La niña de plata y el niño de oro

–Abuela, no quiero acostarme –El pequeño se removía en la silla de la cocina mientras la anciana terminaba de recoger los platos de la cena.

–Pues hay que dormir, Pedrito.

–¡Pero es que por la noche tengo pesadillas! ¡La noche es mala!

–Y el día también, hijo. ¿O qué te crees? –La abuela colocó un plato y se acercó para darle un beso en la frente–. De noche y de día ocurren cosas malas y buenas, aunque no siempre ha sido así.

–¿Ah, no? ¿Y cómo era antes, abuela?

–Verás, la historia que voy a contarte pasó hace tanto, tantísimo tiempo, que la Tierra era solo una enorme bola marrón hecha de piedras y rocas donde no había ninguna clase de vida. No hacía ni calor, ni frío. No tenía luz ni color. Ni siquiera existían las estaciones. Pero había un planeta donde las cosas eran muy distintas. Estaba gobernado por un rey que se elegía cada doscientos años entre los pocos niños nacidos en ese tiempo.

–¿Doscientos años, abuela? ¡Eso es muchísimo! ¿Y por qué nacían pocos niños?

–Verás, tesoro, en Argengold, que así se llamaba el planeta, ese tiempo era casi como un suspiro. En realidad, nacían muchos niños, pero el rey se elegía solo entre los que eran de raza homain. Y esos eran los menos numerosos del planeta. Los homain eran muy sabios, pero no tenían poderes mágicos como el resto de los habitantes. Porque en Argengold había magos, druidas, dragones, y muchas, muchísimas más criaturas.

–¡Pero, abuela, eso no mola nada! ¿Un rey sin poderes? ¿En medio de tantos súper héroes? –Pedrito pensó que su abuela había olvidado parte del cuento. “¡Menudo rollo!”, pensó, aunque no lo dijo para no herirla.

–Pues sí, mira, y todos tenían sus motivos para querer que el rey fuera un homain. Porque cada vez que alguno de otra raza se había alzado con la corona, el reino había terminado envuelto en mil batallas. Solo los homain lograban mantener la paz entre tantas criaturas diferentes. Pero, en la época en la que transcurre mi historia, el rey enfermó sin que nadie supiera el motivo, y eso que solo llevaba cien años de reinado. Y todos los súbditos estaban muy preocupados.

–¿Y qué tenía?

–Estaba enfermo de melancolía, porque la ley obligaba al rey a dejar de relacionarse con los suyos. Podía contraer matrimonio con cualquier mujer, con tal que no fuera una homain.

–¡Vaya tontería! ¿Por qué tenían esa ley? ¡Sería más fácil que se casaran entre ellos y que sus hijos fueran luego los reyes! –Pedrito achicó tanto los ojos, que parecía un chino. Decididamente la abuela se estaba despistando un poco–. ¿Estás segura, abuela? Mira que en los demás cuentos siempre ocurre así.

–Y así había sido en Argengold al principio de los tiempos. Pero no todos los príncipes homain fueron buenos en el pasado, y por eso el consejo decidió que los lazos de sangre no debían influir en la elección de los reyes. Y si la reina también hubiera sido homain, siempre existiría el peligro de que quisieran pasar el trono a sus hijos, aunque hubiera otro mejor para sucederlos.

–¿Y por eso estaba triste el rey?

–Sí. Porque el rey de mi cuento amaba a una homain y cuando lo eligieron tuvo que renunciar a ella. La víspera de su coronación, se reunieron por la noche para despedirse, y ella le regaló un huevo de mil colores como prueba de su amor.

–¡Seguro que era mágico, abuela! –La cosa empezaba a ponerse interesante para Pedrito–. ¿El huevo tenía poderes?

–Sí y no. La muchacha le contó que de ese huevo nacería un dragón azul. Si ella alguna vez dejaba de amarlo, el color cambiaría a amarillo. Pero si ella moría antes que el rey y lo seguía amando, el dragón se volvería rojo porque su pasión perduraría hasta en el más allá. Cuando terminó la ceremonia de la coronación, el rey descubrió que a los pies de su cama lo estaba esperando un pequeño dragón del color del cielo. Eso mantuvo su corazón latiendo los primeros cien años, pero un día el dragón se volvió rojo y el monarca empezó a languidecer porque el rostro de su amada se iba borrando de su memoria.

–¡Qué pena! –Pedrito suspiró–. ¿Y qué pasó entonces?

–El consejo decidió que había llegado el momento de que el rey tomara esposa. Se enviaron heraldos a todos los rincones del reino y en la fecha señalada se presentaron muchas mujeres para probar suerte. Entre ellas había una maga que deseaba ser reina sobre todas las cosas. Tenía el poder de leer los corazones, pero ese poder desaparecería el día en que naciera su primer hijo. La maga aprovechó su don para leer en el corazón del príncipe y adivinó su secreto. Al amparo de la noche se acercó a la cueva de uno de los druidas del reino y robó una poción mágica. Quien la tomara, vería el rostro de su amada en la persona que se la diera a beber.

–¡Pero eso es un engaño, abuela!

–Yo también lo creo, Pedrito. Pero la maga ofreció al rey una copa cuando le tocó presentarle sus respetos, y el hechizo funcionó. El monarca creyó que su amada había encontrado el modo de regresar a él, y eligió a la maga como esposa. La boda se celebró por todo lo alto y, al cabo de un año, la reina se quedó embarazada. No le importó perder su don, porque ya había hecho realidad su deseo de reinar. El pueblo recibió la noticia con mucha alegría, y la felicidad fue aún mayor cuando dio a luz dos criaturas maravillosas: una niña de plata y un niño de oro.

Pedrito esta vez ni siquiera se acordó de interrumpir. ¡Una niña de plata y un niño de oro! Eso sí que no lo había leído antes en ningún cuento. La abuela terminó de guardar los cacharros, y se llevó las manos a los riñones.

–Estoy cansada de estar de pie tanto rato, hijo. Si quieres oír el final te lo contaré en tu cuarto. Pero solo si te metes en la cama y dejas que yo me siente en la mecedora.

El niño se levantó de la silla con un salto, y cuando la abuela entró en el dormitorio solo vio la cabeza entre el embozo y la almohada. Arrimó la mecedora a la cama, se sentó y siguió hablando.

–En todo el planeta solo hubo una persona que no se alegró por el nacimiento de los niños: el druida al que la maga le había robado la poción. Porque lo que ella no sabía era que el druida preparaba también encantamientos para descubrir a los ladrones.

–¡Qué listo!

–¡Claro que era listo! ¡No era fácil llegar a ser druida en Argengold! La poción que la reina había robado también tenía la virtud de hacer que quien la bebiera tuviera dos hijos: uno de oro y otro de plata. Y, desde que descubrió el robo, el druida había estado atento a cualquier noticia sobre un nacimiento así. Imagínate cómo se quedó al descubrir que la ladrona había sido la reina.

–¿Y qué hizo entonces, abuela?

–Empezó a preparar su venganza con mucho tiempo. Los niños siempre estaban juntos, y crecieron bastante consentidos porque todo el mundo los adoraba. Nadie les negaba nada, y podían quitar cualquier juguete a cualquier niño sin ser castigados, o tirarle de las barbas a sus tutores sin que sus padres les riñeran por ello. Por fin, el día del décimo cumpleaños de los niños, el druida encontró la ocasión que tanto había esperado. Al llegar a esa edad era tradición hacer una celebración especial, así que el rey y la reina invitaron a todo el pueblo a un gran festejo. El druida, con ayuda de uno de sus bebedizos, adoptó el aspecto de una amable viejecita y acudió a la fiesta. Ofreció un libro lleno de hermosas historias como regalo para los niños, y esperó. Vio cómo acercaban sus caritas a las imágenes y cómo se les abrían los ojos cuando empezaron a leer y descubrieron que los relatos no tenían escrito el final. Entonces fueron corriendo a decírselo a su padre, que hizo llamar a la viejecita. Y cuando la tuvo ante él, le pidió que se quedara a vivir en palacio para ayudar a cuidar a sus hijos y para que les fuera contando el final de todas las historias.

–¡Ay, abuela! ¡Esto se pone interesante!

–Y que lo digas, Pedrito. Y aún se va a complicar más. El druida se comportaba siempre como una viejecita inofensiva y cariñosa, y no le costó trabajo ganarse la confianza de los niños con las historias que les contaba. Mira, el cuento preferido de los niños, el que más les repetía la falsa ancianita, era uno que decía que podrían tener todo lo que quisieran si se bañaban en sangre de dragón. Y el único dragón que los niños conocían era el de su padre.

–¡Abuela! Pero los niños no se creerían eso de que bañarse en sangre de dragón… –la abuela levantó las cejas y apretó los labios por toda respuesta, y Pedrito se llevó las manos a la cara–. ¡No vayas a decirme que…!

La abuela suspiró, y ladeó la cabeza.

–Eres muy listo, Pedrito. La vieja convenció a los niños de que todos los dragones tenían sangre de sobra, y no pasaba nada por quitarles un poquito. Ellos lo creyeron y entonces les dio otra de sus pociones para hacer dormir al dragón.

–¡Pobrecito dragón! ¿No sospechó nada?

–No, porque era bueno y no desconfiaba de los hijos de su amo. Después de desayunar, cuando el dragón se quedó dormido, le hicieron dos grandes cortes en sus alas y empezaron a recoger la sangre.

–¡No, abuela! ¡No quiero que al dragón le pase nada! ¿Es que los niños no lo querían? ¡Yo nunca le hubiera hecho algo así!

–No sabría decirte. Supongo que lo querrían, pero recuerda que eran muy caprichosos y mimados. Se entretuvieron llenando las botellas y no se dieron cuenta de que el dragón se iba quedando completamente blanco.

–¡Abuela!

–¿Ves? Era de día, y ocurrió algo malo.

–Pero yo no quiero que muera el dragón. ¿No había una magia para hacerlo resucitar?

–Sí y no. Si dejas que termine el cuento, lo sabrás –Pedrito apretó los labios y abrió los ojos, y la abuela siguió con el relato–. El druida consiguió así llevar a cabo su venganza por el robo de la poción. Porque para romper el hechizo del filtro de amor que la reina había robado, hacía falta que dos inocentes mataran a alguien a quien el enamorado quisiera con toda su alma.

–¡Pobre rey! Perdió lo único que le quedaba de su amiga.

–Así fue. Imagínate cómo se puso al darse cuenta de lo que habían hecho sus hijos. No daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Su amigo, su dragón, se había vuelto blanco del todo y yacía en un suelo lleno de sangre! “¡Qué habéis hecho!”, gritó. Los niños, asustados por las voces de su padre, empezaron a llorar y a chillar. La reina, al oír la algarabía, entró corriendo en el salón. Cuando el rey miró a su esposa, se encontró con el rostro de una desconocida. ¡El encantamiento se había roto! Entonces comprendió que la reina lo había engañado, y montó en cólera.

–¡Sigue hablando, abuela! Este cuento se complica cada vez más. ¡Quiero saber cómo acaba!

–En Argengold, el crimen estaba castigado con la muerte. Pero el rey no tenía corazón para ordenar ejecutarlos, así que cambió el castigo por el destierro. Pero a su pueblo, el castigo le pareció suave. Con el tiempo los caprichos de los niños se habían ido volviendo peores. Mandaban quemar cosechas solo para ver danzar las llamas, o desviar el curso de un río para llenar un estanque donde bañarse solo una o dos veces. Todos protestaron porque sabían que los niños serían felices si estaban juntos. Entonces el rey demostró una vez más que era sabio. Llamó a un mago y le ordenó que hiciera un hechizo con sus hijos.

–¿Qué clase de hechizo, abuela?

–Le pidió que enviara a los niños a una enorme roca que flotaba en los límites de su universo. Y que los transformara en una bola de oro y otra de plata. Y que los condenara a moverse en círculos, sin llegar a encontrarse jamás. El mago cumplió la orden, y los envió a este mundo, y aquí les pusimos nombre. Los llamamos sol y luna, y por eso cuando uno sale, el otro se oculta sin que lleguen a coincidir. La reina, al ver lo que había conseguido con sus malas artes, lloró arrepentida y el llanto llegó hasta donde estaban los niños, y mojó la roca, y empezaron a crecer plantas y flores, y el planeta cobró vida. El rey hizo construir en la torre más alta de su castillo un nido de mármol, y allí depositó a su dragón para que nadie olvidara lo que había sucedido. Y cuando los vientos soplan fuerte en Argengold, algunas escamas del dragón llegan hasta aquí convertidas en nieve.

La abuela se levantó, arropó a Pedrito y puso junto a él en la almohada un dragón de peluche de color blanco. El niño se abrazó a su muñeco y bostezó.

–Abuela. Te quiero mucho. Buenas noches.

La anciana besó al niño en la frente, y salió apagando la luz.

Adela Castañón

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Imagen: Whatpadd

Carta a los Reyes Magos

Si este fuera un cuento tradicional, tendría como protagonista a un niño. Pero no lo es, así que vamos a imaginar a una mujer que ya ha dejado atrás la juventud. Sabe que las hojas del almanaque no pueden volver a atrás. Lo asume y lo acepta. El problema no es ese. No le pesan los años. Pero echa de menos la ilusión de la infancia, ese desear algo con una intensidad que casi, casi, hace que el corazón parezca de mayor tamaño que el pecho. Se siente afortunada. Lo tiene todo: salud, trabajo y unos hijos maravillosos. Pero quiere recuperar aquellas mariposas que todo el mundo conoce cuando llega el primer amor. Y escribe esa carta a los Reyes pidiendo eso: algo que ponga en su vida un aliciente nuevo, diferente, cualquier cosa que sus majestades crean que la puede sorprender, pero no es capaz de poner nombre a su deseo.

Los Reyes reciben la misiva. Se reúnen los tres para hablar. Es un caso diferente de los que suelen tenerlos atareados todos los eneros. Desde su país pueden ver el mundo entero. Se asoman al corazón de esa mujer, y allí encuentran lo que ella pide, tan escondido que ni la propia interesada lo ve. Ahora tienen que lograr que ella lo descubra. Y, como son magos, se les ocurre la solución. Buscarán en la Tierra pajes que les ayuden a dar respuesta a esa carta.

Melchor, el portador de la luz y del oro, es el primero en encontrar una aliada. No vive cerca de la mujer de la carta; ni siquiera se conocen, pero eso no es problema. Una noche, convertido en una mota de mágico polvo dorado, siembra una semilla en el corazón de otra mujer, un poco mayor que la de la carta. Esa mujer, que ha dedicado su vida a llenar de conocimiento las vidas de otras personas, empieza a sentir un gusanillo diferente. Le apetece probar otras cosas, ponerse al otro lado del pupitre. De pronto, tiene más preguntas que respuestas. Y una idea empieza a rondarle por la mente.

Gaspar también se decide pronto. Su elegida tampoco conoce a las otras dos. Pero sabe, igual que Melchor, que eso no es problema. Este Rey pelirrojo escoge a una mujer joven. Comprende que Melchor, más anciano y sesudo, tiene buenas intenciones. Pero piensa que un poco de sangre joven dará color al cuadro que está dibujando con sus dos reales colegas. Para que ese equipo que están formando no sea efímero, busca una mente inquieta. Melchor no acaba de estar de acuerdo. “Gaspar, hijo, ¿tú crees que nuestra remitente y mi paje van a poder seguir el ritmo de esta jovenzana que estás proponiendo?”. Gaspar ríe con ganas y se muestra decidido al contestarle. “Mira, Melchor, que esta conversación la hemos tenido otras veces. Fíate de mí, que yo sé lo que hago”. Melchor se encoge de hombros, y lo deja hacer. Gaspar elige una noche, se convierte en un soplo de incienso, y se cuela por la nariz de una joven que duerme. Una joven a la que le gusta innovar, que se mueve como pez en el agua por las tecnologías del siglo XXI, y que sueña con dar forma a un montón de proyectos.

Baltasar es el último en aportar su granito de arena. Quizá porque, como viene de tan lejos, se ha ido a buscar a su paje particular al otro lado del océano. Pero la espera ha valido la pena. Ha viajado hasta un lejano país y allí, convertido en una gota de mirra, se ha deslizado a través de la piel de otra joven que también duerme. Llega hasta su corazón y siembra allí su particular semilla. Esa joven, un buen día, decide que va a hacer algo distinto en su vida y empieza a navegar por internet, aunque no sabe bien qué es lo que debe buscar. De pronto siente que necesita compartir su gran imaginario interior. Y por la mañana, después de la visita de Baltasar, aparece en la pantalla de su ordenador lo que estaba anhelando.

Los Magos ven crecer sus semillas en los corazones de las elegidas. Y sonríen al ver sus primeros frutos.

El paje de Melchor, la mayor de las tres, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Gaspar, sin tener ni idea de en qué puede acabar eso, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Baltasar, aunque vive al otro lado del mundo, piensa que en internet los kilómetros no existen, y se matricula en un curso de escritura on line.

Y la mujer de la historia, sin acordarse de que escribió una carta a los Reyes Magos que no llegó más allá de la papelera, decide que los Reyes no existen y se autorregala un curso de escritura on line.

Y las cuatro, ¡qué casualidad! eligen el mismo curso. Y se conocen. Y, después del primer curso, se matriculan en otro. Y en otro. Y en un tercero. Y, un buen día, a una de ellas se le ocurre dar un paso más, porque los cursos tienen la palabra “fin”, y esa palabra no tiene cabida en la relación que han establecido entre las cuatro.

Y los Reyes Magos, que estaban cada vez más contentos en Oriente, se dan las manos y se felicitan por haber hecho bien su trabajo. Dejan a sus cuatro personajes en la Tierra, mucho más felices de lo que estaban antes de conocerse, y les regalan una estrella. Pero, como Belén queda muy lejos y allí ya va mucha gente, esta estrella las lleva a otro maravilloso portal: el portal de un mundo lleno de posibilidades, donde las cuatro verán cómo se hace realidad su ilusión de escribir. Y eligen un nombre para ese nuevo mundo: Mocade.

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¡Historias como esta hacen creer que existe la magia!

Adela Castañón

Fotos: PhotoPin. Aaron Burden

El lienzo de Claudia

Claudia sintió cómo le temblaban las rodillas y trastabilló, pero logró sujetarse al mueble del lavabo. Era un baño anexo a su dormitorio, tan pequeño que podría ducharse y, a la vez, escupir la pasta de dientes en la pila. Con los ojos cerrados, se sentó donde sabía que estaba la taza. No podía controlar la agitación de su cuerpo. Tomó aire antes de volver a levantarse y a enfrentarse con el espejo medio empañado.

Su cara. Su cara no estaba. Su boca era una línea que se abría y se cerraba. La nariz se intuía por los dos agujeros en medio del óvalo de piel, tan solos e inquietantes como los puntitos negros que habían sido sus ojos. Quiso gritar, pero tenía miedo a que también le hubiera desaparecido la voz.

Se dejó caer sobre el suelo del baño y apoyó la espalda contra la puerta. Intentó recordar cuándo había tenido cara por última vez. Suponía que la noche anterior, pero no le sonaba habérsela visto. Había llegado demasiado decepcionada y dolida a casa después de discutir con Sophie, su mejor amiga. Ni siquiera cenó antes de quitarse la ropa, poner en hora los despertadores y meterse en la cama.

Fue la segunda alarma la que le recordó que, con o sin cara, era hora de vestirse. Tuvo la tentación de apagarla y volver a meterse en la cama, pero nunca había huido de sus problemas. Mientras pensaba en qué podía hacer, se dio una ducha rápida, porque no quería sumar la peste a su cara ausente. Por inercia, sacó su neceser de maquillaje y, al darse cuenta de lo que hacía, se echó a reír. Pero eso le dio una idea.

Rebuscó en el armario de los trastos, un espacio que habría enorgullecido a Diógenes, y sacó el maletín con los tubos, la paleta y los pinceles de pintura sobre lienzo.

Usó de modelo una foto del móvil y empezó a trabajar en su cara. Como tenía buen color, no era necesario que se empleara en el fondo. Aprovechó para engordar un poco los labios, hacer su nariz más fina y dibujar pestañas espesas. Pero, al mirarse, sintió que faltaba algo. Tenía una expresión demasiado anodina, demasiado débil para la reunión de proveedores. De ella dependía el presupuesto anual. Y era la primera vez que su jefe le encargaba que la liderara, así que Claudia le había prometido que sería una negociadora tenaz como el hierro. Meditó unos instantes. Volvió a coger los pinceles para hacerse unos ojos que parecieran no confiar ni en su madre, y unas cejas gruesas que le dieran aspecto de enfadada. La boca dura, de la que no se pudieran esperar palabras amables.

Metió el disolvente, las pinturas y los pinceles dentro de su maletín y salió de casa.

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Julien, su jefe, la felicitó al acabar la reunión. Después, se la quedó mirando unos instantes y le preguntó si se encontraba bien.

Estaban en la sala de reuniones, un espacio rectangular con una mesa ovalada en la que cabían veinte personas. Claudia hizo crujir sus dedos entrelazándolos, aún nerviosa y emocionada. Se sentía pletórica. Su exterior había contagiado a su interior, y durante el encuentro se había mostrado firme y no cedió ni un centímetro, para sorpresa de todos.

Intentó sonreír con su boca repintada y notó que su jefe se controlaba para dominar la cara de disgusto. Sin embargo, Julien no pudo evitar echarse hacia atrás en el asiento, como si huyera de ella. Claudia pensó que quizá su expresión era demasiado agresiva para estar con sus compañeros de oficina. Se levantó, a la vez que se disculpaba, y se encerró en el baño.

Sacó el disolvente y se pintó una cara más amable. Se dibujó una sonrisa profesional y unos ojos serios que inspiraran confianza. Se pobló un poco más las pestañas, y salió con la intención de encantarlos.

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Poco después de las tres y media apareció su compañero con un par de cafés. Compartían teléfono y chascarrillos en un despacho con dos escritorios enfrentados en el centro, estanterías desde el suelo hasta el techo y paredes de cristal. Claudia, que simulaba concentración ante su ordenador, lo miró por el rabillo del ojo. Estaba junto a su silla, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada, de niño a punto de hacer una travesura.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia.

—No sé. Dímelo tú. Hoy tienes una mirada diferente.

Claudia sintió temblar de nuevo las rodillas. Las cruzó bajo la mesa.

—No sé qué quieres decir.

—Venga, no te cortes. Ayer saliste con Ron, ¿no? ¿Y? ¿Pasó ya…?

—Al final no nos vimos —cortó ella —. Anda, siéntate, que se me enfría el café.

Se había olvidado de Ron por completo. Se suponía que el día anterior tendrían que haber ido a cenar pero, un par de horas antes de su cita, Ron le había enviado un mensaje. Le decía que no podía quedar y que si lo cambiaban para el día siguiente. El plan iba a seguir en pie: la recogería en el trabajo para ir a un japonés que estaba de moda y, si después seguían con ganas, irían a tomar un copa. Claudia se masajeó el entrecejo mientras pensaba en su mala suerte. Primero, su novio la había dejado medio plantada. Después, había aprovechado el plantón para quedar con Sophie, que había acabado diciéndole que, desde que estaba tan ocupada, no sabía comportarse como una buena amiga. Y por último, había perdido su cara.

Pero aún podía darle la vuelta. Al fin y al cabo, la reunión había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Durante el resto de la tarde estuvo pensando en la cara que se pintaría. Pensó en los gustos de Ron. Sabía que él prefería mujeres fuertes y decididas, pero a la vez sensibles y con vocación de amar. Así que, antes de que dieran las seis, se metió en el baño, disolvente en mano, con la intención de encontrar una cara que hiciera que la relación funcionara. Se arreboló las mejillas y, con mucho blanco y plata, consiguió que su mirada brillara. Se alargó las pestañas, que nunca estaba de más, y se dibujó una boca que pedía tantos mordiscos como una manzana embrujada.

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En el restaurante, Claudia notaba cómo sus labios embelesaban a los hombres y el recelo de las mujeres cuando la miraban a los ojos. Pero Ron estaba centrado en disolver el wasabi en la soja. Se alegró de llevar pintada la cara para que su chico no notara su desconcierto. Y fue aún mejor cuando por fin retiraron los platillos y Ron no pudo seguir removiendo la salsa. Claudia pensó que debía estar nervioso.

—¿Te apetece un mochi? —preguntó Claudia. La forma esférica y el tacto gomoso del postre le recordaban a un pecho, y pensó que igual a Ron también. Y una cosa podía llevar a la otra.

—No, gracias.

—Bueno, dicen que todos los postres están buenísimos. Te prometo que solo te cogeré un poquito de lo que pidas.

Ron observaba la carta, pero cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no la estaba leyendo. Claudia pensó que estudiaba el menú a conciencia. Él la miró a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Tengo que decirte algo.

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Claudia bajó del taxi y, ante la puerta de sus padres, se borró la cara. Le daba vergüenza que su madre la viera. Se sentó en el suelo, a los pies de los tres escalones que subían al porche de la casa de estilo victoriano, apoyó el móvil en el bolso para usarlo como linterna y preparó todo el material.

Y ahí estuvo, con el pincel en la mano, inmóvil, durante unos minutos. No sabía qué dibujar. No le servía la cara agresiva de la reunión, ni la profesional del trabajo. Y mucho menos la que pretendía ser sexy y que tan poco resultado había dado. Solo quería una cara, su cara. La que su madre reconociera.

Pero no sabía cuál era.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Lia Leslie Photography

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@Bronte__

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Imagen de Estatua blanca mármol

EL FONENDO

Lucas  Sotomayor encendió el ordenador de la consulta. Le dio a la opción de “Imprimir listado”, sin mirar siquiera la pantalla, y empezó a sacar objetos de su maletín: el sello con su nombre y número de colegiado, el bolígrafo, el otoscopio, el aparato de la tensión, la botella de agua que paseaba por insistencia de su mujer y que nunca se bebía. Revolvió entre los papeles de la cartera en busca de su fonendo, sin encontrarlo. Frunció el ceño. Abrió los cajones de la mesa con la esperanza de haberlo dejado olvidado allí. Se rascó la coronilla. No tenía ni idea de dónde podría estar el dichoso fonendo. “¡Mal empezamos!”, pensó.

Cogió el papel de la impresora y echó un vistazo a los nombres de los pacientes. “¡No me lo puedo creer! ¡María Antonia otra vez! ¿Pero, qué querrá esta mujer? ¡A ver cómo me la quito hoy de en medio!” Dejó el listado sobre la mesa y se agachó por si el fonendo se le hubiera caído al suelo el día anterior. En esa postura estaba, cuando se abrió la puerta de la consulta. Quiso incorporarse deprisa y se dio un coscorrón con el cajón que había dejado abierto. “No, si cuando un día viene torcido…”

—¿Se encuentra bien?

El que preguntaba, un desconocido con bata blanca y sin nada llamativo en su aspecto, dudaba entre quedarse en la puerta o entrar a la consulta. Lucas terminó de levantarse. “Se ha lucido éste con la preguntita. Me encuentro fantásticamente. No hay nada mejor que un porrazo en la crisma para sentirse genial. ¡No te jode!” Sin responder, se pasó la mano por la dolorida nuca. El otro volvió a hablar.

—Vaya, perdone. Le he hecho una pregunta tonta —A Lucas le sorprendió que el recién llegado pareciera haberle leído el pensamiento—. Vengo a hacer una sustitución de un día y estoy un poco nervioso. No sé a cuál consulta tengo que ir —Miró el cajón abierto—. ¿Ha perdido algo?

—Pues la verdad es que sí —“Éste va para adivino”, pensó Lucas con ironía—. Aunque no sé cómo. Siempre guardo el fonendo con el resto de mis cosas, pero ha desaparecido.

—Espere —El colega abrió el maletín que llevaba en la otra mano y sacó un fonendo para dejarlo en la mesa de Lucas—. Yo siempre llevo uno de más. Soy bastante despistado, y a veces se me queda olvidado en los avisos a domicilio.

Lucas miró el reloj de pared. Ya iba a empezar con retraso. El nuevo se dio cuenta y se despidió con un “hasta luego”. Salió y cerró la puerta. Lucas pensó que debería haberse ofrecido a acompañarlo, pero le pudo la prisa. Suspiró y cogió el listado para llamar al primer paciente. Menos mal que María Antonia era la cuarta y la podría despachar pronto. Si la hubiera tenido que ver al final de la mañana, seguro que habría necesitado un par de cápsulas de Nolotil, para sobrevivir. Miró el primer nombre.

—Adelante, Manuel. —Un hombre de campo entró quitándose el sombrero. Empezó a darle vueltas entre los dedos y esperó a que el médico se sentara, para hacerlo él también.

—Buenas, doctor.

—Usted dirá. ¿Qué le ocurre?

—Pues, verá, que me dice mi mujer que sigo tosiendo por la noche y no la dejo dormir. Yo no hubiera venido a molestar por eso. Le dije a Eloísa que le pidiera ella algún jarabe cuando viniera a por sus recetas, pero me dijo que no, que esa tos sonaba muy cogida al pecho. Que viniera yo, por si a usted le parecía bien echarme las gomas.

“Menos mal que el nuevo me ha dejado el fonendo. Que si no…”. Lucas se levantó y le indicó a Manuel con un gesto que se sentara en la camilla. Si no lo auscultaba, al día siguiente tendría a Eloísa en la consulta, posiblemente con Manuel a remolque, y al final sería peor.

—A ver, Manuel, respire por la boca, hondo y despacio —Manuel obedeció. Lucas se fijó en una cajetilla de tabaco que asomaba por el borde del bolsillo de la camisa. Le había dicho montones de veces que no debería fumar. Empezó a auscultarlo. Se quitó el fonendo y, antes de pensar en lo que hacía, le puso la mano en el hombro—. Manuel, ¿a ti te gustaría dejar de fumar, o no estás por la labor?

Manuel, que acababa de cerrar la boca, volvió a abrirla. Se quedó mirando al médico con ojos de búho. Que él recordara, era la primera vez que el médico lo tocaba de modo no profesional, y que se dirigía a él tuteándolo. Tragó saliva sin saber cómo responder.

—Los pulmones están bien, Manuel. ¿Toses también de día?

—No. Sí. No.

Lucas, en lugar de volver a su sillón, se sentó en la camilla junto a un Manuel cada vez más asombrado.

—¿Sí y no, a qué? ¿Te gustaría o no dejar de fumar? ¿Y toses tanto como dice Eloísa?

Lucas jugueteó un poco con el fonendo. Le sorprendió el tacto de la goma, más cálido de lo que esperaba. Un cosquilleo extraño y leve, muy leve, como el roce de una mariposa, empezó a subirle por los dedos. Manuel le estaba hablando, pero lo que oía no se correspondía con el movimiento de sus labios. En la cabeza del médico, la voz de su paciente entonaba una cantinela extraña. “A mí, la verdad, lo de fumar me da igual. Pero, desde que murió nuestro hijo, el bendito tabaco ha sido lo único que ha conseguido que Eloísa vuelva a preocuparse por mí. Y tampoco es que yo haya vuelto a fumar por eso. No debí pedirle aquel cigarro a mi compadre el día del entierro, pero no es de hombres llorar, y lo único que se me ocurrió fue aguantarme las lágrimas a fuerza de caladas. ¡Y mira que comprar un paquete al día siguiente, con lo que me costó dejar de fumar! Y andarme escondiendo de Eloísa, después de tantos años… ¡Dos semanas tardó en darse cuenta de que me había vuelto a enganchar! Pero el caso es que ha vuelto a hablarme, aunque solo sea para regañarme y para echarme la bronca”.

La voz de Manuel pareció desdoblarse. El cerebro de Lucas dejó de percibirla, pero sus oídos, por el contrario, detectaron un súbito aumento de volumen que hizo que el médico parpadeara al escuchar su nombre.

—¡Don Lucas! ¡Doctor! ¡Doctor! —Manuel lo miraba con la cara desencajada— ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a otro doctor?

Lucas parpadeó. “Me he debido distraer por llevar sueño atrasado. O eso, o me estoy haciendo viejo. Lo que me falta para tener un día perfecto, es empezar con alucinaciones”, pensó. “¡Vaya mañanita!” Restó importancia al episodio. Sin quitar la mano del hombro de Manuel lo acompañó a la silla. En lugar de rodear la mesa, se apoyó en ella. Tuvo la impresión de que el verdadero Lucas estaba en otra parte, como espectador de la escena donde un doble suyo representaba su papel. Se vio a sí mismo en esa postura desenfadada, nada acorde con su seriedad habitual. Y ese doble seguía hablando, como si no haberse enterado de lo que Manuel le había estado contando, no le importara nada.

—Manuel, yo estoy bien, y creo que usted… que tú también lo estás. Dile a Eloísa que se pase mañana por aquí. Si no hay cita, que venga sin número al final de la consulta. Tu mujer está muy asustada después de lo de vuestro hijo, pero tenemos que ayudarla a entender que la vida sigue. Y dile de mi parte que no se preocupe por tu tos.

Manuel se levantó y se rascó los ojos como si le picaran. Volvió a darle vueltas al sombrero, que no había soltado en ningún momento, y salió con una carraspera mucho más real que la supuesta tos que había sido el motivo de consulta.

El siguiente paciente era una adolescente muy delgada, de tez pálida y ojos de color desconocido porque nunca levantaba la mirada del suelo. La acompañaba su madre, como siempre, que era la que llevaba la voz cantante.

—Buenas, doctor. Otra vez le traigo a la niña. Que no come nada, y eso que le he dado ya dos botes de un jarabe para las ganas de comer. Ella dice que está bien, pero algo tendrá. Porque se deja más de la mitad de la comida en el plato, aunque le ponga por delante lo que más le gusta. Pero ni por esas. Y nunca ha sido delicada para comer.

—A ver… —Lucas miró la lista. No se acordaba del nombre de la niña— Lucía. Pasa ahí, detrás del biombo, y túmbate en la camilla.

La chiquilla obedeció sin levantar la mirada. Lucas se acercó, con el aliento de la madre a pocos centímetros de su cuello. “¡Qué desconfiada!”, pensó. Con la mujer al lado, empezó a palpar el vientre por encima del vestido. Al inclinarse, el fonendo rozó la ropa de Lucía, y Lucas volvió a notar una extraña sensación de déjà vu cuando los dedos empezaron a cosquillearle. De nuevo escuchó su voz como si no fuera él quien hablaba.

—¿Te duele aquí? —la niña, con los párpados tan bajos que parecía que tuviera los ojos cerrados, negó con la cabeza sin despegar los labios. Lucas siguió palpando el abdomen— ¿Y aquí? —nueva negación—. ¿Te duele en algún sitio? —otra vez el mismo gesto mudo. Lucas dejó de explorar—. Lucía, ¿cómo llevas la regla?

Lucas se dio cuenta de dos cosas a la vez. La primera, que Lucía había apretado los puños, y la segunda, que tenía los ojos como la morena piconera. Dos pozos demasiado profundos para tan pocos años. Porque Lucía, al escuchar la pregunta, había clavado la mirada en la de su madre como pidiendo instrucciones.

—¡Doctor! La niña lleva la regla estupendamente —la madre hablaba sin mirar a Lucas. Solo tenía ojos para Lucía—. ¿Verdad, hija? Venga, díselo al doctor —Se volvió hacia el médico—. La ha tenido hace unos días.

Los párpados volvieron a bajar como el telón de un escenario. Y Lucas, aunque no había oído hablar nunca a Lucía, reconoció al instante su tono de voz en su cerebro. “Me va a pegar en cuanto que entremos en casa. Estoy segura. Tenía que haber dicho en seguida que no. Y ojalá se quede tranquila con eso y no se lo cuente a papá. Igual puedo llamar a María para que me invite a dormir esta noche en su casa, y quitarme de en medio por si acaso. No quiero ni pensar en tener que aguantarlo otra noche más en mi cama, y menos si está enfadado. Ojalá mamá se calle la boca, o al menos le deje claro que yo no he soltado prenda. Con suerte la creerá y sabrá que mantengo su secreto a salvo”.

Lucas sintió como un bloque de hielo se instalaba en su estómago. Se volvió hacia la madre con la primera excusa que se le ocurrió.

—Ana, puede que lo de Lucía sea una infección de orina. Si no le importa, acérquese al mostrador de recepción y pida un bote de orina de mi parte.

La madre titubeó. Y su respuesta no sorprendió al médico.

—Bueno… doctor… —Sonrió con los labios apretados y parpadeó varias veces—. Si no le importa… suele haber cola. Y si me cuelo me van a llamar la atención. Si quiere me da el volante y mañana traigo yo la muestra a primera hora…

Lucas rellenó de forma mecánica una petición de analítica y se la entregó a Ana. No le extrañó comprobar que la madre no quería dejarlo a solas con su hija. Fuera cual fuera el resultado del análisis, iba a tener que tomar medidas. En cuanto acabara la consulta, tramitaría un parte judicial por sospecha de violencia de género por más que eso le trajera complicaciones a más de uno, empezando por él mismo. Pero no podía mirar hacia otro lado. Cualquier cosa sería mejor que cargar con ese bloque de hielo. Y esa carga no debía de ser nada en comparación con la piedra que, casi con seguridad, llevaba a cuestas Lucía.

El tercer nombre de la lista hizo que Lucas soltara un bufido. Engracia era casi tan pesada como María Antonia.

—Buenos días, Engracia.

—Pues no sé si pensará igual cuando le diga lo que tengo que decirle, doctor —Engracia, acostumbrada a que el médico no la dejase apenas hablar, se sorprendió ante el atento silencio del galeno. Dudó un momento antes de continuar—. Le voy a poner una reclamación —Lucas jugueteó con el fonendo y mantuvo la misma expresión neutra en su semblante. Engracia se encontraba cada vez más descolocada—. ¿Qué? ¿No va a preguntarme el motivo?

—Imagino que ha pedido cita hoy porque me lo quiere contar en persona. Si no, habría bastado una reclamación por escrito a la dirección. Pero ya que está aquí, ¡adelante!  Lo que me diga puede servirme para intentar no cometer el mismo error con otros pacientes. La escucho.

—Pues como no ha querido mandar al urólogo a mi marido, lo he llevado a uno de pago. Y le ha encontrado algo malo en la próstata, para que lo sepa.

—¿El adenoma? —Engracia abrió mucho los ojos. Lucas tecleó algo y giró el monitor para que la mujer pudiera verlo—. Su marido tiene esa cita pedida. Preferente. Y está pendiente de resultados de analítica y de ecografía que se han hecho ya.

El color de Engracia iba y venía del rojo al blanco.

—¿Y por qué no me dijo usted eso cuando se lo pregunté la semana pasada?

—Porque mi paciente es su marido, Engracia. Y, como médico, no puedo dar información a otras personas, ni siquiera a usted, aunque sea su mujer. Imagino que él no le habrá dicho nada por no preocuparla, pero eso es cosa de ustedes. ¿No le comentó él nada cuando fueron al urólogo privado?

—Pues… —Engracia levantó el mentón— pues no me dijo nada, porque la cita se la saqué yo por mi cuenta. Porque cuando le pregunté a él si le había contado a usted que de noche orina mucho, me dijo que lo dejara tranquilo. Que él ya es mayorcito para cuidarse. Así que pensé que no le habría dicho nada. Y como luego usted tampoco soltó prenda, me figuré que… yo que sé lo que me figuré. El caso es que pedí la cita y simplemente le dije que tenía que acompañarme a un sitio. Y como el médico nos recibió en seguida, ni tiempo tuvo de decir “esta boca es mía”.

Lucas sintió que el rostro le ardía. “Debería cantarle las cuarenta a esta sabihonda”. Nada más pensar eso, notó que el fonendo le pesaba en el cuello como si fuera de plomo y se tragó sus reproches.

—Bueno, Engracia…

—Don Lucas… Yo… Yo solo estaba preocupada por Andrés. Es que usted y él son tan reservados que me sacan de mis casillas —Engracia se tapó la boca con la mano. El médico sonrió, levantó las cejas e hizo un gesto, a medio camino entre la comprensión y la resignación, que hizo disminuir la tensión entre ambos. Engracia bajó los ojos—. Imagino que preferirá que yo me cambie de médico. A mi marido no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere del motivo. Y yo sé que Andrés va a querer seguir con usted, pero, claro, yo… —bajó los ojos.

—Engracia, puede usted cambiarse a otro cupo, o seguir en el mío. Decida con toda libertad. Para mí no es ningún problema lo que ha pasado. Es más, me gusta la gente que va de frente por la vida y dice las cosas a la cara.

La conversación se prolongó unos minutos, y cuando Engracia salió de la consulta, Lucas se frotó los ojos. “Debo estar incubando un resfriado. Parece que hoy no estoy del todo en mis cabales”. Nombró a la siguiente paciente, y entró María Antonia que notó que algo raro pasaba. Encogió los ojos y, en seguida, los abrió de par en par. ¡Don Lucas la estaba recibiendo con una sonrisa! Y la miraba de frente, en vez de estar con cara de prisa pendiente del ordenador. Al poco rato, por primera vez en su vida, al terminar la consulta, María Antonia salió sin un montón de recetas en la mano, pero sintiéndose mejor que nunca. El que la había atendido parecía, por el físico, don Lucas. Pero, por lo demás… ¡bien podría ser el gemelo bueno! A ella se le había ido el tiempo de su cita hablando de sus nietos, de sus hijos en paro, de cómo con su pensión comían seis personas, de que, con ese plan, no podía llevar del todo bien la dieta del azúcar, y por eso los análisis salían siempre como salían… ¡Señor, Señor! Y el mismo médico, desde la consulta, le había sacado cita con la trabajadora social y, además, le había hecho un informe que pensaba fotocopiar antes de entregarlo en el mostrador, para enseñárselo a sus vecinas.

Al final de la mañana, Lucas dejó las cosas sobre la mesa de la consulta. Cogió el fonendo, lo miró como si no supiera para lo que servía, y salió en busca del médico nuevo para devolvérselo. Pero, cuando le preguntó al celador que en qué consulta había pasado, el hombre puso cara de extrañado.

—¿Un médico nuevo, dice usted? Pero si hoy no ha faltado nadie, don Lucas—. Miró a los dos administrativos del mostrador de citas, que asintieron para darle la razón.

Lucas se dio media vuelta. Dejó el fonendo sobre la mesa y miró en el ordenador los listados de sus compañeros. Todas las consultas las habían pasado los habituales. Lucas empezó a guardarlo todo, y, cuando quiso coger el fonendo prestado, no logró encontrarlo. Como en un sueño, abrió el cajón. Allí estaba su fonendo, el de siempre, con su nombre en la etiqueta identificativa. Pero el fonendo nuevo, igual que su propietario, se había desvanecido.

Lucas recogió todo de forma mecánica. Tramitó el parte de Lucía. Fue a tirar el agua de la botella por el lavabo, pero lo pensó mejor y salió cinco minutos más tarde después de haberse bebido todo su contenido. Esa noche invitaría a cenar a su mujer. Hacía mucho tiempo que solo le contestaba con monosílabos cuando le preguntaba por su trabajo. Y tenía mucho que contarle.

Adela Castañón

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