Y, ¿si es una niña?

—Mami, ¿mi hermanito cuándo va a salir de ahí? —preguntó Mariano y acarició la barriga de Alicia.

—¿Hermanito? ¿Por qué crees que será un niño?

—No va a ser una niña mamá. ¡A ver! —el tono de voz de Mariano aumentó ligeramente.

—Pero, ¿y si es una niña?

—Mira mamá, no va a ser una niña, porque yo le pedí al Niño Dios que, para navidad, me trajera un hermanito. Un hermanito con el que voy a jugar fútbol y nos va a gustar lo mismo. Por eso no va a ser una niña.

—Bueno, pero, ¿y si es una niña?

—Una niña no, mamá. ¡Qué asco! Las niñas son aburridas, lloronas y fastidiosas. No, no, no. ¡Es un niño!

—Muy bien, pero deberías pensar qué pasaría si fuera una hermosa niñita.

—¡Sería horrible!

Mariano dio media vuelta y caminó hasta su habitación. Alicia se quedó pensativa en medio del corredor. Su hijo estaba empecinado en que tendría un hermanito, pero la última ecografía había confirmado que sería una niña. ¿Y ahora? ¿Cómo se lo iba a decir? Y, sobre todo, se preguntó cómo le haría entender que, hiciera lo que hiciera, no dejaría de ser una niña.

Pasaron los días y Mariano seguía con los planes para la llegada de su hermanito. Tenía preparada una bolsa de juguetes con carros, balones, figuras de acción y juegos de hombres, como solía llamar a todo lo que, según él, solo les gusta jugar a los niños. Detrás de la puerta tenía pegado un calendario, que le había regalado su padre, en el que marcaba los días que iban pasando. Una tarde se paró enfrente de él y se dio cuenta de que había muchos días marcados.

—¿Cuántos días faltan, mami? He marcado muchos, muchos días y mi hermanito nada que sale de ahí —afirmó Mariano señalando la prominente barriga de Alicia.

—Falta poco. No te preocupes —respondió Alicia y le sacudió los cabellos dorados.

El veintitrés de diciembre, por la mañana, Alicia sintió una fuerte punzada en el vientre bajo. Caminó hasta la cocina, donde había dejado su celular y le marcó a Julián.

—Ya es hora. Corre que me duele mucho.

Julián salió del trabajo sin fijarse en todos los pendientes que tenía que resolver, se subió al auto y transitó por la avenida a más de cien kilómetros por hora. Recogió a Alicia en la casa y la llevo a la clínica. Antes de entrar al quirófano, llamó a su madre para que recogiera a Mariano en el jardín de niños.

Cuando Mariano llegó a la clínica, Alicia ya había dado a luz y estaba en una habitación, llena de flores, globos y osos de felpa. Mariano se acercó a su madre y vio que entre sus brazos había un pequeño bebé que tenía en la cabeza un gorro rosado.

—Mamá, ¿por qué mi hermanito tiene un gorro rosado?

—Porque no es un niño, es una niña. Acércate para que conozcas a tu hermanita.

Mariano retrocedió unos pasos.

—No mamá, ese no es mi hermanito. Recuerda que te dije que el Niño Dios me iba a traer un hermanito.

Julián miró a Alicia, antes de que ella pronunciara alguna palabra y con la mirada le dejó claro que él se haría cargo de la situación.

—Mariano, tener una hermanita también es genial, también podrán hacer muchas cosas juntos. Yo tengo una hermana y es la mejor del mundo. O ¿no te parece genial tu tía Aida?

—No papá, es que… —Mariano se detuvo y empezó a llorar— es que las niñas son horribles. Lloran por todo, ponen quejas… En el jardín… tú no sabes cómo son de fastidiosas.

—Pero esta niña es tu hermana, eso la hace la niña más especial de todas las niñas del mundo. También podrán jugar las cosas que te gustan, compartir secretos y hacer pijamadas. Y cuando seas más grande descubrirás que las mujeres son maravillosas.

Mariano se limpió la nariz con la manga de la camisa, hizo un esfuerzo por contener los sollozos y miró de reojo a la bebé. Julián lo tomó de la mano y se acercaron a la cama donde estaba Alicia. Julian cargó a su hija y se sentó en el sofá que estaba a un lado de la cama. Mariano se acercó con cautela y miró a su hermanita. Cuando sus miradas se encontraron una sonrisa se dibujó en el rostro de la bebé. En ese momento Mariano pensó que no estaba tan mal tener una hermanita.

—Papi, ¿puedo escoger el nombre?

 

Mónica Solano 

 

Imagen de Virvoreanu Laurentiu

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Aromas, esencias, fragancias, ¡olores!

Hace unos días pasé por una cirugía para conseguir respirar mejor y viví una experiencia bastante particular. Tuve la oportunidad de conectarme con el olfato, mi sentido más deficiente. Estuve seis días sin poder oler nada. ¡Sí! Nada. Y fue terrible. A mi alrededor todo parecía un poco muerto. Aunque podía maravillarme con colores vibrantes, deleitarme con formas atrayentes y degustar sabores únicos, me faltaba algo. Era como si mi experiencia de vida estuviera incompleta.

Cuando me sentaba en la mesa y veía humear la comida recién preparada, me resultaba frustrante no percibir ningún olor. Podía imaginarme que el cilantro con su aromática esencia me haría estornudar o que el olor dulce y suave de la piña madura me dejaría un gustillo azucarado en la punta de nariz. Pero solo podía imaginármelo. No podía percibirlo y mucho menos combinarlo con el resto de mis sentidos.

Pensé en El Perfume de Patrick Suskind. Estoy segura de que así se debían sentir las personas cuando estaban cerca del pequeño Jean Baptiste Grenouille que, en medio del hedor del pescado y la basura, no emanaba ningún olor. Al igual que a Jean Baptiste me obsesionan los olores. Como acabo de decir, el olfato es mi sentido más deficiente y podrán comprender que mi dificultad para captar los aromas me hiciera sentirme más sensible.

Como ha solido pasarme con otras experiencias, esta también me llevó a pensar en la importancia de incluir los cinco sentidos en mi escritura. Y en este artículo me gustaría hablar de la importancia del olfato.

Cuando estoy leyendo y me encuentro ante una escena en la que el personaje camina por una playa, soy consciente de que el narrador me muestra cómo la brisa le acaricia la piel y le deja un sabor salado en la boca. La arena se desliza entre sus dedos y en la planta de los pies le quedan pequeñas marcas. Veo cómo el mar se funde con un cielo azul resplandeciente que hace picar los ojos y el personaje necesita parpadear varias veces para calmar el ardor. Al final puedo imaginar una bandada de gaviotas que se lanzan en picada contra el agua y salen con un pez chapaleando entre la boca. Su aleteo se oye por toda la playa. Me doy cuenta de que puedo recrear perfectamente el escenario, pero algo me falta. El personaje hunde sus pies en la arena y sus pensamientos vienen y van en un atardecer perfecto. Y entonces hago una pausa y me pregunto: ¿A qué huele? ¿A qué huele en el momento en que camina sumergido en sus pensamientos? ¿Huele a pescado y mariscos? ¿A sal? ¿A mar? Pero, ¿a qué huele el mar? Puede que a una combinación de gases refrescados por la biodiversidad vegetal y animal del océano. O quizás puede que sea tonto preguntármelo porque todos sabemos a qué huele el mar. Pero, ¿sería suficiente si en la escena el narrador me contara que olía a mar? ¿Estaría la escena completa?

Me pregunto qué pasaría si el personaje viera a pocos metros a una joven que está tumbada en la arena con un bikini de flores y un sombrero de ala ancha que le cubre el rostro. Entonces me imagino la escena.

El personaje camina hacia ella y cuando está a unos pasos siente un olor almendrado. Ese potente aroma le entra por la nariz y le desgarra los pulmones. De repente recuerda esa fragancia, le resulta familiar. Ha convivido con ella durante más de veinte años. La joven usa el mismo bronceador que se aplicaba su esposa, fallecida hace unas semanas. Si cierra los ojos, le parece sentirla todavía a su lado, como cuando pasaban horas tendidos bajo el sol en esa misma playa.

Definitivamente el olor marca una diferencia en la narración porque es especifico. El olor a mar no es suficiente para esta escena, puesto que me permite recrear un momento cualquiera. Pero si hablo del olor a almendras que emana del cuerpo de una mujer, me conecta de una forma más personal y más profunda con la relación que tenía el personaje con el amor de su vida.

Sin la presencia de ese aroma concreto, puede que el personaje se encuentre con la joven, que pase de largo, que siga disfrutando del mar y de la brisa, y que más adelante nos enteremos de que hace unas semanas perdió a su esposa. Podríamos incluir otros sentidos como por ejemplo el tacto. O podríamos hacer una combinación de sentidos. Pero si no incluimos el olfato, ¿lograríamos el mismo impacto? Yo creo que no, porque los recuerdos que nos evocan olores tienen más fuerza y más carga emocional que los recuerdos que evocamos con otros sentidos.

Y todo esto se debe a que el bulbo olfativo es una parte de nuestro sistema nervioso central que se encarga de dar un significado a los olores que nos entran por la nariz. Cuando recordamos algo asociado a un olor, ese recuerdo tiene una amplia carga emocional. Hay una fuerte conexión entre en el sentido del olfato y nuestra memoria. Cuando olemos algo nos lleva a un momento concreto del pasado y, junto a los recuerdos, nos trae las emociones y los sentimientos del momento que estamos evocando.

Es fácil describir formas, porque cualquiera puede imaginarlas sin mucho esfuerzo. Pero les confieso que cuando se trata de un olor me parece muy difícil. No basta con decir que, mientras el personaje camina, la frescura del mar lo envuelve y se encuentra con un aroma conocido. El narrador debe ir más allá y conseguir que el lector pueda olfatear lo mismo que el personaje por unos segundos. Y que en ese instante le surja un recuerdo. Por eso debemos ser muy cuidadosos en las descripciones y relatar con gran fidelidad lo que está sintiendo el personaje.

Conectarme de una manera más íntima con mi sentido más deficiente me ha hecho darme cuenta de que en la escritura no es suficiente mostrar y no limitarnos a contar, sino que es muy importante dar un paso más: conseguir que el lector vibre con nuestra historia. Y esto solo lo lograremos si escribimos para que pueda experimentar cada escena con los cinco sentidos.

 

Mónica Solano

 

Imagen de PublicDomainPictures

Hoy es un buen día para ceder ante los caprichos

Dejas de teclear en el celular y tomas el libro que te está esperando desde hace días. Lo abres y notas cómo se escapa un poco de arena. Acaricias una de las hojas y los granos que estaban escondidos se te pegan en la piel. Entonces te pasas la mano por la nariz y aspiras el olor del papel. Cierras los ojos y te transportas a aquel instante en el que leías el libro, sentada en la playa. De repente puedes ver el mar agitándose y escuchar el sonido de las olas golpeando contra la arena. Te estremeces al sentir los pies sumergidos en el agua. Se te escapa el aire de los pulmones, se te secan los labios y ahuyentas el estupor que te embarga con una sonrisa. Cuando abres los ojos, te decides a leer unas páginas y te encuentras la frase que tanto te emocionó en aquel momento: “Amanece y el tiempo transcurre despacio y silencioso entre la bruma. Mis pies eligen el destino, no tengo prisa, solo curiosidad”. Sientes cómo revolotean las ideas en tu mente, y piensas que hoy es un buen día para ceder ante los caprichos, para abandonarte al deseo de vivir a tu manera, sin prejuicios ni temores. Cierras el libro, te levantas de la silla, sales a la calle y dejas que el viento te despeine.

 

Mónica Solano

 

Imagen de StockSnap

Pequeñas acciones = Grandes cambios

Hace unos días recibí un hermoso comentario de una de nuestras lectoras, que revolucionó todo a mi alrededor. Me sentí muy complacida al saber que lo que escribo mueve a otras personas, y así se lo manifesté. Gracias a sus palabras, experimenté una satisfacción única. Luego mi amiga Adela me sorprendió con una publicación en Mocade, inspirada en ese mismo artículo. No podía estar más feliz. Fue mágico, me sentía espléndida. En ese momento pensé en lo increíble que resulta el impacto que logran las pequeñas cosas.

Hay momentos en los que me pongo a reflexionar sobre cómo lograr un impacto positivo en el mundo. Pienso que me gustaría dejar huella y formar parte de las acciones que revolucionan y transforman. Pero la mayor parte del tiempo creo que tienen que ser cosas inmensas, cosas que estén fuera de mi alcance porque soy una simple mortal. Siempre tiendo a magnificarlo todo y a pensar que, si no es lo suficientemente grande, no funcionará. Desde hace unos meses estoy convencida de que estaba equivocada.

 

El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.

 

La teoría del efecto mariposa nos enseña que un pequeño cambio en cada una de las variables que afectan el comportamiento de un sistema puede producir grandes cambios en el mismo. Le debemos el término al meteorólogo estadounidense Edward Norton Lorenz, un pionero en el desarrollo de la teoría del caos. Y nos plantea que, según las condiciones iniciales de un determinado sistema, el más mínimo cambio puede provocar que progrese. De esa forma, el simple e imperceptible aleteo de una mariposa introduce una variable que condicionará cómo se desencadenarán los acontecimientos en el resto del mundo. Si, por ejemplo, aplicamos esta teoría al cambio de hábitos, conseguiremos ver que las cosas no son tan difíciles como suponíamos, porque pequeñas acciones podrán dar lugar a grandes cambios.

 

Hace algunas semanas, en el blog de Mujer Holística observé que María José Flaqué cerraba sus artículos con lo siguiente:

P.S. Esta es mi entrada No. 92 del Proyecto de 100 Días

Fui hacia atrás en sus publicaciones y encontré que hacía unos meses había publicado el artículo “El proyecto de 100 días y mi compromiso”. En ese momento se había comprometido a escribir un artículo diario para el blog de Mujer Holística durante cien días y documentarlo en su cuenta de Instagram. Ese era el primero del proyecto. Hace unos días escribió el número cien:

La razón por la cual me comprometí a hacer un artículo por día fue porque me costaba mucho sentarme a escribir y además analizaba todo lo que plasmaba en palabras escritas, mil veces antes de publicarlo. Apretar el botón de publicar era todo un tema, tenía que estar todo perfecto y tardaba días en decidir si me gustaba lo que había creado. Ahora no.

Me pareció fantástico y me identifiqué con sus palabras. Investigué un poco más sobre esta iniciativa y esto fue lo que encontré:

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#The100DayProject es un proyecto artístico de un profesor de la Universidad de Princeton, que animó a sus alumnos para que, durante cien días, escogieran un tema, realizaran algo artístico y lo documentaran en un diario o en algo similar. A raíz de esto, Elle Luna (artista y autora del libro The Crossroads of Should and Must: Find and Follow Your Passion) y Lindsay Jean Thomson, creadora de la plataforma de empoderamiento de la mujer Women Catalysts, le dieron continuidad al reto en https://the100dayproject.org. La edición de este año se realizó el 4 de abril.

La dinámica es muy sencilla: primero escoges una acción que quieras realizar durante cien días, luego te comprometes públicamente a realizarla y ¡ya está!, solo resta ponerte a trabajar.

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Navegando por la Web, he visto que muchas personas se han adherido a este proyecto, y ¿cómo no formar parte de algo tan inspirador? Porque esta iniciativa pretende despertar la creatividad y mantenerla viva a través de pequeños actos diarios. Cualquier persona puede participar. El objetivo es emprender una acción que impulse un cambio en nuestros hábitos, en nuestro estilo de vida o que nos permita sacar adelante aquello que tenemos entre manos y no hemos podido llevar a cabo, por las razones que sean. Lo importante es comprometernos y trabajar todos los días, a pesar de las dificultades que se nos presenten en el camino.

La semana pasada empecé la última etapa de mi proyecto de novela, pero ha sido un suplicio sacar el tiempo necesario para sentarme a escribir. Siempre tengo una excusa, un contratiempo, un “pero” y, al igual que le pasaba a María José, me cuesta un montón dejar de darle vueltas y vueltas a todo, lo que hace más difícil avanzar. Escribir forma parte de mi propósito de vida. Compartir mi imaginario y poner a volar la imaginación es mi meta. Por lo tanto, hoy me uno al proyecto de los cien días y, como sé que soy bastante complicada, elegí algunas reglas y me marqué unos objetivos concretos y alcanzables para facilitarme el proceso:

 

  1. Mi proyecto consistirá en escribir 10 páginas diarias de mi novela (mínimo 1.600 palabras al día).
  2. Sin correcciones. Solo escribir y escribir.
  3. Lo haré todos los días en la noche. A la misma hora.
  4. No soy mucho de publicar cosas personales en redes sociales, pero creo que este motivo se merece el esfuerzo, así que todos los días publicaré en mi Facebook cuando cumpla con el reto: #hoyescribí10páginasdemiproyectode100días
  5. Mi regla principal será disfrutar y deleitarme con cada minuto de escritura.
  6. ¡Las reglas son para romperlas! Si un día no puedo escribir a la misma hora, pues lo haré más tarde o más temprano, o si me toma más tiempo del planeado, escribiré más. ¡Esto no es una camisa de fuerza!
  7. Tener a la vista la regla número cinco: Lo más importante es ¡disfrutar!

 

Al principio de este artículo les decía que las pequeñas cosas también marcan la diferencia, como por ejemplo escribir algo que inspire y que logre robarle una sonrisa a una persona que la necesita o recibir una buena crítica que nos alimente y nos ponga en movimiento. La mayor parte del tiempo no somos conscientes de que tenemos la suerte de despertar otro día y de que, una vez más, podemos agradecer que en el mundo todavía hay cosas buenas y que las estamos recibiendo. No necesitamos grandes acciones para lograr un impacto en lo que nos rodea. Solo tenemos que estar dispuestos a hacer pequeños cambios en nuestros hábitos que nos conviertan en entes transformadores, que roben algunas sonrisas y que sean fuente de inspiración.

Hoy será mi primer día del proyecto. En mis próximas publicaciones les contaré cómo voy y, cuando finalice, les compartiré el resultado.

Mónica Solano

Imágenes de #The100DayProject y Anja

El circo espacial

El 25 de julio, a las trece horas de la Tierra, el ingeniero biomédico Toulouse arribó a la estación espacial Ícaro. Después de veinte años de trabajo en el laboratorio de genética de la NASA le habían asignado su primera misión. Una de las que se clasificaban en el rango más alto de confidencialidad. En plena euforia, decidió embriagarse con su esposa y no leyó el Manual de Contacto Kyvos que le había entregado la teniente Smith. “Ya tendré tiempo para leerlo cuando esté en la estación”, pensó.

El estómago se le retorcía en una ruidosa sinfonía. El dolor era tan intenso que el sudor se le escurría por la frente. Cuando la cápsula espacial tocó la superficie del planeta se tomó unos minutos. Respiró hondo, se ajustó el traje y armado de valor descendió por las escaleras. Cuando pisó el terreno arenoso con sus botas espaciales sintió que la bilis le destrozaba la garganta.

Al principio no estaba seguro de si lo que veía era una alucinación por el alcohol, de la noche anterior, o si de verdad estaba enfrente de una comunidad circense, a miles de millones de kilómetros de la Tierra. En ese momento se arrepintió de haber aceptado la misión sin conocer más detalles.

Movió la cabeza de un lado a otro, pero la imagen no se desvaneció. Fijó la mirada y vio con claridad las carpas puntiagudas, con rayas rojas y blancas, que se alzaban en el horizonte. Banderines de colores rojo y azul se agitaban en lo alto de los toldos. Estaba en un planeta habitado por un circo espacial. “De tantas especies que hay en el universo, por qué tengo que recolectar muestras de un maldito circo”, pensó. Y renegó una vez más por su mala suerte. Regresó a la cápsula, organizó el maletín con el equipo de recolección y se acomodó el traje. Con la mirada fija en el tablero de la manga derecha revisó la provisión de oxígeno. En el panel titilaba una cifra: siete horas.

—Tiempo suficiente para recoger las muestras y abandonar el planeta —dijo mientras cerraba el casco y oprimía el botón para liberar el oxígeno. Activó la grabadora en su cuello y emprendió la caminata.

—Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos arribé al planeta Kyvos. Lo primero que vi fue una estación espacial con la forma de un espectáculo de circo. Espero no encontrarme con un maldito payaso. ¡Juro que no volveré a beber! ¡Maldición! Borrar. Borrar. Bitácora tres cuatro tres. Día uno. Hace cuarenta y cinco minutos que arribé a la estación espacial Ícaro. Estoy listo para recolectar las muestras de tejidos. Según la teniente Smith, los kyvosi tienen propiedades que facilitarán el desarrollo de órganos artificiales para preservar la raza humana. A las trece horas con cincuenta y cinco minutos de la Tierra no he visto ningún habitante. Caminaré hasta la carpa principal del circo. Nuevo reporte a las catorce horas con treinta minutos. Grabar.

De repente, mientras desactivaba la grabadora, Toulouse vio una figura mediana que se aproximaba hacía él. Una vez más sintió que la bilis se le atoraba en la garganta. Con una respiración controlada reprimió las náuseas, no quería vomitar en el traje. Contó de diez hasta uno y juró, por milésima vez, no volver a beber.

El pequeño ser se detuvo frente a él. Toulouse parpadeó un par de veces para observarlo mejor. Un tejido metálico lo cubría. Aunque estaba desnudo, a simple vista, parecía un ser asexuado. Dos cuernos que formaban un sombrero de arlequín le salían de la cabeza. Hacían juego con las marcas que le adornaban el rostro por debajo y por encima de las cuencas vacías. Alrededor de la boca unas líneas negras dibujaban una sonrisa perpetua. Aunque no tenía ojos, Toulouse podía sentir que el kyvosi lo miraba fijamente. ¿Cómo podrá verme?, pensó.

El pequeño arlequín extendió el brazo derecho y uno de los dedos de metal dibujó símbolos en el aire. Una luz roja formó la frase “Bienvenido al planeta Kyvos, terrícola”. Toulouse comprendió que el kyvosi conocía el lenguaje de la Tierra y podía comunicarse con él. Sacó el láser del maletín y escribió en el aire “Gracias. Soy el ingeniero biomédico Toulouse, encargado de recoger las muestras”. El kyvosi le indicó que lo siguiera. Mientras caminaban, mantuvieron una corta charla técnica, en la que le indicó la zona de trabajo, horarios y todo lo referente a la expedición. Al final del recorrido le invitó a una cena especial de bienvenida.

Toulouse, complacido por la invitación, hizo una reverencia como una muestra de gratitud. Cuando se incorporó, una tropa de soldados con lanzas de fuego lo tenían rodeado. En ese momento sintió que todo se movía a su alrededor y que el aire le faltaba. Maldijo entre dientes y recordó la advertencia de la doctora Smith “no entres a la cápsula sin leer el manual”.

“Manual de contacto Kyvos. Doctora Alied Smith. Inciso uno. Las reverencias son consideradas una falta grave en la comunidad kyvosi. Absténganse de realizarlas si no quiere morir desintegrado”.

 

Mónica Solano

Imagen de Rheo

Cuando decaiga tu motivación, rentabiliza tu experiencia

En esta semana, con las tareas hasta el cuello, me resultaba muy difícil escribir y, de repente, me vino la pregunta: ¿Cómo mantener intacta la motivación? Y, mientras intentaba responderla, me di cuenta de que no se trataba solo de la motivación de unos minutos para escribir, sino de cómo mantenerme motivada para todas las cosas que tengo que hacer en un día y las que me gustaría hacer.

Reflexioné unos minutos y descubrí que, con el paso del tiempo, nos sentimos obligados a formar parte de un sistema, en el que las cosas solo pueden ser de una manera. Y en nuestro afán por encajar en él, el miedo se apodera de nuestras acciones y terminamos comportándonos de forma automática, lo que nos lleva a vivir en un estado constante de estrés y ansiedad. La motivación nos decae cuando queremos cumplir con nuestras metas, porque parece que el mundo está en nuestra contra todo el tiempo.

Hoy voy a reflexionar sobre un concepto que me ha ayudado en estos últimos días a mantenerme motivada: la metacognición (Meta=más allá. Cognición=del latín congnitio, acción y efecto de conocer). Según el psicólogo y pionero del concepto, John Hurley Flavell, la metacognición se refiere a la capacidad que tenemos las personas para reflexionar sobre nuestros procesos de pensamiento y la forma de aprender. Gracias a ella podemos conocer y regular nuestros procesos mentales básicos, los que intervienen en la cognición.

Una estrategia para mantener la motivación intacta consiste en conectarnos con nuestra verdadera esencia, con lo que nos define, nos apasiona y nos quita el sueño.

Y esto me lleva a hablar de la metacognición como una alternativa para potenciar la conciencia sobre nuestros procesos cognitivos y su autorregulación, de tal manera que nos conduzcan a transferir el aprendizaje a todos los ámbitos de nuestra vida.

Con la metacognición podemos analizar nuestro pensamiento y, además,  nos permite conocer el nivel de conciencia y conocimiento que tenemos sobre una tarea y su monitorización. Este análisis es importante porque nuestros pensamientos, sentimientos y acciones crean nuestra realidad, determinan cómo nos sentimos y cómo nos comportamos.

“Quiero escribir, pero no tengo tiempo y tampoco soy lo suficientemente buena. Quizás no tengo el talento. Todavía no tengo las competencias. Es imposible sacar el tiempo cuando se tienen tantas obligaciones”. Estos, y otros pensamientos parecidos, me acuden cuando no puedo sacar esos minutos para escribir. Y si todo el tiempo estoy enviando a mi mente mensajes negativos que van en contra de mis metas, lo más seguro es que termine perdiendo la motivación y desista de seguir adelante.

 

“El aprendizaje más importante es aprender a aprender. El conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo. Nisbet y Schuksmith, 1986.

 

El origen de nuestra interpretación mental está en nuestro sistema de creencias, en los programas que tenemos alojados en el inconsciente. Si nuestros pensamientos están dominados por todo aquello que nos atormenta, estamos entregando información negativa a nuestro cerebro y esto frena la motivación, porque ubica a nuestro sistema nervioso en un estado de protección que nos impide crecer y ver las circunstancias desde la apertura y la oportunidad.

La metacognición nos permite ir más allá del pensamiento habitual, controlar los procesos cognitivos y tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos. A medida que la desarrollamos, nos emerge una nueva mentalidad, que nos conduce a nuevas acciones. Adquirimos una nueva visión interior, autorregulamos nuestros estados mentales y descubrimos nuestro propósito vital.

La clave está en mantenernos conscientes, atentos a quiénes somos, qué percibimos y qué experimentamos. Debemos preguntarnos: ¿este es el tipo de vida que quiero llevar? ¿Es así como quiero vivir? En definitiva, tenemos que volvernos conscientes de cómo pensamos, cómo nos sentimos y qué hacemos, para crear una realidad más ajustada con nuestros valores y nuestro propósito. Adquirir una actitud interior correcta nos permitirá mantener intacta la motivación.

Para conservar nuestra mente sana existen varias técnicas. Una de las que más me gusta es activar la relajación a través de la respiración consciente. Esto permite desarrollar nuestra metacognición y, además, aprendemos a observar nuestra experiencia presente en total aceptación, confianza y seguridad. Entrenamos nuestra atención para desarrollar una conciencia que no envía señales de amenaza a nuestro sistema nervioso, y este equilibrio cuerpo-mente nos ayudará a relacionarnos de manera diferente con lo que sucede y lo que pensamos que nos sucede. Y nos permitirá situar nuestras experiencias de vida en un nuevo contexto. Cuando no nos sentimos amenazados le permitimos a nuestro cuerpo activar una respuesta de relajación que restablece las funciones cognitivas y orgánicas, aprendemos a reunir recursos internos y a desarrollar nuestra resiliencia, que es la capacidad que todos tenemos de sobreponernos a la adversidad.

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Cuando tenemos plena conciencia de los mensajes que enviamos a nuestra mente, y que definen nuestra forma de actuar, podemos hacer frente a todo lo que frena nuestra motivación. Dejamos de lado los miedos y nos lanzamos hacía el cumplimiento de nuestros sueños. Recuerda: “Nuestros miedos no definen quiénes somos”. Desarrollar confianza en nuestra capacidad para resolver problemas y confiar en nuestros instintos nos ayudará a construir la resiliencia. Cuando nos enfrentamos a tareas o situaciones que nos producen malestar emocional, influye más nuestra percepción de la situación que la carga real de trabajo o la verdadera magnitud de nuestro problema.

Por esta razón es conveniente tener presente cuál es nuestro objetivo, qué buscamos conseguir con lo que estamos haciendo y cómo nos beneficiará. No enfoquemos las situaciones y acontecimientos de nuestra vida en términos de bien o mal, ganar o perder. Es mejor considerar todas nuestras experiencias como parte de un proceso vital de aprendizaje. Cuando decaiga tu motivación trabaja en tus puntos débiles, en tus carencias y rentabiliza tu experiencia. Y, sobre todo, potencia tus fortalezas. La actitud es la clave.

Mónica Solano

 

Imagen de Karen Arnold

Cuando los recuerdos te desgarran por dentro

A los músicos que guardan en sus notas los momentos más memorables de mi vida.

 

Los recuerdos navegan por mis venas. Como exploradores perdidos se deslizan por mi cuerpo y recorren cada parte del sistema circulatorio. Se me acelera el corazón. Cada latido es un rugido que me desgarra por dentro. Estoy rodeada de personas que cantan efusivas y se deshacen en ovaciones. El eco de las voces de miles de fanáticos me envuelve. Cierro los ojos y puedo verme ahí, de rodillas en el viejo rincón, donde el tiempo no tiene principio ni fin. Pensé que jamás volvería a ese lugar donde las emociones te atacan y te dejan indefenso.

Inhalo una bocanada de humo y me dejo llevar por el sonido agudo de las guitarras. La música de mi juventud me golpea en lo más profundo de mi ser. Los recuerdos siguen viajando por mi piel, danzan inquietos y se arremolinan en mi oído. Me susurran desdichas. Quieren que los deje ir, pero no tengo el valor para ver cómo se alejan de mi vida.

El sudor se me escurre por las manos mientras se forma un nudo alrededor de la garganta y las lágrimas que se amontonan en mis ojos me nublan la visión. Estoy al borde de un colapso, de caer desmayada encima de las personas que gritan y aplauden con frenesí.

Unos brazos me sujetan con fuerza. En ese instante perfecto me siento protegida. Seco mis lágrimas mientras sumerjo el rostro en una chaqueta de jean desgastada. El estallido de emociones contrariadas ha cesado en mi interior. Los latidos han disminuido su ímpetu.

Aún abrazada a mi novio, miro al escenario por encima de su hombro y ahí está él, de pie, imponente, comiéndose el mundo. Luce fantástico con sus pantalones de cuero, la camisa de jean ajustada al cuerpo y la guitarra que reposa sobre su cintura.

Con una reverencia agita su cabello ensortijado ante el público que sigue gritando enloquecido. En ese instante, nuestras miradas se encuentran y con una sonrisa sincera me devuelve a la Tierra.

 Mónica Solano

Imagen de Matteo Zambrano

El uso de los americanismos

Soy de América Latina, pero debo confesar que no conozco todos los modismos propios de mi región. Cuando me pongo a escribir un relato o un artículo, si tengo dudas con alguna palabra, siempre me remito a la Real Academia Española (RAE). Pero hace poco descubrí el Diccionario de americanismos, un repertorio léxico que recoge todas las palabras propias del español de América. Y, sí, puede que esta maravillosa herramienta de consulta exista desde hace varios años, pero yo no la conocí hasta hace unas semanas. Un día, en clase de corrección de estilo, el profesor tuvo la grandiosa idea de compartirnos las mejores fuentes para resolver dudas con el español. Aunque esta historia no comienza con el profesor escribiendo las fuentes en una pizarra. En realidad, todo se desató con un artículo que leí en Internet y que se titulaba “Precipitud inconveniente”. En ese momento me pregunté si la palabra precipitud sería correcta. Inmediatamente consulté la RAE y encontré lo siguiente:

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¡La palabra no estaba registrada! Y había escrito el artículo un diplomático colombiano y, además, profesor universitario. Pero, ¿cómo puede cometer semejante error una persona con ese nivel de educación? Fue lo primero que me vino a la mente. Me sentí un poco indignada por el maltrato que le estaba dando a la lengua. Sin embargo, frené mi enojo, y le comenté a mi profesor lo sucedido. En ese momento ingresó en el Diccionario de americanismos, digitó la palabra “precipitud” y resultó que era una expresión correcta en Colombia y Panamá. Aún resuenan en mi cabeza sus palabras: “que no esté en la RAE, no significa que sea incorrecto”.

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Toda esta experiencia me hizo recordar que desde que inicié mi proceso de escritura me he venido cuestionando el uso de la lengua según el entorno o la cultura. Me parece sorprendente cómo puede cambiar el sentido de una palabra según el contexto y, sobre todo, el lugar en el que se utilice. Encontrar el Diccionario de americanismos ha sido de gran ayuda, porque desde ese momento, acudo a él antes de entrar en cólera y atreverme a afirmar que alguien atropella a la lengua. Y, como soy bastante curiosa, indagué un poco más y encontré lo siguiente:

 

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El Diccionario de americanismos es una obra descriptiva, no normativa, cuyo fin es ayudar al conocimiento del idioma y servir como herramienta de comprensión. En América se usa la mayor parte del español, por lo tanto, es importante conocer el significado de las palabras que se utilizan en este continente para poder comunicarnos mejor.

Según la RAE, los orígenes del Diccionario de Americanismos se remontan al siglo XIX, al tiempo que se constituían las primeras academias americanas de la lengua. Tiene entre sus características fundamentales las siguientes: es un diccionario descriptivo, que carece de propósito normativo y no da pautas para «el bien hablar o escribir»; un diccionario usual, que recoge los términos manejados con gran frecuencia de uso en la actualidad; un repertorio dialectal, pues se ocupa de los términos de todas las zonas americanas, desde los Estados Unidos hasta los de Chile y Argentina, en el extremo sur del continente; un repertorio diferencial, del que quedan fuera las palabras que, aunque nacidas en América, se usan habitualmente en el español general.

En mi búsqueda encontré que el primer diccionario de la RAE se publicó en el siglo XVII y que en primera instancia se consideró un diccionario del “español europeo”, al que de manera progresiva se le fueron añadiendo voces provenientes de América. Aunque el 80% del léxico se usaba en los dos continentes, se creía que el Diccionario de la lengua española (DRAE) no incluía los americanismos, por lo que a finales de dicho siglo surgió la necesidad de hacer un diccionario exclusivo del léxico americano. Hacia 1966, el filólogo paraguayo Marcos Augusto Morínigo, autor del Diccionario de las lenguas indígenas, escribió el Diccionario del español de América, del que existen varias ediciones posteriores. El lingüista y lexicógrafo alemán, Günter Haensch, siguió los pasos de Morínigo y en 1993 escribió el Nuevo diccionario de americanismos.

En todos los artículos y páginas que he consultado, he encontrado que en el DRAE solo se recogen las palabras comunes que se usan en todos los países donde se habla español. Durante muchas décadas se ha dejado de lado, en la selección oficial, la riqueza lingüística que tejen los pueblos latinoamericanos al inventar palabras para decir muchas cosas de manera más cercana.

Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, afirmó en un artículo del periódico El Espectador, en el año 2010 que, si algún lector encontraba, por ejemplo, la palabra “fregado” en una novela e intentaba ir al diccionario en busca de su significado, no lo encontraría. Y nadie le diría así que la palabra “fregado”, dependiendo de si se usaba en México, Colombia o Nicaragua, tenía acepciones distintas: “una persona que está en mala situación”, “algo que es difícil de solucionar” o alguien que simplemente “es inquieto”.

Todo lo que he expuesto me lleva a afirmar que el Diccionario de americanismos no recoge el léxico común a todos los hispanohablantes y, en cambio, recoge con bastante detalle la riqueza de vocablos que se usan de forma natural en los distintos países americanos de habla hispana.

El uso de la lengua que empleamos en nuestros relatos, desvela la visión que tenemos sobre algo, y es posible que esa visión nos llegue mediada por la de otras personas. Con nuestras aportaciones seguimos alimentando la construcción y la transformación del léxico de nuestros pueblos. Todo esto nos enseña que la forma de hablar de un territorio, así como sus creaciones artísticas, es determinante para comprender la historia de dicho lugar. El Diccionario de americanismos ocupa una parcela lexicográfica fundamental. Dadas sus dimensiones, ofrece una descripción fidedigna de la gran riqueza léxica del territorio americano, además de convertirse en testimonio del uso de determinadas palabras que pueden estar condenadas a su desaparición por culpa del proceso de internacionalización del español.

Mónica Solano

 

Imagen de Flockine

El día que llegaste a mi vida

A veces me pregunto cómo sería mi vida si no fuera madre. Si hubiera dedicado esa parte de mi existencia a navegar por el mundo. No les voy a mentir. Ser madre no me ha resultado una tarea fácil. El tiempo se ha convertido en un lujo. La palabra privacidad ha desaparecido de mi diccionario personal. Estoy en el último lugar de la lista para cumplir mis más profundos anhelos, porque esa pequeña personita por la que estoy dispuesta a dar la vida, y hasta a jurar en falso, encabeza mis prioridades. Y eso es así desde el 24 de agosto de 2004. El instante en el que mis manos tocaron la vida de una forma que no había creído posible. Ese día todo cambió para mí.

23 de agosto, 8:00 AM. Se han cumplido las cuarenta semanas. Han sido meses en los que la barriga ha crecido hasta el punto en que las rodillas soportan el peso con dificultad. Las manos están hinchadas y la cara se ha puesto un poquito regordeta. Cuando te miras en el espejo ves a una mujer diferente, a una desconocida. Pero, a pesar de las ojeras, el dolor en las articulaciones y las noches de insomnio, anhelas con todas las fuerzas ver al bebé que te está creciendo en el vientre.

Te atas el cabello con una coleta, te pones el vestido de maternidad y sales de casa directo a la clínica. Cuando llegas al consultorio, el médico te dice que no puede dejarte internada porque no hay señales de que el bebé vaya a nacer ese día. Te recomienda caminar. “Eso ayudará a que el bebé llegue pronto” te dice, mientras te aprieta la mano contra el hombro. Te sientes un poco frustrada, querías ver esa carita y tener el pequeño cuerpecito entre los brazos. No hay nada que hacer por el momento, así que vas a trabajar.

Es un día normal en la oficina. Clientes molestos, largas filas, los gruñidos de tu jefe que se escuchan por todo el pasillo. Nada extraordinario sucede mientras pasan las horas. Termina la jornada laboral y regresas a casa. Te pones unos zapatos cómodos y sales a caminar con tu esposo, como te sugirió el médico. Pasadas unas cuadras, sientes unas leves punzadas en el vientre. Recuerdas todo lo que te indicaron en el curso psicoprofiláctico, y empiezas a hacer una lista en la mente: la pañalera está preparada desde los siete meses de gestación, la carpeta con todos los exámenes médicos está en el armario de la habitación. “¿Qué más necesito?” No tienes idea. El dolor se hace más fuerte y se te nubla el juicio. Caminas de un lado a otro para mitigar un poco el dolor que viene y va, mientras tu esposo toma el tiempo de cada contracción con su reloj de pulsera. Cada vez son más frecuentes, entonces toma el teléfono y llama al doctor.

En menos de una hora una ambulancia se estaciona en la puerta de tu casa. El médico entra en la habitación y realiza los exámenes de rutina. Después de un tacto muy incómodo y algunos apuntes en su libreta decide llevarte a la clínica. No habías estado dentro de una ambulancia. Te sientes extraña. La sirena suena, pero no estás de muerte. Llevas una nueva vida en el vientre y quizás eso también sea tan importante como para detener el tráfico en las calles.

Cuando llegas a la clínica te recibe una enfermera con uniforme azul y zapatos blancos. Te realizan un examen físico integral y luego te acomodan en una camilla junto con otras madres que también están esperando para dar a luz. Algunas gritan, otras lloran, unas pocas, como tú, emiten quejidos moderados.

Llevas horas en la clínica, pero te parecen segundos. Ya es de madrugada y aún no te dicen nada. Estás ansiosa, agotada y, aunque quisieras dormir, el sueño se escapa de las posibilidades. Te frotas la barriga y le hablas al bebé. Le susurras cuánto deseas verlo, y en ese momento se acerca la enfermera y te dice que estás lista para entrar en el quirófano. Un escalofrío te recorre el cuerpo. Por fin vas a conocerlo.

La imagen del reloj colgado en la pared, enfrente de la silla de parto, te revuelve la bilis. Marca más de las siete de la mañana. “Llevo muchas horas en este hospital”, piensas. La blancura de la sala, el frío que te carcome los huesos y el olor a químicos aumentan la ansiedad, y te ponen los pelos de punta. La enfermera te ayuda a acomodarte en la silla y te da las indicaciones. Una vez más recuerdas el curso. Haces una inhalación profunda y a continuación, exhalas. Lo haces varias veces para contener el dolor y prepararte para pujar. Ya estás lista. Pujas con todas tus fuerzas, pero el bebé no quiere salir. Inhalas una vez más y pujas como si tu vida dependiera de ello. Y es en ese momento que ves en las manos del médico a un pequeño humano cubierto de fluidos y te preguntas: “¿Cómo algo tan maravilloso salió de mi cuerpo?”. Cuando el doctor te lo pone sobre el pecho te sientes aliviada. Cuentas sus deditos, inspeccionas sus brazos y piernas, lo miras directamente a los ojos y memorizas cada rasgo de su carita. No quieres que te lo cambien a la salida. Cierras los ojos y das gracias por vivir ese momento, luego miras el reloj en la pared. Marca las 8:40 AM del 24 de agosto. Es un día para no olvidar. Has conocido el amor en todas sus dimensiones. Tienes entre los brazos a la persona que te cambiará el mundo y todo lo que conoces y crees saber de la vida.

Dejo el lápiz sobre la mesa y miro el reloj. Marca las 8:40 AM. El corazón me da un salto. Durante trece años, el pequeño ser que cargué en mi vientre por nueve meses ha conmocionado mi mundo. Sigo mirándolo con la misma emoción, con el mismo fulgor en el corazón. Y cada día que tengo la oportunidad de abrir los ojos, me sigo sintiendo afortunada por tenerlo a mi lado y por verlo crecer. Después de todos estos años, cuando me pregunto cómo sería mi vida si no fuera madre, sigo teniendo la misma respuesta: no sería mi vida.

Mónica Solano

 

Imagen de Guillermo Cardona

 

El encanto de las bibliotecas públicas

Cuando estaba en el colegio me encantaba visitar la biblioteca. Era mi lugar favorito. Adoraba el olor de los libros, podía pasarme horas leyendo. Hasta llegué a ser asistente de la bibliotecaria. En esa época no teníamos la suerte de contar con el auge digital que existe hoy día y todas las consultas, para cumplir con las tareas escolares, se debían realizar en ese espacio sagrado. Allí, una señorita con el cabello canoso y anteojos, te informaba de todos los volúmenes que se almacenaban en el recinto y, también, te gruñía cuando el tono de voz superaba lo permitido. En la universidad, las bibliotecas siguieron siendo mi lugar predilecto para realizar trabajos y consultas. A las grandes estanterías cargadas de libros se sumaron centros de cómputo para navegar en Internet y los pequeños cajones, llenos de fichas bibliográficas, fueron reemplazados por pantallas digitales.

Las bibliotecas son escenarios de gran importancia para la búsqueda del conocimiento y el desarrollo de una sociedad. Nos proporcionan herramientas que nos ayudan a conocer e interpretar mejor y de manera autónoma nuestro entorno social. En Bogotá contamos con una amplia red de centros culturales que ofrecen, además de libros, muchas actividades atractivas para niños y adultos. Un plan perfecto para cultivar el conocimiento y, de paso, divertirse. Las entidades privadas, como las Cajas de Compensación Familiar, contribuyen y mantienen a nivel nacional esta red de bibliotecas que mensualmente tienen una programación de actividades gratuitas.

Hace poco, mientras leía un artículo del periódico El Espectador, “El fin de las bibliotecas”, me cuestioné el futuro de estos espacios y recordé que no he visitado ninguna desde hace algunos años. En Bogotá hay bibliotecas maravillosas, cargadas de historia. Algunas son, incluso, patrimonio de la ciudad. Pero como el trajín del día a día me mantiene corta de tiempo, siempre está la excusa: “para qué desplazarme de la comodidad de mi casa si tengo todo a un clic”.

Las bibliotecas han sido responsables de garantizar el acceso a la información y al conocimiento, de promover la lectura, la cultura y de facilitar la formación a lo largo de la vida. Desde mediados de la década de los noventa están reorientando su actividad, en parte, por el fácil acceso a contenidos digitales, pero también por los cambios de la propia sociedad: ciudadanos cada vez más participativos que han dejado de ser consumidores de información para ser generadores de contenidos. Por lo tanto, las bibliotecas están dejando de ser lugares de almacenamiento y préstamo de materiales para convertirse en puntos de participación, de interacción con los usuarios, convirtiéndose en espacios flexibles con una oferta creciente de actividades creativas.

“En burro, bus, carreta, bicicleta… Cualquier medio es adecuado para que viajen los libros. Son estrategias a las que recurren las bibliotecas y los líderes sociales para fomentar la lectura”.

El periodista colombiano John Saldarriaga escribió un artículo para el periódico El Colombiano, en el que reunía divertidas estrategias de las bibliotecas municipales en Colombia para fomentar la lectura y mantener latente la importancia de estos espacios de conocimiento. A continuación, les relaciono algunas:

Al son del pedaleo. En la Biblioteca Jorge Alberto Restrepo Trillo, de Guatapé, tienen una bicicleta para llevar libros a los comerciantes. A los quince días vuelven para renovarlos y aprovechan para mostrarles novedades recién adquiridas.

Bibliocarreta. En Sabaneta tienen la Bibliocarreta. Oswaldo Gutiérrez, el bibliotecario, la ideó en 2002 como una forma de llevarles libros a los habitantes de las veredas. Con el tiempo se convirtió en un mecanismo de promoción de lectura de la biblioteca central.

Biblioburro. En el Magdalena, cuentan con los burros del Biblioburro. Ideado por el profesor Luis Humberto Soriano Bohórquez en el corregimiento La Gloria, municipio de Nueva Granada, es un sistema efectivo para llevar conocimiento a las veredas apartadas de las carreteras.

Pocos países en América Latina tienen una red tan activa de bibliotecas públicas como Colombia. El Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas ha sido promovido de manera sostenida, desde el 2001, con la puesta en marcha de la campaña Colombia Crece Leyendo. Se han invertido millones de pesos para dotar y construir nuevas bibliotecas en al menos 300 municipios que carecían de ellas. Ya son aproximadamente 1.424 bibliotecas públicas las que integran en la actualidad la red nacional. Algunas disponen de estándares de tecnología, conectividad y dotaciones bibliográficas que buscan garantizar el acceso a contenidos universales, pero también particulares a los intereses de cada región o grupo social. Sin embargo, con el auge de los medios modernos de comunicación y el ritmo de vida acelerado al que nos hemos acostumbrado, son cada vez más las que caen en el olvido. Se les resta importancia y, en algunos casos, mueren. Muchas pierden el subsidio con el que contaban por falta de público que aliente su existencia y terminan cerradas. Así mismo, el equilibrio y bienestar de estos centros, donde la cultura intenta mantenerse viva, suelen sufrir los estragos del tiempo, sin que a nadie le preocupe demasiado. Y, además, por los limitados recursos con los que cuentan para mantenerse, pierden el esplendor.

 

Sentada en la biblioteca Julio Mario Santo Domingo, en la ciudad de Bogotá, pienso en lo refrescante que es el aire que se respira en estos recintos. Parece diferente, como cargado por una onda mística y ancestral. Y aunque estoy concentrada en mis pensamientos de una manera especial, al mismo tiempo puedo conectarme con todo lo que me rodea. Con personas de otras disciplinas, amantes de la lectura, estudiantes, jubilados y hasta empleados freelance que encuentran en las bibliotecas un espacio ideal para desempeñar su trabajo, porque las bibliotecas también son espacios de socialización.

Mónica Solano

 

 

Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo. Imagen de Mónica Solano.