¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, “el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino”, y, sobre todo, “instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual”. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la “bilis negra” los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: “Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”. El escritor José María Guelbenzu afirmó: “No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Con esto nos explicó que “instalarse en la infelicidad es imposible”, que conviene disfrutar de los momentos felices y también “abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad”.

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

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Una decisión, tres perspectivas

Lexi dibujaba círculos en el piso con su pie izquierdo. Con la cabeza agachada miraba los rieles de las vías. Se ajustó la maleta en la espalda, tomó aire y pensó en las consecuencias de su decisión. Cerró los ojos y dejó volar su imaginación mientras los trenes que pasaban a toda velocidad la despeinaban.

Se vio parada en la estación. El tren con dirección a Ámsterdam había arribado. Subió los escalones sin prisa. Miró su boleto, buscó el asiento y se acomodó junto a un chico rubio. Parecía de su misma edad. Conversaron durante el camino y Gabriel le contó que estaba estudiando ingeniería ambiental. Era alemán, pero vivía en Ámsterdam desde hacía tres años. Tuvieron una conexión inmediata. La charla animada hizo el viaje más corto. Al bajarse del tren, intercambiaron sus números de teléfono. Siguieron viéndose durante meses. Se hicieron novios y un siete de diciembre se casaron. Fue una ceremonia sencilla, con pocos invitados. Celebraron el amor en Venecia y a los nueve meses nació Dante. Lexi dejó su trabajo en la universidad y se dedicó a su labor de madre y esposa. Vivieron felices hasta que un otoño Gabriel se enfermó y murió.

Lexi abrió los ojos y sacudió la cabeza para alejar aquella imagen de una vida normal, en la que se casaba, tenía una familia y vivía como la mayoría de los mortales. Un perro la olfateó y sintió un escalofrío. Lexi se pasó las manos por los brazos y de nuevo cerró los ojos.

Otra vez estaba de pie sobre la misma plataforma. Vio su vida pasar frente a sus ojos mientras se acercaba el tren con dirección a Ámsterdam. Tomó aire y se lanzó a las vías. Escuchó como un susurro los gritos de las otras personas que estaban en la estación. Se quedó a oscuras en un instante. Estaba suspendida en la nada y solo podía imaginar cómo sería la vida después de su muerte. Un policía se acercó al cuerpo que yacía sin vida sobre las vías. Revisó sus pertenencias y encontró una billetera. “Lexi Cohen”, dijo en voz alta, y pasó la identificación a su compañero. Sacó el celular de la mochila y buscó el número de teléfono de algún familiar. Solo tenía grabados los números de tres personas. Llamaron a la primera de la lista. Una voz ronca contestó y cuando escuchó los detalles del incidente les informó que Lexi era su antigua empleada, que el día anterior había renunciado para iniciar un nuevo proyecto en otra ciudad. No se le pasó por la mente que tenía la idea de quitarse la vida. “Siempre fue muy reservada, no se relacionaba con nadie en la oficina, no tenía amigos ni familiares. Era una persona solitaria. Es una pena que nunca haya querido integrarse”, dijo el señor Duarte con la voz entrecortada. Empacaron el cuerpo en una bolsa negra y lo llevaron a la morgue. Después de la autopsia, sus restos se quedaron en una fosa común.

Con la imagen de su cuerpo refundido entre un montón de desconocidos el corazón le dio un salto y abrió los ojos. Su vida no podía terminar como si hubiera sido un fantasma. No tendría un funeral, no sería recordada, nadie lloraría su ausencia. Quitarse la vida, sin haber vivido lo suficiente, era una pésima idea. Se pasó la mano por el rostro, luego por el cabello y volvió a cerrar los ojos.

Una vez más estaba de pie en la plataforma. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba a toda velocidad. Cuando se estacionó anunciaron por los altavoces la hora de salida. Hicieron varios llamados. El tren partió y Lexi se quedó inmóvil, dejó que se fuera sin ella. Caminó hasta el paradero de taxis y se subió a uno. Le pidió que la llevara al Boulevar Saint Michel. Cuando llegó, buscó un café. Se sentó en una de las mesas libres y pidió un granizado. Sacó el celular y llamó a su antiguo jefe. Le explicó las razones por las que había renunciado y le pidió su trabajo de vuelta. El señor Duarte accedió. Lexi se acercó al estante de revistas que tenía el café, cogió un periódico y buscó un piso donde quedarse. Al día siguiente regresó a la oficina. Sus compañeros estaban felices por verla de nuevo. Hizo grandes amigos. Asistió a fiestas, viajó por el mundo. Se jubiló y una noche de invierno murió de un ataque al corazón.

Lexi abrió los ojos y no pudo contener la risa que la sacó del ensueño. Tampoco creía posible que su vida tomara ese rumbo. Movió la cabeza de un lado a otro para sacudir las ideas. Había tomado la decisión de avanzar en otra dirección, de dejar de ser un fantasma, y tenía tres perspectivas: arriesgarse con un nuevo comienzo en un lugar donde también sería una desconocida, pero en un lugar diferente, a fin de cuentas. Acabar con su vida y morir siendo alguien que no quería ser o darle una oportunidad a su antigua vida. Lo cierto es que tenía más opciones, pero solo había pensado en tres.

El reloj de la estación marcaba las 8:25 AM, faltaban cinco minutos para que arribara el tren. Lexi se encontraba ante una encrucijada. El temor que sentía por haber tomado una mala decisión la tenía paralizada, pero estaba segura de que no podía continuar estática, inerte como una sombra. Tenía que dar el salto de fe, lanzarse al vacío de la incertidumbre y luchar con todas sus fuerzas para salir a flote. La plataforma gruñó bajo sus pies y las piedras empezaron a moverse sobre los rieles. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba. Lexi sujetó la mochila con fuerza. En ella cargaba toda su vida. Podía dejar todo atrás, o regresar, sin mayores inconvenientes. No era una carga muy pesada. Miró las vías y oyó el crujir de los rieles. Estaba cerca. Cerró los ojos y se imaginó una vez más cómo sería empezar de nuevo. El tren se detuvo y se abrieron las puertas. Las personas que pasaban por su lado la empujaban. Una pareja discutía, un niño lloraba y Lexi solo permaneció inmóvil unos minutos más. Cuando escuchó por los altavoces el último llamado, abrió los ojos.

Mónica Solano

Imagen de Silvia & Frank

¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary

El beso de un extraño

Alicia se paró en las escaleras del ferry y aspiró el olor de la brisa. Descendió hasta el primer escalón para volver a tierra firme. Fijó la mirada en el horizonte y recordó que hacía varios años que no estaba tan cerca del mar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas que golpeaban la bahía y agitaban los veleros. Una ráfaga de viento le erizó los vellos de la piel.

Después de tres horas de vuelo y cuarenta y cinco minutos en barco, había llegado al lugar que tanto anhelaba. A unos cuantos pasos, cerca de los botes viejos de la guardia costera, se encontraba la estación de ferries. Suspiró y se aseguró la mochila en la espalda. En cuanto se armó de valor, caminó hacia la estación y buscó el centro de información.

En la sala de espera, junto a las cajas de pago, un viajero discutía con la supervisora porque había perdido su equipaje. Y unas cuantas personas estaban esperando al siguiente ferry. “Al parecer no es temporada alta”, pensó mientras se acercó al estante en el que atendían a los visitantes. Sobre él había bonos de descuento, publicidad de hoteles y folletos con planos de la isla. Tomó un mapa y lo apretó en su mano. Echó una mirada a su alrededor y vio una cafetería cerca de la entrada principal. Se aclaró un poco la garganta y le pareció que sería un buen lugar para refrescarse. Jugando con el mapa se acercó a la caja de pago y pidió un café granizado. Junto a ella, una pareja compartía un batido y discutían sobre el clima. Buscó un sitio libre, dejó la mochila en la silla y extendió el mapa en la mesa. Estudió las posibilidades que le ofrecía y marcó con un bolígrafo los lugares que le gustaría visitar. El museo de arte moderno, la casa de la cultura, la catedral. Todas eran buenas opciones para iniciar su travesía por la isla. Sin embargo, antes de comenzar las visitas turísticas, haría una corta caminata por la playa. Tenía hasta las nueve de la noche. Era un tiempo más que suficiente para recorrer el lugar. Después de tomar el último sorbo de café, agarró la mochila, caminó hasta el paradero de autobuses y buscó el transporte con dirección a la playa más cercana.

Por la ventana se veían las diferentes tonalidades de azul que tenía el mar y cómo las hojas de las palmeras se agitaban con el viento. Cuando se bajó del bus, muy cerca de las escaleras de acceso a la playa, divisó a dos mujeres desnudas tumbadas sobre hamacas y, a lo lejos, a un surfista que cabalgaba las olas. Se quitó los zapatos y dejó que la arena se le escurriera entre los dedos. Metió los pies en el agua y caminó hasta el extremo de la playa. A poca distancia había un bar y se le antojó tomar un cóctel. Esa mañana conoció a Luciano.

Cuando se dirigía a la cabaña vio detrás de la barra a un chico de su misma edad, con la piel bronceada y una camiseta blanca que le marcaba la figura. Lo que más le llamó la atención de aquel extraño fue el intenso azul de sus ojos que contrastaba con el negro de sus cabellos. Cuando llegó frente a él, un hormigueo le recorrió el cuerpo desde los pies hasta los muslos. Empezó a respirar deprisa y el calor le subió al rostro.

Se sentó en una de las sillas de la barra y pidió una Martini. El chico la miró y se mordió el labio inferior. En ese momento se sintió como si estuviera desnuda. Trató de ocultar su incomodidad desviando la mirada y sonrió.

–Hola, soy Luciano. Mejor te voy a preparar mi especialidad –dijo el extraño mientras agitaba la copa que llevaba en la mano.

–Soy Alicia. Gracias.

Cuando Luciano terminó con la bebida le preguntó qué estaba haciendo en la isla. Alicia le contó que había ido a pasar unos días, porque hacía poco se había graduado en la Escuela de Artes y en unas semanas iniciaría una maestría en artes plásticas en París. Desde que empezó sus estudios, había soñado con conocer el lugar que llamaban la fuente de las ideas. Luciano le dijo que era un escritor nativo de la isla, y el mejor de la región preparando cocteles.

A medida que iba charlando con el extraño, se detenía en algunas partes de su cuerpo y pensaba que podía ser su alma gemela, la que estaba segura que había muerto. Nunca había sentido una conexión semejante con otras personas. A sus veinticuatro años solo había tenido un novio; todo un desastre. Pero ahora, el tono de voz de Luciano la hipnotizaba y con sus palabras aumentaba el calor de su rostro. Era como si se conocieran de toda la vida. Detuvo sus pensamientos y, antes de llegar a hablar, Luciano le dijo que tenía la tarde libre y que podría servirle de guía. Alicia apretó las manos para ocultar las ganas de gritarle que estaba encantada, y solo le dijo que sí.

Cuando se vieron a la salida, Alicia le entregó el mapa en el que había marcado los sitios que le gustaría conocer. Pero él ni lo miró y le dijo que la acompañaría a los mejores lugares, a los que no estaban señalados en los mapas. Alicia accedió y dejó que Luciano tomara las riendas del itinerario.

La llevó hasta el parqueadero de autos, y cuando le acercó un casco de motocicleta, se le cortó la respiración. Las motos le provocaban mucho miedo, pero no quería retractarse. Luciano le ayudó a ponérselo. Alicia se tomó unos segundos, respiró de forma pausada y se subió. Sintió un resquicio de tranquilidad cuando presionó las manos contra su cintura.

–¿Estás lista? –preguntó y encendió la moto.

–Sí –respondió Alicia mientras cerraba los ojos y lo abrazaba con fuerza.

Iniciaron el recorrido por la isla. A medida que avanzaban sentía cómo el viento le golpeaba la piel. Se bajó la visera del casco y abrió los ojos para admirar el paisaje. En la isla había muchas construcciones que conservaban la estructura de antiguas colonias de indígenas, que las habitaron hacía cientos de años. Se sentía extasiada viendo el paisaje y, aunque no quería que terminara el recorrido, deseaba ilustrarlo todo cuanto antes.

Pararon en varios lugares que pensó que sólo existían en las revistas de viajes. Las imágenes de castillos junto a corales y enredaderas con flores blancas le parecían una patraña publicitaria. En cada estación, Luciano hacía una breve reseña. Contaba historias de piratas, de tesoros perdidos, de viudas que se murieron en la orilla del mar esperando a sus amantes. Caminaron por cavernas, se mojaron los pies en piscinas naturales y compartieron el vacío que se siente cuando se está parado sobre un risco. Hablaron de la vida, de sus sueños y dijeron algunas verdades a medias.

La última estación era el molino de sal. Dejaron la motocicleta en la calle y caminaron hasta el mercadito de artesanías locales. Luciano le obsequió una manilla con la piedra característica de la región y ella atesoró el regalo entre sus manos.

Sentados en lo alto del molino, le pidió que se quedara esa noche en la isla. Podía tomar el ferry de la mañana y así tendrían unas horas más. Alicia buscó entre su lista de excusas la más adecuada para negarse a la invitación, pero no tenía ninguna; y quería quedarse. Sabía que podía retrasar su viaje unos cuantos días y conocer un poco más de la isla y a Luciano. Pero, después de meditarlo bien, la verdad la tomó por sorpresa. En algún momento tendría que partir y volver a la realidad. Para qué alargar lo inevitable. “Dejar que pasen más cosas, con la certeza de que no podremos estar juntos, sería una tontería”, pensó. Se lamentó por su mala suerte y rechazó la invitación. Debía ir cuanto antes a la estación de ferries.

Cuando llegaron al puerto, le devolvió el casco y le agradeció el recorrido. En un descuido, Luciano la sujetó, le acarició el rostro y la besó. El tiempo se detuvo mientras saboreaba la humedad de sus labios. Y, suspendida entre sus brazos, hizo a un lado los temores y dejó que sus manos le recorrieran el cuerpo. Se miraron durante unos segundos, quería grabar en su memoria cada parte de su rostro. Dio unos pasos hacia atrás, se apartó de sus brazos y subió al ferry. Sentada en una de las bancas de la parte superior se despidió de la posibilidad de tener una aventura con un extraño. Parado en el puerto, Luciano no dejó de mirarla.

El cabello se le revolvía con la brisa y Alicia solo podía concentrar su atención en el chico del bar que había agitado su mundo. Se pasó los dedos por los labios y saboreó el mejor beso que le habían dado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano

En los sueños de un hombre solitario

Alfie vislumbró un rayo de luz entre las cortinas. Había amanecido. Se pasó las manos por el rostro, se frotó los ojos para despejarse y se limpió el sudor de su frente. Respiró hondo y dejó escapar un bostezo. Había soñado que se reunía con las personas a quienes, de una u otra manera, les había hecho daño. Estaban todos congregados en la sala de su casa. La música del tocadiscos animaba el lugar. Las copas, rebosantes de vino tinto, chocaban unas contra otras y las risas se oían como un eco por toda la habitación. Durante el sueño, había tenido la oportunidad de expresarles sus sentimientos a todos ellos, de abrirles su corazón y de explicarles lo infeliz que se sentía por haberlos lastimado. Los besos y los abrazos iban y venían y Alfie sintió que eran símbolo del perdón que le brindaban. No había hecho cosas terribles en su vida, pero sí algunas que quisiera olvidar.

La ilusión de poder cambiar su pasado y de tomar otras decisiones rondaba por su cabeza cómo una idea obsesiva. “Si todo fuera como escribir alguna errata y luego darle delete en el ordenador”, se decía. Pero sabía que las acciones permanecen y que no podía cambiarlas, que debía vivir con las consecuencias de sus actos.

Había sido un sueño increíble. Cada abrazo lo había sentido tan real y tan humano, que albergó la idea de haber navegado en un recuerdo y no en un producto de su imaginación. El regocijo de su corazón era tan grande que pensó que se le iba a salir del pecho con el ímpetu de cada latido.

Alfie se llevó la mano al cuello para apaciguar la sensación de ahogo y cerró los ojos para controlar la respiración. Revivir el sueño lo ponía ansioso. Poder disculparse y expresar su sincero arrepentimiento había sido muy liberador y placentero.

Ahora que estaba despierto se sentía triste. La alegría del momento había desaparecido. Se había desvanecido como todas aquellas personas que había alejado de su vida. Deseaba volver a estar dormido, regresar a ese lugar en el que podía arreglar las cosas sin prejuicios y permanecer allí para siempre.

Estar despierto le recordaba la cobardía que le impedía encarar a sus fantasmas. Sabía que no tenía la fortaleza suficiente para lidiar con el rechazo de sus buenas intenciones, que la culpa lo consumiría hasta los huesos y que el miedo no lo dejaría avanzar.

Sacudió las frazadas, se levantó de la cama, se acercó a la ventana y cerró la cortina para que la estela de luz se apagara. Debía mantener firme el propósito de mejorar sus pasos, y parte de la solución era cerrar un poco la boca para que las palabras equivocadas no salieran con tanta facilidad. Pero sabía que no sería una tarea sencilla dominar la verborrea que le salía sin control, cada vez que la ira se apoderaba de sus emociones. Estaba seguro de que, una vez más, sus palabras lo traicionarían y volvería a desear haberse quedado callado. Pero en ese momento, en el que las recriminaciones le llegaban como una avalancha, y a pocos minutos de iniciar su rutina, lo que más deseaba era volver a soñar, viajar a ese instante en el que las malas decisiones se podían cambiar.

Alfie se recostó de nuevo en la cama, se puso en posición fetal, se aferró a las frazadas y cerró los ojos con la esperanza de recuperar el curso de aquel sueño. Quería ver una vez más la sonrisa de Lucía mientras le tomaba la mano, sentir la calidez de su abrazo y sus labios rozando sus mejillas. Dejar atrás la soledad que lo embargaba desde aquella noche en que, la única mujer que le había dado sentido a su vida, desesperada de lidiar con sus demonios, lo había abandonado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

¿Loba solitaria o loba de manada?

Cuando decidí tomarme en serio la escritura, todos los temores me cayeron en avalancha. ¿Y si descubro que es una locura? ¿Y si piensan que tengo instintos asesinos porque mi personaje es un psicópata? ¿Y si no tengo talento? La lista era aún más larga y las excusas se ponían unas detrás de otras, haciendo que todos esos temores me paralizaran los dedos. Cuando publiqué mi primer texto fue como pararme desnuda sobre un escenario, frente a un montón de personas que no me conocía y esperar a que cada una emitiera un juicio sobre mí, sin la posibilidad de defenderme. Estuve varios días mordiéndome las uñas para calmar mi ansiedad. Todavía me sudan las manos cuando recuerdo lo aterrada que me sentí hasta que recibí las primeras críticas. Por suerte, fue menos catastrófico de lo que esperaba. Y pensé: “Es increíble cómo nos empeñamos en ver las cosas más nefastas de lo que son, en ver que nada es suficientemente bueno”. Ese día descubrí que mi temor más grande no era al fracaso o a no tener madera de escritora, ¡no! Era a sentirme expuesta y vulnerable. Tuve una ardua batalla con mi ego. Pero me fui despojando de todos los prejuicios y complejos, y aprendí a recibir las críticas con humildad. ¡Hasta me he vuelto adicta! Ahora me encanta que me señalen las erratas y que me hagan sugerencias. Si no, ¿de qué otra manera podría avanzar en este camino?

He tenido la oportunidad de encontrarme con varias personas con las que he compartido mi pasión por las letras. Unas han pasado de largo y otras me han dejado grandes enseñanzas. Pero solo algunas, como mis amigas mocadianas, han permanecido a mi lado para acompañarme. Me siento muy afortunada de poder contar con ellas en esta aventura, porque siempre están alertas para que no decaiga cuando las cosas no me salen como yo espero.

Otra de mis grandes pasiones es el cine. Hace poco vi Genius, la película que me inspiró este artículo. Es un bosquejo de la relación entre el novelista Thomas Wolfe y Maxwel Perkins, el editor que se hizo famoso con las publicaciones de Fitzegarld y Hemingway. Perkins y Wolfe, trabajaban en la edición de la primera novela de Wolfe y el editor le señalaba al novelista algunas líneas que se podrían mejorar o párrafos de los que debería prescindir. Y, gracias a sus acertados comentarios, Wolfe logró sacar a la luz su primera obra maestra, El ángel que nos mira, con la que se hizo muy famoso. Perkins fue un importante aliado para el novelista. Cuando terminé de ver la película, pensé que yo tenía la suerte de contar no solo con un aliado, sino con tres. Antes de publicar mis relatos, les pido a mis amigas que les echen una mirada, y ellas con mucho cariño, me señalan alguna coma mal puesta y me dan ideas para mejorarlos. Aunque no siempre coincidimos, sus críticas dotan a mis escritos de un sabor muy especial. Contribuyen a que sean algo más que ideas sueltas en una hoja. Muchos llegan a tener un gran número de versiones y, cuando leo la última, me siento muy a gusto con el resultado. Si comparo la primera con la definitiva, y dejo de lado el ego que envolvía a la primera versión, descubro que esas pinceladas eran necesarias y que mis relatos han ganado en concreción y verosimilitud.

La relación de Maxwell Perkins y Thomas Wolfe no era solo de editor y autor, también eran amigos. Y fue la amistad la que logró sacar lo mejor del escritor. En una escena de la película, Thomas defiende a capa y espada su prosa, llena de florituras y de adjetivos. Entonces Max le insiste en que ha convertido en tedioso, un capitulo que era muy atractivo, al recargarlo con descripciones y adornos literarios. Al final, Perkins le demuestra que puede conseguir que sea más fluido e impactante si elimina todo lo innecesario. En ese punto solté unas cuantas carcajadas, porque recordé todos esos momentos en los que he mirado con desdén alguna crítica de esas que, al final, terminan ganándome la batalla.

Otra de las ventajas de no lanzarse a esta aventura en solitario está relacionada con el uso mismo de la lengua. Cuando leo un libro y me encuentro con nuevas palabras, o con algunas que tenía por ahí guardadas en el subconsciente, me pregunto si el autor tendría a mano un diccionario mientras escribía.

Quiero afirmar que estoy convencida de que, en la literatura, es de suma importancia contar con un vocabulario bien nutrido. Cuantas más palabras conozcamos, más sencillo nos resultará darle una voz original a nuestras historias. Pero no debemos abusar de palabras demasiado artificiosas. Eso solo dificultaría al lector la tarea de interpretar nuestras intenciones comunicativas.

En las charlas con mis amigas, cuando comentamos los relatos, afloran palabras que para mí, y para ellas, son nuevas, porque pertenecemos a culturas diferentes. En esa comunicación enriquecemos nuestras formas de expresión y aprendemos algunos modismos que son característicos de nuestras regiones. Por ejemplo, adoro leer los relatos de Carmen Romeo porque siempre aprendo vocablos que desconocía y descubro más cosas de su cultura, que es fascinante.

La lectura nos ayuda a enriquecer el vocabulario. Y las palabras son signos dinámicos que, como la cultura, se van transformando a través del tiempo, en respuesta a las necesidades humanas. El lenguaje evoluciona con los años debido a las modas, las tendencias, la geografía o al cambio de visión del mundo y de la realidad. En muchos casos la lengua se ha llegado a deformar. Aunque los usos y las costumbres siempre estarán por encima de las reglas, porque la lengua es de todos, no debemos olvidar que, en literatura, una idea se convierte en una gran idea si cuenta con una buena estructura narrativa.

Estas reflexiones me han llevado a recordar un artículo del blog de Diana P. Morales “Por qué los escritores necesitamos pertenecer a una tribu”, donde plantea la importancia de formar parte de un grupo en el que podamos compartir nuestros escritos e intercambiar nuestros puntos de vista. Diana afirma que emprender este camino con un grupo de amigos, con pasiones afines, nos permite ganar confianza, impulsar nuestra escritura y contar con el apoyo mutuo. Para mí, esta última ganancia es lo más importante. En mi grupo, Mocade, cuando los días están un poco grises y las ideas son esquivas, resuenan las palabras de aliento, porque dejar de escribir nunca es una opción.

Existe la creencia de que los escritores somos lobos solitarios, que pasamos los días encerrados en compañía de nuestros pensamientos. Y, en parte, es verdad, porque cuando estoy dando vida a alguna de mis creaciones, no quiero que nadie pase por la puerta de mi estudio. Sin embargo, cuando la musa me abandona, porque ha cumplido con su misión, me gusta abrir la puerta para dejar entrar a la crítica. Así que si me preguntan si me inclino por ser una loba solitaria o por ser una loba de manada, les diría que estoy de acuerdo con Diana P. Morales. Me gusta pertenecer a una tribu de escritores, y, por eso, elegí ser una loba de manada, porque hace el proceso más divertido, porque es enriquecedor y porque ayuda a exorcizar los demonios del ego.

Mónica Solano

 

Imagen de Anthony

La noche de las hadas

En el horizonte se podía ver cómo el día se escondía entre las montañas. El césped se oscureció y las flores cerraron sus pétalos cuando la sombra de la noche se posó sobre ellas. La oscuridad duró solo unos segundos. De repente, el cielo se llenó de cocuyos que iluminaron el jardín.

Valeria daba saltos alrededor del árbol de las hadas. Hacia giros infinitos con sus brazos extendidos y sonreía sin parar. Corría de un lado para otro en busca de los capullos que traerían a las nuevas hadas. Su figura mediana destacaba por todo el jardín y la gracia de su danza hacía más cálida la noche. Estaba lista para recitar las palabras y rociar sobre los capullos el polvo mágico. Recostada sobre un árbol, su madre la miraba con una sonrisa serena y el corazón hinchado de amor. Su pequeña, de ojos castaños y pelo lacio hasta la cintura, le robaba el aliento.

–1, 2, 3, 4… –recitaba Valeria mientras movía sus dedos.

–¿Qué haces, hija? –preguntó Amatista mientras se acercaba a ella.

–Contar.

–Y, ¿qué estás contando?

–Cuantas hadas van a nacer esta noche.

–Y, ¿por qué las cuentas? –le preguntó su madre respingando la nariz.

–Por favor, mamá, sabes que puedo pedir un deseo por cada hada que nazca esta noche. Así que quiero saber cuántos deseos me van a conceder.

Amatista le acarició el cabello y la apretó entre sus brazos. El aullido de los lobos despertó a las aves que descansaban en las copas de los árboles y el revoloteo de sus alas agitó las hojas, que danzaron en el cielo. Una densa bruma flotaba sobre el jardín. Había llegado el momento.

Valeria cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Se sacudió el vestido y se arrodilló frente al árbol de los capullos. Amatista tarareo una canción que alertó a todos los seres mágicos del jardín. En un instante, estaban rodeadas de toda clase de criaturas.

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–Puedes empezar, hija –dijo Amatista, mientras le ponía la mano en el hombro para animarla.

Valeria miró a su madre y le regaló una sonrisa. Inhaló y exhaló el aire con fuerza y el corazón se agitó dentro de su pecho. Estaba emocionada y, al mismo tiempo, se sentía asustada. Era la primera vez que tenía a cargo la noche de las hadas. La bruma fue adquiriendo un tono violáceo y Valeria suspiró. Abrió sus brazos en posición de oración y pronunció las palabras.

–Una vida en esta tierra, una tierra para esta vida. Nacimos en la oscuridad, descansaremos en la luz. Universo, espacio, tiempo; vivimos para servir.

Valeria esparció el polvo mágico sobre los capullos y se fueron abriendo uno a uno ante los ojos de las criaturas. De cada brote floreció un hada y todas volaban en el jardín agitando sus alas multicolores. La noche se volvió día y el rocío de la mañana trajo consigo un nuevo amanecer.

Doce hadas abrieron sus ojos a la vida. Después de recorrer todos los rincones del jardín, se pararon enfrente de Valeria y, con una reverencia, se pusieron en fila para concederle sus deseos. Cuando la última de las hadas chasqueo sus dedos, Valeria sintió cómo unos labios tibios y húmedos se acercaban a su mejilla.

–Abre los ojos, dormilona, es hora de ir a estudiar –dijo Amatista mientras le daba un beso a Valeria.

–Mamá, acabas de arruinarme un sueño maravilloso.

–¿Estás segura de que fue un sueño?

Mónica Solano

Imagen. Alejandro Uribe 

 

 

 

¿Por qué me fascinan tanto los arquetipos?

El hombre ha despertado en un mundo que no comprende, y por eso trata de interpretarlo. Carl Gustav Jung

Desde que asistí a un taller, en el que se utilizaban los arquetipos para definir patrones de comportamiento de un grupo de consumidores, me sentí fascinada por esta idea tan atrayente. Fue así como empecé a leer más y a darme cuenta de que no solo se podían aplicar en las investigaciones de mercado, sino que también los usaban otras ciencias. Y que se habían convertido en herramientas muy importantes en la literatura y hasta en la biología.

Los arquetipos, según entiendo, son unos patrones emocionales y de conducta con los que procesamos las sensaciones, las imágenes y las percepciones como si fueran un todo. En realidad, son los constituyentes esenciales de lo que concebimos como naturaleza humana. Y lo abarcan todo, desde lo animal hasta lo espiritual.

La base teórica para la aplicación de este método es el trabajo psicoanalítico de Carl Gustav Jung, que se centra, fundamentalmente, en lo que él llama el inconsciente colectivo. Los arquetipos se pueden sintetizar y combinar entre ellos, dando lugar a una gran cantidad de modelos arquetípicos. De esta forma, el inconsciente colectivo se convierte en una fuente inagotable de arquetipos, que no solo hacen referencia a personajes, sino también a espacios, situaciones, caminos y transformaciones. Los arquetipos se suelen clasificar en eventos, como el nacimiento o la muerte; en temas, como la creación o la venganza; y en figuras, como el viejo sabio o la virgen.

Jung transportó el psicoanálisis a un plano en el que los fenómenos ancestrales, originados en nuestra cultura, dan forma a nuestra manera de ser. Creía que, para explicar el inconsciente, debía llevar su teoría a un terreno que trascendiera las funciones del cuerpo humano. Y concebía “lo inconsciente” como una composición de aspectos individuales y colectivos. Jung hacía referencia a esa parte secreta de nuestra mente que tiene un componente heredado culturalmente y que conforma nuestra manera de percibir e interpretar las experiencias que nos ocurren. 

Los arquetipos en la literatura

Cuando escribimos historias, una parte muy importante es la creación de personajes, porque sus motivaciones, sus acciones y sus reacciones llevan el peso narrativo. La literatura está llena de arquetipos, de personajes del mismo tipo básico con patrones entendibles universalmente. Por eso, si usamos un patrón del que ya se ha abusado mucho, corremos el peligro de que el lector conozca el desenlace desde el primer capítulo. No obstante, si los empleamos bien, son muy útiles porque le hablan a la conciencia humana y provocan respuestas emocionales que impulsan a seguir leyendo hasta el final.

Un personaje, un lugar o un objeto, pueden comenzar representando a un arquetipo y a lo largo de la historia cambiar a otro. Incluso pueden representar a varios al mismo tiempo. Un caso común de cambio de arquetipo es el del villano que, tras ser derrotado, pasa a ser un aliado. Y un caso habitual de varios arquetipos en el mismo personaje es el del héroe que también es un embaucador.

Según el guionista Christopher Vogler, los arquetipos no son personajes inamovibles con roles fijos, sino formas de comportamiento y conductas, que cumplen un papel en determinado momento, de acuerdo con las necesidades del relato. Los arquetipos deben tener dos funciones primordiales: la psicológica o parte de la personalidad que representan, y la dramática en la historia que queremos contar.

Si hemos decidido usar este recurso, es importante que, además de envolver a nuestros personajes con un arquetipo, les otorguemos una profundidad. Tenemos que evitar que se vuelvan evidentes y acaben siendo clichés.

Las historias arquetípicas desvelan experiencias humanas universales que se visten de una expresión única y de una cultura específica. Las historias estereotipadas carecen tanto de contenido como de forma. Se reducen a una experiencia limitada de una cultura concreta disfrazada con generalidades. Robert Mckee

Arquetipos y estereotipos

En el libro “Medios de Comunicación y Género”, la antropóloga y profesora de periodismo  Elvira Altés Rufia, afirma que todos los discursos que pretenden ser comprendidos por un amplio número de personas tienden a simplificar sus explicaciones y a proponer imágenes y metáforas asimiladas previamente por la audiencia. De ahí que el uso de los estereotipos constituya un recurso frecuente en los medios de comunicación. Pero es muy peligroso, porque estas imágenes estáticas, a partir de la generalización de un rasgo de los miembros de una comunidad, transmiten ideas consensuadas y ocultan la complejidad de las motivaciones humanas. Con esta simplificación, podemos caer en el reduccionismo y en la manipulación.

Si vestimos a los arquetipos con los elementos históricos y sociales del momento, los convertimos en elementos sancionadores, sobre todo si los hemos construido a partir de prejuicios. Así concebidos, designan las cualidades deseables y las no deseables. Es decir, señalan las cualidades que deben rechazarse en una persona que proviene de cierta zona del mundo o que forma parte de un determinado colectivo. Por ejemplo, afirmar que todas las mujeres bonitas son ignorantes es un estereotipo que solo sirve para discriminar y agredir. Y ahí entra en juego la principal característica de los arquetipos: su dualidad. Y, con las sucesivas reformulaciones de los arquetipos, que cada sociedad presenta y actualiza, se van convirtiendo en los estereotipos, con el fin de simplificarlos.

La economía mental juega un papel determinante en el uso de los estereotipos. Algunos autores consideran que estos sesgos sociales se deben al funcionamiento de los sistemas neurocognitivos dedicados a percibir y a categorizar de manera automática. En las relaciones interpersonales es común centrar la atención en los aspectos sobresalientes de la persona que tenemos enfrente. Percibimos y descartamos información, evaluamos y, finalmente, elegimos unos atributos. Cuando no disponemos de muchos datos, ahorramos tiempo calculando de modo automático los aspectos destacados de su perfil. Con toda esa información, construimos los mapas de las categorías sociales como el sexo, la edad, el origen, el estatus o la profesión, que luego contribuirán a formar nuestra identidad personal y a delimitar los grupos sociales a los que pertenecemos.

Todo lo que nos irrita de los demás, nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos. Carl Gustav Jung

Si tuviera que decantarme por alguno de los arquetipos que conozco, sin pensarlo mucho, elegiría la sombra. Es el que más me gusta porque personifica los rasgos que nos negamos o que ignoramos de nosotros mismos. Por ejemplo, si nos consideramos valientes, jamás pensaremos que también podemos ser cobardes. Y, aunque es un rasgo que tenemos, lo rechazamos porque lo consideramos inaceptable. De esta forma, vamos construyendo una “imagen especular” en la que almacenamos todas las cosas monstruosas. En un primer estadio, podemos ver esta sombra como un ser atroz que nos acecha para hacernos daño, como la bestia de un cuento de hadas. Pero, una vez que nos hemos percatado de su existencia y la aceptamos, se convierte en algo cercano a un ser humano, y hasta llega a parecerse a quienes somos en realidad.

Como decía al principio, los arquetipos me fascinan porque me ayudan a entender un poco mejor el mundo tan complejo en que nos movemos.

Mónica Solano

Imagen. Gerd Altmann

Los pasos firmes del demonio

Tres de la mañana. Tus ojos se abren de golpe. Una vez más, las manecillas del reloj están en la misma posición. ¡Qué peculiar es despertarse a la hora del demonio, en el instante en que las almas del purgatorio andan sueltas!

Paralizada en la cama empiezas a respirar cada vez más deprisa. Echas un vistazo por el rabillo del ojo. El reloj de la pared no miente, lo sabes, en cualquier minuto vendrá por ti. Tocas tu pecho buscando liberar la presión, tragas saliva con dificultad y sientes cada latido de tu corazón marcar su llegada. Te envuelves en las frazadas como si fueran una armadura que puede protegerte. Pasas la mano derecha debajo de la almohada y, en una búsqueda a ciegas, acaricias tu salvación. Sueltas un suspiro de alivio. Esta noche estás preparada.

¡Ahí está! El sonido de la puerta cerrándose. Los pasos firmes del demonio se escuchan como un eco por toda la casa, se aproxima. Escuchas su voz en un susurro gimiendo tu nombre. Viene por ti, trae su talego para envolverte y llevarte al infierno.

Te tiemblan las manos, te sudan los pies y la respiración entrecortada te hace sentir mareada. En cualquier momento te vas a desplomar sobre el piso. La tensión se intensifica y aprietas los ojos con fuerza, no quieres ver su llegada. No hay tal salvación debajo de la almohada. Te aferras con más fuerza a las frazadas y en un grito ahogado dejas que se escurran algunas lágrimas por tu rostro. Es entonces, en ese instante en el que todas las emociones están a punto de provocarte un colapso fulminante, cuando sientes una mano deslizándose por tu cintura y aferrándose a tu cuerpo.

–¿Estás bien amor?

En medio de la oscuridad se cruzan con dificultad las miradas y una ráfaga de viento inesperada te seca los labios.

–Está aquí.

Mónica Solano

Imagen de Mystic Art Design