Mosen Matías

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas Aragonesas

Como todas las tardes, me senté debajo del emparrado que había a la entrada del pueblo. El ruido de un coche rojo me sacó del sopor de la siesta. Subía renqueante por la cuesta, el tufo de la gasolina inundó el ambiente y pensé: “¡Se acabó la tranquilidad! Estos veraneantes son una plaga. Llegan como si fueran los dueños del pueblo”.

Como de natural soy un poco curioso, me levanté del poyo con ayuda del bastón. En ese momento, el coche paró delante de mí y se abrió la puerta del conductor. Con el sol de cara no podía ver bien. Me puse las manos en forma de visera y distinguí la silueta de una mujer de unos cuarenta y pocos años.

–¡Buenas tardes, mosén! –me dijo mientras se quitaba las gafas de sol, se ajustaba la bandolera al hombro y se echaba la melena rubia hacia atrás.

De repente me quedé parado. Entonces ella cerró la puerta y desapareció por la calle que llevaba a la plaza.

Esa voz me decía algo. Se parecía a la de María, la hija de la Bernarda, que ya descansaba en paz. Pero habían pasado tanto tiempo después de todo aquello que ya no estaba seguro de nada. Si no hubiera sido por el lumbago, me habría acercado para asegurarme.

Hacía muchos años que María se había marchado del pueblo. Me acuerdo muy bien. Se fue llorando por camino del puente y ya no volvimos a verla. Fue el día que se enteró de mis relaciones con su madre.

Como era una joven impulsiva y rebelde no quiso atender a razones. ¡Y mira que intenté explicárselo! Pero ella que no, que yo había querido engañar a la Bernarda y que se avergonzaba de su madre. Era demasiado joven para entender lo difícil que le resultaba a su madre vivir con un borracho que le pegaba. Por eso se vino a confesar. Quería decirme que iba a abandonar a su marido. Y yo que no, que la obligación de la esposa era estar sujeta al marido. Pero la vi tan empecinada que comencé a darle vueltas y a pensar cómo podría ayudarla. Porque la Bernarda era una de esas mujeres bondadosas, incapaces de levantar la voz a nadie.

Después de mucho cavilar, un día le propuse que viniera a hacerme las faenas de casa. Que le pagaría bien y ella podría llevarle dinero a su marido. Que así la dejaría tranquila si tenía asegurados los cuartos del vino y del juego. En esa conversación me enteré de que la Bernarda, y todo el pueblo, estaban al corriente de que yo aliviaba mis necesidades de hombre con algunas mujeres que no llevaban buena fama. Porque, de repente, me espetó:

–Mosén, si me paga bien, no tendrá que comprar favores a nadie. Usted me arregla la vida a mí y yo se la arreglaré a usted.

Así fue como entró en mi casa. Después, poco a poco, nos fuimos encariñando, que los dos andábamos faltos de afecto. Al cabo de un tiempo, estábamos enamorados como dos tórtolos. Y ya no nos importaba nada ni nadie. Pero el día que me dijo que estaba preñada sentí una punzada en la boca del estómago.

Al principio fue fácil ocultarlo y hacerle creer al marido que era el padre de la criatura. Con el tiempo, se desataron las lenguas. Se empezó a correr que la niña se me parecía, y que hasta tenía un gran lunar en la mejilla izquierda, como el mío. Pero todo se desbarató cuando uno de los pretendientes de la muchacha le dijo que era hija del cura y que su madre era una barragana.

Vino hecha un basilisco y se descaró conmigo.

–¡Usted mismo me enseñó los Mandamientos de la ley de Dios. Creo que el octavo era No dirás falso testimonio ni mentirás. El noveno, No consentirás pensamientos ni deseos impuros. Y el décimo, No desearás a la mujer de tu prójimo. Pues usted ha cometido tres pecados mortales. Ha pecado contra el octavo, el noveno y el décimo. Y, como no se puede confesar, que en el pueblo no hay otro cura, se va a quemar en el fuego eterno”.

Yo intenté explicarle la verdad. Decirle que no era hija del pecado. Pero no me escuchó. Me escupió a la cara y empezó a correr por el camino que llevaba al pueblo más cercano. Desde ese día la estoy esperando para contarle la verdad.

Aquella tarde, la mujer del coche rojo me revolvió las entrañas. Cuando la vi alejarse del pueblo, me senté de nuevo en el poyo, justo en el otro lado del emparrado, desde donde podía divisar el almendro del cementerio. Y, como todos los días, le conté a la Bernarda que desde que ella se murió la vida había dejado de tener sentido.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Fotograma de la película Journal d’un curé de campagne (1951)

 

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Primeras concejalas y alcaldesas españolas

Las nueve aragonesas

Abriendo camino

¿Desde cuándo participamos en el gobierno de los pueblos?

1925. Concepción Pérez Iglesias . Alcaldesa de Portas

Concepción Pérez Iglesias (Compostela, 1881-Lantaño, 1936). Esta maestra, en 1925, fue nombrada alcaldesa de Portas (Pontevedra)

Si echamos un vistazo a la historia, comprobaremos que en España el camino hacia la democracia no ha sido fácil, y para las mujeres, menos aún. En 1923 participamos por vez primera en las instituciones políticas. Pero, como no teníamos derecho al voto, se desató un largo debate sobre el sufragio femenino.

Hubo mujeres que destacaron en las civilizaciones antiguas. Conocemos figuras singulares de Grecia y Roma. La literatura y las leyendas populares recogen figuras de alcaldesas españolas desde la Edad Media. Hoy, todavía se festeja el triunfo de las alcaldesas de Zamarramala. Pero hasta el siglo XX, estos ejemplos eran casos aislados y se debían a situaciones excepcionales y a mujeres de una gran valía.

Y en 1924, así lo recogía Julia Peguero, una maestra zaragozana que dejó oír su voz en el ateneo de Madrid y en la prensa de la época.

Julia Peguero, Mujeres Españolas, Abril, 1930

Julia Peguero Sanz, Zaragoza, 1880-Madrid, 1978.

Me interesa consignar, como vicepresidenta de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), que los momentos para el feminismo son difíciles y decisivos, y no puede ocultársele a la mujer que, mientras el hombre puede pasar inadvertido en su mejor o peor actuación, y hallar excusa a sus desaciertos, la mujer actuará durante mucho tiempo en un plano de singularidad que la pone al descubierto, y, por consiguiente en situación desfavorable de juicio con respecto a sus compañeros de labor.

No puede olvidar la mujer que sólo a título de aprovechar fuerzas que se esterilizan en el hogar cuando éste no las necesita sale a intervenir en la cosa pública. No por sí, sino para la patria, no por satisfacción personal, no para copiar y seguir las huellas del hombre, sino para llevar a la administración su espíritu de gobierno, economía y actividad, en la seguridad de que si no aporta un concurso útil a la vida de la nación, su fracaso particular caería sobre la capacidad femenina en general. (La Voz de Madrid 20/10/1924).

Leyes que sistematizaron nuestra presencia

Dos leyes que nos permitieron llegar la palestra pública. La Ley Municipal de 1877, en la que los conservadores promovieron una enmienda a favor del sufragio para las madres cabezas de familia. Y la Ley electoral de 1907, o Ley Maura, en la que se propuso el voto para las mujeres mayores de edad, en las mismas condiciones que a los varones. Y, en 1919, lo volvió a plantear Manuel Burgos Mazo, a la sazón ministro de la Gobernación.

El Estatuto de 1924 y la Asamblea Nacional de 1927

 

Estatuto municipal-2

En la Dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930, se nos concedió una representación parcial en los ayuntamientos y en la Asamblea Nacional.

El 8 de marzo de 1924, se aprobó el Nuevo Estatuto Municipal, que sustituía a las Leyes de 1877 y 1907 y que nos otorgaba un voto limitado en las elecciones municipales.

Se concedía el voto a las mujeres cabeza de familia, es decir, a las viudas y solteras con casa propia, que vivieran independientes y que figuraran al frente del padrón. Se excluía a las casadas y a las prostitutas. Como consecuencia de que sólo se incluyera a las cabeza de familia, en el nuevo censo electoral, la cuarta parte de los electores eran mujeres.

En 1927, en un intento de salvar al régimen, se constituyó la Asamblea Nacional. Estaba formada por varones y mujeres solteras, viudas o casadas autorizadas por sus maridos. Es decir, se nos permitió una participación controlada. Se reservaron trece escaños para mujeres, elegidas indirectamente a través de los ayuntamientos y las diputaciones. Aunque la situación no era de normalidad democrática, estas mujeres llevaron a los debates los problemas que, desde su punto de vista, consideraban importantes.

Estas trece mujeres fueron las primeras que ocuparon escaños en el Congreso. Concepción Loring y Heredia habló en la Cámara, el 23 de noviembre de 1927. También fueron elegidas Dolores Cebrián y Fernández de Villegas, mujer de Julián Besteiro, y Esperanza García de la Torre, mujer de Torcuato Luca de Tena, pero renunciaron.

Concejalas, alcaldesas y asambleístas en la dictadura de Primo de Rivera

Más de cien mujeres, en su mayoría de origen burgués, entraron en la vida política con muchas limitaciones. Desde su llegada trabajaron para conquistar el derecho al voto, en una participación sin restricciones. Además iniciaron lo que hoy llamaríamos programas de acción positiva. Por ejemplo, Carmen Cuesta solicitó la creación de institutos femeninos de enseñanza secundaria y una facultad de medicina sólo para mujeres.

El General Primo de Rivera, el Año Político de 1928, decía:

Hay que hacer justicia. Yo he dado el voto a las mujeres españolas. Y en España hay señoras concejalas en Madrid, en Sevilla y en todas las grandes ciudades. En la Asamblea Nacional también tienen puesto catorce damas.

Pronto se levantaron voces, como la de la periodista Carmen de Burgos, contra estas afirmaciones de Primo de Rivera:

¿Concejal o concejala? Lo que más importancia ha tenido hasta ahora en lo que se llama pomposamente “progreso del feminismo en España” es discutir si debe decirse concejal o concejala. Pero el feminismo no ha avanzado un paso con que se dé a la mujer el derecho de ser electora y elegible cuando no existe el sufragio. Las que han obtenido cargos en el concejo municipal lo han hecho en virtud de un nombramiento, no de elección.

El derecho al voto se reconoció en la Constitución de 1931. Las españolas votaron por primera vez en las elecciones generales de noviembre de 1933.

¿Concejal o concejala?

Esta cuestión produjo encendidos debates en la prensa. En los periódicos de la época encontramos argumentos muy peregrinos para defender los dos vocablos. En realidad, más que sobre una terminología lingüística se discutía sobre un posicionamiento ideológico. Los más tradicionales defendían el término concejal  y los progresistas, concejala.

Colombine

Carmen de Burgos y Seguí, conocida como “Colombine” (Almería, 1867-Madrid, 1932)

Carmen de Burgos se desgañitaba buscando ejemplos y reglas gramaticales que avalaran la voz concejala. En cambio, otros, con histrionismo, defendían el uso de concejal. Por ejemplo, al poco tiempo de publicarse el Estatuto de 1924, en La Voz de Madrid, se podía leer lo siguiente:

Concejal o concejala. Nuestra opinión es que las señoras y señoritas que desempeñan el cargo de concejal no pueden llamarse concejalas. Pueden llamarse cualquier otra cosa, pero concejalas no. ¿Cómo se llamarían las esposas de los concejales si las de los generales son generalas? ¿Cómo distinguir a la concejala consorte de la concejala en propiedad? Sin meternos a prejuzgar la cuestión creemos que esto no tiene vuelta de hoja. Antes que concejalas de oficio hubo en el mundo concejalas consortes –y tan en propiedad, por cierto, como las otras. Tienen pues derechos adquiridos a llamarse concejalas; que busquen nombre las advenedizas. Pero si una dama en lo porvenir es al mismo tiempo concejala consorte y concejala del Ayuntamiento? ¿Va volverse loca la pobre repitiendo a todas las horas del día y el salón de sesiones: ¿Qué soy ahora? ¿Concejal? ¿Concejala”.

No nos rasguemos las vestiduras. Hoy, casi cien años después, seguimos con el mismo debate. La lengua y la RAE se han pronunciado, pero cada línea ideológica defiende las palabras que mejor la definen. Como siempre, se quiere hacer uso de la lengua en beneficio de las tendencias ideológicas.

Primeras concejalas aragonesas

Primeras Concejalas aragonesas

Estas mujeres, como todas las españolas que llegaron a los ayuntamientos, tenían una ascendencia burguesa. Aunque unas eran profesionales y otras se dedicaban a sus labores, todas tenían inquietudes sociales y pertenecían a lo que se ha llamado el feminismo católico. No fueron protagonistas de grandes hazañas, pero abrieron caminos por los que luego pudieron transitar otros feminismos. Les preocupó más su aportación que el brillo personal, hasta tal punto que, en muchos casos, ni siquiera podemos reconstruir las biografías de estas pioneras, que se quedaron en el anonimato para siempre.

Quinto de Ebro (Zaragoza). 1924

El 6 de diciembre de 1924, el Heraldo de Aragón, publicaba la foto y los nombres de las dos primeras concejalas aragonesas en Quinto de Ebro. Concepción Novella, propietaria, y Rosa Arilla, maestra nacional.

Concepción Novella (Quinto de Ebro,¿?-¿?)

Rosa Arilla Albar (Quinto de Ebro, ¿?-¿?)

Julia, Rosa y Carmen Arilla Albar. Foto de Pilar Bernad Arilla.

Julia, Rosa y Carmen Arilla Albar. Foto de Pilar Bernad Arilla.

Teruel. 1925

La prensa nacional recogió el nombramiento de las dos concejalas.

En la sesión de hoy, en el Ayuntamiento, han tomado posesión los cinco nuevos concejales nombrados. Fueron elegidas, para las Tenencias de Alcaldía, las profesoras de la Normal doña Magdalena Martín y doña Primitiva del Cano. (ABC, 31/01/1925)

Magadalena Martín Ayuso (Oviedo, 1893-¿?) Procedía de una distinguida familia asturiana, hija de Dionisio Martín Ayuso y María de la Cruz Navarro y Rodríguez Vigil. Era discípula del Padre Poveda y perteneció al Instituto Teresiano. Trabajó seis años como profesora de Matemáticas de la Escuela Normal Teruel, donde dirigió la Academia Teresiana. Fue concejala unos meses. En 1927 pidió el traslado a la Escuela Normal de Ciudad Real. Acabó prestando sus servicios en Asturias.

Primitiva del Cano Ledesma (Madrid, 1892-Teruel, 1952) ¡Cuánto debió sufrir doña Primitiva, ella que gustaba de la rimbombancia de su apellido “del Cano”, cuando se viera en la mayoría de las listas y documentos oficiales como “Primitiva Caño”! En los documentos que salieron de su pluma ella dejó bien claro eso de “Primitiva del Cano”. Había estudiado Magisterio Superior en Madrid. Fue durante treinta y cinco años profesora de la Escuela Normal de Teruel, (1915-1952), donde sus enseñanzas y su actividad social dejaron una gran impronta.

Zuera, Zaragoza. 1925

El uno de noviembre, La Vanguardia recogía dos nuevos nombramientos.

En Zuera se ha constituido el nuevo Ayuntamiento, formando parte del mismo las señoras Victoria Quilez y Elvira Conde.

Victoria Quilez y Nasarre de Letosa (1884-1969) Fue concejala del Ayuntamiento de Zuera desde 1925 hasta 1930. Se casó dos veces y no tuvo hijos. En el censo electoral de 1934, de profesión sus labores, vivía en la calle La Iglesia y no constaba su estado civil. Uno de los objetivos de su vida fue velar por la enseñanza y por la formación cristiana de los niños y las niñas de Zuera y de los pueblos próximos. Construyó el colegio de la calle Navas que lleva su nombre. Fundó el colegio de Nuestra Señora del Pilar en un edificio de su propiedad, hoy el Centro Cívico. En un piso comenzó el colegio, en el de arriba vivían las monjas de Santa Ana y doña Victoria y su familia en los aledaños.Victoria Quílez

Elvira Conde. Fue concejala desde 1925 hasta1930. En 1934, ya no consta en el censo electoral de Zuera.

Loporzano, Huesca. 1927

En febrero nombraban a la primera concejala de la provincia de Huesca.

Una señorita ha sido nombrada concejala. Del Gobierno Civil. En la provincia de Huesca no existía la mujer concejala hasta ayer, que fue nombrada la primera para el Ayuntamiento de Loporzano. Esta es la bella e inteligente señorita Adriana Mur Vallés, hermana del ilustrado médico de aquella localidad. Enhorabuena. (Diario de Huesca, 24/02/1927)

Adriana Mur Vallés. Pertenecía a las distinguidas casas de López y Mur, de Loporzano. (Diario de Huesca, 28/01/1917). En 1930, se casó con Mariano Calvo Ciria, un rico propietario de Santa Eulalia la Mayor.

Zaragoza. 1927

El día cuatro de abril, el Diario de Huesca se hacía eco de las novedades en el Ayuntamiento de Zaragoza.

Nuevas concejalas. Zaragoza. El gobernador ha nombrado concejalas suplentes a doña Vicenta Liria, de la Acción Católica, y a doña Aurora Miret, maestra. Estas son las primeras concejalas que han tomado asiento en el Municipio de esa ciudad.

Vicenta Liria Borderas. Hija de Pío Liria Almor, propietario, y de María Pilar Borderas, domiciliados en la calle Alfonso, era directora de la Acción Católica de la Mujer y había participado en muchos programas junto a Juana Salas Cervera, la mujer de Inocencio Jiménez.

Aurora Miret Bernad. (Huesca, 1877-Zaragoza, 1936). Era la tercera de los cinco hijos de Pedro Juan Miret, un Inspector de Hacienda, y Carolina Bernad. En 1898 trabajaba de interina de la Escuela Normal de Palencia y en 1900 de directora de la de León. En 1906 llegó a la de Zaragoza, por concurso de traslado, como profesora de Geografía e Historia, aunque posteriormente impartió las asignaturas de Gramática, Literatura e Historia de la Literatura. En 1917 ingresó en la Junta de Damas de la Cruz Roja de Zaragoza. Y en 1927 se convirtió en una de las dos primeras concejalas del Ayuntamiento de la ciudad.

La prensa nacional se afanaba en buscar noticias de las nuevas concejalas.

Doña Aurora y doña Vicenta no están de acuerdo. Zaragoza. (El gobernador civil ha publicado hoy una lista de 40 concejales suplentes entre los que figuran dos señoritas muy cultas de Zaragoza, doña Aurora Miret, profesora de la Escuela Normal, y doña Vicenta Liria, directora de la Acción Católica de la Mujer. El redactor de El Heraldo ha hablado con ambas señoritas y es curioso conocer cómo opinan. La primera, doña Aurora, dice que la mujer no debe intervenir en la vida pública; que su misión está en el hogar y a lo más en la escuela, como prolongación del hogar; y que si alguna mujer interviene ahora en la vida pública de manera activa, debe hacerlo desde el punto de vista de aconsejar a los padres, esposos, hijos y hermanos. En cambio doña Vicenta sostiene un criterio completamente distinto. Dice que ya era hora que la mujer fuera redimida de la situación humillante en que se encontraba, porque tiene la misma capacidad que el hombre, y que lo que ahora se hace es simplemente una obra de justicia. (La Voz de Madrid, 23/04/1927)

Sesión con doña Aurora Miret. El Ayuntamiento de Zaragoza ha realizado una sesión plenaria para ceder un solar al Estado con el fin de que se construya el edificio de la Delegación de Hacienda. Asistieron varias concejales suplentes, y, por primera vez, la concejal señorita Aurora Miret, a la que el alcalde dio la bienvenida congratulándose de su asistencia. Se aprobó la cesión del solar y el alcalde invitó con un lunch de final de año a los concejales. (ABC, 22 de mayo de 1927)

Para terminar

El destacado papel que adquirimos a principios del siglo XX estuvo relacionado con el apogeo de la Acción Católica, con el propagandismo cristiano y con el auge de las asociaciones seglares.

En la legislación, desde 1877, se fue favoreciendo nuestra participación en la vida pública. Y, como consecuencia de esta nueva sensibilidad, durante la dictadura de Primo de Rivera, entre 1923 y 1930, se nombraron más de cien concejalas, unas diez alcaldesas y trece representantes en la Asamblea Nacional.

En este artículo he intentado recuperar el contexto que nos permitió acceder a las concejalías y a las alcaldías, elaborar una lista con las que fueron apareciendo en los periódicos de la época y acercarme a la biografía de las aragonesas. No he podido hacer una lista exhaustiva ni reconstruir todas las biografías. Espero que este escrito sea un acicate para que otros continuéis y que entre todos saquemos del olvido a estas mujeres que nos abrieron el camino a nuestra participación ciudadana.

1924. Matilde Pérez Mollá. Quatretondeta.

Matilde Pérez Mollá (1858-1936). Primera alcaldesa de España, en Quatretondeta, Alicantes.

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Addenda. Las listas

Antes del Estatuto Municipal del 8 de marzo de 1924

  1. ¿Fernica?, Georgina. Madrid.
  2. Gómez Gómez, Nieves Velada. Toledo. (17 de febrero de 1924)
  3. Oliver, Gregoria. Velada. Toledo (17 de febrero de 1924)
  4. Ruiz, Petra. Velada. Toledo. (17 de febrero de 1924)

Después del Estatuto Municipal 1924

1924

  1. ALCALDESA SIN IDENTIFICAR. Segorbe. Castellón
  2. Argüelles, María. Cangas de Tineo. Asturias
  3. Arilla Albar, Rosa. Quinto de Ebro (Zaragoza).
  4. Azpiazu y Paúl, Teresa de Jesús. Málaga.
  5. Belda. Agullent, Señora de. Valencia
  6. Calonge y Page, Elisa. Madrid
  7. CODINA I ARNAU, DOLORES. Alcaldesa. Talladell.
  8. Collado y de Llano, María del. Cangas de Tineo. Asturias.
  9. Cuevasanta Montfort, Tomasa. Segorbe. Castellón
  10. Díaz Moreno, María. Almendralejo, Badajoz
  11. Echarri, María de. Concejala. Madrid
  12. García Pereira, Dolores. Concejala. Cangas de Tineo. Asturias
  13. García, Catalina. Concejala. Trejo del Campo. Alicante
  14. Herand (o Herraut) López Pintado, Milagros. Concejala. Segorbe, Castellón
  15. Ibáñez, Carmen. Concejala. Teniente de Alcalde. Artana. Castellón
  16. Igual, Blanca de. Concejala. Madrid
  17. Jamardo Crismán, Florinda. Concejala. Rois. Pontevedra
  18. Jimeno Gargallo, Cándida. Concejala. Alicante
  19. Martín Almazán, Francisca. Concejala. Teniente de Alcalde. Segorbe, Castellón
  20. Novella, Concepción. Quinto de Ebro (Zaragoza)
  21. Penagos Benedicto, Matilde. Concejala. Montilla. Córdoba
  22. Perales (o Peralta) Pellicer. Ana. Concejala. Lorcha. Alicante
  23. Pereira Díaz, Concepción. Concejala. Cangas de Tineo. Asturias
  24. PÉREZ MOLLÁ, MATILDE. Alcaldesa. Quatretondeta. Alicante
  25. Rodríguez Álvarez (¿Martínez?), Jovita. Concejala. Cangas de Narcea. Asturias
  26. Solanich Lacombre, María del Socorro. Concejala. Alicante
  27. Timonel (o Jiménez) Roselló, María. Concejala. Segorbe. Castellón

1925

  1. ALCALDESA SIN IDENTIFICAR. Moral de Calatrava. Ciudad Real
  2. Alegre Vilar, María. Concejala. Castellón
  3. Cano Ledesma, Primitiva. Concejala. Teniente de alcalde. Teruel
  4. Conde, Elvira. Concejala. Zuera, Zaragoza
  5. Fabregat Sanz, Ramona. Concejala. Castellón
  6. González Ramos, Consuelo, “Celsa Regis” o “Celsia Regis”. Concejala. Madrid
  7. Ibáñez Lagarda, María de los Desamparados, “Amparo”. Concejala. Castellón
  8. Lucena, Carmen. Concejala. Ronda, Málaga
  9. Martín Ayuso, Magdalena. Concejala. Teniente de Alcalde. Teruel
  10. MONTORO ROMERO, PETRA. Alcaldesa. Sorihuela de Guadalimar, Jaén
  11. Ochoa Vicente, Julia. Concejala. Cuenca
  12. Olóriz Arceluz, Josefina. Concejala. San Sebastián
  13. Ovin, Isabel. Concejala. Carmona. Sevilla
  14. Pazó Prado, Purificación. Concejala. Moaña. Pontevedra
  15. PÉREZ IGLESIAS, CONCEPCIÓN. Alcaldesa. Portas, Pontevedra
  16. Piñero, Felisa. Concejala. Villablino. León
  17. Quílez y Nasarre de Letosa, Victoria. Concejala. Zuera, Zaragoza
  18. Quintanilla, Mecedes. Concejala. Madrid
  19. Resines Gardeazábal, Carmen. Concejala. Teniente de alcalde. San Sebastián
  20. Sánchez Miñambres, María. Concejala. León
  21. Sans Selma, Vicente, Viuda de  (Propuesta, pero renunció). Concejala. Barcelona
  22. Tena Pastor, Eduvigis. Concejala. Castellón

1926

  1. Cañellas. Constanvi, Carmen. Concejala. Tarragona
  2. Castellón Mac Mahón, Justa. Concejala. Bilbao
  3. Concejala sin identificar. Alcalá de Xivert. Concejala. Castellón
  4. Cutanda Salazar, Pilar. Concejala. Toledo
  5. Espinosa de los Monteros, María. Concejala. Segovia
  6. García Moreno, Carmen. Concejala. Segovia
  7. López de Sagredo y Andreo, María. Concejala. Barcelona
  8. Mac Mahón Jacquet, Carolina. Concejala. Bilbao
  9. MENDALIO MENDIOLA, BENITA. Alcaldesa. Bolaños de Campos, Valladolid
  10. Méndez de la Torre (Torres) y Rodríguez, Elvira. Concejala. Toledo

1927

  1. Álvarez de Rovina, Agustina. Concejala. Vigo
  2. Capdevila y Cardona (o Padrona), Dolores. Concejala. Municipio sin identificar
  3. Díaz de Serralde Ayala, Luisa. Concejala. Vitoria
  4. Díaz Rabaneda, Micaela. Concejala. Madrid
  5. García Cortés, Teresa. Concejala. El Ferrol. La Coruña
  6. García Loygorri, Ángela. Concejala. Madrid
  7. González Fiori, Adela. Concejala. Madrid
  8. Isla y Vallecillo (Vallecilla), Micaela de. Concejala. Herce. La Rioja
  9. Liria Borderas, Vicenta. Concejala. Zaragoza
  10. López Puzo, Mercedes. Concejala. El Ferrol, La Coruña
  11. Losada Prado, Margarita. Concejala. Vigo
  12. Martínez Pisón (o Fisón), María. Concejala. Fue propuesta pero renunció. Vitoria
  13. Miret Bernad, Aurora. Concejala. Zaragoza
  14. Moreu Gisbert, Luz. Concejala. Motril. Granada
  15. Mur Vallés, Adriana. Concejala. Loporzano, Huesca
  16. Pedregosa Cano, María Ángeles. Concejala. Bailén. Jaén
  17. Perales y Gonzalez Bravo (o Brau), María Dolores. Concejala. Madrid
  18. Sáenz de Heredia, María Nieves. Concejala. Madrid
  19. Sáez de Quejana, Teresa. Concejala. Vitoria
  20. Viana, Encarnación. Concejala. Vitoria

1928

  1. Aguilar Paredes, Eloísa. Hinojosa del Valle. Concejala. Badajoz
  2. Borrero Peral, Manuela. Concejala. Huelva
  3. Concejala sin identificar. Concejala. Cádiz
  4. Fenández Magaz, Pilar. Concejala. Zafra. Badajoz
  5. Fernández Reguera, Julia. Concejala. Cabuérniga. Cantabria
  6. García Pesquera, Diana. Concejala. Sevilla
  7. Mier, Petra. Concejala. Cabuérniga. Cantabria
  8. Ortiz Trueba, Patrocinio. Concejala. Ampuero. Cantabria
  9. Pérez Baturone (Baturones o Baturrone), Concepción. Concejala. San Sebastián
  10. Ponce Castaño, Gertrudis. Concejala. Huelva
  11. Ramudo Ramudo, Dolores. Concejala. Villalba. Lugo
  12. Sama Pérez, Dolores. Concejala. Toledo
  13. Seras Romero, María Luisa. Concejala. Municipio sin identificar
  14. Tavira y Díez de Ceballos, Pilar. Concejala. Sevilla
  15. VELASCO, JUANA. Alcaldesa. Concejala. Cantalejo, Segovia
  16. Zabala, María. Concejala. Granada

1929

  1. Aguilar Goya, María Antonia. Concejala. Sevilla
  2. Galán Carvajal, María. Concejala. Oviedo
  3. García Mauriño, Carmen. Concejala. Oviedo
  4. Maqua Carrizo, Isabel. Concejala. Oviedo
  5. Marín Molina, María. Concejala. Albacete
  6. Moreno, Isabel. Concejala. Oviedo
  7. Sala y Jove, Gertrudis de la. Concejala. Oviedo
  1. Gobierno de Berenguer

  1. Abia Martín, Elisa. Concejala. Sotobañado. Palencia
  2. HERRERO DEL CORRAL, Candelas. Alcaldesa. Sotobaño (Castromocho), Palencia
  3. MATA PÉREZ, Amparo. Alcaldesa. Sotobañado. Palencia

Asamblea Nacional (1927-1930)

  1. Cuesta del Muro, Carmen
  2. Díaz y Rabaneda, Micaela
  3. Domínguez Atalaya, Natividad
  4. Echarri y Martínez, María
  5. López de Sagrado y Andrés, María
  6. López Monleón, María
  7. Loring y Heredia, Concepción
  8. Luzzatti Quiñones de López de Rúa, Teresa
  9. Maeztu y Whitney, María
  10. Olóriz Arceluz, Josefina
  11. Quesada y Gutiérrez de los Ríos, Isidra
  12. Ríos Nostench, Blanca de los
  13. Scholtz-Hermensdorff, Trinidad von

 

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Página de la revista Mundo Femenino, julio de 1934, p. 9.

En el molino del Arba

De las fragolinas de mis ayeres

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Negra sombra que me asombras, vuelves haciéndome burla.
Rosalía de Castro

Orosia se quedó tan atolondrada que estuvo varios días sin reaccionar. Aquello le parecía imposible. “¿Cómo me lo han podido ocultar durante tantos años? Tengo que saberlo todo. ¡Todo!”.
Entonces, se arrebujaba entre unas mantas blanquecinas, como aquellas con las que un día sacaron a escondidas a una niña que acababa de nacer en el viejo molino de El Frago, en la orilla del Arba, mientras su cabeza no paraba de dar vueltas como las ruedas del molino.”
Todo había comenzado cuando el conde de Luna y su secretario llegaron para palabrar el precio de la molienda de los quinientos cahíces de trigo que esperaban cosechar ese año. “¡Vaya fortuna!” —pensó el molinero—. “Estos no se me van a escapar. Ya me las arreglaré como sea”.
Estaban en tratos cuando apareció Candelaria, la hija pequeña del molinero, que se encargaba de servir aguardiente a los parroquianos. Esa adolescente, de carnes prietas y andar menudo, enloqueció al conde, que echaba la culpa de su fogosidad a lo rojizo de sus cabellos. Durante un buen tiempo la cortejó y la acosó. Y un día la violó.
A los tres meses, volvió el conde con los cahíces de trigo y el molinero le pidió un precio más elevado por la molienda como recompensa al silencio por el embarazo de su hija. El conde no aceptó el trato y el molinero lo amenazó con difamarlo entre las gentes de la ribera del Arba que acudían a moler. En ese tiempo, Candelaria había visitado a varias sanadoras pero, a pesar de sus pócimas, no había conseguido abortar.
Cuando su padre le comunicó la reacción del conde, como no estaba dispuesta a perder su honra, aparejó la yegua, tomo el camino de Luna y se presentó en el palacio condal. Después de una larga espera y muchas discusiones con los criados, consiguió hablar con el conde. Cuando lo vio, de un tirón le espetó lo que tantas veces había ensayado.
—Sepa, vuestra merced, que, si usted no repara lo que me ha hecho, divulgaré mi afrenta por las plazas y mercados. Yo misma me encargaré de que sea noticia en todos los molinos de la redolada. Sepa que los comerciantes lo llevarán en lenguas, que será un escándalo en las casas señoriales y que se le pudrirá el trigo en los graneros.
Candelaria, con sus gritos y sus ojos desorbitados, consiguió amilanarlo. Cuando ella abandonó el palacio, él buscó a su secretario y le ordenó que fuera al molino.
—Busca al molinero y proponle el siguiente trato. Dile que, como Candelaria es todavía muy niña, tú te casarás con su hermana mayor, antes de un mes. Y que cuando nazca mi vástago, lo adoptaréis y lo inscribiréis como vuestro.
El secretario se resistió y protestó, pero de nada le sirvió. A los pocos meses, el nuevo matrimonio de conveniencia condil se hizo cargo de la recién nacida Orosia. La envolvieron en una manta, blanquecina por el polvo de la molienda, y se marcharon a tierras lejanas, donde montaron una posada. Era una niña pelirroja, con un lunar en la nuca, igual que su progenitor. Con los años se convirtió en una de las posaderas más famosas de su entorno.
En la ribera del Arba se fueron olvidando estos hechos, pero quedaron en la memoria de algunas gentes que los divulgaron como conseja.
Y, un día, mientras Orosia servía a unos arrieros, les oyó contar una leyenda de las Altas Cinco Villas. Hablaba de un conde, de la hija de un molinero y de la niña que tuvieron en secreto. Una niña pelirroja con un lunar en la nuca. A medida que la iba oyendo volaba sobre su cabeza la negra sombra que la había perseguido desde que le había preguntado a su madre por el color de sus cabellos.

Carmen Romeo Peman

Corral de la fábrica.jpg

Corral de la Fábrica de harinas de El Frago en la ribera del Arba

Imagen destacada: Fachada principal de la Fábrica de harinas de El Frago. Fotos de Carmen Romeo Pemán.

PICARUELA Y PICARIZA

Nombres y costumbres de las Altas Cinco Villas

Escenarios de mis relatos

Hoy vengo a hablaros de los nombres, usos y costumbres que tuvieron su origen en la pez, un mejunje pringoso de color negruzco. Fue un producto imprescindible en toda España, desde la época ibero romana, que dejó abundantes huellas en la lengua y los nombres de lugar. En este artículo me centraré en la Comarca de las Altas Cinco Villas, al norte de Aragón. Y en particular en El Frago y Biel, dos pueblos de la provincia de Zaragoza en los que viví mi infancia y adolescencia.

De niña sentía gran curiosidad por la pez con la que marcaban a las ovejas después de esquilarlas. En mi casa, casa Melchor, se utilizaba un hierro en forma de M, untado en pez. Y otro con una M más pequeña para las talegas y los sacos del trigo. Me pasaba muchas horas pensando cómo los botos de cuero, que también llevaban pez, ardían tan bien en las hogueras. Y me costó entender por qué no servía una bota de vino cuando “se le había bajado la pez al culo” y qué querían decir los abundantes refranes en los que se mencionaba la pez.

Viviendo en El Frago, conocí a Lorenzo, un viejo carbonero que había sido un antiguo pezero en los hornos de pez en el monte de Picaruela. Me contaba que en Biel tenían el horno de pez en la Picariza, un barranco justo a la salida del pueblo. Pero, eso tenía sus inconvenientes. Que no tenían a mano los trozos de madera y necesitaban un carro con caballerías.

Nombres de los escenarios de mis relatos

Casi nunca se bautizan al azar los lugares ni las personas. Siempre hay una razón que justifica sus nombres, aunque no resulte evidente. Y de eso voy a hablaros. De los nombres de los escenarios de mis relatos de las Altas Cinco Villas, de lo que los profesores y los lingüistas llamamos toponimia.

Hoy solo os traigo uno, PICA o PEZ. Si os gusta, en el futuro habrá más.

PICARUELA y PICARIZA son dos variantes de la misma palabra. Se refieren a una zona de monte en la que había un pozo para hacer pez con madera de pino resinoso, especialmente con raíces y tocones. A nosotros, estos términos ya no nos dicen nada, es decir, se han vuelto topónimos ciegos. El significado original se perdió, a principios el siglo XX, con la artesanía de la pez. Esta industria, indispensable en las zonas rurales, desapareció con el desarrollo de las sustancias petroquímicas.

CARRETERA DE SADABA. LLANO. REGUELTICA A PICARIZA.

Llano que lleva a la Picariza. Foto de Julio Pablos, con el propio Julio Pablos.

¿Qué era la PEZ, PEGA o PICA?

Una sustancia negra, viscosa y olorosa, sobre todo cuando se reblandecía por el calor. La materia prima era el alquitrán vegetal, procedente de pinos resinosos. Según con qué sustancias se mezclara o en qué oficios se utilizara, había varios tipos de pez

¿Cómo se obtenía la pez?

Había dos tipos básicos: la PIX ALBA, o pez blanca, y la PIX NIGRA, o pez negra, con sus múltiples variantes, procedente del pino. Y, del enebro, juniperus, se extraía el aceite de enebro, un producto diferente, con el que a veces se confunde. Tenemos noticias de un horno de aceite de enebro en el término de Valzargas y otro en el Estanco, los dos en El Frago. Por la abundancia de enebro en la zona, podemos suponer que habría más.

La pez blanca, la más pura y fácil de manipular, resultaba del sangrando los pinos desde marzo hasta noviembre. La pez negra, la más abundante y más utilizada, se conseguía por destilación de maderas resinosas en unos hornos, o pegueras. Era la llamada brea vegetal que se obtenía calentando los tocones o las raíces de los pinos que quedaban después de cortarlos.

El Picaruela de El Frago y el Picariza de Biel hacen referencia a los pozos en los que se fabricaba la pez negra. Estos pozos, pezeras, en castellano se llamaban pegueras o empecinados. Eran unas construcciones de adobe reforzadas con piedras en las laderas de los montes o en las afueras de los pueblos. Siempre estaban en tierras arcillosas y junto a los barrancos, porque se necesitaba mucha agua para embarrarlos. En el suelo interior había una pequeña inclinación con un agujero que se comunicaba con una olla o caldera exterior en la que se recogía la pez.

Los trozos de pino se metían en un hoyo de estructura cilíndrica, sin salida inferior, y abierto por arriba. Se prendían con una estopa encendida y se dejaban arder tres o cuatro días para que se desprendiera la resina, sin que se quemara la madera. Para saber si la brea, o alquitrán, había pasado al estado de pez, se introducía un palo y se echaban unas gotas en un recipiente con agua fría.

Después, se apagaba el fuego y se ponía una tapadera en el pozo. Cuando se había enfriado, se separaba la materia semisólida, que una vez desecada era la pez negra. En otra sobrenadaba el llamado aceite de pez. Era un trabajo de invierno, después de haber sangrado a los pinos.

Un horno de Brea en Gran Canaria.

Horno de pez. Gran Canaria

¿Para qué se usaba?

Como era un material líquido y viscoso cuando estaba caliente, pero sólido cuando se enfriaba, se pudo usar con facilidad en diferentes oficios. Por sus excelentes cualidades se convirtió en un producto básico insustituible.

Los pastores usaban la pega negra para marcar el ganado antes y después de esquilarlo, sin hacerle daño. Con esta pez hacían emplastos para curar las llagas y las heridas de las reses. Y la utilizaron, a modo de yeso, para inmovilizarles los miembros rotos. En el siglo XIII, nos habla Alfonso X el Sabio en su libro El Lapidario de esta resina: “facen end emplastro es muy  bona pora  madurar las llagas.

Los boteros usaban la pez seca, tal y como salía de la destilación, para embetunar y tapar cortes. Los botos de grandes pellejos de machos cabríos, impermeabilizados con pez, se utilizaban para trasportar vinos y aceites. Su popularidad se debió a que se adaptaban bien a los lomos de las caballerías y no se rompían con los golpes. Si se añadía aceite, se obtenía la pez grasa, con la que se pintaban los botos de cuero por dentro.

Los zapateros hacían el cerote mezclando la pega negra con grasa. Los guarnicioneros untaban la hebra con la que cosían sus piezas de cuero para darles más consistencia.

Desde la época ibérica y romana, se impermeabilizaban los utensilios de cerámica y las embarcaciones con pez.

Las costumbres antiguas en la lengua

Estas costumbres ancestrales dejaron huellas en los nombres de lugar, en el habla coloquial y en la literatura popular. Decimos que algo es “negro como la pez”, cuando queremos resaltar que es de color negro intenso. “Pez con pez”, totalmente desocupado, vacío, por alusión a los odres de cuero cuando no tienen nada dentro.

El propio verbo pegar está relacionado con las características y tratamiento de la pez. Como también los adjetivos pecinero, que significa reñidor, y pezolaga o niño muy travieso. Y en castellano el verbo brear, de brea o pez, con el significado de maltratar, tenía mucho que ver con la antigua pena de embadurnar a los delincuentes con esta sustancia para avergonzarlos.

Abundan los refranes acerca de la pez: “Cuando el arriero da la bota, o tiene pez o está rota”, “Cuando el tabernero vende la bota, o sabe a pez o está rota”, “Quien a la pez se llega, algo se le pega”, “Quien toca la pez, tiznado sale”, “Achaques al odre que sabe a la pez”, “El sol la sal atiesta la pez reblandece”, “El dinero fácil es como la pez, si lo tocas te pringa”.

De pequeña oí muchas veces un cuento de nunca acabar: “Había un rey, que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?”.

Del nombre latino al nombre de lugar. PICARUELA y PICARIZA

Del nombre culto latino, PIX-PICIS, derivó un hipotético *PICA, pez, como alteración de PICE, que en latín vulgar se convirtió en PECA>PEGA.

A su vez, PICARUELA Y PICARIZA proceden de PICA. Estos nombres hacen referencia a dos parcelas de monte en las que se había construido un pozo para hacer pez.

PICARUELA. También deriva de *PICA>PICARIA> PICARIOLA. En este caso con diminutivo afectivo. En El Frago, hace referencia a dos extensiones de monte de pino en los que se habían construido pozos para hacer pez. Picaruela Mayor y Picaruela Chica. Por la forma de nombrar, suponemos que originariamente pertenecían al mismo propietario.

El primer dueño de un “fundus”, base económica romana, le daba un nombre que posteriormente era inalterable, aunque cambiara de amo. Si fundaba dos propiedades juntas, las dos recibían el mismo nombre, con un adjetivo que las diferenciara. En El Frago también encontramos los Urietes Grandes y los Urietes Chicos.

PICARIZA. Está en Biel (Zaragoza) y hace referencia a un término cerca del pueblo en el que estaba el hoyo de fabricar la pez. Deriva del hipotético *PICARICEA, procedente también de PICARIA. Y debían ocuparse de la pez los de “casa Pecero”.

Para terminar

La obtención y el uso de la pez ha llamado la atención a los estudiosos de la cultura popular. A los habitantes de Longás, un municipio de la comarca de las Altas Cinco Villas, al otro lado de la Sierra de Santo Domingo, se les conoce con el mote de pezeros y en el pueblo está la calle Pezuelo. Se cree que había unos cincuenta hornos alrededor del pueblo, que vendían pez en todo el Pirineo. La Asociación Cultural la Chinela y Eugenio Monesma con “Los pegueros de Longás”, se han preocupado de mantener viva esta tradición. También han recuperado el arte de este oficio en Yésero (Huesca) y en Covaleda (Soria).

La del aceite de enebro fue una industria tan importante como la de la pez, con la que a veces se confunde. El Juniper, o aceite de enebro, se utilizaba en medicina tradicional para el tratamiento de enfermedades de hombres y animales. Se obtenía en unos pequeños hornos secos, sin necesidad de agua, que se colocaban sobre rocas. Estos hornos artesanales dejaron unas huellas muy características, que algunos historiadores interpretaron como petroglifos prehistóricos de carácter mágico o ritual.

Acabaré con la cita de un documento muy interesante sobre estas costumbres, recogidas en uno de los pleitos entre Biel y El Frago.

“Está tratado y capitulado que ni los de Biel ni los de El Frago, concejil ni particularmente, dentro de la partida del Estanco no puedan hacer de hoy adelante aceite de enebro, ni hornos, ni carbón, ni leña ni madera para vender fuera de dichos pueblos, ni en ellos ni en sus términos para llevarlos fuera, sino tan solo para sus propios usos y de sus casas y labores. Y para sus herrerías y para los vecinos y habitadores de dichos pueblos, exceptuado que Joan y Pedro Miana de Orés, o sus herederos, que tienen hecho su horno en Balsargas, y han gastado en el que puedan hacer tan solamente dos hornadas en dicho horno”. Capitulación hecha, en 1610, por los justicia y jurados concejos de Biel y El Frago. Testificada por F. Paian y Miguel Sánchez de Lizarazo. Fol 46v. El texto está modernizado.

Horno de aceite de enegro en Ujué, Navarra

Horno de aceite de enebro. Ujué (Navarra)

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. Actual pista forestal que recorre el monte de El Frago llamado Picaruela.

EL BAILE DE SALOMÉ

UN CAPITEL DEL MAESTRO DE AGÜERO

De las fragolinas de mis ayeres

Valera a sus diez años ya solía llegar tarde a la escuela. Recorría las calles acariciando las piedras de las casas como si quisiera descifrar las historias de antaño. Se paraba con las mujeres que estaban barriendo las calles. Contaba las herraduras de las esquinas en las que los hombres atarían los machos cuando volvieran del monte. Y es que todo eso le interesaba más que la caligrafía y las cuentas.

Si por casualidad algún día llegaba antes de la hora, se iba a esperar al Fosal, el cementerio de san Nicolás que rodeaba la iglesia y que hacía las veces de patio de recreo. Subía la escalinata y caminaba hasta el fondo, donde nadie pudiera verla. Se sentaba en un poyo, justo enfrente de la puerta mayor, se cogía la barbilla con las manos y escuchaba las historias que le contaban las figuras del tímpano, las de las arquivoltas y las de los capiteles.

Se pasaba las horas debajo de un capitel con una danzarina. Intentaba adivinar quién era aquella joven que, con las manos en jarras, doblaba la cintura y dejaba caer su cabellera hasta el suelo. No era ninguna moza del pueblo, no. Que ya las había repasado todas. Pensó que igual era la bailarina de alguna compañía ambulante, de esas que de vez en cuando venían a hacer comedias a la plaza. Pero no se parecía a ninguna de las que ella había visto. Preguntó a los más viejos del lugar y tampoco ellos se acordaban.

—Si hubiera llegado alguna moza como esa se habría comentado en los carasoles —le dijo el abuelo de casa Fontabanas.

Un día se armó de valor y se lo preguntó a la maestra. Doña Matilde no se sorprendió, como pensaba Valera. Al revés, era como si estuviera esperando la pregunta.

—Menos mal que alguna de vosotras se ha fijado en el pórtico de la iglesia.

Entonces las otras niñas levantaron la cabeza, abandonaron la caligrafía y se miraron en silencio. Y doña Matilde continúo.

— Habéis de saber que las piedras hablan tanto como los libros. O más.

Les mandó guardar los cuadernos en los cajones de los pupitres, las llevó al Fosal y las colocó en un corro debajo del capitel de la bailarina. Les dijo que esa figura era una de las maravillas de un antiguo escultor. Un maestro cantero procedente de Agüero que supo moldear la danza de una Salomé adolescente con un movimiento de caderas casi acrobático. Que hoy se habían olvidado de ella y del escultor, pero que en los tiempos antiguos, cuando se representaba el teatro en las puertas de las iglesias, siempre había una moza del pueblo que salía a bailar como Salomé había bailado delante de Herodes.

Y tanto le gustaba esa escena al Maestro de Agüero que hizo varias copias y las repartió por las iglesias de las Cinco Villas y hasta puso una en la catedral de Huesca. De este modo la Salomé fragolina es hermana de la de Agüero, de la de Ejea, de la de Biota y de la de Huesca. Y además tiene muchas primas por el Camino de Santiago.

Ese día, Valera salió corriendo a contarle la historia al abuelo de Fontabanas. Al día siguiente ya la conocían todas las mujeres que barrían las calles. Y ella seguía acariciando las piedras que guardaban secretos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. Maestro de Agüero: La danza de Salomé. Capitel románico de la iglesia de San Nicolás de Bari de El Frago (Zaragoza), siglo XII.

 

A continuación, os dejo los otros capiteles del Maestro de Agüero en los que se representa La danza de Salomé o La bailarina, como la llaman en los pueblos de las Cinco Villas.

Salomé. Agüero. 1

Capitel de la iglesia de Santiago de Agüero (Huesca)

Salomé. Ejea. 1

Capitel de la iglesia de El Salvador de Ejea de los Caballeros (Zaragoza)

Salomé. Biota. 1

Capitel de la iglesia de San Miguel de Biota (Zaragoza)

Salomé. Huesca.

Capitel de San Pedro el Viejo (Huesca)

 

En el camino de los Urietes

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas.

Esta historia, que bajaba desde el nacimiento del Arba en la Sierra de Santo Domingo, se quedó enzarzada en Las Cheblas, justo en la mitad del camino entre Biel y El Frago.

Don Bartolomé Palacio llevaba más de veinte años de juez en Las Cheblas, en la ribera del Arba de Biel. Como vivía solo en el último caserón al final del pueblo, abría las ventanas antes de salir el sol y las cerraba cuando acababa de preparar el morral. Después salía a ver si cazaba alguna pieza, se iba a beber agua hasta la fuente de los Urietes y bajaba canturreando por la ladera. Luego se daba una cabezada junto al hogar, se acercaba al bar a echar la partida y a enterarse si se preparaba alguna batida por los altos de San Esteban.

Cuando murió Miguel Lubreco decidió no volver a cazar. Hasta tal punto lo sintió que se vendió la escopeta y el perro para evitar la tentación. Pero, como estaba  desprotegido sin un arma en casa, pronto se compró otra escopeta. Durante muchos meses se mantuvo en la decisión de no salir al monte.

Sin embargo, desde hacía un par de semanas, don Bartolomé, uno de los mejores tiradores de la redolada, había vuelto a la caza de la pluma y del conejo. Retomó la costumbre de levantarse temprano. Se echaba al hombro la escopeta que se había comprado y tomaba el camino de los Urietes, el que llevaba de El Frago a Orés. Esa era una buena zona, pero las matas formaban una red tan tupida que hacía falta un perro para sacar a las perdices de sus refugios.

—¡Qué fastidio! Noto que cada día me va menguando la vista. Me voy a tener que dedicar a los cepos. Ya me las arreglaré para que nadie los vea —se decía, mientras aspiraba con fuerza el aroma del romero y del tomillo, porque sabía que estaban prohibidos.

En realidad salía al monte para no pensar en el solimán que lo carcomía por dentro. Y todo por culpa de aquella muerte que quiso ocultar para mantener el prestigio y el puesto. Desde ese día dejó de ir a jugar al guiñote.

—Le juro, padre, que no conozco los hechos ni a nadie que haya participado en ellos —le decía al cura en secreto de confesión.

Pero de todos era sabido que don Bartolomé iba en aquella partida de caza. Hasta se comentaba que era él el que había disparado al pobre Miguel. Por eso, cuando se enteró de que iba en lenguas por los corrillos, también dejó de ir a confesarse y se encerró en casa.

—Así me lo pagan, hablando todos a mis espaldas. Ni se acuerdan ya de que se libraron de la cárcel porque hice la vista gorda con los robos del trigo, que si no… ¡Ingratos! ¡Que son unos ingratos! Eso es lo que son —se repetía subiendo y bajando las escaleras del gran caserón.

Desde que volvió a la pluma, salía por la puerta trasera, la que daba al camino de los Urietes, y, al llegar al cruce con el alcorce del cementerio, se encontraba con un perro que andaba olisqueando rastros. Cuando veía a don Bartolomé levantaba las orejas, se acercaba despacio, olía la escopeta y se quedaba de muestra.

A continuación subían juntos hasta el cerro de encima del cementerio y se quedaban ensimismados mirando el valle, que parecía un lienzo de esos que pintaban los modernistas. Los trigos contrastaban con la esparceta y las amapolas teñían los campos de un rojo sanguinolento.

Cuando don Bartolomé se levantaba para otear el horizonte, el perro movía la cola y correteaba hasta que hacía saltar alguna pieza. Con alguna perdiz o algún conejo en el morral, bajaban la cuesta. Pero, antes de llegar al cruce del cementerio, el perro desaparecía entre las aliagas.

Un día don Bartolomé lo siguió. Lo vio salir del matorral, saltar la tapia y desaparecer entre las tumbas. Entonces abrió el portón de hierro y se lo encontró en un camastro de  hojas secas, encima de la losa de Miguel.

En ese momento cayó en la cuenta. Ya había pasado más de un año desde que unos cazadores furtivos mataron a Miguel en la puerta de la paridera, cuando salía a darse vuelta por el ganado. Era una oscura noche de luna nueva. Lo confundieron con un jabalí y le dispararon con postas. Lo recogieron otros pastores y lo bajaron a enterrar junto a su madre. Como no querían líos con la justicia, le entregaron todas sus pertenencias a un vendedor ambulante, pero no pudieron dar con el perro.

Cuando vio al perro encima de la fosa, don Bartolomé volvió la cabeza a la escopeta. La iniciales de la culata, M.L., parecían burlarse de él. Había tenido la suerte de encontrar la escopeta de Miguel en la feria de Ayerbe, pero quedaba el condenado perro, que andaba suelto.

—Ahora este cabrón va a ser el único testigo. Si el cura o los del pueblo descubren que voy a cazar con el perro de Miguel pensarán que me lo quedé para borrar las pruebas —se decía a sí mismo, mientras cerraba la puerta del cementerio.

Sin pensarlo dos veces, llamó al perro con un silbido y subieron al altozano. Mientras don Bartolomé avistaba los campos verdes y amarillos, el perro se sentó sobre sus patas traseras esperando alguna señal. Entonces desenfundó la escopeta y no erró. Un ruido sordo resonó en todo el valle. La volvió a enfundar, metió el cadáver en un saco y lo enterró con su amo.

Al día siguiente, se levantó temprano y volvió al camino de los Urietes. En el morral llevaba sogas y soguetas para plantar cepos entre las matas de romero y de tomillo.

Carmen Romeo Pemán

Inma Martín-2

Dibujos de Inmaculada Martín Catalán (Teruel, 1949). Profesora, escultora, dibujante y pintora. Comenzó su preparación inicial en Zaragoza, con Alejandro Cañada. Estudió Bellas Artes en Barcelona y Madrid, donde se licención en la especialidad de Escultura.

Además de su reconocida carrera artística, es una experta en carteles y trabaja con varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Inmaculada, con las ilustraciones de mis relatos aragoneses, ya se ha convertido en un activo importante en Letras desde Mocade.

 

A PABLO GÓMEZ SORIA POR SU “NAVÍO EN AGUAS TURBIAS”

Hoy os traigo un nuevo poemario de Pablo Gómez Soria. Pero, antes de comenzar a hablar del libro, quiero confesaros que me embarga una gran emoción, la misma que sentiría si estuviera hablando del libro de uno de mis hijos. Fui compañera de estudios de Luis Gómez Egido y he trabajado treinta años con él y con su mujer, Francisca Soria Andreu, los padres de Pablo, en el Departamento de Lengua del Instituto Goya de Zaragoza. Así que de Pablo lo sabía todo, menos que escribía poemas.

Si su primer libro, Antiguo sol naciente, presentado en mayo de 2010, fue una revelación, Navío en aguas turbias consolida aquella voz en una nueva dirección. Se trata de un libro muy bien escrito y de altos vuelos literarios.

Cuando acabé la primera lectura, me quedé buscando una frase que reflejara el sentido de estos poemas. Como un fogonazo me vino esta: “Pablo escribe una poesía reflexiva sobre el sentido trascendente de la vida. Y se pasea por el camino de la trascendencia mirando a las orillas”.

En unos poemas veo un yo poético objetivado y, en otros, el trasunto de la personalidad de Pablo. Por eso mi discurso es oscilante. Unas veces hablo del yo poético y otras de Pablo. En esencia es uno y lo mismo, pero él los ha querido distanciar y separar. El yo objetivado es el portavoz de las verdades eternas y el de Pablo nos acerca a sus vivencias íntimas.

Navío en aguas turbias

  •  Lo que yo porto dentro de mí…
  • Es un navío en aguas negras.

Desde el título mismo, y desde los primeros versos, me vi asaltada por los ritmos de los antiguos griegos. Entonces pensé que Constantino Kavafis, uno de los mayores poetas de la poesía griega moderna, no podía andar muy lejos. Y a ninguno se nos escapa la imagen de Ulises volviendo a Ítaca.

En este título significativo, que brota del corazón mismo del libro, ya apreciamos una falta de artículos que apunta hacia la esencia misma de las cosas. Estas cosas que tienen alma y que son el reflejo de la conciencia del yo poético

  • Allí donde fui…
  • no encontré alma en las cosas.

En un libro, que yo calificaría de intimista, sorprende que las reflexiones más profundas estén objetivadas, es decir, contadas con la tercera persona verbal. Este es un signo evidente de la modernidad de esta poesía

La vida bajo el escudo

Después de recorrer los diecisiete poemas del libro, se cierra el círculo con el poema de la contraportada. El navío, al abrigo, espera la eternidad en el más puro sentido juanramoniano:

  • Bajen sin tardar los soles rojos
  • un tiempo parado regrese.

El lector se siente reconfortado cuando todo el pesimismo del vivir se resuelve en esperanza. Pablo se siente alejado de la tempestad y arrullado por ese escudo que es protección y abrigo, como cuando Fray Luis de León se aleja del mundanal ruido.

Estructura general del libro

Este libro, como los de los clásicos, está dividido en tres partes. Y la armonía de las tres se refleja en el número de poemas que las integran: siete, cinco y cinco. Un estructura metafórica y rítmica que luego se expande en los ritmos de los versos. Sigue el patrón del teclado de un piano: siete teclas blancas entre las que se intercalan las cinco negras. Y los ritmos poéticos están afinados por quintas, como concibió Pitágoras su sistema musical.

Las tres partes van incorporando los grandes temas, a la vez que integran los poemas en un todo armónico. Todo está pensado y medido, como lo estaba la prosa de Fray Luis de León. Ni una palabra, ni un hipérbaton, ni la longitud de los poemas están puestos al azar.

  1. Pérdida de la juventud

  • Llegó sin esperarlo que un día,
  • esto si lo pude ver,
  • me fallaron los miembros del cuerpo
  • y la alegría que se fue.

En la primera parte reescribe el tópico que había cantado Rubén Darío en Prosas profanas:

  • Juventud divino tesoro
  • que te vas para no volver.

Pero si la de Rubén fue una juventud no vivida, la de Pablo se vivió con plenitud, de forma intensa y reflexiva. Y el poema, que da el título a esta parte, se resuelve como una vivencia en la que se compaginan el vitalismo de la juventud con la reflexión íntima.

  • Nos imponíamos metas
  • cuanto más difíciles más hermosas.
  • Colectar pasiones
  • conquistar nuevos campos.
  • Y por encima de todas las cosas.
  • Las chicas que yo vi
  • las chicas que yo besé.
  1. Muerte de la poesía

  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

A esta segunda parte, yo la llamaría una defensa de la razón poética.

  • Romanticismo (que se nos va, que se nos ha ido…)
  • Clasicismo (del cual evoluciona el Romanticismo…)

Es bastante corriente oír en muchos foros que el nuevo utilitarismo no nos deja tiempo para la lectura de la lírica y que está cerca la muerte de la poesía. Pero Pablo desmonta el tópico y le da un nuevo sentido.

Como Luis García Montero, otros poetas jóvenes nos plantea que, si muere la poesía, con ella desaparecerá algo más que un género literario. Se perderá la expresión de los valores esenciales de la condición humana.

  1. El club

  • Cada noche recordarás la casa de paneles de madera
  • en la que, en nuestras veladas, solíamos
  • escuchar las palabras de los autores muertos.

El título de esta parte nos trae a la memoria la película El club de los poetas muertos. ¡Pero, no! Estos poemas van más allá. En estas poesías descubrimos que Pablo siempre estuvo alerta y dispuesto a aprender de todo. Especialmente de las lecturas y de los poetas del pasado. Aprendió a hablar con ellos en la biblioteca familiar. Y así lo confiesa en uno de los poemas más bellos del libro.

  • Sobre el solar de la estirpe familiar.
  • en la casa donde no faltó el afecto,
  • huérfano de allí a poco,
  • ejercieron mi tutela los libros.

Relacionado con la muerte de la poesía, está el empobrecimiento del lenguaje, que nos llega de la mano de la pérdida de las ilusiones colectivas. Si sabemos leer entre líneas, veremos que hay constantes guiños escondidos entre la oralidad.

Precisamente, de esa necesidad de entendimiento nace el espacio de la poesía. Y con él el enriquecimiento del lenguaje. Y las palabras cultas, cultísimas, que asoman entre la cotidianidad, que nos remiten a la profundidad del poema. Así, Parvos, con el significado de pequeños, escasos. Esculcar, examinar con detenimiento el interior de alguna cosa para descubrir lo que hay. O lidohelada, un neologismo descriptivo.

Debajo de la reivindicación ecologista del poema dedicado al avetoro, nuestra garza más esquiva y discreta, late aquella otra garza de amor, hoy también extinta, que tantos poemas inspiró a los poetas lásicos, especialmente a San Juan de la Cruz.

Con esta renovación del lenguaje y con la reescritura de los mitos clásicos, nos lleva a un nuevo entendimiento entre los hombres y nos ayuda a descubrir que somos dueños de nuestro mundo interior.

  • El río de la muerte,
  • cuyas aguas verde oscuro,
  • trasparentes, estremecen (…)
  • Bebí en él,
  • no me mató,
  • por ser el flujo de la vida.

Renovación de los metros y del lenguaje poético

A su deseo de renovación del lenguaje poético contribuye una métrica nueva. Los versos blancos amparan su ritmo en las estructuras sintácticas y en los elementos léxicos. Y amparan también a la estructura misma de muchos poemas que, siguiendo los patrones de la retórica clásica, están concebidos en partes binarias o ternarias.

Los versos blancos y la ausencia de rima se ven compensados por procedimientos rítmicos, más potentes y más modernos.

  • Dichosos sean los tiempos
  • en los que buscamos tiempos felices,

En esa misma línea utiliza abundantes encabalgamientos al servicio del significado y del ritmo. Y la sintaxis se rompe para conformar nuevas líneas poéticas. Como en el siguiente ejemplo, donde el encabalgamiento viene reforzado por una enumeración ternaria.

  • Tal vez el vino,
  • el pan y la carne

Todo esto viene acompañado con una acertada selección del vocabulario. En medio de un decir casi cotidiano, porque Pablo valora la belleza de las cosas simples, saltan los neologismos y las palabras cultas que dan sentido a todo el poema. Esas palabras repartidas como al azar por las distintas páginas del libro se quedan como pegadas en la mente del lector. Entre todas forman un coro que es la seña de identidad de la poesía de Pablo Gómez.

Y llega a una comunicación profunda con una poesía dialógica, en el más puro sentido bajtiniano. En sus versos oímos los ecos de los griegos, los clásicos y los modernos. Catulo dialoga con Kafafis, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Cernuda, Gil de Biedma. Y no sigo porque su cultura es tan amplia que nos haría la lista interminable.

Para terminar

Haciendo míos los consejos de Walt Whitman, Pablo, te digo que no te detengas. ¡Sigue! Aprende de los poetas que nos precedieron, pero no olvides que la sociedad de hoy la formáis los poetas actuales. Aunque el viento sople en contra, tu poderoso navío tiene que continuar. No dejes nunca de soñar y de compartir tus sueños con nosotros. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí que pueden cambiar el mundo.

Fin del texto de Carmen Romeo Pemán

En la presentación me acompañó mi amiga Gloria Cartagena Sánchez, cuyas palabras os dejo a continuación.

2, Gloria hablando

Nos reunimos aquí con motivo de la publicación del segundo poemario  de Pablo Gómez Soria.

Pablo nació el 14 de noviembre de 1974 en Zaragoza. En esta Universidad cursó la carrera de Derecho y la completó en la Universidad de Saarbrücken (Alemania). En el año 2000 terminó el Master de Derecho de Comercio Internacional en la Universidad de Essex (Reino Unido). Desempeñó durante seis años en Inglaterra su labor profesional. En 2006 regresó a España, donde ha seguido desarrollando tareas ejecutivas en el mundo del comercio internacional. Pablo es un hombre muy culto, políglota, gran lector y  poeta. Publicó sus primeros poemas en la revista Eclipse de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el año 2010 tuve la satisfacción de presentar su primer libro Antiguo sol naciente, un conjunto de dieciséis poemas de diferente extensión, con un tono hondamente lírico. De ritmo cadencioso y solemne, con un léxico elaborado y culto, con ecos del español clásico. Los aspectos temáticos eran el tiempo, el sentimiento amoroso y, como fondo, la Naturaleza, gozosamente vivida y percibida con la nota dominante de la belleza y la luz del sol en la línea del mejor Juan Ramón Jiménez.

Hoy traemos aquí Navío en aguas turbias, segundo libro de poemas de Pablo. Ha sido editado por la editorial Dauro que apuesta por escritores noveles, en una edición muy cuidada, con ilustración de Manuel Francisco Sánchez, pintor granadino que ha sabido llevar a la imagen de la cubierta el título del poemario.

La cubierta ilustra el título formando un todo muy inquietante. Las aguas son más que turbias, siniestras. Y el navío es un barco insólito y funerario, negro con toques sanguinolentos. El extraño velamen verde con tonos rojos no se explica por el cielo que es casi tan gris y cerrado como el agua. Solo asoma un atisbo de luz, blanco y frio de macabro tono óseo. Recuerda el lúgubre verde del  estribillo del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas, autor granadino como la editorial y el ilustrador. En este poema, como en otros de García Lorca,  el verde deja de estar asociado con la esperanza para ofrecer sugerencias dramáticas.

Va a presentar el poemario mi buena amiga Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura y escritora, que ha vivido con pasión la literatura y el deseo de enseñarla. Carmen, hija de maestros, es autora del libro De las escuelas de El Frago, publicado en 2014. Es una gran defensora de los derechos de las mujeres y pertenece a la Liga Internacional de Mujeres  por la Paz y la Libertad. Como estudiosa, ha analizado la obra de Ángeles de Irisarri, la de Sor Juana Inés de la Cruz y la de María Zambrano. Es autora de La Zaragoza de las mujeres (2010), libro sobre las ausencias y las presencias de las mujeres en el callejero de esta ciudad. Como se puede apreciar el libro de Pablo no puede tener mejor madrina.

Gloria Cartagena Sánchez

3. Pablo hablando. 1

Pablo Gómez cerró el acto leyendo el poema MUERTE DE LA POESÍA.

  • Zarpé, como cada año
  • por el mar fui,
  • a la tierra donde tenía lugar
  • mi anual homenaje.
  • No hallé restos del altar producido por mis manos,
  • pareciera
  • que alguien había destruido mi construcción,
  • continuación de fructuosos legados.
  • Deberé escuchar
  • ver qué ha ocurrido,
  • no acierto a entender…
  • Siendo yo muchacho,
  • inocente e inquieto,
  • me guiaba el corazón.
  • Ella me sopló en los oídos,
  • la Poesía me tocó.
  • De repente múdase el aire
  • algo rompe el día
  • las aves escapan
  • los animales huyen.
  • Aparece corriente
  • la Poesía,
  • sus cabellos adquieren la tonalidad de la estación,
  • los ojos siguen el mismo curso,
  • en su túnica liviana
  • van embrocadas las flores,
  • saliente corro a su encuentro.
  • Falla,
  • la sustento, advierto
  • la sangre del costado fluir,
  • daga o puñal clavados.
  • ¿Cuál mano osó
  • tal matricidio?

4. Entrando al acto. 1

A continuación, os dejo unas fotografías de los numerosos amigos que acudieron a la presentación. Entre ellos reconoceréis caras de profesores y alumnos del Instituto Goya de Zaragoza.

5. Público. 16. Público. 2

7. Publico3

Pablo Gómez Soria, Navío en aguas turbias. Editorial Dauro, Granada, 2017.

Invitación a la presentación

Carmen Romeo Pemán

Aquel día parecía una novia

De la serie, las fragolinas de mis ayeres.

Antonia y yo pasamos juntas nuestra juventud, de pastoras en las Guarnabas de Monte Agüero. Una tarde, mientras estábamos sentadas en una peña haciendo peduque, le dije que había oído que sus padres la pensaban prometer al viudo de casa Fontabanas.

A partir de entonces, nos afanamos en coser un ajuar que yo le guardaba escondido en un arca de mi casa. Y todo porque eran muchas hermanas y su padre no pensaba mermar la hacienda con eso de las dotes. Que eso era sabido en todo el lugar.

—A las hembras ya les basta con la honra de un apellido hidalgo —gritaba el padre de Antonia por las noches en la cantina.

Ella se las apañaba para que yo le comprara las agujas, las telas y los hilos en los vendedores ambulantes que llegaban, de vez en cuando, con grandes carromatos llenos de ultramarinos. Después me las pagaba con algún cordero que vendía a los pastores de Agüero o de San Felices. Y es que, a Antonia le resultaba más fácil decir que había malparido una oveja que comprar telas en la plaza.

El día que supo que se tenía que casar con el viudo de Fontabanas, me confesó que no quería que le vieran el ajuar las dos hijas casaderas que vivían con él.

—Nicolasa, sigue guardándome el ajuar. Si algún día lo necesito, te lo pediré —me dijo. Pero nunca más me lo volvió a nombrar.

En el pueblo se corrió que, desde que la casaron, todos los santos días iba a casa de su madre a echarle en cara que la había hecho una desgraciada con ese matrimonio.

—Es un verdadero jabalí. Sus gruñidos no me dejan pegar ojo en toda la noche. En los carasoles saben que no necesita navaja para ir al monte y que con su único colmillo sangra hasta las talegas de trigo —gritaba delante de la ventana para que la oyeran los que pasaban por la calle.

Antonia se murió de un mal aire a los sesenta años, cuando llevaba casi treinta de viuda, que esa cuenta siempre la llevó bien. Que su marido falleció el día que le dijo que estaba preñada.

Cuando se murió le puse la camisa que habíamos bordado para su noche de bodas y la envolví en una de sus mejores sábanas de lino. Después la miré varias veces y la encontré muy guapa. No tenía canas ni arrugas. Parecía una novia.

La plaza desde casa Sorolla

Plaza de El Frago

Con este nuevo relato de las fragolinas de mis ayeres, quiero dar voz a todas nuestras abuelas, Antonias, Valeras, Petras,  Dominicas, Nicolasas…, que sufrieron en silencio unos matrimonios impuestos. Nosotros no lo entendemos, pero fue la historia de muchas de nuestras familias hasta hace menos de un siglo.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

La artillera. La lucha de España por la libertad

Homenaje a las heroínas de los Sitios de Zaragoza

De mi baúl de lecturas

Hoy os traigo mi primera entrega sobre una novela de Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947), mi amiga y compañera de pupitre. En un futuro vendrán más.

Sus novelas históricas cuentan los orígenes de varios reinos: del de Aragón, en El estrellero de San Juan de la Peña, del de Navarra en Toda reina de Navarra, y del Condado de Cataluña en Ermessenda condesa de Barcelona. Su gusto por el arte de contar y el rigor de su documentación, muy propio de una buena medievalista, son la clave de sus éxitos. Y los lectores nos regocijamos con su mirada irónica, que nos ayuda  a reinterpretar la historia en clave de humor. Nunca olvidaremos la huelga de hambre de la Condesa de Barcelona metida en un baúl ni a la reina Toda viajando hasta Andalucía con su nieto Sancho el Gordo para que los médicos árabes lo sometieran a una purga de adelgazamiento.

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La primera vez que leí La artillera lo hice de un tirón. No podía dejarla. Y cuando la acabé dije: “¡Impresionante!”

¿De qué trata la novela?

De los días previos al Primer Asedio de Zaragoza, del Primer Sitio, de los meses siguientes y del Segundo Sitio. De la vida zaragozana bajo el mando francés, de la salida de los franceses y de la visita del rey. Y, para terminar, de las últimas noticias de la vida de Agustina de Aragón, hasta su muerte en Ceuta a los 71 años. Trata, pues, de unos hechos históricos muy conocidos. Así que, desde el punto de vista del contenido, el lector espera pocas sorpresas. Por ese motivo, me acerqué a esta novela con cierto recelo. Pero, al comenzar a leer, al romper el silencio narrativo, me di cuenta de que estaba equivocada. Que el asunto es conocido, pero el enfoque resulta muy novedoso.

Los sucesos históricos se cuentan a través de las vidas cotidianas y de las vivencias de diez mujeres, las diez protagonistas: siete históricas y tres inventadas.

Las históricas son cinco mujeres del pueblo: Agustina Zaragoza, conocida como Agustina de Aragón y como la Artillera, María Agustín, María Lostal, Casta Álvarez y Manuela Sancho. Una dama, la condesa de Bureta y una monja, la madre Rafols.

Las inventadas son Matilda López y Marica, dos prostitutas del Rabal, y Quimeta, una hermana que la autora le ha regalado Agustina. Quimeta y Agustina viven juntas, porque sus maridos están luchando en Cataluña. Y así, a través de su estrecha convivencia y de sus permanentes diálogos, llegamos a conocer mejor la vida cotidiana, las estrecheces y los pensamientos de Agustina de Aragón.

En el primer capítulo se juntan estas diez mujeres en la plaza del Mercado. Agustina, Quimeta, las dos Marías, Casta, Manuela y las dos prostitutas están tomando un refresco en el puesto de la tía Paca, justo debajo del balcón de la condesa de Bureta. Y arriba, en el balcón, están la condesa de Bureta y la madre Rafols. Y las diez oyen el bando de declaración de guerra contra los franceses.

Desde las primeras líneas el lector se queda sorprendido cuando ve que Agustina se dirige con prisa al mercado a comprar una mata de borraja para añadirla a la olla que había dejado hirviendo. O cuando Casta Álvarez recorre los tenderetes en busca del mejor precio para el tocino y dos morcillas de arroz con piñones.

La sorpresa procede del enfoque, del nuevo punto de vista y de los detalles cotidianos, que disuelven el sentimiento heroico. En los momentos previos a un gran bombardeo, Casta Álvarez, que cunde por todos los lados, se sube a las murallas y a continuación se va a poner el puchero para la cena y a dar un limpión a la casa.

Y todo sucede así porque no es un libro de historia, porque es una novela en la que se crea, y se recrea, un mundo de ficción a partir de datos de la realidad.

Una novela realista de corte decimonónico

El género histórico se mezcla con las características de las novelas realistas del siglo XIX. Y la clave para esta interpretación la tenemos al final. Porque la novela de Ángeles de Irisarri es una continuación de la que ha escrito Carlota Cobo, la hija de Agustina de Aragón.

La autora, para recrearse y para recrear el siglo XIX, elige un género de la época. Y sigue el modelo de Cecilia Böhl de Faber, conocida como “Fernán Caballero”, una escritora que escribe sobre mujeres.

De la novela del XIX hereda el método de observación, la rigurosa documentación, la tesis, la estructura general, el cierre de los capítulos, los elementos de suspense y una narradora omnisciente que conoce y opina sobre la historia que está escribiendo. Antes de comenzar la novela, cuando leemos el título completo, “La artillera. La lucha de España por la libertad”, ya adivinamos que la segunda parte del título es la tesis.

Al final, el coro de mujeres de la fuente del Portillo va recapitulando y atando todos los cabos que han ido quedando sueltos. Y todo se cierra, menos la vida de Agustina, porque ha sido la heroína por antonomasia y ella, la Artillera, la primera mujer que entró en el ejército, va a ser el símbolo de la lucha de los aragoneses por la libertad.

El mensaje central de la novela está en el último capítulo, en un vivo y entrecortado diálogo entre Agustina y su hija. Así, al poner el mensaje central, la tesis, en boca de una Agustina cansada y enferma, de una Agustina a la que le falla la memoria, pierde el tono asertivo de las tesis de las novelas del siglo XIX.  “La palabra rendición no entraba en nuestro vocabulario. Allí fue vencer o morir…Para no ser esclavos, para ser libres”.

Una novela moderna de protagonista colectivo

Poco a poco se van incorporando grupos de mujeres que funcionan como los coros de las tragedias griegas. Las costureras de la fuente del Portillo se enteran de todo, porque se pasan el día parloteando y escuchando a las mujeres que se acercan al corro a decirles tal o a contarles cual.

Las comadres lenguaraces del ropero de San Miguel salen a coser a la puerta Quemada para enterarse de los sucesos y comentarios que circulan por la ciudad. Y hacen lo mismo las del lavadero de la acequia del Portillo, las del salón de la condesa de Bureta y las de la tertulia de Josefa Amar y Borbón.

Así, la verdad colectiva se va formando con la suma de las verdades individuales. Por eso son tan importantes los personajes secundarios que pueblan la novela.

Un discurso testimonial

En sus páginas oímos hablar a las protagonistas, y así tiene que ser, porque eran analfabetas. A Agustina de Aragón le enseña a leer doña Josefa Amar, y cuando la viuda María Lostal quiere volver a abrir la tienda de vinos tiene que ir a que la condesa de Bureta le lea las facturas, porque no sabe quiénes eran los suministradores de su marido.

El humor y la comicidad

En esta obra, como en todas las de la autora, se hace  una afirmación del valor y del sentido práctico de las mujeres. Una afirmación que brota de una pluma que es capaz de ironizar y de reírse hasta de su sombra. El lector, entre las pilas de muertos y el olor a cadaverina, se ríe cuando Casta Álvarez, cocinera del Hospital, descubre que las lentejas están agusanadas. “Que no se trataba de un gusano ni de dos, que había más gusanos que lentejas, que los bichos no flotaban en el guiso y que las cocineras no podían quitarlos con la rasera. Entonces, la madre Rafols decide hervirlas hasta convertirlas en una pasta.

Sonreímos complacidos cuando la condesa de Bureta saca los tomos de la Enciclopedia Francesa para construir barricadas. O cuando María Agustín no puede hacer los encargos de costurera ni salir a recibir a Palafox porque le ha venido la regla y se tiene que quedar siete días en casa.

Y cuando Casta Álvarez le dice a María Lostal que su hijo se llama Pablos, y no Pablo, porque cunde por tres, nos damos cuenta de que ese Pablos es un personaje con resonancias del Buscón de Quevedo.

Otras veces, el efecto cómico brota de las exageraciones que disuelven la tragedia. En medio de una ciudad destruida y llena de cadáveres, un grupo de mujeres se lía a navajazos por beberse las lágrimas que la Virgen derramaba. Y el día que se firmó la capitulación de Zaragoza, hubo colas de soldados en el burdel del Rabal porque se temían lo peor.

Para terminar

Está muy bien conseguida la personalidad de las diez protagonistas. Cuando cerramos el libro, sigue resonando en nuestros oídos el susurro de la condesa de Bureta, porque la habían educado para que nunca hablara alto. La voz de mando de la madre Rafols. Las risas y los jolgorios de las dos prostitutas del Rabal. Las alucinaciones de Manuela Sancho, que escucha las voces de los muertos en su interior. Los gritos de Casta Álvarez, cuando distribuye la comida a los soldados y cuando llama a una nueva insurrección porque no acepta la capitulación de la ciudad. La voz lastimera de María Lostal, siempre rodeada de sus tres hijos. Y el tono bondadoso y tierno de María Agustín.

En el fondo, estas heroínas tan bien caracterizadas son el trasunto de la importancia que tuvieron las mujeres zaragozanas en la defensa de la ciudad cuando la sitiaron las tropas francesas.

Carmen Romeo Pemán

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María Ángeles de Irisarre, La artillera. La lucha de España por la libertad. Editorial Suma de Letras, Madrid.

Artillera. Presentación-3

Esteban y Orosia

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas.

Las corrientes de los ríos están llenas de historias. Un día que estaba jugando con los ruejos del Arba, me encontré esta que bajaba de Biel.

Aquella mañana, llegué a la escuela antes que la maestra. Había venido corriendo, y eso que nuestra casa estaba lejos, detrás del cerro. Sentía como si el corazón se me fuera a salir de su sitio.

—Buenos días, Orosia. —Doña Pascuala me acarició la cabeza–. Toma, guárdame estos libros un momento.

—Bue… buenos días, tenga usted. —No sabía si me había oído. No me salían las palabras por culpa del nudo de la garganta.

Me senté en una mesa, justo detrás de donde se solía poner Esteban. Desde allí podría hablarle al oído cuando entrara, antes de que doña Pascuala comenzara a pedir los deberes.

Esteban llegó tarde. Iba un poco desgreñado, como si no le hubiera dado tiempo a lavarse. Me pareció que tenía cara de haber dormido mal.

—Mis padres se han enterado de lo nuestro y se han puesto como dos basiliscos —le dije de corrido, a la vez que me echaba la melena por la cara para que nadie me viera hablar.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss! Hablaremos en el recreo. —Me apretó la mano por debajo del pupitre—.Y no te preocupes, que ya los convenceremos.

—Pues me parece que no vas a tener razón. Mira que he tenido que saltar por la ventana. Me habían cerrado la puerta para que no viniera a la escuela —y continué con un susurro casi inaudible—. Verás como en cualquier momento se presenta mi padre.

—Pues esta vez no será como las otras. Si hace falta, diré delante de todos que estás preñada.

En ese momento se abrió la puerta. Sólo vi los ojos de mi padre y cómo doña Pascuala lo cogía del brazo y lo sacaba al pasillo. Al poco rato entró ella sola, se acercó a mi mesa y me dijo:

—Recoge tus libros. Te voy a poner deberes para que los hagas en casa. ¡Ojala puedas volver pronto! Te esperaremos.

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—Antonio, no me ha hecho ninguna gracia que hayas ido a buscar a Orosia a la escuela —gritó mi madre cuando nos vio aparecer por el recodo del camino—. Los trapos sucios se lavan en casa. No quiero ir en lenguas de la gente.

—¡Cuántas veces te lo tengo que decir, Josefa! —Mi padre, ceñudo, levantó la horca de recoger la paja y miró a mi madre—. ¡Que eres muy corta de entendederas! ¿Aún no te has dado cuenta del peligro que es ese chico, todo el día dando vueltas por aquí? Que se nos quiere llevar a la niña. Y la Orosia es nuestra. ¡La Orosia es mía! Al hombre que le ponga una mano encima lo ensartaré con esta horca.

En estas andábamos, cuando llegó Esteban con sus padres. Y, dando un paso al frente, se encaró a mi padre:

—Señor Antonio, aunque no haya cumplido los catorce años y usted crea que soy un crío, sepa que me voy a portar como un hombre con su hija y con ustedes. Estoy dispuesto a esperar la boda el tiempo que digan. Mejor dicho, hasta que yo cumpla los dieciocho y tenga un trabajo para mantener a Orosia y al niño. Que el niño es mío y lo reconoceré.

Mi padre empezó a dar vueltas por la era cagándose en todos los santos del cielo y soltando copones y hostias a mansalva. Esteban y sus padres retrocedían poco a poco. Oí su voz, por última vez, al otro lado de la cerca.

—¡Orosiaaaa, te quieeeeroooo! Volveré cuando haya nacido el niño. Te lo prometo. Nos iremos a vivir a la capital.

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Después de cenar, mis padres se enzarzaron en una de sus discusiones. Pero esa noche, mi madre, que no solía hablar, tomó la palabra.

—Mira, Antonio, que tengo clavada la fecha. Dos años tenía Orosia cuando decidimos venir a vivir al monte, que en todos los sitios veías fantasmas.

Mi padre intentó protestar, pero no había quién hiciera callar a mi madre.

–Antonio, para mí fue un golpe muy duro.

Mientras tanto, ella seguía con su monserga, secaba las sartenes, barría la cocina y metía brasas en un calentador. Y venga a repetir aquello de que estábamos acostumbradas a otra vida y que en aquel chamizo nos habían salido sabañones hasta en las orejas.

Desde que llegamos, yo dormía con mis padres. Decían que así no me acatarraría. Mi padre en la parte de afuera, mi madre contra la pared y yo en medio, bien calentita. Aunque a veces, casi me asfixiaban cuando se daban la vuelta.

No sé cómo empezó aquello. Una noche me despertó mi padre con sus toqueteos. Noté cómo me acariciaba los pezones. De repente se me echó encima. Recuerdo los gritos de mi madre como si fuera ahora. Pero él siguió con su martingala.

Como ya estaba acostumbrada, no me asusté el día que Esteban me llevó a un pajar al otro lado del cerro. Me acariciaba con suavidad y me decía que tendríamos un niño y que abandonaríamos el monte. Pero yo no me lo creía, porque no podría saber cuál de los dos sería el padre. Como mi madre, yo también sabía que nadie podría sacarnos de aquel agujero.

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Ilustraciones de Inmaculada Martín Catalán.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

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En su muro de Facebook nos deleita con dibujos de escenas cotidianas de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán