Anguruk

Hace unos meses, el blog Relatos en Isla Tintero celebró un concurso en el que, para participar, había que enviar un relato de cualquier temática con uno o más dibujos que lo acompañaran. Como hacía tiempo que seguía este blog y nunca me había presentado a un concurso, pensé: “¿por qué no?”. 

El arte de la palabra no se me da mal, pero dibujar no es lo mío. Empecé a angustiarme al darme cuenta de que no conocía a ningún ilustrador, así que pedí ayuda por Twitter y Facebook. En esta red social me escribió Isarn, escritor, ilustrador y fisioterapeuta, diciéndome que contara con él para darle magia a mi relato con sus acuarelas. Por desgracia, Isarn estaba demasiado liado, y un par de días antes de la fecha límite del concurso me confesó que no podría ayudarme. 

Ya podéis imaginar mi pesar, pues me hacía muchísima ilusión intentarlo. Y aquí es donde Eva, una de mis hadas madrinas, me dijo: “oye, ¿y si escribes a Sandra?”. Sandra es una amiga de Eva, y ahora mía, que dibuja y pinta como los ángeles. Además, tiene un estilo único y, lo que más me gusta, se deja llevar por lo que ve y oye para crear su arte. Así que pensé que el no ya lo tenía y que, por preguntar, no perdía nada.

¿Y sabéis qué? Que me dijo que sí. ¿Y sabéis qué más? Que no solo quedamos finalistas en el concurso, sino que lo ganamos. Porque Sandra, con sus pinceles, le dio la magia que le faltaba a Anguruk. Y como la magia hay que compartirla, aquí os dejo el relato y sus dibujos para que lo disfrutéis tanto como lo disfrutamos nosotras.

Anguruk

Después de una noche de borrachera, lo último que esperaba Alex era acabar andando con una desconocida por el manglar más grande de Luisiana. Ojalá pudiera volver atrás. Le advertiría a su ingenuo yo que aquella chica de labios gruesos no quería una noche de sexo desenfrenado. Y que los últimos cuatro whiskies sobraban.

Sabía que a partir de la quinta copa tomaba las peores decisiones de su vida. Como la noche anterior, cuyo resultado se traducía en unos zapatos llenos de barro y su libreta, con bordes sucios y frases inconexas, sobresaliendo del bolsillo derecho del pantalón. Aquella chica no conocía la lengua de señas así que tenía que comunicarse con la chica a través del papel.

—¿Cómo va la resaca? —preguntó ella, y apagó la linterna. Alex bizqueaba con la luz del amanecer que se colaba por alguno de los escasos huecos de los árboles del manglar.

Mal —escribió. Lo subrayó un par de veces con tanta fuerza que quedó marcado en las dos hojas posteriores. Pasó de una animada borrachera a tener la boca seca, como si hubiera masticado toallas, y un latido doloroso en la sien derecha.

—Pero sabes el camino, ¿verdad?

Alex se tomó su tiempo para escribir.

Me lo inventé. Para llevarte a la cama. Estás loca si crees que vamos a encontrar algo.

Fueron sus ojos verdes. Eran su debilidad. Le recordaban al agua del pantano en primavera, cuando está cubierto de ese espeso musgo reluciente. Y en el momento en el que ella le acercó su nariz, lo suficiente como para oler su aliento afrutado, y le pidió que la llevara al pantano a ver a Anguruk, él no solo no se negó, sino que lo consideró una idea magnífica. Irían y le pedirían un deseo, como en la leyenda.

—Lo que me parece increíble —dijo ella— es que Anguruk te dejara vivo. Es vengativo y traicionero, igual que el pantano, ¿sabes? Sí, claro que lo sabes.

Y tú sabes que es un mito. — “No entiendo cómo no me he ido ya”, pensó. Pero aún tenía la esperanza de que ella cambiara de opinión y acabaran en la casa de alguno de los dos.

—Venga, Alex. No hace falta que sigas con esta pantomima. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? —Carraspeó y pareció transformarse en una presentadora de televisión—. Hoy, en el plató de Johny Carson, recibiremos al chico que sobrevivió cinco días en el pantano—.Volvió a carraspear y volvió a su tono normal—. Un milagro, dijeron, pero ambos sabemos quién te ayudó. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Qué le pediste?

No le pedí nada —El “nada” estaba escrito con saña, como si hubiera querido atravesar el papel. Pero era una confirmación. Cuando vio la sonrisa de triunfo de la chica, arrancó la hoja.

Fue hace 12 años.

– Eso, doce años. Solo espero que en todo este tiempo no te hayas olvidado de…

Alex nunca supo qué era lo que no debía haber olvidado. La chica se quedó quieta, boquiabierta. Con la mirada perdida en algún punto más allá de un pequeño humedal. Alex se acercó a ella y le golpeó el hombro con el índice. No pasó nada. Le colocó una mano delante de los ojos y la movió de arriba abajo. No reaccionó. Él se puso delante y ella, dio un paso a un lado con movimientos forzados, como de títere, y echo a correr sin previo aviso.

“Oh, mierda. Ya ha empezado”, pensó. Y la siguió.

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No la alcanzó hasta que el agua les llegaba por la cintura. La zarandeó, la sujetó y le pegó una bofetada, pero ella seguía caminando. Tuvo que usar toda su fuerza para echársela encima, como hacía desde niño con los sacos de pienso de la granja de su padre. Pero el pienso no pataleaba. Ni utilizaba los puños como si fueran martillos. Alex sintió el deseo de tirarla al agua y dejar que se ahogara. Anguruk se pondría contento.

La chica no volvió en sí hasta que Alex había salido del agua. Aún con ella encima, siguió caminando por un sendero que solo se veía si no lo mirabas directamente. Le dolían los riñones y la cabeza le latía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Alex la colocó en el suelo y sacó su libreta.

Estamos a tiempo de volver.

—No. No, no, ni hablar —le temblaba la voz —. Solo quiero saber qué me ha pasado.

Álex sintió pena por ella. Sabía lo impotente que debía haberse sentido.

Anguruk. Lo que querías. Jugará con tu mente hasta que te mates tú sola.

—Pero tú estás aquí. Quiero decir, viniste solo al pantano y no moriste.

No estoy seguro de eso.

Ella cruzó los brazos y lo miró de arriba abajo sin disimular su desdén.

—Para ser mudo eres muy teatral.

Alex se encogió de hombros y puso los ojos en blanco. Ya había aceptado que ella no pararía hasta dar con Anguruk, así que la llevaría hasta donde lo encontró la última vez. Iba a darse la vuelta para seguir caminando cuando ella lo agarró del brazo.

—¿Te has dado cuenta? No estamos solos.

Tenía razón. El sonido de su alrededor, una letanía de graznidos, zumbidos y silbidos, calló. Las criaturas del pantano se hicieron visibles. Cucarachas, ranas, aves, caimanes; presas y cazadores juntos, sin prestarse atención los unos a los otros, solo a los dos humanos que se habían adentrado en el manglar.

El calor empezó a aumentar y a cada respiración se les llenaba la nariz de agua. El aire sabía a metal, algo parecido a la sangre y a la vez diferente, más terroso. Alex pensó que se estaba volviendo loco cuando los animales se fusionaron hasta crear una silueta oscura.

—No esperaba volver a verte, Alex.

Anguruk no había cambiado en doce años. Tampoco podía hacerlo. Ya entonces era poco más que una calavera cubierta por una capa de piel verdosa y escamada. Sus ojos eran casi blancos, o más bien ocres, rotos solop por dos puntos negros. Vestía hojarasca, musgo y lianas, que en algunos puntos empezaban a pudrirse y, en otros, florecían. El druida llevaba el pantano encima.

—¿No vas a decirme nada? —Anguruk frunció el ceño, algo bastante meritorio teniendo en cuenta que no tenía cejas, ni siquiera carne bajo la piel—. Ah, que no puedes. ¿Y la chica? ¿Cómo se llama?

—Rachel —dijo ella, y Alex se dio una palmada mental en la frente. Se lo dijo la noche anterior, pero fue sepultado bajo litros de alcohol—. Vengo a conseguir mi deseo.

—Claro, claro. Dinero, amor, ¿qué quieres? —Alargó una mano hecha de hueso y tendió la palma hacia arriba— ¿Qué estás dispuesta a darme a cambio?

—Quiero tu nombre.

El druida se quedó inmóvil. Si pudiera respirar, se habría quedado sin aliento. Dio un manotazo al aire, y el cuerpo de Alex se estrelló contra un árbol. Rachel, en cambio, siguió con los pies bien clavados en la tierra y con la cabeza alta, desafiante.

—Anguruk es mi nombre —rugió.

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Alex se encogió, dolorido y asustado. Era la segunda vez que veía a Anguruk enfadado. La primera fue doce años atrás, cuando le negó su deseo. Alex había pasado tres días vagando por el pantano, luchando contra el impulso de echarse a dormir bajo el agua del manglar, buscando la manera de pedirlo.

Y entonces lo encontró. Y algo o alguien dentro de su cabeza le dijo que, aunque su madre también quería volver a abrazarlo, no debía hacerlo. Que el precio que Anguruk pondría sería demasiado alto.

El druida estaba obligado a conceder lo que quisiera a quien sobreviviera en el pantano. A cambio podía pedirle cualquier cosa. ¡Y era un niño! una fuente inagotable de sueños e ilusiones, alimento para un par de eones. Sin embargo, el crío no quiso pedirle nada y él no pudo aceptarlo. Lo condenó a vivir sin voz para que no pudiera contarle sus deseos a nadie nunca más.

Y, si aquella vez estaba molesto, esta vez era peor. Pero Rachel no pareció reparar en ello. Se plantó ante él y se irguió como si un titiritero estuviera tirando de su coronilla con una cuerda.

—Anguruk es el nombre que te dieron los humanos. Quiero tu nombre verdadero.

—Bruja, ¿quién eres? —siseó él.

Rachel contestó, y su voz sonaba a pérdida, a una vida en la que había habido demasiado sacrificio:

—Tú lo has dicho. Una bruja. Y te conozco, Anguruk. Dame tu nombre.

—Pero no sabes cuál es el precio.

—¿Mi voz? —dijo Rachel, y lanzó una mirada que hizo sentir a Alex como el ser más repulsivo y prescindible del mundo— ¿Mi vista? Cuando tenga tu nombre tendré tu poder. ¿Qué más dará el precio que pague?

Anguruk la observó, de repente calmado. Miró al pantano. A Alex le pareció que era una despedida.

—Está bien —contestó—. Si ese es tu deseo te diré mi nombre. Pero antes…

Anguruk se movió en un suspiro. De pronto estuvo frente a Alex. En lugar de guiñar un ojo, cerró los dos porque el druida no estaba acostumbrado a ese tipo de camaradería, y sopló con fuerza contra la nuez de Alex. Después, se plantó junto a ella y le susurró algo al oído.

El cambio empezó con un aullido. Las extremidades de Rachel empezaron a estirarse, los huesos se marcaron. Su piel se escamó, el pelo empezó a caer. Hojas y musgo subieron por sus pies hasta cubrir sus pantorrillas, siguieron por el vientre y los pechos, ahora desaparecidos. Sus gruesos labios dejaron de serlo y ahora apenas cubrían unos dientes del color de la madera podrida. Rachel, ya Anguruk, se retorcía en el suelo.

Junto a lo que había sido su ligue, Alex vio a un hombre desnudo e inconsciente. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, la cara bastante redonda y pelo escaso hasta la nuca. Parecía bastante afable, pero no era más que un pobre desgraciado que, como Rachel, debía de haber sido condenado por su ambición a reinar en el pantano.

Alex pensó que era el momento de huir. Al fin y al cabo, ya no tenía sentido esperar a que Rachel quisiera volver a casa con él. Aunque no podía verlo, estaba seguro de que sus ojos verdes habían desaparecido. Se encogió de hombros, se echó al señor desnudo sobre el hombro y se puso a cantar. Sin mirar atrás, volvió a su vida y se acordó de que no debía fiarse de las mujeres guapas que se sentaran con él a beber en el bar.

Carla Campos

@SoyCarlaC

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Imágenes: Sandra Garcia-Moya

La noche de las hadas

En el horizonte se podía ver cómo el día se escondía entre las montañas. El césped se oscureció y las flores cerraron sus pétalos cuando la sombra de la noche se posó sobre ellas. La oscuridad duró solo unos segundos. De repente, el cielo se llenó de cocuyos que iluminaron el jardín.

Valeria daba saltos alrededor del árbol de las hadas. Hacia giros infinitos con sus brazos extendidos y sonreía sin parar. Corría de un lado para otro en busca de los capullos que traerían a las nuevas hadas. Su figura mediana destacaba por todo el jardín y la gracia de su danza hacía más cálida la noche. Estaba lista para recitar las palabras y rociar sobre los capullos el polvo mágico. Recostada sobre un árbol, su madre la miraba con una sonrisa serena y el corazón hinchado de amor. Su pequeña, de ojos castaños y pelo lacio hasta la cintura, le robaba el aliento.

–1, 2, 3, 4… –recitaba Valeria mientras movía sus dedos.

–¿Qué haces, hija? –preguntó Amatista mientras se acercaba a ella.

–Contar.

–Y, ¿qué estás contando?

–Cuantas hadas van a nacer esta noche.

–Y, ¿por qué las cuentas? –le preguntó su madre respingando la nariz.

–Por favor, mamá, sabes que puedo pedir un deseo por cada hada que nazca esta noche. Así que quiero saber cuántos deseos me van a conceder.

Amatista le acarició el cabello y la apretó entre sus brazos. El aullido de los lobos despertó a las aves que descansaban en las copas de los árboles y el revoloteo de sus alas agitó las hojas, que danzaron en el cielo. Una densa bruma flotaba sobre el jardín. Había llegado el momento.

Valeria cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Se sacudió el vestido y se arrodilló frente al árbol de los capullos. Amatista tarareo una canción que alertó a todos los seres mágicos del jardín. En un instante, estaban rodeadas de toda clase de criaturas.

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–Puedes empezar, hija –dijo Amatista, mientras le ponía la mano en el hombro para animarla.

Valeria miró a su madre y le regaló una sonrisa. Inhaló y exhaló el aire con fuerza y el corazón se agitó dentro de su pecho. Estaba emocionada y, al mismo tiempo, se sentía asustada. Era la primera vez que tenía a cargo la noche de las hadas. La bruma fue adquiriendo un tono violáceo y Valeria suspiró. Abrió sus brazos en posición de oración y pronunció las palabras.

–Una vida en esta tierra, una tierra para esta vida. Nacimos en la oscuridad, descansaremos en la luz. Universo, espacio, tiempo; vivimos para servir.

Valeria esparció el polvo mágico sobre los capullos y se fueron abriendo uno a uno ante los ojos de las criaturas. De cada brote floreció un hada y todas volaban en el jardín agitando sus alas multicolores. La noche se volvió día y el rocío de la mañana trajo consigo un nuevo amanecer.

