El mentiroso

Arturo soñó que era niño de nuevo. Se tocó los brazos, las piernas y el cuerpo, y los sintió duros como la madera. Corrió en busca de un espejo sin darse cuenta de que estaba en plena calle y de que sus pies volaban sobre un sendero de baldosas amarillas. Pero, como en los sueños todo es posible, a medio camino se encontró un espejo ovalado, más alto que un hombre, con un marco lleno de arabescos que brillaban como el sol. Se paró de golpe y se enfrentó a la imagen de un niño de madera. En lugar de tener piernas y brazos, sus extremidades eran palitos que se movían con un engranaje. Movió el cuello de un lado a otro negando la evidencia.

–¡Soy un hombre adulto!

La nariz le creció de pronto unos centímetros.

–¡Esto no está pasando!

La nariz le creció un poco más.

–¡Quiero despertarme! ¡Voy a despertarme! ¡Voy a abrir los ojos!

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Con cada una de las tres frases, la nariz se fue haciendo tan larga que ya no podía tocarse la punta con los dedos. Sobre su hombro derecho, con un sombrero de copa y una levita negra, había un pequeño grillo que meneaba la cabeza con aire reprobatorio mientras agitaba un paraguas rojo y hacía un ruidito con la lengua que sonaba como “tse, tse”.

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Arturo cerró fuerte los ojos. Se inclinó hacia el espejo, esperando a que la nariz de madera chocara contra el vidrio en cualquier momento, pero no percibió ningún contacto. Al no notar nada, entreabrió los ojos muy despacio y apoyó las manos sobre el cristal. La rendija entre sus pestañas le dejó ver que las manos apoyadas eran reales, de carne y hueso. Cerró los ojos con un suspiro de alivio, y los volvió a abrir del todo.

–¡No!

El grito se le escapó sin querer. Ya no era un muñeco, y la nariz de madera había desaparecido. Pero la de ahora era casi igual de larga, muy carnosa, como un montículo que surgía del centro de su cara y se prolongaba en un equilibrio que parecía imposible de mantener. En su base destacaban dos orificios paralelos, alargados y oscuros, por donde asomaban algunos pelos.

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En el espejo, sobre su hombro seguía el grillo de antes. En el reflejo lo vio acercarse a su oído para susurrarle unas palabras asombrosas:

–Cyrano, deberías haber seguido siendo como antes. Así Gepetto hubiera podido ayudarte, pero ahora… –volvió a hacer ese ruidito con la lengua– tse, tse… ahora no sé si vamos a poder resolver esta historia. Va a ser complicado, porque ni siquiera me has dejado volver a mi cuento…tse, tse…

Arturo separó los ojos del reflejo del espejo y los giró muy despacio hacia el hombro. ¡El grillo estaba allí! De pie, muy tieso, con las manos cruzadas sobre el mango del paraguas rojo, que usaba como si fuera un bastón con la punta clavada en la hombrera de la chaqueta de Arturo. Y seguía con ese “tse, tse” que lo estaba sacando de sus casillas.

–¡Esto es una pesadilla! –Arturo tuvo ganas de llorar– No puede estar sucediendo.

Dijo esto último medio en susurros. Se tapó los ojos con las manos para no dar el espectáculo bochornoso de un adulto llorando delante de un grillo, mientras en el espejo el reflejo de ellos dos seguía destacando en el camino de baldosas amarillas. Pero las lágrimas no entendían de manos ni de vergüenzas y se le escurrieron entre los dedos.

Arturo no supo cuánto tiempo estuvo así. Notó algo suave en la mejilla derecha. Abrió los ojos. Era la funda de su almohada, húmeda por el llanto. Se puso boca arriba y miró al techo. La lámpara que había en el centro, una araña llena de cristales heredada de su abuela, tintineaba y se movía. Encima de ella, con el tamaño de dos miniaturas, identificó a dos personajes de su sueño. Pinocho y Cyrano de Bergerac le gritaban a dúo la misma palabra una y otra vez:

–¡Mentiroso! ¡Mentiroso!

Arturo se levantó de la cama. Se acercó a la mesa donde estaba la carta que le había escrito a su mujer la noche anterior. La carta en la que le decía que se iba a suicidar en alta mar para que ella no sospechara que se fugaba con su amante. Iba a irse esa misma mañana, antes de que Mercedes y los niños regresaran de pasar el fin de semana en casa de su suegra. Miró a la lámpara. Los fantasmas no estaban. Ahora solo había allí una foto familiar de las últimas vacaciones en la playa.

Recordó aquel día, con Mercedes y con los niños. Los juegos en el agua. La espalda por la noche, quemada por el sol. Se llevó las manos a la cabeza. Había estado loco, pero el sueño le devolvió la cordura. Casi había tirado por la borda lo mejor que tenía. Rompió la carta. Hablaría con Mercedes y le pediría perdón. No más mentiras.

Adela Castañón

Fotos: Pixabay, Photobucket

Veinticuatro horas de guardia

Empiezo el día mosqueado. Sé que María se ha despertado con la alarma del reloj y se hace la dormida. Salgo de la ducha y meto las cosas de la guardia en la mochila haciendo ruido a ver si abre los ojos. Es inútil, sigue inmóvil.

Suelo dejar todo preparado la víspera, pero anoche, cuando subí al dormitorio, ella ya dormía o fingía dormir. Hasta ayer no me acordé de decirle que me habían pedido el cambio de guardia. ¡Y tampoco hay que ponerse así, joder! Que también se le olvidó a ella comentarme que hoy íbamos a comer con sus padres. Intenté explicarle que el cambio me convenía, pero estaba tan furiosa que no me dejó hablar.

No sé si estoy más triste que enfadado, o al revés. Anoche se acostó dándome la espalda, pero no creí que hoy me dejaría marchar así. Aunque no le apeteciera desayunar conmigo, es la primera vez que no me ha dado un beso de despedida.

Cojo el coche y me consuelo pensando que la guardia en Istán es mucho más tranquila que en la puerta del hospital, y que en el pueblo podré seguir trabajando en mi tesis. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado el portátil. Miro el reloj. No me da tiempo de volver a buscarlo, ni creo que sea buena idea asomar la nariz por mi casa antes de veinticuatro horas. Y sudo al imaginar qué me encontraré mañana cuando regrese.

Llego al hospital y firmo la entrada. Le pido al celador la llave del consultorio de Istán, y me mira de forma extraña. Pone cara de póker, levanta las cejas de forma exagerada, y me dice que llame al jefe. Saco el móvil. ¡Lo que faltaba! Se me olvidó cargarlo y está sin batería. Utilizo el teléfono de admisión, y el adjunto lo coge enseguida. Creo que es lo primero que me sale bien esta mañana. Escucho su voz y esa tosecilla tonta que le entra cuando va a darnos una mala noticia. Ya no estoy tan seguro de que todo vaya bien y, como no podía ser de otro modo, se cumple el refrán: “piensa mal y acertarás”. Mi compañero, con el que hice el cambio, se acaba de dar de baja. Y el sustituto está muy verde para chuparse una guardia de puerta hospitalaria, así que a él lo mandan al pueblo, y a mí me toca quedarme aquí. Las cejas del celador se mueven y me hablan; esa muda compasión me provoca unas inmensas ganas de llorar. Trago saliva e intento ahogar esa pena que se empeña en subirme desde el vientre hasta los ojos.

Voy a mi taquilla. ¡Mierda! Me he dejado las llaves en casa, en el maletín. Lógico. ¡Si yo pensaba irme al pueblo! Vuelvo al mostrador. El celador me dice que no puede ayudarme, que aquello está petado de gente, y que además está solo hasta que entre el refuerzo de las diez de la mañana. Margarita, la limpiadora más veterana del hospital, anda cerca y me oye hablar. Me agencia un pijama dos tallas más grandes que la mía, pero al menos es un uniforme. Me presta su taquilla y guardo allí mis bártulos. Menos mal que está en el cuarto de la lavandería. ¡Hoy solo me faltaba que me pillaran en un vestuario femenino! Ella comparte la taquilla con otra limpiadora y se verán en el cambio de turno, así que me deja su llave hasta entonces. Le digo a Margarita que es un sol con un corazón de oro. Se ruboriza, a pesar de sus años. “¡Ay, doctor! ¡Qué cosas dice! Si tiene la misma vena curando que echando piropos, ya sé a quién voy a consultar cuando me ponga mala”. Me visto de verde y voy a la sala de reuniones. Por el pasillo me doy cuenta de que voy sonriendo por primera vez desde que me levanté de la cama. Necesito un café. El primero del día.

Empieza el chorreo de pacientes. Otra vez traen a Asdrúbal. Supongo que hoy se ha vuelto a emborrachar a propósito, porque llueve muchísimo. Sabe que en la observación de urgencias estará más seco y calentito que en su banco del parque. Y, cuando se le pase la mona, se camelará a la enfermera de turno para que lo deje estar unas horas más. Lo único que tiene en común con el general cartaginés, cuyo nombre comparte, es su habilidad estratégica. Si mi adjunto tuviera la mitad de labia que él, no habría tantas protestas por su modo de organizar los turnos.

No paran de llegar las banalidades de todos los días. Después de atender a Asdrúbal, me subo a la noria cotidiana de los lumbagos, lobanillos, rozaduras de zapatos o picaduras de mosquito. Me muerdo la boca para no decir a más de uno aquello de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Suspiro y continúo luchando para mantener mi vocación a flote.

La mañana sigue con la misma tónica. A última hora, ¡cómo no!, llega una mamá que trae a “su nene” porque tiene una fiebre de 37’9. El “nene” mide cerca de un metro noventa y debe rondar los ochenta kilos. Bosteza sin disimulo y sin que se le ocurra taparse la boca.

–¿Desde cuándo estás con fiebre? –le pregunto al supuesto enfermo que, como es de esperar, me ignora.

La madre me mira y se inclina un poco hacia adelante para contestarme.

–Desde hace una hora.

–¿Le ha dado algo para que se le baje? ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno?

La señora levanta la cabeza, echa los hombros hacia atrás y arruga la nariz.

–Pues claro que no. He pensado que era mejor traerlo, a ver por qué está así.

Intento hacer educación sanitaria y le explico que esa temperatura ni siquiera se puede llamar fiebre. Pienso que el paciente es un cacho de carne con ojos, y me recrimino por pensarlo. Para redimirme le hago una exploración a fondo. Todo normal. Le pongo el termómetro: 36’8 ºC. Sin hablar, que ya me cansa malgastar palabras, se lo enseño a la madre. En lugar de alegrarse, parece que le molesta que su “nene” no tenga nada. Protesta con descaro.

–Pues estará su termómetro malamente. Que el de mi casa daba casi casi los 38.

La remito a su médico de familia y se marcha renegando. Alcanzo a escuchar que va a llevar a su hijo al privado, porque seguro que le hace falta un antibiótico y, con tanto recorte, el médico, que en este caso soy yo, no se lo ha querido recetar.

Tengo ganas de morder, y me rugen las tripas. Me escapo quince minutos a la cafetería del personal, a ver si puedo comer algo. Echo mano al bolsillo de modo mecánico. ¡Ostras! ¡No está mi móvil!

Paso de la comida y corro a la recepción. El celador de refuerzo ya ha llegado, y el de antes ha salido a desayunar. Suspiro envidioso. Por lo menos verá la luz del sol, y no como yo, aquí encerrado hasta mañana por la mañana. Le pregunto si su compañero le ha dejado un móvil, pero no hay suerte.

Llamo a casa desde el teléfono del mostrador. María no contesta. ¡Claro! Estará comiendo con sus padres. Es lo que me faltaba para terminar de congraciarme con mis suegros. Maldigo a la tecnología moderna y a la agenda de contactos. Tendría que haberme aprendido su número de móvil de memoria. Y encima, si se le ocurre llamarme, le va a saltar el contestador. ¡Uf! Días como el de hoy deberían estar prohibidos. Pero cualquiera se queda en la cama. A ver quién se lo explica a final de mes al de la hipoteca, o a la comunidad, o a ENDESA. Que hay que ganarse el pan, ¡caray!, aunque a veces se nos atragante.

La guardia se me hace eterna. Y eso que no paro. Por la noche no podemos descansar ni siquiera media horita. Siguen llegando, uno tras otro, cuadros que no son urgentes. Cuando me faltan veinte minutos para terminar el turno, entra un paciente crítico. El sonido del timbre de aviso nos sobresalta. Los que estamos atendiendo patologías banales lo dejamos todo y acudimos al box. Es un niño. Lo traían a la urgencia del hospital porque había convulsionado, y han tenido un accidente por el camino. Pregunto si hay más heridos y me dicen que no. Estamos con él pequeño más de una hora, y lo sacamos adelante. Es casi seguro que no le quedarán secuelas.

Al salir del box de críticos, voy directo a la taquilla de Margarita y recojo mis cosas. En la mochila encuentro pegada una nota que dice que pregunte por Mercedes, la otra limpiadora. No sé quién es y me entran tentaciones de dejarlo, pero pienso que quizá necesite la llave y decido buscarla. Total, voy a llegar a casa con casi dos horas de retraso y no creo que unos minutos más empeoren la bronca que me espera. Doy media vuelta y casi tropiezo con otra limpiadora. Me busca con la mirada dentro de mi uniforme talla XXL y demuestra su buena capacidad deductiva al decirme “Usted debe ser el doctor Gavira. Un momentito”. Saca su llave y abre la taquilla. Creo que es la tal Mercedes. Mete la mano en una caja donde hay un paquete de café, una caja de galletas y un cartón de leche, ¡y me da mi móvil! Me entran ganas de besarla. Le devuelvo la llave de Margarita, le doy las gracias, y me marcho a casa sin hablar con nadie más.

Al llegar abro la puerta despacio, como si fuera un ladrón, y cierro procurando no hacer ruido por si María duerme aún. Veo luz en la cocina y mi mujer asoma la cabeza. Abro la boca, pero no me da tiempo a decir nada. María corre hacia mí, me echa los brazos al cuello y me llena los labios de besos salados. Se separa unos milímetros, me mira a los ojos, y me vuelve a besar. No entiendo nada. Repite una y otra vez dos palabras: “¡Estás bien! ¡Estás bien!” Parpadeo por si me he quedado dormido y estoy soñando, pero el calor del cuerpo de María, apretado contra el mío, es muy real. Sonrío.

–Bueno, he estado mejor otras veces. Pero no me quejo, mujer. –Me sorprende este recibimiento después de lo de ayer y de mi retraso de hoy. Aunque no entiendo el motivo, me encanta–. ¿Qué te pasa?

–¿No te has enterado? –Mi cara de pasmo le da la respuesta y empieza a hablar con frases rápidas y entrecortadas–. ¡El accidente! Cuando han dado la noticia me quería morir. Solo pensaba en que no me había despedido de ti, y eso me estaba matando.

Cada vez lo entiendo menos. ¿De qué habla? Sigo escuchando. María está tan agitada que es inútil tratar de preguntarle algo.

–Me he despertado hace horas. No podía dormir ¿sabes? Ayer me pasé toda la mañana cabreada. Y luego, cuando mi padre empezó a despotricar por el plantón, me encontré de pronto defendiéndote. En realidad, me sentía mal por haber sido injusta contigo. ¡Ay, David! No tenía derecho a ponerme así, cariño. Perdóname. ¡Pero es que, anoche, me vino la regla justo antes de que llegaras!

María se echa a llorar. Le acaricio el pelo. Llevamos un año buscando un bebé, y este mes se había retrasado unos días. ¡Mi pobre María! Ahora comprendo por qué se puso así. El enfado era más con la vida que conmigo, pero yo estaba más a mano y pagué el pato. El cambio de guardia fue el motivo perfecto.

María se seca las lágrimas y me da otro beso. Nunca ha estado tan guapa como hoy, con los pelos revueltos, el rímel corrido, y esa sonrisa entre dos hilos brillantes y negros que le bajan por las mejillas. Se limpia los mocos con el dorso de la mano y me mira como si yo tuviera monos en la cara.

–No lo sabes, ¿verdad? –Se muerde el labio y vacila, como si no encontrara las palabras–. Ayer pasé la tarde fatal. No hacía más que llamarte al móvil, y pensé que lo tenías apagado porque estabas enfadado. Me he despertado temprano y bajé para esperarte y desayunar contigo. He puesto la radio para hacer tiempo, y he escu…cuchado la no.. la noticia.

–¿Qué noticia? –María me acaricia la cara.

–Cariño, la ambulancia de Istán ha tenido un accidente cuando llevaba a un niño al hospital –solloza y se tapa la boca con las manos–. Han dicho que solo ha sobrevivido el chiquillo. El técnico, el ATS y el médico han muerto en el acto. ¡Ay, David! Me dijiste que habías cambiado la guardia y creí que estabas allí. ¡Dios mío! ¡Pensé que te habías matado!

Siento frío, y trago saliva. “Veinticuatro horas”, pienso. ¡Cómo puede cambiar la vida de la gente en veinticuatro horas! Abrazo a María con más fuerza, y rompo a llorar con ella.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

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Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

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Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

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Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

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Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

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—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

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Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen del videojuego Badland

Tal vez mañana

Mocade se viste hoy de gala para dar la bienvenida a una amiga muy querida en nuestro “Pido la Palabra”. Conocimos a  Eva Escobar en una escuela de escritura on line hace algo más de dos años. Llegó allí igual que nosotras cuatro, dispuesta a cumplir un viejo sueño que arrastraba desde la infancia. Con los veinticuatro relatos de aquellos dos módulos ha publicado un libro dedicado a sus padres. Aunque el esfuerzo la dejó exhausta, el virus literario seguía ahí. Y, fruto de una maravillosa reactivación, nos ha regalado hoy esta preciosa historia. Que no sea la única, Eva. Vuelve a visitarnos cuando quieras….

…Tal vez, mañana.

Carmen, Carla, Mónica y Adela

La noticia le había llegado a través de un correo electrónico. No pudo terminar de leerlo. Apagó la pantalla del ordenador, sacó la cazadora del armario y salió sin despedirse.

Anochecía. A esas horas la avenida estaba casi vacía. Una pareja paseaba por la otra acera. Apenas pudo oír el rumor de su conversación. Delante de él, un hombre tiraba de la correa de su perro y daba monótonas caladas a un cigarro. Pensó que alguien los estaría esperando en casa.

Agachó la cabeza y aceleró el paso. El aire frío, cargado de humedad, le vendría bien para despejarse después de haber pasado el día entero encerrado en su habitación.

Decidió dar un paseo por la playa, como acostumbraba a hacer por las tardes al salir de la oficina, antes de quedarse sin trabajo.

Mientras caminaba, volvió a repasar los hechos que lo habían llevado a esa situación. Vivía con un chico con el que solo tenía en común un contrato de alquiler. ¿Qué le importaban a él sus problemas? Su única diversión era salir los sábados a recorrer los bares de la ciudad y después pasar la semana entera recuperándose de la resaca.

Al principio, cuando su mujer y su hija se fueron, dominaba la situación. Estaba todo el día ocupado con su trabajo, sin pensar en nada más. Los problemas empezaron cuando lo despidieron, hacía ya más de un año. Le dijeron que se trataba de un ajuste de plantilla provocado por la fusión de su banco con otra entidad y, de la noche a la mañana, se vio en la calle. A partir de ese momento no supo qué hacer con tanto tiempo libre. Veía a Silvia y a Clara por todos los rincones de la casa.

Tuvo que buscar un compañero para poder pagar los gastos de un piso tan grande. Después de dar muchas vueltas, encontró a Jaime, un recién licenciado que acababa de llegar a la ciudad, contratado por una empresa puntera en tecnología. No tenía ninguna queja de él, cada uno hacía su vida sin meterse en la del otro. Al principio, Jaime lo había convencido para acompañarlo en alguna de sus escapadas nocturnas, con la excusa de que necesitaba a alguien que le enseñara la ciudad. Pero enseguida se cansó de ir de un local a otro y de tropezarse con personas a las que encontraba vacías. Además, no le sobraba el dinero para gastarlo en tonterías. Bastante tenía con mendigar un puesto de trabajo en las puertas de sus antiguos clientes.

Sumido en esos pensamientos había llegado hasta el paseo marítimo. Se paró un instante. El mar estaba agitado y las nubes, teñidas ahora de un gris oscuro, se acumulaban en el horizonte.

Dos niños corrían hacia la playa detrás de un balón. Al pasar a su lado uno de ellos le dio un empujón. Pedro se giró hacia él y le increpó. El niño se dio la vuelta, lo miró asustado y salió corriendo hasta donde estaba su amigo. A lo lejos, asomadas a la barandilla del paseo, sus madres los vigilaban. “¡Malditos niños maleducados!”, se dijo.

Emprendió de nuevo el paseo. Pensó que en ese momento podría estar sentado en el sillón del salón mientras Clara y Silvia veían en la televisión ese concurso que tanto las gustaba, que consistía en adivinar canciones a partir de las pistas que iba dando el presentador. ¡Qué nerviosas se ponían cuando intentaban adelantarse a la respuesta del concursante! Su hija Silvia trataba de persuadirlo de que jugara con ellas, pero él siempre tenía algo que hacer. Cuando estaba en casa aprovechaba para poner al día su correo o para preparar alguna presentación importante. Ya le hubiera gustado poder jugar con su hija como lo hacía Clara. Pero su trabajo no le permitía esos lujos. Se movía en un entorno muy competitivo y tenía que estar siempre superándose a sí mismo

Desde hacía un tiempo le venían a la cabeza situaciones cotidianas a las que antes no había prestado atención. Había empezado a sucederle meses atrás,  desde una noche en la que se despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio la imagen de Silvia. Llevaba el delantal puesto y la cara y las manos pringadas de masa de croqueta. No tendría más de cuatro años. Él entró en la cocina a coger algo de la nevera y le hizo tanta gracia verla así que fue corriendo a buscar la cámara de fotos.

Al día siguiente, cuando se levantó, se fue directo al ordenador a buscar aquella imagen. Le llevó un buen rato encontrarla entre todas las carpetas que Clara había ido guardando. Se pasó el día entero mirando fotos. Allí estaba toda su historia familiar, ordenada por años y por acontecimientos, desde los primeros veraneos en la playa, cuando Silvia era pequeña, hasta la última comida en un restaurante, pocos días antes de que ellas se marcharan. No podía creer que todo hubiera transcurrido tan deprisa. Clara siempre le estaba pidiendo que imprimiera las fotos y las ordenara en álbumes pero, por una cosa u otra, él lo había ido posponiendo.

Estuvo muchas horas delante de la pantalla preguntándose si no habría alguna manera de rebobinar su vida, de situarse de nuevo detrás del objetivo de alguna de esas imágenes, incluso de aquellas que no había tomado él porque ni siquiera estuvo presente.

Sintió rabia cuando a Clara le dieron la beca Fulbright. “Pide un permiso y vámonos los tres juntos. Dentro de un año podemos volver”, le dijo. No podía dejarlo todo y marcharse sin más a Estados Unidos. Le  había costado mucho esfuerzo alcanzar su posición.

Cuando a Clara se le terminó la beca le ofrecieron un puesto en una universidad de allí. Lo llamó. Volvió a pedirle que se fuera con ellas. Pero no era el momento. Estaba intentando recuperar su trabajo. Incluso existía la posibilidad de que le ofrecieran un puesto mejor.

Ahora acababa de enterarse de que ya no estaban solas. Había alguien más en la vida de Clara.

Sin darse cuenta había llegado al final del paseo. Lloviznaba. Las olas batían con fuerza contra las rocas. Sobre una de ellas, recortada contra el horizonte, pudo distinguir la silueta de la escultura.

Se subió al muro. Miró hacia abajo. Todo estaba oscuro. Sintió la ropa mojada y el viento frío que le agitaba el pelo. Un paso hacia adelante y todo habría terminado. Entonces, sin saber por qué, le vinieron a la mente los versos del escultor. “Los ojos para mirar. Los ojos para reír. Los ojos para llorar… ¿Valdrán también para ver?”

Se dio la vuelta, se bajó del muro y volvió a casa. Al día siguiente contestaría al correo, tal vez todavía estaba a tiempo, tal vez aún no era tarde para marcharse.

Eva Escobar

Imagen: Eva Escobar

¡Gracias, Eva! En este rincón tendrás siempre un lugar donde escribir. 

Un abrazo de tus cuatro amigas de Mocade.

Santa Águeda bendita, trialará-lará

Doña Pascuala hablaba con otra profesora en la puerta de un aula del Pabellón del Instituo Goya. Estaban esperando a que acabáramos de entrar todos. Y yo, que soy de natural cotilla, me quedé rezagada para escuchar. En ese momento oí que le contestaba:

–¡Cómo iba a pensar santa Águeda que su fiesta se iba a hacer tan famosa!

Mi nombre, Gadea, no me gustaba. Hasta ese día no lo había relacionado con  santa Águeda. Pero la fiesta de esta santa siempre me había caído simpática. Quizá porque en El Frago le hacíamos una hoguera muy grande y el panadero nos regalaba unos panecillos redondos para merendar. Las tetillas de santa Águeda que solo podíamos comer las chicas. Y los chicos, con aire picarón, reclamaban sus panecillos. Tanto me impresionaba la historia de la pobre santa a la que le cortaron las tetas que empecé a investigar por mi cuenta.

Así que ese día, después de lo que había oído en la puerta del aula, me atreví a preguntarle a doña Pascuala por la santa. ¡Menuda perorata nos soltó!

–Águeda en realidad se llamaba Ágata. Si pensáis bien en este segundo nombre podréis adivinar que llevaba un nombre parlante. Como muchas santas y muchos héroes –continuó, a la vez que se acercaba a mi mesa.

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Santa Águeda en las crónicas de Navarra

–¿Qué es eso de nombres parlantes, doña Pascuala? –le pregunté haciéndome la interesada.

En ese momento mis compañeros también comenzaron a atender. Y levantó la mano Teófilo, un chico que siempre estaba despistado.

–¡Vaya por Dios, Teófilo se ha despertado! Como el tuyo también es parlante te lo voy a explicar y nunca lo olvidarás. Mira, –siguió doña Pascuala apuntándole con el bolígrafo que llevaba en la mano–, se llaman así porque, cuando los oímos, nos imaginamos todas las virtudes y defectos del personaje. Es lo que nos pasa con Blancanieves, Caperucita o Supermán.

–Sí, sí, pero, no es lo mismo. Yo veo por qué llamaban así a Supermán. Pero lo de Ágata no lo adivino ni por el forro –a Teófilo se le ponían los carrillos rojos, a la vez que contestaba.

–Muy bien Teófilo –le contestó doña Pascuala acercándose hasta su mesa–. Tu nombre significa “el amado de Dios”.

–Pues, ¿quién lo diría? –contestó Amadeo, un chico pelirrojo que estaba detrás–. Si nunca va a misa.

–Vamos a ver –respondió doña Pascuala levantando la voz, como si no hubiera oído a Amadeo–. Lo importante es que entendáis que algunos nombres, con el tiempo, dejan de ser parlantes.

–¡Ah! Así a lo mejor lo entiendo un poco. Pero sigo sin ver lo de Ágata –insistió Teófilo.

–Por eso es importante que conozcáis la historia de los nombres –A la vez que se paseaba entre los pupitres iba subiendo la voz, dirigiéndose a todo el grupo– Y que atendáis en clase.

Nunca había pensado que mi nombre pudiera ser eso de parlante. Y me sentí orgullosa, aunque tampoco acababa de entenderlo bien. Así que me volví, les hice un gesto a mis compañeros para que dejaran de mandarse papelitos y me cogí la cara con las manos, como siempre que quiero escuchar sin que me molesten.

–Agathe era un adjetivo clásico. Cuando los griegos decían que una chica era agathe, todo el mundo sabía que era buena, bondadosa y virtuosa.

La cosa se ponía interesante y el griterío iba bajando de volumen.

–Ágata, en español, se convirtió Águeda. Pero como eso de La Águeda no sonaba muy bien, todo el mundo llamaba Gadeas a las Águedas. Como la santa Gadea del Cid. Total que, con tantos cambios, el nombre dejó de ser parlante.

Al oír eso se callaron los murmullos del fondo y todos me miraron a mí. Al cabo de unos minutos se montó un revuelo con lo de mi nombre y yo me puse colorada. Pero doña Pascuala no se dio por vencida y alargó su rollo.

–A los que se os den bien las lenguas, sabréis que en francés y en inglés se mantiene el nombre antiguo.

–¡Anda! Pues sí que es verdad–dijo Benito, un rubiales que se sentaba la primera fila–. La novia del chico francés con el que hago intercambio se llama Agathe.

–Y mi amiga inglesa se llama Agatha –le contestó el de atrás.

Entonces pensé que una cosa era que la santa me cayera simpática y otra que doña Pascuala se enrollara. Y, ni corta ni perezosa, para cortar con lo de los nombres, le pregunté por qué santa Águeda era la patrona de las mujeres. Entonces ella se puso muy seria y comenzó una explicación, como si estuviera hablando de La Celestina.

–Tenemos que empezar por entender que la celebración de muchas fiestas populares tiene su origen en ritos anteriores al cristianismo.

–¡Vaya tostón que nos espera! –dijo Valentina, que se sentaba a mi lado. Y yo le di un codazo para que se callara.

Pero doña Pascuala iba a lo suyo, como si no hubiera oído nada.

–En España unas fiestas venían desde los celtas y otras desde los romanos. En la Edad Media, la Iglesia cogió mucha fuerza y quiso suprimir las paganas. Pero las gentes seguían celebrándolas.

Valentina no paraba de moverse, como hacía con todos los profesores cuando se ponían a explicar. Y yo, como de costumbre, le di un pellizco para que se estuviera quieta, que aquello de la santa me interesaba más que lo de los nombres.

–Entonces, ¿qué pasó? Pues muy fácil, que les dio un significado cristiano –continúo, sin inmutarse–. Y eso es lo que hizo con santa Águeda. Parece que se celebra el día de la santa, pero, en realidad, se mantiene una fiesta pagana, de esas que ponen el mundo al revés. Un poco como en los carnavales.

Aunque ya faltaba poco para que tocara el timbre, no nos movíamos. La clase se estaba poniendo interesante. Y doña Pascuala se iba creciendo.

–Estas fiestas eran necesarias para respetar el orden. Se daba el poder a los subordinados, por un día. Ese día se les permitía hacer sátiras y burlas para que se desahogaran. La de santa Águeda era una de estas fiestas en las que la gente se liberaba y luego seguía sometida sin protestar. Las mujeres casadas cogían el mando. Pero los hombres insistían en que solo era por un día, que después todo volvía a la rutina.

–¿Por qué no hacemos un debate? –preguntó una chica de la última fila.

–Hoy no nos da tiempo, que va a tocar el timbre. El año que viene os explicaré cómo se unieron las fiestas de santa Águeda, patrona de las casadas, y la de santa Apolonia, patrona de las solteras. De momento basta con que entendáis que, al juntarse las dos santas en el mismo día, la fiesta se convirtió en la de todas las mujeres. Y que os quede bien claro, que nos dan el mando un día para tenernos contentas.

A los chicos esto de santa Águeda ni les iba ni les venía. Así que, antes de que tocara el timbre, ya habían cogido las carteras y salían de estampida, sin esperar a que el bedel viniera a decir que la clase había terminado.

En cambio, las chicas aplaudimos, porque nos gustaba tener una tarde de fiesta para nosotras solas. Mientras nos poníamos los abrigos, hablábamos de la chocolatada que doña Pascuala nos había preparado en el microbar del Goya. Y comenzamos a cantar eso de Santa Águeda Bendita, trialará-lará, patrona de las mujeres, trialará-lará.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Partitura del canto de Santa Águeda en el País Vasco.

Hacia el primer contacto

Ares se puso de rodillas sobre el pupitre y esperó. Estaba en el aula de música, en el cuarto piso del instituto al que había empezado a ir ese año. Era rectangular, con las mesas colocadas en círculo para proteger una pila de guitarras, triángulos y flautas. Las ventanas de las paredes largas que daban al pasillo estaban a más de un metro del suelo y no ofrecían nada interesante. En cambio, desde los ventanales que daban al exterior se veía la animación de la calle. El edificio se había construido de espaldas a la ladera de una montaña, así que, mientras la calle de la entrada daba al patio y a la planta baja, para ver la calle de atrás había que ir las aulas del último piso.

Por eso había escogido esa clase, para ver a Jorge cuando pasara por la calle trasera. Como habían acordado, este iba a ser su primer contacto físico.

Su historia de amor no era extraña. Al menos, no en ese tiempo. También tres de sus amigas habían conocido a sus novios por Internet. Claro que, en su caso, había sido por casualidad y no mediante aplicaciones de ligar. Ella solo estaba buscando a alguien que revendiera entradas para el concierto que iban a dar los One Direction en Madrid. Así que entró en un foro de fans del grupo, se creó un perfil, Ares14, y dejó un mensaje.

Jorge contestó a la media hora. Le dijo que no tenía entradas pero que One Direction era su grupo favorito. Fue una alegría para Ares, para quien cualquier excusa era buena para hablar de ellos. Le preguntó por sus canciones favoritas, le explicó cuáles eran las suyas y por qué, y le dijo que le satisfacía muchísimo encontrar a un chico al que no le daba vergüenza escucharlos. Jorge no tardó en contestarle otra vez. Ella tampoco. El primer día, después de cruzarse más de quince mensajes, se dieron el móvil. Hablaron por WhatsApp durante muchos días hasta bien entrada la madrugada.

Tres semanas más tarde, Ares averiguó que Jorge era mayor. Bastante más que ella. Casi, casi, como su padre.

Ares estaba hecha un lío. Se preguntaba por qué un hombre se había fijado en ella. Aunque Jorge se reía siempre que ella hacía una broma, era consciente de que no era ni la más simpática ni la más graciosa del instituto. Apenas tenía un puñado de amigas que mantenía desde primaria. Tampoco tenía el cuerpo que le gustaría, ni se consideraba guapa porque nunca había tenido novio. Hasta Jorge.

Él le decía que la encontraba interesante, y preciosa. Y a ella le gustaba. Eso, y sentirse deseada, porque él se lo había hecho saber. Jorge le había enviado fotos de su cuerpo, y ella había respondido de igual forma. Aunque no pensaba mucho en eso porque le daba vergüenza. Sentía que no estaba bien, que no debía enviarle fotos casi desnuda ni pensar en practicar sexo con un hombre que podría ser su padre. Pero no podía evitarlo.

Después se enteró de que estaba casado, aunque Jorge le decía que se iba a separar. Que llevaba tiempo queriendo hacerlo, pero que no lo había hecho por sus hijos. Tenía tres, los gemelos, de cuatro años, y la niña, de uno. Decía que le daba pena, pero que ahora que la había conocido, quería ser soltero de nuevo para poder estar juntos. Y eso pasaría cuando por fin se vieran.

Ares sentía que la vida de Jorge estaba en sus manos. Que era injusto tenerlo esperando hasta que ella se decidiera. Pero seguía sin tenerlo claro.

Así que, un domingo en que su padre se fue al cine con su hermano, Ares le preparó un café a su madre y se sentaron juntas en el patio trasero de su casa adosada. Era una tarde calurosa de octubre y, como no soplaba nada de viento, las hojas caían al suelo en vertical, casi sin vaivén.

Se sentaron en la mesa de madera de teca con sillas a juego y Ares le explicó que había conocido a un chico mayor por Internet. Le dijo que le gustaba mucho y que quería verlo, pero que le daba cosa. No habló de su edad exacta, y su madre tampoco se la preguntó. “Mejor así”, pensó.

Su madre solo le pidió que usara la cabeza, que le diera el móvil de Jorge por si acaso y que fuera acompañada cuando fuera a conocerlo

Ese mismo día, como si Jorge hubiera leído la mente de Ares, la llamó y volvió a insistir en verse. Ares le dijo que sí y él se quedó en silencio. Durante unos segundos solo se oyó un leve jadeo. Por fin Jorge contestó con tal explosión de alegría que Ares se emocionó.

Quedaron en una esquina, junto al colegio, después de las extraescolares. Ares iría sola, pero estaría todo lleno de sus compañeros. Quedó en que esperaría en la sala de música hasta que lo viera pasar, y entonces bajaría corriendo. Así no tendría que aguardar sola en la calle.

Lo reconoció por la gorra de beisbol azul, la misma con la que aparecía en todas las fotos en las que enseñaba la cara. Iba con paso lento y seguro, pero apretaba y relajaba los puños sin cesar.

Ares sintió náuseas. Le pareció mayor de lo que le había dicho, incluso más que su padre. Le empezaron a sudar las manos y le entraron ganas de llorar. No había tenido una buena idea.

Pero ya era demasiado tarde. Se verían, él intentaría besarla en la boca y ella se movería con rapidez para zafarse y darle dos besos. Irían a un bar y, ahí, Ares le diría que sería mejor dejarlo.

Salió del colegio con un nudo en el estómago. Se paró en la esquina, cambiando el peso de un pie al otro. Él la reconoció, levantó la mano y la saludó. Ella, aunque sintió ganas de echar a correr, hizo lo mismo.

Estaba a punto de llegar a él cuando notó un tirón en el brazo que la obligó a darse la vuelta. Era su madre, colorada y con los ojos hinchados. Cuando se quedaron cara a cara, las dos se echaron a llorar y Ares se apretó contra ella como a un salvavidas en medio del océano.

Cuando se giró hacia Jorge, dos hombres lo estaban metiendo en un furgón policial.

Carla

@Bronte__

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Mi niña es un pez

Decía que su impermeable era de plata. Y ahora la plata es su piel de seda fría, tersa y brillante en noches de luna llena.

Miraba siempre al horizonte y me preguntaba qué habría más allá. «¿Qué hay por encima del cielo, mamá? ¿Y detrás de las montañas? ¿Y en el fondo del mar?» Sus preguntas eran un juego porque ella ya tenía las respuestas. Pero necesitaba que yo le contestara «No lo sé, amor», para que esas respuestas florecieran. Entonces me regalaba sus relatos, sus sueños, las burbujas de su risa. Y mis ojos y mi boca se abrían admirados cada vez que la escuchaba.

Veía el mundo de tal forma que una vez me probé sus gafas a escondidas. Llegué a preguntarme si los cristales tendrían poderes mágicos que la hacían percibir todo de aquella manera tan suya. Su imaginación jamás conoció fronteras. Tampoco su alegría. Ni su risa.

Quería viajar, ver mundo, correr aventuras. Su padre le preparó una sorpresa para el mes de vacaciones que pasaría con él: un crucero solo para ellos dos. Zarparon la primera semana de agosto.

Vi la noticia en el telediario. La pantalla del televisor se movía. El suelo se empezó a agitar bajo mis pies; las patatas en la olla no olían a quemado, olían a mar, a ozono, a tormenta y a huracán. Me envolvió un frío húmedo y salado, vestido de olas que me azotaban y que me derribaron de golpe. Mi cuerpo cayó sobre el sofá del salón, pero mi alma emprendió un viaje sin retorno por la borda de aquel buque gigantesco de la mano de mi hija. En medio de la tempestad caribeña, una voz anónima declaraba que apenas había supervivientes del naufragio.

Nadie me entiende. Mi exmarido, uno de los pocos que regresó de aquel viaje, dice que el dolor me ha enloquecido. Mi madre llora; creo que el luto que lleva cuando viene a visitarme no es por su nieta, sino por mí.

Todos ellos me dan pena. No entienden nada. Mi habitación aquí tiene vistas al mar. Y en verano los enfermeros nos dejan bañarnos en la playa algunas veces. Entonces lamento no haber aprendido a nadar cuando era niña. Si lo hubiera hecho, podría adentrarme en el agua donde sé que ella me espera.

Ahora mi pequeña juega con Ariel, la sirenita de su cuento favorito. Se cuelga de las barbas de Neptuno, al que camela como me camelaba a mí, para que la deje dar un paseo a lomos de un caballito de mar. Ya no necesita gafas. Tiene unos ojos redondos, con una visión de ciento ochenta grados. Debe de sentirse feliz.

Mi niña no ha muerto. Viajaba en un buque con su impermeable de plata, pero ya no lo necesita. La plata ahora es su piel de seda fría y tersa, hecha de escamas que brillan en las noches de luna llena, mientras surca los mares y se acerca a la orilla para ver si logra dar conmigo.

La próxima vez que vaya a la playa, iré a su encuentro. Entraré en el mar a buscarla. Mi niña no ha muerto. Me está esperando. Mi niña es un pez.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Jordan Mc Queen

El chocolate de la abuela

Mi abuela nunca quiso hacerme daño. Cuando viene a visitarme al hospital, y se queda a solas conmigo, me lo dice una y otra vez, con una voz muy bajita. Cree que no puedo escucharla, pero se equivoca. Los adultos llaman a lo que me pasa “estar en coma”, pero no sé muy bien lo que significa. Yo lo llamo flojera total. Cuando quiero abrir los ojos, no puedo porque me pesan. Y si pienso en hablar, me siento más cansado que después de jugar un partido de futbol.

Mejor empiezo por el principio.

La abuela y yo tenemos un secreto: nos encanta el chocolate. Pero mamá y papá no nos dejan comerlo. Se pasan el día diciéndole “abuela, no coma esto, ni lo otro, que le va a subir el azúcar”. Mamá me ha explicado que la abu tiene una cosa que se llama “diabetes”, y que por eso no le deja comer cosas dulces. Y a mí me dicen que no coma chocolate porque se me van a picar los dientes y cosas así, aunque creo que en realidad es porque mi pediatra dice que estoy gordo.

Uno de los días que la abuela vino a visitarme, me dijo que había descubierto una manera de que pudiésemos saborearlo de vez en cuando. Me contó que conocía a un duende al que le encantaba hacer travesuras y burlar a los adultos. La abu parece una niña de diez años, que son los que tengo yo, aunque sea vieja. Por eso Primmie y ella son amigos. Leí en un cuento que los duendes y los adultos no siempre se llevan bien, pero con los niños es muy distinto. La abuela le habló de mí y Primmie le prometió que nos iba a ayudar.

La siguiente vez, la abuela vino a casa para que papá y mamá fueran al cine. Esperó a que se marcharan, y me dijo que me quedara en mi cuarto hasta que me avisara. Después de un rato, cuando empezaba a aburrirme, abrió la puerta de mi habitación y me hizo señas con el dedo para que la siguiera.

Mi casa es muy antigua. Tiene varios pasillos muy largos, con unos ladrillos por la parte de abajo que me ha dicho papá que se llaman “rodapiés”. La abuela me llevó hasta el pasillo que baja al sótano y quitó uno de los ladrillos. ¡Debajo había un hueco y, en el hueco, un paquete envuelto! Lo cogió y me lo dio: “Toma, Óscar, me ha dicho Primmie que eso es para ti”. Lo abrí, ¡y era una teja de chocolate! Me la comí casi entera. Cuando me quedaba un trocito, me di cuenta de que la abuela no lo había probado y le di la mitad. Se puso muy contenta al ver lo bueno que soy, porque siempre dice que hay que compartir las cosas.

Desde ese día, cuando la abuela venía a casa, Primmie nos dejaba tejas de chocolate escondidas por los pasillos. Y la abuela y yo convertimos eso en nuestro secreto.

Un día le pregunté a la abu de dónde sacaba Primmie el chocolate. Me contestó que su amigo sabía un poco de magia, y había lanzado un hechizo a nuestro tejado. Desde entonces, los días que llovía, algunas de las tejas se volvían de chocolate. Y Primmie esperaba las visitas de la abuela para dejarnos su regalo en los escondites.

A papá le gustaba escuchar las noticias mientras comíamos. Uno de los días, dijeron en la tele que estábamos pasando un periodo de sequía muy prolongado. Le pregunté que qué era eso y me explicó que se hablaba de sequía cuando pasaba bastante tiempo sin que lloviera. Me quedé muy preocupado. Pronto vendría la abuela a visitarnos, y llevaba muchos días sin llover.

Pasó mucho tiempo. Por lo menos, tres o cuatro días. O a lo mejor, hasta una semana. Lo primero que hacía cuando me levantaba era asomarme a la ventana a ver si estaba nublado, pero todos, todos, todos los días, el sol se reía de mí.

Comprendí que Primmie se iba a ver en un apuro cuando la abuela volviera a visitarnos. Si no llovía, no podría dejarnos ninguna teja. Desde entonces, yo también atendía a las noticias, y lo de la sequía parecía que iba para largo.

Supe que tenía que hacer algo y, de pronto, se me ocurrió la solución. ¡Era muy fácil! Aquella noche, cuando todos dormían, bajé al trastero, cogí la regadera que mamá utiliza para sus rosales y la llené de agua. Subí al desván. Había visto una vez cómo se puede llegar hasta el techo tirando de un cordón que hace bajar una escalera de cuerda, como la de los barcos, por las que suben los piratas cuando van al abordaje. Hizo un poco de ruido pero, por suerte, no me oyó nadie. Subí con mucho cuidado, y conseguí que casi no se me derramara el agua de la regadera. Cuando llegué arriba, salí por una ventana que daba al tejado. Desde allí, nuestro jardín se veía distinto. Con la luz de la luna, parecía de plata. A lo mejor Primmie vive ahí. Hacía bastante viento, pero creo que no me di cuenta. Me distraje pensando en lo listo que había sido al tener la idea de subir a regar las tejas para ayudar a Primmie.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó después.

Ahora, además de escuchar a la abuela, oigo a papá y a mamá hablar con alguien a quien llaman doctor, pero no es la voz de mi pediatra. Alguien les pregunta de vez en cuando si saben qué hacía yo a esas horas de la noche subido al tejado con una regadera. No me entero mucho de lo que contestan. Tengo mucho sueño, me parece que duermo demasiado y, cuando me despierto, sigo cansado y un poco despistado. Tengo muchas ganas de volver a comer chocolate. A lo mejor si a la abuela se le ocurre traerme un poquito, se me pasa el despiste y puedo decirle que sé que me quiere y que ella nunca haría nada que me pudiera hacer daño. No sé por qué repite esa tontería que la hace llorar tanto. Quiero a mi abuela más que al chocolate.

Adela Castañón

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Imágenes: jEsTJosé Hernández.

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Estatua blanca mármol

La mirada equivocada

Ezequiel entró por tercer año consecutivo en el gran salón donde se iban a fallar los premios del concurso literario. Pensó que, con un poco de suerte, en la siguiente convocatoria podría encontrarse entre los finalistas si conseguía terminar de escribir su libro.

El acto comenzó como en las ediciones anteriores. El portavoz del jurado pronunció el nombre de la ganadora, y una mujer joven se levantó de un asiento de la fila posterior a la suya. Al pasar junto a él, que ocupaba una de las sillas que daban al pasillo, dejó un aroma a jazmín que parecía formar parte de aquel cuerpo encaramado sobre unos tacones de vértigo. Subió al estrado, y los focos se centraron en ella.

Ezequiel pensó que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. Algo en el rostro de la triunfadora le resultó familiar. Se puso las gafas y frunció las cejas inclinándose hacia delante en su asiento. No conseguía ubicarla. Apoyó el codo derecho sobre su pierna cruzada y se pasó los dedos por el mentón. La mujer empezó a hablar y, aunque la voz le temblaba, la sensación de déjà vu de Ezequiel se intensificó. ¿Dónde había oído antes ese timbre? Maldijo su supersticiosa costumbre de no leer nada sobre los libros ni sobre los autores que concursaban hasta el día después de la final. Se consoló pensando que a la salida compraría el libro. Esperaba que en la contraportada apareciera la consabida foto de la autora con algún dato biográfico. La mujer se había puesto unas gafas y hablaba mirando al público a pesar de que sostenía un papel entre los dedos.

–Me preguntan a veces por el título de mi libro –Se mojó los labios–. “La mirada equivocada” es la historia de una persona que, día tras día, se empeña en mirar al horizonte sin pensar que puede encontrar mucho más cerca lo que tanto anda buscando. La inspiración me vino justamente de ahí, de observar a la gente y darme cuenta de que muchos de nosotros equivocamos la dirección de nuestra mirada. A menudo no somos capaces de ver más allá de lo que tenemos delante. Desechamos muchas cosas y dejamos pasar oportunidades a las que no damos importancia, pero que otros, a veces, aprovechan y valoran. Por eso tuve claro que mi libro se llamaría así.

Ezequiel atendía a medias. Cuando terminó el evento, tenía las cejas fruncidas. ¡Vaya tarde desperdiciada! Al final no había logrado averiguar a quién le recordaba la ganadora. Y, al estar distraído pensando en eso, no había prestado atención a las palabras de la autora y se había perdido esa primera presentación en directo de los detalles de la obra. Decidió que, en cuanto saliera, iría al bar de siempre, se sentaría en su mesa del rincón y allí daría una primera ojeada al libro ganador. A ver si, de una vez por todas, las musas se decidían a hacerle una visita.

Compró un ejemplar antes de marcharse y ni siquiera esperó a que la autora se lo firmara. Al salir a la calle, una suave llovizna le hizo sonreír. Al menos el tiempo tenía el detalle de estar a tono con su estado de ánimo. Se subió el cuello del abrigo mientras la sonrisa se hacía más amplia y dejaba ver su dentadura. Hasta ahora, lo único que le gustaba de su futura novela era precisamente esa frase inicial: “Al salir a la calle una suave llovizna le hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Había perdido la cuenta de la cantidad de folios que acababan arrugados y llenos de tachones en la papelera que había junto a la mesa del bar. Todos comenzaban igual, pero las frases siguientes se le resistían. Ezequiel acudía allí convencido de que entre sus paredes se escondía su historia soñada. Al entrar en el local solía esperar la llegada de una desconocida rubia que entraba quitándose un sombrero pequeño y pasado de moda mientras sacudía su media melena. La observaba con disimulo y se inventaba historias sobre ella que luego intentaba trasladar al papel. Pero un día apareció acompañada de un mastodonte cubierto de tatuajes y, cuando la oyó hablar por primera vez, todo se fue al garete. Ezequiel tuvo que sujetarse las manos para no taparse los oídos ante esa voz chillona y desagradable que asesinaba sin piedad la gramática más elemental. Descartada la rubia como fuente de inspiración, tomó como segunda opción a otra de las habituales del local, pero las musas huyeron el día en que su nueva heroína se sentó en el suelo cuando iba camino al servicio después del cuarto o quinto whisky. El escritor insistía en buscar a esa desconocida que haría surgir su talento de escritor como un volcán en erupción, pero la suerte no dejaba de volverle la espalda y seguía sin encontrar su historia.

Perdido en sus meditaciones, Ezequiel llegó al bar. Ocupó su mesa habitual y sacó el libro de la bolsa para empezar a leerlo. La contraportada, en efecto, tenía una foto de la autora. Volvió a pasarse los dedos por el mentón, como siempre que algún recuerdo se le escapaba. Ahora estaba mucho más seguro de que conocía a esa mujer. Una sombra se interpuso entre él y la poca luz que entraba por la ventana. De reojo vio el delantal blanco de la camarera. Dejó de rascarse la barbilla para levantar la mano:

–Lo de siempre, por favor.

–¿Y qué es lo de siempre, oiga?

Ezequiel levantó los ojos. Una camarera a la que no recordaba haber visto antes, con un uniforme dos tallas más pequeñas que la que debería usar, mordía la punta del lápiz. Estaba tan acostumbrado a que le llevaran su cerveza que, por un momento, se quedó sin saber qué contestar. La chica llevaba un perfume tan intenso que le hizo estornudar y sacar un kleenex del bolsillo. Se sonó y miró alrededor buscando la papelera que solía dejar llena de hojas emborronadas cuando se iba. Al no encontrarla, se quedó con el pañuelo en la mano sin saber qué hacer con él.

–Una cerveza, por favor –Antes de que la chica se fuera, preguntó–. ¿Y la papelera?

–¿Papelera? ¿Qué papelera?

–La que suele estar aquí todos los días –Vio que ella ponía cara de extrañeza e insistió–. En este rincón.

–Ni idea. Que yo sepa, en este bar no hay papeleras junto a las mesas. Ya ni siquiera ceniceros, desde que no se puede fumar dentro. ¿Quiere caña o botellín?

–Un botellín.

–Enseguida se lo traigo. ¿Algo de comer?

–No. Bueno, sí. Unas aceitunas para picar, ya sabe.

La camarera se fue encogiendo los hombros y Ezequiel se maldijo por su estupidez. Estaba claro que la mujer no tenía por qué saber que siempre tomaba lo mismo: un tercio de cerveza y aceitunas que hacía durar toda la tarde, hasta dejar los huesos tan pulidos que parecían canicas. Volvió a mirar la contraportada del libro y leyó la sinopsis muy por encima. La autora explicaba que la historia se le había ocurrido observando a un cliente que acudía a diario al sitio donde ella trabajaba. Día a día había empezado a imaginar peculiaridades, características y sentimientos, y les había ido dando vida sobre el papel. Ezequiel sonrió. Dicho así, parecía muy fácil. Seguro que el germen de la historia había nacido de otro modo, pero no querría confesar la receta. Abrió el libro, y la sonrisa se le quedó congelada con la primera frase: “Al salir a la calle una suave llovizna lo hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Le dio la vuelta al libro, y prestó más atención al resumen de la historia. No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Empezó a ojear los capítulos y a leer fragmentos al azar. El contenido era totalmente inédito para él, pero la primera frase lo había descolocado. Ni se dio cuenta de que el dueño del bar se acercaba a su mesa.

–Buenas tardes, señor. ¿Qué va a ser?

–¿Perdón? –Estaba tan concentrado que creyó que había oído mal. Dejó el libro boca abajo sobre la mesa–. Ya le he pedido una cerveza a su compañera.

El dueño miró a la camarera, que levantó las cejas con cara de circunstancias. Estaba claro que se había olvidado del pedido. El hombre se disculpó por el despiste de su trabajadora.

–Vaya, lo siento. Ahora mismo se la sirvo. Esa chica es nueva, y me parece que tiene menos experiencia de la que me dijo cuando se presentó para cubrir el puesto. –La mirada del hombre se posó en la contraportada del libro, y le guiñó un ojo–. ¡Vaya! Seguro que me comprende, ¿verdad?

–¿Comprenderlo? –Ezequiel no sabía de lo que hablaba el otro–. Pues, francamente, no sé a qué se refiere.

–¡Pero hombre! –Señaló la fotografía–. María se nos ha ido de la noche a la mañana. ¿No se ha fijado?

–¿María?

El mesero golpeó la foto de la contraportada del libro con el índice.

–María. Ninguno nos tomamos en serio esa manía que tenía de escribir a todas horas.

Ezequiel abrió la boca sin pronunciar palabra. ¡Claro que le sonaba la cara! Las gafas eran lo que lo habían despistado. Y los tacones. Y la falta del delantal. Y el peinado, tan distinto del moño que tenía siempre cuando lo servía. Sus fosas nasales se dilataron buscando ese perfume a jazmín que había echado en falta cuando se acercó la camarera nueva.

–A veces nos decía que quería ser como usted. ¡Si siempre era ella la que lo atendía, aunque no le tocara ese día esta zona del bar! ¡Anda que no le han gastado bromas los compañeros a costa suya, hombre! Que si hay que ver la prisa que se daba en traerle la cervecita, que si le ponía doble ración de aceitunas, que vaya trapicheo que se traía con los viajes que daba con la papelera arriba y abajo cuando llegaba la hora de verlo entrar por la puerta… –El hombre cabeceó–. Me parece que este es el único bar de la ciudad donde un cliente ha tenido una papelera de uso exclusivo.

Ezequiel había dejado de prestar atención. No podía dejar de leer la dedicatoria:

“Al escritor que me inspiró esta historia imaginaria, aunque sus ojos siempre buscaran otras historias mirando en la dirección equivocada”

Adela Castañón

Foto:   Jeff Sheldon.