.

En aquel momento supo qué final iba a elegir para su libro. El mismo que para el resto de su vida.

Adela Castañón

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Imagen de Sito Morales durante el recital que me inspiró este relato

Fotos: Pixabay, Sito Morales

Sopa de letras con el estrés

¿Quién no ha usado la palabra estrés para referirse a alguna situación que lo supera? Si alguien levanta la mano, le doy la enhorabuena y de paso, si no le importa, le pido que me pase la fórmula mágica. Pero si sois de los que lo habéis sufrido, os invito a probar una receta que ayude un poco a digerirlo letra a letra.Frase

toa-heftiba-95457Bueno, igual no tanto. Aunque si no lo intentas, nunca lo sabrás.

La RAE define el estrés como la “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Etimológicamente, la palabra estrés viene del inglés stress (énfasis, presión) y este del latín strictus (estricto). Y strictus es el participio del verbo stringere (ceñir, atar fuertemente), de donde proceden también términos tan apetecibles como astringir, constreñir, restringir, o estreñir. Con esos datos surge la tentación de parar de leer.  Pero si, en vez de dar la espalda al problema, preferís echarle valor y plantarle cara, ahí van algunas sugerencias.

Empieza por el principio.

Aprende a escuchar. A los demás y a ti mismo. No necesariamente por ese orden. Pero escucha siempre. La época actual haría que nuestros abuelos volvieran a sus tumbas a toda pastilla si, por casualidad, se les ocurriera levantar la cabeza. La vida moderna está llena de velocidad, de ruidos, de prisas, y a veces nos olvidamos de la importancia de las pausas. Hay que recuperar los silencios y aprender a detenernos un minuto para filtrar lo importante y separarlo de lo banal en esa cacofonía de ruidos que, pomposamente, llamamos riqueza o diversidad informativa. Lo primero para solucionar un problema es ponerle nombre. Y, como médico, pienso que un diagnóstico acertado debe empezar por una buena anamnesis que siempre se podrá llevar a cabo si se sabe desarrollar esa pequeña capacidad de escucha. Guardemos un minuto de silencio para escuchar a nuestro interior, o a nuestro amigo, o al vecino que a veces hemos querido asesinar solo porque, cuando nos mira, sus dos cejas se convierten en una.

Sigue sus señales.

Todos sabemos lo que son las señales. ¿Todos? ¿Seguro? Ya, ya lo sé. Estoy diciendo casi lo mismo que antes, me diréis. Pues sí, ¿y qué pasa? Como no tenemos el hábito de escuchar, prefiero insistir un poco, aunque me repita. Y, al escuchar, no es mala idea prestar atención a las señales. Nadie, salvo raras y tristes excepciones puntuales, está un día pletórico de salud, y al día siguiente criando malvas. El cuerpo, igual que los chivatos del salpicadero del coche cuando algo va mal, nos envía a veces destellos rojos de aviso. Y, si eso ocurre, tenemos tres opciones: no ver la luz; verla y pensar que todavía no es una amenaza real y que podemos avanzar un poco más; o parar el motor, levantar el capó, y arreglar la avería si podemos y sabemos. Y si no, pedir ayuda. En mi trabajo he tenido pacientes que han entrado por la puerta con motivos de consulta de lo más variado. Detrás de un dolor de estómago, de un cansancio inexplicable, de miles de síntomas, se esconde a veces un hecho que no tiene nada que ver con esas señales de que algo no va bien. Y ni siquiera hace falta ir al médico para darse cuenta de eso. Hay miles de indicios más: que te encante el cine y no tengas ni idea de lo que hay en cartelera, o que se te acumulen dos temporadas de tus series favoritas, o que pasen las semanas sin que logres sacar un rato para llamar a tu madre por teléfono, o que no te des cuenta del ruido de la lluvia, simplemente…

Tómate tu tiempo.

Aprender a organizar nuestro horario es una herramienta muy eficaz para combatir el estrés. Y para ser más felices. Separemos nuestro tiempo profesional del personal, y procuremos gestionar ambos espacios del modo más productivo. Si hemos seguido los pasos previos y hemos escuchado las señales de alerta, este es el paso siguiente, y no creo que haga falta que me extienda más ¿verdad? Lo cierto es que al llegar a este punto de mi artículo me puse a buscar en Google y encontré un montón de aplicaciones para gestionar el tiempo. Pero no he querido poner el enlace a ninguna de ellas porque creo que, en esta época tan instrumentalizada, nuestra mejor app deberíamos ser nosotros mismos. Por eso prefiero dejar aquí la idea, y que cada uno piense cómo llevarla a la práctica de la mejor manera para él.

Relájate, por favor.

No confundas lo de organizar tu tiempo con la necesidad de multiplicar horas. Todavía, que yo sepa, no se ha inventado un reloj que haga que un día tenga más de veinticuatro horas. Si lo de gestionar el tiempo te resulta estresante, es momento de robar unos minutos para regalarte un masaje. O una clase de yoga. O unas cañas con los amigos. O… Inciso: este apartado es autorellenable por cada uno que lo lea, y sugiero que la respuesta sea hacer lo que se nos ocurrió al leer los puntos suspensivos finales del segundo apartado; sí, sí, ese de “Sigue sus señales”. Haz lo que quieras. Pero relájate. Eso no es perder el tiempo, sino todo lo contrario. Aprende a respirar. Dedica unos minutos a pensar qué cosas al alcance de tu mano te pueden ayudar a sentirte mejor, y da el primer paso para acercarte a ellas, aunque creas que no tienes tiempo para perderlo en “bobadas”. Luego te cundirá el doble cuando te enfrentes a tu lista de tareas. Y esos quince minutos de lectura de evasión, o ese paseo alrededor de tu edificio, o ese café con los pies en alto, habrán sido una buena inversión.

Ejercita mente y cuerpo.

Por si alguno se toma al pie de la letra lo de la relajación del punto anterior, haré aquí una pequeña llamada a la sensatez. Que en ninguno de los extremos está la virtud. De modo que procuremos ejercitar todo aquello que nos ayude a mejorar. Si quieres ser escritor, escribe mucho y lee mucho. Si quieres adelgazar, apúntate a un gimnasio, o sal a caminar. No vayas a comprar al super cuando estás muerto de hambre. Ponte pequeñas metas, que sean alcanzables. El ejercicio es un concepto muy amplio, pero en ninguna de sus facetas encuentro nada negativo, sino más bien al contrario. Así que, ya sabéis: ejercicio, disciplina, constancia. Que el resultado valdrá la pena.

Sueña. Sigue. Supérate.

Busca cualquier sistema de soporte a tu alcance. Cualquier cosa que te ayude a seguir en los momentos malos, a superar los baches, será siempre bienvenida. Y, cuando no encuentres al momento lo que necesitas, siempre te quedarán tus sueños. La diferencia entre sueño y realidad es a veces tan simple como cambiar la conjugación de un verbo. Echa el resto para transformar ese “algún día haré…” en un “hoy voy a hacerlo”. En eso tengo experiencia; he pasado muchos años con fantásticos “proyectos” de escritura. Pero hasta que no me apunté a mi primer taller, hasta que mis amigas y yo no nos metimos en este jardín de letras que es Mocade, no podía ni imaginar lo que me estaba perdiendo. Así que, si admitís un consejo, no hagáis como yo. Debéis saber que nunca, nunca, nunca es tarde. Palabra de honor.

Esta receta no es una panacea. Pero la he seguido paso a paso para escribir este artículo porque el estrés empezó a amenazarme con la temida falta de inspiración. Entonces, quizá por asociación de ideas con el título del artículo, me vino a la mente una frase que decía mi padre cuando alguno de mis hermanos no quería comer: “En la vida hay mucha gente con hambre, así que es un lujo tener la oportunidad de aprender a comer de todo, y un pecado imperdonable tirar cualquier clase de comida”. Y decidí aplicar esa frase a mi escritura y autorrecetarme lo que os he contado en esas pequeñas píldoras. Y al final, pude traer este plato a la mesa. A veces saborearemos exquisiteces de chefs, y otras veces habrá que calmar el hambre con una sopa de letras. Pero todo es alimento, de modo que…

¡Buen provecho!

Fotos: Pixabay, Unsplash

Del suelo al cielo

Era la primera vez que entraba en aquel edificio. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba su muda melodía de números descendentes: 10, 9, 8, 7… Una mujer esperaba marcando el ritmo con el taconeo de su zapato derecho, justo delante de él, y el movimiento hacía oscilar el abrigo que cubría su espalda. Las puertas del ascensor se abrieron igual que una enorme boca forrada de madera con espejos, mostrando un suelo enmoquetado en color vino como si fuera una lengua. El hombre y la mujer entraron sin mirarse, y el ascensor cerró sus puertas.

–¿A qué piso…? –el hombre no tuvo tiempo de terminar su pregunta. La mujer lo ignoró y, sin mirarlo, estiró el brazo hacia el panel de los números. Al moverse, su chaqueta se abrió y dejó entrever un abultamiento de luna en cuarto creciente que tensaba el vestido a la altura de su abdomen. Ella aprovechó el gesto para mirar su reloj, y al inclinar el cuello quedó expuesto un pequeño tatuaje: un círculo formado por dos figuras en forma de coma, como un yin y yang, con un punto blanco dentro de la mitad negra, y un punto negro en el centro de la parte blanca.

Si el hombre no hubiera estado apoyado contra la pared, se habría caído de espaldas. Había visto ese mismo dibujo ocho meses antes, la noche en que, ciego de coca, siguió a una chica con un tatuaje igual por Central Park. El ataque no había durado más de quince o veinte minutos: el tiempo que tardó en sorprenderla y arrastrarla hasta detrás de unos matorrales, dejarla tirada, desarticulada y rota, y huir a toda carrera por una de las salidas del parque. Desde aquel día no había vuelto a probar ni una sola raya.

El espejo de la pared le devolvió la imagen de sí mismo: un espectro pálido, cuya cara se empezaba a poblar de perlas de sudor. Sin saber qué hacer, elevó los ojos al panel de los números y rezó para que se produjese pronto una parada. Cualquier cosa, con tal de escapar de esa jaula metálica. “Tierra, trágame”, pensó.

El embarazo había agudizado el olfato de la mujer. Sin poderlo evitar miró el espejo y vio reflejado al otro pasajero cuyo sudor, acre y fuerte, le estaba empezando a provocar unas nauseas cada vez más intensas. Se dio cuenta de que el tipo la estaba observando, y de que, al verse descubierto, levantaba la mano para aflojarse la corbata. El puño de la camisa se le subió un poco y algo llamó la atención de la mujer. Sus ojos se clavaron en la muñeca del hombre y descubrió allí un tatuaje gemelo al de su cuello. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la imagen y apretó los labios para contener una arcada. Era la misma muñeca que la amordazaba sin piedad, noche tras noche, en sus pesadillas, desde hacía ocho largos meses.

Como un boxeador al escuchar la campana, ella se refugió en la esquina opuesta del cubículo claustrofóbico y las miradas se cruzaron en un mudo reconocimiento. Un letrero de la pared indicaba que la capacidad era para veinte personas, pero de pronto el aire del interior les resultaba insuficiente. La mujer sintió un cuchillo que partía sus entrañas en dos. Un líquido caliente comenzó a chorrear entre sus piernas y oscureció la moqueta. Quiso gritar, pero su garganta había olvidado cómo hacerlo. El hombre la vio abrir la boca y apartó la mirada invadido por el miedo y la vergüenza. La mujer se volvió para aporrear las puertas, cuando un estruendo procedente del exterior acalló cualquier otro sonido.

El ascensor se tambaleó y el azar hizo que los dos mirasen en la misma dirección. El indicador de los pisos marcaba el número 87. Debajo del logo de “World Trade Center”, la fecha y la hora empezaron a parpadear en el panel: eran las 8:45 del 11 de septiembre de 2001.

El mundo entero se hundió bajo sus pies y lo último que el hombre pensó, mientras se desplomaban en el vacío, fue que la Tierra había escuchado su súplica.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

La riqueza de los libros

A mi padre. Y a mi hija. 

¿Te has preguntado alguna vez por qué leíste tu primer libro? ¿Cuál fue la razón que te impulsó a leerlo? ¿Te acuerdas del título o del autor? ¿Te impactó, te animó o, por el contrario, te desilusionó?

Me gustaría empezar este artículo diciéndoos, como otras veces, que lo que me ha movido a escribirlo es ofreceros respuestas a esas preguntas. Pero mentiría. En esta ocasión, lo que quiero compartir con vosotros son esos interrogantes que me vinieron a la mente desde que descubrí, sorprendida, que había personas a las que no les gustaba leer. Y es que, a veces, las preguntas son más importantes que las respuestas y todas esas cuestiones menores conducen a algo que va mucho más lejos: ¿cómo nace el gusto por la lectura?, ¿cuál es la magia que hace que una persona descubra el placer de leer?

No sabría deciros qué me llevó a leer mi primer cuento o mi primera novela, porque no lo recuerdo. Desde que tengo uso de razón, siempre he andado con alguna lectura entre manos. Los libros me siguen resultando apetecibles y necesarios. Tan necesarios que, a fuerza de leer, he acabado por escribir. Y por eso me estáis leyendo ahora mismo.

Solo puedo mostraros aquí la punta del iceberg. Porque creo que lo que subyace bajo el placer de leer es mucho más de lo que aparece a simple vista. Trataré de daros mi opinión a través de unas vivencias personales: mi experiencia con el universo de la lectura, en un recorrido por el tiempo.

Ivanhoe, o la madurez, llama a la puerta

Si el amor por la lectura se hereda, yo lo heredé de mi padre. En eso éramos como dos gotas de agua. Pero nada es perfecto y tropecé con un escollo: antes de poder leerme un libro, él tenía que darle el visto bueno. Al principio no era problema, pero llegó un día en que mi progenitor no había tenido tiempo de leer mi próximo candidato. Me consumía la impaciencia y le pregunté si, mientras tanto, podía coger uno de la colección de las tapas verdes. Era una colección de libros, todos forrados con un papel verde manzana, que recuerdo con claridad. Por aquel entonces había leído algunos de los títulos. Con el tiempo los leí todos, y aún recreo en mi imaginación el dibujo de la portada de muchos de ellos: El prisionero de Zenda, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick, Quo Vadis, Ivanhoe, y Los tres mosqueteros, entre otros. Este último me llamó la atención por el título, y le pedí permiso a mi padre para leerlo. Pareció que le proponía asaltar un banco, porque su respuesta fue una negativa rotunda e inesperada que me sorprendió. Hasta entonces nunca me había censurado las lecturas, y su argumento fue que ese libro no era “ni ejemplar ni educativo” para mi edad. Me resigné, y empecé a leer Ivanhoe, que fue la alternativa que mi padre me ofreció, diciendo que también era de aventuras, de caballería y no sé qué más. Pero nada hay más provocativo que la curiosidad y, aunque no recuerdo la primera lectura de mi vida, sí que estoy casi segura de que en aquella época cometí, a sabiendas, mi primera desobediencia. Y es que tenía tantas ganas de leer las aventuras de los mosqueteros que cambié el forro de Ivanhoe por el del otro libro, y así me tragué de cabo a rabo las aventuras de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, delante de las narices de todo el mundo. Capítulo tras capítulo intenté encontrar entre líneas algo malvado, dañino o perverso, pero no lo conseguí. Hoy comprendo que mi padre no quería que me enfrentara a actitudes y maquinaciones tan poco ejemplares como las de Milady, pero el resultado fue que empecé a darme cuenta de que los libros eran algo más que un pasatiempo y podían convertirse en herramientas para muchos fines. Intuí, por ejemplo, que leer podía conseguir que alguien cambiara de modo de pensar, que actuara de una u otra forma, y, aunque no me enterase muy bien de la milésima parte del asunto, lo cierto es que aquella aventura privada me hizo madurar bastante.

Crepúsculo y cía, o la historia de un objetivo cumplido

Como lectora furibunda y enganchada, siempre he querido que mi hija heredase esta costumbre, pero no había manera de conseguirlo. Era una batalla perdida, y me entristecía pensar en lo que se estaba perdiendo. Soy “Socia Oro” del “Círculo de Lectores” desde hace años. En los comienzos de ese club, una de las condiciones era hacer al menos un pedido bimestral. Pues bien: en una ocasión en la que no sabía qué pedir, vi el primer libro de la saga Crepúsculo antes de que el cine le diera fama. Lo compré por curiosidad, porque me chiflan las historias de vampiros y no había otros libros que me llamaran la atención. Y, como soy incapaz de dejar una saga a medias, en la siguiente entrega pedí los otros dos títulos (aún no se había publicado el cuarto, Amanecer). Los leí, y la cosa quedó ahí. Mucho tiempo después, mi niña me preguntó un día si le compraría un libro para el instituto. Le dije que por supuesto, pensando en algún libro de texto, pero pronto me sacó de mi error. “Mami”, me dijo, “no es un libro para estudiar. Es una novela chulísima que se están leyendo todos los de la clase, y siempre que digo que me la pasen, ya se la han prestado a otro”. Le pregunté por el título o el autor, pero no recordaba ni lo uno ni lo otro. Le dije que con esos datos me lo estaba poniendo difícil y, por pura curiosidad, le pregunté sobre el argumento. Me respondió que era sobre una chica que se enamora de un chico que resulta ser un vampiro, pero no uno de los de colmillos y capa negra, sino que es un compañero de clase, miembro de una familia de vampiros muy “guays”… ¿Os suena? A mí se me encendió una bombillita interior, y la interrumpí. “¿Por casualidad el libro no se llamará Crepúsculo?”, le pregunté. La cara se le iluminó: “¡Ese, mami, ese es! ¿Me lo vas a comprar?” La dejé con la palabra en la boca, salí de la habitación, y regresé con las manos a la espalda. No os imagináis la cara que puso cuando vio que tenía el libro en una de las manos. Y si os cuento ya su expresión al ver que en la otra mano tenía los dos libros restantes de la serie, os podréis hacer una idea de cómo me sentí. Ni ella ni los de su clase sabían que había dos títulos más. Total: que mi amor por la lectura hizo que aquel día, en el ranking materno filial de “los 40 principales”, yo subiera de forma meteórica desde el puesto nosesabequenúmero hasta la primera y destacada posición, donde me mantuve triunfante una larga, larguísima temporada. Crepúsculo fue la llave que le abrió a mi hija el mundo de la lectura, y sólo por eso tengo que romper una lanza en su favor, aunque mi amiga Carla sienta deseos de matarme. Ya sé que no puede resultar más tópico ni más típico, que Bella es la clásica chica femenina, débil y tierna a la que el masculino, protector y perfecto Edward siempre salva. Pero mi hija empezó a leer gracias a eso.

Terry Pratchett o la prueba de que la lectura siempre será sorprendente, y Seda o la lectura como escuela

Cuando yo creía estar de vuelta de todo en este mundo de la lectura y los lectores, llegó mi actual etapa de escritora y, con ella, mis amigas mocadianas. Y Carla, ¿cómo no?, nos presentó a Sir Terry Pratchett. No hace falta que os diga que lo adora, porque ya lo cuenta ella en una de sus entradas. Y su amor por este autor es contagioso. De modo que aquí me tenéis, a mis años, diseccionando y disfrutando de artículos como el de Carla, y analizando la obra de un señor que ha tenido la osadía de dejarme con la boca abierta y sin mover un dedo. Porque para alguien como yo, que presumía de haber leído libros de “casi todo”, ha sido un descubrimiento y una espléndida sorpresa encontrarme con algo nuevo, diferente y original. No puedo decir gran cosa de este autor que no haya dicho Carla más alto y mejor. Pero quería mencionarlo en mi artículo de hoy porque lo merece. Y, a mi modo, también quiero rendirle mi particular homenaje.

Y vamos llegando al final. El otro día, en un curso de novela que estoy haciendo, nos tocó analizar un fragmento de Seda; la lectura de dicho fragmento me inspiró tanta curiosidad que en dos días me he leído la novela. Y me ha vuelto a pasar como con Sir Terry: me he quedado con boca de pez, medio babeando, al descubrir una literatura que está a años luz de la de mis comienzos, cuando todo eran aventuras de caballería, o novelitas rosas de Rafael Pérez y Pérez que devoraba en las vacaciones de verano, sin descanso, una tras otra. Aquellas novelitas, tan distintas de esa Seda de Baricco, fueron para mí un poco como Crepúsculo para mi hija: no puedo afirmar que fueran mis primeras lecturas, pero sí que recuerdo que con ellas tomé conciencia de que leer era para mí una necesidad ineludible.

¿Y ahora qué?

Nunca he tenido miedo a quedarme sin nada que leer, o a que nada de lo que pueda leer deje de sorprenderme. Creo que lo que la lectura nos regala tiene tanto que ver con el contenido de los libros como con los ojos del lector. Por eso las películas nunca suelen parecernos tan buenas como la obra en papel, salvo raras excepciones. Porque los libros, aunque sean comprados, llevan también algo nuestro desde el momento en que ponemos los ojos en la primera página. El autor lo gesta, lo cuida, lo mima, le ayuda a crecer, y lo lleva de la mano hasta el momento del parto literario. Pero luego es el lector el que lo viste de gala o lo condena al ostracismo; y, sea cuál sea su decisión, al tomar postura se convierte, aunque sea en una mínima parte, en “coautor”.

Y eso, saberme autora y coautora, es lo que me puso a pensar y a escribir todo lo que os he contado. Porque este artículo solo pretendía hablar del nacimiento del placer de la lectura. La experiencia es diferente para cada persona, y también varía a lo largo de la vida. En mi caso he querido hacer el recorrido de cómo me enamoré de los libros en mi infancia, cómo ayudé a que naciera en mi hija ese mismo amor y cómo, en esta tercera etapa, descubro en la lectura un placer mucho más maduro, conclusión de las etapas anteriores. Porque si no hubiera sido lectora e inductora de lectora, no habría podido renovarme.

Y, cuando ya parecía que leer no podría aportarme nada nuevo, resulta que ha sido la llave del portal a otro mundo fascinante: el de la escritura. Y, si habéis leído hasta aquí, no necesitáis que os cuente más. El resto del artículo lo podéis escribir a vuestro gusto.

Adela Castañón

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Fotos cabecera y final: Pixabay