Doce hadas abrieron sus ojos a la vida. Después de recorrer todos los rincones del jardín, se pararon enfrente de Valeria y, con una reverencia, se pusieron en fila para concederle sus deseos. Cuando la última de las hadas chasqueo sus dedos, Valeria sintió cómo unos labios tibios y húmedos se acercaban a su mejilla.

–Abre los ojos, dormilona, es hora de ir a estudiar –dijo Amatista mientras le daba un beso a Valeria.

–Mamá, acabas de arruinarme un sueño maravilloso.

–¿Estás segura de que fue un sueño?

Mónica Solano

Imagen. Alejandro Uribe 

 

 

 

Blanco venturoso y negro desventurado

El vagón abrió sus puertas y expulsó oleadas de gente y un aire viciado que hizo lagrimear los ojos de Javier. Pensó en la soledad cómoda y fresca de su coche recién siniestrado y entró en el compartimento arrastrando los pies y aflojándose la corbata. Hacía poco que había empezado a trabajar y no se le daba muy bien anudársela. Su padre nunca le había enseñado porque se había ido de casa cuando Javier aún era un crío. Había tenido que aprender en la quietud de su habitación gracias a un tutorial colgado en Youtube y narrado por un argentino. “Al menos hoy he hablado con Clara por primera vez”, pensó, y se aflojó aún más la corbata. “Habría sido un gran día si esa vieja no se hubiera tirado delante del coche”. Miró a izquierda y derecha buscando un asiento libre mientras se preguntaba cómo le explicaría a su madre que la grúa se había llevado el vehículo que compartían.

Era uno de esos vagones infinitos con dos filas de asientos pegadas a las paredes. Javier recorrió el pasillo en busca de un sitio libre, y no tardó en encontrar uno, en una zona que parecía olvidada por el resto de viajeros. Dejó su maletín en uno de los asientos y se sentó en la de al lado, apoyando la espalda y la cabeza contra el cristal.

En la siguiente parada subió una mujer de unos veinte años seguida por otra que le doblaba la edad. A Javier le parecieron hermanas: tenían unas facciones suaves y simétricas, un tono de piel dorado que recordaba a playas con casas encaladas, y el cabello oscuro recogido con trenzas, con mechones que les caían sobre la frente. El vestido vaporoso de la joven dejaba ver sus piernas tersas y delgadas. La mayor vestía unos pantalones de lino y una camiseta de tirantes anchos.

De repente, Javier recordó la imagen de la anciana que se había echado sobre su coche de camino al trabajo. Aquella también vestía de blanco y llevaba el pelo trenzado. Aunque arrugada, la mujer tenía facciones muy similares a estas.

—Es que no me da la gana —decía la mayor mientras tomaba asiento junto a la joven. Acompañaba sus palabras con gestos rápidos y bruscos—. Mira, Nona, ya he hecho muchos esfuerzos por intentar comprenderla pero no puedo más.

—Décima, por favor. Si ya sabes cómo es.

Nona, la joven, centraba toda su atención en una madeja que había sacado del bolso. Estaba medio tumbada en el asiento, apoyando todo el peso sobre la parte baja de su espalda, a la vez que retorcía el hilo con dedos ágiles y rápidos. Por su tono cansado, Javier pensó que no era la primera vez que mantenían esa conversación.

—¿Y qué? ¿Esa es la única justificación que tiene? Como ella es así, ¿se lo tengo que perdonar todo? ¡Pues no! —Décima sacó unas agujas del bolso y empezó a tejer el hilo que salía de las manos de su hermana—. Se le está yendo la cabeza, Nona. No es solo que se meta donde no la llaman, sino que ni siquiera está haciendo bien su trabajo.

Nona hinchó los carrillos y expulsó el aire poco a poco mientras ponía los ojos en blanco.

—Siempre, siempre estáis igual —dijo con tono cansino—. Si padre levantara la cabeza…

—Si padre levantara la cabeza pasaría lo mismo. Le tenía terror. Y ya ves de qué le sirvió cuidarse de ella. Al final acabó matándole.

Desde que esas dos habían entrado al vagón, Javier, que simulaba jugar con el teléfono pero prestaba atención a la conversación, se quedó inmóvil. Por un segundo maldijo su carácter chismoso, aunque siempre había pensado que el cotilleo le ponía sal a la vida. Claro que es ya no era una simple habladuría entre hermanas sino que parecía que hablaban un asesinato. Así que empezó a temer que aquellas mujeres tan extrañas repararan en él o, peor, que se cambiaran de sitio para seguir hablando. Pero la magia no se rompió.

Nona chasqueó la lengua.

—¿En serio vas a empezar con eso ahora? El tiempo de padre se ha acabado

—Pero fue otra decisión más que no tomé yo, ni tampoco tú. Ni siquiera nos lo consultó —Las manos de Décima se crisparon sobre las agujas.

—No tiene por qué. Es su trabajo y ella decide cómo hacerlo.

—No. No estoy de acuerdo. O sea, sí, es su trabajo, pero somos un equipo y no debería olvidar eso. ¿Qué haríamos las unas sin las otras? Mírame. Sin ti no tengo nada que tejer. Sin ella estaría tejiendo un tapiz interminable. Y ella, sin nosotras, no tendría nada que cortar.

Se quedaron en silencio, como si bucearan en sus pensamientos. Javier aprovechó para mirar a un lado y a otro, y martilleó el suelo con el pie. El vagón se había ido llenando, pero una muralla invisible mantenía vacíos los asientos próximos y el pasillo. Los pasajeros más cercanos estaban de pie y parecían mimos apoyándose en una pared transparente.

—Quiero volver a lo que teníamos, a trabajar como antes. Como en Grecia, ¿te acuerdas? Por eso he cogido esto— Décima extrajo de su bolso unas tijeras y se las enseñó a su hermana con la cara de una niña traviesa que sabe que esta vez ha ido demasiado lejos. A Nona se le cayó la madeja al suelo.

Javier empezó a sentir un hormigueo en las cervicales. En un primer vistazo, las tijeras le parecieron normales. Eran de cobre o al menos, le parecieron de ese color, y de un tamaño normal para un utensilio de costura. Debían haberlas usado mucho, porque tenían los ojos gastados, pero no el filo, que parecía latir. Daba la sensación de que podrían cortar carne humana incluso a un centímetro de distancia.

Buscó una cámara oculta.

—Décima —Nona habló con lentitud. Había empezado a respirar agitadamente—, ¿qué has hecho?

—Pues lo que tenía que hacer. Lo he hecho por nosotras, Nona —dijo, y en sus manos apareció un tapiz del tamaño de un folio cortado en dos. Era blanco, igual que sus ropas y la madeja de Nona, pero tenía entremezcladas hebras de hilo negro y dorado que creaban manchas abstractas en toda su superficie—. Era una vida tan completa… Le había puesto mucho empeño en hacerla casi perfecta, ¿sabes? Claro que iba a tener algunos disgustos. Por ejemplo, aquí un coche atropelló a su perro —señaló una mancha negra de la pieza más pequeña, que solo era una cuarta parte del tapiz—. Y aquí, aunque solo era un niño, su padre lo abandonó. Pero había conseguido que tuviera tantos logros. ¡Mira! —animó a su hermana mientras acariciaba los nudos dorados. Parecía que las dos podían leer el tapiz igual que Javier leía un libro para niños. Décima siguió hablando con el tono con el que se recuerda a un amor de juventud—. ¿Ves? Es un chico tan responsable, tan trabajador. Acaba de encontrar un buen trabajo, donde ha conocido a quien iba a ser su mujer, ¿sabes? Hoy han hablado por primera vez. Iba a ser una vida llena de éxitos. Y hoy, Morta ha decidido que esta tarde se acabará. No tiene ni una hora más de vida.

Javier sintió un escalofrío. Parecía que estuvieran hablando de su vida, y ya había tenido suficiente. Intentó levantarse pero las piernas le temblaron tanto que creyó que, si se ponía en pie, acabaría en el suelo. El calor que sentía tampoco ayudaba. Ni esa sensación de que lo estaban mirando sin hacerlo directamente. Cerró los ojos y se esforzó en controlar su respiración.

—Entonces, ¿no puedes hacer nada por él? —preguntó Nona poco después de que la megafonía anunciara la siguiente parada. Se estaba despellejando el labio con los dientes.

—Absolutamente nada, ya lo sabes. Por eso te digo que me tienes que ayudar. Tenemos que impedir que Morta haga lo que le venga en gana.

—Tienes razón. Hablaré con ella, ¿vale? —Nona guardó la madeja a medio hilar en su bolso y se puso en pie. Su hermana mayor la imitó—. Pero tú deberías de devolverle las tijeras.

—Sí, supongo que sí. Pero esto no se puede volver a repetir.

—No, no se repetirá —dijo Nona, y la abrazó apretándola contra su cuerpo mientras bajaban al andén.

Cuando Javier volvió a abrir los ojos habían pasado tres estaciones más. Miró a su alrededor y se encontró rodeado de viajeros. Se rió sin temer que los demás lo tomaran por otro loco del metro. No solía tener pesadillas, y menos en un transporte público. Pero no se preocupó por eso porque había llegado a su parada.

Se bajó del tren a la vez que se sacaba la corbata. La guardó en su maletín sin reparar en el baúl que una anciana vestida de blanco y el pelo trenzado había dejado en medio del andén. Fue una pena que tropezara con ella y cayera a las vías justo cuando pasaba aquel regional.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Mitos, leyendas y otras criaturas

La casa de los dulces

Unos porrazos atronadores despertaron a Liese. Quienquiera que estuviera llamando a esas horas de la madrugada había dotado a su puño de mucha fuerza, suficiente como para que los golpes retumbaran en el tórax de la alquimista. Tenían una mezcla de potencia, urgencia y desesperación que hizo que Liese saliera al porche sin ni siquiera echarse una toquilla sobre los hombros.

—¿Qué pas…? —Empezó, pero se calló al ver la cara de Herrero— ¿Es Obara?

Herrero fue incapaz de decir ni una palabra. Asintió y se mordió los labios.

Liese volvió a su dormitorio, se calzó pisando con furia dentro de sus botas, cogió un tarro lleno de galletas y la metió en la bolsa con todo su instrumental.

El parto de su aprendiza se había adelantado casi dos meses. No era buena señal.

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La primera vez que Liese vio a Obara aún era una niña. La había pillado espiándola desde el otro lado de la ventana, parapetada tras una rama llena de flores que había cortado de su jardín. Por el gesto de su cara, Liese supo que la criatura se consideraba una maestra del disfraz, así que la dejó observar, aún sabiendo que las flores pronto acabarían regándola con su polen urticante. La alquimista esperó hasta que vio que los ojos de la niña estaban rojos como fresones, y salió por la puerta de atrás.

—Pronto necesitarás un colirio —le dijo a su espalda. Obara pegó un salto y se le cayó la rama de las manitas -. Anda, entra a casa.

—No puedo. Mis padres no me dejan.

—Ah, ¿no? ¿Y te dejan espiarme?

Los redondos mofletes de Obara se encendieron, más aún que las mucosas de sus ojos, y agachó la cabeza.

—No —susurró.

—Pues si ya te has saltado una prohibición, no veo por qué no puedes hacerlo con otra —Liese acarició el cabello de la niña, despeinándola un poco—. Venga, entra. Que como tus padres te vean con esa cara te va a caer una buena.

Incluso con los ojos vidriosos e hinchados, Obara no podía controlar su curiosidad. Su cabeza se movía con la rapidez de un látigo, temerosa de perderse algo. Más tarde, Liese supo que la niña creía que nunca más tendría la oportunidad de entrar en su cabaña, por lo que intentó empaparse de todo para contárselo a sus amigos.

La alquimista cogió un colirio de entre decenas de frascos que tenía sobre la alacena de la cocina y sentó a Obara en una de las sillas del comedor.

—Así que querías saber lo que estaba haciendo, ¿eh? —preguntó Liese con voz dulce mientras le aplicaba ungüento en los ojos—. ¿Crees que estaba preparando algún conjuro?

La niña se miró los pies como si en ellos estuviera toda la sabiduría del mundo.

—Quizá te decepcione un poco saber que yo no hago esas cosas. Preparo pócimas, pero no tienen magia. No me gusta jugar con ella.

—Entonces, ¿existe?

—Claro. Y, aunque tiene un precio, la humanidad la ha utilizado siempre. Y no solo las mujeres que viven solas en el bosque, por si te lo estás preguntando.

La niña volvió a ponerse colorada. Las dos sabían las historias que se contaban sobre Liese, pero la mujer no les daba tanta importancia como la niña.

—Para el no iniciado puede parecer que lo que hago es magia —Cogió de la encimera de la cocina un plato que siempre estaba lleno de galletas de mantequilla y le ofreció una a la niña—. ¿Te gustaría verlo?

Obara levantó la vista con una sonrisa tan grande que corría el riesgo de que su cráneo se desprendiera. Sin embargo, lo que más le gustó a Liese fue el brillo en los ojos que llevaba mucho tiempo buscando.

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De camino al pueblo, Herrero fue explicándole a Liese el estado de su antigua aprendiz. No era nada halagüeño y, aún así, lo que se encontró era peor.

Liese se arrodilló junto a Obara, que estaba entre acuclillada y derrumbada al lado de la cama, y acarició su cara con la ternura de una madre.

—¿Por qué no me has mandado llamar antes? —preguntó. No había ningún tono de reproche en su voz, solo curiosidad.

—Es que no… No quería preocuparte.

Obara jadeaba incluso cuando no tenía ninguna contracción. Su cara estaba demasiado roja, síntoma inequívoco de fiebre.

—Esto no me gusta, Liese.

—A mí tampoco, cariño. Vamos a ver qué puedo hacer —se arremangó la camisa y guiñó un ojo—. Sabes que puedes contar conmigo.

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La última vez que Liese le había dicho algo así a Obara había sido un año antes, cuando empezó a notar que su aprendiz estaba algo extraña. Al principio solo eran pequeños silencios nada propios de Obara. Después, contestaciones de malos modos. Por último, llantos descontrolados escondidos detrás de cualquier puerta. Liese no pudo más y, con preocupación genuina, la acorraló una tarde en la que ambas preparaban una medicación para el cabrero y su pie dolorido.

—Hasta ahora no había hecho falta que te preguntara qué te pasaba, así que no lo voy a hacer ahora. Solo te voy a decir que, si te puedo ayudar, espero que cuentes conmigo. Para lo que sea, ya lo sabes.

Obara la miró a los ojos unos instantes antes de echarse a sus brazos y romper a llorar. Liese le palmeó en la espalda y le besó la cabeza, igual que había hecho los últimos catorce años cada vez que la niña, ya mujer, había tenido algún problema.

Le dijo que llevaba un par de años intentando quedarse embarazada. Que primero habían dejado que la naturaleza siguiera su curso, y después de unos cuantos meses, intentó ayudarla con plantas, infusiones y otros ungüentos. Pero nada había funcionado, y no sabía si era cosa de él o de ella. Liese sabía que ella nunca había tenido ningún problema: de hecho, la primera vez que Obara había tenido la menstruación estaban juntas en la casita del bosque. A Liese le sorprendió que su madre nunca le hubiera contado nada, que ni siquiera le hubiera advertido de lo que iba a pasarle. Tuvo que explicarle absolutamente todo lo que sabía.

—¿Me dejas mirarte? —preguntó Liese. Obara asintió.

La última vez que Liese había hecho revisiones ginecológicas había sido mientras estudiaba con su maestro. Para él, un hombre de algún país de la cuenca del Mediterráneo, de piel aceitunada y barba larga y llena de canas, había sido toda una sorpresa que una muchacha se interesara por su ciencia. Solía ser territorio vetado para ellas. Pero también estaba mal visto, por aquellas latitudes, que un hombre mirara en los bajos de una mujer, por lo que él se ponía de espaldas mientras guiaba a Liese en lo que tenía que hacer. Había sido un tiempo muy feliz, y Liese había querido abrirle el mundo a Obara de la misma manera que su maestro había hecho con ella.

—Parece que está todo bien, cariño. Pero puede ser algo que a simple vista no se vea. O que Herrero tenga algún problema.

Las dos se quedaron calladas unos instantes, Obara asimilando lo que acababa de oír, cosa que ya había sospechado pero no quería creer, y Liese pensando en alguna posible solución.

Aunque Liese nunca quiso tener hijos, después de casi haber criado a Obara entendía que ella sí que lo deseara. Además, había visto cómo trataba a las parturientas que atendía y la manera anhelante que miraba a los recién nacidos, especialmente después de unirse a Herrero. No era un capricho pasajero, y a Liese le dolía que no pudiera cumplir ese sueño. Así que se levantó en busca de un libro que nunca le había enseñado a su aprendiz.

—Hace muchos años me preguntaste si la magia existía. Te he transmitido muchísimos conocimientos, tantos como para que no quieras practicarla, pero de vez en cuando necesitamos una ayudita.

Colocó el libro en las manos de Obara y lo abrió lentamente. Con cada página se desprendía un poco de polvo y olor a humedad. Se paró en una que contenía un dibujo de una estrella invertida de cinco puntas.

—Aquí encontrarás cosas que te ayudarán. Pero hay que mirarlo bien porque debemos analizar todas las consecuencias. Por eso, solo te voy a pedir que, antes de hacer algún hechizo, hables conmigo. ¿De acuerdo?

Pero eso nunca ocurrió. Unos meses después, Liese la encontró vomitando, apoyada con una mano contra la pared y sujetándose el pelo con la otra. La maestra se sintió tan decepcionada que, simplemente, le dejó un plato con galletas y bombones sobre la mesa y se encerró en su cuarto.

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—Viene de culo. Necesito darle la vuelta.

—Me siento una vaca—contestó Obara, intentando sonreír. Dar la vuelta a un ternero en el vientre de su madre era algo que habían hecho en multitud de ocasiones.

—Pues ya sabes cómo se portan ellas. Pero a ti te va a doler más —Se giró a Herrero e hizo una señal hacia su bolsa, para que se la trajera. Cogió un pequeño vial y lo acercó a los labios de la parturienta—. Bébelo sin miedo. No os va a hacer daño a ninguno de los dos.

Cuando creyó que el brebaje ya había hecho efecto, Liese se puso manos a la obra. Al meter la mano casi hasta el codo se dio cuenta de que casi no había espacio, y sospechó lo peor. Pero, aún así, fue capaz de girar a la criatura.

Entre Herrero y ella, pusieron a Obara en cuclillas y la sujetaron uno a cada lado para que pudiera dedicarse únicamente a apretar.

Una hora más tarde, Obara seguía sangrando. Primero nació Hansel, el niño, y después Gretel, la niña. Herrero había dejado que su mujer les pusiera los nombres de sus padres.

De los labios de Obara apenas salía un hilillo de voz.

—Estudiarán contigo, Liese. Cuando tengan la edad suficiente, irán a la casita del bosque y tú les enseñarás entre galleta y galleta, como a mi.

—Ellos han de quererlo, cariño. Ya lo sabes.

—Convéncelos.

—No hace falta. Ya los convencerás tú —Liese se mordió la mejilla por dentro para contener las lágrimas que amenazaban con escapar de un momento a otro y respiró hondo antes de ponerse en pie—. Déjame que vaya a lavar a los pequeños. Ahora te los devuelvo.

Obara sonrió, a modo de afirmación, y cerró los ojos mientras Herrero le apretaba fuertemente la mano. Liese cogió a los niños, que ya habían mamado suficiente, y los colocó sobre unas mantas junto al hogar. Con manos temblorosas desenvolvió a Hansel y lo giró, buscando algo que le había parecido ver en el momento del parto.

Una estrella invertida de cinco puntas bailaba al final de su espalda.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Casa de pan de Gengibre

Delirios de un amante imaginario

Soy un montón de líneas dibujadas en un pedazo de papel pegado a la pared. Tengo una supuesta vida entre los límites de una hoja vieja y desgastada. No decido aún si odiar a mi creador o amarlo. Es una decisión difícil que no puedo tomar a la ligera.

Ahí está ella. Encima de la repisa, tan callada, mirando fijamente a cualquier parte. Sus alas color rosa y el vestido ajustado me hacen alucinar. La envidio. Codicio su libertad, su gracia, su color de piel. Yo solo estoy aquí, encerrado en un mundo en blanco y negro. ¿Por qué soy un topo? Mi creador pudo haber dibujado un caballero de brillante armadura, un león, un castillo. Pero no, tenía que ser un maldito topo. Un animal subterráneo, con ojos diminutos cubiertos de piel, pequeñas patas, grandes uñas y un apetito insaciable. ¿Cómo puede alguien darle vida a un ser con semejantes características?

Revoloteando en mi cárcel de cuatro paredes, desespero por conocer el mundo más allá del papel, por mirar fijamente a mi amada y confesarle mi devoción. Escaparnos juntos de esta habitación de recuerdos inútiles y esperanzas perdidas. Soy un ser nacido en cautiverio, ¿cómo puede ser eso posible?

Quiero llamar su atención ¡Está tan lejos! Mis sonidos insignificantes son un eco en la habitación. Necesito que escuche mi voz para que pueda verme. Pero ¿cómo es posible ver el alma cuando los ojos se confunden con la piel? Creerá que estoy ciego, que soy nada. Eso soy: nada. Clay, el topo, atrapado por su creador desde el primer momento que lo concibió como su obra maestra. Un ser imaginario. Eso no es verdad, soy tan real que duele.

Heme aquí en el cuadro de honor, pegado como un recuerdo más. Confundido con la decoración, solitario, perdidamente enamorado de lo imposible, cautivo en múltiples deseos. Creado por un demente que destruye todo lo que su imaginación puede construir. Nadie sabe que vivo en este pedazo de papel inerte. No pueden imaginar que estoy aquí, ansiando salir por ella, deseando tocar una realidad diferente a la que soporto día tras día.

Todo en esta habitación es inútil. Si consiguiera ser algo más que un topo, saldría de mi cárcel y llegaría hasta ella para declararle mi absoluta devoción a todo lo que representa. ¿Qué puedo hacer? En el dilema de la existencia está mi escapatoria.

Ahí está él, dibujando de nuevo. Parece que solo yo seguiré sobreviviendo a sus incontrolables ataques de odio a su talento. Tengo que hacer que la traiga hacia mí, tan cerca que pueda tocarla. Ahora me mira. Es el momento de enviar una señal. Soy un dibujo, pero también soy un topo; puedo cavar muy profundo, llegar hasta su conciencia y sembrar una idea. “Mírame, Aidan. Mira fijamente a tu creación. Libérame de este castigo”. No ha funcionado. Solo soy una serie de puntos sin sentido. Quizá, ni siquiera soy un topo. Estoy alucinando, todo es producto de la imaginación de alguien más que juega conmigo, que quiere darme vida sin tener el poder. No existo, nada de esto existe. Soy un ente viviendo en un pedazo de papel, atrapado en el ataque repentino de locura de un desconocido. Seducido por el hada de la repisa.

Ahí estás, como todos los días a la misma hora. Caminando de lado a lado en tu cárcel de papel. Desearía estar contigo. Descubrir qué te inquieta. Todo es tan solitario en la repisa, tan inerte. Solo tú y yo tenemos vida en esta habitación denigrante. Somos tan iguales y a la vez tan distintos, compartiendo la insensatez de nuestro creador. Obras de arte exhibidas para el regocijo de un maniaco. ¿Cómo podríamos cambiar lo que somos? Resulta inútil pensarlo. Nada puede cambiar cuando eres una marioneta que tantos mueven a su antojo. Ninguno conoce lo que anhelas, quién eres, a qué estarías dispuesto. Solo juegan contigo.

Cuando eres un objeto inanimado todo pierde importancia. El tiempo es lento, veloz e impredecible. El polvo deja marcas imborrables. El encierro, delirios incontenibles. Los pensamientos vuelan sobre tu cabeza, ninguno parece tener sentido. Te envidio, Clay. Estás en el cuadro de honor, todos te admiran y respetan. Codicio tus pequeños ojos que difícilmente ven la crueldad del encierro al que estamos sometidos, tu piel peluda que te protege del frío implacable que inunda la habitación, tus largas uñas con las que podrías viajar a cualquier parte… No entiendo por qué aun no lo haces. Desearía estar a tu lado, declararte mi admiración insana y escaparme contigo. Estoy delirando. Solo somos objetos perdidos en una habitación, rodeados de recuerdos inservibles. El chiste de alguien sin corazón que nos dio vida para hacer menos miserable la suya.

Ahí está Aidan, dibujando de nuevo. Otro intento más que terminará en la basura. Solo Clay, el topo, sobrevive a sus incesantes ataques perfeccionistas. Ahora me mira. Soy un hada de madera, no importa el material, lo que soy es lo que me define. Quizá, podría desear que nos dibuje juntos. Es una tontería ¿o no? Llevo años en esta repisa, solitaria, esperando el momento para habitar un pedazo de papel, junto a él. Este puede ser el instante perfecto.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco