Mi última carta de amor

María:

(Sonrío, porque no sé cómo empezar. –Suelto el bolígrafo y miro tu foto–. ¿Querida María? ¿Hola, María? ¿Qué tal, María?)

A lo largo de mi vida he maldecido y bendecido Internet a partes iguales, pero nunca tanto como cuando se ha tratado de ti.

En nuestra época de críos,

(sí, críos, esa rara especie, hoy en peligro de extinción porque se van convirtiendo en adultos en miniatura que a los diez años ya están de vuelta de tantas cosas –Miro tu foto otra vez y me parece verte sonreír.)

no podíamos imaginarnos que el futuro derribaría barreras que creíamos eternas, como el tiempo o el espacio, y que surgirían nuevas tecnologías como las de hoy. Cuando la vida nos separó, no podíamos soñar con que Internet, como una varita mágica, sería capaz de poner en contacto a personas muy distantes. En aquella época trasladaron a tu padre a otra ciudad, y tu partida nos supuso el adiós definitivo. Entonces solo existía Correos o, en contadas ocasiones, el teléfono. Y tú y yo, con lo cortos de genio que éramos, ni siquiera contábamos con esos recursos. ¡Cómo iba a pensar en llamarte o escribirte cuando te mudaste con tus padres a casi mil kilómetros de mí! Si yo era tímido, tú lo eras más. Con quince años nuestra timidez era tan extrema

(porque quiero pensar que a ti te ocurría lo mismo que a mí)

que apenas nos mirábamos cuando estábamos en la misma habitación. Me daba terror pensar que pudieras adivinar mis sentimientos, que mi amor por ti, ese amor primero, irrepetible, quedara expuesto, desnudo…

María…

Si lo nuestro hubiera empezado alguna vez, si al menos te hubiera pedido salir contigo, a lo mejor a estas alturas estaríamos ya hasta los pelos el uno del otro. Pero nuestra historia nunca llegó a ser nada, no pasó de ser un sueño, un deseo, una fantasía. Y se quedó fuera del tiempo, congelada en un milagro de eterna juventud, de ilusión imperecedera, donde la magia del futuro vive a salvo de la monotonía y de la desilusión del pasado. De un pasado que es solo un folio en blanco porque la vida no escribió nada en él. Separarnos, sin habernos llegado a juntar, me ha dejado

(¿y a ti? ¡Ojalá lo supiera!)

siempre abierta una puerta a la esperanza, al millón de historias que podríamos haber vivido. Y no importa lo que pase porque, en cada instante y en cada segundo, mi mente y mi corazón pueden echar a volar sin ataduras, y pueden construir un universo cuyo punto de partida hubiéramos sido, ¡cómo no!, tú y yo…

María…

Me haces desbarrar. Da igual que hayan pasado treinta años. Pero esta vez no puedo callarme, María. Después de tanto tiempo, has usado la llave de Internet para volver a abrir la puerta de mi alma y entrar en mi vida sin invitación.

(¿Te duele esto último? ¿Temes que no te guste lo que te voy a decir? –La mente me gasta una broma cuando miro tu foto. Ahora veo una arruga vertical en mitad de tu frente.)

Te iba a decir que lo siento. Iba a tachar esas dos palabras, “sin invitación”, pero no voy a hacerlo. Porque yo también te he buscado en Google. He intentado seguir tu estela, pero no a costa de romperla, como has hecho tú con la mía. Lo mío ha sido un ir detrás, igual que una mascota, sabiendo que tú siempre mirabas hacia delante y ni siquiera me veías. Lo tuyo ha sido otra cosa. Tú me has buscado, te has plantado delante de mi cara. Eres un fueraborda y has revuelto esas aguas tranquilas por las que mi vida transcurría. Y no tenías derecho. Al menos, no de esa forma.

(Sé lo que vas a decirme. –Tus labios parece que se mueven, y tapo la imagen de tu boca con mis dedos–.  Pero deja que lo diga yo por ti.)

Ahora me dirás que no hay nada de malo en localizar viejas amistades por Internet para saber de ellas. Cierto. Yo también quise agarrarme a esa frase y estuve a punto de teclear más de una vez para ponerme en contacto contigo. Pero al final, me pudo la prudencia. O el cariño. O el respeto. Porque siempre me frenaba el mismo pensamiento: no sé nada de ella. Si está casada, o divorciada, si es feliz, si se acuerda o no de mí, si… si puedo hacerle daño. Hasta ahí llegaba yo, María. Y por eso, por no querer arriesgarme a lastimarte, me llevaba las manos a la boca, y me mordía las uñas, y me tragaba las lágrimas haciendo un llamamiento a la razón para pedirle que esas lágrimas bajaran a mi estómago. Y que allí ahogaran a esas mariposas tan tópicas y típicas de las novelas rosas que, a mis años, volvían a hacer su nido en ese sitio.

María… ¡ah, María!…

En este último año has hecho de mi vida un torbellino. Los WhatsApp, los emails, ese encuentro improbable pero que, por milagro, fue posible, a mitad de camino entre nuestras ciudades. A mitad de camino de ese año. Esa tarde delante de un café, desgranando recuerdos…

(Dos encuentros en treinta años no son muchos ¿verdad? Pero pueden ser casi toda una vida. –Ahora, desde tu foto, me llega desvaído el olor del perfume que usabas–. Deberías leer la novela de “Los puentes de Madison County”. Tal vez así me entenderías)

María…

Esa tarde de hace solo seis meses es para mí un antes y un después. Un café compartido que iba a durar apenas media hora, que al final fueron cuatro. No me lo podía creer. Tú y yo hablando sin parar, dejando salir a borbotones, disfrazadas de anécdotas de críos, todas aquellas cosas que nunca nos dijimos. Yo, riendo y bromeando, envalentonado con la risa que bailaba en tus ojos, y diciéndote cómo bebía los vientos por tus huesos. Y tú… y tú, María, callando y asintiendo. Y yo, pobre de mí, alimentando la hoguera de tu vanidad

(o eso creo ahora)

con el único combustible de mi cariño eterno…

Y luego, al darnos cuenta de lo tarde que era, tuviste que irte a toda prisa. Perdías el autobús. Y entonces, a punto de subirte, ya con la mano puesta en la barra de la puerta, me robaste lo que habías venido a buscar: un solo beso. Que casi ni fue un beso. Un roce de un segundo. Pero no en la mejilla. Tus labios en mis labios.

(Te llevaste contigo ese momento, lo mismo que un ladrón. Y no tenías derecho).

Sé que somos adultos, María, pero eso no se hace. Has jugado conmigo. Has dejado que yo, cegado por el brillo del pasado, me haya planteado incluso tirar por la borda mi vida de ahora, ¡qué locura!

Esta vez no he callado. No he querido callar. Tú has dado el primer paso y, como un náufrago, me he agarrado a ese cabo que has lanzado desde tu altura. Pero me has engañado. No me querías a bordo de tu barco. Has dejado que ponga mi alma al descubierto, que te escriba, que te cuente lo mucho que te quise, lo mucho que te quiero.

Pero eso ha sido todo.

Y cuando has comprendido lo que habías desatado, has dado marcha atrás. Me dices que lo único que querías era tener noticias de tu amigo de infancia, que eso soy para ti, un simple amigo…

María…

No sé si ha sido el miedo. Posiblemente, yo me haya equivocado al juzgar tus acciones. Pero tus actos, lo que has hecho, y mucho peor aún, lo que no has hecho, lo que no has dicho… Me has herido de muerte.

Pero no te preocupes. Que ya estoy terminando de contártelo todo.

Mi amigo más querido se ha negado a dejarme en la estacada. Le duelen mis heridas,

(no como a ti, a pesar de ser tú quien me las ha causado. –Ahora en tu foto, sin poder evitarlo, escondes tu vergüenza tras tu pelo y agachas la cabeza.)

ha pasado a mi lado, día tras día, el duelo que he tenido que vivir por ese amor que ha muerto. ¡Mataste tantas cosas, María! Convertiste en cenizas algo que yo tenía, algo que era inmortal. Arrasaste mi rincón más privado, el altar que mantenía viva mi fe, mis esperanzas, mis sueños, ¡sí, mis sueños!, porque ya se encargaba la razón de decirme que de nada me iban a servir todas mis fantasías. Todo eso lo rompiste, María. Lo que vivía en tu ausencia ha muerto por culpa de tu presencia. ¡Y me da tanta pena…!

Eso quería decirte, María. Después de treinta años de silencio, tú has abierto la caja de Pandora, y eso me da derecho.

Y yo no estoy dispuesto a pasar otra vez la misma historia, ni a aguantar un segundo silencio durante otros treinta años.

Te debía estas palabras. Me las debía a mí mismo.

No he tirado mi vida por la borda. Y sigo vivo.

Puedo escribir todo lo que te he escrito, y el pulso no me tiembla.

Hoy mi único regalo para ti es esta indiferencia. Ni amor, ni odio, María.

(Por si quieres saberlo. –No debería seguir. Esta carta debería acabar aquí. Y, sin embargo…)

Pero anoche soñé que tenía otra vez quince años. Que estabas a mi lado. Desperté con el murmullo de mi mujer dormida junto a mí, como todas las noches.

Sin embargo… ¡era tan vivo el sueño, que ni siquiera supe al principio donde estaba!

La razón me abrazó con su manto, volví a cerrar los ojos para intentar recuperar el sueño. Para dejarte ir, y que tú me dejaras.

(Mi mano tocó entonces la almohada. Y su humedad, allí donde había estado mi cara, convirtió en un borrón toda esta carta.)

 

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

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The good doctor

Hace unas semanas una compañera me envió un whatsapp para decirme que estaba viendo una serie que me iba a encantar. Confío mucho en su criterio, así que, aunque no soy muy dada a ver televisión, y mucho menos series, decidí dar una oportunidad al primer capítulo. Me hechizó. Claro que tenía todas las papeletas para conquistarme, y lo entenderéis al final. Semana a semana he ido viendo los siguientes episodios. Y hace pocos días, cuando terminé de disfrutar del cuarto, lo tuve claro: acababa de entrar por la puerta grande la idea para un artículo.

Lo que nos muestra la serie

El protagonista es un joven que quiere ser cirujano y se incorpora a la plantilla de un hospital para hacer allí la residencia y obtener su especialidad. Hasta ahí, todo bien. O no tan bien, porque su candidatura estuvo a punto de ser rechazada por un pequeño detalle: tiene autismo.

El comienzo de la serie es genial. El protagonista, Shaun Murphy, sale de su casa para coger el avión que lo llevará a la ciudad donde vivirá. Desde que cruza el umbral y pone el pie en la calle, vemos que delante de sus pies se va dibujando una línea blanca continua sobre la que empieza a andar. Camina igual que si estuviera en un desfile militar, sin desviarse ni un milímetro del centro de la acera, como si en su mente hubiera una especie de GPS invisible a los ojos de los demás.

Cuando llega al aeropuerto de San José, un cristal de gran tamaño se rompe por accidente. Un chico resulta herido y comienza a sangrar por el cuello. Hay un médico allí que suelta su maleta y empieza a comprimir la herida para contener la hemorragia. Shaun está de pie, entre el público, en actitud expectante, pero sin intervenir. Las primeras palabras que le escuchamos pronunciar hacen que todos los presentes fijen la atención en él, y dejen de mirar al médico y al niño herido:

–Lo está matando.

La cara del médico y de los asistentes son todas iguales: ojos y bocas abiertos de par en par, clavados en el protagonista. El médico es el primero en reaccionar:

–Le salvo la vida. Se desangra.

–No está apretando en el lugar correcto.

–Recuerdo los principios de anatomía y sé dónde está la vena yugular.

–Lo habría hecho bien si fuera un adulto, pero no lo es. Es un niño, así que también está presionándole la tráquea y ahora no está respirando. Tiene que presionar un poco más arriba.

Shaun se agacha junto al otro médico y comprime en un punto cercano. El tórax del niño empieza a moverse y en ese instante todos se dan cuenta de que, en efecto, el herido no estaba respirando.

Ese episodio será decisivo para que admitan a Shaun en el hospital. Mientras él viaja, la junta directiva del hospital está reunida. Casi todos sus miembros se cuestionan la decisión de aceptar a un residente con autismo. Temen las dificultades a las que se tendría que enfrentar el hospital si la condición autista de uno de sus profesionales le hiciera cometer errores en el desempeño de su trabajo. Cuando todo parece perdido, alguien mira en su teléfono y ve que YouTube está inundado con videos que han colgado los que han asistido al episodio del aeropuerto. En todos se repite la escena de la intervención de Shaun.

Una ambulancia traslada al hospital al chico herido. Shaun viaja también en ella, y va vigilando el monitor de electrocardiografía. Al llegar a la puerta de urgencias Claire, una residente a la que han asignado el caso, está esperando. Shaun acompaña a la doctora y a los otros sanitarios que corren empujando la camilla hasta el quirófano. Y no deja de repetir que hace falta pedir un ecocardiograma. Claire, nerviosa ante la urgencia, apenas le presta atención y le responde de modo brusco. Entran a quirófano y, cuando todo parece ir bien, surge una complicación. La doctora se acuerda de lo que le ha dicho el médico nuevo, y pide la prueba. El ecocardiograma muestra que un minúsculo fragmento del cristal se había quedado atrapado. Estabilizan al chico y, ya sin tantos nervios, Claire habla de nuevo con Shaun, admirada ante el acierto clínico de su futuro compañero.

Algo más tarde, en la cafetería del hospital, Claire y Shaun se sientan frente a frente. Ella, que ya está relajada, entabla un diálogo con ese colega que ha despertado su curiosidad:

­–Eres nuevo en la ciudad.

–Si.

–Tendrás muchas preguntas.

–No.

–Ya… No sé, sentirás curiosidad por este sitio, por la gente…

–El doctor Glassman me dio un mapa del hospital y descargué un mapa de San José de internet.

–Vale. Genial.

Como Shaun no dice nada más, Claire se levanta para marcharse. Pero no ha dado ni dos pasos cuando el médico vuelve a hablar.

–Sí que tengo una pregunta. ¿Por qué me has tratado tan mal al principio, mejor la segunda vez y ahora quieres ser mi amiga? ¿En cuál de esos momentos fingías?

Lo que nos enseña la serie

Siento cerrar el párrafo con ese cliffhanger que nos deja, con la miel en los labios, preguntándonos qué vendrá a continuación, pero no hacen falta más spoilers para pasar al meollo de la cuestión: ¿por qué esa serie ha triunfado tanto? Una de las respuestas la podemos encontrar en un artículo de El Mundo en el que la autora se plantea una interesante cuestión: ¿puede una persona que no tiene la habilidad de relacionarse con las personas salvar sus vidas?

No seré yo la que responda a esa pregunta, porque mi interés va más allá de ese tema. Salvar vidas está muy bien, pero no todo el mundo es residente de cirugía. Sin embargo, lo de relacionarse con las personas es algo que sí que nos toca a todos mucho más de cerca, y sobre eso quiero reflexionar.

Me consta, porque el autismo es parte de la vida de mi hijo y, por tanto, de la mía, que las dificultades de relación de quienes tienen esta condición son evidentes e indiscutibles. Pero no debemos confundir “dificultad” con “ausencia de necesidad”. Es decir, las personas con autismo llevan a cuestas el sambenito de no querer o necesitar relacionarse con el resto de los mortales, de estar aislados en su propio mundo, pero eso no es así en absoluto. No se relacionan, o les cuesta muchísimo, eso es cierto. Pero no porque no quieran, sino porque no saben cómo hacerlo. A su manera se preocupan por nosotros, por los demás, por los que nos llamamos a nosotros mismos “normales”.

Si el primer capítulo de la serie me gustó, el cuarto, como os decía al principio, me ha acabado de conquistar. Porque no se me ocurre una manera más entrañable de mostrar lo que os acabo de decir. En esta ocasión Shaun y Claire tienen que ir a recoger un hígado para un paciente pendiente de trasplante. Y cuando hacen entrega del hígado a los compañeros que se harán cargo de él, Shaun, al darles el contenedor, les dice:

–Se llama Oliver.

Cuando la unidad se marcha, Claire mira a Shaun con expresión sorprendida. El paciente que espera el trasplante se llama Jack. Claire cree que Shaun se ha confundido y le dice que el nombre del paciente es Jack. Shaun, mirando hacia la unidad que se aleja, vuelve a decir lo mismo:

–Se llama Oliver.

Lo pilláis, ¿verdad? Desde que empieza el capítulo hasta casi el final, el papel del hígado en la historia es secundario. Pero una persona, solo una persona, supuestamente con una discapacidad, es la única que va más allá del aspecto técnico, o médico, y piensa en el donante, en ese Oliver que, con su hígado ya fuera del cuerpo, parece que muere todavía más, que desaparece, que ya no es nada ni nadie.

¿Quién sería aquí el ganador en eso de la empatía o de relacionarse con los demás? ¿Eh? ¿Quiere alguien responderme?

Podríais decirme que la serie es ficción, y os contestaría que vale, que de acuerdo. Pero el modo de ser del protagonista no es ficticio. Y os voy a contar una pequeña anécdota que me ocurrió con mi hijo no hace mucho, por si aún tengo que convencer a alguien de algo. En mi casa yo soy algo así como el Fogo, Bloom, o cualquier aparato anti mosquitos. Si yo estoy en casa, el resto de la humanidad está a salvo porque solo me pican a mí. Bueno, pues el otro día mi hijo se acercó a mí y me dijo: “Mamá, he matado un mosquito dando una palmada”. No me acuerdo bien qué le contesté. Supongo que le diría algo como “vale” o “qué bien”. Javi, que así se llama mi hijo, se giró para irse. Pero pareció recordar algo de golpe, y se volvió. Sus palabras todavía me hacen sonreír cuando las recuerdo: “Pero quiero que sepas que lo he hecho por ti. Porque a mí no me pican”.

