Cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia

En esta semana, con las tareas hasta el cuello, me resultaba muy difícil escribir y, de repente, me vino la pregunta: ¿Cómo mantener intacta la motivación? Y, mientras intentaba responderla, me di cuenta de que no se trataba solo de la motivación de unos minutos para escribir, sino de cómo mantenerme motivada para todas las cosas que tengo que hacer en un día y las que me gustaría hacer.

Reflexioné unos minutos y descubrí que, con el paso del tiempo, nos sentimos obligados a formar parte de un sistema, en el que las cosas solo pueden ser de una manera. Y en nuestro afán por encajar en él, el miedo se apodera de nuestras acciones y terminamos comportándonos de forma automática, lo que nos lleva a vivir en un estado constante de estrés y ansiedad. La motivación nos decae cuando queremos cumplir con nuestras metas, porque parece que el mundo está en nuestra contra todo el tiempo.

Hoy voy a reflexionar sobre un concepto que me ha ayudado en estos últimos días a mantenerme motivada: la metacognición (Meta=más allá. Cognición=del latín congnitio, acción y efecto de conocer). Según el psicólogo y pionero del concepto, John Hurley Flavell, la metacognición se refiere a la capacidad que tenemos las personas para reflexionar sobre nuestros procesos de pensamiento y la forma de aprender. Gracias a ella podemos conocer y regular nuestros procesos mentales básicos, los que intervienen en la cognición.

Una estrategia para mantener la motivación intacta consiste en conectarnos con nuestra verdadera esencia, con lo que nos define, nos apasiona y nos quita el sueño.

Y esto me lleva a hablar de la metacognición como una alternativa para potenciar la conciencia sobre nuestros procesos cognitivos y su autorregulación, de tal manera que nos conduzcan a transferir el aprendizaje a todos los ámbitos de nuestra vida.

Con la metacognición podemos analizar nuestro pensamiento y, además,  nos permite conocer el nivel de conciencia y conocimiento que tenemos sobre una tarea y su monitorización. Este análisis es importante porque nuestros pensamientos, sentimientos y acciones crean nuestra realidad, determinan cómo nos sentimos y cómo nos comportamos.

“Quiero escribir, pero no tengo tiempo y tampoco soy lo suficientemente buena. Quizás no tengo el talento. Todavía no tengo las competencias. Es imposible sacar el tiempo cuando se tienen tantas obligaciones”. Estos, y otros pensamientos parecidos, me acuden cuando no puedo sacar esos minutos para escribir. Y si todo el tiempo estoy enviando a mi mente mensajes negativos que van en contra de mis metas, lo más seguro es que termine perdiendo la motivación y desista de seguir adelante.

 

“El aprendizaje más importante es aprender a aprender. El conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo. Nisbet y Schuksmith, 1986.

 

El origen de nuestra interpretación mental está en nuestro sistema de creencias, en los programas que tenemos alojados en el inconsciente. Si nuestros pensamientos están dominados por todo aquello que nos atormenta, estamos entregando información negativa a nuestro cerebro y esto frena la motivación, porque ubica a nuestro sistema nervioso en un estado de protección que nos impide crecer y ver las circunstancias desde la apertura y la oportunidad.

La metacognición nos permite ir más allá del pensamiento habitual, controlar los procesos cognitivos y tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos. A medida que la desarrollamos, nos emerge una nueva mentalidad, que nos conduce a nuevas acciones. Adquirimos una nueva visión interior, autorregulamos nuestros estados mentales y descubrimos nuestro propósito vital.

La clave está en mantenernos conscientes, atentos a quiénes somos, qué percibimos y qué experimentamos. Debemos preguntarnos: ¿este es el tipo de vida que quiero llevar? ¿Es así como quiero vivir? En definitiva, tenemos que volvernos conscientes de cómo pensamos, cómo nos sentimos y qué hacemos, para crear una realidad más ajustada con nuestros valores y nuestro propósito. Adquirir una actitud interior correcta nos permitirá mantener intacta la motivación.

Para conservar nuestra mente sana existen varias técnicas. Una de las que más me gusta es activar la relajación a través de la respiración consciente. Esto permite desarrollar nuestra metacognición y, además, aprendemos a observar nuestra experiencia presente en total aceptación, confianza y seguridad. Entrenamos nuestra atención para desarrollar una conciencia que no envía señales de amenaza a nuestro sistema nervioso, y este equilibrio cuerpo-mente nos ayudará a relacionarnos de manera diferente con lo que sucede y lo que pensamos que nos sucede. Y nos permitirá situar nuestras experiencias de vida en un nuevo contexto. Cuando no nos sentimos amenazados le permitimos a nuestro cuerpo activar una respuesta de relajación que restablece las funciones cognitivas y orgánicas, aprendemos a reunir recursos internos y a desarrollar nuestra resiliencia, que es la capacidad que todos tenemos de sobreponernos a la adversidad.

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Cuando tenemos plena conciencia de los mensajes que enviamos a nuestra mente, y que definen nuestra forma de actuar, podemos hacer frente a todo lo que frena nuestra motivación. Dejamos de lado los miedos y nos lanzamos hacía el cumplimiento de nuestros sueños. Recuerda: “Nuestros miedos no definen quiénes somos”. Desarrollar confianza en nuestra capacidad para resolver problemas y confiar en nuestros instintos nos ayudará a construir la resiliencia. Cuando nos enfrentamos a tareas o situaciones que nos producen malestar emocional, influye más nuestra percepción de la situación que la carga real de trabajo o la verdadera magnitud de nuestro problema.

Por esta razón es conveniente tener presente cuál es nuestro objetivo, qué buscamos conseguir con lo que estamos haciendo y cómo nos beneficiará. No enfoquemos las situaciones y acontecimientos de nuestra vida en términos de bien o mal, ganar o perder. Es mejor considerar todas nuestras experiencias como parte de un proceso vital de aprendizaje. Cuando decaiga tu motivación trabaja en tus puntos débiles, en tus carencias y rentabiliza tu experiencia. Y, sobre todo, potencia tus fortalezas. La actitud es la clave.

Mónica Solano

 

Imagen de Karen Arnold

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Cuando los recuerdos te desgarran por dentro

A los músicos que guardan en sus notas los momentos más memorables de mi vida.

 

Los recuerdos navegan por mis venas. Como exploradores perdidos se deslizan por mi cuerpo y recorren cada parte del sistema circulatorio. Se me acelera el corazón. Cada latido es un rugido que me desgarra por dentro. Estoy rodeada de personas que cantan efusivas y se deshacen en ovaciones. El eco de las voces de miles de fanáticos me envuelve. Cierro los ojos y puedo verme ahí, de rodillas en el viejo rincón, donde el tiempo no tiene principio ni fin. Pensé que jamás volvería a ese lugar donde las emociones te atacan y te dejan indefenso.

Inhalo una bocanada de humo y me dejo llevar por el sonido agudo de las guitarras. La música de mi juventud me golpea en lo más profundo de mi ser. Los recuerdos siguen viajando por mi piel, danzan inquietos y se arremolinan en mi oído. Me susurran desdichas. Quieren que los deje ir, pero no tengo el valor para ver cómo se alejan de mi vida.

El sudor se me escurre por las manos mientras se forma un nudo alrededor de la garganta y las lágrimas que se amontonan en mis ojos me nublan la visión. Estoy al borde de un colapso, de caer desmayada encima de las personas que gritan y aplauden con frenesí.

Unos brazos me sujetan con fuerza. En ese instante perfecto me siento protegida. Seco mis lágrimas mientras sumerjo el rostro en una chaqueta de jean desgastada. El estallido de emociones contrariadas ha cesado en mi interior. Los latidos han disminuido su ímpetu.

Aún abrazada a mi novio, miro al escenario por encima de su hombro y ahí está él, de pie, imponente, comiéndose el mundo. Luce fantástico con sus pantalones de cuero, la camisa de jean ajustada al cuerpo y la guitarra que reposa sobre su cintura.

Con una reverencia agita su cabello ensortijado ante el público que sigue gritando enloquecido. En ese instante, nuestras miradas se encuentran y con una sonrisa sincera me devuelve a la Tierra.

 Mónica Solano

Imagen de Matteo Zambrano

El uso de los americanismos

Soy de América Latina, pero debo confesar que no conozco todos los modismos propios de mi región. Cuando me pongo a escribir un relato o un artículo, si tengo dudas con alguna palabra, siempre me remito a la Real Academia Española (RAE). Pero hace poco descubrí el Diccionario de americanismos, un repertorio léxico que recoge todas las palabras propias del español de América. Y, sí, puede que esta maravillosa herramienta de consulta exista desde hace varios años, pero yo no la conocí hasta hace unas semanas. Un día, en clase de corrección de estilo, el profesor tuvo la grandiosa idea de compartirnos las mejores fuentes para resolver dudas con el español. Aunque esta historia no comienza con el profesor escribiendo las fuentes en una pizarra. En realidad, todo se desató con un artículo que leí en Internet y que se titulaba “Precipitud inconveniente”. En ese momento me pregunté si la palabra precipitud sería correcta. Inmediatamente consulté la RAE y encontré lo siguiente:

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¡La palabra no estaba registrada! Y había escrito el artículo un diplomático colombiano y, además, profesor universitario. Pero, ¿cómo puede cometer semejante error una persona con ese nivel de educación? Fue lo primero que me vino a la mente. Me sentí un poco indignada por el maltrato que le estaba dando a la lengua. Sin embargo, frené mi enojo, y le comenté a mi profesor lo sucedido. En ese momento ingresó en el Diccionario de americanismos, digitó la palabra “precipitud” y resultó que era una expresión correcta en Colombia y Panamá. Aún resuenan en mi cabeza sus palabras: “que no esté en la RAE, no significa que sea incorrecto”.

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Toda esta experiencia me hizo recordar que desde que inicié mi proceso de escritura me he venido cuestionando el uso de la lengua según el entorno o la cultura. Me parece sorprendente cómo puede cambiar el sentido de una palabra según el contexto y, sobre todo, el lugar en el que se utilice. Encontrar el Diccionario de americanismos ha sido de gran ayuda, porque desde ese momento, acudo a él antes de entrar en cólera y atreverme a afirmar que alguien atropella a la lengua. Y, como soy bastante curiosa, indagué un poco más y encontré lo siguiente:

 

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El Diccionario de americanismos es una obra descriptiva, no normativa, cuyo fin es ayudar al conocimiento del idioma y servir como herramienta de comprensión. En América se usa la mayor parte del español, por lo tanto, es importante conocer el significado de las palabras que se utilizan en este continente para poder comunicarnos mejor.

Según la RAE, los orígenes del Diccionario de Americanismos se remontan al siglo XIX, al tiempo que se constituían las primeras academias americanas de la lengua. Tiene entre sus características fundamentales las siguientes: es un diccionario descriptivo, que carece de propósito normativo y no da pautas para «el bien hablar o escribir»; un diccionario usual, que recoge los términos manejados con gran frecuencia de uso en la actualidad; un repertorio dialectal, pues se ocupa de los términos de todas las zonas americanas, desde los Estados Unidos hasta los de Chile y Argentina, en el extremo sur del continente; un repertorio diferencial, del que quedan fuera las palabras que, aunque nacidas en América, se usan habitualmente en el español general.

En mi búsqueda encontré que el primer diccionario de la RAE se publicó en el siglo XVII y que en primera instancia se consideró un diccionario del “español europeo”, al que de manera progresiva se le fueron añadiendo voces provenientes de América. Aunque el 80% del léxico se usaba en los dos continentes, se creía que el Diccionario de la lengua española (DRAE) no incluía los americanismos, por lo que a finales de dicho siglo surgió la necesidad de hacer un diccionario exclusivo del léxico americano. Hacia 1966, el filólogo paraguayo Marcos Augusto Morínigo, autor del Diccionario de las lenguas indígenas, escribió el Diccionario del español de América, del que existen varias ediciones posteriores. El lingüista y lexicógrafo alemán, Günter Haensch, siguió los pasos de Morínigo y en 1993 escribió el Nuevo diccionario de americanismos.

En todos los artículos y páginas que he consultado, he encontrado que en el DRAE solo se recogen las palabras comunes que se usan en todos los países donde se habla español. Durante muchas décadas se ha dejado de lado, en la selección oficial, la riqueza lingüística que tejen los pueblos latinoamericanos al inventar palabras para decir muchas cosas de manera más cercana.

Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, afirmó en un artículo del periódico El Espectador, en el año 2010 que, si algún lector encontraba, por ejemplo, la palabra “fregado” en una novela e intentaba ir al diccionario en busca de su significado, no lo encontraría. Y nadie le diría así que la palabra “fregado”, dependiendo de si se usaba en México, Colombia o Nicaragua, tenía acepciones distintas: “una persona que está en mala situación”, “algo que es difícil de solucionar” o alguien que simplemente “es inquieto”.

Todo lo que he expuesto me lleva a afirmar que el Diccionario de americanismos no recoge el léxico común a todos los hispanohablantes y, en cambio, recoge con bastante detalle la riqueza de vocablos que se usan de forma natural en los distintos países americanos de habla hispana.

El uso de la lengua que empleamos en nuestros relatos, desvela la visión que tenemos sobre algo, y es posible que esa visión nos llegue mediada por la de otras personas. Con nuestras aportaciones seguimos alimentando la construcción y la transformación del léxico de nuestros pueblos. Todo esto nos enseña que la forma de hablar de un territorio, así como sus creaciones artísticas, es determinante para comprender la historia de dicho lugar. El Diccionario de americanismos ocupa una parcela lexicográfica fundamental. Dadas sus dimensiones, ofrece una descripción fidedigna de la gran riqueza léxica del territorio americano, además de convertirse en testimonio del uso de determinadas palabras que pueden estar condenadas a su desaparición por culpa del proceso de internacionalización del español.

Mónica Solano

 

Imagen de Flockine

El día que llegaste a mi vida

A veces me pregunto cómo sería mi vida si no fuera madre. Si hubiera dedicado esa parte de mi existencia a navegar por el mundo. No les voy a mentir. Ser madre no me ha resultado una tarea fácil. El tiempo se ha convertido en un lujo. La palabra privacidad ha desaparecido de mi diccionario personal. Estoy en el último lugar de la lista para cumplir mis más profundos anhelos, porque esa pequeña personita por la que estoy dispuesta a dar la vida, y hasta a jurar en falso, encabeza mis prioridades. Y eso es así desde el 24 de agosto de 2004. El instante en el que mis manos tocaron la vida de una forma que no había creído posible. Ese día todo cambió para mí.

23 de agosto, 8:00 AM. Se han cumplido las cuarenta semanas. Han sido meses en los que la barriga ha crecido hasta el punto en que las rodillas soportan el peso con dificultad. Las manos están hinchadas y la cara se ha puesto un poquito regordeta. Cuando te miras en el espejo ves a una mujer diferente, a una desconocida. Pero, a pesar de las ojeras, el dolor en las articulaciones y las noches de insomnio, anhelas con todas las fuerzas ver al bebé que te está creciendo en el vientre.

Te atas el cabello con una coleta, te pones el vestido de maternidad y sales de casa directo a la clínica. Cuando llegas al consultorio, el médico te dice que no puede dejarte internada porque no hay señales de que el bebé vaya a nacer ese día. Te recomienda caminar. “Eso ayudará a que el bebé llegue pronto” te dice, mientras te aprieta la mano contra el hombro. Te sientes un poco frustrada, querías ver esa carita y tener el pequeño cuerpecito entre los brazos. No hay nada que hacer por el momento, así que vas a trabajar.

Es un día normal en la oficina. Clientes molestos, largas filas, los gruñidos de tu jefe que se escuchan por todo el pasillo. Nada extraordinario sucede mientras pasan las horas. Termina la jornada laboral y regresas a casa. Te pones unos zapatos cómodos y sales a caminar con tu esposo, como te sugirió el médico. Pasadas unas cuadras, sientes unas leves punzadas en el vientre. Recuerdas todo lo que te indicaron en el curso psicoprofiláctico, y empiezas a hacer una lista en la mente: la pañalera está preparada desde los siete meses de gestación, la carpeta con todos los exámenes médicos está en el armario de la habitación. “¿Qué más necesito?” No tienes idea. El dolor se hace más fuerte y se te nubla el juicio. Caminas de un lado a otro para mitigar un poco el dolor que viene y va, mientras tu esposo toma el tiempo de cada contracción con su reloj de pulsera. Cada vez son más frecuentes, entonces toma el teléfono y llama al doctor.

En menos de una hora una ambulancia se estaciona en la puerta de tu casa. El médico entra en la habitación y realiza los exámenes de rutina. Después de un tacto muy incómodo y algunos apuntes en su libreta decide llevarte a la clínica. No habías estado dentro de una ambulancia. Te sientes extraña. La sirena suena, pero no estás de muerte. Llevas una nueva vida en el vientre y quizás eso también sea tan importante como para detener el tráfico en las calles.

Cuando llegas a la clínica te recibe una enfermera con uniforme azul y zapatos blancos. Te realizan un examen físico integral y luego te acomodan en una camilla junto con otras madres que también están esperando para dar a luz. Algunas gritan, otras lloran, unas pocas, como tú, emiten quejidos moderados.

Llevas horas en la clínica, pero te parecen segundos. Ya es de madrugada y aún no te dicen nada. Estás ansiosa, agotada y, aunque quisieras dormir, el sueño se escapa de las posibilidades. Te frotas la barriga y le hablas al bebé. Le susurras cuánto deseas verlo, y en ese momento se acerca la enfermera y te dice que estás lista para entrar en el quirófano. Un escalofrío te recorre el cuerpo. Por fin vas a conocerlo.

La imagen del reloj colgado en la pared, enfrente de la silla de parto, te revuelve la bilis. Marca más de las siete de la mañana. “Llevo muchas horas en este hospital”, piensas. La blancura de la sala, el frío que te carcome los huesos y el olor a químicos aumentan la ansiedad, y te ponen los pelos de punta. La enfermera te ayuda a acomodarte en la silla y te da las indicaciones. Una vez más recuerdas el curso. Haces una inhalación profunda y a continuación, exhalas. Lo haces varias veces para contener el dolor y prepararte para pujar. Ya estás lista. Pujas con todas tus fuerzas, pero el bebé no quiere salir. Inhalas una vez más y pujas como si tu vida dependiera de ello. Y es en ese momento que ves en las manos del médico a un pequeño humano cubierto de fluidos y te preguntas: “¿Cómo algo tan maravilloso salió de mi cuerpo?”. Cuando el doctor te lo pone sobre el pecho te sientes aliviada. Cuentas sus deditos, inspeccionas sus brazos y piernas, lo miras directamente a los ojos y memorizas cada rasgo de su carita. No quieres que te lo cambien a la salida. Cierras los ojos y das gracias por vivir ese momento, luego miras el reloj en la pared. Marca las 8:40 AM del 24 de agosto. Es un día para no olvidar. Has conocido el amor en todas sus dimensiones. Tienes entre los brazos a la persona que te cambiará el mundo y todo lo que conoces y crees saber de la vida.

Dejo el lápiz sobre la mesa y miro el reloj. Marca las 8:40 AM. El corazón me da un salto. Durante trece años, el pequeño ser que cargué en mi vientre por nueve meses ha conmocionado mi mundo. Sigo mirándolo con la misma emoción, con el mismo fulgor en el corazón. Y cada día que tengo la oportunidad de abrir los ojos, me sigo sintiendo afortunada por tenerlo a mi lado y por verlo crecer. Después de todos estos años, cuando me pregunto cómo sería mi vida si no fuera madre, sigo teniendo la misma respuesta: no sería mi vida.

Mónica Solano

 

Imagen de Guillermo Cardona

 

El encanto de las bibliotecas públicas

Cuando estaba en el colegio me encantaba visitar la biblioteca. Era mi lugar favorito. Adoraba el olor de los libros, podía pasarme horas leyendo. Hasta llegué a ser asistente de la bibliotecaria. En esa época no teníamos la suerte de contar con el auge digital que existe hoy día y todas las consultas, para cumplir con las tareas escolares, se debían realizar en ese espacio sagrado. Allí, una señorita con el cabello canoso y anteojos, te informaba de todos los volúmenes que se almacenaban en el recinto y, también, te gruñía cuando el tono de voz superaba lo permitido. En la universidad, las bibliotecas siguieron siendo mi lugar predilecto para realizar trabajos y consultas. A las grandes estanterías cargadas de libros se sumaron centros de cómputo para navegar en Internet y los pequeños cajones, llenos de fichas bibliográficas, fueron reemplazados por pantallas digitales.

Las bibliotecas son escenarios de gran importancia para la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de una sociedad. Nos proporcionan herramientas que nos ayudan a conocer e interpretar mejor y de manera autónoma nuestro entorno social. En Bogotá contamos con una amplia red de centros culturales que ofrecen, además de libros, muchas actividades atractivas para niños y adultos. Un plan perfecto para cultivar el conocimiento y, de paso, divertirse. Las entidades privadas, como las Cajas de Compensación Familiar, contribuyen y mantienen a nivel nacional esta red de bibliotecas que mensualmente tienen una programación de actividades gratuitas.

Hace poco, mientras leía un artículo del periódico El Espectador, “El fin de las bibliotecas”, me cuestioné el futuro de estos espacios y recordé que no he visitado ninguna desde hace algunos años. En Bogotá hay bibliotecas maravillosas, cargadas de historia. Algunas son, incluso, patrimonio de la ciudad. Pero como el trajín del día a día me mantiene corta de tiempo, siempre está la excusa: “para qué desplazarme de la comodidad de mi casa si tengo todo a un clic”.

Las bibliotecas han sido responsables de garantizar el acceso a la información y al conocimiento, de promover la lectura, la cultura y de facilitar la formación a lo largo de la vida. Desde mediados de la década de los noventa están reorientando su actividad, en parte, por el fácil acceso a contenidos digitales, pero también por los cambios de la propia sociedad: ciudadanos cada vez más participativos que han dejado de ser consumidores de información para ser generadores de contenidos. Por lo tanto, las bibliotecas están dejando de ser lugares de almacenamiento y préstamo de materiales para convertirse en puntos de participación, de interacción con los usuarios, convirtiéndose en espacios flexibles con una oferta creciente de actividades creativas.

“En burro, bus, carreta, bicicleta… Cualquier medio es adecuado para que viajen los libros. Son estrategias a las que recurren las bibliotecas y los líderes sociales para fomentar la lectura”.

El periodista colombiano John Saldarriaga escribió un artículo para el periódico El Colombiano, en el que reunía divertidas estrategias de las bibliotecas municipales en Colombia para fomentar la lectura y mantener latente la importancia de estos espacios de conocimiento. A continuación, les relaciono algunas:

Al son del pedaleo. En la Biblioteca Jorge Alberto Restrepo Trillo, de Guatapé, tienen una bicicleta para llevar libros a los comerciantes. A los quince días vuelven para renovarlos y aprovechan para mostrarles novedades recién adquiridas.

Bibliocarreta. En Sabaneta tienen la Bibliocarreta. Oswaldo Gutiérrez, el bibliotecario, la ideó en 2002 como una forma de llevarles libros a los habitantes de las veredas. Con el tiempo se convirtió en un mecanismo de promoción de lectura de la biblioteca central.

Biblioburro. En el Magdalena, cuentan con los burros del Biblioburro. Ideado por el profesor Luis Humberto Soriano Bohórquez en el corregimiento La Gloria, municipio de Nueva Granada, es un sistema efectivo para llevar conocimiento a las veredas apartadas de las carreteras.

Pocos países en América Latina tienen una red tan activa de bibliotecas públicas como Colombia. El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha sido promovido de manera sostenida, desde el 2001, con la puesta en marcha de la campaña Colombia Crece Leyendo. Se han invertido millones de pesos para dotar y construir nuevas bibliotecas en al menos 300 municipios que carecían de ellas. Ya son aproximadamente 1.424 bibliotecas públicas las que integran en la actualidad la red nacional. Algunas disponen de estándares de tecnología, conectividad y dotaciones bibliográficas que buscan garantizar el acceso a contenidos universales, pero también particulares a los intereses de cada región o grupo social. Sin embargo, con el auge de los medios modernos de comunicación y el ritmo de vida acelerado al que nos hemos acostumbrado, son cada vez más las que caen en el olvido. Se les resta importancia y, en algunos casos, mueren. Muchas pierden el subsidio con el que contaban por falta de público que aliente su existencia y terminan cerradas. Así mismo, el equilibrio y bienestar de estos centros, donde la cultura intenta mantenerse viva, suelen sufrir los estragos del tiempo, sin que a nadie le preocupe demasiado. Y, además, por los limitados recursos con los que cuentan para mantenerse, pierden el esplendor.

 

Sentada en la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, en la ciudad de Bogotá, pienso en lo refrescante que es el aire que se respira en estos recintos. Parece diferente, como cargado por una onda mística y ancestral. Y aunque estoy concentrada en mis pensamientos de una manera especial, al mismo tiempo puedo conectarme con todo lo que me rodea. Con personas de otras disciplinas, amantes de la lectura, estudiantes, jubilados y hasta empleados freelance que encuentran en las bibliotecas un espacio ideal para desempeñar su trabajo, porque las bibliotecas también son espacios de socialización.

Mónica Solano

 

 

Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Imagen de Mónica Solano.

La primera guardiana de la tribu Chartam

El sonido de los tambores y los cantos de la tribu Chartam calentaban uno de los inviernos más fríos que habían azotado la región. Reunidos alrededor del árbol de Nimue, los herederos se preparaban para la ceremonia del guardián. Desde una esquina, Kane miraba cómo la trenza dorada de Aru se agitaba con el viento. Recuerdos de una infancia feliz junto a su hermana revolvieron las entrañas de Kane. Con la cabeza agachada, Aru le rezaba a la diosa Nimue. Rogaba por salir victoriosa y ser la primera mujer de la historia en proteger a su tribu.

El precio para mantener a salvo la comunidad de los Chartman era que el cacique perdiera a uno de sus hijos. Por otra parte, las leyes eran sagradas y los dos hermanos, que tenían el derecho a portar la insignia del guardián, debían pelear hasta la muerte para conseguirla. Si rechazaban el mandato, toda la población sufriría la ira de la diosa y quedarían a merced de Andras.

Cuando el chamán alzó su báculo al cielo, los hermanos juntaron las manos en posición de oración. Hicieron una reverencia, extendieron el brazo derecho hacía el árbol y, con la palma abierta, tocaron el tronco verdoso. Una savia caliente viajó por sus dedos hasta que sus ojos se tornaron de color esmeralda. Los hermanos se tocaron la frente y el mentón, como señal de estar preparados para la batalla. El chamán les recordó que el vencedor obtendría el poder de la diosa Nimue y se convertiría en un guerrero invencible. Sería el guardián de la tribu hasta su último aliento.

De repente, el suelo bajo sus pies emitió un crujido que apagó los cantos y el sonido de los tambores. El cielo se llenó de nubes negras y la oscuridad se posó sobre la llanura. Aru miró a Kane y extendió su mano hacía el suelo. Cuando agitó los dedos, una hiedra viscosa brotó de la tierra. Sin tocarla, la lanzó con fuerza hacía su hermano. Kane saltó como si pudiera volar y esquivó los latigazos, que raudos se acercaban hasta él. En un giro, elevó su mano al cielo y atrapó un relámpago con el que golpeó el rostro de Aru y le cortó la mejilla. Aru cayó al suelo. Se pasó la mano por la herida, limpió la sangre y miró a Kane que flotaba sobre el manto de nieve.

El corazón de Aru latió con fuerza, los ojos centelleantes de su hermano le hicieron temer lo peor. Pero Kane dudo unos instantes antes de lanzar un nuevo relámpago y Aru logró esquivarlo con una destreza inesperada. Y fue en ese momento cuando agitó de nuevo los dedos y otra rama de hiedra creció bajo los pies de Kane. Las raíces lo sujetaron de un brazo y lo arrojaron contra el suelo. El golpe hizo temblar la nieve que cubría la llanura. Kane no pudo reaccionar a tiempo después de la caída y la enredadera le aprisionó las manos, ya no podía realizar ningún hechizo. Las ramas subieron con velocidad hasta rodearle el cuello. Aru sintió un ardor que le subía por la garganta al ver a su hermano tan cerca de la muerte. Cerró los ojos, apretó los puños con fuerza y, cuando los puso sobre el pecho, Kane expiró su último aliento. La tribu se quedó en silencio mientras observaba como el cuerpo del heredero se desvanecía entre la hiedra y sus cenizas retornaban a los cimientos del árbol de Nimue.

Los rayos del sol se abrieron paso entre las nubes. La hoja dorada se iluminó en la copa del árbol. Aru se quitó la túnica y trepó desnuda por las ramas más gruesas. Cortó la hoja y la conectó a su sistema circulatorio desde su muñeca. La savia dorada le recorrió las venas y el color de sus ojos cambió de esmeralda a dorado. El brazalete de la diosa se formó alrededor de su antebrazo y un manto de seda le cubrió el cuerpo. Aru descendió del árbol por el camino que formaron las ramas. Mientras avanzaba, las miradas vibrantes de sus adeptos calmaron el dolor por la pérdida de su hermano. La tribu Chartam recibió con júbilo a su nueva guardiana.

Mónica Solano

 

Imagen de Henryk Niestrój

Los rituales. Recetas mágicas para crear hábitos

En todas las culturas, religiones, incluso en nuestra experiencia cotidiana tenemos la oportunidad de encontrarnos con rituales. Cada vez que me dispongo a escribir me aseguro de que todas las cosas estén en su lugar. Es mi ritual personal. Si no tengo abierta la libreta al lado derecho del portátil, una taza de café caliente al lado izquierdo y una buena playlist sonando, no me fluyen las palabras. No es de extrañar que me haga un lío cuando no se cumplen estas condiciones, porque los rituales son vitales para los seres humanos y han marcado los momentos más importantes de nuestra historia.

Durante siglos, la coexistencia de diferentes tradiciones ha conformado varios tipos de mestizaje cultural. Esto ha generado una gran riqueza, complejidad y diversidad de costumbres expresadas a través de rituales. En lo referente al agro, hay culturas que emplean un calendario para pedir que los cultivos crezcan, que haya buenas cosechas y que el ganado se críe sano y fértil. Existen diversas celebraciones de culto. Algunas como la Pachamama, uno de los rituales más antiguos y de mayor importancia en la región Andina, cuya finalidad primordial es el restablecimiento de la reciprocidad entre el ser humano y la naturaleza. Con la ofrenda o pago, el campesino pide permiso a la Pachamama para poder abrirla y devuelve de manera simbólica algo de sus frutos.

La época colonial se caracterizó por la superposición de divinidades, cultos y centros ceremoniales. Todo este sincretismo se expresa en las fiestas patronales que se celebran en la comunidad Andina. En ellas se reafirma la identidad cultural mediante rituales: procesiones, desfiles con danzas y música, ferias agropecuarias y artesanales, comidas típicas y actividades culturales, cuya base o principio es ancestral y permanente, de respeto a la tierra y a sus diferentes manifestaciones.

En Colombia, nuestros indígenas nos legaron piezas de oro y barro, mitos, leyendas y costumbres que han perdurado gracias a la tradición oral. Hace unos años visité la Laguna del Cacique Guatavita y me sorprendí con la riqueza cultural. En la reserva forestal hay un equipo de aproximadamente veinte guías, todos de ascendencia muisca, y a cinco minutos del parque del municipio hay un resguardo indígena, en el que se trabaja por conservar sus tradiciones. La Laguna de Guatavita es la más célebre de las lagunas sagradas de la cultura precolombina de los Muiscas. En ella se escenificaba el legendario rito de El Dorado, que tenía lugar cada vez que se entronizaba un nuevo cacique. El nuevo jefe entraba desnudo a la laguna, montado sobre una balsa, y se sumergía en las aguas. Al mismo tiempo los súbditos lanzaban a la laguna pequeñas estatuillas de oro.

Los rituales han acompañado al hombre desde tiempos inmemoriales. No hay religión que no los utilice como parte importante de sí misma ni persona que no tenga el suyo propio. Existen los rituales asociados al ciclo vital de una persona: los que se realizan antes del nacimiento, el del bautizo, la ceremonia del matrimonio, la construcción de la casa y el relacionado con la muerte, el último momento importante del ciclo.

Por razones místicas o cotidianas, los rituales responden a una necesidad del ser humano. Los religiosos se hacen para pedirle salud o prosperidad a un dios y los cotidianos expresan una costumbre que hacemos todos los días de forma indefectible.

Esto me lleva a considerar los rituales que tenían muchos escritores, porque tener uno formaba parte de esos buenos hábitos de escritura que los ayudaban a escribir más y a ser más productivos. The Guardian publicó un artículo en julio de 2015, en el que recopilaban los rituales de escritores famosos, que consideraban más peculiares. Les comporto los que más me llamaron la atención:

T. S. Eliot

El gran poeta de The Waste Land se pintaba la cara de verde para escribir, en lo que parece ser el gesto más sorprendente, una especie de drag poético. Al parecer Eliot hacía esto para “no parecer un empleado de banco” y tomar el aire distinguido y extravagante de un poeta, siguiendo tal vez la imagen del dandi de Baudelaire. Pintar su cara de verde con un polvo también podría ser una forma de tomar una personalidad dramática.

F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald vivió como nadie el sueño de bonanza de la era del jazz y los “roaring 20”, el exceso y el glamour. Muchos escritores escribían borrachos, pero Fitzgerald elegía en concreto el champagne cuando iba a escribir. La frase: “Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiado champagne es justamente bueno”, se atribuye a Fitzgerald.

George Bernard Shaw

El escritor George Bernard Shaw construyó un cobertizo montado sobre un mecanismo giratorio que le permitía escribir siguiendo el curso del Sol todo el día, en una estupenda práctica heliográfica. Su cabaña también tenía el propósito de aislarse de la civilización, algo que compartía con muchos escritores. “La gente me molesta”, escribió Shaw, “vengo aquí a esconderme de ellos”. En este cobertizo, Shaw escribió algunas de sus obras maestras, como Pigmalión.

Durante mucho tiempo se ha mitificado el proceso de escritura de los grandes autores, como una especie de lucha con su propia mente. Algunas de sus técnicas obedecen a una lógica de estímulos comunes que propician la creatividad, como el café, el alcohol y la música. Otras son más extrañas y parecen entrar dentro de una región cabalística, como es el caso de Isabel Allende, que antes de empezar a escribir encendía una vela y cuando ésta se apagaba, interrumpía su proceso. Alejandro Dumas que vestía una sotana roja y unas sandalias para conseguir una prosa excelente, mientras que Víctor Hugo prefería estar desnudo para obligarse a escribir.

Para cerrar, les dejo este artículo de Sinjania “9 consejos para crear tu ritual de escritura”, por si se animan a crear uno.

Mónica Solano

 

Imagen de English

A las 6:14 PM

Sentada en los primeros escalones de acceso a su casa, Antonia se fumaba un cigarrillo. En cada bocanada de humo gotas de sangre le chorreaban de sus manos. Se miraba los dedos con detenimiento y examinaba cada una de las líneas que la sangre seca había dibujado en algunas de las coyunturas. Las ideas viajaban con rapidez en su cabeza. Faltaba poco para que llegara la policía. Sabía que no tenía una coartada. Sonreía y se daba cuenta de que, por más que tratara de sentir un ápice de arrepentimiento, nada le había producido más placer.

El sonido de las sirenas hizo que se perdiera aún más en sus pensamientos. Aunque observaba con claridad cómo corrían los hombres uniformados hasta su puerta, en un parpadeo viajó en el tiempo. Estaba de nuevo con las llaves en la mano, lista para entrar en la casa.

6:14 p.m. Antonia llegó a su casa más temprano de lo acordado. Llevaba varios días fuera de la ciudad en un viaje de negocios y había dedicado algunos minutos libres para idear un plan y sorprender a su esposo.

Aunque, a los ojos de los demás, el matrimonio de Antonia era como un cuento de fantasía, siempre había pensado que sus esfuerzos no eran suficientes para tener un matrimonio feliz y estaba convencida de que no era la mujer que se merecía su esposo. Tobías era de esas personas que provocaba tener sexo todo el tiempo. Sus pestañas largas, su cabello sedoso y su cuerpo atlético eran suficientes para sentir un cosquilleo por la piel. Era el hombre con el que toda mujer soñaba. Siempre estaba pendiente de los pormenores del hogar. Mantenía la nevera llena de comida gourmet y decoraba con mimo todos los rincones de la casa. En los cinco años que llevaban casados, Antonia creía que nada había estado fuera de lugar. Bueno, sí había algo: ella. Hacía semanas que no se tocaban. Cruzaban palabras cordiales cuando se encontraban en el pasillo. Dormían en la misma cama, pero estaban ausentes. Antonia tenía todo lo que deseaba, menos a su esposo.

Abrió la puerta de la casa, se quitó el vestido y se quedó solo con las botas negras de caña alta. Sacó una botella de vino del bolso y subió las escaleras con cuidado para no alertar a Tobías. Cerca de la habitación oyó unas voces, en realidad unos susurros. Frunció el ceño y pensó detenerse, pero decidió continuar. Cuando llegó a la puerta se le resbaló la botella de la mano al ver a su esposo. El ruido de los cristales chocando contra el piso llamó la atención de Tobías, que estaba tendido sobre la cama, vestido con un corpiño de cuero, mientras disfrutaba del placer que le producía su amante. Antonia se agarró con fuerza al marco de la puerta. Todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Las tripas se le retorcían en el vientre. Se tapó la boca con la mano para ahuyentar las náuseas. Tobías se acercó con prisa y trató de auxiliarla. Antonia ya estaba a pocos centímetros del suelo.

La espiral de emociones le nubló el juicio. Con una mano cerca del piso sintió el pico de la botella quebrada, se aferró a él con fuerza y sin pensarlo se lo enterró a su esposo en la garganta. Se cayeron al suelo entre los gritos desgarrados del amante que se levantaba de la cama para ayudar a Tobías. Con la sangre brotando en cascada por el cuello, entre unos dedos que trataban de estancarla, Tobías exhalaba su último aliento. El amante se aferraba al cadáver, horrorizado. Sus ojos enrojecidos se encontraron con los de Antonia. Se abalanzó sobre ella e intentó estrangularla. Antonia apretó el pedazo de botella en su mano y le cortó la cara. El hombre la empujó y salió dando un traspié. Antonia se levantó del suelo y lo hirió en la espalda, varias veces. El hombre logró salir de la habitación. Gritaba sin parar mientras descendía hacia la puerta de la casa. Salía en busca de ayuda y a la mitad de la cuadra se cayó y murió desangrado. Antonia bajó por la escalera, sin prisa, contando los pasos. Cogió el bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió y se sentó en el segundo escalón. Se miró las manos aún temblorosas y pensó: “¡Un hombre, Tobías! Ahora entiendo por qué nada era suficiente para ti”. Expulsó con fuerza el humo de sus pulmones y cerró los ojos. 

La mano del oficial sobre el hombro la apartó de sus pensamientos. Pronunció unas palabras que se perdieron entre el eco de los murmullos de los vecinos, entre el sonido de las sirenas y entre el pitido de sus oídos. Para Antonia ya nada tenía importancia. No podía volver en el tiempo aunque, si fuera posible, los volvería a asesinar. La sangre en sus manos le daba un nuevo sentido a su vida.

Se puso de pie con ayuda. Todavía desnuda y con las botas negras que le había regalado su esposo en su último aniversario. El oficial la cubrió con su abrigo y la escoltó hasta la patrulla. Antonia dibujó algunos círculos con los dedos en la ventana del automóvil y se despidió de su casa. Era una asesina.

Lunes 6:14 p.m. Llegó el momento de conocer el veredicto. Se oyó como un eco en la sala: “Pena de muerte”. Antonia sonrió y se contempló las manos una vez más.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Julia Bilyk

Otra noche que debo ser alguien más

Miras por encima del hombro y ves a una mujer de pie, con un traje colmado de colores. Hecho de retazos que se yuxtaponen formando una recopilación de tonos lúgubres, perfectos para la ocasión. El atuendo lo complementan unos zapatos anchos con borlas rojas en la punta y una peluca de color azul con cabellos ensortijados que le caen sobre los hombros.

–¿Qué haces aquí?

Giras por completo y lanzas una mirada desafiante al espejo. Ahora la mujer tiene un vestido blanco. Te sonríe mientras danza en medio de la lluvia. En ese momento sientes cómo las gotas te humedecen el rostro. La brisa te despeina y te arrebata el escozor que caminaba a grandes pasos por tu cuerpo. Llena el agujero que tenías en el pecho y calma los retorcijones que sentías en el estómago.

De repente quieres escapar. Salir corriendo y tomar el primer vuelo a cualquier parte. Cambiar de posición. Tener un nuevo destino y conocer un lugar inesperado. Aunque también podrías quedarte y girar hasta el cansancio. Pero sabes que no estás danzando con la lluvia. Te revuelcas en lágrimas y dejas salir los demonios en pequeñas gotas cargadas de agonía. De nuevo te falta el aire. La opresión en el pecho hace que pierdas la noción del tiempo. Has reparado en cada parte de ese rostro muchas veces y siempre ves la imagen de una desconocida. De una mujer que no sonríe así tenga una desproporcionada peluca azul sobre su cabeza y la cara pintarrajeada. Te detienes en sus ojos inertes, descoloridos, y tratas de entender cómo cada lágrima fluye, aunque su rostro sea inexpresivo. No hay dolor, ni alegría.

–¿Quién eres?

La vida no es lo que deseabas y en definitiva no es lo que planeaste con detalle cuando tenías veinte años. No sabes qué quieres, no sabes hacia dónde ir, ni cómo detener los pensamientos que te incitan a dejar de ser lo que eres. No hay futuro más allá de las tablas. Estás anclada a la silla del camerino porque no has dejado de ser una niña ingenua cargada de temores, que no se arriesgará a cambiar su realidad. Muchos colores te adornan el rostro y tu traje de tintes discordantes te convierte en otra persona. Una que tiene por oficio hacer reír a carcajadas.

La luz roja del camerino se enciende. No queda más tiempo para divagar entre pensamientos inútiles. Es momento de reconstruir el maquillaje estropeado. Te pones la nariz roja y sonríes a medias a la extraña del espejo. Estás lista de nuevo para ser alguien más. Escuchas en un eco los aplausos provenientes del auditorio, el público está impaciente. La ovación te sacude hasta los huesos y sabes que es hora de salir a escena.

A unos pasos del telón un estallido de luces te seca la garganta y se te hace un nudo en el vientre. Una vez más debes ser la heroína de la falsa comedia. Todos los asistentes han pagado por el gran evento y esperan que tu representación valga cada peso. Das un paso hacia adelante y te preguntas si esta noche cumplirás con sus expectativas: “¿Los aplausos trascenderán las paredes del teatro? ¿Los gritos descontrolados y las risas curarán algunas almas?”. Tomas una bocanada de aire, relajas los hombros, mueves el cuello de un lado a otro antes de poner la cabeza en alto. Te abres paso entre el telón y empieza la función.

Mónica Solano

Imagen de Giorgos Daskalakis

¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, “el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino”, y, sobre todo, “instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual”. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la “bilis negra” los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: “Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”. El escritor José María Guelbenzu afirmó: “No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Con esto nos explicó que “instalarse en la infelicidad es imposible”, que conviene disfrutar de los momentos felices y también “abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad”.

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

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