La vida en tres dimensiones

Hace unas semanas la vida, los lectores, y este blog, me hicieron un regalo sorpresa: mi artículo, “Pablo Ráez. Gracias a la vida”, arrasó. Eso hizo que me planteara un par de preguntas. Y la respuesta a una de ellas es el contenido de este artículo.

Lo primero que me cuestioné fue cuál era el motivo por el que algo, un artículo, un video, una imagen, se vuelve viral. Empecé a buscar información para documentarme, pero no me encontraba a gusto manejando datos ni con el texto del artículo que me iba saliendo, y tuve la sensación de estar bloqueada en un punto muerto. Y eso me llevó a la segunda cuestión: ¿Qué ha ocurrido en mi vida para que términos como “fenómeno viral”, “bloqueo del escritor” y otros similares hayan entrado en ella? La respuesta a esta pregunta me pareció mucho más interesante que entrar en la metafísica del fenómeno viral, y es sobre lo que quiero escribir hoy.

La vida puede tener tres dimensiones

Hay personas cuya vida es plana. O momentos en la vida de las personas que son planos. La historia de cada uno no es una foto fija, sino una película donde las escenas pueden, y deben, diría yo, ir cambiando. ¿Quién no ha pasado por una época en la que el trabajo le asfixia y la rutina es un agujero negro cada vez más grande? ¿Quién no ha sentido alguna vez que la palabra “ilusión” había escapado de su diccionario privado para huir a otro universo? ¿Quién no conoce a alguna persona de la que casi todo el mundo dice, con escasa o nula compasión y demasiada ligereza, aquello de “¿Fulanito? ¡Uf! ¡Menudo plasta!”?

Tomar conciencia de eso es dar el primer paso para avanzar hacia una segunda dimensión. Porque si ya es triste tener una vida plana, más triste es estar inmerso en ella y no notarlo. El inmovilismo puede ser más agresivo que la peor de las batallas. Y habrá personas que quieran quedarse en su caparazón porque es más seguro estar dentro, a oscuras, que sacar la cabeza para enfrentarse al mundo. Respeto la libertad de elección de cada cuál, pero, en lo que a mí respecta, no me gustaría quedarme ahí.

La vida también puede ser redonda. ¡Ah, vale! La cosa cambia, me diréis. Pues sí, claro que cambia. Posiblemente para mejor. Pero no nos engañemos. Que, lo mismo que la Tierra gira una y otra vez sobre su eje, podemos estar dando vueltas en círculos y tener una falsa sensación de avance. Empezamos algún proyecto, arrancamos con algo, y cuando nos venimos a dar cuenta, estamos otra vez en el punto de partida. Algo así como dejar de fumar durante un tiempo para recaer luego una y otra vez. Y vuelta a empezar.

Un buen ejemplo para ilustrar la tercera dimensión es el famoso cubo de Rubik. Porque llegar hasta aquí es ir más allá para descubrir una especie de “comodín” de las dimensiones. Si nos paramos a pensarlo, la vida se nos ofrece en trozos, se nos presenta en pequeños cubos que nosotros podemos armar según sepamos, queramos o podamos. Y no es lo mismo hacerlo con uno u otro de los tres verbos.

Cuando nos regalan un puzzle, puede venir en la caja montado o desmontado, pero lo cierto es que, para jugar con él, partimos siempre de las piezas sueltas. A nadie le gustaría encontrarlo hecho para limitarse a contemplarlo ¿verdad? La diversión está en armarlo, en investigar, en pasar el rato tratando de reconstruirlo para lograr una imagen final que nos guste y a la que encontremos sentido. Recuerdo uno de los primeros archivos adjuntos que recibí cuando empecé a hacer mis pinitos con los ordenadores. Creo que era una presentación de power point, de esas que algunos igual miran por encima del hombro por blanditas, pero a mí me gustó. Mostraba a un padre que necesitaba terminar un documento, y para que su hijo no lo distrajera tanto cogió una foto de un anuncio que mostraba un mapamundi, lo recortó, y se lo dio al pequeño para que se entretuviera en rehacerlo. Su sorpresa fue que el niño vino a llamarlo al poco rato, y le mostró la imagen sin un solo error. El padre, sorprendido, le preguntó cómo había podido hacerlo, y el niño le respondió: “muy sencillo, papá. Le di la vuelta a los papeles, y cuando arreglé al hombre, se arregló el mundo”. El padre dio la vuelta a la hoja, que su hijo había pegado con fixo, y comprobó que, por detrás, había una foto de un hombre, que era la que su hijo había usado para hacer la reconstrucción.

Hay ocasiones en nuestra vida en las que no tenemos claro el modelo de nuestros propios rompecabezas. El resultado es que muchas veces no nos gusta lo que vemos, y perdemos más tiempo en lamentarlo que en intentar arreglarlo. O tenemos huecos que nos gustaría llenar, pero no salimos al mundo en busca de las piezas que encajarían allí. Si no nos gusta la imagen que tenemos de nuestro propio puzzle, si hay algo que distorsiona el resultado final, deberíamos ordenar las piezas con la esperanza y el convencimiento de que, si las buscamos, daremos con las herramientas necesarias para lograr al final la más bella imagen. Solo tenemos que pararnos a observar, y pensar qué sería lo que tendríamos que cambiar. Eso le da mucho más aliciente al juego. Y para eso tenemos que saber, querer y poder. Y no siempre será fácil, pero seguro que sí que será emocionante.

He hablado de las dimensiones de la vida haciendo referencia a personas y a momentos, porque no es lo mismo en cada caso. He tenido experiencias en las tres dimensiones, y la tercera es la responsable de que esté escribiendo estas palabras. Mi vida es ahora un precioso cubo, y lo es porque son mis manos las que mueven sus piezas. Y es precioso descubrir que, al moverlas, puedo construir montones de imágenes distintas. Supongo que es lo que se llama autodeterminación, y me gusta. La escritura me ha ayudado a que los engranajes sean fáciles de mover, me ha dado soltura, y me ha hecho ponerme unas gafas especiales con las que miro en mi interior, en lugar de mirar hacia fuera, y descubro cosas que estaban ahí, pero de las que no era, tal vez, demasiado consciente.

Vivamos, si podemos, en relieve, en color, en movimiento. Porque quedarnos con un mundo plano, inmóvil, y dibujado en blanco y negro, creo que sabría a poco.

En mi caso, desde luego, escribir me ha dado alas. Y volando alto, no cabe duda, se ven las cosas con mucha más perspectiva. El paisaje es más extenso. Llego más lejos. Y esta reflexión usando como ejemplo la escritura, podría generalizarse a cualquier otro aspecto de la vida. Eso depende ya de las esperanzas y expectativas de cada persona. Yo me limito a dejar caer la idea, pero el modelo a seguir es ya una decisión personal de cada uno.

¿Quién se apunta?

Adela Castañón

Imágenes: UnsplashWordPress

El mentiroso

Arturo soñó que era niño de nuevo. Se tocó los brazos, las piernas y el cuerpo, y los sintió duros como la madera. Corrió en busca de un espejo sin darse cuenta de que estaba en plena calle y de que sus pies volaban sobre un sendero de baldosas amarillas. Pero, como en los sueños todo es posible, a medio camino se encontró un espejo ovalado, más alto que un hombre, con un marco lleno de arabescos que brillaban como el sol. Se paró de golpe y se enfrentó a la imagen de un niño de madera. En lugar de tener piernas y brazos, sus extremidades eran palitos que se movían con un engranaje. Movió el cuello de un lado a otro negando la evidencia.

–¡Soy un hombre adulto!

La nariz le creció de pronto unos centímetros.

–¡Esto no está pasando!

La nariz le creció un poco más.

–¡Quiero despertarme! ¡Voy a despertarme! ¡Voy a abrir los ojos!

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Con cada una de las tres frases, la nariz se fue haciendo tan larga que ya no podía tocarse la punta con los dedos. Sobre su hombro derecho, con un sombrero de copa y una levita negra, había un pequeño grillo que meneaba la cabeza con aire reprobatorio mientras agitaba un paraguas rojo y hacía un ruidito con la lengua que sonaba como “tse, tse”.

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Arturo cerró fuerte los ojos. Se inclinó hacia el espejo, esperando a que la nariz de madera chocara contra el vidrio en cualquier momento, pero no percibió ningún contacto. Al no notar nada, entreabrió los ojos muy despacio y apoyó las manos sobre el cristal. La rendija entre sus pestañas le dejó ver que las manos apoyadas eran reales, de carne y hueso. Cerró los ojos con un suspiro de alivio, y los volvió a abrir del todo.

–¡No!

El grito se le escapó sin querer. Ya no era un muñeco, y la nariz de madera había desaparecido. Pero la de ahora era casi igual de larga, muy carnosa, como un montículo que surgía del centro de su cara y se prolongaba en un equilibrio que parecía imposible de mantener. En su base destacaban dos orificios paralelos, alargados y oscuros, por donde asomaban algunos pelos.

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En el espejo, sobre su hombro seguía el grillo de antes. En el reflejo lo vio acercarse a su oído para susurrarle unas palabras asombrosas:

–Cyrano, deberías haber seguido siendo como antes. Así Gepetto hubiera podido ayudarte, pero ahora… –volvió a hacer ese ruidito con la lengua– tse, tse… ahora no sé si vamos a poder resolver esta historia. Va a ser complicado, porque ni siquiera me has dejado volver a mi cuento…tse, tse…

Arturo separó los ojos del reflejo del espejo y los giró muy despacio hacia el hombro. ¡El grillo estaba allí! De pie, muy tieso, con las manos cruzadas sobre el mango del paraguas rojo, que usaba como si fuera un bastón con la punta clavada en la hombrera de la chaqueta de Arturo. Y seguía con ese “tse, tse” que lo estaba sacando de sus casillas.

–¡Esto es una pesadilla! –Arturo tuvo ganas de llorar– No puede estar sucediendo.

Dijo esto último medio en susurros. Se tapó los ojos con las manos para no dar el espectáculo bochornoso de un adulto llorando delante de un grillo, mientras en el espejo el reflejo de ellos dos seguía destacando en el camino de baldosas amarillas. Pero las lágrimas no entendían de manos ni de vergüenzas y se le escurrieron entre los dedos.

Arturo no supo cuánto tiempo estuvo así. Notó algo suave en la mejilla derecha. Abrió los ojos. Era la funda de su almohada, húmeda por el llanto. Se puso boca arriba y miró al techo. La lámpara que había en el centro, una araña llena de cristales heredada de su abuela, tintineaba y se movía. Encima de ella, con el tamaño de dos miniaturas, identificó a dos personajes de su sueño. Pinocho y Cyrano de Bergerac le gritaban a dúo la misma palabra una y otra vez:

–¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

Arturo se levantó de la cama. Se acercó a la mesa donde estaba la carta que le había escrito a su mujer la noche anterior. La carta en la que le decía que se iba a suicidar en alta mar para que ella no sospechara que se fugaba con su amante. Iba a irse esa misma mañana, antes de que Mercedes y los niños regresaran de pasar el fin de semana en casa de su suegra. Miró a la lámpara. Los fantasmas no estaban. Ahora solo había allí una foto familiar de las últimas vacaciones en la playa.

Recordó aquel día, con Mercedes y con los niños. Los juegos en el agua. La espalda por la noche, quemada por el sol. Se llevó las manos a la cabeza. Había estado loco, pero el sueño le devolvió la cordura. Casi había tirado por la borda lo mejor que tenía. Rompió la carta. Hablaría con Mercedes y le pediría perdón. No más mentiras.

Adela Castañón

Fotos: Pixabay, Photobucket

Pablo Ráez. Gracias a la vida

Empecé a escribir este artículo el sábado 4 de marzo. Y lo empecé con un nudo en las entrañas después de leer en Facebook otro artículo sobre Pablo Ráez. Hoy quiero responder a ese artículo con el mío, y rendir con mis palabras un homenaje a su memoria. Gracias a la vida por regalarnos personas como Pablo. Descanse en paz.

¿Se puede ilustrar cualquier reportaje con cualquier imagen?

Sábado, 4 de marzo. Hoy hace una semana que el cuerpo de Pablo Ráez descansó, pero su espíritu y su esencia siguen más vivos que nunca. Y por eso, por su lucha y su victoria, por su labor a favor de las donaciones de médula, me  parece injusto, e incluso inmoral, que Raúl Solís ilustre su artículo, Los enfermos no son luchadores, con una imagen de Pablo. Los enfermos tienen la opción de luchar o no, o de hacerlo de mil maneras distintas. Pero no puede aparecer la foto de un luchador en un escrito que defiende lo contrario. El artículo en cuestión ha suscitado una avalancha de comentarios. Lleva la friolera de doscientos uno. Y no me basta con que el mío sea el doscientos dos.

¿Por qué quiero analizar y comentar ese artículo de Raúl Solís?

Pues, sobre todo, porque Pablo se lo merece. Pienso que ha sido un luchador y no le gustaría leer lo que el autor dice sobre él. Y quiero deshacer esa maraña de párrafos donde hasta a mí, que soy una enamorada de la lectura, me cuesta encontrar sentido a una gran parte de lo escrito.

En el primer párrafo ya se mezclan churros con merinas. “Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad”. En una misma frase aparecen revueltas la ideología neoliberal, la filosofía de Coelho y la enfermedad. El neoliberalismo es un concepto más ideológico que teórico, y, sobre todo, más político que económico, y no le veo relación con el tema que se está tratando. No voy a divagar sobre esa ideología ni sobre la obra de Pablo Coelho para no irme yo también por las ramas; prefiero centrarme en lo que realmente me importa. El párrafo termina así: “Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia”. Este final es tan desafortunado como el comienzo. Pablo era un luchador, un paciente y una víctima. Esos conceptos no son excluyentes entre sí, y eso me lleva al segundo párrafo.

No elegimos ser víctimas de una enfermedad, pero sí que podemos decidir nuestra actitud si enfermamos. Pablo eligió luchar, libre y voluntariamente, y nunca manifestó que fuera responsabilidad suya el curarse. Raúl Solís comienza el segundo párrafo con esta falacia: “Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud”. Está bien defender algo loable, como la necesidad de mejorar el sistema sanitario, pero me apena que lo exprese tan mal. Y, sobre todo, me apena que lo haga de modo tan sesgado. Tengo muy claro que, a mayor inversión en investigación, mayor calidad de asistencia. Pero de ahí a responsabilizar a una persona enferma por no curarse, hay un abismo. Este segundo párrafo es perverso y tergiversa los hechos. Se intenta defender algo deseable utilizando de modo negativo y falaz el ejemplo de una persona, Pablo, que ha sido admirable. Y es que la historia de Pablo nunca ha estado vinculada a nada que no fuera intentar aumentar el número de donaciones de médula.

El tercer párrafo se salva un poco. Como médico, coincido con la afirmación de que la leucemia es una enfermedad arbitraria, y de que el éxito de su curación depende de los factores que el autor menciona: diagnóstico, tratamiento, inversión en investigación y un buen equipo médico. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que nadie elige “tener que luchar” contra la leucemia. Ese “tener que”, con su matiz de obligación, anula el significado del verbo “elegir”. El paciente, la persona, es libre para elegir si lucha o no. Y hay muchas clases de lucha, ¡ojo! Y no debemos juzgar o culpabilizar a nadie. Y menos a un enfermo, sea cual sea la decisión que tome.

En cuanto a las posibilidades de curación, según vivas en Senegal o en Suecia, o a la afirmación simplista de que este sistema convierte en héroes a los emprendedores, no quiero profundizar. El autor vuelve a expresarse tan mal que, en sus manos, las verdades se convierten en mentiras. O en verdades a medias, que es casi peor.

En el penúltimo párrafo generaliza muchas ideas de modo radical, y las enfatiza con la repetición del indefinido “nadie”. ¿Qué nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico? Pues conozco varios casos. Sé que no basta con ese espíritu de lucha, pero esa actitud ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte en algunos pacientes. Es mi opinión como médico, ya que en la curación de una enfermedad intervienen muchos factores. Y el paciente, créanme, es también partícipe de su tratamiento. O debe serlo en la medida que lo desee. Y si elige no adoptar una actitud activa, por el motivo que sea (dolor, cansancio, miedo…), tenemos que respetarlo. Eso también se incluye en su posibilidad de tomar decisiones, en su derecho a implicarse más, o menos, o nada. Y nadie, y aquí yo utilizo el término con plena conciencia, nadie, repito, debería afirmar lo que se afirma en el artículo con tanta rotundidad, salvo que hubiera pasado por la terrible circunstancia de enfrentarse a una enfermedad de ese calibre.

El cierre del artículo me vuelve a estremecer. Raúl Solís mezcla de nuevo conceptos que no tienen una relación directa, o, al menos, no en el contexto a que se refiere en este artículo.  Se limita a hacer afirmaciones, pero no se apoya en argumentos sólidos que las sostengan. Hay hijos de millonarios que fracasan en la vida, y triunfadores que parten de la nada. Otra cosa son las probabilidades o las dificultades a las que cada uno se enfrenta, dependiendo de los recursos de que disponga. Y, para terminar, hace un llamamiento al voto, o, mejor dicho, al “no voto” de opciones políticas que recortan en investigación y en salud.

¿Cuáles son, entonces, mis conclusiones?

El autor tiene derecho a reclamar una mejora del sistema sanitario que aumente las posibilidades de curación de los enfermos. Estoy de acuerdo. Tiene derecho a opinar sobre ideologías neoliberales o filosofías de baratillo. También estoy de acuerdo, en aras de la libertad de expresión. Pero me resulta cruel que, para esos fines, utilice la imagen de alguien cuyo ejemplo ha sido apolítico. La bondad de Pablo y su amor al prójimo no tienen color. Su historia no es azul, ni roja, ni naranja ni morada. Su única intención ha sido siempre conseguir un aumento en las donaciones de médula. No lo politicemos, por favor.

Los enfermos son enfermos. Los luchadores son luchadores. Los enfermos pueden elegir formar parte o no del grupo de personas luchadoras. Y su elección es digna de respetar. Solo eso. Es cruel meterlos a todos en el saco de los “no luchadores”.

Pablo Ráez eligió luchar. Miró de frente a la muerte. Le plantó cara. Pero no solo a la suya, sino a la de muchas personas que llegarán a viejas gracias a él. Nadie le dijo eso de “si quieres, puedes”. No se engañó, lo repitió hasta la saciedad con su “Siempre fuerte”, que aún me hace llorar cuando lo recuerdo. Nunca dijo: “Voy a ganar”. Ni sus palabras, creo yo, han podido hacer que otros enfermos se sientan mal. He visto muchos videos suyos antes de escribir este artículo. Y yo no quiero callarme. No quiero que se utilice a Pablo como bandera contra el sistema sanitario, ni contra opciones políticas, ni contra nada. Solo quiero atreverme a defender lo que creo que él defendía. Y, para eso, nada mejor que escuchar sus palabras en uno de los videos: “Esto te hace madurar mucho”; hace una pausa antes de añadir: “si quieres”. Y sigue diciendo: “Si me paso la vida esperando a que mi enfermedad se cure del todo, en vez de disfrutar del tiempo que paso curándome, entonces, eso es tiempo perdido”. Él elige. En esa misma entrevista, afirma: “Incluso me importa más poder ayudar, que mi propia vida. Estoy feliz, me pase lo que me pase, porque ya he podido hacer mucho por la gente. Me siento afortunado porque el cáncer me ha dado mucho más de lo que me ha quitado. Todavía me queda mucha vida por delante; y si no me queda, bien que la estoy aprovechando en lo que llevo”. Pablo no estaba ciego, aunque pasó unos meses sin vista. Pablo no pedía médula para él, sino para todos los que la necesitaran.

Me parece bajo e injustificable apropiarse de su ejemplo para usarlo así en un artículo. No es honesto aprovecharse de su lucha por sobrevivir, de su generosidad al pedir a las personas que se hagan donantes, para convertir eso en bandera de protesta frente al sistema sanitario o frente a opciones políticas.

Pablo era un luchador. Y eligió luchar con las mejores armas: siempre fuerte, y pensando en los demás. Pablo hizo lo que pudo. Y si no ha podido luchar contra su enfermedad, sí que ha luchado con ella. Y con la leucemia como arma ha ganado miles de batallas: la de los miles de personas que, gracias a su ejemplo, vivirán más y mejor cuando encuentren a un donante compatible.

Las luchas no se ganan todas de la misma manera. Pero algunas se pierden al escribir sin saber sobre lo que se escribe, o haciéndolo de modo equivocado.

Por la memoria de Pablo, y por la de tantos enfermos, evitemos que su recuerdo se contamine con temas o situaciones que nada tienen que ver con su legado: el amor a los demás. Pablo sigue con nosotros “siempre fuerte”. Gracias, Pablo.

Adela Castañón

Veinticuatro horas de guardia

Empiezo el día mosqueado. Sé que María se ha despertado con la alarma del reloj y se hace la dormida. Salgo de la ducha y meto las cosas de la guardia en la mochila haciendo ruido a ver si abre los ojos. Es inútil, sigue inmóvil.

Suelo dejar todo preparado la víspera, pero anoche, cuando subí al dormitorio, ella ya dormía o fingía dormir. Hasta ayer no me acordé de decirle que me habían pedido el cambio de guardia. ¡Y tampoco hay que ponerse así, joder! Que también se le olvidó a ella comentarme que hoy íbamos a comer con sus padres. Intenté explicarle que el cambio me convenía, pero estaba tan furiosa que no me dejó hablar.

No sé si estoy más triste que enfadado, o al revés. Anoche se acostó dándome la espalda, pero no creí que hoy me dejaría marchar así. Aunque no le apeteciera desayunar conmigo, es la primera vez que no me ha dado un beso de despedida.

Cojo el coche y me consuelo pensando que la guardia en Istán es mucho más tranquila que en la puerta del hospital, y que en el pueblo podré seguir trabajando en mi tesis. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado el portátil. Miro el reloj. No me da tiempo de volver a buscarlo, ni creo que sea buena idea asomar la nariz por mi casa antes de veinticuatro horas. Y sudo al imaginar qué me encontraré mañana cuando regrese.

Llego al hospital y firmo la entrada. Le pido al celador la llave del consultorio de Istán, y me mira de forma extraña. Pone cara de póker, levanta las cejas de forma exagerada, y me dice que llame al jefe. Saco el móvil. ¡Lo que faltaba! Se me olvidó cargarlo y está sin batería. Utilizo el teléfono de admisión, y el adjunto lo coge enseguida. Creo que es lo primero que me sale bien esta mañana. Escucho su voz y esa tosecilla tonta que le entra cuando va a darnos una mala noticia. Ya no estoy tan seguro de que todo vaya bien y, como no podía ser de otro modo, se cumple el refrán: “piensa mal y acertarás”. Mi compañero, con el que hice el cambio, se acaba de dar de baja. Y el sustituto está muy verde para chuparse una guardia de puerta hospitalaria, así que a él lo mandan al pueblo, y a mí me toca quedarme aquí. Las cejas del celador se mueven y me hablan; esa muda compasión me provoca unas inmensas ganas de llorar. Trago saliva e intento ahogar esa pena que se empeña en subirme desde el vientre hasta los ojos.

Voy a mi taquilla. ¡Mierda! Me he dejado las llaves en casa, en el maletín. Lógico. ¡Si yo pensaba irme al pueblo! Vuelvo al mostrador. El celador me dice que no puede ayudarme, que aquello está petado de gente, y que además está solo hasta que entre el refuerzo de las diez de la mañana. Margarita, la limpiadora más veterana del hospital, anda cerca y me oye hablar. Me agencia un pijama dos tallas más grandes que la mía, pero al menos es un uniforme. Me presta su taquilla y guardo allí mis bártulos. Menos mal que está en el cuarto de la lavandería. ¡Hoy solo me faltaba que me pillaran en un vestuario femenino! Ella comparte la taquilla con otra limpiadora y se verán en el cambio de turno, así que me deja su llave hasta entonces. Le digo a Margarita que es un sol con un corazón de oro. Se ruboriza, a pesar de sus años. “¡Ay, doctor! ¡Qué cosas dice! Si tiene la misma vena curando que echando piropos, ya sé a quién voy a consultar cuando me ponga mala”. Me visto de verde y voy a la sala de reuniones. Por el pasillo me doy cuenta de que voy sonriendo por primera vez desde que me levanté de la cama. Necesito un café. El primero del día.

Empieza el chorreo de pacientes. Otra vez traen a Asdrúbal. Supongo que hoy se ha vuelto a emborrachar a propósito, porque llueve muchísimo. Sabe que en la observación de urgencias estará más seco y calentito que en su banco del parque. Y, cuando se le pase la mona, se camelará a la enfermera de turno para que lo deje estar unas horas más. Lo único que tiene en común con el general cartaginés, cuyo nombre comparte, es su habilidad estratégica. Si mi adjunto tuviera la mitad de labia que él, no habría tantas protestas por su modo de organizar los turnos.

No paran de llegar las banalidades de todos los días. Después de atender a Asdrúbal, me subo a la noria cotidiana de los lumbagos, lobanillos, rozaduras de zapatos o picaduras de mosquito. Me muerdo la boca para no decir a más de uno aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Suspiro y continúo luchando para mantener mi vocación a flote.

La mañana sigue con la misma tónica. A última hora, ¡cómo no!, llega una mamá que trae a “su nene” porque tiene una fiebre de 37’9. El “nene” mide cerca de un metro noventa y debe rondar los ochenta kilos. Bosteza sin disimulo y sin que se le ocurra taparse la boca.

–¿Desde cuándo estás con fiebre? –le pregunto al supuesto enfermo que, como es de esperar, me ignora.

La madre me mira y se inclina un poco hacia adelante para contestarme.

–Desde hace una hora.

–¿Le ha dado algo para que se le baje? ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno?

La señora levanta la cabeza, echa los hombros hacia atrás y arruga la nariz.

–Pues claro que no. He pensado que era mejor traerlo, a ver por qué está así.

Intento hacer educación sanitaria y le explico que esa temperatura ni siquiera se puede llamar fiebre. Pienso que el paciente es un cacho de carne con ojos, y me recrimino por pensarlo. Para redimirme le hago una exploración a fondo. Todo normal. Le pongo el termómetro: 36’8 ºC. Sin hablar, que ya me cansa malgastar palabras, se lo enseño a la madre. En lugar de alegrarse, parece que le molesta que su “nene” no tenga nada. Protesta con descaro.

–Pues estará su termómetro malamente. Que el de mi casa daba casi casi los 38.

La remito a su médico de familia y se marcha renegando. Alcanzo a escuchar que va a llevar a su hijo al privado, porque seguro que le hace falta un antibiótico y, con tanto recorte, el médico, que en este caso soy yo, no se lo ha querido recetar.

Tengo ganas de morder, y me rugen las tripas. Me escapo quince minutos a la cafetería del personal, a ver si puedo comer algo. Echo mano al bolsillo de modo mecánico. ¡Ostras! ¡No está mi móvil!

Paso de la comida y corro a la recepción. El celador de refuerzo ya ha llegado, y el de antes ha salido a desayunar. Suspiro envidioso. Por lo menos verá la luz del sol, y no como yo, aquí encerrado hasta mañana por la mañana. Le pregunto si su compañero le ha dejado un móvil, pero no hay suerte.

Llamo a casa desde el teléfono del mostrador. María no contesta. ¡Claro! Estará comiendo con sus padres. Es lo que me faltaba para terminar de congraciarme con mis suegros. Maldigo a la tecnología moderna y a la agenda de contactos. Tendría que haberme aprendido su número de móvil de memoria. Y encima, si se le ocurre llamarme, le va a saltar el contestador. ¡Uf! Días como el de hoy deberían estar prohibidos. Pero cualquiera se queda en la cama. A ver quién se lo explica a final de mes al de la hipoteca, o a la comunidad, o a ENDESA. Que hay que ganarse el pan, ¡caray!, aunque a veces se nos atragante.

La guardia se me hace eterna. Y eso que no paro. Por la noche no podemos descansar ni siquiera media horita. Siguen llegando, uno tras otro, cuadros que no son urgentes. Cuando me faltan veinte minutos para terminar el turno, entra un paciente crítico. El sonido del timbre de aviso nos sobresalta. Los que estamos atendiendo patologías banales lo dejamos todo y acudimos al box. Es un niño. Lo traían a la urgencia del hospital porque había convulsionado, y han tenido un accidente por el camino. Pregunto si hay más heridos y me dicen que no. Estamos con él pequeño más de una hora, y lo sacamos adelante. Es casi seguro que no le quedarán secuelas.

Al salir del box de críticos, voy directo a la taquilla de Margarita y recojo mis cosas. En la mochila encuentro pegada una nota que dice que pregunte por Mercedes, la otra limpiadora. No sé quién es y me entran tentaciones de dejarlo, pero pienso que quizá necesite la llave y decido buscarla. Total, voy a llegar a casa con casi dos horas de retraso y no creo que unos minutos más empeoren la bronca que me espera. Doy media vuelta y casi tropiezo con otra limpiadora. Me busca con la mirada dentro de mi uniforme talla XXL y demuestra su buena capacidad deductiva al decirme “Usted debe ser el doctor Gavira. Un momentito”. Saca su llave y abre la taquilla. Creo que es la tal Mercedes. Mete la mano en una caja donde hay un paquete de café, una caja de galletas y un cartón de leche, ¡y me da mi móvil! Me entran ganas de besarla. Le devuelvo la llave de Margarita, le doy las gracias, y me marcho a casa sin hablar con nadie más.

Al llegar abro la puerta despacio, como si fuera un ladrón, y cierro procurando no hacer ruido por si María duerme aún. Veo luz en la cocina y mi mujer asoma la cabeza. Abro la boca, pero no me da tiempo a decir nada. María corre hacia mí, me echa los brazos al cuello y me llena los labios de besos salados. Se separa unos milímetros, me mira a los ojos, y me vuelve a besar. No entiendo nada. Repite una y otra vez dos palabras: “¡Estás bien! ¡Estás bien!” Parpadeo por si me he quedado dormido y estoy soñando, pero el calor del cuerpo de María, apretado contra el mío, es muy real. Sonrío.

–Bueno, he estado mejor otras veces. Pero no me quejo, mujer. –Me sorprende este recibimiento después de lo de ayer y de mi retraso de hoy. Aunque no entiendo el motivo, me encanta–. ¿Qué te pasa?

–¿No te has enterado? –Mi cara de pasmo le da la respuesta y empieza a hablar con frases rápidas y entrecortadas–. ¡El accidente! Cuando han dado la noticia me quería morir. Solo pensaba en que no me había despedido de ti, y eso me estaba matando.

Cada vez lo entiendo menos. ¿De qué habla? Sigo escuchando. María está tan agitada que es inútil tratar de preguntarle algo.

–Me he despertado hace horas. No podía dormir ¿sabes? Ayer me pasé toda la mañana cabreada. Y luego, cuando mi padre empezó a despotricar por el plantón, me encontré de pronto defendiéndote. En realidad, me sentía mal por haber sido injusta contigo. ¡Ay, David! No tenía derecho a ponerme así, cariño. Perdóname. ¡Pero es que, anoche, me vino la regla justo antes de que llegaras!

María se echa a llorar. Le acaricio el pelo. Llevamos un año buscando un bebé, y este mes se había retrasado unos días. ¡Mi pobre María! Ahora comprendo por qué se puso así. El enfado era más con la vida que conmigo, pero yo estaba más a mano y pagué el pato. El cambio de guardia fue el motivo perfecto.

María se seca las lágrimas y me da otro beso. Nunca ha estado tan guapa como hoy, con los pelos revueltos, el rímel corrido, y esa sonrisa entre dos hilos brillantes y negros que le bajan por las mejillas. Se limpia los mocos con el dorso de la mano y me mira como si yo tuviera monos en la cara.

–No lo sabes, ¿verdad? –Se muerde el labio y vacila, como si no encontrara las palabras–. Ayer pasé la tarde fatal. No hacía más que llamarte al móvil, y pensé que lo tenías apagado porque estabas enfadado. Me he despertado temprano y bajé para esperarte y desayunar contigo. He puesto la radio para hacer tiempo, y he escu…cuchado la no.. la noticia.

–¿Qué noticia? –María me acaricia la cara.

–Cariño, la ambulancia de Istán ha tenido un accidente cuando llevaba a un niño al hospital –solloza y se tapa la boca con las manos–. Han dicho que solo ha sobrevivido el chiquillo. El técnico, el ATS y el médico han muerto en el acto. ¡Ay, David! Me dijiste que habías cambiado la guardia y creí que estabas allí. ¡Dios mío! ¡Pensé que te habías matado!

Siento frío, y trago saliva. “Veinticuatro horas”, pienso. ¡Cómo puede cambiar la vida de la gente en veinticuatro horas! Abrazo a María con más fuerza, y rompo a llorar con ella.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Con letra de médico

                                                                                             “La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas”                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas

La niña de plata y el niño de oro

–Abuela, no quiero acostarme –El pequeño se removía en la silla de la cocina mientras la anciana terminaba de recoger los platos de la cena.

–Pues hay que dormir, Pedrito.

–¡Pero es que por la noche tengo pesadillas! ¡La noche es mala!

–Y el día también, hijo. ¿O qué te crees? –La abuela colocó un plato y se acercó para darle un beso en la frente–. De noche y de día ocurren cosas malas y buenas, aunque no siempre ha sido así.

–¿Ah, no? ¿Y cómo era antes, abuela?

–Verás, la historia que voy a contarte pasó hace tanto, tantísimo tiempo, que la Tierra era solo una enorme bola marrón hecha de piedras y rocas donde no había ninguna clase de vida. No hacía ni calor, ni frío. No tenía luz ni color. Ni siquiera existían las estaciones. Pero había un planeta donde las cosas eran muy distintas. Estaba gobernado por un rey que se elegía cada doscientos años entre los pocos niños nacidos en ese tiempo.

–¿Doscientos años, abuela? ¡Eso es muchísimo! ¿Y por qué nacían pocos niños?

–Verás, tesoro, en Argengold, que así se llamaba el planeta, ese tiempo era casi como un suspiro. En realidad, nacían muchos niños, pero el rey se elegía solo entre los que eran de raza homain. Y esos eran los menos numerosos del planeta. Los homain eran muy sabios, pero no tenían poderes mágicos como el resto de los habitantes. Porque en Argengold había magos, druidas, dragones, y muchas, muchísimas más criaturas.

–¡Pero, abuela, eso no mola nada! ¿Un rey sin poderes? ¿En medio de tantos súper héroes? –Pedrito pensó que su abuela había olvidado parte del cuento. “¡Menudo rollo!”, pensó, aunque no lo dijo para no herirla.

–Pues sí, mira, y todos tenían sus motivos para querer que el rey fuera un homain. Porque cada vez que alguno de otra raza se había alzado con la corona, el reino había terminado envuelto en mil batallas. Solo los homain lograban mantener la paz entre tantas criaturas diferentes. Pero, en la época en la que transcurre mi historia, el rey enfermó sin que nadie supiera el motivo, y eso que solo llevaba cien años de reinado. Y todos los súbditos estaban muy preocupados.

–¿Y qué tenía?

–Estaba enfermo de melancolía, porque la ley obligaba al rey a dejar de relacionarse con los suyos. Podía contraer matrimonio con cualquier mujer, con tal que no fuera una homain.

–¡Vaya tontería! ¿Por qué tenían esa ley? ¡Sería más fácil que se casaran entre ellos y que sus hijos fueran luego los reyes! –Pedrito achicó tanto los ojos, que parecía un chino. Decididamente la abuela se estaba despistando un poco–. ¿Estás segura, abuela? Mira que en los demás cuentos siempre ocurre así.

–Y así había sido en Argengold al principio de los tiempos. Pero no todos los príncipes homain fueron buenos en el pasado, y por eso el consejo decidió que los lazos de sangre no debían influir en la elección de los reyes. Y si la reina también hubiera sido homain, siempre existiría el peligro de que quisieran pasar el trono a sus hijos, aunque hubiera otro mejor para sucederlos.

–¿Y por eso estaba triste el rey?

–Sí. Porque el rey de mi cuento amaba a una homain y cuando lo eligieron tuvo que renunciar a ella. La víspera de su coronación, se reunieron por la noche para despedirse, y ella le regaló un huevo de mil colores como prueba de su amor.

–¡Seguro que era mágico, abuela! –La cosa empezaba a ponerse interesante para Pedrito–. ¿El huevo tenía poderes?

–Sí y no. La muchacha le contó que de ese huevo nacería un dragón azul. Si ella alguna vez dejaba de amarlo, el color cambiaría a amarillo. Pero si ella moría antes que el rey y lo seguía amando, el dragón se volvería rojo porque su pasión perduraría hasta en el más allá. Cuando terminó la ceremonia de la coronación, el rey descubrió que a los pies de su cama lo estaba esperando un pequeño dragón del color del cielo. Eso mantuvo su corazón latiendo los primeros cien años, pero un día el dragón se volvió rojo y el monarca empezó a languidecer porque el rostro de su amada se iba borrando de su memoria.

–¡Qué pena! –Pedrito suspiró–. ¿Y qué pasó entonces?

–El consejo decidió que había llegado el momento de que el rey tomara esposa. Se enviaron heraldos a todos los rincones del reino y en la fecha señalada se presentaron muchas mujeres para probar suerte. Entre ellas había una maga que deseaba ser reina sobre todas las cosas. Tenía el poder de leer los corazones, pero ese poder desaparecería el día en que naciera su primer hijo. La maga aprovechó su don para leer en el corazón del príncipe y adivinó su secreto. Al amparo de la noche se acercó a la cueva de uno de los druidas del reino y robó una poción mágica. Quien la tomara, vería el rostro de su amada en la persona que se la diera a beber.

–¡Pero eso es un engaño, abuela!

–Yo también lo creo, Pedrito. Pero la maga ofreció al rey una copa cuando le tocó presentarle sus respetos, y el hechizo funcionó. El monarca creyó que su amada había encontrado el modo de regresar a él, y eligió a la maga como esposa. La boda se celebró por todo lo alto y, al cabo de un año, la reina se quedó embarazada. No le importó perder su don, porque ya había hecho realidad su deseo de reinar. El pueblo recibió la noticia con mucha alegría, y la felicidad fue aún mayor cuando dio a luz dos criaturas maravillosas: una niña de plata y un niño de oro.

Pedrito esta vez ni siquiera se acordó de interrumpir. ¡Una niña de plata y un niño de oro! Eso sí que no lo había leído antes en ningún cuento. La abuela terminó de guardar los cacharros, y se llevó las manos a los riñones.

–Estoy cansada de estar de pie tanto rato, hijo. Si quieres oír el final te lo contaré en tu cuarto. Pero solo si te metes en la cama y dejas que yo me siente en la mecedora.

El niño se levantó de la silla con un salto, y cuando la abuela entró en el dormitorio solo vio la cabeza entre el embozo y la almohada. Arrimó la mecedora a la cama, se sentó y siguió hablando.

–En todo el planeta solo hubo una persona que no se alegró por el nacimiento de los niños: el druida al que la maga le había robado la poción. Porque lo que ella no sabía era que el druida preparaba también encantamientos para descubrir a los ladrones.

–¡Qué listo!

–¡Claro que era listo! ¡No era fácil llegar a ser druida en Argengold! La poción que la reina había robado también tenía la virtud de hacer que quien la bebiera tuviera dos hijos: uno de oro y otro de plata. Y, desde que descubrió el robo, el druida había estado atento a cualquier noticia sobre un nacimiento así. Imagínate cómo se quedó al descubrir que la ladrona había sido la reina.

–¿Y qué hizo entonces, abuela?

–Empezó a preparar su venganza con mucho tiempo. Los niños siempre estaban juntos, y crecieron bastante consentidos porque todo el mundo los adoraba. Nadie les negaba nada, y podían quitar cualquier juguete a cualquier niño sin ser castigados, o tirarle de las barbas a sus tutores sin que sus padres les riñeran por ello. Por fin, el día del décimo cumpleaños de los niños, el druida encontró la ocasión que tanto había esperado. Al llegar a esa edad era tradición hacer una celebración especial, así que el rey y la reina invitaron a todo el pueblo a un gran festejo. El druida, con ayuda de uno de sus bebedizos, adoptó el aspecto de una amable viejecita y acudió a la fiesta. Ofreció un libro lleno de hermosas historias como regalo para los niños, y esperó. Vio cómo acercaban sus caritas a las imágenes y cómo se les abrían los ojos cuando empezaron a leer y descubrieron que los relatos no tenían escrito el final. Entonces fueron corriendo a decírselo a su padre, que hizo llamar a la viejecita. Y cuando la tuvo ante él, le pidió que se quedara a vivir en palacio para ayudar a cuidar a sus hijos y para que les fuera contando el final de todas las historias.

–¡Ay, abuela! ¡Esto se pone interesante!

–Y que lo digas, Pedrito. Y aún se va a complicar más. El druida se comportaba siempre como una viejecita inofensiva y cariñosa, y no le costó trabajo ganarse la confianza de los niños con las historias que les contaba. Mira, el cuento preferido de los niños, el que más les repetía la falsa ancianita, era uno que decía que podrían tener todo lo que quisieran si se bañaban en sangre de dragón. Y el único dragón que los niños conocían era el de su padre.

–¡Abuela! Pero los niños no se creerían eso de que bañarse en sangre de dragón… –la abuela levantó las cejas y apretó los labios por toda respuesta, y Pedrito se llevó las manos a la cara–. ¡No vayas a decirme que…!

La abuela suspiró, y ladeó la cabeza.

–Eres muy listo, Pedrito. La vieja convenció a los niños de que todos los dragones tenían sangre de sobra, y no pasaba nada por quitarles un poquito. Ellos lo creyeron y entonces les dio otra de sus pociones para hacer dormir al dragón.

–¡Pobrecito dragón! ¿No sospechó nada?

–No, porque era bueno y no desconfiaba de los hijos de su amo. Después de desayunar, cuando el dragón se quedó dormido, le hicieron dos grandes cortes en sus alas y empezaron a recoger la sangre.

–¡No, abuela! ¡No quiero que al dragón le pase nada! ¿Es que los niños no lo querían? ¡Yo nunca le hubiera hecho algo así!

–No sabría decirte. Supongo que lo querrían, pero recuerda que eran muy caprichosos y mimados. Se entretuvieron llenando las botellas y no se dieron cuenta de que el dragón se iba quedando completamente blanco.

–¡Abuela!

–¿Ves? Era de día, y ocurrió algo malo.

–Pero yo no quiero que muera el dragón. ¿No había una magia para hacerlo resucitar?

–Sí y no. Si dejas que termine el cuento, lo sabrás –Pedrito apretó los labios y abrió los ojos, y la abuela siguió con el relato–. El druida consiguió así llevar a cabo su venganza por el robo de la poción. Porque para romper el hechizo del filtro de amor que la reina había robado, hacía falta que dos inocentes mataran a alguien a quien el enamorado quisiera con toda su alma.

–¡Pobre rey! Perdió lo único que le quedaba de su amiga.

–Así fue. Imagínate cómo se puso al darse cuenta de lo que habían hecho sus hijos. No daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Su amigo, su dragón, se había vuelto blanco del todo y yacía en un suelo lleno de sangre! “¡Qué habéis hecho!”, gritó. Los niños, asustados por las voces de su padre, empezaron a llorar y a chillar. La reina, al oír la algarabía, entró corriendo en el salón. Cuando el rey miró a su esposa, se encontró con el rostro de una desconocida. ¡El encantamiento se había roto! Entonces comprendió que la reina lo había engañado, y montó en cólera.

–¡Sigue hablando, abuela! Este cuento se complica cada vez más. ¡Quiero saber cómo acaba!

–En Argengold, el crimen estaba castigado con la muerte. Pero el rey no tenía corazón para ordenar ejecutarlos, así que cambió el castigo por el destierro. Pero a su pueblo, el castigo le pareció suave. Con el tiempo los caprichos de los niños se habían ido volviendo peores. Mandaban quemar cosechas solo para ver danzar las llamas, o desviar el curso de un río para llenar un estanque donde bañarse solo una o dos veces. Todos protestaron porque sabían que los niños serían felices si estaban juntos. Entonces el rey demostró una vez más que era sabio. Llamó a un mago y le ordenó que hiciera un hechizo con sus hijos.

–¿Qué clase de hechizo, abuela?

–Le pidió que enviara a los niños a una enorme roca que flotaba en los límites de su universo. Y que los transformara en una bola de oro y otra de plata. Y que los condenara a moverse en círculos, sin llegar a encontrarse jamás. El mago cumplió la orden, y los envió a este mundo, y aquí les pusimos nombre. Los llamamos sol y luna, y por eso cuando uno sale, el otro se oculta sin que lleguen a coincidir. La reina, al ver lo que había conseguido con sus malas artes, lloró arrepentida y el llanto llegó hasta donde estaban los niños, y mojó la roca, y empezaron a crecer plantas y flores, y el planeta cobró vida. El rey hizo construir en la torre más alta de su castillo un nido de mármol, y allí depositó a su dragón para que nadie olvidara lo que había sucedido. Y cuando los vientos soplan fuerte en Argengold, algunas escamas del dragón llegan hasta aquí convertidas en nieve.

La abuela se levantó, arropó a Pedrito y puso junto a él en la almohada un dragón de peluche de color blanco. El niño se abrazó a su muñeco y bostezó.

–Abuela. Te quiero mucho. Buenas noches.

La anciana besó al niño en la frente, y salió apagando la luz.

Adela Castañón

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El autismo cabalga de nuevo

Queridos lectores de Mocade:

En mi deambular por Internet, donde aún me pierdo por enlaces secundarios, di con una noticia que ha inspirado mi artículo de esta semana. Me llamó la atención una palabra en el titular: “autista”. Y sobre autismo puedo hablar, porque es una parte de mi vida.

El reportaje no me parece nada extraordinario, ni en forma ni en contenido. Personalmente opino que la frase del titular ni siquiera entra en la categoría de noticiable. Pero las reflexiones que me ha inspirado la lectura de esos pocos párrafos sí que merecen que les dedique estas letras.

Pasaré de puntillas sobre el hecho de que la foto de portada más parece sacada de un carnaval veneciano que de una tradicional cabalgata de Reyes en la capital de España. Me abstendré de opinar sobre la terrorífica impresión que algunas escenas produjeron en los niños asistentes, según recoge el autor. Tampoco voy a pronunciarme sobre la iniciativa del Ayuntamiento de invitar a niños con diversidad funcional, aunque algo diré más adelante sobre esto.

¿Cuál es entonces, os preguntaréis, la idea que quiero transmitir? Os lo explicaré con un sencillo ejemplo: todos conocéis el pasatiempo de dos viñetas muy parecidas en las que hay que encontrar las cinco, siete o doce diferencias ¿verdad que sí? Pues a ver si me señaláis alguna diferencia que valga la pena entre estos dos titulares:

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo autista tendrá pesadillas”

Las mariposas maléficas de Carmena horrorizan a los niños: “Mi hijo tendrá pesadillas”

¿Qué os lo he puesto muy fácil? Pues sí, y no. Porque esa diferencia en una sola palabra es todo un mundo de diferencia. Tengo mis motivos para defender esta idea. ¿Es procedente emplear el adjetivo “autista” en este caso? ¿El horror es más horroroso porque lo sufra un niño con autismo? ¿Acaso es justo decir que su miedo va a ser diferente al del resto de los niños? Si a eso vamos, también podría haber dicho cualquier otra madre “Mi hijo rubio / obeso / vergonzoso / … –póngase cualquier adjetivo aquí– tendrá pesadillas”. Pero seguro que, ni lo hubieran dicho, ni, en caso de hacerlo, habría sido una frase para el titular.

Entonces, ¿por qué se emplean a veces algunas palabras fuera de contexto? ¿Qué aporta el adjetivo “autista” al contenido del artículo? La noticia comienza dando el dato de que el Ayuntamiento “se ganó a la opinión pública invitando a niños con diversidad funcional –es decir, con discapacidades físicas o mentales–”. Y lo cito textualmente porque, de entrada, me parece redundante. El lector medio comprende el término “diversidad funcional” pero el periodista cree necesario explicar que alude a discapacidades físicas o mentales. Y aún hay más. Si alguien quisiera leer entre líneas, esa frase aparentemente halagüeña puede encerrar bastante mala leche, si me permitís la expresión. ¿Quiere decirnos el autor que la alcaldesa está haciendo una manipulación electoralista al favorecer a ese colectivo de niños con la invitación? ¿Lo insinúa de modo tan solapado porque no sería políticamente correcto decirlo de otra manera?

Soy madre de un joven con autismo que ya tiene veinticinco años. Eso me ha permitido acumular una considerable experiencia sobre el tema. También tengo una hija maravillosa. Y, para los dos, deseo exactamente lo mismo, es decir, que sean felices y que vivan y disfruten por igual de la vida que les toca vivir. No quiero que mi hijo sea más que su hermana. Ni lo contrario. Pero si me dedicara a enarbolar el autismo como bandera contra la igualdad, si me callara ante artículos como el que hoy comento, estaría socavando mis propios cimientos. La verdadera inclusión no consiste en aislar un pez dentro de una burbuja para soltarlo en el mar, sino en romper la burbuja. Lo otro sería discriminación y aislamiento disfrazados de falsa integración.

Quiero terminar dejando una pregunta en el aire. ¿Por qué todavía, en pleno siglo XXI, se habla de “niños autistas”? ¿No es mucho más acertado emplear el término de “niños o personas con autismo”? Hay cosas que antes me hacían daño, y ahora, dicho con respeto y sin que me malinterpretéis, me provocan risa. Lo de “mi hijo autista” me suena parecido a “mi hijo marciano”. El autismo no hace que quien lo tenga sea una especie de extraterrestre. En palabras de Ángel Rivière, psicólogo que tanto hizo por el mundo del autismo: “ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal”.

Entonces, amigos mocadianos, os voy a pedir un favor: cuando leáis noticias de ese tipo, y redactadas de esa forma, cambiad el formato del texto. Usad el tamaño de letra más pequeño que se os ocurra para “autista”, y centrad vuestra atención en todo aquello que los niños con autismo y los que no lo tienen poseen en común. Solo así podrá entenderse que es mucho más lo que nos une a ellos, que lo que nos separa o nos pueda separar.

Adela Castañón

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Carta a los Reyes Magos

Si este fuera un cuento tradicional, tendría como protagonista a un niño. Pero no lo es, así que vamos a imaginar a una mujer que ya ha dejado atrás la juventud. Sabe que las hojas del almanaque no pueden volver a atrás. Lo asume y lo acepta. El problema no es ese. No le pesan los años. Pero echa de menos la ilusión de la infancia, ese desear algo con una intensidad que casi, casi, hace que el corazón parezca de mayor tamaño que el pecho. Se siente afortunada. Lo tiene todo: salud, trabajo y unos hijos maravillosos. Pero quiere recuperar aquellas mariposas que todo el mundo conoce cuando llega el primer amor. Y escribe esa carta a los Reyes pidiendo eso: algo que ponga en su vida un aliciente nuevo, diferente, cualquier cosa que sus majestades crean que la puede sorprender, pero no es capaz de poner nombre a su deseo.

Los Reyes reciben la misiva. Se reúnen los tres para hablar. Es un caso diferente de los que suelen tenerlos atareados todos los eneros. Desde su país pueden ver el mundo entero. Se asoman al corazón de esa mujer, y allí encuentran lo que ella pide, tan escondido que ni la propia interesada lo ve. Ahora tienen que lograr que ella lo descubra. Y, como son magos, se les ocurre la solución. Buscarán en la Tierra pajes que les ayuden a dar respuesta a esa carta.

Melchor, el portador de la luz y del oro, es el primero en encontrar una aliada. No vive cerca de la mujer de la carta; ni siquiera se conocen, pero eso no es problema. Una noche, convertido en una mota de mágico polvo dorado, siembra una semilla en el corazón de otra mujer, un poco mayor que la de la carta. Esa mujer, que ha dedicado su vida a llenar de conocimiento las vidas de otras personas, empieza a sentir un gusanillo diferente. Le apetece probar otras cosas, ponerse al otro lado del pupitre. De pronto, tiene más preguntas que respuestas. Y una idea empieza a rondarle por la mente.

Gaspar también se decide pronto. Su elegida tampoco conoce a las otras dos. Pero sabe, igual que Melchor, que eso no es problema. Este Rey pelirrojo escoge a una mujer joven. Comprende que Melchor, más anciano y sesudo, tiene buenas intenciones. Pero piensa que un poco de sangre joven dará color al cuadro que está dibujando con sus dos reales colegas. Para que ese equipo que están formando no sea efímero, busca una mente inquieta. Melchor no acaba de estar de acuerdo. “Gaspar, hijo, ¿tú crees que nuestra remitente y mi paje van a poder seguir el ritmo de esta jovenzana que estás proponiendo?”. Gaspar ríe con ganas y se muestra decidido al contestarle. “Mira, Melchor, que esta conversación la hemos tenido otras veces. Fíate de mí, que yo sé lo que hago”. Melchor se encoge de hombros, y lo deja hacer. Gaspar elige una noche, se convierte en un soplo de incienso, y se cuela por la nariz de una joven que duerme. Una joven a la que le gusta innovar, que se mueve como pez en el agua por las tecnologías del siglo XXI, y que sueña con dar forma a un montón de proyectos.

Baltasar es el último en aportar su granito de arena. Quizá porque, como viene de tan lejos, se ha ido a buscar a su paje particular al otro lado del océano. Pero la espera ha valido la pena. Ha viajado hasta un lejano país y allí, convertido en una gota de mirra, se ha deslizado a través de la piel de otra joven que también duerme. Llega hasta su corazón y siembra allí su particular semilla. Esa joven, un buen día, decide que va a hacer algo distinto en su vida y empieza a navegar por internet, aunque no sabe bien qué es lo que debe buscar. De pronto siente que necesita compartir su gran imaginario interior. Y por la mañana, después de la visita de Baltasar, aparece en la pantalla de su ordenador lo que estaba anhelando.

Los Magos ven crecer sus semillas en los corazones de las elegidas. Y sonríen al ver sus primeros frutos.

El paje de Melchor, la mayor de las tres, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Gaspar, sin tener ni idea de en qué puede acabar eso, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Baltasar, aunque vive al otro lado del mundo, piensa que en internet los kilómetros no existen, y se matricula en un curso de escritura on line.

Y la mujer de la historia, sin acordarse de que escribió una carta a los Reyes Magos que no llegó más allá de la papelera, decide que los Reyes no existen y se autorregala un curso de escritura on line.

Y las cuatro, ¡qué casualidad! eligen el mismo curso. Y se conocen. Y, después del primer curso, se matriculan en otro. Y en otro. Y en un tercero. Y, un buen día, a una de ellas se le ocurre dar un paso más, porque los cursos tienen la palabra “fin”, y esa palabra no tiene cabida en la relación que han establecido entre las cuatro.

Y los Reyes Magos, que estaban cada vez más contentos en Oriente, se dan las manos y se felicitan por haber hecho bien su trabajo. Dejan a sus cuatro personajes en la Tierra, mucho más felices de lo que estaban antes de conocerse, y les regalan una estrella. Pero, como Belén queda muy lejos y allí ya va mucha gente, esta estrella las lleva a otro maravilloso portal: el portal de un mundo lleno de posibilidades, donde las cuatro verán cómo se hace realidad su ilusión de escribir. Y eligen un nombre para ese nuevo mundo: Mocade.

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¡Historias como esta hacen creer que existe la magia!

Adela Castañón

Fotos: PhotoPin. Aaron Burden

Escritor se escribe con E

Bloqueada. Así estaba yo cuando pensaba en que se acercaba mi día de publicar en Letras desde Mocade. Miré al techo buscando inspiración, igual que Serrat en la canción “No hago otra cosa que pensar en ti”, pero, aparte de comprobar que no necesitaba una mano de pintura, no se me ocurría nada. Cerré los ojos para convocar a las Ideas. Todo inútil. Recorté mis aspiraciones y me concentré en alumbrar alguna Frase Ingeniosa como punto de partida. Cero patatero. Hice un esfuerzo más: me conformaría con una simple Palabra. En vano. Mi mente era un lienzo más blanco que Siberia en enero. De pronto, casi con el rabillo del ojo, la vi: ¡era Ella, la E! Me llamaba dando saltitos mientras intentaba hacerse oír: “¡Eh! ¡Estoy En Este Escenario!”. Era la primera vez que veía una letra viva. Comprendí que, en la escritura, la humildad es la base. Las obras maestras pueden nacer de ideas grandiosas, frases lapidarias o palabras clave. Pero no llegarían a ver la luz sin esos pequeños céntimos casi invisibles que son las pobres e ignoradas letras. Y, como la E había sido la más Espabilada, decidí rendirle un merecido homenaje en el que reconocería su aportación al arte de Escribir. Y a eso voy.

En la literatura, como en casi todo, hay Extremos. ¡Qué duda cabe! Y Enfrentar Esos Extremos Es Entretenido.

Expectativas y Esperanzas: no es que sean en sentido estricto términos opuestos, pero vale la pena una pequeña reflexión sobre estas dos facetas. Las Expectativas me llevan al lado de la razón, a planificar, a organizar, a diseñar Estrategias para alcanzar algo. Y ese algo que está al otro lado del Espejo son mis Esperanzas, las que habitan en la otra cara oculta, la del país del corazón, de los sueños. Y, si consigo ensamblar esas dos caras para que se alternen con la misma regularidad con la que sale y se pone el sol, estaré bien Encaminada. O, al menos, eso quiero pensar.

Estancada y Elevada: pues eso. A ver a quién no le ha ocurrido lo mismo que a mí. Hoy, sin ir más lejos, me encontraba Estancada en ese pantano del bloqueo que he mencionado al principio de este divertimento. De pronto, cuando parecía que nada podía salvarme, ha llegado la musa. Y ha debido compadecerse de esta aspirante a autora, porque me ha susurrado algo al oído. A lo mejor era toda una idea que empezaba por E, y solo llegué a escuchar el principio. Creo que llegué a oír algo así como “Escucha…” pero los saltitos de la E me distrajeron, y no me enteré de lo demás.

Emprendedora y Escondida: son dos calificativos que cualquiera que escriba se puede atribuir sin miedo a equivocarse. La timidez del principiante hace que muchas personas con auténtico talento se resistan a salir del escondite, a exponerse a la crítica del público. Pero, por suerte para todos, hay muchos, ¡y ojalá sean cada día más!, que deciden emprender el camino de la visibilidad y no temen exponer sus relatos, sus artículos, e incluso sus patochadas, al análisis de los demás mortales. No quiero señalar, pero mi índice, como la cabeza de la niña de El Exorcista, se ha girado y me apunta al centro de la nariz. Vale, me he puesto como un Ejemplo Esperpéntico, pero Ejemplo al fin y al cabo.

Explorar o Estabilidad: la literatura, la novela, los relatos, el teatro, casi todo tiene sus normas establecidas. Y está bien. Es bueno contar con un andamiaje básico. Hay maestros de la literatura cuyas obras son verdaderos paradigmas y objeto de libros de texto para aprendices a escritores. Pero es aún mejor que surjan de vez en cuando verdaderos genios que no se conforman con lo establecido y se dedican al maravilloso arte de Explorar. Surge, por ejemplo, un Julio Cortázar, con esa Rayuela que habla por sí sola. Y la posibilidad de que aparezca de vez en cuando uno de esos genios aumenta cuando crece el enjambre de los principiantes, de los aspirantes, a los que se nos ocurren cosas tan absurdas como esta de rendir homenaje con un artículo a la simple y elemental letra E. Sería más solemne disertar sobre una idea grandiosa, una causa noble o un personaje excepcional. Pero en el bloqueo, como en la guerra, vale todo.

La Escritura es todo eso: Es Estancarse, Entretenerse, Embarrullarse Entre Esperanzas, Explorar, Elegir, Elucubrar, Emocionarse, Encontrar En El Espacio Ejemplos Emocionantes, Enojarse, Enaltecerse…

La Escritura, repito, es todo eso y mucho más. Es el lazo, el Eslabón, que puede unir a personas que tienen en común el amor por escribir. Y cuando el azar hace que personas así se conozcan, como es el caso de mis compañeras de Letras desde Mocade y el mío, el resultado no puede ser más Espléndido para mí: Encontrar el valor y la decisión de hacer de mi escritura una realidad. Aunque sea con un artículo humorístico, que Espero Encuentren Entretenido, sobre la letra E. Cosas como esta sencilla reflexión sin aspiraciones son las que, al final, se convierten en un ladrillo más que va asfaltando y haciendo más transitable nuestra ruta literaria.

Vaya, por tanto, mi rendido homenaje a esa letra, como muestra del respeto que merece cada una de las que forman el abecedario. Solo espero que sus compañeras no imiten el ejemplo de esta Espabilada, porque, lo confieso, mi neurona no da para más. ¡Estoy Exhausta!

Adela Castañón

Foto:Copyright : aleksan

Mi niña es un pez

Decía que su impermeable era de plata. Y ahora la plata es su piel de seda fría, tersa y brillante en noches de luna llena.

Miraba siempre al horizonte y me preguntaba qué habría más allá. «¿Qué hay por encima del cielo, mamá? ¿Y detrás de las montañas? ¿Y en el fondo del mar?» Sus preguntas eran un juego porque ella ya tenía las respuestas. Pero necesitaba que yo le contestara «No lo sé, amor», para que esas respuestas florecieran. Entonces me regalaba sus relatos, sus sueños, las burbujas de su risa. Y mis ojos y mi boca se abrían admirados cada vez que la escuchaba.

Veía el mundo de tal forma que una vez me probé sus gafas a escondidas. Llegué a preguntarme si los cristales tendrían poderes mágicos que la hacían percibir todo de aquella manera tan suya. Su imaginación jamás conoció fronteras. Tampoco su alegría. Ni su risa.

Quería viajar, ver mundo, correr aventuras. Su padre le preparó una sorpresa para el mes de vacaciones que pasaría con él: un crucero solo para ellos dos. Zarparon la primera semana de agosto.

Vi la noticia en el telediario. La pantalla del televisor se movía. El suelo se empezó a agitar bajo mis pies; las patatas en la olla no olían a quemado, olían a mar, a ozono, a tormenta y a huracán. Me envolvió un frío húmedo y salado, vestido de olas que me azotaban y que me derribaron de golpe. Mi cuerpo cayó sobre el sofá del salón, pero mi alma emprendió un viaje sin retorno por la borda de aquel buque gigantesco de la mano de mi hija. En medio de la tempestad caribeña, una voz anónima declaraba que apenas había supervivientes del naufragio.

Nadie me entiende. Mi exmarido, uno de los pocos que regresó de aquel viaje, dice que el dolor me ha enloquecido. Mi madre llora; creo que el luto que lleva cuando viene a visitarme no es por su nieta, sino por mí.

Todos ellos me dan pena. No entienden nada. Mi habitación aquí tiene vistas al mar. Y en verano los enfermeros nos dejan bañarnos en la playa algunas veces. Entonces lamento no haber aprendido a nadar cuando era niña. Si lo hubiera hecho, podría adentrarme en el agua donde sé que ella me espera.

Ahora mi pequeña juega con Ariel, la sirenita de su cuento favorito. Se cuelga de las barbas de Neptuno, al que camela como me camelaba a mí, para que la deje dar un paseo a lomos de un caballito de mar. Ya no necesita gafas. Tiene unos ojos redondos, con una visión de ciento ochenta grados. Debe de sentirse feliz.

Mi niña no ha muerto. Viajaba en un buque con su impermeable de plata, pero ya no lo necesita. La plata ahora es su piel de seda fría y tersa, hecha de escamas que brillan en las noches de luna llena, mientras surca los mares y se acerca a la orilla para ver si logra dar conmigo.

La próxima vez que vaya a la playa, iré a su encuentro. Entraré en el mar a buscarla. Mi niña no ha muerto. Me está esperando. Mi niña es un pez.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Jordan Mc Queen