Cinco cosas que sé gracias al NaNoWriMo

Un mes escribiendo sin parar. Un mes para conseguir plasmar una historia que no cuente, sino que muestre; que entretenga y, a la vez, que emocione hasta la lágrima o hasta la carcajada. Y todo con palabras. Cincuenta mil palabras, exactamente. Esperad, que lo pongo en números, que es más impresionante. 50.000.

50.000 palabras.

A principios de noviembre os hablé del NaNoWriMo, ese reto internacional que nació en Estados Unidos y que propone a los escritores noveles que se demuestren a sí mismos que son capaces de escribir el borrador de su novela en un mes.

Os confieso una cosa: no terminé el borrador de Dioses impíos, mi primera novela. Resulta que cincuenta mil palabras no fueron suficientes, cosa que ya suponía. Sin embargo, completé el reto y, al hacerlo, sentí un subidón emocional porque había conseguido algo de lo que no sabía si era capaz.

Nunca me importó equivocarme pero, ante algo así, me encantó haberlo hecho. Porque participar en el NaNoWriMo (NaNo a partir de ahora, por acortar) me enseñó muchísimas cosas, sobre mí y sobre la gente que me rodea.

Este es mi resumen.

NaNoWriMo Winner 2017  Dioses impíos Carla Campos

Puedo escribir prácticamente cada día

Ser una mujer independiente, con inquietudes y que no vive de rentas hace muy complicado esto de escribir. Sería muy guay tener una entrada de dinero mientras estoy en casa delante de la pantalla en blanco, lo reconozco. ¿Os imagináis? Me pasaría ocho horas escribiendo o, quizá, seis escribiendo y dos documentándome.

Sin embargo, para bien o para mal trabajo en algo que me gusta y, además, lo necesito, así que no tengo tantísimo tiempo. O eso creía.

Pensaba que no sería capaz de encontrar más tiempo para escribir que las tres horitas semanales que le dedicaba antes del NaNo.

Y era mentira. Solo hubo un día durante el mes de Noviembre en el que no pude escribir: el que pasé en Pompeya inspirándome para mi novela. Solo uno y, bueno, no se podía decir que no estaba trabajando en mi novela.

Como veis, todo lo que creía y me decía era puro autoengaño.

Escribir me ayuda a desconectar

Antes del NaNo, solía ponerme muchísimas excusas: “¿Escribir ahora que Valeria hace la siesta? Uff, no, mejor me tiro en el sofá y veo Netflix un ratito, sigo leyendo este libro o le doy caña al Candy Crush. Que, jo, yo también necesito descansar”.

Era cierto. En la época previa al reto, me sentía agotada por todas las cosas que tenía en la cabeza (el trabajo, la niña, la casa que me estoy intentando construir, la universidad…) y creía que el esfuerzo mental de escribir lo empeoraría. Gracias al NaNo, descubrí que todo lo que me quitaba el sueño y me acompañaba siempre desaparecía en cuanto me enfrentaba a mi novela. No solo no empeoraba mi cansancio mental sino que lo disipaba.

Creo que es el mes que me he sentido más relajada en últimos… no sé, ¿cinco años? ¿Diez?

La planificación es imprescindible para poder trabajar

Definitivamente, soy escritora de mapa. O una “Planster”, una escritora que ha encontrado el punto intermedio entre lanzarse a lo loco y tenerlo todo organizado al detalle. Para no quedarme en blanco necesito saber de dónde vengo, qué quiero decir y adónde voy. En caso contrario, me paralizo y no puedo aprovechar el poco rato que he conseguido arañar del resto de quehaceres diarios.

Con el NaNo aprendí que, teniendo un punto de partida y un pequeño esbozo de lo que debía pasar, no necesitaba saber exactamente qué recursos iba a usar aquí o allá porque la historia me pedía cómo desarrollarla para no atascarme. Le pateé el culo, con fuerza y saña, al bloqueo del escritor.

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Necesito presión para avanzar

Sé que mis obras no son perfectas, que no lo serían ni aunque le dedicara una hora a cada párrafo y que estoy muy lejos de conseguir la calidad que me gustaría. Es absurdo, por tanto, buscar esa perfección en el primer borrador, ¿no os parece?

Pues bien. Antes del NaNo, podía estar dos días para llenar media página porque escribía, me releía, reescribía, volvía a releer y lo borraba todo porque me parecía una mierda soberana.

Con el NaNo, debía llegar a las mil seiscientas sesenta y seis palabras al día para alcanzar las cincuenta mil, sin presiones y sin sprints. Eso me obligó a hacerlo sin pararme a revisar y dejar que las letras fluyan con calma pero sin pausa.

¡Qué bien me sentó! Fue muy liberador escribir una palabra tras otra sabiendo que aún había muchísimo tiempo para releerlo, dejarlo madurar, reescribirlo y corregirlo. Y decidí que, a partir de ahora, iba a trabajar así.

Tengo una familia que no me merezco

Aunque siempre intentaba escribir mientras mi hija dormía, no siempre era posible y, menos aún, entre semana. Y, los sábados y los domingos, escribir mientras dormía implicaba no aprovechar ese tiempo para estar con mi marido. Él, que estaba bastante acostumbrado (los dos lo estábamos, de hecho) a que estuviera ocupada haciendo otras cosas, aceptó perfectamente que pasara aún menos tiempo con él para poder escribir. Además de hartarse de verme delante de la hoja en blanco, me apoyó, me ayudó cuando tuve alguna duda y me escuchó mil veces hablarle de “Dioses impíos” hasta que tuvo que pedirme que parara porque se lo quería leer y, claro, se lo estaba destripando todo.

Además, aunque él llegara cansado o tuviera trabajo o le apeteciera, simplemente, estar a lo suyo con sus cosas, ha dejado de hacerlo para entretener a nuestra hija y regalarme lo único que no se paga con dinero: tiempo. Cada día.

En resumen

El NaNoWriMo fue una experiencia absolutamente fantástica, que me sirvió para conocerme mejor como persona y como escritora. Fue agotador, lo reconozco. Un par de veces, incluso, llegué a escribir tres mil palabras al día y, aunque en el momento me sentí muy bien, al terminar pensaba que el cerebro me caería hecho papilla por las orejas.

Sin embargo, recomendaría esta experiencia a cualquiera que le guste escribir. Más aún si tiene la suerte de rodearse de gente maravillosa (como el grupo que formamos para competir en el reto de La Maldición del Escritor para ver quién escribía más. ¡Hola, Brujulillas!) que comparten el reto.

El año que viene repetiré, seguramente con otra novela de fantasía que ya tengo en mente. Sin embargo, primero, debo acabar “Dioses impíos”. Reescribirla, corregirla. Pero de eso ya hablaremos.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Prejuicios

Carmen dejó caer sobre el platillo dos monedas de diez céntimos. El resto del billete lo había pagado con un muestrario de piezas de níquel pescadas una a una de su monedero. El gesto con el que el conductor cogió el dinero y le tendió el tique arrancó una tímida ovación entre los que estaban esperando para subir al autobús.

Sintió la tentación de sentarse ahí mismo y así silenciar los bufidos y aspavientos que se oían a su espalda pero lo descartó. Aquel sitio auguraba la cháchara de un hombre canoso, cuyo vello del pecho sobresalía por el cuello del polo y las bolsas de piel enrojecida se pegaban a sus gafas. La miraba anhelante, como si llevara todo el día esperando ese momento para poder entablar conversación con alguien. Carmen avanzó un poco, ante el evidente alivio del resto de viajeros, y se sentó al lado de una chica que le pareció demasiado joven para estar embarazada. Sin contestar a su saludo, Carmen juntó mucho las piernas y colocó el bolso sobre la falda para evitar que se le subiera y mostrara el dobladillo de sus medias calcetín.

Tres paradas más tarde la muchacha se levantó sin despedirse, y Carmen arrugó los labios. Un chico joven, con el pelo hacia atrás y una barba cerrada, ocupó el sitio que había dejado vacante. Su traje gris parecía bueno, de esos que caen con gracia y se ajustan ahí donde tienen que hacerlo.

—Buenas tardes —Le deseó Carmen, y relajó la presión de sus manos sobre el bolso.

—Hola —contestó él con voz profunda, como si estuviera hueco por dentro.

Sacó el móvil del interior de la americana, y empezó a mover lo dedos con agilidad por la superficie. Pasaba fotos rápidamente y de vez en cuando aparecían letras más o menos grandes que Carmen no llegaba a leer. Sacó las gafas de ver del bolso y se las ajustó sobre el puente de la nariz.

Segundos después se abanicaba con furia, primero con la mano y, cuando vio que no tenía suficiente, con un folleto del supermercado que rescató de su abrigo. Desvió la vista de la pantalla, donde seguía la  progresión de imágenes de úlceras y otras heridas supurantes, y observó al chico con una mueca de asco. Además de las uñas mordidas y rodeadas de pieles secas y arrancadas, lo que más llamaba su atención por encima de aquella barba espesa eran sus ojos, redondos y salidos como los de un sapo. El accesorio perfecto a su nariz grande y curva.

El teléfono del chico sonó con una melodía que invitaba a la audiencia a alzarse en armas y conquistar un país pequeño.

—¡Juan! —exclamó el chico. Carmen agudizó el oído—. Sí, mejor que bien. Las pocas preguntas que me han hecho han sido muy sencillas.

Carmen suspiró. Después de cinco minutos de espionaje casero había descubierto que el chico acababa de presentar un proyecto de doctorado, así que supuso que aquellas fotos tan extrañas debían formar parte de su tesis. No entendió las palabras técnicas pero estaba claro que el muchacho era médico.

Carmen se soltó el último botón de la blusa al imaginárselo ante ella en la consulta, con la bata blanca abierta sobre una camisa de raya diplomática y una corbata verde, a juego con sus ojos. El estetoscopio colgaría de aquel cuello ancho y masculino y le dedicaría una sonrisa, que quizá no haría zarpar barcos pero sí subir la fiebre cuando firmara sus recetas. Casi podía ver un destello de película en sus dientes. Casi podía oír el “clinc”.

—Podríamos ir a celebrarlo a nuestro restaurante. Yo invito— Continuó el doctor.

Carmen echó para atrás los hombros, esperando el desenlace de la conversación y el momento en el que pudiera preguntarle dónde pasaba consulta o cuándo podrían volver a verse.

—Te cuelgo, que estoy a punto de bajar del bus. Te quiero, vida mía.

El muchacho se despidió de Carmen. Ella ni siquiera lo miró.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Matthew Henry

NaNoWriMo: un mes para escribir el borrador de mi novela

NaNoWriMo 2017

En 1999, veintiuna personas sin nada mejor que hacer decidieron crear un grupo de escritura que diera que hablar. Según sus propias palabras, era un punto intermedio entre un club literario y una fiesta, y descubrieron que, en un mes, se podía escribir una novela.

No fueron los primeros en darse cuenta de eso. Muchos autores sacan novelas cada año, incluso aquellos que escriben alta literatura o Literatura en mayúsculas.

Otros, en cambio, ni escribimos (aún) alta literatura ni somos rápidos escribiendo.

Desde entonces, aquel grupo de escritores fue creciendo hasta que fundaron el National Novel Writing Month o NaNoWriMo. Como casi todo lo que nace en Estados Unidos, no tardó mucho en sobrepasar sus fronteras y, ahora, ya son muchos los escritores que se apuntan cada año a este reto.

Sin ir más lejos, los participantes españoles escribimos 3.974.109 palabras en tres días. La meta es escribir 50.000 palabras en un mes. Eso es más de 1.600 palabras al día. Impresionante, ¿verdad?

¿Por qué me he apuntado al NaNoWriMo?

Suelo ponerme metas elevadas y, en un futuro, me gustaría que mi nombre se asociara a literatura de alta calidad. Para conseguirlo es necesario estudiar y practicar. Lo primero ya lo estoy haciendo. Lo segundo, menos de lo que me gustaría. Y es frustrante porque escribir no solo me gusta, sino que es mi válvula de escape cuando me siento estresada por el trabajo, la carrera o el día a día.

La primera vez que escuché hablar del NaNoWriMo todavía estaba al principio de mi formación como escritora y no me sentía con ánimos ni con fuerzas. Pensaba: “¿Escribir una novela en un mes? ¿Estamos locos o qué?” Tenía una idea para un libro pero no creía que fuera capaz de cumplir el reto.

Este año, sin embargo, ha sido distinto. Gracias a las redes sociales leo y conozco a un montón de escritores que me inspiran cada día para encontrar la mejor versión de mí misma. Sé que estoy lejos de ella, pero ver que otros luchan por la misma meta me ha inspirado y, sobre todo, picado. Si ellos lo hacen, ¿por qué no yo? Al fin y al cabo, se trata de esforzarme, y de eso sé un rato.

El 31 de octubre me metí en la página del NaNoWriMo y me di de alta. Inmediatamente después, sentí una alegría que no esperaba. ¡Un nuevo reto! ¡Uno relacionado con la escritura! Y, además, una meta que me va a ayudar a escribir aquella primera novela que me llevó a estudiar técnicas narrativas y demás. El culmen de cuatro años de esfuerzo.

Si esto no es emocionante ya me diréis qué puede serlo.

¿Cómo encarar el NaNoWriMo? La preparación

Para algunos nos es imprescindible tener planeado qué vamos a escribir para alcanzar las cincuenta mil palabras en un mes. Muchos Wrimos (así nos llaman a quienes seguimos este reto) preparamos previamente una escaleta o pequeños resúmenes antes de empezar.

En mi caso he de confesar que he hecho trampas. Más o menos. No pensaba apuntarme al NaNoWriMo así que no preparé nada expresamente para ese reto. Sin embargo, tenía una idea que maduré a lo largo del año pasado. La penúltima semana de octubre preparé una escaleta con un pequeño resumen de las tramas por capítulos y escribí algunas páginas para pillar la voz y el tono de la novela. Con todo eso, me sentía preparada para enfrentarme al mes de escritura.

National_Novel_Writing_Month Letras desde Mocade

El logo del NaNoWriMo es lo que necesita todo escritor: algo para escribir y café. Montones de café.

Los inicios: el encuentro con compañeros.

Como ya explicó Mónica en este artículo, nosotras somos lobas de manada. Por eso, cuando decidí convertirme en Wrimo, no quise hacerlo sola. Pronto vi que Coral y Rafa, los jefes del blog “La maldición del escritor”, animaron a todos sus seguidores a que hiciéramos grupos para compartir experiencias y competir entre nosotros para ver quién o quiénes escribíamos más en un mes. La verdad es que el hecho de ganar a los otros equipos me importa mucho menos que vivir la experiencia y hacerlo acompañada por personas tan locas como yo. Gracias a Twitter, nos juntamos diez escritores en un grupo que hemos llamado “Brújulas locas”, por aquello de ser escritores de brújula o de mapa, ya sabéis. Está siendo muy divertido compartir esta aventura con Laura, Carla, Elsa, Marta, Dalila, Bea, CeMonA, José de la Sierra y Lorena. Cada uno tenemos proyectos muy interesantes, ambición, ganas de escribir y de disfrutar. Además, nos pedimos ayuda, nos damos consejos e intentamos alcanzar a Marta o, al menos, escribir entre nueve tantas palabras como ella sola.

La experiencia, mi deseos y mis metas.

Por un lado, el NaNoWriMo me está obligando a escribir sin revisión. Para una persona como yo, muy dada a la autocrítica extrema y a pararme a reescribir lo mismo mil veces antes de pasarlo a corregir, es un ejercicio muy interesante. Es la primera vez que me dejo llevar sin releer el mismo párrafo cuarenta veces. Ya solo por esto es una experiencia que me merece la pena.

Por supuesto, no significa que lo que salga de esto merezca ser publicado. No. Aquí estamos trabajando todos en un borrador. Después hará falta reescribir, revisarlo, corregirlo, volver a reescribir algunas cosas y revisarlo de nuevo. Sin embargo, tener listo un borrador en un mes me parece un ejercicio fantástico.

Por otro lado, estaba bastante segura de que al segundo día pincharía. “¿Escribir mil seiscientas sesenta palabras en cada sesión?”, pensaba. “Ni de coña”. Bien, la realidad es que llego a las mil setecientas sin despeinarme, y paro porque también tengo otras cosas que hacer durante el día. Sin embargo, igual que esos veintiún locos que se juntaron en 1999, he descubierto que se puede hacer. Que lo puedo hacer. ¿No es maravilloso?

Dicen que solo hacen falta tres semanas para asumir un hábito. ¿Me ayudará el NaNoWriMo a consolidar el hábito de la escritura? Eso espero. En todo caso, el 4 de diciembre os lo contaré.

Carla Campos

@CarlaCamplosBlog

 

El espejo

Lo primero que le dio problemas fue la barba. Los cortes de la cuchilla y la cara de espanto de sus compañeros al verlo aparecer en la oficina con aquellas heridas le habían convencido para que se dejara crecer el vello de la cara. Más adelante tuvo un encontronazo con su jefe, que lo convocó en su despacho y le dijo que parecía un animal sucio y piojoso. Decidió ir a un barbero dos veces al mes para que se la arreglara. Escogió uno que había visto centenares de ocasiones de camino a casa de Victoria. Apenas tenía espejos. El peluquero, además, parecía tener la mente abierta para aceptar, sin hacer muchas preguntas, que Marcos no quería verse. Y es que las superficies de vidrio transparente no eran problemáticas, no. Lo peor eran los reflejos traicioneros que acechaban en cualquier lugar. Una cuchara, un escaparate… Incluso la pantalla del ordenador cuando se ennegrecía de improvisto y, pensaba él, con alevosía, devolviéndole una mirada acusadora que se columpiaba entre el asco y la decepción.

Convencer a Lola, su esposa, había sido sencillo. Ella no solía oponerse a sus ocurrencias. Marcos cogía una idea, le tomaba las medidas y la vestía con las mejores sedas para ofrecerla como buena. Además, era capaz de hacer creer a la otra persona que la idea había sido suya, algo que había querido toda la vida. Por eso, cuando él habló a Lola de la dictadura de la imagen en la sociedad moderna y lo beneficioso que sería para su estado de ánimo y para su relación hacer el experimento de verse únicamente reflejados en los ojos de sus seres queridos, Lola, la niña de pueblo que nunca había crecido del todo, se tiró a sus brazos y le prometió que esa misma tarde descolgarían todos los espejos de la casa, incluido el del baño.

Por las noches, cuando la vejiga le apretaba o un movimiento de Lola lo despertaba, le asaltaba la imagen que el espejo del ascensor de Victoria le había devuelto después de acostarse con ella por primera vez. En aquel momento, fue tal la impresión que le dio la espalda. Después atribuyó aquella visión al cansancio de una tarde llena de sexo y se enfrentó de nuevo a sí mismo con su ensayada mueca de soberbia. De nuevo se encontró con una mirada de odio tan violenta que casi podía esperar que su doble saliera de su prisión de cristal y se abalanzara sobre él.

En algún momento durante todo aquel tiempo pensó en dejar a su amante y contarle toda la verdad a Lola. Quería volver a ser él mismo, ver cómo le quedaba el traje o mirarse a los ojos que, antes, sonreían orgullosos. Pero la cama de Victoria era demasiado caliente y acogedora. Y a ella no le picaba su barba.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Erik Eastman

 

Pequeña y grande: biografías ilustradas de mujeres para niños

Una artículo enmarcado en el #LeoAutorasOct

El pasado mes de enero, mi hija cumplió un año. En este mundo tan loco, en el que las fiestas de cumpleaños son como bodas y las bodas como enlaces de la realeza, nosotros celebramos el cumpleaños de Valeria en el parking, con bocatas de jamón y de chocolate, pasteles y tortillas. Todo muy noventero porque, total, ella no se iba a enterar de nada.

Excepto de los regalos. Toda la familia escogió agasajar a Valeria (y a los bolsillos de sus padres) llenándole el armario con todo lo que podría necesitar en el próximo año. Unos amigos, en cambio, le regalaron lo más bonito y maravilloso del mundo: libros.

Pero no unos libros cualquiera, no. Era una colección de biografías en forma de cuentos ilustrados sobre grandes mujeres de nuestra historia: Marie Curie, Agatha Christie o Coco Chanel, entre otras.

 El #LeoAutorasOct

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Dejadme hacer un inciso. En agosto de 2016, un grupo de tuiteras decidieron leer únicamente a escritoras durante el mes de octubre. Esta iniciativa busca dar visibilidad a las autoras en el mundo editorial a través de la lectura, compra y recomendación de su obra. Es el #LeoAutorasOct (leo autoras en octubre). Este año se repite este movimiento, que tiene vocación anual.

El año pasado llegué tarde, pero este me he propuesto traer la iniciativa a mi casa. Porque, aunque leo autoras durante todo el año, si miro mi biblioteca, más del ochenta por ciento de los libros están escritos por hombres. Posiblemente es porque hay menos libros publicados por mujeres pero, ¿es que ellas escriben menos? ¿O es que, como en otras profesiones, hay un techo de cristal?

Tiendo a pensar esto último. Los editores de Joanne Rowling temieron que los niños no acogieran bien sus libros si veían que estaban escritos por una mujer. Desde entonces, sus iniciales disfrazan su sexo en la portada de Harry Potter. ¿Existen esos prejuicios en los niños? ¿Los imponen los editores? Y, si ellos creen que los críos leerían menos a una mujer que a un hombre, ¿no será porque se dejan llevar por ese desprecio inconsciente cuando tienen delante la obra de una mujer?

El #LeoAutorasOct debe ser un golpe en la mesa para demostrar que las mujeres sí interesan. Que sí venden. Y, aunque durante el año también sería bueno tenerlas en cuenta, es necesario realizar llamadas de atención para luchar por algo justo: que todos los libros buenos merecen ser leídos, independientemente de los genitales de quienes los escriban.

Otras iniciativas que colaboran con la visibilización de la mujer

Las chicas de #LeoAutorasOct, que recogen su iniciativa en su blog, no son las únicas abanderadas de esta lucha por el reconocimiento de la mujer en la literatura. La Editorial Cerbero ha creado un pack que contiene todos los tomos publicados por autoras en su editorial. Adopta a un autora pretende animar a los lectores a conocer a fondo y difundir la obra de una autora. La nave invisible da a conocer en su blog a mujeres que escriben Ciencia ficción, fantasía y terror, y además de crear fichas sobre ellas hacen reseñas de sus libros.

Pequeña y grande: poesía, ilustración y mujeres

Dicho esto, y porque he visto muchas recomendaciones para adultos pero ninguna para niños, vuelvo a la colección que nuestros amigos le regalaron a Valeria. Pequeña y grande, de Alba Editorial (Barcelona), tiene seis volúmenes publicados Se editan en castellano y en catalán, y la autora es Mª Isabel Sánchez Vergara.

A través de unas rimas poéticas sencillas, los pequeños se acercan a la vida de poetisas, escritoras, diseñadoras y científicas. Mujeres que han dejado su huella en el mundo y que sirven de inspiración a, y nunca mejor dicho, grandes y pequeñas.

Cada tomo está ilustrado por un profesional diferente y eso se refleja en el estilo de los dibujos, que parecen responder al carácter de cada protagonista.

Recomiendo esta colección por dos razones. La primera, porque se nota que cada tomo ha sido cuidado con mimo y muestra la calidad que hay detrás de los textos, las ilustraciones y la edición. La segunda, por lo que significa que exista una colección de biografías de mujeres para criaturas, y no solo para niñas. Es cierto que ellas deben descubrir que hay mujeres a las que pueden imitar, pero ellos también necesitan aprender que alcanzar metas altísimas no es solo cosa de hombres.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de las portadas en Alba Editorial

Imagen del día de la escritora del blog de #LeoAutorasOct

Siempre saludaba

Empiezo este reportaje hablando con Oliver en su pequeño estudio del barrio barcelonés de Gracia. El piso que compartía la pareja está lleno de fotos. En el lienzo de la pared en la que se apoya el sofá, nos recibe una Claudia a tamaño real. Los hombros sin cubrir y la cama deshecha insinúan su completa desnudez. Mira sonriente a la cámara mientras sujeta una rosa.

—Es de nuestro último aniversario —dice Oliver. Calla emocionado.

Claudia M. S. fue hallada sin vida el pasado diez de junio en este mismo apartamento. Apenas hacía una semana que había perdido a su madre por una larga enfermedad. Las primeras investigaciones apuntaron a un suicidio.

—Desde el primer momento le dije a la policía que se equivocaba —recuerda—. Por supuesto que estaba triste por la muerte de Georgina. ¡Era su madre! Pero lo teníamos asumido. Llevaba tanto tiempo luchando que casi fue un alivio que dejara de sufrir. Además, teníamos planes. Habíamos encontrado trabajo en Londres y nos íbamos en septiembre. A Claudia le ilusionaba dejar atrás Barcelona y empezar una nueva vida. No tenía sentido que se suicidara, y así se lo dije a los Mossos.

La primera autopsia reveló que Claudia había sufrido una sobredosis de amitriptilina, el componente de un antidepresivo con abundantes efectos secundarios que solo se dan en casos puntuales. La primera labor de los Mossos d’Esquadra fue averiguar de dónde lo había sacado. El Institut Català de Salut, que registra las recetas de este tipo de fármacos, confirmó que Blanca, la hermana de Claudia, tenía acceso a ellos. Nos reunimos con ella en los días posteriores a la muerte de su hermana.

—Me dijo que no podía dormir, que lo de mamá la estaba torturando —confesó Blanca sin parar de retorcerse las manos—. Ya le advertí que eran muy fuertes, que no debía pasarse con la dosis. Pero no me escuchó. Nunca lo hizo. Ella siempre llevó su vida como quiso, ¿sabe?

A la pregunta de por qué creía que Claudia no le había contado nada sobre su depresión a Oliver, su pareja, Blanca me contestó:

—Mi hermana siempre fue así —meneó la mano para acompañar sus palabras, como si con eso solo ya dejara claro a lo que se refería. Ante mi cara de estupefacción, continuó—. Siempre se había hecho la fuerte y le costaba mucho abrirse a los demás, incluso a él. Me lo contó a mí porque sabía que yo llevaba tiempo en tratamiento por depresión y la podía ayudar.

La policía tenía ya las pruebas necesarias para cerrar el caso pero la obstinación de Oliver no lo permitió. Él mismo encargó y pagó por una segunda opinión. Así fue como Ángela Martín, la jefa forense del Hospital Vall d’Ebron, puso en duda la primera autopsia: algunas de las nuevas pruebas podrían contradecir el suicidio.

—En el primer examen forense se hizo un análisis de sangre que confirmó la sobredosis. En ningún momento se revisó el contenido del estómago —nos cuenta la doctora Martín por teléfono—. Si lo hubieran hecho, habrían descubierto trazas de comida y medicamento, demostrando que la víctima los había consumido juntos. Por el estado de la digestión parece que la ingesta había sido a la hora de la comida, horas antes del fallecimiento.

La doctora Martín envió sin demora su informe al juzgado y a la comisaría encargada del caso. La policía sabía por la agenda de Claudia que aquel día había comido en casa de su hermana. ¿Había, pues, tomado el medicamento en casa de Blanca o había sido su hermana quien se lo había suministrado? Era imposible saberlo, así que solo les quedaba ponerla bajo vigilancia. Pero casi no hizo falta: empezó a mostrarse ansiosa por enterrar a su hermana y, según fuentes policiales, ella misma acudía cada mañana a la comisaría de Vallcarca para averiguar cuándo podría hacerlo. Llegó incluso a amenazar a un secretario que no quiso dejarla pasar al despacho del comisario Antúnez.

—Algo no iba bien —nos contó el Comisario—. Sabíamos que la mujer estaba supuestamente desequilibrada pero esa angustia por enterrar a su hermana no era normal. Le pedimos permiso a Oliver para hacer un paripé. Necesitábamos saber si el entierro tenía algo que ver con la muerte de Claudia.

Oliver accedió a un plan propio de película de Hollywood.  Lo planearon todo para enterrar una caja vacía bajo la atenta mirada del comisario y hombres y mujeres infiltrados como supuestos amigos de la pareja.

—Nunca en mis treinta años de profesión me había encontrado con algo así —nos relata el Comisario Antúnez—. Blanca apareció en el entierro como una viuda negra. Llevaba un vestido negro escotadísimo, tacones de aguja, los labios pintados de rojo. Parecía que fuera a una cita en vez de a un sepelio. Por si eso fuera poco, su actitud nos impactó. Despachaba con una palabra, si no con un gesto desdeñoso, a las personas que se le acercaban a darle el pésame y se movía de un lado a otro sin parar de mirar aquí y allá. Como si estuviera buscando o esperando a alguien.

»No se inmutó cuando los operarios introdujeron el ataúd en el nicho, aunque este estaba junto al que contenía los restos mortales de su madre desde hacía unas semanas—continuó Antúnez—. Ni siquiera miraba: ella seguía buscando por entre las hileras de tumbas del cementerio y siguió haciéndolo hasta que solo quedamos ella, Oliver y yo. Y se derrumbó. Acabó tirada en el suelo, llorando desconsolada. Cuando nos la llevamos a comisaría solo tuvimos que presionarla un poco para que nos lo confesara todo.

Blanca ya está en Wad-ras, el penal de mujeres, a la espera de juicio. Mientras tanto, Oliver me muestra fotografías de Claudia con su hermana. No quiere volver a ver la cara de su cuñada pero le duele perder las imágenes de su pareja.

—Blanca le explicó a la policía que en el entierro de su madre conoció a un hombre —me dice cabizbajo—. Intentó dar con él de nuevo pero solo sabía su nombre y no lo consiguió. Se obsesionó. Quería, necesitaba estar con él. Llegó a la conclusión de que, si había ido al entierro de su madre, iría también al de otro miembro de la familia.

—Y la única familia que le quedaba era Claudia.

—Sí. No podía esperar a que su hermana muriera de forma natural así que decidió acelerar las cosas. La invitó a comer, mezcló sus antidepresivos con la comida que le sirvió, y la mató.

Oigo salir el aire lentamente por la nariz de Oliver. Parece que esté contando hasta diez antes de continuar.

—Mató a su hermana para volver a ver a aquel desconocido.

Dejo a Oliver mirando las fotografías de Claudia. Antes de despedirnos, me confiesa que no cree que pueda recuperarse de un golpe como este. Yo tampoco creo que Barcelona olvide fácilmente este asesinato. Y, mientras tanto, en el barrio de Blanca siguen sin podérselo creer. Sus vecinos mantienen que era una chica cariñosa, educada. Normal. Y que siempre saludaba.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Roman Kraft en Unsplash

¿Qué decimos cuando hablamos de la banalidad del mal?

En abril de 2015, Oskar Gröning se enfrentó a su pasado como contable de Auschwitz, el campo de concentración donde fueron asesinadas más de un millón de personas. Setenta años después del final de la guerra mundial, la justicia alemana no ha olvidado ni perdonado a los monstruos que hicieron posible aquellos crímenes. En julio de 2015, Gröning fue sentenciado a cuatro años de prisión por complicidad en el asesinato de 300.000 judíos.

Tal como él admitió, especialmente cuando se topó con los negacionistas del Holoausto nazi durante su estancia en Inglaterra, había sido testigo de todos aquellos crímenes. Sin embargo, siempre pensó que era inocente. Otras personas, al conocer su historia, podrían decir lo mismo. Al fin y al cabo, sus labores consistían en contabilizar el dinero y custodiar las pertenencias de los ajusticiados, ver cuántos prisioneros entraban en el campo y cuánto costaba mantenerlos.

Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí.

Estuvo allí. Lo vio todo. No hizo nada por impedirlo.

Los actos malvados

Cuando leí Dioses menores, uno de mis libros favoritos de Terry Pratchett, me encontré con un pasaje que me dejó pensativa. Un dios encerrado en el cuerpo de una tortuga pulula por un edificio gubernamental y religioso donde se practican torturas, como en la infame Inquisición española. Al describir las catacumbas, habla de tazas con dedicatorias al mejor padre del mundo o postales de imágenes exóticas enganchadas en las paredes:

Y todo aquello significaba esto: que no hay prácticamente ningún exceso de la mente psicopática más enloquecida que no pueda ser reproducido, sin necesidad de esforzarse demasiado, por un cabeza de familia normal y decente que va a trabajar cada día y tiene un trabajo que hacer.

Puede parecer una exageración. Lo admito. Sin embargo, lo podemos comprobar si pensamos en todas aquellas personas que, sin ningún problema psicológico, son capaces de hacer el mal porque tienen la oportunidad (como podéis ver en el célebre y triste experimento de la cárcel de Stanford). La mente humana y, en especial, el sistema de valores que tomamos como referencia para realizar nuestros actos no son fáciles de analizar.

La banalidad del mal

Tengo la sensación de que Hannah Arendt y su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal inspiraron a Pratchett cuando escribió esa cita. Esta filósofa y política alemana, de origen judío, acudió, como representante del The New Yorker, al juicio en el que se acusaba a Adolf Eichmann de genocidio contra el pueblo judío. Eichmann, igual que Gröning, nunca cogió una pistola ni accionó una cámara de gas. Él era el responsable de que los números que le imponían salieran adelante en la gestión logística de la Solución final.

Tal como recogió Arendt, Eichmann ni siquiera era un ferviente antisemita. La autora sugiere que este hombre era un trabajador alemán que acataba órdenes sin cuestionarse si eran moralmente correctas. Siguiendo esta idea, Arendt habló de la banalidad del mal para explicar cómo personas normales, sin ningún trauma ni problema psicológico, podían sumergirse en un sistema corrupto sin reflexionar sobre sus actos. Funcionarios que cumplían con su obligación, aunque esta los convirtiera en una pieza del engranaje de una compleja máquina creada para exterminar a millones de judíos, gays o gitanos.

Otros funcionarios del mal

Supongo que la Solución final es el primer ejemplo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en gobiernos que han utilizado su poder para hacer el mal. Por supuesto, no es exclusivo del nazismo. Y ni Eichmann ni Gröning fueron los únicos en caer en las garras de la banalidad del mal.

Si repasamos la historia podemos encontrar a miles de personas que, por el simple hecho de vivir en un sistema que no respetaba los derechos humanos, obedecieron órdenes a ciegas sin preguntarse por su moralidad.

Incluso ahora, algunas personas siguen sin cuestionársela. Pienso, por ejemplo, en aquellos científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan e investigaron para conseguir la primera bomba nuclear antes de que lo hiciera el gobierno nazi. Es posible que creyeran que era un buen fin detener la barbarie de Hitler y adelantarse a sus científicos. Sin embargo, ¿eran conscientes de lo que estaban creando? ¿Se preguntaron en alguna ocasión si era correcto crear un arma de destrucción masiva que mataría a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki? Robert Oppenheimer se redimió al oponerse a su uso una vez terminada la Segunda Guerra Mundial pero, ¿por qué durante la guerra sí y después no? ¿Las vidas valen menos durante la guerra? ¿O es que hay unos a los que sí se les puede matar y a otros no?

Otro de los científicos del Proyecto Manhattan, Richard Freynmann, habla en su biografía sobre el sentimiento de culpa que le asaltó cuando estalló la primera bomba. Eso me hace pensar que, hasta ese momento, no meditó en absoluto sobre lo que estaba ayudando a construir.

Podemos buscar casos recientes o, mejor aún, en nuestro país. En los años 80, durante los primeros años de Felipe González al mando del Gobierno, grupos parapoliciales practicaron el terrorismo de estado bajo las siglas del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación). Su finalidad era acabar con el terrorismo etarra y su entorno, una meta que, a priori, parecía loable. Sin embargo, sus métodos no solo eran infames sino, también, punibles. Pero ellos trabajaban dentro de un sistema que los amparaba, aunque fuera en secreto, ya que durante el juicio que encausó a sus integrantes se demostró que el GAL estaba financiado por funcionarios del Ministerio del Interior. Posiblemente, aquellas personas creyeron que estaban haciendo el bien.

Mi obsesión por las personas normales que hacen cosas malas

Gracias a la literatura he conocido muchas figuras que disfrutaban de hacer el mal por el mal.

Quizá es una visión muy inocente de la vida pero me cuesta creer que ese tipo de perfiles exista en gran cantidad. Sé que los hay, por supuesto, pero no pienso que, quien hace el mal, en cualquiera de sus formas, sea una mala persona al 100%. Tiendo a creer que el mal, sobre todo a pequeña escala, se hace porque se permite y porque el esfuerzo que requerido para evitarlo es excesivo o puede acarrear consecuencias negativas al individuo que se oponga. Como ese funcionario al que su jefe le pide que firme un documento que otorgará ventajas a un tercero, aunque no le correspondan. O cuando a una cuadrilla de una obra pública la mandan a la casa de un amiguete para arreglarle el baño. O ese momento en el que vemos a alguien cuyo perro caga en la calle y no le decimos nada cuando no recoge los excrementos.

El sistema moral que asimilamos cuando crecemos en sociedad es lo que hace que consideremos determinadas acciones o situaciones como buenas o malas. Por eso no es extraño que lo que para una mujer de Barcelona es una aberración, para otra de Zimbaue no lo sea. Y al revés. Lo que deberíamos respetar todos, vengamos de donde vengamos, es la carta de Derechos Humanos que nos dicta las premisas básicas como la libertad y la igualdad en dignidad y derechos.

Hay gente, sin embargo, que es incapaz de ver al resto de personas como sujetos a los que tener en cuenta. Algunas personas tienen un verdadero problema de psicopatía que les impide empatizar con el resto. Otras, en cambio, son esos funcionarios del mal de los que hablaba antes. Los últimos, y son los que más me duelen, tienen una escala de valores en la que los seres humanos están al final. El dinero, el poder y la ambición personal pasan por encima de los derechos de los demás.

Un solo individuo puede hacer el mal. Un solo individuo puede hacer el bien

Sí, comprender lo que hace que una persona sea malvada es uno de mis estímulos. Forma parte de una motivación mayor: la de entender qué nos hace humanos y ver de qué manera podemos cambiar el mundo como individuos, tanto en grupo como siendo solo un pequeño engranaje de un sistema mundial.

Quizá por eso escribo. Para entenderme, para entendernos, para demostrar a los demás que la vida puede ser mejor y que está en nuestras manos conseguir ese cambio. Gröning y Eichmann nunca mataron a nadie directamente pero su labor facilitó una de las mayores tragedias de la humanidad. Eran seres diminutos y, aún así, su trabajo fue capital durante el holocausto.

¿Cuál es la excusa que nos ponemos para mantenernos en la inactividad? Que por uno no pasa nada, que un voto más o un voto menos no importa, que qué más da si ese está defraudando si no es nuestra tarea denunciarlo. Y así, ante la inactividad, otros, los malos, se crecen.

No permitamos que nuestro silencio dé alas a los malvados.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de LoboStudio Hamburg en Unsplash

Porque aún puedo

Decía un sabio que escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda. Desde que descubrí la escritura, no ha habido un solo día, durante 80 años, que no la haya practicado.

Empecé, como otras chicas de mi edad, escribiendo en mi diario. Fue un regalo que se hizo de rogar pues, aunque lo pedí durante muchos años, mi madre no aceptó que tuviera uno hasta que hiciera la primera comunión. Nunca le pregunté por qué, ante mis súplicas, se negaba alegando que era demasiado pequeña para tener uno. Por qué una ceremonia religiosa tenía que marcar el paso a la edad adulta. ¡Ojalá pudiera preguntárselo!

En todo caso, cuando me regalaron aquel librito de cubiertas blancas y caramelizadas con un angelito en la tapa, me hicieron la niña más feliz del mundo. Superaba a cualquier otro regalo, así que nada más llegar a casa me lancé a escribir sobre mi comunión, mis cumpleaños, mi familia y mi vida. Quién me iba a decir que eso sería el impulso que necesitaba para escribir sobre otras vidas, otras familias, otros cumpleaños y otras comuniones.

En el colegio se metían conmigo porque me gustaba más quedarme leyendo que jugar a la comba con el resto de compañeras. Cuando llegaba a casa escribía sobre niñas decididas que pronto se convirtieron en adolescentes, y cambié las luchas contra dragones con nombres de matón de colegio por citas en parques solitarios a la luz de la luna. Y mi madre, cada vez que me veía atacando el papel con el bolígrafo, que siempre tenía que ser azul y, a veces, verde, me preguntaba: “¿Por qué escribes?” Y yo le respondía: “porque puedo”

Recuerdo mi primer relato. Por aquellos tiempos estaba perdidamente enamorada de un chico que no me hacía caso. Esto ponía el colofón a una adolescencia llena de hormonas, granos e inseguridades. Así que escribí sobre una chica de pelo largo y rasgos interesantes que quería ser sacerdotisa de Amón. Era una manera una manera de hablar de la aceptación de una misma así como de la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás. Lo presenté a los juegos florales de aquel año y gané un premio que fue muy importante para mí. Mi profesor de literatura dejó de suspenderme por sistema, pues nunca le gustó el género que elegía en mis redacciones. Lo consideraba demasiado infantil. Pero lo más importante es que en casa dejaron de preguntarme por qué escribía.

Más adelante me matriculé en periodismo. Era una excusa perfecta para seguir dando rienda suelta a mi imaginación y escribir relatos entre noticia y noticia. Según mi ayudante, Sara, parí mi primera novela durante mi tercer año de carrera. Era una tragedia griega modernizada en la que había heroínas, muchachos inquietos y ancianos que llevaban toda la vida luchando por sus ideales. Disfruté todas y cada una de aquellas vidas tanto como la mía, y lo seguí haciendo con cada novela que escribí, incluso cuando, ya siendo reportera, me mandaron a lugares tan dispares como Sri Lanka o Nueva York. Mi marido, que en paz descanse, leía todo lo que escribía y me animaba a mandar mis textos a las editoriales. Con cada negativa me sentía como la sacerdotisa de mi primer relato, buscando ser aceptada en un selecto club en el que no había sitio para mí. Hasta que lo hubo.

No sé en qué año apareció una antología que recogía todas mis obras. No hace mucho, pero recuerdo a aquella gente a los pies del escenario y los flashes de las fotos titilando. Terence ya había muerto y me acompañaron nuestros hijos, que respondían por mí en la rueda de preguntas cuando yo no estaba segura de cuál era la respuesta. Al final tomé la palabra para explicar por qué llevaba tanto tiempo sin publicar.

Algunos me dicen que ya no debo escribir. Que mi mente no da para más porque hay algo ahí dentro que va apagando una a una las neuronas igual que se apagan las estancias de una casa abandonada. He olvidado muchas cosas, pero lo que más me duele es no recordar cómo se sujeta un bolígrafo que me ayude a plasmar con su tinta lo que aún burbujea en mi cabeza. La opción de abandonarme a placeres que no supongan ningún esfuerzo mental, y así dejar que mi cerebro se marchite sin oponer resistencia, es tentadora. Dicen que llega un momento en que ya no te sientes impotente por perder tus facultades. Dicen que eso pasa porque ya no solo olvidas a tu familia y a tus amigos sino que te olvidas a ti misma.

Pero cada día me siento con mi ayudante, mi querida Sara, que sujeta con paciencia mi bolígrafo. Escribe lo que le dicto, obvia lo que repito, ordena lo que le digo. Hay días que, con todo el tacto del que es capaz, me recomienda parar, pues no recuerdo cómo sigue el borrador en el que trabajamos por mucho que me concentro e intento encender luces ahí dentro. Y esos días siento que tengo que ir deprisa, acabar rápido con lo que estoy trabajando, porque podría llegar el día en el que no sepa nunca más qué es lo que viene a continuación.

Pero, ya lo decía un sabio, escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda. Y con ella.

Todavía hoy me preguntan por qué escribo. Y yo solo contesto: “Porque aún puedo”.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Guía del escritor para enfrentarse a una reseña (buena o mala)

Cuando empecé a escribir, hace ya unos cuantos años, decidí que, para aprender, lo mejor era poner mis textos bajo la lupa de otras personas. Al principio, sobre todo, escogía a gente de mi círculo, ninguno de ellos profesional. Algunos me decían en qué cosas creían que fallaba. Otros, en cambio, declaraban que todo lo hacía perfecto. Pronto me convencí de que eran críticos excelentes y me olvidé de ver el amor que empañaban sus ojos: me crecí con esos pequeñísimos tirones de orejas y tantas palmadas en la espalda.

Por fin, sintiéndome empoderada, llegó el día en el que quise salir de mi zona de confort y enviar uno de mis cuentos a un desconocido. He de decir que era un relato extremadamente intenso del que ahora me avergonzaría si pudiera recuperarlo y leerlo de nuevo pero, en ese momento, estaba bastante orgullosa de él. Imaginaos mi cara cuando, poco después, me llegó la crítica de una persona que entendía del tema. No recuerdo exactamente qué palabras usó  pero, en resumen, dijo que mi relato era plano, infantil, bastante irrelevante.

El corazón roto del escritor cuando recibe una mala crítica

Así estaba yo cuando leí aquella crítica. ¿Podéis oír cómo se rompió mi corazón?

Una vez pasada la pesadumbre inicial, me enfadé. Muchísimo. Fue como pasar un duelo y no salir de la fase de la ira. Pensé que quién se creía esa persona para decirme todo eso y que no tenía ni idea así que decidí obviarlo. Me dejé reconfortar por los comentarios positivos y menos críticos de mis amistades y seres queridos.

En aquel tiempo acababa de cumplir 23 años y, como todos los jóvenes descerebrados, estaba segura de que no me quedaba mucho más por aprender. ¡Ah, qué tiempos! Cuando te crees invencible e inmortal y mucho más listo que el mundo que te rodea.

Poco después, sin embargo, me di cuenta de que mi sabiduría no era tal. No pasó nada en particular para que esto sucediera, en realidad. Creo que, simplemente, maduré. Abrí los ojos de verdad, miré a mi alrededor y descubrí que no había leído lo suficiente, que no había escrito lo suficiente y que, aquella persona que criticó mi escrito sin piedad, pero con educación, sabía perfectamente lo que decía.

Escuchar las críticas

Desde entonces, y han llovido más de los que me gustaría, no he dejado de poner mi prosa bajo los ojos de todo el que quiera echarme una mano. He pedido opinión a escritores consagrados, catedráticos de literatura y lengua castellana, periodistas, escritores independientes y lectores. He aceptado cada crítica y he profundizado en aquellas que no entendía o con las que no estaba de acuerdo. Pero siempre desde la modestia porque, seamos sinceros, aún estoy lejos de mi mejor yo. Y aunque tuviera un Nobel de literatura, seguiría mostrándome humilde porque con la soberbia por bandera es imposible aprender de los demás.

Por eso hablo de escuchar las críticas. Como todo lo que hace el ser humano, una valoración de un texto es subjetiva y, por tanto, está abierta a interpretaciones. Eso significa que no tenemos por qué aceptar el cien por cien de las críticas que se nos hagan porque pueden estar equivocadas, ya sean buenas o malas. Sin embargo, debemos escucharlas.

¿Por qué digo esto? Llevo un tiempo, más del que me gustaría, encontrándome con otros escritores mentando hasta a la tatarabuela de un lector, únicamente porque no le ha gustado el libro. También, hinchando el pecho ante reseñas positivas escritas con faltas ortográficas básicas.

Y ya está bien. Es muy difícil, sobre todo si el escritor está empezando, hacer una obra maestra que guste a todo el mundo y que no tenga ni un solo fallo, menos aún si la ponemos bajo la atenta mirada de un lector avezado o un profesional literario (uno que no sea él mismo o su mejor amigo). Pero vayamos por partes.

No todas las críticas son valiosas

No todas las personas están capacitadas para analizar una obra de la misma manera, ya sea por su formación, por su profesión o por su capacidad de lectura crítica. Tal como nos cuentan desde Sinjania en “El peligro del entusiasmo en la crítica literaria”, quien critica una obra o hace una reseña puede caer en dos vicios: el entusiasmo ciego y la crueldad.

Desde mi punto de vista, el entusiasmo ciego suele obedecer a dos motivos:

Porque le caigamos bien al lector

Hoy en día somos tantos los que nos dedicamos a las letras que no es difícil contar con un puñado de escritores entre nuestros amigos y conocidos. El cariño puede nublar el sentido crítico del lector y, por eso, es tan importante que el autor sea consciente de ello y matice las apreciaciones que aparecen en la reseña. Además, si conocemos al lector mínimamente, sabremos cuáles son sus gustos, sus lecturas y su aptitud para analizar la obra que lee. Y aquí viene el segundo punto.

Porque no sea capaz de hacer una lectura crítica

Un lector al que le gusta todo lo que lee, o sabe elegir muy bien los libros para que no le defrauden o no se fija mucho en lo que está leyendo. Lo más probable es que sea lo segundo porque acertar siempre con nuestras lecturas es muy difícil. Así pues, para tomarnos en serio una crítica muy positiva debemos conocer al lector a través del resto de reseñas para saber qué credibilidad tiene. Si no es capaz de sacarle ningún pero a obras como, qué sé yo, Cincuenta sombras de Grey, igual no es buena idea que nos emocionemos porque le guste la nuestra. ¿Acaso hay algo que le desagrade?

En cuanto a la crueldad en las críticas, veo dos posibles motivos:

Que piense que así es más profesional

Muchas personas relacionan la severidad con la profesionalidad. Hasta cierto punto está bien, pero criticar con ferocidad un texto no es ser riguroso, es ir a hacer sangre. La persona que hace una reseña debe ser ecuánime y valorarlo por partes y en su conjunto, señalando cosas buenas o malas. Es como el Homer (sí, el de Los Simpsons) crítico de cocina que, por presiones del resto de críticos del diario, empieza a poner a caldo a todos los restaurantes en los que antes disfrutaba. Ridículo, ¿no? Pues eso.

Que se crea mejor que el autor

No sé dónde leí que detrás de un crítico literario hay un autor frustrado, pero parece que es algo que se ha comentado desde hace tiempo ya que he encontrado referencias en “Criticar al crítico”, un artículo de El País escrito en 1989. No creo que la frustración y la envidia tengan que ver, pero no me sorprendería que muchos de los que hagan este tipo de reseñas mordaces se imaginen a sí mismos divagando desde una cátedra, con una copa de coñac y un monóculo. En estos casos, se suele notar la chulería y el desprecio y ese tufillo a “yo lo haría mejor” que desprende cada una de las líneas de la reseña.

Cuándo aceptar una reseña positiva o negativa

Igual que toda crítica es subjetiva, la aceptación de la reseña también lo es. Por eso, me he atrevido a crear un par de guías para saber si aceptar o no una crítica, ya sea buena o mala.

Diagrama para saber si aceptar una reseña positiva

Cuándo aceptar una reseña positiva

Diagrama para saber si aceptar una reseña negativa

Cuándo aceptar una reseña negativa

La mejor reseña: el término medio

En las imágenes anteriores hablo de reseñas positivas o negativas en su totalidad pero, después de muchos años leyendo y reseñando así como consultando las críticas de los demás, me doy cuenta de que las mejores son aquellas que dan una de cal y otra de arena al lector. Por ejemplo: una joven lectora se enfrenta por primera vez a El señor de los anillos. Pronto es consciente, y así lo hace saber en su reseña, de que es una obra muy bien escrita, con una prosa magnífica, unos personajes interesantes y un trasfondo, o Worldbuiling, único, precursor de todo un género. Pero también comenta que las descripciones se hacen pesadas porque no son dinámicas sino un compendio de datos como en una enciclopedia.

Una crítica así es fantástica. Es consciente de los puntos fuertes y débiles del libro y, como tal, lo indica. Por supuesto, las descripciones detalladas y profundas eran necesarias en aquella época porque, por aquel entonces, no había lugares comunes en la literatura fantástica sobre los cuales trabajar. Si Tolkien hubiera puesto, simplemente, que unos elfos altos y morenos recibieron a la Compañía del anillo, sus contemporáneos no hubieran visto en sus cabezas a esos hombres y mujeres espigados, de pelo lacio y largo, con orejas puntiagudas y piel tersa y sin imperfecciones, casi como la de una estatua de Rodin o Miguel Ángel.

Pero volvamos a la reseña. Si Tolkien la hubiera leído y no se hubiera puesto como un escritor de ego henchido, quizá habría excluido las descripciones estáticas y habría hecho su obra más ligera y dinámica. Sin embargo, él no tuvo la suerte que tenemos nosotros, el poder hablar con nuestros lectores y que nos expliquen cuáles han sido los puntos fuertes y débiles de nuestra novela. ¿Lo vamos a desaprovechar?

Controlar el ego, lo más importante al enfrentarse a una reseña

Como os podéis imaginar, los dos cuadros de arriba son guías planteadas desde el humor. Pero hay algo importante que me gustaría destacar, y que tiene que ver con el ego del escritor y con el aprecio o desprecio que profese a la persona que hace la reseña.

El ego del escritor debe estar equilibrado entre la confianza absoluta y la inseguridad. Un ego demasiado inflado hará que no prestemos atención a nuestros fallos ni a los consejos bienintencionados de quien puede ayudarnos. Por el contrario, uno demasiado débil puede paralizarnos y empujarnos a abandonar la escritura.

Por otro lado, es importante que valoremos al crítico en su justa medida y que no nos dejemos llevar por falacias. Me refiero, por ejemplo, a la falacia de autoridad, que da por hecho que todo aquel que tiene una formación reglada en literatura será mejor escritor o crítico que quien no la tenga. En ocasiones, hay personas con un instinto o sensibilidad especial para juzgar una obra, bien porque haya leído mucho, bien porque haya aprendido de otras fuentes. Si nos rigiéramos por la titulitis o un ego mal dimensionado, podríamos desaprovechar la oportunidad de aprender que nos ofrecen.

Así pues, lo que necesitamos como escritores es tener la mente abierta, analizar de dónde viene la crítica y aceptarla sin que nada nos afecte en exceso, ni para bien ni para mal. Y, sobre todo, tener en cuenta que una obra no puede gustarle a todo el mundo así que, en algún momento, nos tocará lidar con cosas que nos duelan. Que también somos humanos.

Tampoco es normal que una obra le guste a todo el mundo. Si es así, algo raro está pasando y, probablemente, la razón sea el autor.

Qué hacer cuando recibimos una crítica, sea como sea

Aquí aparece mi lado de relaciones públicas. Si tenemos costumbre de responder a las reseñas positivas que nos hacen, debemos hacerlo también con las negativas. No es necesario dejar claro que nuestra opinión es diferente a la del crítico porque es evidente. Si no, no habríamos escrito la novela tal como lo hemos hecho. Solo daremos las gracias por su tiempo y, si ha hecho una crítica educada, podemos desear sorprenderle con nuestra próxima obra.

Ante las críticas, además, tenemos la oportunidad de comprobar si se repite la misma queja o elogio. ¿Dicen que la prosa es simple? ¿Que los personajes son planos? Sea lo que sea, si más de una persona lo ha detectado, igual tienen razón. Por otro lado, si la gran mayoría de reseñas alaban la trama o el desenlace, nos lo apuntaremos como uno de nuestros fuertes y nos preguntaremos si destaca porque es muy bueno o si sobresale porque el resto de elementos de la novela son anodinos.

Sea como sea, no dejemos que las reseñas únicamente alimenten o dañen nuestro ego. Son muy valiosas para conocer cómo encandilar a nuestro público objetivo y cómo conseguirlo. No las desperdiciemos.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Tim Bogdanov on Unsplash

 

La traducción

Viendo el suceso en retrospectiva, sé que podría haber evitado todo aquello. Sin embargo, en aquel momento, el hangar de la nave aduanera me aterraba demasiado como para encontrar mi voz e imponerme a mi superior. Cuando bajé por la escalerilla del carguero con la tableta de registro en la mano y vi todos aquellos navíos interestelares rodeándonos, a tantos seres de cientos de lugares diferentes de la galaxia discutiendo con los burócratas y, aún peor, a los guardias armados hasta los dientes, solo fui capaz de esconderme detrás de mi capitán.

También tenéis que entender que el Capitan Riuk era un hombre peculiar. Criado en los bajos fondos de la Tierra, su intelecto pronto despuntó. Entró en el Cuerpo del Aire, donde tuvo que demostrar cada día que sus orígenes humildes no influían en su valía. En ese momento yo no lo sabía pero, con el tiempo, me explicó que aprendió a esconder sus debilidades y descubrí que, cuando se sentía inseguro o no sabía hacer algo, lo disimulaba con una determinación feroz, casi violenta.

Por eso, cuando lo vi al final de la escalerilla con la espalda recta, el traje azul de capitán tirante en la zona de la barriga y la cabeza plateada bien alta, pensé que parecía vivir aquel trámite cada día. La verdad, sin embargo, era que solo llevaba unos meses como capitán civil y nunca se le había dado bien el idioma de los comerciantes.

Y por eso estaba yo allí.

—El problema, señor, es que este idioma no está hecho para nosotros —le había dicho en una de nuestras primeras clases particulares de lengua. Con un puntero, señalé la laringe y la estructura del pico de los nusitanos, la raza que controlaba los vuelos interestelares comerciales. Ellos descubrieron y aseguraron los agujeros de gusano que permitían viajar con rapidez de una galaxia a otra y, al surgir la Mancomunidad de Mercados Galácticos y la necesidad de abarcar grandes distancias para el comercio, su lengua y su burocracia se impusieron sobre el resto—. Latiguean con la lengua contra los dientes, el pico y la garganta. Nosotros no la  tenemos tan larga y afilada por lo que nos limitamos a imitarlos lo mejor que podamos.

Cinco horas de clase cada día durante tres meses habían dado para mucho, pero no suficiente. Yo, que he pasado estudiándolo toda mi vida, lo sabía. Y él también, pero no parecía importarle. Cuando se le acercó el agente nusitano, Riuk inclinó la cabeza a modo de saludo y le dedicó una sonrisa confiada.

El burócrata sacó un ala de debajo de la capa gruesa y pesada que cubría todo su cuerpo. De entre las plumas pequeñas y puntiagudas de color petróleo surgió una extremidad delgada y nervuda que acababa en cuatro garras prensiles. Sostenía una tableta electrónica.

Respiré hondo. Empezaba el interrogatorio.

El burócrata dejó que su lengua repiqueteara contra el pico y, con una frase plagada de ces, jotas y erres, preguntó por la nave y el número de registro. “Vamos bien”, pensé. El capitán estaba contestando correctamente. Yo ya estaba descorchando mentalmente la botella de Hidrovodka cuando oí al capitán explicar cuál era nuestro cargamento y nuestro destino.

El nusitano levantó la cabeza, miró fijamente a Riuk con una expresión imposible de identificar y apuntó con agilidad en su tableta lo que acababa de oír. Yo, que me había quedado paralizada con la última respuesta de mi capitán, conseguí salir de mi estado y me acerqué a él.

—Señor, se ha equiv…

—Chiyo, calla —me interrumpió.

—Pero es que…

—No. Me. Desautorices.

Ahí. En ese momento. Habría sido todo tan fácil si hubiera vencido mi miedo a los enfrentamientos… Solo tendría que haber llamado la atención del nusitano y haberle dicho que mi capitán se había equivocado. Que nuestro destino era Khsmilo, el nombre por el que el resto de la galaxia conocía a Encélado, una de las lunas de Saturno. Khsmilo, no Khxmul, que en boca del capitán sonaba demasiado parecido.

Pero no pude, así que me limité a coger con fuerza la tableta de registro con manos temblorosas y ver cómo, en el formulario de registro, aparecía la información que el nusitano acaba de introducir y aprobar:

Mercancía: 1.800 humanos.

Destino: Khxmul, planta incineradora de residuos comerciales.

Itinerario aconsejado: Agujero de gusano 53.

Otros comentarios: La Mancomunidad de Mercados Galácticos le agradece su compromiso con el reciclaje.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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