Después de veintiséis años viviendo con él, puedo decir que lo conozco bastante. Y aunque esas dos frases os pueden sonar banales, yo sé que rebosan amor. Que son fruto de años de trabajo que le han dado a mi hijo la capacidad de expresar sus emociones. Que, para Javi, matar un mosquito es un acto que no está justificado en sí mismo. Porque, además, a él no le hacen ningún mal. Pero a pesar de su autismo es capaz de algo tan difícil para él y los que son como él como es empatizar con alguien. Y por eso mismo, porque me quiere, porque le gusta hacer cosas por mí, mata un mosquito de una palmada. Y viene a contármelo. Y eso es una de las declaraciones de amor más bonitas que se puedan escribir.

A veces alguien catalogado como “paciente” puede resultar ser el mejor doctor del mundo. Por eso no está de más escribir de vez en cuando sobre ese tema tan trillado de las relaciones entre las personas con y sin discapacidad. Que siempre se acaba aprendiendo algo bueno.

Yo, desde luego, hace tiempo que llegué a la conclusión de que en mi casa vive “The best doctor”. Y, aunque soy médico, no hablo de mí. Que quede claro.

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

La vida sigue igual

Rosa escuchaba la discusión desde la cocina. Su hija y su nieta estaban tan enzarzadas en la disputa que no se daban cuenta de cómo estaban levantando la voz. Y eso que el salón estaba al otro lado del pasillo. Aun así, las palabras se oían con total claridad. La anciana agachó la cabeza y siguió pelando las patatas. Solo detenía el movimiento para enjugarse alguna lágrima furtiva con la punta del delantal. No pudo evitar un pensamiento obsesivo: “La historia se repite”. Suspiró, y con el pelador de patatas como vehículo de su memoria, emprendió un viaje de cuarenta años hacia su pasado. De espaldas a la puerta del patio, y perdida entre recuerdos y mondaduras de patatas, no se enteró de la entrada de Luis, su compañero desde hacía casi cincuenta años.

Luis supo por el movimiento de los hombros que su mujer estaba llorando. Comprendió que lo que hacía sufrir a Rosa era la discusión que mantenían su hija y su nieta en la habitación de al lado. Las voces de Laura y de Estrella llegaban con claridad, porque las dos hablaban casi a gritos. Prestó atención a lo que decían, y lo entendió todo. Estrella, su nieta, su Estrellita, se había hecho una mujer. Y Laura le repetía una y otra vez que, como madre suya, no podía aceptar que quisiera irse a vivir con su novio. El anciano sonrió. Se acordó de cuando “el novio” era él, con casi cincuenta años menos, mucho antes de soñar con su actual estado de “el abuelo”. Y miró con ternura la silueta encorvada que pelaba las patatas.

***

Rosa y Luis se habían conocido en una escuela de baile, cuando ella tenía veinte años y él no llegaba a los treinta. Las amigas habían apuntado a Rosa a unas clases de baile de salón para sacudirle la morriña en la que la había sumido el abandono de su novio. Todas le decían que había sido una suerte que ese bala perdida la hubiera dejado, porque jamás habría sido feliz con él. Y Rosa, por no oírlas y porque quería dejar de llevar esa pena a cuestas, se dejó arrastrar a las clases de baile con ese profesor extranjero tan guapo y buen bailarín. Pronto surgió una química especial entre la novia abandonada y el maestro de danza. Empezaron a salir, y él le contó que se había divorciado hacía poco y que tenía dos hijas de corta edad. Y ahí estuvo a punto de terminar la historia de amor de la pareja. Porque don Ramón, el padre de Rosa, se negaba a que su hija se juntara con un hombre que, como él decía, ya le había destrozado la vida a otra, y encima después de hacerle dos barrigas. Además, su hija tenía que casarse de blanco y delante de un cura. Luis había iniciado los trámites para solicitar la nulidad, pero nadie se esperaba que, ante la oposición paterna y ante el retraso del proceso de anular el matrimonio de Luis, la tímida y ejemplar Rosa se liara la manta a la cabeza y se fuera a vivir con él incluso antes de que pudieran casarse por la Iglesia.

***

En la cocina, Luis se pasó la mano por la cabeza, con bastante menos pelo de lo que tenía el día de su boda. El roce de los dedos con su calva y la visión de la espalda vencida de Rosa, coronada por su eterno rodete de pelo blanco recogido en un moño apretado, le devolvieron al presente. Dio un paso adelante y a Rosa le llegó el olor de su hombre antes de sentir su mano sobre el hombro. Llevaban casados medio siglo y se seguían presintiendo el uno al otro incluso antes de verse. Luis cogió la punta del delantal para secar las lágrimas de su mujer.

–Rosiña, no llores.

–¡Ay, Luis! Que no sé cómo nos ha salido una hija tan intransigente. Laura tiene que entender que Estrella se ha hecho mayor. Al fin y al cabo, cuando Laura tenía su edad ya estaba casada y embarazada de ella.

–Ya, Rosa, ya lo sé. ¡Pero es que nuestra Laura ha sido siempre tan conservadora…! No sé a quién habrá salido.

–¡Bobo! ¿A quién va a salir? ¡Si es igualita que tú! Anda que no me costó trabajo convencerte para que me dejaras irme a vivir en pecado contigo, Luis… Pero valió la pena. No entiendo que Laura se ponga así ahora. Ya sé que ella lo hizo todo bien. Que se casó como Dios manda y que Estrella no nació hasta después de un año de la boda, pero…

Rosa dejó la frase sin terminar y suspiró. Luis acercó un taburete y se sentó al lado de su mujer.

–¿Pero qué, Rosa?

–Acuérdate de nosotros, Luis. Y eso que eran otros tiempos y se vivía chapado a la antigua. Y mira, aquí estamos, tan felices.

Luis se inclinó para besar a Rosa en la frente, y los dos guardaron silencio recordando su pasado, cuando el principio de su noviazgo pareció una misión imposible.

***

Cuando el padre de Rosa supo que a su hija la pretendía un divorciado, puso el grito en el cielo. Le prohibió que se viera con ese hombre. Y Rosa, la tímida y callada Rosa, le plantó cara a su progenitor por primera vez en su vida. Luis no quería separar a Rosa de su familia e intentó poner fin al noviazgo, pero ella lo amenazó con escaparse de su casa a donde nadie, ni siquiera él, pudiera encontrarla. La solución, sin embargo, llegó por donde menos se esperaba. En medio de la tormenta familiar, la hermana de Rosa dio a luz, y cuando le pidió a Rosa que fuera la madrina del bautizo de su sobrina, porque era algo que las dos hermanas se habían prometido desde la infancia, Luis tuvo la ocasión de ganarse a su suegro. Rosa se negaba a ir al bautizo si Luis no iba también. Y don Ramón decía que no pensaba estar en la misma habitación que ese hombre, del que se negaba incluso a pronunciar el nombre. El bautizo se celebraría en el pueblo vecino, en casa de su hija y de su yerno, y el patriarca juró y perjuró que, si Luis asistía a la celebración en casa de su otra hija, él no aparecería por allí. Rosa y su padre estaban empecinados en sus respectivas posturas, y Luis dio con la solución.

–Rosa, escúchame. Viajaré contigo. Tú vas a la iglesia y amadrinas a tu sobrina, como está mandado. Y yo te espero en la urbanización de tu hermana. Me has enseñado fotos de la piscina, y debe ser un sitio precioso, así que me llevo un libro y aprovecho para tostarme un ratito –Rosa abrió la boca para protestar, pero Luis no le dio tiempo–. Y no pongas excusas. No tienes derecho a amargarle la fiesta a tu hermana. De vez en cuando, si quieres, te escapas cinco minutos y te acercas a darme un beso por buen comportamiento. ¡Rosiña! Que ni tu hermana ni la niña tienen la culpa de nada. Por no hablar de tu santa madre, que tampoco se merece que le des ese disgusto, mujer.

La hermana y la madre de Rosa querían comerse a besos a Luis cuando ofreció esa salida. Y de toda la familia, Rosa fue la más difícil de convencer. Su padre, cogido entre el fuego de su otra hija y su mujer, no quiso estropear el bautizo de su nieta y transigió puesto que no tendría que verle la cara a su futuro yerno. Y Rosa, a la que la solución no le convencía, cedió ante los argumentos y arrumacos de su Luis para que no aguara la fiesta familiar. Y todavía quiso más a su novio cuando lo escuchó defender al que sería luego su suegro: “Rosiña, no seas así. Tu padre tiene unos principios morales firmes, los está defendiendo, aunque le cueste enfrentarse a ti, y lo admiro por eso. ¡Que ya hace falta valor!  ¿O es que te crees que no sufre al pelear contigo, que eres la niña de sus ojos? Anda, mujer. Ya verás cómo cambia todo cuando me den la nulidad”.

Y vaya si cambió, porque Rosa no estaba dispuesta a esperar quién sabía cuánto tiempo.  Después del bautizo de su sobrina, Rosa y Luis se fueron a vivir juntos. Y don Ramón tragó bilis y mantuvo las distancias hasta que llegó la esperada nulidad del anterior matrimonio de Luis, pero el tiempo acabó por limar asperezas.

Cuando Luis y Rosa pudieron casarse por la iglesia, casi tres años después, nadie dio importancia al modo en que el novio había llegado a formar parte del clan. El día de la boda, los botones del traje de don Ramón amenazaban con estallar cuando pudo llevar por fin a su hija de blanco al altar, para entregarla a ese hombre que, hacía tiempo, se había convertido en Luis.

***

Medio siglo después, en la cocina de su casa, vestidos de canas, Rosa y Luis se miraron a los ojos. Y sus miradas se decían que los dos recordaban los mismos hechos.

–Anda, Rosa –Luis le quitó el cuchillo de la mano para ponerlo en la mesa–, deja de pelar patatas, que a este paso vamos a tener que comer lo mismo todo el mes. Va siendo hora de que le contemos a nuestra hija un poquito de la historia familiar.

 

Adela Castañón

Foto: Pinterest.

Saber no basta

Hace pocos días disfruté con un sabio consejo que Mónica Solano nos dejaba en este blog: cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia. Su artículo terminaba con una frase sobre la que merece la pena profundizar: “la actitud es la clave”. Y de eso quiero hablar hoy.

Información y motivación

El mundo se mueve y avanza porque somos las personas quienes nos movemos y avanzamos. O, al menos, la mayoría. Nuestra época está repleta de oportunidades. La información ha pasado de ser un privilegio a convertirse en algo al alcance de casi todos. La tecnología abre puertas que hasta hace algunos años no podíamos ni soñar que existieran. Si es cierta la frase tópica de que la información es poder, hoy el mundo estaría, o podría estar, lleno de personas poderosas. Entonces, si eso fuera así, ¿por qué la vida no se mueve a mayor velocidad? ¿Qué mantiene a tanta gente anclada a tantos inmovilismos? ¿Qué está fallando?

En mi opinión, uno de los motivos es que no basta con el saber. Sin una buena motivación, la información no sirve para nada o para casi nada. El mensaje que Mónica nos deja es abrumador dentro de su sencillez: la actitud es decisiva en el cambio personal. De nuestra actitud dependerán cosas como que nos toque triunfar, o bailar con la más fea. Y voy a contároslo con una de esas metáforas que tanto me gustan.

El cha cha cha de la vida

A pesar de que he escrito algunas veces sobre la invisibilidad de las personas, creo que todos transmitimos algo. Otra cosa es que los demás lo noten o no, pero todos interactuamos con los demás en mayor o menor grado. Cuando conocemos a alguien, tendemos a formarnos una opinión sobre él o ella. A bote pronto, o a medio o largo plazo, podemos pensar que esa persona desprende más luz que todo el sistema solar o, por el contrario, que brilla menos que una bombilla de cuarenta vatios. ¿Y a qué se debe eso? ¿Qué hace a una persona ser la estrella de la reunión, mientras que a otra la convierte en parte del mobiliario? Pues yo diría que el truco está en el baile de letras de ese cha cha cha. Me refiero con eso a tres conceptos: Conocimientos, Habilidades y Actitud. Que, por si alguien lo duda, no son en absoluto conceptos similares.

Todos conocemos a personas importantes: grandes hombres de negocios, profesores insignes, deportistas excepcionales, pero no todos pondríamos una biografía de esos personajes en nuestra mesilla de noche para estudiarla y aprender a ser como ellos. Y, sin embargo, quizá atesoramos un retrato de grupo donde sale alguien más anónimo, que ni siquiera es famoso, como si fuera una de nuestras posesiones más valiosas. ¿Por qué, repito, por qué ese desconocido del montón está por encima de los demás en nuestra escala de valores? Posiblemente por muchas razones. Dejando al margen a quienes llevamos en el corazón, casi todos hemos admirado en algún momento a una persona que en principio no reuniría los “méritos” tradicionales para ello. Os pondré un ejemplo: me encantan muchas novelas de Pérez Reverte, pero a la hora de seguir un blog de escritura, me engancho a los de Ana González Duque, o Ana Bolox, o Gabriella Campbell, que, seguro, son menos conocidas que don Arturo. Y es que, cuando se trata de aprender, me encanta y me atrapa la actitud de estas chicas a la hora de vivir la escritura como pasión compartida con gente a la que no conocen de nada, como yo misma.

No cabe duda de que los conocimientos son necesarios. Para cualquier cosa se necesita un mínimo de formación: para diseñar un cohete espacial, para saber que es mejor abrir el abdomen por la derecha en lugar de por la izquierda si vas a operar una apendicitis, para trabajar como intérprete o guía turístico… Y, por supuesto, también hace falta un mínimo de habilidad para todo: para servir una cervecita con el punto justo de espuma, para calmar el llanto de un niño, o para ganarse la vida como trapecista o, si se quiere, incluso como escritor. Todos necesitamos dominar o trabajar con más o menos profundidad nuestros conocimientos y habilidades. Pero no vale quedarnos ahí. Porque esos dos pilares son solo una foto fija que puede representar la inmovilidad. Y para que esa foto se convierta en un fotograma animado, en una película viva y dinámica, hace falta una buena actitud. Si le preguntamos a cualquiera que por qué quiere a su madre, seguro que no nos dice que porque es una experta en física cuántica (que alguna habrá con hijos, digo yo), sino por otros motivos que hacen que sea como es por la actitud que la define. No nos hace grandes nuestro conocimiento ni nuestra habilidad, sino nuestra actitud. Los demás nos valoran, en última instancia, por nuestra manera de ser. Mucho más que por lo que sabemos hacer o por nuestro currículum académico.

¿Y qué pasa cuando nos desanimamos? ¿Qué ocurre cuando abrimos un periódico, o escuchamos la radio, y solo encontramos noticias negativas? Pues pasa que nos venimos abajo. Que nos desanimamos y se nos olvida lo más bonito: ser como somos. Incorporamos a nuestro diccionario muletillas como “Uff”: “mami, juega un ratito conmigo” “uff, hija, díselo a papá, que estoy haciendo la cena”. Y llenamos nuestros días de frases y cosas de ese estilo. A veces no tenemos ni tiempo de parar, como si por detenernos un momento el mundo no fuera a seguir girando sin nosotros. Olvidamos o ignoramos que a veces hace falta parar para reparar. Hacer una pausa para tomar aliento, para preguntarnos si de verdad estamos haciendo lo que queremos hacer, o si en algún momento nos hemos despistado y hemos tomado un camino equivocado que no lleva a ninguna parte, o al menos no a lo que era nuestra meta.

Nuestra actitud, en último extremo, dependerá mucho de nuestra motivación. Y para encontrar nuestra motivación necesitamos a veces esa pausa, ese sentarnos a solas o en compañía delante de un café, y empezar a buscar por el sitio correcto. No siempre es sabio empezar persiguiendo las respuestas, porque puede ser mejor retroceder un paso y reflexionar sobre si nos hemos hecho las preguntas correctas. Si no encontramos una solución, puede que no sea porque no existe, sino porque hemos planteado mal el problema. Deberíamos mirar en nuestro interior para encontrar ese hilo que consiga hacer de nuestra actitud un ovillo maravilloso con el que tejer nuestra felicidad a pequeños pasos.

Un ejemplo final

No puedo hablar por otras personas, de modo que acabaré compartiendo mi propia experiencia acerca de mi actitud en un aspecto de mi vida como es este blog. En Letras desde Mocade he encontrado tres amigas maravillosas y un campo de entrenamiento igualmente maravilloso para algo que me hace feliz: escribir. Porque Mocade es algo más que la suma de nuestras iniciales. Es más que Mónica, Carla, Carmen y Adela. Es un equipo que tiene tres ingredientes que lo convierten, para mí, en uno de mis productos estrella:

MO-tivación

CA-riño

DE-dicación.

También esas iniciales describen a este blog y a sus autoras. Y si has leído hasta aquí y estás sonriendo, me sentiré feliz, porque te puedes incluir en esa descripción.

Adela Castañón

Sublime absurdo

Mario estaba emocionado. ¡Su primer trabajo! Distaba mucho de parecerse a los sueños de futuro que había ido forjando a lo largo de su carrera; “pero menos da una piedra” –solía decirse cuando el pesimismo amenazaba con invadirlo– “al fin y al cabo, estrenarme en un medio rural tiene sus ventajas”. La carrera de Medicina se le había hecho eterna. Pensaba que en los últimos años lo único que le había librado de tirar la toalla había sido la pereza de tener que empezar otra licenciatura. Total, la duración iba a ser la misma. Y no debía confundir el hastío y el cansancio de tantos años de facultad, con la pérdida de su vocación.

Por increíble que pareciera, llegó el día en que se licenció. Y le ocurrió como en los cuentos de hadas: lo que parecía ser la meta, en el fondo, solo era el principio de un nuevo peregrinar. El final de las historias, con la boda del príncipe y la princesa y el consabido: “y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, en realidad no era un fin, sino un comienzo. El aterrizaje en la vida real se lo procuraron algunas indirectas paternas cuando insinuó algo sobre una especialidad: “hijo, estamos orgullosos de ti y encantados de los sacrificios que hemos hecho para que estudiaras, pero ¿no deberías empezar a buscar un trabajillo? No es que tu madre y yo no queramos que sigas aprendiendo. Lo que pasa es que tienes más hermanos estudiando, y mi sueldo no da para tanto”.

Las reflexiones de sus progenitores y la paciencia de su eterna novia le ayudaron a decidirse. En vez de preparar una especialidad, como hubiera sido su sueño, se quedó en médico de cabecera y aceptó la oportunidad de estrenarse en el medio rural. Inició la convivencia en pareja con su novia –ahora flamante esposa–, con cuestiones tan prosaicas como “¿qué te parece, Chelo? ¿alquilamos de momento algo, o nos metemos en una pensión? ¿seguro que no te importará vivir tan lejos de tus padres?”

Y Chelo, primero novia fiel desde que tenían doce años, y luego esposa ejemplar y paciente como la que más, estaba dispuesta a seguir a su Mario al fin del mundo. Y casi, casi fueron literales sus palabras, porque aquel pueblecito ni siquiera aparecía en muchos mapas. Escondido en mitad de una sierra, solo se podía llegar por una carretera de acceso compuesta de curvas encadenadas que terminaba en la plaza principal. Bueno, principal y secundaria, porque era la única plaza del lugar. El pueblo no era ruta de paso a ninguna parte, y Mario incluso creyó ver algunas briznas de hierba asomar por el centro del asfalto conforme se iban acercando a su destino. La flamante pareja, sin hablar entre ellos, rezaba para que su coche de segunda mano sobreviviera a la ascensión. Ninguno quería poner voz a sus miedos, aunque compartían pensamientos parecidos. Tal vez habrían debido pensarlo mejor, antes de aceptar ese destino sin siquiera visitarlo previamente. ¡Si por allí debía pasar una media de tres vehículos al año!

Pero si algo llevaban en su equipaje era optimismo. Y la llegada supuso un alivio, cuando vieron en la plaza un comité de recepción que, dedujo Mario, debía estar allí esperándolos a ellos, a juzgar por la escasez de tráfico local. La bienvenida fue efusiva: el cura, el boticario, el maestro, y el alcalde los acompañaron a la casa del médico, donde los dejaron instalados.

Al día siguiente Mario debutó solemnemente en la consulta. Su primer paciente fue, nada más y nada menos, que el señor alcalde. Tenía unas anginas de caballo, de esas que hacían que tragar fuera poco más o menos que una misión imposible, y así se lo hizo saber su Excelencia al Señor Doctor. Mario se vio invadido por el pánico cuando, tras manifestar el alcalde que la vía oral quedaba descartada por el intenso dolor, aclaró que, por principio, las agujas e inyecciones le daban alergia. “¡A ver qué hago ahora, pensó Mario!”. Pero su ángel de la guarda vino en su ayuda. Llevaba en su maletín unos supositorios de sulfamidas, novedad en aquellos años cincuenta, y ni corto ni perezoso entregó el medicamento al regidor, explicando con delicadeza y todo lujo de detalles la forma y manera de administración.

Al cabo de pocos meses, Mario había adquirido una seguridad en sí mismo que superaba sus mejores sueños. El pueblo lo adoraba, y rápidamente se convirtió en el quinto personaje de las celebridades locales. Le gustaba decirle a su Chelo, en un tono doctoral impropio de sus pocos años, lo orgulloso que estaba de que todos los convecinos se hubieran dado cuenta de su excelente preparación profesional.

Y su Chelo asentía y callaba, dándole la razón en todo y agradeciendo al cielo el modo como se habían desarrollado los hechos. Porque Chelo tuvo el buen tino de no confesarle jamás el sublime absurdo sobre el que se había basado su impoluta reputación. Y el hecho, celosamente guardado en secreto, no fue otro que una confidencia de la señora alcaldesa. En una visita de cortesía a la esposa del doctor, y tras unas copitas de vino dulce, que todo hay que decirlo, la primera dama del pueblo le contó a Chelo que, a los dos días de ponerse los supositorios, la garganta de su esposo empezó a mejorar. Y el alcalde hizo a su alcaldesa un comentario, que luego recorrió el pueblo elevando hasta cotas insospechadas la admiración de los vecinos ante la sapiencia del nuevo galeno local:

–Micaela, ¡lo que hemos ganado con el médico nuevo! ¡Hay que joderse! El otro doctor no consiguió arreglarme nunca la garganta a base de “pildoricas”. ¡Y éste hay que ver la ciencia que tiene! ¡Qué de libros habrá tenido que estudiar! ¡Porque quién iba a pensar que la raíz de mi mal –y aquí señalaba primero a su garganta, y luego a sus posaderas– estaba tan lejos y tan honda!

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Internet y el movimiento pendular

A Guadalupe López Melguizo, por inspirarme este artículo

Hoy es un sábado como cualquier otro. Ni siquiera he pensado qué voy a escribir para Mocade, pero tengo tiempo hasta que me toque el turno. Abro el ordenador para ver los comentarios recientes. Hay dos personas que han dejado su opinión sobre mi último relato. Una, Carmen, mi Carmen Romeo, cariñosa como siempre, con esa fuerza que me da cada una de sus palabras. Y la otra es alguien a quien ni siquiera conozco físicamente y que me dice que le he recordado nada más y nada menos que a Truman Capote. Se me ponen los vellos de punta al leer lo que me dicen las dos. Y eso que en Marbella la temperatura es todavía perfecta, aunque estemos en septiembre. Lleno a fondo mis pulmones y suelto un híbrido entre suspiro y bufido para dar salida a la emoción. Y al empezar a contestarle a Guadalupe, me doy cuenta de que mi respuesta iba a sobrepasar, con mucho, los límites de una respuesta normal. Pienso que da para un artículo, y así se lo hago saber. Y, para no faltar a mi palabra, minimizo todo y abro una hoja en blanco.

Está claro que cambié de idea sobre el contenido de mi artículo, porque estoy escribiendo esto. Sigue siendo, y no sigue siendo, un sábado como cualquier otro. Algo ha cambiado en mi día de hoy, y tiene relación con eso de Internet y con el movimiento pendular sobre el que voy a escribir.

Cuando era niña no existían las modernas redes sociales. Mejor dicho, existían, pero eran de otra clase y no se llamaban así. Eran redes integradas por los niños de mi calle, en la casa del pueblo; por las cartas a mis amigas, cuando me fui a vivir a otra ciudad; por la Coral Universitaria, que me hizo conocer a personas por toda la geografía española cuando íbamos a dar conciertos. Esas eran las redes de entonces. Hoy, muchas de ellas están llenas de agujeros porque los pececillos que pululábamos en esas aguas nos hemos convertido en peces voladores y, en la actualidad, navegamos por espacios virtuales.

Tardé en subirme a este moderno carro de Ícaro, aunque sinceramente no sabría explicar los motivos. Tal vez una especie de pereza disfrazada de desdén por unas herramientas facilonas. ¡Cómo comparar la rapidez de una conversación de whatsapp con la redacción de una carta cuya respuesta se demoraba varios días! O, quizá, tenga un poco de miedo escénico a hacer el ridículo en medio de una generación que llega ya con el pulgar adaptado a velocidades de escritura en el móvil que mis ojos son incapaces de seguir. Pero al final acabe subiendo.

El movimiento pendular

Hasta hoy no se me había ocurrido reflexionar sobre eso. Y, al dedicarle unos minutos al comentario de una lectora de nuestro blog, he formulado una teoría personal sobre Internet y el movimiento pendular. En este momento estoy sonriendo. Es la primera vez que el título me viene a la mente del tirón, y creo que he dado en el clavo.

Los avances tecnológicos han cambiado la comunicación y las relaciones en muy poco tiempo. Y cada uno de nosotros debería plantearse en qué punto de la trayectoria del péndulo está o quiere estar. Para explicarlo, mencionaré los puntos extremos y opuestos recurriendo a unos clichés tópicos.

Un extremo: el hacker/experto

En una punta tendríamos a uno de los personajes que describe Stieg Larsson en los libros de la serie Millennium, y no me refiero a Lisbeth Salander, sino a su amigo hacker, Plague, que vive enclaustrado en su casa siendo a la vez amo y esclavo del mundo virtual por sus habilidades informáticas. Y no es que haya que ser un genio para encajar en ese perfil. Cualquiera puede empezar a husmear por Facebook, por blogs, o por Internet, y un enlace lo lleva a otro, y este a otro más interesante que a su vez abre varias puertas más. Y cuando se mira el reloj resulta que se ha pasado horas en un moderno tablero de juego de la oca, saltando de casilla en casilla, y con la meta cada vez más lejos. Todo ello con la sensación de que tenerlo todo controlado o engañándose al pensar que está haciendo autoformación gratis, on-line, y sin moverse de casa.

Sé que es un ejemplo extremo. ¿Seguro? A lo mejor a alguien ni siquiera se lo parece. Si es así, le aconsejaría con todo mi cariño que hiciera una pequeña pausa para reflexionar sobre si realmente está donde quiere estar. Porque el problema de algunas personas enganchadas a Internet no es tanto su capacidad para que esa navegación sea un trabajo fructífero, como el peligro de estar yendo de un lado a otro sin conseguir rentabilizar el tiempo, que pasa a ser entonces algo muerto y perdido.

El otro extremo: el neófito/perdido/nuevo

El otro extremo es aquel al que cada vez se aferran menos personas. Allí están los que forman parte de una especie en peligro de extinción: los que no quieren o no pueden seguir el paso de carrera olímpica que marcan los tiempos en que vivimos. Los que cierran los ojos a las maravillas y/o a los peligros de estas herramientas de reciente aparición, llámese Facebook, Twitter, o como se quiera. Cada vez, como digo, son menos. Personas que, por lo que sea, por vivir en lo más hondo de África donde ni llega la cobertura, o porque no tuvieron ni siquiera la oportunidad de aprender a leer, no han podido elegir entre tener o no tener internet. O, tal vez, algunos abuelitos a los que les viene grande, y digo “algunos” porque mi madre, a punto de cumplir 90 años, se maneja con el whatsapp y es capaz de ver fotos en su Tablet.

El punto intermedio

Quiero terminar hablando del punto medio donde creo que me encuentro hoy. Al principio, como en todo descubrimiento de algo novedoso, me dejé llevar por el subidón y me faltaban horas para visitar los miles de blogs de escritura que me llamaban con sus cantos de sirena. Y tampoco me arrepiento mucho, que es mejor eso que soñar con los caramelos del Candy Crush, por ejemplo. Lo bueno es que me di cuenta, y conseguí aprender a gestionar mi tiempo.

Hasta hoy, la mejor experiencia con Internet la tuve en Letras desde Mocade, cuando me encontré en carne y hueso con Carmen, Carla y Mónica hace algo más de un año. Nos vimos, nos tocamos, nos abrazamos, hablamos en persona, y empezamos a gestar este blog. En ese encuentro arraigó una amistad mucho más sólida que si nuestro conocimiento hubiera seguido siendo solo virtual. Y hoy he tenido una sensación parecida al leer el comentario de Guadalupe. Porque no nos conocemos en persona, pero sus palabras me han tocado la misma fibra que las de Carmen.

Por eso relacioné en este artículo a Internet con un péndulo. Porque, según se utilice, Internet puede ser una herramienta que facilite la comunicación o el aislamiento. Sigo navegando con bastante prevención por sus aguas. En algunos escritos suelo decir medio en serio medio en broma que yo, más que navegar, lo que hago es mojar los pies en la orilla y, aun así, a veces acabo atragantándome con buches de agua salada. Soy muy prudente a la hora de aceptar peticiones de amistad en Facebook, y aprovecho aquí para pedir disculpas. Pero a pesar de lo mucho que me gusta hablar y escribir, fijo mis propias normas y acepto las peticiones de quienes conozco personalmente, o las que me llegan, digámoslo así, “recomendadas”, como en el caso de Guadalupe, a la que conocí porque un amigo común me dijo que me iba a pedir amistad una chica muy maja, con la que tengo algo en común, etc. etc. Seguro que Guadalupe ahora se va a partir de la risa. Y no digamos nuestro común amigo, Hugo, autor de nuestro conocimiento virtual.

Ojalá siempre la persona esté por encima de la tecnología. Que Internet esté a nuestro servicio, y no al revés. Que tengamos el valor de cerrar la puerta a sus aspectos negativos, la determinación de aprovechar lo positivo, y la sabiduría para discernir la diferencia.

Y, como decían en los dibujitos animados de una serie de cuando yo era pequeña…

¡Eso es todo, amigos!

Adela Castañón

Imágenes: Unsplash, Giphy

¿Y si la historia hubiera sido otra?

La cara del conductor me resultaba familiar. Todavía no sé muy bien por qué detuvo su coche. Quizá me vio como un autoestopista necesitado e inofensivo. Viajaba solo, sin rumbo definido, con un macuto que se caía de viejo y una pequeña mochila de mano. Cuando algún vehículo se detenía para preguntarme adónde iba, respondía siempre lo mismo: “voy hacia delante”. Y allí estaba yo: casi en mitad de la nada. Subí al asiento del copiloto, y el conductor arrancó. De todos los que me habían cogido fue el único que no me preguntó por mi rumbo.

–Se avecina una tormenta –me dijo.

–Ajá –no supe que otra cosa contestarle.

–No podré llevarlo muy lejos, aunque en cualquier sitio estará mejor que en medio de esta carretera desierta cuando empiece a diluviar. Sé lo que me digo. Llevo viviendo aquí toda la vida.

Guardé silencio y giré el cuerpo para echar mi macuto a la trasera del coche. Sobre el plástico barato del asiento, reposaba la chaqueta de un uniforme indefinido. En el bolsillo derecho, una chapa cogida con un imperdible tenía grabado el nombre de Norman. Dejé la mochila pequeña entre mis piernas y continué sobre ruedas con mi huida hacia delante. Desde el principio de mi viaje, los kilómetros, lejos de alejarme de mis demonios internos, parecían querer acercarme a ellos. Recosté la cabeza en el asiento y tuve la sensación de que mi destino había cambiado de rumbo. Norman volvió a hablarme.

–Mi madre me espera. No le gusta quedarse sola de noche en nuestro motel cuando hay tormenta, pero no nos quedaba casi comida. No he tenido más remedio que salir a comprar –suspiró–. Cuando hace bueno, alguna vez me ha dejado quedarme a pasar la noche en el pueblo, ¿sabe? Aunque no sé bien por qué –suspiró de nuevo–. Luego está dos o tres días con la cara larga. Yo le digo siempre que no hago nada malo, y que de vez en cuando un hombre necesita un poco de espacio, ¿no cree?

Norman hablaba como si me conociera. O tal vez hablaba para sí mismo. A pesar de llevar toda su vida viviendo en esa zona desértica de Arizona, donde la media de curvas de la carretera era de una cada cien millas, o aún menos, conducía mirando al frente. Tuve la impresión de que, aunque cerrara los ojos, el coche llegaría solo hasta su motel. Pensé en su madre. Pensé en la mía. Me restregué los párpados con fuerza para dejar de pensar, pero la veía con la misma claridad que si la tuviera delante. A mi madre le habría gustado Norman. El único problema es que ninguno de los dos dejaría hablar al otro durante demasiado tiempo. Añoré el silencio, una vez más.

–El otro día recogí a otro autoestopista. A mi madre no le gusta que suba en mi coche a extraños. ¡Me mataría si se enterara de que a veces llevo a gente! Pero no tengo muchas ocasiones de hablar con alguien que no sea ella. Por eso le dije al hombre que no podía llevarlo conmigo hasta el motel, y que tendría que bajarse un poco antes de llegar. Era un tipo bajito, regordete y calvo, que estaba buscando exteriores para rodar una película, ¿sabe? Resulta que había pasado por esa carretera hacía un tiempo, y había visto nuestro motel. ¡Y había un asesinato en la película! Debía estar un poco loco, y por un momento casi pensé que mi madre tiene razón al decirme que el mundo está lleno de gente mala. ¡Imagínese! El tipo incluso me preguntó si no me importaría alquilarle nuestra casa y el motel para el rodaje. Hablaba por los codos.

–Ya.

Solté lo primero que me vino a la cabeza, que empezaba a dolerme. “No creo que hablara más que tú”, pensé. Me pregunté cómo habría logrado contar su historia ese tipo, con Norman encadenando frases a toda velocidad.

–Era bastante curioso, oiga. No paraba de soltar indirectas sobre su proyecto. Quiso saber si el motel Bates era rentable, y cuánto tiempo llevaba viviendo con mi madre. ¡Se notaba que no la conocía! ¡Ja! ¡Dejar su casa para rodar una película! ¡Ni en sueños! Y menos una como esa, con un crimen horrible por medio.

Miré por el retrovisor. Una tormenta de arena se acercaba a nuestro coche por detrás. Me pareció ver mis miedos acercándose a toda velocidad, a lomos de bolas de espino que rodaban casi sin tocar el suelo en brazos de la ventisca. Tragué saliva y me supo a tierra. Y Norman seguía hablando. Creo que le incomodaba el silencio.

–¿Sabe una cosa? El tipo ese, no me acuerdo de su nombre, quería rodar una historia en la que un hijo mata a su madre, pero luego no puede hacerse a la idea de su crimen y se vuelve majareta. Tiene su cadáver en el desván durante un montón de años… ¡Uf!… Una verdadera asquerosidad, ¿no le parece?

Observé a Norman con el rabillo del ojo. Era imposible que supiera nada. Me tranquilicé al ver que ni siquiera me miraba, pero me sentí obligado a decir algo.

–Suena horrible, sí.

La arena se nos acercaba por detrás, mientras que delante del coche se acumulaban nubarrones negros que oscurecieron el cielo en pocos minutos. Tuve la sensación de que me faltaba el aire. Me vino a la cabeza un pensamiento disparatado que aumentó mi dolor de cabeza: “mi vieja se reiría de mí si me viera ahora mismo muerto de miedo. Pero no creo que pueda ya reírse mucho con la boca llena de tierra. Y todo por tan poca cosa. Solo tendría que haberse ido a la residencia…”

–Convencí al tipo para que buscara otro sitio donde dormir. Incluso pasé de largo por el motel para llevarlo al pueblo que hay varias millas más lejos, aunque me supuso perder casi una hora entre la ida y la vuelta. Pero no quería bajo mi techo a alguien con la cabeza tan ida. ¡Hacer una película donde un hijo es capaz de matar a su madre!

Me devané los sesos buscando una respuesta, sin encontrarla. Pero Norman pareció hallarla dentro de su mente y siguió hablando.

