Sin leña para la escuela

De las fragolinas de mis ayeres

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana. Angelita estaba atizando el fuego de la cocina, que se había apagado mientras había bajado al corral a limpiar el orinal y la jofaina en la que se había lavado un poco la cara.

¡Qué diferencia con su casa de Zaragoza! Allí corría el agua por los grifos y no tenía que soportar ese tufo de los animales que le llegaba hasta las entrañas. ¿Quién le mandaría meterse en ese berenjenal de enseñar a las niñas? Si hubiera seguido con su trabajo de dependienta, seguro que ya se habría casado y llevaría una vida tranquila, como sus amigas. Ellas no tenían un sueldo, pero total, para lo que le servía en ese pueblo, igual le daba.

La señora María del Socarrao, su patrona, había madrugado para ir a soltar el rebaño y ella se había quedado sola. En ese momento acababa de desayunar y estaba alisando las pieles de cabra que cubrían las dos cadieras del hogar, antes de que llegaran las niñas. Bien pensado, no estaba mal dar las clases allí. Los días que habían estado en la herrería o en los patios de las casas se habían quedado heladas. Aquí lo malo era la señora María. Se había empeñado en que cada niña trajera un tizón. Decía que ya era muy vieja para traer la leña del monte encima de la cabeza.

En esas estaba cuando la sobresaltaron unos golpes en la puerta. Sin darle tiempo a responder, el padre de Nicolasa se presentó en medio de la cocina. Llevaba las botas de sacar fiemo y una horca oxidada en la mano.

—¡Buenos días, señora maestra! Ya era hora de que diera señales de vida. Llevaba un rato plantado en medio de la calle esperando a que abriera la ventana. No he querido llamar antes porque he visto salir a la señora María y no era caso de pillarla en la cama —A Angelita le pareció un saludo picarón. Intentó tomárselo a broma.

—Y, ¿qué se le ha perdido tan temprano por esta casa? —le respondió en el mismo tono.

—No se haga la tonta ni la melindrosa, que no tengo tiempo que perder. ¡Y menos con usted! —le contestó, a la vez que golpeaba el suelo con la horca.

—¡Bueno, pues usted me dirá a qué ha venido! —le replicó. Y cruzó los brazos, como si le doliera el estómago.

—Pues, verá. Nicolasa me ha dicho que tiene que traer un tronco para avivar este fuego tan mortecino —mientras hablaba revolvía las brasas del hogar con la punta de la horca.

—¡Nicolasa y todas las niñas! Yo no tengo leña y no le podemos hacer tanto gasto a la señora María. Como usted ya sabe, es viuda y no tiene ningún hombre que gane un jornal.

—¡Escuche bien! Vengo a decirle que Nicolasa se ha quedado llorando en casa, porque le he dicho que no traerá ningún tizón para que se caliente la maestra.

—Pues, con este frío, no podremos dar clase sin fuego.

—¿Qué se ha creído usted? ¡Postinera! Mire, si hoy no da clase con buen fuego, mañana vendré con esta horca y la ensartaré por los riñones.

El padre de Nicolasa hizo ademán de marcharse, pero se paró en la puerta juntando el entrecejo y mirando a la maestra. Ente tanto pensaba para sus adentros que Angelita era la culpable de todo el mal que había llegado al pueblo. Que las mujeres modernas que querían poner todo patas arriba eran peor que la peste. Que con eso de enseñar a las niñas no iban a ganar nada, sino al revés. Que hasta esa mañana nunca le habían levantado la voz las mujeres. Que él no lo permitiría y que estaba dispuesto a cualquier cosa.

Angelita le dio la espalda y se asomó a la ventana a ver si llegaban sus alumnas. No sabía cómo iba a arreglar el problema de la leña, pero ya se le ocurría algo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada: Cocina antigua. Foto colgada por Miguel Manuel Bravo Mata en el grupo de Facebook, “Fotos antiguas de Aragón”.

Anguruk

Hace unos meses, el blog Relatos en Isla Tintero celebró un concurso en el que, para participar, había que enviar un relato de cualquier temática con uno o más dibujos que lo acompañaran. Como hacía tiempo que seguía este blog y nunca me había presentado a un concurso, pensé: “¿por qué no?”. 

El arte de la palabra no se me da mal, pero dibujar no es lo mío. Empecé a angustiarme al darme cuenta de que no conocía a ningún ilustrador, así que pedí ayuda por Twitter y Facebook. En esta red social me escribió Isarn, escritor, ilustrador y fisioterapeuta, diciéndome que contara con él para darle magia a mi relato con sus acuarelas. Por desgracia, Isarn estaba demasiado liado, y un par de días antes de la fecha límite del concurso me confesó que no podría ayudarme. 

Ya podéis imaginar mi pesar, pues me hacía muchísima ilusión intentarlo. Y aquí es donde Eva, una de mis hadas madrinas, me dijo: “oye, ¿y si escribes a Sandra?”. Sandra es una amiga de Eva, y ahora mía, que dibuja y pinta como los ángeles. Además, tiene un estilo único y, lo que más me gusta, se deja llevar por lo que ve y oye para crear su arte. Así que pensé que el no ya lo tenía y que, por preguntar, no perdía nada.

¿Y sabéis qué? Que me dijo que sí. ¿Y sabéis qué más? Que no solo quedamos finalistas en el concurso, sino que lo ganamos. Porque Sandra, con sus pinceles, le dio la magia que le faltaba a Anguruk. Y como la magia hay que compartirla, aquí os dejo el relato y sus dibujos para que lo disfrutéis tanto como lo disfrutamos nosotras.

Anguruk

Después de una noche de borrachera, lo último que esperaba Alex era acabar andando con una desconocida por el manglar más grande de Luisiana. Ojalá pudiera volver atrás. Le advertiría a su ingenuo yo que aquella chica de labios gruesos no quería una noche de sexo desenfrenado. Y que los últimos cuatro whiskies sobraban.

Sabía que a partir de la quinta copa tomaba las peores decisiones de su vida. Como la noche anterior, cuyo resultado se traducía en unos zapatos llenos de barro y su libreta, con bordes sucios y frases inconexas, sobresaliendo del bolsillo derecho del pantalón. Aquella chica no conocía la lengua de señas así que tenía que comunicarse con la chica a través del papel.

—¿Cómo va la resaca? —preguntó ella, y apagó la linterna. Alex bizqueaba con la luz del amanecer que se colaba por alguno de los escasos huecos de los árboles del manglar.

Mal —escribió. Lo subrayó un par de veces con tanta fuerza que quedó marcado en las dos hojas posteriores. Pasó de una animada borrachera a tener la boca seca, como si hubiera masticado toallas, y un latido doloroso en la sien derecha.

—Pero sabes el camino, ¿verdad?

Alex se tomó su tiempo para escribir.

Me lo inventé. Para llevarte a la cama. Estás loca si crees que vamos a encontrar algo.

Fueron sus ojos verdes. Eran su debilidad. Le recordaban al agua del pantano en primavera, cuando está cubierto de ese espeso musgo reluciente. Y en el momento en el que ella le acercó su nariz, lo suficiente como para oler su aliento afrutado, y le pidió que la llevara al pantano a ver a Anguruk, él no solo no se negó, sino que lo consideró una idea magnífica. Irían y le pedirían un deseo, como en la leyenda.

—Lo que me parece increíble —dijo ella— es que Anguruk te dejara vivo. Es vengativo y traicionero, igual que el pantano, ¿sabes? Sí, claro que lo sabes.

Y tú sabes que es un mito. — “No entiendo cómo no me he ido ya”, pensó. Pero aún tenía la esperanza de que ella cambiara de opinión y acabaran en la casa de alguno de los dos.

—Venga, Alex. No hace falta que sigas con esta pantomima. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? —Carraspeó y pareció transformarse en una presentadora de televisión—. Hoy, en el plató de Johny Carson, recibiremos al chico que sobrevivió cinco días en el pantano—.Volvió a carraspear y volvió a su tono normal—. Un milagro, dijeron, pero ambos sabemos quién te ayudó. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Qué le pediste?

No le pedí nada —El “nada” estaba escrito con saña, como si hubiera querido atravesar el papel. Pero era una confirmación. Cuando vio la sonrisa de triunfo de la chica, arrancó la hoja.

Fue hace 12 años.

– Eso, doce años. Solo espero que en todo este tiempo no te hayas olvidado de…

Alex nunca supo qué era lo que no debía haber olvidado. La chica se quedó quieta, boquiabierta. Con la mirada perdida en algún punto más allá de un pequeño humedal. Alex se acercó a ella y le golpeó el hombro con el índice. No pasó nada. Le colocó una mano delante de los ojos y la movió de arriba abajo. No reaccionó. Él se puso delante y ella, dio un paso a un lado con movimientos forzados, como de títere, y echo a correr sin previo aviso.

“Oh, mierda. Ya ha empezado”, pensó. Y la siguió.

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No la alcanzó hasta que el agua les llegaba por la cintura. La zarandeó, la sujetó y le pegó una bofetada, pero ella seguía caminando. Tuvo que usar toda su fuerza para echársela encima, como hacía desde niño con los sacos de pienso de la granja de su padre. Pero el pienso no pataleaba. Ni utilizaba los puños como si fueran martillos. Alex sintió el deseo de tirarla al agua y dejar que se ahogara. Anguruk se pondría contento.

La chica no volvió en sí hasta que Alex había salido del agua. Aún con ella encima, siguió caminando por un sendero que solo se veía si no lo mirabas directamente. Le dolían los riñones y la cabeza le latía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Alex la colocó en el suelo y sacó su libreta.

Estamos a tiempo de volver.

—No. No, no, ni hablar —le temblaba la voz —. Solo quiero saber qué me ha pasado.

Álex sintió pena por ella. Sabía lo impotente que debía haberse sentido.

Anguruk. Lo que querías. Jugará con tu mente hasta que te mates tú sola.

—Pero tú estás aquí. Quiero decir, viniste solo al pantano y no moriste.

No estoy seguro de eso.

Ella cruzó los brazos y lo miró de arriba abajo sin disimular su desdén.

—Para ser mudo eres muy teatral.

Alex se encogió de hombros y puso los ojos en blanco. Ya había aceptado que ella no pararía hasta dar con Anguruk, así que la llevaría hasta donde lo encontró la última vez. Iba a darse la vuelta para seguir caminando cuando ella lo agarró del brazo.

—¿Te has dado cuenta? No estamos solos.

Tenía razón. El sonido de su alrededor, una letanía de graznidos, zumbidos y silbidos, calló. Las criaturas del pantano se hicieron visibles. Cucarachas, ranas, aves, caimanes; presas y cazadores juntos, sin prestarse atención los unos a los otros, solo a los dos humanos que se habían adentrado en el manglar.

El calor empezó a aumentar y a cada respiración se les llenaba la nariz de agua. El aire sabía a metal, algo parecido a la sangre y a la vez diferente, más terroso. Alex pensó que se estaba volviendo loco cuando los animales se fusionaron hasta crear una silueta oscura.

—No esperaba volver a verte, Alex.

Anguruk no había cambiado en doce años. Tampoco podía hacerlo. Ya entonces era poco más que una calavera cubierta por una capa de piel verdosa y escamada. Sus ojos eran casi blancos, o más bien ocres, rotos solop por dos puntos negros. Vestía hojarasca, musgo y lianas, que en algunos puntos empezaban a pudrirse y, en otros, florecían. El druida llevaba el pantano encima.

—¿No vas a decirme nada? —Anguruk frunció el ceño, algo bastante meritorio teniendo en cuenta que no tenía cejas, ni siquiera carne bajo la piel—. Ah, que no puedes. ¿Y la chica? ¿Cómo se llama?

—Rachel —dijo ella, y Alex se dio una palmada mental en la frente. Se lo dijo la noche anterior, pero fue sepultado bajo litros de alcohol—. Vengo a conseguir mi deseo.

—Claro, claro. Dinero, amor, ¿qué quieres? —Alargó una mano hecha de hueso y tendió la palma hacia arriba— ¿Qué estás dispuesta a darme a cambio?

—Quiero tu nombre.

El druida se quedó inmóvil. Si pudiera respirar, se habría quedado sin aliento. Dio un manotazo al aire, y el cuerpo de Alex se estrelló contra un árbol. Rachel, en cambio, siguió con los pies bien clavados en la tierra y con la cabeza alta, desafiante.

—Anguruk es mi nombre —rugió.

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Alex se encogió, dolorido y asustado. Era la segunda vez que veía a Anguruk enfadado. La primera fue doce años atrás, cuando le negó su deseo. Alex había pasado tres días vagando por el pantano, luchando contra el impulso de echarse a dormir bajo el agua del manglar, buscando la manera de pedirlo.

Y entonces lo encontró. Y algo o alguien dentro de su cabeza le dijo que, aunque su madre también quería volver a abrazarlo, no debía hacerlo. Que el precio que Anguruk pondría sería demasiado alto.

El druida estaba obligado a conceder lo que quisiera a quien sobreviviera en el pantano. A cambio podía pedirle cualquier cosa. ¡Y era un niño! una fuente inagotable de sueños e ilusiones, alimento para un par de eones. Sin embargo, el crío no quiso pedirle nada y él no pudo aceptarlo. Lo condenó a vivir sin voz para que no pudiera contarle sus deseos a nadie nunca más.

Y, si aquella vez estaba molesto, esta vez era peor. Pero Rachel no pareció reparar en ello. Se plantó ante él y se irguió como si un titiritero estuviera tirando de su coronilla con una cuerda.

—Anguruk es el nombre que te dieron los humanos. Quiero tu nombre verdadero.

—Bruja, ¿quién eres? —siseó él.

Rachel contestó, y su voz sonaba a pérdida, a una vida en la que había habido demasiado sacrificio:

—Tú lo has dicho. Una bruja. Y te conozco, Anguruk. Dame tu nombre.

—Pero no sabes cuál es el precio.

—¿Mi voz? —dijo Rachel, y lanzó una mirada que hizo sentir a Alex como el ser más repulsivo y prescindible del mundo— ¿Mi vista? Cuando tenga tu nombre tendré tu poder. ¿Qué más dará el precio que pague?

Anguruk la observó, de repente calmado. Miró al pantano. A Alex le pareció que era una despedida.

—Está bien —contestó—. Si ese es tu deseo te diré mi nombre. Pero antes…

Anguruk se movió en un suspiro. De pronto estuvo frente a Alex. En lugar de guiñar un ojo, cerró los dos porque el druida no estaba acostumbrado a ese tipo de camaradería, y sopló con fuerza contra la nuez de Alex. Después, se plantó junto a ella y le susurró algo al oído.

El cambio empezó con un aullido. Las extremidades de Rachel empezaron a estirarse, los huesos se marcaron. Su piel se escamó, el pelo empezó a caer. Hojas y musgo subieron por sus pies hasta cubrir sus pantorrillas, siguieron por el vientre y los pechos, ahora desaparecidos. Sus gruesos labios dejaron de serlo y ahora apenas cubrían unos dientes del color de la madera podrida. Rachel, ya Anguruk, se retorcía en el suelo.

Junto a lo que había sido su ligue, Alex vio a un hombre desnudo e inconsciente. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, la cara bastante redonda y pelo escaso hasta la nuca. Parecía bastante afable, pero no era más que un pobre desgraciado que, como Rachel, debía de haber sido condenado por su ambición a reinar en el pantano.

Alex pensó que era el momento de huir. Al fin y al cabo, ya no tenía sentido esperar a que Rachel quisiera volver a casa con él. Aunque no podía verlo, estaba seguro de que sus ojos verdes habían desaparecido. Se encogió de hombros, se echó al señor desnudo sobre el hombro y se puso a cantar. Sin mirar atrás, volvió a su vida y se acordó de que no debía fiarse de las mujeres guapas que se sentaran con él a beber en el bar.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imágenes: Sandra Garcia-Moya

El beso de un extraño

Alicia se paró en las escaleras del ferry y aspiró el olor de la brisa. Descendió hasta el primer escalón para volver a tierra firme. Fijó la mirada en el horizonte y recordó que hacía varios años que no estaba tan cerca del mar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas que golpeaban la bahía y agitaban los veleros. Una ráfaga de viento le erizó los vellos de la piel.

Después de tres horas de vuelo y cuarenta y cinco minutos en barco, había llegado al lugar que tanto anhelaba. A unos cuantos pasos, cerca de los botes viejos de la guardia costera, se encontraba la estación de ferries. Suspiró y se aseguró la mochila en la espalda. En cuanto se armó de valor, caminó hacia la estación y buscó el centro de información.

En la sala de espera, junto a las cajas de pago, un viajero discutía con la supervisora porque había perdido su equipaje. Y unas cuantas personas estaban esperando al siguiente ferry. “Al parecer no es temporada alta”, pensó mientras se acercó al estante en el que atendían a los visitantes. Sobre él había bonos de descuento, publicidad de hoteles y folletos con planos de la isla. Tomó un mapa y lo apretó en su mano. Echó una mirada a su alrededor y vio una cafetería cerca de la entrada principal. Se aclaró un poco la garganta y le pareció que sería un buen lugar para refrescarse. Jugando con el mapa se acercó a la caja de pago y pidió un café granizado. Junto a ella, una pareja compartía un batido y discutían sobre el clima. Buscó un sitio libre, dejó la mochila en la silla y extendió el mapa en la mesa. Estudió las posibilidades que le ofrecía y marcó con un bolígrafo los lugares que le gustaría visitar. El museo de arte moderno, la casa de la cultura, la catedral. Todas eran buenas opciones para iniciar su travesía por la isla. Sin embargo, antes de comenzar las visitas turísticas, haría una corta caminata por la playa. Tenía hasta las nueve de la noche. Era un tiempo más que suficiente para recorrer el lugar. Después de tomar el último sorbo de café, agarró la mochila, caminó hasta el paradero de autobuses y buscó el transporte con dirección a la playa más cercana.

Por la ventana se veían las diferentes tonalidades de azul que tenía el mar y cómo las hojas de las palmeras se agitaban con el viento. Cuando se bajó del bus, muy cerca de las escaleras de acceso a la playa, divisó a dos mujeres desnudas tumbadas sobre hamacas y, a lo lejos, a un surfista que cabalgaba las olas. Se quitó los zapatos y dejó que la arena se le escurriera entre los dedos. Metió los pies en el agua y caminó hasta el extremo de la playa. A poca distancia había un bar y se le antojó tomar un cóctel. Esa mañana conoció a Luciano.

Cuando se dirigía a la cabaña vio detrás de la barra a un chico de su misma edad, con la piel bronceada y una camiseta blanca que le marcaba la figura. Lo que más le llamó la atención de aquel extraño fue el intenso azul de sus ojos que contrastaba con el negro de sus cabellos. Cuando llegó frente a él, un hormigueo le recorrió el cuerpo desde los pies hasta los muslos. Empezó a respirar deprisa y el calor le subió al rostro.

Se sentó en una de las sillas de la barra y pidió una Martini. El chico la miró y se mordió el labio inferior. En ese momento se sintió como si estuviera desnuda. Trató de ocultar su incomodidad desviando la mirada y sonrió.

–Hola, soy Luciano. Mejor te voy a preparar mi especialidad –dijo el extraño mientras agitaba la copa que llevaba en la mano.

–Soy Alicia. Gracias.

Cuando Luciano terminó con la bebida le preguntó qué estaba haciendo en la isla. Alicia le contó que había ido a pasar unos días, porque hacía poco se había graduado en la Escuela de Artes y en unas semanas iniciaría una maestría en artes plásticas en París. Desde que empezó sus estudios, había soñado con conocer el lugar que llamaban la fuente de las ideas. Luciano le dijo que era un escritor nativo de la isla, y el mejor de la región preparando cocteles.

A medida que iba charlando con el extraño, se detenía en algunas partes de su cuerpo y pensaba que podía ser su alma gemela, la que estaba segura que había muerto. Nunca había sentido una conexión semejante con otras personas. A sus veinticuatro años solo había tenido un novio; todo un desastre. Pero ahora, el tono de voz de Luciano la hipnotizaba y con sus palabras aumentaba el calor de su rostro. Era como si se conocieran de toda la vida. Detuvo sus pensamientos y, antes de llegar a hablar, Luciano le dijo que tenía la tarde libre y que podría servirle de guía. Alicia apretó las manos para ocultar las ganas de gritarle que estaba encantada, y solo le dijo que sí.

Cuando se vieron a la salida, Alicia le entregó el mapa en el que había marcado los sitios que le gustaría conocer. Pero él ni lo miró y le dijo que la acompañaría a los mejores lugares, a los que no estaban señalados en los mapas. Alicia accedió y dejó que Luciano tomara las riendas del itinerario.

La llevó hasta el parqueadero de autos, y cuando le acercó un casco de motocicleta, se le cortó la respiración. Las motos le provocaban mucho miedo, pero no quería retractarse. Luciano le ayudó a ponérselo. Alicia se tomó unos segundos, respiró de forma pausada y se subió. Sintió un resquicio de tranquilidad cuando presionó las manos contra su cintura.

–¿Estás lista? –preguntó y encendió la moto.

–Sí –respondió Alicia mientras cerraba los ojos y lo abrazaba con fuerza.

Iniciaron el recorrido por la isla. A medida que avanzaban sentía cómo el viento le golpeaba la piel. Se bajó la visera del casco y abrió los ojos para admirar el paisaje. En la isla había muchas construcciones que conservaban la estructura de antiguas colonias de indígenas, que las habitaron hacía cientos de años. Se sentía extasiada viendo el paisaje y, aunque no quería que terminara el recorrido, deseaba ilustrarlo todo cuanto antes.

Pararon en varios lugares que pensó que sólo existían en las revistas de viajes. Las imágenes de castillos junto a corales y enredaderas con flores blancas le parecían una patraña publicitaria. En cada estación, Luciano hacía una breve reseña. Contaba historias de piratas, de tesoros perdidos, de viudas que se murieron en la orilla del mar esperando a sus amantes. Caminaron por cavernas, se mojaron los pies en piscinas naturales y compartieron el vacío que se siente cuando se está parado sobre un risco. Hablaron de la vida, de sus sueños y dijeron algunas verdades a medias.

La última estación era el molino de sal. Dejaron la motocicleta en la calle y caminaron hasta el mercadito de artesanías locales. Luciano le obsequió una manilla con la piedra característica de la región y ella atesoró el regalo entre sus manos.

Sentados en lo alto del molino, le pidió que se quedara esa noche en la isla. Podía tomar el ferry de la mañana y así tendrían unas horas más. Alicia buscó entre su lista de excusas la más adecuada para negarse a la invitación, pero no tenía ninguna; y quería quedarse. Sabía que podía retrasar su viaje unos cuantos días y conocer un poco más de la isla y a Luciano. Pero, después de meditarlo bien, la verdad la tomó por sorpresa. En algún momento tendría que partir y volver a la realidad. Para qué alargar lo inevitable. “Dejar que pasen más cosas, con la certeza de que no podremos estar juntos, sería una tontería”, pensó. Se lamentó por su mala suerte y rechazó la invitación. Debía ir cuanto antes a la estación de ferries.

Cuando llegaron al puerto, le devolvió el casco y le agradeció el recorrido. En un descuido, Luciano la sujetó, le acarició el rostro y la besó. El tiempo se detuvo mientras saboreaba la humedad de sus labios. Y, suspendida entre sus brazos, hizo a un lado los temores y dejó que sus manos le recorrieran el cuerpo. Se miraron durante unos segundos, quería grabar en su memoria cada parte de su rostro. Dio unos pasos hacia atrás, se apartó de sus brazos y subió al ferry. Sentada en una de las bancas de la parte superior se despidió de la posibilidad de tener una aventura con un extraño. Parado en el puerto, Luciano no dejó de mirarla.

El cabello se le revolvía con la brisa y Alicia solo podía concentrar su atención en el chico del bar que había agitado su mundo. Se pasó los dedos por los labios y saboreó el mejor beso que le habían dado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

El mentiroso

Arturo soñó que era niño de nuevo. Se tocó los brazos, las piernas y el cuerpo, y los sintió duros como la madera. Corrió en busca de un espejo sin darse cuenta de que estaba en plena calle y de que sus pies volaban sobre un sendero de baldosas amarillas. Pero, como en los sueños todo es posible, a medio camino se encontró un espejo ovalado, más alto que un hombre, con un marco lleno de arabescos que brillaban como el sol. Se paró de golpe y se enfrentó a la imagen de un niño de madera. En lugar de tener piernas y brazos, sus extremidades eran palitos que se movían con un engranaje. Movió el cuello de un lado a otro negando la evidencia.

–¡Soy un hombre adulto!

La nariz le creció de pronto unos centímetros.

–¡Esto no está pasando!

La nariz le creció un poco más.

–¡Quiero despertarme! ¡Voy a despertarme! ¡Voy a abrir los ojos!

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Con cada una de las tres frases, la nariz se fue haciendo tan larga que ya no podía tocarse la punta con los dedos. Sobre su hombro derecho, con un sombrero de copa y una levita negra, había un pequeño grillo que meneaba la cabeza con aire reprobatorio mientras agitaba un paraguas rojo y hacía un ruidito con la lengua que sonaba como “tse, tse”.

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Arturo cerró fuerte los ojos. Se inclinó hacia el espejo, esperando a que la nariz de madera chocara contra el vidrio en cualquier momento, pero no percibió ningún contacto. Al no notar nada, entreabrió los ojos muy despacio y apoyó las manos sobre el cristal. La rendija entre sus pestañas le dejó ver que las manos apoyadas eran reales, de carne y hueso. Cerró los ojos con un suspiro de alivio, y los volvió a abrir del todo.

–¡No!

El grito se le escapó sin querer. Ya no era un muñeco, y la nariz de madera había desaparecido. Pero la de ahora era casi igual de larga, muy carnosa, como un montículo que surgía del centro de su cara y se prolongaba en un equilibrio que parecía imposible de mantener. En su base destacaban dos orificios paralelos, alargados y oscuros, por donde asomaban algunos pelos.

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En el espejo, sobre su hombro seguía el grillo de antes. En el reflejo lo vio acercarse a su oído para susurrarle unas palabras asombrosas:

–Cyrano, deberías haber seguido siendo como antes. Así Gepetto hubiera podido ayudarte, pero ahora… –volvió a hacer ese ruidito con la lengua– tse, tse… ahora no sé si vamos a poder resolver esta historia. Va a ser complicado, porque ni siquiera me has dejado volver a mi cuento…tse, tse…

Arturo separó los ojos del reflejo del espejo y los giró muy despacio hacia el hombro. ¡El grillo estaba allí! De pie, muy tieso, con las manos cruzadas sobre el mango del paraguas rojo, que usaba como si fuera un bastón con la punta clavada en la hombrera de la chaqueta de Arturo. Y seguía con ese “tse, tse” que lo estaba sacando de sus casillas.

–¡Esto es una pesadilla! –Arturo tuvo ganas de llorar– No puede estar sucediendo.

Dijo esto último medio en susurros. Se tapó los ojos con las manos para no dar el espectáculo bochornoso de un adulto llorando delante de un grillo, mientras en el espejo el reflejo de ellos dos seguía destacando en el camino de baldosas amarillas. Pero las lágrimas no entendían de manos ni de vergüenzas y se le escurrieron entre los dedos.

Arturo no supo cuánto tiempo estuvo así. Notó algo suave en la mejilla derecha. Abrió los ojos. Era la funda de su almohada, húmeda por el llanto. Se puso boca arriba y miró al techo. La lámpara que había en el centro, una araña llena de cristales heredada de su abuela, tintineaba y se movía. Encima de ella, con el tamaño de dos miniaturas, identificó a dos personajes de su sueño. Pinocho y Cyrano de Bergerac le gritaban a dúo la misma palabra una y otra vez:

–¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

Arturo se levantó de la cama. Se acercó a la mesa donde estaba la carta que le había escrito a su mujer la noche anterior. La carta en la que le decía que se iba a suicidar en alta mar para que ella no sospechara que se fugaba con su amante. Iba a irse esa misma mañana, antes de que Mercedes y los niños regresaran de pasar el fin de semana en casa de su suegra. Miró a la lámpara. Los fantasmas no estaban. Ahora solo había allí una foto familiar de las últimas vacaciones en la playa.

Recordó aquel día, con Mercedes y con los niños. Los juegos en el agua. La espalda por la noche, quemada por el sol. Se llevó las manos a la cabeza. Había estado loco, pero el sueño le devolvió la cordura. Casi había tirado por la borda lo mejor que tenía. Rompió la carta. Hablaría con Mercedes y le pediría perdón. No más mentiras.

Adela Castañón

Fotos: Pixabay, Photobucket

Clases en el carasol de Vicenta

A doña Simona Paúles, maestra de nuestras abuelas

Simona aprovechó que era un jueves muy soleado para pasar la tarde con sus alumnas en el carasol del Huerto de Vicenta. Sabía que, a esa hora, estarían allí las mujeres, unas hilando y otras remendando los pantalones de pana de los hombres. Con la luz del sol les salían mejor los zurcidos que por la noche a la luz de la vela.

Creyó que se le había ocurrido una buena idea. Así las madres verían cómo les enseñaba a sus hijas a coserse la ropa interior, mientras les leía unos cuentos que ella misma había escrito. Y, como en las casas se comentaban los pormenores del carasol, pronto se correría por el pueblo con qué maña manejaban los bolillos y bordaban sus iniciales, como habían hecho sus madres y sus abuelas en las sábanas de sus ajuares.

Los jueves por la tarde no había clase y el maestro echaba una larga partida de “subastao” con el cura y el secretario. Mientras jugaban, les decía que tenía pruebas de que la nueva maestra era una hereje.

Les relató, con pelos y señales, que el día que le llevó el Año Cristiano y la Flos sanctorum, los libros que las maestras anteriores leían en la escuela, se los había tirado a la cara. Y que, como pensó que era un arrebato por tener que dar las clases en la herrería, volvió otro día con La perfecta casada de Fray Luis de León. Y lo mismo.

Encima, desde que había llegado esta maestra, los chicos no querían rezar por las mañanas. Es más, le venían a él con que doña Simona no obligaba a las chicas, que las que no querían podían salir a la calle mientras ella rezaba. Y no era un embuste de zagales, que las había visto desde la ventana de su escuela  en corro delante de la puerta de la herrería. Cualquiera que pasara por allí, a la hora de entrar, podría oír cómo se desgañitaba la maestra con los padrenuestros y las avemarías, haciéndose la buena. Pero que a él no se la pegaba. Que, cuando le preguntó por el crucifijo, le dijo que lo no colgaba para que no se manchara con el hollín de las paredes. Y él sabía que eso era lo que hacían los masones, que arramblaban con las vírgenes y santos. Y vaya usted a saber si no habrá estado implicada en el robo del Niño Jesús de Praga que desapareció la de la iglesia la semana pasada.

Siempre que se caldeaba el ambiente, Rosendo salía del mostrador limpiándose las manos en el guardapolvo gris y se acercaba a ver cómo iba la partida. Después de indicarle al cura que echara el as de bastos se sentó en una esquina de la mesa y comenzó con sus habituales retahílas:

—¡Dónde se ha visto que unas alumnas manden más que la maestra! —Miró de frente al cura y al maestro, y continúo con su perorata— Si no tercian en el asunto, pronto se nos habrán subido a las barbas las crías, la maestra y las mujeres. Después de comer las he visto bajar a todas al carasol. Aún no han vuelto y ya se está haciendo de noche. Estoy seguro de que les va a sorber los sesos, mientras ustedes se encenegan con las cartas. A mí me va bien que sigan bebiendo coñac. Pero, si algún día me las tengo que ver con mi mujer y con mis  hijas y ustedes no han hecho nada, me cagaré en sus muertos.

Rosendo se calló cuando vio entrar al médico. Se levantó, volvió al mostrador para servirle un carajillo bien cargado de ron y, entre tanto, pensaba: “Con este no sé a qué carta quedarme. Unas veces critica a doña Simona y otras dice que con ella ha llegado un aire fresco a este pueblo. No sé, no sé. Este don Valero me tiene un poco mosca”.

Aún no se lo había servido, cuando oyó una algarabía que llegaba desde la calle. Asomó la cabeza por el ventanuco que había detrás del mostrador y pudo ver las caras de las chicas y las mujeres que se quitaban la palabra. La maestra las seguía en silencio, muy sonriente. Y a Rosendo aquello no le gustó.

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Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843 – ¿?) fue maestra de El Frago desde 1884 hasta que se jubiló en 1913. Esta hija de Romualdo y Jacinta, naturales y vecinos de Aísa, obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca en 1870. Se casó con Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1854 – El Frago, 1910), que también fue maestro de El Frago, y se instalaron en la Escuela de Niños. Tuvieron tres hijos, María Teresa,  Pedro y Esperanza, que se cambiaron el apellido por Hualte. María Teresa estudio Magisterio, se casó con Bonifacio Guillén de El Frago y se instalaron en Sádaba. Pedro fue practicante de Petilla de Aragón y Esperanza murió a la edad de seis meses.

Como en esa época no había un local para dar clase a las niñas, doña Simona ocupo cocinas, desvanes y hasta una herrería vieja. Les enseñó primorosas labores y se las arregló para que casi todas sus alumnas asistieran a clase y aprendieran a leer, a escribir y a hacer cuentas. Mi abuela, Antonia Berges (1885-1950), solo recibía clases en su casa algún atardecer. Pero, aun así, tenía una letra primorosa y llevaba las cuentas de su casa. En el monte, cuidando cabras, se bordó un ajuar como pocas novias de El Frago. Doña Simona consiguió que su hija María Teresa, y las hijas del médico, Fermina y Cipriana Llanas, estudiaran Magisterio. Así me lo contaba Presentación Guillén, una de sus discípulas, que se había pasado la vida por los montes con mi abuela y guardaba honda memoria de su maestra.

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Pabla Presentación Guillén Guillén (El Frago, 1902-1989)

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Imagen destacada. Ricardo Compairé Escartín, Un carasol a comienzos del siglo XX. Publicada en “Fotos antiguas de Aragón” por Javier Redrado Marín.

La fotografía de Presentación Guillén me la ha cedido su nieto Chesus Asín. Es propiedad de la familia.

Carmen Romeo Pemán

En los sueños de un hombre solitario

Alfie vislumbró un rayo de luz entre las cortinas. Había amanecido. Se pasó las manos por el rostro, se frotó los ojos para despejarse y se limpió el sudor de su frente. Respiró hondo y dejó escapar un bostezo. Había soñado que se reunía con las personas a quienes, de una u otra manera, les había hecho daño. Estaban todos congregados en la sala de su casa. La música del tocadiscos animaba el lugar. Las copas, rebosantes de vino tinto, chocaban unas contra otras y las risas se oían como un eco por toda la habitación. Durante el sueño, había tenido la oportunidad de expresarles sus sentimientos a todos ellos, de abrirles su corazón y de explicarles lo infeliz que se sentía por haberlos lastimado. Los besos y los abrazos iban y venían y Alfie sintió que eran símbolo del perdón que le brindaban. No había hecho cosas terribles en su vida, pero sí algunas que quisiera olvidar.

La ilusión de poder cambiar su pasado y de tomar otras decisiones rondaba por su cabeza cómo una idea obsesiva. “Si todo fuera como escribir alguna errata y luego darle delete en el ordenador”, se decía. Pero sabía que las acciones permanecen y que no podía cambiarlas, que debía vivir con las consecuencias de sus actos.

Había sido un sueño increíble. Cada abrazo lo había sentido tan real y tan humano, que albergó la idea de haber navegado en un recuerdo y no en un producto de su imaginación. El regocijo de su corazón era tan grande que pensó que se le iba a salir del pecho con el ímpetu de cada latido.

Alfie se llevó la mano al cuello para apaciguar la sensación de ahogo y cerró los ojos para controlar la respiración. Revivir el sueño lo ponía ansioso. Poder disculparse y expresar su sincero arrepentimiento había sido muy liberador y placentero.

Ahora que estaba despierto se sentía triste. La alegría del momento había desaparecido. Se había desvanecido como todas aquellas personas que había alejado de su vida. Deseaba volver a estar dormido, regresar a ese lugar en el que podía arreglar las cosas sin prejuicios y permanecer allí para siempre.

Estar despierto le recordaba la cobardía que le impedía encarar a sus fantasmas. Sabía que no tenía la fortaleza suficiente para lidiar con el rechazo de sus buenas intenciones, que la culpa lo consumiría hasta los huesos y que el miedo no lo dejaría avanzar.

Sacudió las frazadas, se levantó de la cama, se acercó a la ventana y cerró la cortina para que la estela de luz se apagara. Debía mantener firme el propósito de mejorar sus pasos, y parte de la solución era cerrar un poco la boca para que las palabras equivocadas no salieran con tanta facilidad. Pero sabía que no sería una tarea sencilla dominar la verborrea que le salía sin control, cada vez que la ira se apoderaba de sus emociones. Estaba seguro de que, una vez más, sus palabras lo traicionarían y volvería a desear haberse quedado callado. Pero en ese momento, en el que las recriminaciones le llegaban como una avalancha, y a pocos minutos de iniciar su rutina, lo que más deseaba era volver a soñar, viajar a ese instante en el que las malas decisiones se podían cambiar.

Alfie se recostó de nuevo en la cama, se puso en posición fetal, se aferró a las frazadas y cerró los ojos con la esperanza de recuperar el curso de aquel sueño. Quería ver una vez más la sonrisa de Lucía mientras le tomaba la mano, sentir la calidez de su abrazo y sus labios rozando sus mejillas. Dejar atrás la soledad que lo embargaba desde aquella noche en que, la única mujer que le había dado sentido a su vida, desesperada de lidiar con sus demonios, lo había abandonado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

Veinticuatro horas de guardia

Empiezo el día mosqueado. Sé que María se ha despertado con la alarma del reloj y se hace la dormida. Salgo de la ducha y meto las cosas de la guardia en la mochila haciendo ruido a ver si abre los ojos. Es inútil, sigue inmóvil.

Suelo dejar todo preparado la víspera, pero anoche, cuando subí al dormitorio, ella ya dormía o fingía dormir. Hasta ayer no me acordé de decirle que me habían pedido el cambio de guardia. ¡Y tampoco hay que ponerse así, joder! Que también se le olvidó a ella comentarme que hoy íbamos a comer con sus padres. Intenté explicarle que el cambio me convenía, pero estaba tan furiosa que no me dejó hablar.

No sé si estoy más triste que enfadado, o al revés. Anoche se acostó dándome la espalda, pero no creí que hoy me dejaría marchar así. Aunque no le apeteciera desayunar conmigo, es la primera vez que no me ha dado un beso de despedida.

Cojo el coche y me consuelo pensando que la guardia en Istán es mucho más tranquila que en la puerta del hospital, y que en el pueblo podré seguir trabajando en mi tesis. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado el portátil. Miro el reloj. No me da tiempo de volver a buscarlo, ni creo que sea buena idea asomar la nariz por mi casa antes de veinticuatro horas. Y sudo al imaginar qué me encontraré mañana cuando regrese.

Llego al hospital y firmo la entrada. Le pido al celador la llave del consultorio de Istán, y me mira de forma extraña. Pone cara de póker, levanta las cejas de forma exagerada, y me dice que llame al jefe. Saco el móvil. ¡Lo que faltaba! Se me olvidó cargarlo y está sin batería. Utilizo el teléfono de admisión, y el adjunto lo coge enseguida. Creo que es lo primero que me sale bien esta mañana. Escucho su voz y esa tosecilla tonta que le entra cuando va a darnos una mala noticia. Ya no estoy tan seguro de que todo vaya bien y, como no podía ser de otro modo, se cumple el refrán: “piensa mal y acertarás”. Mi compañero, con el que hice el cambio, se acaba de dar de baja. Y el sustituto está muy verde para chuparse una guardia de puerta hospitalaria, así que a él lo mandan al pueblo, y a mí me toca quedarme aquí. Las cejas del celador se mueven y me hablan; esa muda compasión me provoca unas inmensas ganas de llorar. Trago saliva e intento ahogar esa pena que se empeña en subirme desde el vientre hasta los ojos.

Voy a mi taquilla. ¡Mierda! Me he dejado las llaves en casa, en el maletín. Lógico. ¡Si yo pensaba irme al pueblo! Vuelvo al mostrador. El celador me dice que no puede ayudarme, que aquello está petado de gente, y que además está solo hasta que entre el refuerzo de las diez de la mañana. Margarita, la limpiadora más veterana del hospital, anda cerca y me oye hablar. Me agencia un pijama dos tallas más grandes que la mía, pero al menos es un uniforme. Me presta su taquilla y guardo allí mis bártulos. Menos mal que está en el cuarto de la lavandería. ¡Hoy solo me faltaba que me pillaran en un vestuario femenino! Ella comparte la taquilla con otra limpiadora y se verán en el cambio de turno, así que me deja su llave hasta entonces. Le digo a Margarita que es un sol con un corazón de oro. Se ruboriza, a pesar de sus años. “¡Ay, doctor! ¡Qué cosas dice! Si tiene la misma vena curando que echando piropos, ya sé a quién voy a consultar cuando me ponga mala”. Me visto de verde y voy a la sala de reuniones. Por el pasillo me doy cuenta de que voy sonriendo por primera vez desde que me levanté de la cama. Necesito un café. El primero del día.

Empieza el chorreo de pacientes. Otra vez traen a Asdrúbal. Supongo que hoy se ha vuelto a emborrachar a propósito, porque llueve muchísimo. Sabe que en la observación de urgencias estará más seco y calentito que en su banco del parque. Y, cuando se le pase la mona, se camelará a la enfermera de turno para que lo deje estar unas horas más. Lo único que tiene en común con el general cartaginés, cuyo nombre comparte, es su habilidad estratégica. Si mi adjunto tuviera la mitad de labia que él, no habría tantas protestas por su modo de organizar los turnos.

No paran de llegar las banalidades de todos los días. Después de atender a Asdrúbal, me subo a la noria cotidiana de los lumbagos, lobanillos, rozaduras de zapatos o picaduras de mosquito. Me muerdo la boca para no decir a más de uno aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Suspiro y continúo luchando para mantener mi vocación a flote.

La mañana sigue con la misma tónica. A última hora, ¡cómo no!, llega una mamá que trae a “su nene” porque tiene una fiebre de 37’9. El “nene” mide cerca de un metro noventa y debe rondar los ochenta kilos. Bosteza sin disimulo y sin que se le ocurra taparse la boca.

–¿Desde cuándo estás con fiebre? –le pregunto al supuesto enfermo que, como es de esperar, me ignora.

La madre me mira y se inclina un poco hacia adelante para contestarme.

–Desde hace una hora.

–¿Le ha dado algo para que se le baje? ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno?

La señora levanta la cabeza, echa los hombros hacia atrás y arruga la nariz.

–Pues claro que no. He pensado que era mejor traerlo, a ver por qué está así.

Intento hacer educación sanitaria y le explico que esa temperatura ni siquiera se puede llamar fiebre. Pienso que el paciente es un cacho de carne con ojos, y me recrimino por pensarlo. Para redimirme le hago una exploración a fondo. Todo normal. Le pongo el termómetro: 36’8 ºC. Sin hablar, que ya me cansa malgastar palabras, se lo enseño a la madre. En lugar de alegrarse, parece que le molesta que su “nene” no tenga nada. Protesta con descaro.

–Pues estará su termómetro malamente. Que el de mi casa daba casi casi los 38.

La remito a su médico de familia y se marcha renegando. Alcanzo a escuchar que va a llevar a su hijo al privado, porque seguro que le hace falta un antibiótico y, con tanto recorte, el médico, que en este caso soy yo, no se lo ha querido recetar.

Tengo ganas de morder, y me rugen las tripas. Me escapo quince minutos a la cafetería del personal, a ver si puedo comer algo. Echo mano al bolsillo de modo mecánico. ¡Ostras! ¡No está mi móvil!

Paso de la comida y corro a la recepción. El celador de refuerzo ya ha llegado, y el de antes ha salido a desayunar. Suspiro envidioso. Por lo menos verá la luz del sol, y no como yo, aquí encerrado hasta mañana por la mañana. Le pregunto si su compañero le ha dejado un móvil, pero no hay suerte.

Llamo a casa desde el teléfono del mostrador. María no contesta. ¡Claro! Estará comiendo con sus padres. Es lo que me faltaba para terminar de congraciarme con mis suegros. Maldigo a la tecnología moderna y a la agenda de contactos. Tendría que haberme aprendido su número de móvil de memoria. Y encima, si se le ocurre llamarme, le va a saltar el contestador. ¡Uf! Días como el de hoy deberían estar prohibidos. Pero cualquiera se queda en la cama. A ver quién se lo explica a final de mes al de la hipoteca, o a la comunidad, o a ENDESA. Que hay que ganarse el pan, ¡caray!, aunque a veces se nos atragante.

La guardia se me hace eterna. Y eso que no paro. Por la noche no podemos descansar ni siquiera media horita. Siguen llegando, uno tras otro, cuadros que no son urgentes. Cuando me faltan veinte minutos para terminar el turno, entra un paciente crítico. El sonido del timbre de aviso nos sobresalta. Los que estamos atendiendo patologías banales lo dejamos todo y acudimos al box. Es un niño. Lo traían a la urgencia del hospital porque había convulsionado, y han tenido un accidente por el camino. Pregunto si hay más heridos y me dicen que no. Estamos con él pequeño más de una hora, y lo sacamos adelante. Es casi seguro que no le quedarán secuelas.

Al salir del box de críticos, voy directo a la taquilla de Margarita y recojo mis cosas. En la mochila encuentro pegada una nota que dice que pregunte por Mercedes, la otra limpiadora. No sé quién es y me entran tentaciones de dejarlo, pero pienso que quizá necesite la llave y decido buscarla. Total, voy a llegar a casa con casi dos horas de retraso y no creo que unos minutos más empeoren la bronca que me espera. Doy media vuelta y casi tropiezo con otra limpiadora. Me busca con la mirada dentro de mi uniforme talla XXL y demuestra su buena capacidad deductiva al decirme “Usted debe ser el doctor Gavira. Un momentito”. Saca su llave y abre la taquilla. Creo que es la tal Mercedes. Mete la mano en una caja donde hay un paquete de café, una caja de galletas y un cartón de leche, ¡y me da mi móvil! Me entran ganas de besarla. Le devuelvo la llave de Margarita, le doy las gracias, y me marcho a casa sin hablar con nadie más.

Al llegar abro la puerta despacio, como si fuera un ladrón, y cierro procurando no hacer ruido por si María duerme aún. Veo luz en la cocina y mi mujer asoma la cabeza. Abro la boca, pero no me da tiempo a decir nada. María corre hacia mí, me echa los brazos al cuello y me llena los labios de besos salados. Se separa unos milímetros, me mira a los ojos, y me vuelve a besar. No entiendo nada. Repite una y otra vez dos palabras: “¡Estás bien! ¡Estás bien!” Parpadeo por si me he quedado dormido y estoy soñando, pero el calor del cuerpo de María, apretado contra el mío, es muy real. Sonrío.

–Bueno, he estado mejor otras veces. Pero no me quejo, mujer. –Me sorprende este recibimiento después de lo de ayer y de mi retraso de hoy. Aunque no entiendo el motivo, me encanta–. ¿Qué te pasa?

–¿No te has enterado? –Mi cara de pasmo le da la respuesta y empieza a hablar con frases rápidas y entrecortadas–. ¡El accidente! Cuando han dado la noticia me quería morir. Solo pensaba en que no me había despedido de ti, y eso me estaba matando.

Cada vez lo entiendo menos. ¿De qué habla? Sigo escuchando. María está tan agitada que es inútil tratar de preguntarle algo.

–Me he despertado hace horas. No podía dormir ¿sabes? Ayer me pasé toda la mañana cabreada. Y luego, cuando mi padre empezó a despotricar por el plantón, me encontré de pronto defendiéndote. En realidad, me sentía mal por haber sido injusta contigo. ¡Ay, David! No tenía derecho a ponerme así, cariño. Perdóname. ¡Pero es que, anoche, me vino la regla justo antes de que llegaras!

María se echa a llorar. Le acaricio el pelo. Llevamos un año buscando un bebé, y este mes se había retrasado unos días. ¡Mi pobre María! Ahora comprendo por qué se puso así. El enfado era más con la vida que conmigo, pero yo estaba más a mano y pagué el pato. El cambio de guardia fue el motivo perfecto.

María se seca las lágrimas y me da otro beso. Nunca ha estado tan guapa como hoy, con los pelos revueltos, el rímel corrido, y esa sonrisa entre dos hilos brillantes y negros que le bajan por las mejillas. Se limpia los mocos con el dorso de la mano y me mira como si yo tuviera monos en la cara.

–No lo sabes, ¿verdad? –Se muerde el labio y vacila, como si no encontrara las palabras–. Ayer pasé la tarde fatal. No hacía más que llamarte al móvil, y pensé que lo tenías apagado porque estabas enfadado. Me he despertado temprano y bajé para esperarte y desayunar contigo. He puesto la radio para hacer tiempo, y he escu…cuchado la no.. la noticia.

–¿Qué noticia? –María me acaricia la cara.

–Cariño, la ambulancia de Istán ha tenido un accidente cuando llevaba a un niño al hospital –solloza y se tapa la boca con las manos–. Han dicho que solo ha sobrevivido el chiquillo. El técnico, el ATS y el médico han muerto en el acto. ¡Ay, David! Me dijiste que habías cambiado la guardia y creí que estabas allí. ¡Dios mío! ¡Pensé que te habías matado!

Siento frío, y trago saliva. “Veinticuatro horas”, pienso. ¡Cómo puede cambiar la vida de la gente en veinticuatro horas! Abrazo a María con más fuerza, y rompo a llorar con ella.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

De reinas y princesas

A mis compañeros de la escuela de El Frago

Acabábamos de salir de la escuela, cuando nos llamó el alguacil para que fuéramos al Ayuntamiento. Allí nos esperaban nuestros padres y todas las autoridades. Al verlos reunidos nos asustamos. No sabíamos qué nos iba a pasar y no entendíamos cómo había llegado tan lejos el susto de Lucía. En esa aventura nos habíamos juntado todos: los mayores y los pequeños, los chicos y las chicas.

–¿De quién fue la idea? –preguntó uno de los dos guardias civiles, a la vez que recorría nuestros rostros con su mirada.

Ninguno de nosotros contestó. Cuando el otro guardia civil repitió la pregunta, se le mojaron los pantalones a Nicolás, el más pequeño de todos. El maestro, que presidía el interrogatorio, se levantó, le hizo una caricia en el hombro y le dijo: “Vete a orinar la calle, pero luego vuelve”. Tuvo que salir a empellones porque la puerta estaba abarrotada. La gente del pueblo se había apiñado intentando escuchar lo que pasaba dentro. También estaban fuera los mayores y todas las madres. No los habían dejado entrar por miedo a que se montara demasiado guirigay. Al ver a Nicolás, todos se le echaron encima. Él rompió a llorar, orinó y, sin decir nada, volvió al salón de plenos como le había ordenado el maestro.

–Bueno, pues si no nos vais a contar a quién se le ocurrió, por lo menos decidnos cómo pasó –intervino el secretario.

Formábamos un semicírculo alrededor de una mesa en la que estaban sentados el maestro, la maestra, el cura, el secretario, el alcalde y la pareja de la guardia civil. Detrás de nosotros, de pie y apoyados contra la pared, los concejales con algunos de nuestros padres, porque los que trabajaban no habían podido venir.

En ese momento la maestra se levantó, se acercó hasta mí y me dijo al oído:

–Estoy segura que tú has estado en el ajo. Va a ser mejor que nos lo contéis todo. Si no habláis, este lío tan gordo se os va a complicar más

Antes de contestar vi cómo mis amigas bajaban la cabeza y se miraban las zapatillas. No sé de dónde me salió aquel hilillo de voz: “Hemos sido todos. No queremos que castiguen al que lo cuente”. Y de pronto, se me desató la lengua.

–Es que Lucía siempre quería ser la reina, y si no la dejábamos se iba llorando a su casa y decía que le pegábamos. Y, como no queríamos que su madre os persiguiera otra vez con la escoba por toda la calle, pensamos que si la coronábamos reina ya no volvería con más cuentos a su casa. Y, como no podíamos hacerlo solas, pedimos ayuda a los chicos. Pero los mayores no nos escucharon y pasaron de nosotras.

–¿Y vosotros cómo os dejasteis convencer? –preguntó el maestro a los chicos.

De nuevo un silencio absoluto. Nosotras sabíamos que no los habíamos convencido. Que los habíamos forzado, porque les dijimos que, si no nos ayudaban en lo del castillo, le íbamos a contar a la maestra que ellos habían volcado por un terraplén el isocarro del hombre que venía a vender sardinas. Sabíamos eso porque aquel día los habíamos espiado desde el mirador del Terrao.

Los chicos decidieron ayudarnos y lo planearon todo. Ellos se encargaron de hacer un castillo con la paja que recogieron en las eras. Nosotras buscamos un vestido de princesa, largo, bien largo, hasta los pies, para que no se notara que la reina no llevaba chapines. También recogimos espigas de centeno y trenzamos una corona. Lo de la corona nos resultó fácil porque estábamos aprendiendo a hacer trenzas y cestas de paja de centeno en la escuela.

–Pues yo sé que algunas le pedisteis el vestido de novia a Jacinta -terció el cura-. Hace unos días, cuando pasé por la puerta de su casa, estaba barriendo la calle y me dijo que erais unos demonios. Que estabais erre que erre, con que os dejara el vestido de novia para hacer comedias. Y le contesté que no fuera tan mal pensada. Que os lo dejara, que hacer comedias no era malo y que se lo cuidaríais bien porque sabíais que lo tenía en mucho aprecio.

Pero no había sido tan fácil como lo contaba el cura. Tuvimos que darle mucha lata para que nos lo dejara. Queríamos el vestido de Jacinta porque era la primera novia que se había casado de blanco y con un velo de tul que acababa en una cola muy larga. Ese sí que era el vestido de una princesa de verdad, y no los de los cuentos de hadas. Hasta entonces todas las novias del pueblo se habían casado de negro.

En menos de una semana lo tuvimos todo dispuesto: la paja para el castillo, el vestido para la novia y las espigas para la corona. Pero nos faltaba lo más difícil: un lugar un poco alejado para que nadie nos viera ni sospechara nada.

–¿Quién os dio permiso para ir a la era del Cura? –dijo un abuelo que tenía muy malas pulgas y era el mandamás del pueblo.

–No necesitábamos permiso porque esa era está abandonada –contestó una voz que salía del grupo de los chicos.

Como nos estábamos poniendo cada vez más nerviosos y los chicos no hacían más que pedir permiso para salir a mear, me armé de valor, me puse enfrente de la mesa y de un tirón lo conté todo de pe a pa.

–¡Pero si la culpa ha sido de Lucía! Ya les he dicho que estábamos hartas de que siempre se empeñara en ser la reina. Sólo queríamos que nos dejara en paz. Y les pedimos ayuda a los chicos porque nosotras no sabíamos hacer un castillo tan grande.

Me paré un momento para coger aire y sentí las miradas de los chicos clavadas en mi nuca. Pero ya no podía dar marcha atrás.

–Le pusimos el vestido blanco con la corona y gritamos: “¡Viva nuestra reina!” Y, de pronto, se nos ocurrió lo de prenderle fuego al castillo. De verdad que no lo habíamos pensado antes. Además creíamos que no iba a arder porque había llovido y la paja estaba mojada. Sólo queríamos hacer mucho humo para que Lucía tuviera que salir tosiendo en medio de una nube negra. Cuando estábamos encendiendo las cerillas volvimos a gritar: “¡A ver si escarmientas de una vez!”

En ese momento, un frío de metal en la garganta me cortó la respiración. Pero enseguida continué entre hipidos.

–Esperamos un poco y en lugar de humo comenzaron a salir llamas por la puerta. Tuvimos suerte porque los chicos cogieron unas palas y las apagaron en seguida. Pero, como no salía, entraron corriendo y la encontraron en el fondo, acurrucada y tosiendo. Tenía el pelo y el vestido chamuscados.

Cuando acabé de hablar se armó tanto jaleo que no pude oír lo que dijeron. Sólo sé que después estuvimos castigados muchos días sin recreo.

Unos años más tarde, oí a Jacinta que, mientras barría la calle, le decía a una vecina:

–Yo fui la primera novia que se casó de blanco en este pueblo pero ninguno me cree, porque entonces no había máquinas de fotos y las chicas de la escuela me quemaron el vestido jugando a reinas y princesas.

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Este relato está basado en uno episodios que sucedieron en la Escuela de El Frago en los años 60. Los personajes son inventadosseparador2

Los dibujos son inéditos de Inmaculada Martín.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Carmen Romeo Pemán

 

De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland

La noche de las hadas

En el horizonte se podía ver cómo el día se escondía entre las montañas. El césped se oscureció y las flores cerraron sus pétalos cuando la sombra de la noche se posó sobre ellas. La oscuridad duró solo unos segundos. De repente, el cielo se llenó de cocuyos que iluminaron el jardín.

Valeria daba saltos alrededor del árbol de las hadas. Hacia giros infinitos con sus brazos extendidos y sonreía sin parar. Corría de un lado para otro en busca de los capullos que traerían a las nuevas hadas. Su figura mediana destacaba por todo el jardín y la gracia de su danza hacía más cálida la noche. Estaba lista para recitar las palabras y rociar sobre los capullos el polvo mágico. Recostada sobre un árbol, su madre la miraba con una sonrisa serena y el corazón hinchado de amor. Su pequeña, de ojos castaños y pelo lacio hasta la cintura, le robaba el aliento.

–1, 2, 3, 4… –recitaba Valeria mientras movía sus dedos.

–¿Qué haces, hija? –preguntó Amatista mientras se acercaba a ella.

–Contar.

–Y, ¿qué estás contando?

–Cuantas hadas van a nacer esta noche.

–Y, ¿por qué las cuentas? –le preguntó su madre respingando la nariz.

–Por favor, mamá, sabes que puedo pedir un deseo por cada hada que nazca esta noche. Así que quiero saber cuántos deseos me van a conceder.

Amatista le acarició el cabello y la apretó entre sus brazos. El aullido de los lobos despertó a las aves que descansaban en las copas de los árboles y el revoloteo de sus alas agitó las hojas, que danzaron en el cielo. Una densa bruma flotaba sobre el jardín. Había llegado el momento.

Valeria cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Se sacudió el vestido y se arrodilló frente al árbol de los capullos. Amatista tarareo una canción que alertó a todos los seres mágicos del jardín. En un instante, estaban rodeadas de toda clase de criaturas.

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–Puedes empezar, hija –dijo Amatista, mientras le ponía la mano en el hombro para animarla.

Valeria miró a su madre y le regaló una sonrisa. Inhaló y exhaló el aire con fuerza y el corazón se agitó dentro de su pecho. Estaba emocionada y, al mismo tiempo, se sentía asustada. Era la primera vez que tenía a cargo la noche de las hadas. La bruma fue adquiriendo un tono violáceo y Valeria suspiró. Abrió sus brazos en posición de oración y pronunció las palabras.

–Una vida en esta tierra, una tierra para esta vida. Nacimos en la oscuridad, descansaremos en la luz. Universo, espacio, tiempo; vivimos para servir.

Valeria esparció el polvo mágico sobre los capullos y se fueron abriendo uno a uno ante los ojos de las criaturas. De cada brote floreció un hada y todas volaban en el jardín agitando sus alas multicolores. La noche se volvió día y el rocío de la mañana trajo consigo un nuevo amanecer.

Doce hadas abrieron sus ojos a la vida. Después de recorrer todos los rincones del jardín, se pararon enfrente de Valeria y, con una reverencia, se pusieron en fila para concederle sus deseos. Cuando la última de las hadas chasqueo sus dedos, Valeria sintió cómo unos labios tibios y húmedos se acercaban a su mejilla.

–Abre los ojos, dormilona, es hora de ir a estudiar –dijo Amatista mientras le daba un beso a Valeria.

–Mamá, acabas de arruinarme un sueño maravilloso.

–¿Estás segura de que fue un sueño?

Mónica Solano

Imagen. Alejandro Uribe