Mi última carta de amor

María:

(Sonrío, porque no sé cómo empezar. –Suelto el bolígrafo y miro tu foto–. ¿Querida María? ¿Hola, María? ¿Qué tal, María?)

A lo largo de mi vida he maldecido y bendecido Internet a partes iguales, pero nunca tanto como cuando se ha tratado de ti.

En nuestra época de críos,

(sí, críos, esa rara especie, hoy en peligro de extinción porque se van convirtiendo en adultos en miniatura que a los diez años ya están de vuelta de tantas cosas –Miro tu foto otra vez y me parece verte sonreír.)

no podíamos imaginarnos que el futuro derribaría barreras que creíamos eternas, como el tiempo o el espacio, y que surgirían nuevas tecnologías como las de hoy. Cuando la vida nos separó, no podíamos soñar con que Internet, como una varita mágica, sería capaz de poner en contacto a personas muy distantes. En aquella época trasladaron a tu padre a otra ciudad, y tu partida nos supuso el adiós definitivo. Entonces solo existía Correos o, en contadas ocasiones, el teléfono. Y tú y yo, con lo cortos de genio que éramos, ni siquiera contábamos con esos recursos. ¡Cómo iba a pensar en llamarte o escribirte cuando te mudaste con tus padres a casi mil kilómetros de mí! Si yo era tímido, tú lo eras más. Con quince años nuestra timidez era tan extrema

(porque quiero pensar que a ti te ocurría lo mismo que a mí)

que apenas nos mirábamos cuando estábamos en la misma habitación. Me daba terror pensar que pudieras adivinar mis sentimientos, que mi amor por ti, ese amor primero, irrepetible, quedara expuesto, desnudo…

María…

Si lo nuestro hubiera empezado alguna vez, si al menos te hubiera pedido salir contigo, a lo mejor a estas alturas estaríamos ya hasta los pelos el uno del otro. Pero nuestra historia nunca llegó a ser nada, no pasó de ser un sueño, un deseo, una fantasía. Y se quedó fuera del tiempo, congelada en un milagro de eterna juventud, de ilusión imperecedera, donde la magia del futuro vive a salvo de la monotonía y de la desilusión del pasado. De un pasado que es solo un folio en blanco porque la vida no escribió nada en él. Separarnos, sin habernos llegado a juntar, me ha dejado

(¿y a ti? ¡Ojalá lo supiera!)

siempre abierta una puerta a la esperanza, al millón de historias que podríamos haber vivido. Y no importa lo que pase porque, en cada instante y en cada segundo, mi mente y mi corazón pueden echar a volar sin ataduras, y pueden construir un universo cuyo punto de partida hubiéramos sido, ¡cómo no!, tú y yo…

María…

Me haces desbarrar. Da igual que hayan pasado treinta años. Pero esta vez no puedo callarme, María. Después de tanto tiempo, has usado la llave de Internet para volver a abrir la puerta de mi alma y entrar en mi vida sin invitación.

(¿Te duele esto último? ¿Temes que no te guste lo que te voy a decir? –La mente me gasta una broma cuando miro tu foto. Ahora veo una arruga vertical en mitad de tu frente.)

Te iba a decir que lo siento. Iba a tachar esas dos palabras, “sin invitación”, pero no voy a hacerlo. Porque yo también te he buscado en Google. He intentado seguir tu estela, pero no a costa de romperla, como has hecho tú con la mía. Lo mío ha sido un ir detrás, igual que una mascota, sabiendo que tú siempre mirabas hacia delante y ni siquiera me veías. Lo tuyo ha sido otra cosa. Tú me has buscado, te has plantado delante de mi cara. Eres un fueraborda y has revuelto esas aguas tranquilas por las que mi vida transcurría. Y no tenías derecho. Al menos, no de esa forma.

(Sé lo que vas a decirme. –Tus labios parece que se mueven, y tapo la imagen de tu boca con mis dedos–.  Pero deja que lo diga yo por ti.)

Ahora me dirás que no hay nada de malo en localizar viejas amistades por Internet para saber de ellas. Cierto. Yo también quise agarrarme a esa frase y estuve a punto de teclear más de una vez para ponerme en contacto contigo. Pero al final, me pudo la prudencia. O el cariño. O el respeto. Porque siempre me frenaba el mismo pensamiento: no sé nada de ella. Si está casada, o divorciada, si es feliz, si se acuerda o no de mí, si… si puedo hacerle daño. Hasta ahí llegaba yo, María. Y por eso, por no querer arriesgarme a lastimarte, me llevaba las manos a la boca, y me mordía las uñas, y me tragaba las lágrimas haciendo un llamamiento a la razón para pedirle que esas lágrimas bajaran a mi estómago. Y que allí ahogaran a esas mariposas tan tópicas y típicas de las novelas rosas que, a mis años, volvían a hacer su nido en ese sitio.

María… ¡ah, María!…

En este último año has hecho de mi vida un torbellino. Los WhatsApp, los emails, ese encuentro improbable pero que, por milagro, fue posible, a mitad de camino entre nuestras ciudades. A mitad de camino de ese año. Esa tarde delante de un café, desgranando recuerdos…

(Dos encuentros en treinta años no son muchos ¿verdad? Pero pueden ser casi toda una vida. –Ahora, desde tu foto, me llega desvaído el olor del perfume que usabas–. Deberías leer la novela de “Los puentes de Madison County”. Tal vez así me entenderías)

María…

Esa tarde de hace solo seis meses es para mí un antes y un después. Un café compartido que iba a durar apenas media hora, que al final fueron cuatro. No me lo podía creer. Tú y yo hablando sin parar, dejando salir a borbotones, disfrazadas de anécdotas de críos, todas aquellas cosas que nunca nos dijimos. Yo, riendo y bromeando, envalentonado con la risa que bailaba en tus ojos, y diciéndote cómo bebía los vientos por tus huesos. Y tú… y tú, María, callando y asintiendo. Y yo, pobre de mí, alimentando la hoguera de tu vanidad

(o eso creo ahora)

con el único combustible de mi cariño eterno…

Y luego, al darnos cuenta de lo tarde que era, tuviste que irte a toda prisa. Perdías el autobús. Y entonces, a punto de subirte, ya con la mano puesta en la barra de la puerta, me robaste lo que habías venido a buscar: un solo beso. Que casi ni fue un beso. Un roce de un segundo. Pero no en la mejilla. Tus labios en mis labios.

(Te llevaste contigo ese momento, lo mismo que un ladrón. Y no tenías derecho).

Sé que somos adultos, María, pero eso no se hace. Has jugado conmigo. Has dejado que yo, cegado por el brillo del pasado, me haya planteado incluso tirar por la borda mi vida de ahora, ¡qué locura!

Esta vez no he callado. No he querido callar. Tú has dado el primer paso y, como un náufrago, me he agarrado a ese cabo que has lanzado desde tu altura. Pero me has engañado. No me querías a bordo de tu barco. Has dejado que ponga mi alma al descubierto, que te escriba, que te cuente lo mucho que te quise, lo mucho que te quiero.

Pero eso ha sido todo.

Y cuando has comprendido lo que habías desatado, has dado marcha atrás. Me dices que lo único que querías era tener noticias de tu amigo de infancia, que eso soy para ti, un simple amigo…

María…

No sé si ha sido el miedo. Posiblemente, yo me haya equivocado al juzgar tus acciones. Pero tus actos, lo que has hecho, y mucho peor aún, lo que no has hecho, lo que no has dicho… Me has herido de muerte.

Pero no te preocupes. Que ya estoy terminando de contártelo todo.

Mi amigo más querido se ha negado a dejarme en la estacada. Le duelen mis heridas,

(no como a ti, a pesar de ser tú quien me las ha causado. –Ahora en tu foto, sin poder evitarlo, escondes tu vergüenza tras tu pelo y agachas la cabeza.)

ha pasado a mi lado, día tras día, el duelo que he tenido que vivir por ese amor que ha muerto. ¡Mataste tantas cosas, María! Convertiste en cenizas algo que yo tenía, algo que era inmortal. Arrasaste mi rincón más privado, el altar que mantenía viva mi fe, mis esperanzas, mis sueños, ¡sí, mis sueños!, porque ya se encargaba la razón de decirme que de nada me iban a servir todas mis fantasías. Todo eso lo rompiste, María. Lo que vivía en tu ausencia ha muerto por culpa de tu presencia. ¡Y me da tanta pena…!

Eso quería decirte, María. Después de treinta años de silencio, tú has abierto la caja de Pandora, y eso me da derecho.

Y yo no estoy dispuesto a pasar otra vez la misma historia, ni a aguantar un segundo silencio durante otros treinta años.

Te debía estas palabras. Me las debía a mí mismo.

No he tirado mi vida por la borda. Y sigo vivo.

Puedo escribir todo lo que te he escrito, y el pulso no me tiembla.

Hoy mi único regalo para ti es esta indiferencia. Ni amor, ni odio, María.

(Por si quieres saberlo. –No debería seguir. Esta carta debería acabar aquí. Y, sin embargo…)

Pero anoche soñé que tenía otra vez quince años. Que estabas a mi lado. Desperté con el murmullo de mi mujer dormida junto a mí, como todas las noches.

Sin embargo… ¡era tan vivo el sueño, que ni siquiera supe al principio donde estaba!

La razón me abrazó con su manto, volví a cerrar los ojos para intentar recuperar el sueño. Para dejarte ir, y que tú me dejaras.

(Mi mano tocó entonces la almohada. Y su humedad, allí donde había estado mi cara, convirtió en un borrón toda esta carta.)

 

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

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Prejuicios

Carmen dejó caer sobre el platillo dos monedas de diez céntimos. El resto del billete lo había pagado con un muestrario de piezas de níquel pescadas una a una de su monedero. El gesto con el que el conductor cogió el dinero y le tendió el tique arrancó una tímida ovación entre los que estaban esperando para subir al autobús.

Sintió la tentación de sentarse ahí mismo y así silenciar los bufidos y aspavientos que se oían a su espalda pero lo descartó. Aquel sitio auguraba la cháchara de un hombre canoso, cuyo vello del pecho sobresalía por el cuello del polo y las bolsas de piel enrojecida se pegaban a sus gafas. La miraba anhelante, como si llevara todo el día esperando ese momento para poder entablar conversación con alguien. Carmen avanzó un poco, ante el evidente alivio del resto de viajeros, y se sentó al lado de una chica que le pareció demasiado joven para estar embarazada. Sin contestar a su saludo, Carmen juntó mucho las piernas y colocó el bolso sobre la falda para evitar que se le subiera y mostrara el dobladillo de sus medias calcetín.

Tres paradas más tarde la muchacha se levantó sin despedirse, y Carmen arrugó los labios. Un chico joven, con el pelo hacia atrás y una barba cerrada, ocupó el sitio que había dejado vacante. Su traje gris parecía bueno, de esos que caen con gracia y se ajustan ahí donde tienen que hacerlo.

—Buenas tardes —Le deseó Carmen, y relajó la presión de sus manos sobre el bolso.

—Hola —contestó él con voz profunda, como si estuviera hueco por dentro.

Sacó el móvil del interior de la americana, y empezó a mover lo dedos con agilidad por la superficie. Pasaba fotos rápidamente y de vez en cuando aparecían letras más o menos grandes que Carmen no llegaba a leer. Sacó las gafas de ver del bolso y se las ajustó sobre el puente de la nariz.

Segundos después se abanicaba con furia, primero con la mano y, cuando vio que no tenía suficiente, con un folleto del supermercado que rescató de su abrigo. Desvió la vista de la pantalla, donde seguía la  progresión de imágenes de úlceras y otras heridas supurantes, y observó al chico con una mueca de asco. Además de las uñas mordidas y rodeadas de pieles secas y arrancadas, lo que más llamaba su atención por encima de aquella barba espesa eran sus ojos, redondos y salidos como los de un sapo. El accesorio perfecto a su nariz grande y curva.

El teléfono del chico sonó con una melodía que invitaba a la audiencia a alzarse en armas y conquistar un país pequeño.

—¡Juan! —exclamó el chico. Carmen agudizó el oído—. Sí, mejor que bien. Las pocas preguntas que me han hecho han sido muy sencillas.

Carmen suspiró. Después de cinco minutos de espionaje casero había descubierto que el chico acababa de presentar un proyecto de doctorado, así que supuso que aquellas fotos tan extrañas debían formar parte de su tesis. No entendió las palabras técnicas pero estaba claro que el muchacho era médico.

Carmen se soltó el último botón de la blusa al imaginárselo ante ella en la consulta, con la bata blanca abierta sobre una camisa de raya diplomática y una corbata verde, a juego con sus ojos. El estetoscopio colgaría de aquel cuello ancho y masculino y le dedicaría una sonrisa, que quizá no haría zarpar barcos pero sí subir la fiebre cuando firmara sus recetas. Casi podía ver un destello de película en sus dientes. Casi podía oír el “clinc”.

—Podríamos ir a celebrarlo a nuestro restaurante. Yo invito— Continuó el doctor.

Carmen echó para atrás los hombros, esperando el desenlace de la conversación y el momento en el que pudiera preguntarle dónde pasaba consulta o cuándo podrían volver a verse.

—Te cuelgo, que estoy a punto de bajar del bus. Te quiero, vida mía.

El muchacho se despidió de Carmen. Ella ni siquiera lo miró.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Matthew Henry

La vida sigue igual

Rosa escuchaba la discusión desde la cocina. Su hija y su nieta estaban tan enzarzadas en la disputa que no se daban cuenta de cómo estaban levantando la voz. Y eso que el salón estaba al otro lado del pasillo. Aun así, las palabras se oían con total claridad. La anciana agachó la cabeza y siguió pelando las patatas. Solo detenía el movimiento para enjugarse alguna lágrima furtiva con la punta del delantal. No pudo evitar un pensamiento obsesivo: “La historia se repite”. Suspiró, y con el pelador de patatas como vehículo de su memoria, emprendió un viaje de cuarenta años hacia su pasado. De espaldas a la puerta del patio, y perdida entre recuerdos y mondaduras de patatas, no se enteró de la entrada de Luis, su compañero desde hacía casi cincuenta años.

Luis supo por el movimiento de los hombros que su mujer estaba llorando. Comprendió que lo que hacía sufrir a Rosa era la discusión que mantenían su hija y su nieta en la habitación de al lado. Las voces de Laura y de Estrella llegaban con claridad, porque las dos hablaban casi a gritos. Prestó atención a lo que decían, y lo entendió todo. Estrella, su nieta, su Estrellita, se había hecho una mujer. Y Laura le repetía una y otra vez que, como madre suya, no podía aceptar que quisiera irse a vivir con su novio. El anciano sonrió. Se acordó de cuando “el novio” era él, con casi cincuenta años menos, mucho antes de soñar con su actual estado de “el abuelo”. Y miró con ternura la silueta encorvada que pelaba las patatas.

***

Rosa y Luis se habían conocido en una escuela de baile, cuando ella tenía veinte años y él no llegaba a los treinta. Las amigas habían apuntado a Rosa a unas clases de baile de salón para sacudirle la morriña en la que la había sumido el abandono de su novio. Todas le decían que había sido una suerte que ese bala perdida la hubiera dejado, porque jamás habría sido feliz con él. Y Rosa, por no oírlas y porque quería dejar de llevar esa pena a cuestas, se dejó arrastrar a las clases de baile con ese profesor extranjero tan guapo y buen bailarín. Pronto surgió una química especial entre la novia abandonada y el maestro de danza. Empezaron a salir, y él le contó que se había divorciado hacía poco y que tenía dos hijas de corta edad. Y ahí estuvo a punto de terminar la historia de amor de la pareja. Porque don Ramón, el padre de Rosa, se negaba a que su hija se juntara con un hombre que, como él decía, ya le había destrozado la vida a otra, y encima después de hacerle dos barrigas. Además, su hija tenía que casarse de blanco y delante de un cura. Luis había iniciado los trámites para solicitar la nulidad, pero nadie se esperaba que, ante la oposición paterna y ante el retraso del proceso de anular el matrimonio de Luis, la tímida y ejemplar Rosa se liara la manta a la cabeza y se fuera a vivir con él incluso antes de que pudieran casarse por la Iglesia.

***

En la cocina, Luis se pasó la mano por la cabeza, con bastante menos pelo de lo que tenía el día de su boda. El roce de los dedos con su calva y la visión de la espalda vencida de Rosa, coronada por su eterno rodete de pelo blanco recogido en un moño apretado, le devolvieron al presente. Dio un paso adelante y a Rosa le llegó el olor de su hombre antes de sentir su mano sobre el hombro. Llevaban casados medio siglo y se seguían presintiendo el uno al otro incluso antes de verse. Luis cogió la punta del delantal para secar las lágrimas de su mujer.

–Rosiña, no llores.

–¡Ay, Luis! Que no sé cómo nos ha salido una hija tan intransigente. Laura tiene que entender que Estrella se ha hecho mayor. Al fin y al cabo, cuando Laura tenía su edad ya estaba casada y embarazada de ella.

–Ya, Rosa, ya lo sé. ¡Pero es que nuestra Laura ha sido siempre tan conservadora…! No sé a quién habrá salido.

–¡Bobo! ¿A quién va a salir? ¡Si es igualita que tú! Anda que no me costó trabajo convencerte para que me dejaras irme a vivir en pecado contigo, Luis… Pero valió la pena. No entiendo que Laura se ponga así ahora. Ya sé que ella lo hizo todo bien. Que se casó como Dios manda y que Estrella no nació hasta después de un año de la boda, pero…

Rosa dejó la frase sin terminar y suspiró. Luis acercó un taburete y se sentó al lado de su mujer.

–¿Pero qué, Rosa?

–Acuérdate de nosotros, Luis. Y eso que eran otros tiempos y se vivía chapado a la antigua. Y mira, aquí estamos, tan felices.

Luis se inclinó para besar a Rosa en la frente, y los dos guardaron silencio recordando su pasado, cuando el principio de su noviazgo pareció una misión imposible.

***

Cuando el padre de Rosa supo que a su hija la pretendía un divorciado, puso el grito en el cielo. Le prohibió que se viera con ese hombre. Y Rosa, la tímida y callada Rosa, le plantó cara a su progenitor por primera vez en su vida. Luis no quería separar a Rosa de su familia e intentó poner fin al noviazgo, pero ella lo amenazó con escaparse de su casa a donde nadie, ni siquiera él, pudiera encontrarla. La solución, sin embargo, llegó por donde menos se esperaba. En medio de la tormenta familiar, la hermana de Rosa dio a luz, y cuando le pidió a Rosa que fuera la madrina del bautizo de su sobrina, porque era algo que las dos hermanas se habían prometido desde la infancia, Luis tuvo la ocasión de ganarse a su suegro. Rosa se negaba a ir al bautizo si Luis no iba también. Y don Ramón decía que no pensaba estar en la misma habitación que ese hombre, del que se negaba incluso a pronunciar el nombre. El bautizo se celebraría en el pueblo vecino, en casa de su hija y de su yerno, y el patriarca juró y perjuró que, si Luis asistía a la celebración en casa de su otra hija, él no aparecería por allí. Rosa y su padre estaban empecinados en sus respectivas posturas, y Luis dio con la solución.

–Rosa, escúchame. Viajaré contigo. Tú vas a la iglesia y amadrinas a tu sobrina, como está mandado. Y yo te espero en la urbanización de tu hermana. Me has enseñado fotos de la piscina, y debe ser un sitio precioso, así que me llevo un libro y aprovecho para tostarme un ratito –Rosa abrió la boca para protestar, pero Luis no le dio tiempo–. Y no pongas excusas. No tienes derecho a amargarle la fiesta a tu hermana. De vez en cuando, si quieres, te escapas cinco minutos y te acercas a darme un beso por buen comportamiento. ¡Rosiña! Que ni tu hermana ni la niña tienen la culpa de nada. Por no hablar de tu santa madre, que tampoco se merece que le des ese disgusto, mujer.

La hermana y la madre de Rosa querían comerse a besos a Luis cuando ofreció esa salida. Y de toda la familia, Rosa fue la más difícil de convencer. Su padre, cogido entre el fuego de su otra hija y su mujer, no quiso estropear el bautizo de su nieta y transigió puesto que no tendría que verle la cara a su futuro yerno. Y Rosa, a la que la solución no le convencía, cedió ante los argumentos y arrumacos de su Luis para que no aguara la fiesta familiar. Y todavía quiso más a su novio cuando lo escuchó defender al que sería luego su suegro: “Rosiña, no seas así. Tu padre tiene unos principios morales firmes, los está defendiendo, aunque le cueste enfrentarse a ti, y lo admiro por eso. ¡Que ya hace falta valor!  ¿O es que te crees que no sufre al pelear contigo, que eres la niña de sus ojos? Anda, mujer. Ya verás cómo cambia todo cuando me den la nulidad”.

Y vaya si cambió, porque Rosa no estaba dispuesta a esperar quién sabía cuánto tiempo.  Después del bautizo de su sobrina, Rosa y Luis se fueron a vivir juntos. Y don Ramón tragó bilis y mantuvo las distancias hasta que llegó la esperada nulidad del anterior matrimonio de Luis, pero el tiempo acabó por limar asperezas.

Cuando Luis y Rosa pudieron casarse por la iglesia, casi tres años después, nadie dio importancia al modo en que el novio había llegado a formar parte del clan. El día de la boda, los botones del traje de don Ramón amenazaban con estallar cuando pudo llevar por fin a su hija de blanco al altar, para entregarla a ese hombre que, hacía tiempo, se había convertido en Luis.

***

Medio siglo después, en la cocina de su casa, vestidos de canas, Rosa y Luis se miraron a los ojos. Y sus miradas se decían que los dos recordaban los mismos hechos.

–Anda, Rosa –Luis le quitó el cuchillo de la mano para ponerlo en la mesa–, deja de pelar patatas, que a este paso vamos a tener que comer lo mismo todo el mes. Va siendo hora de que le contemos a nuestra hija un poquito de la historia familiar.

 

Adela Castañón

Foto: Pinterest.

El espejo

Lo primero que le dio problemas fue la barba. Los cortes de la cuchilla y la cara de espanto de sus compañeros al verlo aparecer en la oficina con aquellas heridas le habían convencido para que se dejara crecer el vello de la cara. Más adelante tuvo un encontronazo con su jefe, que lo convocó en su despacho y le dijo que parecía un animal sucio y piojoso. Decidió ir a un barbero dos veces al mes para que se la arreglara. Escogió uno que había visto centenares de ocasiones de camino a casa de Victoria. Apenas tenía espejos. El peluquero, además, parecía tener la mente abierta para aceptar, sin hacer muchas preguntas, que Marcos no quería verse. Y es que las superficies de vidrio transparente no eran problemáticas, no. Lo peor eran los reflejos traicioneros que acechaban en cualquier lugar. Una cuchara, un escaparate… Incluso la pantalla del ordenador cuando se ennegrecía de improvisto y, pensaba él, con alevosía, devolviéndole una mirada acusadora que se columpiaba entre el asco y la decepción.

Convencer a Lola, su esposa, había sido sencillo. Ella no solía oponerse a sus ocurrencias. Marcos cogía una idea, le tomaba las medidas y la vestía con las mejores sedas para ofrecerla como buena. Además, era capaz de hacer creer a la otra persona que la idea había sido suya, algo que había querido toda la vida. Por eso, cuando él habló a Lola de la dictadura de la imagen en la sociedad moderna y lo beneficioso que sería para su estado de ánimo y para su relación hacer el experimento de verse únicamente reflejados en los ojos de sus seres queridos, Lola, la niña de pueblo que nunca había crecido del todo, se tiró a sus brazos y le prometió que esa misma tarde descolgarían todos los espejos de la casa, incluido el del baño.

Por las noches, cuando la vejiga le apretaba o un movimiento de Lola lo despertaba, le asaltaba la imagen que el espejo del ascensor de Victoria le había devuelto después de acostarse con ella por primera vez. En aquel momento, fue tal la impresión que le dio la espalda. Después atribuyó aquella visión al cansancio de una tarde llena de sexo y se enfrentó de nuevo a sí mismo con su ensayada mueca de soberbia. De nuevo se encontró con una mirada de odio tan violenta que casi podía esperar que su doble saliera de su prisión de cristal y se abalanzara sobre él.

En algún momento durante todo aquel tiempo pensó en dejar a su amante y contarle toda la verdad a Lola. Quería volver a ser él mismo, ver cómo le quedaba el traje o mirarse a los ojos que, antes, sonreían orgullosos. Pero la cama de Victoria era demasiado caliente y acogedora. Y a ella no le picaba su barba.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Erik Eastman

 

Sublime absurdo

Mario estaba emocionado. ¡Su primer trabajo! Distaba mucho de parecerse a los sueños de futuro que había ido forjando a lo largo de su carrera; “pero menos da una piedra” –solía decirse cuando el pesimismo amenazaba con invadirlo– “al fin y al cabo, estrenarme en un medio rural tiene sus ventajas”. La carrera de Medicina se le había hecho eterna. Pensaba que en los últimos años lo único que le había librado de tirar la toalla había sido la pereza de tener que empezar otra licenciatura. Total, la duración iba a ser la misma. Y no debía confundir el hastío y el cansancio de tantos años de facultad, con la pérdida de su vocación.

Por increíble que pareciera, llegó el día en que se licenció. Y le ocurrió como en los cuentos de hadas: lo que parecía ser la meta, en el fondo, solo era el principio de un nuevo peregrinar. El final de las historias, con la boda del príncipe y la princesa y el consabido: “y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, en realidad no era un fin, sino un comienzo. El aterrizaje en la vida real se lo procuraron algunas indirectas paternas cuando insinuó algo sobre una especialidad: “hijo, estamos orgullosos de ti y encantados de los sacrificios que hemos hecho para que estudiaras, pero ¿no deberías empezar a buscar un trabajillo? No es que tu madre y yo no queramos que sigas aprendiendo. Lo que pasa es que tienes más hermanos estudiando, y mi sueldo no da para tanto”.

Las reflexiones de sus progenitores y la paciencia de su eterna novia le ayudaron a decidirse. En vez de preparar una especialidad, como hubiera sido su sueño, se quedó en médico de cabecera y aceptó la oportunidad de estrenarse en el medio rural. Inició la convivencia en pareja con su novia –ahora flamante esposa–, con cuestiones tan prosaicas como “¿qué te parece, Chelo? ¿alquilamos de momento algo, o nos metemos en una pensión? ¿seguro que no te importará vivir tan lejos de tus padres?”

Y Chelo, primero novia fiel desde que tenían doce años, y luego esposa ejemplar y paciente como la que más, estaba dispuesta a seguir a su Mario al fin del mundo. Y casi, casi fueron literales sus palabras, porque aquel pueblecito ni siquiera aparecía en muchos mapas. Escondido en mitad de una sierra, solo se podía llegar por una carretera de acceso compuesta de curvas encadenadas que terminaba en la plaza principal. Bueno, principal y secundaria, porque era la única plaza del lugar. El pueblo no era ruta de paso a ninguna parte, y Mario incluso creyó ver algunas briznas de hierba asomar por el centro del asfalto conforme se iban acercando a su destino. La flamante pareja, sin hablar entre ellos, rezaba para que su coche de segunda mano sobreviviera a la ascensión. Ninguno quería poner voz a sus miedos, aunque compartían pensamientos parecidos. Tal vez habrían debido pensarlo mejor, antes de aceptar ese destino sin siquiera visitarlo previamente. ¡Si por allí debía pasar una media de tres vehículos al año!

Pero si algo llevaban en su equipaje era optimismo. Y la llegada supuso un alivio, cuando vieron en la plaza un comité de recepción que, dedujo Mario, debía estar allí esperándolos a ellos, a juzgar por la escasez de tráfico local. La bienvenida fue efusiva: el cura, el boticario, el maestro, y el alcalde los acompañaron a la casa del médico, donde los dejaron instalados.

Al día siguiente Mario debutó solemnemente en la consulta. Su primer paciente fue, nada más y nada menos, que el señor alcalde. Tenía unas anginas de caballo, de esas que hacían que tragar fuera poco más o menos que una misión imposible, y así se lo hizo saber su Excelencia al Señor Doctor. Mario se vio invadido por el pánico cuando, tras manifestar el alcalde que la vía oral quedaba descartada por el intenso dolor, aclaró que, por principio, las agujas e inyecciones le daban alergia. “¡A ver qué hago ahora, pensó Mario!”. Pero su ángel de la guarda vino en su ayuda. Llevaba en su maletín unos supositorios de sulfamidas, novedad en aquellos años cincuenta, y ni corto ni perezoso entregó el medicamento al regidor, explicando con delicadeza y todo lujo de detalles la forma y manera de administración.

Al cabo de pocos meses, Mario había adquirido una seguridad en sí mismo que superaba sus mejores sueños. El pueblo lo adoraba, y rápidamente se convirtió en el quinto personaje de las celebridades locales. Le gustaba decirle a su Chelo, en un tono doctoral impropio de sus pocos años, lo orgulloso que estaba de que todos los convecinos se hubieran dado cuenta de su excelente preparación profesional.

Y su Chelo asentía y callaba, dándole la razón en todo y agradeciendo al cielo el modo como se habían desarrollado los hechos. Porque Chelo tuvo el buen tino de no confesarle jamás el sublime absurdo sobre el que se había basado su impoluta reputación. Y el hecho, celosamente guardado en secreto, no fue otro que una confidencia de la señora alcaldesa. En una visita de cortesía a la esposa del doctor, y tras unas copitas de vino dulce, que todo hay que decirlo, la primera dama del pueblo le contó a Chelo que, a los dos días de ponerse los supositorios, la garganta de su esposo empezó a mejorar. Y el alcalde hizo a su alcaldesa un comentario, que luego recorrió el pueblo elevando hasta cotas insospechadas la admiración de los vecinos ante la sapiencia del nuevo galeno local:

–Micaela, ¡lo que hemos ganado con el médico nuevo! ¡Hay que joderse! El otro doctor no consiguió arreglarme nunca la garganta a base de “pildoricas”. ¡Y éste hay que ver la ciencia que tiene! ¡Qué de libros habrá tenido que estudiar! ¡Porque quién iba a pensar que la raíz de mi mal –y aquí señalaba primero a su garganta, y luego a sus posaderas– estaba tan lejos y tan honda!

Adela Castañón

Foto: Pixabay

Siempre saludaba

Empiezo este reportaje hablando con Oliver en su pequeño estudio del barrio barcelonés de Gracia. El piso que compartía la pareja está lleno de fotos. En el lienzo de la pared en la que se apoya el sofá, nos recibe una Claudia a tamaño real. Los hombros sin cubrir y la cama deshecha insinúan su completa desnudez. Mira sonriente a la cámara mientras sujeta una rosa.

—Es de nuestro último aniversario —dice Oliver. Calla emocionado.

Claudia M. S. fue hallada sin vida el pasado diez de junio en este mismo apartamento. Apenas hacía una semana que había perdido a su madre por una larga enfermedad. Las primeras investigaciones apuntaron a un suicidio.

—Desde el primer momento le dije a la policía que se equivocaba —recuerda—. Por supuesto que estaba triste por la muerte de Georgina. ¡Era su madre! Pero lo teníamos asumido. Llevaba tanto tiempo luchando que casi fue un alivio que dejara de sufrir. Además, teníamos planes. Habíamos encontrado trabajo en Londres y nos íbamos en septiembre. A Claudia le ilusionaba dejar atrás Barcelona y empezar una nueva vida. No tenía sentido que se suicidara, y así se lo dije a los Mossos.

La primera autopsia reveló que Claudia había sufrido una sobredosis de amitriptilina, el componente de un antidepresivo con abundantes efectos secundarios que solo se dan en casos puntuales. La primera labor de los Mossos d’Esquadra fue averiguar de dónde lo había sacado. El Institut Català de Salut, que registra las recetas de este tipo de fármacos, confirmó que Blanca, la hermana de Claudia, tenía acceso a ellos. Nos reunimos con ella en los días posteriores a la muerte de su hermana.

—Me dijo que no podía dormir, que lo de mamá la estaba torturando —confesó Blanca sin parar de retorcerse las manos—. Ya le advertí que eran muy fuertes, que no debía pasarse con la dosis. Pero no me escuchó. Nunca lo hizo. Ella siempre llevó su vida como quiso, ¿sabe?

A la pregunta de por qué creía que Claudia no le había contado nada sobre su depresión a Oliver, su pareja, Blanca me contestó:

—Mi hermana siempre fue así —meneó la mano para acompañar sus palabras, como si con eso solo ya dejara claro a lo que se refería. Ante mi cara de estupefacción, continuó—. Siempre se había hecho la fuerte y le costaba mucho abrirse a los demás, incluso a él. Me lo contó a mí porque sabía que yo llevaba tiempo en tratamiento por depresión y la podía ayudar.

La policía tenía ya las pruebas necesarias para cerrar el caso pero la obstinación de Oliver no lo permitió. Él mismo encargó y pagó por una segunda opinión. Así fue como Ángela Martín, la jefa forense del Hospital Vall d’Ebron, puso en duda la primera autopsia: algunas de las nuevas pruebas podrían contradecir el suicidio.

—En el primer examen forense se hizo un análisis de sangre que confirmó la sobredosis. En ningún momento se revisó el contenido del estómago —nos cuenta la doctora Martín por teléfono—. Si lo hubieran hecho, habrían descubierto trazas de comida y medicamento, demostrando que la víctima los había consumido juntos. Por el estado de la digestión parece que la ingesta había sido a la hora de la comida, horas antes del fallecimiento.

La doctora Martín envió sin demora su informe al juzgado y a la comisaría encargada del caso. La policía sabía por la agenda de Claudia que aquel día había comido en casa de su hermana. ¿Había, pues, tomado el medicamento en casa de Blanca o había sido su hermana quien se lo había suministrado? Era imposible saberlo, así que solo les quedaba ponerla bajo vigilancia. Pero casi no hizo falta: empezó a mostrarse ansiosa por enterrar a su hermana y, según fuentes policiales, ella misma acudía cada mañana a la comisaría de Vallcarca para averiguar cuándo podría hacerlo. Llegó incluso a amenazar a un secretario que no quiso dejarla pasar al despacho del comisario Antúnez.

—Algo no iba bien —nos contó el Comisario—. Sabíamos que la mujer estaba supuestamente desequilibrada pero esa angustia por enterrar a su hermana no era normal. Le pedimos permiso a Oliver para hacer un paripé. Necesitábamos saber si el entierro tenía algo que ver con la muerte de Claudia.

Oliver accedió a un plan propio de película de Hollywood.  Lo planearon todo para enterrar una caja vacía bajo la atenta mirada del comisario y hombres y mujeres infiltrados como supuestos amigos de la pareja.

—Nunca en mis treinta años de profesión me había encontrado con algo así —nos relata el Comisario Antúnez—. Blanca apareció en el entierro como una viuda negra. Llevaba un vestido negro escotadísimo, tacones de aguja, los labios pintados de rojo. Parecía que fuera a una cita en vez de a un sepelio. Por si eso fuera poco, su actitud nos impactó. Despachaba con una palabra, si no con un gesto desdeñoso, a las personas que se le acercaban a darle el pésame y se movía de un lado a otro sin parar de mirar aquí y allá. Como si estuviera buscando o esperando a alguien.

»No se inmutó cuando los operarios introdujeron el ataúd en el nicho, aunque este estaba junto al que contenía los restos mortales de su madre desde hacía unas semanas—continuó Antúnez—. Ni siquiera miraba: ella seguía buscando por entre las hileras de tumbas del cementerio y siguió haciéndolo hasta que solo quedamos ella, Oliver y yo. Y se derrumbó. Acabó tirada en el suelo, llorando desconsolada. Cuando nos la llevamos a comisaría solo tuvimos que presionarla un poco para que nos lo confesara todo.

Blanca ya está en Wad-ras, el penal de mujeres, a la espera de juicio. Mientras tanto, Oliver me muestra fotografías de Claudia con su hermana. No quiere volver a ver la cara de su cuñada pero le duele perder las imágenes de su pareja.

—Blanca le explicó a la policía que en el entierro de su madre conoció a un hombre —me dice cabizbajo—. Intentó dar con él de nuevo pero solo sabía su nombre y no lo consiguió. Se obsesionó. Quería, necesitaba estar con él. Llegó a la conclusión de que, si había ido al entierro de su madre, iría también al de otro miembro de la familia.

—Y la única familia que le quedaba era Claudia.

—Sí. No podía esperar a que su hermana muriera de forma natural así que decidió acelerar las cosas. La invitó a comer, mezcló sus antidepresivos con la comida que le sirvió, y la mató.

Oigo salir el aire lentamente por la nariz de Oliver. Parece que esté contando hasta diez antes de continuar.

—Mató a su hermana para volver a ver a aquel desconocido.

Dejo a Oliver mirando las fotografías de Claudia. Antes de despedirnos, me confiesa que no cree que pueda recuperarse de un golpe como este. Yo tampoco creo que Barcelona olvide fácilmente este asesinato. Y, mientras tanto, en el barrio de Blanca siguen sin podérselo creer. Sus vecinos mantienen que era una chica cariñosa, educada. Normal. Y que siempre saludaba.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imagen de Roman Kraft en Unsplash

¿Y si la historia hubiera sido otra?

La cara del conductor me resultaba familiar. Todavía no sé muy bien por qué detuvo su coche. Quizá me vio como un autoestopista necesitado e inofensivo. Viajaba solo, sin rumbo definido, con un macuto que se caía de viejo y una pequeña mochila de mano. Cuando algún vehículo se detenía para preguntarme adónde iba, respondía siempre lo mismo: “voy hacia delante”. Y allí estaba yo: casi en mitad de la nada. Subí al asiento del copiloto, y el conductor arrancó. De todos los que me habían cogido fue el único que no me preguntó por mi rumbo.

–Se avecina una tormenta –me dijo.

–Ajá –no supe que otra cosa contestarle.

–No podré llevarlo muy lejos, aunque en cualquier sitio estará mejor que en medio de esta carretera desierta cuando empiece a diluviar. Sé lo que me digo. Llevo viviendo aquí toda la vida.

Guardé silencio y giré el cuerpo para echar mi macuto a la trasera del coche. Sobre el plástico barato del asiento, reposaba la chaqueta de un uniforme indefinido. En el bolsillo derecho, una chapa cogida con un imperdible tenía grabado el nombre de Norman. Dejé la mochila pequeña entre mis piernas y continué sobre ruedas con mi huida hacia delante. Desde el principio de mi viaje, los kilómetros, lejos de alejarme de mis demonios internos, parecían querer acercarme a ellos. Recosté la cabeza en el asiento y tuve la sensación de que mi destino había cambiado de rumbo. Norman volvió a hablarme.

–Mi madre me espera. No le gusta quedarse sola de noche en nuestro motel cuando hay tormenta, pero no nos quedaba casi comida. No he tenido más remedio que salir a comprar –suspiró–. Cuando hace bueno, alguna vez me ha dejado quedarme a pasar la noche en el pueblo, ¿sabe? Aunque no sé bien por qué –suspiró de nuevo–. Luego está dos o tres días con la cara larga. Yo le digo siempre que no hago nada malo, y que de vez en cuando un hombre necesita un poco de espacio, ¿no cree?

Norman hablaba como si me conociera. O tal vez hablaba para sí mismo. A pesar de llevar toda su vida viviendo en esa zona desértica de Arizona, donde la media de curvas de la carretera era de una cada cien millas, o aún menos, conducía mirando al frente. Tuve la impresión de que, aunque cerrara los ojos, el coche llegaría solo hasta su motel. Pensé en su madre. Pensé en la mía. Me restregué los párpados con fuerza para dejar de pensar, pero la veía con la misma claridad que si la tuviera delante. A mi madre le habría gustado Norman. El único problema es que ninguno de los dos dejaría hablar al otro durante demasiado tiempo. Añoré el silencio, una vez más.

–El otro día recogí a otro autoestopista. A mi madre no le gusta que suba en mi coche a extraños. ¡Me mataría si se enterara de que a veces llevo a gente! Pero no tengo muchas ocasiones de hablar con alguien que no sea ella. Por eso le dije al hombre que no podía llevarlo conmigo hasta el motel, y que tendría que bajarse un poco antes de llegar. Era un tipo bajito, regordete y calvo, que estaba buscando exteriores para rodar una película, ¿sabe? Resulta que había pasado por esa carretera hacía un tiempo, y había visto nuestro motel. ¡Y había un asesinato en la película! Debía estar un poco loco, y por un momento casi pensé que mi madre tiene razón al decirme que el mundo está lleno de gente mala. ¡Imagínese! El tipo incluso me preguntó si no me importaría alquilarle nuestra casa y el motel para el rodaje. Hablaba por los codos.

–Ya.

Solté lo primero que me vino a la cabeza, que empezaba a dolerme. “No creo que hablara más que tú”, pensé. Me pregunté cómo habría logrado contar su historia ese tipo, con Norman encadenando frases a toda velocidad.

–Era bastante curioso, oiga. No paraba de soltar indirectas sobre su proyecto. Quiso saber si el motel Bates era rentable, y cuánto tiempo llevaba viviendo con mi madre. ¡Se notaba que no la conocía! ¡Ja! ¡Dejar su casa para rodar una película! ¡Ni en sueños! Y menos una como esa, con un crimen horrible por medio.

Miré por el retrovisor. Una tormenta de arena se acercaba a nuestro coche por detrás. Me pareció ver mis miedos acercándose a toda velocidad, a lomos de bolas de espino que rodaban casi sin tocar el suelo en brazos de la ventisca. Tragué saliva y me supo a tierra. Y Norman seguía hablando. Creo que le incomodaba el silencio.

–¿Sabe una cosa? El tipo ese, no me acuerdo de su nombre, quería rodar una historia en la que un hijo mata a su madre, pero luego no puede hacerse a la idea de su crimen y se vuelve majareta. Tiene su cadáver en el desván durante un montón de años… ¡Uf!… Una verdadera asquerosidad, ¿no le parece?

Observé a Norman con el rabillo del ojo. Era imposible que supiera nada. Me tranquilicé al ver que ni siquiera me miraba, pero me sentí obligado a decir algo.

–Suena horrible, sí.

La arena se nos acercaba por detrás, mientras que delante del coche se acumulaban nubarrones negros que oscurecieron el cielo en pocos minutos. Tuve la sensación de que me faltaba el aire. Me vino a la cabeza un pensamiento disparatado que aumentó mi dolor de cabeza: “mi vieja se reiría de mí si me viera ahora mismo muerto de miedo. Pero no creo que pueda ya reírse mucho con la boca llena de tierra. Y todo por tan poca cosa. Solo tendría que haberse ido a la residencia…”

–Convencí al tipo para que buscara otro sitio donde dormir. Incluso pasé de largo por el motel para llevarlo al pueblo que hay varias millas más lejos, aunque me supuso perder casi una hora entre la ida y la vuelta. Pero no quería bajo mi techo a alguien con la cabeza tan ida. ¡Hacer una película donde un hijo es capaz de matar a su madre!

Me devané los sesos buscando una respuesta, sin encontrarla. Pero Norman pareció hallarla dentro de su mente y siguió hablando.

–¿Sabe una cosa? No he tenido nunca novia. Y creo que me hubiera gustado casarme, pero no puedo hacerle eso a mamá. Al fin y al cabo, ella lo dio todo por mí. No. Ninguna madre se merece recibir de sus hijos nada más que amor –Norman empezó a frenar y detuvo el vehículo en el arcén. Tosió un poco–. Detrás de un par de curvas hay una gasolinera y tienen algunas habitaciones para alquilar. No puedo llevarlo más lejos. El motel queda a cinco minutos de aquí. Espere, le daré su macuto

Norman paró el motor y se giró hacia la izquierda para colgar bien el cinturón de seguridad antes de bajar del coche.

La mochila pequeña estaba a mis pies. Tenía abierta la cremallera. Me agaché, saqué el cuchillo de monte de su funda, y giré mi cuerpo hacia la izquierda para clavárselo en el costado.

En ese momento la arena nos alcanzó, las nubes estallaron y el cristal del coche comenzó a llenarse de goterones de barro. Empecé a verlo todo borroso. Miré la sangre que salía de la herida de Norman. En la oscuridad, tenía el color de la noche.

Adela Castañón

Imagen: Photopin

Porque aún puedo

Decía un sabio que escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda. Desde que descubrí la escritura, no ha habido un solo día, durante 80 años, que no la haya practicado.

Empecé, como otras chicas de mi edad, escribiendo en mi diario. Fue un regalo que se hizo de rogar pues, aunque lo pedí durante muchos años, mi madre no aceptó que tuviera uno hasta que hiciera la primera comunión. Nunca le pregunté por qué, ante mis súplicas, se negaba alegando que era demasiado pequeña para tener uno. Por qué una ceremonia religiosa tenía que marcar el paso a la edad adulta. ¡Ojalá pudiera preguntárselo!

En todo caso, cuando me regalaron aquel librito de cubiertas blancas y caramelizadas con un angelito en la tapa, me hicieron la niña más feliz del mundo. Superaba a cualquier otro regalo, así que nada más llegar a casa me lancé a escribir sobre mi comunión, mis cumpleaños, mi familia y mi vida. Quién me iba a decir que eso sería el impulso que necesitaba para escribir sobre otras vidas, otras familias, otros cumpleaños y otras comuniones.

En el colegio se metían conmigo porque me gustaba más quedarme leyendo que jugar a la comba con el resto de compañeras. Cuando llegaba a casa escribía sobre niñas decididas que pronto se convirtieron en adolescentes, y cambié las luchas contra dragones con nombres de matón de colegio por citas en parques solitarios a la luz de la luna. Y mi madre, cada vez que me veía atacando el papel con el bolígrafo, que siempre tenía que ser azul y, a veces, verde, me preguntaba: “¿Por qué escribes?” Y yo le respondía: “porque puedo”

Recuerdo mi primer relato. Por aquellos tiempos estaba perdidamente enamorada de un chico que no me hacía caso. Esto ponía el colofón a una adolescencia llena de hormonas, granos e inseguridades. Así que escribí sobre una chica de pelo largo y rasgos interesantes que quería ser sacerdotisa de Amón. Era una manera una manera de hablar de la aceptación de una misma así como de la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás. Lo presenté a los juegos florales de aquel año y gané un premio que fue muy importante para mí. Mi profesor de literatura dejó de suspenderme por sistema, pues nunca le gustó el género que elegía en mis redacciones. Lo consideraba demasiado infantil. Pero lo más importante es que en casa dejaron de preguntarme por qué escribía.

Más adelante me matriculé en periodismo. Era una excusa perfecta para seguir dando rienda suelta a mi imaginación y escribir relatos entre noticia y noticia. Según mi ayudante, Sara, parí mi primera novela durante mi tercer año de carrera. Era una tragedia griega modernizada en la que había heroínas, muchachos inquietos y ancianos que llevaban toda la vida luchando por sus ideales. Disfruté todas y cada una de aquellas vidas tanto como la mía, y lo seguí haciendo con cada novela que escribí, incluso cuando, ya siendo reportera, me mandaron a lugares tan dispares como Sri Lanka o Nueva York. Mi marido, que en paz descanse, leía todo lo que escribía y me animaba a mandar mis textos a las editoriales. Con cada negativa me sentía como la sacerdotisa de mi primer relato, buscando ser aceptada en un selecto club en el que no había sitio para mí. Hasta que lo hubo.

No sé en qué año apareció una antología que recogía todas mis obras. No hace mucho, pero recuerdo a aquella gente a los pies del escenario y los flashes de las fotos titilando. Terence ya había muerto y me acompañaron nuestros hijos, que respondían por mí en la rueda de preguntas cuando yo no estaba segura de cuál era la respuesta. Al final tomé la palabra para explicar por qué llevaba tanto tiempo sin publicar.

Algunos me dicen que ya no debo escribir. Que mi mente no da para más porque hay algo ahí dentro que va apagando una a una las neuronas igual que se apagan las estancias de una casa abandonada. He olvidado muchas cosas, pero lo que más me duele es no recordar cómo se sujeta un bolígrafo que me ayude a plasmar con su tinta lo que aún burbujea en mi cabeza. La opción de abandonarme a placeres que no supongan ningún esfuerzo mental, y así dejar que mi cerebro se marchite sin oponer resistencia, es tentadora. Dicen que llega un momento en que ya no te sientes impotente por perder tus facultades. Dicen que eso pasa porque ya no solo olvidas a tu familia y a tus amigos sino que te olvidas a ti misma.

Pero cada día me siento con mi ayudante, mi querida Sara, que sujeta con paciencia mi bolígrafo. Escribe lo que le dicto, obvia lo que repito, ordena lo que le digo. Hay días que, con todo el tacto del que es capaz, me recomienda parar, pues no recuerdo cómo sigue el borrador en el que trabajamos por mucho que me concentro e intento encender luces ahí dentro. Y esos días siento que tengo que ir deprisa, acabar rápido con lo que estoy trabajando, porque podría llegar el día en el que no sepa nunca más qué es lo que viene a continuación.

Pero, ya lo decía un sabio, escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda. Y con ella.

Todavía hoy me preguntan por qué escribo. Y yo solo contesto: “Porque aún puedo”.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Coqueambrosoli0 en Pixabay

Una historia vital y azul

Hoy os voy a contar un relato verídico, basado en hechos reales. Y no vulnera ninguna ley de protección de datos porque la protagonista soy yo misma.

Estoy matriculada en uno de los muchos cursos de escritura a los que suelo engancharme. El curso, “A la manera de”, consiste en escribir cada semana imitando el estilo de algún autor famoso. Hace poco le llegó el turno a Francisco Umbral (escritor español, 1932-2007), y en el material teórico correspondiente descubrí su libro “Mortal y Rosa”. Es el dolor hecho poesía. Es un llanto derramado en cada renglón por la muerte de su hijo, “Pincho”, que falleció de leucemia con solo seis años. Un libro único.

Soy madre de una persona especial. Aunque supongo que, para todos, nuestros hijos son personas especiales. Pero sentir tan dentro ese dolor del escritor por la pérdida del suyo me provocó las reflexiones que os quiero compartir. Aquí os las dejo.

Me despierto un buen día dentro de un curso. Me toca ser el mimo de un escritor famoso. El material incluye algún fragmento de su obra, y su lectura me atrapa sin remedio. La música del texto es tal que incluso compro el libro. Un libro que, tan solo por el título, “Mortal y Rosa”, ya quiero conocer. Me enredo entre sus líneas porque me hace pensar en cosas importantes. Y pienso mucho. Escamoteo minutos de mi tiempo porque la prosa de Francisco Umbral me atrapa, me enreda entre sus líneas. Y, cuando me doy cuenta, descubro muchas cosas.

Ese darme de bruces con un Mortal y Rosa me estremece. Me hace entender, de un golpe, que mi vida, que ahora siento tan plena, tampoco en el pasado fue el vacío absoluto donde yo creí estar. Y me arrepiento. Porque hace mucho tiempo, al principio de todo, me sentí estafada por la vida. Mi niño era mi niño, y no lo era. Y nadie lo entendía. ¡Tan solos, él y yo! ¡Qué triste soledad, vivida en compañía! Es duro comparar lo que ahora tengo con lo que se me muestra en ese libro. Pero no puedo evitarlo, y lo comparo.

Y ese Mortal y Rosa baja por mi garganta y me hace daño. Escuece, como debió escocer la hiel en la boca de Cristo al ser crucificado. Porque eso sí es vacío. Ese mortal, que me roba hasta el aire. Ese rosa, con aroma a corona, pero a corona fúnebre.

Lo mío no era eso. Mi vida, incluso entonces, tenía mucho sentido. Aunque no lo supiera. Porque esa vida, lo mismo que un buen maître, me dejaba elegir el plato que quisiera. Yo, todavía, sentada en esa mesa, tenía la potestad de decidir. De escoger entre miles de platos: dulces los unos, otros bien amargos. Ligeros o pesados. Pero en todo momento yo tuve libertad. Y todavía la tengo, y continúo eligiendo. No como Umbral. Su pena irreversible, la ausencia de ese hijo…

Vuelvo la vista atrás. Y me doy cuenta. Hubo un momento, cuando dejé de manotear en el mar de las lágrimas y comencé a remar. Y el barco se movió, aunque más que un navío era una humilde barca. Y solo con un par de tripulantes. Mi pequeño. Yo misma. Timonel y grumete, sin saber quién era quién en ese dúo. Empecé a creer que el mundo se movía, pero me equivocaba. Éramos nosotros dos los que avanzábamos.

Le doy gracias a Dios porque mi pluma escribe todavía con la sangre que corre por mis venas y por las de mi hijo. Mi escritura se nutre de la vida. Y la del pobre Umbral, porque nadie es más pobre que aquel que pierde un hijo, va escrita en color negro, igual que la ceniza, y vestida de un luto irrevocable.

Porque un hijo nos duele en los hijos de otros que aún alientan. En risas infantiles que se siguen oyendo. En unos gritos. En saltos, chapoteos en la piscina que alteran esas siestas de verano. En una bicicleta con la rueda pinchada, cuyo dueño no puede ni podrá reclamarnos su arreglo.

¡En qué cosas tan nimias puede doler esa ausencia del hijo!

Me pierdo nuevamente en mis recuerdos. Vuelvo a ver a ese niño, mi niño, oculto tras sus ojos de pequeño. Cautivo de sus brazos que ni abrazar sabían. Prisionero de una boca hecha de dientes mudos, obligada a un silencio impuesto y obligado. Me recuerdo muriendo de deseo, doliendo en mis entrañas esa necesidad de encontrar un camino, de buscar una puerta, o algún modo, para poder cruzar esa muralla. Para encontrarlo a él al otro lado.

Pero mi niño vive. Mi niño vivía entonces. Y, otra vez, se me clava en la carne ese Mortal y Rosa.

El nuestro es un camino que ha llegado a buen puerto. A través de baldosas amarillas, nos condujo a la tierra de Oz. Porque la magia existe. La magia es una hermana, es un amigo. Es una profesora experta en esa asignatura del amor, que imparte a manos llenas. Es mucha gente buena que, en todo ese trayecto, nos va ofreciendo asilo.

Mi niño se hace un hombre. Encuentra las palabras. Ahora sus brazos saben estrecharme. Los dos, en algún punto, ganamos la partida. La soledad ya solo es un recuerdo que no tiene cabida en nuestra vida.

Y tiene que llegar este momento. Un curso de escritura. Un minuto distinto, para una reflexión en un instante eterno.

¡Qué lleno de poesía ese mortal y rosa! ¡Y qué vacío tan grande sentimos derramarse en cada línea!

¡Qué equivocada estuve! Que nunca fue el vacío lo que yo tuve. Que mi niño, que lo era y no lo era, estuvo siempre allí. Y yo encontré el camino que me llevó hasta él. Y ahora es mi niño.

Y me duele pensar que cometí un error. Doy gracias a la vida, porque lo único que he llegado a saber sobre Mortal y Rosa se limita a las páginas leídas. Lo que yo tuve y tengo es otra cosa.

Porque es vital y de color azul. Como el autismo.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Frank Mckenna,

Amar de reojo

“Quiero mirarte mucho, y te miro solo un poco.
Y es que solo me atrevo a mirarte de reojo”

De una canción de Sito Morales

Lo primero que el escritor vio fue la rasta. De lejos, mientras descendía a la playa por un sendero, confundió la silueta con una roca de la orilla, y no le prestó atención. Pero una ráfaga de aire hizo ondear la rasta durante unos segundos. El escritor entrecerró los ojos e hizo visera con la mano sobre la frente para ver mejor. Comprobó que la supuesta roca era una mujer encogida sobre sí misma, con los brazos abrazando las espinillas y el mentón apoyado sobre las rodillas dobladas. Tenía la inmovilidad de un peñasco solitario. La capucha, echada hacia delante, no dejaba verle la cara ni el resto del pelo. El movimiento de la rasta solo había durado unos instantes; enseguida volvió a reposar sobre su espalda, como una tira de algas del color del fuego que destacaba sobre el negro del chándal que llevaba puesto.

El escritor se detuvo, a pesar de la distancia. Se sorprendió pensando que dar un paso más sería como invadir un terreno sagrado, y no quiso hacer nada que rompiera esa calma perfecta. El sendero se bifurcaba, y tomó el ramal que lo alejaba de la figura. Llegó abajo del todo, se sentó sobre una roca, manteniendo las distancias, y abrió su cuaderno de notas. De vez en cuando fingía escribir, pero cuando se levantó para marcharse no había ni una línea en su cuaderno. La hora se le había ido en lanzar furtivas miradas a la única habitante de esa playa.

El resto del otoño trajo consigo tardes similares. La mujer ya solía estar en la playa cuando el escritor llegaba, pero nunca dio señales de notar su presencia. A él se le ocurrió un día bajar más temprano. Su corazón latió un poco más despacio al ver que ella aún no estaba. Temió que la desconocida no acudiera ese día o, aún peor, que al acercarse diera media vuelta al ver allí a otra persona. Se puso en pie para abandonar la playa, pero se detuvo cuando, a lo lejos, detectó un movimiento con el rabillo del ojo. A cámara lenta, como el que se acerca a un gorrión herido para no espantarlo, volvió a sentarse en su roca de siempre teniendo cuidado de no mirar directamente a la mujer que se acercaba a su sitio sobre la arena. Ese día solo garabateó en su libreta una especie de mantra repetido: “Gracias, Dios. Gracias, Dios”. Amparado en la distancia, no le había importado que la sal de sus mejillas no se debiera solo a la brisa de mar, y respiró aliviado al ver que no había espantado a su musa.

En diciembre tuvo que volver a la ciudad. Su editor se impacientaba. Los plazos para entregar su nueva novela se habían convertido en un trote de caballos al galope. Y, si algo le faltaba, fue enterarse de que su corrector habitual se había jubilado. El editor le pasó el email del nuevo corrector, pero al escritor se le daba mal la correspondencia con personas a quienes no lograba poner cara. De todos modos, le envió el borrador por correo electrónico y le sorprendió recibir en menos de dos semanas una revisión más exhaustiva y acertada que nunca. No le costó trabajo continuar el intercambio epistolar y la versión definitiva de su novela prometía ser espectacular.

Solo tenía un inconveniente, y era que no se le ocurría ningún título. Buscaba algo sencillo, como el argumento del libro: una simple historia de amor entre dos desconocidos en una playa solitaria. Era una historia única, en la que sus protagonistas no cruzaban ni una sola palabra. Ni siquiera una mirada. El libro tenía dos finales alternativos, y muy diferentes, entre los que tendría que elegir en breve. Como no daba con un título apropiado, escribió al corrector para concertar una cita. Pensó que alguien que había hecho una revisión tan buena, podría echarle una mano en lo del título y, de paso, le daría las gracias en persona por su estupendo trabajo.

Llegó a la editorial el día de la cita con un poco de retraso. Llovía sin pausa desde la madrugada, y le había resultado una odisea encontrar un taxi cuando salió a la calle nada más terminar de almorzar. Sacudió las gotas de su vieja gabardina mientras maldecía al tiempo. El editor lo estaba esperando para presentarle al nuevo corrector, un hombre de mediana edad al que apenas se le veían los ojos, perdidos entre las arrugas de un rostro que desentonaba con el resto de su cuerpo. Ancho de hombros, con la espalda bastante recta, tenía más aspecto de descargador de muelles que de corrector de textos literarios. Los dos hombres simpatizaron en seguida. No tardaron en sumergirse en comentarios sobre la novela y sus posibles mejoras y, a media tarde, el corrector llamó por teléfono a alguien para que les trajese un café de un bar cercano. Cuando llegó la persona con sus bebidas, estaban tan enfrascados que ni levantaron la vista de sus apuntes.

Habían dejado lo del título para el final. El corrector se levantó de su silla para estirar un poco la musculatura de la espalda, y el escritor lo imitó.

–¡Bien, amigo mío! –dijo el corrector–. Le tengo que confesar un secreto, y es que he tenido ayuda extra con su novela. Cuando llegó usted no sabía si llegaría a decírselo o no, pero su visita me ha alegrado esta tarde tan gris, y ahora que lo conozco en persona creo que se lo debo.

–¿Me está diciendo que ha contratado a un “negro” para hacer su trabajo?

El escritor hizo la pregunta con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentía más curioso que molesto. El corrector se llevó las manos a la cabeza y la movió de lado a lado con energía.

–¡No, por Dios! Soy un trabajador responsable y jamás se me hubiera ocurrido tal cosa. La persona que me ha sugerido muchas de las correcciones es de mi total confianza –el hombre sonrió–. Se trata de mi hija, que se alimenta de libros, y ha sido la autora de los comentarios sobre su protagonista, ya sabe, esos que tanto le han gustado. Por cierto, le comenté que nos veríamos esta tarde y le hablé de sus problemas con el título. Me dijo que me mandaría por email algo que se le había ocurrido –el corrector volvió a la mesa de su despacho y encendió el ordenador–. Espere un segundo. Le podía haber preguntado cuando nos ha traído el café, pero no me he acordado en ese momento. Y es tan tímida que no me extraña que no haya dicho nada.

El hombre tecleó una contraseña y se abrió la bandeja de entrada. Buscó entre los correos, y abrió uno con un archivo adjunto. Pulsó la opción de descargar, y no pudo evitar una carcajada al ver la imagen que aparecía en pantalla.

–¡Vaya! ¡Esto sí que no me lo esperaba de mi hija!

–¿El qué? –el escritor sentía aumentar su curiosidad.

–Pues que, con lo reservada que es Lucía, no sé cómo se le ha ocurrido utilizar una foto suya como sugerencia para la portada.

El escritor hizo un esfuerzo para no fruncir el ceño. Le caía bien el corrector, pero de ahí a permitir que una muchachita que se había paseado impunemente por las páginas de su novela se tomara también la libertad de intervenir en la imagen de portada… bueno… No estaba dispuesto a pasar por eso. Y encima la chica ni siquiera había saludado cuando dejó los cafés sobre la mesa, limitándose a dejar la bandeja y a desaparecer como un fantasma. Pensó en un modo delicado de tratar esta cuestión.

–En fin, por sugerir, tampoco se pierde nada. Pero déjeme decirle que, en el título y en la portada, tengo por norma reservarme la última palabra –el corrector juntó las palmas de las manos, como pidiendo perdón, y el escritor temió haber rozado la descortesía, así que intentó suavizar la situación–. A ver, ¿qué título ha sugerido su hija?

Rodeó la mesa para ver la pantalla del ordenador, y estuvo a punto de caerse de espaldas.

La imagen de la portada mostraba la foto de una playa desierta, con dos siluetas. Una, en primer plano, la de una mujer de espaldas, con un chandall negro y la capucha subida, que solo dejaba ver una rasta pelirroja ondeando al viento. La otra, a lo lejos, una figura masculina, más insinuada que dibujada, de un hombre con un libro sobre las rodillas.

Lucía proponía que la novela se llamase “Amor de reojo”.

El escritor parpadeó.

–¿Su hija ha sido la persona que nos ha traído el café?

–La misma.

–¿Podría presentármela?

–Claro que sí. Será un placer. Espere un momento.

El corrector abrió una puerta que comunicaba con el despacho contiguo. Se oyó el ruido de un ascensor en marcha. El escritor se asomó por encima del hombro, y vio que la habitación estaba vacía.

–¡Vaya! –dijo el corrector. Él también había oído el ascensor–. Debe haberse marchado hace un momento. Aquí solo quedábamos ya nosotros tres.

El escritor cruzó la habitación en dos zancadas y se asomó a la ventana. Vio salir una figura con un chándal negro que se alejaba corriendo bajo la lluvia mientras una rasta roja le golpeaba la espalda con cada paso.

En aquel momento supo qué final iba a elegir para su libro. El mismo que para el resto de su vida.

Adela Castañón

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Imagen de Sito Morales durante el recital que me inspiró este relato

Fotos: Pixabay, Sito Morales