–¿Sabe una cosa? No he tenido nunca novia. Y creo que me hubiera gustado casarme, pero no puedo hacerle eso a mamá. Al fin y al cabo, ella lo dio todo por mí. No. Ninguna madre se merece recibir de sus hijos nada más que amor –Norman empezó a frenar y detuvo el vehículo en el arcén. Tosió un poco–. Detrás de un par de curvas hay una gasolinera y tienen algunas habitaciones para alquilar. No puedo llevarlo más lejos. El motel queda a cinco minutos de aquí. Espere, le daré su macuto

Norman paró el motor y se giró hacia la izquierda para colgar bien el cinturón de seguridad antes de bajar del coche.

La mochila pequeña estaba a mis pies. Tenía abierta la cremallera. Me agaché, saqué el cuchillo de monte de su funda, y giré mi cuerpo hacia la izquierda para clavárselo en el costado.

En ese momento la arena nos alcanzó, las nubes estallaron y el cristal del coche comenzó a llenarse de goterones de barro. Empecé a verlo todo borroso. Miré la sangre que salía de la herida de Norman. En la oscuridad, tenía el color de la noche.

Adela Castañón

Imagen: Photopin

Cuando el mundo pierde el Norte

Estoy en el Cabo Norte, en pleno crucero. En la puerta de los camarotes han dejado una hoja con la noticia del atentado terrorista de Barcelona y la leo mientras voy con mi familia camino de la cubierta de desembarco.

Al desembarcar, contra todo pronóstico, luce un sol espléndido y la temperatura es de 18ºC. La guía local nos espera en el muelle y comenta que tenemos mucha suerte porque las condiciones meteorológicas son excepcionales. Pero un frío polar se ha instalado en mi interior y me impide disfrutar de esa bonanza del clima.

No tengo wifi. Llego a tierra, y allí los datos móviles me permiten saber que mi amiga Carla y los suyos están bien. Suspiro aliviada.

Cuando embarqué, pensé que a lo largo del crucero se me ocurriría algo para mi próximo artículo, pero lo cierto es que han sido tantos paisajes, tantas explicaciones, y tanto disfrute que olvidé meter en la maleta la inspiración cuando hice el equipaje. Ahora, por desgracia, la inspiración viene sola. Porque ni el sol que brilla hoy, ni la calefacción del barco, me hacen entrar en calor. Y, nada más regresar a bordo, me pongo a escribir. Lo hago un poco como terapia, esperando que eso me ayude a expulsar de mi interior parte de esos cristales helados.

Este artículo se publicará dentro de varios días. Para entonces, otras noticias habrán empezado a sobresalir, a vestir de olvido este atentado que ahora es primera plana. Este ataque injustificado, irracional, salvaje, que hoy es portada y hace que el capitán se dirija a todo el pasaje en inglés y en español para expresar sus condolencias y para rogar un minuto de silencio en el que todos compartimos la misma emoción. Eso me duele. Porque pienso que este mundo se hace cada vez más pequeño, y la accesibilidad que existe a cualquier información hace que estemos, por decirlo de algún modo, tan sobresaturados que acabamos por insensibilizarnos.

No tiene sentido decir aquí que la pregunta del millón sería “¿Por qué?” porque es una pregunta sin respuesta. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia, ni el fanatismo. De modo que poco más puedo decir sobre eso.

Lo que me apena y me asusta es otra pregunta para la que tampoco tengo respuesta: “¿Y ahora, qué?” Porque ahí las posibilidades son casi infinitas. Y las hay de todas clases y colores. Desde la respuesta solidaria de muchos ciudadanos barceloneses, que han abierto sus puertas a quienes no podían acceder a sus casas o a sus hoteles, hasta la actuación de las fuerzas de seguridad, que casi siempre quedan en la sombra, o a las voces de miles de personas que se alzan para gritar “No tengo miedo”, aunque recen en silencio por ese familiar que trabaja día a día en la zona de peligro.

Y, del otro lado, me duele pensar que se cumpla una vez más eso de que la violencia engendra violencia. Veo en internet peticiones de firmas para enviar a Ada Colau mensajes como el que le reprocha que se gaste 100.000 euros de dinero público en un “observatorio contra la islamofobia” con el fin de prevenir insultos, agresiones y ataques a los musulmanes. Y no he seguido mirando, porque seguro que hay artículos mucho más radicales, que dejan en mantillas al ejemplo que he puesto. Tengo pacientes musulmanes que son personas normales y corrientes, como yo. No me los imagino poniendo bombas o atropellando a granel a multitudes. Y tampoco me gustaría que cualquier pasajero del crucero, al saber que yo soy española, me identificara, por ejemplo, con cualquier terrorista de la antigua ETA y pensara que yo podría hacer explotar un coche junto a un hospital sin que se me moviera un pelo de su sitio.

Pero entonces, ¿a qué carta me quedo? Porque si intento ponerme en la piel de los familiares de cualquiera de los fallecidos… Aquí tengo que dejar los puntos suspensivos. No tengo derecho a escribir nada, porque no es una experiencia sobre la que se pueda escribir, salvo que sea en primera persona. No basta toda la empatía del mundo para poder pronunciarse sobre algo tan trágico, tan triste, tan terrible.

El mundo es grande, y todos deberíamos tener cabida en él. Pero cada golpe de violencia lo vuelve más pequeño, más ruin, menos “de todos”.

Y lo único que se me ocurre aquí y ahora, casi en el Polo, es pensar que el mundo ha perdido el norte. No me siento en condiciones de juzgar, ni de escribir grandes cosas. Solo puedo terminar expresando a los familiares de las víctimas mi más sincero apoyo en su dolor. A miles de kilómetros, nunca he sentido tan cerca a los barceloneses, aunque solo conozca a unos pocos.

Quiero que sepan que personas de muy distinta nacionalidad y condición han compartido hoy con ellos y por ellos un sincero y sentido minuto de silencio.

Descansen en paz, y ojalá llegue la paz al mundo.

Adela Castañón

Imagen: Google

Una historia vital y azul

Hoy os voy a contar un relato verídico, basado en hechos reales. Y no vulnera ninguna ley de protección de datos porque la protagonista soy yo misma.

Estoy matriculada en uno de los muchos cursos de escritura a los que suelo engancharme. El curso, “A la manera de”, consiste en escribir cada semana imitando el estilo de algún autor famoso. Hace poco le llegó el turno a Francisco Umbral (escritor español, 1932-2007), y en el material teórico correspondiente descubrí su libro “Mortal y Rosa”. Es el dolor hecho poesía. Es un llanto derramado en cada renglón por la muerte de su hijo, “Pincho”, que falleció de leucemia con solo seis años. Un libro único.

Soy madre de una persona especial. Aunque supongo que, para todos, nuestros hijos son personas especiales. Pero sentir tan dentro ese dolor del escritor por la pérdida del suyo me provocó las reflexiones que os quiero compartir. Aquí os las dejo.

Me despierto un buen día dentro de un curso. Me toca ser el mimo de un escritor famoso. El material incluye algún fragmento de su obra, y su lectura me atrapa sin remedio. La música del texto es tal que incluso compro el libro. Un libro que, tan solo por el título, “Mortal y Rosa”, ya quiero conocer. Me enredo entre sus líneas porque me hace pensar en cosas importantes. Y pienso mucho. Escamoteo minutos de mi tiempo porque la prosa de Francisco Umbral me atrapa, me enreda entre sus líneas. Y, cuando me doy cuenta, descubro muchas cosas.

Ese darme de bruces con un Mortal y Rosa me estremece. Me hace entender, de un golpe, que mi vida, que ahora siento tan plena, tampoco en el pasado fue el vacío absoluto donde yo creí estar. Y me arrepiento. Porque hace mucho tiempo, al principio de todo, me sentí estafada por la vida. Mi niño era mi niño, y no lo era. Y nadie lo entendía. ¡Tan solos, él y yo! ¡Qué triste soledad, vivida en compañía! Es duro comparar lo que ahora tengo con lo que se me muestra en ese libro. Pero no puedo evitarlo, y lo comparo.

Y ese Mortal y Rosa baja por mi garganta y me hace daño. Escuece, como debió escocer la hiel en la boca de Cristo al ser crucificado. Porque eso sí es vacío. Ese mortal, que me roba hasta el aire. Ese rosa, con aroma a corona, pero a corona fúnebre.

Lo mío no era eso. Mi vida, incluso entonces, tenía mucho sentido. Aunque no lo supiera. Porque esa vida, lo mismo que un buen maître, me dejaba elegir el plato que quisiera. Yo, todavía, sentada en esa mesa, tenía la potestad de decidir. De escoger entre miles de platos: dulces los unos, otros bien amargos. Ligeros o pesados. Pero en todo momento yo tuve libertad. Y todavía la tengo, y continúo eligiendo. No como Umbral. Su pena irreversible, la ausencia de ese hijo…

Vuelvo la vista atrás. Y me doy cuenta. Hubo un momento, cuando dejé de manotear en el mar de las lágrimas y comencé a remar. Y el barco se movió, aunque más que un navío era una humilde barca. Y solo con un par de tripulantes. Mi pequeño. Yo misma. Timonel y grumete, sin saber quién era quién en ese dúo. Empecé a creer que el mundo se movía, pero me equivocaba. Éramos nosotros dos los que avanzábamos.

Le doy gracias a Dios porque mi pluma escribe todavía con la sangre que corre por mis venas y por las de mi hijo. Mi escritura se nutre de la vida. Y la del pobre Umbral, porque nadie es más pobre que aquel que pierde un hijo, va escrita en color negro, igual que la ceniza, y vestida de un luto irrevocable.

Porque un hijo nos duele en los hijos de otros que aún alientan. En risas infantiles que se siguen oyendo. En unos gritos. En saltos, chapoteos en la piscina que alteran esas siestas de verano. En una bicicleta con la rueda pinchada, cuyo dueño no puede ni podrá reclamarnos su arreglo.

¡En qué cosas tan nimias puede doler esa ausencia del hijo!

Me pierdo nuevamente en mis recuerdos. Vuelvo a ver a ese niño, mi niño, oculto tras sus ojos de pequeño. Cautivo de sus brazos que ni abrazar sabían. Prisionero de una boca hecha de dientes mudos, obligada a un silencio impuesto y obligado. Me recuerdo muriendo de deseo, doliendo en mis entrañas esa necesidad de encontrar un camino, de buscar una puerta, o algún modo, para poder cruzar esa muralla. Para encontrarlo a él al otro lado.

Pero mi niño vive. Mi niño vivía entonces. Y, otra vez, se me clava en la carne ese Mortal y Rosa.

El nuestro es un camino que ha llegado a buen puerto. A través de baldosas amarillas, nos condujo a la tierra de Oz. Porque la magia existe. La magia es una hermana, es un amigo. Es una profesora experta en esa asignatura del amor, que imparte a manos llenas. Es mucha gente buena que, en todo ese trayecto, nos va ofreciendo asilo.

Mi niño se hace un hombre. Encuentra las palabras. Ahora sus brazos saben estrecharme. Los dos, en algún punto, ganamos la partida. La soledad ya solo es un recuerdo que no tiene cabida en nuestra vida.

Y tiene que llegar este momento. Un curso de escritura. Un minuto distinto, para una reflexión en un instante eterno.

¡Qué lleno de poesía ese mortal y rosa! ¡Y qué vacío tan grande sentimos derramarse en cada línea!

¡Qué equivocada estuve! Que nunca fue el vacío lo que yo tuve. Que mi niño, que lo era y no lo era, estuvo siempre allí. Y yo encontré el camino que me llevó hasta él. Y ahora es mi niño.

Y me duele pensar que cometí un error. Doy gracias a la vida, porque lo único que he llegado a saber sobre Mortal y Rosa se limita a las páginas leídas. Lo que yo tuve y tengo es otra cosa.

Porque es vital y de color azul. Como el autismo.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Frank Mckenna,

Personas invisibles

A los amantes de la ciencia ficción o del cine les resultará familiar el personaje del hombre invisible, creado en su origen por H.G. Wells, uno de los precursores del género, junto con Julio Verne. Se da la paradoja de que, al escribir sobre él, se convierte para todos nosotros en un personaje visible y real.

He comenzado hablando de ese cliché, arquetipo, estereotipo, o como lo queramos llamar porque hace unos días me asaltó una idea bastante contraria: al margen de la invisibilidad que nos regalan los libros o la gran pantalla, nos cruzamos todos los días con un montón de personas reales, a las que no vemos porque pasamos por su lado sin darnos cuenta de que existen. A ellas les quiero dedicar este artículo.

Mi reflexión nació al abrir un video de YouTube. Era un reportaje breve sobre una especie de experimento social: una persona iba ofreciendo a varios “sin techo” la posibilidad de elegir entre alcohol, comida o dinero. Solo podían quedarse con una de las tres opciones. Las respuestas y las reacciones eran muy variadas, pero me llamó la atención la de uno de los entrevistados: solo quería a alguien con quien hablar. No presté más atención al video, aunque algo debió removerse en mi interior.

Hace un par de días salí de una tienda y acorté camino hasta mi coche por unas escaleras que llevan a la calle principal de mi ciudad. Cuando me acercaba a la acera, vi sentado en uno de los bancos que hay en la avenida a un vagabundo que estaba comiendo un bocadillo. Su mirada se cruzó con la mía durante un instante, pero bajó la vista enseguida; supongo que le sorprendió que yo me diera cuenta de que me había mirado. Terminé de subir los dos o tres escalones que me quedaban sin dejar de observarlo con disimulo. Pasé delante de él y, sin pensarlo, me salieron una sonrisa y cuatro palabras: “Buenas tardes. Que aproveche”. Paró de masticar y me correspondió con otra sonrisa. No dijo nada. Imagino que, de niño, su madre le diría eso de que no se habla con la boca llena. Soltó una de sus manos del bocadillo para devolverme un gesto elocuente: el puño cerrado y el pulgar levantado, como cuando el pueblo pedía gracia al César en el circo de Roma para algún gladiador.

Crucé la calle, sin volver la vista atrás, y pensé que debería haberle dado un poco de dinero. Durante una fracción de segundo estuve tentada de dar la vuelta, pero no lo hice. Ni siquiera sé para qué hubiera retrocedido. ¿Para hablar con él? No creo. No por nada, sino porque, posiblemente, las convenciones sociales me hubieran frenado. ¡Qué papelón habría jugado si me hubiera puesto a darle conversación y me hubiera malinterpretado soltándome una fresca! O, tal vez, hubiera vuelto sobre mis pasos para dejar algo de dinero en la gorra cochambrosa que había a sus pies. Pero eso habría estropeado el gesto amable que me salió de forma espontánea, o eso quiero pensar. El caso es que me vino a la mente la idea sobre esa clase de invisibilidad.

Este fin de semana me ocurrió algo que volvió a recordarme ese tema. Me refiero a esa ceguera selectiva que afecta a una parte del mundo cuando se trata de ver cosas que es más cómodo ignorar. Tengo un hijo con autismo. Está rodeado de gente que lo adora y eso hace que no sea una de esas personas invisibles como el mendigo del banco. Pero el mundo del autismo ha sido durante mucho tiempo un gran desconocido.

Vivimos en Marbella, y en verano se hacen bastantes galas solidarias en beneficio de muchas asociaciones y organizaciones. Pues bien, recibí una llamada de teléfono de una persona de la Global Gift Foundation, que organizaba su gala anual en nuestra ciudad. Uno de los premios era para la organización “Aprendices visuales”, como reconocimiento a su labor en beneficio de los niños con autismo mediante el desarrollo de cuentos y pictogramas que les sirven de herramientas para adquirir habilidades y potenciar su avance. María Bravo, una de las almas fundadoras de Global Gift, creyó que sería bonito que mi Javi presentara con ella la entrega de ese premio. Era una manera hermosa de dar visibilidad a las personas con autismo, y de mostrar a todos los asistentes cómo se puede mejorar la calidad de vida de esos niños y adultos, y a qué nivel de integración se puede llegar si se trabaja con los medios y con el amor necesarios. Cuando recibí la llamada y la invitación le pregunté a mi hijo (porque por supuesto también tiene muy bien trabajada la autodeterminación, y la libertad de tomar sus decisiones) y aceptó encantado. La presentación fue maravillosa, y salió perfecta. Mi Javi leyó su parte del guión junto a María y, por supuesto, disfrutó como el que más de la cena y del bailoteo posterior. A las pruebas me remito:

Gala Global Gift Foundation. Julio 2017 (22)

Esos ejemplos tan dispares me inspiraron este artículo. A veces no tenemos que pensar en desconocidos o en colectivos para plantearnos el tema de la visibilidad de las personas. ¿Cuántos de nosotros no recordamos (me incluyo a propósito) a algún vecino, compañero de trabajo, etc. que es el típico “plasta” al que todos dejamos de lado? Y no es que lo hagamos con mala intención, pero el caso es que lo hacemos en ocasiones.

Si me paro a profundizar más en el tema, el mundo se me queda pequeño cuando empiezo a dar visibilidad a tanta gente. Los niños que mueren de hambre, las mujeres maltratadas, las víctimas del terrorismo… sé que todo eso suena a tópico, pero es que detrás de los tópicos hay personas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que se diluyen dentro de un conjunto que nos resulta más cómodo cuando es impersonal.

¿Y qué podemos decir si alguno de nosotros ha visto esta película desde el otro lado de la cámara? ¿Qué digo yo ahora si, por casualidad, me está leyendo alguien que se siente o se ha sentido invisible alguna vez? ¿Qué puedo ofrecerle? O, mejor dicho, mi pregunta debería ser: ¿qué puedo ofrecerte?

Porque si alguien lee esto y se da por aludido, me gustaría regalarle, aunque fuera durante el breve tiempo que emplee en leer este artículo, ese don de la visibilidad. Ojalá que ahora y en el futuro yo sea capaz de ver con algo más que con mis globos oculares. Ojalá sepa, y sepamos todos, descubrir a aquellos que necesitan saberse descubiertos. A los que anhelan saber que son importantes para alguien, que significan algo, aunque solo sea para el camarero que les pone un café, o para el que les vende el periódico a diario.

Porque no hay que ir al cine o a los libros para encontrar al hombre invisible. Lo tenemos a nuestro lado muchas veces. Y no es ficción.

Adela Castañón

Imágenes: WordPress, Gala Global Gift Foundation.