‘Millennials’: la generación que nunca ha sido tan mala como dicen

El lunes pasado, un artículo de Antonio Navalón publicado por El País -“Millennials: dueños de la nada”- sacó de quicio a muchísima gente. Y con razón: es muy triste que un hombre de mediana edad, con cierta cultura y bien relacionado, esté tan ciego como para creer que todos aquellos que nacimos más allá de los 80 no hemos aportado absolutamente nada a la sociedad en la que vivimos.

 No suelo ser de sentencias absolutas pero, en este caso, no puedo evitarlo: el artículo está equivocado de cabo a rabo. Y no lo digo porque cae en engaños zafios como proclamar que Trump, máximo exponente de la grosería, está en el poder gracias a los jóvenes, ya que los millennials votaron a Clinton en su mayoría. Me llevo las manos a la cabeza al ver este intento de predisponer al lector contra los jóvenes, y de imputarles los peores atributos del mandatario americano –babyboomer, por cierto- a través de la legitimidad que da el voto.

 Los millennials españoles: la generación que vivirá peor que sus padres

Empecemos por el primer punto de esa ceguera selectiva que lleva a Navalón a culpar a los millennials de los pecados de sus padres. En el mismo periódico en el que apareció esta columna, se publicó, hace casi un año y medio, un artículo en el que hablaba de los nacidos a partir de 1980 como la generación de la precariedad.

¿Qué futuro tenemos unos jóvenes a los que se nos dijo que estudiar era la clave del éxito y que, una carrera y dos másters después, solo encontramos trabajos precarios? ¿Qué podemos esperar si debemos huir al extranjero para poder permitirnos vivir fuera de la casa familiar y cumplir nuestros sueños con dignidad? ¿Qué culpa tenemos de habernos encontrado un sistema económico y social que no solo no nos acoge, sino que nos expulsa?

 Cuando éramos pequeños, a aquellos que nacimos en los 80 se nos dijo que podíamos tener lo que quisiéramos siempre que nos esforzáramos. Después, llegó el boom del ladrillo y fueron muchos los que se dedicaron a la construcción mientras otros nos avergonzábamos de cobrar un sueldo mileurista.

Los millennials que nos enganchamos al mercado laboral, antes de que estallara la burbuja, tuvimos suerte. El mercado de trabajo español es como una noria a la que no puedes subir, a menos que estés en la cola antes de que se ponga en marcha. A los que nos sentamos en esos cajetines inseguros a tiempo, nos resulta más fácil saltar de cabina en cabina, mientras que, los que miran desde el suelo, solo pueden esperar a que alguien se baje. Desgraciadamente, el trabajador que se apea del engranaje se lleva con él lo que hace atractiva a la góndola -mejor sueldo, mejores prestaciones laborales- y el joven que se sube está obligado a sujetarse a un armazón desnudo que amenaza con dejarlo caer al menor descuido.

 Los padres de los millennials no lo están pasando mucho mejor. Esa es la realidad económica y social de España. Si sobrevivimos no es gracias al Estado y al sistema productivo: los responsables de que al malabarista no se le caigan las bolas son los abuelos, que se ocupan del apoyo económico y social. Sin embargo, los jóvenes que ven que su familia tiene un presente y un futuro complicado saben que el suyo pinta aún peor, y solo pueden sentir desafección ante todo lo que representa el sueño de los babyboomers: un trabajo seguro, un coche de gama media o alta, una familia que mantener. Una casa en propiedad en la que vivir. Estabilidad.

Babyboomers y millennials: dos realidades económicas diferentes

Navalón pone a los babyboomers como ejemplo de integridad y lucha por los valores sociales, laborales y humanos. Nombra, para variar, aquel conocido Mayo francés más concurrido de lo que en realidad fue, a juzgar por la cantidad de personas que se han puesto la medallita de revolucionario. Lo que está claro es que es difícil, a la par que injusto, comparar dos generaciones cuyo contexto es tan diferente.

 Los babyboomers siguieron a la Generación Silenciosa, la nacida entre los años 20 y 40 del s. XX, que vivieron el Crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial, que asoló, social y económicamente, países enteros. Así pues, los nacidos después del 46 partían de una situación tan lábil y pobre que lo único que les podía pasar era evolucionar a tiempos mejores. Por aquella época, y aunque el Mayo francés nace de una de tantas crisis que se vivieron en ese siglo, la explotación de recursos y la promesa de crecimiento gracias al buen estado de salud del capitalismo parecía infinita. Así, los babyboomers veían en su horizonte la posibilidad de vivir mejor que las generaciones anteriores gracias a un contexto que prometía riqueza, y que se la dio, en comparación a lo que vivió la generación anterior.

España, por su parte, jugaba en otra liga por culpa del régimen dictatorial fascista de Franco. Después de 18 años de autarquía, que vació el Banco de España, y debido a que el comunismo había desplazado como enemigo al fascismo, el país se abrió al extranjero. La instalación de bases militares americanas en el territorio fue una inyección de divisas que, más adelante, aumentaría gracias a la explotación del sector turístico español. Estos hechos supusieron un crecimiento económico sin precedentes que afectó enormemente al mercado laboral: la demanda de trabajo era más grande que nunca, y las posibilidades de ascenso meritocrático eran una realidad. Fue la época en la que un botones podía llegar a ser director de banco, y un solo sueldo alcanzaba para pagar un piso y mantener a toda una familia.

 El continente en el que nos encontramos los millennials no necesita ser reconstruido de forma literal, aunque sí metafórica. Sabemos que los recursos son limitados, y que explotarlos hasta que se acaben no es una opción. Tenemos la seguridad de que el crecimiento no se puede sostener en el tiempo, y que el capitalismo ha dicho ¡basta!, una vez más. Que, además, los poderes económicos mandan sobre los gobiernos y son los que, en realidad, determinan la política que nos expulsa de la noria laboral española y nos obliga a buscar otras, aunque estén dolorosamente lejos de casa. Sabemos que no podemos tener lo que soñaban nuestros padres y, por eso, nos hemos convencido de que no lo queremos en su totalidad.

La autorrealización en dos generaciones diferentes

El periodista y empresario nos dice que los millennials existimos por existir. Que solo nos preocupan los likes y los filtros de Instagram. Que no queremos nada del mundo real.

El problema está en que este hombre no se da cuenta de que los jóvenes no soñamos con las mismas cosas que soñaban nuestros padres. No es consciente de que es absurdo hacerlo cuando la esperanza de conseguirlo es nula.

La razón de sus declaraciones es que Navalón no va más allá, y no ve que es igual de lícito, o irrisorio, comprarse un coche de alta gama como querer conseguir un millón de followers en una red social. La autorrealización cambia cuando las posibilidades económicas y la sociedad cambian y, debido a ese futuro sin dinero en el que muchos jóvenes se ven sumergidos, el estatus se mide de forma diferente.

Los millennials nos hemos dado cuenta de que la receta de la felicidad no siempre pasa por ser directivo y tener una segunda residencia en la playa, porque eso es algo que difícilmente vamos a conseguir y que, en muchas ocasiones, tiene más que ver con poder restregárselo por la cara al vecino que con disfrutarlo de verdad.

Si los babyboomers son los primeros que han confundido la felicidad con el arte de amasar fortuna, no entiendo por qué parece tan sangrante que los jóvenes creamos que para ser felices debemos ser reconocidos en las redes sociales. Al fin y al cabo, es la nueva riqueza del S. XXI. La versión 2.0 del sueño americano.

Y eso, por supuesto, no significa que no nos importe nada más. Es como decir que para lo único que viven los Babyboomers es para comprarse un Mercedes. Es tan ridículo que da más pena que risa.

 Los millennials tenemos valores. Pero nuestra lucha se desprecia y castiga.

Navalón dice, literalmente, que “no existe constancia de que ellos (los millennials) hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”.

Es cierto que los millennials no participamos en el Mayo francés, no habíamos nacido. Dudo que él lo hiciera, ya que nació en 1952, así que quizá es uno de los de la medalla. Lo que Navalón no recuerda, quizá porque estaba de espaldas a lo que sucedía, es que tuvimos nuestro propio movimiento social, aquel que nos llevó a las plazas y a las calles pidiendo un país más justo y más democrático para niños, adultos y ancianos.

Aquel movimiento también fue en Mayo. Los jóvenes acampamos en plazas mientras los políticos, babyboomers en su mayoría, nos consideraban desde perroflautas hasta filoetarras. Me resulta curioso observar cómo unos valoran las movilizaciones de su juventud pero ni siquiera recuerdan o, lo que es peor, desechan, las movilizaciones de la juventud de los demás. Y todo por culpa de esa ceguera yoísta y ombliguista que reza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor cuando, en realidad, nunca fue lo que era.

Después del Mayo francés, el gobierno aplicó reformas profundas, consideradas insuficientes, en sintonía con las reivindicaciones que venían haciéndose desde la calle y desde otros partidos políticos. Después del 15M, el gobierno instauró medidas como la Ley Mordaza.

¿Qué vamos a pensar los jóvenes cuando vemos que nuestros esfuerzos por mejorar el país acaban en una mayor represión? Visto así, casi es mejor observar la vida a través de los filtros de Instagram.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Katie Montgomery

Vale la pena

Alexandra se echó hacia atrás en la silla y enlazó las manos tras la nuca. En la pantalla de su portátil, un tic verde al lado del icono de un carrito de la compra le indicó que el pago se había hecho con éxito. En diez segundos, le llegó un mail que le informaba de que la falda y el jersey a juego le llegarían dentro de un mes.

Inmediatamente entró en la página del banco. Había pagado con la tarjeta Visa, una que se había hecho poco antes de que Javi, su pareja durante casi quince años, la dejara. Su gestor le había dicho que con ella podría llegar a comprar hasta tres mil euros al mes y, además, fraccionar el pago. En aquel momento, Alexandra se había reído y le había dicho que no lo necesitaría.

Llevaba medio año comprando por internet, a raíz de que una amiga sin tarjeta de crédito le pidiera que le comprara algo en una web de gangas. Ella aceptó, por supuesto, y de paso miró qué más ofrecían. Dos horas después, hubo un cargo en su tarjeta de crédito de casi ochocientos euros. Lo de su amiga costaba ciento veinte.

Alexandra decía a quien la quisiera escuchar que era el hobby más caro que había tenido nunca pero que valía la pena. Cuando se sentaba delante de la pantalla rastreaba, una y otra vez, páginas que cada día presentaban algo nuevo y emocionante, cosas que a menudo ni siquiera sabía que necesitaba hasta que las veía. Se sentía como cuando, en la infancia, salía con su padre por setas. Era un trabajo minucioso de búsqueda, comparación y recolección, y el premio llegaba horas después, cuando volvían a casa y su madre la besaba con ternura, hundiendo mucho los labios en su mejilla, en agradecimiento por su gran labor.

Ahora su madre no estaba, ni su padre. Javi, tampoco. No había besos después de la recolección. Pero, al cabo de unos días, un mensajero llamaba a su puerta y la inundaba la misma felicidad que cuando su madre le cogía el canasto al llegar a casa y la estrechaba entre sus brazos.

Recreándose en esa felicidad futura, rebuscó en la web de su banco igual que había hecho el mes pasado, y el otro. En la pantalla, una ventana emergente le preguntó: “¿Quiere fraccionar el cargo de 2.879€ en tres cómodos plazos?”

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Michal Jarmoluk

¿Qué comen los trolls? Guía básica para la creación de razas en la literatura fantástica

De las cuatro mocadianas que escribimos este blog, a Mónica y a mi nos encanta la ciencia ficción y la fantasía en todos sus formatos. Quizá por eso las dos estamos trabajando en sendas novelas fantásticas. La mía está ambientada en una sociedad muy similar a la de las culturas clásicas mediterráneas, y aunque tiene algo de magia, es muy fácil coger un libro de historia para inspirarse en la realidad cuando la imaginación no da para más. La novela de Mónica, en cambio, es mucho más compleja. Es del género de lo maravilloso, donde el mundo y sus habitantes no tienen nada que ver con el nuestro. Los personajes no son humanos; la vida en el planeta donde transcurre su historia ni siquiera está basada en el carbono. Por tanto, debe usar la imaginación y la lógica para no patinar en la trama y, con más motivo, en los detalles que le dan consistencia al mundo como, por ejemplo, qué comen, de qué viven e, incluso, si tienen algún tipo de atributo que les dé pudor enseñar.

¿Qué comen los trolls? Un ejemplo del Mundodisco.

Lord Vetinari, el Patricio de Ankh Morpork, decide que la Guardia de la noche debe tener representantes de minorías étnicas de la ciudad. Así es como, para desgracia del Capitán Vimes, un troll, un enano y una mujer se presentan como reclutas. Troll y enano, razas en histórico conflicto, forman equipo y el día a día les fuerza a conocerse un poco más y desechar creencias establecidas que tenían poco de verdad.

Como, por ejemplo, cuando un enano descubre que los trolls no comen humanos. “¿Cómo?”, os preguntaréis. “Si todo el mundo sabe que los trolls se ponen debajo de los puentes y se comen a los viajeros que no responden correctamente a sus tres preguntas”. Sí, ya. Pero Pratchett lo explica de una manera soberbia: ¿Verdad que los humanos son de carne -y grasa y agua-, y comen eso para sobrevivir? Entonces, ¿de qué le sirve una pierna humana a un ser hecho de silicio y otros materiales rocosos?

Monstruo de las galletas GIF

¿Hay peor monstruosidad que destruir galletas en vez de comérselas?

Usando la lógica, tiene sentido que un troll hecho de piedra coma piedras.

Esta historia se cuenta en Hombres de armas.

La jerarquía de necesidades

Qué come un troll es uno de los detalles nimios que no tienen por qué aparecer en una novela pero que, según cómo hayamos diseñado esos pormenores, hará que la estructura familiar y social tenga una forma u otra. Para eso, a mí me gusta jugar con la pirámide de Maslow.

Abraham Maslow fue un psicólogo estadounidense de corriente humanista que estudió el camino hacia la autorrealización de las personas. Creó una jerarquía de necesidades que trasladó a una pirámide para hacer su teoría más visual.

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Así, según Maslow, a medida que vas cubriendo las necesidades de abajo, vas teniendo las de arriba. Me explico: si no tienes qué comer, difícilmente te va a importar autorrealizarte en la vida. Esto también tiene sentido, ¿verdad?

Y ahora os preguntaréis: ¿podemos aplicar la psicología humana a cualquier raza de nuestro mundo? Quizá no. Pero, como para escribir e imaginar nos basamos en lo que conocemos, y lo que conocemos son los humanos, no veo nada mejor que inspirarnos en ellos para tener unas pautas que nos ayuden a crear nuestras razas.

La pirámide de Maslow y las cocinas de los trolls

Vamos a ver, punto por punto, en qué nos ayuda la Pirámide de Maslow para definir nuestras razas y, por ende, las sociedades  en las que viven. Según sea esa sociedad, nuestra trama encajará más o menos así que no es un trabajo menor.

Necesidades fisiológicas. Esta es la categoría más sencilla: lo que necesita nuestra raza para sobrevivir. ¿Nuestra raza respira? ¿Se reproduce y tiene sexo? ¿Necesita comer? ¿Duerme? Si se reproduce ¿todos sus miembros pueden hacerlo? ¿Son embarazos dentro de cuerpos o se crían en, no sé, ¿huevos? Según qué decidáis, la estructura familiar será de una forma u otra. Si los neonatos no necesitan progenitores, quizá las crías viven juntas bajo el cuidado de profesionales. Igual son seres con branquias que pueden vivir en tierra pero necesitan sumergirse cada cierto tiempo en agua dulce. O necesitan dormir pero mueren si se quedan quietos demasiado tiempo.

Si aceptamos la hipótesis de Pratchett hemos quedado en que los trolls comen piedra. Así pues, de nada sirve que haya batidas de caza, al menos para comer. En todo caso, quienes se encarguen de conseguir recursos alimenticios serán mineros, ¿no? Por otro lado, ¿necesitan una cocina? Está claro que un fogón normal no les serviría de mucho, no creo que se pueda calentar un trozo de roca. Igual un horno de herrero les haría más servicio, y un yunque.

Ya veis, son muchas decisiones, y las más básicas.

Necesidades de seguridad. Una vez se han satisfecho las necesidades primarias, aparecen estas: son aquellas que aseguran que nuestra raza va a estar bien. Por ejemplo: ¿Pasa frío o calor? ¿Tiene efectos adversos para su salud? Según Pratchett, los cerebros de silicio de los trolls funcionan mejor con una baja temperatura. Es decir: si hace calor se vuelven tontos, por lo que es lógico que, si quieren pensar bien, buscarán lugares fríos en los que trabajar.

Por otro lado, los trolls de ciudad que no tengan una mina cerca posiblemente necesitan trabajo para comprar piedras. ¿De qué puede trabajar un troll? ¿Quién va a contratarlo?

Estas dos partes de la pirámide, además, nos ayudarán a definir el conjunto de sociedad. Saber qué necesitan para vivir es imprescindible para conocer la demanda de la población e, incluso, dónde está el capital y en manos de quién están los recursos. Si recordáis la última peli de Mad Max: Fury Road, el recurso más buscado era el agua, y esta estaba en manos de Immortan Joe.

Immortan Joe controlando el agua

Sabed, también, que quien controla los recursos necesarios para la vida controla la sociedad en sí. No lo olvidéis nunca.

Necesidades sociales. Ya sabemos qué necesita nuestra raza para sobrevivir. El siguiente paso es saber si es una raza social o no y, según eso, definir qué entra dentro de la normalidad. El ser humano es un animal social por naturaleza y así solemos crear nuestras razas. Si nuestro protagonista es individualista o solitario lo hacemos para conferirle un rasgo especial, para marcar la diferencia con el resto.

De ser así, entonces debemos crear unas normas sociales a las que los personajes puedan o no acogerse y, sobre todo, tener en cuenta que nuestra trama tenga sentido en ese tipo de sociedad. Si la vida ha surgido del mundo vegetal y los niños salen de pequeños capullos que brotan de la tierra, es fácil que las familias tal y como las conocemos no tengan sentido. Si es una raza cuyo sistema reproductivo está en el interior del cuerpo y no tienen necesidades de frío ni de calor, quizá es más lógico que vayan desnudos que vestidos. Y quien se ponga una falda, por ejemplo, llamará la atención.

Además, hay que sumarle otras muestras de afiliación como son la amistad, el amor fraternal o familiar y las relaciones románticas.

Necesidades de autoestima. en este caso, nos referimos a la necesidad de respeto y de autoconfianza en uno mismo. Según Maslow, la necesidad de autoestima y de reconocimiento son las más sofisticadas, aquellas que solo aparecen si las tres anteriores están cubiertas.

Bien, ¿qué necesita nuestra sociedad para que una persona se sienta reconocida? En una aldea de Trolls, es posible que se valore especialmente al espécimen que sea capaz de romper la roca de un solo puñetazo. En una sociedad de plantas humanoides que haya llegado a la era espacial, es posible que un ser respetado sea el que pilote naves como quien lleva un triciclo. En nuestra sociedad siempre se ha considerado exitoso a aquel que, con treinta años, tenga una pareja preciosa, coche, casa, hijos, perro y un trabajo que le ingrese varios ceros en el banco.

Como veis, en la época de mis padres, la persona más exitosa era aquella que había cumplido con las tres primeras necesidades de la pirámide de manera excelsa y holgada.

Claro que este éxito debe servir para el propio reconocimiento del personaje. Son valores o creencias comunes que hacen que uno mismo se quiera y que los demás también lo hagan.

Necesidades de autorrealización. Como decía antes, en los 90, el exitoso era el que había conseguido la casa, el niño rubio de ojos azules y el coche deportivo. Ahora, bien superados los 2000, hay otra cosa que se nos ha puesto por delante, quizá porque sabemos que las nuevas generaciones lo tenemos más difícil que nuestros padres a la hora de cobrar. Ahora, lo que importa, es la autorrealización.

¿Qué quiere decir eso? Cada uno tenemos objetivos vitales que hace que nos sintamos orgullosos de nosotros mismos. La realización personal depende de cada ser y de sus gustos y voluntades. Sin embargo, estos gustos están influenciados por la sociedad, y la sociedad depende de nuestra naturaleza y nuestras necesidades.

¿Cómo se autorrealizará un troll? Consiguiendo ser tan listo en un clima cálido como en uno frío, por ejemplo. Preparando las rocas más deliciosas del mundo. Cincelando su cuerpo (badumtsss) para presentarse a Mister Troll 2097. ¿Quién sabe? Lo importante es que la autorrealización pasa por conseguir logros que vienen definidos por nuestra naturaleza y nuestra sociedad.

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Si fuera junto a David Bowie yo también querría ser la reina troll

 ¿Lo veis? Está todo ligado. Si no fuera tan lógico os diría que es magia, y por eso me gusta tanto.

 La pirámide de Maslow, que se utiliza en psicología, en Marketing o en Comunicación, también puede aplicarse a la literatura. No deja de ser una guía, una plantilla que nos dice si vamos bien encaminados si queremos crear una raza o una sociedad distinta de la nuestra y que siga teniendo sentido.

En el caso de que la raza sea la humana pero la sociedad sea inventada, solo tenemos que saltarnos las dos primeras necesidades porque ya nos son conocidas. Una vez empezamos a trabajar en cómo es la sociedad, podemos seguir con el resto de necesidades para crear nuestros personajes, ya sean protagonistas, antagonistas, acompañantes o lámparas sexys (esto último mejor no, por favor), y que aporten valor a la idea que queremos transmitir con nuestras historias.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Efraimstotcher

 

 

Danos hoy nuestro pan

Miré el plato y me asaltó un sabor amarillo y amargo. Sobre la porcelana, decenas de gusanos se enroscaban en terrones de tierra mohosa; bailaban al son de la música de los cubiertos del resto de comensales mientras los míos aún descansaban sobre la servilleta. A mi derecha, mi hermano pequeño sorbía uno de aquellos bichos gruesos como su meñique mientras sus labios y mejillas se salpicaban descuidadamente de barro.

—Come, Claudia, por favor —dijo mi madre con voz suave y pausada, la que se utiliza cuando se habla con un demente o con un animal salvaje a punto de devorarte. Mi padre permanecía ajeno a todo, como siempre en los últimos tiempos, riéndose de algo que le acababa de llegar al móvil y engullendo lombrices con la boca abierta.

—No puedo —musité.

—Si la Tata no se lo come lo haré yo —contestó Marc sin parar de enrollar los gusanos con el tenedor. Se los llevaba a la boca sin importarle que siguieran moviéndose. No pude disimular una arcada al preguntarme si seguirían vivos mientras bajaban, escurridizos, por su esófago.

Mi madre reparó en aquel acto involuntario y sacó aire por las narices, expulsando mocos transparentes como el agua.

—Hija, déjate ya de tonterías —el sonido llegó amortiguado por la servilleta de tela con la que se estaba secando—. ¿Sabes cuánto hace que no comes? Sergi, por favor, dile algo a tu hija.

Mi padre miró a mi madre con la misma expresión que si se hubiera despertado solo en medio del desierto. Se le escapó un “¿eh?”, antes de que mi madre volviera a resollar.

El afán de mamá por servirnos aquellas inmundicias empezó unos meses atrás, cuando estaba preparándome para la selectividad. Me acuerdo porque la primera vez que me saqué de la boca un caparazón duro y alargado de algo que no pude reconocer fue después de un examen preparatorio de química. También recuerdo mi sorpresa y el asco que sentí. Tanto, que dejé la tartera sobre el suelo del rincón del patio en el que  mis amigos y yo estábamos comiendo y, sin poder dar ninguna explicación, corrí a vomitar al baño más cercano. En aquel momento pensé que debía de haberse colado algún insecto en las hojas de lechuga de bolsa con la que mi madre había preparado mi fiambrera.

Pero aquellos hallazgos fueron a más. Las hormigas reemplazaron a las semillas de mostaza negra y las cucarachas eran la única proteína que encontraba en los guisos marrones que me llevaba al instituto. Por la noche, sentados todos a la mesa, veía cómo el resto de la familia disfrutaba de aquel inusual festín mientras yo deslizaba furtivamente las viandas hasta la boca de mi perra, que tragaba como un pavo.  Las pocas veces que acababa metiéndome algo en el estómago conseguía expulsarlo minutos después con solo acariciarme la campanilla.

No es que me quejara. Antes de aquello, dejar de comer había supuesto un reto titánico. Recuerdo los días en los que me dolía tanto la barriga que me parecía que mi estómago se estaba comiendo a sí mismo. Después, con el hallazgo del primer insecto vivo subiendo por mi tenedor y correteando por mi brazo, el hambre cesó. Por fin podía concentrarme en los estudios sin tener la tentación de asaltar la nevera cuando los nervios me enjaulaban el estómago.

Todo cambió en junio, después de examinarme. Se acabaron las clases y los pretextos para no almorzar en casa. A la semana ya no me quedaban excusas para no comer, y mi madre enloqueció. ¡Hasta me llevó al médico! Aunque eso fue mi culpa porque me descuidé de ir cogiendo y tirando las compresas y tampones del baño que compartíamos. El doctor Fuentes, al oír que se me había retirado la regla, me llevó a un aparte y me preguntó qué estaba pasando. ¿Cómo se lo iba a contar? Y lo que es peor, ¿qué le podía decir? Si descubría la verdad, o encerraban a mi madre en un psiquiátrico o me encerraban a mí.

Desde ese momento dormía mal, y me levantaba cada mañana con taquicardia solo de pensar en tener que enfrentarme a aquel potro de tortura vestido con un mantel. Además, me sentía débil por el ayuno. Antes, aquellas veces en que el hambre era más fuerte que yo, iba a la frutería y me compraba un par de manzanas. Pero ya me había gastado todos mis ahorros y no me daban más dinero. Mi madre había leído demasiadas cosas por internet sobre qué se puede hacer con él cuando no quieres engordar. Tampoco dejaban que Tara estuviera a mis pies. Siempre que nos sentábamos a comer desterraban al pobre animal al jardín. Me veía obligada a darle un bocado a lo que me ponían delante y no me dejaban refugiarme en el baño hasta pasadas dos horas, ni siquiera para lavarme los restos de patitas que quedaban entre los dientes. Y cuando iba, mi madre me acompañaba y tiraba de la cadena por mí.

Aún quedaba un mes para que empezara la universidad y volver a ser libre. Un mes de saltamontes para comer y gusanos para cenar.

El plato seguía ante mí. Mi hermano ya se había acabado su ración de lombrices y también mi padre, que se había ido al salón en cuanto mi madre había dejado de abroncarle. ¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Cuándo fue la última vez que habían salido a cenar? ¿La última vez que se ducharon juntos? Antes lo hacían a diario. Pero ahora casi ni se hablaban, y cuando lo hacían era para echarse en cara cosas como que el otro había cerrado mal la bolsa de basura. Papá solo tenía ojos para el móvil y mamá… Mamá estaba todo el día conmigo.

Nos quedamos las dos solas en la mesa, mi plato levantándose entre nosotras como un muro de la vergüenza. Mamá miraba a papá de reojo con la misma expresión que cuando se para frente a la foto enmarcada del abuelo. Estaba tan encorvada, como si siempre tuviera los huesos fríos, que me dieron ganas de abrazarla y decirle que no pasaba nada, que todo estaba bien. Por un segundo me recordó a mí.

Por eso, quizá, cogí el tenedor.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Jayden Yoon

 

Los referentes en la obra de Terry Pratchett

El próximo viernes 28 de abril hará 69 años que Sir Terry Pratchett nació. Sí, no es una fecha redonda, pero como aún no he sido capaz de superar que mi autor favorito muriera en 2015, cualquier momento es bueno para hacerle un homenaje muy sentido.

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En esta entrada ya os expliqué por qué para mí fue tan importante este autor. Gracias a él descubrí que las mujeres somos algo más que damiselas y, también, me inculcó el deseo de escribir. De no ser por él, este blog no existiría ni tampoco mis muchos proyectos de escritura.

Pratchett, que se hizo una espada de acero de meteorito hecha para cuando lo nombraron sir, es uno de mis referentes. Creó el Mundodisco, un reflejo lleno de magia de nuestro mundo. Dividió sus historias en más de cuarenta libros, de los cuales, treinta y mucho pertenecen a diferentes sagas (la de la muerte, la de Rincewind, la de la Guardia…). En ellos hay brujas, una universidad de magos y un bibliotecario que además es un orangután. También hay arengas pacifistas, reivindicación obrera y lucha por la igualdad. Y, en algún que otro libro, mil elefantes.

“¿Qué referentes tuvo alguien que escribió sobre dragones y enanos de metro ochenta?”, os estaréis preguntando. Muchos, os contesto. Pratchett demostró, libro tras libro, que la cultura clásica y la literaria no le era ajena. Y eso es lo que os traigo en esta ocasión: su referentes.

Coged un tentempié o algo, que esto va para largo.

 El color de la magia (1983) y La luz fantástica (1986)

¿De qué van? Un misterioso hombrecillo llega a Ankh Morpok, una ciudad sucia pero muy ordenada, para conocerla. Es el primer turista del Mundodisco, y encomiendan su protección a Rincewind, un proyecto de hechicero. ¿Qué puede ir mal si un pseudomago intenta proteger a un hombre cándido e inocente de la ciudad más peligrosa del Disco?

¿A qué hace referencia? Hay quien dice que el libro, el primero de la saga de Rincewind, comenzó como una sátira de un cúmulo de elementos fantásticos y frikis. Sin embargo, hay tanto cariño en las alusiones que hace que no lo veo tan claro. De lo que no tengo duda es de las referencias a El señor de los Anillos, a Conan el Bárbaro o a Los Jinetes de Dragones de Pern. Además, como en todas sus obras, está presente la mitología. Sin ir más lejos, para crear y definir el Mundodisco se basa en un mito apócrifo hindú según el el mundo es una tortuga que nada con cuatro elefantes sobre su concha y que, a su vez, aguantan un disco.

Pero como la mitología suele quedarse corta, también recurre a los horrores de uno de los escritores con la mente más enferma (y magistral) que ha habido nunca. Me refiero a Lovecraft, por supuesto. La magia de la que se habla en los primeros libros del Mundodisco suele venir aparejada con unos entes que habitan las Dimensiones Mazmorra. Son bichos amorfos, espantosos, y primos hermanos de los seres primigenios de los Mitos de Cthulhu.

Brujerías (1988)

9788497593182¿De qué va? La paz del pequeño pueblo de Lancre se ve turbada por la muerte de su rey. Unos años más tarde, las tres brujas de la zona –Magrat Ajostiernos, Tata Ogg y Yaya Ceravieja– sienten que algo va realmente mal. El país no se siente querido. ¿Los ciudadanos? No, algo más profundo.

Es el segundo libro de la saga de las brujas, que empezó con Ritos Iguales.

¿A qué hace referencia? Leer Brujerías es leer Macbeth, de William Shakespeare, a través de la pluma de Terry Pratchett. Sin dejar de lado el humor, vemos duques asesinos, fantasmas vengativos e hijos perdidos. Sinceramente, disfruté más esta versión que la de Shakespeare. Pero esto último no creo que sorprenda a nadie que me conozca.

 Eric (1990)

9788483460085¿De qué va? Eric es un muchacho recién entrado en la adolescencia que coge un libro de demonología con la intención de invocar a un demonio que le lleve, entre otras cosas, a conocer a la mujer más hermosa que jamás haya existido. Desgraciadamente, en vez de aparecer un ser infernal súper poderoso, del pentagrama surge Rincewind. ¿Os acordáis de él? El hechicero nefasto/niñero del primer turista del Mundodisco que aparece en el primer libro.

¿A qué hace referencia? Bueno, este es fácil. En sus primeras ediciones, el libro se llamaba Fausto Eric. Con este libro, además de decidir que, si tenía un hijo, se llamaría así (Eric, y no Fausto), me entraron ganas de leerme el Fausto de Goethe.

Nos volvemos a topar, de nuevo, con la mitología de Troya y su hermosa historia de amor entre Paris y Helena de una manera un poquito más realista que la escrita por Homero.

 Imágenes en acción (1990)

images-4¿De qué va? En una playa fea y solitaria muere un hombre sin descendencia. Sin saberlo, era el último sacerdote de una orden y era el encargado de hacer un ritual que mantendría a salvo al mundo. Mientras, en Ankh-Morpork, los alquimistas descubren un papel sobre el que se pueden imprimir imágenes y darles movimiento. Cuando Víctor, estudiante de hechicería en la Universidad Invisible, descubre las películas, siente una necesidad acuciante de dedicarse a ello. ¡Con mil elefantes!

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Al cine, por supuesto. Al de Hollywood. Habla de las películas en blanco y negro, el color y lo rico que se hará el primer estudio que logre poner sonido en las cintas. Además, los personajes principales son homenajes a actores mundialmente conocidos: Víctor es una mezcla entre Rodolfo Valentino y Fred Astaire y Ginger, la chica, de Paulette Goddard y Ginger Rogers.

Aquí, además, vuelven a aparecer las Dimensiones Mazmorra, que nos recuerdan a los Mitos de Cthulhu.

 Brujas de viaje (1991)

9788497932134¿De qué va? Magrat Ajostiernos, una de las brujas que hemos visto en Brujerías, recibe una varita y el encargo de ayudar a una chica de un país lejano. El objeto mágico era de un Hada Madrina que, cuando supo que estaba a punto de parir, dejó la varita junto con una nota para Magrat en la que pide que Yaya y Tata la acompañen. Psicología inversa, le llaman.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Brujas de viaje es un libro sobre deseos, los que se necesitan y los que se piden, y también sobre los cuentos de hadas que todos hemos leído de pequeños. Vemos alusiones a Caperucita Roja, La bella durmiente, Cenicienta, El gato con botas y el cuento de la rana a la que besas y se convierte en príncipe. Ah, y a El Mago de Oz.

Además, en ese viaje pasa por zonas que nos resultarían familiares. Por ejemplo: en una de ellas, un grupo de hombres se pone a correr con toros. Y el lugar en el que vive la chica necesitada es un calco mágico de Nueva Orleans, con sus guisos, sus caimanes y sus brujas vudú.

 Dioses menores (1992)

9788497592246¿De qué va? Brutha, un chico duro de mollera pero con memoria eidética, descubre a una tortuga que habla. Esta le cuenta que es un dios, su dios, que ha tenido un pequeño problema en su última reencarnación. Om, pues así se llama esta tortuga tuerta, le pide que lo lleve ante la máxima autoridad de su iglesia porque, sin duda, debe ser su profeta.

Es un libro independiente.

¿A qué hace referencia? Este es mi libro favorito de todos los tiempos. Si no lo habéis leído ya estáis tardando. Como todo lo de Pratchett, tiene dos lecturas: la superficial, es decir, las aventuras que viven Brutha y Om, y la profunda, o cómo la estructura y los hombres de iglesia ciegan y raptan la verdadera fe.

Hay referencias a la Inquisición Española en la ciudad de Omnia, donde Brutha se encuentra con su tortuga-dios. Y a la Grecia Clásica, su religión y su filosofía en Efebia.

Es imprescindible. No puedo deciros más.

 Tiempos Interesantes (1994)

9788483460832¿De qué va? ¿Os acordáis del primer turista del Mundodisco, ese que sale en el primer libro? Quince libros después vuelve a aparecer. Ha sido encarcelado por haber escrito un libro en el que contaba sus viajes turísticos, y en su país ha habido todo un movimiento revolucionario y extremadamente educado alrededor de él. Y, ¿sabéis quién se mete en todo el fregado? Rincewind, el hechicero.

Otro de la saga de Rincewind.

¿A qué hace referencia? Tiempos interesantes empieza con una maldición oriental: ojalá vivas en tiempos interesantes. Porque, los calmados, son mucho más tranquilos para cualquiera. Vamos a ver alusiones a la cultura taoísta, a la forma de ser oriental y, sobre todo, a los guerreros de terracota. Para mí es, sin duda, el mejor libro de la saga de Rincewind.

 Mascarada (1995)

mascarada¿De qué va? Magrat, la bruja más joven de las tres, se casa con el Rey de Lancre. Yaya y Tata saben que Magrat debe dedicarse a reinar así que, para que el trío de brujas siga siéndolo, deben ir en busca de una jovencita con dotes mágicas. Pero la chica, Agnes, se ha ido a cantar ópera a la gran Ankh-Morphok.

Otro de la saga de las brujas.

¿A qué hace referencia? Al fantasma de la ópera, y a Andrew Lloyd Webber. La casa de la ópera en la que trabaja Agnes está embrujada, y Tata y Yaya estarán ahí para ver cómo el libreto del fantasma de la ópera se desarrolla ante sus ojos y con su ayuda.

La verdad (2000)

MundodiscoVerdad¿De qué va? William de Worde, un chaval aristocrático al que le gusta mucho escribir, reparte algunas cartas manuscritas entre sus allegados a cambio de un puñado de monedas. Cuando Buenamontaña, un enano de la gran ciudad, inventa la imprenta, se crea el primer periódico.

Es un libro independiente, aunque vemos a personajes que conocemos de otras sagas.

¿A qué hace referencia? Bueno, aquí tenemos un montón de cosas que vale la pena reseñar. La primera, que el diario recuerda mucho a The New York Times. La segunda y, para mí, la más grande, la presencia del Sr. Alfiler y el Sr. Tulipán. Este dúo es una referencia clarísima a Vincent y Jules, es decir, a los personajes de John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. Son lo mejor de la novela junto al vampiro fotógrafo.

 Ladrón del tiempo (2001)

ladron¿De qué va? La Muerte explica a Susan, su nieta, que debe impedir que un relojero de Ankh-Morphok construya un reloj que atrapará el tiempo. Por otra parte, Lonsang, aprendiz de Lu-Tze, acaba relacionado con ese reloj.

Es un libro de la saga de la muerte.

¿A qué hace hace referencia? Bien. Esta referencia me la saco un poco de la manga, pero solo porque lo vi en un Tuit y me encantó. En este libro, igual que en su primera aparición en Dioses Menores, se ve cómo Lu-Tze lo puede todo. Como ponía el tuit, este personaje carismático e inteligente es el Deux ex Machina hecho persona.

Por otro lado, en este libro existen referencias a los cuatro jinetes del apocalipsis que, personalmente, me recuerdan muchísimo a Buenos presagios.

 Ronda de Noche (2002)

9788499089027¿De qué va? Samuel Vimes, comandante de la guardia, viaja al pasado con la ayuda de una tormenta mágica mientras persigue a Carcer, un sádico criminal. En el pasado toma el papel de John Keel, su mentor cuando era joven. El Sam viejo sigue los pasos que había visto recorrer a Keel de joven, aunque Carcer modifica ligeramente sus planes.

Es (el mejor) libro de la saga de la Guardia.

¿A qué hace referencia? Primero, la portada es una parodia de la pintura de Rembrandt y solo por ella vale la pena tener el libro en las estanterías. Pero en este libro se habla de revoluciones, de política, de proletariado, y todo ello recuerda mucho a la revolución francesa.

Como escritura, pienso que es un libro perfecto para entender cómo debe evolucionar un personaje. Y, como lectora, pienso que es un libro perfecto para disfrutarse. Debéis leerlo, sin duda.

En todos los libros hay muchas alusiones y, si las nombro todas, no acabaría nunca. Podemos decir que Pies de barro está basado en el mito judío del Golem de Praga, Carpe Jugulum vuelve del revés las reglas que rigen la tradición vampírica y Lores y Damas tiene decenas de referencias filosóficas que darían para una tesis.

Desde que empecé a escribir, lo primero que me dijeron es que ninguna historia es original y que todo está escrito. Que lo original es hacerlo con mi estilo. Pues bien. Lo que está claro es que Pratchett lleva esa máxima al infinito al imprimirle su voz, envolverlo para regalo, ponerle un lazo y servírnoslo con su prosa. Y si no me creéis, solo tenéis que leerlo. Me juego un dineral a que os sacará más de una sonrisa y, os aseguro, no iré a la ruina.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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La imagen de cabecera es la tarta de mi treinta cumpleaños.

Todas las imágenes de los libros son de la editorial DeBolsillo.

La imagen del autor es de Terry Pratchett.

Anguruk

Hace unos meses, el blog Relatos en Isla Tintero celebró un concurso en el que, para participar, había que enviar un relato de cualquier temática con uno o más dibujos que lo acompañaran. Como hacía tiempo que seguía este blog y nunca me había presentado a un concurso, pensé: “¿por qué no?”. 

El arte de la palabra no se me da mal, pero dibujar no es lo mío. Empecé a angustiarme al darme cuenta de que no conocía a ningún ilustrador, así que pedí ayuda por Twitter y Facebook. En esta red social me escribió Isarn, escritor, ilustrador y fisioterapeuta, diciéndome que contara con él para darle magia a mi relato con sus acuarelas. Por desgracia, Isarn estaba demasiado liado, y un par de días antes de la fecha límite del concurso me confesó que no podría ayudarme. 

Ya podéis imaginar mi pesar, pues me hacía muchísima ilusión intentarlo. Y aquí es donde Eva, una de mis hadas madrinas, me dijo: “oye, ¿y si escribes a Sandra?”. Sandra es una amiga de Eva, y ahora mía, que dibuja y pinta como los ángeles. Además, tiene un estilo único y, lo que más me gusta, se deja llevar por lo que ve y oye para crear su arte. Así que pensé que el no ya lo tenía y que, por preguntar, no perdía nada.

¿Y sabéis qué? Que me dijo que sí. ¿Y sabéis qué más? Que no solo quedamos finalistas en el concurso, sino que lo ganamos. Porque Sandra, con sus pinceles, le dio la magia que le faltaba a Anguruk. Y como la magia hay que compartirla, aquí os dejo el relato y sus dibujos para que lo disfrutéis tanto como lo disfrutamos nosotras.

Anguruk

Después de una noche de borrachera, lo último que esperaba Alex era acabar andando con una desconocida por el manglar más grande de Luisiana. Ojalá pudiera volver atrás. Le advertiría a su ingenuo yo que aquella chica de labios gruesos no quería una noche de sexo desenfrenado. Y que los últimos cuatro whiskies sobraban.

Sabía que a partir de la quinta copa tomaba las peores decisiones de su vida. Como la noche anterior, cuyo resultado se traducía en unos zapatos llenos de barro y su libreta, con bordes sucios y frases inconexas, sobresaliendo del bolsillo derecho del pantalón. Aquella chica no conocía la lengua de señas así que tenía que comunicarse con la chica a través del papel.

—¿Cómo va la resaca? —preguntó ella, y apagó la linterna. Alex bizqueaba con la luz del amanecer que se colaba por alguno de los escasos huecos de los árboles del manglar.

Mal —escribió. Lo subrayó un par de veces con tanta fuerza que quedó marcado en las dos hojas posteriores. Pasó de una animada borrachera a tener la boca seca, como si hubiera masticado toallas, y un latido doloroso en la sien derecha.

—Pero sabes el camino, ¿verdad?

Alex se tomó su tiempo para escribir.

Me lo inventé. Para llevarte a la cama. Estás loca si crees que vamos a encontrar algo.

Fueron sus ojos verdes. Eran su debilidad. Le recordaban al agua del pantano en primavera, cuando está cubierto de ese espeso musgo reluciente. Y en el momento en el que ella le acercó su nariz, lo suficiente como para oler su aliento afrutado, y le pidió que la llevara al pantano a ver a Anguruk, él no solo no se negó, sino que lo consideró una idea magnífica. Irían y le pedirían un deseo, como en la leyenda.

—Lo que me parece increíble —dijo ella— es que Anguruk te dejara vivo. Es vengativo y traicionero, igual que el pantano, ¿sabes? Sí, claro que lo sabes.

Y tú sabes que es un mito. — “No entiendo cómo no me he ido ya”, pensó. Pero aún tenía la esperanza de que ella cambiara de opinión y acabaran en la casa de alguno de los dos.

—Venga, Alex. No hace falta que sigas con esta pantomima. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? —Carraspeó y pareció transformarse en una presentadora de televisión—. Hoy, en el plató de Johny Carson, recibiremos al chico que sobrevivió cinco días en el pantano—.Volvió a carraspear y volvió a su tono normal—. Un milagro, dijeron, pero ambos sabemos quién te ayudó. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Qué le pediste?

No le pedí nada —El “nada” estaba escrito con saña, como si hubiera querido atravesar el papel. Pero era una confirmación. Cuando vio la sonrisa de triunfo de la chica, arrancó la hoja.

Fue hace 12 años.

– Eso, doce años. Solo espero que en todo este tiempo no te hayas olvidado de…

Alex nunca supo qué era lo que no debía haber olvidado. La chica se quedó quieta, boquiabierta. Con la mirada perdida en algún punto más allá de un pequeño humedal. Alex se acercó a ella y le golpeó el hombro con el índice. No pasó nada. Le colocó una mano delante de los ojos y la movió de arriba abajo. No reaccionó. Él se puso delante y ella, dio un paso a un lado con movimientos forzados, como de títere, y echo a correr sin previo aviso.

“Oh, mierda. Ya ha empezado”, pensó. Y la siguió.

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No la alcanzó hasta que el agua les llegaba por la cintura. La zarandeó, la sujetó y le pegó una bofetada, pero ella seguía caminando. Tuvo que usar toda su fuerza para echársela encima, como hacía desde niño con los sacos de pienso de la granja de su padre. Pero el pienso no pataleaba. Ni utilizaba los puños como si fueran martillos. Alex sintió el deseo de tirarla al agua y dejar que se ahogara. Anguruk se pondría contento.

La chica no volvió en sí hasta que Alex había salido del agua. Aún con ella encima, siguió caminando por un sendero que solo se veía si no lo mirabas directamente. Le dolían los riñones y la cabeza le latía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Alex la colocó en el suelo y sacó su libreta.

Estamos a tiempo de volver.

—No. No, no, ni hablar —le temblaba la voz —. Solo quiero saber qué me ha pasado.

Álex sintió pena por ella. Sabía lo impotente que debía haberse sentido.

Anguruk. Lo que querías. Jugará con tu mente hasta que te mates tú sola.

—Pero tú estás aquí. Quiero decir, viniste solo al pantano y no moriste.

No estoy seguro de eso.

Ella cruzó los brazos y lo miró de arriba abajo sin disimular su desdén.

—Para ser mudo eres muy teatral.

Alex se encogió de hombros y puso los ojos en blanco. Ya había aceptado que ella no pararía hasta dar con Anguruk, así que la llevaría hasta donde lo encontró la última vez. Iba a darse la vuelta para seguir caminando cuando ella lo agarró del brazo.

—¿Te has dado cuenta? No estamos solos.

Tenía razón. El sonido de su alrededor, una letanía de graznidos, zumbidos y silbidos, calló. Las criaturas del pantano se hicieron visibles. Cucarachas, ranas, aves, caimanes; presas y cazadores juntos, sin prestarse atención los unos a los otros, solo a los dos humanos que se habían adentrado en el manglar.

El calor empezó a aumentar y a cada respiración se les llenaba la nariz de agua. El aire sabía a metal, algo parecido a la sangre y a la vez diferente, más terroso. Alex pensó que se estaba volviendo loco cuando los animales se fusionaron hasta crear una silueta oscura.

—No esperaba volver a verte, Alex.

Anguruk no había cambiado en doce años. Tampoco podía hacerlo. Ya entonces era poco más que una calavera cubierta por una capa de piel verdosa y escamada. Sus ojos eran casi blancos, o más bien ocres, rotos solop por dos puntos negros. Vestía hojarasca, musgo y lianas, que en algunos puntos empezaban a pudrirse y, en otros, florecían. El druida llevaba el pantano encima.

—¿No vas a decirme nada? —Anguruk frunció el ceño, algo bastante meritorio teniendo en cuenta que no tenía cejas, ni siquiera carne bajo la piel—. Ah, que no puedes. ¿Y la chica? ¿Cómo se llama?

—Rachel —dijo ella, y Alex se dio una palmada mental en la frente. Se lo dijo la noche anterior, pero fue sepultado bajo litros de alcohol—. Vengo a conseguir mi deseo.

—Claro, claro. Dinero, amor, ¿qué quieres? —Alargó una mano hecha de hueso y tendió la palma hacia arriba— ¿Qué estás dispuesta a darme a cambio?

—Quiero tu nombre.

El druida se quedó inmóvil. Si pudiera respirar, se habría quedado sin aliento. Dio un manotazo al aire, y el cuerpo de Alex se estrelló contra un árbol. Rachel, en cambio, siguió con los pies bien clavados en la tierra y con la cabeza alta, desafiante.

—Anguruk es mi nombre —rugió.

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Alex se encogió, dolorido y asustado. Era la segunda vez que veía a Anguruk enfadado. La primera fue doce años atrás, cuando le negó su deseo. Alex había pasado tres días vagando por el pantano, luchando contra el impulso de echarse a dormir bajo el agua del manglar, buscando la manera de pedirlo.

Y entonces lo encontró. Y algo o alguien dentro de su cabeza le dijo que, aunque su madre también quería volver a abrazarlo, no debía hacerlo. Que el precio que Anguruk pondría sería demasiado alto.

El druida estaba obligado a conceder lo que quisiera a quien sobreviviera en el pantano. A cambio podía pedirle cualquier cosa. ¡Y era un niño! una fuente inagotable de sueños e ilusiones, alimento para un par de eones. Sin embargo, el crío no quiso pedirle nada y él no pudo aceptarlo. Lo condenó a vivir sin voz para que no pudiera contarle sus deseos a nadie nunca más.

Y, si aquella vez estaba molesto, esta vez era peor. Pero Rachel no pareció reparar en ello. Se plantó ante él y se irguió como si un titiritero estuviera tirando de su coronilla con una cuerda.

—Anguruk es el nombre que te dieron los humanos. Quiero tu nombre verdadero.

—Bruja, ¿quién eres? —siseó él.

Rachel contestó, y su voz sonaba a pérdida, a una vida en la que había habido demasiado sacrificio:

—Tú lo has dicho. Una bruja. Y te conozco, Anguruk. Dame tu nombre.

—Pero no sabes cuál es el precio.

—¿Mi voz? —dijo Rachel, y lanzó una mirada que hizo sentir a Alex como el ser más repulsivo y prescindible del mundo— ¿Mi vista? Cuando tenga tu nombre tendré tu poder. ¿Qué más dará el precio que pague?

Anguruk la observó, de repente calmado. Miró al pantano. A Alex le pareció que era una despedida.

—Está bien —contestó—. Si ese es tu deseo te diré mi nombre. Pero antes…

Anguruk se movió en un suspiro. De pronto estuvo frente a Alex. En lugar de guiñar un ojo, cerró los dos porque el druida no estaba acostumbrado a ese tipo de camaradería, y sopló con fuerza contra la nuez de Alex. Después, se plantó junto a ella y le susurró algo al oído.

El cambio empezó con un aullido. Las extremidades de Rachel empezaron a estirarse, los huesos se marcaron. Su piel se escamó, el pelo empezó a caer. Hojas y musgo subieron por sus pies hasta cubrir sus pantorrillas, siguieron por el vientre y los pechos, ahora desaparecidos. Sus gruesos labios dejaron de serlo y ahora apenas cubrían unos dientes del color de la madera podrida. Rachel, ya Anguruk, se retorcía en el suelo.

Junto a lo que había sido su ligue, Alex vio a un hombre desnudo e inconsciente. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, la cara bastante redonda y pelo escaso hasta la nuca. Parecía bastante afable, pero no era más que un pobre desgraciado que, como Rachel, debía de haber sido condenado por su ambición a reinar en el pantano.

Alex pensó que era el momento de huir. Al fin y al cabo, ya no tenía sentido esperar a que Rachel quisiera volver a casa con él. Aunque no podía verlo, estaba seguro de que sus ojos verdes habían desaparecido. Se encogió de hombros, se echó al señor desnudo sobre el hombro y se puso a cantar. Sin mirar atrás, volvió a su vida y se acordó de que no debía fiarse de las mujeres guapas que se sentaran con él a beber en el bar.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imágenes: Sandra Garcia-Moya

Yo escribo, tú pirateas

Que levante la mano quien nunca haya descargado de forma ilícita un libro. ¿Nadie? ¿No? Bueno, no voy a decir que me sorprenda. Descargarse un libro de forma ilícita de un repositorio de enlaces es como ir con hambre por el campo y saber que ahí, detrás de esa colina, hay un manzano lleno de frutos. Quizá esa parcela sea de alguien, y es posible que, para que ese árbol rebose vida y comida, una señora haya estado días, meses o años regándolo, abonándolo y protegiéndolo de cabras y cabrones que querían llevárselo por delante.

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Pero, cuando estemos mirando el árbol y escogiendo la manzana más tersa y jugosa, no vamos a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás de esa fruta. Como mucho nos preguntaremos, retóricamente, si alguien va a notar que falta una. Porque solo es eso: una manzana. No es como si fuera, no sé, algo importante. Así que nos acercamos al árbol y lo cogemos. Y, cuando queremos leer algo, vamos al repositorio de libros y cogemos ese que tiene tan buena pinta. Porque, ¿quién va a saber que nos hemos descargado un libro? Además, solo es un libro. No es como si fuera, no sé, algo importante.

Hábitos de lectura

En Enero de 2017, la Federación Española de Gremio de Editores de España (FGEE) publicó el último (y un poco descorazonador, añado yo) Informe de la Lectura en España. Según este, más del 90% de la población se considera lectora porque consume periódicos, comics o webs, pero casi el 40% no ha leído un solo libro durante el último año.

 Exactamente 37,8%. Tres, casi cuatro de cada diez españoles, no tocaron un libro en doce meses. Como escritora vocacional me asusta. Pero como lectora apasionada me pone la piel de gallina. Soy consciente de que la lectura supone un esfuerzo mayor que ver una serie o jugar al Candy Crush, y ya puse en este artículo mi granito de arena para animar a leer a quienes se le encogen las tripas de solo pensarlo, así que no voy a ahondar más en este aspecto aunque me preocupe. Lo que voy a hacer es centrarme en los que leen y hablar del origen de aquello que leen.

Consumo de literatura

Hace ya algún tiempo hice una encuesta en Twitter (con un “por fi” repetido, pero es que soy muy educada y un poco pava) para saber cuál es el origen de la última lectura de mis seguidores. Al hacerla a través de un medio digital, os prometo que pensaba que la última opción, “descargado sin pagar nada”, iba a ser la más votada.

Encuesta hábitos de lectura

Carla, guapa, en toda la boca

De las mil personas que respondieron a la pregunta, el 58%, es decir, 580 tuiteros, habían comprado su última lectura. Sin embargo, aunque el número de respuestas fue elevado, hay que contextualizar esta encuesta.

Debemos pensar en quién es el usuario medio de Twitter. Según este artículo de CrhistianDvE de octubre de 2016, el 60% de los usuarios son hombres y el 40%, mujeres y, del total, más del 50% tienen edades comprendidas entre los 25 y los 54 años. Además, más del 50% tienen estudios superiores.

Si analizamos cuál es el perfil medio del lector en España, vemos que lo único que no coincide con el usuario medio de Twitter es el sexo: mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.

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¿Qué conclusiones podemos extraer? Que, de las 11.520 personas que vieron este Tuit, solo votaron 1.000 (975 según el botón de estadísticas del tuit), un 8,7%. ¿Qué pasa con ese 91% restante? Además de aquellos cuyo corazón muerto no se emocionó con mis reiterados “por fi”, imagino que muchos otros no contestaron porque no recuerdan de dónde sacaron su última lectura.

Este último número sería aún peor que el que ofrece en su estudio el FGEE. Pero los vamos a dejar de lado, porque ya he dicho antes que hoy me iba a centrar en los que leéis.

¿Sabíais que, para cienes y cienes de escritores que pululamos por Internet, cada uno de vosotros, lectores, sois como un oasis en medio del desierto? Lo único que queremos es llegar a vosotros, convenceros de que sabemos escribir y que nuestras historias os emocionarán y, así, que acabéis comprando nuestro libro.

Pues bien, en mi encuesta, muchos de los lectores compran, y eso es algo que tengo que agradecer por muchos motivos que veremos más abajo. Sin embargo, hay otros que no pagan por sus lecturas. Y lo voy a analizar.

Toda descarga gratuita no es ilícita per se

Veréis que, en la encuesta, pregunto el origen del último libro leído. Al final, apunto a un “descargado sin pagar nada”. Fue gracioso que algunos sintieran la necesidad de recordarme que no toda la descarga es ilegal, cuando no pongo en ninguna parte que lo sea.

Y no lo puse porque era consciente de que se puede leer gratis y descargado de Internet sin que sea ilícito. Además de autores que ponen a la disposición del lector libros gratis en formato digital, hay otras plataformas en las que puedes descargarte capítulos o libros enteros sin pagar un euro.

Yo lo tenía en cuenta, pero sé que se suele considerar toda descarga por internet como piratería, y de ahí los números que salen. Por ejemplo, que en 2015 la piratería causó pérdidas de más de 3.000 millones de euros en España.

Una descarga ilícita no es una no-venta

Vuelvo al ejemplo del árbol. Cuando tenemos hambre, igual nos apetece un pollo con patatas fritas pero si lo que tenemos a mano es un manzano, acabaremos cenando manzanas. Con los libros gratis, igual que con las series y las películas, pasa algo similar. Si está ahí, disponible, lo cogemos y lo leemos. Que no quiere decir que si fuéramos a la librería y nos pusiéramos a elegir cogeríamos ese. Simplemente que, cuando está ahí y no cuesta nada, nuestro criterio de elección es muchísimo más laxo y tragamos con cosas que, si tuviéramos que pagar, no aceptaríamos.

Entiendo que es difícil poner una cifra si no podemos preguntarle a cada piratilla si hubiera comprado ese libro que ha descargado. Pero llama la atención una cifra tan alta, teniendo en cuenta que según lo que dice la GFEE, algo menos del 50% de la población es lector frecuente. Y, con estas cifras, podríamos pensar que antes de Internet había un montón de autores que vivían únicamente de lo que escribían, sin contar con charlas o conferencias. Y eso tampoco ha sido así. Recordemos que los royalties que cobra un escritor, habitualmente una vez al año, pueden suponer solo el 12% del pvp de un libro. Eso se traduce en unos dos euros por tomo. He tomado estas cifras de los números que nos ofrece Guillermo Schavelzon en su blog. Él nos dice:

Para ganar 43.000 euros, a 2,40 por libro, tendrá que vender 17.916 ejemplares. ¿Cuántos escritores venden 17.000 ejemplares cada año? Pocos, mucho menos de lo que el imaginario popular difunde.

Así pues, me pregunto si la erradicación de la piratería sacaría de pobres a los escritores y, sinceramente, creo que no. Eso no significa que defienda la piratería, ojo. Solo que, al eliminarla, no vamos a solucionar todo el problema de la industria.

No podemos dejar de leer

El gran mal de este mundo es la injusticia provocada por la falta de empatía y, solo si nos ponemos en la piel de los demás seremos capaces de erradicarlo. Pero no es tan fácil. Siempre he pensado que el ser humano es egoísta por naturaleza y que los libros son la mejor herramienta para empatizar con el resto de seres humanos.

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“¡Con más de mil elefantes!”

… y como se llame eso, ¡de Ardor Primario en un Continente Atormentado! ¡Romanticismo! ¡Glamour! ¡En tres emocionantes rollos! Emocionaos con la Lucha a Muerte contra Terribles Monstruos! ¡Apasionaos cuando más de Mil Elefantes…!

Por eso creo que no debemos dejar de leer. Y, si no podemos permitirnos un libro, entiendo que recurramos a otras fuentes. Estas pueden ser bibliotecas, plataformas y blogs de autor, Amazon y sus libros gratis, amigos e incluso el Kindle de otro con el libro que queráis leer. Por último, sí, podéis recurrir a un repositorio de enlaces ilícito. Pero quiero que sepáis lo que eso significa.

¿Vais a piratear? Vale, pero sed conscientes de lo que hacéis

Como os digo, yo he pirateado así que no puedo sentar cátedra diciendo lo malos que somos por hacerlo. Lo que sí quiero es que quien piratee entienda lo que supone eso para el autor.

Escribir un libro no es fácil, ni barato. Primero porque, aunque el autor no contrate ningún servicio, en el mejor de los casos está quitando tiempo de su trabajo remunerado para poder escribir la novela que disfrutaréis. En el peor, el autor, después de escribir, reescribir, corregir y volver a reescribir, contratará a correctores, diseñadores y maquetadores para tener una obra que dé gusto leer, sobre todo si autoedita.

¿Cómo se lo podéis agradecer? Primero, pagando por su libro. ¿Que lo habéis leído y, aún así, no queréis gastaros un duro en él, ni ahora ni nunca? Entonces no os merecéis haberlo disfrutado, ni ahora ni nunca. Pensad que el escritor también tiene la manía de querer comer y llevar ropa sin agujeros así que, si disfrutáis de su trabajo, deberíais pagárselo con placer.

¿Que queréis pagarles pero sois vosotros los que tenéis la manía de comer, y comprar libros y comida es incompatible? Bien. Os diría que descarguéis obras que las propias plataformas de pago os ofrecen gratis, por ejemplo.

Si, por el contrario, os morís de ganas de descargar contenido de un autor que está vivo y que pretende vivir de lo que escribe, y no encontráis sus libros en una biblioteca, buscad alguna manera de recompensar su tiempo. Por ejemplo, dejando reseñas: para los autores, especialmente los noveles, las reseñas son la mejor manera de dar a conocer sus obras. No os cuesta nada escribir algo, aunque no sea positivo, para que el autor tenga feedback y que, como mínimo, le ayude a mejorar.

Más adelante, cuando vuestra situación mejore, sería un detalle que comprarais ese libro que os habéis leído cuando no podíais pagarlo.

Nos gusta escribir pero también ganarnos el pan con nuestro trabajo

Un autor que no recibe nada por lo que publica dejará de hacerlo. Estoy segura de que, cuando descargáis un libro no pensáis en eso. Y lo sé porque he estado ahí, en la misma situación. Al darle al botoncito de “download” ni se os pasa por la cabeza que detrás del libro que te estás bajando ilícitamente de Internet está la frustración de un escritor que ve sus ventas estancadas. Que, para escribir, araña al trabajo, la familia y al ocio minutos de tiempo que nunca más va a volver.

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Yo escribiendo esta entrada

Alguna vez me han llegado a decir cosas como que los escritores solo escribimos porque queremos vender y hacernos ricos, y que sólo vemos nuestro arte como puro mercantilismo. No. No os equivoquéis. Lo que pasa es que queremos dedicarnos a escribir en vez de hacerlo con nocturnidad y alevosía, y si no rentabilizamos nuestro trabajo siempre vamos a tener que relegarlo a ese tiempo libre que nadie tiene. Menos aún en España, que ya conocemos cómo funcionan aquí las jornadas maratonianas y la nula conciliación familiar.

Mi código ético del pirateo

Siempre he creído que la cultura debe ser libre. También defiendo que los autores deben poder cobrar por un trabajo que ha desgastado su recurso más valioso: el tiempo. Menuda contradicción. ¿Cómo se come eso?

Se considera piratear todo lo que se descargue de Internet y cuyos autores o dueños de los derechos de distribución no reciben retribución por ello (y que no lo den gratis, claro). Sin embargo, no entiendo por qué, una vez que el autor ha muerto, otros cobren por su trabajo. Me parece injusto, especialmente porque el autor seguramente fue el que, en vida, cobró menos de toda la cadena de distribución de su libro en papel y en digital.

Así pues, si algún día me encuentro en una situación tan jodida que no pueda ni pagar 3€ por un libro en Amazon, aplicaré mi propio código ético del pirateo. Es el que dice que, si me descargoalgo de forma ilícita, que sea de algo cuyos derechos hayan expirado o cuyo autor está muerto.

Sí, no es perfecto. Sí, mi intención es seguir pagando por todo lo que leo pero, si no puedo y no tengo cerca una fuente gratuita de libros, sé que no voy a dejar de leer. Y sí, también tengo algunas dudas sobre cuál es el papel de los hijos que tienen los derechos de las obras de sus padres. Sin embargo, en esto último aplico aplicaré la misma filosofía que con mi hija: le voy a dar herramientas para que se busque la vida para que no tenga necesidad de vivir de mis rentas. Ni ella ni nadie. Y entiendo que todo padre debe hacer algo así por sus hijos.

Al loro, que no estamos tan mal

Si analizamos el sector del libro, vemos que nunca fue lo que era. Pocos escritores han vivido o viven de lo que han escrito, así que, o viene HBO a comprar los derechos de nuestras novelas y nos marcamos un R. R. Martin, o tendremos que trabajar de algo más y dedicar el tiempo libre a la escritura.

Pero, como diría el ex presidente del Barça, Joan Laporta, “Al loro, que no estamos tan mal”. Y me remito a mi encuesta. Más de la mitad de los que respondieron pagaron por su libro. Algunos, en papel. Otros, en digital. Es decir, aún hay mucha gente que valora el trabajo que hacen los escritores y quieren y pueden pagar por ello. Tenemos un motivo para alegrarnos, como autores, porque eso significa que aún tenemos la oportunidad de ganar dinero por nuestro tiempo invertido. Y, como lectores, porque cada vez que alguien compra a un autor lo está avalando para que siga escribiendo.

Y eso es lo que queremos. Seguir escribiendo.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Markus Spike

El plano de las almas

El “Plano de las almas” es un fragmento  descriptivo de la novela de fantasía en la que estoy trabajando. Espero que os guste.

Adriana parpadeó un par de veces para ver si se podía deshacer de esa oscuridad que le nublaba la mente. Junto a ella, de pie, se encontraba Virginia. Adriana la abrazó y hundió la cara entre el cuello y el hombro para oler su piel, limpia y empolvada. Aquel aroma la hacía sentirse como en casa, incluso en aquel lugar.

Se separó un poco de su hija y le pasó un brazo por su cintura, en actitud protectora. Virginia, con su don, la había salvado de una muerte segura y la había transportado al plano de las almas.

Caminaron juntas por un pasillo fantasmal hasta los jardines de la casa, donde las esperaban los familiares y sus criados. Cuando los matones irrumpieron en su hogar, a Virginia se le ocurrió transportarlos a un lugar al que solo ella podía llegar.

Casi todos estaban de pie, echando el peso del cuerpo en una pierna y luego en otra, tocando a los de al lado o abrazándose a sí mismos, sin comprender bien dónde estaban. Porque lo más desconcertante del plano de las almas era su semejanza con el plano humano, y solo algunos detalles desmontaban la ilusión de realidad. Algunos de estos, más que percibirse, se sentían.

El problema del plano de las almas, algo que Adriana y el resto de humanos notaban en lo más hondo de sus huesos, no era lo que tenía sino lo que faltaba.

Más allá de la mesa de madera y de los bancos de piedra, que estaban desgastados, a punto de derrumbarse, solo se veía una tierra renegrida. El césped había desaparecido, y con él las pequeñas mosquitas y abejas que se pasaban el día revoloteando. Tampoco bebían los pájaros de la fuente central, que en el plano de las almas estaba seca. Ni siquiera quedaban telarañas que limpiar. Si un humano intentaba escuchar algo más allá de sus propios pasos descubría que no existía el murmullo de la vida, esa mezcla de voces lejanas, de personas y animales en movimiento. Tampoco podía oler las bostas de caballo en las calles, ni los alimentos que se cocinaban durante horas para el almuerzo, ni el dulzor de las flores a punto de convertirse en fruto. En el plano de las almas no se olía a nada. El visitante, cuando se percataba de que lo único con vida era él, se sentía como si estuviera fuera de lugar .

Adriana, que ya había estado antes allí, sabía que había que abandonar el lugar con las primeras sombras. Según el libro de Ot, algo se revolvía dentro del cuerpo cuando un alma presa notaba que, a su alrededor, había almas libres vagando solas, sin un cuerpo caduco. Sin lastre. Después de unos minutos en ese plano, el humano sentía un hormigueo en la parte baja de la espalda, una sensación de angustia, como si tuviera que hacer algo pero sin saber qué. Algo importante, de lo que dependía su vida. A medida que iba pasando el tiempo, el cerebro también detectaba a las almas libres que deambulaban a su alrededor. Adriana aún era incapaz de verlas porque Virginia, su hija, la había transportado la última. Observó, en cambio, que los demás se agitaban con brusquedad y que intentaban cazar movimientos que solo distinguían en el límite de su visión. Y, si las miraban fijamente, desaparecían. Adriana sabía que a sus compañeros les faltaba poco para que esas ondulaciones y esos desplazamientos se convirtieran en esas negruras que, poco a poco, iban tomando forma.

Las almas que se encallaban allí, con el tiempo, se olvidaban de su apariencia. Según Ot, el primer caminante entre planos, la forma humana se iba perdiendo a medida que la vida se alejaba, y la añoranza, los recuerdos y los traumas corrompían las almas. Ot llamaba a esos seres satqin, o almas descompuestas. Algunas extraviaban los ojos y sus caras se habían reducido a frentes enormes con narices deformadas. Otras abrían unas bocas muy grandes, con hileras llenas de dientes que se perdían por la garganta, y que nunca se cerraban, como si les doliera hacerlo. Las almas libres solían ser masas con apéndices informes que se arrastraban o flotaban con rapidez de un lado a otro.

Pero lo peor, sin duda, era el mutismo. Aquellas criaturas apenas hacían ruido. Acechaban y se movían en silencio, sin que su roce con el suelo o el aire creara sonido, y lo único que oía el humano perdido en el plano era su propia respiración entrecortada y la sangre que le bombeada en las sienes. Hasta que el satqin atacaba.

Entonces, el alma corrupta gritaba con un sonido tan agudo que reverberaba en los oídos y producía un agudo dolor de tímpanos. Era un bramido de emoción por haber encontrado algo que le recordaba qué significaba estar vivo y tener esperanza.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Laura Aziz

Por vosotros. Por nosotras.

Al empezar la aventura de Mocade, me propuse que mis artículos fueran sobre libros, escritura o literatura. Sin embargo, cuando leí un artículo publicado en Xataca hace un par de semanas, Cuando volver a casa da miedo: 38 historias de acoso nocturno contadas por sus protagonistas, y vi las reacciones en redes sociales y Menéame, me decidí a escribir sobre ello.

 El tema no me resultaba ajeno. También a mí me han perseguido por la calle, me han susurrado y gritado groserías. Y me han tocado genitales, pechos y otras partes del cuerpo sin mi consentimiento. Lo normal.

Lo peor no son los malos tragos que pasé, paso o pasaré con cada una de estas agresiones. Lo peor es que, después de escribir “sin mi consentimiento”, he escrito “lo normal”. Porque eso es lo que me parece. Normal.

Creo que esa normalidad es la que genera, en algunos, la falta de empatía que me he encontrado en algunas personas. Por eso, hoy quiero explicaros qué es lo que se siente en algunas situaciones siendo mujer y por qué actuamos como lo hacemos.

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Diez horas caminando por NYC. Podéis ver el vídeo entero aquí.

 Cuando la sociedad histérica hace mujeres histéricas

No es ningún secreto que no nos sentimos seguras. Solo hace falta observar a una mujer caminando sola por la noche: su paso rápido, la búsqueda de movimientos por el rabillo del ojo y la mano crispada cogiendo las llaves. Si aparece un hombre por la calle nos asustamos, sí. Porque vamos con miedo. Y cuando intentamos explicarlo, hay quienes nos llaman histéricas.

¡Qué adjetivo!, el de histérica. Según la RAE, histérica es quien sufre de histeria. Y, además de una enfermedad, es “un estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”. ¡Ay, amigos! ¡Ojalá, ojalá fuera una situación anómala!

 Las mujeres sabemos que debemos ir con cuidado, ya sea porque nos lo han enseñado o porque lo hemos aprendido. ¿Desde cuándo?

Desde antes de nacer

Cuando me quedé embarazada, en 2015, me daba completamente igual el sexo de nuestra criatura. Mi pareja, en cambio, quería una niña. Él se llevaba mejor con las mujeres, o eso decía, así que se autoconvenció y convenció a los demás de que sería una niña. Curiosamente, tenía razón.

Recuerdo cuando lo comenté en mi círculo de amigas y conocidas. Todas encantadas. Mis amigos y conocidos, en cambio, no tanto. “Ostras, es que con una niña se sufre más”. “Si tengo una hija, no va a salir de fiesta hasta los treinta y cinco”. “Con lo golfo que yo he sido, el día que mi pareja se quede embarazada prefiero que sea un niño”.

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Pues eso

Casi todos los hombres con los que hablaba me decían que inevitablemente sufrirían más con una niña que con un niño, que las acompañarían siempre por la noche “por si acaso” y que “todo el mundo sabe” que una niña corre más peligros que un niño solo por serlo.

Supongo que estos hombres también eran unos histéricos.

Desde pequeñas

El temor de los padres y las madres sobre la seguridad de sus hijos los acompaña siempre. Tanto a los niños como a las niñas se les enseña desde pequeños a cruzar el semáforo en verde, a no correr detrás de un balón y a no confiar en extraños. Y cuando las niñas tienen edad de salir con los amigos, también se les dice que no vuelvan a casa solas o que vigilen cómo visten.

En el colegio había que tener cuidado. Estoy hablando de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando las madres aún decidían qué se ponían sus hijos. Cuando veía sobre la cama, bien planchada y doblada, una de mis faldas, se me hacía un nudo en el estómago. Sabía que me pasaría la hora del patio intentando jugar mientras me la levantaban y me tocaban el culo.

En segundo de E.G.B, es decir, con siete u ocho años, ninguna niña quería llevar falda. Supongo que algún padre se quejó porque el profesor nos dio una charla sobre el respeto. Nos explicó que los niños y las niñas decidían sobre su cuerpo, y que eso de ir levantando faldas para ver bragas era una falta de respeto. Que no se podía consentir que los chicos acosaran a las chicas y que no tenían ningún derecho a hacerlo.

Para nosotras, aquello fue liberador. Sabíamos que podíamos jugar al fútbol, a las cuerdas o a los cromos sin miedo a que nos molestaran. Podíamos vestir como quisiéramos. O eso pensábamos.

Supongo que aquellos padres y mi profesor también eran unos histéricos.

 Desde la pre-adolescencia y adolescencia

Cuando tenía que coger el cercanías para ir a Barcelona, mi madre me miraba de arriba abajo y me preguntaba si no podía ponerme algo con menos escote. Harto difícil, porque siempre he tenido mucho pecho y cualquier camiseta lo hacía patente. Pero a ella le preocupaba que alguien pudiera decirme o hacerme algo, sobre todo porque ella sabía que en algunas zonas había hombres haciéndose pajas entre coches y que nos llamaban para que nos acercáramos.

Supongo que mi madre también era una histérica.

Cuando las curvas empiezan a intuirse bajo la ropa, y a veces antes, empiezan los gritos. Ya sabéis, cuando vas caminando por la calle y un hombre, da igual la edad, grita a una mujer lo buena que está o que le comería el coño, y no voy a buscar eufemismos para lo que nos dicen, si le diera la oportunidad.

Me gustaría que, quien no ha vivido algo así se pusiera, en nuestra piel. Imaginaos en el papel de una adolescente a la que, de repente, un viejo -cualquier persona mayor de veinte lo es- le grita una burrada por la calle. Lo primero que piensa es algo como “¿es a mí?”, así que lo mira con el ceño fruncido y busca a su alrededor para ver a quién le dicen eso. Pero el tío la mira, quizá hablando todavía, y se sorprende de que sea a ella, porque es algo que solo espera que se lo diga alguien que la conoce, y en broma, o en otro contexto más adecuado. Pero no. Se lo grita un desconocido, en medio de la calle, así que se muere de vergüenza. Ella. Que no ha hecho absolutamente nada, solo andar por la calle. Existir. Y la que tiene vergüenza es ella.

Imaginaos, además, que eso pasa de noche. sus padres, en quienes más confía, y otros adultos, llevan diciéndole que vaya con cuidado desde que era pequeña. Que hay hombres que no entienden que su cuerpo es suyo, y le pueden hacer algo. Desde tocarla hasta violarla. Y, de repente, un hombre -más grande que ella, mayor que ella, más fuerte que ella- suelta una burrada. Y no hay nadie más, así que es a ella.

Ya no es que se muera de vergüenza. Es que se muere de miedo.

¿Os lo imagináis? Pues podemos suponer que sois unos histéricos.

Desde la primera etapa adulta

Aún recuerdo aquella época. Era cuando mis padres empezaron a decirme que si creía que vivía en un hotel y que a ver si entraba más en casa. Empezó la universidad y me eché mi primer novio serio, todo casi a la vez.

También recuerdo a mis padres torciendo un poco el morro si salía con escote o minifalda. Aquellos días me recordaban con más ahínco que me acompañaran al coche o, si dormía en casa de una amiga, que nada de irse cada una por su lado.

Durante el día los viejos, y no tan viejos, seguían diciéndonos cosas, a mis amigas y a mí, pero lo malo venía por la noche. En la discoteca sabíamos que había que evitar pasar por medio de los grupos de tíos para que no nos metieran mano. A los baños, por si acaso, era mejor ir acompañadas. Y cuidado con despistarte de las amigas, porque igual te rodeaban y empezaban a magrearte.

 Supongo que todas éramos unas histéricas

 Recuerdo una noche que salí con mi novio y su grupo de amigos. Estábamos en una discoteca de moda de Barcelona, y de repente noté que alguien me estrujaba una teta. Miré, deseando que fuera alguna de mis mejores amigas, aunque me sorprendía que me saludaran así. No lo era. Había sido un completo desconocido que, después de su hazaña, me sonreía con cara de imbécil.

Le dije que de qué coño iba, y que me dejara en paz, y le pedí a mi grupo de amigos que nos moviéramos del sitio. Al cabo de un rato, volví a sentir lo mismo. El tío me había seguido por la discoteca para tocarme otra vez. Volví a movilizar a todo el mundo, pero me encontró y volvió a hacerme una pinza en el pecho porque, según él, le gustaba tanto que no podía evitar mantener sus manos alejadas de mis tetas. Fui a pedir ayuda a los seguratas, y dijeron que ellos no podían hacer nada. Así que me fui a mi casa.

 Supongo que era una histérica.

 Ahora, de adulta

Tengo treinta y cuatro años y estoy hasta los ovarios de que me griten burradas, me toquen sin mi permiso o me inviten a comer pollas desde coches que me siguen mientras camino. Y ¡ojo!, que no soy la flor más bonita del rosal, ni mucho menos. No hace falta ser guapa o estar buena para que te acosen. No lo hacen por alabar lo bello: muchos ni siquiera esperan una respuesta cuando te llaman tía buena, solo quieren ver… ¿el qué? No lo sé.

 Hace un tiempo, una compañera de trabajo tuvo una reunión con unos clientes. Era en una de esas empresas modernas cuyas reuniones se hacen en sofás, alrededor de mesas de café. Le indicaron que se sentara y, cuando lo hizo, uno de los dos hombres con los que se reunía dijo algo así como “me voy a sentar aquí -delante de ella-, porque así tengo mejores vistas”. Se refería a su pecho, por supuesto.

¿Os imagináis qué es estar trabajando y que un cliente te haga un comentario con connotaciones sexuales? Es más, ¿por qué tiene que hacerlo? Mi compañera se pasó toda la entrevista incómoda, y fue lo primero que me explicó al llegar a la oficina.

 Supongo que ella también era una histérica.

Sabemos que no todos los hombres sois así. Solo queremos que nos entendáis. Y que nos ayudéis, porque es problema de todos.

Ahora, una legión de hombres ofendidos podría acusarme de decir que todos ellos son unos machistas y acosadores. No, por supuesto que no lo creo. Pero sí hay aún muchos tíos que no son conscientes del daño que hacen cuando le gritan a una mujer, o los hay que piensan que no pasa nada si nos tocan un poco la entrepierna, o si en una reunión familiar le dicen a una sobrina que se quite la chaqueta para que se le vean mejor las tetas.

No, no es lógico que paguen justos por pecadores y que, al caminar por la calle en la que va sola una chica, os sintáis como delincuentes. Y lo entiendo. Para nosotras no es agradable pasar miedo, y para vosotros, tampoco.

No quiero que os sintáis así, pero está en vuestra mano cambiarlo. ¿Cómo?

Comprensión

Solo queremos que nos comprendáis. De pequeñas nos explican que debemos tener cuidado, y de jovencitas vemos que tenían razón cuando completos desconocidos nos “ladran”, nos siguen o nos tocan. Nos han dicho que un comentario sexual puede convertirse en un tirón para meternos en un portal, y que extrememos las precauciones. Claro que nos gustaría ir tranquilas por la calle, pero no podemos.

Además, si no hemos tomado precauciones y alguien nos ataca, la culpa es nuestra. En realidad, para algunos, lo es siempre. He llegado a leer que la “solución obvia (es) que las mujeres no vayan solas por la calle de madrugada”.

Y estoy hablando de la sociedad española, donde la criminalidad es bajísima. Tanto, que de 163 países estudiados, es el 25 más pacífico según un estudio de agosto de 2016. Si aquí no podemos salir de noche solas, aunque sea para ir a trabajar, ¿dónde podemos hacerlo?

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Tasa de homicidio intencional. Wikipedia

No queremos asustarnos de vosotros, pero es que no podemos evitarlo. Y solo queremos que lo comprendáis. Perdonadnos por huir de vosotros, que solo estáis caminando. Pero podríamos encontrarnos con otros que no seáis vosotros. ¿Y, entonces?

 Freno

De nada sirve que corran ríos de tinta electrónica por Internet si después se jalean bromas sobre violación, burundanga y demás en grupos de WhatsApp. No creo que quien llegue a este post sea capaz de aplaudir a un depredador sexual, pero es un buen ejemplo de cómo, a veces, las bromas y la cosificación de la mujer se nos van de las manos.

Como dice Palet en el artículo que os acabo de enlazar, la omisión también nos hace daño a todos. Por eso, si veis que un amiguete en la discoteca le toca el culo a una tía solo porque pasaba por ahí, pegadle bronca. Si no lo hacéis, le demostraréis que os la trae floja que le hayan metido mano a una mujer sin su consentimiento y que os parece bien que lo haga. Así, ese comportamiento se perpetúa en vuestro colega y en quien lo vea, pensando que no pasa absolutamente nada por tocar a una chica aunque ella no quiera.

Y vosotros, que tenéis oportunidad, preguntadle a ese amigo que siempre gruñe, silba o grita algo a una mujer, por qué lo hace. Y me lo venís a contar. Igual, así entiendo yo el motivo y él se da cuenta de que es denigrante para nosotras, incómodo y vergonzante.

 No somos histéricas. Tenemos motivos para preocuparnos

Espero haber sabido explicar por qué vamos con miedo y que tenemos motivos para asustarnos o preocuparnos si caminamos solas de noche.

Las mujeres nos comprendemos, pero me gustaría que también nos comprendierais vosotros, los hombres. Para nosotras, ir solas por la noche es como si siempre camináramos por el peor barrio de la ciudad, ese en el que hay yonkis y ladrones en cada portal, a las cuatro de la mañana.

Y, ojo, no evito la otra realidad, y es que a los hombres también os pueden robar o pegar si vais solos de noche. Pero son dos guerras distintas, y espero que me permitáis luchar por la mía y estar a vuestro lado cuando vosotros luchéis por la vuestra. Quiero daros mi apoyo igual que yo os pido el vuestro. Por nosotras. Por vosotros.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de cabecera de The Odessey Online

De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland