Una historia vital y azul

Hoy os voy a contar un relato verídico, basado en hechos reales. Y no vulnera ninguna ley de protección de datos porque la protagonista soy yo misma.

Estoy matriculada en uno de los muchos cursos de escritura a los que suelo engancharme. El curso, “A la manera de”, consiste en escribir cada semana imitando el estilo de algún autor famoso. Hace poco le llegó el turno a Francisco Umbral (escritor español, 1932-2007), y en el material teórico correspondiente descubrí su libro “Mortal y Rosa”. Es el dolor hecho poesía. Es un llanto derramado en cada renglón por la muerte de su hijo, “Pincho”, que falleció de leucemia con solo seis años. Un libro único.

Soy madre de una persona especial. Aunque supongo que, para todos, nuestros hijos son personas especiales. Pero sentir tan dentro ese dolor del escritor por la pérdida del suyo me provocó las reflexiones que os quiero compartir. Aquí os las dejo.

Me despierto un buen día dentro de un curso. Me toca ser el mimo de un escritor famoso. El material incluye algún fragmento de su obra, y su lectura me atrapa sin remedio. La música del texto es tal que incluso compro el libro. Un libro que, tan solo por el título, “Mortal y Rosa”, ya quiero conocer. Me enredo entre sus líneas porque me hace pensar en cosas importantes. Y pienso mucho. Escamoteo minutos de mi tiempo porque la prosa de Francisco Umbral me atrapa, me enreda entre sus líneas. Y, cuando me doy cuenta, descubro muchas cosas.

Ese darme de bruces con un Mortal y Rosa me estremece. Me hace entender, de un golpe, que mi vida, que ahora siento tan plena, tampoco en el pasado fue el vacío absoluto donde yo creí estar. Y me arrepiento. Porque hace mucho tiempo, al principio de todo, me sentí estafada por la vida. Mi niño era mi niño, y no lo era. Y nadie lo entendía. ¡Tan solos, él y yo! ¡Qué triste soledad, vivida en compañía! Es duro comparar lo que ahora tengo con lo que se me muestra en ese libro. Pero no puedo evitarlo, y lo comparo.

Y ese Mortal y Rosa baja por mi garganta y me hace daño. Escuece, como debió escocer la hiel en la boca de Cristo al ser crucificado. Porque eso sí es vacío. Ese mortal, que me roba hasta el aire. Ese rosa, con aroma a corona, pero a corona fúnebre.

Lo mío no era eso. Mi vida, incluso entonces, tenía mucho sentido. Aunque no lo supiera. Porque esa vida, lo mismo que un buen maître, me dejaba elegir el plato que quisiera. Yo, todavía, sentada en esa mesa, tenía la potestad de decidir. De escoger entre miles de platos: dulces los unos, otros bien amargos. Ligeros o pesados. Pero en todo momento yo tuve libertad. Y todavía la tengo, y continúo eligiendo. No como Umbral. Su pena irreversible, la ausencia de ese hijo…

Vuelvo la vista atrás. Y me doy cuenta. Hubo un momento, cuando dejé de manotear en el mar de las lágrimas y comencé a remar. Y el barco se movió, aunque más que un navío era una humilde barca. Y solo con un par de tripulantes. Mi pequeño. Yo misma. Timonel y grumete, sin saber quién era quién en ese dúo. Empecé a creer que el mundo se movía, pero me equivocaba. Éramos nosotros dos los que avanzábamos.

Le doy gracias a Dios porque mi pluma escribe todavía con la sangre que corre por mis venas y por las de mi hijo. Mi escritura se nutre de la vida. Y la del pobre Umbral, porque nadie es más pobre que aquel que pierde un hijo, va escrita en color negro, igual que la ceniza, y vestida de un luto irrevocable.

Porque un hijo nos duele en los hijos de otros que aún alientan. En risas infantiles que se siguen oyendo. En unos gritos. En saltos, chapoteos en la piscina que alteran esas siestas de verano. En una bicicleta con la rueda pinchada, cuyo dueño no puede ni podrá reclamarnos su arreglo.

¡En qué cosas tan nimias puede doler esa ausencia del hijo!

Me pierdo nuevamente en mis recuerdos. Vuelvo a ver a ese niño, mi niño, oculto tras sus ojos de pequeño. Cautivo de sus brazos que ni abrazar sabían. Prisionero de una boca hecha de dientes mudos, obligada a un silencio impuesto y obligado. Me recuerdo muriendo de deseo, doliendo en mis entrañas esa necesidad de encontrar un camino, de buscar una puerta, o algún modo, para poder cruzar esa muralla. Para encontrarlo a él al otro lado.

Pero mi niño vive. Mi niño vivía entonces. Y, otra vez, se me clava en la carne ese Mortal y Rosa.

El nuestro es un camino que ha llegado a buen puerto. A través de baldosas amarillas, nos condujo a la tierra de Oz. Porque la magia existe. La magia es una hermana, es un amigo. Es una profesora experta en esa asignatura del amor, que imparte a manos llenas. Es mucha gente buena que, en todo ese trayecto, nos va ofreciendo asilo.

Mi niño se hace un hombre. Encuentra las palabras. Ahora sus brazos saben estrecharme. Los dos, en algún punto, ganamos la partida. La soledad ya solo es un recuerdo que no tiene cabida en nuestra vida.

Y tiene que llegar este momento. Un curso de escritura. Un minuto distinto, para una reflexión en un instante eterno.

¡Qué lleno de poesía ese mortal y rosa! ¡Y qué vacío tan grande sentimos derramarse en cada línea!

¡Qué equivocada estuve! Que nunca fue el vacío lo que yo tuve. Que mi niño, que lo era y no lo era, estuvo siempre allí. Y yo encontré el camino que me llevó hasta él. Y ahora es mi niño.

Y me duele pensar que cometí un error. Doy gracias a la vida, porque lo único que he llegado a saber sobre Mortal y Rosa se limita a las páginas leídas. Lo que yo tuve y tengo es otra cosa.

Porque es vital y de color azul. Como el autismo.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Frank Mckenna

Amar de reojo

“Quiero mirarte mucho, y te miro solo un poco.
Y es que solo me atrevo a mirarte de reojo”

De una canción de Sito Morales

Lo primero que el escritor vio fue la rasta. De lejos, mientras descendía a la playa por un sendero, confundió la silueta con una roca de la orilla, y no le prestó atención. Pero una ráfaga de aire hizo ondear la rasta durante unos segundos. El escritor entrecerró los ojos e hizo visera con la mano sobre la frente para ver mejor. Comprobó que la supuesta roca era una mujer encogida sobre sí misma, con los brazos abrazando las espinillas y el mentón apoyado sobre las rodillas dobladas. Tenía la inmovilidad de un peñasco solitario. La capucha, echada hacia delante, no dejaba verle la cara ni el resto del pelo. El movimiento de la rasta solo había durado unos instantes; enseguida volvió a reposar sobre su espalda, como una tira de algas del color del fuego que destacaba sobre el negro del chándal que llevaba puesto.

El escritor se detuvo, a pesar de la distancia. Se sorprendió pensando que dar un paso más sería como invadir un terreno sagrado, y no quiso hacer nada que rompiera esa calma perfecta. El sendero se bifurcaba, y tomó el ramal que lo alejaba de la figura. Llegó abajo del todo, se sentó sobre una roca, manteniendo las distancias, y abrió su cuaderno de notas. De vez en cuando fingía escribir, pero cuando se levantó para marcharse no había ni una línea en su cuaderno. La hora se le había ido en lanzar furtivas miradas a la única habitante de esa playa.

El resto del otoño trajo consigo tardes similares. La mujer ya solía estar en la playa cuando el escritor llegaba, pero nunca dio señales de notar su presencia. A él se le ocurrió un día bajar más temprano. Su corazón latió un poco más despacio al ver que ella aún no estaba. Temió que la desconocida no acudiera ese día o, aún peor, que al acercarse diera media vuelta al ver allí a otra persona. Se puso en pie para abandonar la playa, pero se detuvo cuando, a lo lejos, detectó un movimiento con el rabillo del ojo. A cámara lenta, como el que se acerca a un gorrión herido para no espantarlo, volvió a sentarse en su roca de siempre teniendo cuidado de no mirar directamente a la mujer que se acercaba a su sitio sobre la arena. Ese día solo garabateó en su libreta una especie de mantra repetido: “Gracias, Dios. Gracias, Dios”. Amparado en la distancia, no le había importado que la sal de sus mejillas no se debiera solo a la brisa de mar, y respiró aliviado al ver que no había espantado a su musa.

En diciembre tuvo que volver a la ciudad. Su editor se impacientaba. Los plazos para entregar su nueva novela se habían convertido en un trote de caballos al galope. Y, si algo le faltaba, fue enterarse de que su corrector habitual se había jubilado. El editor le pasó el email del nuevo corrector, pero al escritor se le daba mal la correspondencia con personas a quienes no lograba poner cara. De todos modos, le envió el borrador por correo electrónico y le sorprendió recibir en menos de dos semanas una revisión más exhaustiva y acertada que nunca. No le costó trabajo continuar el intercambio epistolar y la versión definitiva de su novela prometía ser espectacular.

Solo tenía un inconveniente, y era que no se le ocurría ningún título. Buscaba algo sencillo, como el argumento del libro: una simple historia de amor entre dos desconocidos en una playa solitaria. Era una historia única, en la que sus protagonistas no cruzaban ni una sola palabra. Ni siquiera una mirada. El libro tenía dos finales alternativos, y muy diferentes, entre los que tendría que elegir en breve. Como no daba con un título apropiado, escribió al corrector para concertar una cita. Pensó que alguien que había hecho una revisión tan buena, podría echarle una mano en lo del título y, de paso, le daría las gracias en persona por su estupendo trabajo.

Llegó a la editorial el día de la cita con un poco de retraso. Llovía sin pausa desde la madrugada, y le había resultado una odisea encontrar un taxi cuando salió a la calle nada más terminar de almorzar. Sacudió las gotas de su vieja gabardina mientras maldecía al tiempo. El editor lo estaba esperando para presentarle al nuevo corrector, un hombre de mediana edad al que apenas se le veían los ojos, perdidos entre las arrugas de un rostro que desentonaba con el resto de su cuerpo. Ancho de hombros, con la espalda bastante recta, tenía más aspecto de descargador de muelles que de corrector de textos literarios. Los dos hombres simpatizaron en seguida. No tardaron en sumergirse en comentarios sobre la novela y sus posibles mejoras y, a media tarde, el corrector llamó por teléfono a alguien para que les trajese un café de un bar cercano. Cuando llegó la persona con sus bebidas, estaban tan enfrascados que ni levantaron la vista de sus apuntes.

Habían dejado lo del título para el final. El corrector se levantó de su silla para estirar un poco la musculatura de la espalda, y el escritor lo imitó.

–¡Bien, amigo mío! –dijo el corrector–. Le tengo que confesar un secreto, y es que he tenido ayuda extra con su novela. Cuando llegó usted no sabía si llegaría a decírselo o no, pero su visita me ha alegrado esta tarde tan gris, y ahora que lo conozco en persona creo que se lo debo.

–¿Me está diciendo que ha contratado a un “negro” para hacer su trabajo?

El escritor hizo la pregunta con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentía más curioso que molesto. El corrector se llevó las manos a la cabeza y la movió de lado a lado con energía.

–¡No, por Dios! Soy un trabajador responsable y jamás se me hubiera ocurrido tal cosa. La persona que me ha sugerido muchas de las correcciones es de mi total confianza –el hombre sonrió–. Se trata de mi hija, que se alimenta de libros, y ha sido la autora de los comentarios sobre su protagonista, ya sabe, esos que tanto le han gustado. Por cierto, le comenté que nos veríamos esta tarde y le hablé de sus problemas con el título. Me dijo que me mandaría por email algo que se le había ocurrido –el corrector volvió a la mesa de su despacho y encendió el ordenador–. Espere un segundo. Le podía haber preguntado cuando nos ha traído el café, pero no me he acordado en ese momento. Y es tan tímida que no me extraña que no haya dicho nada.

El hombre tecleó una contraseña y se abrió la bandeja de entrada. Buscó entre los correos, y abrió uno con un archivo adjunto. Pulsó la opción de descargar, y no pudo evitar una carcajada al ver la imagen que aparecía en pantalla.

–¡Vaya! ¡Esto sí que no me lo esperaba de mi hija!

–¿El qué? –el escritor sentía aumentar su curiosidad.

–Pues que, con lo reservada que es Lucía, no sé cómo se le ha ocurrido utilizar una foto suya como sugerencia para la portada.

El escritor hizo un esfuerzo para no fruncir el ceño. Le caía bien el corrector, pero de ahí a permitir que una muchachita que se había paseado impunemente por las páginas de su novela se tomara también la libertad de intervenir en la imagen de portada… bueno… No estaba dispuesto a pasar por eso. Y encima la chica ni siquiera había saludado cuando dejó los cafés sobre la mesa, limitándose a dejar la bandeja y a desaparecer como un fantasma. Pensó en un modo delicado de tratar esta cuestión.

–En fin, por sugerir, tampoco se pierde nada. Pero déjeme decirle que, en el título y en la portada, tengo por norma reservarme la última palabra –el corrector juntó las palmas de las manos, como pidiendo perdón, y el escritor temió haber rozado la descortesía, así que intentó suavizar la situación–. A ver, ¿qué título ha sugerido su hija?

Rodeó la mesa para ver la pantalla del ordenador, y estuvo a punto de caerse de espaldas.

La imagen de la portada mostraba la foto de una playa desierta, con dos siluetas. Una, en primer plano, la de una mujer de espaldas, con un chandall negro y la capucha subida, que solo dejaba ver una rasta pelirroja ondeando al viento. La otra, a lo lejos, una figura masculina, más insinuada que dibujada, de un hombre con un libro sobre las rodillas.

Lucía proponía que la novela se llamase “Amor de reojo”.

El escritor parpadeó.

–¿Su hija ha sido la persona que nos ha traído el café?

–La misma.

–¿Podría presentármela?

–Claro que sí. Será un placer. Espere un momento.

El corrector abrió una puerta que comunicaba con el despacho contiguo. Se oyó el ruido de un ascensor en marcha. El escritor se asomó por encima del hombro, y vio que la habitación estaba vacía.

–¡Vaya! –dijo el corrector. Él también había oído el ascensor–. Debe haberse marchado hace un momento. Aquí solo quedábamos ya nosotros tres.

El escritor cruzó la habitación en dos zancadas y se asomó a la ventana. Vio salir una figura con un chándal negro que se alejaba corriendo bajo la lluvia mientras una rasta roja le golpeaba la espalda con cada paso.

En aquel momento supo qué final iba a elegir para su libro. El mismo que para el resto de su vida.

Adela Castañón

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Imagen de Sito Morales durante el recital que me inspiró este relato

Fotos: Pixabay, Sito Morales

Imagínate

Imagínate que entras por la mañana en tu oficina arrastrando los pies por la moqueta, sin levantar la cabeza para no sentirte obligado a dar esos buenos días que te queman en la garganta y que sabes que nadie te devolverá. Llegas a tu cubil, acompañado por un silencio artificial, solo roto por el clac-clac de los teclados y el sonido del teléfono, y te dejas caer sobre la silla de ruedines que ya no giran. La puerta del baño de hombres, otro espacio ridículamente pequeño con un solo retrete para treinta personas, está pegada a tu mesa de trabajo, y cuando se abre te llega el olor de estómagos vaciados, enmascarado por un ambientador barato que impregna tu garganta y te quita el apetito.
Imagínate que solo te ha dado tiempo a encender el ordenador cuando el director de la empresa baja a tu planta. Busca a los compañeros con los que llevaste el caso Smith, los que pusieron sus vidas privadas como excusa y te recordaron con delicadeza que tu falta de familia te permitía hacer tu trabajo, y también el suyo, si eras tan amable. Los que te agradecieron tu labor con una fugaz palmada en el hombro y te prometieron que la próxima vez te llevarían con ellos a tomar una cerveza, pero que ese día no podías ir porque no cabías en el coche. Son aquellos a los que el jefe está felicitando y tú solo miras, dolido porque
nadie reconoce tu labor. Aunque no quieras pensarlo con detenimiento, sospechas que quizá no deban hacerlo.
Imagínate que oyes otra vez a tu jefe llamarte desde su despacho. Hundes la cabeza en tus manos sabiendo que ni quedándote a dormir vas a poder cumplir con sus expectativas porque no deja de mandarte todos los casos problemáticos que nadie más quiere atender. Tampoco
tienes valor de negarte porque tu madre y tú dependéis del raquítico sueldo que apenas llega para pagar el alquiler y llenar la nevera. Cuando te levantas, las piernas te tiemblan y no dejan de hacerlo cuando cierras la puerta de cristal detrás de ti. Eres consciente de que tus compañeros miran sin disimulo hacia el despacho, donde ven a vuestro jefe poniéndose en pie y aprovechando su altura para intimidarte. Te mira con desprecio y, con cada palabra, una lluvia de saliva cae sobre tu cara que está a pocos centímetros de su barbilla. Sales del despacho y te enderezas la corbata, sin dejar de prestar atención a tus pies. Casi nadie te mira ahora. Los que sí, sonríen. Son los que saben que es tu último día.
Imagínate que abres los cajones para recoger tus objetos personales. Tus vecinos tienen decenas de fotos cubriendo el gris de los cubículos, pero tú solo tienes una postal, el último contacto que tuviste con tu padre. Sobre tu cabeza, uno de los fluorescentes de luz aséptica empieza a titilar antes de fundirse. Colocas todos los objetos sobre la mesa y los coronas con la imagen del puente de Brooklyn que has
estado mirando los últimos quince años decenas de veces al día.
Imagínate que Carolina asoma la cabeza y te ofrece una bolsa de plástico del supermercado para transportar tus cosas. Te quedas mudo mientras te preguntas de dónde ha salido tanta perfección, si es posible que tenga ombligo o sea una obra de Dios. Cuando te mira a través de esas frondosas pestañas te sientes como un niño que aun moja los pantalones. Reparas por primera vez en la pequeña muesca de su pala superior derecha, y te das cuenta de que, aunque única, es tan humana como tú.
Imagínate que piensas que es ahora o nunca, y la invitas a cenar.
Imagínate que una mueca de asco, demasiado rápida para verla a menos que la estés esperando, pasa por su cara antes de ponerte una excusa.
Imagínate que tu mano empuña un abrecartas.

Carla Campos

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Imagen de tpsdave

Del suelo al cielo

Era la primera vez que entraba en aquel edificio. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba su muda melodía de números descendentes: 10, 9, 8, 7… Una mujer esperaba marcando el ritmo con el taconeo de su zapato derecho, justo delante de él, y el movimiento hacía oscilar el abrigo que cubría su espalda. Las puertas del ascensor se abrieron igual que una enorme boca forrada de madera con espejos, mostrando un suelo enmoquetado en color vino como si fuera una lengua. El hombre y la mujer entraron sin mirarse, y el ascensor cerró sus puertas.

–¿A qué piso…? –el hombre no tuvo tiempo de terminar su pregunta. La mujer lo ignoró y, sin mirarlo, estiró el brazo hacia el panel de los números. Al moverse, su chaqueta se abrió y dejó entrever un abultamiento de luna en cuarto creciente que tensaba el vestido a la altura de su abdomen. Ella aprovechó el gesto para mirar su reloj, y al inclinar el cuello quedó expuesto un pequeño tatuaje: un círculo formado por dos figuras en forma de coma, como un yin y yang, con un punto blanco dentro de la mitad negra, y un punto negro en el centro de la parte blanca.

Si el hombre no hubiera estado apoyado contra la pared, se habría caído de espaldas. Había visto ese mismo dibujo ocho meses antes, la noche en que, ciego de coca, siguió a una chica con un tatuaje igual por Central Park. El ataque no había durado más de quince o veinte minutos: el tiempo que tardó en sorprenderla y arrastrarla hasta detrás de unos matorrales, dejarla tirada, desarticulada y rota, y huir a toda carrera por una de las salidas del parque. Desde aquel día no había vuelto a probar ni una sola raya.

El espejo de la pared le devolvió la imagen de sí mismo: un espectro pálido, cuya cara se empezaba a poblar de perlas de sudor. Sin saber qué hacer, elevó los ojos al panel de los números y rezó para que se produjese pronto una parada. Cualquier cosa, con tal de escapar de esa jaula metálica. “Tierra, trágame”, pensó.

El embarazo había agudizado el olfato de la mujer. Sin poderlo evitar miró el espejo y vio reflejado al otro pasajero cuyo sudor, acre y fuerte, le estaba empezando a provocar unas nauseas cada vez más intensas. Se dio cuenta de que el tipo la estaba observando, y de que, al verse descubierto, levantaba la mano para aflojarse la corbata. El puño de la camisa se le subió un poco y algo llamó la atención de la mujer. Sus ojos se clavaron en la muñeca del hombre y descubrió allí un tatuaje gemelo al de su cuello. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la imagen y apretó los labios para contener una arcada. Era la misma muñeca que la amordazaba sin piedad, noche tras noche, en sus pesadillas, desde hacía ocho largos meses.

Como un boxeador al escuchar la campana, ella se refugió en la esquina opuesta del cubículo claustrofóbico y las miradas se cruzaron en un mudo reconocimiento. Un letrero de la pared indicaba que la capacidad era para veinte personas, pero de pronto el aire del interior les resultaba insuficiente. La mujer sintió un cuchillo que partía sus entrañas en dos. Un líquido caliente comenzó a chorrear entre sus piernas y oscureció la moqueta. Quiso gritar, pero su garganta había olvidado cómo hacerlo. El hombre la vio abrir la boca y apartó la mirada invadido por el miedo y la vergüenza. La mujer se volvió para aporrear las puertas, cuando un estruendo procedente del exterior acalló cualquier otro sonido.

El ascensor se tambaleó y el azar hizo que los dos mirasen en la misma dirección. El indicador de los pisos marcaba el número 87. Debajo del logo de “World Trade Center”, la fecha y la hora empezaron a parpadear en el panel: eran las 8:45 del 11 de septiembre de 2001.

El mundo entero se hundió bajo sus pies y lo último que el hombre pensó, mientras se desplomaban en el vacío, fue que la Tierra había escuchado su súplica.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Vale la pena

Alexandra se echó hacia atrás en la silla y enlazó las manos tras la nuca. En la pantalla de su portátil, un tic verde al lado del icono de un carrito de la compra le indicó que el pago se había hecho con éxito. En diez segundos, le llegó un mail que le informaba de que la falda y el jersey a juego le llegarían dentro de un mes.

Inmediatamente entró en la página del banco. Había pagado con la tarjeta Visa, una que se había hecho poco antes de que Javi, su pareja durante casi quince años, la dejara. Su gestor le había dicho que con ella podría llegar a comprar hasta tres mil euros al mes y, además, fraccionar el pago. En aquel momento, Alexandra se había reído y le había dicho que no lo necesitaría.

Llevaba medio año comprando por internet, a raíz de que una amiga sin tarjeta de crédito le pidiera que le comprara algo en una web de gangas. Ella aceptó, por supuesto, y de paso miró qué más ofrecían. Dos horas después, hubo un cargo en su tarjeta de crédito de casi ochocientos euros. Lo de su amiga costaba ciento veinte.

Alexandra decía a quien la quisiera escuchar que era el hobby más caro que había tenido nunca pero que valía la pena. Cuando se sentaba delante de la pantalla rastreaba, una y otra vez, páginas que cada día presentaban algo nuevo y emocionante, cosas que a menudo ni siquiera sabía que necesitaba hasta que las veía. Se sentía como cuando, en la infancia, salía con su padre por setas. Era un trabajo minucioso de búsqueda, comparación y recolección, y el premio llegaba horas después, cuando volvían a casa y su madre la besaba con ternura, hundiendo mucho los labios en su mejilla, en agradecimiento por su gran labor.

Ahora su madre no estaba, ni su padre. Javi, tampoco. No había besos después de la recolección. Pero, al cabo de unos días, un mensajero llamaba a su puerta y la inundaba la misma felicidad que cuando su madre le cogía el canasto al llegar a casa y la estrechaba entre sus brazos.

Recreándose en esa felicidad futura, rebuscó en la web de su banco igual que había hecho el mes pasado, y el otro. En la pantalla, una ventana emergente le preguntó: “¿Quiere fraccionar el cargo de 2.879€ en tres cómodos plazos?”

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Michal Jarmoluk

La segunda oportunidad

Celia, llevo toda la vida contigo. Desde que te conozco, desde siempre, mi mantra es el mismo: “Te. Quiero. Te. Quiero. Te. Quiero”. Y así un día tras otro. Todos iguales y todos diferentes.

No recuerdo muy bien cuándo me di cuenta de que no éramos una pareja, sino un trío. Pero yo te quería tanto que no me importó. Al principio hasta me caía bien aquel intruso. Al fin y al cabo, me pareció que te amaba igual que yo. Tal vez por eso no me sentí capaz de odiarlo y mantuve los celos a raya.

Tampoco me acuerdo de cuándo empezaste a cambiar. Pero su voz empezó a sobresalir por encima de la mía. Cada vez lo escuchabas más a él, mientras a mí me ibas ignorando haciendo oídos sordos a mis eternos “Te. Quiero. Te. Quiero”. Sin embargo, yo no concebía la vida sin ti a pesar de que cada vez me dolía más vivir contigo. Te ibas transformando en una extraña. Te dejaste llevar por el canto de sirenas de ese falso amigo. El alcohol y los porros paseaban con frecuencia por tus venas, y eso me dolía. ¡No sabes cuánto me dolía! Él tenía argumentos. Muchos argumentos. Yo solo contaba con mi amor por ti. Y cuidarme dejó de ser importante para ti a medida que aumentaba su poder y sus cantos de sirena.

Podría seguir hablando contigo, contándote la historia de nuestro pasado que para ti ya ni siquiera existe, pero no serviría de nada. Y pese a todo, si pudiera, daría marcha atrás al tiempo para que el día de nuestra separación no hubiera llegado como llegó. No sé si te acuerdas. No tengo modo de saberlo desde que la vida nos separó. Yo, desde luego, lo recuerdo a la perfección. Aquel día habías bebido más de la cuenta. Y ese “más de la cuenta” siempre era un poco más que el día anterior. Yo estaba mal. Te lo iba diciendo. Te lo gritaba. Había puesto tanto empeño en intentar acallar la voz del otro, de mi enemigo, que no te dejé ver el autobús que se nos vino encima. Cuando levantaste la mirada del suelo fue demasiado tarde. Una fracción de segundo, el llanto de metales retorcidos, y de pronto estabas ahí, tirada en el mismo suelo que mirabas un momento antes, con los ojos ahora abiertos y fijos en el cielo, pero sin verlo.

Y yo…

¡Yo creí morir contigo!

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Cuando recobré la conciencia me invadió el desconcierto. Sentí que yo estaba allí, como siempre, pero a la vez no estaba. Nunca antes había escuchado el sonido del silencio, y su melodía era helada, como la de las gotas de lluvia sobre las lápidas de un cementerio. El vacío retumbaba en mis oídos mientras me sentía flotar en medio de la nada. Me resistía a creer que tú ya no estabas aquí, conmigo.

No sé cuánto duró aquello. Tampoco quiero saberlo. Al fin y al cabo, no tiene importancia. Solo recuerdo, al despertar, el mazazo de la soledad cuando descubrí que me faltabas. Mi mantra cambió para convertirse en otro: “Te. Añoro. Te. Añoro. Te. Añoro”.

Yo era poca cosa en manos ajenas. Me llevaron no sé a dónde. Me dejé llevar. Me obligaron a vivir. Dejé que me obligaran. Nada me importaba.

Entonces llegó ella, y me recibió. Entró en mi vida, y yo en la suya, sin que me pidieran opinión. Oí decir a alguien que ella me estaba esperando, aunque puede que fueran alucinaciones mías por culpa de la medicación.  Mi añoranza por ti, entretanto, seguía y seguía…

Fue duro verme obligado a comenzar de nuevo con una extraña, pero no me dieron alternativa. Al principio ni siquiera parecía que ella estuviera allí, y mucho menos que me prestara atención. Pero de pronto algo empezó a cambiar. La primera vez que escuché su voz, me dolió su sonido. ¡Su risa era tan distinta de la tuya! Y su sangre no era alcohol, era una nube de bruma que me envolvía en una nana hipnótica. Desde muy lejos escuchaba sus palabras que me hablaban de esperas y de esperanzas, de cariño, de cuidados. De un futuro junto a ella.

¡No sabes cómo lloré por ti esos primeros días de separación! Lloré por ese futuro que nos robó el autobús, lloré por no haber luchado más contra esa voz que te tentaba en el pasado, contra esas razones que tiraron de ti con más fuerza que la de mis sentimientos. Pero la voz de mi desconocida se abrió paso entre mis lágrimas. Perseveró sin descanso hasta que un buen día presté atención a lo que me decía, y escuché en sus labios las palabras que yo siempre había reservado para ti: “Te quiero”.

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¿Sabes una cosa? Lo imposible fue posible. Ella me dio mi segunda oportunidad. No creí que eso pudiera ocurrir, pero ocurrió. Aquí también está “el otro”, pero este “otro” sí la quiere de verdad, y no como el tuyo. Este le da consejos sabios, la guía, la orienta, le dice que me escuche, que me cuide, ¡sí! ¡que me cuide! ¿Te extraña oír eso? ¿Tan poco valor me dabas cuando yo era todo tuyo? Me hace feliz que haya alguien ahora que se preocupe por mí tanto como por ella.

¿Y sabes otra cosa? Empecé a quererla cuando me dijo que te estaba agradecida. Que, de no ser por ti, ella y yo no nos habríamos conocido. Me juró que me querría, que compartiría conmigo toda su vida, que haría que me sintiera orgulloso de pertenecerle.

Así ha sido durante un montón de años, y así sigue siendo. El milagro continúa día tras día. No sé si podrás oírme allá donde estés, pero mereces saberlo. No nací con ella. No tuvimos eso. Pero tengo la certeza y la felicidad de saber que vivimos y moriremos juntos.

Quiero que sepas esto, que no lo olvides. Por eso te lo repito. Ella ha sido mi segunda oportunidad. Porque me estaba esperando. Y cuando llegué a su vida, empezó a vivir de veras. Su amor por mí la llevó a estudiar medicina. A especializarse en cirugía cardíaca para hacer hoy con otros el mismo milagro que el doctor Christian Barnard hizo con ella.

Y sabes que todo lo que digo, lo digo de corazón. Porque no soy más que eso.

Adela Castañón

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Imágenes: emprendiendo historias, postales de amor gratis

El mentiroso

Arturo soñó que era niño de nuevo. Se tocó los brazos, las piernas y el cuerpo, y los sintió duros como la madera. Corrió en busca de un espejo sin darse cuenta de que estaba en plena calle y de que sus pies volaban sobre un sendero de baldosas amarillas. Pero, como en los sueños todo es posible, a medio camino se encontró un espejo ovalado, más alto que un hombre, con un marco lleno de arabescos que brillaban como el sol. Se paró de golpe y se enfrentó a la imagen de un niño de madera. En lugar de tener piernas y brazos, sus extremidades eran palitos que se movían con un engranaje. Movió el cuello de un lado a otro negando la evidencia.

–¡Soy un hombre adulto!

La nariz le creció de pronto unos centímetros.

–¡Esto no está pasando!

La nariz le creció un poco más.

–¡Quiero despertarme! ¡Voy a despertarme! ¡Voy a abrir los ojos!

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Con cada una de las tres frases, la nariz se fue haciendo tan larga que ya no podía tocarse la punta con los dedos. Sobre su hombro derecho, con un sombrero de copa y una levita negra, había un pequeño grillo que meneaba la cabeza con aire reprobatorio mientras agitaba un paraguas rojo y hacía un ruidito con la lengua que sonaba como “tse, tse”.

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Arturo cerró fuerte los ojos. Se inclinó hacia el espejo, esperando a que la nariz de madera chocara contra el vidrio en cualquier momento, pero no percibió ningún contacto. Al no notar nada, entreabrió los ojos muy despacio y apoyó las manos sobre el cristal. La rendija entre sus pestañas le dejó ver que las manos apoyadas eran reales, de carne y hueso. Cerró los ojos con un suspiro de alivio, y los volvió a abrir del todo.

–¡No!

El grito se le escapó sin querer. Ya no era un muñeco, y la nariz de madera había desaparecido. Pero la de ahora era casi igual de larga, muy carnosa, como un montículo que surgía del centro de su cara y se prolongaba en un equilibrio que parecía imposible de mantener. En su base destacaban dos orificios paralelos, alargados y oscuros, por donde asomaban algunos pelos.

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En el espejo, sobre su hombro seguía el grillo de antes. En el reflejo lo vio acercarse a su oído para susurrarle unas palabras asombrosas:

–Cyrano, deberías haber seguido siendo como antes. Así Gepetto hubiera podido ayudarte, pero ahora… –volvió a hacer ese ruidito con la lengua– tse, tse… ahora no sé si vamos a poder resolver esta historia. Va a ser complicado, porque ni siquiera me has dejado volver a mi cuento…tse, tse…

Arturo separó los ojos del reflejo del espejo y los giró muy despacio hacia el hombro. ¡El grillo estaba allí! De pie, muy tieso, con las manos cruzadas sobre el mango del paraguas rojo, que usaba como si fuera un bastón con la punta clavada en la hombrera de la chaqueta de Arturo. Y seguía con ese “tse, tse” que lo estaba sacando de sus casillas.

–¡Esto es una pesadilla! –Arturo tuvo ganas de llorar– No puede estar sucediendo.

Dijo esto último medio en susurros. Se tapó los ojos con las manos para no dar el espectáculo bochornoso de un adulto llorando delante de un grillo, mientras en el espejo el reflejo de ellos dos seguía destacando en el camino de baldosas amarillas. Pero las lágrimas no entendían de manos ni de vergüenzas y se le escurrieron entre los dedos.

