De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland

Worldbuiling, sociedad y estereotipos: vida y literatura

Analizar la sociedad y el comportamiento de las personas que la forman es uno de mis entretenimientos favoritos. Además de intentar entender mejor al ser humano, cosa que me fascina, me sirve para mi día a día y, también, para reflejarlo en mis relatos.

Hay muchas maneras de enfrentarse a este estudio, como por ejemplo de forma individual, entendiendo al sujeto como un producto de la sociedad y de su mundo, o bien examinando un subgrupo de personas con las mismas características.

Si hacemos el análisis individuo a individuo hemos de tener en cuenta que cada uno de nosotros somos producto de nuestra experiencia personal y de los inputs que recibimos. Por un lado, nuestra forma de ser se ve influenciada de manera local por la familia y los círculos cercanos o, incluso, por el barrio en el que vivimos. No es lo mismo nacer en una barriada obrera de Madrid que en el barrio de Salamanca. Por otro lado, la cultura y la sociedad también nos influyen. Además, la televisión y el cine ha hecho que la cultura anglosajona se imponga sobre otras locales. Como ejemplo, tenemos el desplazamiento de la festividad de Todos los Santos por Halloween, celebración que nos ha llegado gracias a películas y series norteamericanas.

Si estudiamos subgrupos de personas, hacemos de la estadística una norma. Me refiero a que la estadística nos da una serie de reglas que pueden aplicarse a todo un conjunto de personas como, por ejemplo, que quienes viven en el barrio más caro de la capital tienen buenos sueldos. De ese modo, proyectamos sobre todo el colectivo criterios e incluso vivencias que suponemos que las hacen ser como son. Así, podemos creer que quienes tienen un nivel de estudios bajos suelen ser los que, también, tienen salarios inferiores. O que los escolares cuyos padres tienen estudios universitarios también los tendrán en el futuro.

Análisis de la sociedad y worldbuilding

Si queremos escribir desde una corriente literaria como el realismo mágico, thriller o romántica, solo hay que pensar en lugar y una época del mundo para ubicar tu historia.

En cambio, cuando escribimos fantasía, una vez que tenemos el tema sobre el que queremos escribir y los personajes con los que llevaremos la trama, llega el momento del worldbuilding. Este palabro anglosajón, unión entre world, mundo, y building, construcción, recoge un proyecto muy interesante: crear un mundo con una cultura, economía, religión y geografía en el que se desarrolla la historia. Es importante porque este mundo, como decíamos antes, creará la sociedad que dará forma a las maneras de pensar y actuar de los personajes. Esta configuración del mundo, sumada a los arquetipos que nos explicaba Mónica en un excelente artículo, hará creíbles las metas, las ideologías, las manías y los problemas de nuestros seres de ficción.

El mundo como inspiración para el worldbuilding

Creo que no hay ningún escritor de género fantástico que no se haya inspirado en la historia de la Tierra para crear sus relatos. Si pensamos en R. R. Martin y su conocido Juego de tronos, cuyo muro es la versión helada y gigante del Muro de Adriano, o en las culturas celtas y nórdicas en las que se basó Tolkien para hablar de los elfos o la Tierra Media.

En realidad, no hace falta irse a los libros de fantasía. Rebelión en la Granja, un libro donde los protagonistas son animales, fue la respuesta de George Orwell al comunismo. En Un mundo feliz, Aldus Huxley exageró los rasgos de la sociedad de los años 30 para crear una novela distópica que pone los pelos de punta.

El peligro de caer en el estereotipo lógico

Como decíamos, nos podemos inspirar en la Tierra para ambientar nuestras novelas. Por ejemplo, supongamos que queremos escribir sobre una sociedad cuyos sueños se han roto, y encuentran en un nuevo líder la oportunidad de recuperar las ilusiones que sus padres o abuelos tenían y cumplían. Podríamos coger el libro de historia y buscar situaciones similares, o podríamos leer un diario y analizar lo que está pasando en Estados Unidos. Personas descontentas, que creían que con Obama iba a cambiar su situación, echan la culpa de su estado al poder establecido y creen que elegir a una mandatario con un discurso rupturista con el establishment, aunque forme parte de él, mejorará las cosas.

Muchos europeos y americanos nos preguntamos cómo un hombre multimillonario, abiertamente xenófobo, racista y misógino ha llegado a la Casa Blanca. Y está claro: ha conectado con las clases medias y bajas de uno de los países más ricos del mundo. Lo fácil es pensar que sus votantes cumplen con un estereotipo: hombres blancos, de clase media-alta y con ocho apellidos americanos. Es fácil porque es lo que nos dice la lógica.

¿Qué haríamos en nuestra novela? Al gobernador machista y racista lo apoyarían todos los hombres de sus misma raza. Y el resto, se opondría. ¿Es lógico? Sí. ¿Nos equivocamos? Muchísimo.

El error viene cuando no incorporamos ningún matiz a esos datos. Si dirigimos la mirada a lo que ha pasado en Estados Unidos, nos enteramos de que más del 50% de las mujeres blancas votaron por Trump, o que el co-fundador de Latinos for Trump, Marco Guitiérrez, es latino y opina que <<los hispanos son una cultura “primitiva y subdesarrollada” y que los estadounidenses deben tener miedo a los mexicanos>>.

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La lógica llorando porque ha fallado el estereotipo

Huir del worldbuilding plano

Hay que nadar entre matices para crear una sociedad con unos personajes verosímiles y con vida. Para ello, hay que pensar en qué es lo que hace fallar al tópico.

Mi hipótesis es que el estereotipo queda invalidado por el sistema de valores de cada individuo, que determina la forma de ser y la ideología. Y que esta última puede estar enfrentada al cliché que se le presupone según sus características sociodemográficas.

Analicemos el ejemplo anterior, el de Marco Gutiérrez. Es un hombre latino, por lo tanto, no es blanco ni norteamericano de nacimiento. Es un mexicano que consiguió la nacionalidad de Estados Unidos en 2003. Desde entonces, según sus palabras, ha sido Republicano.

Por sus rasgos sociodemográficos, podríamos pensar que al último que votaría en la carrera presidencial sería a Trump. Sin embargo, hay un detalle revelador en su biografía: consiguió la nacionalidad hace poco, de adulto. ¿Qué ha podido pasar? No lo sé, así que solo queda tirar de imaginación. Podemos pensar, por ejemplo, que hasta conseguir el pasaporte norteamericano se sentía inseguro, incluso apátrida. Que cuando un papel le dijo que era estadounidense, su sentimiento de pertenencia al país le hizo relegar, e incluso denostar, su origen, y que pasó a la última posición en su escala de valores.

Al escribir, debemos pensar qué cosas son las que pueden hacer que una persona vaya contracorriente, que no actúe según se espera por su origen o situación. Cada persona es un cúmulo de eventos que lo hacen único, como a Marco Gutiérrez, y eso es lo que el escritor debe plasmar en sus novelas.

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El mundo no es plano. Hagamos que se note en nuestras novelas. Imagen de Steven Díaz (créditos al final del artículo).

El estereotipo simplifica la vida en todos los aspectos pero no es veraz

El estereotipo nos ayuda a tomar decisiones si no tenemos tiempo para conocer a la otra persona en profundidad. Es el que nos hace agarrar el bolso cuando aparece alguien con ropa desgastada y la cara medio tapada, o lo que nos indica que debemos fiarnos de esa persona aseada y pulida que no deja de sonreír y que se muestra humilde pero segura.

Como decía Mónica, el uso del estereotipo puede ser malo si nos sirve para denigrar a todo un colectivo. En el ámbito de la literatura, puede hacer que simplifiquemos hasta lo absurdo a un personaje.

Por eso, es peligroso que el estereotipo haga un uso lógico de la experiencia, ya que nos puede hacer pensar que es totalmente fiable y que no tiene ninguna brecha.

Dibujar al colectivo para hacer destacar al individuo

Sin embargo, pensar en aquello que comparte una sociedad o un grupo de personas nos sirve, en la creación de mundos, para hacer único a cada individuo que la integra. Una vez tenemos los rasgos generales de una sociedad, debemos pensar qué experiencias distancian al personaje de la norma.

Esas vivencias deben ser lógicas. Volvamos al ejemplo de Juego de Tronos. Arya Stark tiene todos los números de ser como su hermana Sansa y que solo le interesen los vestidos y los príncipes. En cambio, le interesa más lo que hacen sus hermanos: luchas para convertirse en caballeros. Arya juega con ellos y, su padre, por hacerla feliz, le pone un profesor de lucha. ¿Cumple con la norma? No. ¿Es lógico que no la cumpla? Sí.

R. R. Martin transgrede la norma común, crea experiencias únicas para Arya y construye un personaje veraz.

Hay que analizar al individuo, aunque suponga más trabajo

Como comentaba antes, los prototipos nos facilitan la vida. Conocer a alguien y poder encasillarlo nos ayuda a saber cómo tratarlo. Pero clasificar a las personas por rasgos generales, estadísticos, genera prejuicios en el día a día y empobrece nuestros textos literarios. Entonces, preguntémonos qué cosas fuera de la norma pueden hacer menos estadísticos a nuestros personajes. Tengamos paciencia para descubrir qué hace especiales a las personas que nos rodean.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de torbakhopper en photopin

Foto de Steven Díaz

Blanco venturoso y negro desventurado

El vagón abrió sus puertas y expulsó oleadas de gente y un aire viciado que hizo lagrimear los ojos de Javier. Pensó en la soledad cómoda y fresca de su coche recién siniestrado y entró en el compartimento arrastrando los pies y aflojándose la corbata. Hacía poco que había empezado a trabajar y no se le daba muy bien anudársela. Su padre nunca le había enseñado porque se había ido de casa cuando Javier aún era un crío. Había tenido que aprender en la quietud de su habitación gracias a un tutorial colgado en Youtube y narrado por un argentino. “Al menos hoy he hablado con Clara por primera vez”, pensó, y se aflojó aún más la corbata. “Habría sido un gran día si esa vieja no se hubiera tirado delante del coche”. Miró a izquierda y derecha buscando un asiento libre mientras se preguntaba cómo le explicaría a su madre que la grúa se había llevado el vehículo que compartían.

Era uno de esos vagones infinitos con dos filas de asientos pegadas a las paredes. Javier recorrió el pasillo en busca de un sitio libre, y no tardó en encontrar uno, en una zona que parecía olvidada por el resto de viajeros. Dejó su maletín en uno de los asientos y se sentó en la de al lado, apoyando la espalda y la cabeza contra el cristal.

En la siguiente parada subió una mujer de unos veinte años seguida por otra que le doblaba la edad. A Javier le parecieron hermanas: tenían unas facciones suaves y simétricas, un tono de piel dorado que recordaba a playas con casas encaladas, y el cabello oscuro recogido con trenzas, con mechones que les caían sobre la frente. El vestido vaporoso de la joven dejaba ver sus piernas tersas y delgadas. La mayor vestía unos pantalones de lino y una camiseta de tirantes anchos.

De repente, Javier recordó la imagen de la anciana que se había echado sobre su coche de camino al trabajo. Aquella también vestía de blanco y llevaba el pelo trenzado. Aunque arrugada, la mujer tenía facciones muy similares a estas.

—Es que no me da la gana —decía la mayor mientras tomaba asiento junto a la joven. Acompañaba sus palabras con gestos rápidos y bruscos—. Mira, Nona, ya he hecho muchos esfuerzos por intentar comprenderla pero no puedo más.

—Décima, por favor. Si ya sabes cómo es.

Nona, la joven, centraba toda su atención en una madeja que había sacado del bolso. Estaba medio tumbada en el asiento, apoyando todo el peso sobre la parte baja de su espalda, a la vez que retorcía el hilo con dedos ágiles y rápidos. Por su tono cansado, Javier pensó que no era la primera vez que mantenían esa conversación.

—¿Y qué? ¿Esa es la única justificación que tiene? Como ella es así, ¿se lo tengo que perdonar todo? ¡Pues no! —Décima sacó unas agujas del bolso y empezó a tejer el hilo que salía de las manos de su hermana—. Se le está yendo la cabeza, Nona. No es solo que se meta donde no la llaman, sino que ni siquiera está haciendo bien su trabajo.

Nona hinchó los carrillos y expulsó el aire poco a poco mientras ponía los ojos en blanco.

—Siempre, siempre estáis igual —dijo con tono cansino—. Si padre levantara la cabeza…

—Si padre levantara la cabeza pasaría lo mismo. Le tenía terror. Y ya ves de qué le sirvió cuidarse de ella. Al final acabó matándole.

Desde que esas dos habían entrado al vagón, Javier, que simulaba jugar con el teléfono pero prestaba atención a la conversación, se quedó inmóvil. Por un segundo maldijo su carácter chismoso, aunque siempre había pensado que el cotilleo le ponía sal a la vida. Claro que es ya no era una simple habladuría entre hermanas sino que parecía que hablaban un asesinato. Así que empezó a temer que aquellas mujeres tan extrañas repararan en él o, peor, que se cambiaran de sitio para seguir hablando. Pero la magia no se rompió.

Nona chasqueó la lengua.

—¿En serio vas a empezar con eso ahora? El tiempo de padre se ha acabado

—Pero fue otra decisión más que no tomé yo, ni tampoco tú. Ni siquiera nos lo consultó —Las manos de Décima se crisparon sobre las agujas.

—No tiene por qué. Es su trabajo y ella decide cómo hacerlo.

—No. No estoy de acuerdo. O sea, sí, es su trabajo, pero somos un equipo y no debería olvidar eso. ¿Qué haríamos las unas sin las otras? Mírame. Sin ti no tengo nada que tejer. Sin ella estaría tejiendo un tapiz interminable. Y ella, sin nosotras, no tendría nada que cortar.

Se quedaron en silencio, como si bucearan en sus pensamientos. Javier aprovechó para mirar a un lado y a otro, y martilleó el suelo con el pie. El vagón se había ido llenando, pero una muralla invisible mantenía vacíos los asientos próximos y el pasillo. Los pasajeros más cercanos estaban de pie y parecían mimos apoyándose en una pared transparente.

—Quiero volver a lo que teníamos, a trabajar como antes. Como en Grecia, ¿te acuerdas? Por eso he cogido esto— Décima extrajo de su bolso unas tijeras y se las enseñó a su hermana con la cara de una niña traviesa que sabe que esta vez ha ido demasiado lejos. A Nona se le cayó la madeja al suelo.

Javier empezó a sentir un hormigueo en las cervicales. En un primer vistazo, las tijeras le parecieron normales. Eran de cobre o al menos, le parecieron de ese color, y de un tamaño normal para un utensilio de costura. Debían haberlas usado mucho, porque tenían los ojos gastados, pero no el filo, que parecía latir. Daba la sensación de que podrían cortar carne humana incluso a un centímetro de distancia.

Buscó una cámara oculta.

—Décima —Nona habló con lentitud. Había empezado a respirar agitadamente—, ¿qué has hecho?

—Pues lo que tenía que hacer. Lo he hecho por nosotras, Nona —dijo, y en sus manos apareció un tapiz del tamaño de un folio cortado en dos. Era blanco, igual que sus ropas y la madeja de Nona, pero tenía entremezcladas hebras de hilo negro y dorado que creaban manchas abstractas en toda su superficie—. Era una vida tan completa… Le había puesto mucho empeño en hacerla casi perfecta, ¿sabes? Claro que iba a tener algunos disgustos. Por ejemplo, aquí un coche atropelló a su perro —señaló una mancha negra de la pieza más pequeña, que solo era una cuarta parte del tapiz—. Y aquí, aunque solo era un niño, su padre lo abandonó. Pero había conseguido que tuviera tantos logros. ¡Mira! —animó a su hermana mientras acariciaba los nudos dorados. Parecía que las dos podían leer el tapiz igual que Javier leía un libro para niños. Décima siguió hablando con el tono con el que se recuerda a un amor de juventud—. ¿Ves? Es un chico tan responsable, tan trabajador. Acaba de encontrar un buen trabajo, donde ha conocido a quien iba a ser su mujer, ¿sabes? Hoy han hablado por primera vez. Iba a ser una vida llena de éxitos. Y hoy, Morta ha decidido que esta tarde se acabará. No tiene ni una hora más de vida.

Javier sintió un escalofrío. Parecía que estuvieran hablando de su vida, y ya había tenido suficiente. Intentó levantarse pero las piernas le temblaron tanto que creyó que, si se ponía en pie, acabaría en el suelo. El calor que sentía tampoco ayudaba. Ni esa sensación de que lo estaban mirando sin hacerlo directamente. Cerró los ojos y se esforzó en controlar su respiración.

—Entonces, ¿no puedes hacer nada por él? —preguntó Nona poco después de que la megafonía anunciara la siguiente parada. Se estaba despellejando el labio con los dientes.

—Absolutamente nada, ya lo sabes. Por eso te digo que me tienes que ayudar. Tenemos que impedir que Morta haga lo que le venga en gana.

—Tienes razón. Hablaré con ella, ¿vale? —Nona guardó la madeja a medio hilar en su bolso y se puso en pie. Su hermana mayor la imitó—. Pero tú deberías de devolverle las tijeras.

—Sí, supongo que sí. Pero esto no se puede volver a repetir.

—No, no se repetirá —dijo Nona, y la abrazó apretándola contra su cuerpo mientras bajaban al andén.

Cuando Javier volvió a abrir los ojos habían pasado tres estaciones más. Miró a su alrededor y se encontró rodeado de viajeros. Se rió sin temer que los demás lo tomaran por otro loco del metro. No solía tener pesadillas, y menos en un transporte público. Pero no se preocupó por eso porque había llegado a su parada.

Se bajó del tren a la vez que se sacaba la corbata. La guardó en su maletín sin reparar en el baúl que una anciana vestida de blanco y el pelo trenzado había dejado en medio del andén. Fue una pena que tropezara con ella y cayera a las vías justo cuando pasaba aquel regional.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Mitos, leyendas y otras criaturas

Mi propósito de Año nuevo: que todos leáis más en 2017

Este post es para todos los que habéis encontrado un libro debajo del árbol de Navidad y habéis pensado que era lo que necesitabais para calzar la mesa del comedor. Para los que el último recuerdo que tenéis de la lectura es de hace más de quince años, cuando el profesor de turno os obligaba a leer uno de los tochos de la biblioteca a la hora del recreo cuando os portabais mal. Para los que veis un libro y pensáis que donde esté el Candy Crush que se quite todo lo demás.

Mi único y valioso propósito de Año Nuevo es conseguir que todos leáis un poco más en 2017. Y no, no vais a encontrar un recopilatorio de frases de Paulo Coelho y compañía hablando de cómo se alimenta el alma con la lectura. Para eso ya está Facebook. Yo os voy a convencer de que vuestras excusas son eso, excusas.

Este post es también para vosotros, para los que habéis obsequiado con un libro y habéis visto que el regalado pone la misma cara de incomprensión que si le hubierais pedido que arreglara una central nuclear. Por un lado, porque os daré respuesta a los pretextos típicos de por qué la gente no lee. Por otro, si queréis regalar un libro para Reyes a alguien que no suele leer, quizá os sirva alguna de mis ideas. Y, por último, siempre podéis acompañar vuestro regalo con un link a este post.

Empecemos.

A mí es que leer me aburre

 

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Seguro que a Brad le aburren muchas cosas, pero los libros no son una de ellas

Lo entiendo, colega. En serio. Si yo solo hubiera visto películas de la Guerra Civil española protagonizadas por personajes más envarados que una bandera, también diría que qué coñazo es el cine. Sin embargo, es muy difícil darle una segunda oportunidad a la lectura. Puedes ponerte una película de fondo y acabar descubriendo que te gusta, mientras que con el libro hay que concentrarse y dedicarle tiempo.

De todas formas, los libros son como las pelis. Hay de todo, y para todos los gustos. Por ejemplo, si te gusta el fútbol, puedes leer La jugada de mi vida, las memorias de Andrés Iniesta, o Creer, de Diego Simeone. Después puedes seguir por Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza, historia sobre la que Informe Robinson de Canal+ hizo un reportaje.

Si, en cambio, lo gozaste todo con el Señor de los Anillos, tienes desde Falcó de Pérez-Reverte, que siempre queda muy bien decir que lo estás leyendo, hasta El nombre del viento de Patrick Rothfuss, pasando por un montón de libros de acción y aventuras que es un género que funciona igual de bien que el de los superhéroes en el cine. A todo esto, debo decir que El nombre del Viento es un libro entretenido, pero algo sobrevalorado.

¿Te gustan los videojuegos? Pues léete El diario perdido de Barbanegra, que te sonará si has jugado a Assassin’s Creed Black Flag. Y, por los Dioses de Kobol, tienes todos los libros de Andrzej Sapkowski en los que se han basado los videjouegos de The Witcher. Las aventuras de Geralt de Rivia son imprescindibles en cualquiera de sus formatos.

 Yo no tengo tiempo para leer

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Calma, calma, que no obligo a nadie a leer… Todavía.

Ya. ¿Y quién lo tiene? No hay tiempo para leer, ni para ir al gimnasio ni para aprender inglés. Pero, al final, lo encontramos para engancharnos a la peli de sobremesa de turno, muchas de ellas alemanas, por cierto.

Cuando pensamos en leer nos viene a la mente aquella novela de seiscientas páginas que cría polvo en una esquina, pero no todas las lecturas son así. Podemos escoger libros cortos, como La balada del café triste de Carson McCullers, que te lo lees en un par de horas y te deja el cuerpo extraño, aunque algo más sabio. También tenemos obras como El juego de Ender, de Orson Scott Card, o Momo, de Michael Ende. Los dos tomos, además, pueden leerlos los adolescentes entre botellón y botellón. Éxito garantizado, creo yo.

Pero pienso que hay vida más allá de las novelas: las novelas gráficas. Sí, sabemos que están denostadas por los repipis de la literatura, esos que consideran géneros menores a todo lo que no sea realismo mágico. Sin embargo, en las novelas gráficas se conjugan dos artes que, juntas, dan calidez al alma: el dibujo y la escritura. Tenemos, por ejemplo, la única novela gráfica ganadora del Pulitzer, Maus. Es de Art Spiegelmann y va sobre el holocausto. Si no te pone la piel de gallina es porque estás muerto.

También tenéis mangas. No todos van sobre monstruos con tentáculos, algunos son tan intensos como Death Note, de Tsugumi Obha, en la que un chaval se hace justiciero cuando encuentra una libreta con la que puede matar a maleantes con solo apuntar su nombre. O Attack on Titan, de Hajime Isayama, donde unos gigantes se dedican a aterrorizar a los humanos, que lo único que pueden hacer es intentar que no se los coman. En los dos muere tanta gente que, en comparación, Juego de tronos o The Walking Dead son un juego de niños.

Meh, con lo caros que son los libros

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No nos engañemos, a veces somos pobres solo para lo que queremos

Esta afirmación me gusta mucho. Primero, porque es cierto que hay libros que cuestan una pasta. Suelen ser ediciones de tapa dura con páginas en color y un nombre conocido en la portada. Pero no es necesario gastarse un dineral ni descargar libros gratis para poder leer.

Vivimos en un momento muy, muy dulce para el lector. Tenemos bibliotecas, ebooks y librerías con un catálogo de fondo de armario barato y bueno. Además, Amazon tiene cientos de obras de autores indie a menos de un euro, y no todas son tan malas como creéis.

Por otro lado, está el valor que le queramos dar a una obra escrita. Un libro de, no sé, ocho euros, cuesta menos que un Gin-Tonic en cualquier local de Barcelona. Y yo bebo y leo rápido, pero un libro me dura mucho más que el alcohol, la borrachera y la resaca.

Soy un alma triste y ningún libro puede calentar mi frío y muerto corazón

A vosotros, a los que pensáis en leer un libro y notáis que la idea os expulsa igual que un exorcista echa al demonio del cuerpo de un poseído, no puedo deciros nada. Un libro se lee, se siente. Y, para ello, hay que tener una predisposición especial, un acuerdo tácito entre escritor y lector en el que todo desaparece y lo único real e importante es lo que hay en las páginas del libro. Si el lector no pone de su parte, difícilmente se impresionará, aunque el autor haga piruetas y consiga que una foca cante el Aleluya de Haendel.

Pero aún hay un poco de fe para vosotros. Vamos a hacer un pacto. Algo relacionado con mi propósito secreto para 2017. Si antes he dicho que solo tenía un propósito es porque un escritor miente de una forma muy creíble cuando escribe. Y, además, es un propósito que solo nosotros sabremos.

Este año seguiré escribiendo mi novela de fantasía, y acabaré la de ciencia ficción. Un tomo corto, interesante, intrépido. Cuando lo publique os pediré que lo leáis, ¿de acuerdo?

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Mi novela derretirá vuestro corazón, oh yeah.

En eso de aprender inglés e ir al gimnasio ya he tirado la toalla, así que en 2017 me toca ser realista: voy a conseguir que todos leáis un poco más, y publicar mi primer libro. ¿Me acompañáis?

Carla

@Bronte__

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Imagen de Lazie Slezak

Hacia el primer contacto

Ares se puso de rodillas sobre el pupitre y esperó. Estaba en el aula de música, en el cuarto piso del instituto al que había empezado a ir ese año. Era rectangular, con las mesas colocadas en círculo para proteger una pila de guitarras, triángulos y flautas. Las ventanas de las paredes largas que daban al pasillo estaban a más de un metro del suelo y no ofrecían nada interesante. En cambio, desde los ventanales que daban al exterior se veía la animación de la calle. El edificio se había construido de espaldas a la ladera de una montaña, así que, mientras la calle de la entrada daba al patio y a la planta baja, para ver la calle de atrás había que ir las aulas del último piso.

Por eso había escogido esa clase, para ver a Jorge cuando pasara por la calle trasera. Como habían acordado, este iba a ser su primer contacto físico.

Su historia de amor no era extraña. Al menos, no en ese tiempo. También tres de sus amigas habían conocido a sus novios por Internet. Claro que, en su caso, había sido por casualidad y no mediante aplicaciones de ligar. Ella solo estaba buscando a alguien que revendiera entradas para el concierto que iban a dar los One Direction en Madrid. Así que entró en un foro de fans del grupo, se creó un perfil, Ares14, y dejó un mensaje.

Jorge contestó a la media hora. Le dijo que no tenía entradas pero que One Direction era su grupo favorito. Fue una alegría para Ares, para quien cualquier excusa era buena para hablar de ellos. Le preguntó por sus canciones favoritas, le explicó cuáles eran las suyas y por qué, y le dijo que le satisfacía muchísimo encontrar a un chico al que no le daba vergüenza escucharlos. Jorge no tardó en contestarle otra vez. Ella tampoco. El primer día, después de cruzarse más de quince mensajes, se dieron el móvil. Hablaron por WhatsApp durante muchos días hasta bien entrada la madrugada.

Tres semanas más tarde, Ares averiguó que Jorge era mayor. Bastante más que ella. Casi, casi, como su padre.

Ares estaba hecha un lío. Se preguntaba por qué un hombre se había fijado en ella. Aunque Jorge se reía siempre que ella hacía una broma, era consciente de que no era ni la más simpática ni la más graciosa del instituto. Apenas tenía un puñado de amigas que mantenía desde primaria. Tampoco tenía el cuerpo que le gustaría, ni se consideraba guapa porque nunca había tenido novio. Hasta Jorge.

Él le decía que la encontraba interesante, y preciosa. Y a ella le gustaba. Eso, y sentirse deseada, porque él se lo había hecho saber. Jorge le había enviado fotos de su cuerpo, y ella había respondido de igual forma. Aunque no pensaba mucho en eso porque le daba vergüenza. Sentía que no estaba bien, que no debía enviarle fotos casi desnuda ni pensar en practicar sexo con un hombre que podría ser su padre. Pero no podía evitarlo.

Después se enteró de que estaba casado, aunque Jorge le decía que se iba a separar. Que llevaba tiempo queriendo hacerlo, pero que no lo había hecho por sus hijos. Tenía tres, los gemelos, de cuatro años, y la niña, de uno. Decía que le daba pena, pero que ahora que la había conocido, quería ser soltero de nuevo para poder estar juntos. Y eso pasaría cuando por fin se vieran.

Ares sentía que la vida de Jorge estaba en sus manos. Que era injusto tenerlo esperando hasta que ella se decidiera. Pero seguía sin tenerlo claro.

Así que, un domingo en que su padre se fue al cine con su hermano, Ares le preparó un café a su madre y se sentaron juntas en el patio trasero de su casa adosada. Era una tarde calurosa de octubre y, como no soplaba nada de viento, las hojas caían al suelo en vertical, casi sin vaivén.

Se sentaron en la mesa de madera de teca con sillas a juego y Ares le explicó que había conocido a un chico mayor por Internet. Le dijo que le gustaba mucho y que quería verlo, pero que le daba cosa. No habló de su edad exacta, y su madre tampoco se la preguntó. “Mejor así”, pensó.

Su madre solo le pidió que usara la cabeza, que le diera el móvil de Jorge por si acaso y que fuera acompañada cuando fuera a conocerlo

Ese mismo día, como si Jorge hubiera leído la mente de Ares, la llamó y volvió a insistir en verse. Ares le dijo que sí y él se quedó en silencio. Durante unos segundos solo se oyó un leve jadeo. Por fin Jorge contestó con tal explosión de alegría que Ares se emocionó.

Quedaron en una esquina, junto al colegio, después de las extraescolares. Ares iría sola, pero estaría todo lleno de sus compañeros. Quedó en que esperaría en la sala de música hasta que lo viera pasar, y entonces bajaría corriendo. Así no tendría que aguardar sola en la calle.

Lo reconoció por la gorra de beisbol azul, la misma con la que aparecía en todas las fotos en las que enseñaba la cara. Iba con paso lento y seguro, pero apretaba y relajaba los puños sin cesar.

Ares sintió náuseas. Le pareció mayor de lo que le había dicho, incluso más que su padre. Le empezaron a sudar las manos y le entraron ganas de llorar. No había tenido una buena idea.

Pero ya era demasiado tarde. Se verían, él intentaría besarla en la boca y ella se movería con rapidez para zafarse y darle dos besos. Irían a un bar y, ahí, Ares le diría que sería mejor dejarlo.

Salió del colegio con un nudo en el estómago. Se paró en la esquina, cambiando el peso de un pie al otro. Él la reconoció, levantó la mano y la saludó. Ella, aunque sintió ganas de echar a correr, hizo lo mismo.

Estaba a punto de llegar a él cuando notó un tirón en el brazo que la obligó a darse la vuelta. Era su madre, colorada y con los ojos hinchados. Cuando se quedaron cara a cara, las dos se echaron a llorar y Ares se apretó contra ella como a un salvavidas en medio del océano.

Cuando se giró hacia Jorge, dos hombres lo estaban metiendo en un furgón policial.

Carla

@Bronte__

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Imagen de

 

Mis protagonistas y Terry Pratchett

Cuando era pequeña, solía asaltar la biblioteca de mi hermano mayor. Él tiene trece años más que yo pero, de los cuatro vástagos Campos, era al único al que le gustaba leer tanto o más que a mí. Por eso, cuando se acababan mis libros, iba a su cuarto y le preguntaba cuál me podía dejar. Imagino que no le debió resultar fácil encontrar lecturas adecuadas para una cría. Aún así, siempre lo conseguía.

Un día, me dio un libro que se llama Ritos Iguales. Y ahí empezó todo.

Álex, creo que no eres consciente de lo que hiciste por mí ese día, así que aprovecho para agradecértelo y explicártelo con este post. Y, a todos los demás, también.

El libro que lo empezó todo

Ritos iguales es la tercera novela de la Saga Mundodisco de Terry Pratchett. El título original, Equal Rites, suena como “Equal Rights”, es decir, igualdad de derechos.

Creo que, con esto, ya se ve por dónde por dónde va la cosa. Pero os voy a hacer una pequeña sinopsis del libro para entendáis la intencionalidad del título.

Imaginaos a un mago que se está muriendo. Su instinto le dice que, no muy lejos, ha nacido un octavo hijo de un octavo hijo. Un posible sucesor. Camina por el bosque hasta que da con él y le da su cayado segundos antes de morir. No se da cuenta de que el bebé es una niña hasta que es un espíritu. Y, ups, existen magos, pero no magas.

Afortunadamente, esa criatura tiene a su lado a Yaya Ceravieja, una bruja que la instruye como tal. Sin embargo, la vieja pronto es consciente de que la magia de la niña es diferente a la suya, por lo que decide llevarla a la Universidad Invisible, donde estudian los hombres para ser magos.

Soy consciente de que muchos piensan que una historia de brujos y magos es infantil. Y sí, puede serlo. Pero si dejamos a un lado el esnobismo típico de la crítica literaria y nos enfrentamos al libro, nos encontramos con una novela satírica y profunda que utiliza elementos fantásticos para explicar el mundo.

Al acabar esta historia, decidí que Terry Pratchett sería mi autor favorito. Hoy sigue siéndolo, y lo será hasta que me muera. Pronto sabréis por qué.

Las historias de mi infancia

Dejemos en el arcón de nuestra memoria a esa Carla preadolescente con Ritos iguales en las manos y demos un salto al pasado. Vamos a buscar a la Carla de cinco, seis, siete años.

A mini Carla le gustaba ver en bucle películas de Disney, como Merlín o Robin Hood. Para quien no las haya visto, son dos clásicos de dibujos animados. En la primera, un jovencísimo Arturo arranca la espada de la roca y Merlín le ayuda a convertirse en Rey. En la segunda, un zorro, Robin Hood, roba el oro del Rey para dárselo a sus amigos, los pobres.

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Eran las películas favoritas de mini Carla. Quería ser como ellos eran: valientes, luchadores, ¡magos! Y, a veces, se preguntaba por qué no había niñas que pudieran sacar espadas de piedras y robar a reyes. Así que se desquitaba jugando a Pressing Catch con otro de sus hermanos, pero ese es otro tema.

Y ahora, volvamos a mis doce años

Hasta ese momento, las mujeres activas eran la excepción en mi pequeño y limitado mundo. Puedo recordar a Pipi Langstrum, La Bruja novata y Mery Poppins. Nada más. Aún así, no sé por qué, eran figuras que no me dejaron una huella tan profunda para querer ser como ellas. A mí me gustaban Goku, un niño extraterrestre, con cola de mono, que tenía muchísima fuerza y podía ganar cualquier pelea, y el Príncipe Ali, de Aladdin. Eran personajes divertidos, con una personalidad arrolladora y que salvaban a todo el mundo. ¿Por qué iba a fijarme en niñas que cantaban a los pajaritos cuando podía ser como ellos?

Y de repente, ¡boom! En mis manos tenía la historia de una niña de mi edad, que hasta se parecía a mí en lo físico. Y que hacía magia. Y era tan poderosa y lista que el destino de su mundo dependía de ella. Y que tenía a otra mujer, también muy inteligente y fuerte, como guía.

Mi sueño hecho realidad, joder.

Merece la pena leer a Terry Pratchett desde muy jóvenes

Con esa primera lectura, me interesé en el señor que era capaz de crear una historia tan profunda alrededor de una niña como yo. Por eso, cada vez que Plaza y Janés publicaba un libro de la Saga del Mundodisco, corría a la librería con mi semanada para comprarlo. Después, con mi sueldo. Y ahora tengo la colección entera en papel y en ebook para releerla cada vez que me apetece, que es siempre.

Porque Pratchett es un escritor con la capacidad de hacerte pensar y reír a la vez.

Con sus páginas, he meditado sobre la muerte, la guerra, la democracia, la igualdad entre hombres y mujeres, el racismo, y un sinfín de temas más. Y todo, gracias a una prosa ágil y única, que me encantó con doce años pero que entendí siendo ya adulta.

La representación importa

Es muy triste pensar que, a mis doce años, era la primera vez que me sentía identificada con un personaje de una historia. ¡Y qué historia! Mi hermano, seguramente sin quererlo, me había dado a conocer un mundo nuevo: un mundo en el que las niñas podían decidir qué querían ser, tenían el derecho de luchar por hacerse un hueco en un mundo que no las quería y demostrar lo importante que era, para todos, que estuvieran ahí. Imagino que él pensaría que ese libro me gustaría porque estaba protagonizado por una cría. Y es cierto. Pero fue mucho más que eso. Fue el primer contacto que tuve con el feminismo, aunque yo no lo supiera. Con doce años, lo único que sabía era que yo podría llegar a ser como Eskarina. Si ella había luchado por ser maga y salvar el mundo, ¿qué cosas maravillosas podría hacer yo?

No me podéis decir que no es un ejemplo molón.

Por eso, prácticamente todos mis personajes protagonistas son femeninos. Para que las niñas vean que las mujeres también podemos salvar el mundo, y que, igual que los hombres, lo hacemos cada día. Como Eskarina.

Solo me queda dar las gracias a mi hermano, y decirle al Maestro que espero poder hacer por alguna niña lo mismo que él hizo por mí.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Josh Kirby en Wikipedia

El lienzo de Claudia

Claudia sintió cómo le temblaban las rodillas y trastabilló, pero logró sujetarse al mueble del lavabo. Era un baño anexo a su dormitorio, tan pequeño que podría ducharse y, a la vez, escupir la pasta de dientes en la pila. Con los ojos cerrados, se sentó donde sabía que estaba la taza. No podía controlar la agitación de su cuerpo. Tomó aire antes de volver a levantarse y a enfrentarse con el espejo medio empañado.

Su cara. Su cara no estaba. Su boca era una línea que se abría y se cerraba. La nariz se intuía por los dos agujeros en medio del óvalo de piel, tan solos e inquietantes como los puntitos negros que habían sido sus ojos. Quiso gritar, pero tenía miedo a que también le hubiera desaparecido la voz.

Se dejó caer sobre el suelo del baño y apoyó la espalda contra la puerta. Intentó recordar cuándo había tenido cara por última vez. Suponía que la noche anterior, pero no le sonaba habérsela visto. Había llegado demasiado decepcionada y dolida a casa después de discutir con Sophie, su mejor amiga. Ni siquiera cenó antes de quitarse la ropa, poner en hora los despertadores y meterse en la cama.

Fue la segunda alarma la que le recordó que, con o sin cara, era hora de vestirse. Tuvo la tentación de apagarla y volver a meterse en la cama, pero nunca había huido de sus problemas. Mientras pensaba en qué podía hacer, se dio una ducha rápida, porque no quería sumar la peste a su cara ausente. Por inercia, sacó su neceser de maquillaje y, al darse cuenta de lo que hacía, se echó a reír. Pero eso le dio una idea.

Rebuscó en el armario de los trastos, un espacio que habría enorgullecido a Diógenes, y sacó el maletín con los tubos, la paleta y los pinceles de pintura sobre lienzo.

Usó de modelo una foto del móvil y empezó a trabajar en su cara. Como tenía buen color, no era necesario que se empleara en el fondo. Aprovechó para engordar un poco los labios, hacer su nariz más fina y dibujar pestañas espesas. Pero, al mirarse, sintió que faltaba algo. Tenía una expresión demasiado anodina, demasiado débil para la reunión de proveedores. De ella dependía el presupuesto anual. Y era la primera vez que su jefe le encargaba que la liderara, así que Claudia le había prometido que sería una negociadora tenaz como el hierro. Meditó unos instantes. Volvió a coger los pinceles para hacerse unos ojos que parecieran no confiar ni en su madre, y unas cejas gruesas que le dieran aspecto de enfadada. La boca dura, de la que no se pudieran esperar palabras amables.

Metió el disolvente, las pinturas y los pinceles dentro de su maletín y salió de casa.

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Julien, su jefe, la felicitó al acabar la reunión. Después, se la quedó mirando unos instantes y le preguntó si se encontraba bien.

Estaban en la sala de reuniones, un espacio rectangular con una mesa ovalada en la que cabían veinte personas. Claudia hizo crujir sus dedos entrelazándolos, aún nerviosa y emocionada. Se sentía pletórica. Su exterior había contagiado a su interior, y durante el encuentro se había mostrado firme y no cedió ni un centímetro, para sorpresa de todos.

Intentó sonreír con su boca repintada y notó que su jefe se controlaba para dominar la cara de disgusto. Sin embargo, Julien no pudo evitar echarse hacia atrás en el asiento, como si huyera de ella. Claudia pensó que quizá su expresión era demasiado agresiva para estar con sus compañeros de oficina. Se levantó, a la vez que se disculpaba, y se encerró en el baño.

Sacó el disolvente y se pintó una cara más amable. Se dibujó una sonrisa profesional y unos ojos serios que inspiraran confianza. Se pobló un poco más las pestañas, y salió con la intención de encantarlos.

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Poco después de las tres y media apareció su compañero con un par de cafés. Compartían teléfono y chascarrillos en un despacho con dos escritorios enfrentados en el centro, estanterías desde el suelo hasta el techo y paredes de cristal. Claudia, que simulaba concentración ante su ordenador, lo miró por el rabillo del ojo. Estaba junto a su silla, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada, de niño a punto de hacer una travesura.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia.

—No sé. Dímelo tú. Hoy tienes una mirada diferente.

Claudia sintió temblar de nuevo las rodillas. Las cruzó bajo la mesa.

—No sé qué quieres decir.

—Venga, no te cortes. Ayer saliste con Ron, ¿no? ¿Y? ¿Pasó ya…?

—Al final no nos vimos —cortó ella —. Anda, siéntate, que se me enfría el café.

Se había olvidado de Ron por completo. Se suponía que el día anterior tendrían que haber ido a cenar pero, un par de horas antes de su cita, Ron le había enviado un mensaje. Le decía que no podía quedar y que si lo cambiaban para el día siguiente. El plan iba a seguir en pie: la recogería en el trabajo para ir a un japonés que estaba de moda y, si después seguían con ganas, irían a tomar un copa. Claudia se masajeó el entrecejo mientras pensaba en su mala suerte. Primero, su novio la había dejado medio plantada. Después, había aprovechado el plantón para quedar con Sophie, que había acabado diciéndole que, desde que estaba tan ocupada, no sabía comportarse como una buena amiga. Y por último, había perdido su cara.

Pero aún podía darle la vuelta. Al fin y al cabo, la reunión había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Durante el resto de la tarde estuvo pensando en la cara que se pintaría. Pensó en los gustos de Ron. Sabía que él prefería mujeres fuertes y decididas, pero a la vez sensibles y con vocación de amar. Así que, antes de que dieran las seis, se metió en el baño, disolvente en mano, con la intención de encontrar una cara que hiciera que la relación funcionara. Se arreboló las mejillas y, con mucho blanco y plata, consiguió que su mirada brillara. Se alargó las pestañas, que nunca estaba de más, y se dibujó una boca que pedía tantos mordiscos como una manzana embrujada.

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En el restaurante, Claudia notaba cómo sus labios embelesaban a los hombres y el recelo de las mujeres cuando la miraban a los ojos. Pero Ron estaba centrado en disolver el wasabi en la soja. Se alegró de llevar pintada la cara para que su chico no notara su desconcierto. Y fue aún mejor cuando por fin retiraron los platillos y Ron no pudo seguir removiendo la salsa. Claudia pensó que debía estar nervioso.

—¿Te apetece un mochi? —preguntó Claudia. La forma esférica y el tacto gomoso del postre le recordaban a un pecho, y pensó que igual a Ron también. Y una cosa podía llevar a la otra.

—No, gracias.

—Bueno, dicen que todos los postres están buenísimos. Te prometo que solo te cogeré un poquito de lo que pidas.

Ron observaba la carta, pero cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no la estaba leyendo. Claudia pensó que estudiaba el menú a conciencia. Él la miró a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Tengo que decirte algo.

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Claudia bajó del taxi y, ante la puerta de sus padres, se borró la cara. Le daba vergüenza que su madre la viera. Se sentó en el suelo, a los pies de los tres escalones que subían al porche de la casa de estilo victoriano, apoyó el móvil en el bolso para usarlo como linterna y preparó todo el material.

Y ahí estuvo, con el pincel en la mano, inmóvil, durante unos minutos. No sabía qué dibujar. No le servía la cara agresiva de la reunión, ni la profesional del trabajo. Y mucho menos la que pretendía ser sexy y que tan poco resultado había dado. Solo quería una cara, su cara. La que su madre reconociera.

Pero no sabía cuál era.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Lia Leslie Photography

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Estatua blanca mármol

La casa de los dulces

Unos porrazos atronadores despertaron a Liese. Quienquiera que estuviera llamando a esas horas de la madrugada había dotado a su puño de mucha fuerza, suficiente como para que los golpes retumbaran en el tórax de la alquimista. Tenían una mezcla de potencia, urgencia y desesperación que hizo que Liese saliera al porche sin ni siquiera echarse una toquilla sobre los hombros.

—¿Qué pas…? —Empezó, pero se calló al ver la cara de Herrero— ¿Es Obara?

Herrero fue incapaz de decir ni una palabra. Asintió y se mordió los labios.

Liese volvió a su dormitorio, se calzó pisando con furia dentro de sus botas, cogió un tarro lleno de galletas y la metió en la bolsa con todo su instrumental.

El parto de su aprendiza se había adelantado casi dos meses. No era buena señal.

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La primera vez que Liese vio a Obara aún era una niña. La había pillado espiándola desde el otro lado de la ventana, parapetada tras una rama llena de flores que había cortado de su jardín. Por el gesto de su cara, Liese supo que la criatura se consideraba una maestra del disfraz, así que la dejó observar, aún sabiendo que las flores pronto acabarían regándola con su polen urticante. La alquimista esperó hasta que vio que los ojos de la niña estaban rojos como fresones, y salió por la puerta de atrás.

—Pronto necesitarás un colirio —le dijo a su espalda. Obara pegó un salto y se le cayó la rama de las manitas -. Anda, entra a casa.

—No puedo. Mis padres no me dejan.

—Ah, ¿no? ¿Y te dejan espiarme?

Los redondos mofletes de Obara se encendieron, más aún que las mucosas de sus ojos, y agachó la cabeza.

—No —susurró.

—Pues si ya te has saltado una prohibición, no veo por qué no puedes hacerlo con otra —Liese acarició el cabello de la niña, despeinándola un poco—. Venga, entra. Que como tus padres te vean con esa cara te va a caer una buena.

Incluso con los ojos vidriosos e hinchados, Obara no podía controlar su curiosidad. Su cabeza se movía con la rapidez de un látigo, temerosa de perderse algo. Más tarde, Liese supo que la niña creía que nunca más tendría la oportunidad de entrar en su cabaña, por lo que intentó empaparse de todo para contárselo a sus amigos.

La alquimista cogió un colirio de entre decenas de frascos que tenía sobre la alacena de la cocina y sentó a Obara en una de las sillas del comedor.

—Así que querías saber lo que estaba haciendo, ¿eh? —preguntó Liese con voz dulce mientras le aplicaba ungüento en los ojos—. ¿Crees que estaba preparando algún conjuro?

La niña se miró los pies como si en ellos estuviera toda la sabiduría del mundo.

—Quizá te decepcione un poco saber que yo no hago esas cosas. Preparo pócimas, pero no tienen magia. No me gusta jugar con ella.

—Entonces, ¿existe?

—Claro. Y, aunque tiene un precio, la humanidad la ha utilizado siempre. Y no solo las mujeres que viven solas en el bosque, por si te lo estás preguntando.

La niña volvió a ponerse colorada. Las dos sabían las historias que se contaban sobre Liese, pero la mujer no les daba tanta importancia como la niña.

—Para el no iniciado puede parecer que lo que hago es magia —Cogió de la encimera de la cocina un plato que siempre estaba lleno de galletas de mantequilla y le ofreció una a la niña—. ¿Te gustaría verlo?

Obara levantó la vista con una sonrisa tan grande que corría el riesgo de que su cráneo se desprendiera. Sin embargo, lo que más le gustó a Liese fue el brillo en los ojos que llevaba mucho tiempo buscando.

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De camino al pueblo, Herrero fue explicándole a Liese el estado de su antigua aprendiz. No era nada halagüeño y, aún así, lo que se encontró era peor.

Liese se arrodilló junto a Obara, que estaba entre acuclillada y derrumbada al lado de la cama, y acarició su cara con la ternura de una madre.

—¿Por qué no me has mandado llamar antes? —preguntó. No había ningún tono de reproche en su voz, solo curiosidad.

—Es que no… No quería preocuparte.

Obara jadeaba incluso cuando no tenía ninguna contracción. Su cara estaba demasiado roja, síntoma inequívoco de fiebre.

—Esto no me gusta, Liese.

—A mí tampoco, cariño. Vamos a ver qué puedo hacer —se arremangó la camisa y guiñó un ojo—. Sabes que puedes contar conmigo.

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La última vez que Liese le había dicho algo así a Obara había sido un año antes, cuando empezó a notar que su aprendiz estaba algo extraña. Al principio solo eran pequeños silencios nada propios de Obara. Después, contestaciones de malos modos. Por último, llantos descontrolados escondidos detrás de cualquier puerta. Liese no pudo más y, con preocupación genuina, la acorraló una tarde en la que ambas preparaban una medicación para el cabrero y su pie dolorido.

—Hasta ahora no había hecho falta que te preguntara qué te pasaba, así que no lo voy a hacer ahora. Solo te voy a decir que, si te puedo ayudar, espero que cuentes conmigo. Para lo que sea, ya lo sabes.

Obara la miró a los ojos unos instantes antes de echarse a sus brazos y romper a llorar. Liese le palmeó en la espalda y le besó la cabeza, igual que había hecho los últimos catorce años cada vez que la niña, ya mujer, había tenido algún problema.

Le dijo que llevaba un par de años intentando quedarse embarazada. Que primero habían dejado que la naturaleza siguiera su curso, y después de unos cuantos meses, intentó ayudarla con plantas, infusiones y otros ungüentos. Pero nada había funcionado, y no sabía si era cosa de él o de ella. Liese sabía que ella nunca había tenido ningún problema: de hecho, la primera vez que Obara había tenido la menstruación estaban juntas en la casita del bosque. A Liese le sorprendió que su madre nunca le hubiera contado nada, que ni siquiera le hubiera advertido de lo que iba a pasarle. Tuvo que explicarle absolutamente todo lo que sabía.

—¿Me dejas mirarte? —preguntó Liese. Obara asintió.

La última vez que Liese había hecho revisiones ginecológicas había sido mientras estudiaba con su maestro. Para él, un hombre de algún país de la cuenca del Mediterráneo, de piel aceitunada y barba larga y llena de canas, había sido toda una sorpresa que una muchacha se interesara por su ciencia. Solía ser territorio vetado para ellas. Pero también estaba mal visto, por aquellas latitudes, que un hombre mirara en los bajos de una mujer, por lo que él se ponía de espaldas mientras guiaba a Liese en lo que tenía que hacer. Había sido un tiempo muy feliz, y Liese había querido abrirle el mundo a Obara de la misma manera que su maestro había hecho con ella.

—Parece que está todo bien, cariño. Pero puede ser algo que a simple vista no se vea. O que Herrero tenga algún problema.

Las dos se quedaron calladas unos instantes, Obara asimilando lo que acababa de oír, cosa que ya había sospechado pero no quería creer, y Liese pensando en alguna posible solución.

Aunque Liese nunca quiso tener hijos, después de casi haber criado a Obara entendía que ella sí que lo deseara. Además, había visto cómo trataba a las parturientas que atendía y la manera anhelante que miraba a los recién nacidos, especialmente después de unirse a Herrero. No era un capricho pasajero, y a Liese le dolía que no pudiera cumplir ese sueño. Así que se levantó en busca de un libro que nunca le había enseñado a su aprendiz.

—Hace muchos años me preguntaste si la magia existía. Te he transmitido muchísimos conocimientos, tantos como para que no quieras practicarla, pero de vez en cuando necesitamos una ayudita.

Colocó el libro en las manos de Obara y lo abrió lentamente. Con cada página se desprendía un poco de polvo y olor a humedad. Se paró en una que contenía un dibujo de una estrella invertida de cinco puntas.

—Aquí encontrarás cosas que te ayudarán. Pero hay que mirarlo bien porque debemos analizar todas las consecuencias. Por eso, solo te voy a pedir que, antes de hacer algún hechizo, hables conmigo. ¿De acuerdo?

Pero eso nunca ocurrió. Unos meses después, Liese la encontró vomitando, apoyada con una mano contra la pared y sujetándose el pelo con la otra. La maestra se sintió tan decepcionada que, simplemente, le dejó un plato con galletas y bombones sobre la mesa y se encerró en su cuarto.

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—Viene de culo. Necesito darle la vuelta.

—Me siento una vaca—contestó Obara, intentando sonreír. Dar la vuelta a un ternero en el vientre de su madre era algo que habían hecho en multitud de ocasiones.

—Pues ya sabes cómo se portan ellas. Pero a ti te va a doler más —Se giró a Herrero e hizo una señal hacia su bolsa, para que se la trajera. Cogió un pequeño vial y lo acercó a los labios de la parturienta—. Bébelo sin miedo. No os va a hacer daño a ninguno de los dos.

Cuando creyó que el brebaje ya había hecho efecto, Liese se puso manos a la obra. Al meter la mano casi hasta el codo se dio cuenta de que casi no había espacio, y sospechó lo peor. Pero, aún así, fue capaz de girar a la criatura.

Entre Herrero y ella, pusieron a Obara en cuclillas y la sujetaron uno a cada lado para que pudiera dedicarse únicamente a apretar.

Una hora más tarde, Obara seguía sangrando. Primero nació Hansel, el niño, y después Gretel, la niña. Herrero había dejado que su mujer les pusiera los nombres de sus padres.

De los labios de Obara apenas salía un hilillo de voz.

—Estudiarán contigo, Liese. Cuando tengan la edad suficiente, irán a la casita del bosque y tú les enseñarás entre galleta y galleta, como a mi.

—Ellos han de quererlo, cariño. Ya lo sabes.

—Convéncelos.

—No hace falta. Ya los convencerás tú —Liese se mordió la mejilla por dentro para contener las lágrimas que amenazaban con escapar de un momento a otro y respiró hondo antes de ponerse en pie—. Déjame que vaya a lavar a los pequeños. Ahora te los devuelvo.

Obara sonrió, a modo de afirmación, y cerró los ojos mientras Herrero le apretaba fuertemente la mano. Liese cogió a los niños, que ya habían mamado suficiente, y los colocó sobre unas mantas junto al hogar. Con manos temblorosas desenvolvió a Hansel y lo giró, buscando algo que le había parecido ver en el momento del parto.

Una estrella invertida de cinco puntas bailaba al final de su espalda.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Casa de pan de Gengibre

El punto de vista del personaje Vs. el punto de vista del autor

Hace unos días, recibí un whatsapp de mi amigo David (¡Hola, David!). Me preguntaba si el personaje de uno de los relatos que tengo colgados en este blog, Muralla de piel, era gay. Su duda me causó bastante impresión. Al escribir la historia no me había planteado cuál era la sexualidad de Yago. Sí que había pensado en él como un chico moderno, sensible, algo crédulo y, seguramente, desesperado —¿quién, si no, consultaría a una médium?—, pero no se me había ocurrido nada sobre con quién preferiría compartir su cama. No lo consideraba importante para la trama de una historia tan corta. Así pues, ¿qué había hecho yo, sin enterarme, para que David llegara a esa conclusión?

La novia llegando al altar

Cuando leí la respuesta me dio por reír. ¡Cómo no me había dado cuenta de algo tan evidente! Me había pasado igual que cuando te enseñan una foto trampa en la que se ve a una pareja acurrucándose ante una puesta de sol y la belleza del ocaso me impide ver que uno de ellos tiene tres brazos. Al centrarme tanto en recrear la atmósfera, había dejado de lado algo tan básico como la experiencia vital del personaje, y había puesto en el texto un símil que correspondía a mi manera de ver la vida, no a la de él.

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¡Anda! ¡Ese chico tiene un pegote entre los dientes! Y así es como no ves que a esa foto le sobra un brazo. Fuente: Colgate

Fallé (sí, los escritores también fallamos. ¡Larga vida a los correctores!) cuando hice que Yago describiera, a través de sensaciones, el espacio. Escribí que, si subía por las escaleras hasta el piso donde se encontraba la bruja, “se sentiría como una novia llegando al altar”. Mi amigo me dijo que no se creía que un tío se imaginara como una novia, un icono tan femenino, sino como Rocky entrenándose o un semidiós subiendo al Olimpo, y que pensó que igual era una manera sutil de explicar que era homosexual.

Un inciso: El lector activo

Durante algúniempo se ha creído que la audiencia era pasiva. El emisor, ya sea en televisión, en un periódico o en un libro, enviaba un mensaje y el receptor lo asimilaba tal cual, igual que un pavo degluta su comida, sin ningún tipo de pensamiento crítico. Con el tiempo, esa teoría ha ido cambiando hasta darle un papel decisivo a la audiencia, a la que trata de activa y supone que, cuando recibe un mensaje, utiliza todos los recursos que tiene a su disposición para descifrarlo.

Si aplicamos esta teoría del acto de comunicación a la lectura, esto quiere decir dos cosas. Primero, que la cultura y las experiencias del lector serán las encargadas de poner el aliño que necesita para descifrar un relato o una novela. Segundo, que el mensaje que llegue al lector no tiene por qué ser igual a lo que el autor pretende transmitir.

Qué jodido, ¿eh?

El ejemplo de David es fantástico para visualizar la importancia del contexto en el descifrado de un texto. Cuando escribí esa frase, quería transmitir la sensación de un paseo majestuoso por las escaleras. En mi imaginario, influenciado por la cultura en la que me ha tocado vivir, uno de los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza es el de una reina recién coronada subiendo a un trono, o una novia, tal como puse en mi relato. Pero mi amigo, y posiblemente cualquier hombre, tiene decenas de ejemplos majestuosos subiendo escaleras, muchos de ellos dados por la cultura popular, como la imagen de Rocky que apuntaba mi amigo. Porque la experiencia, tanto propia como prestada a través de la historia, libros o películas, nos muestra a muchos hombres haciendo cosas majestuosas con las que identificarse. ¿Por qué, entonces, iba un hombre a hacerlo con una novia subiendo al altar?

No solo eso, sino que una mujer a punto de casarse es una estampa extremadamente femenina, y en una cultura donde se han polarizado los iconos de género durante años, un hombre heterosexual difícilmente se identificará con una novia.

No quiero entrar en lo importante que es que existan personajes femeninos molones en la cultura popular, porque creo que Gothic Paranoid ya lo explica en su blog estupendamente. Sin embargo, es necesario apuntar que, su falta, hace que las mujeres nos hayamos acostumbrado a identificarnos con personajes del otro sexo mientras que los hombres no. Por tanto, cuando eso pasa, es lógico que les resulte extraño.

Por supuesto, David ha llegado a esta justificación porque, al no haber dado más datos, se llega a la conclusión de que mi personaje vive en la Barcelona actual. No habría sido así si, por ejemplo, el relato estuviera situado en una sociedad matriarcal o le hubiera dado un trasfondo al personaje que explicara por qué se imagina a una novia subiendo por las escaleras.

¿Y eso, en qué nos afecta como escritores?

Ponemos mucho esfuerzo en la verosimilitud y definición de nuestros personajes como para que llegue un pensamiento desubicado que lo tire todo por la borda. Si olvidamos del punto de vista que estamos tratando, puede que el lector saque conclusiones que no esperamos o, incluso, que se haga una idea de los actores de nuestra historia que haga la trama poco veraz. Imaginaos que nuestro personaje es Clint Eastwood y, al ver a un gatito, le entran ganas de restregar la cara por su pelaje y lanzarle besitos en la barriga. Igual ese pensamiento lo tenemos las locas de los gatos, pero no me imagino a este señor, cigarro en boca, achuchando a un minino. Más bien lo visualizo disparándole entre los ojos si al dulce animalito le da por acercarse a su güisqui on the rocks. Pero, en medio del fragor descriptivo y metafórico en el que entramos a veces, podemos perder la brújula. Y así, amigos, es como extraviamos la esencia de nuestro protagonista.

Creo que ha quedado claro que hay que fijarse mucho en los detalles cuando se ponen imágenes y metáforas en boca y mente de nuestros personajes. En ese sentido, es posible que nos cueste menos definir protagonistas de nuestro mismo sexo, pero no por eso debemos tenerle miedo al ejercicio de ponerse en la piel de otros. Claro que, para hacerlo, necesitamos entender la cultura en la que han nacido los actores de nuestras historias y la de nuestros lectores, y así buscar que sus pensamientos e imágenes mentales concuerden.

¿Difícil? Claro. ¿Divertido? Muchísimo.

Carla

@Bronte__

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Imágenes de cabecera de Jill111