PICARUELA Y PICARIZA

Nombres y costumbres de las Altas Cinco Villas

Escenarios de mis relatos

Hoy vengo a hablaros de los nombres, usos y costumbres que tuvieron su origen en la pez, un mejunje pringoso de color negruzco. Fue un producto imprescindible en toda España, desde la época ibero romana, que dejó abundantes huellas en la lengua y los nombres de lugar. En este artículo me centraré en la Comarca de las Altas Cinco Villas, al norte de Aragón. Y en particular en El Frago y Biel, dos pueblos de la provincia de Zaragoza en los que viví mi infancia y adolescencia.

De niña sentía gran curiosidad por la pez con la que marcaban a las ovejas después de esquilarlas. En mi casa, casa Melchor, se utilizaba un hierro en forma de M, untado en pez. Y otro con una M más pequeña para las talegas y los sacos del trigo. Me pasaba muchas horas pensando cómo los botos de cuero, que también llevaban pez, ardían tan bien en las hogueras. Y me costó entender por qué no servía una bota de vino cuando “se le había bajado la pez al culo” y qué querían decir los abundantes refranes en los que se mencionaba la pez.

Viviendo en El Frago, conocí a Lorenzo, un viejo carbonero que había sido un antiguo pezero en los hornos de pez en el monte de Picaruela. Me contaba que en Biel tenían el horno de pez en la Picariza, un barranco justo a la salida del pueblo. Pero, eso tenía sus inconvenientes. Que no tenían a mano los trozos de madera y necesitaban un carro con caballerías.

Nombres de los escenarios de mis relatos

Casi nunca se bautizan al azar los lugares ni las personas. Siempre hay una razón que justifica sus nombres, aunque no resulte evidente. Y de eso voy a hablaros. De los nombres de los escenarios de mis relatos de las Altas Cinco Villas, de lo que los profesores y los lingüistas llamamos toponimia.

Hoy solo os traigo uno, PICA o PEZ. Si os gusta, en el futuro habrá más.

PICARUELA y PICARIZA son dos variantes de la misma palabra. Se refieren a una zona de monte en la que había un pozo para hacer pez con madera de pino resinoso, especialmente con raíces y tocones. A nosotros, estos términos ya no nos dicen nada, es decir, se han vuelto topónimos ciegos. El significado origina se perdió, a principios el siglo XX, con la artesanía de la pez. Esta industria, indispensable en las zonas rurales, desapareció con el desarrollo de las sustancias petroquímicas.

CARRETERA DE SADABA. LLANO. REGUELTICA A PICARIZA.

Llano que lleva a la Picariza. Foto de Julio Pablos, con el propio Julio Pablos.

¿Qué era la PEZ, PEGA o PICA?

Una sustancia negra, viscosa y olorosa, sobre todo cuando se reblandecía por el calor. La materia prima era el alquitrán vegetal, procedente de pinos resinosos. Según con qué sustancias se mezclara o en qué oficios se utilizara, había varios tipos de pez

¿Cómo se obtenía la pez?

Había dos tipos básicos: la PIX ALBA, o pez blanca, y la PIX NIGRA, o pez negra, con sus múltiples variantes, procedente del pino. Y, del enebro, juniperus, se extraía el aceite de enebro, un producto diferente, con el que a veces se confunde. Tenemos noticias de un horno de aceite de enebro en el término de Valzargas y otro en el Estanco, los dos en El Frago. Por la abundancia de enebro en la zona, podemos suponer que habría más.

La pez blanca, la más pura y fácil de manipular, resultaba del sangrando los pinos desde marzo hasta noviembre. La pez negra, la más abundante y más utilizada, se conseguía por destilación de maderas resinosas en unos hornos, o pegueras. Era la llamada brea vegetal que se obtenía calentando los tocones o las raíces de los pinos que quedaban después de cortarlos.

El Picaruela de El Frago y el Picariza de Bielacen referencia a los pozos en los que se fabricaba la pez negra. Estos pozos, pezeras, en castellano se llamaban pegueras o empecinados. Eran unas construcciones de adobe reforzadas con piedras en las laderas de los montes o en las afueras de los pueblos. Siempre estaban en tierras arcillosas y junto a los barrancos, porque se necesitaba mucha agua para embarrarlos. En el suelo interior había una pequeña inclinación con un agujero que se comunicaba con una olla o caldera exterior en la que se recogía la pez.

Los trozos de pino se metían en un hoyo de estructura cilíndrica, sin salida inferior, y abierto por arriba. Se prendían con una estopa encendida y se dejaban arder tres o cuatro días para que se desprendiera la resina, sin que se quemara la madera. Para saber si la brea, o alquitrán, había pasado al estado de pez, se introducía un palo y se echaban unas gotas en un recipiente con agua fría.

Después, se apagaba el fuego y se ponía una tapadera en el pozo. Cuando se había enfriado, se separaba la materia semisólida, que una vez desecada era la pez negra. En otra sobrenadaba el llamado aceite de pez. Era un trabajo de invierno, después de haber sangrado a los pinos.

Un horno de Brea en Gran Canaria.

Horno de pez. Gran Canaria

¿Para qué se usaba?

Como era un material líquido y viscoso cuando estaba caliente, pero sólido cuando se enfriaba, se pudo usar con facilidad en diferentes oficios. Por sus excelentes cualidades se convirtió en un producto básico insustituible.

Los pastores usaban la pega negra para marcar el ganado antes y después de esquilarlo, sin hacerle daño. Con esta pez hacían emplastos para curar las llagas y las heridas de las reses. Y la utilizaron, a modo de yeso, para inmovilizarles los miembros rotos. En el siglo XIII, nos habla Alfonso X el Sabio en su libro El Lapidario de esta resina: “facen end emplastro es muy  bona pora  madurar las llagas.

Los boteros usaban la pez seca, tal y como salía de la destilación, para embetunar y tapar cortes. Los botos de grandes pellejos de machos cabríos, impermeabilizados con pez, se utilizaban para trasportar vinos y aceites. Su popularidad se debió a que se adaptaban bien a los lomos de las caballerías y no se rompían con los golpes. Si se añadía aceite, se obtenía la pez grasa, con la que se pintaban los botos de cuero por dentro.

Los zapateros hacían el cerote mezclando la pega negra con grasa. Los guarnicioneros untaban la hebra con la que cosían sus piezas de cuero para darles más consistencia.

Desde la época ibérica y romana, se impermeabilizaban los utensilios de cerámica y las embarcaciones con pez.

Las costumbres antiguas en la lengua

Estas costumbres ancestrales dejaron huellas en los nombres de lugar, en el habla coloquial y en la literatura popular. Decimos que algo es “negro como la pez”, cuando queremos resaltar que es de color negro intenso. “Pez con pez”, totalmente desocupado, vacío, por alusión a los odres de cuero cuando no tienen nada dentro.

El propio verbo pegar está relacionado con las características y tratamiento de la pez. Como también los adjetivos pecinero, que significa reñidor, y pezolaga o niño muy travieso. Y en castellano el verbo brear, de brea o pez, con el significado de maltratar, tenía mucho que ver con la antigua pena de embadurnar a los delincuentes con esta sustancia para avergonzarlos.

Abundan los refranes acerca de la pez: “Cuando el arriero da la bota, o tiene pez o está rota”, “Cuando el tabernero vende la bota, o sabe a pez o está rota”, “Quien a la pez se llega, algo se le pega”, “Quien toca la pez, tiznado sale”, “Achaques al odre que sabe a la pez”, “El sol la sal atiesta la pez reblandece”, “El dinero fácil es como la pez, si lo tocas te pringa”.

De pequeña oí muchas veces un cuento de nunca acabar: “Había un rey, que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?”.

Del nombre latino al nombre de lugar. PICARUELA y PICARIZA

Del nombre culto latino, PIX-PICIS, derivó un hipotético *PICA, pez, como alteración de PICE, que en latín vulgar se convirtió en PECA>PEGA.

A su vez, PICARUELA Y PICARIZA proceden de PICA. Estos nombres hacen referencia a dos parcelas de monte en las que se había construido un pozo para hacer pez.

PICARUELA. También deriva de *PICA>PICARIA> PICARIOLA. En este caso con diminutivo afectivo. En El Frago, hace referencia a dos extensiones de monte de pino en los que se habían construido pozos para hacer pez. Picaruela Mayor y Picaruela Chica. Por la forma de nombrar, suponemos que originariamente pertenecían al mismo propietario.

El primer dueño de un “fundus”, base económica romana, le daba un nombre que posteriormente era inalterable, aunque cambiara de amo. Si fundaba dos propiedades juntas, las dos recibían el mismo nombre, con un adjetivo que las diferenciara. En El Frago también encontramos los Urietes Grandes y los Urietes Chicos.

PICARIZA. Está en Biel (Zaragoza) y hace referencia a un término cerca del pueblo en el que estaba el hoyo de fabricar la pez. Deriva del hipotético *PICARICEA, procedente también de PICARIA. Y debían ocuparse de la pez los de “casa Pecero”.

Para terminar

La obtención y el uso de la pez ha llamado la atención a los estudiosos de la cultura popular. A los habitantes de Longás, un municipio de la comarca de las Altas Cinco Villas, al otro lado de la Sierra de Santo Domingo, se les conoce con el mote de pezeros y en el pueblo está la calle Pezuelo. Se cree que había unos cincuenta hornos alrededor del pueblo, que vendían pez en todo el Pirineo. La Asociación Cultural la Chinela y Eugenio Monesma con “Los pegueros de Longás”, se han preocupado de mantener viva esta tradición. También han recuperado el arte de este oficio en Yésero (Huesca) y en Covaleda (Soria).

La del aceite de enebro fue una industria tan importante como la de la pez, con la que a veces se confunde. El Juniper, o aceite de enebro, se utilizaba en medicina tradicional para el tratamiento de enfermedades de hombres y animales. Se obtenía en unos pequeños hornos secos, sin necesidad de agua, que se colocaban sobre rocas. Estos hornos artesanales dejaron unas huellas muy características, que algunos historiadores interpretaron como petroglifos prehistóricos de carácter mágico o ritual.

Acabaré con la cita de un documento muy interesante sobre estas costumbres, recogidas en uno de los pleitos entre Biel y El Frago.

“Está tratado y capitulado que ni los de Biel ni los de El Frago, concejil ni particularmente, dentro de la partida del Estanco no puedan hacer de hoy adelante aceite de enebro, ni hornos, ni carbón, ni leña ni madera para vender fuera de dichos pueblos, ni en ellos ni en sus términos para llevarlos fuera, sino tan solo para sus propios usos y de sus casas y labores. Y para sus herrerías y para los vecinos y habitadores de dichos pueblos, exceptuado que Joan y Pedro Miana de Orés, o sus herederos, que tienen hecho su horno en Balsargas, y han gastado en el que puedan hacer tan solamente dos hornadas en dicho horno”. Capitulación hecha, en 1610, por los justicia y jurados concejos de Biel y El Frago. Testificada por F. Paian y Miguel Sánchez de Lizarazo. Fol 46v. El texto está modernizado.

Horno de aceite de enegro en Ujué, Navarra

Horno de aceite de enebro. Ujué (Navarra)

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Actual pista forestal que recorre el monte de El Frago llamado Picaruela.

EL BAILE DE SALOMÉ

UN CAPITEL DEL MAESTRO DE AGÜERO

De las fragolinas de mis ayeres

Valera a sus diez años ya solía llegar tarde a la escuela. Recorría las calles acariciando las piedras de las casas como si quisiera descifrar las historias de antaño. Se paraba con las mujeres que estaban barriendo las calles. Contaba las herraduras de las esquinas en las que los hombres atarían los machos cuando volvieran del monte. Y es que todo eso le interesaba más que la caligrafía y las cuentas.

Si por casualidad algún día llegaba antes de la hora, se iba a esperar al Fosal, el cementerio de san Nicolás que rodeaba la iglesia y que hacía las veces de patio de recreo. Subía la escalinata y caminaba hasta el fondo, donde nadie pudiera verla. Se sentaba en un poyo, justo enfrente de la puerta mayor, se cogía la barbilla con las manos y escuchaba las historias que le contaban las figuras del tímpano, las de las arquivoltas y las de los capiteles.

Se pasaba las horas debajo de un capitel con una danzarina. Intentaba adivinar quién era aquella joven que, con las manos en jarras, doblaba la cintura y dejaba caer su cabellera hasta el suelo. No era ninguna moza del pueblo, no. Que ya las había repasado todas. Pensó que igual era la bailarina de alguna compañía ambulante, de esas que de vez en cuando venían a hacer comedias a la plaza. Pero no se parecía a ninguna de las que ella había visto. Preguntó a los más viejos del lugar y tampoco ellos se acordaban.

—Si hubiera llegado alguna moza como esa se habría comentado en los carasoles —le dijo el abuelo de casa Fontabanas.

Un día se armó de valor y se lo preguntó a la maestra. Doña Matilde no se sorprendió, como pensaba Valera. Al revés, era como si estuviera esperando la pregunta.

—Menos mal que alguna de vosotras se ha fijado en el pórtico de la iglesia.

Entonces las otras niñas levantaron la cabeza, abandonaron la caligrafía y se miraron en silencio. Y doña Matilde continúo.

— Habéis de saber que las piedras hablan tanto como los libros. O más.

Les mandó guardar los cuadernos en los cajones de los pupitres, las llevó al Fosal y las colocó en un corro debajo del capitel de la bailarina. Les dijo que esa figura era una de las maravillas de un antiguo escultor. Un maestro cantero procedente de Agüero que supo moldear la danza de una Salomé adolescente con un movimiento de caderas casi acrobático. Que hoy se habían olvidado de ella y del escultor, pero que en los tiempos antiguos, cuando se representaba el teatro en las puertas de las iglesias, siempre había una moza del pueblo que salía a bailar como Salomé había bailado delante de Herodes.

Y tanto le gustaba esa escena al Maestro de Agüero que hizo varias copias y las repartió por las iglesias de las Cinco Villas y hasta puso una en la catedral de Huesca. De este modo la Salomé fragolina es hermana de la de Agüero, de la de Ejea, de la de Biota y de la de Huesca. Y además tiene muchas primas por el Camino de Santiago.

Ese día, Valera salió corriendo a contarle la historia al abuelo de Fontabanas. Al día siguiente ya la conocían todas las mujeres que barrían las calles. Y ella seguía acariciando las piedras que guardaban secretos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. Maestro de Agüero: La danza de Salomé. Capitel románico de la iglesia de San Nicolás de Bari de El Frago (Zaragoza), siglo XII.

 

A continuación, os dejo los otros capiteles del Maestro de Agüero en los que se representa La danza de Salomé o La bailarina, como la llaman en los pueblos de las Cinco Villas.

Salomé. Agüero. 1

Capitel de la iglesia de Santiago de Agüero (Huesca)

Salomé. Ejea. 1

Capitel de la iglesia de El Salvador de Ejea de los Caballeros (Zaragoza)

Salomé. Biota. 1

Capitel de la iglesia de San Miguel de Biota (Zaragoza)

Salomé. Huesca.

Capitel de San Pedro el Viejo (Huesca)

 

En el camino de los Urietes

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas.

Esta historia, que bajaba desde el nacimiento del Arba en la Sierra de Santo Domingo, se quedó enzarzada en Las Cheblas, justo en la mitad del camino entre Biel y El Frago.

Don Bartolomé Palacio llevaba más de veinte años de juez en Las Cheblas, en la ribera del Arba de Biel. Como vivía solo en el último caserón al final del pueblo, abría las ventanas antes de salir el sol y las cerraba cuando acababa de preparar el morral. Después salía a ver si cazaba alguna pieza, se iba a beber agua hasta la fuente de los Urietes y bajaba canturreando por la ladera. Luego se daba una cabezada junto al hogar, se acercaba al bar a echar la partida y a enterarse si se preparaba alguna batida por los altos de San Esteban.

Cuando murió Miguel Lubreco decidió no volver a cazar. Hasta tal punto lo sintió que se vendió la escopeta y el perro para evitar la tentación. Pero, como estaba  desprotegido sin un arma en casa, pronto se compró otra escopeta. Durante muchos meses se mantuvo en la decisión de no salir al monte.

Sin embargo, desde hacía un par de semanas, don Bartolomé, uno de los mejores tiradores de la redolada, había vuelto a la caza de la pluma y del conejo. Retomó la costumbre de levantarse temprano. Se echaba al hombro la escopeta que se había comprado y tomaba el camino de los Urietes, el que llevaba de El Frago a Orés. Esa era una buena zona, pero las matas formaban una red tan tupida que hacía falta un perro para sacar a las perdices de sus refugios.

—¡Qué fastidio! Noto que cada día me va menguando la vista. Me voy a tener que dedicar a los cepos. Ya me las arreglaré para que nadie los vea —se decía, mientras aspiraba con fuerza el aroma del romero y del tomillo, porque sabía que estaban prohibidos.

En realidad salía al monte para no pensar en el solimán que lo carcomía por dentro. Y todo por culpa de aquella muerte que quiso ocultar para mantener el prestigio y el puesto. Desde ese día dejó de ir a jugar al guiñote.

—Le juro, padre, que no conozco los hechos ni a nadie que haya participado en ellos —le decía al cura en secreto de confesión.

Pero de todos era sabido que don Bartolomé iba en aquella partida de caza. Hasta se comentaba que era él el que había disparado al pobre Miguel. Por eso, cuando se enteró de que iba en lenguas por los corrillos, también dejó de ir a confesarse y se encerró en casa.

—Así me lo pagan, hablando todos a mis espaldas. Ni se acuerdan ya de que se libraron de la cárcel porque hice la vista gorda con los robos del trigo, que si no… ¡Ingratos! ¡Que son unos ingratos! Eso es lo que son —se repetía subiendo y bajando las escaleras del gran caserón.

Desde que volvió a la pluma, salía por la puerta trasera, la que daba al camino de los Urietes, y, al llegar al cruce con el alcorce del cementerio, se encontraba con un perro que andaba olisqueando rastros. Cuando veía a don Bartolomé levantaba las orejas, se acercaba despacio, olía la escopeta y se quedaba de muestra.

A continuación subían juntos hasta el cerro de encima del cementerio y se quedaban ensimismados mirando el valle, que parecía un lienzo de esos que pintaban los modernistas. Los trigos contrastaban con la esparceta y las amapolas teñían los campos de un rojo sanguinolento.

Cuando don Bartolomé se levantaba para otear el horizonte, el perro movía la cola y correteaba hasta que hacía saltar alguna pieza. Con alguna perdiz o algún conejo en el morral, bajaban la cuesta. Pero, antes de llegar al cruce del cementerio, el perro desaparecía entre las aliagas.

Un día don Bartolomé lo siguió. Lo vio salir del matorral, saltar la tapia y desaparecer entre las tumbas. Entonces abrió el portón de hierro y se lo encontró en un camastro de  hojas secas, encima de la losa de Miguel.

En ese momento cayó en la cuenta. Ya había pasado más de un año desde que unos cazadores furtivos mataron a Miguel en la puerta de la paridera, cuando salía a darse vuelta por el ganado. Era una oscura noche de luna nueva. Lo confundieron con un jabalí y le dispararon con postas. Lo recogieron otros pastores y lo bajaron a enterrar junto a su madre. Como no querían líos con la justicia, le entregaron todas sus pertenencias a un vendedor ambulante, pero no pudieron dar con el perro.

Cuando vio al perro encima de la fosa, don Bartolomé volvió la cabeza a la escopeta. La iniciales de la culata, M.L., parecían burlarse de él. Había tenido la suerte de encontrar la escopeta de Miguel en la feria de Ayerbe, pero quedaba el condenado perro, que andaba suelto.

—Ahora este cabrón va a ser el único testigo. Si el cura o los del pueblo descubren que voy a cazar con el perro de Miguel pensarán que me lo quedé para borrar las pruebas —se decía a sí mismo, mientras cerraba la puerta del cementerio.

Sin pensarlo dos veces, llamó al perro con un silbido y subieron al altozano. Mientras don Bartolomé avistaba los campos verdes y amarillos, el perro se sentó sobre sus patas traseras esperando alguna señal. Entonces desenfundó la escopeta y no erró. Un ruido sordo resonó en todo el valle. La volvió a enfundar, metió el cadáver en un saco y lo enterró con su amo.

Al día siguiente, se levantó temprano y volvió al camino de los Urietes. En el morral llevaba sogas y soguetas para plantar cepos entre las matas de romero y de tomillo.

Carmen Romeo Pemán

Inma Martín-2

Dibujos de Inmaculada Martín Catalán (Teruel, 1949). Profesora, escultora, dibujante y pintora. Comenzó su preparación inicial en Zaragoza, con Alejandro Cañada. Estudió Bellas Artes en Barcelona y Madrid, donde se licención en la especialidad de Escultura.

Además de su reconocida carrera artística, es una experta en carteles y trabaja con varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Inmaculada, con las ilustraciones de mis relatos aragoneses, ya se ha convertido en un activo importante en Letras desde Mocade.

 

A PABLO GÓMEZ SORIA POR SU “NAVÍO EN AGUAS TURBIAS”

Hoy os traigo un nuevo poemario de Pablo Gómez Soria. Pero, antes de comenzar a hablar del libro, quiero confesaros que me embarga una gran emoción, la misma que sentiría si estuviera hablando del libro de uno de mis hijos. Fui compañera de estudios de Luis Gómez Egido y he trabajado treinta años con él y con su mujer, Francisca Soria Andreu, los padres de Pablo, en el Departamento de Lengua del Instituto Goya de Zaragoza. Así que de Pablo lo sabía todo, menos que escribía poemas.

Si su primer libro, Antiguo sol naciente, presentado en mayo de 2010, fue una revelación, Navío en aguas turbias consolida aquella voz en una nueva dirección. Se trata de un libro muy bien escrito y de altos vuelos literarios.

Cuando acabé la primera lectura, me quedé buscando una frase que reflejara el sentido de estos poemas. Como un fogonazo me vino esta: “Pablo escribe una poesía reflexiva sobre el sentido trascendente de la vida. Y se pasea por el camino de la trascendencia mirando a las orillas”.

En unos poemas veo un yo poético objetivado y, en otros, el trasunto de la personalidad de Pablo. Por eso mi discurso es oscilante. Unas veces hablo del yo poético y otras de Pablo. En esencia es uno y lo mismo, pero él los ha querido distanciar y separar. El yo objetivado es el portavoz de las verdades eternas y el de Pablo nos acerca a sus vivencias íntimas.

Navío en aguas turbias

  •  Lo que yo porto dentro de mí…
  • Es un navío en aguas negras.

Desde el título mismo, y desde los primeros versos, me vi asaltada por los ritmos de los antiguos griegos. Entonces pensé que Constantino Kavafis, uno de los mayores poetas de la poesía griega moderna, no podía andar muy lejos. Y a ninguno se nos escapa la imagen de Ulises volviendo a Ítaca.

En este título significativo, que brota del corazón mismo del libro, ya apreciamos una falta de artículos que apunta hacia la esencia misma de las cosas. Estas cosas que tienen alma y que son el reflejo de la conciencia del yo poético

  • Allí donde fui…
  • no encontré alma en las cosas.

En un libro, que yo calificaría de intimista, sorprende que las reflexiones más profundas estén objetivadas, es decir, contadas con la tercera persona verbal. Este es un signo evidente de la modernidad de esta poesía

La vida bajo el escudo

Después de recorrer los diecisiete poemas del libro, se cierra el círculo con el poema de la contraportada. El navío, al abrigo, espera la eternidad en el más puro sentido juanramoniano:

  • Bajen sin tardar los soles rojos
  • un tiempo parado regrese.

El lector se siente reconfortado cuando todo el pesimismo del vivir se resuelve en esperanza. Pablo se siente alejado de la tempestad y arrullado por ese escudo que es protección y abrigo, como cuando Fray Luis de León se aleja del mundanal ruido.

Estructura general del libro

Este libro, como los de los clásicos, está dividido en tres partes. Y la armonía de las tres se refleja en el número de poemas que las integran: siete, cinco y cinco. Un estructura metafórica y rítmica que luego se expande en los ritmos de los versos. Sigue el patrón del teclado de un piano: siete teclas blancas entre las que se intercalan las cinco negras. Y los ritmos poéticos están afinados por quintas, como concibió Pitágoras su sistema musical.

Las tres partes van incorporando los grandes temas, a la vez que integran los poemas en un todo armónico. Todo está pensado y medido, como lo estaba la prosa de Fray Luis de León. Ni una palabra, ni un hipérbaton, ni la longitud de los poemas están puestos al azar.

  1. Pérdida de la juventud

  • Llegó sin esperarlo que un día,
  • esto si lo pude ver,
  • me fallaron los miembros del cuerpo
  • y la alegría que se fue.

En la primera parte reescribe el tópico que había cantado Rubén Darío en Prosas profanas:

  • Juventud divino tesoro
  • que te vas para no volver.

Pero si la de Rubén fue una juventud no vivida, la de Pablo se vivió con plenitud, de forma intensa y reflexiva. Y el poema, que da el título a esta parte, se resuelve como una vivencia en la que se compaginan el vitalismo de la juventud con la reflexión íntima.

  • Nos imponíamos metas
  • cuanto más difíciles más hermosas.
  • Colectar pasiones
  • conquistar nuevos campos.
  • Y por encima de todas las cosas.
  • Las chicas que yo vi
  • las chicas que yo besé.
  1. Muerte de la poesía

  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

A esta segunda parte, yo la llamaría una defensa de la razón poética.

  • Romanticismo (que se nos va, que se nos ha ido…)
  • Clasicismo (del cual evoluciona el Romanticismo…)

Es bastante corriente oír en muchos foros que el nuevo utilitarismo no nos deja tiempo para la lectura de la lírica y que está cerca la muerte de la poesía. Pero Pablo desmonta el tópico y le da un nuevo sentido.

Como Luis García Montero, otros poetas jóvenes nos plantea que, si muere la poesía, con ella desaparecerá algo más que un género literario. Se perderá la expresión de los valores esenciales de la condición humana.

  1. El club

  • Cada noche recordarás la casa de paneles de madera
  • en la que, en nuestras veladas, solíamos
  • escuchar las palabras de los autores muertos.

El título de esta parte nos trae a la memoria la película El club de los poetas muertos. ¡Pero, no! Estos poemas van más allá. En estas poesías descubrimos que Pablo siempre estuvo alerta y dispuesto a aprender de todo. Especialmente de las lecturas y de los poetas del pasado. Aprendió a hablar con ellos en la biblioteca familiar. Y así lo confiesa en uno de los poemas más bellos del libro.

  • Sobre el solar de la estirpe familiar.
  • en la casa donde no faltó el afecto,
  • huérfano de allí a poco,
  • ejercieron mi tutela los libros.

Relacionado con la muerte de la poesía, está el empobrecimiento del lenguaje, que nos llega de la mano de la pérdida de las ilusiones colectivas. Si sabemos leer entre líneas, veremos que hay constantes guiños escondidos entre la oralidad.

Precisamente, de esa necesidad de entendimiento nace el espacio de la poesía. Y con él el enriquecimiento del lenguaje. Y las palabras cultas, cultísimas, que asoman entre la cotidianidad, que nos remiten a la profundidad del poema. Así, Parvos, con el significado de pequeños, escasos. Esculcar, examinar con detenimiento el interior de alguna cosa para descubrir lo que hay. O lidohelada, un neologismo descriptivo.

Debajo de la reivindicación ecologista del poema dedicado al avetoro, nuestra garza más esquiva y discreta, late aquella otra garza de amor, hoy también extinta, que tantos poemas inspiró a los poetas lásicos, especialmente a San Juan de la Cruz.

Con esta renovación del lenguaje y con la reescritura de los mitos clásicos, nos lleva a un nuevo entendimiento entre los hombres y nos ayuda a descubrir que somos dueños de nuestro mundo interior.

  • El río de la muerte,
  • cuyas aguas verde oscuro,
  • trasparentes, estremecen (…)
  • Bebí en él,
  • no me mató,
  • por ser el flujo de la vida.

Renovación de los metros y del lenguaje poético

A su deseo de renovación del lenguaje poético contribuye una métrica nueva. Los versos blancos amparan su ritmo en las estructuras sintácticas y en los elementos léxicos. Y amparan también a la estructura misma de muchos poemas que, siguiendo los patrones de la retórica clásica, están concebidos en partes binarias o ternarias.

Los versos blancos y la ausencia de rima se ven compensados por procedimientos rítmicos, más potentes y más modernos.

  • Dichosos sean los tiempos
  • en los que buscamos tiempos felices,

En esa misma línea utiliza abundantes encabalgamientos al servicio del significado y del ritmo. Y la sintaxis se rompe para conformar nuevas líneas poéticas. Como en el siguiente ejemplo, donde el encabalgamiento viene reforzado por una enumeración ternaria.

  • Tal vez el vino,
  • el pan y la carne

Todo esto viene acompañado con una acertada selección del vocabulario. En medio de un decir casi cotidiano, porque Pablo valora la belleza de las cosas simples, saltan los neologismos y las palabras cultas que dan sentido a todo el poema. Esas palabras repartidas como al azar por las distintas páginas del libro se quedan como pegadas en la mente del lector. Entre todas forman un coro que es la seña de identidad de la poesía de Pablo Gómez.

Y llega a una comunicación profunda con una poesía dialógica, en el más puro sentido bajtiniano. En sus versos oímos los ecos de los griegos, los clásicos y los modernos. Catulo dialoga con Kafafis, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Cernuda, Gil de Biedma. Y no sigo porque su cultura es tan amplia que nos haría la lista interminable.

Para terminar

Haciendo míos los consejos de Walt Whitman, Pablo, te digo que no te detengas. ¡Sigue! Aprende de los poetas que nos precedieron, pero no olvides que la sociedad de hoy la formáis los poetas actuales. Aunque el viento sople en contra, tu poderoso navío tiene que continuar. No dejes nunca de soñar y de compartir tus sueños con nosotros. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí que pueden cambiar el mundo.

Fin del texto de Carmen Romeo Pemán

En la presentación me acompañó mi amiga Gloria Cartagena Sánchez, cuyas palabras os dejo a continuación.

2, Gloria hablando

Nos reunimos aquí con motivo de la publicación del segundo poemario  de Pablo Gómez Soria.

Pablo nació el 14 de noviembre de 1974 en Zaragoza. En esta Universidad cursó la carrera de Derecho y la completó en la Universidad de Saarbrücken (Alemania). En el año 2000 terminó el Master de Derecho de Comercio Internacional en la Universidad de Essex (Reino Unido). Desempeñó durante seis años en Inglaterra su labor profesional. En 2006 regresó a España, donde ha seguido desarrollando tareas ejecutivas en el mundo del comercio internacional. Pablo es un hombre muy culto, políglota, gran lector y  poeta. Publicó sus primeros poemas en la revista Eclipse de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el año 2010 tuve la satisfacción de presentar su primer libro Antiguo sol naciente, un conjunto de dieciséis poemas de diferente extensión, con un tono hondamente lírico. De ritmo cadencioso y solemne, con un léxico elaborado y culto, con ecos del español clásico. Los aspectos temáticos eran el tiempo, el sentimiento amoroso y, como fondo, la Naturaleza, gozosamente vivida y percibida con la nota dominante de la belleza y la luz del sol en la línea del mejor Juan Ramón Jiménez.

Hoy traemos aquí Navío en aguas turbias, segundo libro de poemas de Pablo. Ha sido editado por la editorial Dauro que apuesta por escritores noveles, en una edición muy cuidada, con ilustración de Manuel Francisco Sánchez, pintor granadino que ha sabido llevar a la imagen de la cubierta el título del poemario.

La cubierta ilustra el título formando un todo muy inquietante. Las aguas son más que turbias, siniestras. Y el navío es un barco insólito y funerario, negro con toques sanguinolentos. El extraño velamen verde con tonos rojos no se explica por el cielo que es casi tan gris y cerrado como el agua. Solo asoma un atisbo de luz, blanco y frio de macabro tono óseo. Recuerda el lúgubre verde del  estribillo del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas, autor granadino como la editorial y el ilustrador. En este poema, como en otros de García Lorca,  el verde deja de estar asociado con la esperanza para ofrecer sugerencias dramáticas.

Va a presentar el poemario mi buena amiga Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura y escritora, que ha vivido con pasión la literatura y el deseo de enseñarla. Carmen, hija de maestros, es autora del libro De las escuelas de El Frago, publicado en 2014. Es una gran defensora de los derechos de las mujeres y pertenece a la Liga Internacional de Mujeres  por la Paz y la Libertad. Como estudiosa, ha analizado la obra de Ángeles de Irisarri, la de Sor Juana Inés de la Cruz y la de María Zambrano. Es autora de La Zaragoza de las mujeres (2010), libro sobre las ausencias y las presencias de las mujeres en el callejero de esta ciudad. Como se puede apreciar el libro de Pablo no puede tener mejor madrina.

Gloria Cartagena Sánchez

3. Pablo hablando. 1

Pablo Gómez cerró el acto leyendo el poema MUERTE DE LA POESÍA.

  • Zarpé, como cada año
  • por el mar fui,
  • a la tierra donde tenía lugar
  • mi anual homenaje.
  • No hallé restos del altar producido por mis manos,
  • pareciera
  • que alguien había destruido mi construcción,
  • continuación de fructuosos legados.
  • Deberé escuchar
  • ver qué ha ocurrido,
  • no acierto a entender…
  • Siendo yo muchacho,
  • inocente e inquieto,
  • me guiaba el corazón.
  • Ella me sopló en los oídos,
  • la Poesía me tocó.
  • De repente múdase el aire
  • algo rompe el día
  • las aves escapan
  • los animales huyen.
  • Aparece corriente
  • la Poesía,
  • sus cabellos adquieren la tonalidad de la estación,
  • los ojos siguen el mismo curso,
  • en su túnica liviana
  • van embrocadas las flores,
  • saliente corro a su encuentro.
  • Falla,
  • la sustento, advierto
  • la sangre del costado fluir,
  • daga o puñal clavados.
  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

4. Entrando al acto. 1

A continuación, os dejo unas fotografías de los numerosos amigos que acudieron a la presentación. Entre ellos reconoceréis caras de profesores y alumnos del Instituto Goya de Zaragoza.

5. Público. 16. Público. 2

7. Publico3

Pablo Gómez Soria, Navío en aguas turbias. Editorial Dauro, Granada, 2017.

Invitación a la presentación

Carmen Romeo Pemán

Aquel día parecía una novia

De la serie, las fragolinas de mis ayeres.

Antonia y yo pasamos juntas nuestra juventud, de pastoras en las Guarnabas de Monte Agüero. Una tarde, mientras estábamos sentadas en una peña haciendo peduque, le dije que había oído que sus padres la pensaban prometer al viudo de casa Fontabanas.

A partir de entonces, nos afanamos en coser un ajuar que yo le guardaba escondido en un arca de mi casa. Y todo porque eran muchas hermanas y su padre no pensaba mermar la hacienda con eso de las dotes. Que eso era sabido en todo el lugar.

—A las hembras ya les basta con la honra de un apellido hidalgo —gritaba el padre de Antonia por las noches en la cantina.

Ella se las apañaba para que yo le comprara las agujas, las telas y los hilos en los vendedores ambulantes que llegaban, de vez en cuando, con grandes carromatos llenos de ultramarinos. Después me las pagaba con algún cordero que vendía a los pastores de Agüero o de San Felices. Y es que, a Antonia le resultaba más fácil decir que había malparido una oveja que comprar telas en la plaza.

El día que supo que se tenía que casar con el viudo de Fontabanas, me confesó que no quería que le vieran el ajuar las dos hijas casaderas que vivían con él.

—Nicolasa, sigue guardándome el ajuar. Si algún día lo necesito, te lo pediré —me dijo. Pero nunca más me lo volvió a nombrar.

En el pueblo se corrió que, desde que la casaron, todos los santos días iba a casa de su madre a echarle en cara que la había hecho una desgraciada con ese matrimonio.

—Es un verdadero jabalí. Sus gruñidos no me dejan pegar ojo en toda la noche. En los carasoles saben que no necesita navaja para ir al monte y que con su único colmillo sangra hasta las talegas de trigo —gritaba delante de la ventana para que la oyeran los que pasaban por la calle.

Antonia se murió de un mal aire a los sesenta años, cuando llevaba casi treinta de viuda, que esa cuenta siempre la llevó bien. Que su marido falleció el día que le dijo que estaba preñada.

Cuando se murió le puse la camisa que habíamos bordado para su noche de bodas y la envolví en una de sus mejores sábanas de lino. Después la miré varias veces y la encontré muy guapa. No tenía canas ni arrugas. Parecía una novia.

La plaza desde casa Sorolla

Plaza de El Frago

Con este nuevo relato de las fragolinas de mis ayeres, quiero dar voz a todas nuestras abuelas, Antonias, Valeras, Petras,  Dominicas, Nicolasas…, que sufrieron en silencio unos matrimonios impuestos. Nosotros no lo entendemos, pero fue la historia de muchas de nuestras familias hasta hace menos de un siglo.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

La artillera. La lucha de España por la libertad

Homenaje a las heroínas de los Sitios de Zaragoza

De mi baúl de lecturas

Hoy os traigo mi primera entrega sobre una novela de Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947), mi amiga y compañera de pupitre. En un futuro vendrán más.

Sus novelas históricas cuentan los orígenes de varios reinos: del de Aragón, en El estrellero de San Juan de la Peña, del de Navarra en Toda reina de Navarra, y del Condado de Cataluña en Ermessenda condesa de Barcelona. Su gusto por el arte de contar y el rigor de su documentación, muy propio de una buena medievalista, son la clave de sus éxitos. Y los lectores nos regocijamos con su mirada irónica, que nos ayuda  a reinterpretar la historia en clave de humor. Nunca olvidaremos la huelga de hambre de la Condesa de Barcelona metida en un baúl ni a la reina Toda viajando hasta Andalucía con su nieto Sancho el Gordo para que los médicos árabes lo sometieran a una purga de adelgazamiento.

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La primera vez que leí La artillera lo hice de un tirón. No podía dejarla. Y cuando la acabé dije: “¡Impresionante!”

¿De qué trata la novela?

De los días previos al Primer Asedio de Zaragoza, del Primer Sitio, de los meses siguientes y del Segundo Sitio. De la vida zaragozana bajo el mando francés, de la salida de los franceses y de la visita del rey. Y, para terminar, de las últimas noticias de la vida de Agustina de Aragón, hasta su muerte en Ceuta a los 71 años. Trata, pues, de unos hechos históricos muy conocidos. Así que, desde el punto de vista del contenido, el lector espera pocas sorpresas. Por ese motivo, me acerqué a esta novela con cierto recelo. Pero, al comenzar a leer, al romper el silencio narrativo, me di cuenta de que estaba equivocada. Que el asunto es conocido, pero el enfoque resulta muy novedoso.

Los sucesos históricos se cuentan a través de las vidas cotidianas y de las vivencias de diez mujeres, las diez protagonistas: siete históricas y tres inventadas.

Las históricas son cinco mujeres del pueblo: Agustina Zaragoza, conocida como Agustina de Aragón y como la Artillera, María Agustín, María Lostal, Casta Álvarez y Manuela Sancho. Una dama, la condesa de Bureta y una monja, la madre Rafols.

Las inventadas son Matilda López y Marica, dos prostitutas del Rabal, y Quimeta, una hermana que la autora le ha regalado Agustina. Quimeta y Agustina viven juntas, porque sus maridos están luchando en Cataluña. Y así, a través de su estrecha convivencia y de sus permanentes diálogos, llegamos a conocer mejor la vida cotidiana, las estrecheces y los pensamientos de Agustina de Aragón.

En el primer capítulo se juntan estas diez mujeres en la plaza del Mercado. Agustina, Quimeta, las dos Marías, Casta, Manuela y las dos prostitutas están tomando un refresco en el puesto de la tía Paca, justo debajo del balcón de la condesa de Bureta. Y arriba, en el balcón, están la condesa de Bureta y la madre Rafols. Y las diez oyen el bando de declaración de guerra contra los franceses.

Desde las primeras líneas el lector se queda sorprendido cuando ve que Agustina se dirige con prisa al mercado a comprar una mata de borraja para añadirla a la olla que había dejado hirviendo. O cuando Casta Álvarez recorre los tenderetes en busca del mejor precio para el tocino y dos morcillas de arroz con piñones.

La sorpresa procede del enfoque, del nuevo punto de vista y de los detalles cotidianos, que disuelven el sentimiento heroico. En los momentos previos a un gran bombardeo, Casta Álvarez, que cunde por todos los lados, se sube a las murallas y a continuación se va a poner el puchero para la cena y a dar un limpión a la casa.

Y todo sucede así porque no es un libro de historia, porque es una novela en la que se crea, y se recrea, un mundo de ficción a partir de datos de la realidad.

Una novela realista de corte decimonónico

El género histórico se mezcla con las características de las novelas realistas del siglo XIX. Y la clave para esta interpretación la tenemos al final. Porque la novela de Ángeles de Irisarri es una continuación de la que ha escrito Carlota Cobo, la hija de Agustina de Aragón.

La autora, para recrearse y para recrear el siglo XIX, elige un género de la época. Y sigue el modelo de Cecilia Böhl de Faber, conocida como “Fernán Caballero”, una escritora que escribe sobre mujeres.

De la novela del XIX hereda el método de observación, la rigurosa documentación, la tesis, la estructura general, el cierre de los capítulos, los elementos de suspense y una narradora omnisciente que conoce y opina sobre la historia que está escribiendo. Antes de comenzar la novela, cuando leemos el título completo, “La artillera. La lucha de España por la libertad”, ya adivinamos que la segunda parte del título es la tesis.

Al final, el coro de mujeres de la fuente del Portillo va recapitulando y atando todos los cabos que han ido quedando sueltos. Y todo se cierra, menos la vida de Agustina, porque ha sido la heroína por antonomasia y ella, la Artillera, la primera mujer que entró en el ejército, va a ser el símbolo de la lucha de los aragoneses por la libertad.

El mensaje central de la novela está en el último capítulo, en un vivo y entrecortado diálogo entre Agustina y su hija. Así, al poner el mensaje central, la tesis, en boca de una Agustina cansada y enferma, de una Agustina a la que le falla la memoria, pierde el tono asertivo de las tesis de las novelas del siglo XIX.  “La palabra rendición no entraba en nuestro vocabulario. Allí fue vencer o morir…Para no ser esclavos, para ser libres”.

Una novela moderna de protagonista colectivo

Poco a poco se van incorporando grupos de mujeres que funcionan como los coros de las tragedias griegas. Las costureras de la fuente del Portillo se enteran de todo, porque se pasan el día parloteando y escuchando a las mujeres que se acercan al corro a decirles tal o a contarles cual.

Las comadres lenguaraces del ropero de San Miguel salen a coser a la puerta Quemada para enterarse de los sucesos y comentarios que circulan por la ciudad. Y hacen lo mismo las del lavadero de la acequia del Portillo, las del salón de la condesa de Bureta y las de la tertulia de Josefa Amar y Borbón.

Así, la verdad colectiva se va formando con la suma de las verdades individuales. Por eso son tan importantes los personajes secundarios que pueblan la novela.

Un discurso testimonial

En sus páginas oímos hablar a las protagonistas, y así tiene que ser, porque eran analfabetas. A Agustina de Aragón le enseña a leer doña Josefa Amar, y cuando la viuda María Lostal quiere volver a abrir la tienda de vinos tiene que ir a que la condesa de Bureta le lea las facturas, porque no sabe quiénes eran los suministradores de su marido.

El humor y la comicidad

En esta obra, como en todas las de la autora, se hace  una afirmación del valor y del sentido práctico de las mujeres. Una afirmación que brota de una pluma que es capaz de ironizar y de reírse hasta de su sombra. El lector, entre las pilas de muertos y el olor a cadaverina, se ríe cuando Casta Álvarez, cocinera del Hospital, descubre que las lentejas están agusanadas. “Que no se trataba de un gusano ni de dos, que había más gusanos que lentejas, que los bichos no flotaban en el guiso y que las cocineras no podían quitarlos con la rasera. Entonces, la madre Rafols decide hervirlas hasta convertirlas en una pasta.

Sonreímos complacidos cuando la condesa de Bureta saca los tomos de la Enciclopedia Francesa para construir barricadas. O cuando María Agustín no puede hacer los encargos de costurera ni salir a recibir a Palafox porque le ha venido la regla y se tiene que quedar siete días en casa.

Y cuando Casta Álvarez le dice a María Lostal que su hijo se llama Pablos, y no Pablo, porque cunde por tres, nos damos cuenta de que ese Pablos es un personaje con resonancias del Buscón de Quevedo.

Otras veces, el efecto cómico brota de las exageraciones que disuelven la tragedia. En medio de una ciudad destruida y llena de cadáveres, un grupo de mujeres se lía a navajazos por beberse las lágrimas que la Virgen derramaba. Y el día que se firmó la capitulación de Zaragoza, hubo colas de soldados en el burdel del Rabal porque se temían lo peor.

Para terminar

Está muy bien conseguida la personalidad de las diez protagonistas. Cuando cerramos el libro, sigue resonando en nuestros oídos el susurro de la condesa de Bureta, porque la habían educado para que nunca hablara alto. La voz de mando de la madre Rafols. Las risas y los jolgorios de las dos prostitutas del Rabal. Las alucinaciones de Manuela Sancho, que escucha las voces de los muertos en su interior. Los gritos de Casta Álvarez, cuando distribuye la comida a los soldados y cuando llama a una nueva insurrección porque no acepta la capitulación de la ciudad. La voz lastimera de María Lostal, siempre rodeada de sus tres hijos. Y el tono bondadoso y tierno de María Agustín.

En el fondo, estas heroínas tan bien caracterizadas son el trasunto de la importancia que tuvieron las mujeres zaragozanas en la defensa de la ciudad cuando la sitiaron las tropas francesas.

Carmen Romeo Pemán

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María Ángeles de Irisarre, La artillera. La lucha de España por la libertad. Editorial Suma de Letras, Madrid.

Artillera. Presentación-3

Esteban y Orosia

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas.

Las corrientes de los ríos están llenas de historias. Un día que estaba jugando con los ruejos del Arba, me encontré esta que bajaba de Biel.

Aquella mañana, llegué a la escuela antes que la maestra. Había venido corriendo, y eso que nuestra casa estaba lejos, detrás del cerro. Sentía como si el corazón se me fuera a salir de su sitio.

—Buenos días, Orosia. —Doña Pascuala me acarició la cabeza–. Toma, guárdame estos libros un momento.

—Bue… buenos días, tenga usted. —No sabía si me había oído. No me salían las palabras por culpa del nudo de la garganta.

Me senté en una mesa, justo detrás de donde se solía poner Esteban. Desde allí podría hablarle al oído cuando entrara, antes de que doña Pascuala comenzara a pedir los deberes.

Esteban llegó tarde. Iba un poco desgreñado, como si no le hubiera dado tiempo a lavarse. Me pareció que tenía cara de haber dormido mal.

—Mis padres se han enterado de lo nuestro y se han puesto como dos basiliscos —le dije de corrido, a la vez que me echaba la melena por la cara para que nadie me viera hablar.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss! Hablaremos en el recreo. —Me apretó la mano por debajo del pupitre—.Y no te preocupes, que ya los convenceremos.

—Pues me parece que no vas a tener razón. Mira que he tenido que saltar por la ventana. Me habían cerrado la puerta para que no viniera a la escuela —y continué con un susurro casi inaudible—. Verás como en cualquier momento se presenta mi padre.

—Pues esta vez no será como las otras. Si hace falta, diré delante de todos que estás preñada.

En ese momento se abrió la puerta. Sólo vi los ojos de mi padre y cómo doña Pascuala lo cogía del brazo y lo sacaba al pasillo. Al poco rato entró ella sola, se acercó a mi mesa y me dijo:

—Recoge tus libros. Te voy a poner deberes para que los hagas en casa. ¡Ojala puedas volver pronto! Te esperaremos.

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—Antonio, no me ha hecho ninguna gracia que hayas ido a buscar a Orosia a la escuela —gritó mi madre cuando nos vio aparecer por el recodo del camino—. Los trapos sucios se lavan en casa. No quiero ir en lenguas de la gente.

—¡Cuántas veces te lo tengo que decir, Josefa! —Mi padre, ceñudo, levantó la horca de recoger la paja y miró a mi madre—. ¡Que eres muy corta de entendederas! ¿Aún no te has dado cuenta del peligro que es ese chico, todo el día dando vueltas por aquí? Que se nos quiere llevar a la niña. Y la Orosia es nuestra. ¡La Orosia es mía! Al hombre que le ponga una mano encima lo ensartaré con esta horca.

En estas andábamos, cuando llegó Esteban con sus padres. Y, dando un paso al frente, se encaró a mi padre:

—Señor Antonio, aunque no haya cumplido los catorce años y usted crea que soy un crío, sepa que me voy a portar como un hombre con su hija y con ustedes. Estoy dispuesto a esperar la boda el tiempo que digan. Mejor dicho, hasta que yo cumpla los dieciocho y tenga un trabajo para mantener a Orosia y al niño. Que el niño es mío y lo reconoceré.

Mi padre empezó a dar vueltas por la era cagándose en todos los santos del cielo y soltando copones y hostias a mansalva. Esteban y sus padres retrocedían poco a poco. Oí su voz, por última vez, al otro lado de la cerca.

—¡Orosiaaaa, te quieeeeroooo! Volveré cuando haya nacido el niño. Te lo prometo. Nos iremos a vivir a la capital.

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Después de cenar, mis padres se enzarzaron en una de sus discusiones. Pero esa noche, mi madre, que no solía hablar, tomó la palabra.

—Mira, Antonio, que tengo clavada la fecha. Dos años tenía Orosia cuando decidimos venir a vivir al monte, que en todos los sitios veías fantasmas.

Mi padre intentó protestar, pero no había quién hiciera callar a mi madre.

–Antonio, para mí fue un golpe muy duro.

Mientras tanto, ella seguía con su monserga, secaba las sartenes, barría la cocina y metía brasas en un calentador. Y venga a repetir aquello de que estábamos acostumbradas a otra vida y que en aquel chamizo nos habían salido sabañones hasta en las orejas.

Desde que llegamos, yo dormía con mis padres. Decían que así no me acatarraría. Mi padre en la parte de afuera, mi madre contra la pared y yo en medio, bien calentita. Aunque a veces, casi me asfixiaban cuando se daban la vuelta.

No sé cómo empezó aquello. Una noche me despertó mi padre con sus toqueteos. Noté cómo me acariciaba los pezones. De repente se me echó encima. Recuerdo los gritos de mi madre como si fuera ahora. Pero él siguió con su martingala.

Como ya estaba acostumbrada, no me asusté el día que Esteban me llevó a un pajar al otro lado del cerro. Me acariciaba con suavidad y me decía que tendríamos un niño y que abandonaríamos el monte. Pero yo no me lo creía, porque no podría saber cuál de los dos sería el padre. Como mi madre, yo también sabía que nadie podría sacarnos de aquel agujero.

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Ilustraciones de Inmaculada Martín Catalán.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

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En su muro de Facebook nos deleita con dibujos de escenas cotidianas de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

Sin leña para la escuela

De las fragolinas de mis ayeres

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana. Angelita estaba atizando el fuego de la cocina, que se había apagado mientras había bajado al corral a limpiar el orinal y la jofaina en la que se había lavado un poco la cara.

¡Qué diferencia con su casa de Zaragoza! Allí corría el agua por los grifos y no tenía que soportar ese tufo de los animales que le llegaba hasta las entrañas. ¿Quién le mandaría meterse en ese berenjenal de enseñar a las niñas? Si hubiera seguido con su trabajo de dependienta, seguro que ya se habría casado y llevaría una vida tranquila, como sus amigas. Ellas no tenían un sueldo, pero total, para lo que le servía en ese pueblo, igual le daba.

La señora María del Socarrao, su patrona, había madrugado para ir a soltar el rebaño y ella se había quedado sola. En ese momento acababa de desayunar y estaba alisando las pieles de cabra que cubrían las dos cadieras del hogar, antes de que llegaran las niñas. Bien pensado, no estaba mal dar las clases allí. Los días que habían estado en la herrería o en los patios de las casas se habían quedado heladas. Aquí lo malo era la señora María. Se había empeñado en que cada niña trajera un tizón. Decía que ya era muy vieja para traer la leña del monte encima de la cabeza.

En esas estaba cuando la sobresaltaron unos golpes en la puerta. Sin darle tiempo a responder, el padre de Nicolasa se presentó en medio de la cocina. Llevaba las botas de sacar fiemo y una horca oxidada en la mano.

—¡Buenos días, señora maestra! Ya era hora de que diera señales de vida. Llevaba un rato plantado en medio de la calle esperando a que abriera la ventana. No he querido llamar antes porque he visto salir a la señora María y no era caso de pillarla en la cama —A Angelita le pareció un saludo picarón. Intentó tomárselo a broma.

—Y, ¿qué se le ha perdido tan temprano por esta casa? —le respondió en el mismo tono.

—No se haga la tonta ni la melindrosa, que no tengo tiempo que perder. ¡Y menos con usted! —le contestó, a la vez que golpeaba el suelo con la horca.

—¡Bueno, pues usted me dirá a qué ha venido! —le replicó. Y cruzó los brazos, como si le doliera el estómago.

—Pues, verá. Nicolasa me ha dicho que tiene que traer un tronco para avivar este fuego tan mortecino —mientras hablaba revolvía las brasas del hogar con la punta de la horca.

—¡Nicolasa y todas las niñas! Yo no tengo leña y no le podemos hacer tanto gasto a la señora María. Como usted ya sabe, es viuda y no tiene ningún hombre que gane un jornal.

—¡Escuche bien! Vengo a decirle que Nicolasa se ha quedado llorando en casa, porque le he dicho que no traerá ningún tizón para que se caliente la maestra.

—Pues, con este frío, no podremos dar clase sin fuego.

—¿Qué se ha creído usted? ¡Postinera! Mire, si hoy no da clase con buen fuego, mañana vendré con esta horca y la ensartaré por los riñones.

El padre de Nicolasa hizo ademán de marcharse, pero se paró en la puerta juntando el entrecejo y mirando a la maestra. Ente tanto pensaba para sus adentros que Angelita era la culpable de todo el mal que había llegado al pueblo. Que las mujeres modernas que querían poner todo patas arriba eran peor que la peste. Que con eso de enseñar a las niñas no iban a ganar nada, sino al revés. Que hasta esa mañana nunca le habían levantado la voz las mujeres. Que él no lo permitiría y que estaba dispuesto a cualquier cosa.

Angelita le dio la espalda y se asomó a la ventana a ver si llegaban sus alumnas. No sabía cómo iba a arreglar el problema de la leña, pero ya se le ocurría algo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada: Cocina antigua. Foto colgada por Miguel Manuel Bravo Mata en el grupo de Facebook, “Fotos antiguas de Aragón”.

A JAVIER PLAZA POR SU URRACA EN LA NIEVE

De mi baúl de lecturas

—Hola, Carmen, ¿te acuerdas de mí? —me preguntaba Javier Plaza en Messenger.

—Pues, ¡claro! Estuviste muchos años en el Instituto Goya. Conservo tu imagen de adolescente entre el tumulto de aquel pasillo de la planta baja. ¿Cuánto hace de eso?

—¡Muchos años! Estuve desde 1988 hasta 1993.

—Y, por lo que veo, guardas buenos recuerdos, ¿no?

—Sí, sobre todo de mis profesores de Lengua y literatura. Allí nació mi pasión por la escritura.

—Esto sí que es un regalo para una profesora de literatura, Javier.

—Pues ahora te traigo otro. Te voy a enviar por email La urraca en la nieve, mi primera novela. Va por la cuarta edición en Ediciones Hades: noviembre de 2014, febrero de 2015, mayo de 2015 y noviembre de 2016. En marzo de 2017, ha salido una nueva en Fomento, la editorial de la Universidad de la Puebla de Zaragoza, México.

—Esta noche sin falta empiezo a leerla.

En menos de una semana me la había terminado. El resultado de esa apasionada lectura, acompañada por abundantes libros de arte sobre el Impresionismo, son las notas que os traigo.

La urraca en Fomento

La edición de Editorial Fomento

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Camille, el narrador protagonista, como esa urraca del cuadro de Monet que ilustra la portada, es un imán que nos atrapa y, a través de las historias y escenas que va contando, nos deja ver los ambientes parisinos de forma fragmentada.

La urraca, Monet

La urraca, Claude Monet

Al final, cuando hemos dado la vuelta a la última página y nos alejamos, como sucede con los cuadros impresionistas, podemos ver la totalidad y el significado general de la obra. Si hacemos una segunda lectura con más calma, desde el principio sabremos que vamos a acompañar a Camille durante una semana por el París impresionista. Y, con él, a Yves y a Víctor, sus dos amigos. En ese paseo sabremos que ha vivido allí ocho meses y que es un señorito de alta cuna, procedente del sur de Francia.

Todo esto, y mucho más, lo va contando con pinceladas sueltas, como los Impresionistas, que debían su nombre a otro cuadro de Monet: Impression, soleil levant.

Monet, Soleil levant

Impression, soleil levant, Claude Monet

Detrás de un mundo lleno de cuadros, bailarinas de cabarets y alcohol, se esconde una búsqueda incansable por la fama: “El cuerpo pasa y la gloria queda” (p. 193). Esa búsqueda nos ha provocado, a él y a nosotros, una cierta desazón y una gran nostalgia.

La mente frágil de Camille lo lleva a frecuentes ausencias. En varias ocasiones le oímos frases como esta: “Había extraviado, una vez más, el hilo de la conversación” (p. 82).

Este narrador, un poco deficiente, introduce continuos flashbacks de forma natural y salta de un tema a otro con gran agilidad. “Puse que tardó diecisiete años en regresar a París para dejar claro que allí terminó su sueño de pintor impresionista, que no regresó a París en marzo, como había prometido a sus amigos. Que allí se terminó la vida bohemia. Porque Camille es débil y la aventura termina cuando regresa a la influencia familiar”. (Conversación con Javier Plaza)

Camille no está inspirado en un personaje concreto, pero su nombre es un guiño a Camille Pisarro, a Camille Corot y a Camille, la mujer de Monet.

Cuando comencé la lectura pensé que se trataba de una biografía novelada de Camille Pisarro. Y no salí de mis dudas hasta que leí una frase de Yves ante un lienzo de Pisarro: “Este hombre es tonto perdido, mira que cambiarme esta joya por una de mis basuras” (p. 128)

Una novela de ambiente

“Trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por el París impresionista, con una trama mínima. En la novela apenas pasa nada. Las pequeñas inquietudes de Camille sirven de unión a la historia”. (Conversación con Javier Plaza)

El autor consigue reconstruir el contexto de forma verosímil gracias a las visuales descripciones y a las escenas que las llenan de vida.

De forma constante, las escenas pasan a ser cuadros y los cuadros, escenas. Se mezclan los cuadros reales, como La urraca de Monet, con los inventados. Los reales no son muchos, pero sí suficientes para crear un contexto verosímil y que el lector crea que todos lo son.

Tiegre en la jungla

¡Sorprendido!, Henri Rousseau

Como muestra, he elegido la descripción del cuadro de Henri Rousseau, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical): “Un tigre huye con gesto despavorido, casi humano, mientras en la selva ha estallado la violenta tempestad; la fuerza de los elementos, el viento y la lluvia se reflejan en cada uno de los detalles del lienzo. El cielo gris oscuro con tres ramificaciones de un rayo y líneas de lluvia que inundan toda la superficie, las hojas y arbustos curvados hacia la derecha, impulsados por el viento hacia el lado donde huye el animal, los árboles, oscuros, también se doblan en esa misma dirección, la irascible tormenta lo envuelve todo” (p. 209).

Camille pierde el hilo de la conversación porque está poco atento a lo que sucede a su alrededor. Entonces o está recordando hechos de su vida pasada o está convirtiendo las escenas presentes en posibles lienzos. Cuando Camille está pensando en el lienzo que va a pintar para una exposición no sabe si decidirse por Guibert en su tejado, por ´El combate de los hermanos Lafaille´, por el cochero que reparaba la rueda en Capucines o por la camarera del Moulin. Y el lector duda con él, porque son escenas que ya han aparecido antes en la novela.

Elementos de composición

La trama, las subtramas y la estructura novelesca

Si partimos de la concepción clásica de introducción, nudo y desenlace, nos encontramos con una trama invertida de las del tipo: desenlace, planteamiento, nudo, desenlace ampliado y cierre. Una estructura que me ha recordado a la de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

Comienza por el desenlace. Camille recibe una carta de su padre que lo reclama para que atienda unos asuntos familiares en Pau, en el sur de Francia. El planteamiento y el nudo abarcan los seis días que se pasea por París despidiéndose de sus amigos y de su familia. El desenlace ampliado ocupa el último capítulo, mientras espera el tren de Pau, en la estación de Austerlitz. En el cierre cuenta que tarda diecisiete años en volver a París y que, por lo tanto, no cumple la promesa hecha en el nudo y en el desenlace inicial.

El adelgazamiento de la trama

Parece una novela de personaje, pero en realidad, como ya he señalado, es una novela de ambiente. El protagonista, Camille, señor de Jurançon, y los personajes secundarios, Yves Grenier, Víctor Pelletier, su tío Henry y la ausente Thérèse, están al servicio de unos acontecimientos externos que hacen avanzar la narración a través del delgado hilo que los une.

Una novela con poca trama siempre es un gran reto, porque tiene que despertar el interés con las anécdotas y con la riqueza de la prosa. Y, si las historias y las escenas no están bien elegidas y dosificadas, pueden saturar al lector.

En este caso, los episodios narrativos y las descripciones sueltas sirven para profundizar en el tema. “Me esfuerzo mucho en que los personajes sean congruentes. Pero son un instrumento para mostrar diferentes aspectos del París impresionista. En realidad, trataba de hacer una novela de ambiente, un paseo por ese París impresionista, y por eso reduje la trama al mínimo”. (Conversación con Javier Plaza)

Las tramas secundarias

La materia narrativa se expande con abundantes subtramas que nos introducen en los entresijos de la sociedad de la época.

La expectativa amorosa de Thérèse se complica con el amor pasional por Eloise y con el romántico de Berthe: “Haciendo memoria creo que Eloise fue mi primer amor real, al menos el primero que superó la etapa platónica, a diferencia del que sentí por Berthe o el que sentía por Thérèse” (p. 351).

Otras tramas amorosas son las relaciones de Yves con Eleonore, la de Victor con Kheira, la de Clotilde y Luca. También son tramas bien tejidas las vidas de otros pintores, las de los galeristas y las de las bailarinas de El Dorado, el Folies Bergère y el Moulin Rouge.

Yvette por Toulouse Lautrec

Yvette Guilbert, cantante, por Toulouse-Lautrec

El estraperlo, los negocios sucios en las colonias, la corrupción política y la compra de votos son subtramas sólidas que nos atrapan con tanta fuerza como la principal.

Una novela difícil de encasillar en un género

La novela está ordenada en siete capítulos, uno por cada día de la semana. “Lo establecí así porque quería que durara un ciclo y escogí una semana. El orden me vino determinado por los días en los que había tren de París a Pau”. (Conversación con Javier Plaza).

En efecto, la primera estructura que se nos impone es la de un diario, muy apropiado para contar hechos cotidianos. Pero, a medida que vamos leyendo, percibimos que los capítulos tienen demasiadas páginas para estar escritos en un día. Y que los datos son excesivos y demasiado lejanos como para que el narrador los recuerde de modo tan preciso.

El diario funciona como una forma de organizar el discurso. Pero, detrás de esa apariencia, hay otras estructuras y géneros que enriquecen la obra.

En el momento en que el lector se da cuenta de que Camille está recordando, de que no está escribiendo desde París, el susodicho diario se convierte en un libro de memorias.

La urraca en la nieve es, además, un drama romántico, una novela costumbrista, una crónica periodística y una novela histórica, géneros que reclaman una amplia y profunda documentación. En una entrevista en el Diario de Córdoba, en marzo de 2015, Javier Plaza confesaba que había investigado mucho sobre el Impresionismo.

La ambientación histórica cobra vida con los personajes que cuentan sus inquietudes cotidianas. Por estas páginas se pasean pintores, políticos, escritores, artistas y fotógrafos. Y algunos como Zola, Sadi Carnot, Rubén Darío, o Pablo Sarasate, que ya eran muy famosos en su época.

Al corte de drama romántico responden las relaciones de Camille con Thérèse, marcadas por la diferente clase social de las familias. Utiliza rasgos y técnicas costumbristas para pintar el mundo rural de los Pirineos.

Para terminar

La novela se limita a contar algunos episodios de la última semana de Camille en París. Solo un ojo entrenado en el puntillismo verá las anécdotas, las digresiones, las descripciones y las escenas, aparentemente inconexas, como elementos necesarios para comprender la totalidad. Una totalidad en la que todo está unido, y progresa, por oposición.

El presente narrativo se ve asaltado por continuos flashbacks al pasado inmediato y al pasado lejano; el mundo impresionista y la bohemia contrastan con la exquisita familia de Camille; la vida urbana de París con la provinciana de los Pirineos; el amor de Eloise con el de Thérèse.  Todo se desdobla y se descompone en mil matices.El lector obtiene la versión global cuando termina la suma de todos los contrastes

La urraca en la nieve es una novela de respiración pausada, que exige una lectura lenta. Sus páginas nos invitan a disfrutar del Arte, con mayúsculas, porque en ella, como en el Arte poética de Horacio, se aúnan la pasión por la literatura y por la pintura: Como la pintura así es la poesía.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza.

Este apasionado de la literatura, que creció leyendo a los clásicos, es un devorador de novela histórica y autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

El año 2014 publicó La urraca en la nieve, su primera novela. Y creo que ya está cercana la publicación de su segunda novela, Canción de otoño.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

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Imagen principal: del Facebook de Javier Plaza

Las citas de la novela son de la tercera edición de Ediciones Hades.

Carmen Romeo Pemán

Montmartre al atarceder

Boulevard de Montmartre al atardecer, Camille Pisarro

Clases en el carasol de Vicenta

A doña Simona Paúles, maestra de nuestras abuelas

Simona aprovechó que era un jueves muy soleado para pasar la tarde con sus alumnas en el carasol del Huerto de Vicenta. Sabía que, a esa hora, estarían allí las mujeres, unas hilando y otras remendando los pantalones de pana de los hombres. Con la luz del sol les salían mejor los zurcidos que por la noche a la luz de la vela.

Creyó que se le había ocurrido una buena idea. Así las madres verían cómo les enseñaba a sus hijas a coserse la ropa interior, mientras les leía unos cuentos que ella misma había escrito. Y, como en las casas se comentaban los pormenores del carasol, pronto se correría por el pueblo con qué maña manejaban los bolillos y bordaban sus iniciales, como habían hecho sus madres y sus abuelas en las sábanas de sus ajuares.

Los jueves por la tarde no había clase y el maestro echaba una larga partida de “subastao” con el cura y el secretario. Mientras jugaban, les decía que tenía pruebas de que la nueva maestra era una hereje.

Les relató, con pelos y señales, que el día que le llevó el Año Cristiano y la Flos sanctorum, los libros que las maestras anteriores leían en la escuela, se los había tirado a la cara. Y que, como pensó que era un arrebato por tener que dar las clases en la herrería, volvió otro día con La perfecta casada de Fray Luis de León. Y lo mismo.

Encima, desde que había llegado esta maestra, los chicos no querían rezar por las mañanas. Es más, le venían a él con que doña Simona no obligaba a las chicas, que las que no querían podían salir a la calle mientras ella rezaba. Y no era un embuste de zagales, que las había visto desde la ventana de su escuela  en corro delante de la puerta de la herrería. Cualquiera que pasara por allí, a la hora de entrar, podría oír cómo se desgañitaba la maestra con los padrenuestros y las avemarías, haciéndose la buena. Pero que a él no se la pegaba. Que, cuando le preguntó por el crucifijo, le dijo que lo no colgaba para que no se manchara con el hollín de las paredes. Y él sabía que eso era lo que hacían los masones, que arramblaban con las vírgenes y santos. Y vaya usted a saber si no habrá estado implicada en el robo del Niño Jesús de Praga que desapareció la de la iglesia la semana pasada.

Siempre que se caldeaba el ambiente, Rosendo salía del mostrador limpiándose las manos en el guardapolvo gris y se acercaba a ver cómo iba la partida. Después de indicarle al cura que echara el as de bastos se sentó en una esquina de la mesa y comenzó con sus habituales retahílas:

—¡Dónde se ha visto que unas alumnas manden más que la maestra! —Miró de frente al cura y al maestro, y continúo con su perorata— Si no tercian en el asunto, pronto se nos habrán subido a las barbas las crías, la maestra y las mujeres. Después de comer las he visto bajar a todas al carasol. Aún no han vuelto y ya se está haciendo de noche. Estoy seguro de que les va a sorber los sesos, mientras ustedes se encenegan con las cartas. A mí me va bien que sigan bebiendo coñac. Pero, si algún día me las tengo que ver con mi mujer y con mis  hijas y ustedes no han hecho nada, me cagaré en sus muertos.

Rosendo se calló cuando vio entrar al médico. Se levantó, volvió al mostrador para servirle un carajillo bien cargado de ron y, entre tanto, pensaba: “Con este no sé a qué carta quedarme. Unas veces critica a doña Simona y otras dice que con ella ha llegado un aire fresco a este pueblo. No sé, no sé. Este don Valero me tiene un poco mosca”.

Aún no se lo había servido, cuando oyó una algarabía que llegaba desde la calle. Asomó la cabeza por el ventanuco que había detrás del mostrador y pudo ver las caras de las chicas y las mujeres que se quitaban la palabra. La maestra las seguía en silencio, muy sonriente. Y a Rosendo aquello no le gustó.

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Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843 – ¿?) fue maestra de El Frago desde 1884 hasta que se jubiló en 1913. Esta hija de Romualdo y Jacinta, naturales y vecinos de Aísa, obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca en 1870. Se casó con Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1854 – El Frago, 1910), que también fue maestro de El Frago, y se instalaron en la Escuela de Niños. Tuvieron tres hijos, María Teresa,  Pedro y Esperanza, que se cambiaron el apellido por Hualte. María Teresa estudio Magisterio, se casó con Bonifacio Guillén de El Frago y se instalaron en Sádaba. Pedro fue practicante de Petilla de Aragón y Esperanza murió a la edad de seis meses.

Como en esa época no había un local para dar clase a las niñas, doña Simona ocupo cocinas, desvanes y hasta una herrería vieja. Les enseñó primorosas labores y se las arregló para que casi todas sus alumnas asistieran a clase y aprendieran a leer, a escribir y a hacer cuentas. Mi abuela, Antonia Berges (1885-1950), solo recibía clases en su casa algún atardecer. Pero, aun así, tenía una letra primorosa y llevaba las cuentas de su casa. En el monte, cuidando cabras, se bordó un ajuar como pocas novias de El Frago. Doña Simona consiguió que su hija María Teresa, y las hijas del médico, Fermina y Cipriana Llanas, estudiaran Magisterio. Así me lo contaba Presentación Guillén, una de sus discípulas, que se había pasado la vida por los montes con mi abuela y guardaba honda memoria de su maestra.

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Pabla Presentación Guillén Guillén (El Frago, 1902-1989)

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Imagen destacada. Ricardo Compairé Escartín, Un carasol a comienzos del siglo XX. Publicada en “Fotos antiguas de Aragón” por Javier Redrado Marín.

La fotografía de Presentación Guillén me la ha cedido su nieto Chesus Asín. Es propiedad de la familia.

Carmen Romeo Pemán