Tal vez mañana

Mocade se viste hoy de gala para dar la bienvenida a una amiga muy querida en nuestro “Pido la Palabra”. Conocimos a  Eva Escobar en una escuela de escritura on line hace algo más de dos años. Llegó allí igual que nosotras cuatro, dispuesta a cumplir un viejo sueño que arrastraba desde la infancia. Con los veinticuatro relatos de aquellos dos módulos ha publicado un libro dedicado a sus padres. Aunque el esfuerzo la dejó exhausta, el virus literario seguía ahí. Y, fruto de una maravillosa reactivación, nos ha regalado hoy esta preciosa historia. Que no sea la única, Eva. Vuelve a visitarnos cuando quieras….

…Tal vez, mañana.

Carmen, Carla, Mónica y Adela

La noticia le había llegado a través de un correo electrónico. No pudo terminar de leerlo. Apagó la pantalla del ordenador, sacó la cazadora del armario y salió sin despedirse.

Anochecía. A esas horas la avenida estaba casi vacía. Una pareja paseaba por la otra acera. Apenas pudo oír el rumor de su conversación. Delante de él, un hombre tiraba de la correa de su perro y daba monótonas caladas a un cigarro. Pensó que alguien los estaría esperando en casa.

Agachó la cabeza y aceleró el paso. El aire frío, cargado de humedad, le vendría bien para despejarse después de haber pasado el día entero encerrado en su habitación.

Decidió dar un paseo por la playa, como acostumbraba a hacer por las tardes al salir de la oficina, antes de quedarse sin trabajo.

Mientras caminaba, volvió a repasar los hechos que lo habían llevado a esa situación. Vivía con un chico con el que solo tenía en común un contrato de alquiler. ¿Qué le importaban a él sus problemas? Su única diversión era salir los sábados a recorrer los bares de la ciudad y después pasar la semana entera recuperándose de la resaca.

Al principio, cuando su mujer y su hija se fueron, dominaba la situación. Estaba todo el día ocupado con su trabajo, sin pensar en nada más. Los problemas empezaron cuando lo despidieron, hacía ya más de un año. Le dijeron que se trataba de un ajuste de plantilla provocado por la fusión de su banco con otra entidad y, de la noche a la mañana, se vio en la calle. A partir de ese momento no supo qué hacer con tanto tiempo libre. Veía a Silvia y a Clara por todos los rincones de la casa.

Tuvo que buscar un compañero para poder pagar los gastos de un piso tan grande. Después de dar muchas vueltas, encontró a Jaime, un recién licenciado que acababa de llegar a la ciudad, contratado por una empresa puntera en tecnología. No tenía ninguna queja de él, cada uno hacía su vida sin meterse en la del otro. Al principio, Jaime lo había convencido para acompañarlo en alguna de sus escapadas nocturnas, con la excusa de que necesitaba a alguien que le enseñara la ciudad. Pero enseguida se cansó de ir de un local a otro y de tropezarse con personas a las que encontraba vacías. Además, no le sobraba el dinero para gastarlo en tonterías. Bastante tenía con mendigar un puesto de trabajo en las puertas de sus antiguos clientes.

Sumido en esos pensamientos había llegado hasta el paseo marítimo. Se paró un instante. El mar estaba agitado y las nubes, teñidas ahora de un gris oscuro, se acumulaban en el horizonte.

Dos niños corrían hacia la playa detrás de un balón. Al pasar a su lado uno de ellos le dio un empujón. Pedro se giró hacia él y le increpó. El niño se dio la vuelta, lo miró asustado y salió corriendo hasta donde estaba su amigo. A lo lejos, asomadas a la barandilla del paseo, sus madres los vigilaban. “¡Malditos niños maleducados!”, se dijo.

Emprendió de nuevo el paseo. Pensó que en ese momento podría estar sentado en el sillón del salón mientras Clara y Silvia veían en la televisión ese concurso que tanto las gustaba, que consistía en adivinar canciones a partir de las pistas que iba dando el presentador. ¡Qué nerviosas se ponían cuando intentaban adelantarse a la respuesta del concursante! Su hija Silvia trataba de persuadirlo de que jugara con ellas, pero él siempre tenía algo que hacer. Cuando estaba en casa aprovechaba para poner al día su correo o para preparar alguna presentación importante. Ya le hubiera gustado poder jugar con su hija como lo hacía Clara. Pero su trabajo no le permitía esos lujos. Se movía en un entorno muy competitivo y tenía que estar siempre superándose a sí mismo

Desde hacía un tiempo le venían a la cabeza situaciones cotidianas a las que antes no había prestado atención. Había empezado a sucederle meses atrás,  desde una noche en la que se despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio la imagen de Silvia. Llevaba el delantal puesto y la cara y las manos pringadas de masa de croqueta. No tendría más de cuatro años. Él entró en la cocina a coger algo de la nevera y le hizo tanta gracia verla así que fue corriendo a buscar la cámara de fotos.

Al día siguiente, cuando se levantó, se fue directo al ordenador a buscar aquella imagen. Le llevó un buen rato encontrarla entre todas las carpetas que Clara había ido guardando. Se pasó el día entero mirando fotos. Allí estaba toda su historia familiar, ordenada por años y por acontecimientos, desde los primeros veraneos en la playa, cuando Silvia era pequeña, hasta la última comida en un restaurante, pocos días antes de que ellas se marcharan. No podía creer que todo hubiera transcurrido tan deprisa. Clara siempre le estaba pidiendo que imprimiera las fotos y las ordenara en álbumes pero, por una cosa u otra, él lo había ido posponiendo.

Estuvo muchas horas delante de la pantalla preguntándose si no habría alguna manera de rebobinar su vida, de situarse de nuevo detrás del objetivo de alguna de esas imágenes, incluso de aquellas que no había tomado él porque ni siquiera estuvo presente.

Sintió rabia cuando a Clara le dieron la beca Fulbright. “Pide un permiso y vámonos los tres juntos. Dentro de un año podemos volver”, le dijo. No podía dejarlo todo y marcharse sin más a Estados Unidos. Le  había costado mucho esfuerzo alcanzar su posición.

Cuando a Clara se le terminó la beca le ofrecieron un puesto en una universidad de allí. Lo llamó. Volvió a pedirle que se fuera con ellas. Pero no era el momento. Estaba intentando recuperar su trabajo. Incluso existía la posibilidad de que le ofrecieran un puesto mejor.

Ahora acababa de enterarse de que ya no estaban solas. Había alguien más en la vida de Clara.

Sin darse cuenta había llegado al final del paseo. Lloviznaba. Las olas batían con fuerza contra las rocas. Sobre una de ellas, recortada contra el horizonte, pudo distinguir la silueta de la escultura.

Se subió al muro. Miró hacia abajo. Todo estaba oscuro. Sintió la ropa mojada y el viento frío que le agitaba el pelo. Un paso hacia adelante y todo habría terminado. Entonces, sin saber por qué, le vinieron a la mente los versos del escultor. “Los ojos para mirar. Los ojos para reír. Los ojos para llorar… ¿Valdrán también para ver?”

Se dio la vuelta, se bajó del muro y volvió a casa. Al día siguiente contestaría al correo, tal vez todavía estaba a tiempo, tal vez aún no era tarde para marcharse.

Eva Escobar

Imagen: Eva Escobar

¡Gracias, Eva! En este rincón tendrás siempre un lugar donde escribir. 

Un abrazo de tus cuatro amigas de Mocade.

PIDO LA PALABRA: LOS PARTICULARES HÉROES DE EMMA

Inauguramos hoy nuestra sección “Pido la palabra” con el relato de un amigo, que ha querido compartirlo con nosotras: Ernesto Francisco Valga Amado (Lima, Perú, 1982). Es médico  y, desde niño, escribe en su tiempo libre. Ha sido finalista en el “II Concurso del Migrante Peruano en España”, organizado por el Consulado General del Perú en Madrid-España (2010) y en el “I Concurso de Relato Corto: Superhéroes” organizado por Ámbito Cultural de El Corte Inglés (2015) con los cuentos “Dialogo en la Barceloneta” y “Los particulares héroes de Emma”, respectivamente. Ha participado en varios talleres de escritura creativa. 

LOS PARTICULARES HÉROES DE EMMA

Owlman, el hombre búho, puede volar y ver en la oscuridad. Por lo que dicen no es muy alto y suele trabajar de noche. A diferencia de otros héroes no lucha contra los malos. Pero tiene un poder increíble: su vista le permite descubrir a las personas enfermas y las cura. No tengo muy claro cómo lo hace. Los niños del cole, acostumbrados a las peleas, dicen que Owlman es aburrido: «Emma y sus gustos raros», dicen. Pero yo lo encuentro especial. Los héroes de los niños son importantes cuando hay malos, sin embargo, Owlman podría seguir siendo útil en tiempos de paz.

Dovewoman, la mujer paloma, es mi heroína favorita. A diferencia de Owlman construye y decora casas de madera. A Carla, mi mejor amiga, también le gusta. Los niños, sin embargo, la odian: ellos solo quieren espadas y rayos láser. No saben que construir hogares es divertido. No soy tonta: sé que Dovewoman no duraría cinco segundos contra Batman y sus amigos pero podría hacer de la Batcueva un lugar hermoso para vivir.

*

El número siete de “Las aventuras de Dovewoman” es el que más me gusta. Mi madre me lo regaló por mi cumpleaños. En él se cuenta cómo Dovewoman descubre que una de sus casas ha sido ocupada por un extraño. Decide sorprenderlo. Espera pacientemente detrás de un árbol. Siente algo moviéndose deprisa por su costado, ¿será el viento? Finalmente decide entrar, lo hace con miedo pero, sobre todo, con muchísima curiosidad. Sabe que es vulnerable. Así que observa la escena en silencio: hay un hombre cansado y sudoroso, sentado en un sofá. Ella se acerca lentamente y siente cómo su corazón empieza a latir más rápido. El hombre abre y cierra los ojos: parece estar luchando contra sueños terribles. Dovewoman le limpia el rostro y lo recuesta en el sofá, parece enfermo. Piensa que se quedaría con él por siempre, aunque no lo conoce. Desde donde se encuentra puede ver un antifaz sobre la mesa. Decide irse y se dirige hacia la puerta que parece lejana. Se detiene ante ella y la observa. Cuando por fin la abre, una lluvia torrencial la empuja de nuevo hacia el interior. Al volver la vista hacia atrás se da cuenta de que el hombre ha abierto los ojos, la está mirando y le sonríe. Dovewoman no sabe si lo que le impide salir de esa casa es la lluvia o el hombre desconocido. No le importa. Decide quedarse y arriesgarse.

Carla dice que el número ocho de “Las aventuras de Dovewoman” es el que más le gusta: la heroína descubre que el hombre desconocido se llama Owlman y que puede curar a las personas de enfermedades pero no a sí mismo. Como cabría esperar, ambos se enamoran y empiezan a vivir juntos, sin más preámbulos ni dudas. Creo que Carla, al igual que Dovewoman, es la clásica romántica. Tal vez debería ser como Carla y mis amigas, tener diez años y la cabeza llena de historias de amor. Pero a mí me gusta más el número siete porque es cuando se conocen y se abre un mundo de posibilidades. Por ejemplo, me imagino a Dovewoman marchándose de la casa, volando bajo la lluvia, o que Owlman sigue durmiendo y no logra hablar con ella. O quizás Owlman sí que se despierta pero, en vez de quedarse con ella, se coloca su antifaz y se marcha por la ventana. Carla siempre escucha mis historias y se ríe. «Estás loca», me dice con una sonrisa cómplice.

Sin embargo, el número quince también me gusta. Porque después de unas cuantas aventuras juntos, Owlman y Dovewoman tienen una bebé. Es gracioso, Owlman, acostumbrado a lidiar con las peores enfermedades, tiene miedo de cualquier estornudo de su niña y Dovewoman, tan segura en sus decisiones artísticas, no sabe qué carrito de bebé escoger.

Esa niña, mitad búho y mitad paloma, lo ha cambiado todo en la vida de esos superhéroes peculiares. Representa el capítulo final de una decisión que tomó Dovewoman en un día lluvioso. Y aunque a mí me apetezca leer otras aventuras, la sonrisa de la niña en la viñeta final me hace pensar que la historia no pudo ser diferente.

Ernesto Francisco Valga Amado

Foto: Francisco Valga Amado

Gracias, Francisco, por enriquecer con esos superhéroes tan llenos de magia nuestro rincón de Mocade. Esperamos volver a verte por aquí. Un abrazo.

Mónica, Carla, Carmen y Adela

 

DE ESCRITORES, BRÚJULAS, MAPAS Y BLOGS

No hace falta ser muy imaginativa para distinguir a los escritores de brújula de los de mapa. Los de brújula empiezan a escribir partiendo de alguna idea, de algún personaje concreto, o de alguna situación que han vivido, pero sin saber muy bien adónde los llevará el desarrollo de su proyecto. Van, por decirlo así, improvisando sobre la marcha. Los de mapa, por el contrario, hacen un trabajo previo que implica una planificación cuidadosa. Elaboran una serie de indicaciones o pasos a modo de hoja de ruta. Y con esa guía avanzan en la escritura hasta llegar al final que tienen planeado desde que inician su historia.

Brújulas, mapas y bloggeros

Se me ocurre que algo así podría decirse de algunos blogs. He visto artículos sobre tipos de blogs que los clasifican en función de diferentes variables, por ejemplo, según el público al que se dirigen, según el contenido, según la finalidad. Nos podemos encontrar, por tanto, con blogs personales, profesionales, de marca, de negocios, y un montón de etiquetas más sobre las que no creo necesario extenderme. Pero si tuviera que atenerme a una clasificación para nuestro Letras desde Mocade, diría que es un blog de escritoras noveles para escritores noveles o, ¿por qué no?, consagrados; nos encantaría que nos visitaran para dejarnos consejos y opiniones. Y esa clasificación la he tomado de un artículo de Gabriella Literaria  que descubrí en su blog, y que define muy bien este universo. Cuando lo leí, me identifiqué en seguida con el primero que describe.

Letras desde Mocade es, o queremos que sea, ese café donde podemos refugiarnos en una tarde de lluvia, o en un día soleado, para encontrarnos con amigos y pasar un rato agradable haciendo lo que nos gusta: escribir para aprender, aprender para escribir y compartir conocimientos, relatos, artículos, y todo aquello que nos pueda enriquecer.

Detrás de cada blog están las personas que lo escriben. Y si quisiera trasladar ese concepto de escritores de brújula o mapa a nuestro blog, no sabría bien cómo incluirlo. Porque Mocade somos cuatro amigas. Unas más de brújula y otras más de mapa. Y es importante para todas nosotras asegurarnos de que se nos conozca bien, de que quienes nos sigan tengan claro lo que ofrecemos y cómo lo hacemos. Así que, puestos a describir, diría que nuestro blog nació un poco con brújula, pero en el mes y algo que llevamos con él, hemos empezado a dibujar un mapa. Y queremos que sea un mapa interactivo. Por eso nuestro Letras desde Mocade ha añadido una habitación de invitados a su casa. Hemos ideado el apartado de “Pido la palabra” para que quienes nos lean y sientan el deseo de algo más, de escribir también en nuestra página, puedan hacerlo. Y, por el mismo motivo, nos hemos puesto un calendario serio y nos hemos comprometido a publicar relatos y artículos, porque queremos intercambiar textos y aprendizajes.

El plano de Mocade

Cuando una persona empieza a construir su casa, es frecuente que, antes o después, aparezcan los famosos “ya que…” Y eso, en una obra, puede suponer cuando menos un engorro, por no hablar de un presupuesto inflado hasta límites espeluznantes: “ya que” ponemos la cocina se puede aprovechar y ampliar el lavadero, “ya que” el baño hay que echarlo abajo podríamos comprar ese Jacuzzi que vimos en las rebajas, “ya que”… póngase lo que se quiera.

En el caso de Mocade, nuestros “ya que” viene sin esas cargas a cuestas. Porque “ya que” hemos visto que hay personas que nos siguen, queremos darles la oportunidad para que compartan sus escritos con nosotras. “Ya que” hemos empezado a asomarnos a las redes, estamos aprendiendo y disfrutando cuando descubrimos enlaces de utilidad que podemos compartir con nuestros seguidores. “Ya que” las cuatro hicimos realidad nuestro proyecto de escribir, queremos darle continuidad.

Hemos empezado con una brújula, a golpe de timón, pero nos gustaría que nuestra navegación fuera creando mapas que ayudaran e hicieran disfrutar a otros. No es que seamos Cristóbal Colón, pero tampoco él sabía, cuando zarpó, que América lo estaba esperando.

Ojalá vosotros y nosotras lleguemos a ser como esa tripulación de las tres carabelas. Nosotras, al Nuevo Mundo que esperamos descubrir y que nos está aguardando para que lo exploremos, ya le pusimos nombre: Mocade. Su worldbuilding, su moneda, sus leyes, sus nativos… todo está por disfrutar y por crear. Y en ello estamos.

Adela Castañón

Imagen: Colourbox. Derecho de autor: f9photos

PIDO LA PALABRA

Si quieres escribir y no sabes dónde hacerlo, pide la palabra. En Mocade te ofrecemos este espacio.

Nuestro Letras desde Mocade nació como una plataforma donde las autoras, que nos conocimos haciendo cursos de escritura por Internet, decidimos continuar juntas ese aprendizaje compartido, pero sin fecha de caducidad.

Mocade es nuestro rincón ficticio, nuestro universo literario, el patio de recreo al que nos asomamos para disfrutar. Es un asteroide más que aterrizó en la galaxia de la escritura hace apenas un mes, pero que está creciendo a la velocidad de la luz.

La presentación de nuestro blog acababa así:

Y, por último, conocer a todas aquellas personas que quieren leer cosas nuevas, compartir sus historias y aprender juntos.

Personas que aún no lo saben pero que son habitantes de Mocade.

¡Bienvenidos!”  

https://wordpress.com/post/letrasdesdemocade.wordpress.com/6

Pues bien, nos hemos dado cuenta de que, para invitar a alguien a nuestra casa, debemos procurar que se sienta cómodo, así que hemos pensado preparar un sillón desde el que nuestros amigos se puedan expresar. Un sitio acogedor para que quien nos visite pueda pedir la palabra. Y ese lugar es “Pido la palabra”.

¿Quieres participar con nosotras desde este lado de la pantalla? ¿Te apetece compartir algo con nuestra comunidad? Escríbenos. Mándanos tu artículo, tu relato, y hablamos delante de un café (virtual, claro está). Danos permiso para revisarlo, porque mimamos mucho a nuestro Mocade, y a todos se nos puede colar una errata. Y, una vez revisado, y si estás de acuerdo con las correcciones (en caso de que las haya), podrás verte aquí, en este apartado de “Pido la palabra” que hemos creado para hacer que Letras desde Mocade sea un poco más de todos y para todos.

Empezaremos con una publicación al mes; tenemos un calendario programado ya que pensamos que es importante la regularidad y la seriedad. Al principio hay que mantener las manos lejos del teclado porque la primera idea es lanzarnos al espacio y publicar, publicar y publicar. Pero no se puede gastar el sueldo de un año en solo un mes, así que preferimos garantizar la continuidad de este precioso proyecto. El primer viernes de cada mes tendrás en nuestro Letras desde Mocade un folio en blanco a tu disposición.

Tampoco podemos dar cabida a obras con una extensión similar a la del Quijote en nuestro blog. Mocade es todavía un bebé de pecho, y darle de comer un solomillo podría resultar hasta indigesto. En principio aspiramos más a calidad que a cantidad. Así que, como aperitivo, vamos a ensayar con escritos limitados a un máximo de mil palabras.

De momento, esto es todo. Si alguna vez quieres hablar (escribir), además de escuchar (leer), ya lo sabes: Pide la palabra, que nosotras te ofrecemos el escenario y el micrófono virtual. Comenta en este post o envíanos un mail a letrasdesdemocade@gmail.com. ¡Bienvenido!

Adela Castañón