Arturo no supo cuánto tiempo estuvo así. Notó algo suave en la mejilla derecha. Abrió los ojos. Era la funda de su almohada, húmeda por el llanto. Se puso boca arriba y miró al techo. La lámpara que había en el centro, una araña llena de cristales heredada de su abuela, tintineaba y se movía. Encima de ella, con el tamaño de dos miniaturas, identificó a dos personajes de su sueño. Pinocho y Cyrano de Bergerac le gritaban a dúo la misma palabra una y otra vez:

–¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

Arturo se levantó de la cama. Se acercó a la mesa donde estaba la carta que le había escrito a su mujer la noche anterior. La carta en la que le decía que se iba a suicidar en alta mar para que ella no sospechara que se fugaba con su amante. Iba a irse esa misma mañana, antes de que Mercedes y los niños regresaran de pasar el fin de semana en casa de su suegra. Miró a la lámpara. Los fantasmas no estaban. Ahora solo había allí una foto familiar de las últimas vacaciones en la playa.

Recordó aquel día, con Mercedes y con los niños. Los juegos en el agua. La espalda por la noche, quemada por el sol. Se llevó las manos a la cabeza. Había estado loco, pero el sueño le devolvió la cordura. Casi había tirado por la borda lo mejor que tenía. Rompió la carta. Hablaría con Mercedes y le pediría perdón. No más mentiras.

Adela Castañón

Fotos: Pixabay, Photobucket

Veinticuatro horas de guardia

Empiezo el día mosqueado. Sé que María se ha despertado con la alarma del reloj y se hace la dormida. Salgo de la ducha y meto las cosas de la guardia en la mochila haciendo ruido a ver si abre los ojos. Es inútil, sigue inmóvil.

Suelo dejar todo preparado la víspera, pero anoche, cuando subí al dormitorio, ella ya dormía o fingía dormir. Hasta ayer no me acordé de decirle que me habían pedido el cambio de guardia. ¡Y tampoco hay que ponerse así, joder! Que también se le olvidó a ella comentarme que hoy íbamos a comer con sus padres. Intenté explicarle que el cambio me convenía, pero estaba tan furiosa que no me dejó hablar.

No sé si estoy más triste que enfadado, o al revés. Anoche se acostó dándome la espalda, pero no creí que hoy me dejaría marchar así. Aunque no le apeteciera desayunar conmigo, es la primera vez que no me ha dado un beso de despedida.

Cojo el coche y me consuelo pensando que la guardia en Istán es mucho más tranquila que en la puerta del hospital, y que en el pueblo podré seguir trabajando en mi tesis. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado el portátil. Miro el reloj. No me da tiempo de volver a buscarlo, ni creo que sea buena idea asomar la nariz por mi casa antes de veinticuatro horas. Y sudo al imaginar qué me encontraré mañana cuando regrese.

Llego al hospital y firmo la entrada. Le pido al celador la llave del consultorio de Istán, y me mira de forma extraña. Pone cara de póker, levanta las cejas de forma exagerada, y me dice que llame al jefe. Saco el móvil. ¡Lo que faltaba! Se me olvidó cargarlo y está sin batería. Utilizo el teléfono de admisión, y el adjunto lo coge enseguida. Creo que es lo primero que me sale bien esta mañana. Escucho su voz y esa tosecilla tonta que le entra cuando va a darnos una mala noticia. Ya no estoy tan seguro de que todo vaya bien y, como no podía ser de otro modo, se cumple el refrán: “piensa mal y acertarás”. Mi compañero, con el que hice el cambio, se acaba de dar de baja. Y el sustituto está muy verde para chuparse una guardia de puerta hospitalaria, así que a él lo mandan al pueblo, y a mí me toca quedarme aquí. Las cejas del celador se mueven y me hablan; esa muda compasión me provoca unas inmensas ganas de llorar. Trago saliva e intento ahogar esa pena que se empeña en subirme desde el vientre hasta los ojos.

Voy a mi taquilla. ¡Mierda! Me he dejado las llaves en casa, en el maletín. Lógico. ¡Si yo pensaba irme al pueblo! Vuelvo al mostrador. El celador me dice que no puede ayudarme, que aquello está petado de gente, y que además está solo hasta que entre el refuerzo de las diez de la mañana. Margarita, la limpiadora más veterana del hospital, anda cerca y me oye hablar. Me agencia un pijama dos tallas más grandes que la mía, pero al menos es un uniforme. Me presta su taquilla y guardo allí mis bártulos. Menos mal que está en el cuarto de la lavandería. ¡Hoy solo me faltaba que me pillaran en un vestuario femenino! Ella comparte la taquilla con otra limpiadora y se verán en el cambio de turno, así que me deja su llave hasta entonces. Le digo a Margarita que es un sol con un corazón de oro. Se ruboriza, a pesar de sus años. “¡Ay, doctor! ¡Qué cosas dice! Si tiene la misma vena curando que echando piropos, ya sé a quién voy a consultar cuando me ponga mala”. Me visto de verde y voy a la sala de reuniones. Por el pasillo me doy cuenta de que voy sonriendo por primera vez desde que me levanté de la cama. Necesito un café. El primero del día.

Empieza el chorreo de pacientes. Otra vez traen a Asdrúbal. Supongo que hoy se ha vuelto a emborrachar a propósito, porque llueve muchísimo. Sabe que en la observación de urgencias estará más seco y calentito que en su banco del parque. Y, cuando se le pase la mona, se camelará a la enfermera de turno para que lo deje estar unas horas más. Lo único que tiene en común con el general cartaginés, cuyo nombre comparte, es su habilidad estratégica. Si mi adjunto tuviera la mitad de labia que él, no habría tantas protestas por su modo de organizar los turnos.

No paran de llegar las banalidades de todos los días. Después de atender a Asdrúbal, me subo a la noria cotidiana de los lumbagos, lobanillos, rozaduras de zapatos o picaduras de mosquito. Me muerdo la boca para no decir a más de uno aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Suspiro y continúo luchando para mantener mi vocación a flote.

La mañana sigue con la misma tónica. A última hora, ¡cómo no!, llega una mamá que trae a “su nene” porque tiene una fiebre de 37’9. El “nene” mide cerca de un metro noventa y debe rondar los ochenta kilos. Bosteza sin disimulo y sin que se le ocurra taparse la boca.

–¿Desde cuándo estás con fiebre? –le pregunto al supuesto enfermo que, como es de esperar, me ignora.

La madre me mira y se inclina un poco hacia adelante para contestarme.

–Desde hace una hora.

–¿Le ha dado algo para que se le baje? ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno?

La señora levanta la cabeza, echa los hombros hacia atrás y arruga la nariz.

–Pues claro que no. He pensado que era mejor traerlo, a ver por qué está así.

Intento hacer educación sanitaria y le explico que esa temperatura ni siquiera se puede llamar fiebre. Pienso que el paciente es un cacho de carne con ojos, y me recrimino por pensarlo. Para redimirme le hago una exploración a fondo. Todo normal. Le pongo el termómetro: 36’8 ºC. Sin hablar, que ya me cansa malgastar palabras, se lo enseño a la madre. En lugar de alegrarse, parece que le molesta que su “nene” no tenga nada. Protesta con descaro.

–Pues estará su termómetro malamente. Que el de mi casa daba casi casi los 38.

La remito a su médico de familia y se marcha renegando. Alcanzo a escuchar que va a llevar a su hijo al privado, porque seguro que le hace falta un antibiótico y, con tanto recorte, el médico, que en este caso soy yo, no se lo ha querido recetar.

Tengo ganas de morder, y me rugen las tripas. Me escapo quince minutos a la cafetería del personal, a ver si puedo comer algo. Echo mano al bolsillo de modo mecánico. ¡Ostras! ¡No está mi móvil!

Paso de la comida y corro a la recepción. El celador de refuerzo ya ha llegado, y el de antes ha salido a desayunar. Suspiro envidioso. Por lo menos verá la luz del sol, y no como yo, aquí encerrado hasta mañana por la mañana. Le pregunto si su compañero le ha dejado un móvil, pero no hay suerte.

Llamo a casa desde el teléfono del mostrador. María no contesta. ¡Claro! Estará comiendo con sus padres. Es lo que me faltaba para terminar de congraciarme con mis suegros. Maldigo a la tecnología moderna y a la agenda de contactos. Tendría que haberme aprendido su número de móvil de memoria. Y encima, si se le ocurre llamarme, le va a saltar el contestador. ¡Uf! Días como el de hoy deberían estar prohibidos. Pero cualquiera se queda en la cama. A ver quién se lo explica a final de mes al de la hipoteca, o a la comunidad, o a ENDESA. Que hay que ganarse el pan, ¡caray!, aunque a veces se nos atragante.

La guardia se me hace eterna. Y eso que no paro. Por la noche no podemos descansar ni siquiera media horita. Siguen llegando, uno tras otro, cuadros que no son urgentes. Cuando me faltan veinte minutos para terminar el turno, entra un paciente crítico. El sonido del timbre de aviso nos sobresalta. Los que estamos atendiendo patologías banales lo dejamos todo y acudimos al box. Es un niño. Lo traían a la urgencia del hospital porque había convulsionado, y han tenido un accidente por el camino. Pregunto si hay más heridos y me dicen que no. Estamos con él pequeño más de una hora, y lo sacamos adelante. Es casi seguro que no le quedarán secuelas.

Al salir del box de críticos, voy directo a la taquilla de Margarita y recojo mis cosas. En la mochila encuentro pegada una nota que dice que pregunte por Mercedes, la otra limpiadora. No sé quién es y me entran tentaciones de dejarlo, pero pienso que quizá necesite la llave y decido buscarla. Total, voy a llegar a casa con casi dos horas de retraso y no creo que unos minutos más empeoren la bronca que me espera. Doy media vuelta y casi tropiezo con otra limpiadora. Me busca con la mirada dentro de mi uniforme talla XXL y demuestra su buena capacidad deductiva al decirme “Usted debe ser el doctor Gavira. Un momentito”. Saca su llave y abre la taquilla. Creo que es la tal Mercedes. Mete la mano en una caja donde hay un paquete de café, una caja de galletas y un cartón de leche, ¡y me da mi móvil! Me entran ganas de besarla. Le devuelvo la llave de Margarita, le doy las gracias, y me marcho a casa sin hablar con nadie más.

Al llegar abro la puerta despacio, como si fuera un ladrón, y cierro procurando no hacer ruido por si María duerme aún. Veo luz en la cocina y mi mujer asoma la cabeza. Abro la boca, pero no me da tiempo a decir nada. María corre hacia mí, me echa los brazos al cuello y me llena los labios de besos salados. Se separa unos milímetros, me mira a los ojos, y me vuelve a besar. No entiendo nada. Repite una y otra vez dos palabras: “¡Estás bien! ¡Estás bien!” Parpadeo por si me he quedado dormido y estoy soñando, pero el calor del cuerpo de María, apretado contra el mío, es muy real. Sonrío.

–Bueno, he estado mejor otras veces. Pero no me quejo, mujer. –Me sorprende este recibimiento después de lo de ayer y de mi retraso de hoy. Aunque no entiendo el motivo, me encanta–. ¿Qué te pasa?

–¿No te has enterado? –Mi cara de pasmo le da la respuesta y empieza a hablar con frases rápidas y entrecortadas–. ¡El accidente! Cuando han dado la noticia me quería morir. Solo pensaba en que no me había despedido de ti, y eso me estaba matando.

Cada vez lo entiendo menos. ¿De qué habla? Sigo escuchando. María está tan agitada que es inútil tratar de preguntarle algo.

–Me he despertado hace horas. No podía dormir ¿sabes? Ayer me pasé toda la mañana cabreada. Y luego, cuando mi padre empezó a despotricar por el plantón, me encontré de pronto defendiéndote. En realidad, me sentía mal por haber sido injusta contigo. ¡Ay, David! No tenía derecho a ponerme así, cariño. Perdóname. ¡Pero es que, anoche, me vino la regla justo antes de que llegaras!

María se echa a llorar. Le acaricio el pelo. Llevamos un año buscando un bebé, y este mes se había retrasado unos días. ¡Mi pobre María! Ahora comprendo por qué se puso así. El enfado era más con la vida que conmigo, pero yo estaba más a mano y pagué el pato. El cambio de guardia fue el motivo perfecto.

María se seca las lágrimas y me da otro beso. Nunca ha estado tan guapa como hoy, con los pelos revueltos, el rímel corrido, y esa sonrisa entre dos hilos brillantes y negros que le bajan por las mejillas. Se limpia los mocos con el dorso de la mano y me mira como si yo tuviera monos en la cara.

–No lo sabes, ¿verdad? –Se muerde el labio y vacila, como si no encontrara las palabras–. Ayer pasé la tarde fatal. No hacía más que llamarte al móvil, y pensé que lo tenías apagado porque estabas enfadado. Me he despertado temprano y bajé para esperarte y desayunar contigo. He puesto la radio para hacer tiempo, y he escu…cuchado la no.. la noticia.

–¿Qué noticia? –María me acaricia la cara.

–Cariño, la ambulancia de Istán ha tenido un accidente cuando llevaba a un niño al hospital –solloza y se tapa la boca con las manos–. Han dicho que solo ha sobrevivido el chiquillo. El técnico, el ATS y el médico han muerto en el acto. ¡Ay, David! Me dijiste que habías cambiado la guardia y creí que estabas allí. ¡Dios mío! ¡Pensé que te habías matado!

Siento frío, y trago saliva. “Veinticuatro horas”, pienso. ¡Cómo puede cambiar la vida de la gente en veinticuatro horas! Abrazo a María con más fuerza, y rompo a llorar con ella.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland

Tal vez mañana

Mocade se viste hoy de gala para dar la bienvenida a una amiga muy querida en nuestro “Pido la Palabra”. Conocimos a  Eva Escobar en una escuela de escritura on line hace algo más de dos años. Llegó allí igual que nosotras cuatro, dispuesta a cumplir un viejo sueño que arrastraba desde la infancia. Con los veinticuatro relatos de aquellos dos módulos ha publicado un libro dedicado a sus padres. Aunque el esfuerzo la dejó exhausta, el virus literario seguía ahí. Y, fruto de una maravillosa reactivación, nos ha regalado hoy esta preciosa historia. Que no sea la única, Eva. Vuelve a visitarnos cuando quieras….

…Tal vez, mañana.

Carmen, Carla, Mónica y Adela

La noticia le había llegado a través de un correo electrónico. No pudo terminar de leerlo. Apagó la pantalla del ordenador, sacó la cazadora del armario y salió sin despedirse.

Anochecía. A esas horas la avenida estaba casi vacía. Una pareja paseaba por la otra acera. Apenas pudo oír el rumor de su conversación. Delante de él, un hombre tiraba de la correa de su perro y daba monótonas caladas a un cigarro. Pensó que alguien los estaría esperando en casa.

Agachó la cabeza y aceleró el paso. El aire frío, cargado de humedad, le vendría bien para despejarse después de haber pasado el día entero encerrado en su habitación.

Decidió dar un paseo por la playa, como acostumbraba a hacer por las tardes al salir de la oficina, antes de quedarse sin trabajo.

Mientras caminaba, volvió a repasar los hechos que lo habían llevado a esa situación. Vivía con un chico con el que solo tenía en común un contrato de alquiler. ¿Qué le importaban a él sus problemas? Su única diversión era salir los sábados a recorrer los bares de la ciudad y después pasar la semana entera recuperándose de la resaca.

Al principio, cuando su mujer y su hija se fueron, dominaba la situación. Estaba todo el día ocupado con su trabajo, sin pensar en nada más. Los problemas empezaron cuando lo despidieron, hacía ya más de un año. Le dijeron que se trataba de un ajuste de plantilla provocado por la fusión de su banco con otra entidad y, de la noche a la mañana, se vio en la calle. A partir de ese momento no supo qué hacer con tanto tiempo libre. Veía a Silvia y a Clara por todos los rincones de la casa.

Tuvo que buscar un compañero para poder pagar los gastos de un piso tan grande. Después de dar muchas vueltas, encontró a Jaime, un recién licenciado que acababa de llegar a la ciudad, contratado por una empresa puntera en tecnología. No tenía ninguna queja de él, cada uno hacía su vida sin meterse en la del otro. Al principio, Jaime lo había convencido para acompañarlo en alguna de sus escapadas nocturnas, con la excusa de que necesitaba a alguien que le enseñara la ciudad. Pero enseguida se cansó de ir de un local a otro y de tropezarse con personas a las que encontraba vacías. Además, no le sobraba el dinero para gastarlo en tonterías. Bastante tenía con mendigar un puesto de trabajo en las puertas de sus antiguos clientes.

Sumido en esos pensamientos había llegado hasta el paseo marítimo. Se paró un instante. El mar estaba agitado y las nubes, teñidas ahora de un gris oscuro, se acumulaban en el horizonte.

Dos niños corrían hacia la playa detrás de un balón. Al pasar a su lado uno de ellos le dio un empujón. Pedro se giró hacia él y le increpó. El niño se dio la vuelta, lo miró asustado y salió corriendo hasta donde estaba su amigo. A lo lejos, asomadas a la barandilla del paseo, sus madres los vigilaban. “¡Malditos niños maleducados!”, se dijo.

Emprendió de nuevo el paseo. Pensó que en ese momento podría estar sentado en el sillón del salón mientras Clara y Silvia veían en la televisión ese concurso que tanto las gustaba, que consistía en adivinar canciones a partir de las pistas que iba dando el presentador. ¡Qué nerviosas se ponían cuando intentaban adelantarse a la respuesta del concursante! Su hija Silvia trataba de persuadirlo de que jugara con ellas, pero él siempre tenía algo que hacer. Cuando estaba en casa aprovechaba para poner al día su correo o para preparar alguna presentación importante. Ya le hubiera gustado poder jugar con su hija como lo hacía Clara. Pero su trabajo no le permitía esos lujos. Se movía en un entorno muy competitivo y tenía que estar siempre superándose a sí mismo

Desde hacía un tiempo le venían a la cabeza situaciones cotidianas a las que antes no había prestado atención. Había empezado a sucederle meses atrás,  desde una noche en la que se despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio la imagen de Silvia. Llevaba el delantal puesto y la cara y las manos pringadas de masa de croqueta. No tendría más de cuatro años. Él entró en la cocina a coger algo de la nevera y le hizo tanta gracia verla así que fue corriendo a buscar la cámara de fotos.

Al día siguiente, cuando se levantó, se fue directo al ordenador a buscar aquella imagen. Le llevó un buen rato encontrarla entre todas las carpetas que Clara había ido guardando. Se pasó el día entero mirando fotos. Allí estaba toda su historia familiar, ordenada por años y por acontecimientos, desde los primeros veraneos en la playa, cuando Silvia era pequeña, hasta la última comida en un restaurante, pocos días antes de que ellas se marcharan. No podía creer que todo hubiera transcurrido tan deprisa. Clara siempre le estaba pidiendo que imprimiera las fotos y las ordenara en álbumes pero, por una cosa u otra, él lo había ido posponiendo.

Estuvo muchas horas delante de la pantalla preguntándose si no habría alguna manera de rebobinar su vida, de situarse de nuevo detrás del objetivo de alguna de esas imágenes, incluso de aquellas que no había tomado él porque ni siquiera estuvo presente.

Sintió rabia cuando a Clara le dieron la beca Fulbright. “Pide un permiso y vámonos los tres juntos. Dentro de un año podemos volver”, le dijo. No podía dejarlo todo y marcharse sin más a Estados Unidos. Le  había costado mucho esfuerzo alcanzar su posición.

Cuando a Clara se le terminó la beca le ofrecieron un puesto en una universidad de allí. Lo llamó. Volvió a pedirle que se fuera con ellas. Pero no era el momento. Estaba intentando recuperar su trabajo. Incluso existía la posibilidad de que le ofrecieran un puesto mejor.

Ahora acababa de enterarse de que ya no estaban solas. Había alguien más en la vida de Clara.

Sin darse cuenta había llegado al final del paseo. Lloviznaba. Las olas batían con fuerza contra las rocas. Sobre una de ellas, recortada contra el horizonte, pudo distinguir la silueta de la escultura.

Se subió al muro. Miró hacia abajo. Todo estaba oscuro. Sintió la ropa mojada y el viento frío que le agitaba el pelo. Un paso hacia adelante y todo habría terminado. Entonces, sin saber por qué, le vinieron a la mente los versos del escultor. “Los ojos para mirar. Los ojos para reír. Los ojos para llorar… ¿Valdrán también para ver?”

Se dio la vuelta, se bajó del muro y volvió a casa. Al día siguiente contestaría al correo, tal vez todavía estaba a tiempo, tal vez aún no era tarde para marcharse.

Eva Escobar

Imagen: Eva Escobar

¡Gracias, Eva! En este rincón tendrás siempre un lugar donde escribir. 

Un abrazo de tus cuatro amigas de Mocade.