De unos y ceros

Este relato forma parte del libro 40 relatos de amor, una antología cuyos beneficios van destinados a la Fundación Hospital Amic, del Hospital Sant Joan de Déu, que ayuda a niños enfermos y a sus padres. Gracias al grupo Llec por la iniciativa

Fran se sentó ante el ordenador con un plato demasiado pequeño para la pizza congelada de peperoni, que sobresalía por la loza amenazando con ensuciarlo todo de aceite y grasa. Mientras comía, recorrió, ratón en mano, la web de un periódico que decía ser de izquierdas y fue saltando de página en página hasta que dio con la entrada de un blog en el que hablaban de un videojuego. Se llamaba The last door, un juego de rol multijugador, desarrollado por un estudio independiente de Barcelona. El autor del artículo decía que la inteligencia artificial detrás de los personajes no jugadores y la calidad de sus gráficos hacían que fuera la mejor experiencia online que había tenido.

Y está hecho en mi ciudad, pensó, no en el MIT o en Cupertino donde todo parece posible. Una mezcla de orgullo y de responsabilidad le inundó el pecho, y sintió que debía colaborar de alguna manera. Clicó en el enlace que llevaba a la página web del estudio, pagó por Paypal y lo descargó.

Diseñó a su personaje. Un hombre de piel olivácea, pelo oscuro y ojos azules. El alter ego de Fran, o como a él le hubiera gustado verse, ya que había otorgado a su creación una cabellera abundante y el cuerpo que podría conseguir si hubiera ido al gimnasio los últimos siete meses, en vez de limitarse a pagarlo. El siguiente paso consistió en escoger una profesión. Le llamaban la atención el hechicero, el asesino y el berserker. Pero en otros juegos de rol ya había llevado máquinas de matar cuerpo a cuerpo, así que decidió, por una vez en su vida, darle una oportunidad a la magia.

El juego empezó con una escena cinemática. A Fran le enamoró la calidad del dibujo, que le recordó a la época dorada del cine de animación anterior al uso de ordenadores. Todas las figuras eran de color negro, y contrastaban gracias a las diferentes tonalidades de verde del cielo, las nubes y las montañas. El vídeo mostró a Sarel, el dios de las pesadillas, que raptaba las almas de todos los durmientes y las condenaba a vagar por el universo del sueño. Para poder escapar y despertar, había que pasar por diferentes pantallas o mundos, en los que el personaje se enfrentaba a monstruos con o sin ayuda del resto de jugadores.

Una vez finalizada la introducción, Ranf el Gris apareció en una sala poco iluminada. Era un espacio tan grande que no se veían ni el horizonte ni el techo. Solo se divisaban decenas, centenares de columnas de piedra, tan gruesas como tres hombres fornidos, con nudos y dibujos como los de los troncos de un árbol. Entre ellas deambulaban, a solas o en grupo, otros jugadores alumbrados, con delicadeza, por lágrimas de cristal, verdes, amarillas, rosas y azules, que colgaban de las ramas que sobresalían de las columnas.

Ranf el Gris echó a caminar. Llevaba una túnica, a juego con su nombre, que le llegaba hasta los pies, un cinto con un saco para el dinero y una varita cuyo extremo palpitaba y chisporroteaba. Miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer, hasta que vio a una chica de piel negra y pelo rubio sentada en el suelo y apoyada en uno de los árboles de piedra. Parecía aburrida, así que se acercó a ella.

—Le saludo, vuesa merced —tecleó Fran. Las palabras aparecieron junto a su avatar. Clicó en la chica para saber cómo se llamaba—. Palas Atenea, ¿tendría a bien ayudarme a encontrar la salida de este lugar?

—Claro, Ranf el Gris. Pero no hace falta tanto esfuerzo, aquí no hablamos así. Sígueme.

Atenea se puso de pie y Fran pudo averiguar que era una berserker. Llevaba una armadura completa, como las de los hombres en los videojuegos. Por lo que pudo ver a su alrededor, los trajes de las mujeres mostraban más tela que carne, cosa que agradecía. Siempre le había parecido ridículo que en videojuegos, cómics y cine, las guerreras fueran casi desnudas, como si su piel fuera inmune al acero.

—Gracias. Es que soy nuevo —dijo Ranf, y siguió—. Se nota, ¿no?

—Sí —contestó Atenea—. Por eso estoy aquí, para ayudaros, para ayudarte. ¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Ranf el Gris siguió a Atenea por la sala arbórea. La muchacha se movía con gracia, esquivando personas y columnas como si fuera de puntillas, al son de una canción que solo ella oía. Lo llevó hasta la puerta y juntos salieron a un jardín nocturno lleno de flores y luciérnagas. En el centro, un cenador, una banda de música y personajes no jugadores, que tocaban diferentes instrumentos de cuerda. Sonaba como Fran se imaginaba la música en la Roma antigua: suave y tintineante. Una melodía que invitaba a echarse en una litera.

—¿Hace mucho que juegas? —preguntó Ranf a su acompañante.

—Desde siempre.

Se acercaron a un mercader que tenía un puñado de objetos mágicos colocados sobre una manta en el suelo y, alrededor, otros jugadores que lo observaban de pie o en cuclillas. Había gnomos, elfos y humanos de piel y cabello de los colores del arco iris. Ranf el Gris los señaló.

—Me pregunto cómo serán todos esos en la vida real.

—Esto es la vida real —contestó Atenea.

Pasaron de largo y siguieron caminando por el jardín, hasta que Atenea se paró en seco. Ranf la imitó.

—¿Sabías que puedes elegir una profesión secundaria?

Para sorpresa de Fran, Atenea cogió la mano de Ranf y lo guió hasta un personaje no jugador con pinta de druida. Aunque era habitual que los muñecos de los videojuegos bailaran, rieran o dieran palmas, que dos jugadores interactuaran hasta el punto de tocarse era un adelanto tecnológico que le impactó. No me extraña que lo recomienden, pensó.

—Habla con él, te lo explicará todo.

Al hacer clic sobre el druida, le mostró que podía ser albañil, cocinero y quince trabajos más. Después de leer para qué servía cada una, sopesar los pros y los contras y su dificultad, escogió la profesión de joyero y compró algunas recetas que ejecutó para que su personaje pudiera empezar a crear sus alhajas. Al terminar, Ranf recogió una piedra del suelo y creó un collar con una gema aguamarina, que daba 100 puntos de salud a quien lo llevara. Se lo tendió a Atenea.

—Esto es para ti —dijo él—. Por ayudarme en todo esto.

Atenea se quedó quieta casi un minuto, tanto tiempo que Ranf pensó que a lo mejor se había roto algo o se había quedado sin internet. Sin embargo, Atenea despertó e hizo una reverencia.

—Muchas gracias, Ranf. He ayudado a muchos jugadores, pero tú eres el primero que tiene un detalle tan bonito.

Ranf respondió con otra reverencia.

—De nada. Solo lo hago para que sigas jugando conmigo.

Atenea le contestó con un baile.

separador2

Todos los días, después del trabajo, Fran se conectaba a The Last Door y buscaba a Atenea. Siempre estaba cerca de donde se habían quedado la noche anterior, y entre lucha y lucha hablaban de política, cine o cualquier cosa que se les ocurriera.

En la vida real, en cambio, los temas de conversación de Fran se reducían al videojuego y a Atenea. Explicaba a sus amigos lo buena jugadora que era, lo mucho que le ayudaba y lo bien que lo pasaban juntos. Un día, uno de sus compañeros de trabajo le preguntó de dónde era aquella chica y cómo se llamaba. Fran confesó que no habían hablado de eso.

—Hoy se lo preguntaré —dijo Fran.

El videojuego es de Barcelona, y yo también, pensó, y se apartó el pelo de la frente, dejando al descubierto sus entradas incipientes. Quizá podríamos vernos. Tomar un café. Solo pensar en ello hizo que le sudaran las palmas de las manos.

separador2

Esa noche se conectó un poco más tarde de lo habitual, y demoró más de media hora en encontrar a Atenea. Cuando lo consiguió, ella salía de una mazmorra. Iba rodeada de un grupo de jugadores, cuatro mujeres y seis hombres. Salían hablando de cómo habían vencido a un demonio con cuerpo de centauro, diez patas y cuatro brazos.

—¿Qué tal la batalla? —preguntó Ranf, más por cortesía que por interés.

—Un pasote, tío —contestó una elfa de piel verde y pelo dorado—. Atenea le ha dado pal pelo y nosotros solo nos cargábamos a sus siervos. ¿Venís a la siguiente mazmorra?

Ranf esperó a que Atenea hablara. No podía enviarle mensajes privados como al resto de jugadores, no sabía por qué, y cruzó los dedos mentalmente para que contestara lo que él esperaba.

—Mejor en otra ocasión. Nos vemos —dijo ella, y Ranf bailó.

Atenea cogió de la mano a Ranf y le preguntó qué era lo que le apetecía hacer. Él dijo que solo quería hablar.

Buscaron algún punto en el que no hubiera monstruos que pudieran interrumpirlos. Fueron a una taberna decorada como la Alhambra de Granada, con paredes de piedra labrada y lámparas de aceite que iluminaban todos los rincones. Los camareros parecían mozárabes, con sayas de colores fuerte, piel morena y pelo oscuro, y se podían comprar dulces de miel y frutos secos que restauraban la salud en el combate. Se sentaron en un apartado con una mesa baja y con el suelo forrado de cojines.

—Pensaba que no vendrías —empezó Atenea.

—He ido a tomar algo con mis amigos y me he retrasado. ¿Qué tal tu día?

—Movido. Hay algunos problemas con la red y el servidor echaba constantemente a los jugadores. Pero, en general, ha estado bien. Aunque es mejor ahora que estás aquí —quedó en silencio, con su avatar casi sin moverse. Parecía que estuviera reuniendo fuerzas para algo—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —contestó Ranf.

—En la vida real, ¿eres así? ¿También tienes los ojos azules?

Fran, ante la pantalla de su ordenador, frunció el ceño, atónito. ¿Quizá ella había estado pensando lo mismo que él? ¿En encontrarse? Quizá, pensó, puedo jugar un poco. Ponérselo algo difícil. Fran hizo que Ranf se cruzara de brazos.

—¿No eras tú la que decía que esto es la vida real?

Esta vez Atenea se echó a reír.

—Era Atenea, pero no era yo. Bueno, ¿y qué tal tu día?

—Como siempre. Aunque por fin he convencido a mis amigos para ir a la Cervecería Alemana, muy cerca de la Diagonal de Barcelona. ¿Te suena? Es donde siempre te digo que acabamos la jornada con los del trabajo.

Nada más aparecer su conversación en la pantalla, le saltó un aviso de problema de conexión. Los problemas que Atenea había comentado no habían acabado. El videojuego se quedó así, congelado, durante unos minutos, hasta que el aviso desapareció y todo volvió a la normalidad.

Excepto Atenea, que se quedó en silencio, otra vez. Le pasaba a menudo: de repente, sin previo aviso, dejaba de hablar y de moverse durante varios minutos. Cuando Atenea volvía en sí, a Fran siempre le daba la sensación de que algo había cambiado.

—Suena interesante —dijo ella al fin.

—Sí, ¿verdad? Puedo llevarte, si quieres —Ranf habló con calma, pero al otro lado de la pantalla Fran sudaba.

—Creo que no hay ningún sitio así por aquí —dijo ella.

—Me refiero a la vida real. En Barcelona. Yo soy de ahí. ¿Y tú?¿También eres de Barcelona o vives fuera?

—¿Yo? Soy de Aundres.

Aundres era una de las ciudades más grandes del universo que habían creado para The last door. Fran frunció el ceño y tecleó con rapidez.

—No, me refiero a de dónde eres en la vida real.

—¿Yo? Soy de Aundres —repitió Atenea.

Ranf tardó en contestar. Se puso de pie antes de hacerlo.

—Dime directamente que no quieres contármelo. Me tengo que ir. Adiós.

Fran cerró la tapa del portátil con un golpe y se fue a la cama.

separador2

Los siguientes tres días no se conectó. Se buscó otros pasatiempos, hasta se planteó si debía ir al gimnasio, pero seguía echándola de menos. Un sábado por la noche, al llegar a casa después de salir de copas con sus amigos, no aguantó más y volvió a jugar. Se dijo que solo quería verla, que no hacía falta que hablara con ella. Pero eran las tres de la mañana y Atenea no estaba por ninguna parte.

Ranf se acercó a un grupo de jugadores con los que Atenea y él habían jugado en alguna ocasión. Tenían nombres extravagantes, como Meliodas, Goku o Mikasa, y se dirigió a esta última. Era una guardabosques humana de pelo corto y negro, con flequillo.

—¡Buenas! No sé si te acuerdas de mí. La semana pasada matamos juntos al gul en Mundo infinito.

—Sí, sí que me acuerdo. ¿Hoy no vas con el bot?

—¿Bot? ¿Qué quieres decir?

—Bot, de ro-Bot. La chica esa que siempre va contigo.

Fran releyó la última frase cien veces. Eso explicaría muchas cosas. Que Atenea pudiera coger a Ranf de la mano y que Ranf no pudiera enviarle mensajes privados como al resto de personajes. Que, a menudo, sobre todo en plena batalla, diera respuestas parcas y demasiado frías. Que insistiera en que era de Aundres. Pero, en cambio, cuando se perdían en alguno de los mundos y se quedaban solos, Atenea filosofaba, contaba anécdotas o respondía con algún chascarrillo.

Fran entró en la web del estudio diseñador. Quería un correo electrónico al que poder escribir y preguntar si lo que decían de Palas Atenea era cierto. No lo encontró, pero vio un apartado en el que aparecía todo el equipo: tres chicos y dos chicas. Una de ellas le recordó a Atenea: rubia y con la piel muy tostada, como si hubiera ganado ese color haciendo surf o practicando algún deporte de playa. Se paró a mirar cada una de las caras y descubrió que le sonaban todas del videojuego. Pensó que parecía que las hubieran usado de modelo para crear algunos personajes.

Después de mucho buscar, vio que la empresa tenía un usuario de Twitter. Se metió en la red social y envió un mensaje privado preguntado por Palas Atenea. Poco después, le llegó un tuit pidiendo un correo electrónico de contacto.

separador2

Cuatro días más tarde, Fran recibió contestación. Le temblaban las manos al abrirlo, y mientras leía y averiguaba que Palas Atenea era solo un algoritmo, el temblor se convirtió en crispación. En el correo le explicaron que era un proyecto de una de sus desarrolladoras, que buscaba crear un personaje no jugador que se comportara como un humano en todos los intercambios que tuviera con otros jugadores.

Cuando leyó el final de la carta, Fran no supo si echarse a reír o enfadarse aún más. Sintió que se recochineaban de él al agradecerle el tiempo que había dedicado al juego y a Palas Atenea, pues habían podido comprobar en sus registros que, gracias a él, la inteligencia artificial había aprendido mucho.

Fran cerró el correo y miró la hora. Necesitaba una cerveza, o veinte. Era viernes, así que les dijo a sus compañeros que la primera ronda en la Cervecería Alemana, y quizá las siguientes dos, las pagaba él. No sabía si el resto le seguiría, pero él estaba seguro de que acabaría borracho, así que mejor no hacerlo solo.

separador2

—¡Por las mujeres hechas de unos y ceros! —brindó Fran. Sus amigos, algunos de ellos informáticos, rieron y le corearon, entrechocaron sus jarras. La cerveza salpicó en la barra y en los taburetes altos en los que se habían sentado. Iban por la tercera ronda.

Fran estaba explicándoles lo que había averiguado sobre Atenea. Su voz cada vez era más fuerte y sonaba por encima de todas las demás. En ese momento, una chica que estaba sola, sentada en la barra, se acercó a él y le dio unos toquecitos tímidos en la espalda, tan leves que parecía que en realidad no quería que él los notara. Fran se giró y la vio de puntillas, con el pelo rubio enmarcando la cara y la piel dorada por el sol. Fran escudriñó su rostro. Estaba seguro de que la conocía, aunque en ese momento no sabía de qué.

—Perdona —dijo la chica, y carraspeó antes de seguir—, perdona que te moleste. ¿Eres Fran? ¿Eres tú el que llevas a Ranf el Gris en The Last Door?

Fran abrió los ojos como platos, miró las caras cómplices de sus amigos y se bajó del taburete para que ella no tuviera que mirar hacia arriba.

—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes…?

—Soy Atenea.

separador2

Hacía rato que había anochecido, y empezaba a hacer frío fuera del bar, pero dentro no podían hablar con tanto griterío. Fran, que había salido con tejanos y una camisa de algodón blanca, se arrepintió de haberse dejado la chaqueta en el coche. Ella llevaba un vestido negro, medias, zapato plano y una chaqueta marrón que parecía piel.

Echaron a caminar por una calle poco concurrida e iluminada únicamente por las farolas y la luz de algunos restaurantes. Salvo alguna moto que pasaba de vez en cuando por su lado, estaban solos.

—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué me han dicho que Atenea es un bot? —preguntó Fran.

—Porque lo es. Es mi bot. Pero lo rompiste —dijo ella, y esbozó una sonrisa que hizo hormiguear la nuca de Fran.

—¿Yo? Pero si no he hecho nada.

Atenea, o Aura, como había dicho que se llamaba al salir del bar, caminó a su lado en silencio unos segundos.

—¿Recuerdas el primer día que hablaste con Atenea? Le diste un regalo.

—Sí, el colgante —dijo Fran.

—Resulta que había programado muchas casuísticas, pero no se me ocurrió que un jugador pudiera querer regalarle algo. Cuando el bot no sabe cómo actuar ante alguna situación con un jugador, me salta una alarma para que pueda tomar las riendas, analizarlo todo e incluirlo en el programa. Normalmente, cuando pasa algo así, suelo despedirme del jugador y desconectar a Atenea, pero… —dejó la frase colgada y acercó el hombro a Fran, pero inmediatamente volvió a separarse—. Me pareció un detalle tan bonito que quise agradecértelo. Y hablamos. Y el resto ya lo sabes.

—Vale. Entonces, entiendo que he estado jugando contigo, ¿no?

—Sí. Puse una alarma para que me avisara cuando aparecías y tomar el control de Atenea. Pero cuando había algún problema con el juego o con los servidores, como el día de la taberna mozárabe, y me tocaba estar de guardia, la dejaba en modo automático. Bueno, y en las batallas porque yo no soy tan buena jugando todavía.

Aura se paró y lo miró, mordiéndose nerviosamente el labio inferior. Parecía buscar la aprobación de Fran, que no sabía qué pensar. No esperaba que detrás de Atenea hubiera un chica tan menuda y tímida, aunque tampoco esperaba que fuera un bot.

—Lo que no entiendo es por qué no me lo dijiste —dijo él, derrotado.

—Me daba vergüenza. Mis compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar ese proyecto, y me parecía poco profesional contarles que, por las noches, era yo quien jugaba contigo. Hoy, en la comida, me han contado que te iban a escribir y no podía dejarlo así. Ni tampoco decírtelo por escrito. Así que busqué nuestra última conversación, cuando tuve que irme, y encontré el nombre del bar.

Aura y Fran siguieron caminando, en silencio, hasta dar tres vueltas completas a la manzana. Fran aún estaba digiriendo todo lo que había pasado durante los últimos días. En el momento en el que había creído descubrir que la chica que le gustaba no existía, se había sentido vacío, aunque no había querido reconocerlo. Y ahora estaba ahí, a su lado, y toda la complicidad que habían tenido mientras jugaban estaba ahí, pero parecía congelada. Como esperando un gesto, un comentario, un contacto carnal que no aparecía porque no sabían cómo hacerlo llegar.

Cuando pararon frente a la puerta de la cervecería, Fran se sentía tan perdido como cuando aterrizó en el mundo de The last door. Se quedó de pie, frente a Aura, que lo miraba con los ojos muy abiertos. Pensar que detrás de Atenea estaba esa chica bajita, de sonrisa fácil y nerviosa, le parecía un descubrimiento asombroso. Esperanzador. Él le sonrió y se acercó a ella un paso. Ella respondió cogiéndole la mano y guiñándole un ojo antes de hablar.

—¿Puedo acompañarte en tus próximos pasos?

Carla Campos

@SoyCarlaC

tumblr_inline_nlrm2cmZco1scgxmd_250-2

Imagen del videojuego Badland

Con letra de médico

                                                                                             “La medicina es mi raíz, la literatura son mis alas”                                                                                                                                                              David Hilfiker

Los médicos somos famosos por nuestra mala letra. Hoy menos que antes, porque hacemos muchas cosas con las nuevas tecnologías. El ordenador se ha convertido en el santo patrón de los pobres farmacéuticos, condenados en el pasado a ejercer una profesión arriesgada, cuando tenían que enfrentarse a recetas que llegaban al mostrador de sus farmacias en forma de escritos casi esotéricos.

Pero hay médicos que, aunque tienen muy mala letra, son también dueños de una muy buena pluma. Y de eso quiero hablar hoy.

Si consultamos Wikipedia, un médico-escritor es “un médico que escribe de forma creativa en campos fuera de la práctica de la medicina”.

Mis motivos para escribir este artículo

Hace ya tiempo que mi autoestima superó a mi vergüenza, y reconozco, sin ningún problema, que me considero incluida en la categoría de médicos-escritores. Hablo de vergüenza porque hay ocasiones en las que, como cuenta Gabriella Literaria, nos da miedo decir que somos escritores. Ese miedo puede tener relación con dos aspectos: uno, con esa especie de pudor que nace de hacer ostentación de algo, ser escritor, sin que estemos convencidos de nuestro derecho a proclamarlo. Y el otro, con exponer lo que escribimos a los ojos de los demás, sabiendo que nos enfrentaremos a sus críticas. Pero, si dejamos que esa timidez mal entendida nos domine, nos frenaremos para hacer algo que nos atrae: escribir. De modo que, ¡fuera la vergüenza!

Voy a hablaros de dos artes que quiero relacionar porque juegan en mi vida un papel importante: la medicina y la escritura. La primera, me da de comer y la ejerzo por vocación. La segunda se coló en mi vida por la puerta trasera, y ha ido ganando terreno hasta lograr que cada día me la tome más en serio. Sueño con mi jubilación para dedicarme más a ella y, mientras tanto, me matriculo en cursos, participo en este bendito blog, me apunto a retos como escribir 500 palabras todos los días, y cosas así. Hoy, sin ir más lejos, he empezado un curso en la plataforma de MOLPE de Ana González Duque, sobre Twitter. Y como uno de los primeros pasos era completar el perfil, he puesto en el mío lo siguiente: “Médico por vocación y vivo de ello. Escritora por placer y disfruto con ello”. Así. Sin anestesia.

Pese a mi optimismo, todavía no soy famosa. Pero hay médicos-escritores y escritores-médicos. Y a todos quiero rendirles mi pequeño homenaje. Porque se lo merecen. Porque me identifico con ellos. Porque me parece buena idea escribir sobre algo que me gusta.

¿Qué implica poner delante médico o escritor?

En realidad, depende del matiz que le queramos dar. Si optamos por el criterio cronológico, atendiendo a si un personaje ejerció primero la medicina o empezó publicando algo no relacionado con ella, la cosa está clara. Pero, si dejamos a un lado esa clasificación simplista, yo diría que para muchos autores sería aplicable aquello de que tanto monta, monta tanto.

¿Qué lleva a una persona a estudiar medicina?

Si la respuesta no es una sola palabra, “vocación”, mi consejo es que abandone. Pero puede haber más motivos: desde la curiosidad científica por los entresijos físicos y psicológicos que hacen de cada persona un ser único, hasta las presiones o la tradición familiar, el deseo de enriquecerse, o, simplemente, el querer ayudar a los demás. Es el caso del médico sacrificado y altruista que responde a una imagen romántica, cada vez más en desuso. Y cuando digo “en desuso”, me refiero a la imagen en sí, no a que haya disminuido esa clase de galenos. Pienso en mis compañeros de urgencias, que se levantan a las tres de la mañana para ver dos mocos y medio de algún trasnochador que se pasa por allí a la vuelta de una juerga. O en esos otros al borde del divorcio por culpa de mil guardias que los convierten en los eternos ausentes de las fiestas familiares. Estos motivos darían para otro artículo.

¿Qué lleva a una persona a hacerse escritor?

“Escritura” no es una carrera universitaria con límites tan bien definidos como “Medicina”. Como yo llegué a las ciencias bastante antes que a las letras, prefiero no elucubrar sobre los motivos de los demás. El País, en su reportaje Por qué escribo, recoge muchas de las respuestas posibles.

¿Y desde cuándo andan todos revueltos?

Ya en la antigua Grecia, el mítico Apolo era a la vez dios de la poesía y de la medicina. Apuleyo, en su Apología, dice: “También los antiguos médicos habían conocido que los versos eran remedio de las llagas”. Homero y Plinio sostienen la misma tesis, y de ella quedó la superstición de curar por “ensalmos” (psalmo: canto).

La historia sigue repleta de ejemplos. San Lucas, autor de uno de los Evangelios, también era médico. Durante la época de la dominación árabe en nuestra tierra, genios como Avicena y Maimónides dejaron escritos que trascendían con mucho el limitado campo de los tratados médicos. Y, en épocas más recientes, ¿qué me diríais de los médicos poetas del Romanticismo, como Keats o Schiller?

No todo han sido poemas y suspiros. En el siglo XVIII apareció por primera vez, en las baladas góticas, la figura literaria del vampiro. Y saltó al ámbito de la novela de la mano de Polidori (1819), médico personal de Lord Byron, con su obra The Vampyre.

En los siglos XIX y XX, Sir Arthur Conan Doyle aclaraba en su biografía que tuvo mucho tiempo para escribir porque cuando abrió su clínica oftalmológica en Londres ningún paciente cruzó el umbral. Eso le permitió inmortalizar a su personaje, Sherlock Holmes, al que, curiosamente, llegó a odiar. Y si esa historia nos la hubiera relatado Sigmund Freud, otro ejemplo de la dualidad entre el fonendo y la pluma, seguro que lo hubiera hecho desde un punto de vista sorprendente.

Hay muchísimos casos más: Antón Chejov, cuentista excepcional y dramaturgo; William Somerset Maugham, autor de El filo de la navaja; Archibald Joseph Cronin, con La ciudadela y Las llaves del reino; Frank G. Slaughter, escritor de best sellers tanto históricos como de médicos. O el mismísimo Michael Crichton, de todos conocido por su famoso Parque Jurásico.

Entonces, ¿médicos escritores o escritores médicos?

Se suele hablar de médicos-escritores cuando la persona ha ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida, y, solo de forma más o menos ocasional, ha hecho incursiones en la literatura, aunque estas hayan sido brillantes. En esa categoría incluiría a Santiago Ramón y Cajal, o a Gregorio Marañón, por citar algunos. Y escritores-médicos serían aquellos que ejercieron la medicina de manera transitoria, como Pío Baroja, que luego se ganó el pan con el sudor de su pluma.

Hay autores que, en sentido estricto, no responden a este binomio pero a los que no podemos dejar fuera. Margaret Mitchell, autora de una de las novelas más vendidas, Lo que el viento se llevó, tuvo que abandonar los estudios de medicina para cuidar a su madre enferma. Y tampoco terminaron la carrera Henrik ibsen, André Breton, ni James Joyce. Y, visto desde el otro lado, ¿podríamos excluir de la categoría de médicos escritores a Sigmund Freud por no haber escrito una obra teatral, una novela o un poema?

¿Y por qué nace el deseo de mezclar las dos disciplinas?

Pues, sin tener que echar mano de elaboradas encuestas, se me ocurren varias razones.

Entre las más conocidas están las presiones familiares. En hogares con gran tradición de médicos o escritores, puede darse el caso de que uno de sus miembros se sienta obligado a seguir la trayectoria familiar, aun en contra de sus deseos. Carme Riera, premio nacional de narrativa en 1995, confesó en una entrevista: “Yo quería ser médico, pero en casa no me dejaron”.

Otra razón puede ser el simple afán de saber. Es bastante frecuente entre los médicos el interés por temas culturales, intelectuales o filosóficos, que van más allá del ejercicio limitado de su profesión. Tal vez porque el eje de la misma es el hombre, y, por tanto, nada de lo humano les resulta ajeno. Y, por la misma causa, puede ocurrir que escritores con idéntico afán busquen en la medicina respuestas a motivaciones del ser humano que luego puedan plasmar en sus escritos con credibilidad. Poco antes de su muerte, Maurice Maeterlinck, premio Nobel de Literatura en 1911, reconoció que la medicina había sido su vocación frustrada: “La medicina es la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”.

El aura romántica es otro punto en común de las dos profesiones. Es fácil imaginar a un médico sensible que quiera expresar por escrito sus vivencias, porque la medicina es una profesión donde el contacto humano va de la mano con el dolor, la muerte, la sexualidad, el sufrimiento o la soledad. Y, si lo pensamos, todas esas vivencias son fuente de inspiración para muchas obras literarias. Y en el otro caso, el de los escritores, un joven con vocación poética, que necesite ganarse la vida de otra manera, posiblemente elegirá ser médico antes que ingeniero o que otras profesiones desprovistas de esa aureola de servicio y entrega a sus semejantes que acompaña a la medicina vocacional.

Ahora quiero ir de lo general a lo concreto, y hablar de uno de mis motivos: la satisfacción personal. Viene a colación el ejemplo de Chéjov, y la respuesta que le dio a su editor cuando le pidió que se consagrara por completo a la literatura y abandonara la medicina: “La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra… Si no tuviese mis ocupaciones médicas, difícilmente podría dar mi libertad y mis pensamientos perdidos a la literatura”.

Parte de esa satisfacción que siento procede de la evasión que me supone escribir. Si bien es cierto que esta necesidad no es exclusiva de los médicos, mi profesión requiere a diario un contacto continuo con mis semejantes en circunstancias poco habituales. Además, me exige tomar decisiones que implican responsabilidades morales, más allá de las puramente asistenciales, que tendrán repercusión sobre unas personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad.

La vida me ha enseñado que la medicina es una batalla que siempre se pierde, pues, en último extremo, nadie puede vencer a la muerte. No quiero que se confunda esta afirmación con un sentimiento de derrota. Encontramos la felicidad en las pequeñas batallas, en las que ganamos día a día. Pero no podemos alcanzar el resultado deseado en todas las ocasiones. Por eso, cuando escribo, me desquito de mis frustraciones, puedo domesticar mi pena y convertir mi impotencia en un acto de creación. Y encuentro en las palabras un refugio ante la inmensidad de lo desconocido, de lo que me supera, de lo que me duele en un momento dado.

Tal vez me haya puesto demasiado trascendente. O tal vez podáis reprocharme que me he limitado, dentro del campo sanitario, a los médicos. Pero si pensamos que Ágatha Crhristie, autora e inventora de mil formas de matar, era enfermera, me perdonaréis por no extender mis reflexiones a esos compañeros.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. João Silas

La noche de las hadas

En el horizonte se podía ver cómo el día se escondía entre las montañas. El césped se oscureció y las flores cerraron sus pétalos cuando la sombra de la noche se posó sobre ellas. La oscuridad duró solo unos segundos. De repente, el cielo se llenó de cocuyos que iluminaron el jardín.

Valeria daba saltos alrededor del árbol de las hadas. Hacia giros infinitos con sus brazos extendidos y sonreía sin parar. Corría de un lado para otro en busca de los capullos que traerían a las nuevas hadas. Su figura mediana destacaba por todo el jardín y la gracia de su danza hacía más cálida la noche. Estaba lista para recitar las palabras y rociar sobre los capullos el polvo mágico. Recostada sobre un árbol, su madre la miraba con una sonrisa serena y el corazón hinchado de amor. Su pequeña, de ojos castaños y pelo lacio hasta la cintura, le robaba el aliento.

–1, 2, 3, 4… –recitaba Valeria mientras movía sus dedos.

–¿Qué haces, hija? –preguntó Amatista mientras se acercaba a ella.

–Contar.

–Y, ¿qué estás contando?

–Cuantas hadas van a nacer esta noche.

–Y, ¿por qué las cuentas? –le preguntó su madre respingando la nariz.

–Por favor, mamá, sabes que puedo pedir un deseo por cada hada que nazca esta noche. Así que quiero saber cuántos deseos me van a conceder.

Amatista le acarició el cabello y la apretó entre sus brazos. El aullido de los lobos despertó a las aves que descansaban en las copas de los árboles y el revoloteo de sus alas agitó las hojas, que danzaron en el cielo. Una densa bruma flotaba sobre el jardín. Había llegado el momento.

Valeria cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Se sacudió el vestido y se arrodilló frente al árbol de los capullos. Amatista tarareo una canción que alertó a todos los seres mágicos del jardín. En un instante, estaban rodeadas de toda clase de criaturas.

img_2765

–Puedes empezar, hija –dijo Amatista, mientras le ponía la mano en el hombro para animarla.

Valeria miró a su madre y le regaló una sonrisa. Inhaló y exhaló el aire con fuerza y el corazón se agitó dentro de su pecho. Estaba emocionada y, al mismo tiempo, se sentía asustada. Era la primera vez que tenía a cargo la noche de las hadas. La bruma fue adquiriendo un tono violáceo y Valeria suspiró. Abrió sus brazos en posición de oración y pronunció las palabras.

–Una vida en esta tierra, una tierra para esta vida. Nacimos en la oscuridad, descansaremos en la luz. Universo, espacio, tiempo; vivimos para servir.

Valeria esparció el polvo mágico sobre los capullos y se fueron abriendo uno a uno ante los ojos de las criaturas. De cada brote floreció un hada y todas volaban en el jardín agitando sus alas multicolores. La noche se volvió día y el rocío de la mañana trajo consigo un nuevo amanecer.

Doce hadas abrieron sus ojos a la vida. Después de recorrer todos los rincones del jardín, se pararon enfrente de Valeria y, con una reverencia, se pusieron en fila para concederle sus deseos. Cuando la última de las hadas chasqueo sus dedos, Valeria sintió cómo unos labios tibios y húmedos se acercaban a su mejilla.

–Abre los ojos, dormilona, es hora de ir a estudiar –dijo Amatista mientras le daba un beso a Valeria.

–Mamá, acabas de arruinarme un sueño maravilloso.

–¿Estás segura de que fue un sueño?

Mónica Solano

Imagen. Alejandro Uribe 

 

 

 

A Clara Fuertes por su Agua de limón

–¡Camarero, por favor, otro vaso de agua de limón, cuando pueda!

–Querrá decir otra Fanta, ¿no? –me contestó mientras limpiaba la mesa con un paño y echaba una ojeada al libro que tenía allí, junto a mi café–. Perdone que me meta donde no me llaman, pero ha debido de confundirse con el título de ese libro.

Su repuesta me devolvió a la realidad. Acababa de leer Agua de limón, una novela de Clara Fuertes, que me había dejado un regustillo ácido y la cabeza un poco revuelta.

–Quería decir un botellín de agua del tiempo –le respondí.

Vi cómo se alejaba, pero dejé de prestarle atención porque seguía con mi pensamiento en la novela. Al cabo de un rato anoté en mi cuaderno:

“En Agua de limón, Clara, el alter ego de su autora, de adulta escribe las memorias que le contó su abuela Magui cuando ella tenía once años. Y las completa con lo que investigó por su cuenta y con lo que les oyó a su otra abuela y a su madre. Este libro, además de unas memorias, es la saga de una familia y la historia de un gran amor. Los amores de Magui y Agustín, en una Zaragoza sacudida por la Guerra Civil, nos recuerdan a los de Agustín y María en la Zaragoza de Galdós”.

Las memorias de una niña

Mientras me disponía a escribir este artículo y elucubraba sobre cómo puede reconstruir sus memorias una niña pequeña, me vinieron a la mente los casos de tres de mis alumnas.  Natalia Sanmartín, una niña de la guerra, que a los setenta y siete años escribió sobre su infancia. Su hija, Consuelo Peláez, que matizaba las palabras de su madre. Y Clara Fuertes, que en una novela suya evoca unas conversaciones con su abuela a los once años.

La clave me la dio Natalia: “Dado lo pequeña que yo era cuando ocurrieron los sucesos, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo”. A lo que Consuelo apostillaba: “Los recuerdos de mi madre están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años. Y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, puso para que algunos episodios permanecieran vivos en su memoria”.

He traído a colación a Natalia y a Consuelo porque comparten vivencias y puntos de vista con Clara. En las primeras páginas de Agua de limón leemos: “Con la madurez intenté poner sobre el papel su memoria y unirla a otros retazos que había escuchado a Francis, mi otra abuela, que fue de gran longevidad. Y, con todo ello, recuerdos, preguntas, la ayuda de mi madre y una gran dosis de imaginación pude, por fin, entender sus susurradas palabras” (p. 21). Y en una entrevista decía: “Cuento las vivencias de mis abuelas maternas, a través de su memoria personal y de la memoria histórica colectiva. El pasado volvió y se hizo presente”.

Agua de limón, como las memorias de Natalia, también podríamos inscribirla en el programa de amarga memoria,  por la recuperación de la memoria histórica. Y en el de maternidades robadas, por esas mujeres solteras, tías-madres, tías-abuelas, que Unamuno inmortalizó en La tía Tula. “Tu madre nunca me llamó mamá. Para ella fui siempre Magui, como lo soy para ti y para todos tus hermanos. Un apéndice, siempre a la sombra en la vida de tu abuela Francis, alguien con quien ha tenido que compartir el amor de los suyos. No tuve el título oficial de madre, ni lo tengo ahora de abuela” (p. 270).

Desde el punto de vista de las criadas

A partir de unas conversaciones entre una abuela y su nieta, se va desentrañando una tormentosa historia, familiar y personal, desde los comienzos del siglo XX hasta la posguerra. “El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva. (p. 95). Clara Fuertes, con gran habilidad narrativa, va tejiendo un complejo tapiz en el que las historias de los personajes se mezclan con la de Sabinas de Ebro, un pueblo ficticio en la ribera baja del Ebro, Zaragoza, Aragón, España y Europa. “Sabinas era un lugar irreal, como el viento que pasa silbando entre las ramas, me evoca un desgarro silencioso, la felicidad de un instante que todavía sueña con palabras eternas… no me hagas mucho caso, cariño, son desvaríos del corazón, encendidos por la nostalgia” (p. 37). Es una búsqueda de la verdad colectiva y de la verdad personal. Y se sirve de los recursos y géneros que le permiten alcanzar su objetivo con mayor acierto.

Todo está expresado desde el punto de vista de unas mujeres que estaban condenadas a salir de los pueblos para trabajar como criadas en las casas de los ricos que vivían en las ciudades. “Madre, recomendadas por el cura del pueblo, don Emilio, tuvo que colocar a mis dos hermanas mayores en el servicio, en la capital: Zaragoza. Tuvieron mucha suerte: bonitas, trabajadoras, no tardaron en encontrar familias acomodadas que las acogieran. Fátima se convirtió en la cocinera de una familia que vivía en el paseo de la Independencia, un matrimonio sin hijos, dueños de una empresa floreciente de corsés en Zaragoza, y Francis pasó a ser la sirvienta de una familia con varios hijos” (p. 43). Y, más adelante, declara con amargura: “Madre decidió que yo debía ocupar su lugar de sirvienta en la ciudad. Su determinación me dejó sin palabras; fue tajante. No tuve argumentos para rebatir” (p. 82).

El discurso de una mujer rota

La novela está planteada como un diálogo entre Magui y Clara. Pero pronto percibimos que la presencia de la niña es una excusa para llegar a una confesión liberadora. “Solo son memorias de una anciana que ha olvidado por un momento que eres una niña” (p. 147). Magui necesita contar su verdad para poder morir en paz. “Vine solo porque necesitaba saber que lo nuestro había sido de verdad… ¡Ahora puedo partir tranquila!” (p. 295). Necesita reconstruir y dignificar su pasado, que se ha convertido en una pesadilla: “Mi familia se estaba deshaciendo como el incienso recién encendido, lentamente, dejando a su paso solo cenizas” (p. 133).

Sabe que su discurso está roto: “De nada sirve revolver el pasado… Nunca termina de irse el ayer, y la reconstrucción de los pasajes de tu vida es un reflejo imperfecto de ella, una sensación incómoda de entender lo incomprensible, sobre todo cuando la travesía ha sido al revés. ¡Pero nada! El ayer sigue allí, inacabado, ahogándote, a la deriva (…) Un recuerdo se manifiesta de forma diferente cada vez que lo evocas. Entonces, si ya ocurrió, ¿por qué continúa poniéndolo todo patas arriba?, ¿por qué te atraviesa de arriba abajo el revoltijo de tu vida” (p. 95). Pero insiste: “Mi puzzle hacía tiempo que no encajaba, las piezas se estaban perdiendo por el camino y no conseguía reunir fuerzas para recomponerlo” (p. 139)

Toda la novela es un diálogo que brota desde las entrañas. “Comencé a escribir un diario. En él hablaba de mi infancia, de la huella fantasiosa que se forma en los primeros años de tu vida, de cómo marca el territorio en el que te ha tocado vivir, los juegos que han alimentado tus tardes; recuerdo que para padre yo era la niña de sus ojos… Escribí también sobre Sabinas, mi río y mis olvidadas amigas, ¿acaso habían existido alguna vez? Escribía porque no quería olvidar nada, porque la nada me acompañaba demasiado pegada al cuerpo y solo anhelaba ahuyentarla, vivir, sentir” (p. 145).

La confesión, como en las tragedias, solo llega al final: “Hasta este verano no creí que sería capaz de contarle a nadie mi historia como lo estoy haciendo contigo. Es mejor que escribir un diario, Clara, mucho más liberador. Sé que no entiendes ahora mismo muchas de las cosas que te cuento, pero todas ellas se quedarán grabadas en tu mente, y cuando menos te lo esperes, algún día, saldrán a la luz”. (p. 223).

Con una trama trepidante

Clara Fuertes se revela como una gran prestidigitadora en el arte de la composición narrativa. Responde a los patrones de las novelas clásicas en los que un personaje testigo recupera los acontecimientos. Clara, un heterónimo de Clara autora, reconstruye los acontecimientos después de la muerte de su abuela. Recuerda las conversaciones que mantuvieron durante las siestas de un verano, en las que la abuela se esforzó en organizar los hechos de forma cronológica. Pero la escritora se encarga de introducir los puntos de giro y las tramas secundarias que atraen la atención y el interés del lector.

Desde el principio hasta el final, mantiene la intriga, que no decae en ningún momento. Y ahí radica su gran habilidad, en saber mantener atrapado al lector hasta el último párrafo.

Cuando acabamos la lectura, el ritmo vertiginoso nos ha dejado exhaustos y con la garganta seca. Es el momento de recobrar el ánimo con un vaso de agua de limón bien azucarada.

Clara Fuertes (2014): Agua de limón (Basada en una historia real), primera edición, Éride ediciones. Desde la segunda edición de 2015, está disponible solo en Amazon.

Imágenes de la autora.

Carmen Romeo Pemán

2014-microrrelato-ganador

Tal vez mañana

Mocade se viste hoy de gala para dar la bienvenida a una amiga muy querida en nuestro “Pido la Palabra”. Conocimos a  Eva Escobar en una escuela de escritura on line hace algo más de dos años. Llegó allí igual que nosotras cuatro, dispuesta a cumplir un viejo sueño que arrastraba desde la infancia. Con los veinticuatro relatos de aquellos dos módulos ha publicado un libro dedicado a sus padres. Aunque el esfuerzo la dejó exhausta, el virus literario seguía ahí. Y, fruto de una maravillosa reactivación, nos ha regalado hoy esta preciosa historia. Que no sea la única, Eva. Vuelve a visitarnos cuando quieras….

…Tal vez, mañana.

Carmen, Carla, Mónica y Adela

La noticia le había llegado a través de un correo electrónico. No pudo terminar de leerlo. Apagó la pantalla del ordenador, sacó la cazadora del armario y salió sin despedirse.

Anochecía. A esas horas la avenida estaba casi vacía. Una pareja paseaba por la otra acera. Apenas pudo oír el rumor de su conversación. Delante de él, un hombre tiraba de la correa de su perro y daba monótonas caladas a un cigarro. Pensó que alguien los estaría esperando en casa.

Agachó la cabeza y aceleró el paso. El aire frío, cargado de humedad, le vendría bien para despejarse después de haber pasado el día entero encerrado en su habitación.

Decidió dar un paseo por la playa, como acostumbraba a hacer por las tardes al salir de la oficina, antes de quedarse sin trabajo.

Mientras caminaba, volvió a repasar los hechos que lo habían llevado a esa situación. Vivía con un chico con el que solo tenía en común un contrato de alquiler. ¿Qué le importaban a él sus problemas? Su única diversión era salir los sábados a recorrer los bares de la ciudad y después pasar la semana entera recuperándose de la resaca.

Al principio, cuando su mujer y su hija se fueron, dominaba la situación. Estaba todo el día ocupado con su trabajo, sin pensar en nada más. Los problemas empezaron cuando lo despidieron, hacía ya más de un año. Le dijeron que se trataba de un ajuste de plantilla provocado por la fusión de su banco con otra entidad y, de la noche a la mañana, se vio en la calle. A partir de ese momento no supo qué hacer con tanto tiempo libre. Veía a Silvia y a Clara por todos los rincones de la casa.

Tuvo que buscar un compañero para poder pagar los gastos de un piso tan grande. Después de dar muchas vueltas, encontró a Jaime, un recién licenciado que acababa de llegar a la ciudad, contratado por una empresa puntera en tecnología. No tenía ninguna queja de él, cada uno hacía su vida sin meterse en la del otro. Al principio, Jaime lo había convencido para acompañarlo en alguna de sus escapadas nocturnas, con la excusa de que necesitaba a alguien que le enseñara la ciudad. Pero enseguida se cansó de ir de un local a otro y de tropezarse con personas a las que encontraba vacías. Además, no le sobraba el dinero para gastarlo en tonterías. Bastante tenía con mendigar un puesto de trabajo en las puertas de sus antiguos clientes.

Sumido en esos pensamientos había llegado hasta el paseo marítimo. Se paró un instante. El mar estaba agitado y las nubes, teñidas ahora de un gris oscuro, se acumulaban en el horizonte.

Dos niños corrían hacia la playa detrás de un balón. Al pasar a su lado uno de ellos le dio un empujón. Pedro se giró hacia él y le increpó. El niño se dio la vuelta, lo miró asustado y salió corriendo hasta donde estaba su amigo. A lo lejos, asomadas a la barandilla del paseo, sus madres los vigilaban. “¡Malditos niños maleducados!”, se dijo.

Emprendió de nuevo el paseo. Pensó que en ese momento podría estar sentado en el sillón del salón mientras Clara y Silvia veían en la televisión ese concurso que tanto las gustaba, que consistía en adivinar canciones a partir de las pistas que iba dando el presentador. ¡Qué nerviosas se ponían cuando intentaban adelantarse a la respuesta del concursante! Su hija Silvia trataba de persuadirlo de que jugara con ellas, pero él siempre tenía algo que hacer. Cuando estaba en casa aprovechaba para poner al día su correo o para preparar alguna presentación importante. Ya le hubiera gustado poder jugar con su hija como lo hacía Clara. Pero su trabajo no le permitía esos lujos. Se movía en un entorno muy competitivo y tenía que estar siempre superándose a sí mismo

Desde hacía un tiempo le venían a la cabeza situaciones cotidianas a las que antes no había prestado atención. Había empezado a sucederle meses atrás,  desde una noche en la que se despertó sobresaltado, abrió los ojos y vio la imagen de Silvia. Llevaba el delantal puesto y la cara y las manos pringadas de masa de croqueta. No tendría más de cuatro años. Él entró en la cocina a coger algo de la nevera y le hizo tanta gracia verla así que fue corriendo a buscar la cámara de fotos.

Al día siguiente, cuando se levantó, se fue directo al ordenador a buscar aquella imagen. Le llevó un buen rato encontrarla entre todas las carpetas que Clara había ido guardando. Se pasó el día entero mirando fotos. Allí estaba toda su historia familiar, ordenada por años y por acontecimientos, desde los primeros veraneos en la playa, cuando Silvia era pequeña, hasta la última comida en un restaurante, pocos días antes de que ellas se marcharan. No podía creer que todo hubiera transcurrido tan deprisa. Clara siempre le estaba pidiendo que imprimiera las fotos y las ordenara en álbumes pero, por una cosa u otra, él lo había ido posponiendo.

Estuvo muchas horas delante de la pantalla preguntándose si no habría alguna manera de rebobinar su vida, de situarse de nuevo detrás del objetivo de alguna de esas imágenes, incluso de aquellas que no había tomado él porque ni siquiera estuvo presente.

Sintió rabia cuando a Clara le dieron la beca Fulbright. “Pide un permiso y vámonos los tres juntos. Dentro de un año podemos volver”, le dijo. No podía dejarlo todo y marcharse sin más a Estados Unidos. Le  había costado mucho esfuerzo alcanzar su posición.

Cuando a Clara se le terminó la beca le ofrecieron un puesto en una universidad de allí. Lo llamó. Volvió a pedirle que se fuera con ellas. Pero no era el momento. Estaba intentando recuperar su trabajo. Incluso existía la posibilidad de que le ofrecieran un puesto mejor.

Ahora acababa de enterarse de que ya no estaban solas. Había alguien más en la vida de Clara.

Sin darse cuenta había llegado al final del paseo. Lloviznaba. Las olas batían con fuerza contra las rocas. Sobre una de ellas, recortada contra el horizonte, pudo distinguir la silueta de la escultura.

Se subió al muro. Miró hacia abajo. Todo estaba oscuro. Sintió la ropa mojada y el viento frío que le agitaba el pelo. Un paso hacia adelante y todo habría terminado. Entonces, sin saber por qué, le vinieron a la mente los versos del escultor. “Los ojos para mirar. Los ojos para reír. Los ojos para llorar… ¿Valdrán también para ver?”

Se dio la vuelta, se bajó del muro y volvió a casa. Al día siguiente contestaría al correo, tal vez todavía estaba a tiempo, tal vez aún no era tarde para marcharse.

Eva Escobar

Imagen: Eva Escobar

¡Gracias, Eva! En este rincón tendrás siempre un lugar donde escribir. 

Un abrazo de tus cuatro amigas de Mocade.

La niña de plata y el niño de oro

–Abuela, no quiero acostarme –El pequeño se removía en la silla de la cocina mientras la anciana terminaba de recoger los platos de la cena.

–Pues hay que dormir, Pedrito.

–¡Pero es que por la noche tengo pesadillas! ¡La noche es mala!

–Y el día también, hijo. ¿O qué te crees? –La abuela colocó un plato y se acercó para darle un beso en la frente–. De noche y de día ocurren cosas malas y buenas, aunque no siempre ha sido así.

–¿Ah, no? ¿Y cómo era antes, abuela?

–Verás, la historia que voy a contarte pasó hace tanto, tantísimo tiempo, que la Tierra era solo una enorme bola marrón hecha de piedras y rocas donde no había ninguna clase de vida. No hacía ni calor, ni frío. No tenía luz ni color. Ni siquiera existían las estaciones. Pero había un planeta donde las cosas eran muy distintas. Estaba gobernado por un rey que se elegía cada doscientos años entre los pocos niños nacidos en ese tiempo.

–¿Doscientos años, abuela? ¡Eso es muchísimo! ¿Y por qué nacían pocos niños?

–Verás, tesoro, en Argengold, que así se llamaba el planeta, ese tiempo era casi como un suspiro. En realidad, nacían muchos niños, pero el rey se elegía solo entre los que eran de raza homain. Y esos eran los menos numerosos del planeta. Los homain eran muy sabios, pero no tenían poderes mágicos como el resto de los habitantes. Porque en Argengold había magos, druidas, dragones, y muchas, muchísimas más criaturas.

–¡Pero, abuela, eso no mola nada! ¿Un rey sin poderes? ¿En medio de tantos súper héroes? –Pedrito pensó que su abuela había olvidado parte del cuento. “¡Menudo rollo!”, pensó, aunque no lo dijo para no herirla.

–Pues sí, mira, y todos tenían sus motivos para querer que el rey fuera un homain. Porque cada vez que alguno de otra raza se había alzado con la corona, el reino había terminado envuelto en mil batallas. Solo los homain lograban mantener la paz entre tantas criaturas diferentes. Pero, en la época en la que transcurre mi historia, el rey enfermó sin que nadie supiera el motivo, y eso que solo llevaba cien años de reinado. Y todos los súbditos estaban muy preocupados.

–¿Y qué tenía?

–Estaba enfermo de melancolía, porque la ley obligaba al rey a dejar de relacionarse con los suyos. Podía contraer matrimonio con cualquier mujer, con tal que no fuera una homain.

–¡Vaya tontería! ¿Por qué tenían esa ley? ¡Sería más fácil que se casaran entre ellos y que sus hijos fueran luego los reyes! –Pedrito achicó tanto los ojos, que parecía un chino. Decididamente la abuela se estaba despistando un poco–. ¿Estás segura, abuela? Mira que en los demás cuentos siempre ocurre así.

–Y así había sido en Argengold al principio de los tiempos. Pero no todos los príncipes homain fueron buenos en el pasado, y por eso el consejo decidió que los lazos de sangre no debían influir en la elección de los reyes. Y si la reina también hubiera sido homain, siempre existiría el peligro de que quisieran pasar el trono a sus hijos, aunque hubiera otro mejor para sucederlos.

–¿Y por eso estaba triste el rey?

–Sí. Porque el rey de mi cuento amaba a una homain y cuando lo eligieron tuvo que renunciar a ella. La víspera de su coronación, se reunieron por la noche para despedirse, y ella le regaló un huevo de mil colores como prueba de su amor.

–¡Seguro que era mágico, abuela! –La cosa empezaba a ponerse interesante para Pedrito–. ¿El huevo tenía poderes?

–Sí y no. La muchacha le contó que de ese huevo nacería un dragón azul. Si ella alguna vez dejaba de amarlo, el color cambiaría a amarillo. Pero si ella moría antes que el rey y lo seguía amando, el dragón se volvería rojo porque su pasión perduraría hasta en el más allá. Cuando terminó la ceremonia de la coronación, el rey descubrió que a los pies de su cama lo estaba esperando un pequeño dragón del color del cielo. Eso mantuvo su corazón latiendo los primeros cien años, pero un día el dragón se volvió rojo y el monarca empezó a languidecer porque el rostro de su amada se iba borrando de su memoria.

–¡Qué pena! –Pedrito suspiró–. ¿Y qué pasó entonces?

–El consejo decidió que había llegado el momento de que el rey tomara esposa. Se enviaron heraldos a todos los rincones del reino y en la fecha señalada se presentaron muchas mujeres para probar suerte. Entre ellas había una maga que deseaba ser reina sobre todas las cosas. Tenía el poder de leer los corazones, pero ese poder desaparecería el día en que naciera su primer hijo. La maga aprovechó su don para leer en el corazón del príncipe y adivinó su secreto. Al amparo de la noche se acercó a la cueva de uno de los druidas del reino y robó una poción mágica. Quien la tomara, vería el rostro de su amada en la persona que se la diera a beber.

–¡Pero eso es un engaño, abuela!

–Yo también lo creo, Pedrito. Pero la maga ofreció al rey una copa cuando le tocó presentarle sus respetos, y el hechizo funcionó. El monarca creyó que su amada había encontrado el modo de regresar a él, y eligió a la maga como esposa. La boda se celebró por todo lo alto y, al cabo de un año, la reina se quedó embarazada. No le importó perder su don, porque ya había hecho realidad su deseo de reinar. El pueblo recibió la noticia con mucha alegría, y la felicidad fue aún mayor cuando dio a luz dos criaturas maravillosas: una niña de plata y un niño de oro.

Pedrito esta vez ni siquiera se acordó de interrumpir. ¡Una niña de plata y un niño de oro! Eso sí que no lo había leído antes en ningún cuento. La abuela terminó de guardar los cacharros, y se llevó las manos a los riñones.

–Estoy cansada de estar de pie tanto rato, hijo. Si quieres oír el final te lo contaré en tu cuarto. Pero solo si te metes en la cama y dejas que yo me siente en la mecedora.

El niño se levantó de la silla con un salto, y cuando la abuela entró en el dormitorio solo vio la cabeza entre el embozo y la almohada. Arrimó la mecedora a la cama, se sentó y siguió hablando.

–En todo el planeta solo hubo una persona que no se alegró por el nacimiento de los niños: el druida al que la maga le había robado la poción. Porque lo que ella no sabía era que el druida preparaba también encantamientos para descubrir a los ladrones.

–¡Qué listo!

–¡Claro que era listo! ¡No era fácil llegar a ser druida en Argengold! La poción que la reina había robado también tenía la virtud de hacer que quien la bebiera tuviera dos hijos: uno de oro y otro de plata. Y, desde que descubrió el robo, el druida había estado atento a cualquier noticia sobre un nacimiento así. Imagínate cómo se quedó al descubrir que la ladrona había sido la reina.

–¿Y qué hizo entonces, abuela?

–Empezó a preparar su venganza con mucho tiempo. Los niños siempre estaban juntos, y crecieron bastante consentidos porque todo el mundo los adoraba. Nadie les negaba nada, y podían quitar cualquier juguete a cualquier niño sin ser castigados, o tirarle de las barbas a sus tutores sin que sus padres les riñeran por ello. Por fin, el día del décimo cumpleaños de los niños, el druida encontró la ocasión que tanto había esperado. Al llegar a esa edad era tradición hacer una celebración especial, así que el rey y la reina invitaron a todo el pueblo a un gran festejo. El druida, con ayuda de uno de sus bebedizos, adoptó el aspecto de una amable viejecita y acudió a la fiesta. Ofreció un libro lleno de hermosas historias como regalo para los niños, y esperó. Vio cómo acercaban sus caritas a las imágenes y cómo se les abrían los ojos cuando empezaron a leer y descubrieron que los relatos no tenían escrito el final. Entonces fueron corriendo a decírselo a su padre, que hizo llamar a la viejecita. Y cuando la tuvo ante él, le pidió que se quedara a vivir en palacio para ayudar a cuidar a sus hijos y para que les fuera contando el final de todas las historias.

–¡Ay, abuela! ¡Esto se pone interesante!

–Y que lo digas, Pedrito. Y aún se va a complicar más. El druida se comportaba siempre como una viejecita inofensiva y cariñosa, y no le costó trabajo ganarse la confianza de los niños con las historias que les contaba. Mira, el cuento preferido de los niños, el que más les repetía la falsa ancianita, era uno que decía que podrían tener todo lo que quisieran si se bañaban en sangre de dragón. Y el único dragón que los niños conocían era el de su padre.

–¡Abuela! Pero los niños no se creerían eso de que bañarse en sangre de dragón… –la abuela levantó las cejas y apretó los labios por toda respuesta, y Pedrito se llevó las manos a la cara–. ¡No vayas a decirme que…!

La abuela suspiró, y ladeó la cabeza.

–Eres muy listo, Pedrito. La vieja convenció a los niños de que todos los dragones tenían sangre de sobra, y no pasaba nada por quitarles un poquito. Ellos lo creyeron y entonces les dio otra de sus pociones para hacer dormir al dragón.

–¡Pobrecito dragón! ¿No sospechó nada?

–No, porque era bueno y no desconfiaba de los hijos de su amo. Después de desayunar, cuando el dragón se quedó dormido, le hicieron dos grandes cortes en sus alas y empezaron a recoger la sangre.

–¡No, abuela! ¡No quiero que al dragón le pase nada! ¿Es que los niños no lo querían? ¡Yo nunca le hubiera hecho algo así!

–No sabría decirte. Supongo que lo querrían, pero recuerda que eran muy caprichosos y mimados. Se entretuvieron llenando las botellas y no se dieron cuenta de que el dragón se iba quedando completamente blanco.

–¡Abuela!

–¿Ves? Era de día, y ocurrió algo malo.

–Pero yo no quiero que muera el dragón. ¿No había una magia para hacerlo resucitar?

–Sí y no. Si dejas que termine el cuento, lo sabrás –Pedrito apretó los labios y abrió los ojos, y la abuela siguió con el relato–. El druida consiguió así llevar a cabo su venganza por el robo de la poción. Porque para romper el hechizo del filtro de amor que la reina había robado, hacía falta que dos inocentes mataran a alguien a quien el enamorado quisiera con toda su alma.

–¡Pobre rey! Perdió lo único que le quedaba de su amiga.

–Así fue. Imagínate cómo se puso al darse cuenta de lo que habían hecho sus hijos. No daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Su amigo, su dragón, se había vuelto blanco del todo y yacía en un suelo lleno de sangre! “¡Qué habéis hecho!”, gritó. Los niños, asustados por las voces de su padre, empezaron a llorar y a chillar. La reina, al oír la algarabía, entró corriendo en el salón. Cuando el rey miró a su esposa, se encontró con el rostro de una desconocida. ¡El encantamiento se había roto! Entonces comprendió que la reina lo había engañado, y montó en cólera.

–¡Sigue hablando, abuela! Este cuento se complica cada vez más. ¡Quiero saber cómo acaba!

–En Argengold, el crimen estaba castigado con la muerte. Pero el rey no tenía corazón para ordenar ejecutarlos, así que cambió el castigo por el destierro. Pero a su pueblo, el castigo le pareció suave. Con el tiempo los caprichos de los niños se habían ido volviendo peores. Mandaban quemar cosechas solo para ver danzar las llamas, o desviar el curso de un río para llenar un estanque donde bañarse solo una o dos veces. Todos protestaron porque sabían que los niños serían felices si estaban juntos. Entonces el rey demostró una vez más que era sabio. Llamó a un mago y le ordenó que hiciera un hechizo con sus hijos.

–¿Qué clase de hechizo, abuela?

–Le pidió que enviara a los niños a una enorme roca que flotaba en los límites de su universo. Y que los transformara en una bola de oro y otra de plata. Y que los condenara a moverse en círculos, sin llegar a encontrarse jamás. El mago cumplió la orden, y los envió a este mundo, y aquí les pusimos nombre. Los llamamos sol y luna, y por eso cuando uno sale, el otro se oculta sin que lleguen a coincidir. La reina, al ver lo que había conseguido con sus malas artes, lloró arrepentida y el llanto llegó hasta donde estaban los niños, y mojó la roca, y empezaron a crecer plantas y flores, y el planeta cobró vida. El rey hizo construir en la torre más alta de su castillo un nido de mármol, y allí depositó a su dragón para que nadie olvidara lo que había sucedido. Y cuando los vientos soplan fuerte en Argengold, algunas escamas del dragón llegan hasta aquí convertidas en nieve.

La abuela se levantó, arropó a Pedrito y puso junto a él en la almohada un dragón de peluche de color blanco. El niño se abrazó a su muñeco y bostezó.

–Abuela. Te quiero mucho. Buenas noches.

La anciana besó al niño en la frente, y salió apagando la luz.

Adela Castañón

1453080224cdba63

Imagen: Whatpadd

Worldbuiling, sociedad y estereotipos: vida y literatura

Analizar la sociedad y el comportamiento de las personas que la forman es uno de mis entretenimientos favoritos. Además de intentar entender mejor al ser humano, cosa que me fascina, me sirve para mi día a día y, también, para reflejarlo en mis relatos.

Hay muchas maneras de enfrentarse a este estudio, como por ejemplo de forma individual, entendiendo al sujeto como un producto de la sociedad y de su mundo, o bien examinando un subgrupo de personas con las mismas características.

Si hacemos el análisis individuo a individuo hemos de tener en cuenta que cada uno de nosotros somos producto de nuestra experiencia personal y de los inputs que recibimos. Por un lado, nuestra forma de ser se ve influenciada de manera local por la familia y los círculos cercanos o, incluso, por el barrio en el que vivimos. No es lo mismo nacer en una barriada obrera de Madrid que en el barrio de Salamanca. Por otro lado, la cultura y la sociedad también nos influyen. Además, la televisión y el cine ha hecho que la cultura anglosajona se imponga sobre otras locales. Como ejemplo, tenemos el desplazamiento de la festividad de Todos los Santos por Halloween, celebración que nos ha llegado gracias a películas y series norteamericanas.

Si estudiamos subgrupos de personas, hacemos de la estadística una norma. Me refiero a que la estadística nos da una serie de reglas que pueden aplicarse a todo un conjunto de personas como, por ejemplo, que quienes viven en el barrio más caro de la capital tienen buenos sueldos. De ese modo, proyectamos sobre todo el colectivo criterios e incluso vivencias que suponemos que las hacen ser como son. Así, podemos creer que quienes tienen un nivel de estudios bajos suelen ser los que, también, tienen salarios inferiores. O que los escolares cuyos padres tienen estudios universitarios también los tendrán en el futuro.

Análisis de la sociedad y worldbuilding

Si queremos escribir desde una corriente literaria como el realismo mágico, thriller o romántica, solo hay que pensar en lugar y una época del mundo para ubicar tu historia.

En cambio, cuando escribimos fantasía, una vez que tenemos el tema sobre el que queremos escribir y los personajes con los que llevaremos la trama, llega el momento del worldbuilding. Este palabro anglosajón, unión entre world, mundo, y building, construcción, recoge un proyecto muy interesante: crear un mundo con una cultura, economía, religión y geografía en el que se desarrolla la historia. Es importante porque este mundo, como decíamos antes, creará la sociedad que dará forma a las maneras de pensar y actuar de los personajes. Esta configuración del mundo, sumada a los arquetipos que nos explicaba Mónica en un excelente artículo, hará creíbles las metas, las ideologías, las manías y los problemas de nuestros seres de ficción.

El mundo como inspiración para el worldbuilding

Creo que no hay ningún escritor de género fantástico que no se haya inspirado en la historia de la Tierra para crear sus relatos. Si pensamos en R. R. Martin y su conocido Juego de tronos, cuyo muro es la versión helada y gigante del Muro de Adriano, o en las culturas celtas y nórdicas en las que se basó Tolkien para hablar de los elfos o la Tierra Media.

En realidad, no hace falta irse a los libros de fantasía. Rebelión en la Granja, un libro donde los protagonistas son animales, fue la respuesta de George Orwell al comunismo. En Un mundo feliz, Aldus Huxley exageró los rasgos de la sociedad de los años 30 para crear una novela distópica que pone los pelos de punta.

El peligro de caer en el estereotipo lógico

Como decíamos, nos podemos inspirar en la Tierra para ambientar nuestras novelas. Por ejemplo, supongamos que queremos escribir sobre una sociedad cuyos sueños se han roto, y encuentran en un nuevo líder la oportunidad de recuperar las ilusiones que sus padres o abuelos tenían y cumplían. Podríamos coger el libro de historia y buscar situaciones similares, o podríamos leer un diario y analizar lo que está pasando en Estados Unidos. Personas descontentas, que creían que con Obama iba a cambiar su situación, echan la culpa de su estado al poder establecido y creen que elegir a una mandatario con un discurso rupturista con el establishment, aunque forme parte de él, mejorará las cosas.

Muchos europeos y americanos nos preguntamos cómo un hombre multimillonario, abiertamente xenófobo, racista y misógino ha llegado a la Casa Blanca. Y está claro: ha conectado con las clases medias y bajas de uno de los países más ricos del mundo. Lo fácil es pensar que sus votantes cumplen con un estereotipo: hombres blancos, de clase media-alta y con ocho apellidos americanos. Es fácil porque es lo que nos dice la lógica.

¿Qué haríamos en nuestra novela? Al gobernador machista y racista lo apoyarían todos los hombres de sus misma raza. Y el resto, se opondría. ¿Es lógico? Sí. ¿Nos equivocamos? Muchísimo.

El error viene cuando no incorporamos ningún matiz a esos datos. Si dirigimos la mirada a lo que ha pasado en Estados Unidos, nos enteramos de que más del 50% de las mujeres blancas votaron por Trump, o que el co-fundador de Latinos for Trump, Marco Guitiérrez, es latino y opina que <<los hispanos son una cultura “primitiva y subdesarrollada” y que los estadounidenses deben tener miedo a los mexicanos>>.

giphy

La lógica llorando porque ha fallado el estereotipo

Huir del worldbuilding plano

Hay que nadar entre matices para crear una sociedad con unos personajes verosímiles y con vida. Para ello, hay que pensar en qué es lo que hace fallar al tópico.

Mi hipótesis es que el estereotipo queda invalidado por el sistema de valores de cada individuo, que determina la forma de ser y la ideología. Y que esta última puede estar enfrentada al cliché que se le presupone según sus características sociodemográficas.

Analicemos el ejemplo anterior, el de Marco Gutiérrez. Es un hombre latino, por lo tanto, no es blanco ni norteamericano de nacimiento. Es un mexicano que consiguió la nacionalidad de Estados Unidos en 2003. Desde entonces, según sus palabras, ha sido Republicano.

Por sus rasgos sociodemográficos, podríamos pensar que al último que votaría en la carrera presidencial sería a Trump. Sin embargo, hay un detalle revelador en su biografía: consiguió la nacionalidad hace poco, de adulto. ¿Qué ha podido pasar? No lo sé, así que solo queda tirar de imaginación. Podemos pensar, por ejemplo, que hasta conseguir el pasaporte norteamericano se sentía inseguro, incluso apátrida. Que cuando un papel le dijo que era estadounidense, su sentimiento de pertenencia al país le hizo relegar, e incluso denostar, su origen, y que pasó a la última posición en su escala de valores.

Al escribir, debemos pensar qué cosas son las que pueden hacer que una persona vaya contracorriente, que no actúe según se espera por su origen o situación. Cada persona es un cúmulo de eventos que lo hacen único, como a Marco Gutiérrez, y eso es lo que el escritor debe plasmar en sus novelas.

ls2cytbaium-steven-diaz

El mundo no es plano. Hagamos que se note en nuestras novelas. Imagen de Steven Díaz (créditos al final del artículo).

El estereotipo simplifica la vida en todos los aspectos pero no es veraz

El estereotipo nos ayuda a tomar decisiones si no tenemos tiempo para conocer a la otra persona en profundidad. Es el que nos hace agarrar el bolso cuando aparece alguien con ropa desgastada y la cara medio tapada, o lo que nos indica que debemos fiarnos de esa persona aseada y pulida que no deja de sonreír y que se muestra humilde pero segura.

Como decía Mónica, el uso del estereotipo puede ser malo si nos sirve para denigrar a todo un colectivo. En el ámbito de la literatura, puede hacer que simplifiquemos hasta lo absurdo a un personaje.

Por eso, es peligroso que el estereotipo haga un uso lógico de la experiencia, ya que nos puede hacer pensar que es totalmente fiable y que no tiene ninguna brecha.

Dibujar al colectivo para hacer destacar al individuo

Sin embargo, pensar en aquello que comparte una sociedad o un grupo de personas nos sirve, en la creación de mundos, para hacer único a cada individuo que la integra. Una vez tenemos los rasgos generales de una sociedad, debemos pensar qué experiencias distancian al personaje de la norma.

Esas vivencias deben ser lógicas. Volvamos al ejemplo de Juego de Tronos. Arya Stark tiene todos los números de ser como su hermana Sansa y que solo le interesen los vestidos y los príncipes. En cambio, le interesa más lo que hacen sus hermanos: luchas para convertirse en caballeros. Arya juega con ellos y, su padre, por hacerla feliz, le pone un profesor de lucha. ¿Cumple con la norma? No. ¿Es lógico que no la cumpla? Sí.

R. R. Martin transgrede la norma común, crea experiencias únicas para Arya y construye un personaje veraz.

Hay que analizar al individuo, aunque suponga más trabajo

Como comentaba antes, los prototipos nos facilitan la vida. Conocer a alguien y poder encasillarlo nos ayuda a saber cómo tratarlo. Pero clasificar a las personas por rasgos generales, estadísticos, genera prejuicios en el día a día y empobrece nuestros textos literarios. Entonces, preguntémonos qué cosas fuera de la norma pueden hacer menos estadísticos a nuestros personajes. Tengamos paciencia para descubrir qué hace especiales a las personas que nos rodean.

Carla Campos

@SoyCarlaC

tumblr_inline_nlrm2cmZco1scgxmd_250-2

Imagen de torbakhopper en photopin

Foto de Steven Díaz

Santa Águeda bendita, trialará-lará

Doña Pascuala hablaba con otra profesora en la puerta de un aula del Pabellón del Instituo Goya. Estaban esperando a que acabáramos de entrar todos. Y yo, que soy de natural cotilla, me quedé rezagada para escuchar. En ese momento oí que le contestaba:

–¡Cómo iba a pensar santa Águeda que su fiesta se iba a hacer tan famosa!

Mi nombre, Gadea, no me gustaba. Hasta ese día no lo había relacionado con  santa Águeda. Pero la fiesta de esta santa siempre me había caído simpática. Quizá porque en El Frago le hacíamos una hoguera muy grande y el panadero nos regalaba unos panecillos redondos para merendar. Las tetillas de santa Águeda que solo podíamos comer las chicas. Y los chicos, con aire picarón, reclamaban sus panecillos. Tanto me impresionaba la historia de la pobre santa a la que le cortaron las tetas que empecé a investigar por mi cuenta.

Así que ese día, después de lo que había oído en la puerta del aula, me atreví a preguntarle a doña Pascuala por la santa. ¡Menuda perorata nos soltó!

–Águeda en realidad se llamaba Ágata. Si pensáis bien en este segundo nombre podréis adivinar que llevaba un nombre parlante. Como muchas santas y muchos héroes –continuó, a la vez que se acercaba a mi mesa.

1-santa-agata-3

Santa Águeda en las crónicas de Navarra

–¿Qué es eso de nombres parlantes, doña Pascuala? –le pregunté haciéndome la interesada.

En ese momento mis compañeros también comenzaron a atender. Y levantó la mano Teófilo, un chico que siempre estaba despistado.

–¡Vaya por Dios, Teófilo se ha despertado! Como el tuyo también es parlante te lo voy a explicar y nunca lo olvidarás. Mira, –siguió doña Pascuala apuntándole con el bolígrafo que llevaba en la mano–, se llaman así porque, cuando los oímos, nos imaginamos todas las virtudes y defectos del personaje. Es lo que nos pasa con Blancanieves, Caperucita o Supermán.

–Sí, sí, pero, no es lo mismo. Yo veo por qué llamaban así a Supermán. Pero lo de Ágata no lo adivino ni por el forro –a Teófilo se le ponían los carrillos rojos, a la vez que contestaba.

–Muy bien Teófilo –le contestó doña Pascuala acercándose hasta su mesa–. Tu nombre significa “el amado de Dios”.

–Pues, ¿quién lo diría? –contestó Amadeo, un chico pelirrojo que estaba detrás–. Si nunca va a misa.

–Vamos a ver –respondió doña Pascuala levantando la voz, como si no hubiera oído a Amadeo–. Lo importante es que entendáis que algunos nombres, con el tiempo, dejan de ser parlantes.

–¡Ah! Así a lo mejor lo entiendo un poco. Pero sigo sin ver lo de Ágata –insistió Teófilo.

–Por eso es importante que conozcáis la historia de los nombres –A la vez que se paseaba entre los pupitres iba subiendo la voz, dirigiéndose a todo el grupo– Y que atendáis en clase.

Nunca había pensado que mi nombre pudiera ser eso de parlante. Y me sentí orgullosa, aunque tampoco acababa de entenderlo bien. Así que me volví, les hice un gesto a mis compañeros para que dejaran de mandarse papelitos y me cogí la cara con las manos, como siempre que quiero escuchar sin que me molesten.

–Agathe era un adjetivo clásico. Cuando los griegos decían que una chica era agathe, todo el mundo sabía que era buena, bondadosa y virtuosa.

La cosa se ponía interesante y el griterío iba bajando de volumen.

–Ágata, en español, se convirtió Águeda. Pero como eso de La Águeda no sonaba muy bien, todo el mundo llamaba Gadeas a las Águedas. Como la santa Gadea del Cid. Total que, con tantos cambios, el nombre dejó de ser parlante.

Al oír eso se callaron los murmullos del fondo y todos me miraron a mí. Al cabo de unos minutos se montó un revuelo con lo de mi nombre y yo me puse colorada. Pero doña Pascuala no se dio por vencida y alargó su rollo.

–A los que se os den bien las lenguas, sabréis que en francés y en inglés se mantiene el nombre antiguo.

–¡Anda! Pues sí que es verdad–dijo Benito, un rubiales que se sentaba la primera fila–. La novia del chico francés con el que hago intercambio se llama Agathe.

–Y mi amiga inglesa se llama Agatha –le contestó el de atrás.

Entonces pensé que una cosa era que la santa me cayera simpática y otra que doña Pascuala se enrollara. Y, ni corta ni perezosa, para cortar con lo de los nombres, le pregunté por qué santa Águeda era la patrona de las mujeres. Entonces ella se puso muy seria y comenzó una explicación, como si estuviera hablando de La Celestina.

–Tenemos que empezar por entender que la celebración de muchas fiestas populares tiene su origen en ritos anteriores al cristianismo.

–¡Vaya tostón que nos espera! –dijo Valentina, que se sentaba a mi lado. Y yo le di un codazo para que se callara.

Pero doña Pascuala iba a lo suyo, como si no hubiera oído nada.

–En España unas fiestas venían desde los celtas y otras desde los romanos. En la Edad Media, la Iglesia cogió mucha fuerza y quiso suprimir las paganas. Pero las gentes seguían celebrándolas.

Valentina no paraba de moverse, como hacía con todos los profesores cuando se ponían a explicar. Y yo, como de costumbre, le di un pellizco para que se estuviera quieta, que aquello de la santa me interesaba más que lo de los nombres.

–Entonces, ¿qué pasó? Pues muy fácil, que les dio un significado cristiano –continúo, sin inmutarse–. Y eso es lo que hizo con santa Águeda. Parece que se celebra el día de la santa, pero, en realidad, se mantiene una fiesta pagana, de esas que ponen el mundo al revés. Un poco como en los carnavales.

Aunque ya faltaba poco para que tocara el timbre, no nos movíamos. La clase se estaba poniendo interesante. Y doña Pascuala se iba creciendo.

–Estas fiestas eran necesarias para respetar el orden. Se daba el poder a los subordinados, por un día. Ese día se les permitía hacer sátiras y burlas para que se desahogaran. La de santa Águeda era una de estas fiestas en las que la gente se liberaba y luego seguía sometida sin protestar. Las mujeres casadas cogían el mando. Pero los hombres insistían en que solo era por un día, que después todo volvía a la rutina.

–¿Por qué no hacemos un debate? –preguntó una chica de la última fila.

–Hoy no nos da tiempo, que va a tocar el timbre. El año que viene os explicaré cómo se unieron las fiestas de santa Águeda, patrona de las casadas, y la de santa Apolonia, patrona de las solteras. De momento basta con que entendáis que, al juntarse las dos santas en el mismo día, la fiesta se convirtió en la de todas las mujeres. Y que os quede bien claro, que nos dan el mando un día para tenernos contentas.

A los chicos esto de santa Águeda ni les iba ni les venía. Así que, antes de que tocara el timbre, ya habían cogido las carteras y salían de estampida, sin esperar a que el bedel viniera a decir que la clase había terminado.

En cambio, las chicas aplaudimos, porque nos gustaba tener una tarde de fiesta para nosotras solas. Mientras nos poníamos los abrigos, hablábamos de la chocolatada que doña Pascuala nos había preparado en el microbar del Goya. Y comenzamos a cantar eso de Santa Águeda Bendita, trialará-lará, patrona de las mujeres, trialará-lará.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Partitura del canto de Santa Águeda en el País Vasco.

¿Por qué me fascinan tanto los arquetipos?

El hombre ha despertado en un mundo que no comprende, y por eso trata de interpretarlo. Carl Gustav Jung

Desde que asistí a un taller, en el que se utilizaban los arquetipos para definir patrones de comportamiento de un grupo de consumidores, me sentí fascinada por esta idea tan atrayente. Fue así como empecé a leer más y a darme cuenta de que no solo se podían aplicar en las investigaciones de mercado, sino que también los usaban otras ciencias. Y que se habían convertido en herramientas muy importantes en la literatura y hasta en la biología.

Los arquetipos, según entiendo, son unos patrones emocionales y de conducta con los que procesamos las sensaciones, las imágenes y las percepciones como si fueran un todo. En realidad, son los constituyentes esenciales de lo que concebimos como naturaleza humana. Y lo abarcan todo, desde lo animal hasta lo espiritual.

La base teórica para la aplicación de este método es el trabajo psicoanalítico de Carl Gustav Jung, que se centra, fundamentalmente, en lo que él llama el inconsciente colectivo. Los arquetipos se pueden sintetizar y combinar entre ellos, dando lugar a una gran cantidad de modelos arquetípicos. De esta forma, el inconsciente colectivo se convierte en una fuente inagotable de arquetipos, que no solo hacen referencia a personajes, sino también a espacios, situaciones, caminos y transformaciones. Los arquetipos se suelen clasificar en eventos, como el nacimiento o la muerte; en temas, como la creación o la venganza; y en figuras, como el viejo sabio o la virgen.

Jung transportó el psicoanálisis a un plano en el que los fenómenos ancestrales, originados en nuestra cultura, dan forma a nuestra manera de ser. Creía que, para explicar el inconsciente, debía llevar su teoría a un terreno que trascendiera las funciones del cuerpo humano. Y concebía “lo inconsciente” como una composición de aspectos individuales y colectivos. Jung hacía referencia a esa parte secreta de nuestra mente que tiene un componente heredado culturalmente y que conforma nuestra manera de percibir e interpretar las experiencias que nos ocurren. 

Los arquetipos en la literatura

Cuando escribimos historias, una parte muy importante es la creación de personajes, porque sus motivaciones, sus acciones y sus reacciones llevan el peso narrativo. La literatura está llena de arquetipos, de personajes del mismo tipo básico con patrones entendibles universalmente. Por eso, si usamos un patrón del que ya se ha abusado mucho, corremos el peligro de que el lector conozca el desenlace desde el primer capítulo. No obstante, si los empleamos bien, son muy útiles porque le hablan a la conciencia humana y provocan respuestas emocionales que impulsan a seguir leyendo hasta el final.

Un personaje, un lugar o un objeto, pueden comenzar representando a un arquetipo y a lo largo de la historia cambiar a otro. Incluso pueden representar a varios al mismo tiempo. Un caso común de cambio de arquetipo es el del villano que, tras ser derrotado, pasa a ser un aliado. Y un caso habitual de varios arquetipos en el mismo personaje es el del héroe que también es un embaucador.

Según el guionista Christopher Vogler, los arquetipos no son personajes inamovibles con roles fijos, sino formas de comportamiento y conductas, que cumplen un papel en determinado momento, de acuerdo con las necesidades del relato. Los arquetipos deben tener dos funciones primordiales: la psicológica o parte de la personalidad que representan, y la dramática en la historia que queremos contar.

Si hemos decidido usar este recurso, es importante que, además de envolver a nuestros personajes con un arquetipo, les otorguemos una profundidad. Tenemos que evitar que se vuelvan evidentes y acaben siendo clichés.

Las historias arquetípicas desvelan experiencias humanas universales que se visten de una expresión única y de una cultura específica. Las historias estereotipadas carecen tanto de contenido como de forma. Se reducen a una experiencia limitada de una cultura concreta disfrazada con generalidades. Robert Mckee

Arquetipos y estereotipos

En el libro “Medios de Comunicación y Género”, la antropóloga y profesora de periodismo  Elvira Altés Rufia, afirma que todos los discursos que pretenden ser comprendidos por un amplio número de personas tienden a simplificar sus explicaciones y a proponer imágenes y metáforas asimiladas previamente por la audiencia. De ahí que el uso de los estereotipos constituya un recurso frecuente en los medios de comunicación. Pero es muy peligroso, porque estas imágenes estáticas, a partir de la generalización de un rasgo de los miembros de una comunidad, transmiten ideas consensuadas y ocultan la complejidad de las motivaciones humanas. Con esta simplificación, podemos caer en el reduccionismo y en la manipulación.

Si vestimos a los arquetipos con los elementos históricos y sociales del momento, los convertimos en elementos sancionadores, sobre todo si los hemos construido a partir de prejuicios. Así concebidos, designan las cualidades deseables y las no deseables. Es decir, señalan las cualidades que deben rechazarse en una persona que proviene de cierta zona del mundo o que forma parte de un determinado colectivo. Por ejemplo, afirmar que todas las mujeres bonitas son ignorantes es un estereotipo que solo sirve para discriminar y agredir. Y ahí entra en juego la principal característica de los arquetipos: su dualidad. Y, con las sucesivas reformulaciones de los arquetipos, que cada sociedad presenta y actualiza, se van convirtiendo en los estereotipos, con el fin de simplificarlos.

La economía mental juega un papel determinante en el uso de los estereotipos. Algunos autores consideran que estos sesgos sociales se deben al funcionamiento de los sistemas neurocognitivos dedicados a percibir y a categorizar de manera automática. En las relaciones interpersonales es común centrar la atención en los aspectos sobresalientes de la persona que tenemos enfrente. Percibimos y descartamos información, evaluamos y, finalmente, elegimos unos atributos. Cuando no disponemos de muchos datos, ahorramos tiempo calculando de modo automático los aspectos destacados de su perfil. Con toda esa información, construimos los mapas de las categorías sociales como el sexo, la edad, el origen, el estatus o la profesión, que luego contribuirán a formar nuestra identidad personal y a delimitar los grupos sociales a los que pertenecemos.

Todo lo que nos irrita de los demás, nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos. Carl Gustav Jung

Si tuviera que decantarme por alguno de los arquetipos que conozco, sin pensarlo mucho, elegiría la sombra. Es el que más me gusta porque personifica los rasgos que nos negamos o que ignoramos de nosotros mismos. Por ejemplo, si nos consideramos valientes, jamás pensaremos que también podemos ser cobardes. Y, aunque es un rasgo que tenemos, lo rechazamos porque lo consideramos inaceptable. De esta forma, vamos construyendo una “imagen especular” en la que almacenamos todas las cosas monstruosas. En un primer estadio, podemos ver esta sombra como un ser atroz que nos acecha para hacernos daño, como la bestia de un cuento de hadas. Pero, una vez que nos hemos percatado de su existencia y la aceptamos, se convierte en algo cercano a un ser humano, y hasta llega a parecerse a quienes somos en realidad.

Como decía al principio, los arquetipos me fascinan porque me ayudan a entender un poco mejor el mundo tan complejo en que nos movemos.

Mónica Solano

Imagen. Gerd Altmann

Blanco venturoso y negro desventurado

El vagón abrió sus puertas y expulsó oleadas de gente y un aire viciado que hizo lagrimear los ojos de Javier. Pensó en la soledad cómoda y fresca de su coche recién siniestrado y entró en el compartimento arrastrando los pies y aflojándose la corbata. Hacía poco que había empezado a trabajar y no se le daba muy bien anudársela. Su padre nunca le había enseñado porque se había ido de casa cuando Javier aún era un crío. Había tenido que aprender en la quietud de su habitación gracias a un tutorial colgado en Youtube y narrado por un argentino. “Al menos hoy he hablado con Clara por primera vez”, pensó, y se aflojó aún más la corbata. “Habría sido un gran día si esa vieja no se hubiera tirado delante del coche”. Miró a izquierda y derecha buscando un asiento libre mientras se preguntaba cómo le explicaría a su madre que la grúa se había llevado el vehículo que compartían.

Era uno de esos vagones infinitos con dos filas de asientos pegadas a las paredes. Javier recorrió el pasillo en busca de un sitio libre, y no tardó en encontrar uno, en una zona que parecía olvidada por el resto de viajeros. Dejó su maletín en uno de los asientos y se sentó en la de al lado, apoyando la espalda y la cabeza contra el cristal.

En la siguiente parada subió una mujer de unos veinte años seguida por otra que le doblaba la edad. A Javier le parecieron hermanas: tenían unas facciones suaves y simétricas, un tono de piel dorado que recordaba a playas con casas encaladas, y el cabello oscuro recogido con trenzas, con mechones que les caían sobre la frente. El vestido vaporoso de la joven dejaba ver sus piernas tersas y delgadas. La mayor vestía unos pantalones de lino y una camiseta de tirantes anchos.

De repente, Javier recordó la imagen de la anciana que se había echado sobre su coche de camino al trabajo. Aquella también vestía de blanco y llevaba el pelo trenzado. Aunque arrugada, la mujer tenía facciones muy similares a estas.

—Es que no me da la gana —decía la mayor mientras tomaba asiento junto a la joven. Acompañaba sus palabras con gestos rápidos y bruscos—. Mira, Nona, ya he hecho muchos esfuerzos por intentar comprenderla pero no puedo más.

—Décima, por favor. Si ya sabes cómo es.

Nona, la joven, centraba toda su atención en una madeja que había sacado del bolso. Estaba medio tumbada en el asiento, apoyando todo el peso sobre la parte baja de su espalda, a la vez que retorcía el hilo con dedos ágiles y rápidos. Por su tono cansado, Javier pensó que no era la primera vez que mantenían esa conversación.

—¿Y qué? ¿Esa es la única justificación que tiene? Como ella es así, ¿se lo tengo que perdonar todo? ¡Pues no! —Décima sacó unas agujas del bolso y empezó a tejer el hilo que salía de las manos de su hermana—. Se le está yendo la cabeza, Nona. No es solo que se meta donde no la llaman, sino que ni siquiera está haciendo bien su trabajo.

Nona hinchó los carrillos y expulsó el aire poco a poco mientras ponía los ojos en blanco.

—Siempre, siempre estáis igual —dijo con tono cansino—. Si padre levantara la cabeza…

—Si padre levantara la cabeza pasaría lo mismo. Le tenía terror. Y ya ves de qué le sirvió cuidarse de ella. Al final acabó matándole.

Desde que esas dos habían entrado al vagón, Javier, que simulaba jugar con el teléfono pero prestaba atención a la conversación, se quedó inmóvil. Por un segundo maldijo su carácter chismoso, aunque siempre había pensado que el cotilleo le ponía sal a la vida. Claro que es ya no era una simple habladuría entre hermanas sino que parecía que hablaban un asesinato. Así que empezó a temer que aquellas mujeres tan extrañas repararan en él o, peor, que se cambiaran de sitio para seguir hablando. Pero la magia no se rompió.

Nona chasqueó la lengua.

—¿En serio vas a empezar con eso ahora? El tiempo de padre se ha acabado

—Pero fue otra decisión más que no tomé yo, ni tampoco tú. Ni siquiera nos lo consultó —Las manos de Décima se crisparon sobre las agujas.

—No tiene por qué. Es su trabajo y ella decide cómo hacerlo.

—No. No estoy de acuerdo. O sea, sí, es su trabajo, pero somos un equipo y no debería olvidar eso. ¿Qué haríamos las unas sin las otras? Mírame. Sin ti no tengo nada que tejer. Sin ella estaría tejiendo un tapiz interminable. Y ella, sin nosotras, no tendría nada que cortar.

Se quedaron en silencio, como si bucearan en sus pensamientos. Javier aprovechó para mirar a un lado y a otro, y martilleó el suelo con el pie. El vagón se había ido llenando, pero una muralla invisible mantenía vacíos los asientos próximos y el pasillo. Los pasajeros más cercanos estaban de pie y parecían mimos apoyándose en una pared transparente.

—Quiero volver a lo que teníamos, a trabajar como antes. Como en Grecia, ¿te acuerdas? Por eso he cogido esto— Décima extrajo de su bolso unas tijeras y se las enseñó a su hermana con la cara de una niña traviesa que sabe que esta vez ha ido demasiado lejos. A Nona se le cayó la madeja al suelo.

Javier empezó a sentir un hormigueo en las cervicales. En un primer vistazo, las tijeras le parecieron normales. Eran de cobre o al menos, le parecieron de ese color, y de un tamaño normal para un utensilio de costura. Debían haberlas usado mucho, porque tenían los ojos gastados, pero no el filo, que parecía latir. Daba la sensación de que podrían cortar carne humana incluso a un centímetro de distancia.

Buscó una cámara oculta.

—Décima —Nona habló con lentitud. Había empezado a respirar agitadamente—, ¿qué has hecho?

—Pues lo que tenía que hacer. Lo he hecho por nosotras, Nona —dijo, y en sus manos apareció un tapiz del tamaño de un folio cortado en dos. Era blanco, igual que sus ropas y la madeja de Nona, pero tenía entremezcladas hebras de hilo negro y dorado que creaban manchas abstractas en toda su superficie—. Era una vida tan completa… Le había puesto mucho empeño en hacerla casi perfecta, ¿sabes? Claro que iba a tener algunos disgustos. Por ejemplo, aquí un coche atropelló a su perro —señaló una mancha negra de la pieza más pequeña, que solo era una cuarta parte del tapiz—. Y aquí, aunque solo era un niño, su padre lo abandonó. Pero había conseguido que tuviera tantos logros. ¡Mira! —animó a su hermana mientras acariciaba los nudos dorados. Parecía que las dos podían leer el tapiz igual que Javier leía un libro para niños. Décima siguió hablando con el tono con el que se recuerda a un amor de juventud—. ¿Ves? Es un chico tan responsable, tan trabajador. Acaba de encontrar un buen trabajo, donde ha conocido a quien iba a ser su mujer, ¿sabes? Hoy han hablado por primera vez. Iba a ser una vida llena de éxitos. Y hoy, Morta ha decidido que esta tarde se acabará. No tiene ni una hora más de vida.

Javier sintió un escalofrío. Parecía que estuvieran hablando de su vida, y ya había tenido suficiente. Intentó levantarse pero las piernas le temblaron tanto que creyó que, si se ponía en pie, acabaría en el suelo. El calor que sentía tampoco ayudaba. Ni esa sensación de que lo estaban mirando sin hacerlo directamente. Cerró los ojos y se esforzó en controlar su respiración.

—Entonces, ¿no puedes hacer nada por él? —preguntó Nona poco después de que la megafonía anunciara la siguiente parada. Se estaba despellejando el labio con los dientes.

—Absolutamente nada, ya lo sabes. Por eso te digo que me tienes que ayudar. Tenemos que impedir que Morta haga lo que le venga en gana.

—Tienes razón. Hablaré con ella, ¿vale? —Nona guardó la madeja a medio hilar en su bolso y se puso en pie. Su hermana mayor la imitó—. Pero tú deberías de devolverle las tijeras.

—Sí, supongo que sí. Pero esto no se puede volver a repetir.

—No, no se repetirá —dijo Nona, y la abrazó apretándola contra su cuerpo mientras bajaban al andén.

Cuando Javier volvió a abrir los ojos habían pasado tres estaciones más. Miró a su alrededor y se encontró rodeado de viajeros. Se rió sin temer que los demás lo tomaran por otro loco del metro. No solía tener pesadillas, y menos en un transporte público. Pero no se preocupó por eso porque había llegado a su parada.

Se bajó del tren a la vez que se sacaba la corbata. La guardó en su maletín sin reparar en el baúl que una anciana vestida de blanco y el pelo trenzado había dejado en medio del andén. Fue una pena que tropezara con ella y cayera a las vías justo cuando pasaba aquel regional.

Carla

@Bronte__

tumblr_inline_nlrm2cmZco1scgxmd_250-2

Imagen de Mitos, leyendas y otras criaturas